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Revista de Economía Institucional

versión impresa ISSN 0124-5996

Rev.econ.inst. v.7 n.12 Bogotá jun. 2005

 


CONTENIDO Y ALCANCE DE LA EDUCACIÓN LIBERAL
(SEGUNDA PARTE)*


CONTENT AND EXTENT OF LIBERAL EDUCATION
(SECOND PART)



John Stuart Mill

* Conferencia pronunciada en la Universidad de Saint Andrews, Escocia, el 1.o de febrero de 1867. Traducción de Enrique Hoyos Olier, profesor de la Universidad Pedagógica Nacional, revisada por Alberto Supelano y Mauricio Pérez Salazar. La primera parte se publicó en el n.o 11 de la Revista de Economía Institucional, segundo semestre de 2004.


La parte más evidente del valor de la instrucción científica, la mera información que imparte, habla por sí misma. Nacemos en un mundo que no hemos forjado; un mundo cuyos fenómenos tienen lugar de acuerdo con leyes fijas, de las cuales no traemos ningún conocimiento al nacer. Se nos asigna vivir en tal mundo, y en él desarrollamos todo nuestro trabajo. Todo nuestro poder de trabajar depende del conocimiento de las leyes del mundo; en otras palabras, las propiedades de las cosas con las que, entre las que y sobre las que tenemos que trabajar. Podemos depender (y en efecto lo hacemos), para buena parte del acceso a este conocimiento, de los pocos que en cada departamento hacen de su adquisición la principal ocupación de su vida. Pero a menos que se difunda entre la gente un conocimiento elemental de las verdades científicas, nunca sabrán qué es cierto y qué no lo es, o quiénes pueden hablar con autoridad y quiénes no; y o bien tienen fe completa en el testimonio de la ciencia o son los incautos de charlatanes e impostores. Alternan entre la desconfianza ignorante y la confianza ciega, a menudo mal otorgada. Además, ¿quién no querría comprender el significado de los hechos físicos comunes que tienen lugar ante su mirada? ¿Quién no querría saber por qué una bomba sube el agua, por qué una palanca mueve grandes pesos, por qué hace calor en los trópicos o hace frío en los polos, por qué la luna es a veces obscura y a veces brillante, o qué causa las mareas? ¿No sentimos que quien ignora totalmente estas cosas, aunque sea altamente calificado en su profesión, no es un hombre educado sino un ignorante?

Con toda seguridad, no constituye parte pequeña de nuestra educación entrar en posesión de los hechos universalmente más importantes y más interesantes del universo, de modo que el mundo que nos rodea no sea ya un libro sellado para nosotros, carente de interés porque es ininteligible. Ésta es, no obstante, apenas la parte más evidente de la utilidad de la ciencia, y la parte que, si se descuida en la juventud, se puede alcanzar con la mayor facilidad más adelante. Es más importante comprender el valor de la instrucción científica como un proceso de instrucción y de disciplina que prepara el intelecto para el trabajo propio del ser humano. Los hechos son los materiales de nuestro conocimiento; pero la mente en sí misma es el instrumento, y es más fácil adquirir los hechos que juzgar lo que prueban y cómo alcanzar los que deseamos por medio de los hechos que conocemos.

La ocupación más incesante del intelecto humano durante la vida es la búsqueda de la verdad. Siempre necesitamos saber lo que realmente es verdadero sobre una cosa u otra. No es dado a todos el descubrir las grandes verdades generales que son una luz para la humanidad y para las generaciones futuras; aunque con una mejor educación general, el número de quienes podrían hacerlo sería mucho mayor de lo que es en la actualidad. Pero todos requerimos de la capacidad para juzgar entre las opiniones en conflicto que se nos ofrecen como verdades vitales; por ejemplo, escoger qué verdades recibiremos en aspectos de religión; juzgar si debemos ser conservadores, liberales o radicales, o hasta qué punto es nuestro deber comprometernos con cada punto de vista; formarnos una convicción racional sobre las grandes cuestiones legales y de política interna, y sobre la manera como nuestro país se debe comportar respecto de sus dependencias y de los países extranjeros. Y la necesidad que tenemos de conocer cómo discernir la verdad no está confinada a las verdades más amplias. Durante toda la vida, nuestro interés más apremiante consiste en la búsqueda de la verdad en todos los aspectos que nos interesan. Si somos granjeros, deseamos saber qué realmente mejorará nuestro suelo; si somos empresarios, qué realmente influirá sobre el mercado de bienes; si jueces, o jurados, o abogados, quién realmente cometió un acto ilícito o a quién corresponde un derecho en disputa. Cada vez que tengamos que tomar una resolución nueva o alterar una vieja, en cualquier situación de la vida, nos equivocaremos a menos que conozcamos la verdad sobre los hechos de los que dependerá nuestra resolución. Ahora, a pesar de lo disímiles que puedan parecer estas búsquedas de la verdad, y a pesar de lo improbables que sean en realidad en su asunto, los métodos para llegar a la verdad, y los exámenes de la verdad, son en todos los casos los mismos.

Existen sólo dos caminos para descubrir la verdad: la observación y el razonamiento (la observación comprende, desde luego, el experimento). Todos observamos y todos razonamos, y por consiguiente, con más o menos éxito, todos indagamos por la verdad. Pero la mayoría de nosotros lo hace muy mal, y no podríamos avanzar si no fuera porque nos apoyamos sobre otros que lo hacen mejor. Si no pudiéramos hacerlo por cuenta propia en algún grado, seríamos meros instrumentos en manos de quienes pudieran: nos reducirían a la esclavitud. Entonces, ¿cómo podremos aprender a hacerlo mejor? Conociendo la manera como ya se ha hecho con éxito. Los procesos para alcanzar la verdad, el razonamiento y la observación, han llegado a su mayor perfección en las ciencias físicas. Así como la literatura clásica proporciona los tipos más perfectos del arte de la expresión, así lo hacen las ciencias físicas con el arte del pensamiento. Las matemáticas, y sus aplicaciones a la astronomía y a la filosofía natural, son el ejemplo más acabado del descubrimiento de las verdades por medio del razonamiento; la ciencia experimental, por el descubrimiento de la observación directa. Sabemos en todos estos casos que podemos confiar en la operación, porque se ha encontrado que son verdaderas las conclusiones a que ha llevado por medio de pruebas subsecuentes. Es mediante su estudio, entonces, que podemos calificarnos para distinguir la verdad, en casos en los que no existen los mismos medios para la verificación.

¿En qué consiste la diferencia principal y más característica entre un intelecto humano y otro? En su capacidad para juzgar correctamente la evidencia. Nuestras percepciones directas de la verdad son muy limitadas. Conocemos muy pocas cosas por la intuición inmediata, o, como solía llamársele, por la simple aprehensión; dependemos para casi todo nuestro conocimiento de evidencias externas y muchos de nosotros somos poco hábiles para estimar la evidencia, cuando no podemos apelar a la vista. La parte intelectual de nuestra educación no tiene función más importante que corregir o mitigar esta debilidad casi universal: esta esencia y substancia de casi toda debilidad puramente intelectual. Hacerlo de una manera efectiva requiere de todos los recursos que pueda tener a su disposición el más perfecto sistema de entrenamiento intelectual. Como lo sabe todo profesor, esos recursos no son sino de tres clases: primero, modelos; segundo, reglas; tercero, práctica apropiada. Los modelos del arte de estimar la evidencia son suministrados por la ciencia; las reglas son sugeridas por la ciencia; y el estudio de la ciencia es la parte más fundamental de la práctica.

Tomemos en primera instancia las matemáticas. Es principalmente en las matemáticas donde nos damos cuenta que en realidad existe un camino hacia la verdad por medio del razonamiento; de que a cualquier cosa real, y que se pueda hallar como verdadera cuando se le someta a prueba, se llega por medio de una operación de la mente. El abuso flagrante del razonamiento en la época escolástica, cuando se argumentaba con confianza sobre hechos supuestos de naturaleza externa sin establecer apropiadamente sus premisas, o sin verificar las conclusiones mediante la observación, creó en los modernos, y en especial en la mentalidad inglesa, un prejuicio contra el método deductivo como modo de investigación. El prejuicio duró mucho tiempo y se apoyó en la mal comprendida autoridad de Lord Bacon; hasta cuando la prodigiosa aplicación de las matemáticas a las ciencias físicas –al descubrimiento de las leyes de naturaleza externa– tardía y lentamente restauró el proceso racional en el lugar que le corresponde como una fuente del conocimiento verdadero.

Las matemáticas –puras y aplicadas– son aún el gran ejemplo conclusivo de lo que se puede hacer por medio del razonamiento. Las matemáticas también nos habitúan a varias de las precauciones principales para la seguridad del proceso. Nuestros primeros estudios de geometría nos enseñan lecciones invaluables. Una consiste en expresar, desde el comienzo y en términos claros, todas las premisas desde las cuales pretendemos razonar. La segunda consiste en mantener cada uno de los pasos del razonamiento separado y diferenciado de todos los demás pasos, y asegurar cada paso antes de proceder con otro, haciendo explícitas en cada enlace del razonamiento las nuevas premisas que se introdujeron. No es necesario que hagamos esto todas las veces y en todos los razonamientos. Pero siempre deberemos ser capaces y estar listos a hacerlo. Si se niega la validez de nuestro argumento, o si nosotros mismos dudamos, esa es la manera de verificarlo. De este modo, a menudo estaremos habilitados para descubrir de inmediato el lugar exacto donde se introducen el paralogismo o la confusión; y después de una práctica suficiente, podremos eliminarlos desde el comienzo.

