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Revista de Estudios Sociales

Print version ISSN 0123-885X

rev.estud.soc.  no.18 Bogotá May./Aug. 2004

 

La psicología social en el concierto de la transdisciplinariedad. Retos latinoamericanos*

Angela María Estrada Mesa**

** Psicóloga, Magíster en Investigación Educativa, Profesora Asociada, Departamento de Psicología, Universidad de los Andes, Bogotá, Colombia. aestrada@uniandes.edu.co


Resumen

El texto aborda la relación entre los llamados estudios culturales y las agendas en curso de algunos de tales campos; particularmente el de la psicología social construccionista y el de los estudios de género en psicología. Parte de considerar los cambios cualitativos tanto en el estatuto de cultura como en los objetos de las ciencias operados a partir de mediados del siglo XX, los cuales ponen de presente su carácter de construcciones históricas que se transforman o incluso desaparecen en el tiempo. Lo anterior implica la reconsideración de la noción de cultura de forma que ya no aluda al conjunto de costumbres y sistemas de convivencia ligados a una lengua y a un territorio particular. En ese contexto, le asigna a la psicología la tarea de reinventarnos para evitar la aniquilación, lo cual implica la transformación cultural de la concepción del yo, cuyo punto de partida es la consideración de la narración y el relato como metáforas para lo psíquico. Plantea tres caminos que se han abierto y se vienen fortaleciendo para la transformación del yo, al tiempo que se produce la reconceptualización de la psicología y de su potencial cultural: las prácticas en el mundo social, la crítica cultural, y la construcción de nuevos mundos. Finalmente, señala al género como categoría crítica que contribuye a la configuración de un estatuto para la investigación social. La perspectiva de género permite abordar procesos e instituciones sociales que no sólo tienen potencialmente el poder para pautar las reglas de la interacción social entre distintas posiciones de sujeto, sino para regular la producción de distintas subjetividades. Señala algunas prácticas psicológicas con capacidad potencial para la transformación del yo: una hermenéutica de las prácticas cotidianas, y el acompañamiento de redes sociales locales, el desarrollo de estrategias de aprendizaje colaborativo.

Palabras Clave:

Psicología social, estudios culturales, potencial crítico, género.


Abstract:

The text approaches the relationship between Cultural Studies and current agendas of some the fields of psychology, particularly those of constructivist psychology and gender studies. It sets off by considering qualitative shifts both in the statute of culture and in the objects of science since mid-nineteenth century, which reveal their character as historical constructions that are transformed and even disappear in time. This implies reconsidering the notion of culture, in a way such that it no longer refers to a set of customs and cohabitation systems attached to a particular language and a specific territory. In this context, the article assigns psychology the task of reinventing humankind in order to avoid annihilation, which requires the cultural transformation of the notion of the I. The staring point for this transformation is the consideration of narrative and tale as metaphors for the psychic. The article presents three ways that have been opened and increasingly strengthened in the transformation of the I, at the same time that both psychology and its cultural potential are reconceptualized: practice in the social world, cultural criticism, and the construction of new worlds. Finally, the article presents gender as the critical category that contributes to the configuration of a statute for social research. As a perspective, gender allows for an approach of both processes and social institutions that no only have the power to rule social interaction between diverse subject positions, but also to regulate the production of different subjectivities. The article points at different psychological practices potentially able to transform the I: a hermeneutics of daily practice and the accompaniment of local social networks, the development of collaborative learning.

Key Words:

Social psychology, cultural studies, critic potential, gender.


"... Ante todo el modelo de epistemología nomotética que se había ido tornando cada vez más dominante en las ciencias sociales a partir de 1945 se basaba principalmente en la aplicación de la sabiduría de los conceptos newtonianos al estudio de los fenómenos sociales. Pero ahora estaba minando el suelo bajo el uso de ese modelo en las ciencias sociales... En suma las ciencias naturales aparentemente comenzaban a acercarse a lo que había sido despreciado como ciencia social "blanda", más que a lo que se había proclamado como ciencia social "dura". Eso no sólo comenzó a modificar el equilibrio de poder en las luchas internas de las ciencias sociales sino que además sirvió para reducir la fuerte distinción entre ciencias naturales y ciencias sociales como "supercampos". Sin embargo, esa atenuación de las contradicciones entre las ciencias naturales y la ciencia social no implicaba, como en los intentos anteriores, una concepción mecánica de la humanidad, sino más bien la concepción de la naturaleza como activa y creativa." (Wallerstein, 1996, p. 67) .

