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Bitácora Urbano Territorial

Print version ISSN 0124-7913On-line version ISSN 2027-145X

Bitácora Urbano Territorial vol.32 no.3 Bogotá Sep./Dec. 2022  Epub Dec 02, 2022

https://doi.org/10.15446/bitacora.v32n3.99770 

Artículos

Formas de habitar la periferia durante la pandemia Entrar, quedarse y salir[1]

Ways of inhabiting the periphery during the pandemic. Get in, stay and get out

Formas de habitar a periferia durante a pandemia. Entrar, ficar e sair

Façons d'habiter la périphérie pendant la pandémie. Entrer, rester et sortir

1LECyS/UNLR IDAES/UNSAM-CONICET, segura.ramiro@gmail.com https://orcid.org/0000-0001-6482-3514

2IdIHCS/UNLP-CONICET flor.musante@gmail.com https://orcid.org/0000-0001-6058-1570

3IdIHCS/UNLP jpinedo1137@gmail.com https://orcid.org/0000-0002-0389-624X

4LECyS/UNLP-CONICET violetaventura.lp@gmail.com https://orcid.org/0000-0002-1561-2857


Resumen

El presente trabajo explora las formas de habitar la periferia urbana oeste de la ciudad de La Plata (Argentina) durante la pandemia. Nos proponemos recorrer una serie de procesos cotidianos sintetizados en las prácticas espaciales entrar, quedarse y salir de personas de distintos sectores sociales que habitan esta área de expansión, caracterizada por la diversidad de usos del suelo y una multiplicidad de tipos residenciales heterogéneos y desiguales. Sostenemos que las características de la periferia oeste como lugar modulan la experiencia durante la pandemia, dando espacio a reconfiguraciones en el habitar a partir del aislamiento y el distanciamiento que marcan procesos específicos, diferentes a los de la ciudad, y que a su vez implican arreglos particulares en cada grupo social.

Palabras clave: pandemia; espacio urbano; vida cotidiana; suburbio; desigualdad social

Abstract

This article explores the ways of dwelling the western urban periphery of the city of La Plata (Argentina) during the pandemic. We propose to go through a series of daily processes synthesized in the spatial practices of entering, staying and leaving of people from different social sectors that inhabit this area of expansion characterized by the diversity of land uses and a multiplicity of heterogeneous and unequal residential types. We argue that the characteristics of the western periphery as a place modulate the experience during the pandemic, giving rise to reconfigurations in living from isolation and distancing that mark specific processes, different from those of the city, and that in turn they imply arrangements in each social group.

Keywords: pandemic; urban space; daily life; suburb; social inequality

Resumo

Este artigo explora as formas de habitar a periferia urbana oeste da cidade de La Plata (Argentina) durante a pandemia. Propomos percorrer uma série de processos cotidianos sintetizados nas práticas espaciais de entrada, permanência e saída de pessoas de diferentes setores sociais que habitam esta área de expansão caracterizada pela diversidade de usos do solo e uma multiplicidade de residências heterogêneas e desiguais. Afirmamos que as características da periferia oeste como lugar modulam a experiência durante a pandemia, dando espaço a reconfigurações na vivência do isolamento e distanciamento que marcam processos específicos, distintos dos da cidade, e que por sua vez implicam particulares arranjos em cada grupo social.

Palavras-chave: pandemia; espaço urbano; cotidiano; subúrbio; desigualdade social

Résumé

Cet article explore les manières d'habiter la périphérie urbaine ouest de la ville de La Plata (Argentine) pendant le pandémique. Nous proposons de parcourir une série de processus quotidiens synthétisés dans les pratiques spatiales d'entrée, de séjour et de sortie des personnes de différents secteurs sociaux qui habitent cette zone d'expansion caractérisée par la diversité des usages du sol et une multiplicité de résidences hétérogènes et inégales. Nous soutenons que les caractéristiques de la périphérie ouest en tant que lieu modulent l'expérience pendant la pandémie, laissant place à des reconfigurations dans la vie de l'isolement et de la distanciation qui marquent des processus spécifiques, différents de ceux de la ville, et cela implique à son tour des dispositions particulières dans chaque groupe social.

Mots-clés: pandémie; espace urbain; vie quotidienne; banlieue; inégalités sociales

En este artículo mostramos que el lugar importa: la pandemia es un proceso situado. La periferia como lugar y las políticas públicas que buscaron regular sus flujos modularon la experiencia de la pandemia. Asimismo, en tanto lugar heterogéneo, se evidencia una experiencia diferencial de la pandemia en el oeste.

Introducción

El Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio (ASPO), decretado en Argentina el 20 de marzo de 2020 para todo el territorio nacional, significó una hendidura en el flujo de la vida cotidiana. Lxs habitantes tuvieron que lidiar con situaciones nuevas y se vieron obligados a recomponer una serie de prácticas que en este artículo condensamos en torno a tres formas relacionadas del habitar: entrar, quedarse y salir. Aquello que se sintetizó en la consigna pública 'quédate en casa' implicó un complejo proceso de negociación en una tríada donde 'quedarse' tuvo que combinarse con formas desiguales y heterogéneas de 'entrar' y 'salir'.

