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Revista de Economía Institucional

versión impresa ISSN 0124-5996

Rev.econ.inst. v.1 n.1 Bogotá ene./dic. 1999

 


CONVERSACIÓN CON CHUCHO BEJARANO


DIALOGUE WITH CHUCHO BEJARANO



Antonio Hernández Gamarra



Pobre consuelo para Consuelo y para tus amigos,
en quienes simbolizo a Homero.


¡Hola maestro! Quiubo?

Una porción, cercana, de tus amigos más cercanos ha venido a conversar contigo, aquí en la Cátedra Ancízar. Lo haremos, como en muchos otros lugares y circunstancias, singlando a la deriva, no en orden cronológico ni lógico, en sin orden, como Beremundo el Lelo.

Hablemos de la teoría económica, de sus abstracciones, de sus progresos, de sus logros, de su manifiesta insignificancia en muchas ocasiones, de la relevancia del pensamiento abstracto como método para construir una mejor sociedad colombiana.

De la ciencia como organización institucional, de la investigación, de la enseñanza de la economía, de la organización curricular, de los aspectos pedagógicos, de nuestras frustraciones en este campo y de nuestras alegrías al ver el ascenso intelectual de los discípulos. De la economía como profesión, de la fase superior del rebusque que fue como de común acuerdo decidimos bautizar a la consultoría.

De nuestra historia antigua y de la reciente; en todo caso vistas con ojos nuevos. Porque al fin y al cabo lo que hay que hacer es una nueva historia. Lo que tenemos que escribir son unos nuevos Cuadernos Colombianos.

De la teoría económica de la agricultura. De la protección y de la competitividad agropecuaria. De sus instituciones, entendidas, a lo North, no como entidades sino como reglas para la conducta.

Ahora es tiempo de cambiar de tercio. Conversemos de la política nacional. De nuestros agonizantes partidos políticos. De la precariedad intelectual y moral de muchos de sus dirigentes. Aterricemos en el Tolima para mirarnos en el espejo de Echandía o en el de Palacio Rudas y de paso repudiar el odioso clientelismo o lo que es lo mismo los partidillos que, como decía Unamuno, llevan motes caprichosos y no se distinguen unos de otros sino por el caudillejo o caciquillo, a quienes siguen taifas puramente personales organizadas para el disfrute de los cargos públicos. Partidillos que allí, en tu tierra del Tolima, como en toda Colombia, se han ido apoderando de los espacios de reflexión. Qué distinta tu postura encaminada a postular, también con Unamuno, que la política es una envolvente de todo problema público.

Hablemos del desarrollo rural y de la paz. De nuestras esperanzas en las conversaciones de Caracas. De nuestro optimismo y de nuestra frustración. De la necesidad de alejarnos de los eufemismos, de las inconsistencias, de los misterios y, sobre todo, de combatir las amenazas que en todo momento se ciernen sobre quienes luchan por la paz en el país.

Sobre esto seguramente echarás tu parrafada. Dirás: “Será preciso admitir que pese a la abrumadora realidad cotidiana nutrida de hechos de violencia de todo orden, lo cierto es que entendemos poco de esa violencia y lo poco que entendemos no lo entendemos bien. Una parte de las razones de nuestra limitada comprensión está en la desorientación de las ciencias sociales según la forma como se practican en Colombia. La sociología, la economía, las ciencias políticas, parecieran a menudo dar rodeos para evitar enfrentar explicaciones rigurosas de estos fenómenos, cuando no es que asumen de manera acrítica como verdades bien sabidas, afirmaciones que hacen carrera, sin mayor sustento empírico y que se apoyan las más de las veces en una mala lectura de cifras”. Aunque te quedó un poco larga, ¡qué buena la parrafada Chucho!

Parlemos del arduo camino por recorrer a la hora de reencontrar la concordia nacional y crear un espacio en donde quepamos todos y en donde el derecho a disentir reflexivamente sea, después de una digna subsistencia, el más preciado de nuestros derechos. Así de tierno, así de simple, así de profundo.

De nuestras discrepancias sobre el pasado gobierno y de tu indeclinable propósito de buscar salida democrática, y únicamente democrática, a lo que juzgabas una situación política no sostenible. Qué bueno es respetar nuestras diferencias y saber que tú de conspirador nada tuviste.

De la mejor educación a que con tesón se han hecho acreedores nuestros hijos y de lo esperanzador que ello resulta para nuestros agobios del presente.

De la falta de paradigmas en nuestra academia; de la ausencia de canales de comunicación entre los científicos sociales; de la carencia de jerarquías intelectuales que funjan como tales en la escala del prestigio académico al desempeñar el papel de arquetipos para los nuevos científicos y para dirimir orientaciones, juicios y reconocimientos.

