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Revista de Economía Institucional

versión impresa ISSN 0124-5996

Rev.econ.inst. vol.16 no.31 Bogotá jul./dic. 2014

 

ILEGALES, HONGOS Y LEVADURA

Comentario a Tiranía de los expertos de Willam Easterly, con una crítica a dos trabajos de expertos

Mauricio Rubio*

* Candidato a PhD en Economía, profesor investigador de la Facultad de Economía de la Universidad Externado de Colombia, Bogotá, Colombia, [mauriciorubiop@gmail.com].

Fecha de recepción: 1 de septiembre de 2014, fecha de modificación: 20 de septiembre de 2014, fecha de aceptación: 29 de octubre de 2014.

Sugerencia de citación: Rubio, M. "Ilegales, hongos y levadura", Revista de Economía Institucional 16, 31, 2014, pp. 359-408.


"Las diferencias de ingresos resultantes de cualquier forma de discriminación, como las de raza o género, son minúsculas comparadas con las brechas que causan las fronteras nacionales". Esta frase de un artículo publicado en Slate en 2008 destaca el principal aporte del provocador libro de William Easterly, que pone sobre el tapete la contradicción más protuberante del discurso económico, de las relaciones internacionales y del paradigma de derechos humanos: las restricciones a los flujos internacionales de personas, asimétricas y concentradas con saña en la población pobre, la que más se beneficiaría con una apertura de las fronteras.

Aunque el alcance del libro es más amplio, destaco este aspecto inusual en la literatura académica y síntoma del desinterés por la suerte de buena parte de la población menos favorecida. Otro aporte es el examen de la visión estrecha, deductiva y poco democrática de los tecnócratas sobre el desarrollo económico. Utilizo los argumentos contra la "tiranía de los expertos" para criticar un famoso trabajo que padece esos defectos y que ignora la inmigración ilegal, un descuido inaceptable en lo que pretende ser una síntesis de la teoría del desarrollo comparativo, económico, político e institucional. Después centro la atención en un ensayo sorprendentemente influyente sobre el conflicto colombiano, que adolece de manera más marcada de esos problemas. Para concluir señalo algunas "pajas en el ojo propio" del libro de Easterly que con acierto ve la viga en el ojo ajeno.

EL GRAN LUNAR DE LAS DOCTRINAS DE ESO MEJOR NI HABLAR

Ignorando la ineficacia de los controles a la inmigración analizada por unos pocos académicos, rescatados por Easterly, los políticos europeos y estadounidenses llevan años reforzando las fronteras. El último paso en esta escalada reguladora es la presión sobre los países africanos expulsores de migrantes para embarcarlos en la lucha contra el "tráfico de seres humanos". La cumbre euro-africana de abril de 2014 dio un nuevo apretón a los mal llamados ilegales.

En días cercanos a esta cumbre, los medios colombianos destacaron la visita de Joseph Stiglitz, un representante de los tecnócratas que Easterly llama "aliados de los tiranos", despreocupados por cómo gobiernan, y sin plena conciencia del impacto de sus sugerencias sobre los derechos de los más pobres. Una entrevista concedida por Stiglitz a Cristina Castro (Semana, 2014) -"Si yo fuera Santos..."- no podía ilustrar mejor esa inocultable vocación por el poder y la ligereza de los expertos que asesoran políticos en países que apenas conocen.

La coincidencia de estos dos hechos, sumada al anuncio de eliminar las visas de turismo en el espacio Schengen, me recordó la época de inmigrante en España cuando buscaba papeles de trabajo y, en particular, dos intercambios de opiniones con personas situadas en los extremos de la reflexión sobre la inmigración ilegal. Primero, en las frías calles madrileñas, con una ecuatoriana que tramitaba su visa de residente y, algo después, en la estratosfera tecnocrática, con el mismo Joseph Stiglitz en la sede del Banco Mundial.

El hermano de Eulalia, la ecuatoriana, no había podido salir de la clandestinidad y ella no entendía la lógica de los obstáculos para trabajar legalmente: le sobraban oportunidades, no perjudicaba a nadie, sus contratantes no tenían otras opciones y el salario era bueno. Además, no pagaba impuestos ni cotizaba a la seguridad social como estaba dispuesto a hacer; no podía salir del país ni alquilar vivienda. "Todos pierden", dijo desconcertada. Mi aporte a su escueta y precisa descripción de la ineficacia de los procedimientos de inmigración fue decirle que el sistema era, además, muy regresivo. Eulalia se sorprendió con mi visa de profesor universitario que insólitamente disfrutaba el mismo régimen de futbolistas, actores y músicos: al empleador no le incumbe si el trabajo lo puede realizar un español, una de las principales trabas para que un inmigrante no calificado consiga un permiso de trabajo. Le chocaba la idea de que en España, que ella percibía más democrática e igualitaria que Ecuador, hubiera tales privilegios, y le extrañaron esas prerrogativas incompletas que me obligaban a hacer fila de madrugada ante la policía, como a ella. En Ecuador, dijo, me habrían llevado los documentos para firmar a la oficina, o un mensajero habría hecho las filas por mí.

Meses después de esta conversación, el Banco Mundial me invitó a la conferencia anual sobre economía del desarrollo para comentar un trabajo sobre el impacto de la violencia. El anfitrión era Joseph Stiglitz, quien dos años después recibiría el premio Nobel, y que en el almuerzo final hizo un balance. Consideraba bien expuestas y discutidas todas las áreas importantes para la tarea de apoyar a las naciones pobres. Como por no dejar, preguntó si en la conferencia se habían pasado por alto temas relevantes para la agenda del desarrollo. Sabía poco de migraciones internacionales y dudé en intervenir, pero recordé a Eulalia y la mencioné como una "experta en latinos" que había conocido en Madrid y que habría propuesto evaluar las leyes de inmigración, ineficientes, inequitativas e incoherentes con la apertura de los demás mercados. Sorprendido, Stiglitz no encontró qué decir, y varios tecnócratas corrieron en su auxilio subrayando la complejidad política del asunto. Por fortuna para mí, que no tenía qué responder ante una observación tan evidente, dos de los asistentes -uno indio y otro pakistaní- replicaron que cuando los tecnócratas empezaron a recomendar abrir las economías, las dificultades políticas y legales parecían infranqueables, y sin embargo no desistieron ante la falta de claridad sobre cómo hacerla efectiva, sino que, por el contrario, destacaron las ventajas sugeridas por la teoría económica. No hubo más comentarios y Stiglitz cambió de tema.

Los tecnócratas y economistas del desarrollo no son los únicos que silencian la discusión de las restricciones legales a la inmigración. Para Easterly, un buen indicio de ese veto implícito es que no haya sido motivo de una cumbre de las Naciones Unidas.

No se requiere mucho para que la ONU organice una cumbre. La cumbre típica declarará que algo constituye un problema y sugerirá acciones internacionales para enfrentarlo [...] Un indicio de la sensibilidad política de las migraciones como tema de discusión es que no ha logrado pasar los bajos requisitos para convocar una cumbre de la ONU (Easterly, 2013).

Amnistía Internacional, quizá la entidad más reputada en la defensa de los derechos humanos, le hace el quite al problema de manera elegante: "[AI] propone reformas a la inmigración que aseguren que los inmigrantes sean tratados con total respeto a sus derechos humanos y a su dignidad humana". Aboga entonces por unos derechos humanos desde un segundo nivel, sin cuestionar la legislación que "crea" inmigrantes ilegales; como si las propuestas contra la discriminación se pudieran limitar a sugerir que los afectados reciban trato adecuado, sin preocuparse por las causas.

El Consejo Europeo de Refugiados y Exilados agrupa 82 ONG que protegen y promueven los derechos humanos de los refugiados y tiene una posición similar sobre los "desplazados": que sean tratados con respeto y dignidad, sin cuestionar los obstáculos legales a su libre tránsito. Humans Rights Watch, por su parte, critica que "los niños pueden ser detenidos arbitrariamente, en celdas con adultos extraños y sujetos a tratamiento brutal por la policía y otras autoridades", y sugiere que se les debería tratar de mejor manera, siempre como ilegales. La posición más progresista es quizá la de la Red de Derechos de los Inmigrantes (MRN) una ONG británica que propone "crear espacios para que (los ilegales) expresen sus opiniones y experiencias".

Votar con los pies

Para sus reflexiones sobre la inmigración internacional, Easterly (2013) se apoya en los trabajos de M. Clemens y L. Princhett (2008), economistas demógrafos, que estudiaron personas de distintos países situadas muy por encima de la línea de pobreza, con ingresos de más de diez veces el umbral de pobreza de un dólar diario por persona. Los impactó el resultado de los haitianos: el 82% de esos privilegiados vivían en Estados Unidos y solo un 18% en Haití. Para subrayar la ineficacia de las fronteras sugieren "medir el desarrollo como si la gente importara más que los lugares". Proponen destronar el PIB, centrado en el territorio, y remplazarlo por los ingresos de las personas nacidas en cada país. La comparación entre estas dos dimensiones del ingreso varía enormemente, desde un 104% en Guyana hasta un 1% en Brasil. Los haitianos emigrantes ganan un 38% más que quienes viven en Haití. En el caso de Colombia, la diferencia es mucho menor (3%), pero superior a la de Costa Rica, Venezuela, Chile, México y Argentina.

Los haitianos emigrantes confirman una perogrullada: para dejar de ser pobre conviene alejarse de la pobreza. Así lo entendieron quienes siempre buscaron oportunidades en regiones prósperas. El libre tránsito permite evitar otros males: enfermedades, crimen, corrupción, dictadura, guerra o fundamentalismo. Dentro de las fronteras nacionales, esos flujos espontáneos solo son restringidos por regímenes totalitarios. En la sociedad globalizada la función arbitraria y regresiva de impedirlos la cumplen, por ahora, las leyes de inmigración de países desarrollados democráticos; cuyos líderes deploran la pobreza y la desigualdad, critican el despotismo y vigilan el respeto por libertades y derechos humanos en el resto del mundo. Eso sí, intramuros, secundados en su paternalismo territorial por una amplia gama de ONG y una pujante actividad asociativa de solidaridad "sin fronteras, SF" que incluye desde médicos hasta payasos. SF, sufijo infalible del sector, machaca la libertad con la que los europeos se mueven por el mundo. Quienes con menos ingresos y estudios intentan migrar en contravía se estrellan con fronteras cada vez más reforzadas físicamente. La amnesia y la desvergüenza son tales que los políticos europeos, en armonioso coro con voces de izquierda, centro y derecha, aprietan a los africanos para que emulen dictaduras represoras de emigrantes, añorando réplicas del muro de Berlín. En cuanto al "tráfico de personas", secuela inevitable de las fronteras cerradas, el cinismo alcanza para calificarlo de "nueva forma de esclavitud".

Sorprende que la exitosa experiencia europea en la apertura de fronteras para los trabajadores sin la temida explosión migratoria por los diferenciales de salarios -que en la zona comunitaria pueden alcanzar relaciones de uno a seis- no haya matizado la visión negativa sobre la flexibilización del marco legal. Uno de los efectos perversos de las actuales leyes de inmigración es haber corroído la esencia del tratamiento a los refugiados políticos. Son numerosos los casos que hoy se manejan como demandas de asilo sin serlo. Las deficiencias legales hacen que muchas personas acudan a esta vía minando el alcance de la obligación de proteger a los refugiados políticos.

Charles Tiebout, economista y geógrafo, acuñó una buena metáfora de la migración: "votar con los pies". No llegó a ver el absurdo escenario de todos los mercados abiertos menos uno: el que permitiría votar contra los tiranos y, literalmente, salir de la pobreza. Le parecería cínica la declaración de Mariano Rajoy, promotor de la cooperación europea en África como palanca para progresivos controles: "[Debemos] colaborar con la Unión Africana para intentar sacar de la pobreza a muchas personas que viven en estos países [...] que la gente no tenga que irse de su casa".

Pequeños daños en muchas personas

La burocracia comunitaria anunció a comienzos de 2014 que no se necesitará visa de turista para viajar a Europa. Desmontarán el ritual basado en la clarividencia de empleados consulares que con información reducida y estandarizada sobre un latino vaticinan lo que hará como turista, siempre temiendo la metamorfosis que lo convertirá en "extranjero ilegal", el gran oxímoron del mundo globalizado en la época de los derechos humanos universales.

De las demás visas y sus inconvenientes nadie habla. Altos ejecutivos y cerebros fugados cambian de empleo y de país cuando les conviene, pero los trabajadores no calificados enfrentan tales obstáculos que el de los pasajes es un costo irrisorio. Y quien tenga algún vínculo con personas que residen donde se exige visa, tendrá que soportar una abusiva intromisión en sus asuntos familiares. En los últimos años innumerables familias latinoamericanas tuvieron que convencer a un empleado consular de que algún evento ameritaba la "reagrupación" con los seres queridos. Así se elimine la visa de turismo, estas tendrán que seguir insistiendo en caso de una enfermedad, un accidente, un embarazo, un deceso u otra circunstancia que requiera una estadía en el exterior superior a unos pocos meses; y, por supuesto, minimizar la posibilidad de la temida mutación a la ilegalidad. "Pocas cosas me producen más pavor que me nieguen una visa, que me hagan pasar el ridículo en inmigración o que me deporten simplemente por estar ahí", dijo un colombiano disuadido. Este atropello individual no suscita grandes escándalos, pero es demasiada la gente que lo sufre.

Es chocante que la intromisión consular en la vida privada sea determinada por el lugar de nacimiento y, encima, que esa arbitrariedad se considere normal. Se han refinado los eufemismos para la discriminación basada en una opaca mezcla de nacionalismo, racismo, corporativismo y clasismo cocinada con criminología barata. La supuesta capacidad prospectiva será utilizada no ya a nivel individual sino agregado para garantizar la seguridad ciudadana en el Viejo Continente. Con poca modestia, la tecnocracia europea anuncia "un análisis de riesgo, según una serie de criterios como el peligro que puede suponer la inmigración ilegal, el impacto para el orden público y la seguridad". Centralizada, la clarividencia burocrática pronosticaría atentados en las capitales europeas observando el desempleo y el endeudamiento de las familias de los países pobres.

La intromisión va más allá de tener que "caerle bien" a un cónsul para que autorice una reunión familiar. En Cuenca, Ecuador, una provincia de alta emigración en la década pasada, se dispararon los divorcios y más de la mitad de los casos que atendía un centro de conciliación eran conflictos de familias fracturadas: disputas entre abuelos por nietos receptores de remesas, celos posesivos, violencia y abusos del suegro a la nuera retenida por el papeleo, o jóvenes con divisas y escasa supervisión reclutados por pandillas. Los pequeños dramas hogareños generados por las visas no conmueven a nadie, pero al sumarse y extenderse califican para que un gobierno europeo o una ONG financien un estudio de diagnóstico que recomiende todo menos corregir su principal causa, unas leyes de inmigración vetustas, ineficaces y regresivas. Cuanto más pobre es quien busca viajar, más chances de que el sistema lo desprecie y lo empuje a los coyotes y traficantes, siniestros personajes que desvelan a esos mismos gobiernos y ONG, pero que existen gracias a las restricciones legales, así como los narcotraficantes viven de la prohibición.