Además, debemos a las matemáticas nuestra noción de un cuerpo conectado de verdades; verdades que emanan la una de la otra, y que permanecen juntas, de modo que una implique todas las restantes; que ninguna pueda ser cuestionada sin que contradiga otra u otras, sin que hasta el final se vea que ninguna parte del sistema puede ser falsa a menos que todo el sistema lo sea. La matemática pura fue la primera en darnos este concepto; las matemáticas aplicadas lo llevan hasta el dominio de la naturaleza física. Las matemáticas aplicadas nos muestran que no sólo las verdades de los números abstractos y su extensión, sino los hechos externos del universo que aprehendemos por los sentidos forman, al menos en gran parte de la naturaleza, una red que se sostiene de una manera igual. Razonando a partir de unas pocas verdades fundamentales, podemos explicar y predecir los fenómenos materiales. Y, lo que es aún más notable, las verdades fundamentales se descubrirán mediante el razonamiento. No son evidentes para los sentidos. Tuvieron que ser inferidas mediante un proceso matemático a partir de una masa de detalles minuciosos, esa sí susceptible del escrutinio directo de la observación humana.

Cuando de esta manera Newton descubrió las leyes del sistema solar, creó para toda la posteridad la idea verdadera de ciencia. Dio el ejemplo más perfecto que probablemente jamás tengamos de esa unión del razonamiento y la observación, que por medio de hechos que se pueden observar directamente asciende a leyes que gobiernan una multitud de otros hechos, leyes que no sólo explican y dan cuenta de lo que vemos, sino que nos dan seguridad anticipada de mucho de lo que no vemos y de mucho que no hubiéramos descubierto mediante la observación. Pero una vez encontrado, siempre es verificado por los resultados.

Mientras la matemática y las ciencias matemáticas nos proporcionan un ejemplo típico de la afirmación de la verdad, aquellas ciencias físicas que no son matemáticas, como la química y la física puramente experimental, nos muestran con igual perfección el otro modo de llegar a ciertas verdades por medio de la observación en su forma más precisa, la experimentación. El valor de las matemáticas desde un punto de vista lógico es un tema antiguo entre los matemáticos, y hasta se ha insistido sobre él de modo tan exclusivo que ha inducido una contraexageración, de la cual es ejemplo un texto bien conocido de Sir William Hamilton. El valor lógico de la ciencia experimental es un tema relativamente nuevo y, sin embargo, no existe una disciplina intelectual más importante que la que pueden ofrecer las ciencias experimentales. Toda su ocupación consiste en hacer bien lo que todos nosotros hacemos a lo lardo de la vida, en su mayor parte, mal: examinar.

No todos pretenden ser razonadores pero todos profesan, y de hecho intentan, obtener inferencias de la experiencia. A pesar de ello, difícilmente alguien que no haya estudiado las ciencias físicas tiene una idea justa de lo que en verdad es el proceso de interpretar la experiencia. Si un hecho ocurre una o varias veces, y si a éste ha seguido otro hecho, la gente piensa que ha logrado un experimento, y que se halla en el camino de demostrar que un hecho es la causa del otro. Si conocieran la cantidad inmensa de precaución necesaria para un experimento científico; con cuánto cuidado diligente se idean y varían las circunstancias concomitantes, de modo que se pueda excluir todo otro agente con la excepción de aquel que es sujeto del experimento; o, cuando no se pueden eliminar agentes perturbadores, la precisión detallada con que se calcula o permite su influencia, para que el residuo no contenga nada distinto de lo que se debe al agente que se examina. Si se atendiera a estas cosas, la gente se sentiría menos fácilmente satisfecha con que sus opiniones tienen la evidencia de la experiencia. Se consideraría que muchas nociones y generalizaciones populares tienen menos credibilidad de lo que se supone, pero comenzaríamos a echar los cimientos del conocimiento realmente experimental acercad de cosas que son ahora objeto de una mera discusión vaga, en la que un lado encuentra tanto qué decir y lo dice tanto con confianza como cualquier otro, y la opinión de cada persona está menos determinada por la evidencia que por su interés accidental o predisposición.

En política, por ejemplo, es evidente para quienquiera que llegue a su estudio procedente del estudio de las ciencias experimentales que no se podrá llegar a conclusiones de valor práctico por experiencia directa. La experiencia específica que podamos tener sólo sirve para verificar, y eso aun de un modo insuficiente, las conclusiones del razonamiento. Tómese en política cualquier fuerza activa que se desee, tómense las libertades de Inglaterra, o el libre comercio: ¿cómo podríamos saber que una de estas cosas puede llevar a la prosperidad, si no podemos discernir tendencia alguna en las cosas en sí para producirla? Si tuviéramos sólo la evidencia de lo que llamamos nuestra experiencia, la prosperidad de que gozamos podría obedecer a otras cien causas, y podrían haber sido obstruidas, no producidas, por aquellas. Toda ciencia política verdadera es, en un sentido de la frase un a priori, que se puede deducir de las tendencias de las cosas, tendencias conocidas como el resultado de nuestra experiencia de la naturaleza humana o como resultado de un análisis del curso de la historia, considerado como una evolución progresista. Se requiere, por tanto, la unión de la inducción y de la deducción, y la mente que está a su altura debe haber sido entrenada en ambas. Pero la familiaridad con la experimentación científica al menos presta el servicio de inspirar un escepticismo saludable sobre las conclusiones que sugiere la mera superficie de la experiencia.

El estudio de la matemática y de sus aplicaciones, por una parte, y de la ciencia experimental, por la otra, nos prepara para la actividad principal del intelecto, mediante su práctica en los casos más característicos y por la familiaridad con sus modelos más exitosos. Pero en las grandes cosas como en las pequeñas los ejemplos y los modelos no son suficientes: deseamos reglas. La familiaridad con el uso correcto de la lengua en la conversación y en la escritura no hacen innecesarias las reglas de la lengua. Tampoco el más amplio conocimiento de las ciencias del razonamiento y de la experimentación dispensan las reglas de la lógica. Es posible que hayamos escuchado razonamientos correctos y visto experimentos habilidosos durante toda nuestra vida; no aprenderemos por imitación directa a hacer otro tanto, a menos que prestemos cuidadosa atención a cómo se hace. Es mucho más fácil en estas materias abstractas que en las puramente mecánicas tomar equivocadamente una cosa por otra. Señalar las diferencias entre ellas corresponde a la provincia de la lógica. La lógica echa los cimientos de los principios generales y de las leyes para la búsqueda de la verdad, las condiciones que, reconocidas o no, se deben haber observado en la realidad si la mente ha hecho su trabajo correctamente. La lógica es el complemento intelectual de la matemática y la física. Esas ciencias proporcionan la práctica, mientras la lógica es la teoría. Declara los principios, las reglas y los preceptos, de los que ellas ejemplifican su observancia.

La ciencia de la lógica tiene dos partes: lógica del raciocinio y lógica inductiva. La primera nos ayuda a conservarnos en el razonamiento correcto a partir de premisas; la otra, a sacar conclusiones a partir de la observación. La lógica del raciocinio es mucho más antigua que la inductiva, porque el razonamiento en el sentido más restringido de la palabra es un proceso más fácil que la inducción, y la ciencia que trabaja por el mero razonamiento (la matemática) había llegado a una altura considerable mientras las ciencias de la observación aún estaban en su período puramente empírico. Los procesos del raciocinio, por consiguiente, fueron los primeros en ser comprendidos y sistematizados, y la lógica del raciocinio es, aún hoy, más apropiada para una etapa de la educación anterior a la que se ocupa de la inducción. Los principios de la inducción no se pueden comprender correctamente sin un estudio previo de la ciencia inductiva. Pero la lógica del razonamiento, que ya había sido llevada a un alto grado de perfección por Aristóteles, no requiere en modo alguno de un conocimiento de la matemática. Se puede ejemplificar e ilustrar de un modo satisfactorio desde la práctica de la vida diaria.

Me aventuro a decir, aun limitándome al mero raciocinio, la teoría de los nombres, las proposiciones y los silogismos, que no existe parte alguna de la educación elemental que sea de mayor valor que la lógica o que su lugar pueda ser tomado por algo diferente. Sus usos, es verdad, son principalmente negativos; su función es no tanto enseñarnos a proceder correctamente, cuanto impedir que nos equivoquemos. Pero en las operaciones del intelecto es mucho más fácil equivocarse que acertar. Es tan absolutamente imposible aun para la mente más vigorosa mantenerse dentro de la ruta a no ser mediante una observación vigilante contra toda desviación, y notando todos los desvíos en los cuales es posible perderse, que la diferencia principal entre un razonador y otro consiste en su mayor o menor propensión a equivocarse. La lógica señala todas las maneras en que podemos sacar conclusiones falsas a partir de premisas verdaderas. Por medio de su análisis del proceso de razonamiento, y de los formatos que proporciona para enunciar y divulgar nuestros razonamientos, nos habilita para cuidar los puntos en donde se pueda filtrar una falacia o poner el dedo en el sitio donde se ha filtrado.

Cuando considero cuán sencilla es la teoría del razonamiento, y cuán breve el tiempo necesario para adquirir un conocimiento completo de sus principios y reglas (y aun la considerable destreza para aplicarlos) no puedo hallar excusa para omitirla en los estudios de quien aspira a tener éxito en cualquier empresa intelectual. La lógica es la gran dispersadora del pensamiento nebuloso y confuso: aclara la neblina que nos oculta nuestra propia ignorancia y que nos hace creer que comprendemos un tema cuando en realidad no es así. No debemos dejarnos arrastrar por los ejemplos de gigantes taciturnos que hacen grandes cosas sin saber cómo y penetran en las más recónditas verdades sin ninguna de las ayudas ordinarias, sin que puedan explicar a otros cómo llegaron a sus conclusiones, ni en consecuencia convencer a otros de su verdad. Tales hombres pueden existir, así como existen los sordos y los tontos que hacen cosas ingeniosas; pero aun así, el habla y la escucha son facultades de las que no se debe prescindir.

