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Folios

Print version ISSN 0123-4870

Folios  no.29 Bogotá Jan./June 2009

 

ARTÍCULOS

Comunicación, lenguaje y pedagogía: una mirada desde las mediaciones1


Communication, language and pedagogy: a view from the mediations


Tomás Vásquez Arrieta*


*Filósofo, Magíster en Sociología de la Educación y estudiante de Doctorado en Educación. Profesor de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas. Correo electrónico: tomvasquez@hotmail.com

Artículo recibido el 12 de marzo de 2008 y aprobado el 28 de abril de 2009.


Resumen
El presente trabajo se propone exponer, de modo general, el concepto de mediación y su importancia para la comprensión de la comunicación y el lenguaje y su importancia en la práctica pedagógica. En un primer momento se presenta una breve semblanza histórica del concepto de mediación en la tradición filosófica. Posteriormente, se presentan algunas consideraciones de la mediación en el marco de la problemática de la comunicación y del lenguaje desde la propuesta fenomenológica de Merleau-Ponty. Finalmente, se relaciona la reflexión anterior con algunas consideraciones sobre el campo de la pedagogía.

Palabras clave
Comunicación, lenguaje, mediaciones, pedagogía.



Abstract
This paper presents, in a general way, the concept of mediation and its importance for the comprehension of communication and language, as well as its importance in the pedagogical context. First, there is a short historical description about the concept of mediation in the philosophy tradition. After, some considerations of mediation from the point of view of communication and language and the phenomenological proposal of language of Merleau-Ponty are presented. Finally, the relationship between the reflections made and some considerations about the pedagogical field are shown.

Key words
Communication, language, mediations, pedagogy.




El concepto de mediación y sus raíces filosóficas

El concepto de mediación, unas veces asociado directamente con medios y otras empleado en el discurso del ámbito de la resolución de conflictos, proviene, a nivel histórico, de la filosofía, concretamente del pensamiento hegeliano del que toma las connotaciones de las que se carga hoy en el campo del pensamiento social, es decir, de ser una categoría relacional.

Ya empleado en la lógica, específicamente en los silogismos aristotélicos, para identificar el término que une la premisa mayor con la premisa menor (término medio), el concepto de mediación adquiere en la filosofía moderna, con Hegel, un valor filosófico distinto, aunque siempre como recurso de la reflexión para buscar comprender las complicadas relaciones del hombre con la realidad, tanto ideal como material. Para algunos, podría haber sido la Lógica de Aristóteles, a partir de una relectura del término medio, la fuente de la idea de mediación en Hegel (Sánchez López, 1985). Para el filósofo alemán, la mediación tiene que ver con el movimiento del sujeto en su permanente camino, en su desenvolvimiento, hacia su constitución como tal. En este sentido, ella es la esencia de todas las manifestaciones. De allí que la mediación2 -dirá Hegel- se mueve con uno mismo. Puesto que no cabe concebir un comienzo absoluto, nada se da inmediatamente que no haya devenido. En palabras del filósofo español Valls Plana (1971, p. 43):

    El motor que da vida al concepto se llama mediación; despliega al sujeto y lo hace devenir predicado u objeto. La mediación es lo que permite oponer el concepto hegeliano y su subjetividad a la substancialidad inmóvil y a la simplicidad inerte. Gracias a la mediación posee el concepto hegeliano el movimiento.

Ahora bien, la mediación es la realidad efectiva del devenir en cuanto que opone, disgrega y reúne, especifica y actualiza lo que sólo era en-sí (uno). Como principio ontológico, la mediación es el momento en que el ser, oponiéndose a sí mismo, se piensa y, desde este pensamiento, vuelve sobre sí enriquecido con un conocimiento propio, que es la inmediatez relativa de la que surgirá nuevamente la oposición. La mediación es el acto mismo por el que el pensamiento y la cosa pensada realizan su identidad en el conocimiento del ser por sí. La filosofía del espíritu, la fenomenología, la lógica, mantienen este principio, y extiende su uso a la comprensión de la cultura y sus manifestaciones comunicativas.

