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Colombia Internacional

Print version ISSN 0121-5612

colomb.int.  no.79 Bogotá Sept./Dec. 2013

 

El sistema de partidos de Honduras tras la crisis política de 2009. ¿El fin del bipartidismo?*, 1

Patricia Otero Felipe**

** Es doctora en Ciencia Política por la Universidad de Salamanca, donde también obtuvo la maestría en Estudios Latinoamericanos. Actualmente es investigadora postdoctoral del Ministerio de Educación, adscrita a la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología, y realiza una estancia de investigación en la Universidad de Pittsburgh (Estados Unidos). Sus líneas de investigación se centran en el estudio de los partidos y sistemas de partidos, el comportamiento político y los procesos de representación política. Es coautora del Cuaderno Metodológico: Indicadores de partidos y sistemas de partidos (Centro de Investigaciones Sociológicas) y ha publicado en Revista Española de Ciencia Política, Política y Gobierno, y Revista Española de Investigaciones Sociológicas, entre otras. Correo electrónico: patof@pitt.edu


RESUMEN

Este trabajo analiza el proceso de cambio del sistema de partidos hondureno tras la crisis política de 2009, examinando tanto sus causas como sus consecuencias más inmediatas. Entre las causas se destacan los problemas de representatividad del sistema de partidos, activados en 2009 con la propuesta de la cuarta urna. Entre las consecuencias se señala, por un lado, la división dentro de los partidos, especialmente en el Partido Liberal, que quedó fracturado, y por otra lado, el surgimiento de cuatro nuevas fuerzas políticas: Libre, Faper, PAC y Alianza Patriótica. Las elecciones internas y primarias celebradas en 2012, si bien mostraron la capacidad de recuperación de los dos partidos tradicionales, evidenciaron la fuerza adquirida por Libre, lo cual preludia un escenario de cambios relevantes para el histórico bipartidismo h ondureño.

PALABRAS CLAVE

Honduras, sistema de partidos, partidos políticos, crisis política, elecciones primarias


The Party system in Honduras Following the 2009 Political Crisis. the End of Bipartisanship?

ABSTRACT

In this paper I analyze the changes in the Honduran party system after the political crisis that took place in 2009. I also examine both its causes and its consequences. Firstly, I show the problems regarding the political representation of the party system activated in 2009 during the proposal of the fourth ballot box. Secondly, I discuss the main and immediate results of this crisis: on the one hand, the internal division of the political parties, specially the Liberal Party, that underwent an internal division; on the other hand, the emergence of four new political parties (Libre, Faper, PAC, and Alianza Patriótica). The primary and internal elections in 2012 have shown the recovery of both traditional parties (PLH y PNH) but have also unveiled the electoral strength of the new party Libre, an element that preludes a scenario of significant changes for the Honduran party system.

KEYWORDS

Honduras, party system, political parties, political crisis, primary elections

Recibido: 31 de mayo de 2013 Modificado: 26 de septiembre de 2013 Aceptado: 1° de octubre de 2013

DOI: http://dx.doi.org/10.7440/colombiaint79.2013.09


Introducción

Honduras es de los pocos países de la región latinoamericana que ha conservado por décadas un sistema bipartidista. El Partido Liberal (PLH) y el Partido Nacional (PNH) han mantenido siempre una posición central en el sistema político y han mostrado desde su nacimiento, hace ya más de cien años, una gran capacidad de adaptación a las circunstancias y transformaciones del mismo.

Dicha estabilidad tiene mucho que ver con la habilidad de las élites políticas de ambos partidos para negociar reformas políticas y electorales, pactar en momentos de crisis y hacer frente a las luchas intrapartidarias, que han sido relativamente frecuentes. Un estilo de negociación pacífico pero también elitista, que fue resolviendo los conflictos sin alterar el statu quo.2 No obstante, la crisis política desencadenada en 2009 -que supuso la expulsión del presidente Manuel Zelaya, un golpe de Estado y la instauración de un régimen interino- ha significado un quiebre en dicha estabilidad y el inicio de cambios relevantes para el sistema de partidos.3 Este artículo analiza el incipiente proceso de transformación del sistema de partidos hondureño examinando tanto sus causas como sus consecuencias más inmediatas, elementos que van a condicionar el escenario político de los próximos años.

Respecto a las causas de la crisis, diferentes análisis han señalado las fallas institucionales, los excesos presidenciales, los enfrentamientos interinstitucionales (Torres 2011; Llanos y Marsteintredet 2010; Ruhl 2010), el no respeto a la legalidad y el encadenamiento de diferentes errores de los partidos políticos y las élites, que fueron incapaces de encontrar una salida negociada de la crisis y defendieron el golpe de Estado (Martínez et al. 2011; CVR 2011). Sin embargo, y más allá de las múltiples causas directas del conflicto, en este texto se defiende que la crisis cristalizó un descontento que se venía gestando durante años ante demandas incumplidas, y puso de manifiesto que la estabilidad del sistema de partidos, así como su destacada institucionalización (Payne et al. 2002), escondían desde hacía años graves déficits de representatividad.

Los hechos de 2009 mantienen su huella en el sistema de partidos tres años después y han ocasionado fundamentalmente dos consecuencias. La primera, la polarización política y social se trasladó rápidamente al mapa partidista, creando una división entre quienes estaban a favor del cambio que implicaba la Asamblea Nacional Constituyente (ANC), que confluyeron inicialmente en el Frente Nacional de Resistencia Popular (FNRP), y quienes defendieron el statu quo. El impacto de tal división fue visible para todos los partidos políticos tradicionales, sumidos en una fuerte crisis de legitimidad, pero fue especialmente traumático para el PLH, que quedó muy debilitado y fracturado internamente.

La segunda consecuencia visible para el sistema de partidos ha sido el surgimiento de cuatro fuerzas políticas muy diferentes. Dos de ellas proceden del FNRP: por un lado, el partido Libertad y Refundación (Libre), que coordina Zelaya y que ha sido refugio de muchos liberales que abandonaron el partido. La segunda es el Frente Amplio Político Electoral en Resistencia (Faper), también situado a la izquierda pero desmarcado del anterior. La reacción crítica al bipartidismo tradicional también se ha manifestado por la creación de dos fuerzas conservadoras: la Alianza Patriótica Hondureña, partido creado por el exmilitar Romeo Vásquez, y el Partido Anti Corrupción (PAC), dirigido por el reconocido periodista deportivo Salvador Nasralla.

En este contexto de novedad ante las nuevas fuerzas políticas, y con la crisis de 2009 como telón de fondo, han tenido lugar las elecciones primarias e internas, procesos que han constituido una prueba de la capacidad de recuperación de los dos partidos tradicionales, especialmente del PLH. Pero al mismo tiempo, los resultados de estas elecciones han evidenciado la fuerza adquirida por el partido Libre a pocos meses de su nacimiento y preludian la transformación del sistema de partidos.

El presente texto se divide en seis apartados. En el primero se destacan las notas básicas del sistema de partidos durante la democracia, enfatizado los rasgos fundamentales que han hecho de él uno de los más sólidos de la región. En la segunda sección se identifican los aspectos que indicaban su desgaste, así como los problemas de representatividad que han convivido durante años con su estabilidad. A continuación, se discuten los principales impactos que ha tenido la crisis política en el sistema de partidos, señalando, por un lado, los principales en los partidos tradicionales, y, por otro, la aparición de los nuevos partidos políticos. La cuarta sección examina los resultados de las elecciones primarias e internas celebradas en noviembre de 2012. La quinta señala los principales elementos que van a condicionar el escenario partidista hondureño y las perspectivas y alcance de la transformación del sistema de partidos. La última sección concluye este escrito.

