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Revista de Economía Institucional

Print version ISSN 0124-5996

Rev.econ.inst. vol.9 no.16 Bogotá Jan./June 2007

 


LOS FUNDAMENTOS MORALES DELA ECONOMÍA: UNA RELECTURA DEL PROBLEMA DE ADAM SMITH


THE MORAL FOUNDATIONS OF ECONOMICS: A REINTERPRETATION OF ADAM SMITH’S PROBLEM



José Atilano Pena López*
José Manuel Sánchez Santos**

* Doctor en Economía, profesor asociado del Departamento de Economía Aplicada I de la Universidad de A Coruña, A Coruña, España, atilano@udc.es
** Doctor en Economía, profesor titular del Departamento de Economía Aplicada I de la Universidad de A Coruña, A Coruña, España, santos67@udc.es Agradecemos las observaciones y comentarios de un evaluador anónimo de la Revista de Economía Institucional. Fecha de recepción: 31 de agosto de 2006, fecha de modificación: 7 de noviembre de 2006, fecha de aceptación: 15 de diciembre de 2006.


RESUMEN

[Palabras clave: ética, economía, Adam Smith, simpatía; JEL: A10, A13, B12]

Este ensayo replantea el “problema de Adam Smith” y reconsidera la interrelación entre ética y economía. A partir del examen crítico de las propuestas para resolver ese supuesto problema, propone una alternativa integradora basada en los conceptos de simpatía y espectador imparcial, y muestra que l a moral, entendida como extensión de relaciones de simpatía, es una precondición para la existencia de cualquier forma de mercado. El análisis aclara que la moral es una base del sistema económico y que, a su vez, éste condiciona la moral.

ABSTRACT

[Key words: ethics, economy, Adam Smith, sympathy; JEL: A10, A13, B12]

This paper offers a reinterpretation of “Adam Smith’s problem” and reconsiders the relation between ethics and economics. It makes a critical revision of the attempts that seek to solve this problem, proposes an alternative framework constructed on the Smithian concepts of sympathy and the impartial spectator, and shows that morality understood as an extension of sympathy relations, constitutes a precondition for the market existence. The analysis clarifies that morality is the base of the economic system and, at the same time, the economic system limits morality.



La economía neoclásica en su vertiente más walrasiana muestra graves limitaciones cuando trata el hecho de que las interacciones económicas requieren algún modo de comprensión entre individuos o una prosocialidad elemental1. En particular, el paradigma del homo economicus no presta atención a la capacidad de empatía y a los vínculos de simpatía, aunque reconoce que quienes participan en el mercado pertenecen a grupos que comparten ideas, sentimientos, valoraciones, etc. En general, la revolución marginalista y la generalización del paradigma fisicalista en economía produjeron una tendencia a escindirla de las demás ciencias sociales.

No obstante, la economía sólo puede funcionar en un marco motivacional, cultural e institucional más amplio, es decir, la economía es un subsistema del sistema cultural. Por ello, frente al intento de separar la filosofía moral o la ética de la economía es necesario un estudio científico que incluya el análisis económico de la moral y el análisis moral de la economía. Uno de los puntos de referencia para desarrollar ese estudio puede ser el “problema de Smith”, es decir, la aparente contradicción entre sus dos obras centrales: La riqueza de las naciones (RN) y La teoría de los sentimientos morales (TSM), contradicción que ha alimentado un debate recurrente en la economía y en la historia del pensamiento económico (Sen, 1986, 32).

La afirmación de que la ciencia económica se inicia con la obra de Smith y que su caracterización es una ruptura con la filosofía moral es un tema central en la historiografía del pensamiento económico. Pese a ello, los binomios positivo-normativo y eficiencia-equidad que aparecen en el proceso de divorcio entre la economía y la ética carecen de sentido en la obra de Smith (Young, 1997, 5-11).

En el origen de la controversia se encuentra la creencia de que la RN ofrece una visión incompleta, en la que el ser humano parece guiarse exclusivamente por el interés propio, mientras que en la TSM hay una visión más compleja de la estructura motivacional del comportamiento humano, en la que valores como la justicia, la generosidad o el espíritu cívico desempeñan un papel esencial. En realidad, la obra de Smith en su conjunto presenta una visión equilibrada de la relación entre ética y economía, que es de interés para reconsiderar la articulación entre ambas dimensiones de la acción humana. La TSM y la RN son un intento de dar una respuesta sistemática a dos de los grandes problemas intelectuales de la Ilustración escocesa: el debate altruismo-egoísmo entre los filósofos y teólogos del momento, y la preocupación de empresarios y administradores públicos por el incipiente crecimiento económico a escala nacional (Danner, 1976, 307).

Ambas obras fueron escritas desde dos puntos de vista que Smith consideraba complementarios. La TSM se centra en los aspectos sicológicos de la vida social, en sentimientos, pensamientos y tendencias naturales de sociabilidad. La RN trata los aspectos económicos de la vida social, donde las dimensiones sicológica y moral están aparentemente ausentes (Brown, 1994, 26). Es entonces pertinente replantear la articulación del sistema smithiano y examinar el papel de los conceptos de simpatía y espectador imparcial en la economía. Este enfoque, además de servir de base para una nueva lectura del problema de Smith, permite reconsiderar la interrelación entre moral y economía (Dickey, 1986, y Montes, 2003a).

Los intentos de integrar la obra de Smith siguen tres orientaciones. En primer lugar, se tienen los que postulan una moral construida a partir de las relaciones de simpatía que delimita el marco o las reglas de juego a las que se debería someter el interés particular y, por tanto, exógena a las relaciones económicas. En segundo lugar, los que consideran la simpatía como un vínculo que delimita el entorno de cada individuo o esfera en que no existen relaciones basadas en el interés particular sino de interdependencia o comunidad. Por último, los que caracterizan la simpatía como un vínculo común presente en diversos grados en todo tipo de relación que reduce los costos de transacción. Los dos primeros enfoques desplazan el problema de Smith a ámbitos más restringidos, pues uno entiende la moral como un mero sistema correctivo externo a las relaciones económicas y el otro limita la moral y el altruismo a ámbitos ajenos al mercado. En el tercero, el interés particular y los vínculos de simpatía operan simultáneamente, predominando uno y otros en función de la distancia social entre los sujetos.

La primera sección de este escrito expone el problema de Smith y analiza los conceptos de simpatía y espectador imparcial por su importancia en la reconstrucción de su visión acerca de la articulación entre ética y economía. En la segunda se revisan críticamente los intentos de integrar el conjunto de su obra para proponer una respuesta alternativa al problema y, por extensión, a la dicotomía ética-economía, que consideramos más consistente. La última presenta las conclusiones.

