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Revista de Economía Institucional

versión impresa ISSN 0124-5996

Rev.econ.inst. vol.16 no.30 Bogotá ene./jun. 2014

 

VIOLENCIA POLÍTICA EN COLOMBIA 1958-2010

Marco Palacios, Bogotá, Fondo de Cultura Económica,2012, 218 pp.

Fernando Cubides*

*Sociólogo, fue profesor titular de la Universidad Nacional de Colombia, Bogotá-Colombia y es especialista en Sociología Política e Historia de las Ideas Políticas [fcubides@etb.net.co].

Fecha de recepción: 1 de abril de 2014, fecha de modificación: 25 de abril de 2014, fecha de aceptación: 2 de mayo de 2014.


Un rasgo sobresaliente de este libro es la audacia con la que está escrito. En cuanto al estilo eso quiere decir que el autor opta siempre por la expresión más concisa, más punzante de las tesis que nos presenta. Su trayectoria se lo permite; el reconocimiento de los trabajos que ha publicado lo ha dotado de una desenvoltura en el modo de exponer muy apropiada para un texto que aborda el periodo más reciente de la historia colombiana. Un periodo que, dada su inmediatez, los historiadores de formación suelen abordar con más cautela, con mayor circunspección. El profesor Palacios es pues lo que se diría un autor en sazón, muy seguro de sí. Y este, un texto hecho para la polémica, que suscita controversia a medida que se lo lee. Ese rasgo de estilo se aprecia así mismo en el uso de las metáforas, y en que tratando de una época tan reciente como la que acota, se remonte al barroco -al barroco colonial nuestro, a un autor como Rodríguez Freyle- para encontrar aspectos básicos que todavía nos constituyen; y que junto con el guiño a grandes autores como Hobbes y su metáfora del Leviatán son apenas algunas de las libertades que se permite. Se percibe que el trabajo del texto, su factura cuidadosa, las referencias al barroco no son tan solo guiños estilísticos, adornos literarios. En mi opinión, Palacios se ubica en esas tendencias de la investigación histórica que se han apropiado de la idea de narrativa, tomada de la literatura; y al parangonarse con los literatos de oficio, al cultivar la forma y el fondo de la argumentación, saber escoger modelos, opciones estilísticas, es clave. El barroco, y dentro del barroco su variante conceptista (Gracián, Quevedo), es a todas luces el modelo de estilo en este libro.

Si acudiéramos a Hayden White, quien en su libro Meta historia (también publicado por el Fondo de Cultura Económica) se propone clasificar a los historiadores según el estilo en su manera de narrar la historia, valiéndose de la figura literaria a la que recurren de modo preferente en su narrativa (metáfora, metonimia, sinécdoque, ironía, eironía sobre la ironía) podríamos decir que en el libro de Palacios hay tanto de metáfora (toda una serie: El carnero, El Leviatán, la cinta de Moebius, la caja de galletas) como de ironía sobre la ironía. (En sus juicios sobre los dirigentes y las organizaciones políticas campea la ironía, una ironía sutil, muy elaborada.) Uso recurrente de las metáforas e ironía son rasgos estilísticos que realzan otra cualidad, cardinala mi modo de ver: la independencia intelectual. Si nos remitimos a su hoja de vida, constatamos que Palacios ha desempeñado cargos públicos de importancia y, por tanto, que ha transitado los pasillos del poder; pero no se puede decir que haya escrito un solo renglón de su obra, o de este libro en particular, para congraciarse con el poder o que haya acallado alguna afirmación con ese propósito. Parece del todo inmune al virus de la cooptación: su juicio sobre quienes detentan el poder, o sobre quienes apelan a la violencia para luchar por él, es igual de implacable, no denota ningún ánimo de transacción. Prueba de esa independencia: sus juicios categóricos se dirigen tanto a la clase política en conjunto, a los miembros de la élite gobernante, como a los integrantes de las cúpulas de las organizaciones guerrilleras que aspiran a derribarlos.

