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Discusiones Filosóficas

Print version ISSN 0124-6127

discus.filos vol.17 no.29 Manizales Jul./Dec. 2016

http://dx.doi.org/10.17151/difil.2016.17.29.2 

DOI: 10.17151/difil.2016.17.29.2

El sujeto del cambio

The subject of change

Sebastián Briceño Domínguez*
Universidad de Concepción, Chile, josesbriceno@udec.cl

* orcid.org/0000-0002-2719-4584

Recibido el 22 de septiembre de 2016, aprobado el 15 de diciembre de 2016



Resumen

Al enfrentar el problema de los intrínsecos temporales, las posiciones dominantes asumen que el sujeto del cambio es un particular concreto, i.e., un objeto que instancia propiedades intrínsecas en una posición temporal determinada. Posiciones minoritarias niegan la existencia del sujeto del cambio o aceptan a este último como un particular concreto de carácter contradictorio. En este artículo argumento (i) que las soluciones en oferta son incapaces de hacer sentido de las cambiantes apariencias; (ii) que esta incapacidad radica precisamente en una deficiente comprensión del sujeto del cambio; y (iii) que una comprensión del sujeto del cambio basada en un esquema categorial más tolerante sí nos permite hacer mejor sentido de ellas. Bajo este esquema, de raíces idealistas, el sujeto del cambio debe ser entendido como un "universal concreto".

Palabras clave

Universales, particulares, propiedades, instanciación, intrínsecos temporales.

Abstract

When facing the problem of temporary intrinsics, the dominant positions assume that the subject of change is a concrete particular, i.e., an object that instantiates intrinsic properties in a determinate temporal position. Minority positions either deny the existence of the subject of change or accept the latter as a contradictory subject. In this paper I argue (i) that the current solutions are unable to make sense of the changeable appearances; (ii) that this inability rests precisely on a deficient understanding of the subject of change; and (iii) that an understanding of the subject of change which is grounded on a more tolerant scheme of categories does allow us to make better sense of them. Under this scheme, of idealist roots, the subject of change must be understood as a "concrete universal".

Key words

Universals, particulars, properties, instantiation, temporary intrinsics.



1. Apariencias

Una hormiga camina. Una hoja se vuelve amarilla. Un padre termina siendo más bajo que su hijo. La mujer de Lot se transforma en estatua de sal. El mundo parece plagado de cambios como estos. Como lo ilustra el primer ejemplo, hay objetos que cambian de lugar, y hablamos entonces de locomoción. Como lo ilustra el segundo ejemplo, hay objetos que cambian de naturaleza intrínseca, y hablamos entonces de cambio intrínseco. Como lo ilustra el tercer ejemplo, hay objetos que sin alterar su naturaleza intrínseca sufren cambios en relación a otros objetos que sí alteran su naturaleza intrínseca, y hablamos entonces de cambio extrínseco o "Cambridge" (el término es de Geach 71-72). Y como lo ilustra el cuarto ejemplo, hay también objetos que dejan de existir y dan paso a nuevos objetos, y hablamos entonces de reemplazo. Las apariencias nos revelan objetos en permanente transición. Incluso objetos presuntamente estables, como un glaciar o un edificio, terminan revelando su transitoriedad.

¿Cómo hacer sentido de estas apariencias? Tomemos el caso de la hoja. Nuestro sentido común y nuestras prácticas suponen que la hoja que se ha vuelto amarilla es la misma hoja que antes era verde. Esto parece implicar que para que un objeto experimente cambio intrínseco dicho objeto debe ser idéntico y distinto a sí mismo. ¿Cómo es esto posible? ¿Cómo algo puede ser idéntico y distinto a sí mismo sin contradicción? Nuestra concepción ordinaria del cambio no es más que la otra cara de nuestra concepción ordinaria de la persistencia o identidad diacrónica de un objeto: lo que cambia es numéricamente idéntico a lo que persiste, y esta identidad tiene todos los visos de una contradicción. Llamemos a cualquier fenómeno como el ilustrado por el caso de la hoja un cambio, movimiento o proceso. Llamemos a la aparente contradicción el problema del cambio.

La tradición parmenideana ha intentado hacer frente al problema del cambio por la vía de la negación: todo cambio es ilusión, la realidad no cambia. Este es un recurso extremo que deberíamos resistir. Si todo cambio fuera una ilusión, no podríamos hacer sentido de las apariencias. Entendemos que algo es una ilusión cuando tenemos un medio de contraste: cosas que no son ilusiones. Un ejemplo de esto es nuestra concepción de lo que es un espejismo en el desierto. Entendemos lo que es un espejismo en el desierto porque contamos con medios de contraste: algunos oasis provistos de agua que realmente refresca.