Si desean saber si piensan correctamente, expresen sus pensamientos en palabras. En el mismo intento, encontrarán que están usando, consciente o inconscientemente, formas lógicas. La lógica nos obliga a formular nuestros razonamientos en proposiciones diversas, y nuestros razonamientos en pasos distintos. Nos hace conscientes de todas las suposiciones implícitas sobre las cuales procedemos, y que de no ser verdaderas, vician todo el proceso. Nos hace conscientes de hasta qué punto nos comprometemos con una doctrina por medio de cualquier curso de razonamiento, y nos obliga a considerar de frente las premisas implícitas, y a decidir de si vamos a defenderlas. Hace que nuestras opiniones sean consecuentes con ellas mismas y entre sí, y nos obliga a pensar con claridad, aun si no nos hace pensar correctamente. Es verdad que el error puede ser, como la verdad, consistente y sistemático; pero este no es el caso corriente. No es poca ventaja ver con claridad los principios y las consecuencias involucrados en nuestras opiniones, y si debemos aceptar o abandonar estas opiniones. Estamos mucho más cerca de encontrar la verdad cuando la buscamos a la luz del día. El error, buscado con afán riguroso en todo lo que implica, rara vez deja de aparecer cuando entra en colisión con un hecho conocido y admitido.

Encontrarán muchas personas que dirán que la lógica no ayuda al pensamiento, y que a la gente no se le puede ayudar a que piense por medio de reglas. Sin duda las reglas por sí mismas, sin la práctica, no sirven para enseñar mayor cosa. Pero si la práctica del pensamiento no mejora con las reglas, me atrevo a asegurar que es la única cosa difícil hecha por el ser humano que tiene esa característica. Un hombre aprende a aserrar madera por la práctica, pero existen reglas para hacerlo, cuya raíz está en la naturaleza de la operación, y si no se le enseñan las reglas, no aserrará bien hasta tanto no las haya descubierto por sí mismo. Dondequiera que exista una manera correcta y otra errónea, existirá una diferencia entre ellas, y deberá ser posible hallarla; y cuando se la halle y exprese en palabras, será una regla para la operación. Yo le diría a alguien que esté inclinado a menospreciar las reglas que procure aprender algo para lo que existen reglas, sin conocerlas, y que observe cómo le va.

A quienes desprecian la lógica de la escuela, les diría que se tomen el trabajo de aprenderla. Lo harán fácilmente en pocas semanas, y verán si no es de utilidad para aclarar ideas y no tropezar en la obscuridad con las más estrambóticas falacias. Creo que nadie que la haya aprendido, y que continúe aplicando su mente, es insensible a sus beneficios, a menos que haya comenzado con un prejuicio o que, como algunos eminentes pensadores ingleses y escoceses del siglo pasado, esté bajo la influencia de una reacción contra las pretensiones exageradas de los escolásticos, no tanto a favor de la lógica, cuanto en el proceso de raciocinio en sí mismo.

Se deberá estimar aún en más alta medida el uso de la lógica si incluimos en ella, como debemos hacerlo, los principios y las reglas de la inducción y del raciocinio. Así como una lógica nos guarda en contra de la mala deducción, la otra nos previene de las malas generalizaciones, que son un error aún más universal. Si un ser humano fácilmente comete un error en argumentar de una proposición general a otra, con más facilidad se equivoca al interpretar las observaciones hechas por él y por otros. No existe nada en que una mente no entrenada se muestre más irremediablemente incapaz que en sacar conclusiones generales apropiadas a partir de su experiencia. Y aun mentes entrenadas, cuando todo su entrenamiento ha sido sobre un tema especial y no se ha extendido a los principios generales de la inducción, sólo evitan el error cuando existen oportunidades apropiadas para la verificación de sus inferencias por los hechos.

Cuando los científicos capaces se lanzan sobre temas donde no hay hechos que los frenen, a menudo sacan conclusiones o formulan generalizaciones a partir de su conocimiento experimental que cualquier teoría sólida de la inducción demostraría completamente injustificadas. Esto demuestra que la sola práctica, aun de una buena clase, no es suficiente sin principios ni reglas. Lord Bacon tuvo el gran mérito de ver que las reglas son necesarias, y de concebir en buena medida su verdadero carácter. Los defectos de su concepción eran inevitables mientras las ciencias inductivas estuvieran sólo en sus etapas iniciales de progreso y cuando no hubieran tenido lugar los esfuerzos más altos de la mente humana en esa dirección. A pesar de que la visión de Bacon de la inducción fue inadecuada, y de la rapidez con que la práctica la superó, es sólo hace una o dos generaciones que se ha hecho un avance considerable en la teoría, gracias al impulso concedido por dos hombres distinguidos que han adornado las universidades escocesas: Dugad Stewart y Brown.

He dado una perspectiva incompleta y resumida de los beneficios que se derivan de la educación en las ciencias más perfectas, y de las reglas para el uso apropiado de las facultades intelectuales que ha sugerido la práctica de tales ciencias. Existen otras ciencias, que están en un estado más atrasado y gravan toda la capacidad de la mente durante sus años de madurez. Pero una introducción a ellas puede ser benéfica en los estudios universitarios, y hasta un brochazo es valioso incluso para quienes probablemente no avancen en ellas.

La primera es la fisiología: las ciencias de las leyes de la vida orgánica y animal, y en especial de la estructura y las funciones del cuerpo humano. Sería absurdo pretender que se pueda adquirir un conocimiento profundo de esta difícil asignatura durante la juventud o como parte de la educación general. Sin embargo, la familiaridad con sus verdades más sobresalientes es una de esas adquisiciones que no deben ser propiedad exclusiva de una profesión particular. El valor de tal conocimiento para uso cotidiano se ha hecho familiar a todos nosotros mediante las sanas discusiones de los últimos años. Difícilmente existe uno de nosotros a quien, desde alguna posición de autoridad, no se le pida que dé una opinión o participe en algún debate público sobre cuestiones de sanidad. Y la importancia de comprender las condiciones verdaderas de salud y de enfermedad −de conocer, adquirir y preservar ese hábito saludable del cuerpo que los más tediosos y costosos tratamientos médicos con tanta frecuencia no restituyen cuando se ha perdido− debiera asegurar un lugar en la educación general para las principales máximas de la higiene, y algunas de ellas aun para la medicina práctica.

Para quienes aspiran a una elevada cultura intelectual, el estudio de la fisiología tiene todavía mayores alicientes, y es, en el presente estado de progreso de los estudios superiores, una necesidad verdadera. Ofrece una práctica para el estudio de la naturaleza que no se compara con la de ninguna otra ciencia física, y es la mejor introducción a las difíciles cuestiones de la vida política y social. Dejando de un lado los objetivos profesionales, la educación científica no es sino una preparación para juzgar correctamente al hombre, sus necesidades e intereses. Pero lo que se ha llamado par excellence el estudio propio de la humanidad, la fisiología, es la más útil de las ciencias, porque es la más cercana. Su objeto ya es el hombre: el mismo ser complejo y múltiple, cuyas propiedades no son independientes de las circunstancias, e inamovibles de una edad a otra, como las de la hipérbole y la elipse, o como las del azufre y el fósforo, sino que son infinitamente diversas, infinitamente modificables por el arte o por accidente, gradadas por las más hermosas tonalidades de una a otra de mil maneras, de modo que rara vez son susceptibles de ser aisladas y observadas por separado.

El fisiólogo, y solo él entre los investigadores científicos, ya está familiarizado con las dificultades del estudio de un ser constituido de esta manera. Sea cual sea su visión del hombre como ser espiritual, una parte de su naturaleza es mucho más como otro, que cualquiera de ellos lo es a otra cosa. En el mundo orgánico estudiamos la naturaleza con desventajas muy parecidas a las que presenta el estudio de los fenómenos morales o políticos: nuestros medios para realizar experimentos son casi igual de limitados, mientras que la complejidad extrema de los hechos hace que las conclusiones generales del razonamiento sean especialmente precarias debido al vasto número de circunstancias que contribuyen a la determinación de cada resultado. Sin embargo, y a pesar de estos obstáculos, en la fisiología es posible llegar a un número considerable de verdades bien establecidas e importantes. Por consiguiente, ésta es una escuela excelente para estudiar los medios de superar dificultades singulares en otros ámbitos. Es también en la fisiología en donde primero nos introducimos a algunas de las concepciones que desempeñan el mayor papel en las ciencias morales y sociales, pero que no ocurren en las de naturaleza inorgánica. Como por ejemplo la idea de la predisposición, y de las causas de la predisposición, para distinguirlas de las causas excitantes. La operación de todas las fuerzas morales está inmensamente influida por la predisposición: sin ese elemento, es imposible explicar los hechos más comunes de la historia y de la vida social.

La fisiología es también la primera ciencia donde reconocemos la influencia del hábito: la tendencia de que algo suceda de nuevo meramente porque ha ocurrido con anterioridad. De la fisiología también obtenemos la idea más clara de qué se quiere decir por desarrollo o evolución. El crecimiento de una planta o de un animal desde el primer germen es el espécimen típico de fenómeno que rige en todo el curso de la historia del hombre y de la sociedad: crecimiento de la función, por medio de la expansión y la diferenciación de la estructura debido a fuerzas internas. No puedo entrar en este tema más a espacio; basta si lanzo algunas sugerencias que pueden ser los gérmenes de pensamientos futuros en ustedes. Quienes aspiren a logros intelectuales elevados pueden estar seguros de que ninguna parte de su tiempo será mejor empleada que la que dediquen a familiarizarse con los métodos y las concepciones principales de la ciencia de la organización y de la vida.