"Tengo grabado en la cabeza el nombre del juez que firmó mi orden de expulsión, ha destrozado mi vida y la de mi novia. Él está ahora sentado con su familia y no siente, no puede sentirlo, el dolor que nos está haciendo pasar. Eso hay que vivirlo para saberlo", dice Alioune Diop, un senegalés deportado de España tras ocho años de vivir allí dejando a su novia, con quien estaba a punto de casarse. "Estoy viviendo un calvario, mi familia de aquí depende de mí, soy el mayor y tengo que ayudarles, pero mi familia de España está destrozada". El Madrid-Dakar en que salió Alioune es un "vuelo macro", una de esas puertas de atrás por las que se expulsa en gran secreto a miles de personas, no solo a Senegal, también a Nigeria, Marruecos, Ecuador o Colombia. "Algunos de los ocupantes de esos vuelos tienen hijos y mujer en España, otros están a la espera de un papel para casarse".

Aparte de impulsar la futurología de la inseguridad y apadrinar la trata de personas, la inmigración ilegal ha eliminado divergencias entre reaccionarios y progresistas europeos.

Que el inmigrante que entró clandestinamente en Francia sea expulsado fuera de nuestras fronteras tiene algo de doloroso, pero el derecho es el mismo para todos y debe aplicarse [... ] humanamente [... ] Sea lo que sea, les pido alejar de nosotros la locura racista [... ] No ignoro la extrema sensibilidad que este problema despierta entre todos los compatriotas que viven en los barrios de alta inmigración (Mitterand, 1988).

Esta tortuosa declaración es del mismísimo François Mitterand, décadas antes de que el gobierno francés se pusiera realmente duro con los inmigrantes, como cuando en octubre de 2013 deportó a Leonarda Dibrani, de 15 años, y a su familia gitana kosovar. Varios policías la detuvieron frente a su colegio, el templo republicano de l'égalité. El socialista François Hollande declaró: "Si quiere seguir escolarizada en Francia, será bien acogida, pero sola". "No quiero estar sola, no dejaré a mi familia", respondió desagradecida la joven, rechazando la ganga. La nivelación ideológica se hizo por lo bajo, el humanismo europeo ya no es sensible a los vínculos entre una menor de edad y su familia. Ahora tiene un deje de estalinismo soft que en los consulados se disfraza con rituales kafkianos.

LOS NIÑOS Y JÓVENES ILEGALES

Evelyn Rivera nació en Colombia y vive ilegalmente en Estados Unidos. El objeto de su visita a Nogales, en Arizona, parecía rutinario: reunirse con su mamá después de cinco años sin verla. Pero las condiciones de ese encuentro familiar sí fueron peculiares. Tuvo que contentarse con un abrazo a través de las barras de hierro del muro que existe allí para aislar la parte gringa y la mexicana de la ciudad, que pertenece al estado de Sonora. Gracias al Plan de Acción Diferida, Evelyn pudo acercarse a la frontera sin temor a ser deportada, como lo fue su mamá cuando la detuvo la policía estadounidense. "No puede ser así, yo viendo a mi mamá en el otro lado", dijo llorando. "Los congresistas deben actuar rápido, porque no debe ser así". Gorete Teodoro vivió 15 años en Boston antes de que la migra la enviara a su país contra su voluntad. Tomó tres aviones desde Brasil para ver a su hija Renata, también a través de la valla. "¿Por qué? ¿Por qué deportarme? Quiero saber por qué, solo deseo estar con mis hijos".

Los casos de Evelyn y Renata son menos comunes que los de las madres que viven en Estados Unidos y sus hijos por fuera. A comienzos de abril de 2014, los hijos adolescentes de Lucy Cabrera la llamaron desde Honduras para que les enviara el dinero que debían pagar a los coyotes que los pasarían por Guatemala y México para llegar a Estados Unidos. Los mareros de su barrio los habían amenazado. Lucy pidió prestados seis mil dólares, los envió y la semana siguiente recibió una llamada de un centro de detención en Arizona. Esta vez no lloró. "Gracias a Dios, están a salvo". Aunque es ilegal, las autoridades federales la contactaron para decirle qué debía hacer para obtener la custodia de sus hijos cuando los liberen.

El nuevo rompecabezas de la agencia de inmigración norteamericana -la migra- es entender y contener el éxodo de niños y jóvenes no acompañados que pasan la frontera. Aunque el número venía creciendo desde 2011, en el último año el flujo se hizo masivo. Se calcula que solo en 2014 unos 60 mil menores sin papeles llegarán a la frontera. Uno de los factores que explican el fenómeno es la violencia de las maras y pandillas juveniles en El Salvador, Honduras y Guatemala, que afecta a jóvenes de barrios populares cuyos padres emigraron. Otro es la decisión de la administración Obama de respetar los derechos de los inmigrantes más jóvenes.

La prioridad de los derechos humanos sobre la represión policial ha sido percibida como una oportunidad para reunificar las familias. Un centro de detención en Estados Unidos es menos inseguro que algunos barrios centroamericanos, y el hecho de que los jóvenes de países no limítrofes puedan ser albergados y estar bajo tutela mientras un tribunal decide su caso ha disparado el número de ilegales que se arriesgan a pagar a los coyotes la traída de sus hijos. Incluso algunos salen a buscarlos para intentar reingresar al país. Una madre trabajadora de Maryland no vio otra opción cuando supo que sus hijas ahora adolescentes eran acosadas sexualmente en la casa por los hombres de la familia y en la calle por las pandillas.

Un editorial de La Jornada, periódico mexicano, se indigna ante esta "crisis humanitaria" y dice que el problema de fondo es que estos menores ilegales

encarnan el desgarramiento de familias separadas por políticas migratorias perversas que deben abandonarse [...] ¿Cómo justificar que, veinte años después de la firma de un tratado de libre circulación de mercancías entre México y Estados Unidos, la libre circulación de personas siga siendo un punto muerto? [.] Estados Unidos debe reconocer que tiene necesidad de esa mano de obra extranjera y dejar de tratar a los inmigrantes como criminales (La Jornada, 2014).

Como si hubiese vasos comunicantes sobre estrategias de inmigración, un fenómeno similar, pero menos masivo, ocurre en las fronteras del sur de España. Sayid, un menor marroquí que trabajó varios años como carpintero, llegó a Algeciras escondido en un camión. "Aunque nos parezca imposible, desde que son niños ya hablan entre sus amigos de venir a España", cuenta la encargada de una fundación de acogida. Cientos de menores inmigrantes llegan a la costa andaluza. A finales de 2013, el Protocolo de Menores Extranjeros No Acompañados contaba 2.800 infantes registrados. Un gran desafío es averiguar su edad, pues cuando son mayores de 18 años reciben tratamiento de adulto en situación irregular. Aunque hay procedimientos para determinar la edad, como un análisis del codo y del hueso metacarpiano, en julio de 2014 el Tribunal Supremo prohibió someter a todos los menores a esas pruebas de manera sistemática.

"Tenemos un desafío moral. Y [...] un problema humanitario [...] Si [tuviéramos] leyes de inmigración más adecuadas a las circunstancias que enfrentamos como país estaríamos en mejor posición para responder a estos flujos", dijo Doris Meissner ex directora del Servicio de Inmigración y Naturalización (INS) de Estados Unidos (VOA, 2014). Es lamentable que solo cuando se tocan fibras tan sensibles como los derechos de los menores salgan a flote las contradicciones entre leyes de inmigración y derechos humanos.

Los legales también pierden

Las leyes que restringen la inmigración serían más fáciles de asimilar si solo perjudicaran a los ilegales, pero hay indicios de que su impacto negativo va más allá. La oficina de presupuesto del Congreso de Estados Unidos calculó que una reforma del régimen actual traería enormes beneficios fiscales por varias décadas. La lógica es simple: la legalización aumentaría los salarios, que a su vez mejorarían el recaudo impositivo federal, estatal y local. Este aumento compensaría de sobra los costos en salud, educación y otros servicios de los inmigrantes y alcanzaría para impulsar el empleo en el sector público.

Una característica de los inmigrantes es su flexibilidad para ir a donde se crean nuevos empleos. Unos once millones de ilegales viven hoy en Estados Unidos y casi las dos terceras partes llevan diez años o más. Esta mano de obra es fundamental en sectores estacionales, como la agricultura, y los servicios o cíclicos, como la construcción.

Una gran ironía es que los ilegales pagan impuestos: el IVA y el impuesto a la propiedad, en forma directa como propietarios o indirecta como arrendatarios. A muchos trabajadores inmigrantes, pese a ser ilegales, se les hace retención sobre su pago mensual. La administración de la Seguridad Social estima que el 75% de los ilegales hacen pagos que fortalecen sus finanzas y no reciben ningún beneficio. No pueden montar negocios ni hacer donaciones al sistema educativo. Tampoco contribuyen al funcionamiento de la justicia porque no pueden denunciar crímenes, incumplimientos ni abusos.

El servicio de fronteras estima que en 2012 murieron cerca de 500 personas tratando de entrar desde México. La presión para emprender una jornada que a veces termina fatalmente no solo proviene de factores que empujan a los mexicanos a salir de su país. A finales de 2001, Tyson Foods, la mayor productora de carne de Estados Unidos, fue acusada de promover el contrabando de ilegales para trabajar en sus plantas. La compañía trató de evadir su responsabilidad diciendo que eran empleados sin escrúpulos que violaban las políticas de la empresa. Pero quedó claro que el enorme volumen de flujos migratorios requiere una fuerte demanda de trabajo ilegal de los hogares y del sector económico establecido. Un inconveniente de centrarse en la represión sin cambiar la legislación es que se crea un círculo vicioso que valoriza el papel de los coyotes profesionales que hacen de la ilegalidad un negocio lucrativo.

Hace unos años, Samuel Huntington anunció con angustia que el persistente flujo de hispanos a Estados Unidos amenazaba con dividir al país en "dos pueblos, dos culturas, dos idiomas". A diferencia de las cohortes de inmigrantes anteriores -dijo-, la de latinos, y en particular de mexicanos, es incapaz de asimilarse. Estos temores no son nuevos. Fue común hablar de la incapacidad de los alemanes para aprender inglés, o de los católicos irlandeses para adaptarse a una democracia laica. Al parecer, Huntington no conocía inmigrantes latinos de segunda o tercera generación que, todo indica, siguen un camino similar al de sus antecesores, en el ingreso familiar medio de las familias y en la tendencia a mezclarse con otras etnias.

El retroceso de las doctrinas

Durante más de un siglo, Estados Unidos estuvo abierto a la inmigración. Quien llegaba podía quedarse. A mediados del siglo XIX llegó una gran oleada de chinos que huían de la inestabilidad política. Atraídos por la fiebre del oro, se quedaron para construir el ferrocarril. Cuando acabó esa obra se los empezó a responsabilizar de los malos sueldos y la escasez de trabajo. La Chinese Exclusion Act de 1882 prohibió la inmigración asiática. Easterly sostiene que la motivación última fue racista, algo que corroboró Huntington (2004) en su ensayo sobre "El desafío hispánico": los fundadores "definieron América en términos de raza, etnicidad, cultura y religión". El componente racial solo desapareció en 1965 con la Inmigration and Nationality Act impulsada por el movimiento de derechos civiles. En los países donde las reticencias raciales se superaron antes, las razones para restringir la inmigración fueron más complejas.

"Hay cuestiones que uno solo entiende a profundidad cuando ha pasado por ciertos sufrimientos". Esta frase, que podría ser de un ilegal detenido en España -puesto en un vuelo macro y deportado-, es de un diputado socialista francés cuando, a finales del siglo XIX, su grupo se opuso tenazmente a dar facultades al Estado para discriminar a los extranjeros. Se refería a su exilio político en Londres tras la persecución contra él y otros copartidarios, en el Segundo Imperio. Pensaba que el proyecto de ley en discusión era una "negación de la civilización". No entendía que la República pudiera establecer discriminaciones basadas en la nacionalidad. "Es bárbaro el movimiento de repulsión, de desconfianza instintiva contra el extranjero por ser extranjero, porque es de otra sangre y de otra raza", confirmó otro miembro de la izquierda radical. Un diputado parisino, periodista, intentó convencer a la Asamblea de que la Constituyente decía que cualquier extranjero tenía derecho a establecerse en Francia. Le indignaba el argumento económico de la competencia con los trabajadores locales: "¿Acaso estos extranjeros no contribuyen a la riqueza nacional? ¿No estamos contentos de tenerlos entre nosotros?".

Los liberales, más preocupados por la eficiencia económica y la libertad de empresa, dieron argumentos adicionales. Recordaron los ideales de la Revolución para rechazar la idea de protección del trabajo. Uno de ellos, varias veces ministro, señaló: "encuentro realmente sorprendente, extraordinario, que personas que dicen seguir los principios de 1789 tengan semejantes concepciones legislativas". Para rechazar los obstáculos que se pretendía imponer a quienes "vienen a disfrutar de la hospitalidad nacional" bastaba "invocar razones de orden moral y filosófico". Eran enérgicas reacciones contra la propuesta, no de deportar, sino de fijar un impuesto a los trabajadores extranjeros para compensar las ventajas que disfrutaban, según quejas de obreros y agricultores retomadas por los políticos.

En la segunda mitad del siglo XIX, Francia fue el principal país europeo receptor de mano de obra extranjera. Allí llegaban, a la industria, a la artesanía y al sector rural -a veces estacionalmente-, trabajadores españoles, italianos, belgas, suizos y alemanes. En todos los acuerdos de comercio que se firmaban para facilitar la circulación de mercancías se contemplaba, de oficio, facilitar el libre traslado de las personas. Era usual incluir una cláusula similar a la que firmaron Francia y Serbia, según la cual ambos Estados

tendrán recíprocamente, y al mismo título que los nacionales, y sin ninguna distinción de raza o de religión, la facultad de viajar, residir y establecerse en cualquier lugar donde juzguen conveniente para sus intereses ejercer cualquier tipo de industria u oficio, de hacer comercio al por mayor y al detal, etc., sin tener que pagar derechos a los nacionales.

La migración causaba pequeños problemas, que suscitaban riñas y en-frentamientos con los habitantes de alguna región receptora de mano de obra pero nunca iban más allá del ámbito local. El origen de muchos de esos conflictos era ancestral: los solteros que llegaban molestaban a las mujeres. Fue a raíz de un incidente, en 1881, después de enviar tropas francesas a Túnez para contener las ambiciones coloniales de Italia, que los enfrentamientos con extranjeros se volvieron un asunto político nacional. Cuando los soldados retornaron y desembarcaron en Marsella, la ciudad los recibió cálidamente, salvo los miembros de un club italiano que, al pasar el cortejo frente a su sede, los chiflaron. Cerca de 15 mil personas desfilaron después frente al club con vivas a la armada, a Francia y a la República. Durante varios días los jóvenes marselleses, entonando su himno, matonearon italianos sin discriminación. El incidente marcó un quiebre en el tratamiento mediático y político de estos enfrentamientos binacionales en las provincias.

