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Revista Med

versão impressa ISSN 0121-5256

rev.fac.med vol.26 no.1 Bogotá jan./jun. 2018

 

EDITORIAL

PERFIL DEL MÉDICO NEOGRANADINO

GRACIELA DEL PILAR GUERRERO1 

1 Neuróloga infantil Profesora asociada de la Universidad Militar Nueva Granada

Desde que inicié estudios y me gradué como médica de la Universidad Nacional de Colombia, ha sido de mi interés reconocer las cualidades del médico que nuestro país necesita. Por eso, quisiera compartir las experiencias y observaciones que he recogido tanto durante mi postgrado en Neurología Infantil como durante los años de docencia en la Universidad Militar Nueva Granada, en lo referente al perfil del médico neogranadino, especialmente ahora, cuando se cumplen cuarenta años de la creación por decreto de la Escuela Militar de Medicina y Ciencias de la Salud que, luego de la reforma de la Educación Superior de 1980, empezó a formar parte de la Universidad Militar Nueva Granada.

Desde su inicio, se fijaron valores éticos, de liderazgo, responsabilidad, honestidad, equidad, justicia, sentido de pertenencia y compromiso institucional, con la intención de que se reflejaran en el perfil del egresado que se desea obtener: "Un profesional con sentido ético, social, humanístico, autocrítico y crítico, y de formación científico-tecnológica e investigativa, dispuesto a trabajar para mantener y promocionar la salud".

Generación tras generación, decanos, vicedecanos, directores de pregrado y postgrado, directores del consultorio de atención primaria y del Centro de Investigaciones y, desde luego, cada uno de los docentes aceptamos el gran reto de entregar a la sociedad profesionales coherentes con este perfil, lo que se consigue con un riguroso proceso de selección, que implica que, de cerca de 700 aspirantes, un selecto grupo de 60 estudiantes en promedio sea admitido cada semestre.

Muchos nos preguntamos si el esfuerzo está permitiéndonos lograr el objetivo de moldear a un futuro médico de acuerdo con la realidad del país, coherente con la política de salud de la nación y con la política sanitaria de las fuerzas militares. Una primera respuesta, sin duda, es que sí, que el esfuerzo cada vez mayor que dedicamos a la facultad nos está permitiendo lograr el objetivo para el cual la facultad fue creada.

La respuesta se hace evidente cuando conoces a muchos estudiantes que, desde los años de básicas, tienen en sus ojos la chispa de la ciencia y la búsqueda del conocimiento, lo que les permitirá avanzar en su formación profesional y humana. Luego, los vemos graduarse y, muchas veces, comenzar un postgrado, con el mismo ímpetu con que iniciaron la carrera, conservando siempre un gran entusiasmo y sabiendo que se convertirán en los que continuarán nuestro legado. También, cuando vemos los frutos de aquellos universitarios luchadores, como los que crearon la Revista-MED o los semilleros de estudiantes, de quienes nos sentimos tan orgullosos, así como de los muchos alumnos que hoy llevan, por cada rincón del país y en el exterior, en alto el nombre de la Universidad. Por ello, el médico de la Universidad Militar es reconocido fácilmente por su responsabilidad, respeto, disciplina, dedicación, solidaridad y desarrollo intelectual, lo cual se comprueba en distintas indagaciones interinstitucionales.

Sin embargo, como en todo proceso que tiende a la excelencia, reconocemos que hay tareas pendientes, asuntos importantes por mejorar, que requieren el compromiso conjunto de estudiantes, docentes y directores y toda la comunidad universitaria.

Nuestra sociedad esta ávida de médicos que sean respetuosos, humanos y con el conocimiento suficiente y adecuado para enfrentar y sortear con seguridad y acierto las diferentes situaciones que se presentan en cada momento de su ejercicio profesional. Necesitamos reconocer la importancia de nuestro papel como médicos, no solo curando o intentando curar pacientes, sino educando para hacer una sociedad más sana física y mentalmente; también que recuperemos nuestro papel como modelos a seguir, porque el papel del médico actual está en crisis, pues muchas veces es percibido por la población solamente como un remisor con escasa capacidad de resolución de problemas o con conocimientos insuficientes, incluso con bajo nivel de responsabilidad ética con sus pacientes. Por esto, se hace necesario reconocer que tenemos una responsabilidad y compromiso individual y colectivo, con nosotros mismos, con la institución y con la profesión.

Quiero también llamar la atención sobre la importancia de valorar nuestra alma máter, pues a veces damos por sentado muchas cosas y no las apreciamos hasta cuando no contamos con ellas. Quienes hemos perdido nuestra alma máter conocemos que tenerla es una fortuna, pues es el espacio que nos ayuda a estructurarnos, formar el carácter profesional y nos prepara para el futuro. No debemos olvidar que nuestra alma máter es el lugar que nos permite proyectarnos hacia un país que vive una realidad reflejada claramente en nuestro hospital: una realidad con dificultades que exigen de los profesionales tener capacidad para afrontar los retos y encontrar soluciones que, al final, nos permitirán fortalecernos y madurar.

Finalmente, agradezco sinceramente esta oportunidad y el honor de invitarme a escribir este editorial. También aprovecho para invitar a estudiantes y docentes a que no perdamos el horizonte, a que lo tengamos siempre presente y, especialmente, a que no olvidemos la misión que cumplimos desde nuestro lugar en la sociedad ni la responsabilidad que hemos adquirido para hacer de esta la mejor facultad posible, con lo que, en definitiva, contribuiremos a construir un mejor país para heredar a nuestros hijos, familiares y a cada uno de los colombianos.

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