Los últimos años se han caracterizado por un interés entre los antropólogos en la adaptación de sus investigaciones académicas a narrativas gráficas. Frecuentemente, los guiones de estas narrativas son escritos por los mismos académicos, quienes luego contratan a dibujantes para realizar el diseño de cómics. Por lo tanto, estas historietas no son muy diferentes en sus contenidos a las obras académicas originales. Suelen ser más monografías que cómics: con frecuencia, los dibujos se reducen a simples ilustraciones de los textos verbales, que, usualmente, son demasiado densos para el género. Las fortalezas del cómic resultan entonces desaprovechadas: el diálogo entre lo verbal y lo visual, la capacidad de comunicar múltiples voces y el reto de que el lector asuma un rol activo en la construcción del relato, entre otras.
Por estas razones, me interesaba la propuesta de Cerrado Atrato: la paradoja del Chocó, un cómic documental cuyo autor es historietista y antropólogo, y cuya narrativa gráfica está basada en una investigación etnohistórica anterior (Peña-Ortega 2020). A pesar de nutrirse de la misma base de datos usada en la publicación previa, el cómic va por un lado diferente: en lugar de repetir el argumento, reflexiona sobre el proceso mismo de investigación. De esa manera trasciende los contenidos del artículo y entra en diálogo con él.
Cerrado Atrato relata las experiencias de un grupo de investigadores que intentan reconstruir, acudiendo al archivo, los viajes de finales del siglo XVIII que culminaron en la producción de mapas del río Atrato, con el objetivo de abrir caminos comerciales con el interior. Los investigadores, que también son los personajes principales del cómic, fueron el mismo Javier Peña-Ortega y Paola Zambrano Velasco, quienes, además de historietistas, están afiliados con varios colectivos artísticos de Popayán.
La combinación del cómic con el artículo académico nos brinda una oportunidad de reflexionar sobre las diferencias entre un ensayo en prosa que obedece a las convenciones de la escritura histórica y un cómic documental. Ambos son valiosos, por diferentes razones, y ambos muestran complejidades en su tratamiento de las evidencias históricas. El cómic no es una lectura simplificada de la historia, sino una oportunidad para que el lector se posicione de una manera diferente frente a los datos históricos. En últimas, expande nuestra comprensión, no solo de lo que pasó hace casi 250 años, sino de lo que significa investigar estos hechos hoy en día.
En su artículo académico, Peña-Ortega examina el proceso de investigación de un grupo de ingenieros contratados por el virrey a finales del siglo XVIII, entre ellos, Juan Donoso, quien redactó un reporte y elaboró un mapa del Chocó. Su objetivo era investigar las posibilidades de transitar en el litoral y de mover mercancías por sus rutas fluviales. El informe de Donoso contiene datos sobre las minas existentes en la región y el abastecimiento de alimentos para estos establecimientos. Peña-Ortega organiza su evidencia en torno a un argumento que resalta el choque de diferentes intereses comerciales —la navegación permitida por las autoridades y el movimiento de contrabando— en un tiempo de guerra con indios bravos y con los ingleses. Estas investigaciones resultaron en una cartografía más utópica que real, pues su propósito fue construir un argumento a favor del libre comercio, objetivo que, sin embargo, no solucionaba el problema del contrabando. Como requiere la prosa historiográfica, la narración de Peña-Ortega asume una forma lineal y pone los datos recolectados al servicio de su argumento.
El trasfondo del cómic es diferente: gira en torno a las relaciones que establecen los historietistas con los habitantes del medio, no solo en el siglo XVIII, sino en el presente. Para ello, logra construir una narrativa multitemporal al superponer varios horizontes históricos mediante el uso de diferentes estilos. En el presente de la narración, el argumento del investigador (Xavi) se desarrolla a través de una serie de pequeños descubrimientos, cuya importancia analiza con amigos. Xavi rumia las posibles rutas fluviales, el control del contrabando, no solo en el pasado, sino también en el presente (madera, oro, cocaína), y los líos de la administración colonial con los ingleses. Este relato está narrado en viñetas sin bordes, de diferentes tamaños en una misma página, y los dibujos resultan icónicos, aunque no naturalistas. Los lectores participan directamente en las actividades de Xavi y sus amigos, que incluyen no solo su investigación, sino sus vidas diarias: abordar aviones, tomar café, deambular por las calles de Popayán, enviar mensajes de texto. El lenguaje del cómic es icónico; por lo tanto, los dibujos privilegian solamente los aspectos principales para identificar a los personajes y los lugares: por ejemplo, como lectores nos vemos invitados a identificar que el edificio donde entran es un archivo, representado por los detectores de metal en la entrada y por salones llenos de enormes cajas. En todas estas viñetas, hay un constante contrapunteo entre las conversaciones sobre la investigación y la cotidianidad de los investigadores. Se trata de una estrategia narrativa usualmente ausente en los escritos académicos, porque suele juzgarse como poco relevante para la sustentación y el desarrollo de los argumentos. En el cómic, de otro lado, estamos ante una representación simultánea de ideas, sentimientos, movimientos, fondos y trasfondos.