En el extremo superior, la fisiología se toca con la psicología o la filosofía de la mente, y sin generar cuestiones debatibles sobre los límites de la materia y el espíritu, se admite que los nervios y el cerebro tienen conexión con las operaciones mentales, y que el estudiante de las últimas no puede privarse con un conocimiento considerable de las primeras. El valor de la psicología en sí misma no requiere explicaciones mayores en una universidad escocesa, porque allí siempre se ha estudiado con éxito brillante. Casi todo lo que han contribuido estas islas para su progreso, desde Locke y Berkeley hasta hace muy poco, y aun en la generación presente, procede de autores y de profesores escoceses. En verdad, la psicología es sencillamente el conocimiento de las leyes de la naturaleza humana. Si existe algo que merece ser estudiado por el hombre es su propia naturaleza y la de sus semejantes: y si vale la pena estudiarla, merece ser estudiada de modo científico, para poder alcanzar las leyes fundamentales que subyacen y gobiernan el resto.

En cuanto a la conveniencia de este sujeto para la educación general, se debe hacer una distinción. Existen ciertas leyes observadas de nuestro pensamiento y nuestros sentimientos que se derivan de la evidencia experimental, y, una vez alcanzadas, son clave para la interpretación de mucho de lo que somos conscientes en nosotros mismos, y que observamos en los demás. Así son, por ejemplo, las leyes de la asociación. La psicología, en tanto consiste de estas leyes –me refiero a las leyes en sí mismas, no a su discutida aplicación– es una ciencia tan cierta y tan positiva como la química y susceptible de ser enseñada como tal. Sin embargo, cuando rebasamos los límites de estas verdades admitidas y pasamos a aspectos que todavía son materia de controversia entre las diversas escuelas filosóficas –hasta dónde se pueden explicar las más altas operaciones de la mente por la asociación, hasta dónde debemos admitir otros principios primarios, qué facultades de la mente son simples, cuáles complejas, y cuál es la composición de estas últimas–, sobre todo, cuando nos embarcamos en el mar de la metafísica así apropiadamente llamado e inquirimos, como por ejemplo, si el tiempo y el espacio son existencias reales (es nuestra impresión espontánea), o formas de nuestra facultad sensible, como lo sostiene Kant, o ideas complejas generadas por asociación; si la materia y el espíritu son concepciones meramente relativas a nuestras facultades, o actos que existen per se, y en este último caso, cuáles son la naturaleza y el límite del conocimiento que tenemos de ellas; si la voluntad del hombre es libre o está determinada por causas, y cuál es la diferencia verdadera entre las dos doctrinas; materias sobre las que la mayoría de los seres pensantes, y quienes se han dado más al estudio de estos temas, aún están divididos; no ha de esperarse ni desearse que quienes no se dediquen a los más altos departamentos de la especulación empleen mucho tiempo en intentar llegar al fondo de estas cuestiones.

Pero es parte de la educación liberal saber que estas controversias existen, y, de una manera general, lo que se ha dicho desde ambos campos. Es instructivo conocer los fracasos del intelecto humano, al igual que sus éxitos, sus imperfecciones, así como sus logros perfectos; ser conscientes tanto de las preguntas que aún están abiertas como de aquellas que se han resuelto definitivamente. Una visión muy sumaria de estos temas en disputa puede ser suficiente para muchos. Pero un sistema de educación no está dirigido sólo a los muchos: tiene que iluminar las aspiraciones y los esfuerzos de quienes están destinados a elevarse como pensadores entre la multitud: y para éstos difícilmente se encontrará una disciplina comparable con la que proporcionan estas controversias metafísicas. Porque en esencia son preguntas sobre la valoración de la evidencia; sobre los fundamentos últimos de la creencia; las condiciones que se requieren para justificar nuestras convicciones más familiares e íntimas; y el significado verdadero y la importancia de las palabras y de las frases que hemos pronunciado desde nuestra infancia como si las entendiéramos todas, que están inclusive en el fundamento del lenguaje humano, y de las cuales nadie con excepción de un metafísico se ha dado una razón completa. Cualesquiera que sean las opiniones filosóficas que nos lleven a adoptar el estudio de estas cuestiones, nadie ha abandonado su discusión sin un vigor y una comprensión incrementados, una mayor exigencia de precisión de pensamiento e idioma, y una apreciación más cuidadosa y exacta de la naturaleza de la prueba.

Nunca hubo algo que agudizara las facultades superiores del intelecto como la controversia berkeliana. No existe aun ahora una lectura más provechosa para los estudiantes –limitándome a escritores de nuestra propia lengua, y a pesar de que muchas de sus especulaciones ya son obsoletas– que Hobbes y Locke, Reid y Stewart, Hume, Hartley y Brown. Con la condición de que no se lean de un modo pasivo, como maestros que se deben seguir, sino activamente, porque ofrecen materiales e incentivos al pensamiento. Para hablar de nuestros contemporáneos, quien haya dominado a Sir William Hamilton y al por ustedes lamentado Ferrier como representantes distinguidos de una de las dos escuelas filosóficas, y un eminente profesor de una universidad cercana, el profesor Bain, probablemente la mayor autoridad viva de la otra, ha adquirido práctica en los métodos más penetrantes de la investigación filosófica aplicada a los temas más rigurosos, la que no es una preparación inadecuada para las dificultades intelectuales que eventualmente tenga que resolver.

En este breve esquema de una educación científica completa, no he dicho nada sobre la instrucción directa en lo que constituye el principal de todos los fines de la educación intelectual para calificarnos: el ejercicio del pensamiento en los grandes intereses de la humanidad como seres morales y sociales, éticos y políticos, en su sentido más general. Éstos no son, en el estado actual de las cosas, objeto de una ciencia generalmente admitida y aceptada. La política no se puede aprender de una vez por todas en un texto o de las lecciones de un maestro. Lo que requerimos que se nos enseñe de este tema es a ser profesores de nosotros mismos. Es un asunto en el que no tenemos maestros que seguir; cada uno debe explorar por sí mismo y ejercitar su juicio independiente. La política científica no consiste en tener un conjunto de conclusiones a la mano para aplicar sin discriminación en todo lugar, sino en organizar la mente para que trabaje con un espíritu científico para descubrir en cada instancia las verdades aplicables en un caso dado. Y esto, en el presente, escasamente lo hacen dos personas de la misma manera. En este tema, la educación no está autorizada para recomendar un conjunto de opiniones con base en la autoridad de una ciencia establecida. Pero puede ofrecer al estudiante materiales para su propia mente, y ayudarlo a que los utilice. Puede familiarizarlo con las mejores especulaciones sobre el tema, tomadas desde diferentes puntos de vista; encontrará que ninguna de ellas es completa, mientras cada una comprende algunas consideraciones en verdad relevantes que se deben tomar en cuenta.

La educación también puede introducirnos a los hechos principales que tienen presencia directa sobre el sujeto, es decir, los diferentes modos o etapas de la civilización que se han encontrado en la humanidad y las propiedades características de cada una. Este es el propósito verdadero de los estudios históricos, como se cursan en una universidad. Los hechos sobresalientes de la historia, antigua y moderna, deben ser conocidos por el estudiante por medio de sus propias lecturas: si ese conocimiento falta, no podrá suplirse aquí. Lo que tiene que enseñar un profesor de historia es el significado de esos hechos. Su oficio consiste en ayudar a que el estudiante recoja de la historia cuáles son las principales diferencias entre los seres humanos, y entre las instituciones de la sociedad, en un momento u otro o en un lugar u otro; en retratar para sí mismo la vida humana y la concepción humana de la vida, como fueron en las etapas diferentes del desarrollo humano; en distinguir entre lo que es igual en todas las etapas y lo que es progreso, y en formar una concepción inicial de las causas y de las leyes del progreso.

Todas estas cosas son aún comprendidas de un modo muy imperfecto por las indagaciones más filosóficas, y no son susceptibles de enseñanza dogmática. El objetivo es dirigir al estudiante a que les preste atención; hacer que se interese por la historia, no como una mera narración, sino como una cadena de causas y efectos que todavía se deshilvana ante sus ojos, llena de consecuencias de importancia para él y para sus descendientes; el desdoblarse de una acción dramática o épica, para terminar en la felicidad o en la miseria, en la elevación o en la degradación, de la raza humana; un conflicto incesante entre los poderes del bien y del mal, donde cada una de nuestras acciones, aunque seamos insignificantes, forma uno de los incidentes; un conflicto en el cual aun el más pequeño de nosotros no puede dejar de participar, en el que quien no ayude al lado correcto ayuda al lado equivocado. Sea nuestra parte grande o pequeña, sean sus consecuencias reales visibles o en su mayor parte invisibles, ninguno de nosotros puede eludir su responsabilidad.

Aunque la educación no puede armar ni equipar a sus pupilos para esta lucha con una filosofía completa de la política o de la historia, existe mucha instrucción positiva que puede darles que es pertinente sobre los deberes de ciudadanía. Debe enseñárseles los lineamientos de las instituciones civiles y políticas de su propio país y, de un modo más general, de las más avanzadas entre las demás naciones civilizadas. Deben enseñárseles ex profeso aquellas ramas de la política, o de las leyes de la vida social, en las que existe una colección de hechos o de pensamientos suficientemente tamizados para que conformen el comienzo de una ciencia.

