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Estudios Políticos

Print version ISSN 0121-5167
On-line version ISSN 2462-8433

Estud. Polit.  no.48 Medellín Jan./June 2016

http://dx.doi.org/10.17533/udea.espo.n48a08 

SECCIÓN GENERAL

 

DOI: 10.17533/udea.espo.n48a08

 

Honrar al padre y salvar a la patria en No hay causa perdida de Álvaro Uribe Vélez*

 

Honoring your Father and Saving the Country in No Lost Causes by Alvaro Uribe Velez

 

 

Wilson Orozco (Colombia)1

 

1 Filósofo. Magíster en Literatura Colombiana. Docente de la Escuela de Idiomas de la Universidad de Antioquia. Grupo Traducción Literaria, Escuela de Idiomas, Universidad de Antioquia UdeA. Calle 70 No. 52–21, Medellín, Colombia. Correo electrónico: wilson.orozco@udea.edu.co

 

Fecha de recepción: noviembre de 2014

Fecha de aprobación: mayo de 2015

 

Cómo citar este artículo: Orozco, Wilson. (2016). Honrar al padre y salvar a la patria en No hay causa perdida de Álvaro Uribe Vélez. Estudios Políticos, 48, Instituto de Estudios Políticos, Universidad de Antioquia, pp. 135–154. DOI: 10.17533/udea.espo.n48a08

 


RESUMEN

Álvaro Uribe Vélez (2012) en sus memorias No hay causa perdida da cuenta de sus ocho años de presidencia pero también de ciertos elementos de su vida privada. Uno de los eventos que realza es el intento de secuestro y asesinato de su padre Alberto Uribe Sierra en 1983. Este evento, junto con el secuestro y muerte de otras reconocidas personalidades le sirven al narrador para recrear una atmósfera de zozobra y tensión para justificar toda su política de seguridad militar. Dado que las memorias están narradas de una manera maniquea y en la forma del thriller de suspenso, se utilizaron las herramientas de la narratología para desentrañar su alto contenido patriarcal. Básicamente, se encontró que el narrador entronca hábilmente eventos personales y de conocimiento público para justificar su lucha y la salvación de la patria. La presentación que hace el narrador de sí mismo es la de un héroe que está constantemente abocado a restituir un orden conservador y un pasado de felicidad bucólica.

Palabras clave: Padre; Héroe; Villano; Familia; Seguridad Democrática; Uribe Vélez, Álvaro.


Abstract

In his memoirs, No Lost Causes (2012), Alvaro Uribe Velez provides an account of his eight years in office while also revealing certain aspects of his private life. One of the main events depicted in the book is the attempted kidnapping and murder of his father, Alberto Uribe Sierra, in 1983. Along with the kidnapping and murder of other important personalities, this event is used by the narrator to create an atmosphere of anxiety and stress in order to justify his military approach to national security during his presidency. Since these memoirs are narrated following a Manichean style and using the format of a suspense thriller, this article uses narratology tools to unravel the patriarchal content of the memoirs, finding that the narrator skillfully connects personal events with public ones in order to justify what he interprets as his fight to save the country. The narrator presents himself as a hero who is constantly called to restore a conservative order and a past of bucolic bliss.

Keywords: Father; Hero; Villain; Family; Democratic Security Policy; Uribe Velez, Alvaro.


 

 

Introducción. Narrar la propia vida

Las memorias de un personaje público ofrecen la motivación de que algo nuevo se nos va a contar, de que algo nuevo sabremos de él. Querrá compartirnos secretos que de otra manera no podríamos saber, nos querrá hacer participes de sus confesiones. Y al leer unas memorias somos los privilegiados depositarios de esa confesión. Así que la revelación establece un puente de unión entre el que confiesa —ya que se libera de algo— y el que escucha y le sirve de excusa para una liberación, puesto que "una confesión consiste en liberarse a sí mismo y plantea el problema de la presencia de los otros; es de naturaleza autobiográfica y se apoya sobre el postulado de una identidad entre el autor y el sujeto del enunciado" (Raguet–Bouvart, 1996, p. 31).1

La primera dificultad que surge es que si toda confesión es de naturaleza autobiográfica, significa que el único que tiene autoridad sobre lo que se confiesa es el sujeto que la realiza. Lo que provoca la paradoja de que el sujeto confesante haga enunciados y que solo él tenga la potestad de saber si lo que afirma es cierto o no. La confesión ofrece además la paradoja de que es una objetividad dada a través de una subjetividad plena (Raguet–Bouvart, 1996, p. 31). La autobiografía se acerca entonces a una narración casi ficcional porque es mucho lo que se agrega en el momento de la memoria. Como afirma Nabokov (1990): "Cuando hablamos de un recuerdo vívido individual estamos elogiando, no a nuestra capacidad de retención, sino a la misteriosa previsión de Mnemosine al guardar este elemento que la imaginación creativa querrá querer usar al combinarlo con posteriores recuerdos e invenciones" (p. 66).2

Si hacer biografía es imaginar al otro reconstruido en palabras, hacer autobiografía incluirá mucho de autoficción. Esto es claro para Jacques–Alain Miller, que al intentar hacer la biografía de Lacan no se engaña al respecto y sabe que al hacerlo habrá mucho de ficción. En otras palabras, se narra al otro no como es sino como lo vemos o lo queremos ver: "Lo real no se transmuta en verdad, si no es en sí misma mentirosa. Existe ese obstáculo irreducible que constituye lo que Freud llamaba la represión primaria: se puede seguir interpretando siempre, no hay la última palabra de la interpretación. En resumen, autobiografía es siempre autoficción" (Miller, 2011, p. 15).

