Introducción
El análisis crítico se ha preocupado por comprender las relaciones de poder que configuran la producción de los llamados “recursos naturales”. Por ejemplo, se ha estudiado cómo la naturaleza se convierte en recursos a través de su mercantilización y de la creación de valor capitalista (Huber 2018; Moore 2015), se han desestabilizado los límites entre los mundos natural y social (Castree 2003; Whatmore 1999) y se ha reflexionado críticamente sobre los orígenes coloniales de las ideologías subyacentes a los esquemas dominantes de explotación y extracción (Braun 2002; Willems-Braun 1997). En la geografía crítica, las perspectivas feministas, posestructurales y poscoloniales allanan el camino para ampliar la indagación sobre las espacialidades de los recursos y los entramados de poder que las constituyen en la medida en que dirigen la atención a las prácticas de investigación y los marcos epistémicos a través de los cuales se conocen, caracterizan y definen los recursos. Este artículo1 se centra en la etnografía como un modo de generación de conocimiento geográfico que, ofreciendo narrativas complejas e innovadoras sobre las geografías y relaciones de poder espacializadas que tienen lugar en los contextos extractivos, permite la reflexión crítica sobre los aspectos intersubjetivos, éticos, materiales y políticos de las relaciones de investigación en dichos contextos.
En concreto, el artículo desarrolla el concepto de sensibilidad etnográfica en el contexto de los estudios sobre la producción de recursos en espacios extractivos. La antropóloga Carole McGranahan define el término como “un sentido de lo etnográfico desde las expectativas vividas, las complejidades, contradicciones, posibilidades y fundamentos de cualquier grupo cultural dado” (2018, 1)2. Aquí, expando esta definición, pues entiendo la sensibilidad etnográfica como un modo de relacionamiento con las personas, los lugares y la producción de conocimiento en campo que abraza la vulnerabilidad física y epistemológica derivada de habitar los espacios y participar en las relaciones interpersonales inherentes a la investigación.
Las sensibilidades etnográficas permiten hacer una intervención crítica en las geografías de los recursos al instigar una apertura de los imaginarios sobre el espacio y el poder en las regiones extractivas y en las prácticas cotidianas de hacer y rehacer el mundo que tienen lugar entre quienes las habitan. Al mismo tiempo, al situar la producción de recursos en el entramado de relaciones materiales, afectivas y sociales de la vida-con-recursos (Valdivia 2017) y basándose en la participación de la investigadora en dicho entramado, las sensibilidades etnográficas pueden proporcionar una comprensión matizada de las formas en que las personas viven con la extracción y conviven con sus efectos.
En primer lugar, el artículo ofrece una visión general de las trayectorias de la etnografía en la geografía humana y sitúa el concepto de sensibilidad etnográfica en el marco de los aportes de las geógrafas feministas a la etnografía contemporánea. Luego, se contextualiza la investigación de la autora sobre la palma aceitera en Colombia para sugerir maneras concretas de incorporar sensibilidades etnográficas en investigaciones de campo sobre los aspectos socioambientales y políticos del extractivismo y sus impactos locales. Entre ellas están una apertura sensible a la dinámica más amplia de la vida-con-los-recursos (más allá del recurso en sí mismo), una exposición corporeizada al lugar y a las relaciones interpersonales de la investigación, y una práctica de escritura reflexiva y multinivel. La conclusión analiza los entrelazamientos y traslapes espaciales entre la vida cotidiana de la comunidad y las espacialidades de la extracción de recursos como ejemplo del potencial teórico de las sensibilidades etnográficas en la geografía.
La etnografía y sus trayectorias críticas en la geografía humana
La etnografía excede un conjunto de técnicas de investigación aplicadas a través de una inmersión prolongada en la vida social de un colectivo determinado y localizado (Ortner 2006). Tradicionalmente basada en un trabajo de campo sustentado en la participación en las dinámicas cotidianas de un grupo, configura una perspectiva privilegiada desde la cual percibir, comprender y escribir sobre realidades sociales. La etnografía es en sí misma una teoría, en cuanto orientación analítica hacia los ritmos y lógicas frecuentemente impredecibles, ambiguos y contradictorios de la existencia, a través de los cuales los colectivos socioculturales le dan sentido al mundo (Col y Graeber 2011; Nader 2011). Es, por lo demás, una proposición sobre la traducción que parte de la premisa de reconocer la subjetividad de quien investiga, lo cual condiciona, entre otras cosas, qué aspectos de la vida social se abordan, cuáles no y a través de qué categorías analíticas (Biehl y McKay 2012). En este sentido, la etnografía reconoce la imposibilidad de que la investigación social llegue a “verdades” inmutables sobre las siempre inciertas dinámicas de la cotidianidad. Por último, se trata también de un modo personal de narración que pone en primer plano las experiencias vividas y aprendidas por el propio sujeto investigador, hace que este forme parte del objeto de estudio (véase, por ejemplo, Tsing [2005]) y permite un diálogo creativo entre sus conceptualizaciones y las de los informantes (Biehl y McKay 2012).