Entre las principales de ellas está la economía política; las fuentes y las condiciones de la riqueza y del progreso material para cuerpos agregados de seres humanos. Este estudio se acerca más al rango de la ciencia en el sentido en que aplicamos tal nombre a las ciencias físicas que ninguna otra que haya estado conectada con la política hasta ahora. No necesito alargarme sobre las lecciones importantes que proporciona para guiar la vida, y para la valoración de leyes e instituciones, o sobre la necesidad de conocer todo lo que puede enseñarnos para que tengamos visiones verdaderas sobre el curso de los acontecimientos humanos, o formar planes para su mejoría que se sostengan en condiciones reales. La misma persona que grita “abajo la lógica”, por lo general advertirá contra la economía política. Es insensible, dirán. Reconoce hechos desagradables. Por mi parte, lo más insensible que conozco es la ley de la gravedad: le rompe sin escrúpulo el cuello a la mejor y más amable de las personas, si ella se olvida por un momento de prestarle atención. Los vientos y las olas también son insensibles. ¿Aconsejarían a quienes se arriesgan en el mar que desconozcan los vientos y las olas, o que aprovechen y busquen los medios de precaverse contra sus peligros? Mi consejo es que estudien los grandes autores de la economía política, y defiendan con firmeza lo que en ellos encuentren de verdad; y pueden estar seguros de que si ya no son egoístas o de corazón duro, la economía política no los hará tales.

De importancia no menor que la economía política es el estudio de lo que se llama jurisprudencia, los principios generales de la ley; las necesidades sociales que deben satisfacer las leyes; las características comunes de todos los sistemas legales, y las diferencias entre ellos; los requisitos de una buena legislación; los medios adecuados para construir un sistema legal, y la mejor constitución de los tribunales de justicia y los procedimientos legales. Éstos no sólo son la parte principal de la acción del gobierno, sino la preocupación vital de todo ciudadano; y su mejoría ofrece un amplio panorama para las energías de cualquier mente bien preparada, que tenga la ambición de contribuir a una mejor condición de la raza humana. A este fin, además, han dado admirables ayudas autores no sólo de nuestro tiempo, sino de otros muy recientes.

A la cabeza de todos ellos está Bentham; sin duda alguna, el más grande maestro que haya dedicado el trabajo de una vida a iluminar el derecho; y quien es más inteligible para los no profesionales, porque, a su manera, desarrolla el tema desde sus fundamentos en los hechos de la vida humana, y muestra tras cuidadosa consideración de los fines y los medios lo que podría o debe ser la ley, en contraste deplorable con lo que es. Otros juristas ilustrados le han secundado con contribuciones de dos clases. Como ejemplos de uno y otro, voy a tomar dos obras igualmente admirables en sus tiempos respectivos.

Mr. Austin, en sus Lectures in Jurisprudence, toma como base el derecho romano, el sistema legal consistente más elaborado que la historia nos haya mostrado en funcionamiento real, y a cuya armonización se ha dedicado el mayor número de mentes instruidas. A partir de aquel, señala los principios y distinciones que son de aplicación general, y utiliza los poderes y recursos de la mente más precisa y analítica para darles a esos principios y distinciones una base filosófica, fundamentada en la razón universal de la humanidad, antes que sobre la mera conveniencia técnica.

Mr. Maine, en su tratado Ancient Law and its Relations to Modern Thought, ilustra desde la historia del derecho, y desde lo que se sabe de las instituciones primitivas del ser humano, mucho de lo que ha durado hasta nuestros días, y que tiene un arraigo firme tanto en el derecho como en las ideas de los tiempos modernos; demostrando que muchas de estas cosas no se originaron en la razón, sino que son reliquias de instituciones de sociedades bárbaras, modificadas más o menos por la civilización, pero que subsisten por la persistencia de ideas que fueron los retoños de esas instituciones bárbaras, y que han sobrevivido a sus padres. Otros han seguido el camino abierto por Mr. Maine con ilustraciones adicionales sobre la influencia de ideas obsoletas sobre las instituciones modernas, y de instituciones obsoletas sobre ideas modernas, en acción y reacción que perpetúan, en muchas de las grandes preocupaciones, una barbarie mitigada: cosas que constantemente se aceptan como dictados de la naturaleza y necesidades de la vida, que, si conociéramos bien, debiéramos ver se originaron en acuerdos artificiales de la sociedad, hace tiempo ya abandonados y condenados.

A estos estudios, agregaría el derecho internacional, que pienso decididamente debe enseñarse en todas las universidades y que debe ser parte de toda educación liberal. Su necesidad dista mucho de limitarse a diplomáticos y abogados: se extiende a todo ciudadano. Lo que se llama derecho de las naciones no es propiamente el derecho, sino parte de la ética: un conjunto de reglas morales, aceptadas como autorizadas por los estados civilizados. Es verdad que estas reglas no son ni deben de ser obligación eterna; pero varían y deben variar más o menos de una época a otra a medida que la conciencia de las naciones se ilumina y las exigencias de la sociedad política sufren cambios. Pero en su mayor parte, las reglas fueron en su origen, y todavía lo son, una aplicación de normas de honestidad y de humanidad para el intercambio entre estados. Son consecuencia de los sentimientos morales de la sociedad, o de su sentido de interés general, para mitigar los crímenes y los sufrimientos de un estado de guerra, y para prohibir a los gobiernos y a las naciones una conducta injusta o deshonesta entre ellas en tiempos de paz.

Puesto que cada país mantiene variadas y numerosas relaciones con los otros países del mundo y muchos, entre ellos el nuestro, ejercen autoridad real sobre algunos de ellos, es esencial un conocimiento de las reglas establecidas de la moralidad internacional para los deberes de toda nación, y, por consiguiente, de las personas que contribuyen a hacer la nación, y cuya voz y sentimiento forman parte de lo que se llama la opinión pública. Que nadie tranquilice su conciencia con la falsa ilusión de que no puede hacer daño si no participa ni se forma una opinión. Los malos hombres no necesitan más para lograr sus fines que los hombres buenos miren y callen. No es un hombre bueno quien, sin protestar, permite que en su nombre se cometan males con los medios que ayuda a proporcionar, porque no se toma el trabajo de aplicar su mente a esta tarea. Depende del hábito de escuchar y de mirar las transacciones públicas y del grado de información y criterio que sobre ellas existe en la comunidad, sea la conducta de una nación como tal, tanto dentro de sí misma como hacia otras, si corrupta, egoísta y tiránica o racional, ilustrada, justa y noble.

Sólo se pueden iniciar estudios más avanzados en las escuelas y universidades; pero aun así es del más alto valor el despertar interés en los sujetos, superando las primeras dificultades, habituando la mente a la clase de ejercicios que requieren los estudios, implantando el deseo de hacer progresos futuros, y dirigiendo al estudiante hacia los mejores caminos y ayudas. Cuando ya se han adquirido estas ramas del conocimiento, hemos aprendido, o estamos en el camino de aprender, nuestro deber y nuestro trabajo en la vida. Saberlo, no obstante, no es sino la mitad de la educación; todavía falta que tengamos la voluntad y la determinación de ponerlo en práctica. No obstante, conocer la verdad ya es un gran avance hacia tener una disposición para actuar.

Tenemos el deseo natural de actuar sobre lo que vemos claramente y lo que aprehendemos vivamente. “Ver lo mejor y seguir lo peor” es un estado mental posible pero no común; quienes siguen el incorrecto por lo general primero se han cuidado de ignorar voluntariamente el correcto. Han silenciado su conciencia, pero no la están desobedeciendo a sabiendas. Si tomaran una mente humana promedio mientras aún es joven, antes de que los objetos que ha escogido en la vida le hayan dado un giro en la dirección errónea, por lo general encontrarán que desea lo que es bueno, correcto y para el beneficio de todos; y si esa oportunidad se usa de un modo apropiado para implantar el conocimiento y darle el entrenamiento que hará más frecuente la rectitud del juicio que la sofistería, se habrá erigido una barrera seria contra las tentaciones del egoísmo y de la falsedad. Sin embargo, es una educación muy imperfecta la que entrena la inteligencia mas no la voluntad. Nadie puede prescindir de una educación dirigida expresamente tanto hacia la parte moral como hacia la parte intelectual de su ser. Tal educación, en cuanto es directa, es moral o religiosa; y éstas se pueden tratar como cosas distintas, o diferentes aspectos de la misma cosa.

El asunto que consideramos ahora no es la educación como un todo, sino la educación que brinda el sistema educativo, y debemos tener presentes las inevitables limitaciones de lo que pueden hacer las escuelas y las universidades. Está más allá de su poder educar moral o religiosamente. La educación moral y religiosa consiste en entrenar los sentimientos y los hábitos diarios; y éstos están, en lo principal, más allá de la esfera del control de la educación formal. Es el hogar, la familia, el que nos da la educación moral y religiosa que realmente recibimos y ésta se complementa, y modifica, algunas veces para mejor otras para peor, por la sociedad y por las opiniones y los sentimientos que nos rodean. La influencia moral o religiosa que puede ejercer una universidad consiste menos en una enseñanza expresa que en el tono que prevalece en el lugar. Sea lo que enseñe, debe enseñarlo compenetrado con un sentido del deber; debe presentar todo el conocimiento principalmente como un medio de dignificación de la vida con el doble propósito de hacer de cada uno de nosotros un ser prácticamente útil a nuestros congéneres, y de elevar el carácter de la especie misma, de exaltar y dignificar nuestra naturaleza.

