Introducción
El crecimiento de la precariedad laboral entre los jóvenes ha sido declarado como uno de los desafíos más apremiantes para los países del sur de Europa en la actualidad (Paľová y Vejačka 2018; Symeonaki et al. 2019). Particularmente en el Estado español, muchos jóvenes adultos son incapaces de afrontar sus compromisos financieros y garantizar su supervivencia y la de su familia de forma autónoma debido a un modelo de empleo precario1 extendido por las políticas de austeridad2 que siguieron al inicio de la crisis en el 2008 (Narotzky y Pusceddu 2020; Úbeda y Sánchez 2018). En estas circunstancias, los jóvenes bien entrados en la edad adulta se han visto forzados a depender de la voluntad de apoyo de sus padres y madres para satisfacer sus necesidades y aspiraciones cotidianas. De la misma manera, la generación que ahora tiene entre sesenta y ochenta años ha pasado a sentirse obligada a responsabilizarse materialmente de sus hijos adultos y nietos, compartiendo con ellos sus recursos, incluso cuando están empleados, tienen familia o residen fuera del hogar. Sin embargo, mientras que los apoyos intergeneracionales son cada vez más fundamentales para que las nuevas generaciones se ganen la vida, la prolongación de la dependencia altera la valía de las personas, en términos de autoestima y reconocimiento social, y sobrecarga las relaciones entre los miembros de la red doméstica. Como resultado de estas tensiones y ansiedades crecientes dentro de las familias, se va moldeando un terreno complicado y contradictorio para la reproducción social3.
Este artículo estudia cómo los habitantes de una antigua ciudad industrial vasca, llamada Errenteria4, hoy desindustrializada, reorganizan las obligaciones morales entre las generaciones para hacerles frente a las crecientes dificultades de ganarse la vida. La transformación de las prácticas y comprensiones de las interdependencias generacionales es particularmente evidente en los antiguos bastiones industriales, en los que después de la crisis de 2008 se han invertido las expectativas de autonomía que antes eran la norma para los jóvenes adultos. También conocida como la Pequeña Manchester, Errenteria fue uno de los centros fabriles más destacados del Estado español durante el siglo XX por su importante industria siderometalúrgica y papelera, y una de las ciudades que mejor representan el crecimiento acelerado y el auge económico vividos entre 1950 y 1973 aproximadamente. El carácter estratégico de estas industrias para la dictadura franquista y la intensa movilización obrera propiciaron la estabilidad y las subidas salariales de estos trabajadores. Esto les permitió transformar parte de sus ingresos en propiedad de vivienda, lo que a su vez generó una perspectiva de progreso económico que fue traducida como la representación social de una vida mejor. De esta forma, los ciclos vitales y las relaciones u obligaciones entre las generaciones estuvieron enmarcados por esta coyuntura a largo plazo de estabilidad del empleo industrial masculino que proporcionaba ingresos sostenidos y el derecho a una pensión contributiva después de la jubilación (Narotzky y Pusceddu 2020, 144). Estrictas normas de género hacían que a los hombres se les asignara el rol de proveedores y a las mujeres el de amas de casa que, con independencia de su participación en el mercado laboral, debían cuidar a sus maridos, hijos y, más tarde, a sus padres y a los de sus esposos (Arbaiza 2016, 43). Todo ello permitía que los hogares de jóvenes adultos que trabajaban fueran autónomos frente a la generación anterior.
Sin embargo, esta estructura ocupacional estable se vio truncada cuando los primeros Gobiernos que siguieron a la Transición Española (1973-1982) implementaron los planes de reconversión industrial. Aunque oficialmente pretendían preparar al Estado español para su incorporación a la Comunidad Económica Europea y para los desafíos de la competitividad del libre mercado, en la práctica significaron la destrucción del tejido industrial. Como en otros distritos industriales, la falta de oportunidades laborales, el desempleo y las cuantiosas prestaciones por jubilación anticipada se generalizaron en Errenteria hasta finales de los años noventa, lo que empujó a los jóvenes a apoyarse en los subsidios que sus parientes mayores, en gran parte masculinos, acababan de recibir. Cuando, con el cambio de siglo, la estabilidad laboral fue reemplazada por el predominio de empleos temporales y de bajos salarios en el sector de servicios y logística que incorporaron principalmente a mujeres y jóvenes, también empezaron a redefinirse las responsabilidades de cuidado en los hogares, pues los hombres asumieron más tareas reproductivas, sin que se pueda hablar en ningún caso de un reparto igualitario de dichas responsabilidades (Legarreta Iza 2021, 96).
