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Revista de Economía Institucional

versión impresa ISSN 0124-5996

Rev.econ.inst. v.1 n.1 Bogotá ene./dic. 1999

 


JESÚS ANTONIO BEJARANO. IN MEMORIAM


JESÚS ANTONIO BEJARANO. IN MEMORIAM



Mauricio Pérez Salazar



El primer editorial de la Revista de Economía Institucional lo ha debido escribir Jesús Antonio Bejarano.

No lo pudo hacer, y estamos de luto. Perdimos el colega, la inteligencia excepcional, el amigo, el hombre que se entregó sin reservas a su país y a sus universidades.

Bejarano ha debido escribir este editorial porque la Revista de Economía Institucional fue su iniciativa y porque este número, el primero que se entrega a los lectores, fue elaborado bajo su dirección.

Bejarano era hombre de revistas y ésta, su última, fue pensada sólo como el más reciente de los escenarios desde donde podría criticar a la sociedad y su disciplina predilecta, la economía.

Para Bejarano la razón de ser de los intelectuales era la crítica, en el mejor sentido de la palabra. En una trayectoria académica tan pródiga como brillante aplicó su excepcional facultad crítica a la mayoría de las disciplinas que pertenecen a lo que de ordinario se llaman las ciencias sociales y humanas. En innumerables publicaciones hizo contribuciones importantes a la economía, de la que fue uno de los investigadores colombianos más destacados de su generación en áreas tan diversas como la economía agraria y la teoría de la competencia imperfecta; en la historia, considerándosele por muchos el padre de la nueva historia colombiana; la política, donde fue una voz dominante en los debates acerca de la paz y de la guerra a lo largo de la última década; la filosofía, a la cual se aproximó desde las perspectivas de la epistemología y de la ética; y el derecho, como se aprecia en una de sus contribuciones a este número.

A diferencia de muchos científicos sociales, Bejarano nunca perdió de vista que el objeto de estas disciplinas es el hombre, con toda sus complejidades y contradicciones. Bejarano, para usar la expresión inglesa did not suffer fools gladly y con facilidad perdía la paciencia con quienes caían en el reduccionismo. De ahí su gran empeño en construir puentes, o mejor dicho, derribar las barreras postizas que surgen entre disciplinas sociales por culpa de quienes se escudan en los tecnicismos y jergas para defender de intrusos su propio coto. De Bejarano, como de pocos, se puede decir que nada humano le era ajeno y de ahí su interés en la economía institucional, como expresión de la posibilidad de llevar a campos de estudio distintos de los tradicionales las técnicas de análisis propias de la economía; pero también de enriquecer el análisis económico con aportes de la sociología, de la filosofía, de la política y de la jurisprudencia.

Aun cuando tuvimos el privilegio de su trato y amistad, y más adelante su lamentable desaparición, era difícil no sentir el hombre excepcional que era Jesús Antonio Bejarano.

Toda comparación entre personas es engañosa y parcial, pero la figura que más acude a la mente es la de Sócrates. La primera impresión que causaba Bejarano era la de su apariencia física, noble y expresiva de inteligencia como la de Sócrates. En sus últimos años Bejarano había adoptado la barba corta de los filósofos griegos. Eran suyas la alegría y la irreverencia, unida esta última a la humildad intelectual y la curiosidad insaciable. Bejarano era uno de los hombres mejor leídos de país, y su mayor placer era el tener entre manos un nuevo libro para añadir a su heroica lista de lecturas pendientes. Tenía también de Sócrates la dialéctica inagotable. Testigos de esto fueron sus colegas de universidad, con quienes entabló polémicas memorables, y hasta los negociadores de la insurgencia armada. Bejarano era un gran contertulio y sin importar lo baladí del tema de conversación sus comentarios eran originales y profundos. Sentía la necesidad de compartir con los demás lo que sabía y pensaba –por eso era tan buen profesor–. Como Sócrates, siempre entendió los problemas sociales en términos de ética: la búsqueda de la vida buena y la entrega a los asuntos colectivos. Hubiera sido un buen ateniense.

Su interés por la paz y nuestras guerras se originó en ese espíritu público. Con vehemencia insistía en la necesidad de un nuevo enfoque y acuñó el neologismo de pazólogo, como él mismo se denominaba, para distinguirse de los “violentólogos”. A su parecer había exceso de diagnósticos pletóricos y de escasa relevancia práctica. Hacían falta, y se dedicó a hacerlas, propuestas de solución. El atractivo del tema para Bejarano era, en parte, intelectual: la paz (o su presunta imposibilidad) es un acertijo, un puzzle, casi imposible de discernir. Pero también lo era, por ser este el gran tema público de nuestro país en este tiempo.

