Introducción
Cada vez con mayor frecuencia, los procesos de activación patrimonial de bienes y expresiones consideradas por la Unesco como intangibles o inmateriales se articulan en algunas ciudades con políticas recreativas y urbanísticas orientadas a tornarse atractivas para el mercado turístico internacional (Almirón et al. 2006; Espoz Dalmasso y Del Campo 2018; Gómez Schettini et al. 2011). En Córdoba, Argentina, a fines del año 2000, la llamada Manzana de las Luces y cinco estancias jesuíticas fueron incorporadas al listado de bienes materiales protegidos por la Unesco y a los circuitos turísticos de la provincia. Varios años después, la ciudad de Córdoba comenzó a proyectar otra candidatura ante la Unesco, esta vez para una expresión cultural “inmaterial”: el cuarteto, un género musical bailado en Córdoba, principalmente por sectores populares, desde la década de los cuarenta y con una sostenida vigencia.
Entre diferentes acciones, a fines de 2014 el municipio encargó a una comisión1 completar el formulario modelo de la Unesco y confeccionar un inventario de los elementos característicos del cuarteto y su comunidad vinculante, para lo cual se organizaron talleres y entrevistas con personas de diferentes sectores sociales (Municipalidad de Córdoba. Comisión del Cuarteto Cordobés s. f.). Con el material reunido, a inicios de 2015 se intentó efectuar la postulación, pero finalmente el Estado decidió postergarla2. A diferencia del patrimonio jesuítico, cuya presentación tuvo un fundamento académico y material que justificaba su relevancia, en el caso del cuarteto parecía surgir la necesidad de reunir un mayor fundamento patrimonial. En tal sentido, si bien la Convención para la Salvaguardia del Patrimonio Inmaterial de 2003 introdujo cambios al ampliar la definición de patrimonio y valorar la diversidad cultural, dichos avances no necesariamente desestabilizaron el orden cultural en el que se incluye lo patrimonial (y sus expresiones), ni su discurso autorizado ni las viejas jerarquías consagradas (Lacarrieu 2023; Santamarina Campos 2013; L. Smith 2011).
En su trabajo etnográfico sobre el cuarteto, Blázquez sugiere que ser cuartetero/a puede indicar una identidad positiva y un fenómeno típicamente cordobés (Blázquez 2012), o una identidad denigrada por sectores medios y altos de la sociedad cordobesa, para los cuales los cuarteteros son unos negros de alma3 y su música, de mal gusto (Blázquez 2008). Al repasar su historia, el autor observa que durante la dictadura (1976-1983) su público sufrió razias y detenciones, y que con la vuelta de la democracia se mantuvieron prácticas de marginación. En la década de los noventa, se amplió la difusión mediática del cuarteto y su aceptación en otras provincias; y en la primera década del nuevo siglo el Estado provincial y municipal comenzó a ubicarlo como bien cultural y patrimonial de los cordobeses4. En este marco, el Gobierno provincial instaló en el Paseo del Buen Pastor una escultura del cantante Rodrigo Bueno en 2013 y una de Carlos Jiménez en 2015. Por el año 2014, el municipio inauguró el Paseo de la Fama del Cuarteto, en una cuadra de la peatonal San Martín, colocando allí placas y una escultura para recordar a distintos músicos de cuarteto. En 2021 la provincia abrió el Museo del Cuarteto en un edificio céntrico, que tiene fotografías, cartelería y vestuario de artistas de este género musical.
Diversos estudios en torno a la activación patrimonial (Prats 1997) y la institucionalización de géneros musicales populares muestran el trabajo de selección de aquellos elementos y estéticas factibles de ser consumidos (Espoz Dalmasso y Del Campo 2018; Lacarrieu 2023; Mizrahi 2020; Rodríguez Basulto y Weissel 2022). Por su parte, Mizrahi (2020) incorpora la experiencia de sus actores y analiza la complejidad y creatividad de la música funk en cuanto objeto de arte (Gell 2016) que aglutina diferentes intencionalidades y contradicciones, y como un sistema de acción que tiene agencia sobre el mundo y promueve discusiones. Siguiendo esta línea, proponemos a continuación ensayar una perspectiva de análisis que posibilite abordar la trama de relaciones que confluyen en el proceso de activación patrimonial de un género musical que se piensa vinculado a sectores populares. Para ello, nos aproximamos al patrimonio como un entrelazamiento de relaciones complejo, creativo y dinámico, o, en palabras de L. Smith (2011), como un proceso cultural que involucra procesos de creación de sentido, representación y negociación.
En este artículo indagamos, desde una perspectiva etnográfica, sobre la dinámica de este proceso en una calle con una prolongada trayectoria comercial y ampliamente transitada por sectores populares: la peatonal San Martín. En una de sus cuadras, se encuentran las placas del Paseo de la Fama del Cuarteto con las que el municipio rinde homenaje a este género musical. Allí se han desplegado acciones de renovación urbana para embellecer y tornar atractivo el espacio. En tal sentido, sostenemos que las políticas de activación patrimonial buscan posicionar al cuarteto como un recurso turístico y consolidar a la ciudad de Córdoba como destino de turismo cultural. Pero también, es en esa misma calle donde una pareja de bailarines danza cuarteto y se reconocen protagonistas de ese patrimonio, lo que pone en cuestión el orden urbano (Duhau y Giglia 2008) y el discurso patrimonial autorizado. De este modo, las acciones creativas de los bailarines y los haceres cotidianos (Certeau 2000) de los transeúntes de la peatonal incorporan nuevos sentidos y tensiones al proceso patrimonial.