Paralelamente, los hogares de jóvenes adultos con doble ingreso fueron impulsados a adquirir préstamos hipotecarios y créditos al consumo a raíz de la facilidad que había para obtenerlos a principios de los 2000. Esta situación generó entre los jóvenes adultos una aparente sensación de autonomía para desarrollar sus proyectos vitales sin las restricciones impuestas por sus bajos salarios, pero simultáneamente dio origen a una generación muy endeudada (López Calle 2019, 6). Además, este espejismo de movilidad social iba a ser de corta duración (Rodríguez López 2022, 283). A causa de la crisis de 2008, que llevó a una tasa de desempleo juvenil (de 16 a 24 años) cercana al 40 % y a un 17,9 % entre jóvenes adultos (de 25 a 44 años) (Eustat 2025), las nuevas generaciones se han visto imposibilitadas para afrontar la mayoría de las obligaciones que antes venían con la edad adulta. Las políticas de precarización del empleo llevadas a cabo durante el periodo de austeridad, los recortes en los servicios públicos y la carga del endeudamiento doméstico en algunos casos han provocado una prolongación forzosa de su dependencia respecto a sus progenitores, en ocasiones de forma indefinida, invirtiendo así el flujo tradicional de responsabilidades intergeneracionales. En el año 2017, el 62,1 % de los vascos menores de 35 años, aun teniendo trabajo, vivían con sus padres y la edad de emancipación, cerca de la treintena (29,4 años), era de las más altas de la Unión Europea (Observatorio Vasco de la Juventud 2023, 84-86). Al mismo tiempo, muchos de aquellos jóvenes adultos que ya se habían emancipado en los años previos a la crisis se vieron obligados a regresar al hogar paterno, incapaces de sostenerse por sí mismos. El modelo fordista de ciclos de vida y obligaciones domésticas se ha vuelto irreproducible para una generación de jóvenes adultos que a duras penas consigue llegar a fin de mes.
En este artículo reflexiono sobre el entrelazamiento entre las obligaciones morales intergeneracionales, las prácticas de solidaridad familiar y las políticas públicas a partir del análisis de estas transformaciones en la experiencia de vida en esta antigua región industrial. En particular, el artículo problematiza la naturalización de la elección de abuelos y abuelas como sostén familiar principal y prolongado y propone interpretarla en relación con la macroescala de la reestructuración industrial, la precarización del mercado laboral y el régimen de austeridad que han cambiado las oportunidades locales de ganarse la vida. Si bien la importancia de las relaciones de ayuda familiar no es una novedad en la sociedad vasca5, lo que sostengo es que el nuevo modelo de obligaciones morales y transferencias materiales de padres a hijos que se ha implantado e intensificado en el periodo de austeridad va más allá de la compensación de la familia a las insuficiencias del Estado. Lo que quiero argumentar es que esto representa un cambio importante en las estructuras políticas de responsabilidad y por tanto en las relaciones de reproducción social del actual ciclo del capital.
Para eso, en la primera sección presento el marco analítico que se utiliza a lo largo del texto, con el fin de vincular las obligaciones morales, las solidaridades familiares y las políticas públicas, y que nos servirá para interrogarnos sobre las actuales relaciones de reproducción social y sus crisis. Las siguientes secciones abordan las diversas formas de interdependencia generacional emergidas en el periodo de austeridad, las gramáticas emocionales que se utilizan para naturalizar esta clase de apoyo informal y las tensiones y conflictos que se generan en el proceso. El artículo termina con una reflexión en torno al papel que juega este reforzamiento de las obligaciones intergeneracionales en el régimen de austeridad y sus posibles implicaciones en las luchas (por cambiar las relaciones) de reproducción social.
La investigación que da origen a este artículo6 se basa en un trabajo de campo etnográfico que duró quince meses, realizado entre 2017 y 2018, y que permitió la observación continuada de las transformaciones que la última crisis financiera y el régimen de austeridad han provocado en los proyectos de vida y las formas de aprovisionamiento de las clases trabajadoras7 de distintas generaciones en Errenteria. Durante este tiempo, he examinado las vías de subsistencia y el manejo de las economías domésticas de 23 miembros, de distintas generaciones y posiciones socioeconómicas, que componen 14 grupos familiares, a los cuales accedí con base en la estrategia de la bola de nieve8. La observación realizada a nivel de las prácticas y los discursos se ha centrado en los esfuerzos y malabarismos que hacen estas personas para sacar sus vidas y las de los suyos adelante, así como en las formas en que estas personas viven y entienden el contexto de crisis y austeridad. El trabajo de campo ha combinado la observación etnográfica con la realización de entrevistas, conversaciones, historias de vida, trayectorias financieras, laborales y residenciales, presupuestos domésticos y diarios financieros. El análisis estadístico y documental de la historia económica y laboral del País Vasco completó la investigación etnográfica.
Para este artículo recojo el tipo de oportunidades y las dificultades materiales que, en distintos grados, diez jóvenes adultos de este entorno posindustrial experimentan para ganarse la vida, y las complejas prácticas de apoyo (y confrontación) intergeneracional que se generan en la experiencia de la dependencia prolongada de los bienes, cuidados y pensiones de sus parientes mayores. El texto abarca no solo las prácticas de apoyo entre las generaciones, sino también las elaboraciones discursivas justificadoras de la provisión -y la negación- de ese apoyo. Cuatro voces más de la generación mayor enmarcan la ambivalencia y los complicados manejos de estas relaciones de apoyo al compartir con nosotros lo que hacen, piensan y sienten mientras se aumenta la responsabilidad filial.
Hogares, obligaciones morales de cuidado y reproducción social
La relevancia económica de las prácticas informales de prestar apoyo -generalmente ignoradas como cuidados y asociadas al hogar y a lo reproductivo- ha tendido a pasar desapercibida en la perspectiva económica ortodoxa. Sin embargo, como han mostrado los debates feministas, estas son elementos cruciales no solo para entender cómo las personas sostienen su vida, sino también para comprender cómo funciona y se reproduce la economía capitalista (James y Dalla Costa 1972; Picchio 1992, entre otras).
