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Revista Colombiana de Antropología

versión impresa ISSN 0486-6525versión On-line ISSN 2539-472X

Rev. colomb. antropol. vol.61 no.3 Bogotá sep./dic. 2025  Epub 01-Sep-2025

https://doi.org/10.22380/2539472x.2930 

Artículo

Navegando a través de las incertidumbres económicas en tiempos inflacionarios: soportes y estrategias domésticas en hogares de ingresos moderados

Navigating Economic Uncertainties in Times of Inflation: Material Support and Strategies among Moderate-Income Households

Navegando através das incertezas econômicas em tempos de inflação: apoios e estratégias familiares em lares de renda moderada

Lorena Pérez-Roaa 
http://orcid.org/0000-0002-5959-9439

Alejandro Marambio-Tapiab 
http://orcid.org/0000-0002-8598-8817

Gabriela Azócar de la Cruzc 
http://orcid.org/0000-0002-8282-1122

aUniversidad de Chile, Santiago, Chile. loperez@uchile.cl. https://orcid.org/0000-0002-5959-9439

bCentro de Estudios de Conflicto y Cohesión Social / Universidad de Chile, Santiago, Chile. alejandro.marambio@uchile.cl. https://orcid.org/0000-0002-8598-8817

cUniversidad de Chile, Santiago, Chile. gazocarde@uchile.cl. https://orcid.org/0000-0002-8282-1122


Resumen

Este estudio cualitativo longitudinal explora cómo los hogares de ingresos moderados en Chile enfrentan la inflación. Basado en 120 entrevistas a 40 hogares en 3 ciudades, el análisis se organiza en 2 grandes ejes: soportes y estrategias. Primero, se examinan los soportes materiales, incluyendo los ingresos salariales y las redes familiares, que permiten a los hogares enfrentar el alza de precios. Luego, se analizan las estrategias que estos implementan para adaptarse, como la reducción de gastos, los ajustes en patrones de consumo y la búsqueda de ingresos adicionales. Los resultados muestran la variedad de estrategias que implementan en función de sus soportes materiales, redes de apoyo, compromisos financieros y cargas económicas. Este trabajo contribuye a la literatura antropológica sobre la inflación al resaltar la importancia de abordar este fenómeno desde una perspectiva situada, que contemple no solo las fluctuaciones macroeconómicas, sino también las vivencias cotidianas de las personas que enfrentan la inflación en sus hogares.

Palabras clave: inflación; estrategias domésticas; hogares de ingresos moderados; adaptación económica

Abstract

This longitudinal qualitative study explores how moderate-income households in Chile cope with inflation. Based on 120 interviews with 40 households across three cities, the analysis is organized around two main themes: supports and strategies. First, it examines the material supports-such as wages and family networks-that enable households to manage rising prices. Then, it analyzes the strategies they implement to adapt, including cutting expenses, adjusting consumption patterns, and seeking additional income. The findings highlight the variety of strategies adopted depending on material supports, support networks, financial commitments, and economic burdens. This study contributes to the anthropological literature on inflation by emphasizing the importance of addressing this phenomenon from a situated perspective-one that considers not only macroeconomic fluctuations but also the everyday experiences of people navigating inflation in their households.

Keywords: inflation; household strategies; moderate-income households; economic adaptation

Resumo

Este estudo qualitativo longitudinal explora como os lares de renda moderada no Chile enfrentam a inflação. Baseado em 120 entrevistas a 40 famílias em 3 cidades, a análise se organiza em torno de 2 grandes eixos: suportes e estratégias. Primeiro, examinam-se os suportes materiais, incluindo os salários e as redes familiares, que permitem aos lares lidar com o aumento dos preços. Depois, analisam-se as estratégias que eles implementam para se adaptar, como a redução de gastos, os ajustes nos padrões de consumo e a busca por rendas adicionais. Os resultados destacam a variedade das estratégias que adotam em função de seus suportes materiais, redes de apoio, compromissos financeiros e cargas econômicas. Este trabalho contribui para a literatura antropológica sobre a inflação ao ressaltar a importância de abordar esse fenômeno a partir de uma perspectiva situada, que considere não apenas as flutuações macroeconômicas, mas também as vivências cotidianas das pessoas que enfrentam a inflação em suas famílias.

Palavras-chave: inflação; estratégias domésticas; lares de renda moderada; adaptação econômica

Incertidumbres económicas en tiempos inflacionarios

Chile cerró el año 2022 con la mayor inflación desde 1994. El relajamiento de las restricciones de confinamiento y medidas como la inyección de liquidez a los hogares a través del Ingreso Familiar de Emergencia (IFE) y los retiros anticipados de los fondos de pensiones son, a juicio de los economistas, las principales razones endógenas que pueden explicar el aumento de la inflación. El IFE fue una transferencia monetaria destinada a subsidiar los ingresos de los hogares chilenos para contener los efectos económicos de la crisis y en ese sentido fue la política pública de transferencia monetaria más importante que el Estado chileno haya implementado, en términos de cobertura y volumen. En efecto, más de 16 millones de personas se vieron beneficiadas por la medida, lo que resultó en una entrega de 25 280 000 USD (Mideso 2022). Por su parte, el retiro de los fondos previsionales permitió que los trabajadores de Chile pudieran sacar una parte del dinero recaudado en sus cuentas individuales. En su primera versión, esto favoreció a más de 11 millones de trabajadores, quienes en promedio retiraron una suma aproximada de 1700 USD. Este monto casi cuatriplicó el salario mínimo del año 2021, fijado en aproximadamente 384 USD.

La inyección de liquidez y el consecuente aumento en el consumo que esta medida provocó fueron evidentes. Las imágenes difundidas por los medios de comunicación masiva eran elocuentes: filas en las grandes cadenas comerciales, bienes tecnológicos de última generación agotados y un mercado automotriz que se remeció con la gran demanda de autos nuevos y usados fueron algunos de sus efectos visibles a corto plazo. El dinero entregado fue rápidamente absorbido por el mercado del consumo y con ello ocurrió un nuevo “milagro económico”: la economía chilena comenzó a reactivarse en plena pandemia y en medio de una crisis salarial sin precedentes (Pérez-Roa 2021). Ahora bien, a pesar de su impacto positivo en la reactivación de la economía, existe un amplio consenso entre los economistas con respecto a que esta medida constituye la causa endógena más significativa de la actual inflación. Esta última comenzó a sentirse en los bolsillos de los chilenos desde el año 2021, pero se instaló con fuerza a finales de 2022 cuando llegó a los dos dígitos. El aumento de la inflación tuvo un correlato importante en los precios de la canasta básica de alimentos, que en 2022 se incrementaron en un 28,2 % en comparación con el año anterior.

La inflación, comprendida como un proceso económico que perturba el valor de la moneda y la fluctuación de los precios (Heredia 2015) y, popularmente, como un fenómeno de naturaleza exclusivamente económica (Heredia y Daniel 2019), será entendida, para los fines de este artículo, como una construcción social (Neiburg 2023). Es decir, como una experiencia económica que se compone tanto de nuestra relación con los precios como de nuestras propias evaluaciones sobre el costo de la vida y de nuestro poder adquisitivo (Heredia 2015).