No existe nada que se contagie más de maestro a discípulo que la elevación del sentimiento: con mucha frecuencia los estudiantes recogen de la influencia viva de un profesor un desprecio por los objetos bajos y egoístas, una noble ambición de dejar el mundo mejor de lo que lo han encontrado, que luego llevan durante toda su vida. A este respecto, los profesores de cualquier clase tienen los medios naturales y particulares de hacer con efecto lo que cualquiera que se mezcle con sus congéneres, o que se dirija a ellos en cualquier forma, se debe sentir inclinado a hacer a la medida de sus capacidades y de sus oportunidades. Lo que es especial para una universidad en estos temas pertenece principalmente, como el resto de su trabajo, al departamento intelectual. Una universidad existe para el propósito de dejar abierto, a cada generación subsecuente, hasta donde lo permitan las condiciones, el tesoro acumulado de los pensamientos de la humanidad.

Como parte indispensable de esto, tiene que hacerle conocer lo que la humanidad en general, su propio país y los mejores y más sabios individuos han pensado sobre los grandes temas de la moral y de la religión. Debe haber, y existe en la mayoría de las universidades, instrucción profesoral en filosofía moral; pero yo desearía que fuese de un tipo diferente del que de ordinario se encuentra. Querría que fuese más expositiva, menos polémica, y sobre todo menos dogmática. Debe hacer que el estudiante se entere de los sistemas principales de la filosofía moral que han existido y han sido prácticamente operativos entre la humanidad, y escuche lo que hay que decir de cada uno: el aristotélico, el epicúreo, el estoico, el judaico y el cristiano en cada una de las varias maneras de su interpretación, que difieren entre sí casi tanto como las enseñanzas de esas escuelas más antiguas. Se le debe familiarizar con los diferentes estándares de lo bueno y de lo malo que se han tomado como base de la ética: la utilidad general, la justicia natural, los derechos naturales, un sentido moral, los principios de la razón práctica y demás.

Entre todos estos, no corresponde tanto al profesor tomar partido por y defender con vehemencia a uno frente a los demás, cuanto dirigirlos todos hacia el establecimiento y la preservación de las reglas de conducta más ventajosas para la humanidad. No hay ninguno de estos sistemas que no tenga su lado bueno; ninguno del cual los devotos de los otros no puedan aprender algo; ninguno que no sea sugerido por una aguda, aunque no siempre clara, percepción de algunas verdades importantes, que son el impulso del sistema y el descuido o la subvaloración de lo que en otros sistemas es su fragilidad característica. Un sistema que en su conjunto es erróneo todavía resulta valioso mientras haya forzado a la humanidad a conceder suficiente atención a la parte de verdad que lo sugirió.

El profesor de ética realiza su mejor tarea cuando señala cómo se puede fortalecer cada sistema, inclusive sobre sus propias bases, tomando en cuenta de manera más completa las verdades que otros sistemas han desarrollado más prominentemente. No quiero decir que se estimule un eclecticismo esencialmente escéptico. Debe presentar cada sistema en el mejor aspecto que admita, y esforzarse por extraer de todos ellos las consecuencias más saludables compatibles con su naturaleza, pero de ninguna manera yo le impediría sustentar con sus mejores argumentos sus preferencias por alguno de ellos. Todos no pueden ser verdaderos; pero aquellos que son falsos como teoría pueden contener verdades particulares, indispensables para la integridad de una verdadera teoría. Pero sobre este asunto, más que sobre cualquiera de los que he enunciado, no corresponde al profesor imponer su propio juicio, sino informar y enfrentar el de su estudiante.

Y esta misma clave, si nos aferramos a ella, nos guiará por el laberinto de pensamientos en conflicto donde entramos cuando tocamos la gran cuestión de la relación entre la educación y la religión. Como ya he dicho, la única educación religiosa realmente efectiva es la de los padres, la del hogar y la niñez. Todo lo que la educación social y formal puede hacer, más allá de un tono imbuido de reverencia y de deber, no es más que la información que puede proporcionar; pero que es en extremo valiosa. No voy a entrar en la cuestión, que se ha debatido con tanta vehemencia en las generaciones pasada y presente, de si la religión se debe enseñar en todas las universidades y escuelas, considerando que de todos los temas es en la religión en el que más varían las opiniones de los hombres. Me parece que en ninguno de los lados de esta controversia las partes han liberado suficientemente su mente del viejo concepto de educación, consistente en la inculcación dogmática, dada la autoridad, de lo que los profesores consideran verdadero.

¿Por qué ha de resultar imposible que la información del más alto valor sobre temas relacionados con la religión sea presentada a la mente del estudiante; que conozca parte tan importante del pensamiento nacional y de los trabajos intelectuales de las pasadas generaciones, como son los de la religión, sin que se le enseñen de una manera dogmática las doctrinas de cualquier iglesia o secta? Siendo el cristianismo una religión histórica, me parece que la clase de instrucción religiosa más apropiada para una universidad es la historia eclesiástica. Si la enseñanza, aun en materias de certeza científica, debe apuntar tanto a cómo se llega a los resultados como a la enseñanza de los mismos, mucho más, entonces, este debiera ser el caso en temas en los que existe tan amplia diversidad de opiniones entre hombres de iguales capacidades, y que se han tomado iguales trabajos para llegar a la verdad. Por sí misma, la diversidad debe ser una advertencia a los profesores conscientes de que no tienen derecho a imponerse de una manera autoritaria sobre la mente de la juventud. Su enseñanza no debe ser en el espíritu del dogmatismo, sino en el de la investigación. No se debe dirigir al estudiante como si su religión le hubiese sido escogida para él, sino como a alguien que tendrá que escogerla por sí mismo. Las diversas iglesias, establecidas y no establecidas, son muy competentes para la tarea que es particularmente suya, la de enseñar cada una sus propias doctrinas, hasta donde sea necesario, para su propia generación en crecimiento.

El oficio propio de una universidad es diferente: no decirnos autoritariamente lo que debemos creer, y hacernos aceptar la creencia como un deber, sino darnos información y formación, y ayudarnos a definir nuestra propia creencia de una manera digna de seres inteligentes, que buscan la verdad contra todo riesgo y exigen conocer todas las dificultades, para estar más calificados para hallar, o reconocer, el modo más satisfactorio de resolverlas. La vasta importancia de estas cuestiones –los grandes resultados en relación con la conducta de nuestra vida, que depende de que escojamos una creencia u otra– son las razones más fuertes por las que no debemos confiar en nuestro juicio cuando se ha formado en ignorancia de la evidencia, y por las que no debemos aceptar una enseñanza parcializada, que nos informa de lo que un profesor o una asociación de ellos recibe como verdad y argumento sólido, pero nada más.

No afirmo que si una universidad reprime el pensamiento y la investigación libres sea un fracaso rotundo, porque los pensadores más libres con frecuencia han sido entrenados en los seminarios de enseñanza más tiránicos. Los grandes reformadores cristianos se formaron en universidades católicas; los filósofos escépticos franceses fueron formados por los jesuitas. Algunas veces la mente humana se ve impulsada de una manera más violenta en una dirección por un esfuerzo evidente y demasiado celoso para arrastrarla en el sentido contrario. Pero no es a esto a que las universidades están llamadas: conducir a las mentes aun al bien, por un exceso de mal. Una universidad debe ser un lugar de libre examen. Cuanto con más diligencia cumpla su deber en otros aspectos, mayor certeza tendrá de ser eso. En la generación actual, las viejas universidades inglesas están desempeñando el mejor trabajo del que se tenga noticia en enseñar los estudios ordinarios de su currículo, y una de las consecuencias ha sido que, mientras antiguamente parecían creadas para reprimir el pensamiento independiente y para encadenar el intelecto y la conciencia individuales, ahora son el gran foco de la investigación libre y humana para las clases altas y profesionales al sur del río Tweed. Las mentes rectoras de esos antiguos seminarios han recordado al fin que oponerse al libre uso del entendimiento es abdicar de su mejor privilegio, el de guiarlo. La deferencia modesta, al menos provisional, a la autoridad unida de los doctos puede convenir a una mente juvenil imperfectamente formada; pero cuando no existe autoridad única, cuando los más instruidos están tan divididos y dispersos que casi toda opinión se puede vanagloriar de tener algo de autoridad, pero ninguna opinión puede reclamar que la tiene toda; cuando, por consiguiente, nunca se pueda considerar en extremo improbable que quien use su mente con libertad pueda ver razón para cambiar su primera opinión, entonces, hagan lo que hagan, conserven, contra todo riesgo, abiertas sus mentes; no cedan su libertad de pensamiento.

Aquellos de ustedes que están destinados a la profesión clerical están, sin duda, tan arraigados a cierto número de doctrinas que, si dejaran de creer en ellas, no tendrían razones para permanecer en una vocación que los obligaría a enseñarlas sin convicción. Pero empleen su influencia para que esas doctrinas sean lo menos numerosas como sea posible. No está bien sobornar a los hombres para que resistan sus convicciones; cerrar los oídos a las objeciones, o, si las objeciones penetran, continuar profesando una creencia firme y completa cuando su confianza ya está resquebrajada. Tampoco está bien que si los hombres profesan honestamente haber cambiado alguna de sus opiniones religiosas, como cosa rutinaria su honestidad deba excluirlos de tomar parte, para lo que están admirablemente calificados, en la instrucción espiritual de la nación. En ambos lados de la antigua frontera, la tendencia de la época es el debilitamiento de los formalismos y la construcción menos rígida de artículos de fe.

