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Revista de Economía Institucional

versión impresa ISSN 0124-5996

Rev.econ.inst. v.5 n.9 Bogotá dic. 2003

 


ENTRE LA MODERNIDAD Y LA REPRESIÓN: UNA APROXIMACIÓN A LA SOCIEDAD INGLESA ANTES DE LA PRIMERA GUERRA MUNDIAL


BETWEEN MODERNITY AND REPRESSION: AN APPROACH TO THE ENGLISH SOCIETY BEFORE WORLD WAR I



Mario García Molina*

* Profesor de la Universidad Externado de Colombia y de la Universidad Nacional de Colombia. Agradezco la financiación de este artículo a la Facultad de Economía de la Universidad Externado; y los comentarios y sugerencias de Mauricio Pérez, dos árbitros anónimos y los asistentes a varios cursos de pensamiento económico de las dos universidades. Fecha de recepción: 18 de septiembre de 2002, fecha de aceptación: 18 de julio de 2003.


RESUMEN

[Palabras clave: modernidad, represión, sociedad inglesa, imperialismo inglés, Keynes; JEL: B10, B19, Z19]

A partir de fuentes literarias y siguiendo algunos lineamientos teóricos de Marshall Berman y Benedict Anderson este ensayo esboza algunas tendencias clave de la sociedad inglesa antes de la Primera Guerra Mundial. La modernización económica y el imperialismo surgen en un momento en que las vanguardias culturales (el modernismo) pasan a segundo plano. La represión religiosa, sexual y política, que completa el panorama, favoreció el miedo a las rupturas y discontinuidades internas relacionadas con la experiencia de la modernidad; en cambio, se usaron las convenciones y otros mecanismos para crear en su lugar la ilusión de continuidad.

ABSTRACT

[Key words: modernity, repression, English society, English imperialism, Keynes; JEL: B10, B19, Z19]

Based on literary sources and following Marshall Berman and Benedict Anderson’s theory, this article outlines some key tendencies of English society prior to World War I. Economic modernization and political imperialism emerged while the cultural avant garde (i.e. modernism) was pushed into the background. Religious, sexual and political repression completed the picture and supported the fear of inner ruptures and discontinuities related to the experience of modernity; in contrast, conventions and other mechanisms were used to create the illusion of continuity in their place.



Los economistas solemos aproximarnos a la historia del pensamiento a partir de las teorías económicas. Si bien este es un método válido, no es el único y no deja de tener sus riesgos, en particular el del anacronismo. Cuando un escritor del siglo XVIII se hacía una pregunta sobre el valor, ¿pensaba lo mismo que nosotros cuando la hacemos en el XXI? El problema es bastante claro para los historiadores y los antropólogos, para quienes es más evidente que, ya sea por diferencias en el tiempo o en el espacio, se deben enfrentar con sujetos cuyas expresiones aparentemente claras pueden tener significados inesperados para el oyente ajeno a esa cultura.

El presente ensayo esboza, a partir de fuentes literarias1, los rasgos sobresalientes del ambiente intelectual de la Inglaterra en que se formó John Maynard Keynes y que dio lugar a lo que Shackle llamara “los años de la alta teoría” del período de entreguerras. Así podremos aproximarnos con nuevos ojos, en estudios posteriores, a la teoría de Keynes y a la lectura que le dieron sus contemporáneos.

LA MODERNIZACIÓN

La aproximación más familiar está dada por la evidencia de los economistas. El Reino Unido fue el primer país del mundo en industrializarse, tuvo un crecimiento per cápita sostenido desde 1820 y redujo la proporción de su población agrícola hasta llegar al 8% en 1913, la más baja del mundo en ese momento (Lewis, 1978, 10n). No es casual que allí aparecieran La riqueza de las naciones, de Adam Smith y los Principios de economía política de David Ricardo. El proceso de crecimiento continuo se extendió en la primera mitad del siglo XIX a Estados Unidos, Francia, Bélgica y Alemania, en ese orden (ibíd., 9). A partir de la década de 1870, la reducción de los costos de transporte condujo a una etapa de globalización con un régimen de patrón oro y la librecambista Gran Bretaña a la cabeza.