¿Pero cómo podemos hacer sentido de un enunciado que nos dice que todo cambio es ilusión si todo lo que nos revelan los sentidos es cambiante? Los autodenominados cultores de la tradición heracliteana, por su parte, no han sido capaces de expresar con claridad lo que significan los eslóganes "todo cambia" o "todo fluye". Una vez depuradas de excesos retóricos y metáforas, sus formulaciones se muestran incapaces de ofrecer comprensiones iluminadoras del fenómeno, esto es, comprensiones que eviten caer en un oscuro misticismo o de vuelta en una comprensión parmenideana del fenómeno. Además, la idea según la cual todo cambia parece caer en un vicio análogo al que afecta a la tradición parmenideana: si todo cambia, no hay nada que persista a través del cambio; pero entonces es difícil hacerse la idea de qué es lo que sufre cambio. Y es que para comprender el cambio, también necesitamos algo que sirva de contraste: necesitamos algo que persista y que desempeñe el rol de sujeto del cambio.

En este artículo pretendo esbozar una concepción del sujeto del cambio que haga justicia a las cambiantes apariencias. Primero me haré cargo de las alternativas actualmente dominantes, que son, como espero demostrar, de matriz parmenideana (§2). Luego me haré cargo de las alternativas minoritarias más relevantes, demostrando que colapsan también en alternativas parmenideanas (§3). Finalmente, defenderé una alternativa superior (§4).

Por razones de simplicidad, me concentraré en el cambio intrínseco. Todo indica que este tiene un rol fundamental, pues para que ocurra no es necesaria la existencia de otras cosas o lugares: es posible que un sujeto cambie intrínsecamente aunque no cambie de lugar y aunque sea el único habitante de su mundo. Dejaré de lado entonces los casos de locomoción y de cambios Cambridge. Los primeros porque admiten ser comprendidos como cambios intrínsecos, solo que en lugar de recurrir a un espectro de propiedades por las cuales pasa el sujeto del cambio tendremos que recurrir a un espectro de lugares. Los segundos porque simplemente son parasitarios de los primeros: el padre se vuelve más bajo que el hijo porque el hijo experimenta cambio intrínseco al crecer. Los casos de reemplazo requieren atención especial, pero por razones de espacio no los abordaré. Aunque presumo que Wiggins acierta al sostener que cuando la mujer de Lot se vuelve estatua de sal, no es que un sujeto cambie, pues tampoco hay un sujeto que persista a través del cambio. Lo que sucede es que un sujeto ha dejado de existir y otro sujeto ha comenzado a existir (cf. Wiggins 65-66). Pero el reemplazo de un sujeto por otro, aunque introduzca inestabilidad al mundo en general, es distinto al hecho que un mismo sujeto cambie.

Finalmente, debo aclarar que la comprensión del sujeto del cambio que ofrezco solo pretende dar cuenta de la realidad concreta, esto es, de lo que usualmente entendemos por apariencias u objetos de la percepción. Si bien mi argumento descansa sobre cierta comprensión de la realidad abstracta (i.e., los objetos del pensamiento), no argumentaré directamente en favor de su existencia; solo la asumiré y la pondré al servicio de la comprensión que aquí ofrezco de la primera.1

2. Sujetos que no cambian

La metafísica dominante llama al problema del cambio intrínseco el "problema de los intrínsecos temporales" (Lewis, On the Plurality, 202-205). Y lo entiende como el problema que surge al intentar compatibilizar la persistencia del sujeto del cambio con el carácter transitorio de los estados de posesión de propiedades intrínsecas en los que dicho sujeto participa. Volvamos a nuestro ejemplo. Supongamos que nuestra hoja es totalmente verde en primavera y totalmente amarilla en otoño. Del enunciado "esta hoja es totalmente verde en primavera" parece seguirse el enunciado "esta hoja es totalmente verde", y del enunciado "esta hoja es totalmente amarilla en otoño" parece seguirse el enunciado "esta hoja es totalmente amarilla", al menos si asumimos, como de hecho lo hace la metafísica dominante, que si un objeto posee una propiedad en un tiempo entonces la posee simpliciter, y que el referente de "esta hoja" es el mismo objeto tanto en primavera como en otoño.2 Entonces surge el problema: no hay objeto que pueda ser totalmente amarillo y totalmente verde simpliciter. Luego, ¿cómo es posible que un mismo objeto sea totalmente verde y totalmente amarillo en distintos tiempos? El acuerdo general es que el problema de los intrínsecos temporales admite solo tres soluciones. (En lo que sigue, h estará por esta hoja, V por la propiedad totalmente-verde, A por la propiedad totalmente-amarilla, t1 por primavera y t2 por otoño.)

(i) La solución endurantista. De acuerdo a la solución endurantista, los objetos que cambian son particulares concretos que persisten en el tiempo por el hecho de estar totalmente presentes en distintos tiempos (cf. Johnston; Mellor; Van Inwagen). Esto es, el objeto que existe en t1 persiste en t2 si el objeto en t1 es totalmente idéntico al objeto existente en t2. ¿Cómo es posible que h sea totalmente idéntico en t1 y t2, si por hipótesis en t1 es V y en t2 es A? El endurantista parece tener solo dos opciones: o h instancia propiedades indexadas a tiempos distintos, de modo que V y A no son simplemente V y A, sino V-en-t1 y A-en-t2, respectivamente; o la relación misma de instanciación es temporalmente indexada, de modo que h entra en la relación instanciación-en-t1 con V y en la relación instanciación-en-t2 con A. Al menos desde la perspectiva y supuestos compartidos de la metafísica dominante, el problema de cualquiera de estas dos soluciones está en la concepción relacional de instanciación subyacente. Por un lado, la posesión misma de propiedades queda abiertamente amenazada por el regreso de Bradley.3 Por otro lado, h solo puede persistir en la medida en que se encuentra "alienado" (la expresión es de Lewis, "Tensing") de sus propiedades intrínsecas temporales. En rigor, V y A pasarían a ser propiedades relacionales, pues solo serían poseídas por h en relación a un tiempo determinado, no simpliciter. Y si todas las propiedades de h son transitorias, entonces h es, en términos intrínsecos, una suerte de sustrato lockeano desnudo, un particular "delgado" y no "grueso" (la terminología es de Armstrong, A World).

