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Estudios Políticos

Print version ISSN 0121-5167
On-line version ISSN 2462-8433

Estud. Polit.  no.39 Medellín July/Dec. 2011

 

SECCIÓN GENERAL

 

Exclusión social en Medellín: sus dimensiones objetivas y subjetivas *

 

Social Exclusion in Medellín: Their Objective and Subjective Dimensions

 

 

Luz Stella Álvarez Castaño1; Jorge Arturo Bernal Medina2; Diana Sepúlveda Herrera3

 

1 Nutricionista dietista, Universidad Nacional de Colombia (1988). Magíster en Salud Pública, Universidad de Antioquia (1996). Ph.D. en Salud Pública de la Universidad de Illinois at Chicago (2006). Docente de la Escuela de Nutrición y Dietética de la Universidad de Antioquia, coordinadora del Grupo de Investigación Determinantes Sociales y Económicos del Estado de Salud y Nutrición. Correo electrónico: luzalvarez49@yahoo.com

2 Filósofo Universidad Santo Tomás, especialista en Política Social, Universidad Javeriana.

3 Nutricionista dietista, Universidad de Antioquia. Magíster en Epidemiología. Universidad de Antioquia (2010). Docente Escuela de Nutrición y Dietética de la Universidad de Antioquia y Coordinadora de Regionalización. Correo electrónico: diana2073@gmail.com

 

Fecha de recepción: mayo de 2011
Fecha de aprobación: octubre de 2011

 

Cómo citar este artículo: Álvarez Castaño, Luz Stella; Bernal Medina, Jorge Arturo y Sepúlveda-Herrera, Diana. (2011). Exclusión social en Medellín: sus dimensiones objetivas y subjetivas. Estudios Políticos, 39, Instituto de Estudios Políticos, Universidad de Antioquia, (pp. 97-116).

 


Resumen

En este artículo se contrastan las dimensiones objetivas de la exclusión social (desempleo, bajos ingresos, escasa participación social y política) con las subjetivas (percepciones sobre el fenómeno) y se construye un posible marco explicativo para el análisis de estas dos dimensiones. Se basa en un estudio analítico transversal, en el que se aplicó una encuesta a personas de diferentes estratos sociales de la ciudad. En cuanto a las dimensiones objetivas se encontró que más de la mitad de la población de Medellín es excluida socialmente: sufre privaciones que limitan su supervivencia material y tiene escaso nivel de participación social. En contraste, un porcentaje menor percibe que no tiene reconocimiento social y se siente excluido. Es posible que la divergencia entre dimensiones objetivas y subjetivas de exclusión social, que también se presenta cuando se evalúa la pobreza, obedezca a un proceso de ''colapso de expectativas'', fruto de la constatación de barreras infranqueables; aunque la felicidad y el optimismo son constructos cada vez más usados para la medición del bienestar, se requiere una lectura crítica de los resultados y contextualizar las nociones usadas.

Palabras clave: Exclusión Social; Calidad de Vida; Desigualdad Social; Pobreza, Mediciones Subjetivas del Bienestar.


Abstract

In this article the objective dimensions of social exclusion (unemployment, low income, low social and/or political participation) and the subjective ones (perceptions on the phenomenon) are compared in order to set up an explanatory frame to analyze these two dimensions. It is based on an analytical cross sectional study in which a survey was applied to people from different social strata. Related to the objective dimensions it was found that more than 50% of the population is socially excluded: they suffer multiple deprivations that prevent them from participating in the social life. In contrast a smaller percentage of people perceived themselves as socially excluded. It is possible that the divergence between objective and subjective dimensions of social exclusion -which is also found when assessing poverty- is due to a process of ''collapse of expectations'', drawn from insurmountable social barriers faced. So, constructs such as happiness and optimism, which are frequently used to measure welfare, demand a critical reading of results and notions used in context.

Keywords: Social Exclusion, Quality of Life, Poverty, Social Inequality, Subjective Measurements of Welfare.


 

 

Introducción

El término exclusión social se introdujo en las ciencias sociales, dadas las limitaciones del concepto de pobreza, para capturar el carácter relacional de las privaciones sociales y denominar los procesos ocurridos a raíz de las transformaciones económicas propias de los últimos treinta años (Cf. Silver, 1994, pp 5-6; Lepore, 2003). Su uso se originó por los efectos de las crisis económicas ocurridas en los países industrializados de Europa, por esa razón su centro de análisis han sido los cambios en las relaciones laborales (Cf. Rodgers, 1995; Atkinson, 1998). Aunque el término ha sido usado con diferentes acepciones, en esta investigación acogimos la definición de Silver (1994) quien afirma que la exclusión social es el proceso a través del cual unos grupos sociales, mediante la imposición de medidas económicas, sociales y políticas, dejan por fuera de los beneficios sociales a otros, perpetuando la desigualdad. Sin embargo, acogiendo la advertencia formulada por Pérez y Mora (2006), no se trata de un proceso definitivo de expulsión o clausura, sino de una zona de vulnerabilidad donde las personas obviamente continúan haciendo parte de la sociedad, en condiciones precarias, desarrollando también mecanismos de resistencia.

