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Revista de Economía Institucional

versión impresa ISSN 0124-5996

Rev.econ.inst. v.2 n.2 Bogotá ene./jun. 2000

 


LA TEORÍA ECONÓMICA
, EL AFECTO Y LA FAMILIA


ECONOMIC THEORY, AFFECTION AND FAMILY



Homero Cuevas*

* Estudios de posgrado en McGill University. Economista, ex decano de la Facultad de Ciencias Económicas y Profesor Emérito de la Universidad Nacional. Profesor de la Universidad Externado. Autor de tres libros y diversos ensayos sobre teoría económica. El autor agradece a Alberto Castrillón, Edgar Serrano y Luis Fernando Eslava por sugerir y poner a su disposición el ensayo de Martyn sobre Sade, el survey de Bergstrom sobre la familia y el libro Sex and Reason de Posner, en forma respectiva. Y a Mauricio Pérez Salazar por su estímulo y apoyo permanentes y sus valiosos comentarios, los cuales permitieron mejorar la versión original.


RESUMEN

[Palabras Clave: economía de la familia, matrimonio, afecto, teoría económica, JEL: B10, B12, B13, B25, B29]

Este ensayo es un inventario bibliográfico, comentado, de las referencias en el pensamiento económico sobre el tema del afecto y la familia, desde Adam Smith hasta los autores que recientemente han formalizado modelos sobre el tema. Dentro de los autores comentados se encuentran: Smith, Malthus, Sade, Fourier, J. S. Mill, Masoch, Engels, Veblen, Boulding, Tullock, Posner, Becker, Pollack y Bergstrom.

ABSTRACT

[Key words: family economics, marriage, feelings, economic theory, JEL: B10, B12, B13, B25, B29]

This essay is a commented bibliographic inventory of the references in the economic thought concerning the affection and the family, from Adam Smith to the authors that recently have formalized models toward this subject. Within the commented authors are: Smith, Malthus, Sade, Fourier, J.S. Mill, Masoch, Engels, Veblen, Boulding, Tullock, Posner, Becker, Pollack y Bergstrom.



1. ADAM SMITH, LAS EXTERNALIDADES Y EL STOCK DE BEBÉS

Ovidio incluyó en El arte de amar, cuyo título podría ser “El arte de hacerse amar”, una nota de pie de página advirtiendo que toda la ciencia ahí explicada, todos esos consejos útiles son para los pobres, porque no los necesitan quienes tienen suficiente dinero para hacer regalos costosos. Así, otro intento por separar la economía del amor quedó frustrado. Y ello cuando todavía faltaban dos milenios para los mercados de consumo masivo. Claro está, cuando se mezclan esas dos cosas resulta difícil evitar la crudeza. Y ésta no le ha faltado a algunos economistas.

Entre ellos, y para empezar por el principio, Adam Smith estudió en la Riqueza de las naciones los determinantes del stock de bebés. Concluyó que, en su ciega sabiduría, el mercado corregía déficits o excedentes sin hacer sutiles distinciones con las patatas o las coles. La oferta y la demanda laborales terminaban arbitrando la situación, y el aumento o la disminución de los magros salarios se encargaban del resto, a través de sus brutales impactos sobre la nutrición, las comodidades y la morbilidad de la gran masa pobre de la población. De cada diez niños, cinco podían morir, y en las regiones más míseras hasta siete, antes de cumplir quince años.

Como pionero de la teoría de las externalidades, Smith no parecía sorprendido. Había inventariado beneficios públicos no reconocidos como beneficios privados por el mercado. Y también había identificado costos sociales no transmitidos por el mercado a los costos privados. Como, en sus propios términos, la destrucción de cualidades humanas por la división del trabajo. Pero el mismo argumento es extensible al caso de los bebés. Todavía más si se tiene en cuenta que identificó otro costo diferente para el costo de mercado del salario.

Sobre los impactos negativos de la división del trabajo recomendó la promoción de la educación y de la cultura. Pero sobre el otro caso se limitó a mencionar la justicia, y a esperar que en el largo plazo la tendencia hacia el exceso de acumulación desatara su presión como exceso de demanda y alza secular de salarios en el mercado laboral. Como descubridor de la ley de la gravedad de los mercados, quizá se sintió aplastado por una época que no había inventado el avión ni los cohetes.

Por otra parte, en la Teoría de los sentimientos morales Smith estableció una definición implícita de familia, como un nodo de simpatías intensas. Es decir, como otro conjunto de externalidades determinadas no sólo por la gratitud sino también por el amor. Ambas son bienestar generado por la contemplación del bienestar de otro. Pero el estímulo de la primera es un favor específico. De esta forma, la familia aparece, en medida parcial, como un nodo de altruismos, en oposición al mercado, considerado como un nodo de egoísmos. Sin embargo, en la jerarquía de las simpatías la cúspide es ocupada por el individuo mismo. “La naturaleza nos hizo egoístas por compasión. Pues si resulta difícil llevar nuestra propia carga, resultaría mucho más difícil cargar también las de los demás”. Luego, la simpatía decrece en forma proporcional con el grado de consanguinidad, describiendo en forma intuitiva la Regla de Hamilton de la Biología de fines del siglo XX, como ha indicado Bergstrom, 1996. Por consiguiente, el nodo de altruismos no es absoluto, dejando campos para conflictos y para nodos como los de los mercados.

2. MALTHUS, LA CARIDAD Y EL AMOR ERÓTICO

Malthus, en cambio, pensó en construir cohetes. Su argumento era también crudo. Los bebés eran liquidados por la miseria, no sólo en forma física sino también moral, porque los salarios eran bajos, debido a excesos de gente en el mercado laboral. Luego, se podría romper el círculo mediante una estrategia monopolista de restricción de oferta para mantener el precio del trabajo artificialmente alto. Es decir, a través de restricciones artificiales o conscientes sobre el crecimiento de la población. Ante la protesta de que esto perjudicaría a los empleadores, respondió que no se podía, al mismo tiempo, estar en favor de los salarios bajos y en contra de la miseria.

Dos eran sus instrumentos. Primero, la eliminación de los estímulos para que los padres procrearan más hijos de los que podían sostener. Esto desembocaba en una propuesta dura y frontal para la liquidación del sistema de beneficencia pública existente en las parroquias. Y para contrarrestar las resistencias morales, argumentaba que tales formas de caridad, incluidas las limosnas individuales cuando obedecían a las solicitudes frecuentes de una miseria ubicua, como en algunas ciudades, habían perdido su virtud. Pues no provenían de la bondad de los sentimientos sino de la obligación, impuesta por las circunstancias.

Segundo, con tan poca tecnología médica como existía en su tiempo, la gente debería abstenerse sexualmente en las épocas más jóvenes y más impetuosas de la vida, hasta cuando hubiese acumulado suficientes medios para sostener una familia. Sin embargo, se indignó ante las versiones de que proponía un aplazamiento obligatorio de los matrimonios, respondiendo que eran preferibles los males conocidos a la pérdida de la libertad. Tampoco estaba de acuerdo con las propuestas para una mayor promiscuidad, pues aparte de sus valoraciones subjetivas, no encontraba razonable el argumento de que esto disminuiría la fertilidad. Su sistema, entonces, parecía víctima de una insuficiente coherencia. Porque terminaba descansando en la idea de que las masas pobres podrían comportarse en forma tan refinada como las elites cultas. Pero no profundizaba sobre las condiciones para que esto fuese posible. Por el contrario, su radicalismo abstracto en contra de la igualdad parece haberlo inhibido del examen concreto sobre algunas formas específicas de igualdad.