Hay ciertas variantes endurantistas neo-aristotélicas (Brower) y cuasiaristotélicas (Simons) que permiten evitar la delgadez de h. En el primer caso, un compuesto hilemórfico de materia informada, como por ejemplo Sócrates, que, supongamos, es esencialmente humano y racional, cumple el rol de sujeto del cambio y persiste a través del tiempo componiendo accidentalmente otros objetos complejos del tipo Sócrates-sentado-ayer y Sócrates-parado-hoy. En el segundo caso, un núcleo esencial de tropos recíprocamente dependientes cumple el rol del sujeto del cambio, mientras una periferia de tropos accidentales que dependen asimétricamente del núcleo esencial tiene carácter transitorio. El núcleo puede existir y persistir en distintos tiempos sin la compañía de esos tropos periféricos, pero estos no pueden existir ni persistir sin el primero. Si bien estas últimas dos alternativas perdurantistas parecen reemplazar el particular concreto delgado por un particular concreto grueso, ellas no son una solución para el problema de la alienación que plantea Lewis: las propiedades transitorias son ahora identificadas con propiedades accidentales; pero estas tampoco son poseídas simpliciter. Su posesión sigue siendo relacional, pues sigue estando, directa o indirectamente, indexada a tiempos distintos. Pero eso no es todo: aunque las soluciones perdurantistas reconocen la existencia de un sujeto del cambio, es difícil ver cómo es que este sujeto cambia cuando todo lo que tenemos en términos fundamentales son los distintos estados de posesión de propiedades en los que participa, de modo que en t1, h es V, y luego, en t2, es A. Pero difícilmente podemos haber capturado el fenómeno del cambio bajo esta concepción que justamente ha sido criticada como "cinematográfica": simplemente un cuadro seguido de otro cuadro (cf. Bergson; Priest). Sería como creer haber capturado el fenómeno de la locomoción diciendo que una flecha se mueve en virtud del hecho de estar localizada aquí en t1 y allá en t2. Estar localizado en un lugar y luego en otro no es lo mismo que moverse de un lugar a otro. Análogamente, ser de un color y luego ser de otro no es lo mismo que cambiar de color. Ninguna de estas formas de comprensión en términos de estados captura la transición misma. Ambas reducen el cambio a estados de ser.

(ii) La solución perdurantista (cf. Armstrong, A World; Lewis, On the Plurality, "Tensing"; Quine; Sider; Smart; Williams). De acuerdo a la solución perdurantista, los objetos que cambian son objetos tetra-dimensionales que persisten en el tiempo porque tienen distintas partes temporales y estas partes temporales poseen distintas propiedades intrínsecas simpliciter. Tal como una manzana es extendida en el espacio, de modo que puede ser dulce aquí y agria allá sin contradicción, ella también es extendida en el tiempo, lo que le permite ser roja ayer y café hoy sin contradicción. En rigor, una manzana es un gusano espaciotemporal. Lo mismo vale para h, que es una fusión mereológica de partes temporales, entre ellas hVt1 y hAt2. Entonces, ¿cómo es que h puede ser V y A sin contradicción? Ciertamente la totalidad de h no puede ser V y A sin contradicción, tal como todo un caballo no puede ser totalmente negro y totalmente blanco sin contradicción. Pero bien puede una parte temporal de h, aquella en t1, ser V, mientras otra parte temporal de h, aquella en t2, es A. Tal como una cebra puede ser parcialmente blanca y parcialmente negra. Basta con que no prediquemos propiedades incompatibles de una misma parte, sea esta temporal o espacial. El perdurantismo soluciona el problema de los intrínsecos temporales recurriendo a un particular concreto que persiste en virtud de tener distintas partes temporales, cada una de las cuales posee propiedades intrínsecas distintas. Pero al persistir de esta forma, ni su totalidad ni sus partes realmente cambian. Pensémoslo en términos espaciales. No podemos decir que una cebra cambia de color por el hecho de tener rayas blancas y rayas negras, pues ni la cebra como un todo ni sus rayas tomadas individualmente realmente cambian de color. La cebra simplemente es rayada; una raya simplemente es negra; otra raya simplemente es blanca. Lo mismo vale para h y sus partes temporales: ni h ni sus partes temporales realmente cambian; tanto h, que se extiende al menos sobre t1 y t2, como sus partes temporales, entre ellas los estados hVt1 y hAt2, simplemente son.
(iii) La solución presentista (cf. Markosian; Zimmerman, "Persistence", "Temporary"). De acuerdo al presentismo, los únicos objetos concretos que existen son los particulares concretos presentes. Luego, no hay particulares concretos que persistan en el tiempo, pues no hay particulares concretos capaces de existir en distintos tiempos. La incompatibilidad entre los estados de posesión de propiedades hVt1 y hAt2 es solucionada sacrificando la existencia de uno de ellos. Si t1 y t2 son tiempos distintos, entonces al menos uno de ellos no es el tiempo presente y, por tanto, al menos uno de los dos estados que provoca la incompatibilidad es inexistente. Si h es un particular concreto, entonces h solo posee (simpliciter, no relacionalmente) las propiedades intrínsecas que posee, pero solo ahora, el único tiempo en el que h existe. Si t1 es el tiempo presente, entonces hV existe pero hA no. Tal vez hA existió o existirá, pero no existe ahora, en el ontológicamente privilegiado instante presente. El error del presentismo es que su solución al problema de los intrínsecos temporales pasa por la eliminación del sujeto del cambio, esto es, del sujeto persistente.