A manera de prólogo

En la rica e ilustre tradición de la psicología social crítica latinoamericana e iberoamericana, son al menos dos las grandes tendencias que desde las décadas 70 y 80 le plantearon a la psicología el reto de la transdisciplinariedad, tanto como exigencia teórico epistemológica como necesidad ético-política. Sin embargo, desde la formulación inicial de unas aspiraciones críticas para la psicología social, en la voz de ilustres maestros tales como Ignacio Martín-Baró y Tomás Ibáñez, mucha agua ha corrido bajo el puente. No se trata tanto de que la psicología haya logrado transformarse significativamente acogiendo las propuestas y críticas formuladas por quienes aspiraban a una psicología liberadora y capaz de acompañar la experiencia de los pueblos latinoamericanos, aunque haya muy importantes contribuciones, e incluso transformaciones institucionales más bien puntuales y focalizadas.

Tampoco que la psicología como disciplina haya alcanzado un estatuto científico que supere el legado de esa tradición centrada en la búsqueda de regularidades y de lo predecible, aferrada a las pretensiones universalistas del conocimiento. Por el contrario, me atrevo a afirmar que en la mayoría de las instituciones académicas, la psicología sigue siendo no sólo una disciplina fuertemente fragmentada y marcada por las diferencias teóricas y las pugnas entre escuelas, sino que las concepciones disciplinares siguen siendo objeto de juegos de poder con pretensiones hegemónicas por quienes defienden burocráticamente la necesidad de sostener una certidumbre ya quimérica, haciendo vigente la decepción expresada por Serge Moscovici (1985) sobre la imposibilidad de autotransformación de los planes de estudio universitarios en psicología.

Se trata más bien, como lo muestran Flórez y Millán para el contexto más amplio de las ciencias sociales, que:"... una vez adentro de la comunidad académica, las camisas de fuerza que a veces se suponen tan vivas y poderosas, no disciplinan en absoluto el oficio de los investigadores, y a pesar de los intereses de los administradores académicos, los buenos investigadores, que lo son más por su condición individual que por los contenidos de su formación, siguen dinamizando sus oficios con prácticas que no están dictadas por la organización administrativa y, otros añadirán, hegemónica de los saberes" (Flórez y Millán, 2002, p. 4-5). Se trata también de que al interior de las instituciones académicas existe una tensión entre quienes defienden y atacan la disciplinariedad institucionalizada de los saberes, la cual encuentra puntos de fuga muy sugerentes en la forma como las nuevas generaciones de estudiantes se relacionan con el conocimiento, accediendo por ejemplo a saberes técnicos y humanistas simultáneamente, así como en la forma en que los programas disciplinares comienzan a perder terreno frente a propuestas integradoras e innovadoras.

Es por todo lo anterior que, aunque el reto de la transdisciplinariedad en psicología -y si fuese necesario delimitarlo siempre está el campo generoso de la psicología social-, sigue vigente, las realidades social y académica en el mundo y en América Latina se transformaron significativamente desde las primeras formulaciones críticas mencionadas, por lo cual tal debate requiere de nuevos argumentos y nuevas agendas.

En el contexto de este trabajo, el carácter crítico del conocimiento social en general y del psicológico en particular, se entenderá como la aceptación conciente e intencional de las implicaciones éticas y políticas de las producciones científicas que constituyen nuestra realidad más que representarla. Más que proclamaciones generales, una perspectiva crítica en psicología se caracteriza por el desarrollo de prácticas que desafíen lo tomado por dado en la cultura, que debiliten los efectos de poder de la institución científica y que rastreen en la cultura prácticas que reten y ofrezcan alternativas frescas para la acción. Se trata de lo que algunos han denominado "inventiva cultural" (Gergen, 1978, 1992; Revista Anthropos, 1998).

