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Revista de Economía Institucional

versión impresa ISSN 0124-5996

Rev.econ.inst. v.10 n.19 Bogotá jul./dic. 2008

 


“LEVADURA CRÍTICA” Y EL ARTE DE AMASAR LA PAZ


“CRITICAL YEAST” AND THE ART OF AMASSING PEACE


La imaginación moral. El arte y el alma de construir la paz, John Paul Lederach, Bogotá, Grupo Editorial Norma, 2008, 284 pp.



Bernardo Pérez Salazar*

* Magíster en Planificación del Desarrollo Regional, investigador del Instituto Latinoamericano de Altos Estudios –ILAE–, Bogotá, Colombia, [bperezsalazar@yahoo.com]. Fecha de recepción: 4 de noviembre de 2008; fecha de modificación: 13 de noviembre de 2008; fecha de aceptación: 24 de noviembre de 2008.



La incapacidad para apreciar la existencia del fundamento común de las comunidades políticas en funcionamiento (aún deficiente) surge de un peligroso intelectualismo que busca los principios más en enunciados que en la práctica. Esto lleva al desprecio de la negociación cuando los principios explícitos se oponen de manera radical. En particular, se exige la aceptación de los principios liberales como condición para iniciar la negociación. En términos de la imposición de los derechos humanos, las motivaciones de esas exigencias son sin duda dignas de elogio, pero suponer que los principios liberales son la única salvaguardia o el único fundamento para el debate político racional es mera doctrina y estas actitudes doctrinarias no estimulan el debate; en realidad fomentan una violencia política que expone al peligro de violación cuando no directamente al peligro de negación de los derechos que defienden a toda costa.
Paul Gilbert (1998, 129)

Luego de presidir la parada militar en conmemoración del día nacional, el presidente Álvaro Uribe escuchó en Leticia a Shakira junto con los mandatarios de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, y de Perú, Alan García. La cantante viajó desde Londres sin la compañía de sus músicos e interpretó sus canciones con el acompañamiento de un piano. Entre una y otra canción, envío un mensaje a la guerrilla:

Somos hermanos, queremos pedirles a quienes se alzan en armas que se liberen ellos mismos de su propio secuestro, ellos también están secuestrados en las tinieblas de la selva […] Desmovilícense.

Sus palabras son sugestivas a la luz de los planteamientos del libro de John Paul Lederach, La imaginación moral: El arte y el alma de la construcción de paz, una disertación sobre el cambio social y político constructivo en sociedades que viven un conflicto violento. Desde su mismo título, el libro da un papel importante al arte en ese proceso: desmentir que son yermas las tierras dominadas por la violencia y abrir espacio a lo inesperado, “como si la nueva vida, el nacimiento, fuese siempre posible” (p. 70).

Quizás el pasaje más emblemático acerca del “arte y el alma de la construcción de paz” es el que describe la reacción del chelista Vedran Smailovic en Sarajevo durante la desintegración violenta de Yugoslavia a finales del siglo pasado, ante la masacre de vecinos que hacían cola frente a una panadería. Algunos fueron víctimas del estallido de un proyectil de obús. Los sobrevivientes, los paramédicos que llegaron a atenderlos y todos los que pasaban por el lugar, fueron atacados luego por balas de francotiradores:

Me lavé la cara y las manos, me afeité, y, sin pensarlo siquiera, me puse mi camisa blanca, mi traje negro de etiqueta, mi corbata de lazo blanca, cogí mi chelo y salí de casa. Viendo las nuevas ruinas, llegué al lugar de la masacre. Estaba revestido de flores, coronas y mensajes de paz; en las tiendas cercanas había carteles con los nombres de las personas a las que habían matado. En una mesa había un libro de condolencias fúnebres, donde estaba firmando la gente. Abrí la funda del chelo, y me senté, sin saber que iba a tocar. Lleno de dolor y tristeza, levanté el arco y comencé a tocar espontáneamente.