Pero si se pone fin al sujeto persistente entonces se pone fin al cambio en sí, pues si todo lo que existe es lo que existe en el instante presente, ¿qué hay de aquello que sufre o experimenta el cambio? Si t1 es el tiempo presente, la proposición "hAt1" es incapaz de capturar el cambio de color de h; solo captura su solitaria existencia y el hecho que posee cierta naturaleza intrínseca. Pese a la retórica heracliteana de la que suelen abusar algunos presentistas ("el tiempo fluye", "el mundo no es un eterno bloque tetradimensional", etc.), su ontología sigue siendo parmenideana. El dominio de cuantificación presentista es, en principio, cuantitativamente más parsimonioso que el del perdurantista; pero en términos cualitativos están a la par: ambas teorías apelan igualmente a un dominio de objetos que simplemente son.

La deficiencia común a estas tres alternativas es que no son capaces de ofrecer una comprensión del cambio que resulte consistente con las apariencias. Todas ellas nos ofrecen una concepción del cambio que, en términos fundamentales, lo niega. En todas ellas las cosas simplemente son, no cambian. Esta deficiencia es el producto natural de los siguientes tres supuestos que comparten:

En primer lugar, todas las alternativas dominantes entienden que el sujeto del cambio es un particular concreto, donde un particular concreto es comprendido, en términos fundamentales, como constituyente, implícito o explícito, de un estado, como algo que es de determinada manera, como algo que está en determinada posición. Esto es, todas ellas parecen compartir la idea que la identidad de un particular concreto está dada por la instanciación de ciertas propiedades intrínsecas en una posición espacio-temporal total determinada (cf. Armstrong, Universals vol. I cap. 11). (Para efectos del cambio intrínseco, podemos dejar de lado los estados consistentes en un objeto estando en relación con otros objetos; y para abarcar la posibilidad de objetos concretos pero inmateriales, como egos cartesianos, también podemos prescindir del requerimiento de posición espacial: basta con posición temporal.) Así, el sujeto del cambio puede estar total y exclusivamente localizado en el presente, o estar completamente localizado en un tiempo para luego estar completamente localizado en otro tiempo, o estar totalmente localizado en varios tiempos por la vía de tener distintas partes totalmente localizadas en distintos tiempos. En cualquier caso, tendrá una posición temporal total determinada. Y en cada locación encontramos al particular instanciando ciertas propiedades intrínsecas, i.e., siendo de determinadas maneras, poseyendo una naturaleza. Cada una de estas condiciones es individualmente necesaria, y solo conjuntamente son suficientes, para garantizar precisamente la particularidad de un particular concreto (cf. Armstrong, Universals vol. I 123-124). Estas condiciones hacen que ya desde un punto de vista puramente conceptual sea difícil comprender cómo el sujeto del cambio podría cambiar, pues para que un sujeto pueda cambiar parece condición necesaria que sea también capaz de recurrir, esto es, que su existencia no se encuentra atada a ciertas instanciaciones o posiciones. En las metafísicas dominantes, el cambio del sujeto—el moverse de posición, el alterar su naturaleza—está totalmente eclipsado por su ser—por los estados en los que lo encontramos: por estar localizado en determinadas coordenadas, por ser de determinada manera. La idea según la cual la realidad concreta está constituida en términos fundamentales por objetos que instancian propiedades en tiempos determinados es crucial a todas ellas.

En segundo lugar, el cambio es comprendido como algo que sucede en virtud de estados. Por estado, como dije, entiendo un objeto particular que instancia una propiedad en un tiempo determinado. Así, para que haya cambio, un particular ha de instanciar una propiedad intrínseca en un tiempo y ese mismo particular (su totalidad o una parte de él) ha de instanciar una propiedad intrínseca distinta en un tiempo distinto. Esto es, el cambio es comprendido como algo que sucede en virtud de objetos particulares instanciando propiedades distintas en distintos tiempos; en último término, como algo que sucede en virtud de lo que es. El ser de determinada manera, el estar en determinada posición, son, según las alternativas examinadas, los componentes básicos de la realidad concreta, y a partir de ellos se pretende comprender el cambio. Entonces, frente a la pregunta ¿cómo es que h cambia?, la respuesta es: en virtud de la existencia de dos estados distintos, hVt1 y hAt2, esto es, en virtud de que hay dos estados distintos. Las metafísicas dominantes hacen sentido del cambio intrínseco de manera análoga a como la tradición parmenideana siempre ha intentado hacer sentido de la locomoción: si esta última toma como punto de partida la idea de locación, las primeras toman como punto de partida la idea de estado, que no es otra cosa que la idea de instanciación. A partir de eso intentan comprender las ideas de locomoción y cambio intrínseco, respectivamente. Nos dicen que una cosa cambia de lugar en virtud de que en t1 está aquí y en t2 está allá. Nos dicen que una cosa cambia su naturaleza intrínseca en virtud de que en t1 es así y en t2 es asá. El punto es que ambas explicaciones toman lo que es como algo fundamental. El cambio es lo derivado, lo accesorio.