EL PROBLEMA DE ADAM SMITH

Como punto de partida para abordar el problema de Smith cabe mencionar que, como hizo antes Hume, Adam Smith recupera una tradición que busca un primer principio de la moral, de la que forman parte pensadores de signo muy diverso, de Spinoza a Mandeville. Cronológicamente, la primera de sus obras (TSM)2 presta atención a la formación de los juicios morales de nuestras acciones y de las acciones de otros, bajo las nociones de prudencia y simpatía como núcleo de la argumentación. En cambio, en la RN estudia los factores que propician el desarrollo económico, cuyo motor es el interés particular. Así, al comienzo de la TSM dice:

Por más egoísta que se pueda suponer al hombre, existen evidentemente en su naturaleza algunos principios que le hacen interesarse por la suerte de otros, y hacen que la felicidad de estos resulte necesaria, aunque no derive de ella más que el placer de contemplarla (TSM, I, 1).

Mientras que en el fragmento más citado de la RN afirma:

No de la benevolencia del carnicero, del cervecero o del panadero de quien esperamos nuestra cena [...] sino de su interés particular (RN, I, 2).

La lectura descontextualizada de los fragmentos más citados de ambas obras encuentra una contradicción básica entre su obra ética inicial y su obra económica posterior. Lo sorprendente es que esa contradicción no fuera objeto de debate en la época en que Smith desempeñó su labor educativa, sino que se descubrió sólo un siglo más tarde.

La primera alusión histórica al “problema” surgió entre pensadores alemanes de orientación socialista críticos del librecambismo dominante, entre los que se destaca Skarzynski, que afirmaban que en la obra de Smith existe una interpretación de la naturaleza humana doble y contradictoria (Peters-Fransen, 2001). La benevolencia o el altruismo3 que defendió en la TSM serían incompatibles con el egoísmo como fundamento del sistema económico que defendió en la RN. Oncken4, Brentano y Knies atribuyeron esta contradicción al giro (Umschwungstheorie) que habría dado Smith por influencia del pensamiento liberal francés de los filósofos materialistas (Helvetius, Holbach) y de las ideas de los fisiócratas que se manifestaría en la RN, frente a la influencia de Hume y Hutcheson en su obra moral (Nieli, 1986, y Teichgraeber, 1986).

Esta explicación persistió hasta bien entrado el siglo XX, y para autores de la talla de Viner (1927) era un lugar común; así, el origen de la economía como ciencia tendría como punto de partida el “desengaño” de Smith respecto a ciertas veleidades morales. Para la historia del pensamiento económico, la publicación de sus obras completas en la edición de 1976 fue lo que llamaríamos una resolución casi definitiva del problema. No obstante, dejó abierta a interpretación su manera de entender la relación entre ética y economía y el papel que atribuía a la simpatía en el sistema de mercado. Pese a este hito, el “problema” subsiste en el uso que buena parte de la teoría económica hace de los clásicos.

A este respecto, cabe mencionar la interpretación reduccionista de Becker (1981), según la cual Smith sugeriría que el egoísmo es común en las transacciones de mercado mientras que el altruismo lo es dentro de las familias. Mediante un artificio ad hoc, Becker explica esta dualidad por razones de eficiencia5. Kolm (1983) retoma esa idea y afirma que la economía como ciencia se basa en la “falacia Smith-Mandeville”, según la cual una economía basada en relaciones altruistas sería menos eficiente que una economía con agentes egoístas. Este planteamiento lleva a que algunos autores vean a Smith como un hito en la destrucción de la moral (Lux, 1990).

La escuela austriaca también hace una lectura parcial de su obra, a la que considera un cúmulo de errores. Ese es el caso de los comentarios de Rothbard (2003, 519 y ss.) sobre el “problema de Adam Smith” que no identifican correctamente sus raíces y prescinden de su dimensión ética y social6. Es claro que en la percepción de los autores que detectan el “problema” hay prejuicios de lectura7, pues presuponen que la ficción moderna del homo economicus es el trasfondo de la RN (Alvey, 2003).

No obstante, las pruebas documentales ponen en cuestión la hipótesis del giro de pensamiento. Los apuntes de las clases que Adam Smith dictó cuando escribía la TSM muestran que las ideas matrices de la RN ya estaban presentes en su obra moral (Cannan, 1896, y Rae, 1895)8. El mismo Smith no observó ninguna incongruencia, pues en la última página de la TSM dice que continuará en su próxima obra la tarea de estudiar los principios generales de la ley, el gobierno y la política. Asimismo, en el anuncio de la sexta edición de la obra señala que la RN cumplía la promesa de la última página de su obra moral. Por último, en una especie de ultílogo Smith indicó su deseo, que sólo cumplió parcialmente, de escribir una filosofía social completa que abarcara las tres grandes áreas: ética, jurisprudencia y economía política.

LA SIMPATÍA Y EL ESPECTADOR IMPARCIAL EN EL SISTEMA DE ADAM SMITH

Smith percibe una diferencia esencial de lenguaje entre la ética y la economía: el lenguaje de la economía, que se ajusta a la explicación de reglas de actuación, no es apropiado para analizar el mundo interior del hombre. Pero a diferencia de sus contemporáneos, cuya perspectiva era puramente racionalista o basaban sus análisis en la ficción teórica del estado de naturaleza, Smith no consideró al hombre aislado sino al hombre de la vida en relación. En esta visión, los seres humanos son, por naturaleza, sociales en el sentido aristotélico estricto, y el fundamento de sus acciones es el deseo de reconocimiento, de ser apreciados, aceptados, aprobados e incluso amados por otros seres humanos (Ingrao y Ranchetti, 2000, 60-61). Debido a la simpatía, los individuos se ven afectados por el bienestar ajeno, especialmente si existe alguna relación con el otro. No se trata meramente de un contagio, de una comunicación o transferencia emocional, sino que el sujeto se emplaza en el lugar del otro (TSM, I, 1) a través de un acto de imaginación:

Cuando me conduelo con otra persona por la muerte de su hijo no estoy suponiendo cómo me sentiría sino cómo se sentiría una persona en sus circunstancias, considero cómo me sentiría si realmente fuese el otro sujeto (TSM, I, 2, 4).

Este vínculo supone un cambio de posiciones reflexivo y complejo con importantes implicaciones cognitivas que afectan la toma de decisiones.