Prestar atención a los cuidados y al trabajo no remunerado le ha permitido a la perspectiva feminista construir una base importante para repensar la economía, desplazando el eje analítico desde los procesos de valorización del capital a los procesos de sostenibilidad de la vida (Pérez Orozco 2014). Entre sus aportaciones teóricas más importantes destaca la crítica al concepto teórico del homo economicus (Elson 2002), que abstrae al sujeto económico de su vulnerabilidad ontológica (Butler 2001) y de sus relaciones sociales y redes de interdependencias (Russell Hochschild 2003), además de ocultar los otros valores por los que las personas reales actúan más allá del interés individual maximizador (Villarreal 2014; Zelizer 2011).
En lo que sigue, con el propósito de comprender las relaciones cambiantes entre las generaciones, se analizarán juntos los aspectos materiales y morales de las luchas por ganarse la vida y tener una vida que merezca la pena. Asimismo, se comprenderá que estas microdinámicas están delineadas por configuraciones sociales de poder y distribución de recursos. En última instancia, esto permitirá interrogarnos por las transformaciones de las condiciones de reproducción social que hacen posible la vida y por cómo las personas les dan continuidad, se resisten a ellas o intentan cambiarlas.
Entre la dependencia forzada y la responsabilidad obligada
Cuando Iker se vio obligado en su treintena a regresar a la casa de sus padres tras el cierre de su pequeña empresa, las expectativas de autonomía sobre las que creía que devenía la vida adulta parecieron desvanecerse. Él, que llevaba más de una década viviendo por su cuenta, describió el retorno al hogar paterno como “un paso atrás”, revelando así la percepción de una regresión a las primeras etapas de la vida. Hijo de padres separados, decidió acudir a su padre, un mecánico jubilado, confiando en que su pensión sería suficiente. Aun así, no le consultó si podía regresar. Simplemente le contó lo que le pasó y le dijo que volvería a casa. Su padre tampoco le preguntó de más. En los casi dos años que convivió con su padre no colaboró con los gastos del hogar. A pesar de las facilidades que este le puso, tener que regresar a casa no fue una decisión agradable para él. La expresión que utilizó para explicar su retorno: “Tuve que volver”, y el tono en el que la dijo transmitían no solo la frustración, sino también la falta de alternativas viables en su situación.
El caso de Iker no es excepcional. La incapacidad de enfrentar los compromisos financieros y garantizar de forma autónoma la propia sobrevivencia, y a veces la de la familia, es una experiencia bastante extendida. En esta situación, son muchos los que como Iker se han visto forzados a depender de los recursos de padres bien entrados en la edad adulta. Esa ha sido igualmente la experiencia de Itziar, que, en el 2015, a sus 35 años, renunciaba a una carrera de investigación en el extranjero por valorarla como demasiado inestable, para luego regresar a la casa familiar mientras encontraba trabajo. También a ella la acogieron sin preguntas ni condiciones explícitas, y aun así Itziar describió aquel episodio como una dependencia y convivencia forzada atravesada por un fuerte sentimiento de ruptura de expectativas:
Tener que volver a casa de mis padres me mataba. Desde que tenía veintitrés años he vivido fuera […] y de pronto volver a casa [Itziar resopla al recordarlo y se queda unos segundos callada]. Y mira que me dieron toda la manga ancha del mundo ¡eh! Pero [resopla de nuevo y baja la mirada] ¡otra vez! (Entrevista personal, 2018)
El retorno a la convivencia familiar tras años de una vida “independiente” se suele entender como reflejo del fracaso vital y genera un fuerte sentimiento de frustración e inadecuación en muchas de las personas que conocí en el trabajo de campo. Esta es una experiencia que algunos pueden evitar gracias a las segundas propiedades o los recursos monetarios que los padres comparten con sus hijos para pagar alquileres e hipotecas, lo que, más allá de un techo donde refugiarse, permite hacer un hogar, en el sentido de un lugar necesario para el cuidado y la reproducción de la vida y la familia. Eider, trabajadora pública de 42 años, recientemente desempleada a causa de unas medidas de austeridad, dice sentirse una “privilegiada”, no solo porque vive en una segunda residencia de sus padres de forma ventajosa, sino también porque ahora que está sin trabajo cuenta con el apoyo de ellos. Para los jóvenes adultos de esta ciudad, como Eider, es evidente que detrás de la calma aparente que demuestra la juventud vasca ante la crisis están el sacrificio y los recursos de sus padres:
Yo por lo menos noto mucho eso, que nuestra generación, gracias a nuestros padres, tenemos muchas cosas. A ver, mira mi casa. Si mis padres no estuvieran ahora, estaría acojonada porque tengo que pagar la casa, y no lo estoy. Y eso da una tranquilidad de la ostia. Yo tengo esa tranquilidad, y para mí esa es la clave. Y como yo mucha otra gente. Y sí, la crisis se notó, pero tenemos ese punto de estabilidad. No todo el mundo, ¿no? Conozco a algunos/as[9] que no tanto, pero a mi alrededor, aunque nos haya afectado la crisis, esa crisis se ha salvado hasta un punto mediante el sacrificio de nuestros padres[10]. (Entrevista personal, 2018)
Más allá de la provisión de la vivienda, los jóvenes adultos también suelen necesitar, en distintos grados, del apoyo monetario de sus padres para llegar a fin de mes. De este modo, es común pedir dinero para afrontar facturas elevadas, gastos extras asociados a enfermedades no cubiertas por la sanidad pública, celebraciones o acontecimientos de los ciclos de vida. Asimismo, es recurrente acudir a los padres para afrontar deudas o para poder empezar proyectos.