Esta misma circunstancia, al hacer menos precisos los límites de la ortodoxia y al obligar a cada persona a definirlos, causa perplejidad a la conciencia. Pero coincido plenamente con los clérigos que han escogido permanecer en la iglesia nacional, en tanto sean capaces de aceptar sus artículos y confesiones en cualquier sentido o con una interpretación que sea consecuente con la honestidad común, trátese de la interpretación de aceptación general o no. Si todos los que conceden una amplia y liberal construcción en los términos de su comunión o quienes quisieran ver una ampliación de tales términos, fueran a desertar de una iglesia, la provisión nacional para la enseñanza de la religión y el culto quedaría totalmente en manos de quienes adoptan la más estrecha, la más literal y la más textual de las visiones de la doctrina; quienes, sin ser necesariamente fanáticos, están en la gran desventaja de tener por aliados a los fanáticos, y quienes, a pesar de sus grandes méritos (y con frecuencia los tienen muy grandes) no son las personas más adecuadas para mejorar la iglesia, si es que esta es susceptible de mejorarse.

Por consiguiente, si no fuera una impertinencia de mi parte ofrecer consejos sobre tal materia, debiera decir que permanezcan en la iglesia todos quienes pueden hacerlo en conciencia. Una iglesia se puede mejorar con mayor facilidad desde dentro que desde fuera. Casi todos los reformadores ilustres de la religión comenzaron siendo clérigos: pero no consideraron que su profesión clerical fuese inconsistente con ser reformadores. Sin duda, la mayor parte de ellos terminó sus días por fuera de las iglesias en que nacieron; pero la razón fue que su iglesia, en mala hora, los expulsó. No pensaron que fuese asunto suyo el abandonarla. Creyeron que tenían un mejor derecho a permanecer en ella que quienes los expulsaron.

Ya he dicho lo que tenía que decir sobre las dos clases de educación que el sistema de escuelas y universidades debe promover: la educación intelectual y la moral. Esto son los dos ingredientes principales de la cultura humana. Pero no la agotan. Existe una tercera dimensión que, subordinada y debiendo fidelidad a las otras dos, es escasamente inferior a ellas, y no menos necesaria para la totalidad del ser humano. Me refiero a la rama estética: la cultura que viene de la poesía y el arte y que se puede describir como la educación de los sentimientos y el cultivo de lo bello.

Este departamento de cosas merece ser considerado de manera más seria de lo que se acostumbra en estos países. Es sólo de reciente data, y principalmente por imitación superficial de los extranjeros, que hemos comenzado a usar la palabra arte por sí misma, y a hablar del arte (más específicamente de las bellas artes) como hablamos de la ciencia, del gobierno o de la religión.

Con estos términos, de ordinario nos referíamos a dos formas de arte, pintura y escultura, que como pueblo nos importaban menos, que se consideraban aun por los más cultos de entre nosotros, poco más que ornamentación doméstica, una especie de tapicería elegante. Las mismas palabras “bellas artes” sugerían una idea de frivolidad, de grandes esfuerzos consagrados a un objeto más bien trivial; algo que difería de las artes más toscas y comunes de producir cosas bonitas, principalmente por ser muy difíciles y dar a los “elegantes” la oportunidad de jactarse de su interés y su capacidad de hablar de ellas. Esta estimación se extendió en grado no pequeño, aunque no en conjunto, hasta la poesía, la reina de las artes, pero, en Gran Bretaña, difícilmente incluida bajo ese nombre. No se puede decir con exactitud que se pensara poco en la poesía; nos enorgullecemos de Shakespeare y Milton y en algún período de nuestra historia, el de la reina Ana, ser poeta concedía una alta distinción literaria; pero la poesía se consideraba poco seria o valiosa salvo como una diversión o excitación, cuya superioridad sobre las demás consistía principalmente en ser la de un orden más refinado de mentes. Sin embargo el celebrado dicho de Fletcher de Saulton: “Que otros hagan la leyes si yo escribo mis canciones”, podría habernos enseñado cuán subvalorábamos tan gran instrumento para actuar sobre la mente humana. Sería difícil que alguien imaginara que, por ejemplo, “Rule Britannia” o “Scots wha hae” no hayan tenido influencia permanente sobre la región más elevada del carácter humano. Algunas de las canciones de Moore han hecho más por Irlanda que todos los discursos de Grattan; y eso que las canciones distan mucho de ser las formas más elevadas o impresionantes de la poesía.

Sobre estos asuntos, el modo de pensar y de sentir de otros países no sólo era ininteligible sino no creíble para el inglés promedio. Encontrar el arte en igualdad completa con la filosofía, el conocimiento y la ciencia (al menos en teoría) y teniendo un lugar de igual importancia entre los agentes de la civilización y entre los elementos de valor de la humanidad; encontrar que aun la pintura y la escultura son tratadas como grandes fuerzas sociales, y el arte de un país como un rasgo de su carácter y condición, de poca menos importancia que la religión o su gobierno, todo esto no sólo sorprendía y dejaba perplejos a los ingleses porque les resultaba demasiado extraño para que fueran capaces de asimilarlo, sino, de verdad, creerlo posible. Las diferencias radicales de sentimientos en este tema entre los pueblos de Inglaterra y los de Francia, Alemania y del continente en general es una de las causas de esa extraordinaria incapacidad para entenderse que existe entre Inglaterra y el resto de Europa, mientras no existe algo parecido en grado entre una nación del continente y otra. Se puede encontrar su origen en dos influencias que en gran medida han conformado el carácter británico desde los días de los Estuardos: la actividad comercial productora de riqueza y el puritanismo religioso. El comercio demanda la totalidad de las facultades, y proseguido o por el deber o por el amor a la ganancia, considera como pérdida de tiempo todo lo que no condujera directamente a tal fin. El puritanismo, que considerando todo sentimiento humano, excepto el temor y la reverencia de Dios, como una celada o como una participación en el pecado, miró con frialdad (para no decir desaprobación) el cultivo de los sentimientos.

Causas diferentes han producido efectos diferentes en las naciones continentales; entre ellas aún es observable que la virtud y la bondad son en su mayor parte una cuestión del sentimiento, mientras que para nosotros es cuestión del deber. En consecuencia, la clase de ventaja que hemos tenido sobre otros países en cuestiones de moral –no estoy seguro de que no la estemos perdiendo– ha consistido en una mayor sensibilidad de la conciencia. En esto hemos tenido en general una superioridad real aunque principalmente negativa; porque la conciencia es en la mayoría de los hombres un poder que obra como una restricción; un poder que actúa más por conservar nuestras manos limpias de cualquier gran maldad, que por la dirección que da al curso general de nuestros deseos y sentimientos. Uno de los tipos más comunes de carácter entre nosotros es el del hombre cuyas ambiciones se reducen a su propio interés; que no tiene un propósito mejor en la vida que el de enriquecerse o el de elevarse o elevar a su familia en el mundo; que nunca sueña con hacer de la condición de sus iguales o de su país un objeto habitual de preocupación, más allá de dar cada año o de vez en cuando dinero para fines caritativos; pero que tiene una conciencia sinceramente viva de todo lo que por lo general se considera malo, y que tendría escrúpulos en utilizar medios ilegítimos para alcanzar sus objetivos egoístas.

En otros países, con frecuencia sucede que individuos cuyos sentimientos y energías activas apuntan con fuerza en una dirección no egoísta, que tienen el amor de su país, del progreso humano, de la libertad humana, aun de la virtud, con gran fortaleza, y de cuyos pensamientos y actividad una parte considerable está dedicada a objetivos desinteresados, se permitirán en la búsqueda de estos objetivos o de otros que deseen fuertemente cometer más actos erróneos que otros (aunque intrínsecamente y tomando en cuenta la totalidad de su carácter sean muy distantes de lo que debe ser un ser humano) no cometerían. No tiene sentido debatir cuál de estos dos estados mentales es el mejor o, más precisamente, el menos malo. Es muy posible cultivar la conciencia y también los sentimientos. Nada nos impide formar de tal modo a un hombre para que no viole, ni siquiera por un propósito desinteresado, la ley moral, y alimentar y estimular esos sentimientos elevados, en que principalmente confiamos para permitir al hombre superar objetivos bajos y sórdidos y darle una concepción más elevada de lo que constituye el éxito en la vida. Si queremos que los hombres practiquen la virtud, bien vale la pena hacer que amen la virtud, que la sientan en sí misma y no como un peaje pagado para poder ir en busca de otros objetivos. Vale la pena formarlos para que sientan que tanto el error y la mezquindad reales como la ausencia de objetivos y empresas nobles son censurables, y además degradantes: Deben sentir la pequeñez miserable del yo frente a este gran universo, de la masa colectiva de nuestros congéneres frente a la historia del pasado y del futuro indefinible; y la pobreza e insignificancia de la vida humana si va a pasarse en hacer cosas cómodas para nosotros y para nuestros iguales, y elevarnos uno o dos pasos en la escala social. Sintiendo así, aprendemos a respetarnos sólo en cuanto nos sintamos capaces de objetivos más nobles: y si por desgracia quienes están a nuestro alrededor no comparten nuestras aspiraciones, quizás desaprueben la conducta a que somos empujados por ellas; a sostenernos por la simpatía ideal de los grandes de la historia, o aun de la ficción, y por la contemplación de una posteridad idealizada; y, debo añadir, ¿de una perfección encarnada en un Ser Divino?