Etnografía en geografía
La atención de la etnografía a las percepciones y experiencias de las personas, así como su tradicionalmente localizada inmersión en las dinámicas de una colectividad, la han convertido desde hace décadas en un método útil en la investigación geográfica cualitativa. Su uso en la geografía puede generar descripciones detalladas de la “conexión entre los mundos de vida de un grupo social y el mundo geográfico que construye” (Herbert 2000, 551), y ayudar a desarrollar una comprensión profunda de las relaciones socioespaciales desde una perspectiva tanto simbólica como material.
La conexión entre la etnografía y la investigación geográfica ha cambiado con el tiempo. En los últimos años no solo se ha utilizado aquella en esta, sino que también se ha potenciado su uso como herramienta para el análisis crítico. En la primera mitad del siglo XX, geógrafos pertenecientes a la tradición de la ecología cultural llevaron a cabo un trabajo de campo etnográfico a largo plazo para estudiar los conocimientos, creencias y prácticas materiales de determinadas sociedades en relación con el mundo biofísico (St. Martin y Pavlovskaya 2009). Más tarde, en la década de 1970, la geografía humanística incorporó enfoques etnográficos que se centraron en lo mundano y lo cotidiano y abordaron la complejidad y las particularidades de las experiencias espaciales de los sujetos (Crang y Cook 1995). La etnografía les añadió densidad a las observaciones de la geografía humanista sobre el espacio, el lugar y la cultura, y aportó una aproximación situada en los sujetos y contextos particulares a un campo dominado entonces por epistemologías positivistas, pretensiones universalizantes y métodos cuantitativos (Ley y Samuels 1978).
Sin embargo, a medida que en la geografía humana se utilizaba la etnografía para estudiar las experiencias del espacio y las relaciones socioespaciales, también se reproducía una visión de la cultura como algo transparente, homogéneo e indisputado, disponible como objeto de un estudio objetivo por parte de un investigador imparcial (Crang y Cook 1995, 5). En la década de 1990, el giro cultural de la disciplina animó las teorizaciones geográficas sobre el espacio, el lugar y las políticas de la producción académica. Esto condujo, por ejemplo, a una comprensión relacional y procesual del espacio y al reconocimiento de la configuración interescalar de las geografías hasta entonces consideradas “locales”, lo que situó a los investigadores e investigadoras en el medio de espacialidades interconectadas, multiescalares y atravesadas por relaciones de poder. Estos desarrollos resonaron en críticas contemporáneas a las etnografías locales y condujeron a la geografía a interrogar dichas relaciones y las prácticas espaciales implicadas en el trabajo etnográfico (Cook 2019).
La geografía feminista, en particular, dirigió importantes críticas a los fundamentos coloniales y patriarcales de la investigación en ciencias sociales, con lo cual participó en la creación de una etnografía reflexiva, posicionada y encarnada, comprometida con subvertir las diferentes e interrelacionadas jerarquías de poder y con dar cuenta de sus espacialidades (Nast 1994). En respuesta a la idea de que los fenómenos sociales podían ser observados a través de una mirada desde ninguna parte (Haraway 1988), las geógrafas feministas recalcaron la importancia de considerar cómo las posicionalidades de raza, clase, género y sexualidad condicionaban la producción de conocimiento (McDowell 1992; Radcliffe 1994; Rose 1997; Staeheli y Lawson 1995). Insistieron en el imperativo ético y político de narraciones reflexivas que hicieran visibles las relaciones de poder que atravesaban las prácticas de investigación. Obras influyentes escritas por Cindy Katz (1994 y 2001) en la geografía económica o Juanita Sundberg (2003 y 2015) en la ecología política, por ejemplo, ayudaron a desdibujar las fronteras entre el escritorio y el campo, cuestionando la creación ficticia de este último como un espacio pasivo alejado de los centros de producción de conocimiento en los cuales operan normalmente los y las investigadoras. Estas autoras exploraron, por lo demás, los fundamentos imperiales del trabajo de campo geográfico tradicional e hicieron un llamado a integrar la creación de conocimiento y el activismo para el cambio social.
