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Revista de Economía Institucional

versión impresa ISSN 0124-5996

Rev.econ.inst. v.7 n.13 Bogotá dic. 2005

 


RESPUESTA A “LA ILUSIÓN DEL ANÁLISIS INTEGRAL” DE JOSÉ FÉLIX CATAÑO


ANSWERS TO “THE INTEGRAL ANALYSIS ILLUSION” FROM JOSÉ FÉLIX CATAÑO



Jorge Iván González*

* Profesor de la Universidad Externado de Colombia y la Universidad Nacional de Colombia, jivangonzalez@cable.net.co Fecha de recepción: 24 de octubre de 2005, fecha de aceptación: 10 de noviembre de 2005.


Desde el título del artículo, Cataño desenfoca el objeto de mi crítica a la división entre micro y macro. No afirmo, en ningún momento, que la alternativa a la distinción entre la micro y la macro sea la “economía integral” o la “ciencia integral”. Estas categorías no son mías, son de Cataño. En el texto utilizo el calificativo “integral” únicamente dos veces1. Y en ambas, con un sentido preciso: los problemas deben ser abordados de la forma más completa (“integral”) que sea posible. Cataño, en cambio, utiliza el término “integral” 30 veces. Y ninguna en el sentido en que yo lo uso.

La insistencia reiterada de Cataño en mi supuesta añoranza de la “economía integral” lo lleva a terminar defendiendo la conveniencia de la división micro y macro. Considera que este camino es preferible al sueño imposible de la “economía integral”. Valida la fragmentación analítica que hace el libro de texto y de esta manera legitima la desintegración de la enseñanza. Su discurso se inscribe en esta lógica: como la “economía integral” es imposible, conservemos la segmentación micro/macro tratando de llenar los faltantes de la micro. Puesto que en su opinión la micro se puede y se debe completar, es él quien finalmente añora la “ciencia integral”. Mi posición es muy distinta. En el artículo reitero que las inconsistencias y fisuras de la “micro” no se pueden subsanar, porque la complejidad inherente a los problemas sustantivos no lo permite.

No sueño con una “ciencia integral”. Muestro que la diferencia entre la micro y la macro impide ver cada problema de la teoría económica en su complejidad. Y a lo largo del texto menciono ejemplos que ilustran esta afirmación. Tratar de entender un problema en su integralidad no es lo mismo que propender por una “economía integral” o por una “ciencia integral”. Es ingenuo pretender construir una gran teoría económica articulada y consistente. No obstante, el acercamiento a la realidad debe ser lo más comprehensivo posible. La distinción entre la micro y la macro no favorece esta tarea.

Al enfocar los problemas desde una mirada articuladora, el resultado final no es la “ciencia integral” sino todo lo contrario. Mis argumentos llevan a afirmar la imposibilidad de una ciencia integral. La complejidad de los problemas es de tal magnitud que ninguna disciplina los agota. Reconozco la necesidad de una aproximación interdisciplinaria, y pongo en evidencia los límites intrínsecos del análisis económico y, de manera más específica, de las aproximaciones micro y macro. Jamás he insinuado siquiera que la economía pueda ser una “ciencia integral”. Y para apoyar mi punto de vista traigo a colación el método de Walras. El autor trata de examinar los problemas en su completitud. Por esta razón se da cuenta que el análisis económico no puede ser “puro”. Walras reconoce que la economía, junto con la ética, tiene que pensar la justicia distributiva. En este contexto cita a Platón y discute el significado de los universales platónicos. El sistema de Walras no es cerrado. El de los neowalrasianos sí. Desde la perspectiva abierta de Walras no es posible añorar una “economía integral”. No estoy proponiendo, como me hace decir Cataño, la construcción de una gran “ciencia integral” a partir de Walras. No!