Y ahora otra digresión en esta conversación que ya va para largo. ¿Cómo llegaste a creer tú, irreverente y libre pensador, que podías ser un vocero gremial si a la mayoría de estos cuerpos sólo ha parecido importarles, a lo largo de muchos decenios, la preservación de sus rentas? Ya sé, dirás que de eso no se trata; que ese no es el problema, y expondrás tus razones para señalar que allí la pedagogía también tiene un papel qué cumplir en la búsqueda de la concordia y en la superación de la desigualdad social. Pero nosotros te responderemos que un escéptico pensador como tú, siempre buscando soluciones más esperanzadoras que interesadas, mal podías fungir como el representante de sectores que en toda circunstancia de tiempo, modo y lugar suelen juzgar como legítimos sus intereses.

Difícil para ti que siempre fuiste enemigo de la capilla académica y del gueto político y que a la presunta falta de compromiso militante respondías con cuatro imprecaciones contra el simplismo y un sinnúmero de ironías contra los simplistas. Te acuerdas de cuando despachaste a un contrincante diciéndole que él era el único colombiano insecuestrable porque en caso de producirse el insuceso el delito sería calificado de abigeato.

Burlémonos un poco ahora de nuestro manzanillismo que floreció con ocasión de la lucha por la decanatura de la Facultad para instituir un régimen meritocrático, semi-monárquico y semihereditario, mediante el cual César, Luis B., tú y Homero rigieron los destinos académicos de nuestra Facultad. Y que también asomó las orejas cuando quisimos ser los dirigentes de la Asociación de Exalumnos con ocasión del cálido, caluroso y acalorado encuentro que tuvo lugar en Melgar a principios de los años 80, en donde entre las mil ideas que nos unieron fue notable el que todos empezáramos nuestras intervenciones con un verso como guía, como aquí lo ha hecho hoy Consuelo Corredor.

Embarquémonos en la importancia de la historiografía y hablemos un poco del alero que te brindó la Fundación de Investigaciones Económicas y Sociales –FINES– para ese propósito.

Detengámonos por un rato en el esfuerzo intelectual que significó para nosotros vincularnos al fortalecimiento de la Facultad de Economía en la Universidad Externado de Colombia, que también fue tu casa durante largos años, y hablemos del perfil y el carácter que debe tener la nueva Revista de Economía Institucional, a la cual le has dedicado tus últimos desvelos.

Bueno, Chucho, ya van como cuatro fugaces horas de carreta. Apunta de tinto, porque hoy te rehusaste a tomarte una copa de cognac, ajenjo o vino. Todo porque en tus propias palabras tienes el temor a estrenar tu voluntad errátil en ocasiones como esta y porque ahora andas convencido de que eres experto en las enfermedades coronarias, porque necesitas ejercitarte sanamente y porque es imprescindible que recuperemos la figura. Optimista, con visos de humor, hasta en eso.

Para vengarte de esta pequeña pulla y sacarte el clavo nos retarás a que vayamos a danzar salsa al Goce Pagano. Tienes una rara y graciosa manera de pronunciar conjuntamente la salsa con el danzar y el goce con lo pagano. Sugerirás que vayamos acompañados de algunas nenas, lo cual es sólo fantasía porque tu estás indisolublemente unido a Consuelito. Pero además, Luis B., Homero o César te dirán en riposta que ya no son los tiempos de la Academia Remington Camargo, y tú, para salir airoso del trance, dirás que entonces más bien nos vayamos a oír boleros.

Pero como esta conversación giró es de locos, es hora de ocuparnos de asuntos aún más mundanos. Cuán lejos los tiempos de nuestra residencia en Gorgona, que para los más jóvenes aquí presentes puede sonar a presidio o a isla ecológica, y que para nosotros era la morada de unos estudiantes pobres en la cual encontrábamos el reposo luego del estudio, de la farra juvenil, de discutir la consigna política o de hacer el trabajo artesanal en screen o en el mimeógrafo para defender nuestro pensamiento.

Uno de estos días nos vamos a poner a conversar sobre la teoría de la acumulación originaria del capital por la vía de la indemnización, la cual esbozaste con motivo de tu despido como Profesor de la Tadeo. Haciendo uso de lo concreto del pensamiento y de su referente empírico, burla burlándote de los althusserianos parlanchines, fue por ese medio, después de todo, que acumulaste la cuota inicial de tu primer apartamento y, como sueles decir, iniciaste tu infatigable carrera como pequeño propietario y gran deudor.

Bueno, maestro, ahora sí hasta luego. Nos vamos a lo de siempre: a combatir la sinrazón, a estudiar, a investigar, a enseñar y a seguir predicando con la palabra como escolta, como me dijo ayer Consuelo que le habías contestado en alguna ocasión en que se sintió tentada a comentarte que te cuidaras de las balas de los asesinos.

Para poner término a esta conversa, aquí muy entre nos, me soñé que no estabas con nosotros y que la Universidad Nacional usó anoche la luz como palabra para obligarte a que te estrenaras el flux de Ministro. De Ministro de la Paz.

Sólo que muy en alto he de decir que la palabra no detiene las balas asesinas y que en ocasiones, como hoy, sólo nos sirve para llorar de la tristeza.

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