1. El sistema de partidos hondureño en democracia: muchas continuidades y pocos cambios

La estabilidad ha sido probablemente la nota más destacada para el sistema de partidos hondureño de las últimas tres décadas. La transición a la democracia y la lenta consolidación que vivió el país desde los años ochenta no significaron demasiados cambios del sistema de partidos, ni tampoco de la posición que en el nuevo régimen debían tener sus dos principales protagonistas (Sieder 1996). Desde las primeras elecciones libres, los patrones de competencia partidista han sido regulares y bastante predecibles. Liberales y Nacionalistas han sido los partidos más votados en todas las citas, alternándose, hasta 2009, dos victorias liberales con una nacional (ver cuadro 1). Un promedio de número efectivo de partidos de 2,3, bajos niveles de competitividad (12,3), altos niveles de concentración electoral (95,9) y una de las tasas de volatilidad más bajas de la región, con un promedio de 7,1, son diferentes dimensiones de un bipartidismo fuertemente asentado, y podríamos decir que con visos de perdurabilidad, si no fuera por los hechos ocurridos en 2009.4

La reforma electoral de 1993 -que permitió la elección separada de los alcaldes- y la de 1997 -que introdujo la papeleta separada en las elecciones presidenciales, legislativas y municipales-, si bien facilitaron la entrada en el sistema de los llamados "partidos emergentes", PINU, PDCH y PUD, no supusieron grandes transformaciones del mapa electoral.5 De hecho, el transcurrir de las elecciones ha demostrado el potencial de bloqueo casi nulo de estos partidos en el Legislativo, cuya práctica más habitual ha sido la colaboración con los dos partidos tradicionales. Factores como el sistema electoral (elecciones presidenciales a una vuelta y concurrentes, distritos de pequeña y mediana magnitud) o el sistema de financiación público, que liga los recursos otorgados a los partidos a los votos obtenidos en el nivel presidencial, se han señalado como elementos que explican el bajo rendimiento de estos partidos. Otros autores han señalado, además, aspectos internos, tales como su limitada institucionalización, la ausencia de democracia interna o su organización deficiente, como razones del "techo electoral" alcanzado por estos partidos (Rodríguez 2010).

Sin embargo, y más allá de los aspectos institucionales de tipo formal, hay dos elementos que han reforzado durante décadas la hegemonía de liberales y nacionalistas, y sin los que no se explicarían las fortalezas y debilidades del actual sistema de partidos. En primer lugar, el clientelismo como mecanismo fundamental para mantener las lealtades partidistas y atraer el voto. La presencia histórica de ambos partidos ha facilitado la existencia de una amplia estructura en todo el territorio nacional, y con ello, una gran capacidad de movilización electoral (Ajenjo 2001; Alcántara 2008). En segundo lugar, el faccionalismo interno, combinado con una estructura vertical, aspectos que han caracterizado al PLH y PNH a lo largo de toda su historia (Ajenjo 2001; Posas 2003).

La incorporación de diferentes sectores sociales bajo las etiquetas nacionalista o liberal y el control de la estructura partidista por parte de los líderes o "caudillos" hicieron posible el acceso al poder, y con ello, a los recursos estatales, desde los primeros años de existencia de ambos partidos, una práctica que continuó y se afianzó en la etapa democrática. Las dificultades de lograr puestos de representación sin acceso a dichos recursos y las restricciones legales que han operado en la práctica para la formación y supervivencia de terceras fuerzas han sido poderosos incentivos para que dichas facciones se hayan mantenido dentro de ambos partidos. En consecuencia, tanto antes como ahora, la creación de corrie6ntes y movimientos ha respondido a intereses de los líderes, antes que a diferencias ideológicas, condicionando, y mucho, los patrones de las carreras políticas (Taylor-Robinson 2010).6

En todo este período también podemos observar cómo las corrientes de ambos partidos no han sido estables, sino que se activan poco antes de las elecciones primarias e internas, y suelen desaparecer una vez terminados los procesos. En estas elecciones, el movimiento que gana la candidatura presidencial tiende a acaparar los espacios de dirección y la estructura del partido, pero necesita de todos los sectores, de cara a los comicios generales. Así, la diferencia entre las corrientes reside en cuánto poder han acumulado en los procesos internos y cuánto pueden negociar. Por ello, las luchas entre las corrientes y los pactos subsiguientes para repartirse el poder constituyen elementos esenciales del modus operandi de ambos partidos, y también del sistema de partidos, que ha combinado una gran estabilidad macro con situaciones de inestabilidad generadas en el nivel micro (Sieder 1996).

El clientelismo y el faccionalismo interno explicarían por qué muchas de las reformas electorales, así como diferentes leyes que han impactado en la modernización y el perfeccionamiento de los procesos electorales y en la vida interna de las organizaciones partidistas, no han alterado el protagonismo de liberales y nacionalistas, ni han supuesto transformaciones en la estructura de la competencia. De hecho, los cambios más relevantes para el sistema tienen que ver con la transformación de los equilibrios de poder interno, que ha supuesto la implantación del voto preferencial en la elección del Congreso y la puesta en marcha de primarias abiertas para todos los puestos de elección popular. Ambos elementos han significado una pérdida de centralidad de la dirigencia partidista en las redes clientelares, consolidando así el faccionalismo.

La implementación del voto preferencial para las elecciones al Congreso ha generado una mayor independencia de los candidatos, que ya no dependen directamente del partido o movimiento que los acoge, tal y como ocurría antes de dicha reforma (Taylor-Robinson 1996). Desde 2005, tanto los compromisos en campaña como las acciones del candidato tienden a ser locales o departamentales, escasamente programáticos y orientados en mayor medida al electorado, que es el que asegura la victoria electoral o la reelección. Todo ello ha acentuado el poder e influencia del presidente del Congreso sobre los diputados, a través de la distribución de recursos estatales o puestos en la administración, en detrimento de la cúpula partidista y del titular del Ejecutivo (TaylorRobinson 2010; Martínez Rosón 2011).7

Por otro lado, la realización de elecciones primarias abiertas e internas para elegir autoridades partidistas también ha alterado la jerarquía de las organizaciones en varios sentidos. Primero, al acentuar el poder que obtienen los movimientos vencedores sobre la estructura del partido, en caso de victoria electoral. Dado que la elección de autoridades partidarias acaba reflejando los resultados de las primarias presidenciales, el movimiento vencedor puede contar con el apoyo de la estructura partidista, y así manejar los choques entre la estructura del partido y la del Gobierno, por la colocación de la clientela política (Salomón 2011). De este modo, se ha hecho más efectivo el dominio de la cúpula, y en particular de su líder, frente a los mandos medios del partido. Además, la celebración de las elecciones primarias un año antes de las generales ha extendido informalmente el período de campaña electoral, teniendo un impacto visible en las actividades legislativas y de gobierno. Por ejemplo, la nominación del presidente del Congreso a la candidatura presidencial, una práctica habitual, ha ocasionado un distanciamiento estratégico del candidato con el Ejecutivo, con el fin de obtener mayor apoyo popular, lo que ha derivado en la soledad del presidente frente a su propio partido.

El sistema de partidos hondureño también se ha destacado en toda la etapa democrática por los bajos niveles de polarización y la limitada diferenciación ideológica y programática de sus principales partidos. La estrategia catchall para atraer el voto de sectores sociales diversos ha tenido su impacto en la afinidad ideológica de liberales y nacionalistas, acentuada en los últimos años.8 En el gráfico 1 podemos observar la evolución ideológica de ambos partidos y la de quienes fueron candidatos presidenciales del PLH y PNH desde los años noventa hasta la actualidad.9 Así, se constata cómo las diferencias entre liberales y nacionalistas, evidentes en los años previos a la transición a la democracia, prácticamente han desaparecido. El PLH siempre se destacó por bases electorales mayoritariamente urbanas, una mayor sensibilidad social, su carácter antimilitarista y reformista, mientras que el PNH se caracterizaba por su proximidad histórica a los militares, su mayor conservadurismo y su electorado rural (Paz 1990; Salomón 2004). La ubicación en el centro-derecha de los dos partidos ha facilitado no sólo acuerdos necesarios para las numerosas reformas, sino también la puesta en marcha de políticas neoliberales, sin importar el color del Gobierno (Ajenjo 2007; Alcántara 2008). A esto se ha unido la limitada capacidad de acción y posición marginal en el sistema de los tres partidos pequeños -PINU, Democracia Cristiana y UD-, que no han significado un mayor pluralismo político en la práctica, a pesar de que este último se ha posicionado en la izquierda.

