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Revista de Estudios Sociales

Print version ISSN 0123-885X

rev.estud.soc.  no.67 Bogotá Jan./Mar. 2019

http://dx.doi.org/10.7440/res67.2019.09 

Documentos

Pensar los actores conservadores y capitalistas como movimientos sociales*

Geoffrey Pleyers** 

** Ph.D. Profesor FNRS en la Université Catholique de Louvain (Bélgica). Vicepresidente de la Asociación Internacional de Sociología. Últimas publicaciones: Movimientos sociales en el siglo XXI. Buenos Aires: CLACSO, en prensa; México en Movimientos. Resistencias y alternativas (en coautoría). Juárez: MA Porrúa, 2017. Geoffrey.Pleyers@uclouvain.be

A lo largo de su obra, Alain Touraine situó a los movimientos sociales como los protagonistas centrales de la transformación de la sociedad, “la producción de la sociedad por sí misma” (Touraine 1973, 22). Esta propuesta parecía particularmente apropiada durante los primeros años de la década de 2010, cuando surgieron decenas de movimientos ciudadanos pidiendo más democracia en todos los continentes. Desde las revoluciones árabes hasta Occupy Wall Street, la sucesión de movimientos sociales que marcó el 2011 parecía abrir una década para estos hechos sociales. Esta ola de protestas y movimientos siguió con el movimiento #YoSoy132 en México, las protestas de junio de 2013 en Brasil, las protestas en la plaza de Gezi en Turquía y las protestas de los paraguas en Hong Kong.

El 2016, sin embargo, mostró una coyuntura muy distinta, con la elección de Donald Trump, el Brexit, el giro autoritario en Turquía, el golpe de Estado en contra de la presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, y el “No” en el referéndum para la paz en Colombia. El panorama político y social está lejos de las esperanzas democráticas que movilizaron a millones de ciudadanos. Con la excepción del difícil proceso tunecino, el autoritarismo creció en los países árabes, y las revoluciones pacíficas en Siria y Bahréin fueron reprimidas dejando decenas de miles de muertos. Cuando el “Movimiento de Gezi” mostró la fuerza de la aspiración ciudadana por una Turquía más democrática en 2013, los años siguientes vieron un giro autoritario con decenas de miles de personas silenciadas y encarceladas por razones políticas, mientras que las masacres se multiplicaron en las zonas kurdas. En Brasil, el “Movimiento de junio 2013” expresó la aspiración por una democracia más profunda, una política más ética y una sociedad más justa. La derecha conservadora retomó sin embargo el liderazgo del ciclo de protesta abierto en 2013, llevando a un golpe de Estado contra la presidenta Dilma Rousseff y a la implementación de políticas muy neoliberales por parte del gobierno de Michel Temer. El asesinato de Marielle Franco, consejera municipal de Río de Janeiro y activista feminista y de las favelas, ocurrido en marzo de 2018, muestra la fuerza y la forma del nuevo poder que domina el país (Bringel y Domingues 2018). Europa sufre políticas de austeridad y de recorte de los servicios públicos que, a pesar de que han demostrado ser científicamente ineficaces (Blyth 2013), dominan las agendas políticas. En Polonia y Hungría, y más tarde en Austria e Italia, los nacionalistas han llegado al poder, y con ellos se intensifican las tendencias racistas en sus territorios.

Todos estos hechos llevan a cuestionar el impacto de los movimientos sociales. Si todos los movimientos que se levantaron a través del mundo al inicio de la década no pudieron volver el mundo más democrático y más justo, ¿qué queda de la aserción de Alain Touraine que sitúa los movimientos sociales como los protagonistas centrales de la transformación de la sociedad, “la producción de la sociedad por sí misma”? ¿Perdieron relevancia los movimientos sociales? ¡Todo lo contrario! Pero cuando hablamos de movimientos sociales tenemos que tomar en cuenta no sólo los movimientos progresistas, con los cuales la mayoría de los sociólogos se sienten afines, sino también los actores “de arriba”, que defienden y promueven el capitalismo global financiero, y los actores conservadores y reaccionarios, que ganaron mucho ímpetu en la segunda parte de la década de 2010.