Cataño continúa tergiversando mi punto de vista. El debate micro/macro no puede confundirse con el uso de las matemáticas. Son asuntos distintos. No tengo ninguna objeción con el uso de las matemáticas y de la lógica formal. Ni tampoco me preocupa que estas aproximaciones no expliquen la realidad. En ninguna parte del artículo niego la pertinencia de las matemáticas. Tampoco desconozco la utilidad del método lógico deductivo como el que utiliza Samuelson (1937, 1947). Estoy de acuerdo con Samuelson en la función que le atribuye a los teoremas significativos. Los acercamientos lógico deductivos, y entre ellos el matemático, son legítimos. Y allí no radica el centro de mi argumentación.

La lectura matemática, lógico deductiva, que hace Samuelson (1937) de la utilidad marginal es “integral”, en el sentido de que va más allá de la frontera micro y macro. Para Cataño este artículo sería el punto de partida de una nueva micro. No sé si de una “vieja” o de una “nueva” micro. Le recuerdo a Cataño que Samuelson le hace un hermoso homenaje a Marshall (1920) en las tres últimas páginas del texto mencionado. El artículo tiene 7 páginas, y partir de la cuarta ya está reconociendo las limitaciones de su aproximación. Acepta que la biología podría ayudar a explicar el comportamiento humano mejor que las matemáticas. Este artículo que es paradigmático, porque sigue siendo el fundamento de los modelos de crecimiento contemporáneos, reconoce que el marco de interpretación tiene que ser ampliado. Y en este sentido es “integral”. Samuelson afirma con toda claridad, que la estabilidad de la tasa de interés y de la tasa de preferencia intertemporal, no tienen nada que ver con el comportamiento humano que cambia todos los días. Sin embargo, y parece pidiéndole disculpas al lector, en el modelo debe suponer que ambas tasas son constantes a lo largo del tiempo. La única forma de salir de este círculo estrecho, dice Samuelson, es con la biología y el análisis histórico e institucional. De ahí su apreciación por las preocupaciones temporales y biológicas de Marshall. Sin duda, Samuelson reduce los alcances del utilitarismo clásico. Pero aborda los problemas de forma “integral”. No tiene ninguna necesidad de recurrir a la distinción entre lo micro y lo macro. Sería improcedente leer la teoría samuelsoniana de la utilidad como una aproximación micro. La comparación que hace Samuelson de la tasa de preferencia intertemporal y de la tasa de interés no cabe en la categoría estrecha de la micro o de la macro.

En el artículo afirmo que la distinción entre la micro y la macro es reciente, de los años setenta. Cataño me responde que no es así, porque la Teoría general es de 1936, y el artículo de Hicks sobre IS-LM es de 19372. Pero ni Keynes ni Hicks hablan de micro y macro. No entiendo, entonces, por qué Cataño dice que estos textos inauguran la distinción entre la micro y la macro. Pero, al mismo tiempo, reconoce que Keynes busca construir una “teoría general” que supere las limitaciones de las percepciones particulares de los clásicos. Reitero que la Teoría general de Keynes no es lo mismo que una teoría macro. Cataño se va por las ramas. En el artículo no discuto si la teoría de Keynes es “nueva”. Sólo me importa mostrar que Keynes no está proponiendo la distinción micro y macro. La referencia que hace Cataño a la lectura keynesiana de Dumenil y Levy no clarifica la discusión central. Enreda el debate porque coloca los términos del problema donde no están. La distinción micro y macro a la que se refiere Cataño no es de Keynes, sino de la forma como Dumenil y Levy leen a Keynes. No es extraño que ellos concluyan que teoría de Keynes es macro. Esta percepción equivocada se ha generalizado. Cataño, como sus maestros Dumenil y Levy, cae en la trampa. Reduce los alcances de las teorías de Keynes y Hicks porque las encajona en el simplismo de la distinción micro y macro.

No creo que la teoría del valor y de los precios relativos sea un tema micro, y que la distribución sea un asunto macro. Ambos problemas son micro y macro. La distribución equitativa de la riqueza social es un asunto que trata de manera extensa Walras (1926). Y desde su óptica, el problema distributivo tiene relación directa con el valor y con los precios relativos. La relevancia de la distribución no es un asunto exclusivo de Keynes. También es crucial en Walras. Si para Cataño la obra de Walras es micro, habría que decir entonces que el tema distributivo en Walras es micro. Cataño se vería en aprietos para decidir si finalmente la distribución corresponde a la dimensión micro o al espacio macro.