En este sentido, tal vez el aspecto más interesante se refiere a las diferencias entre los candidatos liberales y nacionalistas y sus respectivos partidos. Por ejemplo, en el PLH podemos identificar la alternancia de las corrientes en las candidaturas, y por lo tanto, de la dirección del partido, desde sectores socialdemócratas hasta el conservadurismo.10 Por su parte, el PNH ha presentado una línea conservadora más estable; así, los candidatos presidenciales han estado siempre posicionados a la derecha de su partido. Esta tendencia se rompe en el último período, por dos motivos: por un lado, debido a la reforma de los estatutos del PNH en 2007, con la que incorporaron al programa político principios del humanismo cristiano, lo que ha propiciado cierta moderación ideológica.11 Por otro, por el giro a la derecha del PLH, que ha tenido lugar durante la crisis política. De tal modo, encontramos un candidato presidencial nacionalista más próximo al PLH y, al contrario, un candidato liberal más cercano al nacionalismo.

2. Los vínculos partido-votantes y la crisis de representación del sistema

El sistema de partidos hondureño es uno de los mejores ejemplos de la región de institucionalización partidista asentada en vínculos clientelares y de patronazgo. El elemento fundamental para la victoria electoral ha sido el intercambio clientelar, más que la conexión ideológica o programática con los electores, siendo ésta una forma más asequible de satisfacer necesidades inmediatas para la población de escasos recursos, que en Honduras sigue siendo mayoritaria.12

El mantenimiento de las redes clientelares ha asegurado el apoyo político durante décadas y ha puesto de manifiesto que las lealtades partidistas dependen del ciclo electoral y de las posibilidades de triunfo de los partidos. Este clientelismo se ha implementado a través de diferentes mecanismos y es una práctica compartida por todos los partidos, tal y como reconocen los diputados del Congreso: un 65% señalaba en 2010 que los candidatos prometen con frecuencia bienes de consumo como incentivo para lograr votos, porcentaje que asciende a 80% cuando se trata de promesas de empleo en el sector público a cambio de apoyo en las urnas.13 Sin embargo, la estructura organizativa de los partidos resulta fundamental para su puesta en marcha y mantenimiento. Así, la figura del activista es la pieza indispensable durante las campañas y los períodos electorales, en su papel movilizador del voto (los "manzaneros"), o por su trabajo partidista, que puede ser directo, al colaborar con el diputado, o indirecto, con un puesto en la administración pública. El arraigo del clientelismo ha impactado también en la implementación de políticas públicas y programas sociales, que muchas veces han acabado beneficiando a los simpatizantes del partido de turno, o en el tipo de actividades de los políticos, convertidos en patrones, cuya carrera política depende totalmente del acceso a bienes de diferente tipo (Taylor-Robinson 2010). De este modo, han sido el PLH y PNH, como partidos gobernantes presentes en todo el territorio nacional, los que han conservado el monopolio de la representación a través de la gestión de distintos tipos de recursos estatales.

La teoría ha señalado al clientelismo como una de las estrategias de vinculación entre partidos y ciudadanos que puede subsistir durante largos períodos, siempre y cuando el sistema tenga suficientes recursos para cubrir la demanda. Sin embargo, estos vínculos son especialmente frágiles cuando no se combinan con programas o con otro tipo de vinculación (Morgan 2011). En Honduras los costes del clientelismo han ido aumentando en una sociedad cada vez más numerosa y compleja, cuyas necesidades no han sido satisfechas. Las reformas del Estado de los años noventa y las diferentes crisis económicas, además de reducir el caudal de ingresos del Estado y el margen de maniobra para poner en marcha políticas, han mermado la capacidad del partido de turno para poder distribuir recursos, afectando directamente a las prácticas clientelares y de patronazgo (Sieder 1996; Torres 2011).

Además, la agregación y canalización de intereses y demandas a través de los partidos políticos han sido muy limitadas, funcionando de un modo más eficiente para los grupos empresariales (Salomón 2011). Las organizaciones campesinas y sindicales, que en el pasado tuvieron más impacto en la agenda nacional, han perdido protagonismo en una sociedad cada vez más fragmentada. De algún modo, ha sido la sociedad civil, a través de sus numerosas organizaciones sociales y grupos de presión pertenecientes a diferentes sectores, la que ha ocupado simbólicamente los espacios de representación ante las autoridades de turno, desplazando los partidos en su clásica función de mediación (Castellanos 2006).

Todo ello ha situado a los partidos en una delicada situación: mientras que la oferta de recursos estatales disponibles ha disminuido, la demanda de los clientes no ha hecho más que aumentar y hacerse más diversa. En este sentido, Honduras no es muy distinto a otros países de la región que, afectados por la transición al neoliberalismo, han visto alterados los mecanismos de vinculación con los ciudadanos, y con ello, los patrones de representación política (Roberts en prensa).

Los resultados de las tres últimas elecciones han puesto de manifiesto que los partidos tienen cada vez más problemas para movilizar el voto. Esto se ha reflejado, por un lado, en el incremento del abstencionismo, que ha coexistido con los bajos niveles de volatilidad, pasando del 34% en 2001, a 45% en 2005 y 49% en 2009, unas cifras que superan con creces la proporción de votos obtenida por los partidos.14 Por otro lado, en la disminución del voto duro de los partidos, ubicado tradicionalmente en sectores rurales y con menor nivel educativo.15 A esto se añade que son cada vez más los ciudadanos que, sin una fuerte identidad partidista, cambian su voto entre elecciones. Este fenómeno se observa en especial en el electorado más joven, mayoritariamente urbano y con niveles educativos más altos, que es atraído con campañas mediáticas, mensajes y candidatos atractivos (Salomón 2004; Castellanos 2006).

Así las cosas, ante una oferta de partidos que no suponen alternativas reales, un intercambio clientelar que ya no es efectivo, y sin la presencia de otros modos alternativos de vinculación, el distanciamiento entre los partidos políticos y los ciudadanos ha sido cada vez más evidente. No obstante, la frustración y las críticas ante los partidos políticos y el sistema traspasaban la frontera electoral. Diversos informes de organismos internacionales, así como encuestas de opinión pública, situaban al país en "zona de riesgo" hacía varios años no sólo ante el incumplimiento de las demandas y expectativas de tipo económico insatisfechas por largos períodos, sino también ante la crisis de legitimidad y de confianza en la democracia e instituciones, poniendo acento en la necesidad de reformas para mejorar la inclusión y representatividad (González y Kmaid 2008; Pérez 2010).16

Sin embargo, y a pesar de los déficits de diferente naturaleza que mostraba el sistema durante años, ningún partido político o líder hasta ese momento había desafiado el statu quo. En este sentido, no deja de ser llamativo que Zelaya, siendo un candidato tradicional con una larga trayectoria en el Partido Liberal, encarnara un discurso diferenciado poniendo en marcha un programa de gobierno con algunos guiños a los sectores menos favorecidos.17

En tal contexto, la propuesta de consulta sobre la instalación de una cuarta urna para preguntar a la ciudadanía sobre la conveniencia de la elaboración de una nueva Asamblea Constituyente activó en el imaginario ciudadano la necesidad de una reforma constitucional, poniendo de relieve el cuestionamiento del sistema político y de los modos tradicionales de representación, la falta de espacios para la consulta y, en definitiva, la desconexión entre los partidos y las necesidades de la población (Salomón 2011; Martínez et al. 2011). Sin embargo, aunque el apoyo al proyecto de la cuarta urna fue amplio, también lo fue al mismo la oposición: instituciones (controladas por los partidos, a excepción del liberalismo próximo a Zelaya), partidos (salvo la UD), los gremios empresariales, las cúpulas de las Iglesias y de las corporaciones de los principales medios de comunicación.18 A la tensión interinstitucional, que se venía acumulando desde hacía meses, y el enfrentamiento del Ejecutivo con diferentes sectores empresariales por las políticas llevadas a cabo, se añadió la confrontación de Zelaya con su propio partido, que generó una polarización sin precedentes que culminó en el golpe de Estado del 28 de junio de 2009.19

El incremento de la polarización política significó el fin del llamado "acuerdismo hondureño" o la tendencia a la negociación de las élites. Algo que también impactó en las organizaciones sociales, las Iglesias e instituciones que, lejos de actuar de árbitros en el conflicto, se posicionaron a favor o en contra de los actores implicados. A diferencia del pasado, cuando los conflictos eran negociados y los intereses se acomodaban, los hechos de 2009 actuaron como catalizadores del desgaste del sistema poniendo de manifiesto el fracaso de los partidos como instancias de agregación de intereses y demandas de la sociedad hondureña.