Para algunos autores (Cf. Dahl, Fløtten y Lorentzen, 2008; Castel, 1997; Santos, 2003), lo que sucedió en Europa fue la instauración de dinámicas sociales radicalmente diferentes a las existentes durante el desarrollo del estado de bienestar europeo. Para Castel, la cuestión social construida desde inicios de la década del 30 en el siglo pasado en Europa y Occidente, durante la implantación del estado de bienestar, se basó fundamentalmente en una construcción social que, aún con todas sus imperfecciones, logró ser un factor de integración en el plano cívicopolítico y generó una identidad con el trabajo que además implicaba poseer una posición de utilidad social y reconocimiento público. A esta construcción Castel la denomina sociedad salarial. El debilitamiento de la sociedad salarial que consiste en la pérdida de la centralidad del empleo formal en la política social, debido a los nuevos patrones de acumulación del capitalismo global y a la supremacía de otros espacios diferentes al nacional (lo local, lo regional, lo supranacional) trajo como consecuencia la dificultad para regular y contener la desigualdad y la exclusión. De esta manera se excluyó un alto porcentaje de personas que anteriormente y gracias a la relación salarial, eran integradas y ubicadas en los niveles medios y bajos de la jerarquía social. Lo que existe entonces son conflictos antiguos de desigualdades y exclusiones en un nuevo contexto que dificulta su resolución.

La mayoría de investigaciones latinoamericanas sobre exclusión social también ponen el énfasis en los cambios en las relaciones laborales (Cf. Banco Interamericano de Desarrollo, BID, 2008), procesos que consisten, por una parte, en el estancamiento del empleo generado en el sector público y por otra, en la precarización del empleo, que consta de tres dimensiones: desregularización laboral, flexibilización laboral en las empresas privadas y públicas, y crisis de la acción colectiva de orden laboral (Cf. Pérez y Mora, 2006, pp. 41-47). Sin embargo, los procesos acaecidos en Latinoamérica presentan particularidades que ameritan un análisis contextualizado para dar cuenta de la producción de los nuevos fenómenos de exclusión social y su encadenamiento con procesos de vieja data (Cf. Trouillot, 2000; Da Silva, 2000; Cortés, 2007; Garay, 2003). Según Pérez y Mora (2006), en América Latina se presenta una exclusión originaria que la diferencia de los procesos de los países del norte. Los autores parten de diferenciar entre dos momentos de modernización en el continente: la temprana y la globalizada, ambas productoras y reproductoras de exclusión social con dinámicas y características diferentes, siendo mayores y más graves las ocurridas durante la modernización globalizada que tiene lugar actualmente.

La exclusión originaria, característica del desarrollo económico latinoamericano entre 1930 y 1970, estaba atravesada por la naturaleza heterogénea de las economías y sociedades de la región, que provocó alta fragmentación social. Desde entonces, se generaron desigualdades no sólo entre capitalistas y trabajadores, sino en la clase trabajadora. Algunos trabajadores pertenecían al sector plenamente capitalista y eran mejor remunerados que aquellos que pertenecían a un sector de subsistencia, con periodos largos de desempleo. A eso se agregaba la existencia de un sector de autoempleo que no tenía acceso al mercado de seguros y crédito para desarrollarse. ''Por consiguiente la heterogeneidad de las economías latinoamericanas ha gestado una cascada de desigualdades que conlleva exclusión progresiva respecto del sector propiamente capitalista'' (Pérez y Mora, 2006, p. 39).

El segundo momento de modernización, denominado de globalización, propio de las tres últimas décadas, tiene como centro productor de exclusión social el cambio en las relaciones laborales, que como ya se explicó consiste de la precarización del empleo, la desregularización y la flexibilización laboral entre otros procesos (Cf. Pérez y Mora, 2006, pp. 41-47). Estos cambios favorecieron que las modalidades de exclusión laboral predominaran sobre las incluyentes. Además de la precarización del empleo en las empresas se destaca el carácter estructural que prácticamente adquirió el desempleo, la persistencia del autoempleo de subsistencia y la migración laboral internacional (Cf. Pérez y Mora, 2006, pp. 41-47).

 

1. La caracterización de la exclusión social

En la presente investigación se acoge el concepto de exclusión social teniendo como centralidad las transformaciones en las relaciones laborales con todos sus procesos conexos: desempleo de larga duración, flexibilización y precarización; pero asumiendo que la exclusión no solo se manifiesta en la pérdida total o parcial de ingresos sino que tiene carácter multidimensional. La definición incluye, por un lado, lo relativo a los aspectos distributivos de la pobreza y las desventajas sociales y por otra parte, a la carencia de poder político acompañado de una pérdida de los vínculos sociales (Cf. Saunders, 2003; Bohnke, 2001; Bohnke, 2004; Pérez y Mora, 2006, p. 51).