La tasa de crecimiento de la industria bajó paulatinamente durante el mismo período, Alemania y Estados Unidos se acercaron al nivel británico mediante políticas proteccionistas. El peso específico de Inglaterra, sin embargo, no se debe menospreciar (Lewis, 1978; Madison, 1964). En 1912, a finales de ese período de globalización, cerca del 15% de las 100 más grandes firmas industriales globales eran inglesas o galesas; más aún, sus posibilidades de supervivencia en el siglo siguiente resultaron ser mayores que las de sus homólogos estadounidenses o alemanes (Hannah, 1998).

A esto hay que añadir la segunda Revolución Industrial que, como resultado de avances en la química orgánica e inorgánica, llevaron a la supremacía de los sectores eléctrico, químico y de construcción de máquinas (Mommsen, 1969, 45). Mientras que las revoluciones industrial y agrícola de los primeros tres cuartos del siglo XIX se basaron en nuevas formas de hacer lo mismo (fabricación de hierro, textiles y vestidos; cultivo de cereales y transporte de mercancías), la revolución del último cuarto del siglo XIX giró en torno de la fabricación de bienes distintos –teléfonos, gramófonos, máquinas de escribir, cámaras fotográficas y automóviles–, en un proceso que continuaría en el siglo XX. “En consecuencia, un hombre rico de 1870 no poseía nada que no hubiese poseído un hombre rico de 1770; podía tener más o más grandes casas, más vestidos, más retratos, más caballos y carruajes, o más muebles que un maestro de escuela, por ejemplo, pero lo más probable es que su riqueza se manifestara en el número de sirvientes que empleaba, más bien que en el disfrute personal de bienes” (Lewis, 1978, 28). En todo caso, Lewis deja claro que éstas no fueron revoluciones de consumo masivo y que no requerían una estructura igualitaria de la sociedad.

El progreso económico tuvo impactos sobre la vida de la gente. El bienestar parece haber aumentado, a juzgar por el incremento en la expectativa de vida: de 38 años en 1829 a 41 en 1871 y a 53 en 1921, favorecido por las mejoras en salubridad, en particular por la prevención y tratamiento de enfermedades infecciosas (Easterlin, 2000). El incremento de las tasas de alfabetismo fue rezagado y lento en comparación con los países escandinavos, Alemania y Estados Unidos; las tasas de alfabetización inglesas permanecieron constantes entre 1750 y 1840, aunque aumentaron considerablemente para 1900. En 1840, dos terceras partes de los novios y la mitad de las novias estaban en capacidad de firmar en la ceremonia de boda, mientras que para 1900 el 97% de ambos grupos estaba en capacidad de hacerlo; así mismo, el uso de libros, periódicos y correo aumentó marcadamente entre 1840 y 1870 (Mitch, 1982).

Los logros económicos representaron el triunfo de la razón, aunque este triunfo tuvo sus costos en las condiciones de vida de los trabajadores, como se puede apreciar en las obras de Dickens. Aunque debieron mejorar en la segunda mitad del siglo XIX, es posible que la percepción de su nivel de vida empeorara porque las expectativas de los trabajadores crecieron de manera más rápida que las condiciones reales.

EL IMPERIO

El menor costo de transporte, la globalización y las grandes extensiones de ultramar ya controladas por los Estados europeos ayudaron a consolidar el imperialismo, la segunda de las claves fundamentales del período. El imperialismo inglés era, según Anderson (1991), un nacionalismo oficial basado en la anglicanización de los habitantes de un imperio que abarcaba multitud de culturas distintas, dispersas e inconexas, a lo largo y ancho del planeta. La reina Victoria simbolizaba la fusión entre la nación y el imperio en un momento en que las dinastías, amenazadas junto con el antiguo régimen, buscaban una nueva forma de legitimidad que no fuese de origen divino.

Aunque fueron respaldados por el desarrollo del capitalismo, los valores del imperio eran fundamentalmente aristocráticos. Arno Mayer (1981) señala que, si bien la industria se expandía, los patrones sociales eran más renuentes al cambio. Los burgueses hacían todo lo posible por renunciar a su origen y parecerse a los aristócratas, adoptando sus valores y estilo de vida. La tierra mantenía un importante papel como símbolo de estatus, que se reforzaba mediante una educación elitista.