El enfoque de la inflación como una construcción social busca integrar elementos sociopolíticos y comunicacionales para comprender cómo se configura la discusión pública en torno a los indicadores económicos que la miden (Neiburg 2023). En nuestro artículo, lo aplicaremos en un nivel más micro, buscando explorar cómo los hogares de ingresos moderados ajustan sus estrategias económicas para enfrentar el alza de precios. Sostenemos que estas estrategias no solo dependen de su capacidad económica, sino también de la forma en la que perciben y comprenden la inflación en su contexto particular. Es decir, entenderemos la inflación como un fenómeno económico vivido y situado que afecta directamente la vida diaria de las personas. Con base en un seguimiento cualitativo realizado en tres ciudades de Chile y durante un año a cuarenta hogares de ingresos moderados -caracterizados por no depender de la ayuda estatal, pero también por no disfrutar de la holgura financiera de los sectores de altos ingresos-, exploramos cómo los hogares ajustan sus patrones de consumo, priorizan sus gastos y realizan un trabajo de alineamiento (Motta y Neiburg 2023) para afrontar material y anímicamente las restricciones de la inflación. Para responder a este objetivo, nuestros resultados se organizan en dos momentos. Primero, abordaremos las condiciones materiales que determinan cómo soportan la elevación de los precios y nos detendremos a explorar el peso que, en este sentido, tienen los ingresos salariales, las estructuras financieras y las ayudas monetarias familiares. A continuación, examinaremos las principales estrategias que los hogares implementan para ajustar sus gastos y expandir sus fuentes de ingresos.

Este artículo se estructura en cuatro apartados: primero, se exponen las herramientas conceptuales que guían el trabajo; luego, se describe la estrategia metodológica utilizada, basada en un análisis de entrevistas cualitativas longitudinales; posteriormente, se presentan los resultados, y, finalmente, las conclusiones.

Estrategias domésticas para afrontar la inflación

La inflación, entendida no solo como un fenómeno económico, sino también como una construcción social, afecta directamente la vida cotidiana de los hogares. Desde esta perspectiva, no se trata meramente de un índice técnico, como el índice de precios al consumidor (IPC), sino de una experiencia vivida que se incorpora en las conversaciones diarias y en la toma de decisiones financieras de las familias. La forma en la que estas perciben, interpretan y responden a la inflación está profundamente influenciada por las atmósferas inflacionarias (Neiburg 2016), dentro de las cuales las impresiones sobre el costo de la vida y el poder adquisitivo se entrelazan con las estrategias domésticas para enfrentar el alza de los precios.

Los hogares, al ser unidades económicas y sociales complejas, no responden a la inflación únicamente mediante cálculos racionales sobre ingresos y egresos. Como sugieren los estudios de Zelizer (2011), sus decisiones económicas están profundamente afectadas por relaciones sociales y negociaciones constantes entre los miembros. Estas relaciones definen no solo las responsabilidades económicas, sino también las prioridades y jerarquías en la asignación de recursos. En línea con la crítica de Wilk y Cliggett (2007, 45) a la hegemonía de la racionalidad económica en las formas de entender las decisiones que toman los individuos, consideramos que las decisiones de los hogares están profundamente arraigadas en los contextos culturales específicos que definen qué es lo racional, qué valores se priorizan y cómo se interpretan los intercambios y los recursos. En este sentido, responden a racionalidades múltiples, que deben ser comprendidas en función del contexto y de la cultura.

De esta manera, la noción de inflación como construcción social se enlaza directamente con las estrategias domésticas, ya que los hogares elaboran activamente respuestas y mecanismos para enfrentarla (Wallace 2002). Esto incluye la renegociación de presupuestos, la reevaluación de gastos y la priorización de necesidades, todo lo cual se lleva a cabo en un marco de relaciones y dinámicas sociales que influyen en la forma en que se vive y se gestiona el alza de precios a nivel doméstico. Así, la presión económica que introduce la inflación se convierte en un nuevo desafío que se debe negociar dentro del hogar, frente a lo cual se destacan la importancia de las solidaridades intrafamiliares (Velde 2014) y el rol de las mujeres en la gestión de la economía doméstica (Guérin 2010; Villarreal 2009).

La construcción social de la inflación también se observa en el hecho de que este fenómeno se incorpora a la conversación diaria de los hogares, de diversas formas: a través del monitoreo ciudadano de los precios, de la evaluación general del costo de la vida, de la interpretación de causas macro y de la elaboración reflexiva de estrategias para lidiar con el alza de precios. Dicha construcción implica el proceso de no dar por sentados los precios y tomar más conciencia de los flujos monetarios. A su vez, esta conciencia es lo que permite que la inflación entre a aquella conversación sobre presupuestos y estrategias económicas y financieras.

El proceso inflacionario, aunque no siempre de magnitudes elevadas, puede tener efectos profundamente disruptivos (Lazarus 2023). Por ello, además de analizar la inflación a través de la teoría económica y sus indicadores, es necesario considerar cómo se construyen socialmente sus representaciones en las prácticas cotidianas. Estas representaciones incluyen relatos fragmentados sobre las causas y soluciones de la inflación, y dispositivos culturales como infografías o memes en redes sociales, publicaciones sobre precios con imágenes in situ, relatos de experiencias diarias y, naturalmente, las estrategias que las personas emplean para enfrentar el aumento de los precios, que constituyen el foco de este artículo. En este sentido, el trabajo de Douglas (1992) nos permite sostener que, para entender de manera más profunda las experiencias de inseguridad e incertidumbre, como las que genera la inflación, no basta con centrarnos únicamente en los sistemas de significados que regulan las percepciones. Es necesario también examinar las ideas sobre lo que se considera confiable, legítimo y, por lo tanto, digno de protección. La percepción del riesgo, en consecuencia, no puede ser reducida a una mera evaluación técnica de probabilidades ni a una cuestión de evidencia empírica; está impregnada de significados culturales que requieren un análisis contextual de sus dimensiones sociales, morales y simbólicas. Adoptar esta perspectiva nos permite comprender cómo, en este marco, puede gestarse una desconfianza hacia las explicaciones económicas convencionales sobre el origen de la inflación. Un ejemplo de esto sería la narrativa que, en el contexto chileno, tiende a “culpar” más a la oferta (como en el concepto de greedflation) que a la demanda, representada en el aumento de la masa monetaria por los retiros de fondos de pensiones, o incluso a factores internacionales.

En otras investigaciones, hemos visto cómo los dispositivos económicos son domesticados por los hogares y adecuados a sus propias racionalidades. Así, por ejemplo, el endeudamiento puede ser no solo un número en rojo en nuestra cuenta, sino también una adición virtual a nuestros ingresos. Es posible que su magnitud sea una evaluación subjetiva que va más allá de los dispositivos sociotécnicos que existen para medir las cargas financieras (Marambio-Tapia 2023a; Pérez-Roa 2014). Del mismo modo, el precio de un producto puede ser ponderado de mejor manera ante la posibilidad de una compra a crédito y ante el ajuste de las cuotas a nuestros presupuestos mensuales (Marambio-Tapia 2023b; Pérez-Roa 2019). En esta línea, la inflación, en un sentido amplio, es una experiencia económica que se compone tanto de nuestra relación con los precios como de nuestras propias evaluaciones sobre el costo de la vida y de nuestro poder adquisitivo (Heredia 2015). Particularmente, ella incluye la circulación y producción de explicaciones respecto a su origen. La misma naturaleza del indicador que mide el alza de los precios, el IPC, ha sido interpretada como no neutral (Daniel y Lanata-Briones 2019), como un objeto de controversia pública, política y técnica, en especial en países donde la inflación se considera crónica (Neiburg 2006).

