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Revista Colombiana de Antropología

versión impresa ISSN 0486-6525versión On-line ISSN 2539-472X

Rev. colomb. antropol. vol.61 no.3 Bogotá sep./dic. 2025  Epub 01-Sep-2025

https://doi.org/10.22380/2539472x.2940 

Artículo

Gobierno de sí expandido: prácticas, objetos y relaciones en la moneda social luna, Colombia

Expanded Government of the Self: Practices, Objects, and Relations in the Luna Social Currency, Colombia

Governo de si ampliado: práticas, objetos e relações na moeda social luna, na Colômbia

aUniversidad Nacional de Colombia, Bogotá, Colombia. mebalenu@unal.edu.co. https://orcid.org/0000-0003-4487-9179


Resumen

Este artículo analiza prácticas emergentes de transformación de la conducta relacionadas con el dinero. Se basa en ocho conversaciones con promotores de la moneda social luna que recogen reflexiones y aprendizajes surgidos del acompañamiento, la participación y la gestión de monedas sociales durante los últimos siete años. El artículo presenta un panorama de estas monedas, plantea la relevancia de considerarlas desde la perspectiva de la gubernamentalidad e identifica una serie de prácticas orientadas a transitar hacia estilos de vida que se distancian del capitalismo y que este trabajo comprende bajo el término gobierno de sí expandido. El qué de estas intervenciones éticas emerge como un conjunto de creencias y formas de relacionarse. El cómo consiste en la creación de espacios de encuentro y circulación de bienes, en la producción y el entretejido de vínculos, en la réplica y experimentación con patrones específicos de organización, en cambios en el lenguaje y, en términos más amplios, en los puntos de referencia.

Palabras clave: monedas sociales; dinero; digital; entramados comunitarios; subjetividad; Colombia

Abstract

This article analyzes emerging practices of conduct transformation related to money. It is based on eight conversations with promoters of the Luna social currency, which gather reflections and lessons learned from the accompaniment, participation, and management of social currencies over the past seven years. The article provides an overview of these currencies, highlights the relevance of approaching them from the perspective of governmentality, and identifies a set of practices aimed at transitioning toward lifestyles that distance themselves from capitalism, which this work understands under the term expanded self-government. The what of these ethical interventions emerges as a set of beliefs and ways of relating. The how consists of creating spaces for encounters and the circulation of goods, producing and weaving connections, replicating and experimenting with specific organizational patterns, shifting language, and, more broadly, transforming points of reference.

Keywords: social currencies; money; digital; community networks; subjectivity; Colombia

Resumo

Este artigo analisa práticas emergentes de transformação do comportamento relacionadas ao dinheiro. Baseia-se em oito conversas com promotores da moeda social luna, que recolhem reflexões e aprendizados surgidos do acompanhamento, da participação e da gestão de moedas sociais ao longo dos últimos sete anos. O artigo apresenta um panorama dessas moedas, destaca a relevância de refletir sobre elas da perspectiva da governamentalidade e identifica uma série de práticas voltadas para a transição para estilos de vida que se distanciam do capitalismo e que este trabalho compreende sob o termo de governo de si ampliado. O quê dessas intervenções éticas emerge como um conjunto de crenças e de formas de se relacionar. O como consiste na criação de espaços de encontro e circulação de bens, na produção e tecelagem de vínculos, na réplica e experimentação com padrões específicos de organização, em mudanças na linguagem e, de forma mais ampla, nos pontos de referência.

Palavras-chave: moedas sociais; dinheiro; digital; redes comunitárias; subjetividade; Colômbia

Esta investigación surge de un interés en lo que puede pensarse como éticas de transformación de la conducta asociadas a nuestra relación con el dinero. Hace una década, el sociólogo británico Nigel Dodd escribía que “la crisis del 2008 y sus secuelas han contribuido a la sensación de que los tiempos que vivimos pueden ser un punto de inflexión para el dinero” (2014, 4). Dodd llevaba más de veinte años estudiando el dinero y quería, principalmente, llamar la atención sobre las oportunidades del presente: “para abordar estos tiempos tenemos que repensar, reenmarcar y reorganizar el dinero” (4). Bitcoin y el mercado de las criptomonedas han llamado la atención y generado discusión con su premisa de que no son solo los bancos centrales de los países los que están en la capacidad de crear monedas. Sin embargo, hay una multitud de iniciativas, anteriores y simultáneas al boom de las criptomonedas, que han hecho ese paso de la crítica del sistema monetario imperante a la apuesta por rediseñar ese invento humano que llamamos dinero (Lietaer et al. 2015; North 2007).

En su libro de 2012, traducido a varios idiomas, Lietaer, Kennedy y Rogers (2015, 5) usan la expresión el dinero de la gente para referirse a monedas creadas por grupos de negocios o ciudadanos. Las equiparan con lo que se conoce como monedas complementarias -dado que no reemplazan a las monedas imperantes- y distinguen dos tipos principales: las comerciales y las orientadas a la comunidad (30). Otros prefieren hablar de monedas alternativas o monedas sociales (a estas definiciones volveré al final). Dado el carácter local y a veces fugaz de muchas de estas especies monetarias, no es fácil dimensionar cuántas son ni su alcance. Hay espacios dedicados al intercambio de conocimiento acerca de estas monedas, como los de la Asociación de Investigación en Innovación Monetaria y Sistemas Monetarios Complementarios y Comunitarios (Ramics, por su acrónimo en inglés), que este año realiza su séptimo congreso internacional. En Iberoamérica, el Observatorio de la Moneda Complementaria de la Universidad de Cataluña está levantando un mapeo que identifica monedas sociales que operan actualmente en Argentina, Bolivia, Brasil, Colombia, Costa Rica, Chile, Ecuador, España, México, Portugal y Uruguay. Solo en Brasil, tierra del icónico Banco Palmas, hoy en día 152 bancos comunitarios y 13 bancos municipales, con un total de 248 000 usuarios, hacen parte de la Red Brasileña de Bancos Comunitarios y Municipales.

Este escrito se enfoca en una de estas monedas, la moneda luna1, que combina la tecnología blockchain con objetivos sociales explícitos relacionados con la construcción de comunidades, el rechazo a la acumulación y las apuestas de transformación del mundo en el que vivimos. A partir de mi experiencia y de ocho conversaciones con gestores relacionados con esta moneda, este artículo procura ayudar a explicitar estas apuestas de transformación que hacen parte de la escena contemporánea y se vinculan con la crítica del dinero imperante.