Ese yo que se describe a sí mismo o que es descrito por otro tiene la característica de que merece ser narrado dadas sus acciones y epopeyas, quiere pasar a la historia y ser recordado. Ejemplo de esto es el yo de las memorias políticas, un yo deseoso de pasar a la posteridad, un yo teñido de lucha, debate, vanidad y combate.

El papel de la construcción ficcional es entonces ineludible a la hora de la materialización de unas memorias y mucho más si estas tienen que ver con eventos íntimos, con sucesos de la vida personal. Y es como si en las memorias se pusiera también todo el dispositivo de la terapia donde escuchamos el discurso del que sufre. A propósito, Sigmund Freud (2007) en La novela familiar de los neuróticos da las claves para explicar la forma en la cual el niño, el neurótico y el adulto imaginan, perciben y narran sus relaciones familiares. En otras palabras, prestar atención a qué es lo que cuenta, qué calla, qué realza y qué narra el sujeto en cuestión. Para Freud es claro que el niño se forma una imagen más encumbrada que real de sus padres y eso se puede aplicar también al padre narrado por adultos, sobre todo cuando este padre ya ha desaparecido y es convertido en añoranza idealizada. Dice Freud:

Esa sustitución de ambos progenitores o del padre solo por unas personas más grandiosas, descubre que estos nuevos y más nobles padres están íntegramente dotados con rasgos que provienen de recuerdos reales de los padres inferiores verdaderos, de suerte que el niño en verdad no elimina al padre, sino que lo enaltece. Y aun el íntegro afán de sustituir al padre verdadero por uno más noble no es sino expresión de la añoranza del niño por la edad dichosa y perdida en que su padre le parecía el hombre más noble y poderoso, y su madre, la mujer más bella y amorosa (p. 220).

Y si bien aquí se habla del niño como idealizador del padre, es perfectamente aplicable al relato que el adulto hace sobre el mismo, ya que como añade Freud (2007): "la sobreestimación infantil de los padres se ha conservado también en el sueño del adulto normal" (p. 220).

Pero la presencia preponderante del padre en la narración familiar no se aleja mucho de la centralidad que esta figura ha tenido en la cultura judeo–cristiana. Silvia Tubert (1997) hace un somero análisis de las representaciones de la paternidad en Occidente desde el punto de vista de la filosofía, de la teología y de la lingüística. En los tres casos, la preponderancia del padre es evidente con respecto a la importancia de la madre.

La filosofía y la biología aristotélicas dominaron las formas de entender el mundo hasta casi el siglo XVII y, por lo menos desde esta biología, la madre solo proporciona la materia pero es el padre el responsable del acto, es decir, del movimiento. Así que una materia sin nadie que le dé forma o que la moldee, para tomar la metáfora del artesano, no es nada. El padre entonces, en términos escolásticos, es la causa eficiente.

Desde el punto de vista de las religiones monoteístas, el padre es el único posibilitador y responsable de la generación de vida. Él es el único Padre creador. El ejemplo más claro es el de Dios creando a Adán y, a su vez, a Eva de una de las costillas de este.

Y desde el punto de vista de la lingüística, Tubert (1997) se apoya en Émile Benveniste para apoyar esta asimetría entre el padre y la madre al señalar que existen muchos términos para referirse al padre y a todo su campo semántico, pero pocos comparativamente para referirse a la madre: "Patrius es clasificatorio y conceptual, paternus es descriptivo y personal, patricius remite a la jerarquía social" (p. 44).

Ese padre es esencial entonces tanto en la cultura como en los relatos del niño y del adulto, e incluyen elementos de ficción y de autoficción presentados en formas narrativas. Al respecto, Mieke Bal (1987) plantea que cualquier texto que presente dentro de sí una fábula en la forma de historia materializada en un texto, tiene las condiciones para ser considerada objeto de la narratología:

Un texto es un todo finito y estructurado que se compone de signos lingüísticos. Un texto narrativo será aquel en que un agente relate una narración. Una historia es una fábula presentada de cierta manera. Una fábula es una serie de acontecimientos lógica y cronológicamente relacionados que unos actores causan o experimentan. Un acontecimiento es la transición de un estado a otro. Los actores son agentes que llevan a cabo acciones. No son necesariamente humanos. Actuar se define aquí como causar o experimentar un acontecimiento (p. 13).

Allí donde los actores quieren lograr algo o quieren un determinado objeto, se pueden considerar desde el punto de vista de la narratología como héroes. Ese objeto anhelado puede ser entendido como el amor, la paz o la salvación. Y si se busca una salvación es necesario un oponente generalmente malvado y, ya que se opone al héroe, se puede considerar también como el villano. Elementos componentes de esta estructura son los diversos ayudantes a los que el héroe debe acceder para lograr sus objetivos y los diversos obstáculos que, por supuesto, debe remontar para lograrlos.