En el campo de la psicología en particular, una perspectiva crítica implica el reconocimiento de que las teorías del sujeto y/o de la mente requieren de teorías sobre la cultura. Lo anterior conlleva enormes implicaciones en relación con los métodos de investigación, los cuales privilegian, entonces, el análisis del discurso y los abordajes etnográficos y cualitativos.

Finalmente, una perspectiva crítica en psicología invita a considerar el origen social de los supuestos ontológicos sobre la psique y/o la mente humana (Gergen, 1985), los regímenes de poder que prescriben su producción histórica y las metáforas que sostienen tales presupuestos.

A pesar de estar articulada institucionalmente a una tradición administrativa en cierta forma endurecida, una forma de ver la psicología social se asumió en todo caso desde sus inicios en la década del setenta, como una disciplina histórica y cultural (Doménech e Ibáñez, 1998; Gergen, 1973). Esa psicología partió de la crítica a las producciones ideológicas del yo, así como a los dispositivos complejos que algunos campos de la psicología clínica y la psiquiatría modernas aportaron.

Por otro lado, vale la pena destacar como desde esas perspectivas críticas, la psicología social construccionista tiene en marcha una rica agenda de investigación, teorización y reflexión que recorre el espectro del ejercicio ético-político del conocimiento, la epistemología, los desarrollos teórico-investigativos y las prácticas en el mundo concreto.1

La psicología social como espacio transdisciplinar alcanzó nuevas formas de consolidación en la interfase conformada al menos por: la sociología del conocimiento, el giro lingüístico, la hermenéutica,2 el interaccionismo simbólico, la sociología latinoamericana, el pensamiento feminista, los estudios de género y de la mujer.

Lo anterior supone "...avanzar por 'una ruta nómada a través de distintas disciplinas' y avanzar también 'hacia una desdisciplinarización radical del conocimiento'y poder ampliar sus horizontes de referencia y problemas. Esta desdisciplinarización 'de los campos del conocimiento' constituye una opción teórica muy fuerte que cuestiona tanto la separación disciplinar como la solución interdisciplinar" (Revista Anthropos,1998, p. 9).

En este contexto, la psicología social crítica: "...abarca las prácticas sociales, la intersubjetividad, la construcción de los significados sociales y la continua reproducción y transformación de las estructuras sociales (Ibáñez, 1990). Esto implica el paso de una psicología de la mente a una 'psicología de las relaciones socio-morales' (Shotter, 1993) y, en ese paso, es preciso también superar la visión referencial-representacionista del lenguaje propia de la psicología social como ciencia positivista" (Ibáñez, 1998, p. 19).

En esta exposición abordaré la relación entre los llamados estudios culturales y las agendas en curso de algunos de tales campos, particularmente el de la psicología social construccionista y el de los estudios de género en psicología. Se trata de indagar, particularmente en su fase reconstructiva, el potencial crítico que tienen para aportar a la consolidación teórica de un campo de estudios no disciplinar, las propuestas críticas de la psicología. En este sentido, se acepta que aunque el proceso de deconstrucción del paradigma positivista, particularmente en psicología, así como de los dispositivos de género (Estrada, 2001a; Estrada et. al, 2003) en las grandes narrativas culturales y de las ciencias sociales, aún están en marcha y que por lo tanto mantienen vigencia la crítica y la denuncia, también es indispensable iniciar el proceso de teorización reconstructivo en el marco de la pregunta por el conocimiento social en el contexto latinoamericano contemporáneo.

La emergencia de los estudios culturales

La estructura de las disciplinas sociales y sus aparatos conceptuales son productos históricos de la modernidad en respuesta a la crisis de la unidad del saber que había caracterizado la tradición occidental desde la antigüedad. La tendencia original en la primera etapa formativa fue hacia la formulación de un modelo unitario de ciencia cuyo referente estaba en la física. Así pues, al compartir los mismos supuestos epistémicos, las características que separaron originalmente a las distintas disciplinas sociales no fueron de orden exclusiva o principalmente metodológicas, sino políticas: las nacientes disciplinas comenzaban su proceso de institucionalización y competencia por los recursos académicos y financieros (Castro-Gómez, 2000, 2002).