Siguiendo este argumento, el artículo se organiza en cuatro secciones. En primer lugar, presentamos las decisiones teórico-metodológicas tomadas para la construcción de nuestro enfoque. En la segunda sección, recorremos las memorias citadinas de la calle San Martín y su devenir. Luego, nos detenemos en la inauguración del Paseo sobre esta calle y su articulación con políticas urbanísticas de puesta en valor estético en el centro de la ciudad. En la tercera sección analizamos la vitalidad peatonal protagonizada por personas, actividades y objetos que se articulan entre sí. Por último, indagamos acerca de las acciones creativas desplegadas en la peatonal y en redes sociales por dos bailarines callejeros de cuarteto. De este modo, el artículo recorre marcas de la institucionalización de este género, relaciones sociales alrededor de las mismas y acciones creativas que dialogan y tensionan el patrimonio.
Consideraciones teórico-metodológicas
La selección de bienes culturales para su consagración como patrimonio estatal implica un proceso que establece fronteras entre objetos y prácticas cotidianas, por un lado, y aquellos a preservar, resguardar y difundir como expresión de la cultura, por otro (García Canclini 1993). Esto se vincula a estrategias políticas e intereses de grupos hegemónicos que legitiman determinadas versiones de una identidad (Prats 1997) o, como señala L. Smith (2011), a un proceso de regulación de los significados políticos y culturales del pasado que sustenta una definición de patrimonio como objetos materiales, lugares, paisajes y, desde hace más de dos décadas, también como expresiones culturales inmateriales. Estas, si bien buscan despegarse de una visión objetual, no muestran grandes cambios en relación con los dominios folklóricos en los que se encuadran o los contenidos que se valoran (Lacarrieu 2023). Por ello, pueden tender a ser una manifestación alisada en sus complejidades, precariedades y ambigüedades (Lacarrieu 2013), es decir, un producto patrimonial descontextualizado de la vida social y de su historia (Delgado 2002; Lacarrieu 2023). Sin embargo, los patrimonios no solo dependen de “la voluntad y las decisiones políticas de un Estado. Ni dependen exclusivamente de una actividad consciente o deliberada de los individuos o grupos. Los objetos que componen un patrimonio necesitan encontrar resonancia junto a su público” (Gonçalves 2005, 19, traducción propia). Esto invita a recorrer tanto las dinámicas vinculadas a la institucionalización patrimonial del cuarteto como las resonancias que posibilitan evocar en el espectador las fuerzas culturales complejas y dinámicas de las cuales emergió (Gonçalves 2005).
En un contexto internacional que tiende a transformar la cultura en recurso para explotar económicamente (Yúdice 2002), el turismo cultural resulta una de las estrategias utilizadas por los Gobiernos para revitalizar la ciudad y añadir valor a aquellas zonas con menores oportunidades de crecimiento económico (Bertoncello 2007; Delgado 2000; Franquesa 2008). La atracción turística es introducida en ocasiones por actores extralocales, como la Unesco, que institucionalizan la puesta en valor patrimonial de determinados bienes locales (Almirón et al. 2006). Por ejemplo, la institucionalización del tango5 como patrimonio cultural inmaterial de la humanidad buscó posicionar a la capital porteña en el mercado internacional del turismo cultural (Gómez Schettini et al. 2011) reproduciendo aquellos elementos susceptibles de ser consumidos y diluyendo los vinculados a sus orígenes como medio expresivo de situaciones de exclusión e inequidad social (Rodríguez Basulto y Weissel 2022). En relación con esto, la incorporación de la concepción inmaterial puede interpretarse, dice Santamarina Campos (2013), como un giro del eurocentrismo al globocentrismo en la búsqueda aparente por democratizar el patrimonio, pero que mantiene de forma encubierta antiguas desigualdades. En un contexto global que resalta las diferencias culturales y con un mercado turístico cultural creciente, el patrimonio inmaterial parece responder, en mayor medida que el material, a las exigencias de representar lo “auténtico” y “genuino” (Santamarina Campos 2013).
Asimismo, las ofertas turísticas suelen implicar procesos de regeneración urbanística para modificar el aspecto de ciertos sectores degradados. Como sostiene Franquesa (2008), esto ha funcionado como mecanismo de dominación por parte de intereses económicos cuyo objetivo último no es el bienestar de los habitantes de esas áreas, sino ofrecer oportunidades de plusvalías. En este sentido, invita a cambiar las antiguas preguntas sobre si algo es más o menos cultural, o si respeta o no usos y memorias locales, por otras que indaguen acerca de “si los ciudadanos pueden ejercer cierto control sobre el desarrollo turístico o si han sido los intereses económicos vestidos de retórica turística aquellos que han controlado el desarrollo local” (2008, 117).
Las interacciones entre patrimonio, turismo cultural y espacio urbano nos permiten observar transformaciones que atañen a la ciudad. La consolidación de espacios patrimoniales como destinos turísticos produce con frecuencia el desplazamiento de algunas prácticas sociales arraigadas, al expulsar a aquellos considerados indeseables según los discursos dominantes (Durán 2015). En contraste, las prácticas cotidianas de los transeúntes generan una ciudad diferente a la planificada creando puntos de fuga que permiten reconfigurar el espacio y sus significados (Certeau 2000), así como conflictos y consensos con los órdenes urbanos que regulan los usos y las formas de apropiación de los espacios públicos (Duhau y Giglia 2008).