Esa suerte de exilio dorado en el que se halla, al estar vinculado a una institución de élite como el Colegio de México, y hacer viajes periódicos de estudio e investigación a Colombia, no solo le hace posible el ejercicio pleno de esa independencia sino que le rinde dividendos analíticos: en su caso, la comparación de México y Colombia fluye de modo espontáneo, no es un ejercicio académico. El contrapunteo entre estos dos casos no se circunscribe al capítulo que se titula así; aunque no de modo explícito, en el conjunto del libro se echa de ver que saca partido del conocimiento que posee de ambos países por su vivencia, su familiaridad con ambos.

En el prólogo y en la presentación oral con motivo del lanzamiento, el autor nos dice que el suyo es un trabajo panorámico, la suya una mirada a vuelo de pájaro sobre una etapa conflictiva en particular e intensa como la que acota en el título. Y sobre una cuestión virulenta de por sí como la violencia. Siendo tan importante para el historiador de oficio la delimitación del periodo del que se va a ocupar, en este caso desborda los límites convencionales, los de la historia académica, que suele tomar como hitos los de la historia política: Frente Nacional, post Frente Nacional, antes de la Constitución de 1991, después de ella. Un modo de acotar el problema en el tiempo que procura sustentarse y justificarse en el curso del análisis. Sabemos que eso de periodizar es algo que los historiadores se toman siempre muy en serio. La escogencia no es inocente ni arbitraria; al periodo elegido subyace una noción muy arraigada acerca del Frente Nacional como régimen, aun cuando en 1970 terminó lo que en estricto sentido se llamó Frente Nacional y aún persista el régimen político que inauguró, junto con sus incongruencias y su cultura política "coalicionista", a despecho de los cambios constitucionales. Por cierto, Palacios ha sidouno de los críticos más incisivos de la Constitución de 1991, desde el mismo momento en que se gestó y por la forma y la representatividad de quienes contribuyeron a promulgarla. Esa crítica temprana la hallamos en su libro Entre legitimidad y violencia: Colombia 1875-1994, y en este último ratifica su apreciación al subrayar la flexibilidad que ha permitido que con uno u otro "articulito" se reformen aspectos fundamentales sin tener en cuenta ni apelar al constituyente primario.

Al construir su narrativa, procurando que su síntesis interpretativa sea persuasiva para todo tipo de lectores, el autor nos ofrece una detallada recapitulación de las organizaciones guerrilleras supérstites, de su origen, la extracción social de su dirigencia, los balbuceos ideológicos de los comienzos, de su sinuosa trayectoria hasta los tiempos más recientes. La lleva a cabo con tal minuciosidad, haciendo uso de información muy dispersa y del conocimiento vivencial de quien frecuentaba las aulas universitarias en los días en que se gestaron las FARC y el ELN, que intriga saber cómo leerá esos pasajes un lector mexicano, latinoamericano o cualquier extranjero que no esté familiarizado con la historia colombiana. Adentrarse en el conocimiento de organizaciones que por definición son clandestinas, que practican la clandestinidad con virtuosismo, requiere echar mano de todo tipo de recursos y extraer el máximo de sentido a las evidencias disponibles, por fragmentarias o discontinuas que sean. A un estadígrafo en principio podrá parecerle de escasa significación la cifra de 476 guerrilleros con la cual se intenta construir un índice de concentración para examinar la territorialidad en las "Repúblicas independientes", pero no se podrá reprochar al investigador social falta de esmero en sopesar, interpretar y contextualizar la información disponible.