En las conversaciones con estas personas, que han reflexionado sostenidamente sobre el dinero, los puntos de referencia no son los conceptos de Karl Marx, Georg Simmel o Marcel Mauss. En su lugar, nociones como enjambre ocupan un lugar privilegiado. Cuando las abejas se mueven a otro lugar a formar una nueva colmena, no lo hacen solas. Hay exploradoras que van y regresan a compartir la información a través de lo que los biólogos han identificado como bailes que inspiran a otras a ir a mirar o unirse directamente a uno u otro patrón de baile. Más y más abejas de la colmena resuenan con uno de los bailes y eventualmente salen volando en masa. En una conversación que tuvimos en el 2024, Heloisa Primavera, gestora y referente de muchas iniciativas de monedas sociales en la región, citaba a Kevin Kelly con respecto al enjambre:

Una colmena a punto de hacer un enjambre es una colmena poseída. Se torna visiblemente agitada cerca a su boca de entrada. La colonia se queja con un ruidoso zumbido sin centro, que vibra en el vecindario […]. Se materializa, sobre la colmena, una tormenta tipo poltergeist hecha de pequeñas voluntades. Crece hasta volverse una pequeña nube negra de propósito, opaca con vida. (1994, 9-10, traducción propia)

La imagen del enjambre es evocadora no solo de una relocalización, sino de una gobernanza descentralizada. Estas personas están en procesos de tránsito, algunas en términos laborales, la mayoría entre vivir en la ciudad y en el campo. Estos no suelen ser procesos lineales y hay bastante de experimentación en ello. La imagen del enjambre no es casual: en esos tránsitos de una colmena a otra hay ciertas orientaciones, pero el movimiento depende de la interacción entre muchas abejas que responden unas a otras. Quienes les apuestan a estas monedas sociales entienden que esos tránsitos difícilmente pueden ser hechos individualmente.

Hay una amplia -y creciente- literatura en la antropología y otras ciencias afines sobre el dinero (Dodd 2014; Maurer 2006). Aunque no es lo más común, en estas discusiones se aborda el dinero, cómo lo concebimos y el efecto que tiene en nuestras vidas desde el lugar de los estudios de la gubernamentalidad. Acompañando a estas comunidades que se lanzan a crear e impulsar monedas sociales, sin embargo, he sentido la necesidad de volver a esta perspectiva para dar cuenta de lo que estas iniciativas de transformación social implican. En parte, como se han dado cuenta muchos de estos gestores, rediseñar el dinero no es suficiente. Como señalaban Bloch y Parry (1989), el dinero por sí solo no tiene el poder de transformación que suele atribuírsele. Vale la pena preguntarse, siguiendo a Maurer (2006, 19), qué pueden decirnos las monedas sociales -que él identifica como morales- sobre el estado de la imaginación popular y académica respecto al dinero. Este artículo busca hacer un aporte en ese sentido, a partir de la identificación y el análisis de estas prácticas emergentes de transformación de la conducta relacionadas con el dinero.

El artículo tiene seis secciones. En la primera, se hace una breve presentación de las monedas sociales y el contexto de esta investigación. En la segunda, se aborda la noción de gobierno de sí expandido, que recoge la orientación de esta investigación y el sentido que a mi modo de ver emerge de estas conversaciones sobre apuestas éticas de transformación ligadas a esas monedas. En la tercera sección, se describe una feria de la moneda luna. Las siguientes tres secciones ahondan en los diagnósticos que plantearon las personas que entrevisté, esto es, en cuál es el problema o cuáles los problemas que las monedas sociales ayudan a resolver, así como en las estrategias y prácticas que resaltan de su quehacer como gestoras y promotoras de estas iniciativas a lo largo de los años. En el cierre, vuelvo a la discusión sobre qué es una moneda social y al título de este artículo: gobierno de sí expandido.

Las coordenadas de la luna en el universo local de las monedas sociales

Desde hace siete años les sigo la pista a distintas monedas sociales en Colombia. La primera de la que tuve noticia, aunque es probable que haya otras pioneras en estas cercanías, fue la roca, en el municipio de Suesca, que empezó a operar en el 2014. He visto cómo muchas de estas iniciativas nacen y mueren, pero también cómo la gente migra entre ellas, ensayando una y otra vez. Es un campo en el que las monedas sociales cohabitan con diversas iniciativas -huertas, trueques, talleres de transformación holística, biodanza, emprendimientos varios-, lo que hace que, a veces, las personas participen en varias simultáneamente, tejiendo puentes entre distintos espacios, o que, otras veces, se enfoquen en una (o en ninguna) cuando sienten demasiadas demandas sobre su tiempo o están desgastadas, o cuando persiguen una nueva práctica de vida alternativa que les llama la atención. A menudo encuentro a personas que prueban con una moneda y luego con otra, insistiendo en sus apuestas. Durante la pandemia por el covid-19, varias de las personas que se vieron encerradas en sus casas, con tiempo para reflexionar sobre sus vidas y confrontadas con el reto de pensar y experimentar otras formas de existencia -y de conexión social-, hallaron a través de internet iniciativas como los bancos de tiempo y otras monedas sociales; a partir de allí, se juntaron en espacios posibilitados por videollamadas grupales y se lanzaron a ejecutarlas. Yo no participé en ese momento, pero luego he podido constatar que fue un periodo de intensa colaboración y aprendizaje en este campo.

Espacios de discusión virtual creados antes de la pandemia se han potenciado. El grupo inicial de la luna, por ejemplo, empezó escribiéndoles a diversas iniciativas de monedas que encontraron en internet, incluidas algunas colombianas, y fue la argentina Heloisa Primavera quien les respondió. Por medio de ella tuvieron acceso al software con el que opera no solo la moneda par en Argentina, sino otras monedas “hermanas”, como el sol en Uruguay y el muyu en Ecuador. Estas y otras iniciativas, que usan softwares difundidos a nivel mundial, como Cyclos 4, hacen parte de la Red Latinoamericana de Socioeconomía Solidaria (RedLASES). Son comunidades en las que se comparten metodologías y se aprende en conjunto.

En estas iniciativas, hoy en día, la virtualidad y la presencialidad van de la mano. Por una parte, muchos activistas en la pandemia asumieron el reto de migrar a los encuentros virtuales, extendiendo su labor y sus encuentros de aprendizaje por distintos países del continente. Por otra, la apertura pospandémica trajo nuevos retos a estas iniciativas a medida que las personas volvían a la “normalidad” y las demandas de sus modos de vida sobre su tiempo y energía empezaban a jalarlas en direcciones distintas, o que se reencauzaban en patrones de interacción previos. La moneda luna, que comenzó en el contexto de la pandemia en el año 2020, cuenta con aproximadamente mil usuarios en distintas regiones de Colombia, la mayoría en la ciudad de Bogotá y los municipios aledaños de la sabana cundiboyacense, pero también en Antioquia, Ibagué, el Pacífico y los Llanos Orientales.