La Plata, capital de la provincia de Buenos Aires, es la sexta ciudad más poblada del país, con un total de 659,575 habitantes (Indec, 2010). Ubicada a 56 km de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA) es, además, un centro regional de peso administrativo, productivo y político que se articula en tres escalas diferentes: es sede administrativa de la provincia de Buenos Aires; integra la Región Metropolitana de Buenos Aires (RMBA), área geográfica que incluye CABA y 40 municipios de la provincia, y, junto a los municipios de Berisso y Ensenada, hace parte del Gran La Plata, quinto conglomerado urbano del país con una población de 893,844 habitantes. Gran La Plata se caracteriza por su base productiva diversificada que combina la industria ligada al polo petroquímico, el área de servicios donde destaca la administración pública y la educación superior, y el sector primario de la agricultura intensiva basado en la actividad hortícola y la floricultura. Estos procesos dieron lugar a patrones de crecimiento urbano complejos que desbordaron la ciudad decimonónica, planificada y ordenada en base a la cuadrícula, definiendo cuatro grandes áreas de crecimiento: el casco urbano y los ejes norte, sureste y suroeste (Cortizo, 2019).

El oeste corresponde a un eje de expansión reciente de la trama urbana sobre tierras de vocación rural, históricamente dedicadas a la producción de alimentos. En las últimas décadas se evidencia una significativa multiplicación de los usos del suelo, así como una expansión de diversos tipos residenciales -asentamientos populares, urbanizaciones de clases medias y barrios cerrados- que se yuxtaponen a un paisaje de pequeñas localidades como Romero, Olmos, Abasto y Echeverry, tradicionalmente dominado por quintas hortícolas y atravesado por importantes vías de comunicación (rutas 36 y 2, avenidas 44 y 520). Estos procesos dieron lugar no solo a la proximidad espacial entre sectores sociales desiguales, sino también a disputas por el uso del espacio y por el acceso a infraestructura y servicios urbanos insuficientes y desigualmente distribuidos en la zona. En este escenario, entre inicios de mayo y finales de agosto de 2021, período que coincidió con la segunda ola de la pandemia y el inicio de la vacunación masiva, llevamos adelante un trabajo de campo colectivo por medio de la observación y la realización de entrevistas en profundidad a 30 habitantes sobre la vida cotidiana del grupo doméstico durante la pandemia, a partir de un muestreo que contempló la desigualdad residencial, el género y la edad.

Fuente: Elaboración propia.

Mapa 1 Localización de las entrevistas realizadas por tipo residencial. 

En vez de hablar de la pandemia exclusivamente como un acontecimiento disruptivo, hay que decir que se trata de un proceso en el que se entrelazan múltiples agencias que se despliegan sobre un escenario preexistente heterogéneo y desigual, involucrando temporalidades variadas, escalas diversas y efectos situados (Segura y Pinedo, 2022). Por esto mismo, las características de la periferia oeste como lugar modulan la experiencia durante la pandemia. Teniendo en cuenta la dependencia funcional de la periferia respecto del centro de la ciudad, ¿cómo se reconfiguré el habitar en tiempos de aislamiento y de distanciamiento? Asimismo, contemplando la heterogeneidad residencial y la desigualdad de condiciones de vida, ¿las transformaciones del habitar durante la pandemia fueron diferentes para los distintos sectores que habitan el oeste?

El trabajo se organiza en tres grandes secciones. El primer apartado aborda el impacto de la entrada en el ASPO desde la experiencia de lxs habitantes del oeste y nuestra propia entrada al campo. El segundo apartado analiza las prácticas de habitantes de cuatro tipos socio-residenciales que condensan la heterogeneidad socio-residencial de la zona: barrios populares producto de ocupaciones de tierras y de autoconstrucción de la vivienda, habitados por trabajadores de la economía popular; quintas de producción hortícola, unidades productivas y residenciales con fuerte predominio de migrantes de Bolivia; el "Gigante del Oeste", urbanización de clases medias producto de la organización colectiva; y los barrios cerrados de clases medias-altas, compuestos de un perímetro donde además de las viviendas se localizan servicios y espacios comunes privados.

Finalmente, en el tercer apartado, a modo de conclusión nos detenemos en los dilemas de la salida, ya no en su sentido espacial de salir de la casa o el barrio, sino en el sentido social de salir de la pandemia.

Entrar

Desde el centro de la ciudad se puede llegar por distintos caminos al oeste. Más allá de la avenida elegida, a medida que nos alejamos del centro el paisaje urbano consolidado va dando lugar a un espacio más disperso y fragmentario, donde las viviendas comienzan a espaciarse y aparecen depósitos y galpones, áreas vacías y quintas productivas. Quienes realizamos las entrevistas vivimos en otras zonas de la ciudad, por lo que el trabajo de campo implicó desplazamientos que nos llevaban entre 30 y 40 minutos para "entrar" al oeste. Por las condiciones de distanciamiento algunas de las entrevistas fueron realizadas de manera virtual, pero en la mayoría de los casos nos desplazamos a los lugares de residencia de las personas entrevistadas, lo que supuso negociaciones con nuestros propios modos de quedarnos y con los cuidados de las personas que nos dejaron entrar a sus casas. Por medio de estos recorridos y encuentros se nos fue revelando el paisaje heterogéneo, discontinuo y contrastante del oeste.