En su principal libro, Producción de la sociedad (1973), Alain Touraine recomendaba analizar como movimientos sociales tanto a los actores contestatarios como a los actores “dominantes y dirigentes”, ya que la producción de la sociedad resulta de sus conflictos mutuos con respecto a orientaciones normativas compartidas. Sin embargo, Touraine y su equipo no implementaron esta propuesta teórica en sus estudios empíricos de los “nuevos movimientos sociales” en la década de los setenta. En el entorno de Touraine, Michel Wieviorka (1988) y, posteriormente, Kevin McDonald (2011) estudiaron el terrorismo y a los yihadistas con la perspectiva de la sociología de los movimientos sociales. Wieviorka (2008) propone estudiar el terrorismo o el racismo como “anti-movimientos”. Por su parte, Kevin McDonald (2011) muestra la relevancia de las perspectivas analíticas basadas en la experiencia y las dimensiones personales de la acción, para entender tanto al movimiento altermundialista como a los yihadistas. Si bien varios sociólogos del centro de investigación de Touraine estudiaron a los actores conservadores, ningún de ellos estudió a los actores “dominantes y dirigentes”, como lo mencionaba él en la propuesta inicial.

Desde una perspectiva enfocada en lo microsocial, el sociólogo neoyorquino de la acción colectiva James Jasper (2015) invita a poner en el centro de la perspectiva analítica la interacción entre los actores. Surgiere descomponer los movimientos sociales en series de “arenas”, en las cuales interactúan distintos “jugadores” (players), algunos a favor de un proyecto y otros en contra, como es el caso del movimiento a favor de la legalización del aborto y el movimiento en contra.

Esta perspectiva también nos lleva a ver a los actores detrás de las “estructuras sociales” de otra manera. Jeff Goodwin et al. (2004) apuntaron al hecho de que lo que se considera como “estructura” en una perspectiva es, en general, el producto de la actuación de otros actores sociales. Las “estructuras de oportunidades políticas”, que se volvieron un factor explicativo central en la ciencia política de los movimientos sociales, no existen en la realidad como estructuras dadas e inamovibles, sino como el producto de una serie de acciones e interacciones realizadas por varios actores sociales. Por lo tanto, hay que estudiar cómo se producen estas estructuras de oportunidades políticas, cómo ciertos actores contribuyen a mantenerlas y cómo otros intentan cambiarlas. Lo mismo se aplica a las “matrices sociopolíticas”, una herramienta analítica muy prolífica de Garretón (2001; 2016). Estas matrices tienen algo de rigidez, se mantienen en un periodo y contribuyen a forjar los actores, pero al mismo tiempo están siendo producidas y mantenidas por actores que, en ciertas perspectivas, se pueden analizar como movimientos sociales.

Un sesgo epistemológico de la sociología de los movimientos sociales ha sido el de asociar movimientos sociales con progresismo. Si sostenemos que los movimientos sociales contribuyen a la producción de la sociedad, es indispensable mencionar que no sólo los movimientos progresistas producen la sociedad. También lo hacen los movimientos conservadores y el “movimiento para un capitalismo global” (Sklair 1997). Por lo tanto, podemos analizar estos últimos bajo una perspectiva de movimiento social. Como los movimientos progresistas, estos actores no sólo implementan estrategias para tener un impacto en las decisiones políticas, sino que también buscan imponer su cosmovisión en la sociedad, las mentalidades y las subjetividades.

Movimientos “desde arriba”: el poder del “1%”

A los movimientos “desde abajo”, como les dicen los zapatistas, corresponden los “movimientos desde arriba”. Los activistas de Occupy Wall Street nombraron a sus adversarios “el 1%”, refiriéndose al porcentaje de la población que concentra la mayoría de riquezas. El reporte 2018 de Oxfam sobre la desigualdad corrobora que el 1% más rico ganó el 82% de la riqueza creada el año anterior,1 y resaltó que tan sólo 42 personas poseen más de lo que posee la mitad de la población mundial (3.700 millones de personas). Leslie Sklair (2001) muestra la formación y el impacto de una clase transnacional capitalista, y la analiza como “un movimiento social por el capitalismo global”. Lawrence Cox y Alf Nilsen (2017) también proponen un análisis del neoliberalismo como un “movimiento social desde arriba”.