La otra vertiente filosófica para la que la mediación es un concepto clave, en tanto contribuye a la descripción y comprensión de las complejas relaciones de los sujetos entre sí y entre estos y su mundo inmediato, es la fenomenología francesa, en particular, la representada por Merleau-Ponty, quién propone la percepción como el elemento articulador de la mediación. Para Merleau-Ponty, en el acto mismo de la percepción de la realidad nos relacionamos desde nuestra experiencia subjetiva como totalidad de sentido. De allí que no podríamos captar la unidad del objeto sin la mediación de la experiencia corpórea. Esta experiencia compromete a fondo el lenguaje en cuanto el hombre se sirve de él:

    [...] Para establecer una relación viva consigo mismo o con sus semejantes, el lenguaje no es ya un instrumento, es una manifestación, una revelación del ser íntimo y del vínculo psíquico que nos une al mundo y a nuestros semejantes (Merleau-Ponty, 1975, p. 213).

Es decir, se trata de una mediación.

Es, sobre todo, con los aportes de los filósofos arriba señalados que el concepto de mediación entra en los campos de la comunicación y de la cultura en los que ha tenido un amplio desarrollo y difusión académica en las últimas décadas, aportando a las reflexiones e investigaciones que en este terreno se vienen llevando a cabo hoy, sobre todo, en el ámbito latinoamericano.


Las mediaciones de los medios

En la década del setenta, el teórico social español Manuel Martín Serrano (1987) plantea por primera vez su propuesta epistemológica para las ciencias sociales de lo que se dio en llamar la mediación social. Su objetivo no era otro que, desde una teoría social, buscar nuevas perspectivas de análisis para explicar el cambio y el control social: "Desde el punto de vista cognitivo, la mediación equivaldría al sistema de reglas y de operaciones aplicadas a cualquier conjunto de hechos, o de cosas pertenecientes a planos heterogéneos de la realidad para introducir un orden" (Martín Serrano, 1987, p. 49). Sin duda, este era el propósito fundamental de una propuesta que iba mucho más allá de una teoría de la comunicación. Este mismo autor afirmaría en su momento: "La teoría de la mediación social ofrece un nuevo objeto para las ciencias sociales: el estudio de la producción, transmisión y utilización de la cultura, a partir de los modelos culturales y de sus funciones" (Martín Serrano, 1997, p. 137). En esta perspectiva, todas las instituciones normativas (escuela, familia, medios de comunicación) podrían ser estudiadas desde el punto de vista de la teoría de la mediación, en cuanto mediadoras en los procesos sociales. Este paradigma de la mediación surge fuertemente emparentado con fuentes epistemológicas de distinto origen, entre las que podemos destacar el marxismo, el estructuralismo y, más tarde, los estudios culturales.

En su libro La producción social de comunicación, Martín Serrano (1986) introduce y desarrolla el concepto de mediación en el campo de la comunicación. Según este autor, lo que permite comprender la relación entre sistema social y sistema de comunicación es la mutua afectación que se observa cuando cada uno de estos sistemas cumple sus tareas. Así, por ejemplo, el cambio que se produce en cualquiera de los tres niveles que integran a uno de los sistemas (infraestructura, estructura y supraestructura) tiene una incidencia sobre un homólogo, en el otro sistema, o sobre cualquiera de los demás niveles.

La influencia del estructuralismo, por su parte, se observa en el tipo de metodología que Serrano propone para el análisis de las mediaciones evidenciables en la representación que los medios masivos hacen para que el acontecer diario se vuelva de dominio público.

No obstante, Martín Serrano observa que las tareas que los medios de comunicación desarrollan para producir representaciones del acontecer están condicionadas por una doble tensión: por una parte, la tensión existente entre la necesidad de reproducción del orden al que está sometido el sistema social y sus cambios o transformaciones que debían ser registrados por los medios de comunicación. Por otra parte, también observa la tensión existente entre la imprevisibilidad propia del acontecer y la necesidad de someter, eso que escapa al orden, a los formatos o lenguajes con los que los medios lo expresan.

