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Revista de Economía Institucional

versión impresa ISSN 0124-5996

Rev.econ.inst. v.13 n.25 Bogotá jul./dic. 2011

 

EL CISNE NEGRO

Nassim Taleb, Barcelona, Paidós, 2008, 492 pp.

Pablo J. Mira*


* Magíster en Economía, director de Información y Coyuntura del Ministerio de Economía y Finanzas Públicas de Argentina, Buenos Aires, Argentina, [pmiral@ mecon.gov.ar].

Fecha de recepción: 12 de enero de 2011, fecha de modificación: 21 de septiembre de 2011, fecha de aceptación: 20 de octubre de 2011.


Con un título que pareciera combinar novela romántica, ballet clásico y filosofía vienesa, Nassim Taleb nos introduce en el mundo del azar para mostrarnos el tremendo impacto de los sucesos de baja probabilidad en nuestra vida. Taleb escultor del buen gusto, y por ello eligió como metáfora el Cisne Negro, privilegiando la elegancia sobre la precisión descriptiva. Además de sugerir belleza, el Cisne Negro representa un suceso con tres propiedades. Primero, es un evento raro. Segundo, produce un efecto dramático en nuestra existencia. Tercero, es tan importante que no podemos evitar empeñarnos en buscarle explicaciones luego de que ha ocurrido. Las guerras y los colapsos financieros son para Taleb los mejores ejemplos de Cisnes Negros.

Para cumplir su cometido, clasifica la incertidumbre creando dos provincias utópicas: Mediocristán y Extremistán. En la primera los sucesos son predecibles, el promedio es representativo y no hay economías crecientes de escala. Allí los eventos presentan una evolución suavizada y una natural tendencia al equilibrio. En Extremistán, en cambio, la aleatoriedad es salvaje, hay extrema desigualdad en la distribución de los datos, y la impredecibilidad es absoluta. Obviamente, el Cisne Negro suele aparecer en los lagos de Extremistán, no en los de Mediocristán. La tesis central de Taleb es, entonces, que los individuos fallan en la correcta identificación de estos dos mundos, y a menudo tratan los fenómenos de Extremistán como si pertenecieran a Mediocristán.

Desde el punto de vista conceptual, el libro aporta poco más que esto. Pero es indudable que la idea condensa reflexiones sutiles aplicables a otros ámbitos del conocimiento. De hecho, recorriendo sus páginas se observa que el Cisne Negro es en realidad una excusa para probar nuestro saber en ciencias sociales. Buena parte del libro se empeña en demostrar que la idea del Cisne Negro es tremendamente poderosa no pese a su sencillez sino gracias a ella.

A pesar de que Taleb presenta su idea del Cisne Negro como algo original, es evidente que no es un autodidacta que desatiende toda contribución científica en este campo. Aunque en el cuerpo principal del texto no aparecen notas al pie y casi no hay citas (lo que, dicho sea de paso, facilita y hace agradable la lectura), las notas bibliográficas del final del libro revelan una lectura completa y acertada. Esto permite que el autor seleccione cuidadosamente sus héroes y adversarios, a quienes califica lapidariamente de genios o insensatos según si apoyan o no su tesis principal. Esto lo lleva a una diatriba interminable contra escritores, científicos, filósofos y expertos en ciencias sociales y humanas que no entienden la trascendencia del concepto de azar, en su profesión y en su vida. Como nota de tono simpático, Taleb ridiculiza todo el tiempo a los intelectuales franceses, tomándose una ligera revancha contra los campeones del mundo de la ironía.

Pese a ostentar un doctorado en matemática financiera, Taleb no oculta su desprecio por lo formal y por las habilidades técnicas, y pondera el pensamiento intuitivo, escéptico y empírico. No es que considere que las matemáticas no se correspondan con una estructura objetiva de la realidad, solo señala que no aplicarlas correctamente provoca la ilusión de certezas donde no las hay, creando enormes peligros cuando aparece un Cisne Negro.