 

2. Las dimensiones objetivas y subjetivas de la exclusión social

Periódicamente investigaciones realizadas en los sectores público y privado dan a conocer indicadores asociados a las condiciones objetivas de exclusión y desigualdad social, es decir, aquellas que dan cuenta, usualmente con herramientas cuantitativas, de las privaciones materiales y sociales que padecen las personas excluidas tales como los bajos ingresos, la línea de pobreza, la tasa de desempleo, el coeficiente de Gini, el índice de desarrollo humano y el índice de calidad de vida, entre otros. Aunque existe controversia sobre las formas de hacer estas mediciones y los resultados de estos indicadores, sobre su utilidad, sus relaciones, sobre su carácter estático o dinámico, ellos siguen siendo considerados herramientas que ayudan a medir, de manera más o menos precisa, la condición económica y social y el bienestar de las personas y de los grupos sociales.

De otra parte, en los últimos años se utilizan otros métodos que permiten aproximarse a las dimensiones subjetivas, las percepciones, estado de satisfacción con la vida, grados de felicidad, aspiraciones y prioridades de las personas (Cf. Graham, 2008; Gacitúa, 2001; Narayan, 2000; Samman, 2007; Zavaleta, 2007). Las encuestas (cada vez más frecuentes) y, sobre todo, las entrevistas, los sondeos, los grupos de discusión, las biografías, las ''historias contadas'' y otros métodos o técnicas propios de la antropología, la sociología y la sicología que, según Saraví, buscan establecer cómo se piensa a sí mismo, cómo se explica su propia condición de sujeto social, y cómo interpreta su propia experiencia biográfica (Cf. Saraví, 2009).

Es frecuente que los resultados de estos dos tipos de indicadores no coincidan. Que, aun en condiciones objetivas de pobreza, desempleo y bajos ingresos, las personas no suelan sentirse pobres ni excluidas. En ocasiones incluso, son los países más pobres, los que presentan mayores niveles de felicidad reportados por su población y los habitantes de los países con mayores ingresos sientan mayor inconformidad con su calidad de vida. Al respecto Eduardo Lora señala:

Pese a la proliferación de empleos de baja remuneración y a la creciente informalidad laboral, la mayoría de los latinoamericanos se encuentran a gusto con su trabajo [...] En general los latinoamericanos están satisfechos con sus vidas. Esto a pesar de que ha aumentado la informalidad, de que los trabajadores no están amparados por el sistema de seguridad social, de que crecen los empleos temporales y los salarios no permiten salir de la situación de pobreza (BID, 2008, p. 6).

Este estudio tuvo como objetivo analizar algunos aspectos de la calidad de vida de los habitantes de Medellín, desde la perspectiva multidimensional de la exclusión social, además de contrastar las dimensiones objetivas de exclusión social (desempleo, ingresos, participación política, entendida como ejercicio del derecho al voto) con las subjetivas (percepciones sobre el fenómeno) y construir un posible marco explicativo para el análisis de estas dos dimensiones. Es importante anotar que debido a las limitaciones del método utilizado (encuesta) y al número de dimensiones analizadas, ninguna de ellas se evaluó exhaustivamente. Esto ocurrió por ejemplo para el caso de la participación política y participación social que se midieron exclusivamente por algunas de sus expresiones como son el ejercicio del derecho al voto y la adscripción a alguna forma asociativa de la sociedad civil.

 

3. El método

Se trata de un estudio descriptivo de corte transversal realizado en el año 2008. La unidad de análisis fueron individuos de ambos sexos entre 18 y 69 años, habitantes de la zona urbana de la ciudad de Medellín. El tipo de muestreo fue probabilístico, estratificado, por conglomerados y polietápico. La muestra se estratificó por estrato socioeconómico. Los conglomerados estuvieron constituidos por las manzanas de la zona urbana. En la primera etapa se tomaron las manzanas de acuerdo con el estrato socioeconómico predominante en el barrio. En la segunda etapa se seleccionaron las viviendas y por último las personas con edades entre 18 y 69 años. El total de la muestra (n final) fue de 1.283 individuos.

A cada persona se le aplicó una encuesta con cuatro componentes: el primero contenía las preguntas sociodemográficas y de identificación general; el segundo las preguntas de participación política: votó en las últimas elecciones y en qué grupos sociales y formas de organización social o política participa. El tercer componente consistió de las preguntas sobre condiciones sociales y materiales de vida tales como: ingreso familiar, dificultades para cubrir los gastos de la familia, nivel educativo alcanzado. El cuarto y último consistió de las preguntas de percepciones sobre exclusión social: si los encuestados se sentían o no excluidos, los actores y las razones por las cuales se produce exclusión social en la ciudad. Para saber si los encuestados se sentían o no excluidos se les preguntó si sentían que podían desempeñar un papel en su comunidad, si lo que hacían era reconocido por los demás y la pregunta final fue si se sentían excluidos o no; a estas preguntas se podía responder sí o no. Sobre los actores y causas de exclusión social, las preguntas contenían unas posibles respuestas de las que el encuestado podía seleccionar una o más. Las encuestas fueron aplicadas entre los meses de septiembre-octubre de 2008.