Las personas entrevistadas suelen valorar al oeste como un lugar 'tranquilo'. La noción de tranquilidad articula paisajes, objetos y personas en una economía afectiva donde el oeste emerge como lugar posible para vivir. Si en el estudio de Araujo y Cortado (2020) en el oeste de Río de Janeiro la tranquilidad aparece asociada a la ausencia de ciertos tipos de violencia, en el oeste platense se despliega a partir de la distancia de lo urbano y de su ritmo vertiginoso, y se asocia con un mayor contacto con la naturaleza y lugares más amplios y espaciosos (y exige una movilidad cotidiana extendida). A la vez, esos sentimientos compartidos silencian desigualdades, heterogeneidades y conflictos. El aumento de dispositivos materiales de cerramiento y diferentes tipos de controles es un signo de que esa tranquilidad requiere de soportes específicos que la mantengan. Tranquilidad es un modo de establecer relaciones entre presencias deseadas y no deseadas, elegidas o impuestas: las tensiones entre expansión urbana y usos rurales, la proximidad entre quintas, asentamientos y barrios cerrados, las miradas recíprocas entre viejos pobladores y residentes recientes.

"Todo se detuvo por unos 15 días y nunca más arrancamos", recuerda Brunela (38 años, abogada, Gigante del Oeste) refiriéndose al decreto presidencial que instituyó el ASPO durante dos semanas y que, por medio de sucesivas prórrogas, se prolongó en La Plata hasta el 7 de noviembre de 2020. Entrar a la casa propia implicó una transformación abrupta de la vida cotidiana: para Alicia (42 años, docente), vecina de Brunela, el inicio del ASPO fue 'caos' y 'desorganización', especialmente por tener a sus 5 hijxs en la casa todo el día, y por deber atender a las tareas escolares y dictar clases virtuales. Para César (50 años, asentamiento), el ASPO implicó quedar desocupado: "arrancó la pandemia y me quedé sin laburo". Por su parte, Griselda y Edgardo (58 y 59 años, empresarios, barrio cerrado) estuvieron encerrados en su casa durante dos meses, hasta que reabrió la fábrica donde Edgardo trabaja. Paula (36 años, asentamiento), quien migró desde Bolivia para trabajar la tierra con su familia, cuenta que en los primeros tres meses "pararon absolutamente todo" por miedo a contagiarse e hicieron una compra grande para abastecerse.

El confinamiento decretado a nivel nacional vino acompañado de la política municipal de cierre de accesos a la ciudad y de la instalación de controles policiales fijos en los restantes accesos, como puede verse en el mapa publicado el 25 de marzo de 2020 en los medios locales, condicionando de manera específica la vida en la periferia.

"Se cortó todo", exclamó Nancy. "Tenía que sacar un permiso para ir al trabajo, tenía que sacar otro para el tratamiento de los chicos. No podías cruzar para La Plata sin permiso [refiriéndose al control policial de la ruta 36 y 520, n° 1 en el mapa]. No te dejaban pasar". Por su parte, Brunela relata de manera vívida esos primeros tiempos:

Pasaba por la plaza la camioneta que decía que te quedaras adentro, que no salgas. Creo que eso generaba temor [...]. En la rotonda de la ruta 36 había un retén que no te dejaban pasar, que te controlaban. Yo por un momento pensé que era como que tenías el muro [...]. Pensé que habían bombardeado. Estuve meses sin ir al centro de Olmos. Hacía todo lo que estaba más cerca de acá.

Se trata de imágenes poderosas -camioneta, retén, muro, bombardeo- que refuerzan los sentidos de detenimiento y encierro: el sistema de retenes en la ruta 36, que impedía la visita al médico de Nancy, desincentivó el desplazamiento de Brunela en sentido inverso desde su barrio al centro de Olmos, donde tiene familia y solía ir de compras antes de la pandemia. El retén y los controles aparecen como emplazamiento y signo de una "experiencia común" (Segura, 2015).

Fuente: Municipalidad de La Plata

Mapa 2 Restricciones de ingreso en tiempos de pandemia 

Habitar el oeste en pandemia también supuso el sentimiento de encierro en el espacio barrial y de aislamiento respecto de la ciudad. Si tenemos en cuenta la dependencia funcional de la periferia respecto del centro para el desarrollo de la vida cotidiana de sus habitantes -dependencia que se expresa, entre otras dimensiones, en que el 70% de los viajes cotidianos inmediatamente antes de la pandemia se dirigían hacia el centro de la ciudad (Aon et al., 2017) -, el cierre de algunos accesos, y la instalación de controles en los restantes, refuerza el contraste entre la ciudad y la periferia y le otorga una especificidad al habitar la pandemia desde -y crecientemente en- la periferia que analizaremos a continuación.

Quedarse, entre Entrar y Salir

Aunque disruptivo para todos los sectores sociales, la pandemia como proceso fue vivida diferencialmente. Nos interesa conocer las distintas formas de quedarse por medio del análisis de los diversos modos de entrar y salir durante la pandemia. Exploramos aquí cuatro formas residenciales que remiten a distintos procesos de producción social del espacio (Duhau y Giglia, 2008) que modulan modos específicos de habitar.

Barrios Populares: entre el Cuidado Comunitario y la Proximidad como riesgo

"Acá va a ser todo más barrio y menos quintas" responden al unísono Nancy y Ernesto cuando se les pregunta por el futuro de Abasto en los próximos años. "Ya es un poco así, mucho más barrio que antes", nos dice Eloy, quien alquila una quinta de producción hortícola y posee una vivienda en el barrio lindero que se ha formado recientemente a partir del asentamiento de numerosas familias. Esta percepción se enlaza con la vertiginosa presión de la expansión urbana sobre las antiguas tierras de vocación rural. Producto de estrategias informales de ocupación del suelo, los asentamientos buscan mantener la continuidad de la trama urbana de la ciudad formal, indicando la voluntad de sus impulsores de quedar integrados a la ciudad en un futuro no muy lejano. En el año 2018 se relevaron en La Plata 153 barrios populares habitados por 29,000 familias, 78 de ellos localizados en el oeste, habitados por 14,500 familias (Adriani et al., 2020).