La gente que se reunió le dijo que se sentía mejor luego de escuchar su música, y decidió volver a tocar durante 22 días seguidos en la Plaza de la Masacre del Pan, uno por cada uno de los asesinados. Durante esos días no cesaron los ataques de obús, tampoco su música. Su arte y quienes se reunían a escucharlo se convirtieron en símbolo de la indeclinable resistencia civil contra la tiranía del odio y la violencia (pp. 234-235).

El contraste entre esta narración y las palabras de la cantante colombiana en el concierto de Leticia es llamativo. Su mensaje alude a la libertad de los alzados en armas que persisten en una guerra carente de sentido para la inmensa mayoría de los colombianos. Pero esa libertad no será el “resultado inesperado” de una reflexión inspirada sino de la misma lógica que hay tras el recurrente mensaje que el Ministerio de la Defensa Nacional paga en las transmisiones de los partidos de fútbol: “Guerrillero, desmovilízate”. ¿Habló la estrella como artista sobre la construcción de paz o se prestó a repetir una cuña oficial para acabar la guerra?

Lederach reconoce al Estado el liderazgo que le corresponde para acabar el conflicto violento y restaurar el monopolio del uso de la fuerza. Pero en La imaginación moral llama a usar la intuición y el potencial creativo que las iniciativas plurales de la sociedad civil pueden canalizar para poner en marcha y sostener procesos exitosos de construcción de paz en situaciones de violencia que han desembocado en cambios sociales y políticos amplios y profundos.

El eje de su propuesta es estudiar en detalle la conexión entre los problemas sociales estructurales y los comportamientos y las expectativas cotidianas de las personas comunes y corrientes, y cómo a través de su reiteración se reproducen en la sociedad. Lederach coincide con el sociólogo C. Wright Mills (1959) en que las ciencias sociales han perdido de vista esta conexión vital. Refiriendo el efecto de esta tendencia sobre el ejercicio profesional en el campo de la “construcción de paz”, señala:

La excelencia profesional pone cada vez más acento en la tecnología, la técnica, y las destrezas en la gestión del proceso como herramientas que legitiman y posibilitan la capacitación, reproducción y difusión, algo que no es malo en sí mismo, pero que tampoco es la única fuente de conocimiento, entendimiento y sostenimiento. En el proceso de profesionalización hemos perdido demasiadas veces el proceso del arte, del acto creativo que sostiene el nacimiento y desarrollo del cambio personal y social. Temo que nos vemos a nosotros mismos más como técnicos que como artistas, –y por consiguiente, en ello nos hemos convertido. En función de este cambio de percepción nuestros enfoques se han convertido en una especie de moldes para hornear galletas, demasiado dependientes de lo que la técnica adecuada propone como marco de referencia, y, como resultado, nuestros procesos son demasiado rígidos y frágiles (p. 117).

Sugiere que en el curso de la historia puede influir efectivamente la imaginación del colectivo y no sólo la acción de quienes detentan y acumulan los “factores reales de poder” (Carr, 1994). Postula que el poder para generar cambios sociales y políticos está mucho más desconcentrado de lo que suponen las “tecnologías del cambio”, usualmente inclinadas a ver el Estado como el agente de cambio natural de la sociedad. Plantea que el cambio puede ocurrir simultáneamente en actividades y procesos que se sitúan en orillas y opiniones opuestas, cuando las personas encuentran alguna manera de vincularse y relacionarse para imaginar “una nueva aunque misteriosa y a menudo inesperada orilla”. Una vez se activa la “imaginación moral” el cambio social y político se generaliza, así como obra la levadura en la harina amasada.

Lederach desarrolla en detalle la metáfora de la levadura y argumenta que el crecimiento social de una nueva idea o proceso difícilmente ocurre entre grandes cantidades de personas que comparten las mismas ideas y opiniones. El problema no es alcanzar una “masa crítica”. Unas cuantas personas conectadas por redes que entretejen diversos intereses, necesidades, expectativas y opiniones tienen el potencial para iniciar un proceso de cambio generalizado. Tal como sucede al amasar el pan, la clave del crecimiento de la masa es la calidad y no la cantidad de la levadura. Por eso habla de “levadura crítica”. Antes de mezclarla con la harina, la levadura debe tener un crecimiento inicial en un ambiente dulce, cálido y apartado de la luz solar. Una vez el crecimiento esté en marcha, la levadura se vuelve elástica y al mezclarse con la harina soporta resobes y estiramientos sucesivos a los que se somete la masa, sin perder su capacidad para seguir generando crecimiento.

