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Cuadernos de Economía

Print version ISSN 0121-4772

Cuad. Econ. vol.37 no.74 Bogotá July/Dec. 2018

 

Reseñas

LA SPIRALE DU DÉCLASSEMENT. ESSAI SUR LA SOCIÉTÉ DES ILLUSIONS, DE L. CHAUVEL, 2016. PARIS: SEUIL

Eguzki Urteagaa 

a Universidad del País Vasco. correo electrónico: eguzki.urteaga@ehu.eus.

Louis Chauvel acaba de publicar su último libro titulado La spirale du déclassement. Essai sur la société des illusions (La espiral de la desclasificación. Ensayo sobre la sociedad de las ilusiones) en la editorial Seuil. Conviene recordar que este sociólogo galo es catedrático de Sociología en la Universidad de Luxemburgo, investigador asociado en el Observatorio Sociológico del Cambio de Sciences Po París, miembro honorario del Instituto Universitario de Francia y senior scholar en Luxembourg Income Study (LIS). Entre sus obras más relevantes es preciso mencionar Les classes moyennes à la dérive (2006) y Le destin des générations (2010).

Como lo indica el propio Chauvel, su última obra parte del siguiente diagnóstico:

el incremento de las desigualdades, [que resulta] evidente si consideramos el rol [desempeñado por el] patrimonio, conduce a una parte de las clases medias y de las nuevas generaciones a seguir las clases populares en la senda del empobrecimiento, provocando una espiral general de desclasificación (p. 9).

Este proceso condena, a plazo, el ideario social de una "civilización de clase media" que confía en su capacidad para transmitir a las generaciones siguientes un mundo mejor (p. 9). El autor desea comprender los mecanismos de esta desclasificación, además de poner de manifiesto el sentido y las consecuencias de la reconstitución de la "vertical del poder socioeconómico" que se había atenuado durante el período de rápido crecimiento de la sociedad salarial entre 1945 y 1975. Trata de poner en evidencia los elementos constitutivos de la "repatrimonialización", "ese proceso de reconstitución de la acumulación de riqueza que radicaliza las diferencias entre los herederos protegidos por sus esperanzas patrimoniales y los simples poseedores de títulos académicos [desvalorizados] en el mercado laboral" (p. 10). De hecho, la fractura intergeneracional no se opone a las desigualdades sociales, puesto que ambos fenómenos se refuerzan mutualmente para hacer sistema.

Esta situación, fuente de malestar social, traduce la desagregación de los idearios pasados de progreso y el debilitamiento de los logros de las épocas de abundancia, y da cuenta del debilitamiento de la "civilización de clase media" como consecuencia de cinco factores esenciales (pp. 12-13): 1) el incremento vertiginoso de las desigualdades, a través del fenómeno de "repatrimonialización" de la riqueza, es decir la distanciación creciente entre las rentas del trabajo y las rentas del patrimonio; 2) el proceso de desagregación del núcleo central de la sociedad, sabiendo que la desestabilización del centro de gravedad de la sociedad surte efectos más generales; 3) la fractura generacional, a saber la bajada del nivel de vida, el rendimiento decreciente de los títulos académicos, la movilidad descendiente, la desclasificación residencial y la alienación política de los jóvenes; 4) el proceso de desclasificación sistémica en la dinámica de las desigualdades globales con el retroceso de las antiguas potencias industriales y el auge de los países emergentes, lo que conduce a reconsiderar el lugar de Europa en la vertical del poder socioeconómico mundial; y, 5) el declive de la correspondencia entre los hechos objetivos y sus representaciones sociales, lo que desemboca en la toma de decisiones erróneas basadas en diagnósticos caducos (p. 13).

En el primer capítulo del libro, dedicado al "Vértigo de las desigualdades" (p. 15), Chauvel prefiere hablar de "vertical del poder socioeconómico", en lugar de "estructura de clase" o de "pirámide social", porque el control político, el dominio de los mercados, el prestigio diferencial de las posiciones y la búsqueda de una vida más confortable, tienden a unirse (pp. 16-17). A través de esta noción, insiste en la desigualdad socioeconómica "al estado puro". De hecho, "las leyes de la vertical revelan un orden social donde incluso las sociedades más igualitarias del planeta no han conseguido suprimir este reparto [desigual de la riqueza], sino reducirlo en el mejor de los casos" (p. 21). Si las diferencias de renta han aumentado, las desigualdades de patrimonio lo han hecho en mayor medida.