3. La adaptación del sistema de partidos tras la crisis política

La expulsión de Zelaya marcó el nacimiento del Frente Nacional de Resistencia Popular (FNRP), la "Resistencia", que congregó desde las primeras horas del golpe a miembros del Bloque Popular, asociaciones obreras y campesinas, miembros de la UD, disidentes del PINU y una gran masa de liberales pro Zelaya, así como sectores críticos e indiferentes con su gestión, que pedían el retorno del orden constitucional. Este movimiento, con origen en la capital, fue extendiéndose al resto del país construyendo la identidad del cambio político que simbolizaba la convocatoria de una ANC (Cálix 2010). De este modo, a partir de junio de 2009 se generó un corte transversal en el sistema político entre los que estaban a favor del cambio que supondría una nueva Constituyente, aglutinados en la Resistencia, y los actores políticos tradicionales y ciertos sectores sociales, como la Unión Cívica Democrática, que defendieron el golpe (Ruhl 2010). Con Zelaya expulsado del país, los partidos afrontaron el proceso electoral de noviembre como la solución provisional a la crisis política, a pesar de que algunos candidatos contrarios al golpe retiraron sus candidaturas y llamaron al abstencionismo.

El impacto de la crisis fue especialmente fuerte para el PLH. El modo en que se puso fin al conflicto por la cuarta urna precipitó su fraccionamiento interno, aunque los problemas del partido tenía varios precedentes: por un lado, se ha destacado el "abandono" de las estructuras del partido por parte de Zelaya y su equipo de gobierno (Martínez et al. 2011). Algo habitual en todas las administraciones, liberales o nacionalistas, y que tiene origen en la débil institucionalización de los partidos en términos organizativos. Sin embargo, lo que en otras ocasiones ha derivado en la autonomía del Ejecutivo frente al partido, en este caso tuvo mayores consecuencias. Esto explica que las diferencias no pudieran ser canalizadas a través de la estructura partidista cuando surgieron los primeros problemas antes de la crisis (Martínez et al. 2011). El alejamiento de Zelaya de su partido se profundizó aún más con la elección de la cúpula del partido en abril de 2009, que no fue resultado de las elecciones primarias de 2008, sino producto de los acuerdos entre el candidato ganador (Santos) y el segundo movimiento más votado (dirigido por Micheletti), que apartaron de la negociación al resto de sectores. El enfrentamiento de Zelaya con la élite conservadora que controlaba el partido a propósito de la cuarta urna, y su posterior expulsión, aceleraron la fractura del liberalismo y dejaron un partido muy debilitado, que fue castigado en los comicios de noviembre (cuadro 1).

La división interna del liberalismo tomó forma en tres tendencias: la más conservadora, que participó directamente en el golpe de Estado y que estaba presente en el Consejo Central Ejecutivo del partido; directiva que no fue reconocida por varios sectores liberales. Una segunda fracción constituyó el Foro de Unidad Liberal (FUL) en 2010, donde se encontraron líderes contrarios a la expulsión de Zelaya, y cuya apuesta era "recuperar" el partido en las internas de noviembre de 2012, con la postulación de líderes no salpicados directamente con los hechos de 2009. En este grupo coincidieron figuras como Carolina Echevarría, Yani Rosenthal, Esteban Handal, Edmundo Orellana, que, si bien amenazaron con abandonar el partido, terminaron formando parte de dos de los movimientos para las elecciones internas celebradas en 2012, como se señala más adelante. La tercera fracción, que aglutinaba al liberalismo más progresista, abandonó la organización. Los Liberales en Resistencia se fueron insertando en el nuevo actor político-social, el Frente Nacional de Resistencia Popular (FNRP). Así, y a pesar de los incentivos clientelares que han funcionado por largo tiempo en el partido, este último fraccionamiento, que además tuvo altos costes para la carrera política de varios miembros del partido, fue una respuesta al golpe con trasfondo ideológico, lo que no deja de ser una rareza en el pragmático contexto hondureño.20 En consecuencia, el Partido Liberal ha sufrido, además de la deserción de cuadros, una suerte de crisis de identidad.

Los impactos de la crisis en el Partido Nacional fueron limitados, tanto en cuanto a deserciones como en confrontación interna. Al contrario, el partido capitalizó electoralmente parte del descontento y las críticas hacia el PLH. El triunfo del PNH en todos los niveles de elección significó el regreso a un partido con mayoría en el Congreso, algo que no sucedía desde 1997, y el quiebre del ciclo político acostumbrado, de dos gobiernos liberales y uno nacionalista. Pepe Lobo inició en enero de 2010 un gobierno de unidad con todos los partidos políticos, con la tarea urgente de retomar las relaciones de un país aislado internacionalmente y recuperar la asistencia financiera internacional. Tareas que no han sido sencillas en un país muy dividido tras el golpe y que arrastra problemas endémicos de pobreza, desigualdad, inseguridad, criminalidad, y altos niveles de corrupción, agravados, si cabe, aún más desde junio de 2009. No obstante, el mayor reto para el PNH, y en particular para el Presidente, ha consistido en administrar las diferencias internas en la gestión posterior a la crisis y sus efectos económicos, sociales e institucionales. Ya desde los inicios de su administración se evidenció el recelo de ciertos sectores del partido ante la inclusión en el Gobierno de funcionarios ajenos a su propio movimiento y pertenecientes al resto de partidos (Rodríguez 2011).

Para los tres partidos pequeños, PINU, PDCH y PUD, el daño electoral fue desigual en términos electorales. Mientras que la Democracia Cristiana ganó un representante, la UD y el PINU perdieron un diputado cada uno. Sin embargo, las críticas de las bases por la participación en las elecciones derivaron en el abandono de las organizaciones en las semanas previas y posteriores a los procesos, de manera que la crisis ha tenido a la larga un impacto visible en las tres fuerzas políticas. Por ejemplo, el PUD fue próximo a Zelaya durante el Gobierno pero su participación en las elecciones, y posteriormente en el gobierno de unidad, donde ha ocupado cargos en la administración y en el Congreso, le ha ocasionado numerosas críticas y ha debilitado su posición de partido de izquierda.

En el gráfico 2 se observan tanto el giro a la derecha del PLH como la moderación del PNH, donde se presentan las frecuencias de posicionamiento ideológico de los diputados liberales y nacionalistas de las dos últimas legislaturas. Los comicios de noviembre de 2009 confirmaron no sólo el desplazamiento hacia el centro-derecha del PLH, como podía aventurarse tras las primarias, sino también la eliminación de los históricos sectores partidistas de centro-izquierda. Asimismo, se puede observar la moderación ideológica del nacionalismo, en el que todavía se atisba la presencia de sectores extremos, pero que hace aún más evidente la convergencia ideológica entre ambos partidos.

Otra consecuencia evidente de la crisis política para el sistema de partidos se refiere al incremento, por primera vez en décadas, del número de partidos. Las condiciones excepcionales generadas por la crisis han incentivado no sólo a las élites tradicionales a facilitar el proceso de inscripción de nuevas fuerzas políticas, sino también a los sectores sociales críticos de los partidos tradicionales a apoyar la creación de nuevas fuerzas políticas.21 De este modo, la presencia de cuatro nuevos partidos políticos es la traducción política de los intereses en conflicto, dos a favor y dos en contra del cambio que implicaría la convocatoria de una nueva ANC.