 

4. Análisis de la información

La información se agrupó por estratos sociales. Esta es una clasificación utilizada en toda Colombia y divide la población en seis grupos llamados estratos, de acuerdo con las características de la vivienda (materiales empleados en su construcción) y del entorno (vías, parques públicos, transporte). En el estrato uno, quedan clasificadas viviendas y vecindarios en condiciones más precarias y en el seis las viviendas y los vecindarios en mejores condiciones. El nivel educativo de las personas se dividió en las siguientes categorías: sin educación, primaria, secundaria completa, educación superior, título tecnológico o universitario.

Se utilizaron frecuencias y porcentajes para describir la distribución de los aspectos sociodemográficos, de personas y las condiciones sociales y materiales. Igualmente se elaboró la distribución univariada de la participación social y política y de las percepciones sobre exclusión social. Se realizó un análisis bivariado utilizando medidas de asociación con la prueba chi cuadrado de independencia con corrección de Mantel y Haenzel; correlación de Spearman de acuerdo con la naturaleza de las variables e intervalos de confianza del 95% para diferencia de proporciones. El procesamiento y análisis de la información se realizó utilizando los programas SAS V9.0 y SPSS v15.

 

5. Resultados

5.1 Condiciones sociales y económicas

Fueron encuestadas 1.283 personas todas mayores de 18 años, 51% mujeres y 49 hombres. El 26,5% ha cursado el nivel de primaria, el 43,8% la secundaria, el 9,6% un nivel técnico o tecnológico y el 18,4% la universidad; el 1,7% de los encuestados no ha realizado ningún estudio.

Se encontró que el 35% de población tenía un empleo, en la economía formal o informal mientras que el 10,4% estaba desempleado.1Aunque no son comparables, pues no se trata de una tasa de desempleo, las cifras encontradas coinciden con la tasa nacional de desempleo reportada por el Departamento Administartivo Nacional de Estadísticas (DANE) para ese periodo (última semana en el mes de septiembre de 2008) pero no con la tasa oficial para el área metropolitana que para esa época se ubicaba tres puntos por encima.

También se encontró diferencia en la distribución de las actividades realizadas de acuerdo con el estrato (p = 0,00). El porcentaje de personas que trabajan es mayor en el estrato alto que en los demás, 46,5% frente a 35 en el medio y 31 en el bajo; en este estrato también se presenta menor porcentaje de personas dedicadas a oficios del hogar (7%) frente a 24,8% en el estrato bajo y 17 en el medio. El número de personas dedicadas a la economía formal aumenta según el nivel educativo. Comienza con un mínimo de 20,7% entre la población adulta con ningún grado de escolaridad y alcanza los niveles de 43 y 49% de la población con nivel tecnológico y superior, respectivamente.

El desempleo tuvo un comportamiento similar: quienes no tenían ningún grado de escolaridad manifestaron estar desempleados en un porcentaje casi tres veces mayor en comparación con quienes tenían estudios superiores (13,8 contra 5,1%); lo mismo sucedió con ciertas ocupaciones como oficio del hogar, que estuvo constituida especialmente por personas sin ningún nivel educativo o que solo tenían primaria. También llama la atención que el 45% de las personas con ningún nivel educativo se dedique a realizar actividades por cuenta propia, categoría que ocupa aproximadamente al 26% de la población de otros niveles educativos.

Del porcentaje de población que estaba desempleada, la mayoría se encontraba en esa situación hacía menos de seis meses (44%), seguida de la población que llevaba entre seis meses y un año (31%). Las pruebas realizadas no demostraron asociación estadística entre el tiempo de desempleo y el estrato (p = 0,69), el sexo (p = 0,67) ni el nivel educativo (p = 0,08), es decir, personas de todos los estratos, hombres y mujeres con diferentes niveles educativos pueden estar desempleados el mismo periodo de tiempo. De las personas que tenían empleo, el 77% tenían un contrato de trabajo escrito; no se encontraron diferencias significativas según sexo ni edad (p > 0,05).

En general, se encontró que aunque el empleo fuera en la economía formal, en muchos casos es inestable y precario: al 50% de la población empleada le gustaría encontrar un nuevo empleo. El 32,6% de los empleados tiene miedo a perder su empleo actual, debido a diferentes razones: porque es la única fuente de sustento económico en su hogar (26,3%), seguido de porque el empleo que tiene es inestable y temporal (21,1%) y el 19% porque percibe como riesgosa la situación económica y política del país.

En esta investigación se preguntó por los ingresos familiares medidos en salarios mínimos mensuales legales vigentes (SMMLV), que para 2008 era de $461.500 colombianos (USD200). El 58% de las personas encuestadas respondieron que los ingresos familiares mensuales eran menores de 2,9 SMMLV (menores de $1.336.900 pesos USD600).