Quedarse en el barrio Las Quintas -un caserío de unas veinte familias de etnia Qom migrantes de la provincia del Chaco en las orillas del arroyo El Gato- implicó improvisar un portón que cerró la calle de acceso. Impedir la circulación de forasteros y extraños y controlar comunitariamente los movimientos de lxs habitantes, fue el modo de interpretar el imperativo de aislarse para cuidar al barrio. Quiénes podían abrir o cerrar ese portón, quiénes podían entrar o salir, fue objeto de continuas negociaciones. La incertidumbre sobre las fuentes del contagio, así como el temor de que alguien de la comunidad introdujera el virus en el barrio, se entrelazaron con la clara conciencia de la histórica relegación y las múltiples barreras de acceso a los servicios públicos de salud (Balerdi, 2020).

Para Diego, un hombre de poco más de cincuenta años, quedarse implicó velar por esos cuidados, administrar la llave del candado que permitía abrir y cerrar el portón y participar en negociaciones constantes acerca de los permisos comunitarios para salir y entrar:

Marzo, abril, mayo, se quedaron todos en la casa. Todo el barrio estaba encerrado. Hicimos un portón. Los paraguayos cerraron su sector y nosotros el nuestro. Compré un candado y tenía la llave. Me levantaba temprano para abrir, porque mis hijos salían a trabajar por la mañana. Ellos no pararon, siguieron trabajando. Salíamos, pero muy poco, de día, a buscar los esenciales, pero casi nadie trabajaba. Pero los jóvenes no lo respetaban, saltaban el portón, entraban y salían, lo rompían. Y se enojaron conmigo.

Manuel vive al otro lado de la estrecha calle por la que se accede al barrio, tiene veintiocho años y comparte la vivienda con su madre, varias hermanas y sus sobrinos. Desde el comienzo del confinamiento organiza una olla popular donde cenan las familias de la comunidad tres veces por semana. Manuel compara el portón con las formas de control de la movilidad de los jóvenes realizado por la policía, que se dedicó a detener a quienes intentaban traspasar las fronteras del barrio. Para Manuel, paradójicamente, quedarse implicó estar atento a los 'movimientos en el barrio', salir a buscar a jóvenes detenidos en las comisarías de la ciudad y ayudar a los más pequeños a realizar la tarea escolar. Manuel negociaba con Diego las aperturas y los cierres del portón, y los préstamos eventuales de un viejo y destartalado automóvil para trasladar a los vecinos y parientes que debían atenderse en el hospital cuando los servicios de asistencia fueron reabriendo. Por otro lado, Manuel asumió el vínculo con las maestras de la escuela, se ocupó de imprimir las tareas que las maestras le enviaban por WhatsApp a su celular y fortaleció sus relaciones con personas que llevaban algún tipo de ayuda alimentaria para las familias.

Si los circuitos y las movilidades de lxs habitantes de los asentamientos populares experimentaron diversos cambios, algo semejante ocurrió con las interacciones domésticas en la casa. Nancy no deja de remarcar las dificultades que se presentaron cuando su marido, acostumbrado a pasar muchas horas fuera de su hogar trabajando, pasó a realizar un horario reducido en el servicio de mantenimiento de un barrio cerrado de la zona. De "no estar nunca" pasó a "estar en casa sin hacer nada". Al tiempo cotidiano dedicado por Nancy al cuidado del hogar y los niños, las actividades comunitarias y algunos trabajos eventuales, se le sumaron las tareas escolares domiciliarias de sus hijxs y el imaginar estrategias para que Ernesto no entorpeciese demasiado la convivencia. Cuando Ernesto se contagió de COVID, Nancy acondicionó la casa para que él, aislándose, pudiera transitar por su hogar. Ella dormía con lxs niñxs en el comedor y Ernesto permanecía todo el día en la pieza separada por una cortina para evitar el contagio del resto de la familia. Nancy y su familia pasaron a estar incluidos en la categoría de los contagiados en un momento en que la circulación comunitaria de la enfermedad no se había expandido lo suficiente como para ser una experiencia socialmente generalizada. Al miedo se le sumaron el estigma, la discriminación o simplemente la indiferencia.

Intensidades y modalidades variables del aislamiento, la percepción del riesgo y los contagios afectaron profundamente los habitares de los sectores populares. Las estrategias de autocuidado que implicaron intervenciones comunitarias sobre el espacio físico circundante se entrelazaron con barreras y fronteras reforzadas por dispositivos estatales que hicieron del control territorial y la movilidad popular uno de sus focos privilegiados: "quedarse en casa" se volvió una experiencia ambigua, heterogénea y desigual. La cercanía y la proximidad permitió activar redes de ayuda y solidaridad, organizarse colectivamente para enfrentar la (otra) epidemia del hambre e, incluso, sostener la educación intermitente y distanciada que ofrecieron las instituciones escolares. El sentido de esa cercanía barrial y familiar, reforzada al profundizarse las distancias y fracturas con la ciudad, fue percibida como problemática cuando los brotes de la enfermedad alcanzaron a las familias y profundizaron los temores al contacto. Si los distanciamientos y aislamientos pudieron ser interpretados como modos de cuidado, no por ello perdieron su efecto de profundización, multiplicación y distribución desigual del sufrimiento social.