 

1. Estructura y discurso de No hay causa perdida (2012)

Lo primero es hacer una aclaración en torno al narrador de estas memorias. La narración parece hecha por el propio Uribe Vélez, pero en el epílogo se aclara que el texto es producto de una serie de entrevistas concedidas al periodista Brian Winter de quien recibió un "apoyo fundamental" (p. 333) y quien además le "ayudó a escribir un libro que cubre mi gobierno y mi vida de forma detallada y emotiva" (p. 337). La relación entre ambos parece cercana, ya que el narrador afirma que las entrevistas se hacían mientras disfrutaban de "galletas que acompañaban con un buen vaso de leche" (p. 333). Así, el periodista parece actuar más como transcriptor de las entrevistas que como cuestionador. Hecha esta aclaración, igualmente cuando se dice narrador hay que entender que es la voz del expresidente Uribe puesto que él ha dado el beneplácito para que lo escrito sea de su autoría.

Lo que sí hay que suponer es que la presencia de Winter puede explicar la narración fluida y con una carga de suspenso que lo acerca al guión cinematográfico o al thriller político. Casi todos los capítulos terminan con un elemento de incógnita. Como si de un folletín por entregas se tratara y poseyendo el dramatismo de un guión cinematográfico, sobre todo en la narración de las acciones militares. Y como buen guión —al modo hollywoodense— se puede identificar una estructura maniquea propia del espíritu combativo del narrador. La principal batalla de este es la derrota de los que él considera como los causantes del caos en el cual está sumida Colombia, es decir, de las FARC.

Las memorias están divididas en seis partes y un epílogo. Cada parte está dividida, a su vez, en pequeños "capítulos", siendo el primero de ellos bastante particular porque es realmente un fragmento de tres líneas donde están sintetizadas dos de las obsesiones del narrador: su espíritu combativo y su inclinación religiosa. Ese sesgo militar y misional está constantemente reforzado con palabras como causa perdida, armados, tropas, patria y responsabilidad. En ese capítulo, por ejemplo, un personaje le comunica al narrador que "las tropas están listas" y este último ordena inmediatamente que procedan bajo su "responsabilidad". Luego el narrador cierra los ojos, recuerda las caras de los que lo rodean para finalmente dedicarse a rezar (p. 3).3

 

2. Alberto Uribe Sierra: el hombre viril y muerte del padre

Las memorias se focalizan al inicio en narrar el secuestro por parte de las FARC de los políticos Guillermo Gaviria y Gilberto Echeverri. La narración se tiñe de alusiones gandhianas y religiosas, ya que la retención se da en medio de una marcha por la paz que los políticos hicieron al municipio de Caicedo, Antioquia. La marcha tiene tintes de procesión católica, puesto que asisten a ella el presidente de la Conferencia Episcopal Colombiana, algunos obispos y Bernard Layette, que ya había marchado también antes con Martin Luther King (p. 5). Los marchantes entregan rosarios, entonan cánticos de paz, llevan camisetas blancas y ondean banderas del mismo color.

Todo esto tiene el toque del sacrificio del blanco cordero que es inmolado y traicionado al modo de otros textos donde se incluye el asesinato de un padre: En Mi confesión (Aranguren, 2005), los guerrilleros que recibieron la generosidad del padre, no responden de igual forma sino con el ataque traicionero; en El olvido que seremos (Abad Faciolince, 2011), el profesor que intentó erradicar la enfermedad —la enfermedad biológica y social— es inmolado por una sociedad que nunca le agradeció; y aquí mismo en No hay causa perdida, el patriarca que entrega tierras a los campesinos —con visos netamente asistencialistas— es asesinado por los guerrilleros que paradójicamente buscan una reforma agraria.

La narración del secuestro se intercala al modo del suspense con el del patriarca Alberto Uribe Sierra, padre del narrador, y a modo retórico, ambos personajes parecen ser uno y el mismo: Gaviria era "hijo de una influyente familia dedicada [...] a hacer empresa" (p. 4) mientras que Uribe Sierra "trabajaba sin descanso"4 y vivía rodeado de "gente trabajadora y honesta" (p. 18).5 Pasando al ámbito personal, Gaviria "poseía el celo de un verdadero creyente" (p. 4) y Uribe Sierra se caracterizaba por "la amabilidad y la generosidad" (p. 30). Aunque a pesar de los rigores del trabajo, se daban su tiempo para el vigor varonil, el esparcimiento y la alegría, ya que Gaviria "era joven y carismático, poeta y bailarín" (p. 4), mientras que Uribe Sierra era también "un hombre jovial y carismático, la personificación misma de la salud, la felicidad y el vigor" (p. 18). Esto coincide, a propósito, con una nota periodística publicada días después de la muerte de Uribe Sierra:

Era un hombre de vitalidad extraordinaria. Como "un volcán, la personificación del paisa, dicharachero", lo calificó ayer Juan David Botero, quien fue uno de sus amigos.