Adicionalmente, las investigaciones sobre las dimensiones corporales y afectivas de las relaciones espaciales (Sharp 2007; Valentine 2007) y el compromiso con la esfera de lo íntimo (Smith 2020) y lo ordinario (Berman-Arévalo y Ojeda 2020) informaron los posicionamientos metodológicos y teóricos de la geografía feminista en torno a cómo estas esferas condicionaban radicalmente las relaciones de investigación. Por ende, las relaciones etnográficas se concibieron como encarnadas, intersubjetivas, íntimas, emocionales y afectivas en sí mismas. Finalmente, obras recientes en la geografía feminista han abordado críticamente la cuestión de la traducción y representación etnográfica. El trabajo de Richa Nagar, por ejemplo, explora el potencial político de la traducción a través de una ética de vulnerabilidad radical comprometida con relaciones íntimas y prolongadas de cocreación entre la investigadora y los colectivos con los que interactúa (Nagar 2018). En este caso, la investigación implica abrazar la inconmensurabilidad entre los mundos de todas las participantes y la creación de conocimientos que son, conscientemente, siempre fluidos e inacabados. Al reconocer e incorporar la agencia epistémica de las colaboradoras y trabajar con las energías epistémicas que emergen en la relación de cocreación (Muppidi 2015), este enfoque investigativo permite dar cuenta de las múltiples y complejas formas de crear conocimientos y ejercer lo político.
Sensibilidades etnográficas en la geografía crítica de los recursos
En la actualidad, la etnografía crítica es crucial en la investigación geográfica vinculada con temas de desarrollo y con las relaciones sociedad-naturaleza. Esta investigación incluye aproximaciones multiescalares (Hart 2004), así como descripciones etnográficas densas de lugares y poblaciones particulares (Bobrow-Strain 2007; Sultana 2011; Ybarra 2017). Tanto las indagaciones localizadas como las multiescalares han aportado complejidad teórica a la comprensión de las espacialidades, subjetividades y temporalidades a través de las cuales se crean los recursos en condiciones y poblaciones concretas. Esto ha permitido entender los múltiples significados y reapropiaciones de los recursos a medida que se vuelven parte del día a día de las personas (Bobrow-Strain 2007; Sultana 2011), y también las contestaciones alrededor de su extracción y mercantilización.
Las sensibilidades etnográficas se inspiran en los aportes feministas señalados anteriormente y amplían los registros epistémicos a través de los cuales se estudian los recursos. En concreto, una sensibilidad etnográfica implica la voluntad de escuchar, sentir, reconocer e interactuar con las personas y los lugares en su plena complejidad, atendiendo a las lógicas y prácticas ordinarias e impredecibles de los grupos sociales (McGranahan 2018). Requiere una apertura del registro sensible para dar cuenta de los aspectos estéticos, afectivos y mundanos de la vida y el lugar. En palabras de Richa Nagar, una apertura a los “tonos y texturas, memorias y sentimientos, lógicas y poéticas, traumas y espectros de personas, lugares y tiempos, así como las verdades aparentemente mundanas de la vida que permanecen lejanas en la academia convencional” (2018, 22). Son estas inasibles “atmósferas que resuenan en una escena” (Berlant y Stewart 2019, 34) las que constituyen los terrenos etnográficos en los que habitan quienes hacen etnografía -tanto material como analíticamente-.
Las sensibilidades etnográficas constituyen, además, un modo de compromiso en el que quien conduce la investigación se expone a las condiciones materiales y a la intimidad de las relaciones de campo, y hace vulnerables sus marcos de conocimiento mediante el diálogo epistémico con aquellas personas con las que interactúa. A su vez, la escritura (o cualquier otra forma de representación) se convierte en un ejercicio reflexivo y de posicionamiento que da cuenta de los dilemas y las tensiones que informan las decisiones metodológicas y analíticas.
Incorporar la sensibilidad etnográfica al estudio de la producción y extracción de recursos implica situar los recursos en el conjunto más amplio de prácticas y relaciones de la vida-con-los-recursos, entendida como los entrelazamientos e imbricaciones entre su producción, la vida cotidiana y las relaciones de poder (Valdivia 2017; Valdivia y Lu 2020). A su vez, abordar la vida-con-los-recursos como terreno etnográfico requiere prestar atención a los aspectos afectivos, ordinarios y mundanos de las relaciones a través de las cuales se configuran y se apropian los recursos e interrogar las formas cotidianas en que las relaciones de poder, las espacialidades y los recursos mismos se reconfiguran y redefinen constantemente. Esta perspectiva tiene importantes implicaciones en el análisis de las espacialidades de los recursos, ya que diluye la distinción conceptual entre los espacios de extracción y los espacios de la vida comunitaria, y se centra en las múltiples formas en que la producción de recursos y la vida cotidiana se traslapan y entretejen.