Con respecto al cuarteto en Córdoba, Espoz Dalmasso y Del Campo (2018) analizan dos acciones de intervención urbanística: las esculturas de dos músicos en el espacio del Buen Pastor y las placas del Paseo de la Fama del Cuarteto en la peatonal. Como sugieren, estas intervenciones son parte de un continuum de patrimonialización, embellecimiento y turistificación que viene produciéndose en las últimas décadas en Córdoba, a partir de la remodelación de determinados espacios públicos y monumentos, para posicionar a la ciudad como un destino turístico nacional e internacional. Pero, a su vez, esas marcas presentan diferencias. Por un lado, las esculturas de los músicos están destinadas a los visitantes que circulan y consumen en el Buen Pastor, espacio ubicado estratégicamente para el turismo, entre edificaciones históricas y propiedades de gran valor inmobiliario. En este caso, el cuarteto, como cultura popular, se convierte en un souvenir en la medida en que se le quita su condición de origen para acercarlo a “aquellos cuyo estilo de vida no implica proximidad de clase con la práctica cuartetera” (Espoz Dalmasso y Del Campo 2018, 11). En cambio, señalan las autoras, el Paseo de la Fama del Cuarteto, al ubicarse en una peatonal comercial poco frecuentada como destino turístico, implicó un paseo destinado a sus transeúntes habituales, a quienes el Estado considera próximos al gusto cuartetero. Dialogando con esto, en nuestro trabajo observaremos que dicho paseo se emplazó dentro de la propuesta municipal de creación de circuitos turísticos en el área central, en simultaneidad con su puesta en valor urbanística.
Por otra parte, si en el Paseo de la Fama los peatones parecen ser “vueltos turistas en su propia ciudad” (Espoz Dalmasso y Del Campo 2018, 11), nos inclinamos a pensar que son sus prácticas cotidianas y diversas las que trastocan la intencionalidad del Paseo. Este completa su sentido y es interpelado a través del andar de los transeúntes, las cosas, la música, el movimiento de la peatonal. Para abordar estas cuestiones recurrimos a las herramientas de la etnografía, a fin de acompañar a los transeúntes y aprender de sus pasos y de sus experiencias en la calle. Como señala Quirós, lo que hacemos los antropólogos no es otra cosa que “acompañar y vivenciar fragmentos de la vida social en su propio discurrir” (2019, 186). Esto es, aprehender lo patrimonial en su aspecto vivo, para descubrir cómo se produce y qué hacen (y no hacen) los cordobeses con esas marcas del cuarteto.
El trabajo de campo que posibilitó este escrito se desarrolló en dos momentos. Entre 2017 y 2018 nuestro equipo interdisciplinario6 llevó a cabo una serie de recorridos por la peatonal San Martín, elaboró notas etnográficas de campo, tomó registros fotográficos, hizo análisis de documentación histórica y relevó notas periodísticas sobre la inauguración del Paseo de la Fama. Con este material elaboramos nuestras primeras reflexiones7. Entre 2023 y 2025 profundizamos nuestra indagación con otra serie de recorridos intermitentes en la calle San Martín, a lo que se sumó la búsqueda de información sobre una pareja, Jorge y Marcela, que a fines del 2018 empezaron a bailar cuarteto en la peatonal de Córdoba, a cambio de la colaboración voluntaria del público que se detiene a verlos. Ellos cuentan que comenzaron a ser reconocidos como los Bailarines de la Peatonal cuando una mujer subió una filmación y esta se volvió viral8, a raíz de lo cual fueron entrevistados por diferentes medios de comunicación. A partir de 2021 ampliarían su difusión a través de publicaciones en su cuenta de Instagram9.
En este sentido, nuestros recorridos por la peatonal y conversaciones personales precisaron ser complementados con indagaciones en la red social digital, es decir, con nuestra presencia como audiencia de algunas plataformas. La creciente digitalización de la vida diaria y la conexión entre los creadores de contenido y sus seguidores generan una dinámica de intercambio social y económico mediada digitalmente. A partir de esto, seguimos la sugerencia metodológica de Janet Salmons (citada en Villa 2021) de practicar una minería de datos al escarbar entre las capas de contenido digital generado por los Bailarines de la Peatonal en su cuenta de Instagram, para transformarlos en datos situados en los cuales descubrir las experiencias de esta pareja en torno a la memoria cuartetera y la peatonal.
Andando la San Martín
La calle San Martín atraviesa el microcentro de Córdoba de norte a sur y es el punto de inicio de las designaciones que adoptan las calles en dirección este y oeste (figura 1). Su ubicación en el corazón del casco histórico hizo de ella una importante arteria comercial y de paseo:
Fue la calle principal, la de la Catedral, del Cabildo, de la plaza mayor, cuyo frente al oeste daba a esta calle […]. Habría de ser como la llave de la dinámica urbana de la gran ciudad que es hoy. (López Cepeda 1966, 13)

Fuente: elaborado por la arquitecta Mariel Arias con base en un plano del centro de la ciudad.
Figura 1 Microcentro de la ciudad de Córdoba. Peatonal San Martín y Paseo de la Fama
En 1860, en el sector de esta calle cercano al río, se abre el Mercado Norte, que en 1928 fue trasladado a su nuevo edificio, entre San Martín, Rivadavia, Sarmiento y Oncativo. Este fue por varias décadas el principal punto de compra y venta de alimentos de la ciudad, donde se encontraban puesteros, feriantes y clientes de distintas procedencias. Sobre la San Martín se abrieron numerosas confiterías, bares y comercios; el primer teatro, los primeros cines y casas fotográficas; una imprenta y las primeras oficinas del diario más reconocido de Córdoba (López Cepeda 1966).