En la presentación que Cataño hace de la crítica de Keynes a los clásicos (segundo capítulo de la Teoría general), dice que Keynes pretende hacer una “microfundamentación”. No entiendo por qué este afán de buscar microfundamentaciones donde no existen. La lectura que hace Cataño es sesgada. Afirma que Keynes critica la economía clásica porque está mal microfundamentada. Keynes, dice Cataño, “intenta mostrar que los fundamentos microeconómicos de lo que llama “economía clásica” no son adecuados”. No es cierto. Keynes critica a los clásicos porque su teoría es “parcial”, y no porque carezca de una adecuada microfundamentación. Este no era un problema de Keynes. Y según Cataño, Keynes propone una “nueva microeconomía del dinero (la demanda especulativa), una nueva microeconomía del mercado de trabajo [...], y una nueva teoría de la inversión”. Definitivamente, no entiendo la aproximación de Cataño. Primero, porque ya decía que a Keynes no le interesa microfundamentar nada. Y segundo, porque no es claro en qué sentido la demanda especulativa es una noción “micro”. Esta conclusión no se deriva de la obra de Keynes. El cap. 2 de la Teoría general no microfundamenta. De allí no pueden derivarse otros capítulos que son centrales en la Teoría general (8, 9, 15, 17). El motivo especulativo no hace parte de una “microeconomía” del dinero como dice Cataño. La demanda especulativa es constitutiva de la teoría del dinero, y el dinero es macro y micro. La Teoría general no es consistente desde el punto de vista lógico. Cada uno de los capítulos expresa, de una manera específica, las intuiciones de Keynes sobre la moneda y el tiempo, pero la obra no tiene la pretensión de la consistencia interna. Las propiedades del dinero (cap. 17 de la Teoría general), como la no sustitución y la baja elasticidad de producción, no son propiedades “micro”. La primera tiene que ver con el privilegio de emisión de la banca central, y la segunda con la sustitución de activos en los mercados de capitales. Además, Cataño olvida que los austriacos siempre le criticaron a la teoría keynesiana la ausencia de sujeto individual. Keynes, dice Hayek (1989), oculta al sujeto y termina subsumiéndolo en procesos de decisión impersonal. El “espíritu animal” de Keynes no se encarna en la persona individual, sino en un ente abstracto cuyas elecciones únicamente pueden ser percibidas desde la “teoría general”.

Cataño dice que leo mal el segundo capítulo de la Teoría general. Afirmo que Keynes critica la identidad entre el salario y la productividad marginal. Cataño considera que no es cierto porque Keynes sí acepta que la productividad marginal del trabajo es decreciente. Pero reconocer la validez de la productividad marginal decreciente (PMD) no significa aceptar la identidad entre la PMD y el salario. Y las razones para que esta igualdad no se presente son variadas, comenzando porque la oferta y la demanda de trabajo no están determinadas por la misma variable. El salario real no es el mismo para el empresario y el trabajador. Cada uno tiene su punto de referencia. El precio relevante para el empresario es el del producto que él vende, y para el trabajador el precio de referencia es el de los bienes de la canasta de consumo básico. En fin, no creo que Keynes esté buscando la “microeconomía correcta”. Cataño dice que no diferencio las varias “micros” de Keynes. Vuelvo a insistir en que Keynes no propone ninguna micro.

Cataño pretende comparar la micro de Keynes con la micro clásica. Con este modo de argumentar, habría que decir que Keynes también compara su macro con la de los clásicos. Sería muy interesante que Cataño nos dijera cuál es la micro y la macro de Smith, Ricardo y Marx. ¿Los análisis de Smith sobre la “gran ley de la cristiandad”3 son micro o macro? ¿Las consideraciones sobre la forma como la división del trabajo embrutece a los obreros4 es un asunto de la micro o de la macro? ¿Las reflexiones de Marx sobre la fetichización de la mercancía son micro o macro? ¿Las ventajas comparativas en el comercio internacional son un asunto de la micro o de la macro? Si tratamos de responder estas preguntas caemos en el galimatías al que nos pretende llevar Cataño.