El prólogo del autor es una buena síntesis de su argumentación y de sus tesis principales, e insinúa un vaticinio, o si se prefiere, un pronóstico, formulado de modo taxativo en el epílogo: que en algún momento del futuro inmediato se retomará el diálogo gobierno-guerrilla en busca de una negociación, juicio fechado en marzo de2012. Tiene gracia que un historiador, sobre la base de su narrativa, arriesgue juicios predictivos y acierte. El libro apenas estaba en las vitrinas cuando se produjo el anuncio, el 5 de septiembre, que a tantos tomó de sorpresa; pues sabemos que el gobierno manejó todas las aproximaciones anteriores al más alto nivel y con la mayor discreción.

No nos sentimos cómodos los sociólogos, que entre otras presumimos ser herederos de Saint-Simon, de Mosca, de Pareto, de C. Wright Mills, con el modo en que los historiadores toman y emplean la noción de élite, quienes la han divulgado y popularizado como equivalente a minoría dominante, sin más. Casi nada queda de la idea de meritocracia, de una minoría reclutada según su capacidad y formación. Tienden a considerar, de modo sumario, como élite a la minoría que detente el poder en un momento dado, ahorrándose de paso la indagación sobre la base o el criterio de su reclutamiento.

Hay en todo caso una neta diferencia con los consultores de oficio: Palacios evade dar recetas, la suya es una argumentación, un saber construido con minuciosidad, muchos de cuyos supuestos no están a la vista, pero que se presenta para el debate, para ser contrastado y controvertido.

Se ha afirmado con cierta ligereza, por ejemplo, que podemos dar lecciones a los mexicanos sobre el problema del narcotráfico. Palacios no está tan seguro de eso; la comparación es muy valiosa, hay que llevarla a cabo del modo más metódico, pero un primer intento nos persuade de que las diferencias son protuberantes; entre otras por lo que significó la Revolución mexicana como solución "en positivo" de la cuestión agraria, mientras que nuestra Violencia y "lo que vino después" sería una salida "en negativo", regresiva, de esa misma ardua cuestión. De cualquier modo, la comparación sí que vale y es menester llevarla a cabo de manera sistemática, para entender mejor a cada país, y para salir al paso a la idea del excepcionalismo o la absoluta singularidad de cada uno, en otras palabras, para situarnos en un plano universal.

En el caso colombiano, un saldo neto de la evolución reciente es que los narcos aprendieron a disciplinarse, también en el uso dela violencia; de consuno, parecen haber aprendido a bajar los costos de transacción implícitos en el uso de la violencia. Para indagar grandes cuestiones, como la violencia, hay que aguzar al máximo el ingenio en la búsqueda y el control de las fuentes; la vigilancia, el rigor han de ser constantes, y hay que esmerarse al acudir a fuentes muy heterogéneas. Uno palpa la indignación del investigador cuando descubre que en un acto de máxima frivolidad una funcionaria del Ministerio de Gobierno dispuso que 79 sacos que contenían la memoria oficial de 1949 a 1958 se echaran a la basura por el mal aspecto que presentaban. Que quede para la posteridad como delito de lesa memoria.

A estas alturas debo señalar dos diferencias con la interpretación que propone el profesor Palacios, teórica una, de apreciación de los hechos, fáctica o empírica la otra. La primera tiene que ver con el entendimiento y el uso de Clausewitz y de Carl Schmitt (y los dos están relacionados, imbricados en el asunto que nos concierne). Al prusiano, el profesor Palacios lo entiende y aplica como teórico de la guerra regular, y lo es, desde luego, pero también se ocupó de su con-traparte, la guerra irregular, justo en el momento en que surgía: estudió al detalle la guerrilla española de 1808 y el movimiento guerrillero que surgió en Rusia en 1812 (por cierto Raymond Aron dedicó una de sus lecciones de 1972 en el Collège de France a esa dimensión: Clausewitz et la guerre, cuyas tesis desarrolló más adelante en Penser la guerre, Clausewitz). El uso de Carl Schmitt se circunscribe a su concepto de lo político, con lo cual el profesor Palacios prescinde de su complemento, la teoría del partisano, que habría ampliado aún más su horizonte.

