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Revista de Economía Institucional

versión impresa ISSN 0124-5996

Rev.econ.inst. v.5 n.8 Bogotá jun. 2003

 


COMENTARIOS A LA CONFERENCIA DEL PROFESOR JOSEPH STIGLITZ*


COMMENTS TO PROFESSOR'S JOSEPH STIGLITZ CONFERENCE



Javier Fernández Riva**

** Director de Prospectiva Económica y Financiera, jfriva@cable.net.co Fecha de recepción: 12 de marzo de 2003, fecha de aceptación: 20 de marzo de 2003.



Felicitaciones a Cecilia López y su Fundación Agenda Colombia por la iniciativa de efectuar este foro y ofrecer la posibilidad de escuchar al profesor Stiglitz y a los demás distinguidos académicos que nos visitan. Me imagino que tengo el privilegio de hacer un breve comentario sobre la pertinencia de los conceptos del profesor Stiglitz para la política económica colombiana, por el único mérito de ser un economista independiente de todo interés político, gremial y sectorial, que ha venido señalando, semana tras semana, muchas de las deficiencias de las políticas económicas de los últimos cuatro gobiernos.

Ha habido cierta crispación y nerviosismo en el establecimiento colombiano por la visita del profesor Stiglitz. En Colombia, como en todo el mundo, su libro El malestar de la globalización fue un best seller y no resulta placentero, para quienes dirigen la política económica y siguen desde hace años las directrices del FMI , saber que un académico con las máximas credenciales mundiales, y con la experiencia excepcional de haber sido vicepresidente y economista jefe del Banco Mundial, expone las insuficiencias y deficiencias de ese tipo de acuerdos y, en general, de las visiones económicas simplistas que hacen parte de la “sabiduría convencional” neoliberal.

Una de las pocas cosas que los lectores latinoamericanos echamos de menos en el libro El malestar de la globalización es la escasez de referencias a América Latina. Porque en esta región los programas del FMI se vienen aplicando desde hace muchos años –en algunos países, incluso antes de que existieran programas formales con esa entidad, por simple afinidad de pensamiento o deseo de complacer a los mercados internacionales– y donde el daño económico causado fue mayor que en Asia; y además más duradero. A diferencia de Asia, América Latina todavía no ha superado la crisis.

Por supuesto, muchas de las observaciones que el profesor Stiglitz hace sobre los errores de las políticas impuestas por el FMI en Asia y en Rusia, y de la sabiduría convencional, que a menudo implica burdos errores conceptuales, se aplican a Colombia. Voy a citar tres ejemplos de actualidad.

El primero es la insistencia de las autoridades en fijar metas fiscales y diseñar las reformas tributaria y del Estado con la atención puesta en el cumplimiento de metas del déficit fiscal coyuntural, sin usar para nada el concepto de déficit fiscal de pleno empleo. En su libro El malestar de la globalización, el profesor Stiglitz señala que “desde Herbert Hoover ningún economista responsable ha sostenido que hay que concentrarse en el déficit actual y no en el estructural, esto es, el déficit que se registraría si la economía operase en pleno empleo. Pero esto fue justamente lo que recomendó el FMI”.

Está lejos de mi intención sugerir que nuestros funcionarios son irresponsables, pero lo que el profesor critica en el párrafo citado es exactamente lo que se hace en Colombia. Ha sido imposible, pese a múltiples llamados de atención de algunos analistas locales, que las autoridades acepten fijar las metas fiscales en términos del déficit estructural o de pleno empleo. No se trata de que existan problemas técnicos insuperables para definir el déficit de pleno empleo. Sencillamente el concepto es tabú, pues el FMI no acepta que se utilice una medición que obliga a considerar la relación recíproca entre el déficit fiscal y el ingreso nacional, y que implica aceptar que, cuando el producto interno bruto está por debajo de su potencial, se puede justificar incurrir en un déficit fiscal mayor que el que sería razonable en pleno empleo.

El segundo ejemplo de pertinencia de las críticas del profesor Stiglitz tiene que ver con la pretensión de que el banco central tenga como objetivo único el control de la inflación. Esa es una propuesta indecente que el FMI ha hecho en varios países y a la que el profesor se opuso, con éxito, en Estados Unidos cuando fue economista principal en el gobierno de Clinton. En Colombia el Banco de la República sostuvo durante casi una década que su único mandato constitucional era bajar la inflación. Hoy, después de que la Corte Constitucional falló en contra de esa interpretación abusiva de la Constitución, la autoridad monetaria acata formalmente el fallo, pero sin implicaciones prácticas.

