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Revista Colombiana de Antropología

Print version ISSN 0486-6525

Rev. colomb. antropol. vol.53 no.1 Bogotá Jan./June 2017

 

Artículos

¿Trascender la “construcción de identidades”? Identificación, imagen social, pertenencia1

Martina Avanza1  , Gilles Laferté2 

1 Faculté des Sciences Sociales et Politiques, Université de Lausanne, Lausana, Suiza Martina.Avanza@unil.ch

2 Institut National de la Recherche Agronomique (INRA) - Centre d'Economie et de SociologieApliquées a l'Agriculture et aux Espaces Ruraux (CESAER), Dijon / Centre Maurice Halbwachs, París, Francia, gilles.laferte@dijon.inra.fr

El presente análisis crítico no busca discutir textos sobre un mismo tema. Más bien propone articular una serie de trabajos con distintos puntos de vista2: un texto teórico de Rogers Brubaker; los estudios sobre la sociohistoria de la burocracia desde el Antiguo Régimen a nuestros días, reunidos por Gérard Noiriel; una sociología de las imágenes regionales del siglo XVIII al XX, realizada por Jean-Claude Chamboredon y Annie Méjean, así como una etnografía de los jóvenes rurales en los campos contemporáneos por Nicolas Renahy. A partir de estos textos deseamos revisitar diversas nociones que los caracterizan: identificación, en los textos de Noiriel; imagen social, en aquellos de Chamboredon y Méjean; y pertenencia, en los de Renahy. Nuestro interés es mostrar que estas nociones, si se toman en conjunto y no aisladamente, permiten superar el concepto tan problemático de identidad.

Nuestra insatisfacción con este término, incluso en su concepción constructivista -la más legítima científicamente (la construcción de identidades)-, proviene sin duda de una generación científica que podríamos denominar como “los hijos críticos de la revolución constructivista en las ciencias sociales”, o al menos de los usos rutinarios de la temática de la construcción social. Nuestro propósito se fundamenta en una reflexión colectiva de jóvenes investigadores, durante cuatro años, realizada en el marco de un seminario3. Si bien partimos de terrenos muy diferentes (Avanza 2003, s. d.; Fontaine s. d.; Hodack 2004; Laferté 2002; Mariot 1999; Zalc 2002), compartimos un malestar por el vocabulario dominante utilizado para presentar la inscripción de individuos y grupos en los territorios: identidad, patrimonio, tradición y memoria. Este conjunto de palabras parece captar demasiadas cosas a la vez, privándonos de herramientas de descripción más finas. Pero fue el término identidad, aquel que contaba y cuenta aún con una gran popularidad, el que concentró más claramente nuestra inconformidad colectiva. Partiendo de esto y de las reflexiones comunes que ha suscitado, este artículo tiene un triple objetivo.

Siguiendo a Rogers Brubaker, el primer objetivo es ampliar el análisis de los problemas políticos y científicos que implica hoy en día la utilización del concepto de identidad en las ciencias sociales. Insistiendo en los avances que permitió la literatura sobre la “construcción de identidades” desde los años ochenta, haremos hincapié en los obstáculos contemporáneos a los que ha conducido una rutinización relativa de esta problemática. El segundo objetivo es proponer tres conceptos alternativos al de identidad, producidos y controlados por las ciencias sociales durante los últimos veinte años: identificación, imagen y pertenencia. Estos conceptos permiten delinear los fenómenos sociales que el término identidad agrupa en su indeterminación. Finalmente, el tercer objetivo es sugerir nuevas pistas de investigación mediante la articulación de estos tres conceptos.

El doble sentido de la identidad: la denuncia esencialista de los constructivistas

Según Rogers Brubaker, la noción de identidad fue forjada en Estados Unidos en los años sesenta, principalmente en torno a la obra La construction sociale de la réalité de Peter Berger y Thomas Luckman ([1966] 1986) y los trabajos de Erving Goffman ([1963] 1975). Es en ese momento cuando esta noción adquiere una consonancia constructivista e interaccionista. La identidad es construida, no es un estado dado. Pero, más allá de una exigencia científica, la noción de identidad también ha sido forjada en un contexto político preciso dominado por reivindicaciones identitarias (como aquellas del movimiento afroamericano de las Panteras Negras) que ha fijado la noción. En estos usos comunes, para que la reivindicación que esta noción encarna se imponga en la esfera pública, no se trata de presentar su identidad como una construcción sino como un hecho intangible e innegociable. Esta comprensión implica que no haya un actor productor de identidad. En este lenguaje común, la identidad preexiste y sirve para expresar lo que en uno o en los otros no cambiaría.

Esta percepción fijadora de la identidad no es exclusiva del campo político. Según Rogers Brubaker, también se utiliza en ramas importantes de la literatura científica sobre el sexo, la raza, la pertenencia étnica y el nacionalismo. La noción de identidad es empleada de una manera reificante. Brubaker señala la polisemia de este término entre una versión “fuerte” y una “débil”, que él clasifica implícitamente entre un “mal esencialismo” de los actores políticos y de un sector de los científicos y un “buen constructivismo” de los científicos rigurosos.

Si la crítica de Rogers Brubaker se dirige sobre todo a la literatura anglosajona en el contexto político norteamericano, podríamos decir lo mismo en Francia donde encontramos, desde los años setenta, este conflicto entre usos comunes y usos científicos y entre concepciones fuertes y débiles de la identidad en los mundos académicos. Del lado de la versión fuerte de la identidad, denunciada por los constructivistas como una concepción esencialista -se trata de una denuncia puesto que nadie se reivindica como esencialista (Hacking 2001, 35)-, el término identidad es utilizado por los movimientos regionalistas que exaltan una “reivindicación identitaria”. La noción sirve para decir y fijar particularidades afirmando una continuidad histórica, una cultura “más verdadera”, más auténtica, más antigua, más profunda que la “cultura nacional” calificada como artificial4.

Pierre Bourdieu (1980) reaccionó contra lo que percibió igualmente como el esencialismo de los movimientos regionalistas. Para él, las identidades deben comprenderse en una lucha de poder donde lo que está en juego, en el control de un idioma que es más performativo cuando el hablante ocupa una posición de autoridad, son la definición y el control de las fronteras y de los grupos sociales. Las instituciones y los agentes que, gracias a su posición en una estructura social logran imponerse en esta forma particular de lucha de clasificación, disponen de la capacidad para hacer y deshacer los grupos.

Al principio de los años ochenta la palabra identidad encarnó, en un mundo científico más o menos cercano a Pierre Bourdieu, una renovación constructivista e historicista de las ciencias sociales que sobrepasó el antiguo concepto de cultura, percibido en aquel entonces como ahistórico y poco sociológico. Los trabajos de Anne-Marie Thiesse (1991, 1997, 1999) sobre las identidades regionales y nacionales, cuya matriz conceptual nació en esos años (Anderson [1983] 1996; Gellner [1983] 1989; Hobsbawm y Ranger 1983), representan, desde nuestro punto de vista, los beneficios heurísticos de esta noción. Con trabajos sobre las estrategias de los actores, la producción de discursos relacionados con la región y la nación -que demuestran la historicidad de un modelo de construcción cultural de la nación desde el siglo XIX, producido principalmente en los mundos eruditos (el check list5 identitario compuesto por un idioma, una bandera, un folclor, una música, una gastronomía), y que señalan, mediante un amplio estudio comparativo, la difusión diferida de este modelo en Europa-, Anne-Marie Thiesse y otros intelectuales (Bertho-Lavenir 1980; Guillet 1999; Martel 1992) han realizado toda una línea de trabajos sobre la nación y la región que desnaturalizan lo que en otros tiempos se percibió como realidades atemporales.