Nadie sabe si era más mujeriego, o aguardientero, o buen conversador, pero en esos aspectos no tenía rival. Donde llegaba, con su charla, se convertía en el centro de la reunión. Lo comparaban con un encantador de serpientes.

Como antioqueño de pura cepa, toda su vida giró en torno al campo, a tal punto que sus hijos dicen que él era un verdadero "tierrero" (El Mundo, 1983a, junio 16, p. 10).

 

 

Gradualmente, las características del padre se van transmutando al hijo, ya que el narrador habla con orgullo de su afición por los caballos y no desaprovecha oportunidad para demostrar su pasión, incluso en las situaciones más inesperadas. En una ocasión, reunido con Hugo Chávez —padre de la revolución bolivariana— lo desafía a recorrer a caballo una pista con una taza llena de café sin derramar una sola gota, el presidente venezolano se debe comprometer a regalarle "unos cuantos barriles de petróleo" (p. 197). El mandatario venezolano acepta el reto y Uribe Vélez emprende entonces su acto con visos circenses frente a lo cual Chávez le grita: "¡Tú... eres como un centauro!" (p. 197). El narrador demuestra aquí entonces todas las virtudes de la hombría propias del padre y poco a poco se va configurando, cada vez más, en su papel de héroe. A su vez, la forma de narrar al padre y las metáforas que utiliza proceden de un mundo viril, combativo y de lucha.

 

 

El toro en particular le sirve al narrador para concretar y sintetizar las virtudes de su progenitor. De hecho, Uribe Sierra es comparado metafóricamente con este animal así: "esa mañana de junio de 1983 se levantó enojado, inquieto e impetuoso como un toro [énfasis agregado]" (p. 18). Esto señala, además, una suerte de destino que ya está prefijado, un destino que lo prevé el mismo padre asesinado como si se tratara de una tragedia griega al afirmar que ese día su padre "se despertó agitado" (p. 18). Ese fatalismo se puede encontrar igualmente en El olvido que seremos de Héctor Abad Faciolince (2011), ya que ese otro padre asesinado —Héctor Abad Gómez— sabe del peligro que le acecha, pero tanto este como Uribe Sierra corren precisamente hacia esa inmolación de la cual estaban enterados. Pero es una inmolación que los define y sin la cual no tendría sentido su existencia. Abad Gómez no hace caso a las amenazas y Uribe Sierra, en una demostración de virilidad, va hacia la finca en la cual sabe que lo van a secuestrar, viviendo en toda plenitud la afirmación que tanto repitió en vida y que precisamente lo llevaría a la muerte: "mejor muerto que secuestrado" (p. 20).

Pero aparte de esa visión idealizada y mitificada del padre por parte del hijo, ¿cómo se relacionan ambos? En la parte titulada Coraje,6 el hijo — siendo un niño— es obligado por su padre para que permanezca de rodillas y soporte la salida de un toro que pasa por su lado. El narrador lo asume como una enseñanza por parte del padre para que en adelante no se acobarde ante los innumerables peligros que encontrará en la vida. El narrador reconoce el miedo sentido, pero el mandato paterno le obliga a permanecer incólume. Es imposible no pensar en la carga sádica y en las posibles implicaciones síquicas para ese hijo. De manera que el padre idealizado no procede completamente del afecto y de la ternura sino de la formación en los valores viriles. Finalmente, y con respecto a esa relación entre Uribe Sierra y Uribe Vélez, Gloria Hurtado (2013, abril 16) afirma que: "La figura de un padre excesivo en rigidez y disciplina marca el carácter del niño hasta volverlo un hombre terco, obsesivo, furioso y desenfocado. Atrás hay un miedo inmenso, un abandono afectivo y una necesidad compulsiva de ser 'mirado' para poder sentir que la vida tiene sentido" (s. p.).

 

3. El drama familiar y la misión del hijo

Se ha considerado que la experiencia traumática padecida por Uribe Vélez tiene que ver con su visión guerrerista (Duzán, 2004; López de la Roche, 2014) y con el énfasis en el restablecimiento de la autoridad como si de una restitución de la presencia paternal se tratara. Esto, sin embargo, ha sido negado por él mismo y se sabe de su aversión por esa interpretación de revanchismo contra las FARC (Duzán, 2004; López de la Roche, 2014). Porque confesar que es por su padre sería quedar al nivel de un burdo y vulgar vengador. Por eso declara prontamente que sus motivaciones no son personales:

Varios de mis detractores políticos se han valido de mis decisiones en materia de seguridad para acusarme de ser aliado de los paramilitares. No es cierto. Si bien algunos de estos grupos criminales se crearon por venganzas personales —tal es el caso de los Castaño Gil después que las FARC asesinaran a su padre—, no es mi caso: siempre he sabido que la mejor manera de honrar la memoria de mi padre es trabajando para que las nuevas generaciones de colombianos no tengan que sufrir los mismos padecimientos por causa de la violencia (p. 101).