Definir el concepto smithiano de simpatía no es simple, pues Smith lo reviste de intuicionismo moral tratando de abarcar un complejo conjunto de interacciones cualitativamente distintas. Esta ambigüedad hace necesario un recorrido exegético por su obra para precisar las distintas acepciones del término.

El pensamiento moral de su época enfrentaba una visión de la naturaleza humana esencialmente egoísta (Maquiavelo, Hobbes, Mandeville) a una ética asentada en la exaltación de la benevolencia (Shaftesbury, Hutcheson). Smith optó por una vía intermedia que rompía con el solipsismo de Mandeville y la moral de virtudes heroicas de Shaftesbury, para basar la moral en las tendencias naturales del hombre y explicar su prosocialidad (TSM, I, 1.4).

El hombre no deriva satisfacción o placer exclusivamente de sí mismo, sino también de su participación en las experiencias de sus congéneres. Es indudable que tiene capacidad para percibir placer biológico individual pero también experimenta otras formas de placer ligadas a la interacción social (TSM, I, 1 y I, 2). Esta afirmación, que parece contradecir la moral egoísta de Mandeville, no equivale a la moral de benevolencia. No es “amor al prójimo”, pues la conducta humana implica atender en primer lugar los propios intereses, y sólo en segundo término atender al prójimo.

Es indudable que por naturaleza cada persona debe primero y principalmente cuidar de sí misma, y como cada ser humano está más preparado para cuidar de sí mismo antes que de cualquier otro, es correcto que así sea. Por tanto, cada individuo está más interesado en lo que le preocupa a él que a cualquier otro (TSM, II, 2, 2).

Además, los vínculos de unión con los demás dependen de la proximidad o familiaridad, que delimitan el ámbito en el que es posible la interdependencia entre individuos; de modo que para Smith existe un sistema completo de prelaciones personales.

Después de sí mismo, los objetos naturales de sus afectos más cálidos son los miembros de su familia, los que viven normalmente en su casa [...] aquellas personas sobre cuya felicidad o infelicidad más influencia puede ejercer su conducta (TSM, VI, 2, 1).

Esta tendencia natural que lleva al contagio de opiniones y actitudes, es la base para el consenso y la cohesión social. Los individuos acercan sus sentimientos, afectos y emociones hasta lograr algún acuerdo, lo que fortalece y da uniformidad al grupo.

Conocer las opiniones ajenas supone adoptarlas parcialmente. Aprobar las opiniones ajenas es advertir su acuerdo con las nuestras (TSM, I, 1).

Cuando la naturaleza formó al ser humano para la sociedad lo dotó con un deseo original de complacer a sus semejantes y una aversión original a ofenderlos. Le enseñó a sentir placer ante su condición favorable y dolor ante su consideración desfavorable, su aprobación halagadora y su desaprobación ofensiva (TSM, III, V, 1).

En contra de quienes encuentran inconsistencias en el sistema de Smith, la simpatía no se equipara a la benevolencia, pues esta última es una virtud supererogatoria, es decir, no es exigible, mientras que la simpatía es una característica psicosocial connatural al hombre sobre la que se construye la vida en comunidad.

Smith señala que la simpatía es el acto de “ponerse en lugar de” (TSM, I, 1) y “padecer con” (TSM, I, 3, 1). Con ese acto y ciertas habilidades imaginativas condicionadas por la proximidad cada hombre se forma una idea de cómo se sienten otros, imaginando cómo se sentiría en tales circunstancias, al tiempo que se identifica con ellos.

Esta caracterización de la simpatía tiene tres implicaciones: primera, la doble dimensión del hombre, pues la simpatía no es de carácter egoísta (TSM, VII, 3); segundo, la creación de un vínculo con las experiencias ajenas (TSM, I, 1); por último, no se trata sólo de una transferencia emotiva sino que es cognitiva y base de la aprobación moral (TSM, I, 1, 3 y I, 1, 4).

En términos epistemológicos, la definición smithiana de simpatía es de carácter subracional y, por tanto, no equiparable al pensamiento analítico; es un componente intuitivo que se experimenta instantáneamente al margen de cualquier proceso de razonamiento. Por ello, sostiene que es absurdo suponer que la percepción de bondad o maldad moral se puede derivar de la razón, y niega que estos sentimientos se puedan deducir del amor propio (TSM, I, 1). Es, en consecuencia, una especie de emotivismo moral.

El papel de la simpatía en el mercado

A partir de la noción de simpatía, Smith elabora una teoría de la tendencia natural a intercambiar sentimientos y reconocimiento (Fuertes, 2000, 160 y ss.), donde la corrección de la acción es fruto de la confluencia de dos factores:

El del espectador por identificarse con los efectos de la persona afectada y el de ésta por atenuar sus emociones hasta el punto de que el espectador pueda acompañarla (TSM, I, 2).

Esta idea se puede interpretar como un proceso de oferta y demanda de reconocimiento mutuo en el que ambos individuos intercambian sentimientos “hasta un punto intermedio o límite donde radica la corrección” (TSM, II, 1). El acuerdo entre oferente y demandante equivale al acuerdo entre espectador y protagonista de la acción. Así como el equilibrio de mercado surge de la confrontación de intereses particulares en procura de satisfacer la demanda, la moral sigue un movimiento análogo en busca de aprobación social. De este modo, los individuos de Smith buscan el progreso material y también la aprobación moral; en virtud del principio de autoconservación9, ambas búsquedas son procesos sociales de armonización (Fuertes, 2000, 173).

Así, la simpatía es un fundamento sicológico en la construcción tanto de la sociedad y la moral como de la economía. La ética se centra en la noción de simpatía entendida como capacidad de juicio de la acción propia desde el punto de vista del otro, y la economía en el valor de cambio y del comercio, que también requiere la ayuda de los otros para ser efectivo. En esta interacción, la simpatía favorece la coordinación previa de las decisiones individuales en virtud de la interdependencia social que genera, es decir, contribuye a reducir los costos de transacción. En conjunto, Smith propone una geometría de las relaciones humanas como sistema de equilibrio mutuo, similar al sistema gravitacional de Newton10, y muy semejante a la actividad comercial.