Integrar a estos actores en los estudios de los movimientos sociales contemporáneos permite entender mejor la manera como se produjo la sociedad actual y por qué los movimientos altermundialistas2 y sindicalistas no han tenido un mayor impacto. Las perspectivas analíticas de la sociología de los movimientos sociales nos pueden permitir comprender mejor a los actores que actúan “desde arriba”. Los análisis sobre estos movimientos existen, pero rara vez se conectan con la sociología de los movimientos sociales, y, por el contrario, esta última habitualmente los ignora. Al menos cinco aspectos de estos estudios resultan particularmente interesantes para destacar y analizar el protagonismo de estos “movimientos desde arriba”.

Analizar la ideología y el proyecto político

Tomás Moulian -en su análisis sobre el impacto a largo plazo del proyecto político de la dictadura chilena- destaca la importancia de la coherencia ideológica de la visión del mundo de los actores dominantes. En su libro Chile actual. Anatomía de un mito (1997), demostró que el neoliberalismo fue impuesto en Chile por una revolución conservadora que se apoyaba en la represión, pero también en una visión del mundo consistente, y en estrategias eficaces para difundirla entre la población. Para ello contó con el apoyo de jóvenes conservadores, organizados en un movimiento que adoptó varios elementos del repertorio de acción, de discurso y de comunicación de los movimientos de jóvenes progresistas de la época (Muñoz 2016).

La batalla principal se da en la mente de la gente, haciéndolos adaptar la visión del mundo de estos actores dominantes e integrándolos en un sistema capitalista, en el cual el endeudamiento (Graeber 2011) y el consumismo (Moulian 1998; Sklair 2001) tienen papeles fundamentales. Los investigadores, los intelectuales y las universidades no son “observadores externos”, son parte de esta disputa. La educación superior es un campo de batalla entre un proyecto neoliberal basado en la competición y el endeudamiento de los estudiantes, y la perspectiva de la educación superior como un derecho y un bien público.

Redes, infraestructuras y movilización de recursos

Las ideas no bastan para cambiar el mundo. También se requieren actores capaces de movilizar e infraestructuras que difundan el mensaje. El economista Friedrich von Hayek fue un verdadero “empresario de la movilización”, en el sentido del concepto de McCarthy y Zald (1977). Además de sus textos, también creó redes y nodos a partir de los cuales se iba a difundir la ideología neoliberal, tanto a partir de la Universidad de Chicago (con los “Chicago Boys”, para el caso chileno, durante la dictadura militar) como de la “Sociedad Mont Pelerin”, que fundó en 1947 para promover perspectivas económicas y políticas neoliberales.

Desde 1971, el Foro Económico Mundial junta anualmente a 2.000 empresarios con jefes de Estado y algunas ONG, contribuyendo a tejer redes y a difundir una perspectiva favorable a las empresas transnacionales y al proyecto neoliberal. Otras redes internacionales son menos conocidas, aunque no están escondidas. Los multimillonarios hermanos Koch son destacados por financiar algunos think tanks y a políticos conservadores y “ultraliberales” (libertarians) en Estados Unidos. La periodista Marina Amaral (2016) y la investigadora Kátia Gerab Baggio (2016) se apoyaron en información disponible en los sitios de internet de think tanks ultraliberales estadounidenses como Atlas Network para revelar que también financiaron actividades en Brasil, con su red y su ideología, en una coyuntura política donde tuvieron un impacto enorme.