De repente, irrumpen páginas con un estilo y un lenguaje muy diferentes. Viñetas con marcos claros, cuatro por página, todos del mismo tamaño, y dibujos más sencillos, con una pluma más suelta y líneas más gruesas, menos precisas, casi como xilografías; los cuerpos de los personajes representados en estas viñetas son más rígidos que los personajes de Xavi y sus amigos, cuyos cuerpos son más fluidos. La voz que aparece en el canal verbal es anticuada, como si fuera del mismo ingeniero Donoso, quien pareciera narrar sus encuentros con los indios. Lentamente nos damos cuenta de que estamos frente a otro horizonte temporal: no el del siglo XVIII, sino el del siglo XVIII filtrado por el archivo, como si estuviéramos leyendo el reporte de Donoso. De ese modo, además de ser testigos oculares de las labores de Xavi y Paola, gracias al cambio de estilo, devenimos intérpretes del pasado a través de una lectura que se da por medio del archivo, como si este fuese un cristal oscuro.
Sin embargo, súbitamente se conectan los dos mundos. Donoso está sentado en su escritorio, pluma en mano. De repente, se sienta a su lado un gato llamado Feli. Es el mismo gato que cohabita con Xavi y Paola, una conexión que apreciamos solo al pasar de la última viñeta de Donoso a la próxima de Xavi, quien abraza a Feli y comienza a conversar con Donoso. Es como si Feli conectara los dos mundos. En este encuentro el autor inserta el mismo argumento del artículo académico, pero en la voz de Donoso: “Los mandos superiores necesitaban oír que el Atrato sería útil para la Corona. Mi papel era pintar un cuadro favorable. No una crónica fiel. Yo, su humilde siervo, solo pude urdir lo que conviniera”. Y el perplejo Xavi responde: “¿En serio? Entonces tu informe era más… propaganda que otra cosa” (48).
Xavi y sus colegas deciden ir al Atrato. “Es importante ir a terreno. Así sea una investigación histórica”, dicen (50). Xavi se monta en una lancha en la que descubre que su compañero de viaje es el geógrafo Élisée Reclus, quien recorrió el Atrato en su viaje entre Panamá y Cartagena a mediados del siglo XIX. Además de ser geógrafo, Reclus era anarquista, y en su breve intercambio con Xavi enfatiza la ineficacia del Estado, así como la centralidad de la solidaridad y el apoyo mutuo entre los habitantes del Atrato1. Este encuentro inesperado entre horizontes temporales abre el paso a la visita de Xavi al Chocó, en la que asistimos tanto a las penurias como al apoyo mutuo de los lavadores de oro.
El cómic nos lleva, paso a paso, por diferentes marcos temporales, diversos documentos históricos, numerosos sitios y una serie de interlocutores —algunos imaginarios— con los cuales Xavi comparte sus ideas. Es decir, este cómic es una reflexión sobre el oficio del investigador. La mezcla de lo real y lo soñado nos presenta una historia que actualmente pasó, concepto que tomo prestado del trabajo del historiador australiano Greg Dening (1995), quien argumenta que no podemos reproducir lo que “realmente pasó”, sino interpretar las evidencias a partir de nuestra actualidad, las necesidades y las lógicas del presente. Cerrado Atrato, en particular, “está ayudando a rescatar lo que otros quieren borrar”, dice Xavi después del viaje al Chocó (62).
Todo esto —la identificación de las fuentes por medio de estilos diferentes de representación, los encuentros con personajes históricos, la negativa a separar claramente el pasado del presente y la representación de la vida cotidiana del investigador— es muy distinto a lo que sucede en un trabajo académico, en el que las citas de los expedientes aparecen en sangrías, encuadrando de esta manera evidencias para justificar los argumentos del autor. Aquí, en cambio, los lectores tenemos que construir el argumento siguiendo señales visuales y navegando a través de viñetas que fragmentan el relato en pedazos cuyas relaciones tenemos que armar. El autor no nos explica, sino que nos muestra —nos arroja en medio de la acción para que forjemos nuestro propio sentido de ella—. Son dos ejercicios muy diferentes, que nos dejan con conclusiones diferentes. Por eso es tan interesante y enriquecedor leer tanto el cómic como el artículo lado a lado.
En su encuentro con Xavi, Donoso le explica que los documentos están más relacionados con la verosimilitud que con la verdad: “La historia es cosa mutable, buen Xavi. Lo que es y lo que quieren que haya sido bailan siempre juntos” (49). Esta comparación con el baile es cierta tanto en relación con el trabajo académico como con respecto al mundo ficcional del cómic, aunque en el primero sea menos explícita. Los funcionarios coloniales, los historietistas e historiadores, y los lectores somos partícipes en esa danza. Mientras que en un escrito histórico el autor puede explicar cómo los expedientes encubren lo que realmente pasó, en el cómic la fabulación y el señalamiento de diferentes contextos, usando varios estilos, hacen más explícita la contradicción que enfrentamos los investigadores cuando entramos en el archivo.
Pero entonces ¿cuál es la verdad que podemos desenterrar de estos expedientes? El cómic no nos da una respuesta clara; la explicación está en el escrito académico, y por eso reivindico su importancia. En cambio, la historieta nos deposita en medio del dilema del historiador, lo coloca en el primer plano. La misma fabulación inherente al cómic —o si se quiere, la ficcionalización— nos obliga a confrontar las contradicciones del oficio del investigador.