El primero de estos nuevos actores, el partido Libertad y Refundación (Libre), proviene del Frente Nacional de Resistencia Popular (FNRP), cuya inscripción como partido político en mayo de 2012 fue una de las condiciones impuestas por los actores internacionales en los Acuerdos de Cartagena.22 De modo que el Frente, nutrido de organizaciones y movimientos sociales, así como de sectores políticos que habían desertado de sus partidos, ha prestado a Libre su presencia y estructura en todo el país, aunque aquél mantiene su actividad como actor social.

El FNRP también ha transferido al partido su diversidad interna. En Libre coexisten componentes partidistas (en mayor medida liberales) con los del movimiento social y gremial, y con ello, diferentes ideologías y tendencias. Esta pluralidad de intereses se ha reconocido a través de cinco corrientes, aunque en la mayoría de ellas tienen un gran peso funcionarios de la administración de Zelaya: el Movimiento Resistencia Popular (MRP), coordinado por el exfuncionario del gobierno Rasel Tomé; el Movimiento 5 de Julio, dirigido por Nelson Ávila, que también trabajó con Zelaya; Liberales en Resistencia 28 de Junio, cuya línea está constituida por antiguos liberales y lo dirige Carlos Zelaya; el Pueblo Organizado en Resistencia (POR), que lidera Mauricio Ramos, y, por último, Fuerza Refundación Popular (FRP), donde se agrupa la izquierda social hondu-reña, encabezada por el líder sindical Juan Barahona. Estas corrientes definieron su fuerza en las primarias e internas de noviembre de 2012.

Un segundo actor político también surgido del FNRP es el Frente Amplio Político Electoral en Resistencia (Faper), reconocido por el TSE en mayo de 2012. Este partido político es coordinado por Andrés Pavón, dirigente del Comité Hondureño para la Defensa de los Derechos Humanos (Codeh). Al igual que Libre, está conformado por organizaciones populares y exmilitantes de UD y PLH; se ubica en la izquierda del espectro ideológico y reclama una nueva ANC. Inicialmente reconoció dos movimientos, Movimiento Amplio Reformador y Solidaridad Organización y Lucha; sin embargo, a diferencia de Libre, tiene una menor estructuración en todo el territorio nacional.

El distanciamiento de los ciudadanos de los partidos y el descontento con el modo tradicional de hacer política se reflejan también en el surgimiento de opciones políticas de tipo personalista, con discursos muy críticos ante los partidos políticos existentes, pero con una línea conservadora y contraria a una nueva ANC. La primera de ellas es el Partido Anticorrupción (PAC), creado por Salvador Nasralla, un reconocido periodista deportivo. Con un discurso conservador, su programa electoral gira en torno a la lucha contra la corrupción y en pro de la regeneración de la institucionalidad del país. Sin embargo, también acusa una débil estructura territorial, lo que puede dificultar sus aspiraciones de movilizar el electorado más allá de la capital. La segunda es el partido Alianza Patriótica Hondureña, o La Alianza, partido creado por el general retirado Romeo Vásquez Velásquez, quien fuera jefe de las FF. AA. en tiempos de Zelaya. De algún modo, este partido simboliza la recuperación del espacio político que las FF. AA. abandonaron en los años noventa. Compuesto por otros exgenerales retirados y reservistas de las FF. AA., se ubicaría en el extremo derecho del espectro ideológico y buscaría sus apoyos no sólo en los ciudadanos críticos de la gestión del nacionalismo de Lobo y su tendencia conciliadora, sino también en los desencantados con el bipartidismo.

4. La continuidad tras la crisis: las primarias e internas de 2012

El contexto de novedad ante la presencia de nuevos partidos marcó las elecciones primarias e internas para autoridades partidistas, en noviembre de 2012. Procesos que en esta ocasión tuvieron mayor trascendencia que la habitual, porque perfilaron la correlación de fuerzas dentro de los dos partidos tradicionales, pero también permitieron medir de modo indirecto el apoyo del nuevo contendiente, el partido Libre.23

En términos generales, y con la excepcionalidad que supuso la irrupción de Libre, y con ello una mayor participación que la habitual, las elecciones siguieron la tónica de procesos anteriores. 24 De nuevo, hubo un gran número de movimientos en competencia, 15 esta vez, y como ha ocurrido en el pasado, no todos representativos de fracciones estructuradas, sino de intereses, con el fin de negociar a posteriori puestos políticos con el movimiento ganador.25 Otro elemento que se repitió en estos procesos fue el alto porcentaje de candidatos a diputados que se presentaron a la reelección, un 76% en el PNH y un 66% en el PLH, como también la proporción de los que lo lograron (un 94% y un 96%, respectivamente).26 Lo que pone de manifiesto, por un lado, la efectividad que puede tener el uso de publicidad institucional, así como los recursos estatales para quienes ostentan un cargo público, más aún teniendo en cuenta que los candidatos sufragan sus propias campañas.27 Por otro lado, la importancia de contar con una amplia estructura partidista en todo el territorio y con las bases de simpatizantes, que desempeñan un papel fundamental no sólo en la movilización electoral, sino también en la representación en las mesas electorales receptoras, donde se registran las irregularidades.28

Para el PLH, estas elecciones tenían una especial relevancia, no sólo por definir los candidatos a puestos de representación, sino también porque con la elección de autoridades se renovó la directiva del partido, dando fin, al menos temporalmente, a los problemas de unidad interna que han tenido lugar desde el golpe de Estado. En esta ocasión se enfrentaron las corrientes lideradas por Mauricio Villeda, Yani Rosenthal y Esteban Handal, tres candidatos con una larga trayectoria en el partido, pero en representación de diferentes sectores: por un lado, Mauricio Villeda (hijo de Ramón Villeda, quien fue presidente de la República entre 1957 y 1963) fue el representante del ala más conservadora del partido. Villeda participó en el movimiento que aupó a Santos como candidato y respaldó en 2009 la administración de Micheletti tras el golpe. El sector más progresista del Partido Liberal tuvo como candidato presidencial a Yani Rosenthal, hijo del histórico dirigente Jaime Rosenthal. Yani, actual diputado, fue ministro de la presidencia con Zelaya, y aunque mostró públicamente su repudio al golpe de Estado, nunca abandonó el liberalismo, sino que ha sido protagonista de diferentes intentos de unidad del partido. Esteban Handal también pertenece a los sectores que intentaron tender puentes con la directiva de 2008. De hecho, dirigió el movimiento Unidad Liberal tras la crisis política; sin embargo, sus aspiraciones de victoria en estos comicios eran escasas.

Tal y como muestra el cuadro 2, la maquinaria partidista funcionó para los dos primeros candidatos, aunque el movimiento de Villeda obtuvo el mayor número de votos en los tres niveles de elección, logrando el triunfo en los departamentos más poblados del país (Francisco Morazán, Cortés, Choluteca, Yoro, Valle y Atlántida). Por su parte, Rosenthal fue el candidato más votado en el resto de departamentos, especialmente en los rurales y menos poblados; su movimiento acaparó 46 candidaturas a diputados y 193 en alcaldías. El movimiento de Handal, un candidato a diputado al Parlacen y varios candidatos a alcaldías, pero no consiguió ningún candidato a diputado.

Para la elección de autoridades se siguió el procedimiento establecido en los estatutos del partido, según los cuales las máximas autoridades se eligen indirectamente a partir de los votos obtenidos en las primarias, siendo los resultados de la candidatura presidencial los que definen la integración del Comité Ejecutivo Central.29 En el pasado, esta previsión no había supuesto mayores inconvenientes, porque el movimiento que conseguía la candidatura presidencial era el que también lograba el mayor número de convencionales para elegir la directiva del partido. Sin embargo, los resultados de las primarias no mostraron un claro ganador: el yanismo fue el más votado en gran parte de los departamentos; obtuvo más candidatos a alcaldes y, en función de estos resultados, logró más convencionales para la elección de la nueva directiva (196). Pero Villeda, pese a obtener 100 convencionales, sumó más votos en el nivel nacional y fue el ganador de la candidatura presidencial, por lo que su movimiento debía obtener la presidencia del Consejo Central Ejecutivo del Partido Liberal (CCEPL).