Por esa época "los profesionales del discurso público empezaron a hacer hablar a las multitudes". Por primera vez un conflicto entre obreros de provincia se vio como un problema político nacional. Los medios parisinos se interesaron por las riñas locales que siempre habían ignorado, y el gobierno empezó a recoger información sobre tales asuntos. El historiador Gérard Noiriel dice que el incidente de Marsella tuvo un papel definitivo en "la invención del problema de la inmigración" en Francia.

Hasta esa fecha, en los periódicos parisinos predominaba la visión republicana liberal que pregonaba la hospitalidad hacia otros pueblos. Todo cambió con ese incidente, y en la prensa aparecieron dos nuevos temas: el espionaje alemán, y los conflictos entre franceses y trabajadores de distintas nacionalidades. En esa época surgió el término "inmigración", mezclado con la idea de "ellos" y "nosotros", los "atacantes" y las "víctimas". El extranjero se convirtió en enemigo potencial y la policía empezó a sospechar, de ser espías, de quienes no tenían papeles y rondaban por las instalaciones militares.

Después del asesinato del presidente Sardi Carnot en 1894 por un anarquista italiano, al escenario paranoico se sumó esa figura que atentó contra la República. La campaña mediática llevó a explosiones de violencia contra los inmigrantes en varias ciudades. Desapareció buena parte de los oficios callejeros artesanales, en los que predominaban originarios de Italia desde la Edad Media. Los extranjeros reemplazaron a las "clases trabajadoras" en las páginas rojas de los periódicos. Además, como los campesinos y los obreros ya eran un gran segmento electoral, la nueva figura estigmatizada de un agresor que no podía votar resultó muy funcional.

El discurso político no tardó en adaptarse al escenario del inmigrante que amenaza el trabajo nacional. En ese ambiente surgió la idea de fijar un impuesto a los trabajadores no franceses. En 1883, un diputado radical propuso legislar en ese sentido ante el enérgico rechazo de socialistas y liberales, acudió a todo tipo de argumentos: la guerra, la criminalidad causada por extranjeros y la enorme carga financiera para las oficinas de bienestar. "Jamás una masa inmigrante había implicado tantos elementos perturbadores. Nuestro territorio parece haberse vuelto el refugio de gente sombría de todos los países". Por último, afirmó que eran una competencia insoportable en el mercado de trabajo, pues "no pagan contribuciones y no prestan servicio militar". La angustiosa carta de un obrero francés contra la competencia de los belgas resumió el problema: "nos quitan nuestro trabajo y nuestras mujeres". Después de esa propuesta se radicaron cerca de sesenta proyectos de ley proponiendo tasas impositivas para los trabajadores extranjeros. Las iniciativas hacían parte de un movimiento general en Europa a favor de medidas proteccionistas.

Una fracción nacionalista, en cabeza de los obreros, apoyaba el movimiento. Las corporaciones de oficios, afectadas por las transformaciones tecnológicas de la industrialización, también eran favorables a las restricciones. Los ebanistas se quejaban de los italianos que, comiendo macarrones y viviendo en condiciones deplorables, no tenían casi gastos. Los conflictos entre obreros locales e inmigrantes, particularmente graves en las fronteras, afectaron el panorama electoral. Los políticos socialistas empezaron a renunciar al internacionalismo para asegurar votos locales, sin que los extranjeros pudieran replicar.

La idea original del impuesto, atacada por las doctrinas predominantes, fue rechazada. La comisión parlamentaria encontró una alternativa más presentable: remplazarlo por una "condición para residir y establecerse". La propuesta fue aceptada de inmediato, y en agosto de 1893 se aprobó una ley relacionada con "la residencia de extranjeros en Francia y la protección del trabajo nacional". Con ella se obligó a los extranjeros a registrarse en su comunidad para que la alcaldía les expidiera una tarjeta de identidad. Liberales y socialistas cedieron a la propuesta burocrática de pedir identificación a las personas. Se abrió el camino a la invención de la nacionalidad y, luego, a la posibilidad de restringir el movimiento de extranjeros. El vuelco fue tan radical que hoy parece congruente la declaración de un político progresista belga, muy alejada de la de sus antecesores ilustrados: "la inmigración libre es enemiga del socialismo".

La arbitraria idea de nación

Easterly destaca la ubicuidad de los términos nación y país en la literatura sobre desarrollo económico, cuyo objetivo es promover el crecimiento de esa unidad territorial sin cuestionar si aún es la más relevante para representar un conjunto de personas. Se habla de países en desarrollo o de las reformas que deben emprender, suponiendo que se trata de algo homogéneo. Lamenta que las objeciones de Friedrich Hayek a un concepto tan vago no hayan tenido mayor repercusión. "El interés exclusivo en las naciones acarrea peligros inherentes para los derechos individuales". La supuesta existencia de fines "nacionales", decía Hayek, solo sirve para ocultar que los fines de ciertos grupos se consideran prioritarios en detrimento de objetivos promovidos por otros grupos. El desarrollo económico que recomiendan los expertos simplemente refleja que se sienten autorizados "para decidir cuáles de los distintos objetivos deben considerarse prioritarios. Es inevitable que impongan su escala de preferencias al resto de la comunidad". En cuanto a las restricciones a la movilidad, un régimen legal que se ha asimilado hasta el punto de considerar naturales las fronteras entre naciones sería un exabrupto, un síntoma inequívoco de totalitarismo, dentro de esos mismos límites arbitrarios.

Los economistas llevan décadas dándole vueltas a la pregunta de Adam Smith sobre por qué la riqueza de unas naciones y la pobreza de otras. Según Easterly, a pesar de esos esfuerzos, el único resultado realmente robusto para predecir las diferencias de crecimiento tiene que ver con la región en la que se sitúa cada país. "En términos generales, los países latinoamericanos crecen cerca de un punto porcentual menos que los asiáticos, y los africanos dos puntos por debajo de los asiáticos". Según él, los expertos en desarrollo y las agencias multilaterales ignoran este resultado porque no existen mandatarios ni funcionarios regionales a quienes dar asesoría. La obsesión con las naciones se extendió, y se refuerza, con mediciones del desarrollo social adicionales al PIB, como los indicadores de desigualdad, o el desempleo. El énfasis excesivo en la unidad nacional como lugar donde ocurre el desarrollo ha terminado por interferir los derechos de las personas para hacer acuerdos mutuamente ventajosos.

La carrera de investigador de Easterly se inició en un proyecto que buscaba responder una pregunta simple: ¿cómo afectan las políticas nacionales el crecimiento de largo plazo? La respuesta fue decepcionante. A pesar de las expectativas, "había poca evidencia de que las políticas nacionales tuvieran un efecto significativo sobre el crecimiento". Uno de los hallazgos era escueto: los periodos de crecimiento suelen ser temporales y con frecuencia se revierten. Y si las diferencias en términos de política varían mucho, las diferencias en crecimiento no. "Hay una fuerte tendencia a que ambos, éxito extremo y fracaso extremo, regresen al promedio".

Los inconvenientes de las fronteras arbitrarias, a veces irracionales, se han agravado. A comienzos del siglo XX, con el fuerte arraigo de la idea de nación, había unos sesenta países. Hoy se acercan a doscientos. En forma paralela a la integración, globalización y reducción de los costos de transporte, se han creado unidades políticas y fronteras que la gente tiene que cruzar para desplazarse.

LA RIQUEZA DE LAS NACIONES, NUEVA VERSIÓN

Easterly dirige su crítica central a la alianza tradicional entre autócratas y tecnocracia, en particular a los expertos internacionales, que interfieren las libertades individuales y la democracia. Alude al debate que nunca se dio entre los dos ganadores del premio Nobel de economía de 1974, Friedrich Hayek y Gunnar Myrdal. El primero defensor del ordenamiento espontáneo resultante de la acción de muchos individuos, las soluciones desde abajo, crítico de los tiranos; y el segundo, de los diseños desde arriba, del desarrollo económico armonioso planificado y dirigido por expertos, normalmente aliados con los soberanos, incluso con los dictadores.

Easterly lamenta que el pensamiento de Hayek, defensor de las libertades y preocupado por los derechos individuales, se haya asociado con la ideología de derecha, mientras que se considera progresista a quien pretende dar consejos a un autócrata benevolente. "El conocimiento necesario para generar prosperidad no cabe en una sola mente, está disperso en muchas mentes". La sociedad libre defendida por Hayek -dice- es la que crea incentivos para que cada individuo utilice su pequeña porción de conocimiento y pueda transmitirla a los demás. Es el mecanismo idóneo para promover los debates. La posición de Myrdal, en cambio, se basa en el supuesto de que solo un grupo reducido de expertos tiene el conocimiento suficiente para sugerir a los demás cómo deben pensar y qué deben hacer.

La diferencia entre el paradigma de Hayek, de crecimiento espontáneo, desordenado e impredecible, y el de Myrdal, armónico y homogéneo dentro de un espacio geográfico arbitrario, se puede ilustrar con la metáfora de los hongos y la levadura.

Hongos o levadura

En su discurso sobre el desarrollo ante la American Economic Association, en 1998, Arnold Harberger propuso como metáfora la contraposición entre el crecimiento de la levadura y el de los hongos. La primera expande una masa de pan de modo uniforme, como cuando se infla un globo; en cambio, es difícil prever dónde, cuándo y qué tan rápido crecerán los hongos. Luego señaló que la evolución de la industria, o de cualquier otro sector agregado, y con más razón la de las unidades productivas, se asemeja más a la imagen de los hongos que a la de la levadura. La mejora de la productividad "es en extremo dispareja entre sectores y actividades. Es muy difícil anticipar dónde ocurrirá y qué tan fuerte será".

Hace unos quince años, Shirley Lin trabajaba para Goldman Sachs en China, buscando nuevas oportunidades de inversión. Disponía de varios miles de millones de dólares para colocar. Había logrado convencer a Jack Ma, fundador y director de Alibaba, un portal de ventas por internet, para que cediera una tajada de su empresa que, en aquel entonces, no era gran cosa; todavía operaba en el apartamento de Ma, con un pequeño equipo de gente obsesionada por acercar las empresas chinas a sus clientes. Pero Lin estaba convencida de que apoyar a Jack Ma era una buena apuesta. Antiguo profesor de inglés convertido en pionero de internet, tenía el perfil ideal y, de sobra, lo que ella consideraba una condición indispensable: "conocer el mercado local". Logró un arreglo favorable para su banca de inversión: por cinco millones de dólares obtuvo la mitad del capital de Alibaba, un asiento en el consejo de administración y una cláusula que garantizaba que la participación no disminuiría con los aumentos de capital. Temerosos de las start-ups, los banqueros exigieron participación de otros inversionistas, redujeron su tajada al 23% y la inversión a 3,3 millones. Apenas pudieron, y a pesar del éxito de la operación, en 2004 vendieron su parte por 22 millones de dólares, siete veces la suma inicial. De haber seguido hasta 2014, "habrían multiplicado por más de 10.000 veces su aporte", calcula Lin. Ese cálculo alucinante de rentabilidad falló por poco cuando Alibaba salió a la bolsa, valorada en 132 mil millones.

Esta anécdota ilustra un punto crucial señalado por Easterly: la importancia de conocer a fondo las condiciones locales, no solo para tener éxito en un negocio sino para la tarea igualmente difícil de pronosticar cuáles funcionarán. El oficio del banquero de inversión se asemeja, con poderosos incentivos reales, al del analista que busca identificar y predecir qué sectores o empresas crecerán. Lo que muestra la divergencia de opiniones entre Shirley Lin y sus patrones de Goldman Sachs es que el trabajo de agorero empresarial es difícil y está plagado de incógnitas. Si se acepta la idea de Harberger(1998), de que un sector económico, y con mayor razón una economía, se parece más a una colección de hongos dispersos que a una masa homogénea con levadura, es claro que aun la tarea de explicar ex post por qué crecieron unas empresas, sectores o países es quimérica, y solo tienen la ilusión de enfrentarla quienes eliminan o aplanan las diferencias y variaciones locales o entre empresas, suponiendo que el desarrollo económico se puede modelar usando la metáfora de la levadura.

Sin referencia expresa a esa metáfora, Easterly presenta evidencia en favor de la imagen de los hongos para entender el desarrollo económico desequilibrado entre regiones y sectores. Una manifestación de esa heterogeneidad es la sorprendente variedad y la cantidad de combinaciones de intercambios internacionales híper especializados de productos entre países de origen y destino. "Egipto exporta sanitarios de cerámica a Italia, Filipinas envía circuitos integrados a Estados Unidos y Nigeria exporta muelles flotantes a Noruega. Los empresarios de Lesotho exportan pantalones de algodón para los estadounidenses y los de Fiji, vestidos de algodón para las mujeres". Cada uno de esos productos representa una buena proporción de los ingresos del país de origen y de las importaciones de ese producto en el país de destino. Los sectores más dinámicos de un lugar surgen, como los hongos, de manera inesperada. Y, como Alibaba, pueden crecer como solo soñaban sus impulsores. Además, a veces arrastran todo un sector, o una economía. Tal es el sorprendente caso de Corea que expone en detalle el autor.

En la actualidad, cuatro países producen la mitad de todos los vehículos automotores del mundo. Al lado de Alemania, Japón y Estados Unidos está Corea, o con más precisión, la empresa que los fabrica. Para Corea, dice Easterly, "el éxito de un país en la especiali-zación es realmente el éxito de una empresa; el éxito de una empresa es realmente el éxito de un individuo. El éxito de Corea exportando automóviles se puede reducir a un individuo: Chung Ju Yung y su taller de mecánica".

La historia de la industria automotriz coreana es fascinante. La familia de este joven campesino no tenía cómo alimentar a todos sus hijos. En vez de insistir en aumentar la producción de su tierra, Chung viajó a la ciudad de Asan en busca de oportunidades. Tenía facilidad para reparar vehículos y abrió un pequeño taller de mecánica en Seúl. Como muchos emigrantes, al poco tiempo enviaba remesas a su familia. La demanda por sus servicios era alta, de japoneses; y durante la guerra, de estadounidenses. Al finalizar la guerra se dedicó a rehabilitar vehículos abandonados por las tropas. En 1946 había rebautizado su taller con el término coreano para "moderno": Hyundai, hoy el cuarto fabricante mundial de vehículos. Dos tercios de las exportaciones coreanas de vehículos pertenecen a una sola categoría, de tamaño mediano para pasajeros, y su destino primordial es Estados Unidos.

Cabe preguntar qué habría pasado si Chung hubiese tenido restricciones administrativas para instalarse en Seúl o enviar dinero a su familia. O si se hubiese dejado convencer por un experto de que la decisión correcta era mejorar la productividad de su parcela. Easterly menciona el estudio de un antropólogo sobre un proyecto del Banco Mundial para el desarrollo agrícola en una región africana. Los expertos nunca advirtieron lo que hacía evidente una etnografía del lugar: ninguno de los hombres quería ser agricultor, todos preferían emigrar para emplearse en otras actividades, como Chung.