A pesar de no ser recordado por ello, una de las tesis de Malthus trata sobre las externalidades del amor erótico. Proponía diferir, durante un período breve de la vida, la realización de esta pasión. Pero jamás condenarla ni aún menos combatirla. Pues la consideró como un factor de producción de dulzura sobre el carácter humano, limitativo de las tendencias hacia la tiranía y la crueldad de los detentadores de algún poder sobre quienes los rodean. Por consiguiente, sus beneficios no se limitarían al mejoramiento de las relaciones entre hombres y mujeres, sino entre padres e hijos y entre todos los seres en general, contribuyendo a la suavidad del trato requerida por la civilización. Destaca, entonces, como una de las transformaciones más cruciales y más recientes de la sociedad y de la familia, que la constitución de los matrimonios haya reacomodado otros móviles para dar cabida al del amor erótico.

3. SADE, LA RACIONALIDAD Y LA CULTURA DE LA COMPETENCIA

Los análisis económicos de los argumentos en la obra filosexográfica de Sade han recibido impulsos recientes. En particular, a través de la teoría de los intercambios y sus signos éticos. Al respecto, puede verse Martyn, 1999, y su bibliografía referida. Sin embargo, involucrando otra dimensión, en la obra de Sade puede percibirse un análisis crítico de la racionalidad y de la competencia. Pues si éstas transforman al éxito en finalidad suprema, Sade parece ahondar en los sentimientos individuales exigidos para el éxito. Quizá podría considerarse su obra, o parte de ella, como una revelación sobre los instintos del éxito. Si el vicio triunfa y la virtud fracasa, la inversión de las valoraciones descubre una contradicción moral y una hipocresía. Como había anticipado La Rochefocauld: la hipocresía es el tributo pagado por el vicio a la virtud. La paradoja obliga, entonces, a una reflexión sobre la fuente verdadera de la repugnancia.

Valorado por los patrones de la cultura imperante, el éxito es entronizado, entonces, como fin supremo. En tal condición reduce lo demás a la condición de medios instrumentales para su propia realización. Y, en el tejido social, los seres sensibles no escapan a esa determinación. Por lo tanto, para el protagonista sádico, encarnación de las cualidades del éxito, los demás son objetos no sólo en su mente. Deben serlo también en la realidad. Y como tales no deben recibir satisfacciones del protagonista. Este sería insultado, porque por reflejo sería convertido en otro objeto. Para completar, resulta apenas lógico que las víctimas profesen adoración, o al menos dependencia, por sus torturadores. Pues ungidas a su carro, garantizan una cadena intangible con el aura del éxito. Es su garantía de proximidad al fin supremo. Y si el torturador llega al cinismo es más admirado porque su transparencia minimiza los costos de transacción para sus contrapartes. La hipocresía se revela como un costo. Faltaría enlazar a Sade con Veblen, para que la carencia de las cualidades de torturador conduzca a una simulación ostentosa de que se poseen. O, lo que sería peor, a esfuerzos omnisociales para adquirirlas. La sociedad basada en la competencia crecería, por lo tanto, como una realidad sádica, encarnada en cada uno de sus individuos. Y la dialéctica libertina cerraría, entonces, su círculo con la violencia latente y la viabilidad social pendiendo de la represión. Si sobre algo resulta ilustrativa la obra de Sade, parecería ser, por consiguiente, sobre los extremos a los cuales podría conducir una racionalidad individualista y una cultura de la competencia sin clase alguna de acotamiento.

Sade parece un representante del individualismo metodológico, porque su juicio sobre el sistema ocurre a través del individuo, en contraste con análisis enfocados sobre estructuras impersonales, como el de Marx. Ante la objeción de evolucionistas como Hogdson, en el sentido de que el conjunto relevante de propiedades emergentes, para seguir a la biología, puede plasmarse en otros niveles, como los grupos, las instituciones, el órgano, la célula o los genes, algunos podrían aventurar la réplica de que con esa perspectiva el cuadro no llegaría a parecer tan severo. Pero otros preferirían la respuesta más optimista de que algunos derechos encarnan en todos los individuos.

4. FOURIER O LA PROMISCUIDAD ALTRUISTA

En el cambio del siglo XVIII al XIX también se destacó Fourier. Comprometido con análisis y diseños económicos innovadores, se hizo muy rico cuando joven y se propuso gastar su fortuna demostrando la posibilidad de un sistema industrial con mejores condiciones humanas. Estableció guarderías, sistemas de instrucción para adultos y condiciones laborales más parecidas a las del presente, dentro de fábricas. Pero su reflexión iba más lejos. Partía de que para los pensadores anteriores los sistemas sociales podían cambiar mientras las relaciones afectivas permanecían inmutables. Propuso que esta hipótesis era incorrecta porque a cada estructura social corresponde un conjunto específico de relaciones afectivas. Y que las patriarcales, monogámicas y basadas en la familia nuclear eran muy recientes, porque correspondían al período de la civilización. Hoy se estima su edad en unos 10.000 años, entre más de 100.000 del homo sapiens y más de 3.500.000 del homo. Dentro de este escenario, la civilización liquidó el matriarcado y la promiscuidad para intentar garantizar, a través de la exclusividad monogámica, la transmisión generacional de los recién surgidos excedentes y sus derechos de propiedad.

En esa larga perspectiva, las instituciones de la civilización le parecían a Fourier no sólo artificiales, sino antinaturales. Por lo tanto, la presión de la naturaleza abriría de forma incesante grietas en los muros diseñados para aprisionarla, y eventualmente terminaría derrumbándolos. Su prueba superior era la de que junto con la institución de la monogamia florece de manera inexorable la institución del cornudaje. Y si no fuera por este contexto analítico, la trascendencia ácida de su trabajo clasificatorio, titulado Jerarquía de cornudos, se difuminaría en la entretención erótico cómica.

En la edición de La armonía pasional del nuevo mundo, compendio de su trabajo más exhaustivo, se muestra la estructura y el grado de detalle alcanzados por Fourier en su visualización de las relaciones afectivas y familiares, cuando esos muros se hubiesen derrumbado. Empezando por la crítica de la arquitectura, prisionera también en los límites del patriarcado y de la familia monogámica. Sus planos anticipaban la explosión de hogares unipersonales y de apartamentos de soltero. La libertad del individuo en la vida cotidiana florecía, pero no era abandonado al ostracismo existencial. La interacción social intensa, basada en la igualdad de derechos para los sexos, multiplicando las oportunidades de galanteo erótico amoroso, era espoleada por glamorosas zonas colectivas, insertas como centro nervioso de todo conjunto habitacional. Las responsabilidades de crianza y educación recaerían en instituciones especializadas. El mayor respeto posible para la diversidad de las inclinaciones erótico amorosas sería garantizado, facilitando la formación de clubes de acuerdo con los intereses individuales. En síntesis, la dulzura descrita por Malthus dejaría de ser un bien tan escaso para brotar en manantiales de los potenciales liberados de sus camisas de fuerza.