El cuestionamiento a la unidad metodológica de las ciencias nace recién con el siglo XX y concretamente con la obra de Dilthey (1883) quien plantea la necesidad de desarrollar las ciencias del espíritu o de la cultura. Como lo han mostrado varios estudiosos y críticos de las ciencias sociales y humanas modernas, la consecuencia de tal polémica fue el surgimiento de dos grandes tendencias metodológicas planteadas como mutuamente excluyentes y que se pueden denominar de varias formas, entre ellas 'objetivismo y subjetivismo', 'nomotéticas e ideográficas' (Castro-Gómez, 2002; Wallerstein, 1996; Ibáñez, 1994). Ejemplos destacados de las primeras son los desarrollos estructuralistas de varias inspiraciones, mientras que de las segundas lo son los desarrollos fenomenológicos y críticos. Los cambios geopolíticos planetarios de las últimas décadas del siglo XX fueron los factores para la transformación del contexto en el que se desenvolvieron las prácticas de las ciencias sociales, marco en el cual la vertiente nomotética perdió fuerza y ha comenzado a abrirse camino el desarrollo de una orientación hermenéutica, al tiempo que la valoración de los objetos de las ciencias cambió, poniendo de presente que éstos son construcciones históricas que se transforman o incluso desaparecen en el tiempo.

La cultura como un objeto digno de convertirse en área del conocimiento científico ha adquirido hoy un nuevo valor o significación por parte de comunidades científicas internacionales. Las ciencias sociales concebidas en el contexto de la modernidad parecen hoy extremadamente limitadas para comprender la sociedad global, caracterizada por el pluriperspectivismo y la multiculturalidad y en palabras de Castro-Gómez: ".lo que a comienzos del siglo XXI se impone como fuerza con-figuradora de lo social, es un conjunto de relaciones posnacionales y postradicionales que han sido potenciadas por las nuevas tecnologías de la informadón... Hemos pasado pues de la producción de artículos empaquetados, al empaquetamiento de informaciones articuladas como mercancías" (Castro Gómez, 2002, p. 172).

Desde mediados del siglo XX estamos asistiendo a un cambio cualitativo en el estatuto de cultura; esa noción ya no alude al conjunto de costumbres y sistemas de convivencia ligados a una lengua y a un territorio particular; por el contrario, tal como lo han mostrado García Canclini (1994) y en general los investigadores latinoamericanos que vienen desarrollando 'la nueva teoría cultural',3 la cultura se ha desterritorializado.

En el caso de la psicología, esa desterritorialización de la cultura implicó el reconocimiento de una tradición equívoca que realizó una sinonimia entre las nociones de ambiente y cultura, la cual desconocía que entre la concepción de un entorno biológico con el cual los organismos vivos, incluyendo los seres humanos, realizan intercambios funcionales, y la cultura, comprendida como "los procesos de producción y transmisión de sentidos que construyen el mundo simbólico de los individuos y la sociedad" (Brunner citado por García Canclini, 1994, p. 123), existen diferencias de nivel irreductibles, que desconocen que el ser humano sólo puede vivir en un mundo de significados, el cual por otro lado constituye su particular forma de generar adaptación.

La cultura ya no es propiedad de la antropología, ni es un objeto de estudio encargado a las sociedades modernas para preservar las sociedades tradicionales. En general parece que para mantener su vigencia y sobrevivir como disciplinas científicas el conjunto de las ciencias sociales debe arriesgarse fuera de los límites disciplinares tradicionales, e incursionar metodológica y temáticamente en áreas que antes no eran de su competencia. En tal sentido es interesante aceptar que el establecimiento de límites entre las disciplinas de conocimiento con base en categorías de nivel, tales como micro y macro, o con base en categorías de acción tales como individual y social, no haya sido la mejor alternativa para la demarcación del conocimiento (Wallerstein, 1996).