La sensibilidad etnográfica permite una exposición compartida a las materialidades de los espacios de extracción de recursos, una condición que tiene implicaciones éticas y analíticas. Experimentar las materialidades de la vida cotidiana en estos contextos hace posible entender cómo los efectos ambientales y sociales del extractivismo se funden con el día a día y se convierten en un asunto ordinario. Las relaciones de intimidad con las personas y el lugar pueden llevar a quienes conducen la investigación a compartir ese carácter ordinario de las dinámicas extractivas y, por ende, a tener una comprensión más profunda de las ambivalencias y contradicciones de las reacciones políticas frente al daño socioecológico. Al mismo tiempo, una conexión sostenida con lugares y personas determinadas se convierte en precondición para poder ser testigo de las instancias intermitentes e impredecibles en las cuales la extracción de recursos se transforma en un asunto extraordinario y genera diferentes manifestaciones de resistencia organizada.
La vulnerabilidad compartida también influye en la traducción de las experiencias de campo en narraciones etnográficas, pues genera un compromiso ético con prácticas de escritura reflexivas y posicionadas que exponen los propios marcos de conocimiento. A partir de mi trabajo sobre la política cotidiana del aceite de palma en el municipio de María la Baja, en el Caribe colombiano, en la siguiente sección se sugieren formas prácticas en las que las sensibilidades etnográficas pueden potenciar la investigación en la geografía crítica de los recursos y el análisis crítico de contextos extractivos.
Investigando la vida con la palma a través de sensibilidades etnográficas
Mi investigación estudia las políticas y geografías cotidianas de la palma aceitera en María la Baja. Allí, las plantaciones se han expandido a un ritmo alarmante después del año 2000, pasando de 570 ha en 2001 a 11 015 ha en 2013 (Maza Ávila et al. 2017). Esta expansión fue posible gracias al despojo paulatino en el contexto de la violencia paramilitar, una historia que permea el imaginario colectivo en torno al recurso a nivel local (Berman-Arévalo 2021). El aceite de palma introdujo nuevas formas de producción agraria, caracterizadas por el trabajo asalariado precario, relaciones agrarias impersonales, relaciones de propiedad excluyentes y la concentración de la tierra en manos de dueños sin rostro -una manera local de referirse a propietarios desconocidos provenientes de otras regiones del país (Berman-Arévalo 2021)-.
En María la Baja, la palma aceitera es inseparable de las prácticas, las relaciones y los espacios de la vida cotidiana. Las plantaciones se funden con los lugares de uso y circulación cotidiana y pasan a formar parte del paisaje habitado (figura 1). Además, el trabajo con la palma es una de las pocas fuentes de ingresos de los jóvenes, sin la cual muchas familias no podrían sobrevivir. La mayoría de los hombres de mediana edad han trabajado, al menos en un par de ocasiones, como jornaleros en este campo. Cualquier cosa, desde cervezas y billares hasta uniformes escolares y aceite de cocina, se puede adquirir con el dinero proveniente de este recurso. A pesar de este carácter ordinario y en medio de los ritmos aparentemente estables de la vida con la palma, hay casos repentinos (e impredecibles) en los que esta se reconoce colectivamente como una amenaza que moviliza diferentes formas de resistencia.
Mi trabajo de campo etnográfico implicó más de quince meses y se desarrolló de forma intermitente en el transcurso de tres años. Tras dos estancias de un mes, en 2013 y 2014 respectivamente, muchas conversaciones telefónicas y comunicaciones a través de las redes sociales, pasé un año viviendo en la región y en un pueblo concreto, Paloaltico, durante periodos de tres a cuatro semanas, interrumpidos por estancias de unos cuantos días en ciudades cercanas. A lo largo de la investigación, me sumergí en las múltiples historias, prácticas y acontecimientos aparentemente ajenos a la palma aceitera, lo que desdibujó constantemente los límites conceptuales que separaban mis temas de investigación -las geografías, los impactos y las resistencias al extractivismo- de las múltiples otras esferas de la vida cotidiana.
Mis decisiones prácticas, éticas y analíticas se basaron en la sensibilidad etnográfica. Tres aspectos resultaron significativos para teorizar las políticas y espacialidades de los recursos: una apertura sensible a las dinámicas más amplias de la vida con la palma, la exposición corporeizada a las condiciones materiales del lugar y una práctica de escritura reflexiva y multinivel.