Al hacer frente a estas tensiones, los medios de comunicación, lejos de pretender reproducir deliberadamente la realidad, tal como ésta acontece, median cultural, política y económicamente sus producciones, a fin de elaborar un tipo de representación de esa realidad, compatible con las necesidades del sistema. Por este camino, Martín Serrano identificó dos tipos de mediaciones en la producción de representaciones que los medios realizan. Por un lado, la existencia de una mediación cognitiva, que supone que los medios informan a partir de la recolección de algunos datos de referencia de los acontecimientos que seleccionan, para hacerlos objetos de la atención pública. Esta mediación, según el autor, mitifica la realidad en la medida en que busca que los acontecimientos, en lugar de irrumpir violentamente sobre el orden social, sean familiares a los individuos y puedan encajar en sus modelos de percepción y de comprensión del mundo. En palabras de Martín Serrano (1997, p. 140): "La mediación cognitiva está orientada a lograr que aquello que cambia tenga un lugar en la concepción del mundo de las audiencias, aunque para proporcionarle ese lugar sea preciso intentar la transformación de esa concepción del mundo".

Por otro lado, la existencia de una mediación estructural supone que los medios adaptan a sus posibilidades expresivas la información que producen sobre el acontecer. Esta mediación ritualiza estas operaciones, mediante el recurso a la reiteración, a la redundancia de las formas en las que se presenta el acontecer:

    La mediación estructural está destinada a conseguir que aquello que irrumpe sirva para realimentar las modalidades comunicativas de cada medio productor. Esta mediación opera sobre los relatos, ofreciendo a las audiencias modelos de representación del mundo y modelos de producción de comunicación (Martín Serrano, 1986, p. 141).

Como se puede observar, se trata de analizar los movimientos y las estrategias sociales sobre los que se articulan los medios para desplegar su accionar comunicativo.

Si, como se dijo inicialmente, la mediación -en la perspectiva de Hegel y de Merleau-Ponty- hace referencia al conjunto de relaciones gracias a las cuales las cosas, que sólo tienen razón de ser en función de todo el resto, de todo lo que ellas no son y sin lo cual no serían, son determinadas entre sí, es decir, el fundamento de cada cosa es su relación con las demás. En el caso de los medios, su naturaleza social le viene dada no por ninguna esencia per se, sino por lo que ellos constituyen en relación con su entorno social. Ellos son determinados y determinantes en su relación con su entorno. Se comprende ahora la importancia que reviste para la comprensión de los medios, su relación con la cultura, la política y la economía. Así se entiende, de igual modo, el valor del planteamiento del que parte el análisis inicial de Serrano, al poner en relación el sistema social con el sistema de comunicación, para analizar el proceso de afectación mutua entre ellos. Este es, pues, uno de los aportes más significativos para los estudios de comunicación en América Latina en las últimas décadas del siglo XX, lo que cambiaría el rumbo de las futuras investigaciones y análisis en el campo de la comunicación.

A pesar de los avances que representaba en su momento el paradigma de la mediación en las investigaciones sobre los medios de comunicación, los años ochenta vieron nacer en América Latina una nueva perspectiva de análisis que, inspirada en la obra de Serrano y en los estudios culturales, ahora abordaba como centro de interés, ya no a las mediaciones que se generaban en el proceso de producción de representaciones de los medios, sino a las mediaciones que se producen en el otro polo, es decir, en los procesos de recepción de los mensajes de la comunicación masiva.


Las mediaciones de la comunicación

Para Jesús Martín-Barbero (1984), pionero de esta tendencia en América Latina, el tipo de negociación que los destinatarios ponen en juego en los procesos de comunicación tiene que ver con el tipo de desarrollo histórico de la región que, entre otras cosas, ha tenido como constante la existencia de un colonialismo que domina desde dentro, desde los modos mismos en los que se percibe y se comprende al mundo. Por eso, estudiar la comunicación compromete la cultura, el lenguaje y las prácticas sociales de los sujetos, es decir, los contextos que le otorgan el significado a la comunicación y a la producción del sentido social. Entonces, adoptar la perspectiva de las mediaciones implica, sin desconocer el papel de los medios, dejar de lado el mediacentrismo que impide ver las dinámicas de la cultura y los cambios ocurridos en las prácticas y los diversos modos en que los sujetos construyen y re-construyen sus culturas en los procesos de comunicación. "De ahí que el eje del debate se desplace de los medios a las mediaciones, esto es, a las articulaciones entre prácticas de comunicación y movimientos sociales, a las diferentes temporalidades y la pluralidad de matrices de cultura" (Martín-Barbero, 1984, p. 203).