El 90,6% de las familias cuya vivienda se ubica en estrato bajo tuvieron ingresos menores o iguales a 2,9. El 91,6% de las familias de estrato medio ganan menos de 6,9 SMMLV ($3.180.000 USD1.440); el estrato alto tiene mayor heterogeneidad en su interior, pues este grupo incluye familias desde 5 hasta más de 10 SMMLV. Se encontró una correlación positiva entre el estrato socioeconómico de la vivienda y los ingresos económicos mensuales rho = 0,69 (p = 0,00); por lo tanto son mayores los ingresos económicos a medida que aumenta el estrato socioeconómico en el que se encuentra la vivienda.

La mayor dificultad reportada por las familias para pagar sus gastos en el último año fue la de servicios públicos. Esta dificultad está asociada al estrato y al nivel de ingresos familiares (p < 0,05). El problema afecta al 60% de los hogares que están ubicados en estrato bajo, el 43,2% de la población de estrato medio y el 11 de la de estrato alto. Afecta igualmente al 75,9% de los hogares de los encuestados que no tenían ningún nivel educativo y al 24% de aquellos que contaban con educación superior; al 67,9% de las familias con ingresos menores o iguales a 2,9 SMMLV y al 15% de las que obtienen más de 10 salarios mínimos mensuales.

5.2 Participación política

Como se anotó inicialmente, la participación política se midió a través de una de sus manifestaciones cual es el ejercicio del derecho al voto. Del total de personas entrevistadas el 59% afirmó haber votado en las últimas elecciones. Se observa que el comportamiento es muy similar por sexo (p < 0,05). Se encontró que a medida que aumenta el nivel educativo aumenta el ejercicio del derecho al voto. El grupo que tiene estudios superiores votó en el 78%, seguido del que realizó estudios técnicos o tecnológicos con el 69%, secundaria completa e incompleta con el 55%, primaria completa e incompleta con 51%, el grupo que manifestó no tener ningún nivel educativo presentó el más bajo porcentaje de participación electoral con el 41% (p = 0,00).

Los ingresos de la familia también parecen estar asociados con la decisión de votar o no. De los encuestados cuyas familias tenían ingresos menores a tres salarios mínimos votó en las elecciones el 52%, mientras que en los que tienen ingreso mayor a 10 salarios la votación es casi de la totalidad de las personas (92%). El estrato en que está ubicada la vivienda también parece tener peso en la decisión de participar en las elecciones (p < 0,00), pues de las personas que habitan viviendas ubicadas en el estrato bajo votó el 52% mientras las que habitan el estrato alto lo hizo el 79%.

Además de indagar por la participación política se preguntó a los encuestados por su participación en organizaciones de la sociedad civil como partidos políticos, sindicatos, grupos deportivos, organizaciones no gubernamentales (ONG), con el supuesto de que la exclusión está también representada por la ausencia de vínculos con el conjunto de la sociedad. Del total de los encuestados, la participación en distintas organizaciones es muy baja, se destaca que el mayor porcentaje lo obtuvo la participación en un grupo deportivo con el 4,8%, grupo de tercera edad con el 3,6%, grupos de iglesia con el 4,4%.

5.3 Percepciones sobre exclusión social

Según los encuestados, las razones por las cuales las personas son excluidas socialmente son conductas individuales voluntarias socialmente censuradas como el consumo de drogas y alcohol y la pereza, seguidos de condiciones también individuales involuntarias como la edad y la discapacidad, y por último de procesos derivados de la estructura social como la violencia y el nivel educativo alcanzado.

El 41% de los encuestados consideró que lo que hace no es reconocido por las personas que conoce, y el 34% percibe que los demás lo consideran inferior por sus ingresos o su situación laboral; el 14% afirmó sentirse excluido socialmente. La mayoría de las personas sienten que tienen oportunidad de desempeñar un papel en su comunidad, pero estas afirmaciones se diferencian según características económicas y sociales como se verá más delante.

5.3.1 El reconocimiento social

A las personas se les preguntó si perciben que desempeñan un papel significativo en su comunidad. Se encontraron porcentajes superiores de respuesta afirmativa en las personas que habitan viviendas ubicadas en los estratos más altos, 70% de los encuestados en relación con 55% de estrato bajo (p = 0,03). También se les preguntó si percibían que lo que hacen es reconocido por sus semejantes. El mayor porcentaje de personas de estrato bajo (42%) tienden a sentir menor reconocimiento que las de los estrato alto (30%). Igualmente las personas con ningún nivel educativo (58%) sienten menores niveles de reconocimiento social en relación con aquellos con estudios superiores (25%) y quienes tienen ingresos inferiores a dos salarios mínimos mensuales (45%) perciben menor reconocimiento social que quienes tienen mayores ingresos (30%).