La nueva teoría cultural, o mejor, el campo de los estudios culturales, viene contribuyendo a superar la dicotomía objetivismo-subjetivismo,".. .la cultura se ha convertido en la pinza que vincula las estructuras sociales con los sujetos que las producen y las reproducen" (Castro-Gómez, 2002, p. 175), así como a la realización de 'la doble ruptura epistemológica': las ciencias sociales tomaron distancia del conocimiento del sentido común; ahora están rompiendo esa distancia para acercarse a otras formas locales de conocimiento y a la promoción de una nueva racionalidad práctica".

La cultura que los estudios culturales crea, se aleja también de las concepciones sociológicas y humanistas tradicionales; más bien:"... [aquellos] toman como objeto de análisis los dispositivos a partir de los cuales se producen, distribuyen y consumen toda una serie de imaginarios que motivan la acción (política, económica, científica, social).en tiempos de globalización. De igual manera, los estudios culturales privilegian el modo en que los actores sociales mismos se apropian de estos imaginarios y los integran en formas locales de conocimiento" (Castro-Gómez, 2002, p. 176). En otras palabras, los estudios culturales4 vienen desafiando a los paradigmas modernos de las ciencias sociales, incluso aquellos que tenían una posición crítica frente a la ciencia social nomotética. Las consecuencias sociales del conocimiento están hoy en el centro del debate.

Más allá de la deconstrucción del yo y el sujeto modernos: reinventarnos para evitar la aniquilación

En lo que sigue voy a desarrollar los argumentos por los cuales en particular la psicología latinoamericana está llamada a contribuir de manera determinante en la deconstrucción crítica del sujeto moderno y acompañar la producción de nuevas alternativas de identidad.

Las metáforas de lo psíquico

La máquina, el organismo y el ordenador, hacen parte de las metáforas que se han anclado en nuestra imaginería cultural, con el trabajo de las ciencias sociales y de la psicología en particular, como parte de las formas en que narramos lo psíquico (Gergen, 1992; Leary, 1990; Sarbin, 1986), el yo y el sí-mismo/a. El sujeto individual y sus prácticas individualistas aferradas a una noción de autonomía auto contenida, son uno de los productos más refinados de la modernidad, el cual convive en todo caso con los restos de una concepción romántica de la autenticidad y el conocimiento de sí.

La saturación cultural que experimenta el yo contemporáneo, se recrea en los distintos ámbitos de la cultura incluyendo la academia. El yo se ha tornado en occidente, y América Latina no es la excepción, una hiperealidad (Gergen, 1992) a medida que sus múltiples y sucesivas narraciones han tornado densa y confusa su configuración de significado y el mundo globalizado efectúa una transformación del tiempo y el espacio. La exacerbación del individualismo, cuyo núcleo es un yo auto contenido, está dando señales inequívocas de su potencial de aniquilación.

En efecto, en un mundo marcado por la inconmensurabilidad de los órdenes morales, la globalización de los autoritarismos militaristas y el recurso al terrorismo, en el cual el sentido de bien común se ha debilitado, marcado por el deterioro ambiental, la soledad y el desencuentro amoroso, es posible aceptar la amenaza evidente de la aniquilación de la especie.

Los estudios culturales nos proponen retar la tradición, abriéndonos a los problemas de género, a los problemas no eurocéntricos, a las formas de resistencia cultural y en general al estudio de lo local. En la sociedad contemporánea lo local no queda aislado sino que se conecta con lo otro por múltiples vías que van desde la crítica o la refutación, hasta la aceptación o la autoreflexión (Flórez y Millán, 2002).