Los valores imperiales se reproducían en las escuelas públicas, a las que sólo podía ingresar un grupo muy selecto de jóvenes. En Stalky y Cía, Kipling hace un divertido recuento de la vida en estas escuelas, donde los muchachos crecían en medio de una cultura clásica y de valores ingleses y se aprestaban despreocupadamente a gobernar el mundo. Aunque buena parte de la actividad de los héroes de esta novela consiste en la realización de travesuras que ponen en cuestión la jerarquía interior del colegio, nunca cuestionan la cultura inglesa que reciben. Fue en Eton, una de estas escuelas, en donde estudió Keynes antes de entrar a la Universidad de Cambridge, y en ella a King’s, el college que tenía nexos más cercanos con Eton y que formaba un grupo cerrado para quienes no hubieran tenido la fortuna de nacer en la familia adecuada.

Rudyard Kipling fue uno de los exponentes mejor conocidos de la idea imperial. Nacido en Bombay en 1865, pero criado de los 6 a los 16 años en el ambiente de las escuelas públicas inglesas que retrató en Stalky y Cia.2, Kipling mostró en sus obras el ideal de un hombre que conserva el ethos inglés aunque viva en los confines del mundo. Tal era el resultado de la política de educación inglesa a largo plazo para la India que, desde la década de 1830 propuso una política de expansión del sistema educativo inglés que debería crear “una clase de personas, de sangre y color indios, pero de gustos, opiniones, moral e intelecto ingleses” (citado por Anderson, 1991, 133). Parte de esta moral era la creencia en la atemporalidad de una Inglaterra destinada a existir para siempre, como se aprecia en las historias para niños recopiladas en Puck, que Kipling publicó en 1906, un año antes de recibir el premio Nobel.

Puck es un duende que se aparece a unos niños ingleses y los educa y divierte con historias de la “vieja Inglaterra”; pero antes de contarlas, los invita y declara, en nombre del roble, el fresno y el espino, “en posesión legítima de la vieja Inglaterra” (Kipling, 1906a, 13). El significado de los términos de tal declaración se hace evidente en la “Canción de un árbol”, que aparece en el mismo libro:

De los árboles todos que tan bellos crecen,
engalanando a la Inglaterra vieja,
ninguno tan noble bajo la luz del sol
como el Roble, y el Fresno, y el Espino [...] (Kipling, 1906a, 25).

Y vivirá Inglaterra hasta el día del juicio
con el Roble, y el Fresno, y el Espino (Kipling, 1906a, 26).

Inglaterra adquiere una característica mágica, tanto por las propiedades del roble, el fresno y el espino, como por su relación con Puck. En efecto, es de presumir que se trata del mismo Puck de El sueño de una noche de verano, ya que ha sido invocado sin querer por los niños al representar la obra tres veces seguidas en víspera de san Juan (es decir, en la noche mágica del solsticio de verano) y en determinado lugar (Kipling, 1906a, 9). La alusión a la comedia de Shakespeare remite a uno de sus personajes, la Reina de las Hadas, que retrataba a Isabel I, la reina virgen que debía encabezar un reino basado en una religión pura (Yates, 1979, 252)3. Pero el origen sobrenatural de la dinastía incluye ahora la idea de una nación inglesa y es presentado por alguien nacido en la India pero con mentalidad y lengua inglesa.

El imperio creaba la ilusión de una civilización, de un entorno inmutable y extenso que permitía dar la vuelta al planeta sin dejar de tocar suelo inglés, como intentan hacer los héroes de La vuelta al mundo en 80 días. El mundo entero no era más que una extensión de Inglaterra, que a lo sumo permitía traer a casa recuerdos exóticos4, a la vez que se llevaba el progreso y la civilización a esos remotos parajes. Al mismo tiempo, a partir de la década de 1830 y como resultado de la política educativa de largo plazo ya mencionada, la lengua inglesa se convertía en el idioma administrativo que permitía la comunicación y el control en el imperio. No es de extrañar, pues, que fuera la lengua del imperio la que un marinero retirado escogiera para contar las historias de su vida en los confines del mundo. Joseph Conrad presentó en inglés algunas de las más lúcidas críticas al imperialismo y retrató mordazmente el progreso que llegaba a los pueblos africanos en relatos como Una avanzada del progreso y El corazón de las tinieblas.