Otro gran aspecto en el que el apoyo intergeneracional es cada vez más requerido es el asociado al cuidado de los y las nietas. Esta dependencia, agudizada por los recortes a los servicios públicos del periodo de austeridad, agrava los problemas preexistentes de conciliación. Para muchas jóvenes familias envueltas en trayectorias laborales discontinuas o en horarios irregulares, la provisión de cuidados por parte de las y los abuelos, muchos con una relativamente buena salud al encontrarse prejubilados, es un recurso clave para poder hacer un hogar o una familia. Esa era, por ejemplo, la situación de Mikel y Elene, una joven pareja de poco más de cuarenta, padres de dos hijos pequeños de seis y dos años, que trabajaban, él en una fábrica de la ciudad, en turnos de mañana, tarde y noche que cambiaban cada cuatro días, y ella en la sanidad pública, en una jornada laboral regular a la que se agregaban turnos de noche. Dado el horario rotatorio del matrimonio, son las abuelas las que diariamente se adaptan y se hacen cargo de los niños: los despiertan y les dan el desayuno, los llevan a la escuela y los recogen, les dan la merienda o los atienden por las tardes. La relevancia de este apoyo en la crianza de sus hijos es tan evidente que Mikel afirma: “Gracias a ellas puedo tener familia”.
Aunque el apoyo intergeneracional suele activarse para hacer frente a situaciones que se piensan como pasajeras o puntuales, en muchas ocasiones termina prolongándose para responder a contextos duraderos de precariedad y de alto coste de la vida, prácticamente de por vida. Un ejemplo de ello es el de Eli, una mujer de 37 años, madre de tres hijos, que se sitúa en la precariedad económica a causa de sus ingresos modestos y del impacto del divorcio. En su caso, la ayuda familiar había empezado con el fin de afrontar los efectos de su separación: costear los gastos del abogado, pagar el alquiler de la nueva vivienda y, en términos generales, tener el dinero para llegar a fin de mes. Han pasado más de diez años desde entonces, Eli tiene una nueva pareja y recibe una prestación social, pero aun así sigue dependiendo del apoyo financiero de sus padres para llegar a fin de mes.
Por su parte, las personas de la generación mayor expresaron un sentimiento de deber, de tener que ayudar a las generaciones jóvenes en lo que pudieran, con frases como “¿qué vas a hacer si no?”. En sus narrativas destaca un sentido de responsabilidad obligada de apoyar a sus hijos adultos y sus familias, renunciando a la separación que debería producirse cuando estos obtienen sus propios ingresos. Aunque están en una edad en la que pretendían descansar y reducir sus responsabilidades, reconsideran sus decisiones económicas a partir de la amenaza de movilidad social descendente para sus hijos. Esto sucede incluso en hogares en los que los jóvenes adultos tienen trabajo y viven fuera de casa. Por ejemplo, cuando a Anabel y Juan Antonio, ambos antiguos obreros en las grandes fábricas de la ciudad, se los empujó a aceptar una jubilación anticipada a raíz de la crisis del 2008, una de sus principales preocupaciones y de las cuestiones por valorar en la negociación fue si la pensión que recibirían sería suficiente no solo para que el matrimonio pudiera sustentarse, sino también para poder mantener la solidaridad familiar con sus hijos, aunque estos ya rebasaran los cuarenta, tuvieran empleo y residieran hacía años fuera de casa.
De hecho, en antiguas zonas industriales como Errenteria, uno de los grandes recursos que permiten reorganizar la solidaridad familiar es el de las pensiones públicas de jubilación. La generación mayor, gran parte de ella jubilada o prejubilada por los sucesivos planes de reconversión industrial, las utiliza como el principal ingreso distribuido a través de la red familiar. Se calcula que las prestaciones sociales, en su mayoría compuestas por estas pensiones, proporcionan casi un tercio de los ingresos totales de los hogares de Errenteria (Eustat 2024). Esto se debe a que la carrera de cotización en el sector industrial determina directamente la cuantía de las pensiones públicas, de modo que en Errenteria y otras antiguas ciudades industriales del País Vasco se concentran las pensiones medias más elevadas del Estado. En consecuencia, el acceso a pensiones suficientes tiene un componente generacional y de género importante, lo que crea desigualdades en las oportunidades para acceder a los recursos y para canalizarlos a través de las generaciones.
Estas disparidades provocan cuadros totalmente diferentes de estrés generacional entre los hogares y entre hombres y mujeres. Un claro ejemplo es el de Carmen, la madre de Iker, que expresa su ansiedad y su frustración al no tener acceso a una pensión que le permita sostenerse y apoyar a sus hijos, debido a que el sistema de pensiones no reconoce adecuadamente las trayectorias laborales feminizadas, caracterizadas por sus bajas cotizaciones y su tendencia a la informalidad. A sus 56 años, separada, desempleada y con una lesión en el brazo que le impide seguir trabajando de empleada doméstica, lamenta que sus hijos busquen refugio con su padre en vez de con ella.