El punto de partida para la reconstrucción del yo aborda la narración y el relato como metáforas para lo psíquico. Son por lo menos tres los caminos que se han abierto y se vienen fortaleciendo para la transformación del yo, al tiempo que se produce la reconceptualización de la psicología y de su potencial cultural:

- Las prácticas en el mundo social: la comunicación terapéutica, las culturas organizacionales e institucionales, las organizaciones sociales, así como las prácticas educativas, son algunos de los ámbitos sociales especializados más complejos, en los cuales el trabajo reconstructivo aborda el desarrollo crítico de lenguajes tales como el del rendimiento y el aprendizaje, los déficits psicosociales, la evaluación y la psicoterapia entre otros (Gergen, 1992). Sin duda en este campo se agencia y legitima una concepción psicológica de sujeto que la mayor parte de las veces no se cuestiona ni se pone en evidencia y por el contrario se naturaliza acríticamente.

- La crítica cultural: la actividad en este campo hace énfasis en la objetivación de los patrones sociales, suceso que ha ocurrido mediante la reedificación del vocabulario sobre nuestras prácticas sociales y disciplinares. Algunos de los retos particulares de la teoría psicológica están asociados con el cuestionamiento de concepciones naturalizadas y la apertura de nuevas posibilidades de comprensión sobre nosotros mismos y sobre nuestra propia realidad (Gergen, 1978).

- La construcción de nuevos mundos: algunas de las propuestas reconstructivas en marcha, buscan explorar las formas de resistencia a las producciones individualistas del yo, tanto en las culturas locales como en el mundo globalizado. Lo anterior implica el reconocimiento de la dimensión ético política intrínseca del trabajo intelectual (Flórez y Millán, 2002; Gergen, 1992). Uno de los más recientes desarrollos en este camino, se orienta a la visibilización de aquellas prácticas, conversaciones y descripciones humanas, cuyos términos son relacionales más que individuales y con potencial para transformar la cultura y el yo occidentales (McNamee y Gergen, 1999).

El yo comienza a reconocerse como las multivoces de la narración micro social y los relatos personales; el relato de la primera persona en la trama de las narraciones sociales que lo constituyen. Aquí las metáforas relacionales se desplazan desde la red hasta la comunidad políticamente comprometida. Las emociones del yo comienzan a ser estudiadas como danzas rituales y patrones de interacción complementarios, muchas veces problemáticamente recurrentes (McNamee y Gergen, 1999).

El género en los nuevos desarrollos epistemológicos y metodológicos

Una perspectiva de género como lente para el estudio de la realidad social, o en otras palabras, como criterio constitutivo de una epistemología crítica para las ciencias sociales y la investigación social, viene abriéndose paso -no sin dificultades-en el marco de los regímenes de poder que sostienen el orden del discurso académico, los cuales, si bien no pueden rechazarla, presionan por mantenerla en el ámbito particular, y más bien aislado, de los estudios de la mujer y del hombre.

En efecto, el género como categoría crítica contribuye a la configuración de un estatuto para la investigación social que es crucial para poner en evidencia los a priori históricos de la teoría social, particularmente aquellos que sostienen la ' episteme de lo mismo' (Fernández, 1993), la cual efectúa para las ciencias sociales la razón totalizante y universalista de la filosofía moderna.

Instaurada en la lógica de la identidad, 'la episteme de lo mismo' no puede captar la diferencia -la otredad- más que como lo contingente o desviado con referencia a lo mismo; lo cual, al no poderse pensar como lo otro, se transforma en lo único (Fernández, 1993).

Desprovisto de todo sesgo esencialista, el género aparece como una categoría relacional mediada por dispositivos de poder (Scott, 1996). Es decir, en los intercambios sociales se activan acuerdos históricamente construidos para la interpretación de 'la conducta normal' de hombres y mujeres. Conducta que en sentido psicológico no está determinada por el sexo de los actores, sino por el contexto discursivo de las interacciones y particularmente por el poder y el estatus (Bohan, 1997). Se abandona la binariedad determinista propia del terreno biológico para reconocer que el sexo mismo hace parte de las construcciones sociales (Buttler, 2001).