No obstante el cautivador optimismo de esta metáfora, conviene recordar que los procesos amasados en redes que buscan reunir a quienes han sido lanzados a orillas opuestas por el conflicto no siempre llevan al resultado esperado. En el largo proceso de búsqueda de la paz en Colombia, hay memorias sombrías de procesos que arrancaron como iniciativas de esa naturaleza, como las conversaciones de 1998 entre dirigentes sociales, gremiales y académicos y voceros del ELN en Maguncia, Alemania. De esa iniciativa aún se recuerda con nitidez el despropósito de consignar entre los puntos de acuerdo entre las partes, que la guerrilla se abstendría de secuestrar a menores de edad y mayores de 65 años. Los firmantes del Acuerdo de Puerta del Cielo soslayaron que el secuestro es un medio inadmisible, que produce aislamiento político y hostilidad social contra los fines de quienes secuestran, cohíbe y a veces inmoviliza las iniciativas sociales y políticas de la sociedad, y que su aceptación “condicionada” sería un daño mayúsculo a las posibilidades de reconciliación pues vulneraba el derecho de las víctimas al esclarecimiento, sanción la judicial y la reparación (Bejarano, 1999).

En el imaginario colectivo aquel desatino se erigió como un monumento al candor de las iniciativas de la sociedad civil y no como una lección importante que tuvo lugar cuando la “levadura crítica” aún estaba en su etapa de crecimiento inicial. Infortunadamente, no ocurrió en el ambiente “dulce, cálido y apartado de la luz solar” que recomienda Lederach. De haber sucedido en esas condiciones, es posible que en el curso del proceso eventualmente se hubiese logrado ese aprendizaje y hubiese robustecido el crecimiento de la imaginación moral y su capacidad para gestar cambios sociales y políticos. Pero al exponerse prematuramente al escrutinio público, el proceso se desprestigió y desde entonces los gobiernos han sido recelosos ante nuevas iniciativas de la sociedad civil de esa índole.

Lederach reconoce que las iniciativas de redes sociales son riesgosas y sugiere que precisamente por eso, porque convocan a sus integrantes a arriesgarse a imaginar algo que no existe, son potentes vehículos de cambio. Un gobierno difícilmente incurriría en un exabrupto como el del Acuerdo Puerta del Cielo, porque sus comisionados suelen abordar las negociaciones con principios firmemente atados a “enunciados” cuya aceptación exigen como condición inamovible. Sin embargo, los acuerdos políticos que resultan de ese tipo de negociaciones usualmente no alteran las estructuras que reproducen e incentivan el conflicto.

La Constitución de 1991 es un caso ilustrativo. A diferencia de la Constitución de 1886, no fue un “pacto de vencedores” sino un compromiso de paz entre contendores políticos. La Asamblea Constituyente que la dio a luz fue presidida por tres co-presidentes de muy distinta orientación ideológica: el conservador Álvaro Gómez Hurtado, el liberal Horacio Serpa Uribe y el ex comandante guerrillero Antonio Navarro Wolff. La nueva constitución reconoció las desigualdades del orden social y económico y consagró como finalidad y límites del quehacer del Estado Social de Derecho la realización de valores como la justicia y la paz social y principios como la igualdad y la solidaridad, así como el cumplimiento de los derechos y las libertades civiles y sociales. Cerca de 20 años después de su promulgación hay cambios visibles. Una proporción creciente de la población urbana tiene acceso a servicios públicos, salud y educación. Además, el Estado ha establecido un dispositivo efectivo para proteger las ciudades y corredores económicos estratégicos de la acción predadora de los grupos armados al margen de la ley, un logro no despreciable en un país cuya geografía es particularmente favorable para que prospere la guerra irregular. Ello ha contribuido a que hoy se cuente con una economía de exportación de productos primarios que se benefició hasta hace poco de una larga coyuntura de buenos precios en los mercados internacionales.