Sin embargo, descubrió que una especie de ineficiencia e inequidad de las economías de trueque oscurecía su panorama. Pues si cada clase particular de sexappeal sólo puede ser trocada por otra en especial, la frustración sería alta y una parte social resultaría privada de los beneficios pasionales del nuevo mundo. La armonía se rompería. Como solución desesperada recurrió, entonces, a la fuerza autoritaria, y terminó proponiendo un servicio sexual obligatorio. No se atrevió o no quiso considerar la alternativa de los ejércitos mercenarios. O las soluciones del mercado monetizado en sus formas más espontáneas. La sustitución de la fuerza por el lucro le abría una alternativa analítica, como siempre, para otras consideraciones sobre las libertades individuales y sus correspondencias éticas. Esto lo hubiera forzado a revisar partes importantes de su sistema. Y a abrir otros interrogantes. Quizá con visiones más matizadas y premonitorias.

5. JOHN STUART MILL Y LA LIBERACIÓN DE LA MUJER

Las recomendaciones de Malthus eran poco prácticas dentro del medio social existente. Y no ahondaban sobre este obstáculo, tarea que recayó a mediados del siglo XIX en John Stuart Mill, uno de los mayores visionarios de la evolución económica. Si nos ajustamos a su propia versión, cometió el acierto de amar a Harriet Taylor, persona superior en el orden espiritual e intelectual, a quien acreditó muchas de sus tesis más importantes, no sólo por la vía de la inspiración y de la discusión, sino de la sugerencia directa. Tales cualidades encarnadas en la señora Taylor, y en sus planteamientos sobre la situación de la mujer, produjeron una conmoción no sólo en los sentimientos, sino también en la filosofía social y en la teorización económica de Mill. Constituía un choque violento que a personas superiores se les denegasen los derechos elementales garantizados para cualquier individuo ordinario, sólo en razón de su sexo. Pues, hasta en la nación más desarrollada del mundo las mujeres estaban supeditadas a sus maridos como menores de edad, carecían de derechos políticos y tenían vedado el ingreso a la universidad. Y como corona insultante, lo cual llevó a Mill a titular sin ambages uno de sus ensayos como La esclavitud de la mujer, estaban forzadas por la ley a someterse a las exigencias sexuales de sus maridos, con independencia de sus propios escrúpulos, opiniones o sentimientos.

Sobre este punto de partida, Mill desarrolló su análisis sistemático del papel de la dominación sobre la mujer. Y alcanzó la conclusión de que había sido convertida en un instrumento especializado de reproducción y de crianza. Y de que, para mantenerla en ese estado, se le cerraban las puertas de otras posibilidades en su vida. Si éstas fueran abiertas en toda su plenitud, muchos recursos femeninos podrían fluir hacia otras actividades, de acuerdo con sus propios intereses, y la restricción estratégica de oferta soñada por Malthus para el mercado laboral se convertiría en una realidad espontánea, sustentada por su propia dinámica. Incalculables la injusticia, la miseria, el dolor y la atrofia social que podrían curarse con ese curso de los acontecimientos. Desde ese momento, hasta su muerte, Mill se convirtió en un activista para la liberación e igualación de los derechos de la mujer.

La mayor participación femenina en el mercado laboral podía deprimir, por supuesto, los salarios durante un período, como Marx subrayaría en su análisis de la revolución industrial. Y esto sin que la igualación de derechos se hubiese logrado. Es más, involucrando también a niños en la oferta laboral. De esta manera, aun si los ingresos familiares en conjunto no cayeran, la reestructuración ocasionada en la familia podía implicar impactos negativos sobre el bienestar de sus miembros. Pero constituiría una injusticia considerar el planteamiento de Mill aislado del resto de su sistema. Por lo tanto, es necesario conectarlo con otras de sus propuestas. Primero, con un sistema universal de educación. Segundo, con una regulación humanitaria de las jornadas y condiciones de trabajo. Tercero, con un seguro de ingreso mínimo, cubriendo también a quienes se negaran a trabajar, lo cual se puede relacionar con sus tesis sobre la libertad, y no hace distinciones de género. Parece evidente que abría una posibilidad para mujeres sin otra vía de escape de su dependencia. Y, cuarto, con una tributación progresiva y una reforma radical de la legislación sobre herencias.

Esta se proponía flexibilizar la ciega obligatoriedad del traspaso generacional. También podría relacionarse con su idea de libertad que buscaba una mayor armonía con la justificación moral del mercado, retribuyendo a cada quien de acuerdo con su propia contribución. Pero no se requiere excesiva perspicacia para otear que, degradada tal función prosaica del traspaso patrimonial dentro del matrimonio monogámico, éste resultaría más purificado en su faceta erótico romántica destacada por Malthus. Sobre todo si, como también proponía Mill, su consumación sexual quedaba libre, como una posibilidad consensual entre partes iguales.

6. MASOCH, LA RACIONALIDAD DE LA DOMINACIÓN Y LOS COSTOS DE TRANSACCIÓN

La venus de las pieles, novela por Leopold von Sacher Masoch, apareció en el último cuarto del siglo XIX, justo cuando empezaba la revolución neoclásica en la teoría económica. La cual se caracterizó, entre otras cosas, por depurarse de “palabras como ‘poder’, que son extrañas al vocabulario de la economía”, para prestar los términos entre comillas de Lundberg y Pollak, dos especialistas contemporáneos en el análisis económico de la familia. En contraste, la obra de Masoch es una escultura sobre la racionalidad de la dominación, vaciada en el molde de conflictos circundantes. La mujer entiende que es dominada, y que puede liberarse para dominar, pero con la encarnación de esos antecedentes no queda campo para un plano de igualdad.

Wanda es inteligente, joven, bella, encantadora, tiene todo un arsenal para dominar. ¿Qué podría hacer un hombre ante ejército con armas tan contundentes? ¿Valdría la pena luchar? ¿Valdrían la pena los costos del combate, aunque de antemano conozca la derrota? ¿O porque puede invertirlos en otras batallas más beneficiosas? Una solución de costo mínimo podría ser anticiparse y firmar el contrato de la supeditación. Como en la fotografía de Nietzsche para la posteridad, por las mismas épocas, cuando colocó un látigo en la mano de Lou Andrea Salomé. Un óptimo de Pareto, dejando el interrogante de la equidad, sobre todo en las dotaciones iniciales. Y el interrogante de la equidad total para cada individuo, en contraste con la parcial sobre un intercambio específico. Los problemas del poder se enfilan, entonces, hacia la equidad. De ahí que parezcan esquivos para el molde neoclásico. Pero Wanda no siguió utilizando el látigo con sus propias manos. Lo traspasó al mismísimo amante de ella, para que fuera éste quien latigara a su vencido enamorado. Como dice el famoso proverbio usado por Becker en estos casos: para saber cuánto es suficiente hubo que avanzar demasiado. Los costos por no luchar se hicieron mayores y el grado óptimo de dominación fue sobrepasado. El enamorado de Wanda decidió, entonces, liberarse.

Consecuente, en su vida real Masoch suscribió un contrato semejante con su esposa. Esta lo encerraba en su estudio, como en una celda. Y no lo azotaba con un látigo sino con una escoba. Y no por las razones sublimadas en alguna novela, sino por las razones concretas de una mayor producción de dinero para la familia. Al fin y al cabo, el poder se utiliza para obtener beneficios, y éstos pueden cobrar muchas formas. Así, otro intento de ruptura entre el romance y la economía quedó frustrado.