Existe una gran variedad de monedas sociales. A algunas se accede “comprando” unidades con dinero de curso legal en proporciones establecidas. Otras son emitidas por una entidad, como un consejo comunitario o alguna pareja de activistas. La moneda luna es de otro tipo, conocido como crédito mutuo: no hay una emisión centralizada; las unidades se emiten a partir de las transacciones entre personas que, en este caso, descargan una aplicación en sus teléfonos. Hay monedas sociales que funcionan de manera física, con billetes o talonarios, o en combinación con dinero digital. La luna es una moneda enteramente digital: se abre una cuenta en la aplicación y el saldo de la cuenta -que comienza en cero- sube o baja dependiendo de los productos y servicios que el usuario vaya transando (para decirlo en términos conocidos que, sin embargo, son objeto de disputa en espacios como el de Luna).

La figura 1 es una foto de cómo aparece mi saldo en lunas y las últimas transacciones. He seguido esta moneda desde el año 2022 como participante y como investigadora, asistiendo a encuentros de distintos nodos en la ciudad de Bogotá y sus alrededores, invitando a sus gestoras a dar charlas en la universidad y conversando con ellas en distintos espacios y momentos. A partir de estas conversaciones he identificado varios aprendizajes acumulados de otras iniciativas que convergieron en este espacio. De él hacen, o han hecho, parte personas con distintas trayectorias y cuyas perspectivas e interpretaciones no son homogéneas. Sin embargo, en el contexto de estos nutridos intercambios de ideas -y, en particular, de experiencia práctica en la promoción, gestión y sostenimiento de estas monedas- han surgido una serie de aprendizajes y reflexiones condensadas en las ocho entrevistas semiestructuradas.

Fuente: archivo personal.

Figura 1 Saldo en lunas de María Elisa Balen 

Nuestras conversaciones estuvieron orientadas por seis preguntas clave. Las primeras dos, sobre las vidas de los participantes antes de toparse con las monedas sociales y sobre cuál era la relación con el dinero en sus familias. Accedí a las personas con las que hablé (cuatro hombres y cinco mujeres entre los 34 y los 49 años) usando la estrategia de bola de nieve: una de las gestoras me contactó con personas que consideraba como referentes (así no estuvieran de acuerdo con ella) hasta llegar a un grupo en el que, aunque no definitivo, las referencias empezaron a ser mutuas. Todas estas personas son profesionales, de disciplinas como el diseño, la ecología, la tecnología ambiental, la docencia en artes y la psicología. La mayoría habían hecho cambios en su trayectoria vital al no sentirse satisfechas con lo que estaban haciendo -ya fuera cambiando de carrera, de trabajo o de lugar de residencia-. Siete de estas nueve personas se han movido, o planean hacerlo, de la ciudad a entornos rurales y algunas han regresado por temporadas o de forma más permanente. Si bien dos de ellas mencionaron la importancia de las monedas sociales como forma de apoyar a personas con economías precarias dentro del sistema capitalista, solo una habló en términos de inclusión a ese sistema, usando ejemplos como el de las personas que trabajan con reciclaje o el de aquel joven que no tiene dinero para ir a entrevistas laborales o para mantenerse mientras recibe su primer salario. Las demás, como ahondaré más adelante, se identificaron de una u otra forma como antisistema (así consideraran que las monedas sociales no necesariamente implican una alternativa opuesta al sistema capitalista). En sus familias, a menudo tuvieron referentes encontrados con respecto a las relaciones con el dinero: por ejemplo, que una de sus progenitoras tuviera un manejo disciplinado de las finanzas y otra no, que una tuviera posturas negativas hacia el endeudamiento y la otra, arranques sucesivos de proyectos financiados con deudas, más o menor estrechez y abundancia. Esto las llevó a elaborar -a veces a lo largo de años- sus propias posturas.

Por cuestiones de espacio, el presente análisis no se enfoca en estas elaboraciones previas, sino en tres preguntas que se repitieron en las distintas conversaciones: 1) ¿cuál es el problema o cuáles los problemas que las monedas sociales ayudan a resolver?; 2) teniendo en cuenta su experiencia personal y también las de otras personas, ¿qué transformaciones, prácticas o hábitos se requieren para que estas monedas sean adoptadas, para que funcionen?, y 3) ¿ha cambiado su perspectiva con respecto a la respuesta anterior a lo largo del tiempo? Con estas preguntas quería puntualizar en las acciones deliberadas de estas personas para transformarse o en lo que la literatura llama prácticas de sí (Sáenz Obregón 2014). Foucault, abriendo una línea de análisis que ha continuado en los llamados estudios de la gubernamentalidad, estudió éticas de transformación de la conducta en distintas épocas, racionalizándolas -lo cual sirve para contrastarlas- en términos de aquello sobre lo que se actúa, cómo se actúa, usando qué técnicas y con qué objetivos (Rabinow 1991). Esta orientación permite desplegar, y también recoger, estas éticas de transformación ligadas a la moneda. En la siguiente sección hay un corto rodeo conceptual antes de entrar en materia.

Gobierno de sí expandido

En los últimos años los estudios de la gubernamentalidad, específicamente orientados al análisis de la gubernamentalidad neoliberal, se han enfocado en la manera en que las personas son gobernadas como si fueran empresarios e inversores (Ossandón et al. 2022). No solo se trata, sin embargo, de un gobierno ejercido por otros: etnografías como las de Fridman (2019) y Aguilar Torres (2014) muestran que se trata también de lo que Foucault denominó prácticas de sí. Varios investigadores han usado esta noción para hablar de las prácticas por medio de las cuales los sujetos actúan de manera deliberada sobre sí mismos para autotransformarse, y para abordar una variedad de artes de vida y contraconductas contemporáneas (Sáenz Obregón 2014, 23).

Acá, propongo hablar de un sí expandido porque en este caso el objeto de las prácticas no es solo el sujeto, sino las cosas y las redes que se tejen entre personas. Y hablo de gobierno, entendiendo que este concepto incluye esos ejercicios repetidos y conscientes a los que refiere la noción de práctica, para señalar que estas apuestas de transformación ética les apuntan también a formas de organización conjunta. Si bien no todas las personas con las que conversé se expresan en los mismos términos ni piensan de la misma manera, sí hay nociones recurrentes (como las de abundancia y tejido), así como una resonancia con lo que Raquel Gutiérrez denomina entramados comunitarios, en los que se gestionan objetos (o bienes) para procurar relaciones y bienes (Gutiérrez y Salazar Lohman 2015). Si bien estas monedas, y el dinero en general, pueden pensarse como herramientas u objetos a rediseñar, esta perspectiva del gobierno de sí ayuda a poner de relieve el que estas apuestas de transformación incluyen a las personas y sus relaciones.

Apertura de un nodo

Para ilustrar cómo funciona la moneda luna en la práctica, paso a describir un evento: la apertura de un nuevo nodo o subgrupo local -el catorceavo a nivel nacional-, en Teusaquillo, la localidad en la que vivo en Bogotá, y que incluyó -cómo no- una feria de intercambio que, a diferencia de otras veces, fue virtual.