Las investigaciones más recientes en sicología y economía del comportamiento siguen una línea parecida a la de Smith. En juegos iterados y spot, los individuos manifiestan una clara tendencia al “exceso de cooperación”. El meta-análisis de Sally, que revisa más de 130 estudios realizados durante un período de 40 años, demostró que el grado de cooperación observado a escala experimental no podía ser explicado por un modelo de egoísmo estricto, y que era necesario introducir la tendencia innata a la sociabilidad (Sally, 1995). Para este autor, la consideración de los pagos ajenos da lugar a una reconfiguración del juego y a la aparición de equilibrios de justicia. En este marco, la simpatía puede explicar los comportamientos cooperativos y los resultados disonantes de la teoría de juegos.

El debate actual se centra en el estudio del sistema de coordinación previa al que ya aludimos, es decir, en el papel de la simpatía dentro del sistema comercial. Aquí cabe señalar que el mercado es una parte del sistema social y que los sentimientos morales inciden en la comprensión de los intercambios, la distribución y la formación de precios. Smith era consciente del efecto de la proximidad social sobre la realización de intercambios. El comercio entre individuos que forman parte de un mismo grupo de referencia parece más asentado en los sentimientos morales que el comercio entre extraños, más asentado en el interés particular. Los trabajos de Sally (2001 y 2002) son reveladores a este respecto: en sus experimentos, la noción de simpatía (interacciones sociales, proximidad, afinidad) ha sido un factor explicativo significativo en situaciones donde el mercado dificultaría un acuerdo (duopolios y asimetrías de información).

Para Smith, el comercio se basa en una propensión natural al intercambio (RN, I, 2), que también es la base de la división del trabajo. Este vínculo es parte de la tendencia a la comunicación y a la sociabilidad. No obstante, como dice Young (1997, 57-76), partiendo de las Lecturas de jurisprudencia(LJ), podría haber dos modelos de intercambio entre extraños: el benevolente y el malevolente. En el primero se establecen nexos de simpatía, amistad, persuasión e intercambio. El malevolente no sería resultado de una evolución natural, sino producto de un proceso político o falla del mercado (enfrentamientos, mercantilismo, monopolios). El crecimiento económico de una nación e incluso el asentamiento de una república depende en gran medida de la extensión de las formas benevolentes de comercio (LJ, 36-37 y 181-182), es decir, la riqueza de una nación surge de un intercambio pacífico de bienes asentado en relaciones de confianza (LJ, 328). En definitiva, la extensión de relaciones de simpatía favorecería la reducción de costos de transacción y un incremento de las ganancias vía comercio. De este modo, la simpatía desempeña un importante papel en el sistema de mercado en general y, más específicamente, en la formación de precios.

El espectador imparcial

La simpatía es también la base para la formación de los juicios morales, pues a través suyo los hombres pueden superar su condición natural de autocentramiento y verse como otros los ven. Pero como fuente de conocimiento de la situación de los otros es un principio insuficiente para asentar un sistema moral. Así, junto a la simpatía aparece una construcción derivada, un imaginario creado en nuestra mente, al que Smith llama “espectador imparcial” y que se erige en juez de nuestra conducta. Se trataría de la mirada imparcial de una tercera persona (la conciencia) que impulsa al individuo a decidir lo que lo hace auténticamente humano en busca de aprobación exterior (TSM, III, 2). Esta capacidad lleva a que el hombre pueda observar imparcialmente sus propias acciones y las de los demás.

Puesto que el espectador juzga la conducta ajena y la propia, esta construcción es muy similar al superego freudiano, una especie de interiorización de las normas sociales a través de la socialización. En la medida en que examina un acto o situación desde la distancia, los juicios y valoraciones individuales no son independientes del medio sociocultural del individuo (TSM, III, 1, 6).

Si fuera posible que una criatura humana pudiese desarrollarse en un paraje aislado, le sería imposible pensar en su propia personalidad, en la corrección de sus sentimientos y su conducta, en la belleza [...] Todo ello es producto de la interacción social (TSM, III, 2).

Para Smith, este espectador adopta la perspectiva del grupo social al que está integrado el individuo y no se limita a valorar una acción en función del efecto sobre su propia utilidad (Khalil, 2001, 425-426). En últimas, el espectador imparcial representa una posición imparcial bien informada que puede corregir las distorsiones de juicio en las que incurren inevitablemente los espectadores reales (TSM, III, 3). Esta característica sitúa al espectador imparcial en la base de toda norma social e incluso del sistema de mercado.

El desarrollo de la sociedad comercial favorece la creación de normas a través de un espectador imparcial más experimentado (LJ, 30-38). El comercio favorecería la libertad, la justicia, el buen gobierno, la seguridad. De este modo, se podría afirmar que hay un vínculo entre esa construcción mental y el precio natural de consenso acorde con la justicia conmutativa y la eficiencia social: la compensación por los costos reales guarda relación directa con el juicio del espectador imparcial, ya que se cometería una injusticia si no hubiese una compensación adecuada. El mecanismo del espectador asegura tasas de retorno “justas” e incluso podría explicar los diferenciales de ingresos y retribuciones entre comunidades, dada su constitución grupal. Esta idea engrana perfectamente con las que Smith presenta en la RN (I, 6, 3), donde afirma que la estima por una habilidad o talento determinado generada por el consenso comunitario es la que da valor a lo que produce. Así, la teoría del espectador imparcial sienta el fundamento ético de la formación de los precios, es decir, para hacer una evaluación normativa de los precios que se fijan.

En suma, los seres humanos evalúan la moralidad de sus actos con base en la simpatía, una base motivacional, y juzgan sus propias acciones y las de los demás pensando en cómo las valoraría un espectador imparcial, una abstracción del grupo en la mente del sujeto (TSM, V) (Raphael, 1975, 83-99)11.

Buena parte de la literatura sobre la teoría moral de Smith pasó por alto esta distinción. Por ejemplo, el hombre primario de Heilbroner (1982, 427-439) es impulsado por el deseo de reconocimiento y aprobación, lo que lo lleva a un proceso de socialización que lo hará prudente o benevolente de acuerdo con las normas morales. Según Skinner, Smith se fundamentó en una tendencia natural de adaptación a la sociedad (Skinner, 1971). Y desde una perspectiva evolutiva, Campbell sostiene que la conciencia (el espectador imparcial) es el resultado de una maduración individual que capacita al sujeto para percibir su comportamiento, anticipar las reacciones e interiorizar las normas morales del grupo (Raphael, 1975)12. La propuesta de Smith se puede catalogar más bien como una orientación altercéntrica, es decir, el espectador imparcial es un sujeto exterior encargado de valorar las acciones que cumple las funciones que la moral tradicional atribuye a la conciencia. Así, quien valora es, en último término, un constructo social o grupo de identidad del individuo. Sin embargo, frente al riesgo de “judgemental dope” que supondría la desaparición del individuo, el espectador imparcial es un constructo individual producto de la interacción social y sus juicios dependen de su capacidad de identificación13.