Apertura sensible
Una apertura sensible les pide a quienes conducen investigaciones de campo permitirse soltar -aunque sea de manera temporal- agendas investigativas y marcos conceptuales para interactuar con las personas y los lugares con el fin de ser receptivos a las múltiples voces y eventos que emergen de manera espontánea en la vida social. Practicar esta vulnerabilidad radical (Nagar 2018; Nagar y Shirazi 2019) implica no solo observar y participar, sino también afinar las prácticas de escucha, entendidas como la “posibilidad de acción que conduce a la emergencia de comprensión, respeto, reconocimiento y, sobre todo, reciprocidad” (Villa y Villa 2012, 389). Hacerse vulnerable en el contexto de la investigación es permitirse notar conversaciones y acciones que podrían parecer menores y sin importancia; notar, en el sentido propuesto por Kevin Quashie, implica entrar en sintonía con formas más silenciosas y menos evidentes de expresión, ampliar el registro sensible de lo político (Quashie 2012). Es, también, otorgar importancia a los asuntos que les importan a las personas con quienes investigamos, individual y colectivamente, aunque parezcan ajenos a nuestros intereses de investigación. Ser receptivos a las historias, intereses, deseos y prácticas de la gente; empatizar y abrirnos a relaciones de intimidad y vulnerabilidad mutua. Por último, una apertura sensible requiere tiempo: estar presente, mantenerse en contacto y siempre volver. Con el paso de los días, pueden surgir acontecimientos inesperados que obliguen a quienes investigan a reconsiderar sus juicios y análisis previos y a permanecer abiertos a las sorpresas. El siguiente extracto de mi diario de campo ilustra el potencial de esta apertura para revelar las texturas de lo político en contextos agroextractivos:
Esta mañana, Eloísa, la abuela de 59 años, se puso furiosa cuando Danielito, el vecino, se quejó de que sus nietos le estaban “robando” el tamarindo de su árbol, aunque cayera en el patio de Eloísa. No podía creer que gritara y tirara las ollas al piso y le soltara a Danielito los más groseros improperios. “¿Cómo puede ser tan tacaño?”, se preguntaba en voz alta. “¿Desde cuándo la fruta de un árbol es de alguien?”. Estaba furiosa. Más tarde me contó que se había levantado con los cables cruzados aquella mañana. Se había pasado la noche pensando en cómo su hija la había llamado de Cartagena para pedirle 100 000 pesos para la matrícula y ella no tenía dinero para darle. Se le rompió el corazón. (Diario personal de campo, Paloaltico, 31 de enero de 2015)
Pude presenciar el suceso anterior al permanecer por horas en la cocina abierta de Eloísa, junto a su patio trasero, un lugar donde la familia extendida se reunía a diario para tomar café y comentar los últimos acontecimientos del pueblo. Difícilmente me perdía una sesión de café. El tipo de riña que vimos aquel día era poco frecuente. Todo el mundo se sorprendió ante la reacción de Eloísa y se habló del incidente durante el resto de la jornada. Yo también participé en las conversaciones posteriores. Escuché, comenté y me quedé. Sin que se lo pidiera, Eloísa me contó cómo se sentía. Más tarde reflexionaría sobre estos acontecimientos a través de la escritura. Entendí su conexión con una economía cada vez más monetizada en la que, sin embargo, la escasez de dinero es la norma y los recursos comunes se vuelven privados. Mi apertura a las frustraciones de Eloísa me ayudó a comprender las dimensiones emocionales de estas dinámicas, así como las relaciones desiguales de género que las condicionan: la rabia, la tristeza, la frustración ante el debilitamiento de lo colectivo y los impactos desiguales del capitalismo agrario sobre las mujeres y las madres -responsables, además de cuidar, de proveer, pero sin acceder a un salario-.
Todo esto estaba contenido en un acontecimiento ordinario frente al cual mantuve una apertura tanto sensible como analítica. Dado mi interés en las políticas cotidianas de la palma aceitera, pude haber limitado mis observaciones a los efectos más directos y evidentes de este recurso en la vida de la comunidad, buscando activamente instancias de resistencia o despojo. Sin embargo, los sucesos narrados arriba señalan la importancia de abrir las decisiones metodológicas y los registros epistémicos para acercarse a las operaciones complejas de la política, la subjetividad y las materialidades de la vida cotidiana en medio del agroextractivismo.
El sufrimiento y la vitalidad, la pasividad y la rabia repentina, la constatación consciente de la injusticia: todo esto atravesaba el tejido de la vida social en Paloaltico. Cuando fui invitada a habitar el ámbito de la cotidianidad, se hizo evidente que la palma aceitera estaba enredada con un espectro más amplio de prácticas, deseos, preocupaciones, relaciones de poder y espacialidades que hacía imposible considerar al agroextractivismo como un fenómeno relevante en sí mismo.