Los hermanos Koch, con otros donantes, financian el Atlas Network, un think tank con sede en Washington desde 1981 que defiende posiciones ultraliberales. Este se encuentra activo sobre todo en Estados Unidos y cuenta con “socios” en 95 países. Aquí se incluyen la red internacional “Students for Liberty”, fundada en 2008, y su red latinoamericana “Estudiantes para la libertad”, con financiamiento de Atlas Network. En 2012, crearon una sección brasileña, “Estudantes pela Liberdade”, en Belo Horizonte. Según su sitio de internet,3 esta organizó entre 2012 y 2016 más de 650 encuentros en 357 instituciones de educación superior en Brasil creando más de 200 grupos locales para promover su agenda y formar “jóvenes líderes”, muchos de los cuales se volvieron miembros activos de la asociación. Para que no quede expuesta públicamente la filiación con el think tank norteamericano, tres “jóvenes líderes” de la cúpula de “Estudantes pela Liberdade” iniciaron el muy conservador “Movimento Brasil Livre”, que se reveló como uno de los mayores actores de las manifestaciones de la derecha brasileña que pedía la destitución de la presidenta Dilma Rousseff4 (Amaral 2016) y la implementación de políticas neoliberales. Investigaciones como las de Marina Amaral y Kátia Gerab Baggio apuntan a la dimensión transnacional, si no global, de lo que muchos viven en Brasil como una batalla política e ideológica meramente nacional y muy específica del contexto del país.

En una perspectiva distinta, algunos sociólogos estudian los mecanismos concretos de la conformación de una clase capitalista internacional (Carroll, 2010), nacional, o las redes que tejen las élites capitalistas nacionales e internacionales (Murray 2017).

Lobbies

Las empresas transnacionales no son sólo actores que se benefician del sistema que surgió de la globalización neoliberal; ellos forjaron este sistema por prácticas de colaboraciones y de lobby de largo alcance con instituciones internacionales, apoyándose en sus Estados para imponer las reglas de comercio internacional que les convenían. Sklair (2001) muestra en su libro cómo empresas transnacionales forjaron las reglas de la globalización neoliberal en la década de los ochenta y noventa, con una perspectiva a largo plazo. Por su parte, en un estudio de caso muy interesante, Kelly (2005) analiza cómo la International Chamber of Commerce se empeñó en institucionalizar su agenda de autorregulación de las transnacionales y en promover el comercio, las inversiones y los servicios internacionales -una economía de mercado basada en el principio de la competitividad y el crecimiento económico global, gracias a la colaboración estrecha con instituciones internacionales, como la Organización Mundial del Comercio y la Secretaría General de la ONU-.

Más recientemente, Elaine Hui y Chris Chan (2016) mostraron cómo los actores del capitalismo global movilizan su “poder asociativo internacional” para contrarrestar las reformas laborales obtenidas a toda costa por los obreros y sindicatos en el sur de China. Las secciones estadounidenses, europeas y japonesas de las Chambers of Commerce implementaron un trabajo de lobby con el gobierno central y los gobiernos estatales para evitar que subieran los sueldos mínimos de los trabajadores. En varias ocasiones, contaron con el apoyo de las embajadas y los consulados de sus países para organizar reuniones con políticos chinos y difundir sus argumentos en contra del aumento del sueldo mínimo, ya que un aumento de los sueldos en China frenaría las exportaciones a sus naciones, lo cual iba en contra de los intereses de estos países.

El peso de los lobbies es particularmente fuerte en las instituciones europeas. En 2017, el reporte5 de la ONG “Observatorio de la Europa Corporativa”, sobre las negociaciones para prohibir el glifosato (un pesticida cancerígeno), muestra el protagonismo de los lobbies de la agroindustria que logró revertir los debates y posponer la decisión de cinco a diez años. Bruselas, sede de las principales instituciones de la Unión Europea, alberga más lobbies que Washington: alrededor de 25.000 personas trabajan como “lobistas”6 en la ciudad. En Europa se multiplicaron los análisis, libros y reportajes que muestran de forma cada vez más clara que, lejos de ser marginal, la acción de los lobbies se encuentra a menudo en el centro del sistema político a nivel regional y nacional, como lo exponen los periodistas alemanes Uwe Ritzer y Markus Balser en su ensayo Lobbykratie (Lobbicracia). Dichos autores muestran cómo la política alemana se construye bajo la presión constante del sector industrial y cómo la proximidad entre los lobbies industriales y el poder político explican ajustes repentinos de la Cancillería del Consejo Europeo.

La amenaza de los lobbies contra la democracia se exacerba por la concentración de la riqueza en las manos de unos pocos, en un mundo en donde empresas transnacionales manejan más dinero que el PIB de países enteros. Los escándalos de corrupción de Odebrecht muestran que la política latinoamericana es particularmente vulnerable ante los lobbies. Y, aun cuando se multiplican los reportajes y los libros de periodistas, hasta ahora pocos sociólogos han estudiado las prácticas de lobby como una parte del repertorio de acción de un “movimiento por el capitalismo global”.