Quintas Productivas: Continuidad Laboral y Reorganización Comunitaria

La idea de vivir en el campo, en un lugar abierto y amplio, diferente y lejano de la ciudad, apareció de forma recurrente entre productorxs hortícolas. Un "acá, en el campo", contrapuesto al "allá" citadino, marca los relatos de quienes producen los alimentos que abastecen gran parte de la RMBA.

Las quintas son arrendamientos de lotes pequeños, entre una y cinco hectáreas, que involucran la mano de obra familiar. El espacio productivo es también espacio residencial donde el modo de tenencia inestable de la tierra, contratos de alquiler de dos o tres años, condiciona el tipo de viviendas, predominantemente de madera y chapa, con baños afuera y conexiones eléctricas precarias. Familias numerosas comparten generalmente una misma habitación; al hacinamiento se suma la falta de infraestructura y servicios que caracteriza a la zona (calles de tierra, ausencia de cloacas y recolección de residuos, poca frecuencia de transporte público).

La producción de alimentos fue considerada parte de los trabajos esenciales durante el período de aislamiento, por lo que quedarse significó para lxs productores la continuidad en el trabajo, aunque con nuevas modalidades y prácticas de cuidado. Paula (36 años) vive con su marido, sus dos hijxs y sus padres en una quinta en la localidad de Etcheverry. Así como Paula, Eugenia (49 años) comparte el espacio productivo y residencial con su familia ampliada: en su casa viven cinco personas, al lado vive la madre en otra habitación y, delante, la familia de su hermana. Ambas alquilan la tierra donde viven y producen, por lo que la continuidad laboral no solo fue posible sino necesaria para mantener la (re)producción. "Mucho no nos cambió a nosotros -dice Paula- porque seguimos en la misma rutina, de la casa a la quinta y de la quinta a la casa".

El espacio compartido de producción y residencia permitió mantener el aislamiento y continuar trabajando sin necesidad de circulación. El momento de mayor contacto en las quintas era en 'las entradas' de otros, particularmente de los camioneros que llegan a buscar las verduras para llevarlas a los mercados concentradores. Eugenia describe las nuevas pautas de conducta:

Los camioneros tenían mucho miedo cuando empezó la pandemia. Porque no querían entrar. Dejaban allá afuera del portón las jaulas [contenedores para las verduras]. No entraban. Como que todo cambió, viste. Ellos venían y lavaban la verdura. Es lo primero que hacían. Los choferes no te daban ni la mano, así de lejos nomás, hola y ya está.

También se transformaron las modalidades organizativas. El cordón hortícola cuenta con importante presencia de asociaciones y cooperativas, movimientos y partidos políticos, organizaciones socio-comunitarias, entre otras. Se dejaron de realizar reuniones, asambleas y talleres. Algunas pasaron a modalidad virtual, pero la falta de conectividad impidió que este formato se estableciera de manera permanente.

Eloy vive en un predio de seis hectáreas que alquila junto a otros familiares y conocidos. Además, pertenece a una cooperativa que reúne a productores de la zona, con una fuerte identidad boliviana, dedicada a la producción agroecológica. Durante la pandemia mantuvo actividades mínimas vinculadas al traslado y reparto de verduras y bolsones (modalidad de venta directa del productor al consumidor que busca evitar los intermediarios), aunque los talleres y las visitas de formación fueron suspendidas, marcando una cotidianeidad que se restringió a la unidad doméstica. Paula enfatiza este cambio. Su vida cotidiana antes de la pandemia estaba vinculada a tareas socio-comunitarias, siendo su quinta sede de un comedor donde se cocinaba, se repartía mercadería y se llevaban adelante talleres recreativos para niñxs y una escuela primaria de adultos. Estas actividades se suspendieron.

Al mismo tiempo, al igual que lo que sucedió en los barrios populares, algunas tareas específicas vinculadas a la alimentación se volvieron centrales, con un aumento de la demanda y nuevas estrategias de reparto y distribución. Debido al miedo al contagio se establecieron nuevos esquemas: las familias se organizaban para retirar alimentos en distintos días y muchas retiraban lo de las familias vecinas, para evitar al máximo posible la circulación y el contacto. En los casos en que las familias no podían acercarse, Paula y su compañero les llevaban las cosas en su camioneta. Esto significó negociaciones con los controles de seguridad que no los dejaban circular sin el permiso. Así, para las organizaciones comunitarias las 'entradas' fueron restringidas y se multiplicaron 'salidas' específicas en un circuito reducido, en un quedarse que tenía que conjugar el aislamiento con la garantía de la circulación de alimentos.

Gigante del Oeste: Redes Barriales y Circuitos de Proximidad

"No nos mudamos al Gigante del Oeste, al Gigante del Oeste lo inventamos nosotros", dice Dominga (54 años, docente) para referirse a la singular experiencia organizativa que derivó en la urbanización de clases medias autodenominada El Gigante del Oeste. Entre 2012 y 2015 el gobierno nacional lanzó un programa de crédito hipotecario conocido como Pro.Cre.Ar. El interés que generó el programa tras largas décadas de inquilinización de las clases medias, la magnitud de créditos otorgados que inicialmente aspiraban a alcanzar los 400,000 en todo el país y la nula regulación de los usos del suelo urbano, provocó que existieran beneficiarios del crédito sin lotes de tierra donde construir, y dio lugar a procesos de colectivización con suerte dispar en la búsqueda de vías alternativas para finalmente concretar el sueño de la casa propia (Ventura, 2020).