Así las cosas, y una vez más, la lucha por los espacios de poder generó problemas en el partido, a pesar de la disposición inicial de los candidatos a respetar los resultados.30 Los meses posteriores a las elecciones se sucedieron entre las declaraciones de uno y otro movimiento, debido a la presión de las bases del yanismo para que Villeda cediera la presidencia a Rosenthal, condicionando el apoyo total de su corriente en las elecciones generales.31 Finalmente, en la convención del partido, celebrada en mayo de 2013, se formalizó la unidad de la organización en torno a su candidato presidencial y se juramentaron las autoridades del CCEPL, ocho para el movimiento villedista y seis para el de Rosenthal.32

En las primarias del PNH (ver cuadro 3) se enfrentaron siete movimientos, aunque sólo dos de ellos tenían posibilidades reales de triunfo: "Azules Unidos", del actual presidente del Congreso Nacional, Juan Orlando Hernández, y "Salvemos Honduras", que abanderaba el actual alcalde de Tegucigalpa y presidente del partido, Ricardo Álvarez. Dos representantes del nacionalismo también con larga trayectoria en el partido, pero con perfiles distintos: mientras que el presidente del Congreso pertenece al nacionalismo más rural y tradicional que también defiende el presidente Lobo, Álvarez representa al sector empresarial del partido, más conservador ideológicamente, que tomó las riendas de la organización bajo el liderazgo del expresidente Callejas.

Los resultados fueron favorables al movimiento Azules Unidos, que ganó la mayoría de los departamentos rurales y menos poblados, y se hizo con la mayoría de las candidaturas a diputados y alcaldes. Una victoria que pone de manifiesto, una vez más, la importancia en estos procesos de contar con la estructura del partido, además de la disponibilidad de recursos que supone la presidencia del Congreso, y con ello, el trabajo de activistas y dirigentes de base. Sin embargo, la diferencia de votos en el nivel presidencial fue menor de lo acostumbrado. Álvarez obtuvo un gran apoyo electoral en los sectores urbanos, especialmente en Francisco Morazán.

La elección de autoridades nacionalistas se realizó a través de una cuarta urna, donde los simpatizantes eligieron a los convencionales propietarios y suplentes que integrarían la Convención Nacional. Sin embargo, y a pesar de estar separada en papeletas la elección de candidatos y autoridades, los resultados de las primarias también acaban influyendo en el reparto de puestos internos, lo que supone la fusión entre los puestos de candidatos y autoridades. De este modo, y sin ninguna sorpresa, el movimiento Azules Unidos también se alzó con la mayor parte de los convencionales y, por lo tanto, con la estructura del partido que se eligió en la Convención Nacionalista meses después. En ella se escenificaron la unidad del partido y el apoyo a Juan Orlando Hernández como presidente del Comité Ejecutivo Central. Un triunfo que además consolida la imagen, impulsada con Lobo, de un partido de centro-derecha.

Por su parte, el partido Libre acudió a sus primeras elecciones primarias con una candidata presidencial, apoyada por las cinco corrientes de la organización, Xiomara Castro de Zelaya.33 Como se observa en el cuadro 4, su candidatura fue individualmente la más votada de las que se presentaron en las primarias, lo que puede tomarse como indicador de la capacidad de movilización del partido, a pesar de sus escasos meses de actividad. Cuatro de sus cinco movimientos reconocidos midieron su fuerza electoral en las candidaturas a diputados y alcaldes, siendo el grupo de exliberales, del Movimiento 28 de Junio, el que copó una gran parte de las candidaturas, apartando a los sectores más radicales de opciones de representación.34 Algo que también sucedió en la elección de autoridades partidistas, realizada a través de una urna diferente y que ha confirmado a Manuel Zelaya como coordinador general del partido.35

El cuadro 5 presenta una comparación de resultados de las primarias por departamentos, mostrando el orden de los partidos más votados en el nivel presidencial y de diputado. En el primer caso, podemos ver que, con la excepción de Colón, donde Libre consiguió más votos, y Cortés, donde el PLH obtuvo su mejor resultado, el PNH fue el partido con más apoyos. Además de Colón, Libre es particularmente fuerte en Francisco Morazán, Gracias a Dios, Intibucá, Lempira, Olancho y Santa Bárbara, donde fue el segundo partido más votado. En el resto de departamentos fue superado ampliamente por el PLH.

En cuanto a las candidaturas a diputados, el cuadro muestra las candidaturas que lograron un mayor número de marcas, indicando el orden de las mismas en el reparto y cuáles de ellas, en letra negrita, corresponden a candidaturas que optaban a la reelección. Estos datos confirman el dominio del PNH en gran parte de los departamentos, cuyos candidatos lograron ser los más votados, como muestran las posiciones logradas, la gran mayoría pertenecientes al movimiento Azules Unidos. Es decir, la corriente de Juan Orlando Hernández no sólo logró el mayor número de candidaturas,

sino también las mejor posicionadas. Una imagen diferente se observa en el PLH. El partido logró buenos resultados únicamente en Copán, Cortés, Choluteca, Islas de la Bahía, Valle y Yoro. A pesar del mayor equilibrio entre los dos movimientos más votados, fue el villedismo el que posicionó más candidaturas con mayor número de marcas frente al yanismo. Por otra parte, la fuerza electoral obtenida por Libre en algunos departamentos estaría revelando sus opciones para conseguir varios puestos de representación. El partido logró una notable implantación en Colón, El Paraíso, Francisco Morazán y Santa Bárbara, donde ha posicionado candidaturas muy votadas (muchas pertenecientes al Movimiento 28 de Junio y a las FRP), desplazando al Partido Liberal como segunda fuerza política.

5. ¿El inicio de la transformación del sistema de partidos?

Los resultados de las primarias han confirmado varias cosas. Por un lado, han mostrado la fortaleza del PNH en cuanto a la capacidad de movilizar electores en todo el territorio nacional. Con una participación cercana al millón de ciudadanos, el partido ha incrementado un 27% de votos respecto a las primarias anteriores y es firme candidato a optar nuevamente a la Presidencia y a numerosos escaños en el Congreso. El análisis previo también mostró la capacidad de recuperación y recomposición interna del PLH, aunque se observan ciertas dificultades para rescatar algunas bases electorales. Los datos señalan que ha perdido un 15% de los votos de los que obtuvo en las primarias pasadas, muchos de los cuales parecen haber ido a parar a Libre, que podría optar a varios puestos de representación en el Legislativo.

Por otro lado, los procesos internos han supuesto cierta continuidad en quienes dirigen ambos partidos, tanto para el PNH, con el movimiento de Hernández, como para el PLH, con Villeda. Es más, en este caso se afianza la corriente conservadora en el partido frente al sector de Flores, también conservador, que mantiene su impronta pero está en un segundo plano. Pero lo más importante: se ha desplazado sutilmente de la dirección a los sectores más progresistas que permanecen en el partido. En este contexto, el apoyo de las bases progresistas que apoyan a Yani, y que no han emigrado a Libre, parece clave para las próximas elecciones.

Por su parte, Libre representa la opción de izquierda atractiva para muchos movimientos sociales, y también para aquellos sectores que han ido abandonando el PLH y la UD. Pero además aglutina parte del descontento hacia los partidos tradicionales y encarna el cambio político. Su amplia cobertura nacional y social, así como su vinculación con sindicatos del sector público, campesinos y estudiantes, le han permitido posicionarse como actor político relevante, agrupando y movilizando dichos sectores. No obstante, esta diversidad también supone retos por la tensión interna que supone la conjunción de una lógica social, que emana de las organizaciones del FNRP, y la política, que se nutre de los elementos partidistas (Sosa 2011). Los próximos comicios son claves para probar la capacidad de movilización de votos de los movimientos sociales que mantienen su identidad dentro del Frente. El otro gran reto que tiene Libre es atraer una parte del liberalismo que no se siente representado por la corriente conservadora de Villeda, que maneja el PLH.36

Las expectativas de los otros tres nuevos partidos, Faper, PAC y la Alianza, al no haber participado en las elecciones primarias, son más inciertas. Los tres adolecen de una estructura organizativa deficiente a lo largo del país, lo que puede complicar sus aspiraciones electorales. Igualmente, un panorama complicado se presenta para los pequeños partidos tradicionales, PINU, DC y la UD. La crisis ha provocado un éxodo constante a las nuevas fuerzas políticas, en especial a Libre, lo cual puede significar problemas para alcanzar el número de votos necesarios para conservar su personaría jurídica tras los comicios. En este sentido, la conformación de alianzas parciales, como la suscrita entre Faper y UD, parece ser la solución para asegurar la supervivencia.