Cabe subrayar que existen diferencias entre las rentas más altas y los patrimonios más elevados dado que no coinciden necesariamente. En efecto,

en términos de clases sociales, la cumbre de las remuneraciones exige títulos [académicos], una carrera [profesional], [el desarrollo] de una empresa u ocupar cargos de responsabilidad en grandes organismos estatales o industriales, tras un largo proceso de selección. Los patrimonios más elevados, en cambio, son el hecho de personas mayores que tienen tiempo para hacer fructificar sus [beneficios], es decir heredar bienes de sus antepasados, lo que acontece a una edad cada vez más tardía (pp. 34-35).

Ciertamente, existe cierta porosidad entre ambos mundos, aunque sea limitada y se produzca del patrimonio a la renta. "Los hijos de poseedores tienen mayores probabilidades de crear una empresa, a la espera de heredar en su día el resto. La posesión de un patrimonio elevado provoca necesariamente unos flujos de renta" (p. 35).

Chauvel incide sobre el "efecto de honda", lo que significa que los cambios de las formas de reparto, que generan diferencias notables en la parte mediana del reparto de la riqueza, suscitan transformaciones sensibles en los extremos. Es la razón por la cual la competencia entre individuos situados en torno a la mediana permanece dentro de unos límites aceptables, mientras que, cerca de los extremos, la progresión o la pérdida de algunos rangos puede tener consecuencias considerables (pp. 36-37). El efecto de honda está en el origen del fenómeno de winner-take-all. Así, el efecto de honda implica que diferencias ínfimas en los resultados académicos puedan desembocar en diferencias considerables de nivel de vida y, más aún, de patrimonio. Es la razón por la cual la competencia en la cumbre de la pirámide escolar es tan violenta simbólicamente (p. 37).

En general, las desigualdades de patrimonio son dos veces superiores a las desigualdades de renta. Entre las clases medias, el patrimonio desempeña un papel relevante en la actualidad. De hecho, si las nuevas clases medias asalariadas del siglo XX se han construido en un proceso de menor incidencia del patrimonio y siguiendo un ideario de realización personal meritocrática por el trabajo, la situación actual supone un cambio radical, una revolución en sentido contrario (pp. 39-40).

Cuando el modelo de las nuevas clases asalariadas estaba en expansión, en el contexto de desarrollo de la sociedad salarial, el patrimonio podía considerarse como una forma residual de un pasado en vía de desaparición [...]. Los frutos del trabajo cobraban fuerza con respecto a la acumulación patrimonial (p. 40).

La situación actual, sin embargo, está marcada por la "repatrimonialización". Significa, para las clases medias, una distorsión creciente entre las clases medias dotadas de un patrimonio neto sustancial, sin necesidad de recurrir a préstamos bancarios, y las clases medias endeudadas o inquilinas cuyas condiciones económicas de subsistencia son peores (p. 40).

El sociólogo galo hace la siguiente constatación general: de media, la relación patrimonio-renta, es decir el número medio de años de acumulación de la renta necesario para la constitución de un patrimonio, después de haber disminuido durante el siglo XX hasta alcanzar unos mínimos en los años 1980, en torno a dos años, aumenta de nuevo, para aproximarse a seis años (p. 41). La novedad de la situación actual no estriba en la desigualdad, sino en su magnitud y en sus fundamentos. La dimensión concreta del patrimonio está simbolizada por la vivienda en propiedad, sabiendo que, hoy en día, la residencia principal representa una parte creciente del presupuesto de los hogares. En ese contexto, "para las nuevas generaciones, [...] [la] adquisición de su vivienda, particularmente cuando los padres no están en medida de ayudarlas, [representa] a la vez [...] un coste exorbitado, asociado a la toma de riesgos considerables" (p. 41). Dado que las nuevas generaciones acceden más tardíamente a la propiedad y los precios de la vivienda se han incrementado, deberán trabajar el doble que la generación anterior para poder comprar el mismo bien inmobiliario (p. 45).