Igualmente se indagó si las personas percibían que los demás las consideraban inferiores por razón de sus ingresos o por la situación laboral. El 38% de las personas cuyas familias tienen ingresos menores de 2,9 SMMLV perciben que los demás los consideran inferiores frente a 11% de quienes tienen ingresos familiares mayores 10 SMLMLV; también existen diferencias de acuerdo con el estrato y el nivel educativo, 36% de los encuestados de estrato bajo en relación con el 17% estrato alto y 55% de quienes no tienen educación formal consideran que los demás los perciben inferiores frente al 21% de quienes tienen estudios superiores.

5.3.2 Autopercepción de exclusión social

El 14% afirmó sentirse excluido socialmente. Esta percepción es mayor en la población de menores ingresos económicos (18% en la población cuyos ingresos son menores a 2,9 SMMLV frente a 11 % en los que tienen ingresos a más de 10 SMMLV), en quienes habitan viviendas clasificadas en estrato bajo (21% frente a 6% de los que viven en estrato alto) y en quienes tienen menor nivel educativo, 38% de quienes no tienen educación formal frente a 6% de quienes tienen educación superior.

Sobre los actores sociales generadores de exclusión social y las condiciones protectoras, los encuestados podían responder varias alternativas: en primer lugar los encuestados señalan como generadores de exclusión a ''los ricos'' (65%), a los empresarios (36%) y al gobierno (24%). Se destaca que el 15% de la población considera que los grupos armados ilegales son generadores de exclusión social. Las condiciones que protegen a las personas de ser excluidas socialmente son: tener educación (86%), tener un buen empleo (84%) y contar con amigos influyentes (82%).

 

6. Discusión

Al observar los resultados de manera global, vemos que aunque los ingresos familiares son insuficientes, el nivel educativo alcanzado es bajo, las personas de estratos más pobres no son quienes eligen a los gobernantes, solo el 14,5% de la población se siente excluida. Los resultados coinciden con otros estudios realizados en la ciudad, en la encuesta de ''Medellín, cómo vamos'' (2007) solo el 25% de la población se considera pobre. Algo similar arrojó una encuesta realizada por ''Voces ciudadanas'' en 2006. Estos resultados se asemejan igualmente a los que obtuvo el DANE (2007) en su encuesta de calidad de vida, en la que menos del 30% se considera pobre.

Sin embargo, al desagregar las respuestas, por estratos, niveles de ingreso, de educación y de cultura política-participación, la situación general cambia de manera considerable. Así por ejemplo, el 28% de los habitantes de los estratos más pobres sí se siente excluido, y el 38% de las personas que no tienen ningún nivel educativo reconocen esa condición. Al analizar la información de manera desagregada se acercan las lecturas subjetivas y objetivas de la exclusión y la pobreza.

A continuación señalaremos algunos referentes para analizar estos hallazgos

6.1 Experiencias versus expectativas

Según Boaventura de Sousa Santos, en las sociedades premodernas había una relativa simetría entre experiencias y expectativas. Es decir, entre las realizaciones y logros materiales y sociales alcanzados (que el autor denomina experiencias) y aquellos que pudiera razonablemente esperar gracias a los arreglos sociales e institucionales (expectativas) (Santos, 2003, p. 36). La simetría consistía en que ''El que nacía pobre, moría pobre, quien nacía analfabeto, moría analfabeto. La sociedad moderna intentó recrear esta discrepancia y abrió la posibilidad de que quien nace pobre, puede morir rico, quien sea iletrado puede morir como padre de un médico o un abogado'' (Santos, 2003, δ 2). El autor señala que esa posibilidad de que las expectativas sobrepasen las experiencias es fundamental para nuestra interpretación del mundo y para llamar esa discrepancia usamos diferentes palabras como progreso y desarrollo (Santos, 2003, δ 3).

Esta tendencia social se transformó desde los años ochenta y según Santos ''hoy la gran mayoría de la población mundial espera sin esperanza. Aunque las experiencias hayan sido mediocres, las expectativas son peores. Hoy tenemos un colapso total de expectativas: quien come hoy no sabe si comerá mañana; quien sobrevive hoy puede no lograrlo mañana; quien envió a su hijo a la escuela este año, no sabe si lo podrá enviar al año entrante'' (Santos, 2003 δ 4). Según el autor, la globalización neoliberal terminó una tensión creativa que existía entre democracia y capitalismo. ''En buena medida se agota el contrato social donde existió, el trabajo como mecanismo de integración social y como 'motor de ciudadanía', se transforma, se flexibiliza e informaliza. El Estado cambia su papel y se vuelve 'un agente de interacciones mercantiles', se privatizan muchos de los servicios que antes eran bienes no mercantiles. Y, con la caída del Muro de Berlín, se van agotando tanto las opciones de revolución como de reformismo'' (Santos, 2003, δ 6).

Esta reflexión es útil para tratar de entender, en parte, lo que ocurrió en Medellín en este periodo. Medellín era una ciudad donde la industria y la economía formal tenía un peso decisivo, se generaba un importante nivel de empleo formal y los trabajadores habían conseguido, producto de su movilización y de negociaciones colectivas, ciertos derechos y garantías que mantenían algún nivel de ''expectativas positivas'', consecuencia de ese sistema de contratación laboral que les garantizaba cierta estabilidad económica y social y condiciones para no caer en la pobreza.