7. ENGELS Y LA MONOGAMIA O LA DIALÉCTICA MORAL DE LA PROPIEDAD

Antes de finalizar el siglo XIX también aparece la obra de Engels sobre la familia, la propiedad y el estado. En primera instancia, hace recordar las tesis de Fourier a comienzos de siglo, aunque no le concede créditos particulares. Claro está, Engels las presenta en un sólida estructura académica, las desarrolla y las documenta con las investigaciones de Bachofen y de Morgan sobre la sociedad primitiva. Pero si los servicios de un caricaturista fueran requeridos, sin que esto pueda restarles profundidad o seriedad, podría sintetizarlas en la idea de que con la civilización aparecen las cárceles, la policía y los maridos.

Debe recordarse que varios decenios atrás, en la redacción del Manifiesto comunista, junto con Marx habían jugado con tesis como las de Fourier. También en forma de caricatura, y también con la mayor seriedad. Famoso es el pasaje donde se referían al intercambio de esposas entre la burguesía, y a la promiscuidad de ésta frente de las hijas y de las esposas de los proletarios. Fourier, por supuesto, hubiera soltado la risa ante el énfasis clasista. Y en forma sardónica. Pues jamás se le ocurrió aplicar un énfasis especial del cornudaje a unas clases seleccionadas. En su exhaustiva clasificación de cornudos, nadie lleva un menor énfasis en razón de su clase, posición, oficio o ideología.

Ya en la madura obra sobre el origen de la familia, Engels parece arribar al radicalismo de Fourier sobre la universalidad de la institución clandestina. Y, como prueba lapidaria, transcribe un artículo de un código napoleónico que le otorga reconocimiento formal. Si no fuese por la seriedad de los códigos, podría pensarse que es una caricatura destinada a arrancar una sonrisa. Establece la famosa ley que, en adelante, los hijos llegados durante el matrimonio serán considerados hijos del marido.

En cuanto al análisis, entonces, Engels abre y cierra el círculo como Fourier. Pero en cuanto a la esencia del resultado y a la visión del futuro, depara una gran sorpresa. No sólo difiere sino que asume la posición diametralmente opuesta a Fourier. Para éste todo empezaba y finalizaba en la promiscuidad altruista. En contraste, para Engels el matrimonio monogámico termina transformándose en el avance moral más grande de la humanidad. Y ello originado en la propiedad. No presentó razones, al estilo de Malthus, sobre el amor erótico. Tampoco sobre la legislación de herencias, al estilo de Mill. Quizá fijó la mente en Romeo y Julieta, el romance de un hombre hacia una mujer, y de una mujer hacia un hombre; no de un hombre hacia tres mujeres, ni de tres mujeres hacia quince hombres. O quizá pasaba por una fase de investigación introspectiva. O tal vez las dos cosas eran lo mismo.

Como materialista filosófico, siempre predispuesto al análisis de la relación entre el ser y el pensar, según su obra sobre la filosofía clásica, Engels hubiera sido estimulado por enfoques contemporáneos que tratan el amor como un factor de producción e intentan explicar el predominio del matrimonio monogámico por su eficiencia económica. A lo mejor hubiera sido sorprendido por los resultados de llevar el materialismo del nivel impersonal de la sociedad hasta el nivel del individuo como unidad de análisis. En particular, para operar con la tesis de que toda superestructura ideológica, incluida la moral, tiene una fundamentación económica. Incluyendo también las superestructuras políticas, para aterrizar en los enfoques de public choice. Nunca se conocerá su gesto ante la acusación implícita de los más radicales enfoques liberales, basados en el individualismo metodológico, como los de las escuelas de Chicago y de Virginia, en el sentido de que el materialismo histórico falló por su inconsecuencia, por su incapacidad para llevar su análisis hasta estas últimas consecuencias. Y de que esta paradoja no es pequeña ante las ocurrencias universales cuajadas en el último decenio del siglo XX en los campos de la política y de la moral.

8. VEBLEN, EL CONSUMO OSTENTOSO Y LA REBELDÍA FEMENINA

A mediados del siglo XX los rebeldes sin causa eran los adolescentes. Pero en sus comienzos eran las mujeres, sobre todo las integrantes de familias adineradas. Por eso, Thorstein Veblen decidió dirigirles su mirada, con sus ojos de extrarrestre. El acertijo parecía un digno desafío. Primero, se mostraba más agudo donde menos se esperaba. En Norteamérica, en donde disfrutaban, según consenso reconocido, de los maridos más dedicados, responsables y considerados del mundo. Segundo, parecía estallar en proporción directa, no inversa, de las comodidades y lujos disfrutados. Es decir, cuando el consumo podía ser más ostentoso. Cuando rebosaban los medios puestos a su disposición para actuar como anfitrionas de la vida social, lucir residencias, decorados, vestuario, joyas, adornos personales y mascotas rayanos en la extravagancia. Es decir, para exhibir el grado de éxito de sus maridos, o sea actuar en una condición ancestral del servilismo, sin importar la identidad de los amos, diagnosticó Veblen. Y, según el engranaje cultural que visualizó, este comportamiento tendía a ser imitado en sucesión por los estratos inferiores. A propósito de mascotas, miradas desde la distancia propia del extraterrestre, en una época cuando para muchos la comida seguía siendo escasa, también eran exhibidas para demostrar que en la familia abundaban los recursos.

Por los mismos años, en su Manual de economía política, Pareto escribió que el desarrollo de la democracia había fortalecido el sentimiento de igualdad entre los sexos, convirtiendo a la castidad en una antigualla y a las jóvenes que se creían demasiado libres en excelentes clientes de los ginecólogos. Mill amó más allá de la muerte a Harriet Taylor; Veblen debió abandonar sus cátedras en la Universidad de Chicago, y luego en la Universidad de California, por manifestar en un plano demasiado personal, quizá, su solidaridad con la rebeldía femenina; y Pareto, después de cumplidos los cincuenta años, y de haber sido abandonado por su aristocrática esposa, se fue en unión libre con una joven de veintidós años. Para superar los convencionalismos, esta joven debía portar, tal vez, en el fondo de su corazón, alguna dosis de la rebeldía femenina de su época.

9. EL ENFOQUE DE LOS MERCADOS EXPLÍCITOS EN EL SIGLO XX

Hacia mediados de siglo Schumpeter escribió que la poderosa fuerza del mercado portaba un elemento subversivo porque, en forma creciente, a su paso sucumbía todo, hasta lo más sagrado y sublime. Desde entonces la teoría económica de la familia parece aportar evidencias para esa tesis, caracterizándose por una formalización cruda y abundante. En adelante, se hará referencia a algunos de los más representativos de esos planteamientos.

Por 1964 la tasa de crecimiento de la población se situaba alrededor del 3% en algunos países. Esto y la masificación paulatina de los avances médicos había caldeado el debate sobre una explosión demográfica. Por lo tanto, temas como el aborto, los métodos de control natal, el papel de la urbanización y de la educación en las tasas de fecundidad, estaban a la orden del día. Entonces Kenneth Boulding, uno de los economistas más notables, propuso la emisión de licencias comercializables para bebés. Fijada la tasa óptima de crecimiento demográfico, y conocido así el número de bebés que deben nacer cada año, se distribuirían derechos, digamos a razón de dos centésimos de licencia (por bebé) por persona al año. Y se garantizaría su mercado libre. Si una pareja comprara 96 centésimos de licencia podría tener un bebé durante ese año. Argumenta que esto conduciría a un óptimo de Pareto y reduciría las desigualdades sociales. Las dotaciones iniciales de licencias serían idénticas para todo el mundo; quienes no pueden sostener muchos hijos venderían licencias; y quienes quieren y pueden sostener muchos hijos comprarían licencias. Entonces la desigualdad social resultante sería menor.