Frente a los problemas de la paz (o del rechazo a la violencia, como hubiera dicho él) ha sido pobre la respuesta de las diversas disciplinas sociales, entre ellas la economía, a la pregunta de por qué los colombianos, a diferencia de la gran mayoría de sus congéneres, han sido incapaces de desarrollar medios pacíficos para superar los conflictos de intereses y opiniones propios de toda sociedad. Más pobre aún ha sido la formulación de salidas a este espiral ascendente de violencia. Bejarano sentía, con toda razón, que su clase pensante le había fallado al país.

Es probable que una pasión intelectual a cuyo servicio puso su formidable capacidad de análisis haya causado, aunque indirectamente, su muerte. Faltan palabras para calificar su asesinato. La vileza, la cobardía, la estupidez no son lo suficientemente fuertes.

En su muerte, Chucho Bejarano también se parece a Sócrates. Sócrates fue condenado a muerte por impiedad, consistente en afirmar con base en argumentos de razón que los mitos griegos eran, pues, mitos. Tuvo amplias oportunidades de retractarse, pero no lo hizo porque no estaba dispuesto a traicionar la razón según él la entendía. Bejarano supo de amenazas contra su vida un buen tiempo antes de su muerte. Hubiera cedido ante argumentos que lo persuadieran, pero jamás ante la coacción. Con valor y entereza no se retractó ni calló su verdad. Por eso murieron ambos.

La barbarie de la muerte de Bejarano recuerda gritos dementes de otra guerra civil de este siglo, la española: abajo la inteligencia, y que viva la muerte.

Todos somos, de alguna manera, huérfanos de Chucho. No sólo sus amigos, no sólo sus alumnos. La sociedad colombiana entera ha perdido a uno de sus intelectos más claros en un momento cuando la lucidez es terriblemente escasa.

El mejor homenaje que puede rendirse a la memoria de Jesús Antonio Bejarano es seguir su ejemplo y emular su culto de la razón que ilustra. Contra quienes hacen suya la violencia, contra quienes suplen la razón con alucinaciones sangrientas que sólo engendran monstruos, y aunque nos sigan matando hay que gritar: abajo la muerte y que viva la inteligencia.

* * *

La creación de la Revista de Economía Institucional es una respuesta a cambios profundos que se han dado dentro de la disciplina económica durante las últimas dos décadas, cuyo emblema puede ser el otorgamiento del Premio Nobel a economistas como Coase, Buchanan, North y Sen por trabajos que desbordan los límites de lo que se ha llamado la corriente principal neoclásica. Actualmente no se podría hablar de un cambio de paradigma, pues la economía neoinstitucional en la mayoría de sus diversas vertientes tiene, en gran parte, como punto de partida los modelos y las herramientas analíticas de la microeconomía. Muchos de sus desarrollos buscan enriquecer y fortalecer el pensamiento de la corriente principal con el propósito de hacer más riguroso y realista su tratamiento de los problemas económicos. Sin embargo, subsisten algunos problemas teóricos cuya solución podría contribuir, eventualmente, a la construcción de herramientas analíticas alternativas que trasciendan las limitaciones de la microeconomía convencional.

Pueden citarse muchos ejemplos de los aportes del enfoque institucional al avance del análisis económico. No hay mercados donde existan costos de transacción, grandes o pequeños; su inclusión en modelos de equilibrio general o parcial puede cambiar radicalmente los resultados. La operación de los mercados siempre ocurre dentro de un marco institucional específico. La posibilidad de comprar y vender bienes en condiciones de competencia sólo se da si hay ciertos bienes, como la justicia, que no pueden ser objeto de comercio. Sin embargo, decir que el gobierno es un agente a la vez benévolo y omnisciente, capaz de ofrecer estos bienes, como se hace con frecuencia en los modelos macroeconómicos, es suponer que en ellos Dios camina entre nosotros.

La economía neoinstitucional ha hecho posible un mejor entendimiento de la manera como funcionan las instituciones políticas y su incidencia en la provisión de bienes públicos: el Estado también es un mercado.

Las instituciones, entendidas como las reglas del juego de la sociedad, son el contexto dentro del cual funcionan los mercados. Las instituciones y las reglas formales e informales determinan en buena parte la eficiencia y el desempeño económicos.