En cuanto a los hechos, Palacios hace una afirmación tajante: las FARC, "por paradójico que parezca en una guerrilla colocada en las antípodas ideológicas, políticas y culturales del ELN de la década de 1960, desarrollarían 20 años después y con cierta solvencia, el método castrista de la guerra de guerrillas" (p. 88). A mi juicio esta afirmación no se sostiene a la luz de las evidencias: ha habido metamorfosis, transitividad y aprendizaje entre las organizaciones guerrilleras, pero en una dirección distinta. En procura de ampliar la fundamentación empírica, el profesor Palacios agota las fuentes accesibles y la información dispersa disponible, pero aún hay más. Para ciertos efectos explora, por ejemplo, la revista Documentos Políticos, del Comité Central del Partido Comunista, y rastrea el periódico Voz Proletaria de modo exhaustivo (entre otras iniciativas, hay que reconocer al historiador Jorge Orlando Melo que como director de la biblioteca Luis Ángel Arango se haya propuesto llenar el vacío de publicaciones de izquierda de los años sesenta y setenta, adquiriendo colecciones privadas). Y mirados los primeros años sesenta, justo cuando se formaban las FARC, y pese a que ya existían fisuras en "el campo socialista" y se avizoraba la ruptura entre la "línea Moscú" y la "línea Pekín", seguían apareciendo reseñas de las Lecciones de la lucha revolucionaria en China, y aquello de la "guerra popular prolongada "y "del cerco de las ciudades por el campo" fue intuido por los intelectuales comunistas como un modelo más acorde con la situación colombiana que el foco revolucionario de la Sierra Maestra. En todo caso, un testimonio del lado cubano parece corroborarlo, de un testigo de primera fila, integrante de la columna original de la epopeya de Sierra Maestra, instructor de los latinoamericanos de distinto origen que iban a Cuba a replicar el modelo, compañero del "Ché" en la aventura boliviana, sobreviviente, y quien luego rememoró su trayectoria ("Benigno" Dariel Alarcón Ramírez, 1997) quien al referirse a los colombianos, delineó el aprendizaje de los "elenos" y las irremontables diferencias en cuanto a modelo insurreccional con los partidos comunistas, no solo con el boliviano. Palacios reitera su idea y aporta algunas evidencias anecdóticas a su favor, pero a mi juicio no resulta convincente. La discusión sobre el origen y los alcances de "la lógica combinatoria", como idea estratégica y táctica revolucionaria desarrollada por los comunistas en los inicios del Frente Nacional, se hizo a fondo a raíz del primer libro de Eduardo Pizarro (1991) sobre las FARC, y quedó claro que no correspondía al modelo cubano ni fue una invención criolla (pues estaba en la vulgata marxista-leninista del periodo de la Guerra Fría; ya Lenin había condenado a los marxistas que no sabían combinar todas las formas de lucha y había sentenciado: "La lucha guerrillera es una forma de lucha inevitable en tiempos en que el movimiento de masas ha llegado ya, de hecho, hasta la misma insurrección y en que se abren intervalos más o menos grandes entre las 'grandes batallas' de la guerra civil"; Lenin, 1960, 213). Tampoco coincidió con los inicios del Frente Nacional, ni para luchar contra sus restricciones, sino que se comenzó a considerar ya en los años subsiguientes al 9 de abril, cuando el Partido Comunista estaba en la clandestinidad y sus miembros eran perseguidos como cómplices del asesinato de Gaitán.

En aras de la claridad, y de la desmitificación, eso sí, de manera muy instructiva, y dirigido a los nuevos lectores y a todos aquellos que no vivieron esa etapa, nuestro historiador desempolva, transcribe y analiza aquellos editoriales del periódico del Partido Comunista, y aquellas declaraciones de su Secretario General, Gilberto Vieira, en que sin reatos ni ambages se reivindica para el Partido el papel de creación y dirección de las FARC. El breve apartado que se titula "Las FARC y el PCC" (pp. 95-98) trae las referencias básicas y es muy instructivo al respecto.