La 'invención' de El Gigante del Oeste es el resultado de 432 familias que se organizaron para conseguir tierra rural cerca de la ciudad para construir un barrio, lograron que el Municipio de La Plata modificara los usos del suelo y dotaron a ese suelo de los servicios y la infraestructura básica para la urbanización: apertura de calles, instalación de servicios de agua, luz y gas. Una vez alcanzados estos objetivos a finales del año 2015, lxs vecinos se involucraron en el diseño del barrio: lotearon el terreno de 22 manzanas, dejando espacio para una plaza pública y equipamiento comunitario, y distribuyeron los lotes entre las familias. Posteriormente, las familias comenzaron a construir sus viviendas y continuaron organizados tanto para resolver problemas comunes como para desarrollar actividades culturales y recreativas.

Como muchos otros lugares de la periferia, antes de la pandemia el barrio "se queda[ba] bastante vacío [durante el día] porque todos salían a trabajar. Es como que se da esa cuestión muy rítmica y que se nota mucho -describe con sensibilidad Brunela-. Ahora están todos acá, entonces le da otra movida en el barrio". Matilde (32 años, docente) cuenta que antes de la pandemia "estaba todo el día afuera, porque me iba temprano, cursaba, a la tarde trabajaba y volvía de noche", pero, tan pronto como se decretó el ASPO, "me quedo sin laburo, todo el día encerrada, obligada a estudiar". Sin embargo, esto facilitó la culminación de la carrera y la obtención de un empleo como docente en modalidad a distancia.

En relatos como el de Matilde se observa además un movimiento general de la vida cotidiana que va desde el impacto inicial del aislamiento en el domicilio y los cuidados durante gran parte del año hasta el progresivo relajamiento a medida que llegaba el verano y el inicio del año 2021. "Al principio fuimos muy estrictos con el aislamiento... No salíamos para nada. Salía mi marido una sola vez a comprar todo", relata Alicia (42 años, docente). Y agrega:

La primera vez que salimos fue en septiembre [de 2020]. Las chicas estaban muy mal, angustiadas y las dejamos que empezaran a verse con los amigos del barrio

Después del primer mes de aislamiento, mientras Brunela continuaba el trabajo a distancia que previamente realizaba en CABA, su marido retornó al trabajo presencial, aunque mantuvo una dinámica muy auto-controlada:

Del trabajo a casa durante un año entero, digamos, de no hacer otra vida que eso para cuidarse y cuidarnos también. Al principio, cuando le tocó salir otra vez, cuando llegaba se desnudaba todo, se iba a bañar enseguida, una paranoia terrible. Bueno, después uno empieza a relajar.

Para Brunela ese progresivo relajamiento también se dio en las relaciones entre vecinos:

Los primeros tiempos era como que no nos visitábamos. Nos mirábamos. Yo con mi vecina de al lado hablábamos a través de la reja [...]. Después los chicos empezaron a juntarse a jugar, así que instalamos nuestra 'burbuja barrial', o sea, acá en la manzana, con los amigos de mi nene.

Además de la creativa apropiación de las metáforas epidemiológicas que circularon durante la gestión de la pandemia, la idea de burbuja barrial esgrimida por Brunela condensa varios de los sentidos y las prácticas durante la pandemia en el barrio. Al respecto, resulta relevante señalar que todas las personas entrevistadas destacaron que fue una suerte que la pandemia los encontrara mudados de manera más o menos reciente (entre 2 y 5 años) a El Gigante del Oeste.

Esta valoración descansa en dos atributos del lugar: el entorno y las redes. Por un lado, son importantes los beneficios del entorno barrial -la naturaleza, el verde, el sol, lo abierto y espacioso, la disponibilidad de patio en las casas- para quedarse. "Si esto nos hubiese tocado donde vivíamos antes...", reflexionaba Pedro (53 años, productor cultural) quien, junto a Estefanía (trabajadora de la universidad), forma una familia de seis integrantes. "Es como un pequeño paraíso, porque estamos rodeados de campitos. Agradecimos que nos haya tocado estar acá". Por el otro, la experiencia de organización colectiva en el barrio genera una situación especial, como la describe Dominga, en la que "conoces a todos los vecinos" y tenés "confianza". En este sentido, las redes preexistentes, tanto presenciales como virtuales, se actualizaron durante la pandemia. "Tenemos una relación muy fluida con los vecinos, entonces hubo acompañamiento entre todos, las veces que hubo casos positivos en el barrio, hubo una organización como barrio para bueno, yo te hago el mandado, yo te llevo esto", relataba Matilde. Además de la colaboración a familias afectadas por la enfermedad, los grupos de WhatsApp barriales se activaron para colaborar con personas que perdieron su trabajo, generando un circuito barrial de comercialización de alimentos, cosmética y vestimenta.