Hacia la década de los cincuenta, Córdoba experimentó un crecimiento demográfico debido a la expansión de la industria metalmecánica y la llegada de trabajadores. La ciudad pasó de 386 828 habitantes (Presidencia de la Nación 1947) a 586 015 en 1960; crecieron los nuevos loteos y la zona céntrica se amplió con calles comerciales, edificios y avenidas. La crisis económica generada por la última dictadura militar (1976-1983) y el progresivo abandono estatal del espacio público repercutieron en el deterioro de la zona céntrica. Desde fines de los ochenta el sector privado edificó centros comerciales y shoppings en distintos puntos de la ciudad, así como barrios privados cerrados, principalmente en la periferia. De este modo, aquellos grupos acomodados que antes consumían en el centro comenzaron a frecuentar espacios comerciales más exclusivos.
En la actualidad, el movimiento mercantil céntrico es impulsado fundamentalmente por personas de sectores medios y bajos en procura de productos a precios asequibles, como los que se encuentran en la peatonal San Martín. A lo largo de esas cuadras podemos encontrar comercios que venden desde ropa de uso diario, calzado, ropa de cama, juguetes y objetos de bazar hasta bolsos, carteras, telas, ropa interior y electrodomésticos. Los venden en cantidad o por unidad, sueltos o empaquetados, pero siempre a precios rebajados, lo cual atrae a compradores que recorren la calle mirando vidrieras, descubriendo objetos nuevos, observando a algún artista callejero, sintiendo la música que sale de los negocios o el aroma a comida por la zona del mercado.
Entre placas y adoquines
El Paseo de la Fama del Cuarteto fue inaugurado por el municipio el 14 de julio de 2014 en una cuadra de la peatonal San Martín, entre las calles Colón y Santa Rosa. En el piso se pusieron siete placas de piedra negra lustrosa con nombres de artistas cuarteteros de distintas épocas (Rodrigo El Potro Bueno; Edgar Efraín Fuentes, conocido como Gary; Manuel Mauricio Manolito Cánovas; Néstor Raúl López, conocido como Coquito Ramaló; Carlos La Mona Jiménez Rufino; Leonor Marzano y el Cuarteto Leo, y Carlos Pueblo Rolán) y la frase “Por su contribución a la cultura popular de la ciudad de Córdoba” inscripta en ellas (figura 2). Al año siguiente, se sumó en la misma cuadra una escultura de bronce de Leonor Marzano, creadora del ritmo tunga tunga que caracteriza al cuarteto.

Fuente: fotografía del equipo.
Figura 2 Foto de una de las placas del Paseo de la Fama del Cuarteto, abril de 2025
La organización del evento estuvo coordinada por las oficinas municipales de Turismo y de Cultura. El intendente Ramón Javier Mestre y personas allegadas a los artistas homenajeados descubrieron las placas en un clima de celebración, mientras el público aplaudía. Entrevistado por los medios de comunicación, el intendente señaló que buscaba “hacer un reconocimiento a los hombres y mujeres que nos han divertido en el marco de esta música popular que tanto queremos los cordobeses” y que se elegía la peatonal San Martín porque “para nosotros representa la calle más cuartetera” (“El Paseo” 2014). Tiempo después, una trabajadora del área de Cultura del municipio nos comentó que, con esas marcas conmemorativas, la gestión buscó mostrar un compromiso público con la memoria del cuarteto, en vistas a su postulación como patrimonio de la humanidad.
El día de la apertura del Paseo se inauguró también la obra de revitalización de esa cuadra peatonal, que implicó la colocación de adoquines en las aceras y en la calzada, y de luminarias de siete metros de altura, tal como se venía realizando en otros tramos céntricos (figuras 3 y 4). De este modo, mostrar la fama del cuarteto y embellecer ese sector se combinaban para presentarlo como un nuevo atractivo turístico de la ciudad. Al respecto, N. Smith (2012) y Harvey (2013 y 2014) sugieren que la renovación o revitalización urbana supone una vuelta del capital sobre espacios desvalorizados que, por su ubicación dentro de la ciudad, poseen un gran potencial de renta. Al situar el Paseo en este lugar se apelaba a su singularidad céntrica, así como a la intencionalidad de generar un aspecto atractivo para un espacio “desaprovechado”. La renovación estética con luminarias y adoquinado brindaba a las placas de piedra lustrosas del Paseo de la Fama un marco diferente al paisaje peatonal previo, dado que para el municipio esa “calle más cuartetera” debía mostrarse quizás menos popular.
Sin embargo, los intentos de atraer al público turístico fueron desvaneciéndose frente a la vitalidad comercial y peatonal del lugar donde está el Paseo. Como nos comentó una vendedora de comercio sobre los transeúntes habituales que transitan la peatonal:
-No cambió el público. La gente ni mira las placas. Al comienzo sí, pero después no.
-¿Y qué tipo de público pasa?
-Gente menos pudiente. La que viene al mercado y camina todas estas cuadras, de arriba abajo buscando precios. Porque acá encontrás precios para un público como ellos… (Vendedora de comercio, entrevista personal, 2 de octubre de 2017)

Fuente: fotografía del equipo.
Figura 4 La misma calle en dirección al Mercado Norte (aún sin obra de renovación), agosto de 2018
Y como quedó registrado en una nota de campo del 23 de septiembre de 2017:
Alcancé a ver algo que para mí eran turistas extranjeros, dos hombres con ropa cómoda y prolija, uno de ellos llevaba mochila, y los dos iban a paso tranquilo y mirando de arriba abajo los edificios. Las demás personas parecían ser (por su forma de vestir y moverse) “cordobeses” de los barrios que van a comprar.