Repertorios metodológicos

Este artículo forma parte de una investigación en curso que examina las estrategias de movilización de recursos financieros y no financieros en hogares de ingresos moderados en tres regiones de Chile1. El objetivo del proyecto es explorar las herramientas que despliegan para responder a la vida cotidiana y buscar aliviar los temores que tienen sobre las incertidumbres del futuro. Se trabajó con un método cualitativo de investigación para la producción de la información analizada. Se realizaron 120 entrevistas a 40 hogares utilizando una pauta de entrevistas semiestructuradas. Al ser de carácter longitudinal, el estudio considera el seguimiento a través del tiempo de los hogares que participan en la pesquisa por medio de tres entrevistas al año. El primer ciclo se inició en 2022 y el proceso de entrevistas culminó en el primer semestre de 2025.

Para los fines de este artículo, se analizaron los resultados de los tres primeros ciclos de entrevistas: 1) septiembre-octubre de 2022, 2) enero-marzo de 2023 y 3) mayo-julio de 2023. Dicha elección responde a que durante ese periodo las cifras de la inflación bordearon los dos dígitos, lo que la transformó en un fenómeno disruptivo (Lazarus 2023) para los hogares de ingresos moderados. La investigación se realizó con la colaboración de un equipo de tres investigadores principales y cuatro asistentes. La mayoría de las entrevistas se hicieron de manera presencial, en los hogares o en lugares acordados previamente con los participantes. Las y los informantes accedieron a colaborar en el estudio luego de la lectura y explicación de un consentimiento informado que fue validado por el comité de ética de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Chile.

Las entrevistas fueron realizadas siempre a la misma persona de cada familia y por el mismo investigador o investigadora. Esto permitió acceder a una perspectiva temporal amplia para observar los cambios en las dinámicas económicas de los hogares.

Las personas entrevistadas, de las cuales un 75 % son mujeres, poseen una amplia información sobre las estrategias de manejo de los recursos económicos domésticos (tabla 1). Todos los hogares cuentan con al menos un miembro inserto en el mercado formal del trabajo y con integrantes que dependen económicamente de quienes generan ingresos, entre los cuales se encuentran, principalmente, niños, niñas, adolescentes y adultos mayores. Se ubican en tres regiones del país: veinte de la Región Metropolitana, diez de la región del Maule y diez de la región del Biobío. El promedio de ingreso de los sostenedores del hogar es de 1700 USD aproximadamente y el ingreso per cápita de los hogares es de 1000 USD aproximadamente. Esta condición económica los ubicaría en el cuarto quintil de la medición de ingresos usada en Chile (Casen). Eso implica que, en su mayoría, quedan fuera de los programas de ayuda estatal, focalizados en el 40 % de menores ingresos del Registro Social de Hogares (RSH). Con respecto al sistema de salud, el 25 % de ellos está en el sistema privado (Isapres) y la mayor parte cotizan formalmente en el sistema de pensiones (AFP). Las configuraciones de estos hogares son diversas; no obstante, su rasgo común es que tienen hijos a su cargo y, en general, realizan aportes económicos regulares o esporádicos a sus padres o madres.

La estrategia de análisis de la información corresponde a un análisis de contenido temático de carácter inductivo (Paillé y Mucchielli 2008). Nuestro objetivo era identificar y clasificar las formas en que los hogares comprenden, justifican y llevan a cabo sus prácticas económicas en un contexto inflacionario con base en una indagación sobre las categorías y los patrones interpretativos que los participantes utilizaron para entender su situación. En la línea del trabajo de Motta y Neiburg (2023), buscamos dar cuenta de cómo las personas afrontan el aumento del costo de vida y las adaptaciones a las que esto las obliga tanto en el orden material como en el de las proyecciones futuras. Para ello, los resultados se presentan en dos momentos: en primer lugar, nos referiremos a las condiciones materiales a partir de las cuales los hogares reciben la inflación. En este apartado, nos enfocamos en la infraestructura financiera que estos indican como recurso o como obstáculo para poder hacer frente a la incertidumbre provocada por la crisis inflacionaria. Luego, siguiendo la idea de Pérez Orozco (2019), exploraremos las principales estrategias de rebusque que los hogares deben desarrollar para ajustar los gastos y ampliar sus ingresos y así navegar en la incertidumbre. Como se trata de una investigación longitudinal de gran envergadura, para los fines de este artículo presentaremos los casos más representativos en función de los temas por analizar.

Tabla 1 Información sociodemográfica de la muestra (N = 40) 

Variable Categoría N %
Región de residencia Región Metropolitana 20 50
Región del Maule 10 25
Región del Biobío 10 25
Rango de edad 18-30 3 7,5
31-40 13 32,5
41-50 14 35
51-60 10 25
Sexo Femenino 30 75
Masculino 10 25
Estado civil Soltero(a) 15 37,5
Conviviente 10 25
Divorciado(a) 5 12,5
Nivel de instrucción Superior 20 50
Técnico superior 15 37,5
Enseñanza media 5 12,5
Sistema de salud Fonasa 30 75
Isapre 10 25
Sistema de pensiones AFP 40 100
Número de integrantes del hogar 2 a 4 25 62,5
Hogares múltiples 15 37,5
Tipo de hogar Nuclear 25 62,5
Vivienda Monoparental Propia Arrendada Otra 15 27 8 5 37,5 67,5 20 12,5

Fuente: elaboración propia.

Resultados

Los soportes: desde dónde y cómo los hogares reciben la inflación

“Somos muy ricos para recibir ayuda del Estado, pero muy pobres para poder llegar tranquilos a fin de mes” (entrevista personal, Santiago, 2022), nos dice Mariana en nuestra primera entrevista. Ella tiene 42 años, vive junto con su esposo, que es carpintero, y con su hijo de 20 años, quien en ese momento estaba preparándose para rendir la prueba de admisión universitaria. A pesar de que lleva más de quince años trabajando como secretaria en una institución pública, su estabilidad laboral es incierta. Su contrato se renueva anualmente, lo que le impide contar con la seguridad de un empleo permanente: “Nos renuevan año a año, así que no tenemos esa estabilidad […] no te asegura un contrato hasta que yo me jubile, por así decirlo”. Esta falta de estabilidad laboral se ve reflejada en sus ingresos, que son fluctuantes. En meses buenos, puede ganar alrededor de 1 190 000 CLP (aproximadamente 1000 USD), pero en meses malos, su sueldo líquido puede reducirse a 580 000 CLP (aproximadamente 505 USD). Aunque Mariana considera que sus ingresos no son bajos -en comparación con los de personas que ejercen el mismo oficio-, las condiciones laborales precarias y la falta de seguridad en su empleo no le permiten acceder a una vivienda propia. Actualmente, vive de allegada en la casa de sus abuelos maternos, junto a su madre, su hermana y sus sobrinos, es decir, conforman una familia múltiple. A pesar de que su espacio es independiente y de que lo ha ido habilitando en la medida en que “llegan los recursos”, como dice ella, no le pertenece de manera formal, entonces siente permanentemente el temor de que algún día le pidan la casa: “Esta no es mi casa, es la casa de mis abuelos […]. Imagínese, si mañana nos dicen: ‘Váyanse, queremos vender la casa’, ¿a dónde vamos?”.

