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Revista de Economía Institucional

versión impresa ISSN 0124-5996

Rev.econ.inst. v.8 n.14 Bogotá jun. 2006

 


IN MEMORIAM
JOHN KENNETH GALBRAITH (1908-2006)


Alberto Castrillón*

* Profesor de la Universidad Externado de Colombia, jracastrillon@yahoo.com Fecha de recepción: 2 de mayo de 2006, fecha de aceptación: 15 de mayo de 2006.


Si no puedes reconfortar a los afligidos, aflige a los que están confortables.
J. K. Galbraith

El pasado 29 de abril, a los 97 años de edad, murió en Cambridge, Massachussetts, John Kenneth Galbraith, uno de los economistas más leídos y discutidos del mundo, al menos desde la segunda mitad del siglo pasado. Nació en Iona Station, Ontario (Canadá), el 15 de octubre de 1908. Se licenció en Economía Agrícola en la Universidad de Toronto. Emigró en los años 30 a Estados Unidos, donde obtuvo el doctorado en la Universidad de California, en Berkeley, y adoptó la ciudadanía estadounidense. Dirigió la Oficina del Servicio de Control de Precios de Estados Unidos (1941-1943), la Oficina del Departamento Estatal de Política Económica (1946) y fue editor de la revista Fortune (1943-1948). Fue profesor en las universidades de Princeton, Cambridge, Bristol y California y miembro de Americans for Democratic Action (1967), así como catedrático en la Facultad de Economía de la Universidad de Harvard (1949-1975). Fue un académico con una gran influencia en la política demócrata de Estados Unidos.

Sus obras frecuentemente se convirtieron en best sellers, debido a la facilidad con que trataba temas complejos sin recurrir a los tecnicismos propios de los economistas. El obituario del New York Times deplora justamente que sus discípulos no hayan sido capaces de demostrar sus ideas con modelos matemáticos1. El célebre Paul Samuelson afirmó que Galbraith era el “economista más querido por todos aquellos que no eran economistas”. O la opinión de que “un tipo como Galbraith no puede ganar el Premio Nobel porque no es en realidad un economista profesional, sino una especie de filósofo social o no sé qué”, atribuida a un eminente economista que recibió el premio del Banco de Suecia en memoria de Alfred Nobel, a raíz de la sugerencia de que se le concediera el mismo galardón a Galbraith. Este tipo de comentarios son una expresión de la transformación de la profesión económica acaecida en las dos últimas décadas. Qué lejos estamos de Smith, Marx y aun de Keynes. Con todo, en 1971 Galbraith fue elegido presidente de la American Economic Association.

Es reconocido como un crítico de la economía neoclásica, afín a las ideas de John Maynard Keynes y a las del institucionalismo norteamericano en línea con el pensamiento de Thorstein Veblen, Commons, Ayer y Mitchell. Afirmaba que el libro que más había influido en él era Teoría de la clase ociosa de Veblen. Algunos de sus libros más conocidos son La sociedad opulenta, El crack de 1929, El capitalismo americano: la teoría de los precios, El nuevo Estado industrial y La economía del fraude inocente. En 1999, la editorial Modern Library ubicó a La sociedad opulenta en el puesto 46 de los 100 mejores libros de no ficción del siglo en inglés. Ejerció una profunda influencia en los políticos demócratas estadounidenses. Estuvo vinculado a varios presidentes demócratas, desde Franklin Delano Roosevelt hasta Bill Clinton, quien en el año 2000 le concedió la Medalla Presidencial de la Libertad. Fue embajador en la India en los años 1961-1963, durante la presidencia de Kennedy. Fue asesor de los candidatos demócratas Eugene McCarthy y George McGovern. Apoyó los movimientos en contra de la guerra de Vietnam, la reducción de la semana laboral a menos de cuarenta horas y las reivindicaciones de las feministas. Fue miembro de Americans for Democratic Action (1967).

En las vecindades del pensamiento austriaco es tal vez donde se encuentren los más duros pronunciamientos contra Galbraith, quizá por la polémica que mantuvo con Hayek. Carlos Rodríguez Braun, en una de sus destempladas columnas habituales, afirma que a Galbraith no sólo se le han atribuido méritos infundados sino que, aparte de “apoyar dictaduras comunistas”, no habría hecho otra cosa que atacar el mercado, el capitalismo, las empresas y el individualismo2. Tal vez quiera sugerir que una persona como Galbraith, con una vida “confortable”, no debería incomodar a los ricos y pedir que el Estado opte por una política que procure mejorar la condición de los pobres.