Las referencias que hace Cataño a Hicks desvirtúan las líneas generales de mi reflexión. Cataño vuelve a los años treinta con los sesgos de la mirada contemporánea. Valor y capital de Hicks (1939) y los artículos de 1937 y de 1957 no son reflexiones micro o macro. Estos textos tocan problemas cruciales de la teoría económica que por su naturaleza son multidimensionales. El afán de encasillar es de Cataño, y no de Hicks o de Keynes.

Cataño afirma que Hicks nunca se opuso a la distinción micro y macro. Y a mi modo de ver, no se opuso porque, sencillamente, la distinción no le parecía un asunto relevante. Nadie se opone a algo que no le interesa, o que no le pasa por la mente. El esquema IS-LM no fue concebido por Hicks como un modelo macro, y así lo reconoce Cataño de manera explícita. La intención analítica de Hicks era mostrar la intensidad de la ruptura de Keynes con los clásicos, y en el artículo de 1937 la ecuación central es la monetaria. Keynes, dice Hicks, quiso poner en primer lugar la demanda voluntaria de dinero, pero no pudo ir tan lejos como pretendía. Terminó haciendo un compromiso entre las demandas voluntaria e involuntaria del dinero. La demanda voluntaria está estrechamente relacionada con la demanda especulativa.

Cataño ya había dicho que la demanda especulativa se movía en el espacio de la “microeconomía del dinero”. Y si la IS-LM gira alrededor de la demanda especulativa, siguiendo la lógica de Cataño habría que concluir que el modelo es de naturaleza micro. Cataño se contradice. Y el que Blanchard haya calificado IS-LM como una presentación macro no es relevante para la discusión.

Los comentarios siguientes de Cataño tienen relación con los mercados financieros y las limitaciones de información. Diferencia la “vieja” y la “nueva” micro. Esta clasificación confunde y no contribuye a clarificar la discusión. En el debate académico ha ido ganando espacio la “nueva” macroeconomía. Y esta “nueva” macro continúa fundándose en la “vieja” micro. No veo que haya una “nueva” micro fundando la “nueva” macro. La secuencia entre la “vieja” y la “nueva” macro no tiene una correspondencia unívoca con la “vieja” y la “nueva” micro. Habría traslapes inevitables que Cataño no explica. Y si tratara de explicarlos llegaría a un callejón sin salida.

Cataño está de acuerdo conmigo en que la micro es frágil. Pero argumenta que el programa de investigación microeconómico podría avanzar e ir llenando los vacíos, de tal manera que poco a poco el método alcance mayor solidez. Sorprende que Cataño proponga un programa de investigación meramente procedimental, sin contenido. Se trataría, simplemente, de profundizar en “el programa de investigación microeconómico”. Esta formulación no es sustantiva y va en contravía de lo que ha sido el desarrollo de la teoría económica. Los progresos de la disciplina van por caminos distintos a los aspectos puramente metodológicos y, de todas maneras, los logros que se han conseguido no han estado guiados por la distinción micro y macro.

Leo a Walras de una forma completamente distinta a Cataño. Y en contra de lo que él piensa, sí creo que el sistema de Walras es más abierto que el de los neowalrasianos. Dice Cataño que Walras es el héroe de mi artículo. Y sin que haya pretendido convertirlo en héroe, la percepción de Cataño me agrada. Walras es un maestro. Ante todo, porque página tras página, reconoce que es imposible encontrar los elementos puros de la economía. La justicia, la moral, la propiedad, la envidia, etc., se le atraviesan en el camino y lo obligan a hacer explícitas las limitaciones intrínsecas del método puro en la economía. Los neowalrasianos echan por la borda las primeras 100 páginas de los Elementos de economía pura, y todas las reflexiones walrasianas sobre la ética, la moral y la política. También dejan de lado las dudas permanentes de Walras sobre las condiciones de posibilidad del equilibrio general. Los neowalrasianos introducen la figura del subastador central, porque para ellos es la única manera de conseguir el equilibrio general. El subastador tiene la virtud de congelar cada uno de los equilibrios parciales. El artificio de la economía centralizada es una forma de cerrar el sistema walrasiano. Y este reduccionismo es posible porque los neowalrasianos dejan por fuera aspectos claves de la teoría original de Walras, como la distribución. No sobra agregar que el tema distributivo también es crucial en la perspectiva de Edgeworth (1879, 1881). Cataño dice que los neowalrasianos contemporáneos ya se están “abriendo”. Pero qué sentido tiene “abrirse” después de casi un siglo de haber mutilado la aproximación walrasiana.