Sin embargo, los usos científicos del concepto no están del todo unificados. Lo demuestra ante todo el seminario La identidad, de Claude Lévi-Strauss, que conduce a un impase: la identidad sería “una especie de hogar virtual al cual uno se refiere para explicar ciertas cosas, pero que no tiene una existencia real” (Lévi-Strauss 1977, 332). Y, más aún, la publicación de Identité de la France de Fernand Braudel (1986), ampliamente criticada como esencialista (Noiriel 1988, 50-67). Aún hoy encontramos estas tentativas reificantes en derivados como regionalidad (Dossetto 2003) o basquiedad (Bidart 2003). De este modo, la constatación establecida por Rogers Brubaker para Estados Unidos se aplica para Francia. Ya sean opuestos entre los usos comunes y científicos, o entremezclados en el seno mismo de los mundos académicos, los sentidos del término identidad parecen demasiado ambiguos y distantes para satisfacer las exigencias del análisis científico.

Pero nuestra intención es ir más allá en la crítica y mostrar que incluso los usos constructivistas más rigurosos, ampliamente dominantes hoy en día en las ciencias sociales, también son problemáticos.

Los límites políticos y analíticos de la “construcción de identidades”

Para distanciarse del sentido común y asegurarse de que las identidades son un producto social e histórico -como podemos decir de las nociones de tradición, memoria o patrimonio-, una de las vías posibles consiste en redinamizar estas nociones inscribiéndolas directamente en un proceso. Es el caso de varios autores que utilizan expresiones como política de memoria (L'Estoile 2001), construcción de identidades (Thiesse 1999), fábrica de lugares (Dossetto 2000), emprendedor de identidad (Saada 1993) o creadores de tradiciones (Dimitrijevic 2004). De igual modo, el proceso está representado por la agregación de un sufijo, como con patrimonialización (Rautenberg et al. 2000). Sin embargo, aunque estas expresiones constructivistas eviten ciertas dificultades, conllevan otras nuevas que podemos presentar en tres formas: una postura denunciadora de las consecuencias políticas nefastas; un obstáculo epistemológico que prioriza la percepción desde el punto de vista de la producción de “identidades”, en detrimento de su recepción y de su apropiación, y un desencanto relativista que descuida la institucionalización de lo social.

Una postura denunciadora

Al hablar de “invención de tradiciones” o de “construcción de identidades”, es decir, al asociar los términos que hacen referencia a dos concepciones opuestas: en primer lugar, a lo inmutable, lo espontáneo, lo íntimo e incluso lo sagrado -para la identidad, la memoria y la tradición-, y en segundo lugar a la construcción, la invención, la política, la fábrica, estas formulaciones constructivistas producen un choque de términos. Ambas perspectivas, separadas irremediablemente, hacen pasar rápido por “falsas” las identidades, las tradiciones o las memorias analizadas por el investigador (Cavazza 2003, 113). Al decirles a los encuestados que su identidad es construida o es el fruto de una estrategia, esta percepción corre el riesgo de ser comprendida como una impostura, puesto que ellos mismos la consideran como natural (Jackson 1989). Esto conduce a ciertos investigadores a ignorar conscientemente el punto de vista indígena (Handler 1985).

Esta cuestión es en particular delicada en los contextos coloniales y poscoloniales, donde los partidarios de la “invención de la tradición” o de la “construcción de identidades” han sido acusados de diseminar la dominación de los blancos y de socavar la legitimidad cultural de las élites indígenas (Briggs 1996). En Oceanía, por ejemplo, de 1970 a 1980, periodo marcado por el paso a la independencia de nuevos Estados y por la radicalización de los movimientos nacionalistas, la legitimidad de las luchas anticoloniales se basó en los discursos identitarios que revalorizaban las “tradiciones” de los habitantes de este continente insular. El antropólogo Roger Keesing (1989) fue el primero en estudiar este proceso en términos de la “invención de la tradición”. Sus trabajos suscitaron vivas críticas en Oceanía, entre ellas la de la antropóloga hawaiana Haunani-Kai Trask (1991), quien postulaba que los antropólogos blancos “buscan privarnos del poder de definir quiénes somos, lo que somos y cómo debemos actuar política y culturalmente” (162). Para Trask esta deslegitimación tiene consecuencias muy concretas: ella afirma que la marina militar norteamericana utilizó los trabajos de la antropóloga Jocelyn Linnekin (1983) sobre la invención de la tradición hawaiana para justificar las operaciones de bombardeo a la isla de Kaho'olawe. Los activistas indígenas intentaban oponerse a los entrenamientos militares norteamericanos afirmando que esta isla tenía un significado identitario particular, pero dado que sus tradiciones eran inventadas, este argumento no fue tenido como válido. Así, el riesgo político de los análisis en términos de “construcción de identidades” es de considerar que, puesto que todo es “socialmente construido”, nada es esencial e inevitable; todo puede destruirse y revisarse. El concepto de construcción social sería entonces la herramienta “irónica” de desvelamiento, e incluso de negación de la realidad de cuestiones sociales indeseables (Hacking 2001).

Un obstáculo epistemológico

Estas desafortunadas incidencias políticas se refuerzan con dificultades analíticas. La mayoría de investigaciones que hablan hoy en día de la construcción de identidades se limitan al análisis de discurso. Esto es típicamente el caso en el estudio del regionalismo en Francia. En primer lugar, cabe reconocer los trabajos que rompen netamente con la historiografía de los años setenta, que está impregnada de un estudio de la conciencia regional y de los particularismos locales (Région et régionalisme... 1976). A partir de una crítica a esta corriente (Charle 1980), los trabajos realizados desde los años ochenta se concentran principalmente en los textos de eruditos, escritores y folcloristas que construyeron el imaginario regional del siglo XIX al XX (Bertho-Lavenir 1980; Guillet 1999; Thiesse 1991). Estos trabajos pioneros privilegian el vocabulario de la imagen, de la representación, del estereotipo y utilizan con prudencia el vocabulario de la identidad. Sin embargo, estos autores hablan rápidamente de la “invención de Bretaña” (Bertho-Lavenir 1980) o incluso del “nacimiento de Normandía” (Guillet 1999), para dar a entender que el discurso bastaba para hacerlos realidad y olvidando cuestionar la recepción de estos discursos dentro de diversos grupos sociales. En pocas palabras, estas fórmulas son casi “demasiado” constructivistas. A lo largo del tiempo, este campo de estudio ha utilizado abundantemente el vocabulario de la identidad ya que se trataba en esencia de trabajos que analizaban la temática de las representaciones. Si se retoma este modelo, bastaría con analizar las categorizaciones realizadas por las administraciones, los historiadores locales, los geógrafos vidalianos6 o las guías turísticas, como las “identidades del país en Touraine del siglo XVI al siglo XX” (Schweitz 2001).