De hecho, el aumento del patrimonio de las clases medias se debe esencialmente al incremento del precio de los bienes inmobiliarios. En ese contexto, como lo subraya Chauvel, aunque las clases medias no sean centrales en la acumulación patrimonial, no cabe duda de que la aportación representada por las plusvalías del patrimonio genera una distorsión notable entre los titulares de un patrimonio significativo y los que no gozan de semejante aportación: estas plusvalías acumuladas en diez años representan una renta adicional del 25% (pp. 45-46). La integración de estas plusvalías es sumamente importante en el análisis de las desigualdades económicas ya que se repercuten notablemente en el coeficiente de Gini (+ 4,3 puntos), lo que equivale al efecto de las políticas neoliberales aplicadas en Estados Unidos y Reino Unido durante los años ochenta (p. 47). En definitiva,

esta emergencia del patrimonio como elemento central, estratégico, del balance financiero de los hogares, y de sus vidas cotidianas, constituye la faceta más evidente de la dinámica de repatrimonialización. Se trata de un nuevo parámetro [.] susceptible de cuestionar la estructura de la sociedad de clases medias (p. 46).

En el segundo capítulo del libro, consagrado al "Malestar en la civilización de las clases medias", el autor recuerda que, en su libro titulado Les classes moyennes à la dérive (2006), establecía la constatación de una fragilidad de los grupos centrales de la sociedad, dado que se producía una desagregación del núcleo central de esta. Subrayaba la gran frustración que nacía por la distancia existente entre las antiguas tendencias marcadas por el progreso rápido, hasta 1975, y la estagnación, iniciada desde hace una generación (p. 53). En ese sentido, se ha producido una suerte de "democratización de las dificultades". Mientras que podía afirmarse hasta los años noventa que las clases medias estaban exentas de preocupaciones vinculadas a la crisis, semejante visión carece de sentido hoy en día. Chauvel avanza la idea de un ascenso por capitalidad de las dificultades sociales desde las clases populares hacia el núcleo central de la sociedad. Los problemas afectan el corazón del edificio social y cuestionan la "civilización de clase media" (p. 54). En ese sentido, el temor de las clases medias es menos un fantasma que una conciencia de la realidad marcada por dificultades diarias, expectativas decepcionadas y promesas no cumplidas. Se trata de hechos sociales y de realidades tangibles y no de temores sin fundamento: la disminución de la renta disponible, el auge del desempleo y de la precariedad laboral, la desvalorización de los títulos académicos, etc. (p. 58).

En el debate sobre las clases medias, la cuestión de las definiciones es fundamental. El catastro de las clases medias permite comprender la pluralidad de los grupos sociales que se reconocen en esta denominación de clases medias (p. 58). Durante los Treinta Gloriosos (Fourastié, 1979), las clases medias inferiores han conocido una dinámica colectiva de ascenso social, mientras que "se enfrentan hoy en día a dificultades crecientes" (pp. 58-59). De hecho, el segmento intermedio de las clases medias no está protegido ante los problemas sociales, lo que no es ajeno al proceso de "repatrimonialización" (p. 59). Así, el asalariado se enfrenta a un auge de la precariedad, que afecta especialmente a las clases medias intermedias (p. 65). En términos relativos, la regresión con respecto al resto del asalariado es clara, ya que las profesiones intermedias se situaban el 120% por encima de las categorías populares en el pasado, mientras que esta diferencia es solamente del 37% hoy en día (p. 66).

Asimismo, el poder adquisitivo de las clases medias ha disminuido, de media, del 8% entre 1975 y 1995, y se ha estabilizado desde entonces; ello a pesar de un incremento del nivel de cualificación de dos años (p. 61). Y la posible mejora del poder adquisitivo de las clases medias desde los años ochenta resulta básicamente de la extensión de la doble actividad en las parejas (pp. 64-65). De hecho, "los incrementos de poder adquisitivo, tras las transferencias y redistribuciones, de las categorías asalariadas populares y medias han sido prácticamente nulos a lo largo de los últimos veinte años" (p. 66), mientras que las diferencias de poder adquisitivo de los directivos y de las profesiones intermedias han aumentado.

De la misma manera, en el debate sobre las clases medias, la cuestión de la seguridad ante el futuro es determinante (p. 69). En efecto, si las clases medias estaban protegidas ante el desempleo en el pasado, este último se ha convertido en un riesgo real y significativo hoy en día. En ese sentido, se observa una progresión lenta pero efectiva del riesgo de desempleo en las clases medias (p. 71). Esto va de la mano de una desvalorización de los títulos académicos como consecuencia de la inflación escolar que afecta al conjunto de la sociedad, pero especialmente a las clases medias. De hecho, "una parte creciente de las profesiones intermedias [está formada por] unos desclasificados escolares que hubiesen podido acceder a las categorías superiores. Lejos de ser [una excepción] [...], los desclasificados escolares están en el corazón del edificio social" (pp. 77-78).