Instituciones incluyentes con muros excluyentes

"El mejoramiento de las instituciones de Nigeria al nivel de Chile podría incrementar siete veces el ingreso de Nigeria en el largo plazo". Esta insólita conclusión es de un trabajo de 2001 de Daron Acemoglu y James Robinson (A&R), dos economistas que luego ganarían fama mundial. Su investigación partió de una misteriosa correlación entre mortalidad de obispos y militares en la Colonia y desarrollo económico actual. Sin hacer esfuerzo para elaborar una teoría y seguir la pista a esa interesantísima correlación, con gran sofisticación estadística estos dos expertos "demostraron" que existe una sólida persistencia de la calidad institucional a través de los siglos, y sugirieron una simple pero poco original receta para una economía vigorosa: un gobierno que no pueda expropiar. Esa visión relativamente conservadora del papel del Estado fue sustituida después por una fórmula más progresista, las "instituciones incluyentes", idea clave del ambicioso esfuerzo que estos economistas hacen para responder a la vieja pregunta de por qué unos países se desarrollan y otros no. Su obra Por qué fracasan las naciones ha sido aclamada por académicos, intelectuales y expertos internacionales, pero cabe esperar poco impacto sobre ciudadanos comunes, empresarios privados o funcionarios estatales, o sobre el diseño de políticas públicas en algún país concreto. "Incluyente" es una noción tan vaga y difícil de medir y llevar a la práctica como el "mejoramiento" de las instituciones nigerianas.

Una de las principales críticas de Easterly a las recomendaciones de los expertos es que las lanzan sin que les importe quién será el responsable de implementarlas. Casi siempre se trata de lo que Ronald Coase denominaba "economía de tablero": se supone que "alguien" operacionaliza las propuestas, pero ese supuesto responsable nunca se identifica, ni siquiera se sugiere dónde buscarlo. Esta "voz pasiva" es, según Easterly, el sello del enfoque tecnocrático. Las "instituciones incluyentes" de A&R son un buen ejemplo de esas llaves maestras maleables que, aunque supuestamente determinan el desarrollo, no se sabe de dónde provienen ni quién las maneja ni cómo se activan. La gama de candidatos a "operadores" o "ejecutores" dentro del sector público es amplia. En los países afortunados, señalan A&R, las personas "obtienen buena educación, y enfrentan incentivos que las alientan a hacer esfuerzos y sobresalir en la vocación escogida". Los jóvenes saben que si tienen éxito como empresarios o trabajadores "podrán algún día disfrutar el fruto de sus inversiones y esfuerzos; mejorar su nivel de vida y comprar carros, casas y seguro de salud". Quien piense apresuradamente que las recomendaciones implícitas se dirigen a la burocracia educativa se encuentra con un súbito volantín a otras áreas, como el sistema financiero. En los países con instituciones incluyentes, "el Estado estimula la actividad económica, de manera que es posible para los empresarios obtener crédito de los bancos y los mercados financieros, o para las empresas extranjeras asociarse con empresas locales [...] o para los individuos obtener hipotecas y comprar casas". El inventario de lo que debe funcionar adecuadamente incluye el sistema policivo y judicial: "derechos de propiedad asegurados, la ley, los servicios públicos, y la libertad para contratar e intercambiar dependen del Estado, la institución con capacidad coercitiva para imponer el orden, prevenir robos y fraudes y hacer cumplir los contratos privados". También se debe impulsar la tecnología y la innovación, y no temer la "creación destructiva de Schumpeter" ni una autoridad antimonopolio competente. En últimas, las instituciones incluyentes parecen darse cuando el aparato estatal -ejecutivo, legislativo y judicial- y sus posibles alianzas con el sector privado funcionan adecuadamente, lo que despierta inquietud sobre el sentido de la causalidad: si lo incluyente lleva al desarrollo o si los países desarrollados son los únicos que han invertido recursos suficientes para montar una infraestructura institucional adecuada.

Ni siquiera cuando A&R se esfuerzan por definir las etéreas instituciones incluyentes identifican acciones concretas. Para complicar aún más las cosas, sugieren implícitamente que ese nirvana es comparable entre sociedades bien disímiles. "Las instituciones económicas incluyentes, como las de Corea del Sur o Estados Unidos, son aquellas que permiten y estimulan la participación de la gran masa de gente en actividades económicas que mejor aprovechan sus talentos y habilidades y que les permiten a los individuos hacer las elecciones que desean". Respecto de las instituciones políticamente incluyentes tampoco dan indicaciones para aterrizar ideas y materializar objetivos concretos. Solo dicen que deben ser "suficientemente centralizadas y pluralistas".

En el primer capítulo, A&R centran su atención en la ciudad de Nogales, donde Evelyn Rivera tuvo que abrazar a su madre deportada a través de un muro metálico. Sin mostrar curiosidad por una localidad tan peculiar, la usan para subrayar la importancia de las instituciones, incluyentes al norte, extractivas al sur, sobre el desempeño económico.

La gente de Nogales, Arizona, puede llevar su rutina sin temor por su vida o seguridad y sin estar constantemente temerosa del robo o la expropiación u otros incidentes que puedan poner en peligro sus inversiones en negocios o propiedades. Da por descontado que su gobierno la representa [...] la democracia es una segunda naturaleza para ella. La vida al sur de la valla, justo a unos metros de distancia, es bien diferente (A&R, 2012).

Como descripción, el aporte de A&R sobre Ambos Nogales, nombre de esta ciudad partida en dos, es escaso. Una percepción vaga similar a la de miles de emigrantes latinos que anualmente buscan ingresar a Estados Unidos: "Allá todo es mejor, hasta el cielo es más azul", exclamó una familiar la primera vez que visitó La Florida y quedó con ganas de ir a vivir a Estados Unidos. Lo que llama la atención de esta insólita ilustración del desarrollo desigual es que A&R no hacen ningún comentario sobre el muro de metal que divide la ciudad, y que suponen tan natural e intrascendente como el paisaje desértico.

Para emigrantes como Evelyn Rivera o su mamá, o un reportero sensible a sus necesidades y desdichas, un rasgo protuberante de esta especie de Berlín separada artificialmente es la arbitrariedad y la injusticia de la valla de metal; para estos dos economistas preocupados por la inclusión, tal esperpento contra la libertad de movimiento de los ciudadanos más pobres parece no tener implicación política o económica alguna. Este descuido sorprende más cuando no solo pretenden describir las obvias diferencias institucionales entre el norte y el sur de la valla, sino explicar su origen. El misterioso mutismo sobre lo que en otras latitudes se considera síntoma inequívoco de totalitarismo es realmente incomprensible cuando califican de incluyentes a las instituciones que levantan muros y alambradas para excluir de las ventajas del desarrollo a quienes buscan nuevas oportunidades.

Ciudades o Leyes: el modelo sirve para todo

Con una simplicidad que recuerda los textos elementales de microeco-nomía en los que el experto en modelos supone que una reflexión de escritorio remplaza a la etnografía o la historia local rigurosa, la pregunta de por qué, estando tan cerca, las instituciones bajo las que viven los nogalenses son tan distintas de las de los nogalians la despachan A&R de manera tan somera como contundente. "La respuesta [...] se basa en la manera como diferentes sociedades se formaron en la primera época colonial. Una divergencia institucional surgió entonces, con implicaciones que llegan hasta nuestros días". La caricatura es tan burda que corrobora la sospecha de que no se molestaron en hacer una breve investigación sobre Ambos Nogales y la historia del muro. Para ellos lo único relevante es que a México llegó Hernán Cortés e impuso una economía extractiva cuya principal y nefasta característica fue la encomienda; a Nueva Inglaterra, en cambio, llegaron colonos que no pudieron diseñar un esquema similar para explotar a sus semejantes, y tuvieron que ofrecer incentivos al esfuerzo individual y a la innovación. En algún momento, sin importar cómo ni ordenado por quién, se levantó un muro en la mitad de Nogales: la parte norte heredó el legado de los colonizadores ingleses y la del sur, el de los españoles; y lo que hoy se percibe a cada lado del muro son simples diferencias acumuladas causadas por ese distinto origen. Esa explicación serviría en principio para cualquier ciudad de la frontera, el interior o la costa de ambos países. Este "pecado original institucional" también explicaría diferencias en otros ámbitos: la educación, el acceso al crédito, la innovación o el sistema legal de cada país. En efecto, Estados Unidos "adoptó e implementó una constitución que adhirió a los principios democráticos, creó limitaciones al poder político y distribuyó el poder ampliamente en la sociedad". México, en cambio, no lo hizo, a pesar del ejemplo de la Constitución de Cádiz de 1812. Siendo una carta fundamental incluyente -"ponía fin a los privilegios especiales e introducía la igualdad ante la ley"-, era un anatema para las élites suramericanas "que deseaban mandar en un entorno institucional configurado por la encomienda, el trabajo forzado y el poder absoluto investido en ellos en el Estado colonial".

A pesar de su interés por la historia de las instituciones, el celebrado trabajo de A&R padece lo que Easterly llama síndrome de la "tabla rasa": suponer que el pasado local, específico, es irrelevante ante el peso de supuestas leyes universales. Nada de lo que exponen sobre Ambos Nogales se basa en algo específico de esa localidad. Para explicar las diferencias entre el norte y el sur del muro les basta un modelo de dos levaduras: la de los países desarrollados, incluyente, y la del resto del mundo, extractiva. Nunca mencionan las eventuales interferencias de la primera, por ejemplo a través de sus ejércitos, sobre las posibilidades de crecimiento de la segunda. Tampoco hacen alusión a las complejas relaciones de los hongos más grandes en la levadura incluyente, las empresas multinacionales, con la economía extractiva. Aparte de que ignora la inmigración ilegal, que excluye de las ventajas del desarrollo a los trabajadores no calificados, en esta visión ideal del mundo globalizado no existen problemas como los conflictos entre compañías farmacéuticas y el costo de la salud para la población del Tercer Mundo, o entre la actividad minera de gran escala y el medio ambiente, ni la competencia armada por ciertos recursos.

En 1961, Albert Hirschman publicó un ensayo sobre las "Ideologías del desarrollo económico en América Latina", donde dijo que el equivalente de Adam Smith en la región fue el argentino Juan Bautista Alberdi, cuya principal recomendación de política era imitar la exitosa historia de Estados Unidos: "en economía aún más que en política, el mejor ejemplo que deben seguir los americanos está en América misma [... ] Norteamérica es el gran modelo para Suramérica". No ha sido el único pensador en proponer esta estrategia y, en últimas, la recomendación implícita de A&R, para Nigeria con respecto a Chile, para Nogales Sonora con relación a Nogales Arizona, y para cualquier país no desarrollado frente a los que lograron crecer es hacer lo mismo que ellos. No se ha avanzado un ápice desde Alberdi en la definición de prioridades, en la formulación de políticas concretas y factibles o en la identificación de quién podría empezar a transformar las instituciones extractivas en incluyentes.

Easterly cuestiona los primeros informes del Banco Mundial sobre Colombia "porque no mencionan la política ni la violencia [en] su larga lista de obstáculos al desarrollo". Se puede hacer la misma crítica a la más somera lista de A&R de los problemas que enfrentó Nogales, México, al rezagarse de su vecino. La historia de Ambos Nogales y su muro divisorio es interesante y sugestiva, y vale la pena resumirla.

Revolución y restricciones en la frontera

Desde el punto de vista económico, el relato de A&R sobre la desigualdad entre Ambos Nogales es inexacto. La situación actual más favorable del lado en Arizona no solo dependió del legado de Hernán Cortés frente al de John Smith. Esta localidad, marginal para ambos países, nació y se desarrolló en medio del rápido crecimiento de la región noroccidental mexicana a finales del siglo XIX. Situada en un paso natural rodeado de montañas, surgió no solo como estación de ferrocarril sino por los aranceles al comercio exterior. El presidente Porfirio Díaz autorizó en 1880 la instalación de una agencia de aduanas. Casi al tiempo se establecieron comerciantes a ambos lados de la frontera. Sin barreras físicas, las partes mexicana y estadounidense eran muy similares y la principal seña del límite entre los dos países era el nombre de la Calle Internacional que atravesaba la ciudad. En una foto de comienzos de siglo no se detectan diferencias urbanísticas sustanciales entre el norte y el sur, y quienes la archivaron señalaron cada una de las dos partes con una flecha.

Con el levantamiento armado contra Porfirio Díaz, a finales de 1910, la situación se complicó. A las ventajas comerciales de Nogales se sumó su localización estratégica para el contrabando de armas. Los enfrentamientos entre las dos facciones mexicanas en una localidad incrustada en otro país crearon problemas militares en la línea fronteriza. En 1913 Estados Unidos mandó tropas para impedir que la violencia del lado mexicano salpicara la parte norte de la ciudad.

El ambiente de guerra generó tensiones raciales y chovinistas. Bajo rumores de que los mexicanos querían desarmar a los soldados estadounidenses, una riña entre dos borrachos, uno de cada nacionalidad, estuvo a punto de desatar un enfrentamiento mayor. Los habitantes de Nogales, Arizona, con su artillería e infantería se levantaron contra sus vecinos mexicanos pidiéndoles que se fueran. En forma similar a los medios parisinos que sirvieron de caja de resonancia para el incidente de Marsella, el New York Times reportó que los soldados "han sido expulsados de las aceras por los mexicanos y sometidos a otros mezquinos insultos". Como respuesta vino una ola de violencia y acoso tras la cual doscientos mexicanos tuvieron que cambiar de barrio, irse a su país. Una turba de estadounidenses atacó a diez mexicanos, y un grupo de partisanos enfurecidos dio muerte a un gringo en el lado de Sonora.

En 1914, después de que la débil coalición revolucionaria tomó el poder y Venustiano Carranza asumió la presidencia en nombre del movimiento constitucionalista, las facciones rebeldes se dividieron. Francisco Villa se tomó los estados de Sonora y Chihuahua, se levantó contra el nuevo régimen y buscó apoyo estadounidense. El presidente Woodrow Wilson reconoció a Carranza y redujo a los villistas al rango de bandidos. Las fuerzas rebeldes se dirigieron a Nogales por su localización estratégica, la saquearon y los gringos reaccionaron enviando más tropas. El declive económico de la parte mexicana se inició entonces como consecuencia directa del conflicto mexicano. Con la llegada de las tropas constitucionalistas mexicanas, los enfrentamientos se agravaron.

Cuando el ejército insurgente se disolvió, el general Villa responsabilizó de su derrota a los gringos por apoyar a sus enemigos, y en retaliación atacó a Columbus, Nuevo México. El presidente Wilson envió la expedición punitiva con la misión de capturarlo. Así, sin autorización del presidente Carranza, tropas estadounidenses acamparon en el estado de Chihahua cerca de un año. Los efectos de estas tensiones se sintieron en Nogales, donde Wilson mandó cerca de veinte guarniciones. También se organizaron milicias civiles a las que el Departamento de Guerra vendió rifles y revólveres.

