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Revista de Economía Institucional

versión impresa ISSN 0124-5996

Rev.econ.inst. v.5 n.8 Bogotá jun. 2003

 


EL MODELO PROPIO: TEORÍAS ECONÓMICAS E INSTRUMENTOS


THE PROPER MODEL: ECONOMIC THEORIES AND INSTRUMENTS


de Eduardo Sarmiento Palacio, Bogotá, Editorial Norma S.A., y Editorial Escuela Colombiana de Ingeniería, 2002, primera edición, 494 páginas.



Lucía Montoya*

* Profesora de la Facultad de Economía de la Universidad Externado de Colombia, calle 12 n.o 1-17 este, Bogotá, l_restre@yahoo.com Fecha de recepción: 24 de enero de 2003, fecha de aceptación: 10 de febrero de 2003.



La interpretación de cualquier escrito depende de nuestro quehacer. El mío es la docencia y tengo la tendencia a leer este tipo de obras como posibles libros de texto. Desde esta perspectiva, el nuevo libro de Eduardo Sarmiento, El modelo propio, tiene una virtud indiscutible: presenta una metodología para criticar un enfoque económico y las políticas que de él se derivan.

Su autor sigue el siguiente esquema. Primero, hace una síntesis de la visión neoclásica y expone las críticas a sus principios y a sus implicaciones de política. Segundo, presenta un enfoque alternativo que conjuga ideas de los grandes economistas y de su propia cosecha. Tercero, analiza el caso colombiano, en particular la evolución de la economía colombiana en los 90. En esta parte hace un esfuerzo enorme para demostrar que la apertura y la liberalización son la cristalización de los principios neoclásicos y que las políticas adoptadas por el país en la década pasada son producto de la adopción de ese enfoque. Por último, desarrolla sus propuestas.

Este método de exposición y crítica tiene el valor pedagógico de vincular continuamente los elementos teóricos, la evidencia empírica y las decisiones de política. Se parte de los principios más abstractos, se prosigue con el análisis y las propuestas de política macroeconómica y sectorial, hasta llegar, en algunos casos, al análisis estadístico y conceptual del potencial de industrias específicas, para, finalmente, sugerir estudios que permitan obtener los elementos de juicio necesarios para tomar decisiones de política.

Las ideas fundamentales se repiten una y otra vez en los diferentes capítulos. Esta reiteración es positiva desde una perspectiva docente, pues los estudiantes sólo incorporan a su pensamiento los conceptos que han estudiado y utilizado repetidamente en diferentes contextos.

En este esfuerzo pedagógico también tiene gran importancia la estructura formal del libro. Cada capítulo se divide en temas cortos que facilitan la lectura, y las conclusiones son un excelente resumen de los aspectos tratados en el capítulo respectivo.

No obstante, quizá por su énfasis polémico, el autor hace algunas afirmaciones que requieren ser matizadas y puestas en contexto, pues el lector no especializado puede interpretarlas como verdades literales, así no sean del todo exactas. Por ejemplo, afirma que el modelo neoliberal deja de lado las economías externas y las prácticas monopolísticas. En realidad, son notables los avances de la teoría económica ortodoxa en la incorporación de tales realidades.

Tampoco es exacto cuando argumenta que el Banco de la República hace el seguimiento de su política atendiendo al comportamiento de los medios de pago y no del crédito. De hecho, el agregado que se utiliza en el diseño de la política monetaria es M3, que -como se sabe- es un indicador de la cartera del sistema financiero.

Pasemos ahora de la forma de exposición al análisis del contenido. A medida que se avanza en la lectura se aprecia una versión moderna del debate entre Ricardo y Malthus. Por un lado, el autor defiende el principio de la demanda efectiva con armas propias del arsenal keynesiano. Por otro lado, están los defensores modernos de las teorías de la oferta apoyados en Say y Walras.

Las acciones ofensivas del primer grupo buscan destruir las fortalezas teóricas asociadas a la ley de Say, así como sus construcciones políticas y económicas. La globalización aparece, entonces, como la materialización de las teorías neoclásicas y, por tanto, como blanco obvio de la artillería pesada de Sarmiento.

¿Cuál es la estrategia de este ataque? El título de la obra anuncia que la idea de “modelo” ordena la exposición: el “modelo” neoclásico, en la medida en que presupone condiciones de funcionamiento de la economía que no corresponden a la realidad colombiana, lleva a diagnósticos equivocados y, por tanto, a políticas erróneas. Los problemas de nuestra organización económica actual residen en la adopción del “modelo” neoliberal impuesto por el Consenso de Washington.

¿Es el concepto de “modelo” apropiado para analizar una realidad social? Me hice esta pregunta cuando leía una publicación del dnp , de comienzos de 2002, dirigida por Juan Carlos Echeverri. La tesis de este trabajo intenta descalificar el concepto de “modelo” como herramienta para el análisis social. Ese enfoque -según sus autores- es equívoco y sintético. Significa algo diferente para cada analista y no recoge la multiplicidad de factores económicos e institucionales presentes en cualquier sociedad. En sus palabras, “un modelo no describe un conjunto coherente de fenómenos que permitan una discusión informada”.