Desde este punto de vista, la comunicación trasciende los medios, puesto que, como práctica social, la comunicación se articula a las diversas actividades que los sujetos llevan a cabo con su entorno. Pero también la objeción a la centralidad de los medios tiene que ver con que ellos no operan solos, ya que cada vez más se encuentran integrados a otros ámbitos de la vida social que es necesario tener en cuenta en los análisis. Ahora bien, "[...] si el sistema de los media está perdiendo en parte su especificidad para convertirse en elemento integrante de otros sistemas de mayor envergadura, como el económico, cultural y político" (Martín-Barbero, 1984, p. 233), entonces esto es significativo para los estudios de comunicación. Y es hacia allá adonde apunta la propuesta de Martín-Barbero al decir que ahora:

    [...] En lugar de hacer partir la investigación del análisis de las lógicas de la producción y la recepción, para buscar después sus relaciones de imbricación o enfrentamiento, proponemos partir de las mediaciones, esto es, de los lugares de los que provienen las constricciones que delimitan y configuran la materialidad social y la expresividad cultural [...] (Martín-Barbero, 1984, p. 233).

El concepto de mediación, elemento central en el trabajo de Martín-Barbero, y el que de algún modo ha marcado derroteros en los estudios sobre la comunicación en Latinoamérica, le viene, según él mismo afirma, por lados de la filosofía de Hegel, Paul Ricoeur y Merleau-Ponty y de la sociología de Martín Serrano (Martín-Barbero, 1998 ). En su desarrollo, articula el concepto de mediación al de hegemonía para dar cuenta de los conflictos y las luchas en las culturas. Así, se muestra cómo la eficacia de la hegemonía, en contraste con la de la dominación, no procede del uso de la fuerza, sino del sofisticado uso de la seducción y, por el contrario, sus eventuales fracasos se explicarían por el recurso a la resistencia, también posible entre los sectores populares.

    Los cambios en el ámbito de la tecnicidad y la identidad están reclamando imperiosamente pensar las mediaciones comunicativas de la cultura, un nuevo mapa que dé cuenta de la complejidad en las relaciones constitutivas de la comunicación en la cultura, pues los medios han pasado a constituir un espacio clave de condensación e intersección de la producción y el consumo cultural, al mismo tiempo que catalizan hoy algunas de las más intensas redes de poder. [...] La lucha contra el pensamiento único halla así un lugar estratégico no sólo en el politeísmo nómada y descentrador que moviliza la reflexión e investigación sobre las mediaciones históricas del comunicar, sino también en las transformaciones que atraviesan los mediadores socioculturales, tanto en sus figuras institucionales y tradicionales -la escuela, la familia, la iglesia, el barrio- como en el surgimiento de nuevos actores y movimientos sociales, como organizaciones ecológicas o de derechos humanos, los movimientos étnicos o de género, introducen nuevos sentidos de lo social y nuevos usos sociales de los medios. Sentidos y usos que en sus tanteos y tensiones remiten, de una parte, a la dificultad de superar la concepción y las prácticas puramente instrumentales para asumir el desafió político, técnico y expresivo, que conlleva el reconocimiento en la práctica del espesor cultural que hoy contienen los procesos y los medios de comunicación, pero de otra parte remiten también al lento alumbramiento de nuevas esferas de lo público y nuevas formas de la imaginación y la creatividad social (Martín-Barbero, 2002, pp. 226-227).

En esta larga cita, se puede sintetizar un punto de vista que compromete en su análisis comunicativo, sin abandonar la atención a los medios, otros fenómenos culturales aparentemente dispersos, pero que guardan una articulación de modo estructural a partir de los movimientos sociales y de las prácticas y usos que los sujetos hacen de los contextos históricos. En esta cita subyace, también, la idea de mediación en tanto conjunto de relaciones determinantes, de movimiento y condiciones históricas de producción de sentidos multidimensionales y multidireccionales, en parte porque los sujetos ocupan diferentes posiciones sociales desde las cuales cargan de sentido las prácticas sociales. De este modo, se reorienta la mirada sobre la comunicación hacia los sentidos que la trascienden, vinculándolos a la cultura y a sus matrices de significación compleja y múltiple3.