De tal manera que el drama y el carácter familiar de las memorias están dados por este primer epígrafe: "Para Lina: quien representa a la familia" (p. v), quien —como se sabe— es la esposa del expresidente Uribe Vélez. Lo que llama la atención es que esta Lina de la dedicatoria queda relegada simplemente al representamen de la familia, como una especie de Virgen María guardiana del hogar. Y llama la atención también que la primera parte de las memorias sea titulada precisamente Amor, seguido por un epígrafe del escritor Gabriel García Márquez: "Lo único que me duele al morir es que no sea de amor" (p. 1). Pero este amor del narrador se entiende luego como un amor por el padre asesinado y por la patria concretada en el concepto de familia. La familia está constantemente amenazada, así que es necesario protegerla para que no exista un mal que se apodere completamente de la patria y que socave su felicidad. Porque la introducción de esta amenaza justifica la causa de la lucha del narrador, ya que en términos generales:

La conspiración, por otro lado, es una absoluta necesidad, porque es ella la que pone en acción el argumento. Sin ella no habría razón para que el héroe actuara, porque la justificación de sus actos es siempre que él reacciona a una agresión previa: un mundo que de otra forma estaría ordenado (un mundo que es presentado como ordenado si no fuera por la conspiración) es alterado por el villano, y el héroe actúa para restaurar la normalidad (Palmer, 1983, p. 46).

Como se puede observar, las familias buenas son atacadas injustamente y esto es lo que justifica la lucha del narrador, porque "el héroe tiene que ser provocado a la violencia, y no puede permanecer indiferente hacia sus víctimas" (Palmer, 1983, p. 42). Así logra construir para sí mismo una misión especial en este mundo. De hecho, esa palabra y sus vertientes se mencionan 34 veces en el texto. Esa misión se logra y se concreta a través del trabajo constante. El hijo, como nuevo cruzado, busca unir a todas las fuerzas de la nación para que se unan en torno a su causa —no perdida, por supuesto—, la causa de una Colombia en paz. Para lograrlo, el narrador repite incesantemente que su lema consiste en instituir el triángulo de la confianza, siendo este la seguridad —que atrae los negocios—, la confianza inversionista —que produce bienestar económico—, que por último desemboca en la cohesión social (p. 153); como si todos los colombianos terminaran unidos como hermanos alrededor de un solo padre simbólico, el Estado.7 Restaurar el triángulo es además restaurar, como se sabe, el símbolo de Dios, y sumado a la oración y al rezo constantes del narrador son los ayudantes —en términos narratológicos— para combatir ese mal que acecha constantemente: "[...] a menudo pasábamos cuatro o cinco días de la semana por fuera de la Casa de Nariño: en estas ocasiones utilizaba una pequeña sala en el aeropuerto de Bogotá para hacer siestas rápidas, practicar yoga y rezar" (p. 170).

Otros ayudantes del narrador son su equipo de trabajo, ya que "aunque el héroe se mantiene 'fuera' de la comunidad que defiende debido a su estilo de vida, está conectado con ella por un grupo de personas estrechamente relacionadas con él, a quienes se podría llamar su equipo de respaldo" (Palmer, 1983, p. 50). Ellos deben demostrar, ante todo, lealtad o —por lo menos para el narrador de esta memorias— del tipo de "lealtad" de ciertos trabajadores que en una ocasión le salvaron la vida demostraron (p. 66), y que se paga con el beneficio de trabajar todavía para él. Alicia Arango, su secretaria privada, es inteligente pero ante todo "leal" (p. 220); aunque su equipo de trabajo, sin embargo, es solo de consulta, porque él siempre es el que decide el curso de las acciones: "El héroe, por definición, no sólo [sic] es competente sino excepcionalmente competente; si alguien pudiera hacer las cosas tan bien como él, perdería su derecho a llamarse héroe. De hecho, la función principal del equipo de respaldo es ser menos competente que el héroe, para que resalte así la valía de éste [sic]" (Palmer, 1983, p. 52).

En su misión, el narrador se convierte también en el salvador de la patria del futuro, porque los grandes hombres están llamados realmente a trascender hacia la eternidad: "Luego, con el paso del tiempo mi dolor se transformó en un deseo inmenso de resolver nuestros múltiples problemas, a fin de garantizar una vida sin violencia a las futuras generaciones de colombianos" (p. 33). Ese mesianismo está reforzado por los epígrafes de libertadores como Simón Bolívar, políticos heroicos al modo de Winston Churchill o fragmentos del himno de Colombia como "Cesó la horrible noche" (p. 263). Porque en general, en el análisis del discurso de Uribe Vélez, se puede encontrar una recurrencia a ciertos principios fundacionales que se manifiestan cuando "el Presidente apela a los principios que caracterizaron el pensamiento de los próceres de la independencia, y del inicio de la vida republicana. Estos principios en las voces de los próceres son categorías cuya función es inobjetable y así también su legitimidad" (Cárdenas, 2012, p. 153).