UN PALACIO MODERNO

Tal vez la mejor representación de la Inglaterra de finales del siglo XIX y comienzos del XX, ocurrió con motivo de la erección del Palacio de Cristal, expresión temprana y brillante de la modernidad inglesa. El Palacio fue construido por Joseph Paxton para la Gran Exposición Internacional de 1851, desarmado y reconstruido en versión ampliada en 1854 y destruido finalmente en un misterioso incendio en 1936. Paxton propuso previamente la creación de un sistema de transporte masivo para Londres basado en trenes subterráneos mucho tiempo antes de que se empezara a hablar del metro (Berman, 1982, 255). El Palacio de Cristal “fue tal vez el primer gran edificio público concebido y construido exclusivamente por ingenieros, sin participación de arquitectos en la obra” (Berman, 1982, 250) y muestra las posibilidades de la modernización y la modernidad.

El Palacio, sin embargo, provocó una explosiva controversia pública y fue duramente criticado por la cultura oficial británica. Ruskin, en particular, lo condenó “como parodia de arquitectura y ataque frontal a la civilización. La burguesía disfrutó de la exposición, pero rechazó el edificio y volvió a construir estaciones de ferrocarril arturianas y bancos helenísticos” (ibíd., 246). ¿Cómo fue posible tal rechazo en el país más avanzado económicamente?

Aunque Inglaterra fuera la cuna de la modernización económica, creó un ambiente contrario al modernismo precisamente porque la búsqueda de valores aristocráticos e imperialistas significaba la preferencia por lo “antiguo” y el rechazo a lo que pareciera nuevo. En palabras de Perry Anderson, “Inglaterra, el pionero de la industrialización capitalista y amo del mercado mundial durante un siglo, [...] con Eliot y Pound a la cabeza, y Joyce al margen, no produjo movimiento modernista alguno de mayor o menor significación en las primeras décadas de este siglo” (Anderson, 1984, 88)5.

La historia que se nos cuenta tradicionalmente es la de las sucesivas victorias del progreso o, lo que vendría a ser lo mismo, de lo moderno. Un aporte del libro de Marshall Berman (1982), Todo lo sólido se desvanece en el aire, es el de distinguir entre modernización, o progreso económico; modernismo, que es su expresión cultural; y modernidad, la experiencia vital de encontrarse en un mundo en permanente transformación.

MODERNIDAD

Berman define la modernidad como la experiencia de “encontrarnos en un entorno que nos promete aventuras, poder, alegría, crecimiento, transformación de nosotros y del mundo y que, al mismo tiempo, amenaza con destruir todo lo que tenemos, todo lo que sabemos, todo lo que somos. [...] Ser modernos es formar parte de un universo en el que, como dijo Marx, ‘todo lo sólido se desvanece en el aire’” (Berman, 1982, 1).

Tal experiencia se observa en los aspectos económicos de la Europa globalizada del último tercio del siglo XIX, cuando las economías nacionales se tornaron dependientes de las vicisitudes del mercado mundial en un grado hasta entonces desconocido en el continente. “Las coyunturas y las crisis, las situaciones inciertas de la economía internacional, intervenían profundamente en la economía de cada país. Al gran optimismo progresista de los contemporáneos se alió un sentimiento de inseguridad y riesgo económico y social. Si hasta entonces la burguesía se había sentido segura de su posición en la estructura social, garantizada en gran medida por el Estado, ahora se veía expuesta, sin apenas protección, a las oscilaciones de la economía que no podían ser calculadas racionalmente” (Mommsen, 1969, 39).

La modernidad reveló la impotencia de la razón y del cálculo racional para protegerse ante el mundo incierto. Los contemporáneos, en Inglaterra y el resto de Europa, reaccionaron fingiendo una continuidad inexistente. Los protagonistas de Jude the Obscure, la última novela de Thomas Hardy, sufren al enfrentar un mundo que niega la existencia y la posibilidad de cambio que Jude y Sue intentan introducir en su vida cotidiana en los pequeños pueblos del suroeste inglés. Paradójicamente Jude, al igual que el autor Thomas Hardy, se gana la vida como constructor de edificaciones del renacimiento gótico. Jude se siente “mísera víctima del espíritu de desasosiego mental y social que hace a tantos desdichados hoy en día” (Hardy, 1896, 390)6.

La escena inicial marcará la existencia de Jude al brindarle un ideal imposible, estudiar en la universidad de Christminster, uno de esos centros educativos cerrados que ya mencionamos. La escena comienza con una ruptura, la partida del profesor local, que sin embargo el rector de la escuela oculta rápidamente en su mente. “El rector se había ido por ese día, pues era un hombre a quien no le gustaba ver cambios. No pensaba volver hasta avanzada la tarde, cuando el nuevo profesor hubiera llegado y se hubiera asentado, y todo hubiera vuelto a la calma” (ibíd., 1).