Mariana siente que su situación económica la coloca en una especie de limbo, pues no puede recibir ayuda del Estado, pero tampoco tiene los ingresos suficientes como para ser atractiva en el sistema privado de crédito. Esta percepción se fundamenta en la discrepancia entre sus ingresos disponibles, según los reportes estatales, y lo que realmente gana. Como explica: “A los trabajadores del Estado se nos informa la renta bruta y no la líquida[2], entonces eso también hace que aumente mucho nuestro ingreso”. Esta diferencia afecta directamente su capacidad de acceder a apoyos como los subsidios habitacionales o la gratuidad universitaria, ya que, aunque su renta solo le permite cubrir sus necesidades básicas, al ser calculada en bruto, su situación parece más favorable de lo que realmente es:

Vivimos de allegados porque no tenemos opción a vivienda, a postular a un subsidio, porque nuestra renta es muy alta. No me da para pedir un crédito hipotecario ni para un subsidio, […] siempre las cosas le llegan a los mismos y a nosotros nada.

La sensación de injusticia que experimenta Mariana, de no ser apta ni para las ayudas del Estado ni para el sistema de crédito privado, refleja la desprotección en la que se encuentran muchos hogares de ingresos moderados. No saber si lo recibido será suficiente o si contarán con lo mismo en un futuro cercano no solo los obliga a organizar el consumo de bienes y servicios con mayores restricciones. También los lleva a percibir una vulnerabilidad que pone en cuestión las formas en que se distribuyen los apoyos estatales en contextos de incertidumbre.

“Felipe, ¿nos puedes decir cuál es el monto aproximado de tu ingreso?”. “Es que depende”, nos dice. “¿Depende de qué?”, le preguntamos. “De los bonos de desempeño, es decir, de cuántos clientes logre retener en el banco” (entrevista personal, Santiago, 2022). Felipe, al igual que Mariana, tiene un trabajo estable hace más de quince años. Tiene 46 años y es encargado de atención al cliente en un banco. Según nos cuenta, a pesar de su estabilidad laboral, gran parte de su salario es variable, es decir, depende de su rendimiento mensual. Es por ello por lo que le es muy difícil saber lo que recibe mes a mes. Por eso prefiere “jugar”, como él dice, “con el aproximado”.

Felipe tiene una importante carga económica. Vive con sus padres en un departamento arrendado, al que se mudó tras separarse, hace diez años. Su padre padece cáncer y lleva algunos años sin poder trabajar de manera estable. Su madre cuenta con la pensión universal garantizada (PUG), pero tiene un trastorno psiquiátrico que exige ciertos cuidados. Desde la pandemia, Felipe trabaja en casa, para poder ayudarlos. Además, destina gran parte de sus ingresos a sus dos hijos adolescentes, que viven con la madre. Gestiona la falta de claridad de sus ingresos gracias a los ajustes que realiza entre los beneficios del banco, el apoyo mutuo que se dan con su exesposa y el sistema financiero:

Lo que recibo de ingresos es como para cuestiones de mis hijos […] No tengo recuerdos de haberme ido a comprar ropa a un mall […]. Esta polera me la compré en la feria. Y así ando, si no me alcanza, mi exesposa siempre me dice: “Oye, ¿puedo transferir plata? Porque tengo que pagar esto, te la devuelvo la otra semana”, porque a ella le pagan el último viernes del mes, una cosa así. Entonces, así nos vamos arreglando […] y si no, me doy vueltas con la tarjeta de crédito. Pero nunca me alcanza, no recuerdo llegar con plata a fin de mes.

La percepción de que los ingresos no son suficientes está bien generalizada entre nuestros entrevistados. “Se supone que con nuestro ingreso debemos arreglarnos; sin embargo, si antes era difícil, ahora es casi imposible” (entrevista personal, Santiago, 2022), nos dice Aurora, una empleada de 44 años, en nuestra primera entrevista. Para ella, el aumento de los precios ha generado una fuerte presión en la economía de su hogar. A pesar de que gran parte de sus ingresos son fijos y de que, por ende, conoce claramente lo que recibe mes a mes, su marido tiene un empleo inestable y pasa algunas temporadas sin trabajo. La oscilación de los ingresos de él, sumada al aumento de los precios de los servicios y de la alimentación, no le permite planificar sus gastos, por lo que queda permanentemente en un estado de déficit. Según nos dice, el arriendo corresponde a más del 60 % de lo que percibe; por ende, cuenta con un pequeño margen de maniobra para poder ajustarse al aumento de los precios:

Me asusta el tema del arriendo: hay meses que no sé cómo vamos a hacer para pagarlo. Trabajamos harto para poder pagarlo, ahorramos lo que más podemos, comemos solo lo que podemos pagar, pero, si nos suben el arriendo, ¿qué hacemos? Ya siento que no puedo hacer mucho más.

Aurora y su marido son migrantes y no cuentan con una red de apoyo económico que los ayude a sortear los momentos más difíciles. Cuando nació su primer hijo, ella estuvo un tiempo sin poder trabajar y, sin saber mucho “en qué se estaban metiendo”, asumieron una deuda que hasta el día de hoy -doce años después- no han podido pagar. Sin red de apoyo y sin acceso al sistema financiero, Aurora se sostiene con sus ingresos y lo que logra hacer extra con sus emprendimientos de repostería.

El acceso al sistema financiero, particularmente a las tarjetas y a la línea de crédito, es una herramienta altamente valorada de cara a mantener los patrones de gasto en contextos inflacionarios. Se trata, para muchos, de un instrumento que permite “afirmarse”, según la expresión de Alicia -una agrónoma de 39 años- (entrevista personal, Santiago, 2023), y enfrentar, así, las fluctuaciones económicas y el aumento de los precios. “¿Qué haría yo sin mi línea de crédito?”, nos dice Fernanda, de 45 años (entrevista personal, Santiago, 2023). Ella tiene un emprendimiento de cortinas y sus ingresos son muy sensibles a la situación económica del país: “El negocio funciona bien, pero, cuando no hay plata, ¿quién va a querer comprar cortinas? […] No es un producto de primera necesidad”. Como “no hay un mes igual que el otro”, gasta aquello que tiene disponible: “Yo gasto lo que tengo disponible: línea de crédito y ahora un poco más la tarjeta de crédito, que tienen menos intereses y ahí voy bicicleteando todos los meses”. Para ella, el crédito es lo único que le permite sostener gastos fijos en un contexto de ingresos variables.

La primera vez que nos encontramos con Alejandro, un administrador público de 32 años, fue en la casa de su mamá, en Santiago. Estaba a pocos días de irse a vivir al sur de Chile por razones de trabajo. Ya en nuestra segunda entrevista estaba viviendo ahí. Sin embargo, en la tercera se había vuelto a cambiar de ciudad, porque quedó desempleado y se fue a vivir a la casa de su novia. En dos años, sus ingresos variaron considerablemente. Pasó de tener “sueldo de gerente” a tener “sueldo de obrero”. Según relata, la única forma de pasar por esta inestabilidad financiera en un contexto inflacionario es haciendo un “uso estratégico del crédito”. Esto implica movilizar distintos tipos de mecanismos que le permitan estabilizar sus ingresos. Así, nos cuenta que adapta sus gastos a los beneficios de la tarjeta de crédito o paga sus deudas con ella, y de esa manera disminuye el monto mensual de las cuotas: “Gracias al sistema financiero he podido tener libertad de movimiento a pesar de no tener ingresos algunos meses” (entrevista personal, Santiago, 2023).

