En un momento en el que los estereotipos sobre el mundo se producen y reproducen a mayor velocidad que nunca por medio de múltiples tecnologías (redes sociales, inteligencia artificial), las buenas etnografías, que con investigación empírica permiten cuestionar prejuicios e ideas preconcebidas, son más necesarias que nunca. Y por buena etnografía me refiero, desde una perspectiva muy clásica, no solo a un trabajo de investigación que lleva al antropólogo o a la antropóloga a adentrarse de manera intensamente (auto)reflexiva en una situación ajena a su vida cotidiana con el interés de comprender las relaciones sociales que materializan y dan sentido al diario quehacer de las personas, sino a la escritura posterior que permite llevar las voces y perspectivas de esas personas a otros ámbitos y contextos que los desconocen por completo.
Este es, sin lugar a duda, el éxito y gran acierto del libro Fronteras de aceite: hegemonía de la palma africana en Chiapas, de Antonio Castellanos Navarrete: un trabajo que se adentra en una región de Chiapas, México, donde este cultivo se extiende con fuerza desde mediados de los años 2000 y se mantiene hasta la fecha por el arraigo que ha tenido entre los pequeños productores rurales. Los hallazgos de Fronteras de aceite pueden ser importantes y sorprendentes para aquellas personas que conocen las experiencias de las plantaciones de palma africana en Colombia, Guatemala o Malasia, y que reconocen el carácter extractivista de este monocultivo. En estos países, la expansión de la palma ha estado asociada a procesos de acaparamiento de tierras, desplazamiento forzado de poblaciones campesinas y degradación ambiental. Por ello, diversos estudiosos del extractivismo agrario identifican una lógica inherente a este modelo que impone la apropiación corporativa de las fuerzas productivas para la extracción de materias primas (McKay et al. 2022, 14).
El caso del cultivo de palma africana en Chiapas pone de manifiesto una dinámica particular, moldeada por las especificidades de las relaciones de propiedad y las configuraciones locales de poder. A diferencia de otros contextos nacionales, donde predominan esquemas empresariales o latifundistas, en Chiapas la expansión del cultivo fue impulsada, en buena medida, por pequeños productores que se identifican como campesinos y que accedieron a la tierra a través del régimen de tenencia ejidal. Esta institución, producto de la larga historia de reparto agrario en México (1915-1992), contiene principios contradictorios de economía moral y clientelismo político que se inscriben en la lógica agroproductiva y trastocan, en cierto grado, el carácter extractivista de la palma y otros cultivos.
Ahora bien, conviene precisar que estas primeras líneas no deben interpretarse como una defensa acrítica de la palma africana. Fronteras de aceite no constituye una apología de este cultivo, sino un ejercicio riguroso y honesto de investigación etnográfica orientado a comprender cómo y por qué fue tan ampliamente aceptado entre ejidatarios descapitalizados del sur de Chiapas. En esta indagación, el autor se toma en serio los argumentos, aspiraciones y sentires de los actores entrevistados, quienes apostaron por un proyecto de modernización agraria que, en su trayectoria local, transitó de la ganadería a la palma. Los protagonistas de esta historia, hombres y mujeres campesinos, migrantes de distintas regiones del país que llegaron a Chiapas atraídos por el reparto agrario en la década de 1980, recibieron apoyo del Gobierno estatal para impulsar una reconversión productiva centrada en este cultivo. A través de sus experiencias, el libro no solo ilumina las racionalidades subyacentes a esta decisión productiva, sino que también permite observar de cerca las tensiones, continuidades y transformaciones en las relaciones clientelares entre el campesinado y el Estado mexicano.
Como bien lo señala Castellanos Navarrete a modo de epílogo del trabajo, el libro aborda cuestiones incómodas y poco exploradas por los estudiosos del mundo rural y campesino en México, y quizás en otras geografías académicas. Específicamente, la investigación surge de preguntarse ¿por qué muchos campesinos, que aprecian el trabajo agrícola, desean para sus hijos una vida lejos del campo?, ¿por qué la masculinidad y el cultivo de palma parecen sostenerse entre sí?, y, en palabras del autor, “¿por qué las familias rurales encuentran solución a sus problemas económicos en los monocultivos y no en la agricultura tradicional como el maíz?” (360-361). A estas preguntas, yo añadiría dos más que se responden a lo largo de la investigación: ¿por qué los campesinos y pequeños productores desconfían de las causas ambientalistas y no logran establecer alianzas con las ONG locales e internacionales y con instancias del Gobierno que las promueven?, y ¿cómo se logra el consenso social en un contexto de fuerte desigualdad económica entre productores, jornaleros y políticos?