En tercer lugar, el tiempo mismo es concebido como dimensión o locus del cambio. El sujeto del cambio se comprende como localizado en un tiempo determinado. Y la posesión de propiedades, en rigor, siempre está indexada a tiempos. Esto es claro en el presentismo, que solo admite estados de posesión de propiedades indexados al tiempo presente. Pero también es claro en el endurantismo y el perdurantismo. En el endurantismo, el sujeto del cambio instancia distintas propiedades que están indexadas a distintos tiempos, o instancia distintas propiedades por la vía de entrar en relaciones de instanciación indexadas a tiempos distintos. En el perdurantismo, el sujeto del cambio tiene partes temporales, esto es, partes indexadas a distintos tiempos, y son estas las que poseen propiedades intrínsecas simplicter. En último término, cualquiera sea la ontología preferida, se entiende que los sujetos del cambio están localizados temporalmente y que la posesión de propiedades es una cuestión que, en términos fundamentales, se encuentra indexada a tiempos determinados.

Si el sujeto del cambio es entendido como algo que es individuado en términos de ser; si las transiciones del sujeto del cambio son comprendidas en términos de ser; y, finalmente, si el tiempo mismo es comprendido en términos de ser, entonces resulta fácil ver por qué las tres alternativas dominantes con básicamente de matriz parmenideana y por qué son incapaces de hacer justicia a las cambiantes apariencias. No es raro que para estas alternativas el cambio sea un problema.

3. Cambio sin sujeto y sujetos contradictorios

Que las metafísicas contemporáneas dominantes no ofrecen una comprensión satisfactoria del cambio-y que no lo hacen porque se trata de explicaciones construidas sobre ideas según las cuales la realidad concreta es fundamentalmente un ámbito donde las cosas son-es un diagnóstico compartido por dos de las metafísicas del cambio alternativas más relevantes: la metafísica de procesos y la metafísica dialeteista. Sin embargo, pese a tratarse de propuestas bien inspiradas, me parece que no proveen de una comprensión del cambio que sea iluminadora y que no colapse en alguna visión parmenideana. Veamos.

3.1 ¿Cambio sin sujeto?

El nombre "metafísica de procesos" agrupa a una familia de metafísicas que tienen importantes diferencias categoriales entre sí. En un extremo del espectro está la metafísica de procesos whitehedeana, esto es, aquella nacida bajo la sombra de Process and Reality. Hartshorne es tal vez su principal heredero. El inventario de ella incluye desde eventos atómicos hasta Dios, pasando por el cielo platónico y el mundo de la subjetividad. No escatima recursos para hacer sentido de la realidad; por el contrario, se trata de esquemas categoriales complejos y abundantes. En el otro extremo encontramos metafísicas de espíritu marcadamente nominalista y claramente más parsimoniosas. Me refiero a las propuestas de Sellars y Seibt. Pero para lo que aquí interesa, lo que las distingue es irrelevante.

Para ilustrar, tomemos primero a Whitehead. Su categoría fundamental es la de "ocasión actual". Una ocasión actual es un evento atómico de duración no instantánea. En otras palabras, es un evento simple pero extenso. Se trata de una suerte de burbuja espacio-temporal impregnada de carácter experiencial: cada ocasión actual es un evento de experiencia o sensación. En contraste con la tradición humeana, las ocasiones actuales no están externamente relacionadas. Por el contrario, se trata de unidades atómicas internamente relacionadas en el sentido de que son lo que son y ocupan el lugar que ocupan en el cosmos en virtud de cómo están relacionadas con otras ocasiones actuales. Y en contraste con las mónadas leibnizianas (que "no poseen ventanas"), se trata de unidades completamente abiertas a relaciones causales y perceptuales.

En el otro extremo, tenemos a alguien como Seibt, quien se inscribe en la línea de Sellars. Para Seibt, la categoría que inspira su metafísica de procesos es la de "actividad sin sujeto", esto es, "una ocurrencia que puede involucrar, pero no es, el hacer o el actuar de una persona o cosa" (Seibt 147). Se trata de procesos sin sujeto lógico. Explosiones y tormentas se invocan como ejemplos paradigmáticos. Guardan cierta analogía con la materia no informada (stuff), esto es, con el objeto de referencia de términos de masa como "agua" o "aire". Supuestamente estas actividades sin sujeto son individuos, al menos en términos negativos (no son modos o afecciones de un individuo); son concretas (ocurren en el espacio y el tiempo); son espaciotemporalmente extensas (no son instantáneas); tienen locación fragmentada o múltiple (como el agua y el aire); no son contables (tal como el agua y el aire, y en contraste con árboles y sillas); y son dinámicas y no estáticas (cf. Seibt 147-148).