En una entrevista en el marco de esta investigación, Iván me había comentado su interés en abrir un nodo de la moneda en Teusaquillo, y pocos días después (antes de lo que yo esperaba) apareció en el chat de WhatsApp de Moneda Luna Colombia la invitación a la Feria Lunar Virtual Apertura Nodo Neuque (Teusaquillo), con la nota de que se podía solicitar el enlace escribiendo a determinado número de celular. Minutos más tarde, otro mensaje ya compartía directamente el vínculo de Google Meet e invitaba a conectarse el jueves 22 de febrero de 10 a. m. a 12 m. Veinticuatro horas más tarde, habiendo maniobrado para sacar tiempo dentro de mi jornada laboral, me conecté y encontré que quien estaba ejerciendo de recepcionista del encuentro era Paola, otra de las personas que entrevisté. Al comienzo éramos dos hombres y doce mujeres; poco a poco se conectaron más mujeres, hasta que llegamos a veintitrés personas2.

Luego de los saludos iniciales comienza el primer punto de la agenda: la presentación del equipo promotor, en la que cada una habla un poco de sí misma, de su relación con este proceso o de algunas ideas clave, como que estas son “formas de repensarse la economía, el mundo que habitamos […] no solas, sino tejiendo en red, con comunidades de base”, y que implican “procesos de desaprendizaje y de aprendizaje” (diario de campo, 2024). Luego nos presentamos las demás personas, por turnos, prendiendo la cámara y comentando cómo llegamos al espacio. Algunas se conectan desde municipios del departamento de Cundinamarca (Tenjo, Funza, Faca, Silvania, Tabio), de ciudades como Manizales o Girardota (Antioquia), de localidades como Kennedy y Ciudad Bolívar en Bogotá, e incluso desde Canadá. Solo cinco estamos en Teusaquillo. Varias mujeres son huerteras y no soy la única en horario laboral: hay una que habla desde lo que parece su puesto de vigilante privada; otra, posiblemente maestra de preescolar, va cortando papeles de colores mientras se presenta.

El tercer punto de la agenda, pensado para quince minutos, pero que se extiende por más de media hora, está dedicado a hablar de la moneda luna. Este punto, en el que se busca presentar una cantidad considerable de información de manera comprimida, está a cargo de Luz, quien usa un infograma que comparte en pantalla desde su celular. “Más que una moneda”, dice, “esta es una comunidad que se teje”. Después de aclarar que Neuque, el nombre del nodo, evoca la importancia del tejido del agua y de los vínculos, avanza en una recomendación que, imagino, proviene de malas experiencias anteriores que han amenazado con convertir el espacio en plataforma de mercadeo: “Acá no llegamos como emprendimientos, sino como personas. Más que un ejercicio mercantil, estamos tejiendo vínculos”. Es patente aquí la concepción expandida de sí que enfatiza los vínculos entre personas, así como aquello que circula entre ellas. Luz pasa entonces a hablar de las cuatro c que se intercambian en este espacio: cariño, comidas, cositas y cuidados. Luego menciona que 960 personas han descargado el lunero virtual y que, si alguna tiene dudas con respecto a esta aplicación, puede escribir en el chat de la llamada o contactar a alguna de las personas que se identificó como promotora. En ese punto se refiere al funcionamiento del WhatsApp y, luego de los temas prácticos, pasa a los principios filosóficos: habla de la abundancia y del dinero como construcción humana.

Lo siguiente, en el infograma, es el listado de “conceptos/principios/formas de expresarse” que cambian en este espacio.

Antes se hablaba de consumidores y luego de prosumidores -invitando a las personas a pensarse como a la vez productores y consumidores-, pero nos gusta pensar no solo en términos de producción, sino de gestación y de autogestión; por eso encuentran allí el término gestasumidores. La aplicación permite no solo transar y ver los balances de cada persona, sino la suma de riqueza -en lunas- que se ha movido en la red: esto podría llamarse producto interno bruto (PIB), pero lo empezamos a llamar “producto interno dulce” y tal vez sea mejor llamarlo “fruto interno dulce”. Aquí no hay contadores, sino guardianes de riquezas; no hablamos de venderse, sino de reconocerse; no hablamos de precios, sino de aprecios; en vez de pedir, requerimos; no vendemos, sino que damos y recibimos. Hablamos de cosinuestras cuando se trata de cosas que no son de solo una persona. Volviendo a la aplicación, que es una suerte de Nequi[3], pero sin intereses ni nada, esta incluye límites, que son como llamados: si llegas a -200 lunas es porque estás tomando mucho, si llegas a +600 lunas es porque estás acumulando mucho. (Diario de campo, 2024)

Esa es, más o menos, la apretada exposición que Luz ha hecho muchas veces: para algunas de las participantes funciona como introducción, para otras como recordatorio. En los encuentros presenciales, la he visto acompañar su presentación con las palabras clave dibujadas cuidadosamente en papeles de colores, una práctica que trae de sus días de profesora de artes en un colegio público.

El cuarto punto en la agenda es la feria y hay presión en el chat para que comience. Es el turno de Francy de darle inicio. Simultáneamente al discurso ante la cámara con el cual ella comparte su experiencia, en el chat de la videollamada otras gestoras publican sus datos de contacto y recogen los de aquellas personas que ingresan por primera vez, para luego ayudarlas si es necesario. Francy, mientras tanto, explica la logística de cómo llevar a cabo los intercambios desde distintos lugares y Luz invita a ser recursivas, a proponer respuestas y soluciones, pero también a tener en cuenta que “entre más local, más radical”.

Finalmente, a las 11:33 a. m. comienza la feria. Una por una, prendemos de nuevo nuestras cámaras y contamos qué ofrecemos y qué requerimos. Si hay alguna interesada, responde al ofrecimiento/requerimiento en cámara o por el chat. Algunos intercambios se realizan ahí mismo, otros son la preparación del terreno para los que se vienen más adelante: nos estamos conociendo. Yo me desconecto a mediodía, pero la feria continúa.

Cinco días más tarde pasa por mi oficina una huertera de Ciudad Bolívar a recoger el jabón que ofrecí. Le explico de nuevo cómo funciona la aplicación -veo que tiene varios intercambios ya registrados allí-; me dice que ella nunca pudo entrar a la universidad, pero le gusta visitar el campus así quede lejos de su casa, y conversamos sobre lo que nos sucedió durante la pandemia. Con otra huertera, a quien ya conocía del espacio de otra moneda social, hablamos por WhatsApp para intercambiar mi apoyo en un proyecto de investigación que piensa hacer por un taller de huertas para mis hijos.