La creciente centralidad del espacio barrial en las formas de habitar durante la pandemia se expresó en diversas escalas. A nivel urbano predominaron los circuitos de proximidad. Todos señalan la creciente importancia de realizar las compras en el mismo barrio y en zonas aledañas, así como el reemplazo del centro de La Plata por el centro comercial de la localidad próxima de Olmos. Asimismo, a escala doméstica, el estar en casa introdujo presiones, reorganizaciones y negociaciones en el grupo doméstico. "A nosotros es como que nos puso a prueba. Yo nunca había tenido una experiencia de vivir con alguien un año y pico 24x24", reconoce Pedro. La distribución de tareas, el uso de los espacios y de las computadoras y el hecho de estar todo el tiempo juntos propiciaron nuevos arreglos: modificaciones en las casas, nuevas prácticas como cocinar, cultivar, tejer o compostar, y múltiples aprendizajes. "Ahora -más de un año después del inicio de la pandemia- estamos mejor organizados" es una frase recurrente entre las personas que habitan el barrio.

Barrios Cerrados: la Renegociación del Adentro

El 27% de las urbanizaciones cerradas de La Plata se localizan en el oeste (Frediani, Rodríguez Tarducci y Cortizo, 2018). Entrevistamos a habitantes de cuatro urbanizaciones ubicadas sobre la ruta Provincial 2, que conecta a La Plata con CABA hacia el norte y con Mar del Plata hacia el sur. Para ellas, la mudanza a estos barrios antes de la pandemia había significado un quiebre en sus formas de habitar la ciudad: modificación de los circuitos cotidianos, mayor contacto con la naturaleza, incremento de distancia (y tiempo) respecto al centro, disminución del temor a ser víctima de un delito y debilidad de los nuevos lazos vecinales. Sobre esa trayectoria se montaron las transformaciones que trajo la pandemia. Para algunas personas el ASPO no implicó una pérdida de circulación urbana cotidiana, aunque impactó en la circulación nacional e internacional. Rosario cuenta que su marido tuvo una vida muy similar a la previa a la pandemia, con la excepción de los viajes anuales a Japón y a París.

A diferencia de quienes sólo estuvieron en aislamiento los primeros 20 días, encontramos a mujeres adultas que por no ser trabajadoras asalariadas modificaron parte de sus actividades cotidianas basadas en la recreación y la socialización. Para otras personas, en cambio, la entrada al ASPO implicó un relajamiento de sus rutinas, ya que comenzaron a prescindir del tiempo destinado a sus traslados habituales. Inés recuerda una exigida rutina semanal previa, días en los que salía de su casa alrededor de las 5:30 de la mañana y regresaba a las once de la noche. Repartía ese tiempo entre trabajo, estudios y socialización. Algo similar le sucedió a Rosario, quien describe sus días de semana previos a la pandemia como una 'locura' de desplazamientos por trabajo, ocio y actividades de su hijo. La experiencia del ASPO hizo que Rosario reconsiderara sus rutinas: ahora "disfrutamos más de acá, del adentro, me gusta la idea de estar acá dentro".

Independientemente de la forma en que el ASPO irrumpió en sus vidas, quedarse implicó negociaciones sobre quién podía entrar al barrio y cómo se habilitarían o restringirían esos ingresos. En estos contextos urbanos el porcentaje de población que posee casas de fin de semana y/o veraneo es alto. En el barrio de Griselda y Edgardo, por ejemplo, antes de 2020 había 11 familias de residencia permanente; luego el número ascendió a 140. En el de Daniel, antes de la pandemia solo 90 de los 400 lotes del barrio estaban ocupados, pero, a partir de marzo del 2020, esta tendencia comenzó a revertirse ya que "un montón de gente" se mudó al barrio al ver que "acá podían trabajar".

Esta dinámica no estuvo exenta de tensiones. Durante las primeras semanas del ASPO, Inés tuvo un conflicto con un vecino que, teniendo residencia permanente en Buenos Aires, se radicó en el barrio durante la pandemia:

estaba todo cerrado y aparece el flaco [...]. La administración tenía que explicar por qué de repente había entrado alguien que no estaba. ¿Y cómo entró? ¿Y por qué entró? ¿De dónde viene?

Asimismo, una vez decretado el ASPO, el uso de los espacios comunes fue una problemática en las urbanizaciones cerradas. Estaban quienes sostenían que al interior del barrio no debía cumplirse el aislamiento y quienes creían que los espacios comunes del barrio cerrado tenían que regirse por las restricciones estatales. En palabras de Inés:

veías gente corriendo, gente caminando, en la etapa en que vos no podías salir de tu casa [...]. Fue una discusión esta cuestión: es un barrio privado, pero los espacios comunes siguen siendo comunes y por consiguiente no podés salir. El barrio no es tu casa.

El conflicto fue resuelto mediante una encuesta en la que el 80% de lxs residentes se pronunció a favor de la utilización de los espacios comunes, flexibilizando las condiciones de aislamiento barrial.

Por otro lado, quedarse también implicó reordenar la vida cotidiana a nivel familiar. Hasta el 20 de octubre de 2020 lxs residentes de barrios cerrados debieron prescindir de los servicios de trabajo doméstico, reconfigurando las tareas de reproducción y cuidado. En su núcleo familiar Griselda absorbió las tareas de limpieza y cuidado que antes llevaba a cabo una trabajadora de casa particular, mientras que los varones tomaron las tareas de jardinería. Esto se replicó en la casa de Rosario, quien identifica dos momentos diferentes: el inicio del aislamiento, cuando no cumplía horario presencial en su trabajo y podía sostener las nuevas tareas, y cuando tuvo que retomar la pre-sencialidad y absorber las tareas de reproducción y cuidado se le hizo más dificultoso. "Ahí me quería matar", dice Rosario, que acudió a la Administración solicitando un permiso de ingreso para su empleada.