RESPUESTAS ALTERNATIVAS AL “PROBLEMA DE SMITH”

LA SIMPATÍA Y LA MORAL COMO MARCO O REGLAS DE JUEGO DEL INTERÉS PARTICULAR

Para un importante grupo de autores (Anspach, 1972; Wilson, 1975, y West, 1976) entre los que se destaca Campbell (1967), la simpatía de la TSM es la base del sistema moral, político y judicial indispensable para el funcionamiento de una sociedad de individuos guiados por el interés particular, es decir, de un sistema moral que establece las reglas de juego a las que se han de someter los intereses particulares. De acuerdo con esta interpretación, Smith mostró la necesidad de un sistema judicial apoyado en la moral que “envolviera” los vicios benéficos, igual que Mandeville (1714) en La fábula de las abejas. Es decir, construyó un orden moral y sobre éste un orden legal que desempeñaría el papel de marco de control de la actividad económica. Para Smith y Mandeville, el problema central sería entonces cómo canalizar el interés particular para lograr acciones socialmente benéficas. La prudencia y la justicia, las dos principales restricciones de la TSM, también intervienen en la RN, mientras que la virtud por excelencia, la benevolencia, está ausente pues es una consecuencia más que una causa del crecimiento económico.

De acuerdo con esta lectura, Smith no dio primacía al interés particular o al egoísmo en la TSM ni en la RN, pero en la TSM trató de establecer el marco institucional apropiado para que el interés particular se pudiera expresar sin dañar a los individuos. Todo sistema moral debe tener su expresión normativa, y una acción no se puede considerar socialmente benéfica si daña a otros individuos. Las acciones potencialmente nocivas se evitan formulando normas morales que se asuman colectivamente, y dada la dificultad para lograr un acuerdo unánime se deben promulgar por consenso. De esta forma, las normas derivadas de la prudencia y la justicia terminan materializándose en un lento proceso de consenso social, de modo análogo a las normas lingüísticas y gramaticales. El papel del espectador imparcial, guiado por el mecanismo sicológico de la simpatía, se reduce entonces a favorecer un desarrollo moral del individuo que impida los desórdenes derivados del libre ejercicio del interés particular. En último término, esta interpretación defiende el sistema smithiano de libertad y justicia naturales, donde

Todo hombre, en la medida en que no viole las normas de justicia será perfectamente libre de perseguir su propio interés e introducir su industria y capital en la competencia con cualquier otro hombre u orden de hombres (RN, 651).

Siguiendo una línea similar, Macfie (1967, 75) señala que la aparente contradicción en la obra de Smith obedece a que la perspectiva de la RN es más estrecha que la de la TSM, pues la primera analiza el subsistema económico mientras que la segunda se centra en el sistema social. El hombre económico de la RN es el hombre prudente de la TSM que actúa en el mercado. En otras palabras, el análisis limitado de las motivaciones conductuales en la RN es una consecuencia de las peculiaridades del marco específico. Morrow (1927), por su parte, justifica la presunta contradicción afirmando que los comportamientos motivados por el interés particular en el mercado también se hallan dentro de las fronteras de justicia definidas en la TSM y bajo “vigilancia del espectador imparcial”. Para él, el problema se deriva en último término del hecho de que la RN es una especie de evangelio de la defensa de los derechos individuales típica del pensamiento del XVIII.

Esto último es evidente, la moral smithiana se contrapone a los rígidos sistemas de restricciones mercantilistas. De hecho, los libros III y IV de la RN son una demanda continua de imparcialidad y libertad (Campbell, 1967, 571-577).

Ahora bien, desde nuestro punto de vista, esta primera interpretación del problema de Smith adolece de los prejuicios propios de leer la TSM desde la RN. Así se concibe la obra de Adam Smith como una obra esencialmente económica confrontada con el mercantilismo, y la moral sólo delimita los ámbitos de acción sin intervenir en las relaciones económicas. También prescinde del concepto clave de la TSM, la simpatía, para recalcar la importancia de los sistemas normativos como trasfondo de las relaciones económicas. En definitiva, no resuelve el problema, porque simplemente señala la importancia del control externo del interés particular, pero no integra la moral que sigue siendo un corrector externo de las relaciones económicas.

LAS ESFERAS DE SIMPATÍA EN LA OBRA DE SMITH

En la segunda interpretación, los sentimientos morales establecen fronteras que delimitan el ámbito del interés particular, lo que podríamos llamar esferas de simpatía o intimidad (Hollander, 1973, y Nieli, 1986), y se hace la distinción, como es típico en la tradición británica, entre esferas públicas y privadas. La simpatía y la benevolencia operan en el ámbito de la familia y los amigos, mientras que el mercado es una sociedad de extraños en la que la simpatía es desplazada por la prudencia (Teichgraeber, 1986).

En una primera lectura, su interpretación de la manera como Smith concibe el funcionamiento de la economía parece estrecha, pues limitaría las relaciones económicas a intercambios de bienes y servicios entre personas que carecen de lazos personales, es decir, concebiría el mercado como la interacción de mónadas aisladas. No obstante, una lectura más profunda muestra que Smith percibió el mercado como la interrelación entre grupos primarios; la RN aborda exclusivamente las relaciones sociales entre miembros de comunidades diversas entre las que no hay vínculos personales. Esta idea se verifica cuando Smith alude a las metáforas de comportamiento prudente de los padres de familia y de las familias como unidades de decisión (RN IV, II, 2) o cuando se refiere a los actores económicos (panaderos, cerveceros), en la frase más citada (RN, I, 1), como agentes que interactúan en el mercado, al tiempo que son miembros de grupos no relacionados con el mercado. Sin embargo, en la RN abundan los ejemplos que comprueban que Smith consideraba implícitamente que la simpatía interviene junto al interés particular, favoreciendo la armonía social en general y la económica en particular (Danner, 1976).