El trabajo de campo también reveló los límites de reproducción de este “nuevo” modelo de obligación moral, pues permitió observar a algunas familias en las que esta emergente solidaridad intergeneracional no podía darse y, de hecho, se invertía, en la medida en que son los hijos e hijas adolescentes y jóvenes los que apoyan a sus padres. Ese es el caso de la red doméstica de Alba. Hija de un albañil y de una administradora en una empresa de la construcción, recuerda cómo con 20 años empezó a dejar dinero para la economía familiar cuando sus padres, Manuel y Almudena, con 50 y 45 años respectivamente, perdieron al mismo tiempo el trabajo tras el estallido de la burbuja inmobiliaria. Con una hipoteca por pagar, la ayuda de sus respectivos padres y otros familiares, así como de instituciones públicas y asociaciones como Cáritas, no era suficiente, por lo que acudieron también a su hija. Cinco años más tarde, en el 2017, Manuel permanecía en el desempleo, con un cuadro agudo de depresión, mientras que Almudena compaginaba múltiples trabajos al tiempo que recuperaba habilidades feminizadas para poder obtener ingresos extras de manera informal. Por su parte, Alba, que por aquel entonces tenía 25 años, trabajaba con contratos de corta duración y seguía dejando parte de su sueldo en casa. En un plano más general, lo que muestra este relato es que el nuevo modelo de obligaciones morales y transferencias materiales de padres a hijos es difícilmente reproducible para muchos hogares, debido a que las premisas económicas en la que se basa -pensiones, ahorros, propiedad libre de hipoteca- no están al alcance de las generaciones más nuevas.
Las gramáticas morales y emocionales de la crisis o la naturalización de los padres como sostén familiar
El aumento de la dependencia de los jóvenes adultos no solo ha reconfigurado las prácticas de transferencias materiales entre las generaciones, sino que ha replanteado las comprensiones sobre lo que esperan y pueden exigir -y por supuesto negar- unas de otras, en un proceso no exento de ambigüedades y contradicciones.
Las narrativas de los interlocutores de esta investigación en torno a la solidaridad familiar evidencian la naturalización del apoyo intergeneracional de padres a hijos en la edad adulta. En sus relatos es común asociar el apoyo material a la consanguinidad, como si la solidaridad fuera algo inherente a la familia. Desde esta perspectiva, la familia aparece regida por un principio de reciprocidad generalizada, de acuerdo con el cual los bienes y servicios deben circular de manera altruista y sin la expectativa de un retorno inmediato. Esto, y la tendencia a sobrevalorar la dimensión emocional del cuidado, lleva a que el apoyo familiar se justifique con una gramática que exalta el amor, la lealtad incondicional, la confianza o el inquebrantable sentido de sacrificio. La motivación que se encuentra detrás de la prolongación de la responsabilidad parental aparece envuelta con un lenguaje de amor a los hijos, pero también como una obligación impuesta y de sentido de sacrificio, según indican expresiones como “son mis hijos, ¿qué vas a hacer si no?”, que, a falta de una responsabilidad social, convierten en inevitable el rol de refugio de los padres.
Por su parte, en los relatos de las generaciones jóvenes el apoyo familiar aparece como un derecho instituido, algo que dan por sentado, por el mero hecho de ser familia. Aunque siguen luchando por recuperar su autonomía, en sus narrativas se observa que no solo esperan de sus padres que los ayuden y se sacrifiquen por ellos, sino que, además, entienden que deben ser sus padres quienes, de buena gana, muestren una predisposición genuina para tomar la iniciativa. Al mismo tiempo, entienden que la responsabilidad del bienestar de sus propios hijos no es solo de ellos, sino también de los abuelos y abuelas. Las palabras de Eli, mencionada con anterioridad, reflejan este punto:
Yo creo que una familia somos todos. Aunque sean mis hijos/as son también sus nietos/as y ellos tienen que disfrutarlos sin que yo se lo pida. […] Que luego hacen todo muy a gusto, pero no me gusta tener que pedirlo. ¿Por qué tengo que pedirlo yo? ¡No! Yo quiero que les salga a ellos.
La naturalización del apoyo familiar es más clara cuando involucra a mujeres mayores, ya que la reconfiguración de las transferencias y obligaciones morales de cuidado entre las generaciones está igualmente atravesada por ideologías de género. Siguiendo las expresiones que la división sexual del trabajo ha tomado en las sociedades industriales, deslizándose del ideal de ama de casa a la supermujer, también ahora las mujeres mayores, más que los hombres, asumieron la responsabilidad del cuidado y prolongaron el apoyo a sus hijos adultos (Legarreta Iza 2021, 93).
Tal como indican las teóricas feministas (Esteban 2017, 41; Pérez Orozco 2014, 184), más allá de quién realiza los trabajos o asume la responsabilidad de cuidar, lo relevante aquí es que se naturaliza como un atributo femenino, en la medida en que la capacidad y el deseo de cuidar se entienden como consustanciales a la mujer, y el cuidado, como algo que se realiza por amor y sin esperar nada a cambio. Esto se puede apreciar en las narrativas de las mujeres mayores, que construyeron, más que los hombres, un discurso moral sobre el imperativo de cuidar de sus familias y sacrificarse para garantizar las condiciones de existencia. De la misma manera, los jóvenes adultos señalaron la prioridad de la madre sobre el padre a la hora de pedir apoyo, aludiendo al altruismo, la predisposición y el carácter emocional que adjudican a la figura materna. Esto es especialmente evidente cuando se trata de los trabajos de cuidado típicos. Por ejemplo, Mikel, el obrero industrial que trabaja por turnos y pide ayuda a las abuelas en la crianza de los hijos, argumenta en estos términos por qué son ellas, y no los abuelos ni tampoco un o una trabajadora remunerada, quienes deben encargarse de su cuidado: “Las abuelas lo hacen a gusto”, “Las abuelas desean estar con los nietos/as” o “Los niños y las niñas con los que mejor están es con las abuelas”. La sobrevaloración de la dimensión emocional de los cuidados en detrimento de otras dimensiones más materiales que entran en juego, así como la construcción social de las mujeres en cuanto seres más emocionales que los hombres, lleva a que se asuma que las mujeres de la familia están más capacitadas para el cuidado.