Alrededor del tema, a comienzos de los setenta, el profesor Hirsch, en una obra titulada Los límites sociales al crecimiento económico, aborda el apareamiento en las sociedades humanas. Y sintetiza el siguiente argumento de diversos economistas. Casi siempre se considera como un ideal el paso previo del enamoramiento. Desde una perspectiva analítica, éste consiste en que alguien quiere a otro con unas cualidades particulares. Si lo encuentra, pero el otro no quiere las cualidades del primero, habrá una frustración. Si un tercero quiere las cualidades del primero, y lo encuentra, pero éste no quiere las cualidades del tercero, habrá otra frustración. Cada uno debe tener lo que el otro quiere y, de manera simultánea, querer lo que el otro tiene. En economía, esa doble coincidencia se llama trueque, y es la forma institucional más inepta y costosa para los intercambios. Basta imaginar que así se intentara el intercambio de cierta clase de camisas por cierta clase de zapatos, etc. Los costos de transacción resultan exorbitantes debido a los esfuerzos y el tiempo de búsqueda. Entonces, en ese sistema el número de aciertos es subóptimo, el costo de cada uno es muy alto y el número de frustraciones es enorme. Una confirmación veloz podría hacerse con un muestreo sobre los temas de la música romántica.

En general, las corrientes más influyentes de la economía favorecían la explicitud, la transparencia y la eficiencia de los mercados. Con los siguientes argumentos principales. Si su desarrollo no es institucionalizado de manera oportuna, surgen mercados ilegales. Y las prohibiciones sobre éstos tienden a ser infructuosas, a premiar a los delincuentes, a perjudicar a los consumidores, en términos de costos y de cantidades disponibles, y a castigar a los ciudadanos inocentes con los presupuestos policivos. Una ilustración fue la defensa del profesor Friedman, premio Nobel, de la legalización de los mercados de drogas clandestinas. Otra, los argumentos desarrollados en un texto de microeconomía sobre la conveniencia de una mayor flexibilidad en los mercados de órganos humanos. Y otra, la posición del profesor North, también premio Nobel, sobre la prostitución.

Uno de los argumentos de North es sobre la equidad. Cuando es ilegalizada, como en los Estados Unidos, o en Francia en la posguerra, el impacto es diferencial según la posición económica de las personas. En el mercado de las más pudientes el control es casi simbólico. En contraste, el aumento de riesgos para la salud y para la seguridad personal, el deterioro de calidad, el aumento de costos y de frustración, y el empeoramiento de condiciones de trabajo, pueden ser muy notables más abajo. Pero, más allá de esto, sugiere un análisis más riguroso del tema y de sus implicaciones. Pues resulta falaz la identificación ordinaria de la prostitución con su estrato pobre, sólo porque es el más visible.

10. TULLOCK Y MCKENZIE, LA RACIONALIDAD Y LA EXPLOTACIÓN AFECTIVA

Estos autores se destacan por sus esfuerzos para evidenciar que el enfoque de los mercados es aplicable hasta en los más recónditos aspectos de la sociedad contemporánea. A pesar de su advertencia en el sentido de que así se arroja luz pero no se agota la totalidad de la explicación. Basta con recorrer el contenido de su New world of economics, 1978, el cual abarca desde la oferta y demanda de bebés hasta la lógica económica del momento de morir. Pasando, claro está, por el sexo, el afecto, el matrimonio y la familia. En todos los casos muestran una oferta, una demanda, un precio, un beneficio, un costo y una conducta maximizadora de la diferencia entre los dos últimos.

Su análisis del enamoramiento es ilustrativo. Su primer impacto consiste en la destrucción de la competencia. Es decir, en el establecimiento de un monopolio puro. Y, como se sabe, la función de este poder es la explotación. Entonces desarrollan un modelo de oferta y demanda, excedente del consumidor y optimización para mostrar el grado de explotación óptima. O sea, el máximo que una parte puede sacar y el máximo que la otra parte puede aguantar. Algunos contratos se rompen por el problema de que para saber cuánto es suficiente se llega hasta demasiado.

El modelo sobre la conducta sexual es ejemplar de la forma como algunas herramientas de la economía, en particular las funciones de oferta y demanda, pueden ayudar en el análisis de problemas complejos y sutiles. Sin caer en el reduccionismo economicista, aparece un cuadro realista sobre la sociedad contemporánea y su sensibilidad ante los incentivos materiales. El cual sirve, además, para dejar planteados los mercados sexuales abiertos como una cuestión de grado. Claro está, la intención de la obra es introductoria y pedagógica, y por ello el desarrollo de los temas es limitado. Sin embargo, le queda a los autores la distinción de abordar el análisis económico de la prostitución en forma explícita, intentando derivarlo de un modelo riguroso y procurando la misma objetividad desplegada en los demás problemas. En particular, evaden las trampas de confundir la prostitución con la pobreza y de reducir sus funciones de oferta y demanda a accidentes de orden moral.

En su modelo de producción de bebés en la sociedad moderna, la demanda de hijos es semejante a la de autos nuevos, o cualquier otro bien de consumo. Los padres buscan su máxima satisfacción, dada una restricción presupuestal. Entonces pasan a explicitar tal lista de placeres. Y luego la lista de costos, y se calcula su valor presente. El número óptimo de hijos es, entonces, una resultante de estas consideraciones. En las sociedades más atrasadas, los hijos también pueden ser bienes de inversión, como provisiones para la vejez, lo cual debe considerarse en los beneficios. Y esto conduce a un corolario destacado por Becker, 1993. En el contrato sobre una inversión, cuyo rendimiento es exigible después de treinta o cuarenta años, la única garantía consiste en educar a los hijos en el sentimiento de culpa.

En la misma línea de este último autor, Tullock y McKenzie avanzan de los componentes del mercado hacia una conducta humana general. Pero no terminan ahí. Por ejemplo, en el capítulo IV, sobre la racionalidad, presentan una curva de demanda ordinaria, derivada de experimentos con animales, sugiriendo que la conducta de éstos es optimizadora, en el contexto de beneficios y costos. En su Tratado sobre la familia, Becker, 1981, también introduce un capítulo sobre especies no humanas, y lo inicia con la proposición de que el análisis económico es poderoso para modelar también las conductas de otras especies animales. Un observador extraterrestre, más crudo, podría decir que es poderoso para modelar también las conductas de la especie humana en los mercados. Por supuesto, la controversia acerca de si los mercados replican a la competencia animal, o las teorías sobre ésta replican a las teorías sobre los primeros, no es nueva. Pues si el éxito competitivo define la conducta, debe presionar en alguna forma semejante a sus diversos protagonistas. De hecho, por los mismos años, apareció El gen egoísta, del biólogo Richard Dawkins, 1976, en cuyos modelos de comportamiento animal, sobre todo en la conducta sexual, se traslucen los modelos de optimización económica. Con discusiones, inclusive, sobre la estabilidad de los equilibrios. Y sobre si el óptimo genético se alcanza por la interacción de los altruismos o por la interacción de los egoísmos.