Al mencionar la macrofundamentación de la micro, no estoy proponiendo que se avance en esta dirección. Simplemente quiero poner en evidencia que macrofundamentar la micro puede ser tan pertinente como microfundamentar la macro. No hay ninguna razón apriori para preferir una lógica a la otra.

Cataño me reclama la falta de referencia a pensadores heterodoxos como Marx. No los menciono porque los autores que cito en el texto apenas buscan ilustrar la forma como se ha ido construyendo el método en economía, por fuera de la micro y la macro.

Cataño termina afirmando que mi reflexión conduce al vacío. Su angustia es comprensible. Realmente por fuera del simplismo de la distinción micro/macro, el mundo parece desconcertante, porque las preguntas abundan y, en la mayoría de los casos, no hay respuestas. La distinción micro/macro tiene múltiples respuestas y pocas preguntas. Es un espacio tranquilizador, en el que no hay lugar para la tragedia. En cambio, por fuera de la micro y la macro hay tragedia porque el punto de referencia se pierde. La tragedia en el sentido griego es la ausencia de jerarquías. Es la pérdida de un horizonte claro. Cataño quiere evitar la tragedia del pensamiento complejo, y por ello siente vértigo. Walras, Keynes y los grandes maestros nos invitan a pensar la economía como un sistema abierto. Cataño prefiere permanecer encerrado en los precios y en el núcleo. Por fuera de esta cárcel lo agobia el vacío. Otros, en cambio, sentimos retos y, sobre todo, percibimos que por fuera de la distinción micro/macro existe un espacio propicio para el desarrollo de un pensamiento interdisciplinar.


NOTAS AL PIE

1. La primera vez digo: “La microfundamentación no favorece la comprensión integral de los problemas centrales”. Y la segunda vez afirmo: “La racionalidad individual y co-lectiva es otra área del conocimiento que se comprende mejor cuando la aproximación es integral”.

2. Cataño hace referencia a los primeros autores que en los años cuarenta emplearon las categorías micro y macro. De Wolf utiliza las categorías micro y macro en 1941, y Klein menciona la macro en 1946. En la introducción del artículo afirmo, de manera explícita, que la reflexión gira alrededor de la forma como la distinción micro y macro ha tenido un impactado negativo en la enseñanza de la economía. No pretendía hacer una arqueología de las categorías conceptuales.

3. “... la gran ley de la cristiandad afirma que debemos amar a los otros tal y como nos amamos a nosotros mismos” (Smith, 1759, p. 27).

4. “Un hombre que dedica toda su vida a ejecutar unas pocas operaciones sencillas, cu-yos efectos son quizás siempre o casi siempre los mismos, no tiene ocasión de ejercitar su inteligencia o movilizar su inventiva para descubrir formas de eludir dificultades que nunca enfrenta. Por ello pierde naturalmente el hábito de ejercitarlas y en general se vuelve tan estúpido e ignorante como pueda volverse una criatura humana. La tor-peza de su mente lo torna no sólo incapaz de disfrutar o soportar una fracción de cualquier conversación racional, sino también de abrigar cualquier sentimiento gene-roso, noble o tierno, y en consecuencia de formarse un criterio justo incluso sobre muchos de los deberes normales de la vida privada” (Smith, 1776, p. 717).


REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

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5. Hicks, J. Valor y capital, México, 1939, Fondo de Cultura Económica, 1977.

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