Estas desiguales atribuciones de la obligación de apoyar en función del sexo/género también eran visibles incluso en transacciones monetarias significativas. Un claro ejemplo es el del acceso a la propiedad de la vivienda, en relación con lo cual las transferencias intergeneracionales se han convertido en una condición indispensable para que los jóvenes adultos con empleos precarios y, por tanto, con poca capacidad de ahorro puedan cumplir con los requisitos impuestos por los agentes inmobiliarios y financieros (por ejemplo, entradas del 20 % del valor del inmueble). Así lo fueron para Xabier, un trabajador temporal del sector educativo de 33 años e hijo de padres separados que reconoció que, cuando decidió pedir dinero prestado para la hipoteca, escogió a su madre como fiadora, a pesar de que su padre, trabajador estable de una de las grandes fábricas de la ciudad, contaba con mayores recursos económicos. Su decisión se basó en que su madre, llamada Miren Jone, siempre había mostrado predisposición para apoyarlo, por lo que señaló que “es algo natural acudir a ella”. Motivada fundamentalmente por la posibilidad de satisfacer las expectativas de bienestar de su hijo y siguiendo el ideal de que la propiedad de la vivienda es la mejor forma de tenencia y la estrategia más sabia para planificar el futuro, Miren Jone no solo formalizó a través del banco un préstamo sin intereses por el valor de la hipoteca, sino que además le dio el dinero de la cuota inicial como incentivo. Al preguntarle a Xabier qué sucedería si no pudiera hacer frente al pago del préstamo, volvió a envolver esta transferencia en un marco emocional que infravaloraba su valor económico:
La tranquilidad que nosotros tenemos es que pasara el cataclismo que pasara, cuando al final a quien le debes es a tu madre, y cuando tu madre tiene la voluntad de ayudar, o que un mes por alguna razón no le pagáramos o porque se me ha olvidado, no tendríamos problemas para devolverle dos el siguiente mes y que mi madre lo entendiera. Ella tiene su trabajo, tiene la casa pagada. Nosotros agarramos desde sus ahorros, entonces tampoco era algo que necesitara en su día a día. Mi madre no gasta. (Entrevista personal, 2018)
En resumidas cuentas, esta idea naturalizada y emocional de la solidaridad familiar -y de las mujeres- no solo logra instaurar vías de aprovisionamiento y definir categorías de personas que tendrán acceso a ellas y de las que serán violentamente marginadas (Narotzky y Besnier 2014), sino que también tiende a diluir la dimensión conmensurable y cuantificable de las transferencias, oscureciendo elementos cruciales para la reproducción social de los hogares. De esta forma, transferencias que en otro contexto se regirían por estrictas normas, aquí logran presentarse como de intercambio generalizado, es decir, fuera del interés, la explotación (apropiación de plusvalía) y la dominación (obligación directa de trabajar).
La ambivalencia de la solidaridad familiar: las tensiones de la dependencia y la solidaridad
Mientras el apoyo intergeneracional constituye un pilar fundamental para ganarse la vida, nadie parece estar a gusto en esta situación. A pesar de la naturalización de la solidaridad familiar y del fuerte sentimiento de responsabilidad parental por el bienestar de la familia extensa, el día a día deja entrever sentimientos ambivalentes generados por la dependencia forzada y prolongada. Al mismo tiempo, los modos de vida precarios bloquean la forma en la que, en el pasado, las personas de los antiguos entornos industriales adquirían valor personal (autoestima) y social (reconocimiento y respeto). Todo ello está produciendo nuevas ansiedades y tensiones dentro de los hogares, en los cuales se multiplican formas íntimas de conflicto que moldean un terreno complicado y ambiguo para la reproducción social.
Para las generaciones jóvenes adultas de estos tradicionales entornos industriales, un sentimiento de inadecuación por no cumplir a su edad con sus obligaciones domésticas y otro de frustración y humillación por no valerse por sí mismas en una sociedad que alaba la autonomía oscurecen emociones de alivio y gratitud hacia sus padres. Un ejemplo de ello es el de Sara, una joven de treinta años que, cuando la conocí, trabajaba de camarera después de un tiempo en el desempleo. Como indican las siguientes palabras, la experiencia del desempleo previo impactó no únicamente en lo que se refiere a su contribución económica, sino en su autopercepción: “Sentía que no hacía nada con mi vida” (entrevista personal, 2018). A pesar de sus estudios superiores, la falta de oportunidades laborales dignas había hecho que Sara dependiera de la ayuda económica de sus padres desde su temprana juventud. Lo que había empezado como una solidaridad para hacer frente a los bajos sueldos que encontraba en sus primeros años en el mercado de trabajo seguía siendo, diez años después, una ayuda indispensable. Sara se mostraba agradecida por el apoyo prolongado que, entre otras cosas, le permitía trabajar solo a media jornada para realizar voluntariados y así ganar experiencia profesional. Sin embargo, no ocultaba la carga emocional que esto le provocaba y su miedo a que sus parientes pensaran de ella que era una vaga y una aprovechada. En parte por eso, decidió aceptar el trabajo de camarera y esconderles buena parte de sus consumos de ocio, como viajes, conciertos o cenas en restaurantes. Y también por eso, se molestó cuando ellos le mandaron una oferta de trabajo en un supermercado y visiblemente disgustada señaló: “¿Qué me quieren decir con eso? ¿Que me ponga a trabajar ya? Me pagan, me pagan. Pero yo también tengo derecho a optar a algo mejor que eso”. En el día a día, la tensión entre la autonomía y la dependencia que viven los jóvenes adultos impregna de ansiedades la vida cotidiana, y hace más tirantes, en distintos grados, los lazos afectivos que están en la base de esa solidaridad.