La misma palabra identidad, que designa comúnmente tanto la construcción de un discurso -a menudo por las élites- como la autoafirmación individual, conduce con frecuencia al investigador a confundir los discursos de las instituciones de control con las prácticas de los identificados. Ahora bien, nos parece que, hasta que las “identidades producidas” no sean interiorizadas y reapropiadas como autodefinición de sí por las mismas poblaciones a quienes se les impone, no podemos hablar de identidad ni de tradiciones, sino simplemente de imagen de grupo. Es decir, de una imagen constituida por los emprendedores que se hacen pasar por representantes del grupo. De este modo, el vocabulario de la identidad funciona como un obstáculo epistemológico ya que se posiciona principalmente del lado del discurso, de la producción, prescindiendo del estudio de las prácticas, de la interiorización, de la recepción de discursos y de las representaciones.

Ahí reside todo el aporte de los trabajos de Anne-Marie Thiesse (1997) en Ils apprenaient la France, y de Jean-François Chanet (1996) sobre la escuela republicana, que detallan la maquinaria de la institución estatal encargada de inculcar los discursos ampliamente conocidos sobre la región, a través del estudio de la pedagogía, los manuales escolares y la sociología de los maestros. Estos muestran que los discursos sobre la identidad regional no han sido asimilados ni adoptados mágicamente por los supuestos bretones, normandos, etc.; las instituciones de control se han encargado de difundirlas y prescribirlas. Estos procedimientos analíticos siguen siendo muy escasos, y es por esto que la historia del regionalismo es aún esencialmente una historia de representaciones elitistas del territorio.

Un desencanto relativista

En las investigaciones sobre la construcción de las identidades, el investigador se satisface rápidamente con una fórmula que valoriza su capacidad de desvelamiento del invisible social (uno cree estudiar una tradición milenaria, pero en realidad se trata de una creación contemporánea) en detrimento de dos aspectos: por un lado, del análisis que busca hacer comprensibles las acciones de los actores y sus argumentos y, por otro, de una explicación de las transformaciones sociales. Ahora bien, como lo señalan Christine Hamelin y Éric Wittersheim (2001):

[...] en lugar de empeñarse en denunciar la ilusión de continuidad entre el presente y el pasado que enmarcan las tradiciones, cabe preguntarse si la antropología no debería interesarse en eso que hace esta continuidad tangible, concebible e incluso legítima para los mismos actores sociales. (11-23)

En pocas palabras, ahora que nosotros concebimos que todo es construido, se trata más bien de comprender cómo una nación, región o etnia, así sea inventada, pudo afirmarse como principio de definición de sí para un grupo de individuos.

Al suscribir la creencia de un todo construible/deconstruible, no podemos comprender eso que, en la actividad social, es percibido como un orden natural, cristalizado. Nivelamos así las jerarquías inherentes a lo social, cayendo en un desencanto relativista donde lo social pierde su rigidez y limitación. Como lo señala Rogers Brubaker, si la identidad es fluida, construida y múltiple, entonces ¿cómo explicar el poder y el pathos de la “política identitaria”? ¿Por qué no puede uno inventar en cualquier lugar y rápidamente una región, una nación o una etnia? ¿Por qué la proclamación continua de la identidad europea deja siempre la definición de sí como europea tan débil frente a los europeos mismos?

Para medir las posibilidades de construcción de un grupo o de un territorio, para comprender por qué ciertos discursos identitarios calan y otros no, es necesario retomar una comprensión institucionalizada del mundo social teniendo en cuenta varios elementos y, ante todo, el peso de las instituciones políticas. Es evidente que un discurso identitario llevado a cabo por una institución fuerte como el Estado, a través de poderosos instrumentos de inculcación, como la escuela, tiene más posibilidades de afirmarse, de “calar” dentro de lo social, que un discurso promovido por emprendedores que no cuentan con un apoyo institucional. Es necesario también tener en cuenta la estructura socioeconómica ya que esta contribuye a la determinación de identidades. Por ejemplo, la nacionalización de la sociedad francesa, principalmente el establecimiento de la categoría de extranjero en oposición a la categoría de nacional, es una consecuencia de la regulación del mercado de trabajo para las industrias (Noiriel 1988). Incluso la identificación de pequeños comerciantes extranjeros en Francia está directamente ligada a la crisis económica de los años treinta (Zalc 2002). Finalmente, es importante considerar la autoridad social de los individuos o los grupos que están en el origen de estos discursos identitarios. A esto invitaba Pierre Bourdieu cuando precisaba que el análisis de discursos sobre la región no valía nada si no se tomaba en cuenta la autoridad social del hablante (Bourdieu 1980, 66). Es evidente que el poder de hacer y deshacer los grupos no está distribuido de manera homogénea y las élites (se requiere precisar cuáles: culturales, económicas, políticas7) lo monopolizan a menudo cuando estos grupos populares se encuentran desprovistos de él.

Por esto es importante medir la capacidad discursiva de la construcción de lo social en términos de estructuras sociales8, o de eso a lo que Émile Durkheim llamaba las instituciones sociales9. Una buena medida constructivista sería un constructivismo institucional y estructural. Ahora bien, el término identidad, por su amplia polisemia, hace muy a menudo abstracción de un análisis profundo sobre las instituciones sociales. Para abordar igualmente la cuestión de la apropiación de los discursos y de las prácticas identitarias en las poblaciones designadas, nos parece indispensable delinear los sentidos de la “identidad” con el fin de especificar distintos procesos sociales.

Especificar los múltiples sentidos del término identidad

¿Qué pistas se pueden seguir para continuar la descripción en concepto (Passeron 1995) del mundo social? Retomando una distinción clásica, podemos referirnos a dos tipos de conceptos: por un lado, las categorías indígenas o aquello a lo que Pierre Bourdieu llama las categorías de la práctica y, por otro, las categorías científicas, el lenguaje común de los científicos profesionales, a las que podemos llamar, junto a Paul-André Rosental, los conceptos autorreferenciados (Rosental 2002).

Como lo indica Rogers Brubaker, antes de ser un término científico, identidad es una palabra clave en el lenguaje vernáculo de la política contemporánea. Siguiendo los consejos de Max Weber que proponía abandonar los conceptos oscuros, donde la opacidad resulta de su doble estatus de instrumento de análisis y de arma para la lucha política (Weber 1965, 206-210), nos parece preferible reservar el término de identidad como una categoría de la práctica y abandonarla definitivamente como categoría científica. El paso de un término al estatus de concepto indígena supone seguir con una actitud comprehensiva los múltiples usos del cual es objeto. Es necesario, entonces, que en el trabajo de campo y en los archivos se observe con rigor la palabra identidad (Clifford 2000), incluso la diversidad de sentidos que le otorgan los encuestados.