Se trata de la misma actitud que Keynes describe en Las consecuencias económicas de la paz.

Pocos son los que se hacen cargo de la condición desusada, inestable, complicada, falta de unidad y transitoria de la organización económica en que ha vivido la Europa Occidental durante el último medio siglo. Tomamos como naturales, permanentes y de inexcusable subordinación algunos de nuestros últimos adelantos más particulares y circunstanciales, y, según ellos, trazamos nuestros planes. Sobre esta cimentación falsa y movediza proyectamos la mejora social; levantamos nuestras plataformas políticas; perseguimos nuestras animosidades y nuestras ambiciones personales, y nos sentimos con medios suficientes para atizar, en vez de calmar, el conflicto civil en la familia europea (Keynes, 1919, 9).

Sería fácil descartar esta actitud como una evasión de la realidad, sin embargo se trata de un fenómeno más complejo. Ante el cambio, se crea la ilusión de continuidad, que permite seguir actuando sin tener que modificar todos los patrones previos ni sufrir plenamente la angustia de la condición moderna. Esta es también la condición del especulador del mercado bursátil que, al no tener asidero en el cálculo de probabilidades para sus decisiones, basa sus actividades en una convención; y es la misma condición de quienes, al encontrarse en naciones nuevas, prefieren imaginarlas antiguas. En este sentido, las comunidades imaginadas (Anderson, 1991), la invención de la tradición (Hobsbawn y Ranger, 1983) y la creación de convenciones (Keynes, 1937) cumplen funciones análogas: crean imágenes de persistencia y continuidad para cubrir las fracturas de la modernidad.

ABSTINENCIA Y REPRESIÓN

La ilusión de continuidad tenía un precio; se debían esconder y reprimir las nuevas tendencias que pujaban por salir, pero la abstinencia las estimulaba de modo enfermizo. Al mismo tiempo, el descubrimiento del inconsciente estimulaba la sensación de dicotomía y distanciamiento con una parte fundamental del ser. Si algunas técnicas, como el flujo de conciencia o más tarde la escritura automática de los surrealistas, intentaban acercase al inconsciente, el miedo a las tendencias reprimidas se manifiesta en el florecimiento de corrientes marginales, la primera de ellas la literatura de terror7. Los vampiros de Bram Stoker, Anne Crawford, M. R. James8 o Vincent James O’Sullivan, o los personajes malvados de Arthur Machen se pueden ocultar al confundirse con la gente corriente y aparecer en lugares anodinos, excepto acaso porque su poder de fascinación llamaba la atención de vez en cuando.

En estos relatos se reflejaban algunos de los elementos ya mencionados. Drácula intenta ir de la lejana Transilvania a la mismísima capital del Imperio, en lo que se asemeja a una peregrinación frustrada en el sentido de Anderson (1991, 87-88, 160): un viaje causado por el ascenso en un Estado imperial pero lleno de barricadas para quien no fuera inglés, sin importar qué tan imbuido de su cultura estuviera, ni qué tan bien pudiera hablar el idioma9. El miedo al vampiro se podría entender, en este caso, como el miedo a los criollos que en las fronteras del imperio no dejaban de constituir una amenaza para los nacionalistas de Inglaterra10. La amenaza potencial de esta jugada es explícita en una novela reciente, Anno Dracula, que transcurre en un Londres paralelo donde el Conde venció a van Helsing en su enfrentamiento final y los vampiros se extendieron creando graves disturbios sociales hasta que, como único remedio para salvar el Imperio de la disolución, la Reina Victoria se vio obligada a casarse con el Drácula e instaurar una monarquía dual.

Se hace así evidente el aspecto político de la amenaza, que se puede apreciar también en el papel de una de las autoras de este género en la lucha por los derechos de la mujer, Eliza Lynn Linton, o en la crítica social de Mary Cholmondeley. Hay que recordar que este período vio numerosas y enconadas luchas alrededor del sufragio y la educación femenina11.