De acuerdo con esta segunda interpretación, las relaciones de mercado no dominan los círculos en que existe proximidad personal y en estas esferas de intimidad se manifiestan especialmente las relaciones de confianza y simpatía. Además, se establece una prelación u “orden en que los individuos son encomendados por la naturaleza a nuestro cuidado y atención” (TSM, I, 2, 2.1). Este pasaje alude a una gradación de la simpatía con los individuos que nos rodean, por la “distancia social” que nos separa. Así, las relaciones de mercado están mediadas por estos entornos delimitados. Desde el punto de vista filosófico, Smith traduce a términos socioeconómicos la idea estoica de que el primer deber natural del hombre es su propia conservación (oikeiosis), pues conoce mejor que nadie sus propias necesidades (TSM, VI, 2, 1.1). Fuera de sí mismo, la preocupación y la simpatía recaen naturalmente sobre sus allegados, con quienes convive, porque los conoce y porque puede influir en ellos (TSM, VI, 2, 1.2 y 1.5).

No obstante, hay que destacar que Smith no equipara estos vínculos a los lazos familiares, pues los lazos sociales no se crean primordialmente por consanguinidad sino por contacto y proximidad, y los individuos se ven impulsados a establecer una relación de reciprocidad (quid pro quo) con aquellos que les muestran “simpatía” (TSM, VI, 2, 1.19). “Este afecto natural es más la consecuencia de la conexión moral que del supuesto nexo físico entre padres e hijos” (ibíd.). Smith amplía progresivamente el diámetro de la esfera de simpatía y pasa a considerar “el orden en el cual los grupos nos son encomendados por naturaleza” (TSM, VI, 3). Así, por ejemplo, presta especial atención a los pobres y a quienes dependen de nuestra compasión (TSM, VI, 2, 1.2). El Estado es el último círculo al que se pueden vincular los agentes. Cada persona tiene una relación especial con los nativos de su país, no sólo por vínculos personales y culturales sino también por el efecto de inclusión, puesto que la prosperidad del país incide directamente en el bienestar dentro de sus esferas de intimidad (TSM, VI, 3, 2.1). Pero los vínculos con el Estado se limitan al cumplimiento de la ley y al pago de impuestos, concepción que ya responde a la nueva visión utilitarista-liberal en la que el individuo no existe para el bien del Estado; sin embargo, aun en este extremo, la disposición a defender el Estado sólo es explicable por la simpatía con un círculo de gran amplitud (TSM, IV, 2)14.

Desde nuestro punto de vista, esta perspectiva es algo simplista en su análisis textual de la TSM porque evade el problema diferenciando los ámbitos de aplicación de cada obra, lo que equivale a la versión beckeriana de “altruismo en la familia, egoísmo en el mercado”15. De este modo, la moral queda relegada a campos distintos del mercado y el problema de Smith se mantiene, trasladado a la oposición entre esferas de intimidad y mercado. Además, como la identificación de esferas de simpatía no conlleva la definición de límites precisos, cabe plantearse la extensión de las relaciones de simpatía frente al carácter restrictivo de esta segunda interpretación.

IMBRICACIÓN ENTRE MORAL Y ECONOMÍA EN SMITH, LA SIMPATÍA COMO BASE DEL ORDEN SOCIAL

Como hemos señalado, uno de los aspectos más complejos en el intento de integrar la obra de Smith es la interpretación de la noción de simpatía. En particular, un denominador común de la escolástica smithiana es que no incluye la empatía como dimensión de la simpatía. Para superar esta limitación, Fontaine (1997) propone distinguir el vínculo que nos impulsa a contribuir al bienestar de los allegados (simpatía) del que se establece conociendo a aquellos con los que interactuamos frecuentemente (empatía). La distinción entre simpatía y empatía se fundamenta en el origen de ambos términos. La simpatía se refiere a los casos en que la preocupación por otros afecta directamente su bienestar individual (sentir con). La empatía, en cambio, está ligada al proceso imaginativo de situarse en el lugar de una persona concreta (ponerse en el lugar de), aunque se la considere sinónimo de simpatía en el sentido de interdependencia de las funciones de utilidad. La empatía supone que los sujetos se pueden situar en el lugar de otros o considerar sus circunstancias y predecir sus reacciones (identificación empática, TSM, III, 1), lo que los lleva a pensar en su bienestar. En suma, existe una capacidad de identificación cognitiva o empatía y una capacidad de identificación de estado o simpatía (TSM, VII, 3)16.

De lo anterior podemos inferir que el término simpatía tiene al menos dos dimensiones: comunicación y predicción e interdependencia de las funciones de utilidad. Esta consideración es respaldada por lo que Fodor (1987) denomina teoría del sentido común o del deseo-creencia en el campo de los estudios de sicología de masas. De acuerdo con esta teoría, los seres humanos, aun de diferentes culturas, tienen una capacidad empática casi innata para predecir y simular comportamientos, lo que constituye el principal soporte de la sociabilidad (Gordon, 1998)17. Asimismo, numerosos estudios sobre sicología de la economía muestran que los individuos están predispuestos a la cooperación y la simpatía incluso con desconocidos y en situaciones donde no hay efecto reputación (Kahneman, 1994). Por su parte, los modelos de comportamiento buscan sus bases fisiológicas en substratos neurales que generan un doble sistema de intercambio entre individuos (egoísta-empático) (Cory, 2006).

A la luz de esos estudios es difícil defender la delimitación precisa de las esferas de simpatía y la distinción entre mercado y no mercado. La sociedad y el mercado forman un continuum donde, partiendo de la capacidad de empatía, algunos individuos desarrollan vínculos de interdependencia con los más próximos, bien sean individuos o grupos, y estos vínculos de sociabilidad son la base de las relaciones de mercado. Si bien la simpatía y la empatía, como modos de identificación, parecen estar ausentes de la RN, Smith era consciente del peligro de establecer relaciones en las que fuese posible la defección, en particular los acuerdos esporádicos, de modo que subsiste el problema de identificación empática.

El problema del desconocimiento o de la falta de empatía se diluye siempre que haya sometimiento a una norma y la regulación y los contratos sean completos. Pero esta situación es del todo imposible, de modo que aunque el intercambio se funda en el interés particular, la empatía desempeña un papel crucial en la capacidad de persuasión. Por ejemplo, si el panadero desea hacer una oferta interesante al carnicero debe ponerse en su situación y considerar lo que haría en sus circunstancias. Este recurso al interés particular del carnicero en la relación de intercambio que detecta Smith, sugiere que le atribuye al panadero cierto conocimiento de las preferencias del carnicero y que presupone que pertenecen a un mismo grupo genérico o que existe una identidad básica que permite la coordinación previa de sus intereses.

Por consiguiente, la simpatía y el orden moral que se deriva de ella cumplen un papel esencial en la economía. Aun en la RN, donde afirma que el interés particular es el primer principio, no es suficiente para lograr un acuerdo entre las partes, y siempre existe un trasfondo de simpatía o sociabilidad elemental que ayuda a la coordinación previa de las relaciones de mercado. Estos supuestos son claros en la TSM.