En el modelo de optimización genética egoísta de Dawkins, la explotación sexual puede empezar desde el embrión e impulsar en forma distinta la conducta de los sexos. En los mamíferos, la nutrición del embrión corre por cuenta entera del óvulo femenino, lo cual permite que por cada uno de éstos puedan producirse millones de espermatozoides. La estrategia de perpetuación se inclinará, entonces, hacia el cuidado, por el lado femenino; y hacia la cantidad, por el lado masculino. Claro está, las instituciones deben ensillarse sobre esto.

En 1914 Wicksteed anticipó algo sobre los alcances analíticos de la racionalidad. Señaló que el principio de optimización cubre todos los órdenes de la vida, y por ello resulta insensata la noción de una “racionalidad económica”. Agregó que “lo económico” no se define por la racionalidad sino por el tipo de relación establecida entre las personas. Ahora bien, marcar una línea entre estas dos cosas parece un bonito problema. Si es que, en verdad, se justifica.

11. POSNER Y LA TEORÍA ECONÓMICA DE LA SEXUALIDAD

Con respecto a la legislación resulta ineludible referirse al profesor Posner, 1992, quien le ha aplicado el análisis económico no sólo en áreas convencionales, como la regulación, sino también en las ramas constitucional, penal y civil. Por supuesto, aquí entra el derecho de familia y vale la pena ojear dos de sus muestras. Primera, la monogamia, como mandato legal, entra en los contratos matrimoniales por las mismas razones que un impuesto progresivo sobre las rentas. Evocando a Ovidio, en caso contrario los más pobres podrían quedar sin oportunidades. Y, segunda, su complemento. ¿Por qué razón, a pesar del estricto mandato legal sobre la monogamia, las sociedades urbanas modernas son más permisivas sobre la promiscuidad? Porque los costos de supervigilancia y control son demasiado altos. En un pueblo pequeño la cárcel es barata y los guardianes también.

Pero es Sexo y razón el tratado donde Posner, 1994, despliega con plenitud sus ingentes esfuerzos de investigación sobre el tema, y donde se propone, en forma específica, exponer una teoría económica de la sexualidad. La cual, además de los aspectos más convencionales, como el matrimonio y el cortejo heterosexual, incluye la homosexualidad, la pornografía, la coerción, la tecnología y la moralidad en el sexo, y culmina en una economía política de la regulación sexual. A todo lo largo, recurre a contribuciones de la biología, la filosofía, la sociología, la fisiología, la psicología y la antropología, ofreciendo un panorama dialéctico. Sin aquellas, la comprensión sería imposible. Y, a pesar de esto, sin el análisis económico los vacíos y las falacias podrían ser enormes.

El primer aspecto impactante es la motivación misma de la obra. En su oficio como juez superior, Posner se sintió atónito ante la ignorancia del tema en su medio, a pesar de la responsabilidad cotidiana para emitir fallos en este campo. Atribuyó esto a antecedentes puritanos, estimulantes de su ignorancia social media, agravada para los jueces por el estricto monitoreo moral al cual son sometidos. Por contraevidente, descartó el temor sobre una correlación política con el grado de liberalidad sexual. No obstante, algunas reacciones pueden pasar por alto las evidencias. Y también parece conveniente considerar los eventuales temores sobre una mayor liberalidad dentro de una cultura que espolea sin pausa el hedonismo y el lucro como fines supremos.

Su análisis sobre la homosexualidad es paradigmático. Al lado de las preferencias estructurales, evidencia un grado de sustituibilidad entre las diferentes satisfacciones sexuales. Por lo tanto, sus relaciones beneficio costo determinan la elección del individuo. Pero estas relaciones se alteran con las circunstancias. De esta manera, resultaría más significante referirse a episodios que a individuos homosexuales. Así explica, por ejemplo, una tendencia de los hipermachos a tener más episodios de tal clase que los machos ordinarios. De otro lado, involucra los mayores costos individuales de búsqueda para concretar transacciones en los casos de preferencias minoritarias. De acuerdo con esto, la concentración de relaciones homosexuales en las grandes urbes se explicaría por la explotación de economías de escala. Cabría, quizá, alguna matización deductiva. Podría ser que, en determinadas circunstancias, un avance de la cultura mercantil sobre el espectro social confiera decisividad en las conductas a las rentabilidades relativas, generando sustituibilidad entre elementos cuya comparabilidad permanecía vedada. Ceteris paribus, el bisexualismo y otras conductas podrían exhibir, entonces, una correlación positiva con el nivel de desarrollo del mercado, no sólo por las mayores economías de escala, o por la existencia de un grado previo de sustituibilidad, sino porque éste en sí mismo resultaría incrementado.

Las interacciones de oferta y demanda ocupan, por supuesto, un lugar central. Y, para el caso heterosexual, Posner las comprime a través de una proporción efectiva entre sexos, definida como el número de hombres dividido por el número de mujeres disponibles. Cuando aumenta, el costo por episodio sexual crece para el sexo masculino. Claro está, podría expresarse también en términos de costos femeninos, pero dentro del marco socio biológico adoptado no existe una simetría perfecta. Para empezar, Posner concluye que en promedio, ceteris paribus, la demanda sexual masculina tiende a ser más intensa y más promiscua que la femenina. Y, sobre ello, sería conveniente considerar las circunstancias naturales bajo las cuales las mujeres no están disponibles. Debido a estos factores, de la interacción sexual surge, en promedio, un costo neto positivo para los hombres y un ingreso neto positivo para las mujeres.

A pesar de la amplitud de la obra, y de que la relación más evidente entre mercado y sexo se encuentra en la prostitución, este autor tampoco le dedica un capítulo especial al fenómeno. Por supuesto, hay referencias a lo largo del libro, pero éstas no llenan el vacío de un análisis focalizado y sistemático. Sin embargo, avanza en un reconocimiento primario sobre la necesidad de estratificación. En orden de costo y calidad ascendentes, y siguiendo el mercado en USA, Posner distingue entre la prostitución callejera, la ofrecida en bares y la ofrecida a través de call girls. En términos más generales, entre la pública, la de clubes, con diversos grados de exclusividad, y la más personalizada. Como con cualquier otro producto de la sociedad de consumo, autos, relojes, viviendas o vestidos, desde la solución mínima hasta la cota del lujo, el espectro debe ser mucho más amplio y continuo. Estos vacíos lo llevan, en pocas ocasiones, a confundir conclusiones con sus propias valoraciones. Por ejemplo, la de que sin duda la mayor parte de las prostitutas (y sus clientes) preferirían vivir felizmente casadas. Alguien menos prevenido podría replicar que no sólo las prostitutas (y sus clientes) preferirían vivir felizmente. Pero, aún así, podríamos tropezarnos con el buen brahamín en la historia de Voltaire. El nos informaría, entonces, que la humanidad es tan poco inteligente que siempre ha preferido quedarse con la inteligencia en vez de la felicidad. Aparte de estos aspectos, la obra de Posner constituye el más ambicioso trabajo de análisis económico sobre el sexo realizado hasta ahora.