Comunicación: el poder de los medios

Los análisis de Herman y Chomsky (1988) mostraron el poder de los medios de comunicación de masas para “manufacturar el consenso” entre la población y su impacto en la difusión de las perspectivas y la cosmovisión de la élite económica. En México, el principal conglomerado de televisión “construyó” la imagen y promovió la candidatura de Enrique Peña Nieto con tanto éxito que se volvió presidente del país entre 2012 y 2018 (Tuckman 2012). En Brasil, los medios de la Rede Globo desempeñaron un papel importante en la promoción y el apoyo a la destitución de la presidenta Dilma Rousseff. El impacto de la cadena conservadora de televisión Fox News tiene una inmensa influencia en las políticas de Donald Trump. En este contexto son útiles los estudios que apuntan a la concentración de la propiedad de los medios de masas y a la colusión entre las élites políticas, económicas y mediáticas.

Represión

Los actores del “movimiento social para un capitalismo global” gozan de un amplio repertorio de acciones para hacer circular sus ideas y convencer a la población de que el capitalismo es el mejor sistema, o por lo menos que “No hay alternativas” (el famoso TINA, “There is no alternative!”, de Margaret Thatcher). El golpe de Estado en contra de Salvador Allende en 1973, en Chile, queda como uno de los más claros ejemplos del uso de la fuerza y de la represión para imponer un sistema de “libre mercado” a favor de las élites económicas.

En la segunda mitad de la década de 2010, los casos de represión de regímenes conservadores son numerosos. A una escala menor, los Estados dominados por una élite neoliberal también usan su aparato represivo frente a los que impugnan el orden dominante. En abril de 2018, el Estado francés envió tanques de guerra y 2.500 policías -quienes usaron durante diez días más de 11.000 granadas7 (lacrimógenas y ensordecedoras)- para desalojar a los activistas del área rural de “Notre-Dame-des-Landes”, donde experimentaban con proyectos agrícolas y culturales colectivos. En enero del mismo año, el Gobierno francés ya había renunciado al proyecto de construir un aeropuerto en la zona, pero no estaba dispuesto a dejar crecer las experiencias colectivas alternativas en el sitio.

Movimientos conservadores y reaccionarios

Regreso y reconfiguraciones

Al inicio de la década de 2010, cuando la opinión pública y muchos analistas estaban enfocados en el surgimiento de movimientos progresistas en Estados Unidos (Occupy Wall Street), en Turquía (el movimiento del parque de Gezi) o en Brasil (las movilizaciones de 2013), pocos se dieron cuenta de que también se estaban reforzando los movimientos conservadores, nacionalistas y xenófobos en estos mismos países y en muchas otras regiones del mundo.

En Brasil, las manifestaciones ciudadanas de 2013 abrieron un nuevo ciclo de protestas para los ciudadanos progresistas (sobre los cuales se enfocaron muchas investigaciones), pero también para los actores conservadores (Bringel y Pleyers 2015). Estos últimos estuvieron presentes en las calles en 2013 y ampliaron su protagonismo a partir de 2015, cuando marcharon para pedir la destitución de la presidenta Rousseff. Las investigaciones de Kathleen Blee y Kimberly Creasap (2010) en Estados Unidos nos permiten entender las lógicas del compromiso y la visión del mundo de los activistas de los movimientos nacionalistas y supremacistas blancos, que tienen un impacto enorme como base popular de Donald Trump.

Si bien existen fraudes electorales de varios tipos y alcances, es indispensable reconocer que los gobiernos nacionalistas y xenófobos que están en el poder en esta década se benefician del apoyo de una amplia parte (y, a veces, una mayoría) de la población y de movimientos populares muy dinámicos. En agosto de 2013, cuando los progresistas estaban entusiasmados por el movimiento de Gezi en Turquía, el partido islamista y autoritario del presidente Erdoğan tuvo tres victorias consecutivas en un referéndum y dos elecciones. Su giro hacia el autoritarismo en 2015 también se apoyó en amplios sectores de la población, quienes a menudo fueron pocos visibles para los analistas progresistas. El apoyo a movimientos reaccionarios es particularmente visible en la India, donde grupos nacionalistas cometieron masacres, sin que se desligue al primer ministro Modi de estas organizaciones.