Para que estos encuentros se lleven a cabo, un trabajo considerable se realizó detrás de cámaras y la organización fue rápida. Iván tuvo la idea de abrir el nodo, pero el día en que eso ocurrió estaba trabajando y no pudo estar. Luz, Francy y Paola se asignaron roles para esa reunión: una estaba encargada de recibir a las personas y ser la “maestra de ceremonias”, y otras, de dar información o de compartir su experiencia en distintos momentos; mientras una estaba en cámara, otras movían información por el chat. Por lo general hay una guardiana del tiempo encargada de regularlo, una guardiana de la memoria encargada de registrar los intercambios que se acuerdan para resolver dudas en caso de que sea necesario y una animadora encargada de manejar las energías del grupo, bien sea impulsando los intercambios cuando las cosas van lento o las personas son muy tímidas o inexpertas para hacer o tomar una oferta, bien sea calmando los ánimos cuando hay demasiado interés sobre una sola oferta. A veces hay otro rol afín a este: el del pinakarry, quien, con un poema, una canción u otro tipo de intervención invita a la escucha profunda, a conectarse con lo que está sucediendo.

La red de la luna es híbrida; sus espacios virtuales y presenciales están estrechamente ligados. Un mes después del lanzamiento virtual del nodo nos encontramos cuatro personas presencialmente. Es el final de la jornada y la reunión se da en la casa de una amiga de Iván que acaba de mudarse al barrio: están sus dos hijas y un abuelo que ayuda a cuidarlas mientras conversamos. También llega otra lunera con su hijo pequeño en pijama. Sentados en la sala, entre juguetes, nos presentamos quienes no habíamos conversado antes. Luego compartimos lo que cada cual ha traído para las onces (pan, galletas, agua aromática, miel ofrecida por la anfitriona, de su terreno en Suesca). Cuando pasamos a discutir el funcionamiento del nodo, la conversación gira rápidamente hacia posibles acuerdos de interacción para el chat virtual. Por ejemplo, qué información compartir allí y cuál no: “Podemos compartir información de otros eventos en la localidad”, propone una. “Pero para eso hay otros chats”, responde otra (diario de campo, 2025). Las cuestiones de etiqueta en los chats son importantes: ¿cómo hacer la inducción a nuevos miembros y qué criterios tener en cuenta para sacar a alguien del chat? La inactividad después de cierto tiempo es un aspecto que se debe considerar, dada la experiencia previa de los participantes en otros nodos. Y luego está el dilema de si permitir el anuncio de ofertas no solo en lunas, sino mixtas e incluso en pesos. Esa conversación continuará días después de forma virtual.

Unas semanas más tarde, se propone un experimento: durante los siguientes meses, en los espacios de la luna, solo se transará en lunas para ver si el dinamismo de los intercambios logra mantenerse. La discusión de estos aspectos de autogobierno es explícita, al igual que la rotación de roles. La experimentación y la reflexión son constantes.

¿Para qué hacer todo esto? A continuación, ahondo en cuáles son los problemas que identifican estos gestores de monedas sociales, qué es lo que se proponen cambiar y cómo pretenden hacerlo.

El problema

La mayoría de mis interlocutores se toma un compás de tiempo antes de responder cuál es el problema o cuáles los problemas que las monedas sociales pueden ayudar a resolver. Carlos, por ejemplo, contesta que le llamaron la atención por su carácter alternativo, no porque fueran la solución para algo. Unos segundos después, sin embargo, añade que “ante todo sí ayudan a resolver el tema de crear tejido social, de crear vínculo, de crear comunidad. Cuando ese vacío existe en la sociedad, esto permite que haya un mecanismo de encuentro, de generar otros espacios” (entrevista personal, 12 de febrero de 2025). Para Luz Azulhada, su amiga y compañera de ruta en el campo de las monedas sociales, estas nuevas formas de dinero ayudan a resolver una serie de problemas prácticos: hacer que fluyan el trueque y la abundancia; el entendimiento de la escasez; la falta de alimento -no saber cultivar ni tener dinero-; el tejido de soberanías (alimentarias, personales, colectivas); fomentar la comunicación y la empatía para poder hacer acuerdos; ejercer la solidaridad en vez del acaparamiento; hallar formas de salir del individualismo. Mientras que, para personas como Carlos, las monedas sociales, en cuanto mecanismos de encuentro, pueden considerarse como una herramienta temporal, para Luz son un medio de conseguir una variedad de fines entre los que se encuentran tanto la satisfacción de necesidades inmediatas como la autotransformación, entendiendo esta última en el horizonte de aprender formas de trabajar en conjunto. El diagnóstico de Ángela, otra de mis interlocutoras, es más cercano al de Luz y a su articulación de múltiples problemas que al de Carlos y a su identificación de un vacío, pues hace referencia a una crisis sistémica. Para ella, lo que se requiere es un cambio de lógica:

Estamos en una crisis no solo ambiental, sino sistémica. La lógica del capitalismo y la acumulación va en contra de la vida […] entonces las monedas sociales y la economía solidaria intentan recuperar esa lógica de la vida. La lógica de la cooperación, la lógica de la abundancia, la lógica del tejido, la lógica de lo orgánico, la lógica de las redes. (Entrevista personal, 28 de febrero de 2024)

Para Ángela, este cambio en la lógica subyacente, más allá de facilitar productos y servicios a personas en situaciones económicas precarias, puede ayudar a algo importante: transformar las lógicas que en buena medida determinan nuestras relaciones. Modificar cómo concebimos la abundancia y la escasez, lo económico, el intercambio de bienes. Tiene que ver con mover cosas, pero también con alterar las formas de relacionarse y esto para ella pasa por las creencias:

La herramienta está allí, ya hay mucha gente que está empoderada […] y ella [la moneda] hace su trabajo. Ella ha hecho su trabajo en nuestro interior también y puede seguir haciéndolo en el exterior, en la parte práctica. Pero, como te digo, la parte práctica es solo la punta del iceberg de lo que hace una moneda social. Hay que confiar en los cambios a largo plazo y en los cambios en las creencias. (Entrevista personal, 28 de febrero de 2024)

Quienes llevan años en esto manifiestan que los cambios son más difíciles de lo que pensaban: la idea de las monedas sociales que cautivó a estas personas no se tradujo fácilmente en que otras las adoptaran. Y esto ha llevado a hacerse nuevas preguntas, en términos de qué más se necesita o qué es lo que bloquea estas iniciativas. Ángela lo expresa en términos de la necesidad de cambiar hábitos: no solo hábitos prácticos, sino las creencias, entendidas como formas de ver a las que se está habituado. Habiendo participado en dos experiencias de monedas sociales en España y tres más en Colombia, señala las dificultades que tienen estas generaciones (por lo menos la suya y la que vino antes) en promover y sostener espacios comunitarios, por cuenta de la cultura del individualismo:

Las monedas a veces requieren, más allá de los intercambios, echarle un poquito de amor al proceso. Y amor se traduce en tiempo o en algún tipo de esfuerzo. Ir a algún sitio a pedir un espacio o hacer gestiones […]. Yo tengo la impresión de que nos cuesta mucho sacar el tiempo para eso, porque eso no forma parte de la vida en el sistema capitalista. En el sistema capitalista las cosas que están planilladas para tu día a día es trabajar, la familia, cuidar los hijos, el ocio los fines de semana, pero no está planillado el espacio de los procesos comunitarios. (Entrevista personal, 28 de febrero de 2024)

Para otros, como Iván, la respuesta a qué se necesita para que funcionen estas monedas pasa por la confianza y por cambios en el lenguaje (algo a lo que volveré más adelante). El diagnóstico de Ángela, sin embargo, resalta la importancia de sacar espacio (y tiempo) de las lógicas capitalistas que hacen parte de enraizados sistemas de creencias. Esto implica no solo una acción negativa (en el sentido de retirarse), sino positiva: crear nuevos espacios y tiempos de encuentro en otro plano, con otras dinámicas. La pregunta sobre cuál es el objeto de las acciones, entonces, tiene diferentes respuestas para las personas con las que conversé: las relaciones (o su ausencia), los conocimientos prácticos o las creencias. En cualquier caso, las formas de relacionarse son claves: nuestras creencias atraviesan las maneras en las que nos vinculamos con otros y esto requiere habilidades prácticas. El trabajo debe hacerse al nivel de las creencias y modos de relacionarse, y esto es lo que permiten los encuentros en los que los intercambios tienen lugar. Aquello que es intercambiado, en todo caso, no es menos importante.

Las tres c (comidas, cositas y cuidados) y una más

Carlos y Daniela se conocieron en uno de los encuentros de la luna y ahora son pareja. No en vano, sentados en la sala del apartamento que comparten, Carlos dice que para él estos encuentros le han dado la mayor gratificación, el sentido de que algo es valioso, agradable. En ellos o en las ferias -que luego tendrán el nombre de alunizajes-, las personas son importantes, pero las cosas también. En palabras de Daniela: “Eso me parece que es algo bien lindo, bien valioso, las relaciones que se tejen y el darles una vida más extendida a las cositas”. Qué implica ese “darles vida a las cosas que están allá, quietas” (Carlos) puede ilustrarse con el siguiente ejemplo:

Una de las cosas que identifico y que para mí son supervaliosas es resignificar las cosas. Por ejemplo, yo tuve un reloj por ahí cinco años. Lo disfruté muchísimo, uno de esos relojes que mide tus signos vitales mientras haces ejercicio. En algún momento dejé de usarlo […]. El reloj duró guardado como un año y en un alunizaje lo saqué y lo intercambiamos en lunas con Luza, una de mis amigas, que se lo dio al esposo y Juan es como el más feliz de la vida entera con ese reloj. (Daniela, entrevista personal, 12 de febrero de 2024)

El valor de esa puesta en circulación no está determinado solo por el reloj, sino por las relaciones que se tejen. Esto es así cuando eso que se intercambia es un objeto y, más aún, cuando se trata de un servicio o un cuidado. “La limpieza facial más linda que he recibido en mi vida ha sido en lunas”, dice Daniela, quien también se ha procurado por medio de lunas, entre otras muchas cosas, los primeros patines de su hija y clases de música y de pintura.

Las tres c hacen referencia a eso que se intercambia: cositas, comida y cuidados (o servicios). A este trío, alguna gestora añadiría -siguiendo los juegos de lenguaje tan frecuentes en este espacio- una cuarta c: la de los cariños que se dan y que no obedecen a un intercambio puntual. Entre esas c, mucho de lo que se mueve es ropa, lo cual puede ser reflejo no solo de la apuesta por reutilizar, sino del legado de consumo que se busca transformar: dejar fluir energías es no solo poner a circular la abundancia, sino vaciar -un poco o mucho- los clósets y armarios. En vez de acumular, soltar. Abrazar una prenda que se quiso mucho y dejar que siga su camino, que sea acogida por alguien más y a su vez le brinde a esta persona bienestar o felicidad.

No todas las cositas han sido compradas antes: en este espacio convergen personas que hacen tejidos y productos herbarios, por ejemplo. En estos casos, esas cosas tienen incorporado tanto el trabajo de quien las ofrece como otros insumos, que a menudo son adquiridos en moneda nacional. La recomendación que les he escuchado a diferentes gestoras, en particular a Luz, es, por un lado, apreciar el trabajo propio y el de las demás personas (valorarlo en una buena cantidad de lunas) y, por otro, ofrecer esos productos solo en lunas (en lugar de en proporciones mixtas de lunas o pesos colombianos). Esa invitación, acompañada del consejo de ofrecer solo una cantidad limitada de lo que producen (la que se puedan permitir), es una manera de abordar ese malabarismo entre lo que es posible gestionar en espacios lunares y lo que requiere pesos -no solo los insumos, también otras demandas monetarias de la vida contemporánea, como el arriendo o el transporte-. Hay personas como Luz, primera bicimensajera de la luna, que, ante esta disyuntiva, les han dedicado cantidades ingentes de tiempo y energía a los espacios de intercambio lunar: con esto, por ejemplo, ella ha llegado a gestionarse su propio arriendo en lunas -por un tiempo-, así como el hospedaje, la alimentación y una calurosa bienvenida en distintos lugares del país a los que ha podido viajar en bicicleta gracias a este tejido.

Otras personas experimentan una fuerza gravitacional más fuerte hacia los pesos y ofrecen sus c por combinaciones de lunas y pesos. La circulación de estas ofertas mixtas en la red es objeto de controversia. Con el paso de los años, algunas personas han decidido salirse del espacio de la luna y crear nuevas monedas donde esto es permitido, mientras otras siguen haciendo sus anuncios mixtos en los chats de WhatsApp de la moneda.

En las ferias puede accederse a comida preparada que, ya sea intercambiada o brindada, constituye una parte clave del tejido comunitario. El acceso a alimentación (y alimentación de calidad) es una preocupación que distintas gestoras de la moneda me habían manifestado en conversaciones anteriores y que gestoras de otras monedas, ubicadas en zonas rurales, reivindican como central en sus iniciativas. La c de comida merece un punto aparte y hay toda una serie de estrategias, como compras intermunicipales e inclusiones de mercados -o canastas de mercados-, que requieren más espacio para ser consideradas.

Por un lado, eso que circula gracias a la moneda es importante y de alguna manera le da valor. En palabras de Ángela: “Cuantas más cosas haya dentro de la moneda, la moneda sube su valor, más valor tiene la moneda. Cuantas menos, menos: y es lo que siento que está pasando con [otra moneda social]: siento que se está devaluando” (entrevista personal, 28 de febrero de 2024). Por otro lado, eso que circula también son afectos, y la circulación en general requiere conjuntos de relaciones a los cuales -en el espacio de esta moneda- se refiere como el tejido.