12. BECKER O LA EFICIENCIA DE LOS MERCADOS MATRIMONIALES

El profesor Becker no se refiere al matrimonio sino a los mercados conyugales. Las personas tienen un presupuesto, unas dotaciones, como su atractivo, sus ingresos, su riqueza acumulada, su promesa de éxito, y salen a ofrecer y a demandar. Un matrimonio es una transacción ocurrida en ese mercado. Y es óptimo cuando maximiza el valor presente de la riqueza (monetaria y no monetaria) esperada durante el ciclo de vida. Dentro de la familia, los recursos de trabajo se especializan por funciones, según sus ventajas individuales, para lograr el mayor producto posible. Y los ingresos obtenidos se gastan de tal forma que se maximiza el bienestar familiar, de acuerdo con las preferencias de un jefe altruista. En estos procesos el amor, o el altruismo, puede jugar un papel importante, estimulando la cooperación para el logro de fines comunes y generando bienestar en unos miembros a través de la contemplación del bienestar de otros, o sea por interdependencia de las funciones individuales de utilidad. Por eso, con aprobación, cita a Robertson, definiendo el amor como un factor de producción escaso. Los hijos son un capital específico, producto de inversiones maritales, con usos no fluidos. Si alguien se separa, ese capital puede no ser productivo en un nuevo enlace. Al respecto, después de cierto tiempo, los beneficios y los costos marginales se han alterado para los cónyuges. A esto puede agregarse información inadecuada en los mercados maritales. En consecuencia, los beneficios y costos de oportunidad de una ruptura entran en consideración y la situación puede terminar en divorcio.

Becker no se limita a los matrimonios monogámicos. Por el contrario, su enfoque es general, analizando como alternativas los matrimonios poliándricos y poligínicos. Y, de acuerdo con eso, bajo determinadas circunstancias, la monogamia termina imponiéndose por su mayor eficiencia. En esto parecen decisivos dos factores. Primero, los cónyuges múltiples tienden a incorporar menores inversiones. Segundo, el amor de pareja podría actuar como un especial factor de producción de bienes familiares.

Una tensión permanente recorre a la teoría de la familia de Becker. Considera que el altruismo es más eficiente en esos grupos pequeños, mientras el egoísmo es más eficiente en los amplios mercados. Pero el egoísmo también opera dentro de las familias. En particular el altruismo de los padres hacia los hijos es mayor que a la inversa, porque invertir en los hijos genera un mayor rendimiento familiar que invertir en los padres. Para conservar los resultados de eficiencia debe, entonces, encontrar una correspondencia de la mano invisible dentro de la familia, para que guíe los comportamientos egoístas hacia el bien común. Esta función puede ser desempeñada por su teorema del niño malvado. Este se interesa sólo en su propio bienestar, pero puede salir ganando si coopera con la familia, porque el producto de ésta aumenta y el altruismo de la cabeza familiar reparte el incremento. En este último paso el amor se hace presente como factor de producción, estimulando la cooperación. Entonces, su objetivo es egoísta pero termina comportándose como si fuera altruista.

No hacía falta mucha malicia para sospechar que Becker se inclina hacia el optimismo. En términos formales, en 1983 Bergstrom y Cornes mostraron que el teorema no tiene alcance general y está sujeto a restricciones especiales sobre las estructuras de preferencias. Más tarde, Cornes y Silva, 1999, mostraron que estas restricciones podían sustituirse por otras: el producto debe ser un bien público puro, cada contribuyente al mismo debe tener la misma importancia, no debe haber free riders o colinchados, y para esto último, según parece, debe tenerse fe en el poder de persuasión del miembro altruista. Como todos los debates sobre la eficiencia del egoísmo y el altruismo es posible que el final de éste no sea fácil ni contundente.

13. POLLACK O EL CONFLICTO Y LA TRANSACCIÓN EN LA FAMILIA

Los economistas tendían a enfocar a la familia como una entidad armoniosa y al conflicto como una anomalía sin consecuencias en sus análisis. Exiliaron los problemas del poder y sus resultados se concentraban en los óptimos paretianos. Tal era el registro de la situación por el profesor Pollack, 1985, 1996. Y en este último trabajo, realizado junto con Lundberg, dejaron señalado que los abusos y la violencia domésticos por lo menos sugerían la posibilidad de casos ineficientes.

Pollack no oculta su opinión de que en la raíz de tales enfoques se encontraban los convencionales supuestos neoclásicos. En particular, el de costos de transacción nulos para alcanzar los objetivos óptimos, lo cual conducía a considerar a las empresas, al gobierno y a las familias como simples expresiones unitarias de preferencias, sin otorgarle importancia a sus organizaciones específicas. Sin duda, los principales representantes de los enfoques criticados eran Samuelson, 1956, y Becker, 1981. El primero trató de corregir una incoherencia en la teoría neoclásica del consumidor, pues las curvas de indiferencia se referían a un individuo aislado mientras las unidades reales de gasto eran las familias. Y para ello derivó curvas de indiferencia colectivas, con las implicaciones criticadas por Pollack. Ahora bien, cuando tal enfoque es sustituido por la teoría de juegos, suele suponerse utilidad transferible entre los cónyuges, lo cual involucra cardinalidad. Y se apunta así a otra incongruencia. Ordinalidad en el consumo y cardinalidad en el juego que lo sustenta. De otro lado, en el caso de Becker eran notables su inclinación hacia la optimalidad de resultados y su función de utilidad unitaria para toda la familia.

Entonces, al reconocer un valor positivo para los costos de transacción y superar esos enfoques, el análisis institucionalista debe ser llevado hasta la familia. Y por ello Pollack pasa a indicar sus principales componentes.

Primero, competitividad. La familia tiene ventajas en incentivos, supervisión, altruismo y lealtad, para actuar como empresa productiva hacia adentro y hacia afuera. Y tiene desventajas en conflictos, tolerancia de faltas, especialización limitada y deseconomías de tamaño. Los pesos de estos factores determinan sus funciones, pero ellos varían entre actividades y con los cambios sociales.

Segundo, contratos. En relaciones de largo plazo, influenciadas por el carácter de las partes, y por circunstancias cambiantes, los contratos suelen ser incompletos. Es decir, no pueden prever cláusulas precisas y aceptables para todas las contingencias posibles. La negociación permanente y el arbitraje de poderes externos constituyen, entonces, la salida. Las relaciones sindicales y conyugales son casos paradigmáticos. Los énfasis sobre las dosis de negociación o arbitraje tienden, sin embargo, a encender las polémicas. Una ilustración interesante al respecto es el trabajo de Rowthorn, 1999. Basado en la importancia de la confianza para la inversión, la eficiencia y la equidad, en cualquier empresa, sugiere que los contratos conyugales deberían procesar y sancionar los engaños con el mismo rigor que otros contratos comerciales. Como siempre, otras consideraciones, como la peculiaridad de los socios y el grado de intervención pública en los asuntos privados, levantan interrogantes sobre cualquier fórmula utilizada. Por eso Rowthorn termina proponiendo la apertura de un abanico de contratos para la elección de los cónyuges.

Tercero, negociación. La cual lleva el énfasis en partes con intereses distintos, a veces opuestos, en contraste con el modelo altruista o unitario de Becker, y lleva a Pollack a la teoría de juegos. En sus modelos, completados con Lundberg, el poder se refleja en las reglas del juego, en los distintos recursos de los cónyuges y en sus puntos de amenaza. Estos se diferencian, de los de otros modelos de juegos conyugales, porque el divorcio no se esgrime como arma cotidiana. Sólo es un extremo, cuando se agotan los recursos endémicos, consistentes en ofertas, contraofertas y equilibrios no cooperativos. En las soluciones de sus juegos, la optimalidad paretiana puede ser posible pero no es necesaria. Y tales soluciones siempre pueden ser múltiples, rompiéndose la autosuficiencia de la teoría de juegos. Por esta grieta se cuela la sociedad, a través de otras instituciones, como presiones externas, regulaciones, costumbres y cultura.