Los hogares participantes en esta investigación enfrentan la inflación apoyándose en estructuras de soporte limitadas que, aunque les permiten sobrellevar la situación, no garantizan la estabilidad a largo plazo. Estas estructuras se componen principalmente de sus ingresos salariales, que en muchos casos son inestables debido a la falta de seguridad laboral o al carácter variable de los sueldos. En este contexto, el acceso al sistema financiero, particularmente a las tarjetas de crédito y a los préstamos, se convierte en una herramienta fundamental para equilibrar las fluctuaciones económicas y cubrir gastos. Ya sea como una extensión del ingreso mensual disponible, como una forma de mantener la estabilidad en lo que se percibe o como una manera de suavizar el consumo y disminuir los gastos mensuales, los instrumentos financieros, además de ser dispositivos de deuda, afectan las percepciones que los individuos tienen sobre sus ingresos y su disponibilidad, así como sus expectativas frente al gasto.

Finalmente, la idea de que los ingresos no son suficientes no solo se explica por la estructura salarial, sino también por la frecuencia y relevancia de las ayudas económicas que los hogares reciben de otras unidades domésticas o de los montos con los que asisten a otros familiares. Una buena parte de los entrevistados son los primeros profesionales de sus familias y eso supone, al menos en teoría, que se encuentran en una mejor posición socioeconómica para auxiliar económicamente a otros. Estos apoyos son percibidos por muchos como una obligación que restringe aún más sus márgenes de maniobra para responder a los contextos inflacionarios.

Valeria, por ejemplo, es una profesora de historia de 57 años cuyos padres requieren cuidados permanentes. La situación de su madre, que padece de alzhéimer desde el año 2013, empeoró después de la pandemia. Valeria tiene dos hermanas, ambas profesionales también, con las que mantiene un fondo común, al que cada una contribuye con un monto fijo, y con las que se rota el pago de los medicamentos y los pañales. En nuestra última entrevista, nos contó que la situación económica la tiene desbordada:

Yo no gano mal, para ser profesora tengo un sueldo alto, pero este sueldo no resiste, porque es mucha plata la que se nos va en cuidar a mis papás. Yo no dispongo de todo lo que gano. Yo debería jubilar pronto, pero, en esta situación, ¿qué posibilidad tengo de dejar de trabajar? Ninguna. (Entrevista personal, Santiago, 2023)

Cristina tiene 42 años y vive con su hija de 16 en un departamento arrendado en Concepción. Ella es nutricionista y trabaja en un servicio de salud. Cristina dice recibir un salario “justo”, con el que podría hasta incluso ahorrar. Sin embargo, en la pandemia, su hija comenzó a desarrollar una depresión severa, lo que cambió radicalmente su día a día y su orden financiero. Según nos cuenta, el tratamiento de ella le consume más del 50 % de sus ingresos mensuales. Por ello, tiene que recurrir a su pareja, familiares y amigos para llegar a fin de mes. Lo que en un principio pensó como una ayuda puntual para un gasto específico, con el tiempo se transformó en ingresos constantes para una situación que ya asume como permanente.

La imposibilidad de asistir a los seres cercanos por limitaciones económicas y la sensación de falta de protección social debida a eso pueden ser entendidas a través de la perspectiva de Kleinman et al. (1997) sobre el sufrimiento social. De acuerdo con ella, se trataría de una experiencia que está profundamente ligada a las condiciones estructurales, culturales y políticas de la sociedad, que generan experiencias de dolor y vulnerabilidad.

En conclusión, los hogares enfrentan la inflación en un contexto de fragilidad, en el que los apoyos que reciben, aunque cruciales, no garantizan una estabilidad a largo plazo. Los ingresos salariales inestables y el uso frecuente de instrumentos financieros, como las tarjetas de crédito, representan estrategias temporales que no resuelven la vulnerabilidad estructural. Además, la obligación de brindar apoyo económico a los familiares limita aún más los márgenes de maniobra. La inseguridad ante la inflación y la incertidumbre económica se incrementan en la medida en que estos hogares dependen de un sistema de soportes débiles.

Las estrategias: cómo se navega en un contexto inflacionario

El primer ciclo de entrevistas se realizó durante los meses de octubre y noviembre de 2022. La inflación seguía entonces en dos dígitos y la variación del IPC en los últimos doce meses, dentro de la cual los alimentos y las bebidas no alcohólicas habían sufrido las mayores alzas, era de un 13,7 % (INE 2022). En este contexto, la inflación entró a la conversación de los hogares y a las definiciones prácticas cotidianas. Como decía Milagros, una profesora de 49 años, en nuestra segunda entrevista:

Todo está más caro. Uno se tiene que igual obviamente ajustarse, porque todas las cuentas han subido. Si antes uno iba al supermercado y salían a 150 000 pesos [180 USD] las cosas generales del mes, ahora tengo que pagar 230 000 pesos [270 USD], o sea, casi el doble. (Entrevista personal, Santiago, 2023)

La sensación que tiene Milagros es compartida por gran parte de los entrevistados: “Las cosas están mucho más caras” y “El sueldo no te alcanza para nada” fueron dos expresiones que escuchamos con frecuencia, particularmente en los dos primeros ciclos de entrevistas.

“Los huevos, las carnes, las verduras, todo ha subido” (entrevista personal, Concepción, enero de 2023), nos dice Ángela, una recepcionista de 52 años, en la segunda entrevista que tuvimos. Ella, al igual que Cristina, una nutricionista, y que Aurora, una empleada, ambas de 42 años, lleva un registro minucioso de los gastos que realiza y en cada ciclo de entrevistas es capaz de decirte con exactitud cuánto han subido los alimentos en el último tiempo y, en función de ello, la ruta de compra que ha trazado y que le permite adquirirlos a menor costo. En palabras de Ángela:

En el supermercado sigue subiendo todo; incluso las marcas que son económicas subieron mucho. El arroz ese que yo lo compraba siempre a 500 pesos, [ahora] está a 800 pesos […] los plátanos siguen estando muy caros: a más de 1000 pesos el kilo. Los limones los hemos encontrado a 1400 pesos, como en oferta, y así las cosas cotidianas ya no se encuentran tan baratas. Ahora buscamos harto por internet y compramos el tarro de café, que yo, en el mercado central lo encuentro a 9000 pesos el tarro de 400 g. En el supermercado te cuesta 13 000 pesos. Lo encontramos a 7000 pesos por internet. (Entrevista personal, Santiago, enero 2023).