En cualquier caso, el nuevo mapa partidista presenta nueve opciones, que van desde la izquierda hasta la derecha, una situación novedosa en el país. Pero lo más relevante es que estaría reflejando las tendencias de la opinión pública, como muestra el gráfico 3. En él se presenta la distribución en la escala ideológica de los simpatizantes nacionalistas y liberales frente a quienes no declararon simpatía por ningún partido, tres años antes y tres años después de la crisis política.37 En 2006 observamos un electorado situado mayoritariamente en el centro y escorado ligeramente hacia la derecha ideológica. Apenas hay diferencias entre ambos electorados; es más, incluso aquellos que declararon no tener simpatía partidista entonces, se situaron mayoritariamente en el centro-derecha. También llama la atención la escasez de ciudadanos en posiciones de izquierda, frente a quienes se ubicaron en la extrema derecha.

En 2012 el panorama se transforma notablemente. Por un lado, se consolida la moderación del electorado nacionalista, a pesar de que se mantienen los altos porcentajes de quienes se sitúan en el extremo derecho de la escala ideológica. Pero tal vez lo más relevante es el perfil de los simpatizantes liberales, distribuidos en los tres polos ideológicos, izquierda, centro y derecha. Un patrón muy parecido muestra el grupo de quienes destacaron no tener simpatía por ningún partido. En 2012 también se incluye el grupo de ciudadanos que declararon simpatía por otro partido diferente a los cinco tradicionales, y que, como vemos, presenta una alta proporción de encuestados en la izquierda y en el centro. En conjunto, la distribución de los hondureños ubicados en la izquierda pasó de 12,3% en 2006 a 22% en 2012. Estos patrones ponen de relieve el proceso de polarización ideológica que ha experimentado el país tras la crisis política que se ha consolidado, abriendo espacios de representación para los nuevos partidos políticos ubicados en la izquierda. 38

Conclusiones

El sistema de partidos de Honduras exhibió durante toda la etapa democrática una gran estabilidad, anclada en la fortaleza de los dos partidos tradicionales y en la capacidad de sus élites para consensuar las reformas que condicionaron el juego político-electoral. Los pactos también les permitieron salir del paso en los diferentes momentos de crisis políticas y sociales, todo ello sin alterar su hegemonía hasta 2009.

Este texto ha destacado cómo el sistema de partidos ha sido altamente estable en cuanto a representación, con patrones regulares de voto y de competencia partidista. Pero la estabilidad también ha significado ausencia de alternativas políticas reales, en buena parte debido a las barreras formales e informales que, por un lado, han afectado el comportamiento de los electores, y, por otro, han desincentivado la creación de nuevas fuerzas políticas. Asimismo, la fortaleza del clientelismo y patronazgo ha facilitado el monopolio de los recursos por parte de los partidos tradicionales, y con ello, sus posibilidades de éxito, pero ha afectado gravemente los mecanismos de rendición de cuentas. En este escenario, podíamos decir que la estabilidad del sistema de partidos ha coexistido con la ausencia de representatividad.

La crisis política de 2009 confirmó no sólo el agotamiento de un sistema basado en los consensos entre las élites políticas, sino también del bipartidismo, y puso de manifiesto que los partidos no han cumplido con su función de agregación de intereses y demandas de la sociedad hondureña. Desde entonces, el sistema de partidos ha sufrido principalmente dos consecuencias. Las primeras y más inmediatas se sintieron en el nivel individual para los partidos tradicionales, particularmente para el PLH, que quedó fracturado. Si bien muchas de las contradicciones internas se han resuelto, al menos hasta el momento, con las elecciones primarias e internas, el golpe de Estado puso de manifiesto que la tradicional diferenciación entre el nacionalismo, que apoyaba los golpes de Estado, y el liberalismo ha desaparecido. Así, mientras que en el pasado las fuerzas más progresivas pertenecían al Partido Liberal, tras la crisis política de 2009 están organizadas en nuevos partidos políticos. Por su parte, el PNH ha afianzado exitosamente su giro al centro-derecha, al tiempo que el Liberal se ha reafirmado como opción conservadora.

La segunda consecuencia destacada se refiere a los ajustes del sistema de partidos para la incorporación de las demandas de cambio, que canalizan a través de cuatro nuevas fuerzas políticas la polarización política y social generada tras la crisis política. A su vez, estos nuevos partidos simbolizan la defensa del cambio o la reacción al mismo que supone la convocatoria de una ANC o la "refundación del sistema". La izquierda política ha cristalizado en dos formaciones que emanan del Frente Nacional de Resistencia Popular: Libre y Faper. La derecha tiene como representantes a la Alianza Patriótica y al Partido Anti Corrupción. Con unos objetivos, estructura organizativa y estrategias muy diferentes, estos partidos, y en particular Libre, estarían capitalizando el descontento ante el sistema político tradicional y sus partidos, rompiendo así la hegemonía de liberales y nacionalistas, al menos en el ámbito legislativo.

Ahora bien, no hay que olvidar que nacionalistas y liberales, pero especialmente los primeros como partido de gobierno, siguen teniendo acceso preferencial a los recursos estatales, algo que juega en contra de las posibilidades de las nuevas fuerzas políticas, dada la relevancia que tradicionalmente ha tenido el clientelismo en el voto. En este sentido, el cambio de lealtades de los partidos tradicionales a los nuevos actores tiene un alto precio para los ciudadanos, y por ello puede ser limitado. El análisis de los resultados de los procesos primarios e internos constituye buena prueba de ello. La fortaleza del Partido Nacional y la capacidad de recuperación del Liberal en todo el territorio nacional ponen de relieve, como ya lo demostraron en el pasado, que ambos partidos son resistentes a las crisis.

La experiencia de otros países latinoamericanos ha demostrado que los incentivos para la transformación del sistema de partidos son mayores cuando los vínculos que lo sostienen dejan de ser efectivos (Luna 2007; Morgan 2011). El sistema hondureño ha dado muestras de grandes contradicciones y un déficit representativo sostenido, activado por la crisis política de 2009. Las primeras transformaciones del sistema de partidos y el surgimiento de nuevas fuerzas políticas apuntan a la incorporación de demandas de mayor inclusividad. Sin embargo, el alcance de su transformación depende de la fuerza que adquieran estos partidos en los próximos procesos y de la capacidad del PNH y PLH para salvaguardar, una vez más, el statu quo.


Comentarios

* Este artículo se inscribe dentro de mi proyecto de investigación postdoctoral, para el que he recibido financiación del Programa Nacional de Movilidad de Recursos Humanos del Plan Nacional de I-D+i (2008-2011) del Ministerio de Educación (España).

1 Agradezco a Juan Antonio Rodríguez Zepeda, Aníbal Pérez-Liñán y a los evaluadores de Colombia Internacional sus excelentes comentarios y sugerencias.

2 Véanse en Torres (2011) varios ejemplos de crisis políticas resueltas mediante la negociación de las élites.

3 La crisis política se produjo ante el intento del presidente Zelaya de convocar una consulta sobre la instalación de una cuarta urna en las elecciones para preguntar la conveniencia de convocar una Asamblea Nacional Constituyente. No obstante, éste fue el punto álgido de conflictos entre instituciones que se acumularon durante los meses previos (Llanos y Marsteintredet 2010; Ruhl 2010; CVR 2011).

4 El número efectivo de partidos (electorales) se ha calculado considerando elecciones legislativas (1981-2009). La competitividad se refiere a la diferencia en votos entre la primera y segunda fuerzas más votadas, siempre PNH y PLH. La concentración electoral indica el porcentaje de votos que han acumulado ambos. Al igual que la volatilidad electoral, estos índices se han hallado considerando los resultados presidenciales entre 1981 y 2009.