Una sociedad de personas, como la de comerciantes, puede subsistir en razón de la utilidad mutua, sin ningún amor o afecto mutuo [...] por un intercambio mercenario. Pero la sociedad no puede subsistir entre quienes están constantemente prestos a herir a los otros (TSM, II, 2).

Aunque no es tema de este trabajo, cabe señalar que esta relación podría ser objeto de una lectura en sentido inverso. Smith también reconoce que las relaciones comerciales inciden en las relaciones de simpatía, y señala repetidamente en la RN la analogía entre la amistad y el comercio, por ejemplo: “el comercio debe ser, tanto entre las naciones como entre los individuos, un lazo de unión y amistad” (RN, IV, 3).

En la RN también insiste en que la benevolencia no es la base del intercambio mutuamente benéfico, pero esto no equivale a expulsar la simpatía de la esfera económica. Como señaló Macfie (1976, 76), en los acuerdos económicos los individuos actúan bajo los dictados de la simpatía y del espectador imparcial, sólo un escaso porcentaje se limita a obedecer los dictados de la justicia. A través de la simpatía, la situación de los otros repercute en las decisiones de los agentes; la simpatía contribuye además a lograr acuerdos mutuamente benéficos y a potenciar la división del trabajo. Es decir, los intercambios se asientan en la capacidad comunicativa del hombre, capacidad que es la base del sistema social y del progreso económico (Frantz, 2000, 156)18.

De acuerdo con este planteamiento se pueden distinguir dos tipos de vínculos: aquellos en los que predomina la simpatía y la relación se rige por la influencia del bienestar ajeno en el propio, y aquellos en los que predomina el interés particular, aunque subsiste un vestigio de simpatía-empatía entre los sujetos como base de la comunicación. En consecuencia, el mercado es un ámbito de encuentro social en el que la simpatía del espectador imparcial es un factor en la comprensión de la actividad, la formación de precios y la distribución (Fleischaker, 2004).

Esta interpretación abre espacio para incorporar aspectos de la sociabilidad que tradicionalmente no se abordan en el análisis del comportamiento económico. Por ejemplo, de la noción de simpatía se pueden derivar implicaciones adicionales como la aparición de sentimientos de pertenencia, identidad o comunidad (Sugden, 2002, y Anderson, 2001)19, que difícilmente se pueden incorporar en los modelos formales de elección racional basados exclusivamente en formas de utilidad interdependiente20. En realidad, la vida social humana se articula mediante el intercambio de sentimientos de correspondencia que configuran formas de razonamiento colectivas, donde los miembros de una comunidad razonan como si fuesen un agente único o un sujeto plural, a la manera del pensamiento de equipo (Bacharach, 1999) y extraen utilidad de la pertenencia.

Cuadro 1
Interpretaciones de la relación entre moral y economía


Fuente: elaboración propia.

Esta última interpretación o postura hermenéutica supera algunas objeciones a las dos anteriores: la moral fundada en la simpatía como corrector externo y la simpatía como factor que define áreas diferentes al mercado (cuadro 1). En primer lugar porque la simpatía y la moral basada en ella están imbricadas en las relaciones de mercado o de interés particular y desempeñan un importante papel en la toma de decisiones. En segundo lugar porque distingue una doble dimensión de la simpatía smithiana: la emocional o afectiva, que hace interdependientes a las funciones de utilidad, y la cognitiva, que da acceso al modo de pensar del otro. Además, justifica diversas propiedades emergentes asociadas a la simpatía, que se relacionan con la identidad colectiva.

CONCLUSIONES

El “problema de Smith” es fruto de lecturas positivistas que no consideran el contexto general, ni las interrelaciones existentes entre las distintas partes del programa de investigación smithiano. En realidad, se puede comprobar que existen muy importantes analogías entre la configuración social propuesta en la TSM y la armonía del mercado de la RN, hasta el punto de ser parte de un mismo paradigma.

Este trabajo nos permite sistematizar las diversas perspectivas hermenéuticas que han tratado de integrar la obra de Smith. Dichas perspectivas se pueden clasificar atendiendo a un orden lógico establecido en función del papel desempeñado por la simpatía, orden que además guarda relación directa con las diversas interpretaciones que ha tenido el papel de la ética en la economía. Más en concreto, la interpretación de la obra de Adam Smith que considera a la simpatía como base del orden social –que nos parece la más coherente– muestra que la moral configura un sistema de coordinación previo sobre el que se sustenta la coordinación generada por las interacciones del mercado.

Mientras que en la TSM la simpatía y el espectador imparcial controlan las pasiones y los juicios morales de modo que los hombres se orienten a la construcción de la sociedad, en la RN el interés particular logra que sirvan simultáneamente a la sociedad sin necesidad de coordinación exterior. No en vano, la conocida metáfora de la “mano invisible” de la RN también aparece en la TSM (IV, 2) para aludir a una coordinación involuntaria de intereses. Es decir, la autorregulación del sistema moral cumple un papel tan directo en la TSM como en la RN, pues el imaginario que sustenta la sociedad liberal supone no sólo la coordinación de los intereses individuales sino también la de los individuos como homines ethici o miembros de un grupo social. En otras palabras, la construcción de la sociedad liberal clásica se basa en la adhesión a una ética social mínima no impuesta, sino compartida.

Las instituciones surgen de las interacciones reiteradas entre individuos asociadas al sentimiento de simpatía, de carácter sub-racional. Así, la simpatía desempeña un papel esencial en la coordinación social del mercado y es una precondición de la interacción humana, un compromiso emocional necesario para la cooperación, que a su vez es la base para la aparición de reglas. Entre las dos aproximaciones posibles al estudio del sistema de mercado, la constructivista o contractualista y la que defiende un orden espontáneo –es decir, que las instituciones surgen como consecuencia natural del proceso de mercado– podemos situar a Smith en esta última.

Si se invierte la perspectiva analítica y se toma como punto de partida la RN cabe una lectura recíproca: el sistema de mercado es la base necesaria del desarrollo de la moral (Herbener, 1987). Cuando hay un fuerte grado de interdependencia, cada participante debe lograr la cooperación voluntaria de la otra parte mediante un ejercicio de empatía que lo lleva a saber cómo inducir el intercambio. El resultado de esta moderación mutua es un sistema de interacciones, análogo al mecanismo moral de generación de la sociedad. Por el contrario, el mercantilismo no permite el desarrollo de la moral, pues el establecimiento de relaciones compulsivas y regladas no da lugar al juego de simpatía-empatía ni a la aparición del problema moral (TSM, I, 1, 5). Para Smith, una sociedad de contratos es el fermento apropiado para la moral y así como la libre competencia y la libre contratación son precondiciones para el sistema de mercado, la libertad moral lo es para la sociedad liberal.