Como se hizo para los movimientos progresistas en la primera parte de este texto, también hay que insistir en los alcances de los movimientos reaccionarios más allá de la esfera electoral. Suelo insistir en el impacto de los movimientos de ocupación de plazas, en la subjetividad de los participantes, en su motivación y en el hecho de que se sienten liberados para actuar de manera más consistente con el mundo que desean, ya que vieron que no estaban solos, que todo un movimiento compartía su perspectiva y sus ideales. Este impacto subjetivo también se aplica a los movimientos conservadores y reaccionarios. Participar en acampadas o en manifestaciones nacionalistas o xenófobas tiene un impacto en la subjetividad, reforzando las convicciones y afirmando la acción.

En la conclusión de su estancia para estudiar el impacto del Brexit en Inglaterra, la relatora especial de la ONU sobre el racismo, la discriminación, la xenofobia y la intolerancia, Tendayi Achiume (2018), profesora en la Universidad de California en Los Ángeles (Estados Unidos), apuntó a un “crecimiento en el volumen y la aceptabilidad de los discursos xenófobos en las redes socio-digitales y en la prensa, al respecto de la migración y los ciudadanos extranjeros, incluidos los refugiados”. El politólogo Daniel Devine (2018) mostró que el número de “crímenes racistas” (hate crimes) aumentó en proporciones estadísticamente significativas con el referéndum a favor del Brexit en Inglaterra y con la elección de Donald Trump en Estados Unidos.

Los impactos culturales de estos movimientos reaccionarios han sido subestimados. Debajo de las expresiones políticas más visibles del auge de los movimientos conservadores y reaccionarios, varias investigaciones apuntan al dinamismo de movimientos reaccionarios en iniciativas sociales y culturales: ocupan edificios para denunciar la dificultad de muchas familias para encontrar un alojamiento y la falta de viviendas; organizan distribuciones de alimentos para “pobres nacionales”; fomentan una escena musical vibrante con bandas de rock y punk, y difunden sus campañas e ideas a través del uso inteligente de medios sociodigitales. Desde la “La manif pour tous” en Francia (en contra de los matrimonios homosexuales) hasta el “Movimento Brasil Livre”, los movimientos conservadores contemporáneos retomaron el repertorio de acción de los movimientos progresistas y del altermundialismo, con elementos como los flashmobs, conciertos de rock y ocupaciones.

Fronteras borrosas: reaccionarios y progresistas

Estamos en una época de recomposición de las fuerzas sociopolíticas y de las alianzas. Las categorías políticas que permitían clasificar los actores a veces no son tan precisas. En varios países, las fuerzas sociales se polarizaron, la oposición entre la izquierda y los reaccionarios llegó a ocupar un lugar central en el escenario político, dejando con poco margen de maniobra a las voces críticas y alter-activistas, como en el caso de Brasil (Bringel y Domingues 2018). En Turquía, el régimen encarcela las voces críticas, ya sean periodistas o académicos que firmaron una petición para la paz. La represión de los regímenes nacionalistas en contra de los disidentes ha sido feroz en los últimos años y, en muchos casos, logró acabar con las movilizaciones sociales progresistas (Küçük y Türkmen 2018). Por su parte, en 2011, decenas de miles de ciudadanos iniciaron revoluciones pacíficas en Bahréin, con un fuerte componente alter-activista (Glasius y Pleyers 2013, 561); no obstante, la represión implacable del régimen, apoyado por Arabia Saudita, acabó con los sueños de democratización.