Aunque la instalación de las placas formó parte de un proceso más amplio de embellecimiento y creación de un espacio atractivo para la visita, la peatonal San Martín continuó siendo poco frecuentada por turistas. Estos resultan escasos y fácilmente distinguibles dentro de la multitud del público local habitual. Por la San Martín caminan personas de diferentes edades, con frecuencia en pequeños grupos, llevando bolsas de todos los tamaños, conversando y mirando vidrieras. Pero no solo van a comprar, también van a pasear y entretenerse. Algunas se detienen a tomar un helado o alguna bebida fría en los locales que descubren al paso o en los bares que se encuentran llegando a la plaza San Martín. O bien descansan en esa plaza, miran algún espectáculo callejero, si lo hay, y luego emprenden el regreso a sus casas en colectivo o compartiendo un taxi.
La vitalidad de la calle
Las marcas de una memoria cuartetera instaladas por el municipio en una cuadra céntrica peatonal rinden homenaje a figuras destacadas de ese estilo musical. No obstante, pasada la inauguración, la calle volvió a su actividad habitual y las placas fueron rodeadas (y pisadas) por el andar cotidiano de los transeúntes.
En el año 2017 realizamos los primeros recorridos y registros en la calle San Martín. Al llegar a la cuadra del Paseo de la Fama resultó difícil visualizar las placas negras en el piso, ya que se mimetizaban con los adoquines oscuros. Al acercarnos a cada placa, leímos los nombres de los artistas, mientras la gente caminaba. Por ese tiempo se había iniciado la obra de adoquinado de dos cuadras entre el Paseo de la Fama y el Mercado Norte. Los materiales se encontraban apilados en las esquinas, los obreros trabajaban y las vallas marcaban un sendero por donde se transitaba con dificultad. Sin embargo, nada parecía menguar su convocatoria. En cada recorrido realizado nos encontramos con una multitud de personas que compran, pasean, van y vienen por estas cuadras, desde la mañana hasta el atardecer (figura 5). “Acá hay gente. Acá es el único lugar donde algo se vende todavía”, afirmó un vendedor ambulante cuando le preguntamos por qué se paraba en la San Martín y no en otra calle (entrevista personal, 5 de marzo de 2025).
La peatonal se puebla también con vendedores ambulantes. Algunos ofrecen sus productos en carros móviles que llegan por la mañana y se retiran por la tarde, porque el vendedor tiene permiso municipal debido a alguna discapacidad. Otros venden sus artículos (anteojos, medias, ropa, etc.) mientras caminan o los colocan en la vereda y se van moviendo de lugar para evitar a los inspectores municipales10 que se encargan de controlar la venta ambulante y las aglomeraciones de público. Como nos relató un policía que acompaña en las rondas a los inspectores, las relaciones entre vendedores, comerciantes y funcionarios municipales se tensionan según el momento y el lugar:
Los vendedores ambulantes pueden vender, pero no deben. Porque los negocios pagan impuestos y la normativa prohíbe la venta ambulante. Y que acá los comerciantes tienen nombre y apellido. No es lo mismo que alguien se pare a vender frente a un negocio cuyo dueño es conocido, que forma parte de la Cámara de Comercio, que otro que no lo conoce nadie. El que tiene nombre y apellido llama y de inmediato sacan al vendedor. (Entrevista personal, 3 de marzo de 2025)
Las palabras de este funcionario policial remiten a un orden urbano (Duhau y Giglia 2008) que regula los usos comerciales de este espacio público y que entra en conflicto con otras formas de apropiación y venta en la peatonal, particularmente las llevadas a cabo por los vendedores ambulantes. Sin embargo, al final de cada día, cuando los comercios cierran y los inspectores se retiran, aparecen otros vendedores que extienden mantas sobre la vereda y, disponiendo sus productos (principalmente ropa y juguetes), ocupan ese espacio hasta entrada la noche. En ese momento, predominan formas de apropiación del espacio por parte de los vendedores y el ritmo de los transeúntes se sosiega. De este modo, cualquiera sea el horario, las personas caminan, compran, venden, se distraen, en una peatonal que no deja de moverse al ritmo de pasos, trabajos, descansos. Un ritmo que entrelaza la calle, las cosas, las placas, los sonidos, la gente.
Cuando le preguntamos al barrendero si sabía por qué eligieron esta calle para poner el Paseo de la Fama, expresó que seguramente era porque “ahí está la gente del bajo; la gente de los barrios que escucha más esa música viene acá”. Un vendedor que estaba a su lado agregó que “esta era la calle más famosa de Córdoba”, pero cruzando la calle Colón “es otra cosa” (mientras hace una seña con los dedos que significa dinero). “(Allá) va gente más pudiente”, sumó el barrendero. El vendedor señaló la feria de ropa de enfrente y dijo: “Fíjate en esa feria (remarcando sus precios económicos), aparte está cerca el baile del Show Maipú, uno de los primeros bailes y a ocho cuadras queda el Estadio del Centro. Acá se escucha solo cuarteto y folklore, no vas a escuchar rock”. (Nota de campo, 29 de mayo de 2018)
Como surge de este intercambio con dos trabajadores en la cuadra del Paseo de la Fama, la razón de que se encuentre allí coincide con la condición social de quienes transitan ese sector: gente del bajo, de los barrios, con recursos limitados para gastar. Para ellos, el cuarteto forma parte de la cotidianeidad de las personas que transitan esa peatonal. Y la peatonal, a su vez, está próxima a algunos clubes bailables. Por el contrario, hasta allí no llega la gente más pudiente, que tendría otros recorridos y preferencias musicales.