Cuarto, integración. El valor del divorcio como punto de amenaza, y como recurso extremo de negociación conyugal, depende del valor obtenido por cada persona con su soltería. Este último, a su vez, es determinante en la conformación de parejas. Por consiguiente, concluyen Lundberg y Pollack, en el futuro los juegos deberían integrar las teorías del acople, o de los mercados matrimoniales, quién con quién; de la negociación dentro del matrimonio; y del divorcio. A esto debería sumarse la negociación con los hijos, y otros modelos menos convencionales de familia, porque los modelos de juegos existentes sólo cubren a dos cónyuges. En Norteamérica, hacia 1975, 20% de los matrimonios terminaban antes de cinco años; casi las dos terceras partes no sobrevivían hasta la tercera edad; y 25% de los niños nacían de madres sin esposo. Hacia fines del siglo XX, esta última cifra se aproximaba al doble en algunas regiones del norte de Europa.

14. BERGSTROM O LA BIOETNOECONOMÍA

Theodore Bergstrom, 1996, 1997, señala la complacencia de los economistas modernos ante la aplicación de sus métodos analíticos en otras disciplinas, en contraste con su repelencia para aprovechar conocimientos provenientes en la dirección contraria. No se extraña, entonces, de que hasta ahora empiecen a explotar la riqueza fascinante de la biología evolucionista, la antropología y la teoría de juegos. Y, claro está, él mismo es uno de los pioneros más notables sobre este camino.

En el primero de estos campos, destaca la teoría genética sobre el grado de altruismo en las especies de reproducción sexual, comenzando con Haldane en 1955, desarrollada por Hamilton en 1964, y popularizada por Dawkins, 1976. Y hace notar su coincidencia con el “orden en que los individuos son recomendados por la naturaleza a nuestro cuidado y atención”, señalado por Smith en la Teoría de los sentimientos morales, 1759. Muestra cómo de aquí pueden derivarse y utilizarse funciones de utilidad basadas en la ética kantiana y, en algunos casos, disminuida su probabilidad a la mitad, semikantiana. También destaca un libro de Trivers de 1985, Social Evolution, donde modelos de altruismo y conflicto entre parientes son examinados a través del reino animal. Contrastan estos modelos con los más economicistas de Bernheim y Stark, 1988, en los cuales el grado de altruismo está abierto a la elección individual, aun en el caso de enamoramiento porque “uno puede elegir a cuáles precipicios aproximarse”. Por supuesto, esta problemática es relevante no sólo para modelar las relaciones familiares, sino también los mercados previos de acople, los tipos de negociación y los puntos de amenaza, constituyendo un elemento de la integración indicada por Pollack. Entre el rigor de tales funciones de utilidad, dos resultados parecen en particular interesantes. En algunos casos, un aumento de amor puede hacer daño. Y si individuos altruistas son incluidos en los mercados, se corre el riesgo de que éstos pierdan su optimalidad paretiana.

Otro desarrollo notable en este campo es la teoría de la evolución de las preferencias, lo cual incluye la herencia cultural y la imitación. Algunas se ajustan a las mismas leyes verticales de la genética, tendiendo a imponerse, a través de la selección, las más exitosas. No es necesario volver a Sade para percibir algunas implicaciones en un medio como el mercado. Y otras pueden ser transmitidas por dinámicas horizontales, a través de determinadas instituciones. La combinación resulta, por supuesto, en patrones oblicuos, y curvos, más complejos.

Para ganar perspectiva, recurre a un Atlas etnográfico de Murdock, publicado por la Universidad de Pittsburgh en 1967, según el cual la poliginia prevalece en 850 de las 1.170 sociedades registradas. Y señala el énfasis de los antropólogos en el sentido de que las sociedades monogámicas respecto del matrimonio suelen ser poligínicas en cuanto a los acoples de hecho. Pero la asimetría analítica sorprende, pues hay silencio sobre la inexorabilidad minotáurica propuesta por Fourier. Sólo al abordar el divorcio, sobre el matrimonio otra vez, se reconoce que en las sociedades occidentales modernas tiende a prevalecer la poligamia seriada, con varios cónyuges sobre el ciclo de vida, para los dos sexos. Estas variaciones en las demandas por acoples generan, por lo menos, transferencias. Becker, por ejemplo, sugirió que la poliginia podía mejorar la situación de las mujeres. Y la de los hombres más ricos, empeorando la de los más pobres, agregaría Posner. Pero para evitar falacias habría que completar el cuadro con la poliandria, traspasando el límite formal de los matrimonios, y reconociendo con realismo los acoples de hecho, exigiría Fourier. En todo caso, los impactos de estas estructuras sobre el bienestar apenas empiezan a ser analizados por los economistas modernos.

Una de las reseñas más interesantes de Bergstrom, 1993, 1997, es precisamente sobre el desarrollo de los modelos de acople, empezando con uno de Gale y Shapley de 1962, al cual denomina algoritmo de cortejo. En términos generales, el modelo Koopmans Beckmann de programación lineal fue adaptado para estos propósitos, reemplazando en el problema de asignación óptima a los empleadores y a los empleados por las mujeres y los hombres buscando pareja. La típica solución dual determina, entonces, precios sombra para todos los galantes, femeninos y masculinos. Después de otras innovaciones, un modelo desarrollado por Roth y Sotomayor, 1990, destaca una conclusión. No existiría un algoritmo de acople óptimo que le permita a la sinceridad convertirse en una estrategia dominante para todas las mujeres y los hombres. Lo cual invitaría a análisis especiales sobre los significados de la competencia y de su mano invisible en este tipo de mercados. Y, por implicación, en los otros.

15. LO SUPERFLUO Y LO INDISPENSABLE

Bergstrom y otros economistas antes que él, como Veblen, Mishan y Currie, han subrayado, con fisiólogos, psicólogos y antropólogos, la paradoja de algunas necesidades humanas formadas durante millones de años de vida semisalvaje, y su inercial permanencia en la recién nacida civilización de consumo masivo. Lo cual genera un desajuste, por síndromes de disfuncionalidad. La fibra para la digestión es el ejemplo más crudo, en forma literal. Ya no se requiere un salvaje aparato digestivo capaz de procesar alimentos sin cocción, raíces, cáscaras y otras asperezas. La industria de alimentos se ha encargado de esa responsabilidad. Pero el pasado salvaje continúa reclamando su cuota de fibra. En una época de ingeniería genética, estimulantes sintéticos, bancos humanos de esperma y de óvulos, bebés probeta, úteros alquilables y ventajas competitivas del mercado abierto desplazando a las de las familias, éstas y el afecto podrían llegar a perder su función de factores de producción, para utilizar la expresión de Robertson y Becker. Pero, aun en esa situación extrema, podrían conservar su carácter de necesidades básicas, en un status similar al de la fibra. No obstante, eso no agotaría el límite de sus riesgos. Pues, de todas maneras, estarían expuestos a la eficiencia de los sustitutos sintéticos. Sobre esta última frontera quedaría la esperanza de la voluntad para cultivar la elevación de las flores sobre el barro que las sostiene y las nutre.


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