En síntesis, mientras no sufrieron la imposibilidad de salir de sus barrios, tuvieron problemáticas comunes respecto a los límites para entrar al barrio que rigieron tanto para sus familiares y amigxs como para propietarixs no residentes y trabajadorxs de casas particulares. Una figura intermedia entre la es-tatalidad y lxs vecinxs, la administración, fungió de gestora en las tensiones que surgieron a nivel barrial durante el aislamiento.

Salir

En este artículo mostramos que el lugar importa: la pandemia es un proceso situado. La periferia como lugar y las políticas públicas que buscaron regular sus flujos modularon la experiencia de la pandemia. Asimismo, en tanto lugar heterogéneo, se evidencia una experiencia diferencial de la pandemia en el oeste. El análisis de las prácticas espaciales de entrar, salir y quedarse en cada uno de los tipos socio-residenciales buscó captar estas diferencias y desigualdades. A la irrupción de la pandemia y a la abrupta interrupción del flujo de la vida cotidiana por las medidas de aislamiento, le siguió un período prolongado, cambiante y diferencialmente vivido. Las distintas ecuaciones en cada espacio residencial señalan tanto la tendencia a una mayor centralidad de los espacios barriales en el habitar como las desiguales condiciones y heterogéneos arreglos para atravesar la pandemia.

La salida de la pandemia aparece como un horizonte deseado e incierto, probable y riesgoso. Las personas entrevistadas cifran esa salida en el desplazamiento metafórico de lo vacío a lo lleno: "de ver el colectivo prácticamente vacío a volver a viajar con el colectivo lleno, la gente parada", relataba Martín. Calles, comercios, escuelas, gimnasios y plazas primero se vaciaron y ahora están volviendo a llenarse. "Al principio tenía esperanza de que algunas cosas fuesen distintas", dice Pedro, "pero ya me doy cuenta ahora que todo está como volviendo a la normalidad, a un ritmo habitual". Y precisamente esta constatación genera sentimientos ambivalentes. "Ahora sería como una pospandemia desdibujada", sostuvo Alicia, conjugando la pandemia en pasado, mientras relataba:

El otro día tuve que ir al centro a hacer un trámite y explotaba calle 12. Me pongo nerviosa de que haya tanta gente [...]. Muchas cosas no aprendimos. Yo pensé que la pandemia iba a ser el gran momento de enseñanza y transformación y volver a ver todas esas cuestiones, como que me angustió un poco, digamos. No me angustió el aislamiento, digamos, pero si el retorno.

La pandemia es un proceso abierto y la salida un interrogante difícil de responder: más o menos probable, más o menos próximo, más o menos transformador. Los dilemas de las personas entrevistadas sobre la salida y el desengaño que transmiten algunas de ellas sobre las capacidades de aprendizaje y las posibilidades de transformación de la vida urbana nos alertan sobre las inercias de los procesos urbanos en un entramado social desigual.

Referencias

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[1]Este artículo es resultado del proyecto "Flujos, fronteras y focos. La imaginación geográfica en seis periferias urbanas de la Argentina durante la pandemia y la pospandemia del COVID19", dirigido por el Dr. Ramiro Segura y financiado por la Agencia Nacional de Promoción Científica, Tecnológica e Innovación Productiva en el marco de la Convocatoria PISAC-COVID-19 "La sociedad argentina en la Postpandemia"

Autores

Ramiro Segura Lic. en Antropología y Dr. en Ciencias Sociales. Investigador independiente del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET). Profesor titular de Estudios Sociales Urbanos en la Escuela Interdisciplinaria de Altos Estudios Sociales de la Universidad Nacional de San Martín y de Introducción a la Teoría Social en la Facultad de Trabajo Social de la Universidad Nacional de La Plata, donde dirige el Laboratorio de Estudios en Cultura y Sociedad (LECyS).

Florencia Musante Lic. en Sociología. Becaria doctoral del CONICET con lugar de trabajo en el Instituto de Investigaciones en Humanidades y Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de La Plata (IdIHCS/UNLP). Auxiliar docente en la Facultad de Trabajo Social de la Universidad Nacional de La Plata, donde también integra el Laboratorio de Estudios en Cultura y Sociedad (LECyS).

Jerónimo Pinedo Lic. en Sociología, Mg. y Dr. en Ciencias Sociales. Profesor Adjunto de Análisis de Sociedad Argentina en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad Nacional de La Plata, donde también se desempeña como Secretario de Extensión e investigador del Instituto de Investigaciones en Humanidades y Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de La Plata (IdIHCS/UNLP).

Violeta Ventura Lic. en Sociología y Dra. en Estudios Urbanos. Becaria postdoctoral del CONICET con lugar de trabajo en el Laboratorio de Estudios en Cultura y Sociedad (LECyS) de la Facultad de Trabajo Social de la Universidad Nacional de La Plata. Auxiliar docente en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad Nacional de La Plata.

Cómo citar este artículo: Segura, R; Musante, F.; Pinedo, J; Ventura, V. (2022). Formas de habitar la periferia durante la pandemia. Entrar, quedarse y salir. Bitácora Urbano Territorial, 32(III): 253-266. https://doi.org/10.15446/bitacora.v32n3.99770

Recibido: 29 de Noviembre de 2021; Aprobado: 15 de Marzo de 2022

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