En este contexto, los hogares han tenido que desarrollar estrategias de distintas escalas para afrontar las restricciones impuestas por la inflación. Buscar formas de ampliar los ingresos fue la primera que algunos activaron para tener mayor holgura presupuestaria. Por ejemplo, Andrea, de 32 años, vive junto a su hijo de 12 en un sector popular de la comuna de Talcahuano. Es profesora de lenguaje de un liceo hace cinco años. A pesar de contar con un trabajo estable, sus ingresos son variables y disminuyen considerablemente durante el verano. Si bien dice que “antes podía arreglárselas”, la inflación ha afectado significativamente su capacidad de cubrir los gastos del día a día. Frente a ello, ha optado por aumentar lo que percibe mediante trabajos adicionales, como el de bartender o el de vendedora de ropa en la feria los fines de semana, y como el de maestra en talleres de reforzamiento escolar:

En un momento me di cuenta que tenía que trabajar más. Porque los cursos de bartender los hice por gusto, para prepararme un trago rico, pero como no me estaba alcanzando, porque están todas las cosas más caras, empecé a trabajar ya. Como tengo una amiga que trabaja en un pub, entonces cuando el pub hace eventos: “Oye, por favor, agrégame, necesito pegas[3] extra”. “Ya”, me dijo, “yo te aseguro a lo menos tres eventos al mes”. “Ya, po, fantástico”. (Entrevista personal, Concepción, enero de 2023)

“La cosa está muy difícil, no nos estamos solventando, estamos buscando trabajos extras, crear una pyme, no sé, algo que nos dé más plata” (entrevista personal, Santiago, septiembre de 2022), nos dice Álvaro, de 32 años, en nuestra primera entrevista. Él trabaja hace siete años en un ministerio y vive junto a su pareja en una casa que compraron durante la pandemia. A pesar de que comparten los gastos proporcionalmente a sus ingresos, la deuda hipotecaria se le sumó a una serie de otras deudas (educativas y de consumo), lo que ha mermado mucho su situación económica. Además, en pandemia, asumió un rol de apoyo económico para su familia de origen, especialmente porque sus padres vieron afectados sus ingresos: su padre, taxista, enfrentó una fuerte disminución en sus ganancias y su madre, trabajadora doméstica, también experimentó una reducción salarial. Álvaro ayudó con gastos básicos y, asimismo, prestó auxilio financiero a su hermana, quien aún es dependiente económicamente. En este contexto de fuertes restricciones materiales, la pareja ha tenido que realizar ajustes en sus gastos para poder lidiar con los efectos de la inflación:

Mira, por ejemplo, preocuparnos de cocinar, porque antes Maxi compraba almuerzo en su trabajo. Ahora sale todo tan caro que en realidad preferimos comprar en el supermercado, cocinar y que no gaste plata extra. […] Nos alcanza la mitad de las cosas que antes comprábamos. Darnos menos gustos. Nosotros no tenemos tiempo para ir a la feria, entonces, nuestras verduras y todo es del supermercado. Y ahí es sumamente caro […]. Hemos tenido que reducir salidas, y cuando nos hemos pasado, hemos tenido que acudir a la línea de crédito.

Las estrategias más comunes se refieren a los ajustes en la compra de alimentos (Soto Puras y Pérez-Roa 2024). La alimentación es uno de los puntos sobre los cuales los hogares sienten que tienen un mayor control a la hora de maniobrar para sostenerse económicamente en un contexto inflacionario. Estas estrategias toman principalmente tres formas: cambiar las marcas de los alimentos, reducir los ítems de gasto alimenticio y ajustar los itinerarios de compra.

Con respecto al cambio de marcas, los hogares reconocen que, si bien no produce un ahorro tan significativo, en términos de dinero, es lo que pueden hacer más fácilmente. Tal como lo explica Felipe, un administrativo de 47 años, en nuestra primera entrevista:

No tengo como otra forma para recortar mis gastos que, en vez de traer fideos Carozzi, compro Líder [la marca del supermercado], como que por ese lado voy ahorrando […] pero sé que tampoco es algo muy significativo. No me va a salir 100 lucas, me va a salir 92 lucas en la cuenta en el súper, si hago eso, pero igual son lucas que te ahorrás. (Entrevista personal, Santiago, 2022)

Por su parte, la reducción de los ítems de gasto alimenticio va desde dejar de adquirir cosas “especiales”, o “dejar de darse gustitos” o “no comprar cosas cuando están muy caras” hasta comprar mercancía no perecible y acompañar la comida de acuerdo “a lo que uno tenga en la casa no más, aunque se coma arroz con ensalada toda la semana”, como nos cuenta Constanza, una costurera de 55 años. Ella dice que para ordenar sus gastos va al principio del mes a mercar y se preocupa de comprar alimentos no perecibles:

O sea, yo me voy siempre al arroz, al fideo, a los porotos, el azúcar, el aceite, que esos como que no te debe faltar nunca. El acompañamiento ahí se va viendo de acuerdo a lo que uno tiene nomás en la casa. Yo cuando puedo compro y congelo, entonces voy sacando así de a poquito, el día a día nomás. (Entrevista personal, Santiago, 2022)

Si bien hay algunos hogares que buscaron hacer estos ajustes de la manera “más amable posible”, como dice Alicia, una agrónoma de 39 años, por ejemplo, dejando de salir a comer y preparando “cosas ricas en casa”, para los más jóvenes reducir los gastos es una experiencia “angustiante”, en cuanto que lo perciben como “trabajar solo para pagar”, tal como lo relata Álvaro, un administrador público de 32 años:

Uno vive estresado, ¿qué vamos a hacer a fin de mes? No tengo plata, no tengo plata. Y claro, me puedo comprar lo que quiero. Pero ¿qué? No vas a trabajar solo para… ¿para pagar? También tienes que trabajar para disfrutar. Pero es increíble cómo lo económico te puede afectar, porque al final te cuestionás hasta cuántas veces te juntas con los amigos para intentar no gastar tanto. (Entrevista personal, Santiago, septiembre de 2022)

En tercer lugar, el monitoreo de precios y la construcción de un itinerario de compra que les permita “hacer rendir el dinero” constituyen una estrategia que, con mayor o menor frecuencia, todos los entrevistados utilizaron. Por ejemplo, Daniela, una contadora de 48 años, dice cotizar en por lo menos tres supermercados para evaluar mejor sus opciones: “Así yo voy comprando, digo ya, los tallarines los compro aquí, el arroz lo compro allá, el aceite que subió tanto, el aceite acá lo encontré en oferta” (entrevista personal, Talca, septiembre de 2022). Gran parte de los hogares dicen preferir ir a la feria o a los supermercados mayoristas y dejar de comprar en los supermercados tradicionales. Popularmente, estos son espacios cuestionados en razón de algunos escándalos mediáticos de colusión que han ocurrido en Chile en los últimos años4. Por ello, abastecerse en otros lugares es entendido como una forma de eludir los sobreprecios de los productos más allá de la inflación. Así lo explica Estefanía, una asistente social de 33 años:

Uno conversa con mucha gente, te dicen: “¿Sabes qué? Anda a tal mayorista, mira, está como barato” […] antes no iba, decía: “Ah, por cercanía, me queda más cerca el supermercado aquí”, porque aquí uno tiene harto supermercado cerca, ya, pero ahora me he dado el tiempo a ir a estos mayoristas, y, claro, ahí uno trae más cantidad para que dure dos meses, por ejemplo, pero igual me sale más barato que si compro para el mes en el supermercado, digamos, normal, como los de aquí cerca de la casa. (Entrevista personal, Talca, septiembre de 2022)

Ángela, una recepcionista de 52 años que se define como una mujer “busquilla” y como activa vigilante de los precios de los alimentos, en cada una de nuestras entrevistas nos explica cómo la variación de estos entre un lugar y otro afecta su economía. De la mano de su cuaderno de gastos e ingresos, nos muestra el minucioso estudio que ha realizado para poder dar cuenta de las diferencias:

Ahora mismo estaba viendo el valor de las naranjas en el supermercado; ayer estaban a 2500 pesos, pero resulta que, si las compro en la feria o en La Vega, están a 1000 pesos y esta cosa va cambiando todos los días; es decir, yo en el supermercado puedo encontrar de repente los limones a 2500 pesos y resulta que voy a la feria el día siguiente y están a 1000 o 1500 pesos, es decir, la variación que hay. Entonces, para poder comprar barato, hay que conocer dónde comprar cada producto y cuándo es mejor comprar. (Entrevista personal, Concepción, 2022)

Efectivamente, este tipo de tácticas se relacionan con las nociones circulantes de que el alza de precios puede tener su origen en los puntos de venta (greedflation). “Yo ya no voy al súper. Yo voy a la feria porque me irrita ir al súper”, resume Carmen, una psicóloga de 44 años, al referirse a la reiterativa idea de que hay lugares donde el costo de las cosas ha subido más que en otros. Gustavo, un técnico en medioambiente de 32 años, hace alusión a productos particulares cuyos valores tampoco tienen una explicación plausible, lo que provoca cuestionamientos y “aprovechamiento”: “Al principio, el aceite, que era como un meme la cuestión, que solo el aceite que de verdad estaba supercaro” (entrevista personal, Concepción, 2022).

En este sentido, se observa una mixtura de confianza y desconfianza respecto a las explicaciones oficiales sobre la inflación. Por ejemplo, Martina, una profesora de 29 años, reconoce la complejidad del asunto: “Siempre todo sube, o sea, es una curva natural, sube la UF[5], sube el dólar, sube la bencina, por ende, sube absolutamente todo” (entrevista personal, Santiago, 2022). Por su parte, Laura, una periodista de 38 años, es más suspicaz: no entiende por qué el combustible sigue siendo más barato en Argentina, donde por viaje ha podido ir a llenar su estanque con la mitad de dinero que en Chile, lo que le genera dudas. Adicionalmente, hay reflexiones que contextualizan el proceso en el momento político del país, como la de Estefanía, una trabajadora social de 33 años:

Se siente como una incertidumbre […], pero yo no creo que es tanto, quizás no es tanto como por el tema del nuevo Gobierno. Se viene arrastrando hace rato, por todo el tema de la pandemia, del tema del 18 de octubre, cuando empezó todo, y quizás, cosas anteriores, el aumento de las cosas básicas de consumo. (Entrevista personal, Talca, 2022)

Ahora bien, no todas las estrategias de control de gastos se restringen al ámbito alimentario; algunos hogares buscan formas para poder ahorrar y disponer de ingresos en caso de emergencia. Por ejemplo, Gustavo, un técnico en medioambiente de 32 años, tiene un pequeño fondo de dinero que oculta del resto y que ocupa en caso de apuros. Para ello dispone de una cuenta de ahorro asociada a su banco y un mandato de depósito de dinero mensual fijo. “Hacer esconder el dinero” (entrevista personal, Concepción, 2022), como él la llama, es una estrategia que le ha permitido enfrentar algunas urgencias sin necesidad de endeudarse. Si bien la previsión financiera de ahorrar es un privilegio negado a la gran mayoría de los hogares, para algunos pocos es un hábito que les ha permitido sortear los vaivenes económicos con cierta holgura. Por ejemplo, Cecilia, una contadora de 52 años, es trabajadora dependiente y vive con su esposo y su hija en una casa que hace algunos años terminaron de pagar:

Ahorro, ahorro, ahorro, es la única forma […] Yo desde hace años intento ahorrar al menos el 40 % de mi sueldo […] entonces no uso mucho las tarjetas de crédito ni de tienda, porque, como te digo, como tenemos buen trabajo y ya trabajamos los tres, entonces tengo la capacidad de ahorrar todos los meses. (Entrevista personal, Talca, 2023)

El hogar de ella, al igual que el de Milagros, una profesora de 49 años, es uno de los pocos que han podido enfrentar este ciclo con cierta tranquilidad y sin grandes deudas. Ambos comparten ciertas características, como contar con dos o más ingresos fijos, no tener dependientes económicos y no destinar parte de lo percibido a pagos asociados a la vivienda. Dichas características socioeconómicas, además del hábito del ahorro, parecen favorecer el desarrollo de esta práctica.

Finalmente, otra de las estrategias que los hogares despliegan para hacer frente a las dificultades económicas asociadas a la inflación es la postergación de los proyectos económicos a futuro. Cuando las posibilidades de ahorro se agotan, los proyectos se desplazan temporalmente a fechas inciertas, como la idea de irse a vivir fuera de Santiago que tenían Constanza, una técnica de 55 años, y su familia, o la compra de casa deseada por Ignacio, un ingeniero de 29 años, que se trasladó “hasta que la economía mejore” (entrevista personal, Santiago, 2023).

Discusión y conclusiones

El presente estudio ofrece una mirada detallada de cómo los hogares de ingresos moderados en Chile enfrentan las restricciones materiales derivadas de un contexto inflacionario. Para ello, se enmarca en un enfoque antropológico que concibe la inflación no solo como un fenómeno económico, sino también como una construcción social, es decir, como un proceso afectado por nuestras propias evaluaciones sobre el costo de la vida y por nuestro poder adquisitivo. Los hogares chilenos de ingresos moderados son un contexto particular, puesto que no se trata de una sociedad habituada -al menos en los últimos cuarenta años- a la inflación, pero sí a una dificultad para llegar a fin de mes.

Los resultados obtenidos a partir de la investigación longitudinal reflejan que la inflación impacta de manera directa y diferenciada las estrategias domésticas, en función de variables clave como la posición socioeconómica y la manera en que se percibe y se comprende el alza de los precios. En primer lugar, los resultados revelan una marcada dependencia de los ingresos salariales, en virtud de la cual aquellos hogares que cuentan con miembros con empleos fijos tienen mayor capacidad de planificación financiera que aquellos en los que las personas reciben ingresos variables o provenientes de trabajos autónomos. Esto pone de relieve la importancia de la estabilidad salarial como un factor protector en tiempos de crisis económica, un hallazgo que coincide con estudios previos (González de la Rocha 2006) sobre la precarización laboral y su relación con la inseguridad financiera. Sin embargo, la estabilidad salarial no es suficiente para garantizar una protección efectiva frente a la inflación, pues los participantes reportan que el aumento de los precios ha sobrepasado con creces sus ingresos, forzándolos a ajustar sus patrones de consumo y priorizar gastos de primera necesidad.

Ahora bien, los hogares con ingresos variables o cuyos miembros trabajan de manera independiente enfrentan dificultades adicionales para adaptarse al contexto inflacionario. En estos casos, la falta de regularidad en lo que se recibe impide prever con exactitud los recursos financieros, lo que agrava la incertidumbre y obliga a desarrollar tácticas de mayor flexibilidad en los gastos y el consumo. Por ejemplo, el uso constante de créditos y líneas de crédito es una estrategia recurrente entre los trabajadores independientes, quienes deben adaptarse rápidamente a las fluctuaciones económicas. Estos hallazgos subrayan la vulnerabilidad frente a la inflación inherente a este grupo, que no puede contar con una fuente de ingresos predecible y depende principalmente de instrumentos financieros para sostener la economía doméstica.