Este panorama nos aleja de la "civilización de las clases medias" que Chauvel define a través de siete criterios (pp. 82-87): 1) una sociedad salarial avanzada donde los trabajadores permanentes forman una amplia mayoría; 2) un sistema económico en el cual el salario medio es suficiente para disfrutar de una vida confortable, especialmente a través de la adquisición de una vivienda decente; 3) una protección social generalizada financiada por el salario concebido, no solamente como una renta, sino como un soporte de derechos sociales; 4) una expansión educativa que alimenta la movilidad ascendente y las expectativas de expansión de una verdadera meritocracia; 5) una creencia empírica basada en el progreso social, científico y humano; 6) un control de la esfera política por las categorías intermedias de la sociedad, a través de los sindicatos, las asociaciones y los movimientos sociales; y, 7) el fomento de objetivos políticos de progreso moderados. Para garantizar la sostenibilidad a largo plazo de este proceso de hegemonía de las clases medias sobre el orden social, la estabilidad era indispensable (p. 85).

El problema es que estos pilares se han fisurado con el transcurso del tiempo, cuyas primeras víctimas son los jóvenes. Efectivamente, aunque el asalariado siga siendo dominante, el desempleo y la precariedad laboral se han extendido; a pesar de que se garantice una protección social consecuente, la universalidad de los derechos sociales ha dejado de ser una realidad; aunque las clases medias sigan gozando de rentas relativamente confortables, los salarios se han estancado y el poder adquisitivo ha disminuido; pese a que el número de propietarios aumente, el precio de la vivienda no cesa de crecer; y, a pesar de que la cantidad de titulados de la enseñanza superior se incremente, su valor relativo ha disminuido.

En el tercer capítulo de la obra, consagrado a las "Desilusiones generacionales", el autor incide en la fractura generacional creciente en el seno de la sociedad, "confirmando la acumulación de dificultades que cada nueva generación de adultos encuentra durante su entrada en el mundo laboral y cuyas consecuencias padece posteriormente" (p. 89). En ese sentido, las nuevas generaciones se han convertido en una variable de ajuste de la crisis socioeconómica y la debilidad de los mecanismos de recuperación transforma el choque inicial en un traumatismo cuyos efectos son duraderos (p. 89).

A ese propósito, Chauvel recuerda que "la teoría de las generaciones constituye el eslabón más importante de las ciencias sociales. Como vector, actor y [mediador] de las transformaciones colectivas, la generación es una unidad de análisis esencial del cambio social" (p. 90). En esta óptica, es preciso distinguir la cohorte y la generación, dado que esta última es una caja de resonancia del espíritu de los tiempos, mientras que los miembros de la primera solo tienen en común el hecho de haber nacido en el mismo momento (p. 92). Por lo cual, nos dice el sociólogo galo, es preciso reconstruir la teoría de las generaciones para subrayar que alude ante todo a un desfase fluctuante entre la inversión y el legado que una generación ha recibido de las generaciones precedentes, y lo que consigue hacer efectivamente con él (p. 93).

A fin de evaluar la fractura generacional, Chauvel se interesa por varias dimensiones complementarias: el nivel de vida, el rendimiento del título académico, la movilidad social, las transformaciones del consumo y la representación política (pp. 96-97). "El primer elemento específico [y] central del metabolismo generacional de la sociedad [...] es el mantenimiento de fuertes y duraderas desigualdades entre las cohortes de nacimiento" (p. 97). El nivel de vida por cohorte permite medir las desigualdades entre generaciones (p. 98). Las encuestas BDM ponen en evidencia el destino sistemáticamente más favorable de las cohortes nacidas en torno a 1948 con respecto a sus antecesores y, sobre todo, a sus sucesores (p. 99).

En términos de nivel de vida, observamos, en 2005, una ganancia del orden del 10% de media para los individuos de entre 25 y 39 años, frente a un beneficio de un poco más del 30% para las personas de entre 50 y 65 años (p. 99).