Pese las diferencias categoriales existentes, lo cierto es que esta familia de metafísicas está cruzada por ciertos lugares comunes que comparten frente al problema del cambio. Y como espero demostrar, estos lugares comunes llevan a estos intentos declarativamente heracliteanos a colapsar en formas de comprensión fundamentalmente parmenideanas.

Un primer punto en común es el rechazo a la idea de cambios instantáneos. Todo cambio parece tener duración mayor a un instante: "No hay tal cosa como un proceso instantáneo. […] Es de la esencia de un proceso en curso el combinar existencia en el presente con tentáculos que alcanzan el pasado y el futuro" (Rescher 38-39). Pero el rechazo de eventos instantáneos no nos lleva necesariamente fuera de los presupuestos básicos de la metafísica parmenideana: un particular concreto que es extenso, sea mereológicamente simple o complejo, no deja por ello de ser ni un particular concreto ni algo cuya comprensión esté ofrecida en términos de ser. Simplemente encontramos gusanos irreductiblemente tetra-dimensionales en lugar de eventos instantáneos y regiones en lugar de instantes puntuales. Es la única forma plausible en que se me ocurre interpretar la metáfora de los "tentáculos" que usa Rescher, o la idea de Seibt según la cual una actividad sin sujeto es espaciotemporalmente extensa, o la extensión irreductible que posee una "ocasión actual" whiteheadeana.

En segundo lugar, entre estos metafísicos existe cierta simpatía por la idea según la cual las fases de un proceso están internamente relacionadas, y no externamente relacionadas (cf. Rescher 34-38). Un proceso, en la comprensión estándar de la metafísica de procesos, parece estar constituido relacionalmente. Pero del hecho que el mundo externamente relacionado del atomismo de matriz humeana sea ahora reemplazado por un mundo internamente relacionado, no se sigue que hayamos sido transportados a un mundo no parmenideano. Una relación, el estar en relación con, sea esta relación externa o interna, es siempre un estado de ser. Una relación, tal como una propiedad, es comprendida como algo que es instanciado. Cierto, mientras la instanciación de una relación externa no afecta la naturaleza intrínseca que los relata, la instanciación de una relación interna sí lo hace (cf. Armstrong, A world, 87-89, Universals vol. II 84-88; Bradley caps. 2-3, apéndice B; Lewis, On the Plurality, 61-63; Moore; Rorty). Pero esta es una distinción que se realiza dentro de una metafísica donde la comprensión de la realidad concreta ya es realizada en términos de estados, en términos de ser.

En tercer lugar, está lo esencial: la idea de erradicar al sujeto del cambio. Las metafísicas de procesos pretenden eliminar la contradicción que aparentemente conlleva la existencia de cambio por la vía de eliminar al sujeto persistente. Pero el intento por remover el sujeto del cambio, de una u otra manera, nos conduce de vuelta a un esquema parmenideano muy parecido al perdurantista: o aceptamos un mundo de individuos irreductiblemente tetra-dimensionales que participan directamente en estados relacionales (Whitehead); o a esos individuos agregamos además regiones espaciotemporales como loci del cambio (Seibt), esto es, indexamos eventos irreductiblemente extensos directamente a regiones espaciotemporales, sin mediación de individuos persistentes. Y entonces estas regiones espaciotemporales pasan a jugar el rol de sujeto del cambio de manera subrepticia: las actividades particulares son predicadas de regiones, tal como un modo o propiedad particularizada. En cualquier caso, una vez removida la retórica, seguimos atrapados en el ámbito del ser y gobernados por la idea de instanciación.

3.2 ¿Sujetos contradictorios?

Una segunda metafísica alternativa para la comprensión del cambio y de su sujeto es la que nos propone el dialeteismo metafísico. Su idea central es que la aparente contradicción que traería consigo la existencia de cambio es precisamente una buena razón para abrazar sin complejos la existencia de contradicciones. Como sostiene su máximo exponente: "algo es una taza y no es una taza en el instante en que se rompe en pedazos. Alguien está dentro y fuera de la pieza en el instante en que sale de ella. Las contradicciones ocurren en los puntos nodales de ciertas transiciones y, como tales, son perfectamente familiares" (Priest 170).

La idea del dialeteismo es supuestamente una reacción frente a la concepción "cinematográfica" o parmendieana del cambio. Sin embargo, lo que el dialeteismo hace es simplemente admitir la existencia de estados de posesión de propiedades incompatibles. Pero eso no es abandonar el mundo parmenideano; es simplemente ampliar el dominio de cuantificación irrestricta: ahora, en el reino de lo que es, también hay contradicciones. Lo que el dialeteismo nos está diciendo es que si h cambia de V a A, entonces hay un instante (si es que hay átomos de tiempo) o un intervalo de tiempo (si es que no hay átomos de tiempo), tn, en que h es V (no es A) y no es V (es A), donde A y V son propiedades incompatibles. En tn, h es un sujeto contradictorio: participa de estados de posesión de propiedades incompatibles. Pero así como un estado de cosas negativo es tan estado de cosas como un estado de cosas positivo, un estado de cosas contradictorio es tan estado de cosas como un estado de cosas no contradictorio. Seguimos en el ámbito del ser.