Las virtudes del libro prevalecen, y tal vez ningún otro autor haya descifrado de manera tan penetrante y circunstanciada los componentes de la "pax uribista", paso a paso, rastreando todos los hilos de la trama, hasta llegar a lo más reciente. Yendo mucho más allá de la consigna, develando el "embrujo", sin atribuirlo a la insensatez o miopía de quienes han apoyado a Uribe, interpretando, en su sentido más genuino, el fenómeno. Las piezas de ese amasijo de historia agraria e institucional, la metódica construcción del enemigo, la destreza en crear opinión a costa de las FARC, la percepción de los "tiempos", o si se prefiere, del timing en la acción política.

Y no es el menor de los méritos el que en todos los momentos del análisis se vea de modo articulado el estado del sistema político hacia el interior con su peso específico en el plano internacional. En ningún instante se pierde de vista el costo geopolítico de las limitaciones, errores e incongruencias del Estado colombiano; se sopesa el balance de la situación interna en cada coyuntura y se contextualiza de modo preciso, en el alcance que pueda tener para el país y para la sociedad en su conjunto, en la arena internacional.

Por lo demás, en sus conclusiones Palacios reafirma una apreciación general, que había formulado en el libro de texto que escribiera para Oxford, conjuntamente con Frank Safford: la fragmentación del territorio y su contrapartida, la división de la sociedad colombiana; más aún, su atomización dado el persistente individualismo de los colombianos, la profunda desorganización social como pauta. En ese sentido, sin proponérselo, el suyo es un diagnóstico compartido con el sociólogo y colombianista francés Daniel Pécaut:

las clases populares demuestran la mayor desconfianza hacia un Estado que no les garantiza el acceso a una ciudadanía social y a menudo dan en una especie de anarco-liberalismo que conduce a que cada sector social intente conquistar por su cuenta y riesgo las ventajas que pueda (Pécaut, 2003, 20).

Las conclusiones no darían para el optimismo a corto plazo, no tendrían por qué dar para ello, lo que cuenta es el rigor del análisis, que es impecable e implacable, y habiendo evitado con suerte el recetario y la grandilocuencia, el último párrafo condensa todo el análisis previo: sobre el maremágnum descrito la élite se sostiene gracias a su pragmatismo y adaptabilidad, y a su adhesión a las políticas norteamericanas, "Leviathan de espada desenvainada".


REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

1. Alarcón R., D. Memorias de un soldado cubano, Barcelona, Tusquets, 1997.         [ Links ]

2. Aron, R. "Clausewitz et la guerre populaire", discours prononcé lorsde la séance publique annuel des cinq académies, 25 de octobre de1972, Paris, Typographie de Firmin-Didot et Cie., 1972.         [ Links ]

3. Aron, R., Penser la guerre, Clausewitz, Paris, Gallimard, 1976.         [ Links ]

4. Lenin, V. I. "La guerra de guerrillas", Obras completas, t. XI, Buenos Aires, Cartago, 1960.         [ Links ]

5. Palacios, M. Entre legitimidad y violencia: Colombia 1875-1994, Bogotá, Norma, 1995.         [ Links ]

6. Partido Comunista de Colombia. Lecciones de la lucha revolucionaria en China, Bogotá, Ediciones Paz y Socialismo, 1960.         [ Links ]

7. Pécaut, D. Midiendo fuerzas: balance del primer año del gobierno de Álvaro Uribe Vélez, Planeta, Bogotá, 2003.         [ Links ]

8. Pizarro, E. Las FARC 1949-1966: de la autodefensa a la combinación de todas las formas de lucha, Tercer Mundo, Bogotá, 1991.         [ Links ]

9. White, H. Metahistoria. La imaginación histórica en la Europa del siglo XIX [1973], trad. de Stella Mastrangelo, México D. F., Fondo de Cultura Económica, 1992.         [ Links ]