Asimismo, cuando el narrador habla de sus acciones salvadoras lo hace con escenas cubiertas de lágrimas y sonrisas producidas por esas familias que se reencuentran de nuevo y que estaban separadas por el secuestro. Sin embargo, es una felicidad melodramática que esta especie de llanero solitario no puede disfrutar. Su goce es agridulce, ya que por un lado siente el placer que se deriva del sacrificio, pero a la vez su carácter de héroe lo aleja de los demás como sucede —por ejemplo— con los superhéroes de la cultura popular: solos, alejados de sus familias —o sin ella—. Es como si la felicidad se hubiera apagado en este hijo adolorido y que solo está llamado al trabajo y a la guerra, y que por supuesto no tiene tiempo para el necesario descanso. Ese daño a la estabilidad emocional que él mismo menciona y que es producido por el secuestro, lo convierte —en ese sentido— en el ser opuesto a su padre, paradójicamente: mientras el patriarca era dicharachero, cantante y gracioso, el hijo no sabe ser feliz: "No sé bailar ni cantar; no sé contar chistes; la última película que vi en una sala de cine fue El llanero solitario, cuando apenas era un niño; me he perdido un sinnúmero de cumpleaños, de fiestas familiares, de momentos importantes en la vida. No me quejo, sin embargo" (p. 33).

El narrador, con una posición moral, también sabe condenar el alcohol como cuando afirma que los anteriores presidentes solo estaban dedicados a consumir whisky en sus clubes sociales. Aquí, por supuesto, también se introduce la oposición retórica entre aquellos que están alejados de las necesidades populares y este presidente que intenta dar una imagen de ser un hombre de pueblo.

Para continuar con las características del héroe, este se niega lo que los otros disfrutan. Como si fueran obligatorios ese sufrimiento y esa soledad, ese aislamiento propios de los líderes, ya que el narrador de No hay causa perdida recibe llamadas de Fidel Castro durante la noche mientras su esposa duerme (p. 207), o él mismo no duerme cuando debe tomar decisiones difíciles (p. 172). Porque en definitiva ese ethos del héroe, esa entrega, ese sacrificio y aislamiento hacen parte de sus características:

Naturalmente, el héroe no es un extraño en el mismo grado que el villano; más bien puede decirse que es un "extraño de adentro". Comparte la perspectiva moral general de la comunidad a la que sirve, pero se ve forzado a pasar la mayoría de su tiempo fuera de ésta [sic], en un mundo desagradable para el que está adaptado profesionalmente, y a portarse en una forma que apenas es tolerable a la comunidad (Palmer, 1983, p. 49).

Todos estos sacrificios poseen un sentido, una teleología justificable, ya que a renglón seguido afirma que ellos eran "necesarios para cumplir con un interés superior: honrar a tantos compatriotas caídos [énfasis agregado]" (p. 33). Y no hay una alusión más bíblica, puesto que el narrador más adelante reitera de nuevo su promesa de "honrar la memoria de mi padre" (p. 101). Los sacrificios en la vida del hijo por un interés superior siempre culminan en el cumplimiento del cuarto mandamiento: honrarás a tus padres.

Toda esta salvación también implica restaurar un estado de cosas que se perdió en esa otra Colombia (p. 47), que posee una intrínseca "belleza natural" (p. 329). La labor se hace necesaria en esa patria donde también reinan el caos natural, la naturaleza indómita, la ausencia de civilización. Toda una suerte de visión romántica no exenta tampoco de una actitud paternal y casi neocolonial: "Fuimos bendecidos por Dios con un pueblo vibrante, abundantes riquezas naturales y una belleza extraordinaria. Sin ninguna duda, Colombia es un país digno de dedicarle nuestro cuerpo y nuestra alma, y su pueblo tiene un potencial ilimitado" (p. 9).

Pero los obstáculos se interponen, como en toda narración que busca el dramatismo. Si bien Colombia está llena de abundantes riquezas naturales, esa naturaleza no es del todo una bendición. A esa naturaleza hay que precisamente dominarla, porque esa naturaleza representa fuerzas oscuras, situaciones inmanejables, caos desbordante. Esa belleza de Colombia posee un carácter precisamente paradójico al mejor estilo romántico: la belleza que obnubila pero que a la vez atemoriza: "La geografía es la bendición más grande de Colombia y, a la vez, el mayor obstáculo para su formación como nación" (p. 23). La Sierra Nevada es un lugar "profundamente espiritual" pero también ha sido "microcosmos de las peores tragedias de Colombia" (p. 325). Pero esa angustia generada en el narrador es contrarrestada a través de su obsesión con el trabajo. Al dominar la naturaleza y no permitir que se convierta en el escondite de los villanos de las FARC, se logra un restablecimiento de la patria bucólica y feliz donde antaño dominaban "los hombres hechos a pulso", como su padre (p. 18).

Igualmente, esa lucha que el narrador emprende contra los malos solo puede ser entendida por los mismos colombianos como si de una familia endogámica se tratara. Los extranjeros son esa categoría única de ingenuos que todavía creen en idealismos de un pasado nostálgico, de esa "sedicente Revolución Cubana [sic]" (Espinosa, 1994), engañados por imágenes cuasicrísticas como las de Fidel Castro y Guevara. Lo que se observa con su actitud, sin embargo, es un impulso autoritario del líder paternal que sabe más que sus compatriotas. Porque con respecto a un análisis discursivo de Uribe Vélez se encuentra que su paternalismo:

Se refiere a las ocasiones en que el ex Presidente [sic] muestra a través de su discurso, un contacto estrecho con los ciudadanos del común, [...] y que le ayuda a construir una imagen como el auxiliador personal de los ciudadanos, el que soluciona personalmente los problemas de la gente, en un contacto estrecho con ellos. Esta forma de ser lo posiciona en última instancia, como el padre de la patria (Cárdenas, 2012, p. 153).