Por otra parte, la vitalidad peatonal no solo la crea la gente, sino también la profusión de objetos que habitan las vidrieras, el interior de los locales y las veredas. Si hay algo que caracteriza este sector céntrico, es el amplio surtido de cosas que se exhiben y venden a precios bajos, colocados en vidrieras y estantes, asomados a los umbrales o colgados directamente en el exterior (figura 6). También los carros ambulantes aprovechan cada rincón: juguetes, disfraces infantiles, medias, etc., se acomodan desde abajo hacia la parte superior y por fuera de su estructura. Podríamos decir que la San Martín y las calles adyacentes configuran una zona comercial que privilegia la venta de objetos cuyos compradores pueden comparar, elegir y usar. Por ello la calle invita a hacerse presente, a mirar en los negocios, entrar y tocar.
Si, como vimos, las placas de piedra del Paseo parecen pasar desapercibidas, hay una marca que sí capta cierta atención: la escultura en bronce de Leonor Marzano, emplazada allí en junio de 2015 (figura 7). En nuestros recorridos notamos que algunos vendedores ambulantes suelen permanecer cerca de ella, dado que está próxima a un pasaje y a una galería, o bien la utilizan para apoyar momentáneamente sus productos o como punto de descanso. La escultura muestra a Leonor con sus anteojos modernos, sonriente y acompañada de dos sapos arriba del piano, ya que, según se cuenta, le ayudaban a controlar los bichos que atraían los reflectores. Los niños que pasan por allí suelen tocar con sus manos los sapos, las teclas del piano o la cabeza de Leonor. Asimismo, algunos posan junto a la escultura para que sus familias les saquen una foto.
-¿Ustedes ven que la gente se pare a mirar la estatua o las placas?
-Sí, se sacan fotos ahí en la escultura, sobre todo los niños.
-¿Y es gente de acá de Córdoba o serán turistas?
-Parece gente de acá nomás de Córdoba, van comprando y los niños se paran y por ahí piden sacarse una foto.
-¿Y con las placas no?
-(Gesto de no saber de qué estoy hablando). ¿Cuáles placas? (Vendedora de comercio, entrevista personal, 3 de marzo de 2025)
De este modo, la escultura no parece ser un monumento usado para homenajear a distancia, sino una figura cercana a los recorridos de las infancias y sus familias, y de algunos vendedores ambulantes. Se podía mirar de cerca, pero sobre todo tocar, cualidad importante para los objetos que pueblan y se intercambian en la peatonal, ya que se conectan a los cuerpos y necesidades de los transeúntes.
Como ya sugerimos, a lo largo de esta calle no solo se realizan compras, sino también se pasea. En ello colaboran la música que sale de los negocios, los puestos de helados, jugos, panchos o comida rápida; los canteros, bancos y sombras de la plaza San Martín donde se descansa. En algunos momentos el entretenimiento es aportado por artistas callejeros que, a cambio de una colaboración voluntaria, brindan música, humor o danza; aunque ello sea limitado por inspectores municipales y comerciantes que priorizan el movimiento mercantil. En este sentido, el entretenimiento artístico en la peatonal es tolerado por el municipio siempre y cuando no interrumpa la actividad comercial, es decir, cuando se presenta como pasatiempo efímero.
Llegados a este punto resultará evidente que dar cuenta del proceso de patrimonialización del cuarteto involucra sentidos construidos por el Estado, usos dados a las marcas conmemorativas, relaciones y tensiones protagonizadas por diferentes actores. Como nos enseña Edward Sapir (1985), las formas culturales no son entidades objetificadas que esperan ser descritas; cuando son auténticas, esas formas no se disocian de los individuos que las sienten como su creación, lo que abre la posibilidad de que las alteren. Pensando en esto, nos detendremos a continuación en la experiencia de una pareja que desde hace varios años danza cuarteto en la peatonal y que evoca lo patrimonial a partir de sus movimientos y prácticas.
Pasos de baile en la peatonal y en las redes
En Córdoba, las personas que gustan del cuarteto suelen concurrir los fines de semana a los bailes o espectáculos nocturnos que ocurren en clubes deportivos o salones de barrios, donde tocan bandas cuarteteras. Blázquez (2012) señala que en la década de los ochenta dichos bailes comenzaron a asociarse a las prácticas ociosas de una juventud trabajadora que se empobrecía progresivamente. Desde la perspectiva de la burguesía local, el asistir a ellos comenzó a señalarse como cosa de negros, mientras que sus bailarines “eran caracterizados en el plano estético por su ‘mal gusto’ (mersas), en el plano ético por su falta de dedicación al trabajo (vagos) y su carácter peligroso (choros), y en el plano erótico por ser objetos sexuales desvalorizados, dado que los varones carecían de belleza (fieros) y las mujeres de virtud (putas)” (Blázquez 2012, 24). No obstante, los relatos patrimoniales sobre el cuarteto no profundizan en esos rasgos estigmatizantes, sino que buscan diluirlos, mientras refuerzan los elementos de herencia identitaria, diversión, colorido y espectáculo musical.