Los controles a la salida de mercancías se endurecieron durante la Primera Guerra Mundial. Los nogalenses que intentaban sacar mercancías hacia México empezaron a ser detenidos por contrabando y se formalizaron las medidas de seguridad en la frontera. Así como los franceses impusieron un documento de identificación a los trabajadores inmigrantes después de los disturbios de Marsella, el gobierno estadounidense hizo obligatorio el pasaporte. Las nuevas regulaciones tuvieron profundo impacto en la libre circulación de mercancías y personas que definía hasta entonces la relación entre las dos partes de esta ciudad comercial. Al declive económico de la ciudad fronteriza debido al conflicto se sumaron los obstáculos administrativos al comercio. Incluso para los trabajadores mexicanos con pasaporte, la entrada a la parte gringa se redujo a dos por día. Los no vinculados al mercado laboral solo podían pasar una vez por semana. Los comerciantes estadounidenses anunciaron épocas de "pánico". El cónsul de México en Nogales, Arizona, empezó a reportar abusos de los agentes de inmigración y aduana sobre sus compatriotas.

En agosto de 1918 un carpintero mexicano volvía con sus herramientas después del trabajo. Ya había cruzado la frontera cuando un inspector de aduana le ordenó devolverse para revisar el paquete que llevaba. Dos celadores mexicanos le dijeron que desoyera al agente del norte. En medio de la disputa sonó un disparo que detonó la Batalla de Ambos Nogales. Soldados y civiles de ambos lados se trenzaron en una balacera indiscriminada. El presidente municipal del lado mexicano salió con una bandera blanca a pedir que cesara el fuego y fue herido de muerte. Las tropas estadounidenses entraron a Sonora, fueron atacadas por civiles armados y obligadas a devolverse. El cónsul mexicano propuso a ambos bandos que izaran bandera blanca para terminar la confrontación. El coronel Herman respondió: "Váyase al diablo. Nuestras tropas no tienen banderas blancas ni las utilizan". Y anunció que si los mexicanos no se rendían, sus soldados entrarían a Nogales para incendiarlo. La reputación de la expedición punitiva y otras incursiones hizo creíble la amenaza, y los mexicanos se rindieron e izaron una bandera blanca en el edificio de la aduana.

Tras el cese al fuego, el comercio fronterizo volvió a una "nueva normalidad". Aunque eran mutuas las manifestaciones de que el diferendo se había superado sin repercusiones en las relaciones diplomáticas, se mantuvieron la desconfianza y las quejas de abuso de las autoridades estadounidenses. Los habitantes de Ambos Nogales intentaron restablecer el carácter binacional de su ciudad, pero la batalla dejó una secuela que aún se conserva: la valla a lo largo de la Calle Internacional. Un general estadounidense ordenó construir una separación física de tres kilómetros de largo que, según anotó, "servirá para evitar fricciones más que cualquier otra medida".

Premonición de las barreras de alambre que décadas más tarde serían comunes para impedir la migración, la valla de Nogales pronto cumplirá un siglo separando las instituciones incluyentes del norte -según A&R- de las extractivas del sur. Ya en esa época se sabía que el término "incluyente" es selectivo y estratificado. A las ventajas del norte solo han tenido acceso quienes menos necesitan mejorar sus condiciones de vida. Los impedimentos para pasar la frontera siempre afectaron a trabajadores y compradores de bajos ingresos; los comerciantes acomodados se reunían sin problemas en la cámara de comercio binacional. Un exportador mexicano miembro de esa agremiación, futuro político de renombre, tenía su casa en la Calle Internacional. Cuando estallaron los disturbios, una de las acciones de las autoridades estadounidenses fue ponerlo a salvo a él y a su familia en casa de su suegro, en el protegido e incluyente lado norte.

Las instituciones importan, y algunas se importan

Cuando las reflexiones sobre el desarrollo comparativo empiezan con un modelo mundial que "explica" las diferencias entre países desde su origen en el medioevo, contrastar la herencia institucional de Hernán Cortés con la de los Padres Peregrinos parece un avance esclarecedor, pero los microfundamentos de la teoría de la instituciones incluyentes no son sólidos ni convincentes, ni siquiera sugieren hipótesis contras-tables. El extenso trabajo de A&R no hace referencia explícita a dos instituciones que pueden ser fundamentales para el desarrollo, pese a que en varios de sus escenarios es evidente que ya marcaban una diferencia con lo que se observaba en otras sociedades.

A&R anotan que durante muchos años Gran Bretaña deportó criminales a sus colonias. Después de la guerra de independencia empezó a enviarlos a Australia. En 1788 llegó a lo que se convertiría en Sidney un barco con una pareja de convictos, Henry y Susana Cable. Ella había sido condenada a muerte por robo y su sentencia fue cambiada por la deportación. En la cárcel conoció a Henry, se enamoraron y tuvieron un hijo, pero decidieron enviarlos a Australia sin él. La decisión fraccionaba la familia. Una filántropa se enteró del drama y su campaña logró que viajaran con su hijo. Además, recogió dinero suficiente para comprar artículos esenciales. Al llegar a su destino, su modesto equipaje había desaparecido, según dijo el capitán del barco. Los Cable interpusieron una demanda ante el juez local. Ni siquiera sabían firmar y marcaron un par de cruces en el alegato. El capitán del barco fue llamado a juicio y condenado por el jurado.

A&R dicen que este fue el primer caso atendido por la justicia en Australia. Sugieren que, como por arte de magia, así nacieron las "instituciones incluyentes" en esa tierra. Con ligereza afirman que el juez "no aplicó la ley británica, sino que la ignoró". En Inglaterra, según ellos, las "leyes incluyentes" no se extendían a los convictos. No reconocen que el juez y el jurado fueron los actores protagónicos de este incidente, y que eran una importación directa del common law, que no se apega a códigos sino que resuelve en justicia casos específicos. Tampoco destacan la importancia de que la familia Cable no estuviera fraccionada, por iniciativa de la filántropa inglesa que consideró intolerable que aun ciudadanos de segunda, como los prisioneros en la metrópoli, tuvieran que vivir separados de sus cónyuges e hijos. Actuar como familia y no como individuos disminuidos por estar separados de los suyos, seguramente contribuyó a que los Cable acudieran a la justicia, un gesto simple pero fundamental que hoy no está al alcance de millones de ilegales separados de sus familias.

La justicia y la familia coloniales

Sin profundizar, Easterly destaca una institución fundamental para el desarrollo. "La familia es un vehículo importante a través del cual los valores persisten entre generaciones. Los padres enseñan con su propia experiencia los costos y las consecuencias de los valores conformistas frente a los individualistas. Deciden entonces qué valores transmitir a sus hijos". Es razonable plantear que los colonos que llegaron a Norteamérica ya traían, como sugiere Esaterly, valores que sus familias les transmitieron y que replicaron en el Nuevo Mundo.

El capitán John Smith, el amigo de Pocahontas, es para A&R un personaje especial e influyente, y su principal fuente de información sobre el desarrollo temprano de la colonia. En su primer viaje a Virginia se amotinó, y las autoridades del barco pensaban juzgarlo al llegar al Nuevo Mundo. Cuando la nave atracó se supo que la Compañía de Virginia lo había designado miembro del concejo que debía gobernar Jamestown. A&R no mencionan la razón de ese cambio en la suerte de Smith, pero dicen que él fue definitivo para la supervivencia de la colonia. Lo que está implícito en esta historia, y que A&R pasan por alto, es la existencia de un sistema judicial que no dependía de las autoridades del barco ni de colonos instalados en ultramar. Su eficacia para hacer cumplir órdenes era tal que, al parecer, no fue necesario un procedimiento o juicio para hacerlas valer.

En Abortion rites, el historiador Marvin Olasky cuenta que años después otro John Smith fue jurado en el proceso contra Dorcas Howard, una criada soltera arrestada por dar a luz a un niño que luego apareció muerto, pero la evidencia fue insuficiente para condenarla. En la Norteamérica colonial eran comunes los abortos forzados de muchachas de origen modesto, subordinadas y amantes de un hombre poderoso al que le era intolerable que el hijo ilegítimo naciera. El capitán Willam Mitchell, por ejemplo, sedujo a una de sus esclavas y al quedar embarazada la obligó a beber un abortivo. Mitchell fue condenado por "adulterio, fornicación e intento de asesinato". En 1663, el médico Jacob Lumbrozo de Maryland fue acusado por su criada de 22 años por haberla violado y obligado a beber una pócima abortiva. Para librarse de la testigo, Lumbrozo se casó con la víctima. Los casos eran tan comunes que las autoridades coloniales solían manifestar preocupación por el número de criadas solteras "engañadas con un hijo" que denunciaban su situación o morían.

Muchos embarazos indeseados se resolvían con matrimonio y reconocimiento de la paternidad. En Massachussets las madres solteras tenían la obligación, durante el trabajo de parto, de revelar quién era el padre. Se pensaba que en tales circunstancias eran incapaces de mentir. Y aunque la declaración no bastaba para un juicio por adulterio, que requería dos testigos, el "supuesto padre" quedaba obligado a asistir económicamente al hijo. La presión judicial y social se ejercía más sobre el progenitor irresponsable que sobre la madre, considerada víctima. Los registros muestran que algunas mujeres abandonadas se casaban con hombres de la misma comunidad. Así, las tasas de ilegitimidad se mantuvieron muy bajas, entre el 1% y el 3%, cuando en ciudades de América hispana llegaban al 50%.

Estas historias reflejan, de nuevo, la existencia de un sistema de justicia que operaba con independencia del poder político y económico de la colonia, una situación realmente atípica en la mayoría de entornos institucionales.

Para América Latina, varios estudios sugieren que uno de los legados más desafortunados de la Colonia fue precisamente el pésimo desempeño del sistema judicial, arbitrario, dependiente de la burocracia, corrupto e ineficiente. Hay diferencias apreciables con el common law, empezando por los archivos de los procesos y las estadísticas sobre su funcionamiento. Desde sus inicios, las cortes españolas en América se destacaron por su corrupción. Las élites "buscaron adueñarse de la burocracia judicial de la Colonia como una manera de capturar rentas". En 1729 el presidente de la Audiencia de Santa Fe se quejaba de que la mala administración judicial era una de las causas de la pobreza en el Virreinato. Pero también se sabía que esa debilidad se originaba en la falta de recursos públicos para mantener funcionarios bien pagos. El virrey Caballero manifestó en su informe que no disponía de recursos para garantizar que las oficinas judiciales no fueran ocupadas por quienes solo esperaban lucrarse. El virrey Ezpeleta se refirió a la necesidad de nombrar otro corregidor, pero aclaró que sin recursos suficientes prefería no crear la plaza por temor a que el funcionario nombrado buscara beneficios "por medios indecentes". Estaba claro desde esa época que la causalidad entre las instituciones y la economía va en ambas direcciones.

La disfuncionalidad judicial tuvo impacto en la estructura de los mercados. En Colombia, la consolidación del monopolio de unos pocos comerciantes resultó de la privatización, literal, del Consulado de Cartagena encargado de administrar justicia.

Las historias judiciales de madres solteras en Norteamérica también destacan la importancia que los colonos daban a la protección y cuidado de los hijos nacidos por fuera de la estructura familiar, una tradición británica desde la alta Edad Media. El hecho de que siglos antes del surgimiento de instituciones favorables al capitalismo, las comunidades inglesas persiguieran a los padres que no respondían por sus hijos, y que esa fuera también una obsesión de los colonos de Massachussets, no merece mínima reflexión en el ambicioso trabajo de A&R, donde el término "familia" no aparece en el índice. Tampoco se menciona que Inglaterra precedió al resto de Europa en el control de la violencia de pareja, o en la participación femenina en el mercado de tierras. Ni siquiera al comparar la colonización de los ingleses en el norte con la de los españoles al sur se destaca que allí se hizo en familia, con el apoyo de mujeres, en contraste con quienes llegaron al sur: hordas de varones sexualmente ávidos de indígenas a las que maltrataban y por cuyos embarazos rara vez respondían.

En su discurso para explicar por qué volvía a España después de diez años de huelga por la exigencia de visa a los latinoamericanos, Héctor Abad aborda este punto y resume estudios que muestran que

el 90% del ancestro materno de los colombianos es indígena. Por el lado materno, es decir por el ADN mitocondrial, somos iguales a las poblaciones emberá, o chibchas, o zenúes, o incas. Esto quiere decir algo muy claro, que la historia de la Conquista conoce bien: a América fueron muchos varones, muchos conquistadores y muy pocos colonos, es decir, pocas familias completas y muy pocas mujeres solas. Los que llegaron en busca de El Dorado, de gusto o sin gusto, por las buenas o por las malas, se mezclaron con mujeres indias, o con mestizas descendientes de ellas [...] En cuanto al cromosoma Y, se encontró lo opuesto: solo el 1% de los linajes paternos son de origen indígena, el 5% proviene de poblaciones africanas, mientras que el 94% procede de europeos [...] Somos los hijos de la Malinche fecundada y traicionada, o para decirlo con más claridad, como señala Octavio Paz, somos los hijos de la Chingada (Abad, 2010).

En algún momento habrá que pedirle a un buen escritor, interesado en la realidad y no obsesionado por los modelos, que reflexione sobre las consecuencias institucionales, políticas y económicas de esos desarreglos familiares. Los economistas ya elevaron la familia nuclear anglosajona a la categoría de creencia y no parecen interesados en considerar estructuras distintas.

Es difícil entender el relativo desinterés de A&R por una institución tan determinante como la justicia. Al respecto se pueden plantear algunas conjeturas. La primera es que el punto crítico del sistema judicial no es tanto de diseño experto sino de "cómo" hacerlo funcional, algo que requiere conocimiento local y muy específico. La segunda es que la labor de la justicia de resolver de manera individual asuntos muy disímiles se presta poco a los ejercicios de agregación que están en la base del desarrollo comparativo. La tercera es que, igual que la familia, el modelo de justicia anglosajón está tan imbricado en la microeconomía que los economistas ni siquiera se preguntan de qué modo otros esquemas alternativos o sustitutos -las normas sociales, la burocracia, la religión, los clanes, la familia extendida o las mafias- pueden afectar las relaciones de intercambio, la asignación de recursos y la solución de conflictos. Así, la recomendación vaga de política es tratar de alcanzar unas instituciones incluyentes sin detenerse en la minucia local que las determina.

La pobreza de la cliometría

En el discurso ante la Asociación Americana de Historia en 2011, su presidente señaló que la disciplina nunca antes había estado en una situación tan precaria ante la opinión pública y en los programas escolares y universitarios. En su libro The poverty of Clio, Francesco Boldizzoni señala que la mayor amenaza para la historia proviene de la academia, de las facultades de Economía.