Pero, para el análisis y la comparación de trabajos de campo, encontramos conceptos autorreferenciados en las tradiciones más unificadas en la disciplina. Antes de nosotros, Rogers Brubaker propuso los términos que podrían sustituir al de identidad pero que, desgraciadamente, nos parecen poco pertinentes en el contexto científico francófono. Se necesitaría reemplazar identidad por tres grupos terminológicos: identificación y categorización, autocomprensión y localización social y comunalidad, conexidad, grupalidad (estos grupos se encuentran también subdivididos). Sin entrar en el detalle de las definiciones de Brubaker, nos parece que tal multiplicación torna el léxico difícilmente utilizable. Más aún, el sentido de estos términos, ampliamente distanciados del lenguaje común, es muy poco intuitivo, lo que puede conducir a futuros malentendidos. En fin, y es sin duda el argumento central para rechazar esta propuesta conceptual, se trata de formalizaciones concebidas por la literatura anglosajona y muy poco utilizadas en Francia. Exceptuando los términos de identificación y de categorización, sobre los cuales nosotros adherimos parcialmente a los análisis de Brubaker, los términos comunalidad, conexidad, grupalidad o localización social no sugieren ninguna filiación científica a los investigadores francófonos. Estos se encuentran suspendidos en una especie de vacío científico. Ahora bien, todo el interés de los conceptos autorreferenciados es justamente convocar a una tradición científica identificable para que el lenguaje científico sea rápidamente comprensible entre los colegas10. El lenguaje científico debe ser simple y posicionado. Desde nuestro punto de vista, y al menos en el contexto científico francófono, los tres conceptos de identificación, imagen social y pertenencia, con los cuales deseamos especificar las indeterminaciones de la palabra identidad, responden a estas exigencias.

Identificación

Como lo precisa Rogers Brubaker, identificación es un término desprovisto de las connotaciones reificantes de la identidad, ya que este implica un proceso (y no un estado) siempre incierto. El resultado de estas luchas de identificación no es una identidad fija, ya que esta se encuentra reproducida y es renegociada constantemente. En Francia, el término está ampliamente asociado a los trabajos de Gérard Noiriel sobre la identificación de los ciudadanos nacionales y extranjeros (Noiriel 1991, 155-180; 1993; 1998). Los usos múltiples que se han hecho de este, en el contexto hexagonal, han conservado la unidad inicial del término, que se inscribe principalmente en una sociohistoria del Estado. De hecho, el coloquio que discutimos aquí se titula “L'identification des personnes. Genèse d'un travail d'Etat” (“La identificación de personas. Génesis de un trabajo de Estado”). Para ser aún más específicos, el concepto remite a una sociología del poder burocrático a través del análisis, en primer lugar, del trabajo de categorización efectuado por el derecho y, en segundo lugar, a las técnicas administrativas y policiales de control a distancia de las poblaciones. Las identificaciones así producidas determinan las categorías de quienes tienen derechos: un nacional tendrá el derecho de votar mientras que un extranjero no. Las prácticas policiales, los censos y las clasificaciones estadísticas de poblaciones, el estado civil, las actas de matrimonio y copias de prueba, los sellos, los papeles de identidad, la producción estadística, los archivos informáticos son los temas privilegiados de dicha perspectiva que se concentra en estos procesos prácticos y técnicos como los procesos de “certificación de identidades”. Múltiples autores que contribuyeron al coloquio retoman canónicamente esta línea de investigaciones: Ilsen About aborda la cuestión de la identificación de criminales durante los siglos XIX y XX, a través de la constitución del archivo central del servicio de identidad judicial; Clifford Rosenberg se concentra en el carné antropométrico de los nómadas y la tarjeta de residencia de los extranjeros; Pierre Piazza detalla la puesta en práctica de la primera tarjeta de identidad (“Vos papiers” 2004) y John Torpey (2005), la del pasaporte.

Uno de los aspectos en juego con el término identificación es su posible difusión a otros objetos. Esta extensión parece particularmente bien manejada en el análisis del Antiguo Régimen (Denis y Milliot 2004). En el Siglo de las Luces, al momento de realizar un viaje, y para evitar ser confundidos con los mendigos y los vagabundos, los trabajadores mostraban papeles a la policía que comprobaban su pertenencia a la comunidad local. Estos certificados, emitidos por el cura de la parroquia, por los empleadores de los obreros o por las autoridades locales (gobernador, intendente, teniente general de la policía), eran distribuidos por las autoridades que conocían directamente a la persona y su estatus. Los autores analizan cómo una identificación directa de las autoridades locales fue transmitida a distancia a otras autoridades por el mismo interesado, sobre la fe en un documento. Todo el trabajo de certificación de este documento podía entonces comenzar por parte de las autoridades, con su corolario, el trabajo de producción de los documentos falsos. Para Gérard Noiriel, este periodo de control es percibido como el origen de un movimiento generalizado de identificación a distancia que tiene su apogeo bajo el gobierno de Vichy. El horizonte burocrático del Estado en el Antiguo Régimen fue lo que permitió esta utilización abierta del concepto de identificación (“Vos papiers” 2004, 2-3). Los autores que aplican esta problemática a otros periodos emprenden una historia a contracorriente, partiendo de la búsqueda de categorizaciones jurídicas y premisas burocráticas y administrativas, incluso en periodos antiguos. Así es en las conferencias de Jean-Marie Bertrand sobre la identificación de personas en las ciudades griegas o de Julien Morsel sobre el periodo medieval (“L'identification des personnes” 2004).

Sin embargo, el Estado no detenta el monopolio del poder burocrático: los sindicatos, los partidos, los organismos sociales y aun las grandes empresas multiplican las prácticas identificadoras. Abrir el espectro de instituciones identificadoras permite comprender las múltiples identificaciones entre organizaciones competidoras, incluso dentro de una misma organización con diversos servicios e instituciones. Brubaker sugiere que la multiplicidad de las instituciones identificadoras ha sido bien estudiada en la literatura anglosajona. Así lo revela el estudio de Charles Tilly (1998), quien demostró que la categorización cumple una función organizativa crucial en todos los tipos de contextos sociales: familias, empresas, escuelas, movimientos sociales, etc.

Pero entonces, ¿hasta qué punto puede uno extender el uso del término identificación? ¿Es necesario limitar su empleo a las organizaciones burocráticas -incluso cuando estas no sean estatales-, como los partidos políticos, que contabilizan y administran a sus “miembros”, o las grandes empresas, que tienen archivos de personal? ¿O puede uno extender el uso del término identificación a grupos sociales que se basan en el conocimiento mutuo, dentro de los cuales el control no se efectúa a distancia (mediante técnicas burocráticas) sino a través de interacciones entre sus miembros? ¿El grupo de parentesco, o el grupo de colegas, pueden producir identificaciones? Comprendemos la dificultad de determinar cuál es la institución identificadora, aun cuando no existe técnica escrita de identificación. De igual modo, la determinación de quiénes tienen derechos, que está en el centro de la producción de la identificación burocrática, deviene menos legible en un marco más extendido de la noción. Sin embargo, desde nuestro punto de vista, el debate se beneficiaría al dirigirse más frontalmente a la extensión del término. Nosotros formulamos la hipótesis de que la identificación podría integrar toda acción social en la que la atribución identitaria sea exterior y se ejerza sobre un individuo, en el marco de una institución social, según una técnica codificada.