4. El universal concreto revisitado

¿Cómo podemos hacer sentido de las apariencias sin reincidir en la concepción parmenideana? Lo que propongo es comprender tanto el cambio como el sujeto del cambio en contraposición a como lo hace la concepción parmenideana. Para funcionar, esta doble comprensión requiere aceptar una suerte de idealismo objetivo, i.e., el realismo más radical con respecto a la existencia de formas abstractas o universales ante rem. Una vez aceptado este marco, podemos usarlo libremente para comprender tanto el cambio como el sujeto del cambio. Para el diseño de este marco me apoyo en dos influencias fundamentales: la metafísica del tiempo defendida por Barker y la concepción de individuo persistente defendida por algunos exponentes del idealismo británico.

En primer lugar, pensemos en el sujeto del cambio. Solo podemos liberarlo de la metafísica de estados si lo entendemos no como un particular concreto, ni como un objeto que instancia propiedades en un tiempo determinado, ni como una forma que inhiere en un trozo de materia. Debemos entender que el sujeto del cambio es una forma. En rigor, es una forma abstracta sortal determinable (e.g., Cuadrado, Roble, Humano), esto es, un universal estructural ante rem. Como rezaba el slogan de los idealistas británicos: "el individuo, qua individuo, es un universal" (cf. Stern). El cambio supone algo que no cambie, algo que persista, algo que preserve identidad numérica diacrónica. Pero para que el cambio no sea contradictorio, ese sujeto no puede tener una naturaleza determinada ni una posición temporal determinada: no puede ser un particular concreto. Su naturaleza y posición han de ser indeterminadas, tal como sucede con una forma abstracta sortal determinable.

Una vez aceptada la existencia de formas abstractas y la comprensión del sujeto del cambio en estos términos, es posible entender cómo es que este puede desplegarse en forma análoga a como un concepto hegeliano supuestamente se despliega. (Esto último, pace Hegel y Priest, no supone necesariamente abrazar dialeteismo, como se verá en seguida.) El sujeto puede desplegarse porque lo hemos liberado de todo aquello que lo ataba a estados, i.e., está libre de relaciones de instanciación, inherencia, etc., con particulares, materia, regiones, instantes, etc. Lo único que constriñe a S es la ley o programa de despliegue, determinista o indeterminista, que le confiere su direccionalidad inherente. Llamemos 'S' a cualquier sujeto que satisface estas condiciones.

¿Cómo es que hay cambio? Necesitamos un elemento adicional: necesitamos comprender el campo del cambio, el campo donde S se despliega. Siguiendo a Barker (cap. 1), podemos comprender este campo como un espectro de formas abstractas que sean determinadas con respecto a esa forma determinable que es el sujeto del cambio, por las cuales este pueda desplegarse (e.g., Cuadradoa, …., Cuadradow; Roblea, …, Roblew; Humanoa, …, Humanow).4 Si la realidad concreta es esencialmente cambiante, entonces ese espectro ha de ser continuo-la existencia de saltos discretos y puntuales es funcional a la concepción parmenideana-y sinuoso-las mesetas representan periodos de estabilidad de duración finita (si es que hay cambio, la estabilidad no puede ser eterna). Finalmente, si es que vamos a dar cuenta de lo que denominamos cambio intrínseco, este espectro puede estar necesitado de cualificación adicional por otro espectro ortogonal de propiedades (colores, texturas, etc.). Llamemos 'E' a cualquier espectro de propiedades que satisface estas condiciones.

Aceptados S y E, podemos definir cambio intrínseco así:

Cambio intrínseco=def tránsito de S sobre E.

Ni S ni E cambian en sí. El cambio mismo es el tránsito de S sobre E. Hay cambio, esto es, emerge la realidad concreta, en virtud de que S transita sobre E. Este tránsito es irreductible a estados: las propiedades que figuran en E nunca son instanciadas por S, S nunca las posee; S tampoco inhiere en trozos de materia o regiones. Lo fundamental es que S transita, pasa o se despliega sobre las formas que componen E sin jamás posarse o detenerse en alguna de ellas (cf. Barker cap. 1). Solo en tanto transita por E, S puede ser denominado con justicia un "universal concreto", tal como los idealistas británicos llamaban al individuo (cf. Stern). Este tránsito es precisamente lo que constituye la realidad concreta, las apariencias. La realidad concreta emerge del tránsito de universales sobre universales. El cambio, y no el ser, es lo fundamental en ella. La misma idea de tiempo se deriva a partir de tránsitos, pues cada tránsito es un reloj: nos sirve para medir la duración de otros tránsitos.

(Para ilustrar por analogía con la locomoción: una flecha solo puede avanzar de un lugar a otro en virtud de que nunca está localizada.

No es que no exista flecha que se mueva, ni que la flecha esté y no esté en un lugar al mismo tiempo. La flecha se mueve porque no está localizada, porque está en tránsito. El cambio intrínseco de S y la locomoción de la flecha no son reductibles a estados.)