Un antecedente de las dificultades de la historia es el "imperialismo económico", iniciado por Gary Becker con la pretensión de que la caja de herramientas de la economía era la más idónea para explicar fenómenos ajenos al ámbito de los mercados tradicionales. Según Boldizzoni, el esfuerzo intencional por colonizar otras disciplinas se consolidó con la nueva economía institucional. Estas dos vertientes llevaron a los economistas a ocuparse de la historia de las relaciones de intercambio. Puesto que una buena manera de celebrar las virtudes del mercado es mostrar que su tradición se remonta al pasado remoto, los economistas inventaron una nueva disciplina, la cliometría, "cuya tarea parece consistir en crear narrativas del pasado compatibles con las ideas neoliberales dominantes [... ] En el mejor de los casos, sus resultados son ficciones históricas que transmiten la ideología de modo más o menos velado, pero que se venden invariablemente como ejemplos sofisticados y vanguardistas" de la nueva manera de hacer historia. Una característica de estos trabajos es, continúa este autor, cierto

diletantismo ingenuo que lleva a manipular las fuentes para hacerlas encajar dentro de alguna teoría prefabricada, sin someter la evidencia a escrutinio minucioso [... ] La teoría es a menudo una mezcla de prejuicios acerca del funcionamiento de las sociedades pasadas, que reflejan el sesgo de los economistas ante algunas formas de organización socioeconómica diferentes del individualismo de mercado (Boldizzoni, 2011).

Desde la elección del nombre de la nueva disciplina quedó claro que su vocación es la de promover ideologías más que la de estudiar o entender el pasado. En la mitología griega, Clío era la musa de la historia y de la poesía épica. El verbo kleio significa celebrar o ensalzar; historia significa investigar. A diferencia de la historia tradicional, que busca una comprensión retrospectiva, la cliometría ha estado orientada desde sus orígenes -según Boldizzoni- a "crear narrativas del pasado compatibles con la economía neoliberal y con frecuencia es un ejercicio altamente ideológico para endosar visiones específicas del mundo, teorías y recomendaciones de política". Un rasgo distintivo de esta nueva historia es el uso de la "econometría histórica", que surgió por la necesidad de validar modelos. Una diferencia fundamental de este método con las técnicas estadísticas tradicionales es que se apropió, con técnicas sofisticadas y teoría deficiente, de las herramientas y convirtió las correlaciones en vínculos de causalidad. Esta tentación es peligrosa cuando no hay garantía de que todas las variables relevantes se han incluido en el modelo, algo que ocurre con frecuencia cuando se busca simplificar, o considerar irrelevantes ciertas diferencias geográficas o históricas.

El caso de Ambos Nogales, en el que A&R atribuyen el atraso económico de la parte mexicana al legado de la encomienda sin un mínimo repaso de su historia, y el exagerado énfasis a su pertenencia a Latinoamérica como rasgo esencial, ilustra las limitaciones -señaladas por Boldizzoni- de esa extraña mezcla de economía normativa, econometría agregada y desprecio de las peculiaridades locales.

CIEN AÑOS DE CONFLICTO

Por sus vínculos con Colombia, James Robinson, uno de los economistas obsesionados por el fracaso de las naciones, se interesó por el conflicto armado en este país. Sus reflexiones aparecen en un ensayo -"Colombia, ¿otros cien años de soledad?" (2013)- que no se apoya en la cliometría pero mantiene la esencia del escrito experto. Robinson recomienda ambiciosas reformas estructurales -refundar la nación- sustentadas no en la historia ni en datos sino en la especulación ilustrada ad hoc con algunos hechos y, además, adaptada al ambiente prevaleciente en el momento de su publicación. Como muchos intelectuales empeñados en arreglar la sociedad colombiana desde sus cimientos para alcanzar la paz, al sugerir políticas, Robinson -promotor del Estado mínimo hace apenas una década- se confunde con el mamertismo local reencauchado en la mesa de negociaciones de La Habana. Según dice, ni la guerrilla ni la droga son responsables del conflicto: "fundamentalmente, todos los problemas que Colombia tiene se derivan de la forma como ha sido gobernada". Esta tajante afirmación simplemente parafrasea el discurso de los guerrilleros y la izquierda más radical. La perla de su crítica ligera al establecimiento es la siguiente cita de un escritor: "en Colombia, la política corrompió el narcotráfico". Difícil concebir una generalización más desacertada, inoportuna e improcedente cuando se conmemora un cuarto de siglo del magnicidio de Luis Carlos Galán. Nadie medianamente informado sobre la evolución del narcotráfico, la guerrilla y los paramilitares en las últimas décadas se atrevería a reproducir en un escrito académico tal despropósito, que deja al desnudo la confusión entre correlación y causalidad señalada por Boldizzoni.

El ensayo, inicialmente escrito en inglés para una audiencia internacional, abunda en referencias a incidentes que dan la impresión de una persona informada y familiarizada con la situación. Este hecho, sumado al prestigio académico de Robinson, hace aún más lamentable su irresponsabilidad. Si al mensaje explícito del ensayo -que el sistema político colombiano es la causa del conflicto, por encima del narcotráfico y la guerrilla- se le suma un argumento repetido hasta la saciedad en el libro sobre el fracaso de las naciones -que lo determinante de las instituciones latinoamericanas sigue siendo el sistema extractivo y despótico impuesto desde la conquista- el paralelo con un panfleto subversivo, "Marulanda y las FARC para principiantes", es inevitable. Allí, en una caricatura Tirofijo afirma que la guerrilla "nació y existe" por culpa del Estado y los poderosos, "no por propio gusto". Cuando ese manual explica los orígenes del capitalismo dependiente del país, uno de sus argumentos parece calcado del libro de A&R: existe una continuidad institucional desde la conquista, y las FARC son herederas de la resistencia indígena contra "el sistema de propiedad de la tierra que se estructura desde la época de la colonia". Esta similitud entre un escrito académico y la propaganda de un grupo guerrillero muestra lo cerca que están las teorías económicas supuestamente universales de las doctrinas políticas decimonónicas, ambas menos orientadas a entender lo que pasa que a asesorar tiranos.

La diferencia entre el diagnóstico de Robinson (2013) y el de las FARC es el imperialismo norteamericano. Al mencionarlo como factor determinante, el panfleto de las FARC al menos desparroquializa el conflicto. Robinson, en cambio, propone una visión autárquica, desligada de la política internacional, de Cuba, Centroamérica y cualquier extensión de la Guerra Fría. Como minimiza el narcotráfico, Robinson no menciona el impacto nefasto de la guerra estadounidense contra las drogas en la violencia colombiana, ni el papel protagónico de los extraditables, ni el saboteo a los diálogos con narcotraficantes que acabarían negociando en forma individual con fiscales de Estados Unidos, ni la privatización de la guerra a través de mercenarios de compañías de seguridad extranjeras. Como ninguna de estas dimensiones del conflicto encaja en su teoría, opta por ignorarlas.

En una entrevista a María Isabel Rueda (2012), que lo candidatizó al Nobel, el experto baja la guardia y transmite cierta sensación de asombro e incapacidad para entender muchos aspectos del conflicto. Al escribir el ensayo, esa misma actitud podría haberlo llevado a un ejercicio interesante: el inventario de situaciones colombianas insólitas que desafían las supuestas leyes universales sobre los determinantes de un conflicto armado. Solo se requería un espíritu científico más preocupado por contrastar y rebatir hipótesis que por servir de caja de resonancia a ideas burdas traídas de otros contextos.

Poco de ciencia tiene el método de importar en forma selectiva explicaciones o hipótesis quizá válidas para otras sociedades, y escarbar en el acervo de incidentes locales hasta encontrar el que sirva para respaldar cada una de ellas. Un conjunto deshilvanado de ideas, supuestamente validadas de manera independiente, le sirve a Robinson para pregonar una gran teoría unificadora. Pero ni siquiera recurriendo a este procedimiento el autor logra articular argumentos convincentes. Un ejemplo es la noción de "dividir y vencer", importada de Sudán y el Congo, y según él, "ciertamente aplicable a Colombia". La hipótesis es que "el centro fomenta el caos en la periferia", y para sustentarla cita a un comandante paramilitar que le dice a un ex guerrillero del M-19 que en vez de luchar entre ellos, "nos deberíamos haber organizado y levantado conjuntamente contra el Estado central". La absurda sugerencia implícita es que, desde el centro, "alguien" movió los hilos para evitar una alianza de los paramilitares con ese grupo guerrillero. El planteamiento no es solo alucinante sino contrario a la evidencia, pues, por ejemplo, en Puerto Boyacá, hubo una estrecha alianza entre esos dos grupos. La idea de un poder central que busca vencer adversarios provocando divisiones en el bajo mundo, ajena a los análisis serios del conflicto y del crimen organizado en Colombia, no da cuenta del fenómeno de los Pepes, una de las más vergonzosas alianzas entre el gobierno colombiano, algunas agencias norteamericanas, los paramilitares, el cartel de Cali y el ala rebelde del Cartel de Medellín para liquidar a Pablo Escobar. Aquí sucedió exactamente lo contrario: el poder central se unió al imperio y casi a cualquiera de la periferia para vencer al capo de capos.

Un punto desconcertante del ensayo de Robinson, también característico de su libro con Acemoglu, es la enorme dispersión. En medio de un análisis de los problemas de orden público y las alianzas entre políticos y grupos armados, en la sección sobre Dumar Aljure, un bandolero de los cincuenta, pasa a hablar del "alto grado de monopolio que tiene la economía [...] Los hombres más ricos de Colombia han monopolizado diferentes sectores de la industria [...] tal cartelización se forma fácilmente en un sistema político que carece de responsabilidad social". Dejando de lado el punto, bien complejo, de añadir al diagnóstico del conflicto la estructura de la propiedad industrial, es evidente la incoherencia entre esa mención de la economía urbana y el caos en la periferia, foco del ensayo.

La reducción apresurada del conflicto colombiano a un problema de reparto del poder político entre el centro y la periferia es otra inexactitud que supone representativa la última etapa de enfrentamiento abierto entre paramilitares y guerrilla, pues ignora épocas de violencia no rural, como los grupos subversivos de origen universitario, el surgimiento y consolidación de los carteles de la droga en dos grandes centros económicos, Medellín y Cali, la decisión de la guerrilla de urbanizar el conflicto en los ochenta, y el narcoterrorismo.

Otra idea cuestionable es la de que un mismo factor generó problemas tan disímiles como el levantamiento armado, la respuesta paramilitar, el narcotráfico y la corrupción. Sin duda, el narcotráfico y el paramilitarismo impulsaron la corrupción, con mecanismos tan variados como la financiación de campañas políticas, el debilitamiento del sistema judicial y las alianzas con políticos para capturar rentas estatales. Pero es insólito como teoría que detrás de todas las manifestaciones de ilegalidad esté la misma causa relacionada con el reparto regional del poder político. Para corroborar sus hipótesis, Robinson (2013) también recurre al método de ilustrarlas con casos seleccionados arbitrariamente. Es innegable que el nivel actual de corrupción en Colombia es superior al de cualquier país desarrollado. Razones más parsimoniosas para explicar esas diferencias son, al menos, el débil desempeño del sistema judicial, las estructuras familiares extensas, la opacidad de la información fiscal y las deficiencias en la formación moral. Pretender que la corrupción se podrá controlar con reformas políticas sin alterar esos factores es, como mínimo, ingenuo.

Es llamativo su argumento de que una peculiaridad del país, similar a la que un antropólogo encuentra en Italia, es la doble moral de los políticos: no son corruptos con desfachatez sino que tratan de salvar la cara en sus regiones. Políticos con doble moral hay en casi toda sociedad actual. La comparación de la corrupción en lugares donde aún influyen las mafias, como Colombia y algunas zonas de Italia, con la de países desarrollados se debe hacer para los momentos en que han estado sometidos al poder del crimen organizado, como Chicago durante la prohibición. Ese ejercicio, además, matizaría la pretensión de que todas las deficiencias institucionales vienen de la Colonia y pasan por la forma de hacer política.

Es sorprendente que las tesis de Robinson hayan calado en Colombia como novedosas e influyentes. La Silla Vacía (2014), medio digital especializado en política, dice que Robinson "ha influido con su idea de que la variable que más distorsiona al país es la política" y transmite sin asomo de crítica su falacia: "el narcotráfico es consecuencia de los problemas en la política y no al revés". De los escritos y conferencias del experto internacional no es posible sacar una sola hipótesis refutable o una propuesta específica, susceptible de convertirla en reforma concreta. Ni siquiera se vislumbra en quién recaería la responsabilidad de "romper la lógica de las élites regionales clientelis-tas". Ni el ensayo de Robinson ni los "análisis" de sus ideas mencionan el riesgo de que esas reformas vagas y mal formuladas se las apropien los políticos astutos que se han sabido adaptar a intentos anteriores de alterar sus costumbres. Tampoco discuten un punto crítico para Easterly, el impacto final de los cambios políticos propuestos sobre las condiciones de vida y los derechos de las personas afectadas por el conflicto.

El Macondo económico y el literario

El título del ensayo de Robinson sobre el conflicto colombiano invita a establecer paralelos con la obra de García Márquez. En ambos casos se trata de una metáfora de la sociedad, un Macondo, que les sirve de disculpa a sus creadores para obsesionarse por sacarnos de allí y, de paso, acercarse al poder. Para el gran novelista, la fascinación por el poder habría sido motivada por el afán de convertirse, parodiando el título del libro de Easterly, en "Experto en tiranías". Robinson (2013), por su parte, como tecnócrata internacional típico, parece arrimarse al gobernante de turno para sugerirle ambiciosas y vagas reformas con un sentido de la oportunidad que no parece coincidencial. No es un texto que hubiese sido bien recibido en la época de la Seguridad Democrática, un indicio de la prioridad que, según Easterly, dan los expertos a llegar a oído del poder sacrificando rigor e incluso consistencia con trabajos anteriores.

La obra de Gabo es un buen ejemplo del enfoque inductivo, "desde abajo", pues reconstruye con la magia del lenguaje sus recuerdos de un pueblo real. Como dice su biógrafo, "la sustancia de la vida de Gabo pasa transpuesta a su ficción [...] su obra se basa en su propia realidad". La caricatura de Robinson, en cambio, típicamente deductiva, es árida por su estructura matemática y poco sugestiva en reformas concretas porque proviene de un modelo económico y político del mundo; transposición de una caricatura global deficiente, realismo mágico sin polo a tierra.

La idea central de su ensayo es que el conflicto colombiano surgió por una manera de hacer política en la que el gobierno central, desde siempre, negocia poder con las élites de provincia. Así se explicarían los enfrentamientos armados desde la Independencia. Un supuesto implícito es que en la periferia hay interés por participar en los destinos de la nación. La visión del Nobel, transmitida por su abuelo el coronel Márquez, combatiente en la Guerra de los Mil Días, es prácticamente la opuesta. La época feliz era el Macondo aislado dirigido por un hombre fuerte bajo un régimen igualitario y humanista. El equilibrio social se rompe, anota Pernett (2014), por la llegada del poder estatal a Macondo y la aparición de una de las peores pestes: la política. Con ella llegan las disposiciones arbitrarias y los fraudes en las elecciones. Dos son las condiciones que impone José Arcadio Buendía al corregidor Apolinar Moscote: "La primera: que cada quien pinta su casa del color que le dé la gana. La segunda: que los soldados se van en seguida. Nosotros le garantizamos el orden". Es del fraude orquestado por Moscote que nace la rebelión dirigida por el coronel Aureliano Buendía, una reacción impulsiva contra la violación del principio de honestidad, pero en ningún momento los patriarcas de la periferia buscan participar en las decisiones del orden nacional, como pregona Robinson. Los Buendía, la élite regional, maldicen la llegada a su pueblo de la política y su mal ejemplo.