La represión no se limitaba a la política. Era también represión y abstinencia sexuales que se manifestaron en la obra de Stoker, como revelan las palabras de su autor: “Un análisis detenido mostraría que las únicas emociones que a la larga hacen daño son aquéllas surgidas de los impulsos sexuales, y que cuando nos hayamos dado cuenta de ello habremos puesto el dedo en el verdadero punto de peligro” (citado por Hindle, 1994, xv). Hindle va más allá en su interpretación del miedo al Conde, como miedo al propio impulso homoerótico reprimido de Stoker hacia su socio en una compañía teatral.

Al tiempo que se condenaba el homosexualismo (recordemos el juicio que en 1895 acabó con Oscar Wilde), estaba bastante extendido en la universidad. Se llegó al caso de algún profesor de Cambridge que abrazó la política de instauración de colleges femeninos en el campus para contrarrestar el homosexualismo masculino. No obstante, las críticas a la educación mixta se basaban en la distracción que la presencia de mujeres podía representar para los jóvenes.

La represión de la vida sexual en general se tradujo en un auge de la literatura erótica, en la cual se crea una especie de hermandad entre quienes se dedican al desenfreno y el placer, ya se trate de The Romance of Lust (1873-1876), The Adventures of Lady Harpur (1885) o The Story of Venus and Tannhauser (Beardsley, 1907). Común a todo el género de este período es el rod o rejo con el que se castigaba a los escolares, que alguien llamara “el vicio inglés”. El instrumento de represión en la escuela se invertía aquí al ser utilizado como instrumento de placer igualitario, pues no se usaba contra la voluntad de la otra persona. La aceptación del juego entre personas (no necesariamente adultos, pues participan niños) que consienten y a quienes se evita lastimar o infligir daño alguno es una característica que diferencia esta literatura erótica de la de Sade o Masoch, puesto que el erotismo no es un instrumento de dominio.

Un tercer aspecto de la represión, el religioso, se manifestaba de dos formas: la primera, que fue perdiendo importancia durante el período en cuestión, era la represión de otras religiones (para ser fellow de Cambridge, un profesor debía jurar el dogma anglicano); la segunda y más importante, en las características represivas del anglicanismo y el puritanismo, que se tradujeron por reacción en la aparición de numerosos grupos esotéricos como la Sociedad Teosófica y la Golden Dawn. Un personaje característico de esta última fue Aleister Crowley12. Criado en una familia puritana pero reputado como “el hombre más malvado que haya existido”, practicante de magia y escritor de fantasía, Crowley firmaba en sus diarios como 666 o como O Megatherion, la Gran Bestia (Crowley, 1981), aunque en nuestros días no pasaría de ser un practicante más de los ritos de la era de Acuario.

Los grupos esotéricos a menudo compartían miembros con los grupos socialistas, como fue el caso de Annie Besant, presunta reencarnación de Giordano Bruno y miembro de la Sociedad Teosófica, que también perteneció al grupo de los socialistas Fabianos y fue encarcelada por publicar un escrito en favor del control natal (Besant, 1958; Dalmor, 1989). Entre los exponentes de los grupos socialistas habría que mencionar también a individuos más conocidos como George Bernard Shaw, autor de críticas sociales y obras pacifistas como Arms and the Man.

La abstinencia y la represión crean un mundo dual en el que el monstruo, la bestia, es la contraparte necesaria de la virtud. La dualidad aparece en su forma más clara en dos de los personajes más famosos del período. El Dr. Jekyll, a través de la ciencia, y Dorian Gray, mediante el arte, encuentran la manera de dividir su ser materializando la parte que les desagrada. El Dr. Jekyll, preocupado porque siente dentro de sí tendencias que le impiden ser tan virtuoso como quisiera, logra encontrar la forma de darles una vida separada. La tragedia del Dr. Jekyll y de Dorian Gray es que tan sólo lograrán darles más fuerza aún. La sociedad inglesa, pese a todos sus triunfos modernizadores, no pudo más que reprimir las tendencias modernistas dándoles una apariencia horrorosa, enfermiza y espectral pero igualmente fuerte.

Al igual que en El testamento de Magdalen Blair (Crowley, 1992), al final la razón conduce al horror. Este mundo dividido y reprimido habría de acabar violentamente con la Primera Guerra Mundial. “El aspecto externo de la vida en Inglaterra no nos deja ver todavía ni apreciar en lo más mínimo que ha terminado una época. Nos afanamos para reanudar los hilos de nuestra vida donde los dejamos; con la única diferencia de que algunos de nosotros parecen bastante más ricos que antes. [...] En la Europa continental la tierra se levanta, pero nadie está atento a sus ruidos. El problema [...] es una cuestión de vida o muerte [...]: se trata de las pavorosas convulsiones de una civilización agonizante” (Keynes, 1919, 9-10).