Las ideas de Taleb abren un surco epistemológico muy profundo, y el autor no lo desaprovecha. Sus críticas al estado del conocimiento en las ciencias sociales son filosas, y ponen al desnudo una miscelánea de hipocresías y engaños destinados a ruborizar a más de un intelectual del campo. El desfile de profesiones maltratadas es largo, pero el primer lugar indiscutido lo ocupan los gurúes de las finanzas. Taleb acomete, no sin rigor, una deliciosa venganza contra estos exitosos personajes, actitud con la cual el lector tiende a simpatizar casi naturalmente. Después de todo, estas figuras merecen perder de vez en cuando, ya que son ellos, delata Taleb, los que siempre han tenido las de ganar. El libro deja en claro que las victorias en el mundo de las finanzas por lo general no se logran por mérito propio, sino por azar: se trata tan solo de estar en el lugar justo en el momento justo. Los gurúes exitosos son los sobrevivientes de una ruleta que por razones puramente aleatorias beneficia a unos sobre otros. El efecto psicológico de ser un ganador casual es lógico y esperado: uno se siente especial y cree que merece los galardones por los logros alcanzados. Del otro lado de la rueda, los perdedores atribuyen su destino a la mala suerte, en algunos casos exagerando su papel.

La crítica luego se dirige en general a los economistas que predicen y a los neoliberales en particular. Como para Taleb es imposible predecir, no se pierde en eufemismos y dice sin tapujos que quien trabaja prediciendo simplemente está cometiendo un desfalco y que la actitud más ética sería renunciar a su trabajo. Esa brutal honestidad lleva a preguntar cuál sería la tasa de desempleo si todos aquellos que fallan en sus predicciones y aspiran a cumplir altos estándares éticos renunciaran con dignidad épica a su empleo.

En la lista de Taleb siguen los historiadores. Aquí adscribe a la teoría popperiana de la historia, según la cual para pronosticar sucesos históricos es necesario predecir la innovación tecnológica que los genera, en sí misma impredecible, ya que si alguien pudiera pronosticar el descubrimiento de la rueda, ya la habría inventado. Los filósofos son también blanco de sus ataques, porque según Taleb exhiben un doble estándar entre sus disquisiciones filosóficas y sus decisiones financieras. La profundidad y vacilación reflexiva de sus cavilaciones filosóficas se contradice lastimosamente con la confianza que depositan en los "expertos" financieros y sus métodos a la hora de confiarles sus ahorros.

Pero las críticas de Taleb lucen por momentos como enunciados demasiado generales. Pese a que su libro es un gran generador de ideas, no profundiza demasiado sobre las consecuencias concretas que sus reflexiones pueden provocar en las ciencias sociales en general y en la economía en particular. Como economista que soy, conjeturo que si Taleb está en lo cierto sus conceptos tienen grandes implicaciones que ponen en cuestión la teoría económica tradicional. Señalo entonces algunos puntos que atañen a ese necesario debate.

Primero, nuestra profesión privilegia el formalismo analítico hasta el punto de descartar las ideas que no son formalizables. El economista George Akerlof escribió un célebre artículo, cuyo rigor lógico no contenía como contrapartida explícita el rigor matemático correspondiente. Luego de los reiterados rechazos por este "problema", Akerlof se rindió y reescribió el trabajo en lenguaje formal; poco después recibió el Premio en Memoria de Alfred Nobel. Cabe preguntar cuántos economistas con ideas brillantes no formalizables no han sido escuchados por la academia, y cuánto paga el avance de la teoría económica como consecuencia de este criterio de selección totalmente arbitrario.

Segundo, la formalización a toda costa en teoría económica ha propiciado el desarrollo de innumerables modelos que suscitan una falsa idea de confirmación. En las revistas más prestigiosas, lo que se evalúa no es la pertinencia de los axiomas o supuestos utilizados para construir las teorías, sino la puntillosidad y la elegancia de los métodos formales. Así, la capacidad analítica formal tiende a interpretarse como mayor grado de justificación teórica, hasta transformarse definitivamente en sinónimo de alto grado de confirmación. Y por ello la necesaria confirmación o validación empírica se convierte en un ejercicio que devuelve resultados corroborativos si son positivos, o acertijos y contraintuiciones si son negativos. Después de todo, la conspicua frase "la realidad no se ajusta a la teoría" no nació por azar.

Tercero, los agentes representativos del modelo estándar no solo incorporan poderes analíticos y predictivos superlativos para tomar decisiones en situaciones de riesgo e incertidumbre, sino que además evalúan sus opciones utilizando una distribución de probabilidades normal. En la distribución normal (la campana de Gauss), los riesgos extremos tienen muy baja probabilidad de ocurrencia, y suelen ser demasiado pequeños para provocar inestabilidad sistémica. Esta característica central de la teoría es la que hace posible que una economía que navega entre mares de riesgos mantenga una estabilidad artificial y, por tanto, se imagine que, como el Titanic, siempre evitará naufragar. Hasta que el coloso tropieza con un Cisne Negro imposible, que nada en medio del Atlántico.