Exposición corporeizada
La exposición corporeizada o encarnada implica experimentar el lugar y las relaciones en toda su dimensión material y emocional. Durante mi estancia en Paloaltico, nadaba con los niños en el embalse cercano, participé en el maratón escolar por los canales de irrigación de la plantación, bebía el agua, ayudaba a cocinar a pesar de mi torpeza con la cocina de leña, y compartía y a veces bailaba en los “picós” del pueblo. En una ocasión, las mujeres me quitaron los piojos de la cabeza, sentadas en el patio donde ellas y los hombres practicaban actividades de aseo y acicalamiento similares. No se trataba solo de observación participante, sino de una disposición constante e intuitiva a implicar el cuerpo en la investigación y abrirse a la intimidad que esto conlleva. Suponía vulnerabilidad, pero también generaba vínculos sociales y rompía -aunque de manera efímera- privilegios encarnados de raza y clase.
La vulnerabilidad compartida ante la materialidad generalmente precaria y contaminada de los espacios extractivos constituye una perspectiva única para comprender cómo los efectos socioambientales del extractivismo agrario se enredan con las prácticas cotidianas y descienden al ámbito de lo ordinario (Das 2015, 71). Como sugiere la viñeta etnográfica citada a continuación, esta inmersión hizo de mi propio cuerpo un lugar en el que las controvertidas relaciones del extractivismo se convirtieron en una realidad concreta:
El parásito que salía de mi cuerpo en la biblioteca de la universidad era un craso recordatorio de lo implicado que había estado con las condiciones materiales del campo. Mi cuerpo contenía literalmente residuos de agua contaminada con agroquímicos, peces en descomposición y heces de animales.
Mientras reflexionaba sobre las políticas cotidianas de la contaminación, me acordé de Leticia, el nombre que la comunidad dio al acuífero más cercano al pueblo. Rodeado de palma aceitera y colonizado por sus raíces, era también un lugar para disfrutar y contar historias. En el transcurso de mi trabajo de campo Leticia acabaría desapareciendo, su agua completamente agotada. Su desaparición interrumpiría la certeza normalizada de su existencia y el carácter ordinario de su materialidad contaminada. Para muchas personas, se convirtió en un símbolo de los efectos trágicos de la invasión de la palma a los comunes, un recordatorio de sus amenazas a la supervivencia física. Para otras, era tan solo otra instancia de la precariedad material a la que cada vez se acostumbraban más.
Para mí también, beber agua contaminada se había convertido en un asunto ordinario, interrumpido tras haber sido testigo de los acontecimientos y, ahora, por la constatación de la presencia de parásitos en mi cuerpo. Al compartir la vida cotidiana de la comunidad, me había sentido incómoda ante el privilegio del agua embotellada, que consideraba ética y políticamente incoherente con las conversaciones diarias sobre los privilegios raciales y la devaluación de los cuerpos racializados. Sin embargo, esta encarnación de mi política también había contribuido a la naturalización de los efectos reales y concretos de la palma aceitera. (Viñeta etnográfica, Chapel Hill, febrero de 2016)
Exponer mi cuerpo a las condiciones materiales del espacio fue una decisión práctica impulsada por motivos éticos y políticos. Hacerme vulnerable experimentando el lugar “como todo el mundo” me permitió ampliar mis perspectivas analíticas sobre el daño y la resistencia. Me di cuenta de que las reacciones políticas a los daños ocasionados por la palma aceitera no podían separarse del hecho de vivir en medio de la extracción y acostumbrarse a ella. No era una cuestión de aquiescencia vs. resistencia, sino más bien de las instancias impredecibles en las que los parásitos, los pozos secos o los peces muertos hacían de la palma un asunto extraordinario.
Escribir sensibilidades etnográficas
Como revela la viñeta anterior, la etnografía no solo se hacía en el lugar físico de la comunidad. También tomó forma a través del proceso reflexivo y creativo de dar cuenta de las experiencias sobre el terreno mediante la escritura etnográfica. En este sentido, el potencial de las sensibilidades etnográficas en el espacio se realizaba en retrospectiva, ya que la escritura generó una conciencia crítica de los riesgos y potenciales de la exposición corporeizada y abrió posibilidades de análisis para comprender las relaciones entre la política, la materialidad y el cuerpo de la propia investigadora.