Una de las hazañas del uso francés del concepto es reducir la polisemia del verbo identificar, reservando el vocablo identificación a una situación en la que el identificador es exterior y se encuentra fuera de la interacción. El riesgo que corremos al extender la noción hacia la identificación directa es la participación del individuo, en el marco relacional del cara a cara, en su propia identificación. Ahora bien, es importante mantener reservas en cuanto a las utilizaciones más individualizadas de la identificación, en el sentido de “identificarse con”, que también se emplea en la literatura anglosajona y que es retomada por Rogers Brubaker. Entrar en la lógica de la autoidentificación supone comprender la apropiación de las categorías identificadoras por los grupos sociales, lo que recubre un proceso bien diferente de un etiquetado social externo. Comprender la autoidentificación obliga a tomar en cuenta las trayectorias individuales y sus diversas socializaciones, en una palabra, las pertenencias de los grupos sociales. Desde nuestro punto de vista, la autoclasificación de los individuos depende de una lógica de pertenencia.

Imagen social

El segundo concepto autorreferenciado con el que podemos sustituir el término de identidad es el de imagen social. Infortunadamente, este concepto no tiene el mismo peso científico que el de identificación, en la medida en que su texto fundador (Jean-Claude Chamboredon y Annie Méjean, “Récits de voyage et perception du territoire: la Provence. XVIIIe-XXe siècle”) solo fue difundido en un espacio reducido.

Realizada en el momento de la relectura constructivista del concepto de identidad, esta investigación alertaba desde entonces sobre las dificultades de este “concepto oscuro”. Para restituir las distintas problemáticas de la identidad local, los autores prefieren distinguir una “lógica de la representación”, la “construcción de las imágenes” y una “lógica de la pertenencia” (Chamboredon y Méjean 1985, 63). Estos autores diferencian netamente, por un lado, la producción de estereotipos y de simbología homogeneizantes, por parte de algunos agentes dominantes que organizan la percepción de los territorios y de los grupos; y, por otro lado, una lógica del individuo, del autóctono, en la cual las relaciones con un colectivo o un territorio son muy variables según sus múltiples socializaciones. De este modo, el concepto de imagen concierne al estudio de la producción social de los discursos, de símbolos de los grupos y los territorios, de la lógica “publicitaria” -en el sentido de volverlo público-, e incluso de la politización de los grupos y territorios. Las guías de viaje y las guías turísticas constituyen el material científico privilegiado de los estereotipos sobre un territorio. Si la sociología de la identificación es una sociología de la práctica administrativa que necesita los archivos de las administraciones, la sociología de la imagen se concentra, por su parte, en un análisis de las categorías discursivas, a partir de documentos impresos y de un análisis sociológico de los hablantes.

En lo relativo a la imagen de la provincia, Jean-Claude Chamboredon y Annie Méjean detallan la evolución de los estilos de percepción sobre un territorio según los periodos y las categorías sociales. Ellos distinguen, en el siglo XIX, al menos cuatro percepciones que, por depuración, convergen para conformar una misma mirada turística codificada en las guías de comienzos del siglo XX. Primero que todo, el viaje mundano, marcado por una sociabilidad burguesa en la sociedad local, desaparece a medida que la separación entre el espacio social turístico y el espacio local fue haciendo de la representación turística una percepción exterior, extranjera y contemplativa. De igual modo, el viaje del agrónomo-economista, preocupado por el estudio de los recursos del país, decae ante la institucionalización de la burocracia y el uso de estadísticas especializadas en la observación de los datos. De hecho, la autonomización de la ciencia libera al viaje erudito de sus consideraciones académicas. Aun así, la representación turística guardará del viaje erudito un gusto preetnográfico por el folclor, la cocina, las costumbres y el hábitat. Es el viaje artístico que fabrica la percepción turística contemporánea más acabada privilegiando las opiniones y los espectáculos naturales. La percepción turística está inscrita histórica y socialmente en una historia de estilos discursivos sobre los territorios y los grupos sociales, discursos a la vez instituidos y evolutivos. De igual modo, el conjunto de estos discursos se enmarca en la evolución de estructuras sociales.

Partiendo de esta sociohistoria de las categorías de percepción de los territorios, el análisis se interesa entonces por la transformación de finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX en las representaciones del territorio provincial en busca de un discurso turístico. Este trabajo progresivo de las guías turísticas condujo a la delimitación de un recorrido que incluía los grandes monumentos y los paisajes típicos, con una valorización de la costa y una presentación exótica y exuberante de la vegetación. El paisaje típico provincial así establecido hizo desaparecer toda imagen industrial, con el fin de exaltar actividades como la pesca y el cultivo. Esta conformidad con la exigencia turística ocurre igualmente ante las imágenes de salvajismo étnico sobre los residentes de territorios turísticos al margen del espacio urbano y productivo. Descritas como pobres en los siglos XVIII y XIX, estas poblaciones son conocidas como originales, indígenas, con un gran folclor típico, prenacional (corridas de toros, bravuconadas, procesiones). Estas representaciones de grupos sociales y del territorio son progresivamente naturalizadas, sobre todo mediante discursos geográficos vidalianos y geológicos. Desde entonces, las guías turísticas oponen una provincia de lugares naturales, las del litoral (Fréjus, Nice, Cannes), a una provincia histórica, romana medieval (Bas-Rhône, Avignon, Arles, Aix), distinguiendo así ciudades de estadías y ciudades de museos.

Eso a lo que muchos hoy en día llamarían la “construcción de la identidad provincial” o “la invención de la provincia”, Jean-Claude Chamboredon y Annie Méjean lo presentan como la diferenciación progresiva de perspectivas discursivas y de imágenes de la provincia. Lo que estos autores pierden en sensacionalismo, evitando una postura denunciadora e imponente, lo ganan en rigor científico, sin confundir las representaciones de las élites con la socialización de los grupos sociales. La construcción de una imagen social no es más que la producción de discursos y de representaciones, con potenciales limitados, inscritos en los registros del entendimiento de una época. Estas imágenes sociales sucesivas de la provincia no son categorizaciones burocráticas o técnicas -el concepto de imagen cubre un proceso distinto al de identificación-, sino más bien la agregación de discursos estereotipados sobre las regiones aplicados a la provincia.