Esta situación cambia de manera sustantiva desde la década de 1980. Ante las transformaciones del mercado laboral, el trabajo a través de la sociedad salarial pierde esa función de ''integración social'' y de generador de expectativas mejores que las experiencias. Muchos trabajadores pierden su empleo, son despedidos o sometidos a diverso tipo de ''arreglos'' con los patronos y son remplazados, cuando se requiera, por trabajadores pero de forma temporal, y más recientemente por ''asociados'' a las cooperativas de trabajo asociado. En la mayoría de las empresas ya no hay negociación colectiva y los sindicatos desaparecen o son reducidos drásticamente.

De esta manera, el trabajo formal, deja de ser, en alto grado, un generador de expectativas de progreso social y cultural, y el desempleo o la informalidad van conduciendo a perder buena parte de lo logrado: la vivienda que había sido adquirida con préstamos favorables gracias a las convenciones colectivas, la educación superior de los hijos, las propias posibilidades de estudio y formación del trabajador, las actividades sindicales y políticas y aun las de tipo recreativo en periodos de vacaciones.2 Se produce así el ''colapso de expectativas''.

No es casual, en estas condiciones, que un poco más de la mitad de las personas encuestadas de los estratos más pobres señale el desempleo como una de las razones que producen exclusión social. De otra parte, al indagar por los factores que protegen contra la exclusión, el contar con un buen empleo aparece en segundo lugar con el 84% de las respuestas. Y al preguntar por los responsables sociales de la exclusión la gran mayoría de las respuestas en los estratos más pobres la atribuye a los empresarios, los ricos y el gobierno, respuestas que pueden estar asociadas con los responsables de generar empleo o, en su defecto, con los que generan desempleo.

Igualmente, las respuestas relacionadas con la falta de reconocimiento social están muy ligadas con no tener un buen empleo y también se concentran en los estratos bajos y medios de la ciudad. Finalmente, en lo que tiene que ver con la importancia de tener un empleo, más del 50% de las respuestas, lo señalan como un buen mecanismo protector frente a la exclusión social, lo que se constituye en la otra cara frente a la falta de reconocimiento.

6.2 Felicidad, bienestar, ciudadanía y derechos

Los resultados encontrados llaman la atención sobre la necesidad de preguntarse por definiciones y categorías como felicidad, optimismo, satisfacción con la vida que se lleva y sobre el uso que se hace de ellas en encuestas de opinión y en balances sobre bienestar social, especialmente de corte subjetivo.3

En nuestra opinión se puede estar hablando de cosas distintas, que pueden estar o no relacionadas. Una cosa es ser o estar feliz y otra ser libre —llevar el tipo de vida que se considera valioso (Sen, 1999)—, tener bienestar y una vida buena. Se podría asumir que la persona que tiene y lleva la vida que considera valiosa y que tiene una buena calidad de vida, estaría más feliz que quien no cuenta con ello; de forma contraria, quien no cuenta con esto, sería menos feliz o tendría más frustración, pero según diversas encuestas y estudios no siempre esta relación es directa o coincide.

Sen señala que ''la felicidad puede ser una parte valiosa del bienestar y ser feliz es ciertamente una realización de gran importancia, pero hay otras realizaciones importantes que no son congruentes con la felicidad y para las que la felicidad no puede servir como subrogado, especialmente en las comparaciones interpersonales'' (Sen, 1997, p. 80). De esta manera, se puede asumir que tiene sentido tratar de determinar el estado de felicidad, de satisfacción, de entusiasmo de las personas a la hora de evaluar su bienestar (en este caso subjetivo), pero que no basta con ello. Es insuficiente si no tiene en cuenta a su vez el bienestar objetivo, la calidad de vida, los funcionamientos (estar bien alimentado, sano, educado, vinculado a la sociedad, según Sen) y en última instancia las realizaciones y el estado de libertad real. Circunstancias especiales, personales o colectivas que afecten ese estado mental, pueden influir en la respuesta que la gente da a la hora de una encuesta, ante la pregunta de si se siente o no feliz.

Más complejo aún es el análisis de respuestas acerca de si se consideran excluidos o pobres por cuanto en ello se involucran factores sociológicos, culturales, económicos. La procedencia territorial, la etnia, el nivel educativo, el lugar de residencia, el conocer o no otros territorios (ciudades, países) el tener o no empleo-trabajo digno, el acceso a tecnologías y sistemas de información y hasta la inclinación y aun la postura política cuentan en las valoraciones de las personas (Cf. Palau, 2008, p. 2).

Como lo destaca el Informe del BID, la gente de países más pobres, de menor crecimiento y de ingresos promedios más bajos, siente que lleva o que tiene mejor vida y tiende a ser más optimista que los habitantes de países de mayor desarrollo y de mejor ingreso per capita. En este mismo informe se expresa que los parámetros de evaluación pueden ser más altos en un ciudadano de un país más desarrollado, donde se ha contado con un estado de bienestar que ha garantizado buena parte de los derechos de ciudadanía a todos sus habitantes, que los que se aplican a otro dónde este tipo de estado y de derechos no ha existido o son muy frágiles.