El Paseo de la Fama se concentra en nombres de músicos consagrados y su marco urbano renovado tuvo la intención inicial de atraer público turístico. No obstante, la vitalidad y el ritmo peatonal atraviesan al Paseo, lo inundan, lo desbordan. De allí la potencialidad de observar los movimientos cotidianos de esta calle y las diferentes maneras en que el cuarteto popular aparece y resuena. Quizás algo de esto intuyeron Jorge y Marcela cuando eligieron la peatonal para mostrar cómo se baila el cuarteto. Si bien tenían una larga experiencia de actuación en público (Jorge es artista payaso callejero y Marcela siempre lo acompañó), en su danza se entrecruzan sus necesidades laborales, la aceptación de los espectadores y el proceso de patrimonialización:
Porque nosotros comenzamos como una joda. Pero fuimos descubriendo que era un trabajo y nos dimos cuenta que eso nos iba a dar rédito para sobrevivir de algo en la vida. […] Y la Ley 10174 lo dice muy claro, que dice que el cuarteto y el humor cordobés es patrimonio de la provincia. Letra, música y danza. (Jorge, entrevista telefónica, 8 de marzo de 2025)
La pareja danza en ocasiones el ritmo tradicional del cuarteto, que fusiona el pasodoble y la tarantela. Este es un modo de baile que coincide con aquel momento del cuarteto que en términos patrimoniales se busca proteger. Asimismo, Jorge y Marcela muestran preferencia por temas que hablan de sentimientos y cuentan historias cotidianas atravesadas por la desigualdad, el abandono, las dificultades de la vida y la proximidad de la muerte. Este tipo de repertorio, iniciado en la década de los ochenta por Carlos La Mona Jiménez, rompió tanto con el modelo del cuarteto tradicional -una música alegre pensada para animar fiestas, con ritmos predominantes de tarantelas y pasodobles, interpretados por bandas de cuarteto característico formadas por piano, acordeón, contrabajo, violín y voz - como con el cuarteto blanqueado (Montes 2024). Este último, señala la autora citada, se distingue por una estrategia discursiva que intenta atenuar los rasgos de lo popular, manteniendo a la vez su éxito comercial y ubicándose en un espacio liminal entre lo más popular y los criterios de valor de una clase media que optaba por otros géneros. La selección musical que danzan Jorge y Marcela atraviesa todos estos repertorios, pero en particular eligen aquellas canciones que dan testimonio de experiencias dramáticas de los sujetos subalternos y del sufrimiento causado por vivir al margen: “Hay temas que ameritan bailarlos, por ejemplo la canción que se llama Soy chico de la calle, también En aquel rincón o El viejito Ramón; tenés que escucharlas algún día” (Jorge, entrevista telefónica, 8 de marzo de 2025).
Como se observa en su cuenta de Instagram, los Bailarines de la Peatonal debieron interrumpir sus actuaciones en la vía pública durante la pandemia de covid-19, pero continuaron presentes a través de sus redes sociales. En su primera publicación aparece una fotografía de ellos bailando con barbijos en la peatonal. Se presentan como Jorge y Marcela y escriben: “Ustedes nos bautizaron como ‘los Bailarines de la Peatonal’ y acá estamos defendiendo al cuarteto cordobés!” (figura 8).

Fuente: @losbailarinesdelapeatonal, 5 de marzo de 2021, imagen capturada el 14 agosto de 2024.
Figura 8 Primera publicación en Instagram de los Bailarines de la Peatonal
Difundir el cuarteto y crear(se) una fuente de trabajo forman parte de una misma cuestión para estos bailarines. Presentan su danza en la peatonal, donde la gente los mira, aplaude, filma. Sus espectadores suelen ser numerosos, por lo que en varias oportunidades los comerciantes han solicitado a los inspectores municipales que interrumpan el espectáculo y garanticen la circulación. En ocasiones Jorge y Marcela han denunciado a través de las redes cierto maltrato y la privación de su derecho a trabajar. En una serie de videos publicados en 2022 en Instagram, la pareja cuenta a sus seguidores que no está trabajando en la peatonal a causa de los conflictos con las autoridades municipales y los comerciantes por el uso de la calle. Se definen como defensores del cuarteto planteando que lo que ellos hacen es patrimonio y un ejemplo necesario para “el proyecto del patrimonio universal de la Unesco impulsado por el intendente”. Además, indican que son personas pacíficas y respetuosas, y que trabajan de manera rotativa en distintas esquinas, con lo cual se desmarcan de un perfil conflictivo que justificaría el desalojo por parte de los inspectores. Y también comentan que el mismo Estado les ha brindado un parlante que utilizan como equipo de trabajo y las indicaciones para solicitar un permiso habilitante.
En una fotografía publicada el 18 de octubre de 2022 en su Instagram, Jorge y Marcela sonríen y posan junto a otras personas, señalando un cartel oficial de la Municipalidad de Córdoba que dice: “Cuarteto. Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. Proyecto Unesco”. Escriben en esta publicación: “Un paso más en esta lucha. Para que nuestra cultura llegue a todas partes del mundo. El cuarteto va a ser patrimonio inmaterial de la humanidad”. En 2021 participaron de La Noche de los Museos, como parte de la programación brindada por el Museo del Cuarteto. Esta pareja también fue protagonista de un documental realizado por estudiantes universitarios que se tituló La calle baila11, cuyo objetivo es visibilizar, legitimar y obtener un reconocimiento institucional del “trabajo artístico y patrimonial” de estos artistas callejeros. Dicho documental fue proyectado en junio de 2023 en el Museo Provincial del Cuarteto, en el marco del festejo por los ochenta años de difusión de este género. Asimismo, durante ese año Jorge y Marcela brindaron semanalmente un taller de baile de cuarteto en la Casona Municipal de Cultura. En este sentido, parece que para el Estado la danza puede integrar las acciones de patrimonialización cuando se la enmarca institucionalmente; pero, cuando el baile surge espontáneamente en la peatonal o afecta las actividades de comerciantes, surgen las tensiones y los desplazamientos.