Pertenencia

La identificación -atribución categorial- y la imagen -producción discursiva- describen acciones que buscan homogeneizar los grupos y los territorios. Puesto que estas acciones son el producto de emprendedores de identidad con posiciones sociales específicas, administradores de poblaciones o representantes de grupos, ya que se inspiran en repertorios técnicos, símbolos o percepciones preconstituidas, reducen las relaciones de los individuos a los grupos y los territorios con algunas características sobresalientes. Así, un análisis de la identificación de los obreros estudiaría prioritariamente las categorías constituidas, dentro de la administración, en la interacción entre ciencia y acción pública (las categorías del Insee11, las políticas sociales). Una investigación sobre la imagen de los obreros se ocuparía más específicamente del trabajo de representación de los universos populares en el seno de los sindicatos y de los partidos políticos. Trabajar sobre las identificaciones y las imágenes equivale a menudo a estudiar a las élites sociales en lucha por imponer su visión del mundo a un conjunto social más amplio. En cambio, trabajar en las pertenencias, como lo hizo Nicolas Renahy, implica partir desde abajo, desde las prácticas de los identificados o representados, para comprender cómo se apropian, rechazan o aceptan estas identificaciones y estas imágenes.

Al estudiar de cerca un grupo de una decena de jóvenes rurales, los “muchachos de la esquina” (les gars du coin), Nicolas Renahy concentra su análisis en las pertenencias obreras y locales en un pequeño pueblo industrial de Borgoña de seiscientos habitantes, compuesto mayoritariamente por obreros. La lógica de la pertenencia desvela los modos de inserción de los individuos en los diferentes grupos de pertenencia (familia, obreros, compañeros), alrededor de la fábrica, del fútbol, del bar o de la casa. La pertenencia trata la participación de individuos en la cosa colectiva, en el grupo, sea este político, sindical, familiar o de amistad, participación producida y a la vez productora de socializaciones múltiples de los individuos (Chamboredon y Méjean 1985). A diferencia de la identificación y la imagen, la pertenencia no es una prescripción externa al individuo, sino que corresponde a su socialización. Se trata de una autodefinición de sí o incluso de un trabajo de apropiación de identificaciones e imágenes difundidas por las instituciones sociales en las cuales el individuo participa. Así, al contrario de las lógicas de identificación y de imagen que homogeneizan a los individuos en una escena social y alrededor de una pertenencia predominante -ya no hablamos de individuos sino de franceses, obreros o consumidores-, la particularidad de las socializaciones en la escala de un individuo fracciona en escenas sociales los lugares de expresión de sus distintas pertenencias.

Los pocos inscritos en esta filiación, y que siguen por igual a Jean-Claude Chamboredon, desarrollan métodos micro para el análisis de las múltiples pertenencias, sea en los mundos populares (Weber 1989) o en los medios burgueses (Zalio 1999). Retomando estas líneas de investigación, Nicolas Renahy condujo una etnografía monográfica. Reflejo de la fragmentación propia de la lógica de la pertenencia, en su trabajo de campo, el autor distingue al menos tres generaciones en treinta años, y por consiguiente al menos tres modos centrales de pertenencia de individuos al grupo pueblerino y obrero.

La primera generación, aquella que accede al mercado laboral antes de mediados de los años setenta, se inscribe en un modo paternalista de pertenencia obrera y pueblerina, modo descrito retrospectivamente por los obreros como grandioso, como un mundo donde todo o casi todo se adquiere a través de la pertenencia a la empresa. El mercado laboral es favorable y los padres encuentran fácilmente un trabajo para sus hijos en la fábrica. En la escuela del pueblo, donde los compañeros son exclusivamente hijos de obreros, el maestro orienta a los estudiantes hacia los distintos servicios de la fábrica según sus aptitudes escolares. El hábitat es otorgado por la empresa. La valorización de la virilidad obrera pasa por su club de fútbol. El catequismo y las prácticas religiosas son regulados por la familia del patrón. El sindicato y la municipalidad son dirigidos por los ejecutivos de la empresa. Hoy en día, este modelo sobrevive en la fábrica para los obreros más cualificados -la aristocracia obrera antigua y decadente condenada a corto plazo por la digitalización de la producción- y para los obreros especializados -como una figura de la docilidad obrera-.

Luego de la compra de la empresa familiar por un grupo regional en 1972, que coincide con la crisis económica de los años setenta y el paro laboral, y después del cierre completo de la fábrica en 1981, es todo un sistema que se desploma, destruyendo un mundo de dinastías obreras. Socializada desde la primera infancia hasta la reproducción obrera pero que tropieza con una fábrica cerrada, perdiendo así la llave de entrada de la última puerta que podía sellar las pertenencias obreras, la generación que llega al mercado laboral a finales de los años setenta estuvo condenada al desplazamiento sin estar preparada. Sus escasos miembros sedentarios (quienes se encuentran masivamente en desempleo o refugiados en los sectores de construcción o en comercios regionales) participan en la edificación de una memoria local obrera, una “imagen obrera” a la medida de su distanciamiento de la pertenencia obrera pueblerina canónica de las generaciones anteriores. En una lógica de regulación de la población obrera, esta imagen se desarrolló dentro de las asociaciones municipales creadas con este fin. Sin embargo, la inserción profesional aislada, diferida y dispersa de las nuevas generaciones a merced de los desplazamientos y el reclutamiento de personas extranjeras (principalmente los ejecutivos) para las empresas locales precipitaron la disociación entre el lugar de residencia y el lugar de trabajo, rompiendo así los espacios de reproducción obrera, y retrasando y fragilizando el establecimiento familiar. Así, comprendemos hasta qué punto la pertenencia no es para nada una imagen o una identificación. Esta generación de jóvenes rurales de los años ochenta no dispone de condiciones sociales de acceso al trabajo industrial local y no puede apropiarse de la imagen obrera difundida por las estructuras sindicales o propuestas por las personas mayores en el marco familiar. Identificados administrativamente como desempleados, estos jóvenes pertenecen a los mundos obreros, pero viven todas las dificultades para apropiarse de la imagen valorizada.

Cuando el mercado laboral industrial se desarrolla de nuevo en los años noventa, aquellos que debían poder estar empleados han conocido una socialización obrera y pueblerina menos conforme, con instituciones fragilizadas. En efecto, el colegio de la ciudad vecina ya no es un centro de reclutamiento de la fábrica como lo fue la escuela primaria del pueblo, sino, por el contrario, por el encuentro de otros mundos sociales, es un lugar de emancipación de la primera socialización. Este deseo de salir de la condición obrera que caracteriza a la generación del “80 % en el bachillerato” (80 % au bac) (Beaud 2002) termina a menudo por un contacto doloroso con la cultura legítima que precipita a estos hijos a la desocialización obrera y al fracaso escolar. El oficio obrero, cada vez más especializado, y la figura obrera, asimilada al desempleo de las personas mayores, conforman en la fábrica lo más bajo en la jerarquía social. Para estos jóvenes, “ser obrero ya no es [más] la clase”12. Aquellos que se quedan marcan su distancia al rechazar vestir el traje habitual de obrero, pues prefieren el tee-shirt en el trabajo; hablan con vergüenza de sus padres; viven su estatus de obrero como temporero y conservan la voluntad de considerar otras opciones. La “feminización de las costumbres” cuestiona el modelo patriarcal dominante en el espacio doméstico obrero. Solo los clubes de fútbol y los bomberos parecen mantenerse como las instituciones socializadoras de valores obreros masculinos. El vínculo con el pueblo de estos jóvenes obreros rurales se refuerza en la medida de un fracaso escolar y profesional en la ciudad y se concreta en una dependencia del hogar familiar, donde uno puede al menos beneficiarse de los servicios domésticos maternales en espera de encontrar una mujer, pues es más difícil su conquista cuando la situación profesional es precaria o, en último recurso, encontrar un trabajo temporal de obrero especializado (OS) en la fábrica, obtenido mediante la red familiar. Esta pertenencia se manifiesta en las relaciones de amistad; en una sociabilidad festiva fuertemente consumidora de estupefacientes, autodestructiva, que se encuentra al resguardo del “qué dirán” sobre ellos; cercana a las prácticas estudiantiles urbanas, entre colegas, término local que designa a los compañeros de infancia con una trayectoria social caótica comparable, y que señala la importancia del referente profesional, pero imposible en estos mundos populares. El grupo de amistades y esta sociabilidad incomprensible para las demás generaciones parecen constituir, sin embargo, una de las pocas instituciones sociales nuevas y estables para definir un rol masculino y viril en esta “bohemia popular”.