El lenguaje como mediación

Este punto lo abordaremos desde la perspectiva de la fenomenología de Maurice Merleau-Ponty. Para este filósofo el lenguaje, mediación en la relación del hombre con el mundo, es concebido en estrecha unidad con la experiencia del mundo percibido, experiencia en la que el cuerpo, tema central en la obra de este autor, desempeña un importante papel, puesto que es el que nos permite, como condición primaria, entrar en relación con el mundo que percibimos. Así como nuestra percepción no es posible sino mediante nuestro cuerpo, del mismo modo, gracias a nuestra gesticulación lingüística, somos sujetos parlantes. La palabra es el modo por el cual el cuerpo hace aparecer el sentido del mundo y lo realiza en la expresión, es decir, es un acto de significación y un modo de objetivación. Pero es, a la vez, un modo de aprehender el mundo, un modo por el cual el cuerpo se ahueca sobre las cosas bajo la forma del sentido que ellas tienen para mí y se convierten en mi carne. La palabra es originariamente un gesto, para aquel que adviene a la palabra y vive en forma definitiva en un mundo lingüístico, el gesto se convierte, inversamente, en palabra.

Puede decirse, entonces, que cuerpo y lenguaje conforman una unidad existencial por la que el hombre entra en el mundo y lo experimenta. Así, el cuerpo, situado en un espacio y en un tiempo, es indisoluble del lenguaje, es también lenguaje y comunicación vital con el mundo, esto es, sentido, como el lenguaje también es cuerpo. Vale subrayar, en este punto, que el cuerpo no es un objeto entre otros. En su estrecho vínculo con el lenguaje, es asumido en su dimensión subjetiva y cultural, puesto que es el que posibilita la relación intersubjetiva, lo que ayuda a comprender la sugestiva idea de Merleau-Ponty cuando habla de un sujeto en cuerpo propio, lo que nos remite a la vez al cuerpo como expresión visible del sujeto, con lo que proponía una nueva relación del hombre con su mundo vivencial y señalar las limitaciones de una filosofía de la conciencia.

En la propuesta de Merleau-Ponty, resulta más fácil concebir la raigambre corporal del gesto que de la palabra. Bajo este supuesto, entonces, una de las tareas de la teoría del lenguaje sería la de abrirse un camino hasta llegar a la experiencia de los sujetos hablantes. En sus reflexiones, Merleau-Ponty argumenta que:

    La idea de un lenguaje posible se forma y se apoya sobre el lenguaje actual que hablamos, que somos, y la lingüística no es otra cosa que una manera metódica y mediata de esclarecer mediante todos los demás hechos del lenguaje esta palabra que se pronuncia en nosotros, y a la que, incluso en medio de nuestro trabajo científico, nos mantenemos unidos como por un cordón umbilical (Merleau-Ponty, 1971, p. 41).

Indagar acerca de los sujetos hablantes implica, entre otras cosas, enfrentarse a la dificultad de comprender, por ejemplo, lo pasivo y lo activo del yo y del otro en el diálogo. Aquí se asume que hablar y comprender son momentos de un mismo sistema yo-otro, yo-tú, en el que no se trata de un yo puro y universal, sino más bien de un yo encarnado en un cuerpo, un yo en cuerpo propio, y continuamente sobrepasado por este cuerpo con el que tenemos presencia y relación con los demás. Esto quiere decir que mediante el lenguaje y el cuerpo, o si se quiere, de un lenguaje incorporado, o encarnado, nos encontramos acomodados a los otros, a la distancia entre el yo y el otro, entre sí mismo y el otro, esto es, en las relaciones intersubjetivas, en las que las distinciones entre hablar y escuchar son una de las modalidades del sistema de los sujetos encarnados. Sin duda, esto es lo que hace posible una comunicación mediada por el sentido, en la que algunas veces ese yo dotado de un cuerpo y continuamente sobrepasado por este cuerpo, que algunas veces le despoja de sus pensamientos para atribuírselos a sí mismo o para imputárselos a otro. Esto quiere decir que la unidad del cuerpo con el pensamiento, en procura de comprender la relación del hombre con su mundo percibido, es planteada aquí en términos de la relación lenguaje-cuerpo, hablar-escuchar, ver-ser visto, pasivo-activo. Lo anterior lleva a reconocer que es el todo, de modo articulado, lo que tiene sentido y no cada parte por separado.