En otros países se constata, al contrario, una mezcolanza entre actores progresistas y reaccionarios, con fronteras borrosas entre los dos. Movimientos reaccionarios retoman elementos del repertorio de acción de los progresistas, así como argumentos en contra del capitalismo financiero global. En Hong Kong, entre los jóvenes que llevan la lucha en contra del gobierno subordinado a Beijing, se encuentran progresistas, pero también muchos nacionalistas que se quejan de los chinos (mainland Chinese) que “vienen a aprovecharse de nuestro sistema social”.8 En Rusia, nacionalistas xenófobos y alter-activistas estuvieron juntos en la acampada de la plaza Abay en Moscú en 2012, que se inspiró en Occupy Wall Street. La seguridad de la acampada estuvo a cargo de los nacionalistas que se oponían también a Putin, pero desde perspectivas de extrema derecha. De igual manera, cuando la Unión Europea veía en la plaza Maidan en Kiev (Ucrania) únicamente a un movimiento por más democracia y apertura, grupos fascistas también estuvieron muy activos en dicho movimiento (Emeran 2017). En Rumania, el nuevo dinamismo de los movimientos ciudadanos y la reconfiguración de la sociedad civil provienen tanto de alter-activistas progresistas como de jóvenes empresarios y de grupos y plataformas nacionalistas, a menudo cercanos a tendencias ortodoxas fundamentalistas, redes contra la comunidad LGBT, e, incluso, del partido xenófobo “Nueva Derecha”, quienes han participado en varias de las protestas ciudadanas que han surgido en Rumania desde 2011. En 2013, los nacionalistas protestaron junto con los expertos de la sociedad civil y los alter-activistas contra una mina de oro, denunciando el dominio absoluto de una empresa extranjera sobre los recursos rumanos. Nuevamente, en 2017, los nacionalistas fueron actores centrales de las movilizaciones en contra de la corrupción, junto con alter-activistas y empresarios (Abăseacă y Pleyers en prensa).

Reaccionarios y élites globales

La enmarañada recomposición de alianzas y la oposición entre fuerzas sociopolíticas también complejizan la relación entre actores de movimientos reaccionarios, las élites económicas y el movimiento por un capitalismo global. Por un lado, en los discursos de líderes populistas, estos se sitúan como defensores del pueblo frente a una élite transnacional que acapara las riquezas a costa del trabajo del pueblo. Adoptan medidas proteccionistas, como lo ilustra la política de Trump. El gobierno nacionalista de Hungría ha convertido al financiero y filántropo húngaro-estadounidense George Soros en su principal enemigo, cerrando la Universidad de Europa Central que financiaba, pues defendía valores cosmopolitas.

Por otro lado, varios elementos indican que estos actores no están tan lejos de los discursos que plantean, que existe una clara alianza objetiva entre élites económicas y actores conservadores. El propio caso de Trump muestra toda esta ambigüedad, ya que él pertenece a la élite económica internacional, siendo dueño de negocios en múltiples países. Al nombrar jueces de la Corte Suprema que complacen a su base conservadora, sus reformas fiscales benefician a un restringido porcentaje de las élites capitalistas del país.

El “Movimento Brasil Livre” es un claro ejemplo de combinación de agendas neoliberales y conservadoras, aunque divergen en sus posiciones sobre las minorías sexuales. La alianza entre una élite económica nacional que se benefició de políticas neoliberales y regímenes muy conservadores es también la base de los regímenes de Erdoğan en Turquía y de Modi en la India. Los análisis recientes muestran cómo el régimen turco combina un proyecto económico neoliberal y políticas conservadores, y cómo van formateando las subjetividades de los ciudadanos en las esferas públicas, pero también en la del trabajo y en la vida privada (Küçük y Türkmen 2018; Ileri 2016).

El caso histórico de Chile también indica una clara alianza entre los neoliberales y la derecha conservadora. El conservadurismo social y cultural impuso mediante la fuerza del golpe y de la represión el neoliberalismo, con el apoyo de expertos de la neoliberal Escuela de Chicago. Se trata de la “doctrina del shock” explicada por Naomi Klein (2007). Tomás Moulian (1997) muestra la consistencia del gobierno conservador en su objetivo de imponer marcos neoliberales en todos los sectores de la economía y, en particular, en la educación hasta los últimos días del régimen. De igual manera, Kathya Araujo y Danilo Martuccelli (2012) sostienen que el neoliberalismo ha ido de la mano con la represión en Chile, y que no se puede distinguir el autoritarismo conservador del régimen de Pinochet de su proyecto neoliberal. Por otro lado, cuidadosos estudios históricos muestran las tensiones que aparecieron entre las tendencias conservadoras y el proyecto neoliberal durante la dictadura, en particular después de la crisis económica de 1982, cuando perdieron su acceso a la presidencia los “Chicago Boys” tras el fracaso de sus políticas económicas neoliberales (Muñoz 2016).