Este modo destructor de sociabilidad es una pertenencia popular no reivindicada públicamente, que podría ser definida como una pertenencia no identificada, sin imagen. Y es ahí donde reside todo el crédito que podemos atribuir a Nicolas Renahy, por haber desarrollado una metodología comprensiva capaz de producir una imagen de mundos sociales hoy en día sin voz, encerrados en una hecatombe social en la que estos son las víctimas vergonzosas. Privados de representantes políticos y sindicales, a estos mundos populares y rurales no les queda más que este investigador para forjarse una imagen.

Conceptos por articular

Dentro del conjunto de trabajos que vinculan las temáticas aquí discutidas, varios dan cuenta de la producción de identificaciones, muy pocos sobre las imágenes sociales, y algunos sobre las pertenencias, pero raramente de las tres. Más lamentable es el hecho de que las líneas de investigación que así se desprenden tiendan a considerar que el proceso social que les interesa es el monopolio de una sola institución. La identificación sería así un proceso de atribución identitaria estatal; la imagen social, analizada prioritariamente para tratar el regionalismo, sería el producto de las élites; la pertenencia es en cambio bien estudiada, en particular, en el marco de la sociabilidad de los medios populares. Nosotros queremos insistir aquí en el hecho de que estos procesos sociales analizados inicialmente en el marco de las instituciones o de los grupos sociales específicos no son exclusivos. Una empresa puede ser identificadora; las categorías populares pueden igualmente producir imágenes sociales; uno puede describir múltiples pertenencias en los mundos burgueses así como en los obreros, y de ninguna manera constituyen un modo único de acción. Para evocar al Estado, por ejemplo, este no produce solamente identificaciones, sino igualmente imágenes sociales -por ejemplo, el de Marianne13- y también pertenencias - como un cuerpo de funcionarios-.

Además, estos procesos sociales interactúan entre ellos. Utilizando todo este arsenal conceptual que detalla la identidad en identificación (atribución categorial), imagen social (producción discursiva) y pertenencia (socialización individual), el trabajo principal reside en la articulación de estos tres conceptos. Algunos estudios ya han seguido este camino.

Así, vemos cómo las identificaciones estatales pueden jugar contra las pertenencias. Para Vincent Denis y Vincent Millot (2004), la difusión de las ideas liberales en el Siglo de las Luces incita al poder del reinado a construir una identificación a distancia, lejos del control de las corporaciones, las parroquias y otros grupos locales. La identificación a distancia permite así superar las pertenencias locales. Pierre Piazza (“L'identification des personnes” 2004) señala cómo emprendedores de imágenes de los grupos sociales entran en conflicto con el Estado y sus categorías de identificación. La primera tarjeta de identidad encuentra la hostilidad de representantes de medios populares que la miran como una reminiscencia del libro obrero y del símbolo de dependencia en relación con los patronos. Pero a largo plazo, del siglo XIX hasta hoy, la tarjeta de identidad ha pasado de ser un instrumento prioritariamente percibido como una herramienta de identificación a ser una prueba de pertenencia nacional. El conjunto de estos trabajos sugiere interrogar más sistemáticamente las condiciones sociales que hacen que una identificación o una imagen social se conviertan en pertenencia y viceversa. Nicolas Mariot (1999) y Claire Zalc (2002) analizan tanto la identificación nazi de los judíos en Lens (ciudad que en aquel entonces se encontraba bajo el control de las autoridades alemanas de Bruselas), como las cartas dirigidas por los mismos judíos, bajo orden de la prefectura, para declararse como tales. Este caso permite medir de manera paroxística cómo la pertenencia al judaísmo, vivida bajo un modo plural, compuesto, articulado con otras pertenencias nacionales (francesa principalmente), no interviene en nada en la identificación judía nazi sino que, al mismo tiempo, es esta última la que se impone. En un contexto menos dramático, Yasmine Siblot (2003) señala cómo los identificados pueden jugar con la multiplicación de identificaciones estatales y administrativas. En un mismo trabajo de campo, la autora muestra las identificaciones de la oficina de correos, de la alcaldía, del organismo estatal encargado de subvencionar a las familias modestas y de la seguridad social, que congregan identificaciones administrativas que no se cruzan entre sí, y que algunas veces están en competencia: identificación nacional (francés/extranjeros), familiar (hijo natural, padre aislado) o bancaria (cuenta bajo tutela, cuenta de ahorro). La escala de este análisis -las interacciones en las ventanillas entre funcionarios y administrados- permite desplazar la mirada y penetrar en una dinámica de identificaciones. Según los recursos sociales y el conocimiento del sistema por los diferentes administrados, estos lograrán o no, a condición de tener una situación social idéntica, modificar las identificaciones administrativas y así obtener o no el derecho de residencia o de las ayudas financieras. Encontramos, así, en el corazón mismo de la práctica burocrática categorial, otra concepción de identificación, una versión interaccionista, en el cara a cara directo.

El andamiaje conceptual aquí propuesto debe ser probado en las cuestiones de género. A primera vista, refiriéndonos al trabajo de George Chauncey ([1994] 2003), se podría describir la respuesta de los homosexuales a la identificación represiva de las autoridades como una ausencia completa de producción de imagen pública, que los lleva a vivir su pertenencia homosexual en lo que se llamará, retrospectivamente, el “clóset”. Se trata de una red de bares, de paseos, de amistades propias de una escena social escindida de otras, en el marco más general de una economía de sentimientos que, en Estados Unidos desde los años cincuenta, separaba netamente las esferas pública y privada. La modificación de la conciencia de sí que caracteriza a la generación de los años sesenta alrededor de una orden de ser “sí-mismo”, de ser “auténtico”, impone a la nueva generación juntar sus multipertenencias, unificar sus autoafirmaciones, anteriormente muy diferenciadas según las escenas sociales, alrededor de una pertenencia mayor, en este caso la homosexualidad. Esta modificación íntima de formas aceptables de pertenencia para sí conduce a esta joven generación a darse los medios para ser socialmente coherente en la producción de una imagen pública de la homosexualidad, para poder mostrarse a sí misma por encima del conjunto de estas escenas sociales, para revertir la identificación negativa del periodo anterior. Esta imagen pública se enfrentará directamente a los modos de pertenencia de la generación anterior de homosexuales citados a comparecer de manera prioritaria como tales.