En América Latina todavía usamos la frase de la Colonia “se obedece pero no se cumple”, para caracterizar un acatamiento formal de las normas mientras se sigue obrando como si no existieran. A pesar de que hoy la inflación, 7%, es la cuarta parte de hace una década, y el desempleo es el doble, 18%, cualquier exceso de la inflación respecto a la meta que fija en forma autónoma el Banco de la República induce acciones inmediatas y enérgicas para corregirlo, a menos que el Banco estime que la desviación es accidental y transitoria. En cambio un aumento del desempleo o una reducción del paupérrimo crecimiento económico, simplemente llevan a ajustar las presuntas “metas” hacia abajo, sin que el banco central intente corregir la anomalía.

El tercer ejemplo tiene que ver con la forma como las restricciones impuestas por los acuerdos con el FMI obligan a un manejo ineficiente de las reservas internacionales y la deuda externa. Hace unos años se hizo un escándalo cuando algunos economistas señalamos que podría ser conveniente, en lugar de usar créditos externos obtenidos a una tasa de 11% o más en dólares, para colocar buena parte de esos fondos en reservas internacionales que rendían un 3% anual, usar parte de las reservas excesivas para pagar los créditos más costosos. Hoy, por supuesto, esa opción ni siquiera se podría considerar dentro del acuerdo con el FMI, a menos que Colombia estuviera dispuesta a sufrir represalias peores que las que, como narra el profesor, sufrió Etiopía cuando quiso usar parte de sus reservas para prepagar una deuda externa cara.

Otra variante de las restricciones que causan pérdidas directas de ingreso, y que tiene la mayor actualidad, es la existencia de un tope fiscal y de endeudamiento arbitrario para el sector público, que hoy impide que Ecopetrol financie una inversión de altísima rentabilidad, como sería la explotación por su cuenta del gas de la Guajira. Como señaló Mauricio Cabrera, economista colombiano independiente, en el diario Portafolio, el tope de endeudamiento para el sector público obligará a que la explotación del yacimiento se ofrezca a una empresa privada. ¿Será, acaso, un exceso de suspicacia señalar que la multinacional a la que se le ha ofrecido el contrato podrá extraer condiciones muy atractivas al saber que el gobierno carece de opciones, pues el tope global de endeudamiento externo y de déficit fiscal le impide a Ecopetrol adelantar por su cuenta la explotación? Si lo que describe Mauricio Cabrera no es un atentado contra el ingreso nacional, no sé cómo se lo pueda llamar.

Podría citar muchos otros ejemplos de decisiones puntuales subóptimas, dictadas por el FMI o tomadas de manera autónoma, y de diseños de política económica que se parecen a lo que el profesor Stiglitz encontró en su experiencia internacional. La revaluación real del peso, inducida durante varios años por flujos de capitales de corto plazo, antes de que el Banco de la República aceptara imponer algunos controles, que ya desmontó bajo presión del FMI. Los terribles excesos monetarios y de déficit de la cuenta corriente de la balanza de pagos durante la mayor parte de los 90. Los aumentos mortales de las tasas de interés en un intento fallido de evitar que el dólar alcanzara su nivel real. La política fiscal procíclica, una vez la economía se empezó a debilitar, etc.

Sin embargo, más allá de las deficiencias particulares de la política monetaria, cambiaria y fiscal, creo que el manejo de la economía debe aceptar alguna responsabilidad en el estancamiento de este país, que hasta hace una década ostentaba un récord de crecimiento singular en América Latina. Si uno no lo oyera y leyera todos los días encontraría difícil creer que quienes desde hace más de una década manejan la política económica sigan pretendiendo que ese fracaso colosal no tuvo nada que ver con ellos. A comienzos de los 90, la tradición de crecimiento rápido de Colombia todavía estaba tan fresca que un ex ministro de Hacienda acuñó la definición de “recesión a la colombiana” como “un crecimiento anual de menos del 3%”. Qué lejos se ven esos tiempos. La tasa media de crecimiento anual desde 1998 fue virtualmente cero.

Se esgrime como coartada que a Colombia le fue, durante los últimos años, más o menos como a América Latina. O incluso mejor, cuando el Gobierno escoge con quién compararse. Pero ello sólo prueba que las mismas políticas tienen los mismos efectos. Bajo la égida del FMI, o por su propia cuenta, los países cometieron los mismos errores de sobrevaluación de sus monedas, de uso de tasas de interés asesinas y de políticas fiscales procíclicas.