Conclusiones

Siete años después de 2011, muchas esperanzas de los movimientos democratizadores se desvanecieron con el regreso del autoritarismo y movimientos reaccionarios. Esta evolución no invalida la propuesta de Touraine que pone los movimientos sociales como protagonistas mayores de la producción de la sociedad. Los movimientos sociales tuvieron un gran impacto en esta década, pero no sólo los movimientos progresistas. Tienen, por lo tanto, una gran relevancia las investigaciones empíricas sobre los movimientos conservadores y su impacto en la esfera pública (Kuhar y Paternotte 2017) y es particularmente fértil el diálogo entre estudios de movimientos conservadores y progresistas.

También resulta prolífico estudiar, a partir de las perspectivas de la sociología de los movimientos sociales, a los actores que contribuyen a mantener y fortalecer la centralidad del sistema capitalista, la desigualdad creciente y el poder de los que Occupy Wall Street llamó el 1%. Una de las claves para entender el protagonismo de los movimientos sociales y sus contribuciones a la producción de la sociedad en el siglo XXI reside en una mejor comprensión de cada uno de estos movimientos y, sobre todo, de sus interacciones, y de los conflictos que los oponen en términos de fuerzas políticas, cambios culturales, transformaciones en las subjetividades y en las cosmovisiones.

La fuerza de los movimientos conservadores en esta segunda parte de la década de 2010, y su omnipresencia mediática, no deben ocultar el dinamismo y la creatividad de muchos actores progresistas en nuestra época. Desde 2011, no pasa un par de meses sin que surjan amplias movilizaciones ciudadanas pidiendo democracia. Varios movimientos nunca alcanzarán las portadas de los grandes periódicos y son mucho menos visibles que las manifestaciones y las ocupaciones de plazas públicas, pero están instigando a transformaciones “subterráneas” de la sociedad a partir de prácticas concretas (Pleyers 2018). Asistimos, por ejemplo, a un fuerte crecimiento del movimiento para una alimentación local. Decenas de miles de familias reciben cada semana su canasta de verduras directamente de un campesino local. La Vía Campesina (2010) nos recuerda que “los pequeños agricultores, los campesinos e indígenas tienen en sus manos miles de soluciones para el cambio climático”.9 El hecho de que sean menos visibles, y que sus prácticas estén ancladas en la vida cotidiana, no disminuyen la importancia de estos movimientos, que son significativos tanto en el cambio concreto que representan para las comunidades y los ciudadanos como en la crítica al sistema dominante que representan.

Referencias

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Cómo citar: Pleyers, Geoffrey. 2019. “Pensar los actores conservadores y capitalistas como movimientos sociales”. Revista de Estudios Sociales 67: 116-123. https://doi.org/10.7440/res67.2019.09

* El análisis contenido en este artículo hace parte del capítulo quinto “Los movimientos sociales como productores de la sociedad” del libro Movimientos sociales en el siglo XXI (Buenos Aires: CLACSO), en prensa.

2Los movimientos altermundialistas reagrupan actores sociales a favor de la justicia social y en contra del neoliberalismo. Incluye un ãmplio abanico de movimientos campesinos, indígenas, ciudadanos, así como expertos y académicos comprometidos (Pleyers 2015).

3Según datos del sitio http://www.epl.org.br/sobre, rúbrica “trayectoria”, acceso el 11/08/2018 (Gerab Baggio 2016, 12).

6Véase la guía de Bruselas “Lobbyplanet” del Corporate Europe Observatory: https://corporateeurope.org/lobbyplanet

8Entrevista realizada en junio de 2018 con un activista que participó en el “movimiento de los paraguas”, en Hong Kong.

9Declaración final de la Vía Campesina de la Cumbre sobre el clima en Cancún, 2010.

Recibido: 21 de Septiembre de 2018; Aprobado: 26 de Septiembre de 2018

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