A veces articulándose y otras en disputa con él, esta pareja cuartetera negocia y actúa creativamente el discurso patrimonial autorizado (Smith 2011) empleando esta herramienta cultural para legitimar su participación en distintos eventos y lugares. Genera respuestas disruptivas en el espacio público y virtual, pero, al mismo tiempo, se relaciona con los discursos y canales institucionales que producen el cuarteto como cultura. Recupera el momento más tradicional de la danza del cuarteto, lo cual implica una ratificación de lo patrimonial en sí mismo; e irrumpe en el espacio público para disputarlo y para contar lo popular a través de canciones que relatan experiencias de vivir al margen. Los Bailarines de la Peatonal recurren de este modo a la institucionalidad para construir su propio reconocimiento, pero ello no implica dejarse encorsetar por formas vacías. La acción de bailar como un arte creativo hace resonar el patrimonio cuando se conecta con la defensa de su trabajo callejero y su determinación de permanecer en la peatonal y moverse por ella. Porque la peatonal, más que el lugar donde actúan, forma parte de lo que son y buscan compartir:
El público de Rivera Indarte y 9 de Julio no es como un público de San Martín y Galería Norte, San Martín y Humberto Primo, que es un público muy popular […]. Ahora, en la explanada de Patio Olmos o frente a la casa radical siempre nos ponemos a bailar porque he visto la gente, como que no tiene conocimiento de cuál es el folklore de Córdoba. Voy y muestro, no me interesa ganar plata, me interesa decirles: “Señores, ustedes que vienen de afuera, de la Rioja, de Catamarca, de Estados Unidos, de Japón, de China, este es mi folcklore, bienvenido a mi cuarteto cordobés”. (Jorge, entrevista personal telefónica, 8 de marzo de 2025)
En la elección de los ritmos, letras musicales y espacios donde bailar, Jorge y Marcela modelan su danza como una herramienta cultural y laboral. Su actuación no busca reproducir discursos que apuntan a figuras consagradas, sino reforzar la ida y vuelta con el público, ya que la calle es su lugar de pertenencia y el medio de ganarse la vida. No obstante, no ocultan las frecuentes trabas que encuentran para hacer sus presentaciones o captar el apoyo oficial. A la luz de esto, si tenemos en cuenta que la incorporación de lo inmaterial supuso la democratización y ampliación de la participación comunitaria en la definición de lo patrimonializable (Santamarina Campos, 2013), resulta paradójico que la danza de los bailarines no se ajuste del todo a la propuesta patrimonial del Gobierno. Sin embargo, sabemos que la construcción de esta categoría responde a un “ejercicio globalizado de simetrías aparentes” (Santamarina Campos 2013, 263), que sigue reproduciendo desigualdades bajo una jerarquía de valores globales. Si, por un lado, se recupera una “particularidad” y “autenticidad” identitaria cordobesa (atractiva para el mercado turístico) a través de la institucionalización de este género musical asociado a sectores populares empobrecidos, por otro, continúan siendo profundas las asimetrías que ubican en un lugar desvalorizado las preferencias musicales y estéticas de esos sectores, cuyas prácticas son rechazadas por los valores hegemónicos y las aspiraciones blanqueadas de buena parte de la sociedad cordobesa.
Palabras finales
La inscripción del cuarteto como patrimonio inmaterial de la humanidad no puede comprenderse aisladamente, sino dentro de un entramado más amplio de políticas patrimoniales, circuitos turísticos internacionales y procesos de regeneración urbana. Este trabajo analizó el proceso de patrimonialización de este género musical impulsado por el Estado cordobés y los sentidos que se juegan en torno al Paseo de la Fama del Cuarteto, ubicado en la peatonal San Martín. Allí se observa una selección estatal de rasgos “consumibles” del cuarteto y una omisión de otros elementos conflictivos y cotidianos. Más allá de las marcas conmemorativas, el Paseo es intervenido cotidianamente por sonidos, aromas, personas y actividades que se entraman en la peatonal y dan lugar a resonancias cuarteteras, en una experiencia que es teñida por conflictividades y luchas cotidianas, y también por modos de disfrute, estéticas no hegemónicas y creatividad.
Inspiradas en Gell (2016), nos propusimos pensar el cuarteto no solo como una representación simbólica, sino como parte de una red de relaciones sociales que atrae y afecta. La vida cotidiana en la peatonal pone en evidencia una apropiación creativa del espacio, en virtud de la cual los actores locales, como vendedores ambulantes y bailarines, resignifican la propuesta estatal insertándose en ella de manera activa, aunque sin un control total. A través de su presencia y persistencia, en lo que resisten y modifican, en lo que reconocen e incorporan, los actores locales producen lo patrimonial.
Frente a políticas que intentan neutralizar o “blanquear” lo popular, estas presencias mantienen la vitalidad cuartetera con sus propios cuerpos y prácticas. De este modo, el cuarteto es experimentado como un arte creativo en constante transformación. Su valor patrimonial radica precisamente en esa conexión activa con la cotidianidad, las luchas y las contradicciones de quienes lo viven, lo bailan y lo hacen parte de su día a día en espacios como la peatonal San Martín.


