Castellanos Navarrete analiza la conversión productiva hacia la palma de aceite no solo como un proceso agroproductivo, sino como un proyecto cultural. En sus propias palabras, los monocultivos no deben entenderse únicamente como “proyectos económicos de despojo y precarización económica”, sino también como “proyectos culturales que pretenden transformar la vida práctica y social de las poblaciones rurales” (35). Su análisis se inscribe en una perspectiva gramsciana, anclada en las nociones de hegemonía, consenso y cultura popular, que le permite desentrañar cómo los valores asociados al trabajo, el progreso y la movilidad social son forjados, negociados y apropiados por actores sociales diversos, no siempre provenientes de contextos rurales, que reconfiguran su entorno en busca de una vida mejor.
A lo largo del relato etnográfico, se revela cómo la palma se constituyó en un proyecto de desarrollo rural que, más allá de sus limitados beneficios económicos, generó capital político tanto para los líderes campesinos como para el partido en el poder. En palabras del autor: en Chiapas, “hablar de palma aceitera era hablar de plantas gratuitas, de crédito y de subsidios (o de dinero regalado, como dijo más de uno)” (50). Este ensamblaje de incentivos estatales con aspiraciones locales consolidó una forma de consenso que articuló intereses económicos y lealtades políticas. No obstante, también queda claro que, para ciertos ejidatarios, particularmente aquellos con superficies menores a 50 hectáreas, la palma representó una fuente de ingresos valorada, incluso considerada rentable cuando se contaba con acceso al crédito y al subsidio. Desde esta visión, se sostiene que, con tan solo 10 hectáreas cultivadas, el monocultivo podía llegar a ser redituable para una familia rural.
El libro constituye una crítica bien fundamentada etnográficamente a ciertos enfoques académicos que tienden a reconocer la agencia campesina únicamente cuando se manifiesta como resistencia frente a proyectos extractivistas, pero la ignoran o desestiman cuando los campesinos y pequeños productores participan activamente en procesos de conversión capitalista, como es el caso del cultivo de palma africana. En este sentido, el autor señala:
Solo si entendemos cómo las clases campesinas interpretan los monocultivos —y, en este caso, al Estado que los incentiva— comprenderemos por qué se han vuelto una forma de producción dominante. Es aquí donde entra la noción de cultura, la cual rara vez figura en la discusión actual sobre los monocultivos. (33)
La calidad narrativa y la originalidad de Fronteras de aceite se manifiestan también en la estructura de sus capítulos, que alternan hábilmente entre vívidos relatos etnográficos y secciones dedicadas a la elaboración analítica de temas clave —la costumbre, la política, el agua, la tierra, la unidad, el trabajo—. Esta composición intercalada permite al autor articular distintos registros de análisis: desde la producción de ideas y representaciones del mundo hasta el posicionamiento social y las trayectorias de vida de diversos actores vinculados al cultivo de palma: campesinos, empresarios, jornaleros y funcionarios estatales. La voz del autor no se diluye en el trabajo de campo; por el contrario, se mantiene presente a lo largo del texto a través de sus preguntas, reflexiones y una implicación crítica constante.
Finalmente, cabe destacar que este libro ofrece, además, una excelente introducción al pensamiento de Antonio Gramsci, presentada con el mismo esmero narrativo que caracteriza el resto de la obra. Las nociones de hegemonía, consenso y cultura popular son desplegadas de forma clara y didáctica a lo largo del texto, no como marco teórico externo, sino como herramientas vivas para comprender procesos concretos en el campo mexicano. Esta virtud convierte a Fronteras de aceite en una lectura altamente recomendable para estudiantes y docentes interesados en articular el análisis etnográfico con la teoría crítica.