Encontramos una lógica similar en aquella que se analizó en Francia para los ejecutivos (Boltanski 1982), donde la realidad social existe en el periodo de los años treinta a los años sesenta, principalmente por la movilización y la politización de la cual son objeto, por los discursos y las imágenes forjadas por sus diversos representantes/portavoces. No fue sino hasta un tiempo después cuando el derecho llegó a naturalizar esta lucha social y a identificar la categoría “ejecutivos”. Se trata del éxito de la empresa de la imagen que produce la identificación, presentada aquí como un registro de las luchas sociales.

Así, en el debate científico, el punto no es tanto estudiar las identidades construidas para desnaturalizarlas, sino más bien cuestionar las diversas fuerzas restrictivas y de institucionalización de las estructuras sociales que llevan las múltiples identificaciones, imágenes sociales y pertenencias, y que entran en disputa en este juego perpetuo de corte categorial e imaginario del mundo social. Abrir el concepto de identidad en tres ofrece la gran ventaja de desmultiplicar las instituciones sociales en interacción en esta fábrica de identificaciones, imágenes y pertenencias, deshomogeneizando aún más los fenómenos percibidos muy a menudo como monolíticos e incluso, teleológicos. Se trata de comprender las interdependencias complejas entre las multipertenencias de cada uno de los individuos, la multiplicidad de las instituciones identificadoras, el trabajo de representación sobre las imágenes de los diferentes grupos sociales que, en connivencia o competencia, producen colectivamente fronteras sociales siempre renegociadas, y donde el resultado corresponde raramente a las intenciones iniciales de los actores implicados.

Sería vano creer que un concepto pueda durar. Cada renovación conceptual lleva consigo una ventaja heurística que está condenada a desinflarse algún día, en la medida de la interferencia de su sentido, sea en la esfera científica, sea en la esfera pública, o en ambas. Evidentemente, la introducción del término identidad en los años setenta y ochenta ha permitido superar, tanto en Estados Unidos como en Francia, una comprensión esencialista de los fenómenos culturales ahora anticuados. Actualmente, esta palabra parece desgastada científica y políticamente por sus vastos sentidos. El concepto de identificación anda por buen camino, dada la utilización restrictiva en Francia, que limita sin dudas un desgaste prematuro. Al mismo tiempo, deseamos extender su campo de aplicación, lo que permitiría comparar acciones sociales fuera del marco de la acción estatal. La expresión imagen social es quizá demasiado neutra, casi banal, para imponerse. Es su modestia la que le da su rigor. El concepto pertenencia parece tener cierta popularidad en la esfera pública, lo que puede condenarlo en un futuro cercano a una desaparición prematura. Pase lo que pase, este conserva hasta el momento una verdadera unidad científica en mundos que son diversos, remitiendo siempre al individuo socializado, en el tiempo, a grupos y territorios (Coninck 2001; Dieckhoff 2004; Ganne 2000; Narciso 1999; Rouland 1997; “Identités, appartenances, revendications identitaires” 2003), lo que nos permite creer en sus cualidades heurísticas por algún tiempo.

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1Traducción del artículo de Martina Avanza y Gilles Laferté, “Dépasser la ‘construction des identités'? Identification, image sociale, appartenance”, publicado originalmente por la revista Genèses. Sciences Sociales et Histoire en el año 2005. El Instituto Colombiano de Antropología e Historia agradece a los autores y a Genèses por haber otorgado los permisos de reimpresión y traducción del artículo a la Revista Colombiana de Antropología.

2Obras comentadas - Brubaker, Rogers. 2001. “Au-delà de l'identité”. Actes de la Recherche en Sciences Sociales, 139: 66-85. - Chamboredon, Jean-Claude y Annie Méjean. 1985. “Récits de voyage et perception du territoire: la Provence, XVIIIe siècle-XXe siècle”. Territoires 2: 1-105. - Noiriel, Gérard, ed. 2007. L'identification. Genèse d'un travail d'Etat. Sociohistoires. París: Belin. - Renahy, Nicolas. 2005. Les gars du coin. Enquête sur une jeunesse rurale. París: La Découverte.

3Este artículo es un producto colectivo que retoma las reflexiones construidas en el seminario Du Local au National, Histoire Sociale des Appartenances, organizado desde el 2001 en el Laboratoire de Sciences Sociales (ENS-EHESS) por Martina Avanza, Marion Fontaine, Caroline Hodak, Gilles Laferté, Nicolas Mariot y Claire Zalc.

4Estas reflexiones deben mucho a nuestra participación en el seminario de Anne-Marie Thiesse, La Construction Culturelle des Identités: Régions, Nations, Europe, realizado en la EHESS del 2000 al 2002.

5La noción es prestada de Orvar Löfgren (1989).

6Se refiere a la geografía asociada con Paul Vidal de La Blache (1845-1918), impulsor de la geografía clásica y descriptiva, centrada en la región como el lugar donde se concretan las relaciones entre la naturaleza y la sociedad. [N. de la E.]

7Nos permitimos remitir a nuestro trabajo sobre la Liga del Norte (Avanza 2003). Este partido, que quiere reescribir la historia para darle a su proyecto independentista una legitimidad histórica, se enfrenta en su seno a la ausencia de intelectuales. Los cuadros del partido implicados en la escritura de la historia por la Padania (término que define a la Italia septentrional, en donde el partido reclama la independencia) pertenece, en general, a las élites económicas y no pueden imponerse a los historiadores de oficio.

8La noción de estructura remite más específicamente a la jerarquía social, a los posiciona- mientos, al goce de propiedades sociales de individuos y grupos.

9Las instituciones sociales son a la vez relaciones sociales rigidificadas en un organismo, una organización, pero generalmente son lazos sociales, universos de representación, disposiciones cristalizadas que se imponen a los individuos.

10Ilustremos con una cita las dificultades de comprensión que implica la imposición de un vocabulario científico nuevo: “Cuando la autocomprensión, que consiste en el sentimiento difuso de pertenecer a una nación particular, se cristaliza en un sentimiento poderoso de pertenencia a un grupo cerrado, es probable que esto no dependa de una conexidad relacional, sino más bien de una comunalidad imaginada con fuerza y resentida con intensidad” (Brubaker 2001, 79).

11Institut National de la Statistique et des Études Économiques (Instituto Nacional de Estadística y Estudios Económicos) de Francia. [N. de la E.]

12En esta expresión, la clase hace alusión a la categoría social, pero sobre todo a la distinción de ser obrero. [N. del T.]

13Marianne es un símbolo nacional de la república francesa que representa los valores de la revolución: libertad, igualdad, fraternidad y la lucha de los oprimidos. [N. de la E.]

Recibido: 17 de Septiembre de 2015; Aprobado: 23 de Diciembre de 2016

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