George Bush Jr., su mejor aliado y que parece funcionar como su padre simbólico, reafirma esta imagen del expresidente como padre de los colombianos, cuando afirma que "El presidente Uribe ha forjado un fuerte vínculo con su pueblo, el cual se ha reunido con su presidente en las alcaldías de todo el país; lo ha visto obtener resultados [...] [énfasis agregado]" (p. 319). Como si después de una ausencia del padre–Estado, este fuera por fin hacia sus hijos huérfanos para brindarles cobijo, porque como dice el narrador: "Tal vez el aspecto más importante de recuperar el control de nuestras carreteras fue que los ciudadanos se sintieron más cerca de Colombia y de su Estado. Después de tantos años de sentirse excluidos o separados del Gobierno, ahora los colombianos tenían un interés personal en nuestros asuntos en general y en nuestra seguridad en particular" (p. 179).

Y si el hijo ha tomado la posición del padre, a su vez necesitará de un padre sustituto (Liberman, 1994). Atendiendo a las formas en que el narrador se dirige al presidente George Bush, esta es casi una relación filial. Ese encuentro se da en las agendas de guerra de ambos, siendo la insistencia en derrotar a las fuerzas del mal su principal punto de esa agenda. Ambos, de hecho, también son representados en sus países y por fuera de ellos como un par de vaqueros con pistola al cinto. Efectivamente, el narrador menciona en varias oportunidades que anda armado y que las amenazas de muerte son su fiel compañía (p. 61). Un ejemplo de la admiración mutua entre ambos gobernantes es cuando el narrador visita una de tantas veces a Bush y el mandatario norteamericano le pregunta qué piensa hacer para enfrentarse a las FARC; el narrador simplemente le pide consejo con un "¿Cuál es su recomendación?" (p. 184).

A propósito, Legendre (1994) afirma que "[...] un padre es un hijo que hace oficio de padre [...]. En suma, el oficio de padre está sombreimpuesto en la condición de hijo" (p. 37). En ese sentido, es imposible no ver en Uribe Vélez a un hijo adolorido, a un hijo admirado —tanto por su padre real como por su padre simbólico—, pero también un intento de padre simbólico autoritario de los ciudadanos, que no deberían ser vistos en ningún momento como infantes. Ese carácter paternalista y autoritario explica y promueve el gobierno autocrático que se desprende de las memorias, si bien esto es negado por el propio narrador. Aunque durante la lectura del texto se aprende a reconocer la estrategia de negar precisamente lo que parece evidente. Negar que actúa por revanchismo gracias a la muerte de su padre, aunque su única misión es aniquilar a sus asesinos. El gobernante que actúa de manera populista afirma que estas consideraciones son solamente invenciones de sus críticos. Es decir, es como si el problema proviniera de una distorsión que se tiene del narrador, de una incapacidad de interpretar sus justas causas:

Algunos críticos me acusaron de microgestionar y socavar la credibilidad de las instituciones del Estado, al crear la impresión que sólo [sic] el presidente o el poder ejecutivo podían resolver incluso los problemas más locales. Algunos dijeron que caíamos en el populismo y que prometíamos demasiado. Otros expresaron dudas sobre la resistencia física y mental necesarias para mantener nuestro ritmo de trabajo con el paso del tiempo (pp. 168–169).

El problema radica entonces en la no comprensión que tiene el medio de él o la falsa imagen que este da. Otro ejemplo esclarecedor se ofrece cuando en un encuentro con José Mujica —presidente de Uruguay—, el narrador le espeta con una sonrisa y tal vez no sin cierto cinismo: "¡Ah, las cosas que usted debe haber oído hablar de mí!" (p. 321). Este acude entonces al recurso retórico de hacer creer en la grandeza de una causa con el argumento de su incomprensión. Y entre más se intensifique esa incomprensión —o más se mienta sobre él— más se justifica esa lucha.

 

Conclusiones

En La novela familiar de los neuróticos, Freud (2007) plantea al inicio que "En el individuo que crece, su desasimiento de la autoridad parental es una de las operaciones más necesarias, pero también más dolorosas, del desarrollo" (p. 217). A la luz de esta afirmación, las memorias de Álvaro Uribe Vélez parecen —por un lado— expresar el dolor de esa separación brusca, traumática y violenta, pero —por el otro— que aquello sigue taladrando al narrador, ya que no hay una especie de perdón u olvido. Por el contrario, parece que todo ese dolor ha sido sublimado para crear unas condiciones donde se restituya una fuerte presencia paternal, el padre más autoritario posible. Y Freud continúa: "Por otro lado, existe una clase de neuróticos en cuyo estado se discierne, como condicionante, su fracaso en esa tarea" (2007, p. 217). ¿Fracasa ese narrador frente a la separación dolorosa de ese padre? O más bien, ¿utiliza el hijo la dolorosa muerte de su padre para justificar todo su accionar?