La economía institucional ha propiciado un intercambio de doble vía entre la economía y otras ciencias sociales. El “imperialismo” de la economía, o sea el uso de sus técnicas de análisis para explicar comportamientos como la selección de pareja y la criminalidad, ha sido acompañado por el reconocimiento de que disciplinas como la ética, la historia, la política, la sociología y el derecho son indispensables para entender la conducta económica. Es recuperar la herencia plena de Adam Smith, quien escribió el Tratado sobre los Sentimientos Morales antes de emprender su indagación acerca de la Riqueza de las Naciones.

También responde la Revista de Economía Institucional a una preocupación que se ha generalizado en el país, el continente y en los organismos multilaterales. El principal obstáculo al desarrollo quizás no sea la deficiencia de la política macroeconómica, ni el hecho de que una economía sea cerrada o abierta; puede ser la calidad de sus instituciones. Aun cuando se acepten, para efectos de discusión, las bondades de una economía mixta orientada por la libre operación de los mercados, la experiencia de las economías en transición demuestra que éstas no surgen espontáneamente y que requieren de un marco institucional apropiado. La misma reflexión, en cualquier análisis sobre los límites entre el ámbito del Estado y del mercado, es válida para América Latina.

La Revista de Economía Institucional tiene un doble objeto: promover un mejor conocimiento en Colombia y el mundo hispano de la abundantísima literatura internacional que ha surgido en torno a este enfoque, mucha de la cual no es de fácil acceso para académicos y estudiantes cuya lengua es el castellano; y servir como escenario para el debate de la investigación sobre economía e instituciones hecha en nuestra región.

Su contenido editorial combina traducciones de trabajos y artículos recientes de estudiosos extranjeros, con énfasis en survey articles, con artículos de colombianos y latinoamericanos que articulen la estructura teórica de la economía institucional con nuestra realidad. El alcance que damos al concepto de la economía institucional es amplio y abarca entre otros campos la teoría de juegos, la economía pública, la microeconomía de los mercados bajo condiciones de competencia imperfecta, el análisis económico del derecho, la teoría de la regulación, la historia económica, las políticas públicas, la economía política y la ética.

Si bien la Revista de Economía Institucional se publica con el auspicio de la Universidad Externado de Colombia, sus páginas están abiertas a los aportes de académicos y practicantes de todas las universidades y centros de investigación. Es un medio para apoyar la consolidación de lo que tanto importaba a su primer director, Jesús Antonio Bejarano, que era la comunidad académica entre nosotros.

* * *

El artículo de Ken McKenzie “Diseño institucional y política pública” fue escrito como parte del marco teórico de un amplio estudio sobre el redimensionamiento y reestructuración del gobierno provincial de Alberta, Canadá, en un momento cuando éste enfrentaba una aguda crisis fiscal. El problema planteado no fue sólo “reducir el tamaño del Estado”; fue el de utilizar con eficiencia los recursos a su disposición para evitar que el ajuste se tradujera en una merma de la producción de bienes públicos. Este es, palabras más palabras menos, el problema que hoy enfrenta el Estado colombiano. McKenzie no aborda las especificidades de lo que se hizo en Alberta, pero sí aporta un amplio análisis de la literatura económica reciente sobre los determinantes de la eficiencia del sector público con base en la perspectiva de la teoría de la elección pública. En el fondo se trata de identificar con claridad cómo distintos agentes –electores, políticos, burócratas y usuarios– se relacionan entre sí, y a cuáles estímulos es sensible su comportamiento. Su conclusión muestra la enorme responsabilidad que tienen los economistas de “educar al público sobre la dimensión y las posibilidades de ineficiencia del gobierno”.

El pensamiento de John Locke suele tratarse en Colombia y América Latina como un episodio pasajero de la historia de las ideas políticas. Pocos lo recuerdan y, menos, lo leen. Sin embargo, sus aportes fueron no sólo el punto de partida de la ideología liberal que hizo posible el desarrollo capitalista, también lo fueron los primeros economistas, desde los fisiócratas y Smith hasta Marx y Mill. La lectura de Mauricio Pérez Salazar busca rescatar varios aspectos de su Segundo tratado sobre el gobierno civil que son pertinentes para el análisis económico contemporáneo. Locke postuló una función de utilidad más compleja (y más realista) que la de Hobbes; lamentablemente fue la de éste la que sirvió de base para el utilitarismo y para el posterior desarrollo de la teoría económica. Locke señaló que el dinero es una institución que sirve para hacer más eficientes los procesos económicos, de forma análoga a las innovaciones tecnológicas. Locke identificó la reducción de costos de transacción como la razón de ser del Estado, y afirmó que ello sólo sería posible dentro de un Estado de derecho. Finalmente, su noción del Estado tiene muchas afinidades con el esquema del principal agente, con todos los peligros de infidelidad y abuso de confianza que esto implica. Las teorías constitucionalistas modernas le deben mucho a las intuiciones de Locke que han sido redescubiertas y formalizadas por la economía neoinstitucional.