El problema de enfoque trasciende la discusión de las consecuencias de medidas específicas, sobre las que siempre habrá margen para el debate aunque, como subraya Cecilia López, no siempre se encuentran espacios para realizarlo. Como economista independiente quiero decir que detecto un giro muy preocupante de la política económica no solamente hacia el neoliberalismo ingenuo sino hacia el simplismo absoluto.

Décadas de avances conceptuales y de experiencias prácticas respecto a la posibilidad y la conveniencia de ejecutar políticas anticíclicas fueron arrojadas a la caneca, y muchos distinguidos funcionarios del gobierno y del banco central no han vacilado en calificar tales avances de “obsoletos”. La idea fundamental de la optimización de una función de bienestar social con objetivos múltiples y beneficios decrecientes en cada variable fue sacrificada en el altar de metas absolutas. La distinción entre los costos económicos, sombra o de oportunidad, y los costos contables, que es de importancia crucial en un país donde la mitad de su fuerza de trabajo está desempleada o subempleada, quedó relegada a los libros de texto. Los medios fiscales se identificaron con los fines. Y así podría seguir.

Es refrescante oír al profesor Stiglitz poner los puntos sobre las íes. Es una enorme contribución al debate económico en Colombia. Pero antes de terminar esta reflexión creo que sería imperdonable no aprovechar la oportunidad para destacar, ante nuestros ilustres visitantes, una característica singular de la situación colombiana que ojalá pudiera ser examinada por el profesor Stiglitz y por su excelente equipo de economistas, en relación con la política económica. Esa característica es la de ser el único país de América Latina, y uno de los pocos del mundo, con una guerrilla económica y política.

La pretensión de la guerrilla de encarnar aspiraciones populares carece de sentido pero, usando un símil médico al que a veces nos gusta recurrir a los economistas, y que según veo el profesor Stiglitz no desdeña, yo diría que la guerrilla colombiana es una terrible enfermedad que medra en un organismo social debilitado y desnutrido.

Probablemente sea cierto, como señala el profesor Stiglitz, que aun si Colombia resolviera el problema de la guerrilla podría continuar en serios problemas económicos. Ya he señalado que, en mi opinión, el desplome del crecimiento en la última década y el aumento de la pobreza no fueron causados por la guerrilla, como ahora pretenden afirmar las autoridades, sino por políticas económicas inadecuadas. Sin embargo, dudo mucho que Colombia pueda resolver sus problemas económicos mientras no alcance la paz.

La razón para mencionar el asunto en este contexto es que me parece que la existencia de la guerrilla impone condiciones especiales a la política económica. Por ejemplo, respecto a los objetivos, a primera vista parece razonable que un país acosado por la subversión considere más importante reducir el desempleo que reducir la inflación, y que la distribución del ingreso, que ha tendido a empeorar desde hace varios años, no se deje simplemente a “la mano invisible”, para no hablar de otras manos más tangibles e inquietantes.

Tener en cuenta esa situación singular, cuando se definen las prioridades de la política económica, ya sería un avance importante. Pero creo que el asunto también tiene que ver con el diseño de las políticas. Por ejemplo, no estoy seguro de que los recursos que se requieren para ganar la paz, esto es, para efectuar las inversiones militares y sociales indispensables, se puedan canalizar en forma compatible con el equilibrio macroeconómico, a menos que se recurra a instrumentos adicionales a los que usaría un país libre de ese problema. En fin, la política económica adecuada es diferente en un país en paz que en uno en guerra contra la subversión y contra su caldo de cultivo, la miseria.

Volviendo al símil médico, así como hay todavía algunos países con viruela y con enfermedades ya erradicadas en el resto del mundo, que en cierta forma representan una oportunidad para los científicos, creo que nuestra aparente incapacidad para hacer lo necesario para ganar la paz ofrece un tema de estudio eventualmente apasionante para los académicos. Siempre he creído que la erradicación de la miseria y la conquista de la paz sólo serán posibles canalizando nuestros propios recursos, y desconfío profundamente de cualquier enfoque asistencial del exterior, ya sea que las donaciones sean armas o alimentos. Pero quiero decirles a nuestros distinguidos visitantes que las contribuciones intelectuales serán especialmente bienvenidas.


NOTAS AL PIE

* Realizada en Bogotá el 6 de marzo de 2003 en Compensar.

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