El tejido, tejer, tejernos

En la literatura sobre la historia del dinero, académicos de distintas disciplinas vienen reiterando que la idea del trueque como origen del dinero es un mito difundido por la ortodoxia económica, pero que difícilmente encaja con el registro histórico y antropológico (Graeber 2011). Varias de las personas que llegaron al espacio de la luna o escucharon de él lo hicieron por iniciativas contemporáneas de trueque en las que participaban; con ellas, entonces, en parte se reproduce la versión del dinero como una solución a problemas de trueque. Pero solo en parte, porque, como señala Iván, en el espacio de la luna se antepone el tejido en red y las relaciones a la despersonalización de los intercambios. El fin no es solo intercambiar, sino beneficiar a alguien. “El dinero tradicional [fiat] beneficia más a unos que a otros […] entonces, [nuestro objetivo es] que la moneda luna tenga una finalidad”, dice. Y hace una analogía con los mapas: “Los mapas no son solamente una herramienta que no dice nada; detrás de eso hay un mensaje. Quien construye eso puede intentar decir algo, aunque no lo transmita con palabras” (Iván, entrevista personal, 10 de febrero de 2025). No solo se teje, se teje con un propósito.

El tejido como práctica y metáfora del hacer y existir tiene una larga tradición en la región (Arnold y Espejo 2013), y en los últimos años su lenguaje ha permeado una variedad de movimientos sociales. Acá voy a centrarme en tres aspectos de este tejer la comunidad de la moneda: la relevancia de anudarse localmente, la metodología abierta que se usa para organizarse y los cambios en el lenguaje. En cuatro años, la luna ha pasado de un nodo y cien usuarios a quince nodos y mil usuarios. Todas las personas usan la misma aplicación (o monedero lunar) y pueden intercambiar entre ellas, pero además de esto hay una serie de nodos en los que se agrupan y que facilitan los intercambios. Entendidos como espacios virtuales, estos nodos operan a través de chats de WhatsApp anidados en un grupo general, cada uno con su nombre: Moneda Luna Nodo Colombia, Nodo Bakatá (Bogotá), Nodo Uaque (o sabana norte) y Nodo Dulima (Ibagué), entre otros. Los nodos también pueden tener espacios físicos que funcionan como puntos en los que se dejan los objetos que se ha acordado intercambiar en los chats virtuales, como la casa de Francy en Facatativá o la base lunar que operó en el cuarto trasero de la tienda Galatea en el centro de Bogotá. Esa base, por ejemplo, servía como un punto de interconexión entre los nodos de Bogotá, el municipio de Choachí, al oriente, y el de Facatativá, al occidente.

Trasladar los objetos de un lugar a otro, dentro de la misma ciudad o de un municipio o un departamento a otro, ha requerido invención logística. Algunos han operado con bicimensajería; otros usan compañías de transporte de mercancías que cobran en pesos; otros acuden a favores pedidos al familiar o amigo que pasa por Bogotá o tiene acceso a un carro para mover la bicicleta, conseguida en lunas, que está en un lugar apartado. Intercambiar en el interior de un nodo más cercano geográficamente facilita la logística del movimiento de objetos, reduce la huella ambiental y propicia el encuentro de personas. Por eso, a medida que la luna se ha ido expandiendo, se han creado nodos en otras ciudades, pero también dentro de Bogotá, como el de Techotiva (en Kennedy, una localidad de la capital). Los nombres -que se deciden por votación entre los participantes del respectivo nodo- a menudo son denominaciones indígenas de los territorios. Esta recuperación lingüística habla de apuestas de reapropiación territorial y, más en general, de la búsqueda de distintos puntos de referencia. Estos otros puntos de referencia vienen no solo de distintas tradiciones culturales, sino del mundo animal.

El Enjambre sin Reina, una iniciativa que tiene lugar en España de la que ha hecho parte Ángela, resuena en la forma organizativa de la luna. El trabajo colectivo, aunado a la rotación de roles, es clave:

Una de las cosas que he aprendido en este proceso es la autogestión y el poder rotativo […] estamos en contra de que haya un solo gobernante […]. En este caso no hay fundadores: hubo un equipo inicial, que éramos varios, que venimos de varios escenarios y que a la final abrimos el proceso a los que van siguiendo […] es una metodología que se replica, pero también que se abre, que no es cerrada, que es orgánica. (Luz Azulhada, entrevista personal, 18 de enero de 2024)

La rotación hace parte de un ejercicio de autosostenibilidad. “Que si faltó una persona no se vaya a caer el proceso, sino que otros ya lo entiendan y lo sigan replicando”, dice Luz. Esto se relaciona con que el poder no caiga en una sola persona, pero también con la autonomía. “Entre tú seas más autónomo, la autonomía hace que uno se empodere”, agrega, haciéndose eco de palabras que ha escuchado de Heloisa Primavera. Ante la pregunta sobre la metodología que usan, Luz señala varias cosas. La primera es empezar a construir desde el contexto, que es particular en cada caso, y preguntarse quiénes están interesados. La segunda, ser abierto: no hay un camino, se construye en conjunto. Entonces, más que idear un plan de acción y dirigir, se trata de soltar el control y dejar que el otro lo haga, de encauzar las explosiones, de acompañar y cuidar. No se han convertido en una mutual o una asociación más formal, porque esto implicaría cerrar el grupo. El tejido de nodos y ferias en los que se convoca a la comunidad a distintos lugares a encontrarse e intercambiar se hace entonces de manera anárquica, en un camino que se va armando en el proceso. La orientación, sin embargo, no es aleatoria:

Estamos cambiando de un paradigma. Y eso lleva siglos, porque cambiar de la Edad Media a acá, eso fue siglos. Y todavía hay cosas de la Edad Media [risas]. Cambiar un paradigma es también cambiar los conceptos y cómo los entendemos. (Luz Azulhada, entrevista personal, 18 de enero de 2024)

La autoidentificación como prosumidores-gestasumidores ejemplifica cómo el cambio en el uso del lenguaje le apunta a un cambio de perspectiva y de formas de actuar. Un prosumidor tiene la perspectiva no solo de quien consume, sino de lo que ha implicado la producción de algo. Un gestasumidor es consciente no solo de producir y consumir de formas que permitan los intercambios -lo cual implica creatividad-, sino del trabajo de gestión que se requiere para que los intercambios tengan lugar. En su trabajo sobre estrategias de familias chilenas de ingresos moderados para lidiar con la inflación, Pérez-Roa (2025, en este mismo volumen de la RCA) menciona la decisión de cambiarse a marcas más baratas -así el ahorro sea mínimo- y de disminuir las reuniones sociales para gastar menos -así las redes de apoyo sean claves a la hora de movilizar recursos-. Pensarse como gestasumidor implica una orientación contraria: valorar la calidad de los bienes y ser consciente de las relaciones que permiten que estos fluyan (o no). Esas valoraciones, más que inscritas en el funcionamiento del dinero4, son encarnadas por estas personas que quieren distanciarse del capitalismo.