Además, dado que las cohortes nacidas alrededor de 1980 tienen de media menos unidades de consumo y están más cualificadas, deberían haberse enriquecido, pero sucede todo lo contrario.

En efecto, "la factura generacional afecta al progreso de las cualificaciones y de las posiciones sociales que resultan de ello, [es decir] a la adecuación del título y de las profesiones" (p. 108). La dinámica de desclasificación escolar afecta a todos los niveles de titulación, puesto que su análisis pone en evidencia la misma inflexión del valor de los títulos en términos de prestigio profesional (p. 111). Se necesita un título más elevado para hacerlo tan bien como la generación anterior. Cada vez más necesario y cada vez menos suficiente, el título académico es una clave que no abre todas las puertas como antes (p. 112).

Otro aspecto preocupante de las dificultades sociales de las nuevas generaciones estriba en la movilidad social de una generación a otra. De hecho, es difícil mantenerse al nivel socioeconómico de sus padres y evitar la cuesta descendiente que afecta a un número creciente de jóvenes (p. 114). Si "la movilidad ascendente masiva [...] ha caracterizado el grupo social y la generación que ha conocido la extensión máxima de la medianización" (p. 115), las cohortes de los años ochenta se enfrentan, en el mejor de los casos, al estancamiento, y, en el peor de las configuraciones, al declive. "El fenómeno de la desclasificación es especialmente intenso hoy en día, en particular para las generaciones adultas más recientes" (p. 115).

Las dificultades de acceso a la vivienda son otro aspecto de la "repatrimonializa-ción". Si las clases medias asalariadas disponen de rentas relativamente confortables, en ausencia de un patrimonio familiar de padres adinerados, los precios de la vivienda en las zonas de habitación deseables se han convertido en inaccesibles para ellas (p. 118). Para las clases medias, entre los menores de 35 años, la bajada del prestigio residencial corresponde a la mitad de la distancia que separaba todavía en 1999 esta categoría de la de los empleados. Por lo cual, la afirmación según la cual las clases medias saldrían indemnes del movimiento de declive es incorrecta (p. 121). Además, en un contexto en el cual la vivienda ocupa el primer lugar en el presupuesto de los hogares, esa losa creciente se ha acompañado de un alejamiento de los jóvenes adultos de los barrios más prestigiosos (p. 123).

Chauvel observa que la desclasificación de las nuevas generaciones se ha producido ante la indiferencia de la clase política. Esta situación resulta, en parte, de la escasa presencia de estas generaciones en la representación política, poniendo de manifiesto su desequilibrio (p. 125). "La generación socializada en el contexto ideológico específico del final de los años 1960, favorable a una entrada precoz en política, se ha instalado poco a poco en las más altas funciones" (p. 125), mientras que la clase política no ha dejado de envejecerse desde entonces. "El análisis generacional muestra que no se trata de un efecto de edad, sino de un efecto de socialización generacional, dado que las prácticas políticas de una generación no cambian una vez que han entrado en la vida adulta" (p.127). En ese sentido, se perfila en el horizonte una transición generacional sin transmisión.

Todo ello confirma, según el autor, la teoría de la frustración relativa y del carácter potencialmente letal de las promesas no cumplidas (p. 127). De hecho, la experiencia de la desclasificación constituye un "factor de estrés social". Si es violenta, puede incluso ser una fuente de trauma individual y colectivo, dado que "la experiencia de la desclasificación, especialmente cuando se trata de un fenómeno social masivo [...], puede tener consecuencias realmente nefastas" (p. 128). En efecto, la distancia creciente entre las expectativas sociales y las posibilidades sociales de realización (Merton, 1949), genera un estrés social, es decir una frustración capaz de intensificar las tendencias anómicas, perceptibles a través de las tasas de suicidio, de autolesión, de uso de estupefacientes o de conductas automovilísticas arriesgadas: en suma, de conductas suicidas (p. 129).