En la mayoría de los casos, las tensiones fueron mayores cuando los jóvenes se vieron forzados a cohabitar con sus padres, lo que derivó en formas íntimas de conflicto. Como otros que debieron regresar a la casa familiar después de años de haberse emancipado, Iker explicó que dormir en su cama de adolescente inició un proceso de infantilización o negación de su autonomía adulta que intensificó la experiencia de precariedad y de desempleo. La mayoría de los conflictos cotidianos tenían que ver con poder decidir por sí mismo sobre cuestiones de ocio, manejo del dinero, sexualidad o tareas domésticas. La acusación “esto no es un hotel”, que algunos jóvenes tuvieron que escuchar de sus parientes mayores, refleja la otra dimensión de la dependencia forzada: la sobrecarga física, mental y emocional que sienten los miembros de la generación mayor por la extensión de la obligación parental.
Y es que, a pesar de la preocupación por el bienestar de sus hijos y nietos, y del apoyo, en muchos casos incondicional, que brindan en el día a día, algunas personas de la generación mayor veían injusta la adjudicación de la responsabilidad por el bienestar de aquellos. A Begoña, una peluquera a punto de prejubilarse, casada y con dos hijos en la treintena a los que no dudaba en ayudar económicamente, le molestaba ver a sus amigas encargándose diariamente del cuidado de los nietos. Ella, que las describió como “abuelas trabajando para sus hijos” (conversación informal en español, 2018), piensa que los jóvenes tienen poca consideración sobre el tiempo de los mayores y se preocupa expresamente por el agotamiento y el empeoramiento de la salud de varias de sus amigas por ello.
Los reproches y las tensiones entre las generaciones exceden la esfera doméstica. Anabel, presentada anteriormente, trabajadora jubilada del sector del metal y que actualmente milita en un sindicato ofreciendo asesoramiento a los jóvenes, censuró que estos se estén refugiando en los padres y que no se enfrenten a los problemas reales que los están destruyendo:
Oye, tú tendrías que ver aquello. Vienen [al sindicato] y te dicen: “Me ha mandado mi madre”. Eso me toca la moral. ¿Me ha mandado mi madre? ¿De verdad? […] La gente viene con grandes problemas, pero nunca se han planteado desde el principio que igual hay que poner límites. Yo no puedo trabajar 45 horas a la semana. ¡Que no! Que hay leyes ahí. La gente no se informa. A las y los jóvenes, a más de uno/a, les daba un coscorrón. ¡No es posible!
Como ella, otros muchos de la generación mayor, que recuerdan sus años de lucha obrera en etapas similares de vida a las de los jóvenes de ahora, acusan a estos de no tener respeto propio y de haber perdido la conciencia de clase y la ética del trabajo y el sacrificio. Los jóvenes, por su parte, criados con historias sobre huelgas masivas, barricadas, ocupaciones de fábricas y asambleas clandestinas que la generación mayor protagonizó en los años de la dictadura y de la reconversión industrial, también se encuentran en una situación ambivalente. Por un lado, sienten orgullo por las luchas libradas y los derechos conquistados por los mayores, pero al mismo tiempo los acusan de ser unos privilegiados en relación con el acceso al empleo estable, la propiedad de la vivienda o las pensiones públicas dignas, recursos que a ellos les están siendo privados.
Lo que todo esto muestra es el complicado y contradictorio terreno en el que se mueve la solidaridad familiar. Ese terreno lleva a que esta se mezcle con el conflicto y el resentimiento, de modo que termina tensando esos mismos lazos afectivos y de responsabilidad filial que están en la base del apoyo familiar. De esta forma va quedando claro que estas políticas de austeridad no solo tienen efectos en las condiciones materiales de vivir y gestionar la vida, sino también en la experiencia emocional del día a día, en cómo las personas se relacionan y se perciben a sí mismas y perciben a los demás. Como resultado, las condiciones actuales de la reproducción social están configurando un terreno en el que ganarse la vida y mantener la dignidad se han convertido en una fuente constante de ansiedad y tensión.
A modo de conclusión
A pesar del escaso reconocimiento que recibe la solidaridad familiar en los análisis económicos convencionales, lo que este estudio de la vida cotidiana durante la coyuntura de la crisis y la austeridad en el País Vasco nos demuestra es que estos vínculos morales y modos informales de prestar apoyo se volvieron centrales para la provisión de los recursos necesarios para la subsistencia y para mantener vivas las aspiraciones sociales de los jóvenes adultos precarizados. Como hemos sostenido a lo largo del artículo, esto representa una ruptura con el modelo fordista de las obligaciones y ciclos de vida, que si bien es una excepción en términos históricos y geográficos (Breman 2013), y si bien ha sido un arreglo limitado y parcial (Kasmir 2018), forma parte de la experiencia reciente de estos lugares y por tanto también de sus expectativas de bienestar.