Cierre

¿En qué consisten, entonces, las monedas sociales y cómo estudiarlas? Al comienzo cité una primera definición: son monedas creadas por grupos de personas. Como paso intermedio, podrían caracterizarse en términos de sus funciones. Entonces, son algo que sirve para transar e intercambiar, más que como depósito de valor (aunque esta perspectiva no encaja en casos como el fureai kippu en Japón). Implican, evidentemente, números: se llevan cuentas. Qué y cómo se cuenta es un aspecto clave, y varias de estas monedas les apuntan a formas de contar (y apreciar) distintas de aquellas a las que estamos acostumbradas en el capitalismo, ya sea porque se lo quiera contrarrestar, o porque se quiera resistir a él, o porque se avizore en esto la posibilidad de otras formas de existencia. Hay, también, una denominación: un nombre que hace referencia a una identidad o comunidad. En el caso de la luna, he escuchado distintas versiones sobre su significado: que si había soles en Uruguay, por qué no lunas en Colombia; que la luna es importante para los pueblos muiscas en el territorio que hoy conocemos como la sabana cundiboyacense; que la luna está ligada a la mujer; que la luna representa los cambios. Distintos sentidos pueden irse añadiendo con el tiempo, incluyendo este: en la luna, fuerzas que damos por sentadas, como la gravedad, resultan relativas.

Caracterizar a esta (u otra) moneda social en términos de sus funciones como dinero es solo un paso intermedio: por un lado, porque describir las funciones de algo no es lo mismo que decir qué es; por otro, porque la definición misma del dinero está en disputa permanente. En la economía y las disciplinas afines, quienes se hacen la pregunta de qué es el dinero suelen ubicarse en una de dos respuestas: es o una mercancía o una relación. La interpretación del dinero como relación, más afín a lo aquí expuesto, incluye elaboraciones recientes, como la de Chambers (2023), quien resalta la importancia de analizar relaciones concretas entre deudores y acreedores, en el contexto de las denominaciones específicas. Sin embargo, para entender el fenómeno de las monedas sociales en la actualidad esto no es suficiente.

Como he procurado mostrar, estas monedas hacen parte de éticas de transformación. Me he referido a estas éticas como a formas de gobierno de sí expandido para resaltar que se trata de prácticas que no están orientadas solo a la transformación de sujetos individuales, sino de sus relaciones y formas de relacionarse con otras personas y con los objetos. Así entiendo el objetivo de esta moneda social. Aquí, la noción de tejido es clave para descentrar a ese individuo que se reproduce a través de la acumulación. Es un tejido híbrido en sus dimensiones: tanto la interacción virtual como la presencial son esenciales. Las tensiones y complementariedades entre ambas tienen la marca de esta época de pospandemia del covid-19 cuyos efectos aún no acabamos de dimensionar, pero que trascienden este punto de inflexión. Por una parte están las redes virtuales, en las que las conexiones pueden crecer a escalas enormes, limitadas por los softwares cambiantes que usamos y por las formas en las que vamos aprendiendo a mediar esas interacciones. Asociada a esta noción de crecimiento potencialmente infinito están la cantidad y la variedad de recursos a los que se podría acceder mediante redes extensas. Cuál es el sentido, sin embargo, de la interacción en una red así es algo que no es obvio. La dimensión presencial de estas relaciones (cuya importancia puede variar) y la construcción de vínculos concretos entre personas son claves para iniciativas como esta. No se trata, como decía Iván, de tejer cualquier red: la densidad local del tejido es importante, el tejido debe procurar beneficiar a ciertas personas o iniciativas afines (aunque esto es deliberadamente abierto en la luna) y es fundamental entender que no se teje a partir de roles fijos. Lo que se teje son vínculos valiosos en sí mismos y que, además, garantizan la circulación de cosas, cuidados y comida.

En esta iniciativa, se busca construir conjuntamente capacidades de transformación colectiva, pero también transformar las creencias de cada quien. Y esto pasa por los encuentros. Virtuales o presenciales, estos no suceden por sí solos: se diseñan. Se procura -y ese es un reto- sacar espacios y tiempos para encontrarse (más allá de que se pueda transar con alguien por WhatsApp sin conocerlo) y asumir roles. Todo para que suceda un evento que, hay que decirlo, rompe un poco la cabeza: consigues algo, incluso de una persona extraña, sin necesidad de dinero convencional y solo por la confianza en que después entregarás otro bien, mediado por unas lunas que alguien se inventó.

El siguiente paso es mirar el dinero -que hoy en día concebimos como convencional-con similar extrañeza. Sin embargo, para que tal percepción o entendimiento se traduzca en hábitos, es necesario elaborar y mantener una serie de prácticas que requieren tanto bienes como relaciones, en una comprensión ampliada de sí. Para entender mejor estas iniciativas de transformación, es necesario ampliar la mirada (popular y académica) con respecto al dinero incorporando la reproducción -en este caso deliberada- de entramados sociales.

Volviendo a las prácticas de sí, el qué de la intervención ética emerge aquí como ciertas creencias y, para la mayoría de las personas entrevistadas, formas de relacionarse. El cómo de esa intervención se relaciona con la creación de espacios de encuentro y de circulación de cosas, con la producción y el entretejido de vínculos, con la replicación de patrones específicos (así sean abiertos) de organización, el cambio del lenguaje que se usa y, en términos más amplios, cambiando los puntos de referencia. Hay un aspecto de ritualidad en las ferias: los momentos, los roles que asumen gestores y participantes, el manejo de los tiempos les apuntan a métodos concisos que permitan que se lleven a cabo prácticas de transformación. Este proceso no está exento de tensiones y tropiezos, pero su consolidación permite crear y encauzar nuevos nodos de relaciones. Si bien estos conjuntos de relaciones remiten a la metáfora del tejido, hay otra metáfora aquí en la que ameritaría ahondar: la noción de enjambre resalta no solo la necesidad de moverse a otro lugar, sino cómo hacerlo cuando el movimiento de individuos aislados no es viable ni suficiente.

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1No confundir con la moneda luna de la plataforma Terra, concebida como pieza en la apuesta por las stablecoins, cuyo precio cayó estrepitosamente en el 2022.

2La aplicación de la luna no registra el género de sus usuarios, por lo que es difícil establecer con exactitud cuántos de estos son mujeres. En mi experiencia, en los equipos gestores suele haber hombres y mujeres, pero la gran mayoría de las personas que participan en las ferias y chats son mujeres.

3Nequi es una aplicación de banca virtual muy difundida en Colombia.

4Hay aspectos que sí están inscritos en la herramienta —en este caso la aplicación— por diseño, como los límites de acumulación.

Recibido: 19 de Septiembre de 2024; Aprobado: 07 de Abril de 2025; Publicado: 01 de Septiembre de 2025

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