Las prácticas de escritura reflexivas e iterativas permiten un modo de análisis en el que las proposiciones conceptuales y teóricas surgen del proceso personal y afectivo de lidiar con la compleja, fragmentada e impredecible naturaleza de la vida social, a la vez que se sitúan a la luz de un conjunto de dinámicas y relaciones multiescalares. Las formas narrativas ayudan a la investigadora a aceptar la vulnerabilidad de sus propios marcos de conocimiento y a materializar un compromiso ético para que lo ordinario se convierta en un registro epistémico y un lugar de la política.
Desarrollé una práctica de escritura en tres niveles: notas de campo, diario de campo y narraciones etnográficas. Aunque los límites entre estas tres categorías son a menudo borrosos (Taussig 2011, 5), cada una se encuentra en un lugar distinto en el continuo entre el registro, la reflexión y el análisis. Las notas de campo registraban fragmentos de la experiencia y los conservaban para su posterior elaboración. Escribía espontáneamente nombres, números, ideas, mapas, percepciones o detalles de acontecimientos o conversaciones. La actividad aparentemente mecánica de escribir notas afina la percepción etnográfica de lo que ocurre a su alrededor. Como sugiere Michael Taussig, las notas de campo son como un “nuevo órgano” que “incorpora otros mundos al propio” (2011, 5). Aunque aleatorias, fragmentadas y carentes de coherencia, también sientan las bases para el análisis, con lo cual permiten acceder a los mundos de expresividad latentes en el terreno al recordar sus detalles (Berlant y Stewart 2019, 34).
Un diario de campo constituyó un segundo nivel de escritura. Durante mi trabajo en el terreno, los registros regulares en él ayudaban a procesar las experiencias del día y a elaborar pensamientos intuitivos. Escritos a mano y en el lugar, evocaban sensaciones y cualidades afectivas del espacio y los acontecimientos, al tiempo que los ordenaba en un flujo narrativo y apuntaba hacia determinadas direcciones analíticas. El diario se convirtió en una salida creativa que me ayudó a expresar una voz personal en un relato académico emergente y sirvió de base para el posterior desarrollo de un texto etnográfico.
Durante mis visitas a las capitales regionales y, más tarde, en una universidad norteamericana, la escritura de relatos etnográficos se convirtió, a la vez, en un modo de análisis y en un ejercicio personal y creativo de hacer compatible la distancia analítica con el compromiso ético de reconocer y dialogar con los marcos epistémicos de los participantes. Estas narraciones hacían posible un contrapunteo entre elementos concretos de la experiencia de campo y la abstracción conceptual y teórica. Utilicé historias y viñetas etnográficas para iniciar capítulos o artículos con el fin de conectar tanto a los lectores como a la escritora con las texturas de la vida social. Esta práctica ofrecía un registro sensible para que quienes leyeran pudieran acercarse a los mundos narrados y, a la vez, me permitía ser abiertamente parcial y procesar mis compromisos ético-políticos.
La apertura sensible, la exposición corporeizada y la escritura reflexiva son solo tres elementos prácticos de lo que llamo sensibilidad etnográfica. La siguiente sección reúne estos tres elementos en un análisis de los entrelazamientos entre los espacios de extracción de recursos y los de la vida comunitaria.
La vida con la palma aceitera: los espacios entrelazados de la palma y la comunidad
En María la Baja, la palma crece entre escuelas, campos de fútbol, acuíferos y viviendas. A su vez, personas, animales, recuerdos y demonios habitan las plantaciones caminando, descansando, alimentándose e incluso haciendo el amor a la sombra de la palma:
Aunque se traslapan, las espacialidades de la palma y de las personas (y de los animales y de otros) también están en tensión y a veces en oposición. Las plantaciones limitan la tierra disponible para la agricultura campesina; su expansión está siempre acompañada de esfuerzos permanentes -aunque incompletos- por territorializar mediante el cercamiento y los despliegues de seguridad privada. Un ejemplo de las violentas territorialidades de la palma se desarrolló una mañana en el patio de mi familia de acogida. En medio de la conversación vimos a un cerdo moribundo caminando hacia la casa. Tenía una cortada en la frente, suficientemente profunda para dejar al descubierto su cráneo. Sabíamos lo que había pasado: los guardias de seguridad de la plantación vecina lo habían herido para mantenerlo alejado. Era una demostración simbólica de poder y una amenaza directa a los medios de vida locales. “Los animales ya no pueden andar libremente, los de la palma no los quieren cerca”, explicó Mercedes, de 42 años. Se trataba de un encuentro violento entre el espacio securitizado de la plantación y las espacialidades móviles de la circulación animal, que materializaba el conflicto espacial entre la explotación privada y capitalista de los recursos y la posibilidad de que otros tipos de elementos y entes no humanos se conviertan en recursos para los miembros de la comunidad. (Viñeta etnográfica, Chapel Hill, agosto de 2016)