En el ámbito subjetivo, la construcción de los géneros es el resultado de inscribir en el cuerpo unos discursos históricamente construidos y culturalmente legitimados sobre la sexualidad y las identidades sexuales (Butler, 1990; Estrada, 1997; Foucault, 1992a y 1992b), así como los procesos de resistencia que desde distintas posiciones de sujeto tienen lugar, frente a las narrativas comunitarias. Desde este punto de vista, el género es la materia culturalmente informada, proceso mediante el cual deviene materialidad (Butler, 1993). Este punto de vista sobre el género ofrece la ventaja de integrar de manera muy precisa, nociones culturales, históricas, sociológicas y psicológicas, haciendo del género una categoría estructural relacional inscrita en el microjuego cotidiano de los poderes, la cual facilita visibilizar y comprender la producción de distintas identidades sexuales. En este senti-do, la nueva teoría de la cultura, o el campo de los estudios culturales, intersecta la perspectiva de género potenciando su capacidad crítica de la modernidad y la deconstrucción del sujeto moderno.

Comprendida así, la perspectiva de género permite abordar procesos e instituciones sociales que potencialmente tienen el poder para pautar las reglas de la interacción social entre distintas posiciones de sujeto, así como para regular la producción de diversas subjetividades. Desde este punto de vista, es mediante la participación activa de los actores en sus escenarios sociales que éstos reproducen o controvierten las reglas y códigos que pautan las relaciones entre los géneros y su estatus diferencial.

Particularmente en la investigación psicológica, una mirada con lente de género (Estrada, 2001b) permite hacer visibles distintas posiciones de sujeto que encarnan algún género y alguna sexualidad, en un contexto relacional, cuya estructura profunda está nutrida no solo directamente por el contexto patriarcal sino también por las distintas narrativas comunitarias que desde múltiples fuentes entran, circulan y se activan en las interacciones sociales y cuyo trasfondo es moral, en tanto genera una estructura jerarquizada y valorativa de la diferencia.

Penetrar en la diferencia implica el reconocimiento y la búsqueda explícita de la interdependencia entre los sistemas de significado individuales y los sociales o culturales, razón por la cual, la psicología social crítica se ubica en un ámbito transdisciplinar, crítico de las divisiones de nivel macro-micro y colectivo-individual sobre las que la modernidad ordenó las fronteras entre las ciencias sociales. Esto a su vez, posibilita que, partiendo de la experiencia y la voz de los distintos actores en sus contextos particulares, la diferencia se reconstruya en un nivel de análisis más amplio dentro de marcos culturales y relacionales sociales de poder (Henwood y Pidgeon, 1995).

En otras palabras, se trata de superar el naturalismo que propone al investigador como sujeto neutral que recupera las voces de los otros como datos absolutos y que acerca la etnografía al positivismo, para poner en relación las narraciones de los otros (sobretodo las de aquellos no dominantes socialmente) con los dispositivos estructurales subyacentes y las condiciones materiales que posibilitan la reproducción y/o la resistencia cultural y social de la diferencia. Tal enfoque imprime a la etnografía un carácter crítico feminista (Roman, 1992) y permite que la psicología se haga cargo de su función como dispositivo cultural sofisticado y complejo para la producción de una forma de subjetividad (Estrada, 2001a).

Algunas prácticas psicológicas con capacidad potencial para la transformación del yo

En el terreno de la investigación psicológica, me gustaría destacar tres alternativas que me parecen especialmente potentes para nutrir el campo de los estudios culturales y participar en el cambio cultural.

Una hermenéutica de las prácticas cotidianas

Se viene desarrollando un enfoque crítico etnográfico que abandona la primacía absoluta de las otras voces, adhiriendo a una concepción hermenéutica del conocimiento. Lo anterior permite poner en relación la descripción reconstruida de la voz del otro con el análisis de los mecanismos estructurales subyacentes (principalmente las reglas y los códigos de la acción) y teorizar sobre los dispositivos para la producción de la subjetividad en las culturas locales (Estrada, 2001b; Gergen, 1993; Harré et. al, 1989). Este camino exige la contrastación y validación comunitaria de las hipótesis enraizadas e interpretaciones etnográficas. La etnografía crítica es uno de los desarrollos de la interfase entre el pensamiento feminista, los estudios de género y la psicología social construccionista. En la investigación etnográfica, el género constituye, antes que nada, una lente que afina la mirada (Estrada, 2001b).