Esta experiencia de la palabra en su relación con el cuerpo-mundo está -dice Merleau-Ponty en La prosa del mundo- "por encima de las filosofías que piensan estar por encima de ella y la tratan como una variedad de los puros actos de significación que la reflexión nos haría alcanzar simplemente". (1971, p. 40). En este mundo percibido, el lenguaje nos lleva a las "cosas mismas". En el marco de la propuesta de Merleau-Ponty, el lenguaje dista de ser la simple vestimenta de un pensamiento que ya poseemos de antemano con toda claridad. La percepción del otro es clave para comprender el proceso de la comunicación, de allí que se diga que:

    Yo no comunico con los demás depositando todo mi pensamiento en unas palabras en las que ellos vendrían a recogerlo, sino, componiendo, con mi garganta, con mi voz, con mi entonación, y por supuesto también con las palabras, con las construcciones que prefiero, con el tiempo que he decidido dar a cada parte de la frase, un enigma que no es susceptible mas que de una solución, de manera que el otro, acompañando en silencio esta melodía erizada de cambios de clave, de elevaciones y de caídas, acabe por tomarla por su cuenta y decirla conmigo, que es en lo que consiste comprender (Merleau-Ponty, 1971, p. 59).

Puede decirse, entonces, que el discurso no traduce en el sujeto hablante un pensamiento ya conformado, más bien lo consuma. Existe una tal imbricación entre el pensamiento y la palabra, están envueltos el uno dentro del otro de tal modo que el sentido está preso en la palabra mientras que ésta es la existencia exterior del sentido. Una no existe antes de la otra, una no es la representación de la otra, entre ellas se da una unidad entre lo interior y lo exterior. La palabra escrita o escuchada es un llamado a la significación, nunca un llamado a la significación misma, por esto, dirá Merleau-Ponty, hay que reconocer "[...] que el pensamiento, en el sujeto hablante, no es una representación, eso es, no propone expresamente objetos o relaciones. El orador no piensa antes de hablar, ni siquiera mientras habla; su discurso es su pensamiento" (1975, p. 197). Y afirmando su crítica al representacionismo, concluye:

    No es con unas representaciones o con un pensamiento que, primero, comunico, sino con un sujeto hablante, con cierto estilo de ser y con el mundo que él enfoca. Así como la intención significativa que ha puesto en movimiento la palabra del otro no es pensamiento explícito, sino cierto hueco que quiere colmarse, igualmente la prosecución por mi parte de esta intención no es una operación de mi pensamiento, sino una modulación sincrónica de mi propia existencia, una transformación de mi ser (Merleau-Ponty, 1975, p. 201).

Lo anterior sustenta la idea de la importancia de la percepción del otro en el proceso comunicativo, esto es, en las relaciones intersubjetivas, de la articulación de los diferentes y variados aspectos que participan en tal proceso y lo distante del supuesto de un lenguaje puro, de una gramática universal, que tendríamos en nuestro poder. De este modo, se entiende que sólo es posible comprender una frase dicha si se asume como un gesto que atañe a todo un contexto cultural. Con este mismo argumento, se puede decir, con Merleau-Ponty, que lo que sostiene un sistema de expresión es el impulso, el deseo de los sujetos hablantes de comprenderse, para lo cual se inventan unas nuevas maneras de hablar a partir de los despojos de otros modos de expresión ya gastados (1971, p. 66). Así, se comprende el hecho de que la lengua es profundamente transformada por el habla de los sujetos que la usan en su vivir cotidiano para sus necesidades comunicativas; que no existe una lengua pura, que esto es sólo una fantasía, que la lengua es ambigua cuando se le emplea en la expresión, tanto que expresarse es una empresa paradójica. En síntesis, se podría decir que es la práctica de los sujetos hablantes, las relaciones intersubjetivas, lo que le imprime dinámica al lenguaje, y "sólo la lógica ciega e involuntaria de las cosas percibidas, suspendidas por completo de la actividad de nuestro cuerpo, puede hacernos entender el espíritu anónimo que inventa, en el caso del idioma, un nuevo modo de expresión" (1971, p. 68).