Esta viñeta ilustra cómo determinadas prácticas y observaciones del trabajo de campo informan mi teorización sobre las geografías de los recursos y cómo la experiencia y el análisis confluyen en el texto etnográfico. Como revela la narración, las geografías de la palma aceitera y de la cotidianidad existen en relación mutua. A veces son opuestas, a veces están entrelazadas y a menudo son impredecibles. Ambas contienen y condicionan la producción de recursos en una negociación constante entre los intereses agrocapitalistas y el aseguramiento de la vida diaria. A medida que el espacio extractivo es cohabitado por mujeres, hombres, niños y niñas, guardias de seguridad, capitalistas, pozos de agua y animales, juntos se convierten en agentes activos en la creación de las geografías vividas de la palma aceitera. Aunque las plantaciones amenazan los modos de vida locales, los espacios de extracción y los espacios comunitarios también se superponen, entretejen y transforman mutuamente en un proceso dinámico de producción del espacio que siempre implica conflictos y articulaciones (Hart 2004). En este proceso, el paisaje agroextractivo se impregna de socialidad, convirtiéndose así en un paisaje social constituido no solo por la producción de aceite de palma, sino también por las historias, prácticas y relaciones de individuos y colectivos (Tsing 2005, IX). Las sensibilidades etnográficas afinan la comprensión de estas reapropiaciones materiales, sociales y simbólicas del espacio de los recursos.
Estos análisis etnográficos de la espacialidad de los recursos tienen importantes implicaciones políticas. Los imaginarios geográficos prevalentes sobre el extractivismo conciben territorios comunitarios espacial y socialmente diferentes y opuestos a los de la extracción (Zibechi 2012). Un análisis de este tipo sobre las espacialidades de la palma aceitera en María la Baja revela territorialidades inestables y relacionales caracterizadas por un juego permanente entre la fijación de límites y el cruce de fronteras, en el que coexisten la reapropiación comunitaria y la exclusión, y en el que las subjetividades y prácticas políticas emergen tanto en oposición a la explotación capitalista de los recursos como entrelazadas con ella.
Conclusión
Este artículo desarrolló el concepto de sensibilidad etnográfica y argumentó que constituye un modo de compromiso con la gente, el lugar y la creación de conocimiento que puede añadir matices teóricos y epistemológicos a las geografías críticas de los recursos. Dicha sensibilidad sitúa el estudio del extractivismo dentro de la dinámica afectiva, social y material de la vida-con-los-recursos, lo que genera el compromiso de prestar atención a los aspectos ordinarios de las relaciones socioambientales e incorporarlos para comprender las formas en que se desarrollan sobre el terreno las geografías y las políticas de la explotación intensiva.
Una apertura sensible a los terrenos etnográficos y una exposición corporeizada a la materialidad del espacio extractivo pueden generar una vulnerabilidad compartida entre quienes conducen y quienes participan en la investigación. Esta condición aporta matices a la comprensión de las formas en que la gente vive con la extracción y se enfrenta a sus efectos, y crea el compromiso ético de otorgar importancia epistemológica y política a las pequeñas historias de la vida diaria. La provincialización de la extracción de recursos como parte de una red más amplia de relaciones cotidianas invita a conceptualizar las geografías de la producción de recursos de forma que se atienda a las imbricaciones y entrelazamientos con los espacios y prácticas espaciales de la comunidad.
La etnografía no está de ninguna manera libre de retos y limitaciones. Aunque se puedan desdibujar de manera efímera y circunstancial ciertas diferencias sociales, los privilegios de raza, clase u origen geográfico, entre otros, siempre condicionan las narrativas, las perspectivas analíticas y la posibilidad misma de hacer investigación de campo. Al fin y al cabo, la vida con los recursos es, para quien investiga, una experiencia temporal de la cual puede salir en cualquier momento. Más aún: sin importar la intención de politizar lo ordinario e incorporar las perspectivas y marcos epistémicos de los participantes en las teorizaciones y conceptualizaciones, la etnografía siempre será una práctica desigual de representación y traducción controlada por quienes la conducen, y condicionada por los criterios y estándares académicos prevalecientes. A pesar de estas limitaciones, tal como sugiere este artículo, una práctica etnográfica crítica es un intento -algo utópico- de escapar a estos desbalances de poder, crear formas de relacionamiento alternativas y ofrecer aperturas sensibles para que quienes leen puedan conectar con los mundos de quienes hacen que la vida continúe en medio de las relaciones violentas y desiguales del extractivismo.