El desinterés de los habitantes de territorios aislados por la política o la economía nacional no es melancolía macondiana. Molano (2014) da fe de la vigencia de lo que considera casi un paraíso, un pequeño pueblo apartado al que solo se llega navegando cinco horas desde Buenaventura. Cuenta cómo dos autoridades locales "que todos respetan" rechazan cualquier injerencia externa con el argumento de que "el progreso nos empobrece y nos destroza". Poco después Molano ratifica su opinión sobre el desarrollo "o como se quiera llamar esa fuerza arrolladora y destructora", en una región periférica.

Una diferencia abismal entre los dos Macondos es el ámbito doméstico. En el de Gabo el hilo conductor son las relaciones familiares, variadas, complejas, atadas a la violencia. La guerra se ensucia cuando "se mete a la casa", repetía Carlos Castaño. Uno de los principales promotores de la guerra en Macondo fue el doctor Alirio Noguera,

místico del atentado personal [encargado de] coordinar una serie de acciones individuales que en un golpe maestro liquidara a los funcionarios del régimen con sus familias, sobre todo a los niños, para exterminar el conservatismo desde la semilla [... ] Don Apolinar Moscote, su esposa y sus seis hijas, por supuesto, estaban en la lista.

Ese personaje, cuyo historial incluía el contrabando y otra guerra, fue definitivo para instigar a la gente joven, precisamente la que "carecía de formación política", e involucrar a Aureliano tratando de convencerlo de que "era un deber patriótico asesinar a los conservadores". Aureliano no decidió ir a la guerra luego de minuciosas consideraciones políticas sino después del fusilamiento de Noguera sin fórmula de juicio, del culatazo contra el padre Nicanor y del asesinato en plena calle de una mujer arrebatada a su familia. Sin entender por qué, motivado en parte por la rabia ante la muerte de su esposa Remedios y "porque los conservadores son unos tramposos".

El universo de hongos locales de Gabo se acerca más a la realidad que la levadura universal de Robinson (2013), que propone una especie de politología uniforme y agregada del conflicto. Gabo, en cambio, parece saber criminología cuando, a través de Úrsula, dice que Aureliano no hizo tantas guerras por idealismo sino "por pura y pecaminosa soberbia"; para ella, ese coronel que en doce años dejó diecisiete hijos de diecisiete mujeres distintas "era simplemente un hombre incapacitado para el amor", desde niño. Las guerras del Ma-condo literario tienen una perspectiva "microhistórica", desde el punto de vista de los protagonistas, esos hongos impredecibles que participan en ellas. "No existen grandes postulados filosóficos ni mucho menos comunicación con los ideólogos de la capital, y solo parece existir la afiliación inmediata a uno de los bandos dependiendo de los vaivenes de la política local", por motivos baladíes, razones emotivas, vínculos afectivos y las pasiones humanas más básicas. Esta visión concuerda con los testimonios de los actores reales del conflicto colombiano, con las prácticas de reclutamiento de jóvenes sin formación política y con la espiral irracional de venganzas originadas por incidentes triviales. En el otro extremo, la teoría de Robinson hace aparecer la guerra como resultado de profundas reflexiones políticas, una especie de versión armada de las discusiones en La Habana en las que busca influir como experto.

Un punto menor, pero que revela distintas preocupaciones por la situación y los derechos de los individuos más débiles es la actitud que muestran ambos autores ante las barreras físicas que separan de modo arbitrario el territorio de los ricos y el de los desposeídos. En su ensayo, Robinson hace la anotación estándar de que la exclusión de los más pobres puede generar problemas en una democracia, aun la rebelión, pero en el libro que escribió con Acemoglu, en particular en el recuento de las grandes diferencias de desarrollo económico e institucional en Ambos Nogales, apenas se dice de pasada que hay un muro artificial entre el norte y el sur, sin un mínimo comentario sobre su significado en términos de derechos humanos, libertad e inclusión económica de los más débiles, los ilegales. Es razonable pensar que si García Márquez hubiese ido a Ambos Nogales, como buen reportero habría centrado su crónica en ese odioso muro que separa la ciudad a lo largo de la Calle Internacional. Aunque menos aberrantes -pues son en últimas un asunto privado de derechos de propiedad-, Gabo no ahorra críticas a las alambradas que aislaban las viviendas de los empleados estadounidenses de la compañía bananera:

Los gringos hicieron un pueblo aparte al otro lado de la línea del tren [... ] El sector estaba cercado por una malla metálica, como un gigantesco gallinero electrificado que amanecía negro de golondrinas achicharradas.

Cuando la huelga se acerca al punto más álgido, "la ciudad alambrada de la compañía bananera estaba protegida con piezas de artillería [...] El señor Brown, que estaba vivo en el gallinero electrificado, fue sacado de Macondo con su familia". La destrucción de esa fortaleza hostil e indeseable precede a la de Macondo:

De la antigua ciudad alambrada solo quedaban los escombros, las casas de madera, las frescas terrazas donde transcurrían las serenas tardes de naipes, parecían arrasadas por una anticipación del viento profético que años después había de borrar a Macondo de la faz de la tierra.

Sin duda a García Márquez la pretensión de que las instituciones gringas -defendidas con leyes represivas, ejército y muros alambrados- son incluyentes le parecería un mal chiste, propio del señor Brown.

Clima y violencia: la formalización de la criminología barata

La tendencia de los expertos a usar en sus estudios impresionantes bases de datos internacionales de varias épocas, en busca de leyes universales que puedan servir a los gobiernos o tiranos nacionales para emprender reformas ambiciosas, no es monopolio de los economistas preocupados por el desarrollo económico comparativo. El deplorable legado de la cliometría se extendió a otras disciplinas que insisten en la metáfora de la levadura para proponer "políticas públicas" generales que generen transformaciones sin el tedioso proceso de estudiar y entender los casos desagregados, los hongos impredecibles. Para ello minimizan la importancia de las variaciones individuales de comportamiento, incluidas las más violentas.

Hace casi dos siglos André-Michel Guerry, abogado francés aficionado a la estadística, encontró una asociación entre el crimen, las estaciones y el clima. La cartografía se empezaba a usar como herramienta para estudiar el delito en distintas regiones. El belga Alfred Quetelet -astrónomo, matemático, estadístico y sociólogo- es considerado, junto con Guerry, pionero de la criminología y las ciencias sociales modernas. Quetelet observó que en el sur de Europa los homicidios se concentraban en los meses de verano y que los robos eran más frecuentes en invierno. Ya en esa época identificó el principal problema de las cifras oficiales: solo incluían denuncias y dejaban por fuera un alto porcentaje de "crímenes cometidos que no se conocen". Quizá Quetelet cayó en el olvido por haber precedido a César Lom-broso en el interés por las características físicas y antropométricas de los criminales. Esa inclinación de los primeros criminólogos muestra que su empeño por entender los factores sociales asociados a loa comportamientos violentos era paralelo a su obsesión por responder la pregunta clave: ¿por qué, en todas partes, y en cualquier época unos individuos son violentos y otros no?

Algo que sorprende del renovado interés por el impacto del clima en la violencia es que no se da debido crédito a los precursores de estos ejercicios entre quienes, con enormes bases de datos y herramientas estadísticas de moda, retoman el análisis de esas asociaciones. El desconocimiento de los antecedentes de una disciplina es otra manifestación del síndrome de la "tabla rasa", la pretensión de que el pasado no importa en el conocimiento.

La cresta de la ola en esta moda es un meta estudio que combina sesenta trabajos, en su mayoría realizados en la última década, que mezcla sin titubear variables, periodos y comportamientos en una amalgama incomprensible. Algo impide calificar de charlatanes a investigadores vinculados a universidades reputadas que publican en Science y en Nature. Pero son difíciles de digerir la tranquilidad, la certeza y la prepotencia con que lanzan sus conclusiones:

La magnitud de la influencia del clima es sustancial: por cada desviación estándar de cambio en el clima hacia mayores temperaturas, los estimativos indican que la frecuencia de violencia interpersonal aumenta 4% y la frecuencia de conflicto entre grupos aumenta en 14% (Hsiang et al., 2013).

Produce vergüenza ajena la falta de rubor con la que estos autores confunden toda conducta agresiva -choferes ruidosos, retaliaciones de beisbolistas, violencia doméstica, brutalidad policial, guerras civiles, golpes de estado- en cualquier lugar del mundo -Estados Unidos, Tanzania, Holanda, China- en cualquier época desde 8000 a.C., y con cualquier frecuencia -horaria, diaria, centenaria- para cuantificar esas asociaciones. Más que débil, la teoría es inexistente, pero llenan ese vacío con un par de consideraciones econométricas sobre causalidad. No discuten la calidad de los datos, que tanto preocupó a Quetelet, y en cambio inventan una variable, como de ciencia ficción, para unir la amalgama. "Nuestra medida preferida de la importancia [de la relación de causalidad] consistió en responder una pregunta directa: ¿causa el clima un cambio en el riesgo de conflicto que un experto, un policy-maker o un ciudadano consideraría importante?".

Con tal mezcolanza de incidentes, agresores, épocas, cifras y niveles de agregación, el análisis se limita a detalles técnicos de las estimaciones, o a trasladar selectivamente conclusiones de trabajos sobre escenarios específicos para "explicar" ese concepto extraño de conflicto universal, ahistórico y ubicuo. De esas piruetas salen perlas:

Puesto que la agresión en altas temperaturas incrementa la probabilidad de escalamiento de los conflictos en ciertos contextos (como los partidos de béisbol) y la probabilidad de que la policía utilice fuerza excesiva (conclusión de la evaluación de un curso de verano de entrenamiento policial), es posible que este mecanismo afecte la prevalencia de conflictos a gran escala (ibíd.).

Esta comparación de lugares y épocas, con variables sacadas de la manga e impresionantes cálculos de elasticidades, es ya usual en varias disciplinas y sorprendentemente aceptada por el notablato académico sin que quede claro a quién van dirigidas las iluminantes conclusiones que siempre llevan implícitas sus recomendaciones de acción pública. El auditorio de esta versión del realismo mágico se ha de buscar entre el grupo de "expertos" aficionados a la historia sin historia.

HONGOS VENENOSOS

Así como una sola persona habría sido determinante en el desarrollo de la industria automotriz de Corea -como anota Easterly-, la historia del conflicto colombiano sería otra sin la influencia de algunos individuos que acumularon y manejaron a su antojo un poder descomunal. Si el territorio de muchos de ellos se limitaba a un barrio o un municipio, en el que ejercieron un control casi absoluto de las relaciones económicas, políticas, sociales e institucionales, ninguno como Pablo Escobar desafió al Estado casi a título personal.

Por supuesto, hubo factores sociales que facilitaron el surgimiento y auge del gran capo en Medellín. En primer lugar, una fuerte migración del campo a la ciudad con un aparato productivo y una infraestructura física e institucional insuficiente para atender sus demandas. Para satisfacerlas surgieron la política clientelista y el sector informal, centrado en el contrabando de cigarrillos, licores, electrodomésticos y otros bienes de consumo masivo. Los políticos profesionales facilitaron invasiones ilegales de terrenos y conexiones piratas a los servicios públicos. Las primeras manifestaciones populistas de Escobar tuvieron que ver con la construcción y donación de casas e infraestructura urbana. Además, como señala Duncan (2013), "fue su involucramiento con las organizaciones contrabandistas de Antioquia lo que lo formó y le abrió un espacio dentro de las grandes ligas de la delincuencia en Medellín". Así aprendió a organizar empresas ilegales de gran escala, establecer contactos y adquirir "habilidades en la corrupción de las autoridades".

No todos los narcotraficantes dieron el salto del negocio ilegal a manipular las relaciones de poder, y a incidir en las oportunidades laborales de los sectores impulsados por la llegada de divisas y la primera fiebre de consumo conspicuo en la que participaron las clases populares que luego le dieron apoyo irrestricto al asociar a Escobar con la bonanza. Al secuestro de Marta Nieves Ochoa en 1981, el capo respondió con la prontitud y fiereza que se emplean para proteger familiares. No era simple generosidad sino una oportunidad para erigirse en líder y protector del bajo mundo, y cobrar contribuciones para mantener su aparato militar. Este incidente fue un punto de quiebre en el conflicto, no solo porque fue la génesis de los paramilitares del MAS, sino por la creación del Cartel de Medellín, hasta ese momento un grupo desarticulado de traficantes. Otra secuela fue la metamorfosis de un exportador de cocaína y populista de barrio en ambicioso animal político y Patrón del bajo mundo. "Esto se fue pa' guerra", declaró Escobar, proclamado capo de capos junto a otros vengadores que trabajarían con el Patrón para dirigir las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC). Los sicarios tuvieron "la sensación de combo, de mandar en la ciudad". Con mano de hierro y el mismo esquema de aportes se montaría el sistema impositivo criminal que financió la guerra contra la extradición y contra el Estado. Uno de sus sicarios diría: "Íbamos a morir robando un banco. Pablo nos dio la oportunidad de morir declarándole la guerra al Estado".

El poder de Escobar le sirvió para ajustar la legislación penal según su conveniencia, alterar la Constitución para borrar la extradición e imponer las condiciones de su entrega y reclusión en un centro diseñado por él mismo, con todas las comodidades imaginables, desde donde siguió dando órdenes. La vergonzosa alianza que se formó para combatirlo muestra que la respuesta represiva no fue contra el narcotráfico en general, sino dirigida contra él. Esta historia muestra la pertinencia de la metáfora de los hongos para el bajo mundo, en este caso hongos venenosos. El Estado centró todos sus esfuerzos y traspasó fronteras éticas y legales para combatir a un solo individuo. Es difícil encajar esta etapa fundamental del conflicto en la teoría simplista del reparto de poder político entre el centro y la periferia.

Incluso en este país violento las diferencias regionales son abismales, y en los sitios más afectados unos pocos individuos son responsables de una alta proporción de las actividades criminales; y las diferencias en las tasas de homicidio municipales pueden ser de 1 a 100. John Jairo Velásquez Vásquez, "Popeye", jefe de sicarios de Escobar, dice haber asesinado unas 300 personas y participado en unas 3.000 muertes, de haber secuestrado y haber puesto unas 200 bombas. Armando Alberto Pérez Betancourt, "Camilo", exjefe del bloque Ca-tatumbo de las AUC, es señalado como responsable de más de 5.000 homicidios. Negarse a estudiar las acciones individuales de un grupo pequeño de criminales para encasillarlas en comportamientos social o políticamente determinados es negarse a entender buena parte del conflicto.