Si, como ya se dijo, la mediación es ante todo la relación de las partes constitutivas de los fenómenos que conforman su unidad, el análisis fenomenológico que propone Merleau-Ponty muestra la percepción como una síntesis de carácter práctico, no intelectual, que sólo es posible por darse en el mundo percibido las formas de las diversas relaciones entre los elementos de la esa percepción. Este análisis de relaciones, que no se queda en la crítica a la filosofía anterior y contemporánea, incluyendo la de su colega Jean Paul Sartre, en el que es posible encontrar las mediaciones, tiende a tomar puntos de apoyo concreto entre elementos, aparentemente extremos, por ejemplo: sentido y sinsentido, visible e invisible, lo corporal y lo intelectual, lo natural y lo cultural, entre otros. Es justo allí donde se ubica el lenguaje, que es analizado desde sus múltiples aspectos en cuanto opera como mediación del hombre con el mundo y con los otros.

Unas pistas para abordar la pedagogía desde las mediaciones

Pero ¿dónde encontrar el aporte de la propuesta de Merleau-Ponty a la pedagogía? Pensamos que sus reflexiones sobre el lenguaje y la comunicación, como ámbitos de mediación, abren un espacio para repensar algunos aspectos de la práctica pedagógica, fundamentalmente lo relativo a la experiencia, de la que tanto se habla cuando se toca el problema de la enseñanza. Una mirada pedagógica, no sólo sobre el lenguaje y la comunicación, sino también sobre las otras disciplinas y saberes, encontraría en esta propuesta elementos que ayudarían a la comprensión y análisis de las problemáticas particulares. En una época como la presente, en la que las miradas a la realidad, cualquiera que sea, desde la escuela o fuera de ella, se caracterizan por las oposiciones simples, por los determinismos mecanicistas -racionales o empíricos-, por los espacios y temáticas rigurosamente especializados del saber (creyendo encontrar en ello y en la formalidad del universalismo el conocimiento de la realidad). Así, lo que prima en la práctica pedagógica, por ejemplo, en la enseñanza del lenguaje, es un ejercicio centrado en reglas gramaticales, pasando por encima de las experiencias vivenciales de los sujetos implicados en la enseñanza. Allí queda atrapada buena parte del propósito de la política de las competencias, esto es, en la retórica, muy a pesar de que ellas se definan como "un saber hacer en contextos particulares".

Si se ha dicho que el lenguaje está indisolublemente comprometido con el mundo, que él es su movimiento vital, inserto en la experiencia corporal-intencional, entonces una pedagogía del lenguaje tendría que reconocer ese "movimiento vital" sujeto-mundo en el que el lenguaje constituye un fenómeno existencial, en el mismo ser del hombre. La palabra y el gesto, el signo y la significación, hablar y escuchar, escribir y leer, todos estos aspectos, aunque aparezcan inicialmente como opuestos y diferentes, no son independientes los unos de los otros -el uno y el otro, él y el otro- se articulan formando una síntesis en la que la mediación es el elemento fundamental para su comprensión. Sin mediación sólo aparecerían determinismos, verticalidades y causalismos.

Por otra parte, el giro cultural de nuestro tiempo, la presencia hegemónica de las tecnologías y las novedosas estrategias de comunicación apuntan a que la cultura se ha convertido en un elemento central y de apoyo para la reflexión y comprensión de los complejos fenómenos educativos. Ahora bien, si, como se ha dicho, la mediación es un proceso mediante el cual los sujetos, por decirlo así, construyen su propia subjetividad, y en ese proceso dejan ver sus manifestaciones comunicativas y con ello su cultura, tendríamos, entonces, un espacio de posibilidad para pensar la educación desde la cultura y las mediaciones. Es en este sentido que se ha dicho que:

    La educación y la comunicación son dos dimensiones del proceso cultural. [...] Si no se introduce la cultura como mediación para la educación y para la comunicación se establece una relación vertical, autoritaria, de alguien que sabe para alguien que no sabe, es decir, no se sale del terreno de la información (Martín-Barbero, 1990, pp. 209-210).

Si aceptamos que uno de los imperativos políticos y culturales de la educación es indagar por el papel del lenguaje en la conformación de las sociedades como sistemas y en la configuración de las estructuras mentales colectivas y de las prácticas sociales, esto nos ayudaría a comprender cómo, mediados por el lenguaje, nos instalamos en un sistema de cosas desde el sistema de las palabras que alimentan y sostienen las relaciones. De esta manera, sólo cuando el lenguaje configura la conflictiva experiencia de convivir, se da la comunicación como horizonte de reciprocidad entre los hombres.