Sin mencionar la aquiescencia de un Friedman o un Harberger con Estados dictatoriales de mercado a despecho de democracias socializantes, digamos que Galbraith era un pensador liberal típico –estadounidense– muy en la línea de Keynes: un poco de Estado para salvar el mercado y la democracia:

Yo soy una persona conservadora y por tanto tengo tendencia a buscar antídotos para las tendencias suicidas del sistema económico. Pero gracias a la típica inversión del lenguaje esta predisposición suele ganarle a uno la reputación de ser un radical3.

A lo largo de sus obras hizo una dura crítica a las grandes corporaciones estadounidenses, que concentraban más y más poder, en tanto que el Estado descuidaba la salud, la educación y la infraestructura vial. Para Galbraith era evidente la irrelevancia de los modelos de competencia perfecta para analizar la economía de Estados Unidos. Otra de sus ideas importantes es la crítica del consumismo propio de las sociedades opulentas por medio de la satisfacción de necesidades inventadas por la publicidad.

En su discurso ante la octogésima quinta reunión de la Asociación Económica Norteamericana, celebrada el 29 de diciembre de 1972 en Toronto, sostuvo que la economía neoclásica o poskeynesiana no está en capacidad de ofrecer soluciones a los problemas de la sociedad moderna, debido a que sus supuestos eluden el poder y por ende el contenido político de la economía.

La pertinencia de la reflexión de Galbraith es clara: las dificultades para generar empleo, no digamos ya en los mercados emergentes, como se dice ahora, sino en países de Europa Occidental, o el incesante crecimiento de la desigualdad económica en Estados Unidos no se pueden negar. En cuanto a la omisión del poder en el análisis económico, el capitalismo de amiguetes, practicado por los políticos estadounidenses y los directivos de Enron o Haliburton, sólo por mencionar los casos más ventilados, debería ser suficiente.

Vale la pena recordar con Galbraith que “el Estado es el objetivo primordial del poder económico”. No en vano, el Banco Mundial se ha dedicado a estudiar con profusión el tema de la “captura del Estado” y cómo evitar que suceda. A propósito, no suena convincente el exabrupto de Becker: “if we abolish the
State, we abolish corruption”. Cuánta moderación hace falta a los fundamentalistas de mercado. No a los del Estado, que de esos ya no quedan. Para evitar las tendencias suicidas del sistema económico se requieren antídotos, nos dijo Galbraith. Stiglitz4, ese sí economista laureado, dirá que “el reto consiste en saber alcanzar el equilibrio” entre mercado y Estado, pues “una y otra vez, asistimos a las consecuencias del exceso de desregulación, de los mercados sin grilletes. Ahora debemos resistir la tentación de irnos al otro extremo”.

Otros publicistas han traído a colación las opiniones de Galbraith sobre los mercados financieros, para “demostrar” su falta de rigor. ¿Galbraith tendría algo que envidiarles a los premiados Robert Merton y Miron Scholes que condujeron a la quiebra al hedge fund Long Term Capital Management (LTCM) obligando a una operación de salvataje coordinada por la Reserva Federal? ¡Oh! When genius failed. Qué refrescante oír al gestor del descalabro, Robert Merton5, decir:

una crisis financiera es algo para lo que uno no se puede preparar. Nosotros, ¡claro que teníamos experiencia en crisis financieras! Pero si se analiza la historia, algunas de ellas han surgido de las circunstancias más extrañas, así que es difícil planificarlas. Suceden [...] no sabes dónde.

Y, sigue Merton, “no me opongo a la regulación. Es parte del sistema financiero y es necesaria”. ¿Lección aprendida? Más que dudoso: Galbraith consideraba que las crisis se deben en parte al hecho de que se cree que los que manejan mucho dinero son muy inteligentes.

Galbraith no recibió el lauro en Estocolmo, pero muchos de sus planteamientos, así como los interrogantes y desafíos que planteó a la teoría económica y las políticas públicas están a la espera de que sean encarados con imaginación y acción política.


NOTAS AL PIE

1. The New York Times, 30 de abril de 2006.

2. ABC, 2 de mayo de 2006.

3. Citado en Guerrero, D. 2002. Economía no liberal, para liberales y no liberales, www.eumed.net/cursecon/libreria/

4. Stiglitz, J. 2002. “El capitalismo de amiguetes al estilo americano”. El País, 14 de febrero.

5. “Los hedge funds son una válvula de seguridad”, entrevista a Robert Merton, El País, 15 de enero de 2006.

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