Para el autor, esta fractura generacional es problemática para la sostenibilidad del Estado de bienestar y pone de manifiesto una realidad acuciante: "parte de los ciudadanos acaparan los recursos sociales que no se renuevan y socavan así el porvenir colectivo de las futuras generaciones" (p. 133). En ese sentido, las desigualdades generacionales se han convertido en estructurales y duraderas. De hecho, "los jóvenes desvalorizados se convertirán posteriormente en unos adultos en dificultad y, luego, en unos adultos empobrecidos que no podrán ayudar a sus hijos" (p. 135). En otros términos, las diferencias de nivel de vida entre las cohortes permiten hablar de desigualdades generacionales. Específicas y permanentes, estas desigualdades son susceptibles de distinguir los contornos de verdaderas generaciones (p. 136). Con la dinámica generacional, la cuestión es menos la de un grupo como la del futuro de la sociedad, sabiendo que la solidaridad familiar no es una solución duradera a los problemas de desempleo y desprotección social que padecen las nuevas generaciones (p. 135).

En el cuarto capítulo del libro, centrado en la "Amenaza de la desclasificación global", el autor constata que se está produciendo un desfase creciente entre la realidad de las desigualdades y la capacidad de la organización social para darle forma en un marco político, identitario y de movilización colectiva. "Ese desfase entre la fase objetiva y la de las representaciones políticas es el ingrediente central de la espiral de la desclasificación sistemática" (p. 142).

A escala mundial, la desigualdad de renta se incrementa por abajo, se reduce por encima de la mediana y crece por arriba. En otros términos, mientras que las clases desfavorecidas y las clases medias inferiores sufren, las clases medias superiores y las élites de los países desarrollados se benefician de la globalización (p. 143). Comparativamente, durante los Treinta Gloriosos, se ha producido un despegue de los países occidentales y de Japón, distanciándose de manera notable de los países del tercer mundo (pp. 144-145). "El obrero de la abundancia industrial capitalista se situaba económicamente, en términos de poder adquisitivo, por encima de las élites del resto del mundo" (pp. 144-145). Hoy en día, sin embargo, el aumento de la renta de las clases medias de los países emergentes va de la mano de una fragi-lización relativa de las clases populares y medias inferiores occidentales (p. 147). En ese sentido, a partir de los años noventa, las clases populares y medias perciben cada vez más la competencia de los trabajadores asiáticos como una amenaza que pone en riesgo sus empleos. En efecto, el contexto de comparación es actualmente más pesimista que durante los años setenta. Si en el pasado la frustración relativa consistía en compararse con los miembros de las categorías sociales superiores, actualmente, ese ámbito se ha ampliado considerablemente, para incluir a los trabajadores de los países emergentes (p. 152). Esto traduce a la vez una realidad empírica y un temor de la desclasificación social, del declive nacional y, más allá, de la decadencia de la civilización occidental (p. 153).

En los países desarrollados,

el crecimiento económico prácticamente nulo desde hace más de treinta años, ya no permite a las categorías populares [e incluso a las clases medias inferiores] proyectarse de manera realista en un futuro mejor en el cual las categorías mejor situadas son, de cierta forma, las pioneras: la comparación positiva para la emulación que suscita se transforma en envidia [...] y en frustración (pp. 160-161).

De ese modo, se está reconstituyendo una escala social más rígida, una nueva vertical, caracterizada por un aumento de las desigualdades reconstituidas, lo que genera nuevas tensiones y perjudica la convivencia social (p. 173).

En el quinto y último capítulo de la obra, titulado "La desclasificación sistémica y la espiral insostenible", el autor subraya que las formas de la desclasificación son múltiples ya que aluden al título académico, a la situación de los padres, al inicio de la carrera profesional o al tipo de vecindario (p. 177). Estos diferentes tipos de desclasificación han conocido cada uno su propia trayectoria a lo largo de los últimos años. En las sociedades desarrolladas, el riesgo contemporáneo es el de un proceso de acumulación de situaciones de desclasificación y, por consiguiente, la formación de una desclasificación sistémica potencialmente devastadora para la organización socioeconómica y política (p. 177). Esta acumulación de desclasificaciones no es exclusiva de las clases medias, puesto que las clases populares la han experimentado desde hace más tiempo y de manera más intensa. De hecho, las clases desfavorecidas, cuya situación continúa deteriorándose, son las pioneras de un proceso que las clases medias inferiores padecen a su vez y de la que sufren más aún ya que no están preparadas para ello. Esta desclasificación cuestiona la estabilidad del modelo de crecimiento económico y de bienestar social (p. 178).