Ahora, la fuente de inspiración de este tono elevado de la mente es la poesía, y toda la literatura en cuanto es poética y artística. Podemos empaparnos de sentimientos exaltados de Platón o Demóstenes o Tácito, pero sólo en la medida en que esos grandes hombres son no sólo filósofos u oradores o historiadores, sino poetas y artistas. No es sólo la altura, ni los sentimientos heroicos lo que se alimenta con el cultivo poético. Su poder es tan grande en calmar el alma como en elevarla; en estimular las emociones más suaves, así como las más exaltadas. Nos hace ver claramente todos aquellos aspectos de la vida que afirman nuestra naturaleza en su lado no egoísta, y nos lleva a identificar nuestra alegría y nuestra pena con lo bueno o lo malo del sistema del que formamos parte; y todos esos sentimientos solemnes o melancólicos que, sin tener ninguna aplicación directa a la conducta, nos inclinan a tomar la vida con seriedad y a predisponernos a la recepción de todo lo que nos llegue como deber.

¿Quién no se siente mejor ser humano después de un curso sobre Dante o Wordsworth, o, añadiría, de leer Lucrecio o de Las geórgicas, o después de meditar sobre la Elegía de Gray o sobre el Himno a la belleza intelectual de Shelley? He hablado de la poesía, pero todos los otros modos del arte producen efectos similares en el mismo grado. Las razas y las naciones cuyos sentimientos son naturalmente más finos y cuyas percepciones sensoriales más ejercitadas que las nuestras reciben las mismas clases de impresiones de la pintura y de la escultura, y muchos de los más delicadamente organizados entre nosotros hacen lo mismo. Todas las artes de la expresión tienden a conservar vivos y en actividad los sentimientos que expresan. ¿Creen que los grandes pintores italianos hubieran ocupado el espacio que tienen en la mente europea, hubieran quedado universalmente ubicados entre los más grandes de su tiempo si sus producciones no hubieran servido sino para decorar una sala pública o un salón privado? Sus Nacimientos y Crucifixiones, sus Madonas y Santos gloriosos fueron para sus susceptibles compatriotas sureños la gran escuela, no sólo de devoción, sino de todos los sentimientos elevados e imaginativos. Nosotros, norteños más fríos, podemos acercarnos a una concepción de esta función del arte cuando escuchamos un oratorio de Händel o nos entregamos a las emociones suscitadas por una catedral gótica.

Aun alejados de cualquier expresión emotiva específica, la mera contemplación de la belleza de un orden elevado produce, en un grado no pequeño, este efecto enaltecedor sobre el carácter. El poder del escenario natural rige la misma región de la naturaleza humana que corresponde al arte. Pocos son capaces de sentir el orden más sublime de la belleza natural (como el que proporcionan los páramos escoceses y otras regiones montañosas), quienes al menos temporalmente no se sientan elevados por ella por encima de la pequeñez humana y sientan la puerilidad de los pequeños objetos que oponen los intereses de unos y otros, en contraposición con los placeres más nobles que todos podrían compartir.

Sea cual sea la vocación a que nos llame la vida, jamás anulemos estas sensibilidades dentro de nosotros mismos. Busquemos cuidadosamente las oportunidades para mantenerlas en ejercicio. Cuanto más prosaicos nuestros deberes cotidianos, más necesario será conservar el tono de nuestra mente por visitas frecuentes a la región más elevada del pensamiento y del sentimiento en la que cada trabajo parece dignificarse en proporción a los fines para los que se hace y en el espíritu con que se hace; donde aprendemos, mientras ansiosamente aprovechamos cada oportunidad de ejercitar facultades más elevadas y de realizar deberes más nobles, a considerar todo trabajo útil y honesto como una función pública, que se puede ennoblecer por el modo de su realización –que no tiene propiamente otra nobleza diferente de la que engendra– y que por muy humilde que sea, nunca es egoísta a menos que se ejecute con mezquindad o cuando los motivos para su ejecución son mezquinos.

Existe, además, una afinidad natural entre el bien y el cultivo de lo bello, cuando se cultiva verdaderamente, y no como un mero instinto sin guía. Quien ha aprendido lo que es la belleza, si es de carácter virtuoso, deseará realizarla en su propia vida; la mantendrá ante sí mismo como un tipo de belleza del carácter humano, para iluminar sus esfuerzos por cultivarse a sí mismo. Hay un verdadero sentido en el dicho de Goethe, aunque sujeto a malas interpretaciones y a perversiones, de que lo bello es más grande que lo bueno, porque incluye lo bueno y le agrega algo: es lo bueno hecho perfecto y en armonía con todas las perfecciones colaterales que hacen de él una cosa acabada. Ahora, este sentido de la perfección, que nos haría exigir de cada creación humana lo máximo que debiera dar, y hacer insoportable la menor falta en nosotros o en cualquier cosa que hagamos, es uno de los resultados de cultivar el arte. Ninguna producción humana se acerca tanto a la perfección como las obras de arte puro. En todo lo demás, estamos y podemos quedar razonablemente satisfechos si el grado de excelencia es tan grande como parece ser el objeto ante nuestra vista; pero en el arte, la perfección es el objeto mismo.

Si fuera a definir el arte, me inclinaría a llamarla el empeño por la perfección en la ejecución. Si encontramos incluso una pieza de trabajo mecánico que tiene el aspecto de haber sido hecha con tal espíritu –que se hace como si el trabajador la amara y hubiera tratado de hacerla tan bien como le fue posible, aunque una menos buena hubiera servido para el propósito con que ostensiblemente se hizo– decimos que el trabajador es un artista. El arte, cuando se cultiva en verdad y no se practica meramente de un modo empírico, conserva lo que le dio su concepción, una belleza ideal, a que deberá tenderse, aunque sobrepasando lo que realmente se puede lograr; y esta idea nos forma para que nunca estemos satisfechos por completo con la imperfección en lo que nosotros mismos hacemos o somos: idealizar, tanto como sea posible, cada trabajo que ejecutamos, y más que nada, nuestros propios carácter y vida.

Y ahora, habiendo recorrido con ustedes toda la gama de las materias y de la formación que imparte una universidad como preparación para los usos más elevados de la vida, es casi innecesario añadir una exhortación para que ustedes aprovechen este don. Ahora es su oportunidad para alcanzar una percepción de asuntos más elevados y más ennoblecedores que las minucias de un negocio o de una profesión, y para adquirir facilidad para emplear sus mentes en la preocupación por todos los más altos intereses del ser humano, que ustedes llevarán a las ocupaciones de una vida activa y que impedirá que los breves intervalos que puedan dejarles sin oficio no se dediquen a propósitos más nobles. Habiendo superado las primeras dificultades, las únicas en las cuales el tedio supera al interés; habiendo superado el punto más allá del cual la tarea se convierte en placer; y aun en la otra vida más ocupada, los más altos poderes de su mente harán progresos de un modo imperceptible, por el ejercicio espontáneo de su pensamiento, y por las lecciones que sabrán aprender de su experiencia diaria. Así será, al menos, si en sus primeros estudios fijan sus ojos en el fin último del cual esos estudios derivan sus valores principales: el de hacer que sean combatientes más efectivos en la gran lucha, que nunca cesa su furia, entre el bien y el mal, y más listos para arreglárselas con los nuevos problemas que el curso cambiante de la naturaleza y la sociedad humana presentan para su resolución.

Propósitos como éstos, por lo general, se mantienen en el lugar que alguna vez establecieron en la mente, y su presencia en nuestro pensamiento conserva en ejercicio nuestras capacidades más elevadas, y nos hace considerar los conocimientos y poderes que almacenamos en algún momento de nuestra vida como capital mental, o para invertirlo con liberalidad en cualquier medio que se presente para hacer la humanidad en cualquier forma más sabia o mejor, o para poner alguna parte de los asuntos humanos sobre bases más sensatas y más racionales que las que existen en la actualidad. A ninguno de nosotros está vedado calificarse a sí mismo para mejorar la cantidad promedio de oportunidades o para dejar a sus congéneres algo un poco mejor del uso que ha conocido de cómo usar su intelecto. Para mejorar esto, esforcémonos por mantenernos al tanto del mejor pensamiento de las mentes originales de la época; por saber qué movimientos necesitan más de nuestra ayuda, y porque, en cuanto dependa de nosotros, la buena semilla no caiga sobre rocas, y perezca sin llegar al suelo donde hubiese podido germinar y florecer.

Serán ustedes parte de un público que debe saludar, estimular y ayudar a los futuros benefactores intelectuales de la humanidad; y habrán de acompañar, si es posible, a esos benefactores con su concurso. Que nadie se sienta desanimado por lo que, en momentos de abatimiento, parece ser falta de tiempo y de oportunidad. Quienes conocen cómo emplear oportunidades encontrarán con frecuencia que pueden crearlas: y lo que logremos dependerá menos de la cantidad de tiempo que poseamos que del buen uso que hagamos de nuestro tiempo. Ustedes y sus semejantes son la esperanza y el recurso de su país y de la generación venidera. Todas las grandes cosas a que está destinada una generación deben hacerse por alguien como ustedes; con seguridad varias serán realizadas por personas para quienes la sociedad ha hecho mucho menos, a quienes les ha dado menos preparación que a quienes me dirijo en este momento. No pretendo instigarlos con el prospecto de recompensas directas, terrenales o celestiales; cuanto menos pensemos en ser recompensados en una de estas maneras, tanto mejor para nosotros. Pero existe una recompensa que no les faltará, y que podemos llamar desinteresada porque no es una consecuencia de, sino inherente al hecho mismo de merecerlo: los más profundos y variados intereses que tengan en la vida que les dará diez veces su valor, un valor que perdurará hasta el final. Todos los objetos meramente personales serán menos valiosos a medida que avanzamos en la vida: ese interés no sólo perdura sino que se incrementa.

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