Cuando era un joven investigador, patrocinado por Colciencias, Jaime Lozano escribió la primera versión de su ensayo Economía Institucional y Ciencia Económica con la asesoría de Bejarano. Su argumento fundamental es que el enfoque walrasiano, del cual se nutre la corriente principal, cercenó el espíritu de la disciplina económica y la empobreció analíticamente, aunque no de manera irreparable. En un esfuerzo para ubicar el pensamiento institucionalista en el panorama de la ciencia económica, Lozano compara la forma como la economía institucional y la economía walrasiana conciben el individuo, el orden económico, la eficiencia y el mercado, como una primera aproximación a una posible visión alternativa al pensamiento convencional. La concepción del mercado como institución social permite identificar nuevos elementos analíticos en la discusión sobre el diseño institucional, la racionalidad social y los mecanismos diversos de asignación de recursos que sostienen las economías, que no se encuentran en la perspectiva walrasiana. El reconocimiento de la diversidad institucional que gobierna el capitalismo obliga a los institucionalistas a desarrollar nuevas herramientas metodológicas que en el futuro podrían transformar el quehacer de los economistas.

Homero Cuevas lleva muchos años de exploración de las bases de la teoría económica. Sus contribuciones han resaltado el hecho de que este campo no es intangible ni inaccesible. Las premisas básicas de la disciplina son supuestos y, por muy imponente que sea el edificio que sobre ellas se ha construido, siguen siendo susceptibles de crítica. En su contribución, de una sencillez engañosa y elíptica como toda su obra, Cuevas plantea una formulación alterna de los fundamentos de la teoría del monopolio. Las consecuencias de su análisis van mucho más allá de lo dicho por el autor.

La Revista de Economía Institucional se enorgullece de publicar dos de los últimos escritos de Jesús Antonio Bejarano. El primero es una revisión de cinco textos de análisis económico del derecho que se elaboró con el fin de brindar una introducción a quienes son legos en la materia y ubicar a investigadores y docentes dentro de la geografía de lo que se conoce en inglés como law and economics. Su exposición busca ilustrar la influencia recíproca que se observa entre economía y derecho, y señalar cuánto pueden enriquecerse ambas del intercambio. Además, Bejarano quería orientar con este ensayo a quienes puedan usar los textos reseñados en la docencia. Con el mismo ánimo publicamos una breve nota de Isidro Hernández acerca de Public Choice II, de Dennis Muller.

También es de Bejarano la reseña del libro Crimen e Impunidad, de Mauricio Rubio, y que pública de manera simultánea Desarrollo y Sociedad como homenaje póstumo a nuestro director. La obra de Rubio, fruto de un esfuerzo heroico de investigación, es polémica y apasionada. Es también la interpretación más sólida en cuanto a la cantidad y calidad de los datos que utiliza, de la absurda y demente violencia que azota nuestra sociedad y que segó la vida de Bejarano. Rubio concluyó su libro, muy al estilo de Bejarano, con un catálogo de las investigaciones necesarias para esclarecer las lagunas de ignorancia sobre el tema. A su vez, Bejarano destacó la obra como un “fuerte y valioso llamado a superar los prejuicios con que hasta ahora se han analizado los temas de seguridad y violencia”.

Así mismo, presentamos a nuestros lectores dos ensayos críticos que pueden considerarse ejercicios de contrapunto sobre sus respectivos temas: una lectura desde la perspectiva de la elección social por Jorge Iván González de Proceso Político y Bienestar Social, de Homero Cuevas; y una reflexión sobre la eficiencia del gasto público, de Francisco González, quien toma como referente el libro de Eduardo Wiesner Durán, La Efectividad de las Políticas Públicas en Colombia.

* * *

Jesús Antonio Bejarano era un gran colombiano, un gran economista y un gran contertulio. Antonio Hernández Gamarra ha hecho algo prodigioso: plasmar en blanco y negro la agudeza y arte de su ingenio verbal en “Conversación con Chucho Bejarano”, con la cual se abre esta publicación.

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