5 El PDCH y el PINU fueron inscritos durante la transición. El reconocimiento legal del PUD, fue producto de los pactos, en el marco de la apertura que propiciaron los Acuerdos de Esquipulas.

6 Los movimientos han propiciado la dinamización de las estructuras partidistas, muy dependientes del calendario electoral, pero no han terminado con la presencia formal e informal de viejos liderazgos.

7 Estos recursos han tomado forma de "subsidios legislativos" que encubren activismo político y financiación de campañas, a las que suelen tener más acceso los diputados del partido gobernante o del movimiento al que pertenece el presidente del Congreso.

8 Pese a todo, ambos han mantenido bastiones regionales (Ajenjo 2001).

9 Se presenta el promedio ideológico -en una escala donde 1 es izquierda y 10 es derecha- de las posiciones otorgadas a su partido por los diputados nacionalistas y liberales. Asimismo, se señala la ubicación ideológica promedio de los candidatos presidenciales de ambos partidos, según la opinión de todos los diputados. Fuente: PELA, Universidad de Salamanca (1990-2010).

10 El ala más conservadora del liberalismo, el rodismo, dirigió el partido entre 1982-85, primero de la mano de Suazo (1982-1985), luego de Azcona (1986-1990), aunque éste acabó distanciándose de la línea más dura del partido. Este sector tomó de nuevo la dirección en los años noventa con Flores (1990 y 1998). El centro-izquierda del partido tuvo su representante en Reina (1994-1998), y más adelante con Zelaya, en 2005. Tres años después, la derecha se impuso con Santos como candidato y Micheletti como presidente del partido.

11 El giro al centro-derecha del partido fue también consecuencia de la derrota electoral sufrida en 2005, en cuya campaña Pepe Lobo se destacó por sus políticas de mano dura frente a los problemas de inseguridad del país.

12 El país ostenta uno de los niveles más altos de pobreza de la región. Más del 66% de hogares vive bajo el umbral de la pobreza (un 46% en situación extrema), y un 54% de su población está subempleada (PNUD 2011).

13 Los datos corresponden a la legislatura 2010-2014 de PELA. Se indica la suma de respuestas de "muy frecuente" y "bastante frecuente".

14 Datos calculados sobre el censo electoral (TSE).

15 Este electorado suele ser el beneficiario de intercambios materiales por votos, y cuando no es compensado materialmente, prefiere abstenerse, antes que votar por otro partido (Taylor-Robinson 1996).

16 Las encuestas venían señalando la creciente insatisfacción de los ciudadanos con la democracia, el funcionamiento de las instituciones y el desempeño económico del gobierno de turno (Informes LAPOP para Honduras en 2004, 2006 y 2008).

17 Este acercamiento se logró a partir de políticas implementadas durante su gobierno (Cálix 2010) pero Zelaya también fue exitoso en acercar la figura presidencial a la ciudadanía (Martínez et al. 2011).

18 Según Borges & Asociados (2008-2010), en abril de 2009 el porcentaje de ciudadanos a favor de la convocatoria a una Asamblea Nacional Constituyente era del 55,1% (suma de "muy de acuerdo" y "de acuerdo"), y en contra, 38,5% (suma de "en desacuerdo y "muy en desacuerdo"). En octubre de ese mismo año los porcentajes fueron 41,6% y 45,6%.

19 Véanse diferentes aproximaciones al origen y desarrollo de la crisis política en Booth y Seligson (2009), Cálix (2010), Ruhl (2010), Llanos y Marsteintredet (2010), CVR (2011), Rodríguez (2011), Taylor-Robinson y Ura (2013).

20 Agradezco esta observación a uno de los evaluadores de Colombia Internacional.

21 Para la creación de nuevos partidos, se debe acreditar, además de los documentos relativos al programa e ideario, una estructura organizativa municipal y departamental en más de la mitad de municipios del país, y la firma de ciudadanos equivalentes al 2% del total de votos emitidos en la última elección presidencial (42.000). Esta inscripción debe hacerse en un año no electoral.

22 El Acuerdo de Cartagena, firmado en mayo de 2011, permitió además el regreso de Zelaya al país. Libre fue inicialmente creado en junio de 2011 como Frente Amplio de Resistencia Popular (FARP), pero pasó a denominarse partido Libertad y Refundación o Libre, para diferenciarse del otro partido surgido de la Resistencia, Faper.

23 El resto de partidos, al no tener movimientos internos reconocidos, no estaban obligados a realizar estos procesos. El partido Faper, pese a que contaba con dos corrientes, no realizó elecciones, por no haber alcanzado un acuerdo sobre el reparto de las candidaturas.

24 El voto domiciliario proporciona a los partidos un censo aproximado de simpatizantes, al no existir estadísticas fiables de afiliación. De este modo, las redes partidistas suelen ejercer control sobre el electorado potencial para mantener el apoyo al candidato en las subsiguientes elecciones. Así, la participación en las primarias, a pesar de ser abiertas, es más baja de lo esperado. En esta ocasión, fue en torno a un 45% (TSE).

25 La presencia de movimientos sin capacidad organizativa para lograr representantes parece obedecer a la venta de las credenciales en las mesas de la votación. Con ello, la unidad de los partidos suele estar vinculada a la negociación posterior de los líderes de los movimientos "fantasma", a cambio de puestos en el nuevo gobierno.

26 Cálculos de la autora. También fue alto el número de alcaldes que se presentaron y consiguieron la candidatura para optar a la reelección: de 298 alcaldes, 287 se presentaron en las primarias, y lograron la candidatura 270. (La Tribuna, 6 de diciembre de 2012, "278 alcaldes van a reelección", consultado el 6 de mayo de 2013).

27 Por ello, estos procesos suelen estar empañados por el dudoso origen de los fondos utilizados. Estas elecciones no fueron la excepción.

28 En estos procesos el TSE actúa de supervisor y presta asistencia técnica, pero los partidos son responsables de la gestión. Esto implica el reparto de las credenciales para los miembros de las mesas electorales receptoras. De este modo, los miembros de los movimientos vigilan la votación, el escrutinio y la conformación de las actas con los resultados. Así, son varios los medios que denunciaron la práctica de algunas corrientes de acaparar tarjetas de identidad para poder manipular resultados, así como el colapso de la red pública de transmisión de los datos, lo que aumentó las sospechas de fraude (La Prensa, 22 de noviembre de 2012, "TSE culpa a políticos de inflar actas", consultado el 10 de mayo de 2013).

29 Artículo 53 de los Estatutos del PLH.

30 La Tribuna, 19 de abril de 2012, "Precandidatos liberales firman pacto de unidad", consultado el 25 de febrero de 2013.

31 El Tiempo, 11 de mayo de 2013, "Convención consolida la unidad del Partido Liberal", consultado el 11 de mayo de 2013.

32 El movimiento de Handal, con muy poco peso en la organización, apoyó a Villeda poco tiempo después de las internas. El Heraldo, 5 de mayo de 2013, "Sellada la unidad en el Partido Liberal", consultado el 6 de mayo de 2013.

33 A la esposa de Zelaya la acompañaron en la nómina presidencial Eduardo E. Reina (exministro en tiempos de Zelaya), Juliett Handal (anteriormente ligada al nacionalismo) y Juan Barahona (líder del movimiento FRP).

34 Tres diputados liberales se lanzaron a la reelección con Libre por el Movimiento 28 de Junio, siendo exitosos dos de ellos.

35 Zelaya, además, fue postulado como diputado por las cinco corrientes de Libre.

36 En todo caso, difícilmente Libre podría disputar la hegemonía a los partidos tradicionales, si se mantienen las tendencias de voto de las primarias, con un PNH ganador de las presidenciales y legislativas, que cuenta además con una amplia mayoría en el Congreso (con o sin los escaños del PLH). Agradezco esta apreciación hecha por uno de los evaluadores anónimos.

37 La encuesta LAPOP de 2006 incluyó como respuestas: PLH, PNH, y ninguno. En 2012: PNH, PLH, PDCH, PINU, PUD, otro y ninguno.

38 En 2006, un 16,8% no se ubicó en la escala; en 2012, un 14,2%.


Referencias

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