El cambio de nuestra hoja entonces admite ser comprendido así: h es una forma sortal abstracta determinable (i.e., Hoja). No es un particular concreto con una naturaleza intrínseca y una posición temporal total determinadas. Las fases cualitativas por las que ella pasa conforman un espectro de formas sortales abstractas determinadas de h (i.e., Hojaa, …, Hojaw) cualificadas a su turno por un espectro ortogonal de colores (i.e., el espectro continuo de universales que va del blanco al negro, pasando, entre otros, por V y A). El cambio percibido sucede porque Hoja transita por el espectro de formas que va de HojaaV a HojawA. Es decir, h nunca es verde; h nunca es amarilla; h nunca es y no es amarilla; h tampoco es inexistente; h existe, pero nunca entra en estados de posesión de propiedades ni está en una posición determinada (cf. Barker cap. 1). Nuestra hoja simplemente transita, simplemente pasa por un espectro de formas determinadas de ella y otro espectro o paleta de colores ortogonal al primero.

La definición de más arriba ciertamente puede ser acusada de circular. He intentado definir "cambio intrínseco" en términos de "tránsito", ¿Y qué es "tránsito" sino otra forma de decir "cambio"? Es cierto, hay circularidad. La definición aquí defendida no es una definición satisfactoria si es que por definición entendemos un análisis del definiens. Se trata de una explicación que pretende iluminar, no reducir. En última instancia, si el cambio es básico, entonces no puede ser definido en términos más básicos. Lo que hacemos entonces es renunciar a cierto primitivo que creíamos irrenunciable (instanciación, posesión) para abrazar otro primitivo que nos parece más adecuado para la comprensión de las apariencias (tránsito, cambio). Ahora, si rechazamos definiciones circulares, la única forma aceptable de definición de cambio que nos queda es una por ostensión: apunto a la hormiga que camina, apunto a la hoja que se seca. Si el cambio no admite ser pensado, al menos sí admite ser percibido.

Si las apariencias no son una ilusión masiva, sino que son la realidad concreta misma, entonces esta es, fundamentalmente, el producto del tránsito de universales sobre universales. Esta visión puede con justicia ser llamada "platonismo profundo" (cf. Carmichael). Como se suele recordar, Platón aceptó que el mundo de las apariencias era heracliteano, pero para hacer sentido de él postuló un cielo de formas inmutables. La comprensión del cambio que he ofrecido aquí intenta reivindicar tanto las apariencias heracliteanas como el cielo platónico. Para dar cuenta de todo lo que nos rodea, necesitamos aceptar la realidad de ambas dimensiones.5



Notas al Pie

1 Con las expresiones "apariencias" y "objetos de la percepción" no pretendo referirme a estados mentales de carácter subjetivo, por oposición a una "realidad" equivalente al mundo externo de Descartes o al mundo de cosas-en-sí de Kant (cf. van Fraassen caps. 12-13). Por el contrario, consecuente con el realismo directo al que adhiero, entiendo que esas expresiones co-refieren al ruidoso y colorido mundo público que percibimos, esto es, a esa dimensión también llamada "realidad concreta". Esta dimensión de la realidad es tan real como cualquier cosa que merezca ser llamada "real". Por cierto, tan real como aquello que llamamos "realidad abstracta", esa dimensión abierta, ya no a la percepción, pero sí al pensamiento.
2 En términos generales, la metafísica dominante asume el principio según el cual para todo objeto x y para toda propiedad G, si x fue, es o será G, entonces x es G (cf. Brower 886).
3 Como la relación de instanciación, qua relación, requiere también ser instanciada si es que ha de relacionar, entonces se hace necesaria la concurrencia de otra relación de instanciación, y así, ad infinitum (cf. Bradley caps. 2-3; Loux 30-36; Lewis, "Tensing"). Esto no significa que las concepciones de instanciación declaradamente no-relacionales, como las de Armstrong y Lewis, no sean encubiertamente relacionales. Si esto resulta efectivamente ser así, ellas también quedan expuestas al regreso de Bradley (cf. Briceño).
4 Una propiedad F1 puede ser determinada con respecto a una propiedad F0, pero determinable con respecto a una propiedad F2 (cf. Sanford). Lo importante es que las formas del espectro de despliegue sean determinadas en relación a la forma determinable que se despliega.
5 Agradezco los comentarios de Javier Vidal López (Universidad de Concepción) y de los participantes del Workshop "La ontología de estados y procesos" (Pontificia Universidad Católica de Chile, mayo 19-20 de 2016). Mi mayor deuda es, sin embargo, con Steve Barker (University of Nottingham). Gran parte de lo que comprendo sobre el problema del cambio se lo debo a sus escritos y a las numerosas y estimulantes discusiones que generosamente ha mantenido conmigo. Este trabajo ha sido redactado en ejecución del proyecto de investigación Fondecyt-Iniciación N° 11160724 (Conicyt, Chile).



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Como citar:
Briceño, S. "El sujeto del cambio". Discusiones Filosóficas. Jul-dic. 2016: 15-33. DOI: 10.17151/difil.2016.17.29.2.

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