Aunque mucho ha cambiado en el país en términos materiales, no sucede así con la vida política: el discurso dominante sigue calificando a los indios y a su demanda de tierras como talanqueras para el desarrollo del país, o los criminaliza abiertamente junto a los trabajadores de las plantaciones azucareras por exigir la restitución de sus derechos laborales, que se esfumaron con el enganche a las “cooperativas de trabajo” impulsadas desde los ingenios. Los campesinos, convertidos progresivamente en desplazados forzosos, son tratados por el gobierno como “discapacitados económicos”, elegibles para recibir ayuda de emergencia humanitaria y servicios de la red subsidiada de programas para los pobres de siempre. Y la masa de jóvenes desocupados que crecen segregados y alejados de la actividad productiva en “dormitorios urbanos” –verdaderos guetos ubicados en la periferia de las grandes ciudades–, inspiran en el imaginario colectivo el temor atávico asociado a la “chusma”.

Todos estos son problemas previos a la aparición de la FARC y a la promulgación de la Constitución de 1991, y persisten a pesar del enriquecimiento material de la sociedad colombiana. Pese a los cambios, el país reproduce las condiciones propicias para que pelechen los grupos armados sostenidos por lógicas predadoras y economías ilegales. Numerosos estudios muestran que las economías cuyo crecimiento depende de la extracción de recursos naturales para la exportación son un medio ideal para la extorsión porque la localización de los activos durables de esta clase de enclaves no se puede modificar fácilmente, como lo puede hacer, por ejemplo, la industria manufacturera (Collier et al., 2003). Una vez establecido el campo petrolero o la mina de carbón a cielo abierto y construido el oleoducto o la vía férrea, hay que seguir explotándolos así se pierda parte de las ganancias a manos de predadores armados.

Hoy se desestima como cosa del pasado esta amenaza, pues desde hace cerca de 10 años los recursos del Plan Colombia, los impuestos al patrimonio para la guerra y la bonanza de las materias primas de exportación han permitido el control militar y policial de este fenómeno. No obstante, con la crisis económica mundial, los choques de precios de las materias primas y combustibles y la cohorte de hombres jóvenes enfrentados al desempleo generalizado que está llegando a su pico demográfico fácilmente puede revivir el escenario de mediados de los noventa.

Además, la entrega del campo a un modelo rural que promueve grandes espacios despoblados y copados por ganadería y plantaciones de palma no ofrece mayores garantías ante posibles choques externos. El declive de la demanda global puede llevar al abandono de las más marginales de esas explotaciones y dejar vacías grandes extensiones de tierra rural. Como demuestra la historia reciente del país, esto es propicio para la operación de economías ilegales y una retaguardia estratégica de protección de las organizaciones criminales transnacionales frente al control penal.

Lederach insistente en que para que sea exitosa y sostenible, la construcción de paz debe afrontar el riesgo de seguir caminos desconocidos e internarse en lugares donde no hay seguridad acerca de lo que vendrá o de qué ocurrirá. Es un territorio cuya exploración requiere “imaginación moral”. La naturaleza misteriosa del asunto se expresa bien en las palabras de John Brewer, investigador del conflicto en Irlanda del Norte:

En nuestro contexto de más de treinta años de conflicto, conocemos la violencia, el miedo, y la división. ¡El misterio es la paz! La gente teme a la paz, que es emocionante y aterradora a la vez. Este es el misterio. La paz te exige mucho; te pide compartir la memoria, el espacio, el territorio, lugares específicos, concretos. Te pide compartir un futuro; y te pide que hagas todo esto con tu enemigo y en su presencia. La paz es Misterio: es adentrarse en lo desconocido (Cejka y Bamat, 2003, 265, citado en p. 117).