Cuarto, muchos economistas padecemos de una insuficiente humildad epistemológica. Cuando hablamos de nuestra materia, nos cuesta muchísimo decir "no sé". Como un médico que no puede lucir inseguro ante su paciente, sentimos la imperiosa necesidad de explicarlo todo sin dejar relucir ninguna duda, en lo posible haciendo gala o arropándola en nuestra maravillosa jerga. Quisiera poder decir que la teoría económica sabe mucho pero no todo, pero me acercaría más a la realidad si dijera que sabemos poco, o mejor, poco de lo que es importante. Consideremos la macroeconomía. Los textos tradicionales simplemente no dan las respuestas que un lego espera encontrar en esas mágicas páginas. La macroeconomía estándar contiene un cuerpo teórico muy discutible, con evidencia empírica más que insuficiente, y donde los problemas más acuciantes (el desempleo, la pobreza y la inflación) apenas se tratan marginalmente. Lo que se suele presentar como un modelo macroeconómico ampliamente aceptado se edifica en realidad sobre supuestos de comportamiento rebatidos, y no ha tenido aplicaciones concretas relevantes. Y, como indica Taleb, hay algo peor que no tener las respuestas: creer que las tenemos. Siendo la economía una ciencia social atravesada por la acción de grupos de interés, me atrevo a añadir que algunos sí saben lo que no saben, pero lo ocultan muy bien.

Una teoría económica de esta índole solo podía fallar a la hora de dar respuestas a la crisis internacional de 2008-2009. No estaba preparada para lidiar con Cisnes Negros, ni aún lo está. Por supuesto, pronto aparecieron por doquier todo tipo de explicaciones post hoc, que nos daban a entender que había signos evidentes de que lo que pasó iba a pasar. La inconsistencia lógica de esta aproximación recibe en el libro el nombre de "falacia narrativa", y Taleb la ilustra con divertidos ejemplos. Créase o no, El cisne negro se publicó pocos meses antes de la crisis, pero el autor, de conformidad con su propia teoría, niega de plano que la haya predicho.

Guardando congruencia con su tesis, Taleb no aporta soluciones para evitar los Cisnes Negros. Dice que es suficiente reconocer que existen y ser conscientes de que pueden aparecer cuando menos se los espera. De hecho solo dedica tres páginas, de cuatrocientas sin contar el aparato bibliográfico, a sugerir cursos de acción al respecto. Explica que estar al tanto de que estos sucesos pueden producirse es ya un avance esencial, porque evita tomar decisiones suponiendo ausencia de riesgos cuando en realidad hay muchos riesgos.

Aunque Taleb advierte que esto es lo máximo a lo que podemos aspirar, creo que en el ámbito de las crisis macroeconómicas esta conclusión se puede flexibilizar un poco. En economía no todos los Cisnes Negros son choques estrictamente exógenos. Si algo se repite en cada crisis financiera (incluida la reciente) es que son generadas endógenamente por el sistema económico. Una conducta desmesurada del mercado financiero es el resultado de conductas individuales desmesuradas, y en este sentido es posible que ciertas conductas sociales (p. ej., la capacidad de transmitir una historia "creíble" de un agente a otro) contribuyan a crear los cimientos para construir el gran edificio especulativo cuya altura revela que algún día caerá, aunque no sabemos con precisión cuándo se derrumbará.

No es sencillo enfrentar la tendencia a la generación sistemática de booms financieros especulativos proporcionando incentivos para que los individuos decidan mejor. Pese a que se presentan en forma repetida a lo largo de la historia, los individuos tienden a ignorar una y otra vez la existencia de Cisnes Negros y sus graves consecuencias. Es necesario, entonces, que los hacedores de política económica se convenzan de la importancia de estos eventos, y contribuyan a moldear la formación de expectativas para evitar la formación de burbujas especulativas. Aunque pensándolo mejor, quizá esta no sea la solución: pues si esos funcionarios aprendieron economía con los modelos usuales, estarán más familiarizados con las teorías que "demuestran" la estabilidad inherente de los mercados, la neutralidad de las políticas económicas y la irrelevancia del sistema financiero como factor de riesgo.

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