Abordar la educación, pues, desde las mediaciones, significa, entonces, interrogarla desde adentro para comprender sus manifestaciones externas, asumidas por lo general como elementos dispersos y desarticulados, pero que, observadas desde las prácticas lingüísticas y comunicativas de los diversos sujetos de la educación, podrían leerse como aspectos coherentes y articulados, puesto que son producidos desde las matrices históricas y culturales que les dan un sentido práctico (Bourdieu, 1991). En esta misma dirección, se podría indagar por la multiplicidad de prácticas, de habitus (Bourdieu, 1991) y de usos, entre ellos el uso del lenguaje (De Certeau, 1996) que se despliegan en el escenario educativo, sólo por nombrar tres categorías, a nuestro modo de ver, centrales en el paradigma de las mediaciones y que aportarían elementos para el análisis de la educación. Por la importancia que ellos tienen para nuestra propuesta, terminamos haciendo unas breves anotaciones sobre estos tres conceptos.

En una sociedad como la que vivimos hoy, en la que las crisis de identidades, las nuevas estrategias del poder y las seducciones del mercado pasan, cada vez más, por las revoluciones tecnológicas, por nuevas narrativas que reorganizan los modos de relacionarnos con la cultura, desde la producción, circulación y consumo (con las imágenes, los textos, los objetos y otros sujetos), atender a las prácticas, a los habitus y a los usos podría traducirse en una posibilidad de acercarnos al conocimiento y re-conocimiento de la cultura escolar; de sus tensiones y contradicciones, de sus expresiones y sus silencios, es decir, de sus estrategias comunicativas a través de las cuales se manifiestas las mediaciones culturales.

Un verdadero desafío epistemológico ahora es vincular la mediación al campo de la pedagogía. Sin duda, a partir de ello surgirían múltiples interrogantes que comprometen las prácticas pedagógicas y los repertorios culturales de los diversos actores educativos; las instituciones escolares, sus rituales y sus tradiciones, sus prácticas evaluativas, sus modelos de comunicación y sus diferentes estrategias de producción de sentido; los sujetos, sus trayectorias culturales, sus conflictos intersubjetivos, sus estrategias metodológicas, los usos de los espacios y los tiempos escolares. Sin duda que las respuestas a estos y a otros interrogantes y las reflexiones que estos susciten pueden contribuir, en parte, a la comprensión de las complejidades del fenómeno educativo de nuestro tiempo, llamado, por algunos, el tiempo de la comunicación y la cultura.


Notas

1 El presente texto es resultado de unas reflexiones en el marco del seminario "Problemática del sentido y pedagogía del lenguaje", ofrecido por la Universidad Pedagógica Nacional y dirigido por el profesor Alfonso Cárdenas, correspondiente al Doctorado Interinstitucional en Educación.

2 El concepto de mediación se encuentra diseminado en la obra de Hegel e inunda su discurso, pero son la Fenomenología del espíritu y la Lógica las obras en las que más se ha empleado, aunque no se encuentra una elaboración conceptual de esta categoría que soporta buena parte de la arquitectura del pensamiento hegeliano.

3 También desde la perspectiva de las mediaciones, pero ahora específicamente en relación con las audiencias televisivas y los actores escolares, el investigador mexicano Guillermo Orozco ha estudiado las relaciones de distintos sujetos sociales con las instituciones de comunicación y de educación. Su análisis se ha centrado en observar el trabajo cognitivo y cultural de las audiencias para analizar lo que éstas hacen con lo que los medios le proporcionan. Según este autor, las mediaciones son múltiples y provienen de diversas fuentes. Algunas del propio sujeto en cuanto individuo con una historia y una serie de condicionamientos socioculturales específicos. También provienen del mismo discurso televisivo, al ser capaces de neutralizar su significación y anclarse en el sentido común. Otras mediaciones provienen de la situación en la que se da el encuentro y la negociación entre la audiencia y la televisión. Otras más se derivan de factores contextuales, institucionales y estructurales del entorno en el que interactúan las audiencias. Ver las obras este autor en las referencias bibliográficas.




Bibliografía

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