La desclasificación social toma diversas formas. Alude, en primer lugar, a la pérdida de estatus social, tratándose de una desclasificación intrageneracional (p. 178). La segunda forma de desclasificación corresponde a una trayectoria descendiente de la generación de los padres a la de los hijos en una edad determinada (p. 179). La tercera forma es la de la desclasificación escolar como consecuencia de la inflación de los títulos académicos. La cuarta forma es la de la desclasificación residencial o geográfica, que designa el declive de una persona o de un grupo a lo largo de la escala de prestigio socioeconómico del territorio (p. 180). Estas cuatro formas de desclasificación, cuando se combinan y se acumulan en cohortes de nacimiento particulares, constituyen la "desclasificación generacional". "Cuando, bajo diferentes perspectivas, numerosos miembros de una misma generación se enfrentan a una convergencia de dificultades para acceder al progreso del que se habían beneficiado sus padres, la desclasificación generacional está en marcha" (pp. 180-181).

En ese sentido, la espiral de la desclasificación es más que la suma de las desclasificaciones de las víctimas individuales y se convierte ella misma en la causa de su desarrollo (p. 181). Plantea la cuestión de la sostenibilidad social de ese modelo (pp. 181-182). Para Chauvel, el reto consiste en plantear de manera realista el problema general de los equilibrios entre generaciones y de la justicia que debe establecerse entre los que toman las decisiones y los que padecerán sus consecuencias en el futuro. Se trata de la cuestión de la "sostenibilidad intergeneracional" (p. 183) y, de su corolario, la "responsabilidad intergeneracional" (p. 184). El planteamiento de estas cuestiones es más necesaria que nunca, ya que, en las sociedades en declive, puede acontecer una ruptura entre las generaciones, sin que las antiguas generaciones se den cuenta de ello (p. 193). Esta situación se explica, en parte, por la fragmentación generacional del crecimiento, aunque, a veces, la denegación sea simplemente la consecuencia de la ideología (p. 194). Por lo cual, el autor estima que "las condiciones de la inversión de la desclasificación sistémica deberían estar en el centro del debate" (p. 196).

En definitiva, La spirale du déclassement. Essai sur la société des illusions se inscribe en la continuidad de las investigaciones anteriores de Chauvel consagradas a las clases medias y al destino de las generaciones. A partir de un razonamiento sólido, articulado y convincente, el autor pone en evidencia los diferentes componentes de la espiral de la desclasificación social que se ha convertido en un fenómeno sistémico. La comprensión del pensamiento del autor es propiciado por abundantes e inéditos cuadros y gráficos que desgrana el sociólogo galo; ayuda que se antoja valiosa dada la densidad de la obra. A su vez, el libro consta de varios cuadros que se detienen en aspectos esenciales, tales como la medida de la desigualdad a través del coeficiente de Gini (pp. 25-27), la definición y cartografía de las clases medias (pp. 59-61) o los tiempos del cambio social (pp. 101-102).

No en vano, y de cara a matizar la valoración positiva que merece esta obra, conviene subrayar la tendencia del autor a referirse ante todo a la situación gala, aunque amplíe su perspectiva procediendo a comparaciones internacionales. Asimismo, se posiciona en víctima de críticas provenientes de sociólogos que no comparten sus tesis, entre los cuales figuran Goux y Maurin (2012), en lugar de considerarlo como parte del debate científico. En ese sentido, la conclusión titulada "La sociedad de las ilusiones" es inútil al no aportar nada nuevo al análisis del objeto de estudio. Por último, sobre todo en el apartado introductorio, la obra peca por ciertas generalidades.

En cualquier caso, la lectura de la última obra de Louis Chauvel resulta indispensable para la comprensión de la desclasificación social y de la fractura intergeneracional.

REFERENCIAS

1. Chauvel, L. (2006). Las classes moyennes à la dérive. París: Seuil. [ Links ]

2. Chauvel, L. (2010). Le destin des générations. Structure sociale et cohortes en France du XXème siècle aux années 2010. París: PUF. [ Links ]

3. Chauvel, L. (2016). La spirale du déclassement. Essai sur la société des illusions. París: Seuil. [ Links ]

4. Fourastie, J. (1979). Les Trente Glorieuses ou la révolution invisible. París: Fayard. [ Links ]

5. Goux, D., & Maurin, E. (2012). Les nouvelles classes moyennes. París: Seuil. [ Links ]

6. Merton, R. K. (1997). Eléments de théorie et de méthode sociologique. París: Armand Colin. [ Links ]

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