Además de los ingresos, nuestros resultados dan cuenta de cómo los hogares sienten que las redes familiares juegan un rol crucial en su capacidad para sostenerse en medio de las dificultades económicas. Los que cuentan con redes de apoyo sólidas, especialmente de familiares con mayores recursos, enfrentan la inflación con más holgura y menos ansiedad, mientras que aquellos sin este soporte se ven forzados a “arreglárselas por sí mismos”, como lo expresó uno de los participantes. Este hallazgo pone de relieve la importancia de las solidaridades intergeneracionales (Velde 2014) en contextos de crisis y cómo pueden funcionar como un colchón de seguridad frente a la falta de políticas públicas efectivas que brinden protección a los sectores de ingresos moderados.

Asimismo, la inflación se convierte en una experiencia vivida que altera las dinámicas económicas dentro del hogar, en el cual las decisiones no son únicamente de carácter financiero, sino que están permeadas por negociaciones sociales y afectivas entre los miembros de la familia. Este hallazgo refuerza la perspectiva de Zelizer (2011), quien argumenta que la economía doméstica es también un espacio de relaciones sociales en el que se negocian prioridades, responsabilidades y recursos de manera continua. En este sentido, los hogares estudiados construyen estrategias activas para adaptarse al contexto inflacionario, entre las que se incluyen desde la renegociación de presupuestos hasta la búsqueda de nuevas fuentes de ingresos a través del trabajo informal o de la creación de microemprendimientos.

Hemos analizado las explicaciones de la inflación desde una perspectiva pragmatista: las consecuencias para la experiencia de los actores sociales lo son todo. A pesar de computar solo dos dígitos, el alza de precios irrumpe con mayor fuerza que lo que los números indican. Se trata, pues, de un evento evocador de penurias pasadas (de la década de 1970 hacia atrás), aunque también de tiempos mejores (los años 1990 y 2000), cuando se percibía que la economía funcionaba mejor. Se observan distintas interpretaciones en relación con las razones que explican el aumento de precios y su mantención durante el tiempo. “La vida está cara”. La conciencia sobre los precios es mucho mayor que antes, y eso constituye la experiencia social de la inflación. Esto produce un control social sobre ellos, un monitoreo constante que facilita las cuentas, pero también alimenta la reflexividad sobre causas y culpables: ¿será un problema de oferta o de demanda?; ¿es greedflation o es el Gobierno? Más allá de los números, la evaluación del ciclo político reciente, la percepción de que “algo salió mal”, la angustia de convivir con cosas “nuevas”, la repartición de culpas sobre las causas son elementos que constituyen la construcción social de la inflación, a través de los juicios e interpretaciones que hacen los hogares. En este sentido, la inflación debe ser entendida como una policrisis (Holmes 2023), en cuanto enmarca un proceso social abrumador que, a pesar de que intenta presentarse como un asunto procedimental y técnico, es un problema profundamente complejo, que involucra distintos actores y cuyas explicaciones y soluciones se enraízan en nuestras verdades contextuales.

Las principales estrategias que los hogares de ingresos moderados han desarrollado para enfrentar el contexto inflacionario son la reducción de gastos, el ajuste de patrones de consumo y la diversificación de fuentes de ingreso. Entre las más comunes destacan el cambio de marcas de productos, la compra en mercados mayoristas o ferias, la disminución del consumo de artículos no esenciales y la congelación de alimentos para prolongar su uso. Asimismo, muchos hogares recurren al crédito o a líneas de crédito para sostener sus patrones de gasto ante el aumento de precios. Algunos participantes también buscan generar ingresos adicionales a través de trabajos informales o emprendimientos, como una forma de aliviar la presión financiera. En definitiva, estas estrategias, tanto a nivel material como simbólico, implican una constante renegociación de prioridades dentro del hogar, de acuerdo con la cual las familias intentan balancear la necesidad de ahorro con la preservación de su calidad de vida y sus expectativas sociales.

Por otro lado, el estudio evidencia las limitaciones del sistema financiero chileno para ofrecer soluciones a los hogares de ingresos moderados en tiempos inflacionarios. Aunque las líneas y tarjetas de crédito son percibidas como una herramienta útil para sobrellevar la crisis, el aumento en las tasas de interés asociado a las políticas de control de la inflación ha exacerbado la sensación de malestar entre los participantes, quienes se sienten castigados por el sistema. Este fenómeno no solo refleja la contradicción entre el uso extendido del crédito y las dificultades para acceder a productos financieros asequibles en momentos de alta inflación, sino que también da cuenta de la profundidad de la dependencia de estos hogares frente a dichos productos.

En cuanto a las limitaciones del estudio, es importante reconocer que, al tratarse de una investigación cualitativa centrada en un número limitado de hogares de ingresos moderados, los hallazgos no pueden ser generalizados a toda la población chilena. No obstante, los resultados proporcionan una visión profunda y matizada sobre las experiencias vividas por ellos, lo que aporta a una comprensión más amplia de la economía doméstica en tiempos de crisis. Las estrategias familiares que emergen en este contexto revelan una capacidad de adaptación y resistencia frente a la incertidumbre económica que desafía las narrativas tradicionales sobre la vulnerabilidad de los sectores de ingresos moderados. Además de ser hogares que se adaptan a estos procesos, desarrollan narrativas y dotan de significado sus prácticas, justifican sus decisiones y se interconectan con una compleja red de personas y materialidades que exigen considerarlos en toda su pluralidad.

Finalmente, este trabajo contribuye a la literatura antropológica sobre la inflación al resaltar la importancia de abordar este fenómeno desde una perspectiva situada, que contemple no solo las fluctuaciones macroeconómicas, sino también las vivencias cotidianas de las personas que enfrentan la inflación en sus hogares. La antropología debe proporcionar una comprensión profunda y contextualizada de las dinámicas económicas y monetarias. Facilitar una comprensión más compleja y situada de estos fenómenos explorando cómo las intervenciones económicas generan efectos sociales y distributivos específicos (Holmes 2023).

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1 La investigación de la que surgió este artículo recibió financiamiento del programa de la Agencia Nacional de Investigación Científica (ANID).

2Los ingresos brutos corresponden al total del salario pactado antes de cualquier descuento, incluyendo bonos, cotizaciones previsionales, impuestos y otros aportes legales. En cambio, los ingresos líquidos son el monto final que el trabajador recibe efectivamente en su cuenta, una vez descontadas todas las deducciones obligatorias. La diferencia entre ambos es crucial, ya que los ingresos brutos suelen ser utilizados para evaluar el acceso a beneficios estatales, aunque no reflejan la capacidad económica real del hogar.

3En Bolivia, Chile, Cuba y Ecuador, pega significa trabajo u ocupación retribuida.

4En 2014, las empresas Agrosuper, Ariztía y Don Pollo se coludieron para mantener sus cuotas de participación en el mercado. Por otro lado, en 2020, los supermercados Cencosud, Walmart y SMU se involucraron en una colusión con el fin de establecer precios mínimos para el pollo (Torres 2024).

5La Unidad de Fomento (UF) es un índice financiero establecido por el Banco Central de Chile, que se reajusta diariamente según la variación del IPC del Instituto Nacional de Estadísticas (INE).

Recibido: 12 de Septiembre de 2024; Aprobado: 13 de Junio de 2025; Publicado: 01 de Septiembre de 2025

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