Los ejemplos etnográficos presentados muestran que las políticas de austeridad llevadas a cabo a partir de la entrada en crisis han implicado un proceso de refamiliarización o rehogarización (Ezquerra 2012), tal como empezó a verse en los años ochenta y noventa con la reconversión industrial. El trabajo de campo indica asimismo que la rehogarización de la responsabilidad del cuidado recayó de manera desigual entre mujeres y hombres. Las mujeres mayores se sintieron más obligadas que los hombres mayores a movilizar la solidaridad, retomando los antiguos papeles sociales de cuidadoras y actuando como lo que la científica social Fiona Allon (2014, 16) llama proveedoras de último recurso. Como se ha constatado en otros países del sur de Europa en los que se aplicaron severas políticas de austeridad (Matos 2020; Pedroso de Lima 2022), también en el País Vasco las desigualdades que surgen del sentimiento de la obligación moral de cuidar han creado un peso añadido al responsabilizar a las mujeres mayores por el bienestar de sus dependientes. Si bien se necesita más reflexión e investigación al respecto, esto podría sugerir que nuevamente se han reforzado obligaciones reproductivas de las mujeres que, por lo menos durante un pequeño lapso (desde finales de los años noventa hasta el estallido de la Gran Recesión), comenzaban a menguar en la sociedad vasca.
La etnografía también revela que la eficacia de la nueva obligación moral entre las generaciones, como sustento de apoyo material, es de doble filo. Por un lado, amortigua y alivia la escasez material, lo que refleja su carácter contracíclico (Larrañaga y Jubeto 2009); por el otro, permite la continuidad de las estructuras político-económicas en crisis reproduciendo la dependencia. Los apoyos intergeneracionales tuvieron así consecuencias ambivalentes con efectos que van más allá de la reproducción del hogar.
Esta dinámica observada en el campo era compartida por muchos de mis interlocutores, especialmente los hogares compuestos por antiguos trabajadores industriales que, como el de Anabel y Juan Antonio, en el pasado protagonizaron las luchas obreras de la ciudad. Para esta sindicalista, la actual solidaridad intergeneracional prolongada no solo actúa de “salvavidas”, por utilizar sus términos, protegiendo a los jóvenes adultos de la precariedad material, sino que también está desmovilizándolos, haciéndolos más dependientes todavía. Ella señala que “antes, sin la ayuda familiar, las perspectivas no las bajabas”. Tal como se ha visto en otros territorios industriales (Narotzky 2020, 20), se trata de un cambio profundo en las luchas de las clases trabajadoras por ganarse la vida, antes vinculadas a las luchas por el trabajo y los derechos y ahora cada vez más relacionadas con las microrrentas de la familia.
Lo que va quedando claro es que la solidaridad intergeneracional y las condiciones materiales de activarla y sostenerla no solo explican, entonces, las desiguales capacidades de amortiguación que las sociedades han demostrado ante la crisis, sino que también podrían haber sido un importante factor inhibitorio de la escalada de la tensión social y el colapso económico y político. Por todo ello, sorprende la falta de tratamientos explícitos de la relación entre las redes familiares y el contexto de crisis, y en concreto de la transferencia de riqueza, especialmente considerando la importancia que en las antiguas regiones industriales, como el País Vasco, tienen los recursos familiares, en particular las pensiones medias altas.
Asimismo, desde la perspectiva de la economía nacional, no hay que perder de vista que la prolongada dependencia de las generaciones activas con respecto a sus parientes mayores está permitiendo también una devaluación interna (Blyth 2013), es decir, la reducción de los costes laborales, objetivo, no lo olvidemos, de los Gobiernos del sur de Europa para mejorar la competitividad en la coyuntura de la crisis del euro. Las redes domésticas estudiadas muestran cómo los sueldos precarios se han compensado mediante los recursos y los esfuerzos familiares. Esto representa, en gran medida, una transferencia de la riqueza de las familias al capital, a menudo con la mediación del Estado, pues las pensiones son uno de los grandes recursos de la solidaridad entre las generaciones. En ese sentido, las nuevas obligaciones morales que hemos descrito facilitan y amplifican esta extracción de valor hacia el capital.
Este análisis revela cómo la política económica actual utiliza la precariedad juvenil como herramienta de ajuste macroeconómico y plantea la pregunta de si los actuales regímenes por desposesión han fortalecido la retórica de los valores de la familia, así como los roles tradicionales de género, para ese fin. Parafraseando a Sandra Ezquerra (2012), nos preguntamos si la rehogarización, más que un efecto colateral, ha sido una estrategia político-económica de ajuste. En cualquier caso, se necesita un mayor esfuerzo analítico y comparativo para verificar o descartar una asociación directa entre el género, las obligaciones morales emergentes y los nuevos regímenes de desposesión.
Además, más allá de que esta estrategia sea políticamente cuestionable, también abre preguntas sobre su sostenibilidad económica. Las nuevas pautas de obligación moral que hemos presentado son difícilmente reproducibles a largo plazo si se continúa con las políticas de austeridad de los sistemas públicos de pensiones y de precariedad laboral, entre otras. Como se ha mostrado, para muchos de aquellos que hoy trabajan en un entorno laboral cada vez más precario, es evidente que sus recursos serán insuficientes a la hora de sostener económicamente a la siguiente generación. Y es que lo que está en juego, finalmente, es la estructura política de la responsabilidad de nuestra sociedad.
En todo caso, y volviendo la mirada al presente, valga decir que la etnografía ha revelado que la resistencia que los hogares han mostrado a la crisis se ha saldado con un alto precio para ellos. La carga emocional que comporta la dependencia forzada de los jóvenes adultos está menguando tanto su autopercepción como su valor social. Esto genera sentimientos devaluadores que se vuelven constitutivos de su experiencia cotidiana y pueden tener efectos nefastos en la capacidad de luchar por cambiar las condiciones de reproducción social de esta generación.