Mi experiencia personal me lleva a creer que, por lo menos, en la calificación de “equívoco” otorgada al concepto de modelo el documento tiene toda la razón. Una conversación con César González –ex presidente de Asobancaria y reputado consultor– sobre la existencia de un modelo económico en la Colombia de los 90 se centró más en la discusión de lo que cada uno entendía por modelo que en la exploración del tema que nos había reunido.

Parece claro que los análisis en términos de “el modelo” dificultan el acuerdo entre personas de diferentes posturas teóricas y políticas.

Por otro lado, la incapacidad de los modelos económicos para simplificar una realidad social se ha hecho cada vez más evidente con el auge de la economía institucional y la consiguiente importancia de factores no económicos para explicar el desempeño de los diferentes países.

En el caso colombiano, hay una pregunta clave para evaluar la pertinencia del concepto de “modelo”. ¿Tiene Colombia un modelo claramente definido? Según Sarmiento, sí. Y el objeto de su libro es criticar ese “modelo”, que califica de neoliberal, y proponer un “modelo” propio.

Pero no hay unanimidad al respecto. Para algunos analistas, las normas constitucionales y legales introducidas en los 90 no constituyen un cuerpo de reformas que se puede calificar de neoliberal. Para otros, las decisiones de política no tuvieron la coherencia que exige el modelo. Es decir, no existió la disciplina fiscal que exigía el modelo de apertura y de banca central autónoma, con el consiguiente sesgo pasivo de la política monetaria.

El énfasis del autor en el modelo lo lleva a buscar la causa de todos nuestros males en el modelo neoliberal o de apertura adoptado por la economía en los 90.

Esto podría explicar que un economista de su talla, crítico acerbo de los análisis del Banco Mundial y del fmi por dejar de lado factores institucionales e históricos, no mencione la intensificación de la guerra y el fenómeno del narcotráfico como factores explicativos del actual estado de cosas. O que, en temas más concretos como la ruptura del Pacto cafetero afirme que “los economistas neoliberales convencieron a la sociedad colombiana de que el desmonte del Pacto induciría una competencia que elevaría la productividad y el bienestar de las familias cafeteras”, olvidando factores geopolíticos como la finalización de la Guerra Fría y la consiguiente pérdida de interés político de Estados Unidos en el Pacto. O que, en sus análisis internacionales reduzca la crisis japonesa, la rusa y la de los tigres asiáticos al desmonte de la protección que implicó la globalización.

En el texto, el concepto de modelo es el eje del análisis de la economía colombiana en la década de los 90 y es también el concepto utilizado para hacer una propuesta diferente para el manejo de esa economía.

La crítica fundamental de Sarmiento al modelo neoliberal es que se basa en teorías cuyos supuestos no corresponden a la realidad colombiana. Pero, ¿tiene en cuenta el “modelo propio” las restricciones que le imponen a un país como Colombia las nuevas realidades políticas y la hegemonía de un nuevo enfoque económico?

Sarmiento parece reconocer la importancia de esos factores cuando afirma: “las instituciones multilaterales han establecido márgenes de tolerancia que cuando son superados se interpretan como signos de crisis económica”. Pero parece subestimarlos cuando propone políticas que, al no contar con el visto bueno de los mercados, pueden originar un encarecimiento del crédito o una corrida de capitales que precipite una crisis cambiaria.

En un mundo donde la corriente principal califica como “bueno” todo lo que tienda a la liberación de los mercados internos e internacionales, a la flexibilización laboral, y a la reducción de la intervención estatal, del déficit fiscal y de la inflación, muchas de las propuestas del “modelo propio” llevarían a la comunidad financiera internacional a rebajar sensiblemente las calificaciones de Colombia en muchos aspectos.

Ejemplos de ese tipo de propuestas son las siguientes: 1) emisión para financiar el déficit fiscal como única posibilidad de política fiscal exitosa, 2) legislación laboral que imponga limitaciones a los despidos, 3) regulación del crédito, 4) tipo de cambio administrado, 5) control del comercio exterior, 6) limitaciones a la autonomía del banco central, 7) exigencia a las multinacionales de producir en el país los insumos en vez de importarlos. En síntesis, el realismo de los supuestos es importante no sólo para la esfera económica sino también para la esfera política.

Los méritos del libro son muchos, pero quisiera destacar solamente los que tiene como texto. En primer lugar, ofrece una nueva perspectiva para mirar la economía y la política económica colombiana, y lo hace con un método de exposición de grandes virtudes pedagógicas.

Para estudiantes educados en un enfoque que privilegia la oferta y las decisiones del mercado es muy enriquecedor el contacto con una obra que reivindica el papel de la demanda y de la intervención estatal en la economía. Además, en la explicación y defensa de esta aproximación teórica el autor hace una excelente revisión de la teoría del ciclo del producto y la introducción del crédito en la presentación formal del problema de la insuficiencia de demanda.

Si el libro se aborda sin el ánimo de tomar partido por uno u otro modelo, se encuentran elementos que arrojan mucha luz para el diagnóstico de la realidad colombiana, así como sugerencias de política macroeconómica y sectorial que son a la vez viables y muy inteligentes. En ese sentido, la comunidad académica encontrará una fuente inagotable de reflexiones; y los formuladores de política, un arsenal de ideas y sugerencias de gran potencial.

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