La encuesta Gallup, que usa el Informe del BID pone esto en evidencia cuando compara el índice de desarrollo humano objetivo con el subjetivo (valoración de las personas). En las regiones del planeta donde es más alto el IDH objetivo: Europa Occidental, América del Norte, Asia Oriental y el Pacífico, la distancia es mayor entre estos dos índices, superando de manera importante el objetivo al subjetivo.

Según el Informe:

Los más pobres y menos educados tienen mejor opinión de las políticas sociales que los individuos más ricos o con mejor educación de sus mismos países. La falta de aspiraciones debilita las demandas de los pobres por mejores servicios de educación, salud y protección social frente a los grupos de ingresos medios o altos que cuentan con más información y que pueden ser más influyentes políticamente. Las sociedades más educadas, más integradas social, étnica y geográficamente y más participativas políticamente tienen mejores posibilidades de romper con esta paradoja de las aspiraciones. Una ciudadanía descontenta pero activa políticamente es mejor indicio de progreso social que una sociedad pasiva y tolerante (BID, 2008, p. 13).

En relación con la formulación de políticas públicas, resultan muy importantes estas últimas consideraciones del Informe del BID. Sociedades más educadas, más integradas (menos excluyentes) y más participativas políticamente y ciudadanos descontentos (exigentes) pero activos políticamente, deben ser metas de esas políticas públicas. La evaluación de esas políticas no debe estar centrada solo en el grado de felicidad sino de realizaciones y libertades (Sen, 1997) incluyendo el bienestar objetivo y subjetivo y la capacidad de agencia a la que hemos hecho alusión.

 

Conclusiones

Un porcentaje significativo de la población de Medellín padece altos niveles de exclusión social, medido en sus dimensiones objetivas: desempleo, bajos ingresos familiares, temor a perder el empleo, bajo nivel educativo, no ejercicio del derecho al voto y poca adscripción a formas organizativas sociales, entre otros. En contraste, es menor el porcentaje de población que se percibe a sí misma excluida, y las causas de la exclusión son en general atribuidas a características y conductas que corresponden a la esfera individual y no a las condiciones sociales y materiales estructurales. Una posible interpretación a esta divergencia es la disminución o colapso de expectativas, formulada por Santos (2003, p. 36), producida por la constatación de que las realizaciones futuras en ningún caso serán mejores que las experiencias pasadas; se trata de alguna manera de un acomodamiento o ajuste frente a la constatación de las dificultades para transformar la propia realidad.

Los resultados de esta investigación demuestran que es necesario evaluar con perspectiva multidimensional el fenómeno de exclusión social, pues sus manifestaciones se dan en el terreno de las privaciones materiales pero también en las otras esferas de ejercicio de la ciudadanía como la social y política. También es evidente que conceptos como exclusión social, pueden tener mayor potencia que otros como el de pobreza, para entender el carácter relacional de los procesos económicos y sociales que impiden a algunos grupos acceder a los beneficios sociales, debido al monopolio de los recursos ejercido por otros grupos. Igualmente es importante afianzar el conocimiento de las percepciones sobre la exclusión social y tratar de afinar los marcos conceptuales para la interpretación de las posibles divergencias encontradas entre sus dimensiones objetivas y subjetivas.

 

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Notas

* Este escrito es producto de la investigación ''Percepciones sobre exclusión social en Medellín'' financiada por el Comité para el Desarrollo de la Investigación (Codi) de la Universidad de Antioquia, la Corporación Región y la Escuela Nacional Sindical, Acta Codi 492 25, septiembre de 2007.

1 El desempleo se define como la situación del grupo de personas en edad de trabajar que en la actualidad no tienen empleo aun cuando se encuentran disponibles para trabajar (no tienen limitaciones físicas o mentales para ello) y han buscado trabajo durante un periodo determinado.

2 García Canclini (2004, pp. 56-68) citando a Bourdieu, señala que la exclusión y la segregación social se expresa también en el barrio donde se vive, en la escuela-colegio donde se matricula a los hijos, a los lugares donde se va a vacacionar, a los restaurantes que se frecuentan, la frecuencia con que se va al cine, al teatro, a los museos. Es evidente que al perder el empleo muchas de estas prácticas culturales cambian, se transforman o desaparecen, con lo que se empobrece la calidad de vida.

3 Para estas discusiones puede ser útil tener en cuenta lo que Rossana Reguillo (1996) llama los ''anclajes'' y Bourdieu (1991) ''El Habitus''. Según ellos no basta con la opinión, el punto de vista del individuo; en esa opinión cuentan y juegan diversos elementos: anclajes, lugares sociales, territoriales, mediaciones, relaciones. Hay un diálogo, un puente entre mundo objetivo y mundo subjetivo (interpretación hermenéutica): un habitus.

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