El autor deplora que los negociadores expertos se apeguen por defecto al razonamiento pautado por las técnicas de negociación, que condiciona de antemano el contenido de los acuerdos políticos a su congruencia con principios derivados de enunciados. Exhorta a desapegarse de la necesidad de controlar de antemano el proceso o sus resultados, y a emprender la exploración de puntos de acuerdo posibles a partir de la consideración práctica y genuina de las necesidades, expectativas e intereses de indios, campesinos, trabajadores agrícolas, sindicalistas, políticos, activistas, artistas, intelectuales, empresarios y banqueros, y señala que ésta es una labor que se cumplirá mejor desde redes que resuman y conecten todas estas visiones y pareceres. Es en este tipo de entramados donde Lederach afirma haber presenciado en numerosas oportunidades y contextos en sociedades que afligidas por el conflicto violento, el surgimiento de condiciones propicias para el fermento de iniciativas plurales y diversas, que a través de la imaginación moral han iniciado y sostenido el crecimiento de procesos convergentes de cambio personal, social y político.

La comprensión de esta dimensión de la imaginación moral es afín a la no violencia y su confianza en el potencial creativo de los seres humanos para acometer actos renovación heroica como la catarsis, transformando el dolor y el miedo en energía para “humanarnos”. La posibilidad que ofrece el trámite de las contradicciones y divergencias para descubrir que en la catarsis comparten un “fondo moral común” quienes se enfrentan desde orillas distintas, es una plataforma vital para impulsar y alimentar el cambio tanto en el ámbito personal como en el social y el político. También es el espacio más propicio para la reconciliación y para construir una comunidad política más amplia y cohesionada. En palabras de Lederach:

En la construcción de paz, cuando pensamos en la estrategia, deberíamos pensar sobre lo que da la vida y lo que mantiene vivas las cosas. En términos más sencillos, ser estratégico exige que creemos algo más allá de lo existente a partir de lo que está disponible pero tiene potencial exponencial. En referencia al cambio social, significa que tenemos que desarrollar una capacidad para reconocer y construir el locus del potencial para el cambio (p. 157).

Como se advirte, La imaginación moral es un libro de reflexión sobre aprendizajes y rectificaciones a partir de un balance retrospectivo del autor de su propio ejercicio profesional y académico en el oficio, mejor, del arte de construir la paz. Lederach reniega del intelectualismo y del tecnicismo que alguna vez profesó y que lo llevó a privilegiar los procesos cognitivos “para dar el análisis correcto y desarrollar la técnica que facilite el manejo del proceso de cambio” (p. 243). Recupera el poder sanador de los procesos artísticos y creativos y recobra así muchos fundamentos doctrinarios básicos de la comunidad menonita a la que pertenece, entre ellos, la no violencia, la autenticidad, la espiritualidad práctica y el compromiso con la fe y la vocación personal en la vida cotidiana.

Muchos de los referentes de La imaginación moral son ajenos al ámbito cultural e idiosincrásico de nuestro país. Aún así no deja de ser una propuesta inspiradora para dar vida y mantener vivo el cambio en sociedades marcadas por la violencia. Si la vocación del artista es mantener viva la imaginación para conjurar y proponer futuros alternativos, esta es una invitación y un reto a los nuestros, para que su sensibilidad nos conduzca a encontrar caminos que nos alejen de las huellas que la violencia ha dejado entre nosotros.


REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

1. Bejarano, J. “El papel de la sociedad civil en el proceso de paz”, F. Leal, ed., Los laberintos de la guerra. Utopías e incertidumbres sobre la paz, Bogotá, Tercer Mundo Editores y Universidad de Los Andes, 1999.

2. Carr, E. H. “Realism and Idealism”, R. Betts, ed., Conflict after the Cold War, Boston, Simon & Schuster, 1994, pp. 72-87.

3. Cejka, M. A. y T. Bamat. Artisans of Peace: Grassroots Peacemaking among Christian Communities, New York, Orbis, 2003.

4. Collier, P.; L. Elliot; H. Hegre; A. Hoefler; M. Reynal-Querol y N. Sambanis. Breaking the Conflict Trap. Civil War and Development Policy, Washington, World Bank y Oxford University Press, 2003.

5. Gilbert, P. Terrorismo, nacionalismo, pacificación, Madrid, Cátedra, 1998.

6. Mills, C. W. The Sociological Imagination, New York, Oxford University Press, 1959.

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