La posguerra trajo la hiperinflación a Europa y una larga crisis a Inglaterra, a pesar del aparente esplendor de los años 20. Y aún más, la guerra de trincheras acabó con toda una generación. En ese mundo desgarrado de la posguerra apareció la Teoría general. Pero la relación entre los elementos aquí comentados y la teoría de Keynes es tema para otro trabajo.


NOTAS AL PIE

1. Con excepción de Hardy, Kipling y Wilde, nos concentraremos en autores menores del cambio de siglo.

2. Kipling vuelve a la India en 1882, viaja a Estados Unidos y Sudáfrica, donde se convierte en admirador de Cecil Rhodes y trabaja como periodista en la Guerra Anglo-Boer; regresa a Inglaterra en 1896 donde vive hasta su muerte en 1936.

3. Kipling era consciente de estas alusiones, como sugiere la erudición que muestra en la obra y el nombre de la niña protagonista, Una, quien representa a Titania, la reina de las hadas en la obra de Shakespeare. El nombre Una fue tomado del Libro I de Faerie Queen de Spencer (Wintle, 1987).

4. Entre esos recuerdos exóticos se encontrarían la traducción de Las mil y una noches de Sir Richard Burton y los estudios sobre los salvajes del Pacífico Occidental que promoviera Malinowski.

5. Aunque se cita con frecuencia a Eliot y Pound como los representantes del modernismo inglés, la afirmación de Anderson se puede entender en el sentido de que la vanguardia más radical representada por Joyce tuvo menor impacto que en el resto del continente.

6. La novela recibió tantas críticas que Hardy, incomprendido, abandonó el campo de la novela y en adelante se dedicó a la poesía.

7. Freud (1919) asoció, a partir de escritos como los de E. T. A. Hoffman, la raíz de la sensación de lo siniestro con la represión de algo que ya fue superado por el yo. Lo siniestro surge, por ejemplo, cuando algo hace que una creencia superada vuelva a aparecer como posible.

8. Contemporáneo de Keynes, el arqueólogo y escritor Montague Rhodes James (1862-1936) pasó su infancia en King’s College, Cambridge y estudió en Eton, a donde volvería como director después de la Primera Guerra Mundial.

9. Jonathan Harker no tiene ningún impedimento para dialogar con el Conde, como sí lo tiene para comunicarse con los demás habitantes de Transilvania. La barrera lingüística es aún más clara en “Dracula’s guest” (Stoker, 1914), un capítulo autocontenido que fue omitido de la novela en su primera edición debido a la extensión del libro publicado.

10. ¿Por qué entonces el Conde habita en Rumania, que a la sazón era parte del Imperio Austro-Húngaro, y no en una de las colonias británicas? Para su novela, Stoker se basó en dos manuscritos que un amigo suyo encontró en Bucarest y que hacían referencia a la historia de Vlad el empalador, Drácula (Llaugé Dausá, 1984). El argumento de Freud sobre lo siniestro podría ser de utilidad: Drácula intenta salir de Transilvania, donde impera la superstición y lo primitivo, y llegar a Londres, donde tales creencias han sido superadas.

11. Las luchas fueron a veces físicas, cuando grupos de hombres opositores a la educación o el sufragio femenino atacaban violentamente los grupos de mujeres que manifestaban públicamente. El reconocimiento de las mujeres en la educación superior fue una de las batallas que dio Joan Robinson, quien no podía avanzar en su carrera a la velocidad de otros, no tan brillantes como ella. Un caso similar ocurrió cuando una mujer obtuvo el puntaje más alto en los exámenes de matemáticas en Cambridge y fue declarada fuera de concurso para dar el primer lugar a un hombre.

12. A la Hermetic Order of the Golden Dawn pertenecieron también Bram Stoker, Arthur Machen y W. B. Yeats (Llaugé Dausá, 1984). Crowley (1875-1947) estudió, sin graduarse, en Cambridge y vivió una agitada y controvertida vida como ocultista, espía, alpinista, novelista y maestro de ajedrez, entre otras actividades. Amigo de Rodin y de Somerset Maugham, es la figura central de la novela de éste último, El Mago (Dalmor, 1989; Farber, 1992).


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