Porque es recurrente que ese narrador, en el combate por la patria, poco tiempo ha tenido para sí mismo y muchos son los sacrificios personales y familiares que ha hecho, tanto que resulta sintomático —por no decir que simpático— que el mismo narrador confiese que la última película que pudo ver en cine fue cuando era apenas un niño siendo esta El llanero solitario (p. 33). Así que ese narrador avocado a la acción y al combate debe restablecer un orden perdido. Un orden perdido para algunas familias buenas —representantes del concepto de familia en abstracto— gracias a unos cuantos malos cuya misión es simplemente aterrorizar, sin explicar las causas de la presencia ni las motivaciones de esos malos. Esta ausencia de explicación sobre los villanos obedece a la estructura del thriller, ya que "las características personales de los conspiradores no tienen importancia. Lo importante son las características de la conspiración" (Palmer, 1983, p. 94).8

Aunque si se describe al malo sus características son las de la caricatura, el salvajismo o la fealdad. Los guerrilleros, por ejemplo, rayan —en algunos casos— los límites de la monstruosidad. De aquel que comandó y ordenó el asesinato de Gaviria y Echeverri, el narrador dice que: "[Aicardo Agudelo era] un verdadero monstruo" (p. 5); y a su vez los guerrilleros se mueven en territorios que solo ellos entienden como si de animales salvajes se tratara: "[...] los únicos que han logrado la destreza requerida para sobrevivir en las zonas selváticas colombianas son los terroristas de las FARC [énfasis agregado]" (p. 12).

La función del narrador es entonces la de proteger a los buenos y de derrotar a los monstruos con un maniqueísmo fácil de digerir. Además, la narración se hace a través de estrategias discursivas y retóricas, que llevan a pensar que a través de la salvación de algunas familias prestantes colombianas amenazadas por el grupo guerrillero se puede pensar y justificar la salvación de la familia y de la patria en general. Es evidente pues la presencia de la palabra padre durante todo el texto y sus derivadas del pater latino como patria, patriotismo y compatriotas.

Esa defensa conservadora a ultranza de la familia es señalada igualmente por López de la Roche (2014). Este autor señala que durante los ocho años del mandato de Uribe Vélez hubo un retroceso en términos políticos y sociales, ya que se reivindicó un conservadurismo patriota donde todo aquél que no estuviera alineado con el Presidente era catalogado de enemigo. Aquel que no defendiera los principios familiares, a la patria o no fuera un entusiasta defensor del Ejército era considerado como un elemento sospechoso. La macartización fue recurrente puesto que aquellos intelectuales que señalaron los excesos del poder del expresidente Uribe fueron incluso tachados de ser auxiliadores de las FARC. También fue evidente la utilización emotiva y dramática de campañas publicitarias como "Colombia es pasión", o campañas agresivas para limpiar y reivindicar la imagen de las fuerzas militares.

La presencia y muerte del padre en estas memorias refuerzan el discurso familiar y se presentan como isotopías recurrentes. La nación se presenta en términos fatalistas como si siempre estuviera al bordo del abismo, para justificar la salvación por parte de un presidente que se presenta siempre a sí mismo como abnegado y con rasgos mesiánicos. Finalmente, resulta curioso que su discurso sea a la vez tan popular, escondiendo y dejando rastros del más reaccionario y retardatario patriarcalismo autoritario.

 

Notas

* El presente artículo es una reelaboración de mi proyecto de investigación en 2015, enmarcado en el doctorado en Humanidades de la Universidad Pompeu Fabra, Del padre viril al padre amoroso: una lectura intertextual del padre en Colombia.

1 Traducción propia.

2 Traducción propia.

3 En torno al análisis del discurso del expresidente Álvaro Uribe, véase Felipe Cárdenas (2012; 2013), Luisa Fernanda Castro (2009), María Jimena Duzán (2004), Marta Inés Fierro (2011), David Palomares (2009) y Lenguasudaca (s. f.). En cuanto a No hay causa perdida, véase Carlos Cortes (2012, octubre 8) y Ana Cristina Restrepo (2012, noviembre 4).

4 La expresión sin descanso aparece en otras ocasiones así: "disparar sin descanso" (p. 27), "perseguimos sin descanso" (p. 40), "seguir adelante sin descanso" (p. 83) y "trabajando sin descanso" (p. 158).

5 Esa obsesión con el trabajo estará luego enfatizada con esa especie de mantra del narrador, que invita a "trabajar, trabajar y trabajar" (p. 158).

6 Esta sección es introducida por un epígrafe de Winston Churchill así: "El coraje es estimado con razón como el primero de los valores humanos... porque es valor que garantiza todos los demás" (p. 43).

7 Si el Estado es el garante de la razón, su ausencia implica el caos. En este sentido, Pierre Legendre (1994) considera que el asesinato del padre implica necesariamente la abolición misma de la Razón: "Tal es el sentido del oficio del Padre, indisociable del principio de Razón, del que es, en suma, la traducción jurídica" (p. 10).

8 Esta visión reduccionista se da también en Mi confesión, donde hay otro padre asesinado por las FARC. La explicación que daba el padre asesinado sobre la presencia de los guerrilleros en su región era simplemente la de: "[son] unos sinvergüenzas que no trabajan" (Aranguren, 2005, cap. III, párrafo 18).

 

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