En definitiva, la simpatía es un concepto articulador que constituye una base sólida para una reflexión ética sobre los hechos económicos desde una racionalidad socioeconómica. Ésta es perfectamente compatible con el interés particular y tanto en la TSM como en la RN subsiste el mismo modelo humano. En última instancia, si se toma como referencia la noción smithiana de simpatía se puede corregir el paradigma tradicional en economía e imbricar tanto la ética y los comportamientos prosociales como el interés particular en el proceso de toma de decisiones. En otras palabras, el sistema económico condiciona la moral y la moral determina el funcionamiento del sistema económico.


NOTAS AL PIE

1. El término prosocialidad alude a los comportamientos que favorecen la construcción de agrupaciones sociales o alguna forma de comunidad. Diversas líneas de investigación tratan de introducir la dimensión relacional en el análisis económico mediante funciones de utilidad interdependientes y teoría de juegos, pero están muy limitadas por sus metodologías de partida (Pena y Sánchez, 2006, 55-73).

2. Esta obra estableció su reputación como filósofo en toda Europa, y no se debe subestimar el impacto de su obra moral en el pensamiento de la época. Tuvo cinco ediciones en vida y fue inmediatamente traducida al francés (tres veces en el siglo XVIII) y al alemán (dos veces en el mismo siglo), y fue leída y discutida por todos los grandes filósofos de los siglos XVIII y XIX, desde Hume hasta Kant. Sobre este tema, ver Reeder (1998, 9-39).

3. El término “altruismo” está ausente en toda la obra de Smith y no podía ser de otro modo, ya que fue una invención de A. Comte, un siglo más tarde. La expresión al uso en el mundo intelectual de Smith era heredera de la tradición escolástica y no exactamente equivalente: “amor de benevolencia”.

4. Entre las obras de este grupo de autores cabe destacar las de Knies (1893) y Oncken (1897). El primero acuñó la expresión “Das Adam Smith Problem”.

5. Esta interpretación, más que la persistencia del problema, revela la decreciente influencia de la historia del pensamiento económico en la teoría económica.

6. La crítica de estos autores es sorprendente porque su visión moral del hombre y del papel que desempeña la moral es muy semejante. Para Hayek la perspectiva smithiana fue precursora del concepto de catalaxiay él mismo se inscribía en el individualismo smithiano (Hayek, 1984); ver Matthews (2000).

7. U n buen número de autores piensa que el problema es resultado de una incomprensión, entre ellos Macfie (1967), Winch (1978), Brown (1994), Fitzgibbons (1995) y Young (1997).

8. El curso de filosofía moral que dictó en la Universidad de Glasgow en 1750 tenía tres partes: teodicea, ética y justicia. La última examinaba cómo incrementar la riqueza de la nación; v er Dimand y Dimand (1991).

9. La filosofía estoica, de la que Smith y el kantismo son herederos, planteaba que la autoconservación u oikeosis era el primer principio de todo sistema moral.

10. Hay gran discusión sobre el grado de influencia del pensamiento newtoniano en Smith. De lo que no hay duda es de que Newton era una especie de “divinidad tutelar” del pensamiento de la época (Wightman, 1975, y Montes, 2003b).

11. Sobre este tema es especialmente interesante el artículo de Khalil (1990).

12. Aunque existen similitudes obvias, no se puede identificar de manera simplista el espectador y el superego freudiano, como hace Raphael. Pero él y Campbell consideran la autonomía del estadio ternario desde una perspectiva evolutiva, pues para ellos la conciencia que surge inicialmente como adopción de la opinión pública gana autonomía a medida que la persona madura.

13. En sicología hay infinidad de trabajos que adoptan la misma perspectiva desde el sicoanálisis y el estudio del “super-yo”. Estos insisten en que la visión altercéntrica o nacimiento de la conciencia es un resultado de la evolución de la percepción egocéntrica propia de los estados infantiles.

14 Pero Smith no da el paso siguiente y juzga inútil la preocupación por las gentes de más allá de nuestras fronteras, a gran distancia física y emocional. Incluso critica a los moralistas que pretenden que los agentes se sientan obligados con toda forma de necesidad en cualquier parte del globo y dice que esa preocupación no tiene ningún fin porque carecemos de capacidad de influencia. Pregunta a sus lectores: “¿debemos preocuparnos por los habitantes de la luna?”, y responde: “esto no es parte de nuestro deber para nuestros congéneres”. También se pregunta por el valor de las condolencias ante un terremoto en China, pues tras expresar los más “sinceros” pésames, el individuo seguirá su vida común sin mayor preocupación por la lejanía y el desconocimiento de esos seres humanos (TSM, III, 3). Este aspecto es especialmente interesante porque establece los límites de las esferas en función de la posibilidad de acción, negando que un hombre pueda experimentar simpatía hacia toda la humanidad (TSM, III, 3.9).

15. Ver Becker (1991). Este tipo de análisis también se traslada a la reflexión moral, particularmente desde perspectivas neoconservadoras. Esta idea es común, en sociología y ciencia política, cuando se consideran los efectos deletéreos del mercado sobre las instituciones sociales.

16. Entre los autores que no hacen esta distinción destacamos a Nieli (1986), Heilbroner (1982) y Pack (1991).

17. En estos estudios son fundamentales los trabajos de Fodor (1987), y Martín y Stone (1995). Esta teoría sostiene que existe una capacidad natural de inferencia semejante a la gramática universal de Chomsky, y es predominante en los ámbitos de la filosofía y de las ciencias cognitivas. En la ciencia económica cabe mencionar los trabajos en teoría del comportamiento e conómico y sus extensiones en teoría de juegos (Camerer, 1997, y Sally, 2000).

18. Un argumento que desarrolla Buchanan (1996, 124-146).

19. Esta idea, reivindicada por Sen, es esencial en el análisis de la incidencia de la cultura en la economía; ver Sen (1985).

20. Esta perspectiva es semejante a la de Benedetto Gui en su estudio de los bienes relacionales, donde muestra que las relaciones sociales tienen un valor subjetivo no instrumental para los participante s (Gui, 2000). Ver también Hollis (1998).


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