El acompañamiento de redes sociales locales

El punto de partida aquí es doble: por un lado, la resignificación de la comunicación como una construcción comunitaria de significados (Gergen, 2003), y la red como metáfora para el desarrollo imaginativo de prácticas y narraciones empoderantes y de ayuda mutua (Pakman, 1995), particularmente frente a poblaciones vulnerables (las personas en situación de desplazamiento y en general quienes han sufrido formas de violencia física, psicológica o simbólica).

El desarrollo de estrategias de aprendizaje colaborativo

Partiendo de una crítica al yo que se construye en las prácticas pedagógicas que hipostasian la mente como una posesión individual, se busca el desarrollo de unas prácticas colaborativas que permitan experimentar la producción de conocimiento como un proceso que tiene lugar principalmente a través de la conversación. Se privilegia la escritura colaborativa como una práctica que se encuentra en el centro de las empresas caracterizadas por la interdependencia (Bruffe, 1993). Promover las comunidades colaborativas en la educación superior facilita comprender que la construcción de los hechos científicos constituye un proceso de generación de textos cuyo valor, utilidad y facticidad, dependen de la subsiguiente interpretación y validación que de ellos hagan otros. También facilita la experiencia del compromiso de una comunidad de conocimiento con la meticulosa búsqueda de conexiones débiles entre las distintas ideas expuestas por un/a autor/a en su texto, mediante un ejercicio crítico recíproco.

Tres frases para un epílogo

Si bien es necesario reconocer las fortalezas y los valores de la academia latinoamericana, también es importante aceptar que el conocimiento social, tan acotado como se requiera, enfrenta en América Latina un reto enorme en la construcción de escenarios de futuro para el cuidado de la vida y el desarrollo de sociedades viables. Sin duda, modificar las rígidas fronteras entre las disciplinas, el ejercicio crítico sobre la función del conocimiento en la reproducción de una cultura que está facilitando su aniquilación, así como el desarrollo de conocimientos nuevos que nos pongan en la senda de la reconstrucción social, son algunos de nuestros principales retos (Flórez y Millán, 2002). Una cuestión crítica ineludible es la autorreflexión sobre las formas en que nuestros discursos o nuestras prácticas científicas y profesionales, están contribuyendo a reproducir aquello mismo que criticamos y buscamos transformar.


Comentarios

* Versiones anteriores de este texto fueron presentadas como conferencia por invitación en el Congreso Internacional sobre 'Nuevos Paradigmas Transdisciplinarios en las Ciencias Humanas', organizado por la Universidad Nacional de Colombia en Bogotá, abril 7-9 de 2003 y en el 29° Congreso de la Sociedad Interamericana de Psicología - SIP en Lima, Perú, junio 13-18 de 2003.

1 Me refiero a la agenda colectiva de trabajo que acordaron en la década del setenta un grupo de psicólogos/as angloamericanos que han generado el movimiento socioconstruccionista, el cual viene teniendo un impacto muy significativo en la psicología de lugares tales como Australia, Finlandia, España y América Latina. Entre ellos quisiera destacar los siguientes: Celia Kitzinger, Edward Sampson, Ian Parker, John Shotter, Jonathan Potter, Mary Gergen, Margaret Wetherell, Kenneth Gergen, Rom Harré, Thomas Sarbin, Tuula Gordon, Janet Holland, Tomás Ibáñez, Ignacio Martín-Baró y Maritza Montero, entre otros.

2 En este contexto se entiende principalmente como teoría de la interpretación, la cual cuenta con una amplia tradición en la disciplina psicológica y que actualmente sustenta las opciones metodológicas centradas en distintas modalidades de análisis del discurso.

3 Desde la psicología, trabajos como los de Bernardo Jiménez y Maritza Montero, entre otros, vienen contribuyendo al desarrollo de esta nueva visión de las ciencias sociales, al tiempo que contribuyen a la transformación de la psicología.

4 El informe de la Comisión Gulbenkian ha destacado el papel que los estudios culturales están cumpliendo en la actual reestructuración de las ciencias sociales.


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