Las instituciones encargadas de controlar la violencia y el crimen, en toda sociedad y en toda época, se diseñan para castigar o reprimir a unos pocos infractores de la ley; solo recientemente son complementadas con medidas preventivas orientadas a la población general. Casi en toda biografía de los grandes guerreros colombianos de las últimas décadas sobresale la falla del sistema judicial para detener a tiempo su carrera criminal. Sin mencionar las que se iniciaron en los cuerpos encargados de enfrentar delincuentes. Las propuestas de reformas "estructurales" -resolver el problema agrario, atender las necesidades de los jóvenes en los barrios marginales o cambiar la forma de hacer política para superar la violencia- evaden buena parte del diagnóstico e impiden identificar las instituciones prioritarias, como la justicia, la familia y el sistema educativo.

El paso de la política criminal del enfoque tipo hongo -detectar y controlar a los pocos individuos que amenazan y producen daños- al tipo levadura -aplicar medidas correctivas a una población de ciertas características para prevenir crímenes y atentados- contribuye a la irracionalidad de las leyes de inmigración. El principal problema del cambio de paradigma es que no tiene, ni podrá tener, herramientas que permitan a las agencias encargadas de controlar el crimen y el orden público mejorar su capacidad para identificar, detener y sancionar a esos pocos individuos. Una de las graves deficiencias de los organismos de seguridad después del "11 de septiembre" es justamente la incapacidad para identificar los pocos individuos que representan una amenaza, mezclada con la exagerada reacción contra todos los inmigrantes. "Las agencias de inteligencia (FBI y CIA) no confían y no mantienen relaciones con el servicio de inmigración (INS), el de aduanas, los funcionarios de las visas y la guardia costera", señala Doris Meissner, ex zar de inmigración norteamericana.

Las teorías agregadas y globales solo alimentan los ya problemáticos prejuicios de esas agencias contra ciertos grupos de población, en este caso originarios de países árabes, cuando algunos de los atacantes provenían de países europeos. "Necesitamos una manera más sofisticada y focalizada de definir objetivos prioritarios", concluye Meissner. Otro ejemplo reciente es la muerte, en la pequeña ciudad de Ferguson, Missouri, del joven negro Michael Brown, abatido por un policía blanco. Las protestas masivas y los enfrentamientos con la fuerza pública no se hicieron esperar y reavivaron el debate sobre la discriminación de la policía contra grupos específicos de la población, un indudable lunar de las instituciones incluyentes. Según la curiosa contabilidad de "homicidios justificables" del FBI, entre 2005 y 2012 murieron casi dos afroamericanos por semana en circunstancias similares a las de Brown. La situación es similar para los inmigrantes ilegales, con el agravante de que no pueden recibir apoyo de sus comunidades por no tener papeles.

DE CAMPESINO BOYACENSE A GRAN EMPRESARIO DE COLCHONES

La metáfora de los hongos no solo es relevante para sociedades industrializadas. En países menos desarrollados abundan las historias que contradicen la idea simplista de instituciones que no permiten el desarrollo empresarial. Las más interesantes son similares a la del industrial coreano que abandonó su entorno campesino para buscar fortuna y, contra todo pronóstico, la encontró en el medio urbano. La idea experta de "vocación agropecuaria" de una región o grupo de personas es una generalización perniciosa, pues la modernización y la concentración de actividades económicas en los centros urbanos son un gran atractivo para dejar el campo y, eventualmente, tener éxito.

Gumercindo Gómez anduvo descalzo por las calles de Ciénega, Boyacá, hasta los nueve años. En segundo de primaria se obsesionó por regalarle a su mamá una casa de teja. Con ese fin viajó a Bogotá en 1953, con solo 16 años. "Llegué a estar solo, no tenía ningún familiar y mucho menos plata, solo sabía que debía retribuirle a mi madre todo el amor que me había dado". Trabajó en fundición, granito y carpintería, y todos le parecieron trabajos muy pesados. Como no le aumentaban el sueldo renunció y se empleó como ayudante de tapicería. Su antiguo jefe le dijo que también fabricaban colchones, que aprendiera a hacerlos para asociarse con él. A los 19 años hizo el primero y le quedó tan bien que ganó el doble de lo que había invertido. A los dos años, "la entidad que promocionaba el comercio y las exportaciones" lo invitó con otros empresarios a un viaje por el Caribe. "Eso me sonó a paseo, porque yo no tenía una gama de productos. El primer país que conocí fue Puerto Rico, después República Dominicana, Trinidad y Tobago, Aruba y Curazao". El guache maleducado que llevaba dentro lo indujo, en cada hotel, a romper los colchones para ver cómo estaban hechos. "Yo llevaba una Gillette y una máquina de coser. Les hacia una rayita pequeña y tomaba nota de todo lo que veía". Al regreso, puso en práctica lo que aprendió y construyó una máquina para hacer resortes. Su empresa adquirió renombre. En un principio se llamó Sueños Dorados, pero esa marca ya estaba registrada y entonces la llamó Colchones El Dorado. Hoy tiene 77 años, no cumplió su sueño de darle una casa a su mamá pero sobrevivió en Bogotá a pesar de haber querido tirar la toalla varias veces. Nunca terminó el bachillerato. "Me queda pendiente seguir desarrollando la empresa y la industria para hacer grande a Colombia".

Qué gran contraste entre la historia de don Gumercindo, las instituciones extractivas, y el banal plan de empleo rural para el posconflicto elaborado por un experto en el tema agrario:

A los ex guerrilleros de las FARC, del ELN o de los restos del EPL, el Estado debe garantizarles empleo y seguridad. La mayoría son campesinos que podrían volver a trabajar el campo, pero no como empleados de los palmicultores o de los cañeros sino como propietarios libres en las Zonas de Reserva Campesina.

Es allí donde pueden acceder a una vida digna, integrarse a la economía y conservar sin armas su fuerza política.

Una persona que conoce las limitaciones del enfoque represivo contra la migración, la ex comisionada del INS recomienda tres pasos técnica y políticamente viables para racionalizar la colcha de retazos en que se ha convertido ese régimen legal. En primer lugar, fortalecer la cooperación internacional de los organismos de seguridad encargados de hacer cumplir las leyes. Según ella, este paso es indispensable para "reducir en algo los increíbles abusos, explotación y dinero envueltos en el tráfico de personas". El segundo, acorde con la mayor relevancia de las regiones frente a la caduca idea de nación señalada por Easterly, es impulsar los procesos de integración regional, pues algunos problemas específicos pueden empezar a resolverse en ese nivel. El tercero es mejorar la comprensión de los "vínculos entre migración y desarrollo a través de investigación y experimentación".

Con respecto a esta última recomendación, la trayectoria de don Gumercindo ilustra que para la migración, intranacional o internacional, la metáfora de los hongos es pertinente no solo desde el punto de vista descriptivo sino también prescriptivo. Uno de los fenómenos que más requiere el esfuerzo de identificar los hongos y no pensar solo en la levadura es el de las migración, legal e ilegal. Para analizarlo es indispensable entender las decisiones individuales. Dadas unas condiciones demográficas, políticas, económicas y sociales, son aún pocos los individuos que deciden ir a otro lugar a buscar fortuna. En un mismo país, una misma ciudad, un mismo barrio, una misma familia, con igual educación e incluso con genes similares, lo más común es que solo unos miembros de ese núcleo decidan irse, mientras que los otros, con los mismos factores supuestamente determinantes, deciden quedarse. Desde el punto de vista prescriptivo, la decisión personal de irse a otra localidad o a otro país refleja que la evaluación de sus perspectivas en el sitio de origen es desfavorable. Es un hongo que allí no podrá crecer y prosperar.

Las técnicas de investigación y experimentación que reclama Doris Meissmer parecen estar muy alejadas de la economía y las ciencias sociales engolosinadas con bases de datos globales y poco atentas a historias locales, como la de Ambos Nogales, o personales, como la de don Gumercindo. Así como las novelas de García Márquez son más útiles para entender el conflicto colombiano que los ensayos de expertos aferrados a modelos o doctrinas para explicar el éxito de esos hongos que, después de dejar el suelo original, crecen y aportan al tejido productivo del nuevo asentamiento, a veces un escritor con ojo atento a la realidad local, sin pretensión de adaptarla a una teoría, puede ser de más ayuda que un economista equipado de ecuaciones y datos o un sociólogo iluminado por la doctrina: "cada vida en el mundo es un suceso tan particular y tan extraño y tan delicado, que cualquier generalización que se establezca para juzgarla se va a estrellar en algún momento con cosas que no se pueden explicar ni definir ni saber". La modestia intelectual, la certeza de saber poco y la curiosidad no encajonada son indispensables para entender por qué algunos individuos o grupos sociales logran ciertos objetivos, o cómo forjan las organizaciones y reglas del juego que los rigen.

LAS VIGAS EN EL OJO AJENO Y LA PAJA EN EL PROPIO

A pesar de que el libro de A&R está plagado de los defectos del enfoque experto, de la visión deductiva, universal y poco sensible a especificidades locales, al mencionarlo Easterly relaja los estándares de su crítica y hace varias generalizaciones tan inocuas como ingenuas sobre política pública o reformas institucionales concretas. Sorprende que pase por alto el hecho de que el libro se basa en la idea de nación que se debe superar en un mundo regional y globalizado, como él mismo muestra convincentemente en otra parte de su libro. Aunque es muy exigente en la medición de una variable relativamente bien definida, como la mortalidad infantil, Easterly cae en el embrujo de ver el pasado lejano a través de variables imaginativas prácticamente imposibles de medir. "La medida clave tanto de cambio institucional como de instituciones anteriores es si el soberano tiene poder absoluto o está constreñido por pesos y contrapesos institucionales": esta es la medida que proponen A&R, y es difícil considerarla operacional.

Easterly destaca el trabajo de A&R celebrando que por fin los economistas del desarrollo incluyan análisis históricos en sus trabajos. Es demasiado generoso al no evaluar la calidad de esa "historia" que, como se ve en el caso de Ambos Nogales, es bien precaria. Con base en estimaciones que relacionan algunos datos coloniales agregados con las instituciones actuales, A&R pretenden tener la llave maestra para explicar toda discrepancia del desarrollo entre países, pasando por alto las circunstancias locales. Sus comparaciones entre lugares, culturas y momentos históricos son de una ligereza extraordinaria, como cuando comparan las "instituciones políticas absolutistas" de la actual Corea del Norte con las de América Latina colonial. Ellos mismos desvirtúan su afirmación apresurada de que la colonización española fue una aventura asimilable a una dictadura comunista, al señalar que su principal fuente de información sobre el primer régimen fueron los escritos de Bartolomé de las Casas, "una de las críticas más devastadoras del sistema colonial español". Este opositor, inconcebible en un régimen comunista, era capellán en Cuba y encomendero del régimen. En cambio, las "Leyes Divinas, Morales y Marciales" establecidas por Sir Thomas Dale en los primeros asentamientos ingleses en Norteamérica no les merecen el calificativo de absolutistas a pesar de que contemplaban la pena de muerte por robos menores y para quienes intentaban salir de la colonia. Un detalle interesante de este régimen draconiano, obviamente incumplido, es que quienes lograron escapar, salir adelante y establecerse como colonos fueron los infractores de la ley, los inmigrantes ilegales de hoy que tan poca atención les merecen a A&R.

En abierto contraste con las narrativas del pasado que usan A&R para sustentar selectivamente sus hipótesis universales, el libro de Easterly da un excelente ejemplo de historia detallada y bien contada, sin pretensiones normativas, motivada por la simple curiosidad de saber y entender lo que ocurrió. Un minucioso relato de la evolución económica y urbanística de una calle de Nueva York, Greene Street, cercana a su oficina, ilustra que las pequeñas democracias, como la de los propietarios de inmuebles en esa calle, fueron capaces de "enfrentarse a los expertos que aspiraban al poder tecnocrático". Es una lástima que, luego de fijar ese estándar de calidad a las historias útiles para generar hipótesis desde abajo, Easterly acepte la historia deductiva y agregada de A&R. Cita sin crítica su dictamen: "el problema con Suramérica es que es un gobierno por la élite, para la élite y de la élite. La élite está más interesada en explotar al resto de la población que en el desarrollo de más largo plazo". Hay un abismo entre las tímidas conclusiones de su trabajo sobre Greene Street y las apresuradas generalizaciones sobre todo un continente.

Uno de los puntos más problemáticos del enfoque experto para aproximarse al diagnóstico de las sociedades menos desarrolladas es el análisis de los conflictos y la violencia. El trabajo de A&R es fiel a la tendencia que postula que las instituciones incluyentes y favorables al desarrollo surgieron de manera casi espontánea y contractual, minimizando el impacto de siglos de acumulación de capital a punta de guerra y coerción, como relata Charles Tilly. Menosprecian también el largo proceso de civilización de las costumbres descrito por Norbert Elias, que transformó a los guerreros en empresarios o funcionarios. En esa dimensión, el mismo Easterly hace apreciaciones ligeras. Para apoyar su tesis de que los expertos no se preocupan por el origen del poder de los tiranos a los que asesoran, acusa con ligereza al profesor Lauchlin Currie de haber apoyado un régimen dictatorial, afirmación que requeriría una detenida indagación.

La parte de crítica a los expertos -la viga en el ojo ajeno- es más convincente que la "propositiva", en la que cae en errores similares a los que señala. Por ejemplo, por alinearse con A&R, supone que en innumerables localidades europeas no se necesita un recuento detallado de su historia y sus instituciones. O sea que a nivel local aplica implícitamente el principio de la tabla rasa al considerar que existió algo como una "ciudad representativa medieval europea típica", que torna homogénea la capacidad para estimular el crecimiento económico sostenible, en una especie de levadura premoderna que abarca buena parte del Viejo Continente.

Al dar crédito sin mayor reparo al método de A&R, Easterly ignora que los ejercicios econométricos de corte transversal entre países son terreno fértil para el enfoque experto que critica, pues su principal auditorio son las agencias multilaterales que buscan leyes universales y recetas globales que puedan aplicar en distintos países sin tener que adaptarlas a las condiciones locales.

Es difícil entender que Easterly haya dejado pasar, sin desmenuzarla, la noción de instituciones incluyentes que abarca una amplia gama, la justicia, la fuerza pública, el sistema financiero, el sector educativo, la autoridad antimonopolio, la salud y muchas otras. Precisamente la característica que critica duramente, que ni siquiera identifica la entidad -estatal, privada o mixta- a la que se dirige la recomendación de que las reglas del juego existentes sean favorables al crecimiento y a la democracia.

Cabe comparar el libro de Easterly con otro trabajo crítico del enfoque experto, Thinking like a state, de James C. Scott, que demuestra que el conocimiento científico deductivo no puede ignorar lo que denomina "sabiduría práctica". La gran diferencia entre los trabajos de Scott y Easterly es la consistencia entre la parte que describe las limitaciones y falencias de la visión deductiva del mundo y la parte propositiva, que en el libro de Scott es mucho más precisa, concreta y microanalítica. Easterly también critica el enfoque deductivo y ahistó-rico, pero al final da crédito a un trabajo que no solo tiene pretensión de universalidad sino de atemporalidad.


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