Con la consolidación del método científico, el cuerpo humano se volvió objeto privilegiado de las ciencias exactas y naturales. Por su parte, las creencias, los hábitos, las costumbres y los discursos producidos por ese cuerpo se volvieron objeto de las llamadas humanidades. Autores clásicos de la antropología enfatizaron tal segmentación del conocimiento, expresada en la división según áreas especializadas. Para la tradición antropológica británica, por ejemplo, la existencia humana tendría un doble aspecto: el biológico, estudiado por la psicología, y el social, abordado por la antropología (Radcliffe-Brown 1986). La vida social se inscribe en el cuerpo, cuyas acciones son culturalmente variables (Mauss 1991). El cuerpo es, en palabras de Marcel Mauss, “el primer instrumento del hombre y el más natural” (1991, 342). Si todo cuerpo es método, puesto que nos valemos de él para acceder y elaborar la realidad, ¿de qué maneras podemos pensar, no solamente a partir del cuerpo, sino desde el movimiento, es decir, mediante el ambiente y la perspectiva que surgen al moverse?
En Avança caboclo!: a dança contra o Estado dos caboclinhos de Pernambuco, Maria Acselrad examina las relaciones entre movimiento y pensamiento por medio de la realización de una etnografía sobre los caboclinhos. Así se llama un tipo de formación carnavalesca cuyo desfile se da en las calles del norte del estado de Pernambuco y en el carnaval de Recife, capital del mencionado estado, en el nordeste de Brasil. Caboclinhos también son llamados los integrantes de tales formaciones carnavalescas, de modo que esta categoría se refiere tanto a formaciones colectivas como a individuos.
La autora inicia con una revisión bibliográfica que busca abordar la danza en su dimensión histórica. Es conocido el rastro de sangre y violencia dejado tanto por la colonización europea de las Américas como por el posterior proceso de construcción de los Estados modernos. Por lo tanto, Acselrad enfatiza la noción de tensión como característica de la danza, una vez que el conflicto es inevitable en la relación con el poder instituido, sea en su forma colonial, sea en las modernas repúblicas. Tal tensión se encuentra en diferentes niveles. Según la autora, en el congo, por ejemplo, manifestación de matriz africana, la sumisión aparentemente pasiva al catolicismo vigente (expresada coreográficamente en la coronación de reyes y reinas) contrastaba con la formación de hermandades, organizaciones comunitarias internas y heterogéneas, con conflictos internos y al mismo tiempo unidas frente al poder colonial. La etnografía de Acselrad dialoga, de esta manera, con trabajos desarrollados especialmente a partir de la década de 1990 que exploran las tensiones alrededor del poder y la danza en diferentes contextos. Para Poole (1990), por ejemplo, dichas tensiones producen percepciones distintas sobre las prácticas de danza; las danzas rituales andinas, por ejemplo, fueron entendidas por los colonizadores como danzas devocionales que enaltecían el Evangelio, mientras que para los practicantes eran un modo de conquistar prestigio individual.
Además de las conexiones africanas, Acselrad enfatiza la dimensión indígena de la danza de los caboclinhos entrelazando análisis de documentación textual y audiovisual con observaciones sobre cómo lo indígena es creado en esta danza. Así, el interés recae menos en establecer orígenes nativos de la danza —lo que también implica aproximarse a los silencios y ocultamientos de los archivos coloniales y oficiales, como apunta la autora y ha sido abordado por Hirose (2011), entre otros— y más en reconocer la dimensión imaginativa sobre el ser indígena y cómo esto es central para la danza examinada. Los elementos creativos son tratados con detalle a lo largo del libro, en el que se les da importancia a los intensos vínculos con el culto de jurema, como comentaré más adelante.
En los siguientes tres capítulos, se presentan los resultados del trabajo de campo, realizado de 2011 a 2018. Durante este periodo, la autora, en el doble papel de investigadora y bailarina, integró el cuerpo de baile de varias formaciones carnavalescas de caboclinhos en sucesivos carnavales. La investigación se concentró en la ciudad de Goiana, situada en el norte de Pernambuco y conocida como la tierra de los caboclinhos debido a la cantidad de formaciones allí existentes. Tal profusión es uno de los motivos por los cuales la ciudad recibe significativos importes gubernamentales, lo que contrasta con los altos índices de violencia, la falta de alcantarillado y la precariedad de las viviendas con los cuales convive una buena parte de los habitantes de la ciudad.
En este contexto, Acselrad presenta, en el segundo capítulo, la organización espacial de los caboclinhos (mujeres, hombres y niños) durante los ensayos y presentaciones. Mediante una descripción minuciosa de movimientos del cuerpo y de los caboclinhos por el espacio, la autora evidencia el carácter colectivo y bélico de esta danza. Al ejecutar las manobras, categoría nativa de movimiento, los componentes avanzan y retroceden, se agachan y saltan, evocando movimientos de guerra. Además, algunos caboclinhos danzan portando arcos y realizan gestos de disparar flechas.
A lo largo del libro, la autora intercala reflexiones, declaraciones de caboclinhos, fragmentos e imágenes del acervo documental. En una de las declaraciones, Laudicéia, lideresa de una de las agrupaciones, señala que el propósito de algunas manobras es defenderse de amenazas virtuales, causadas, por ejemplo, por la envidia de integrantes de otras formaciones, dentro del espíritu competitivo que implica desfilar en el carnaval. Así, de acuerdo con Acselrad, la danza de los caboclinhos tiene una dimensión invisible, pues se danza no solamente para el público, para las formaciones rivales y para los jurados del carnaval, sino también para los caboclos, entidades espirituales del culto de jurema, de origen indígena.
El tercer y el cuarto capítulos están dedicados a explorar las batallas invisibles, tan importantes en la danza de los caboclinhos. La autora presenta el ritual de la caza del chivo, realizado en la madrugada del domingo de carnaval. El ritual incluye un recorrido por la ciudad, la visita a terreiros —lugares de culto y ofrenda a los caboclos y otras entidades espirituales— y, finalmente, el retorno a la sede de la formación carnavalesca acompañado de danza y de un almuerzo en el cual se sirve el chivo con el que se hizo el trayecto.
El propósito de este ritual es recibir y agradecer la protección de los caboclos, los cuales guían el recorrido que será realizado, en un contexto de permanente rivalidad entre las formaciones carnavalescas. Eliel, líder de una de ellas, cuenta que, durante el recorrido ritual, dos formaciones podrían cruzarse por casualidad, provocando la ejecución de una danza entre integrantes de ambas y de dos en dos, a modo de enfrentamiento. Actualmente, esta danza, denominada avança caboclo, raramente es realizada, pues no integra el repertorio competitivo exigido para participar en el carnaval de Recife. Además, en algunas ocasiones el embate coreográfico se desdobló en actos violentos entre los integrantes de formaciones rivales. Así, por un lado, existe una relación de tensión con el Estado, el cual organiza la danza y obliga a los caboclinhos a negociar sus tradiciones coreográficas si desean garantizar su participación en el carnaval de Recife. Por otro lado, la tensión entre formaciones es constante y dinámica, lo que suscita transformaciones sucesivas en su composición interna. Debido a desacuerdos, algunos caboclinhos abandonan su formación para crear una nueva, mientras otros circulan por varias y acaban retornando a la primera de la cual salieron. Acselrad destaca, de este modo, que la oposición permanente, vehiculizada en las manobras, produce una dinámica que intercala relaciones de alianza y enemistad, y que genera la división y multiplicación de las formaciones. Por lo tanto, la confrontación no es solo resultado, sino fuerza motriz de las relaciones.
Atravesando esta dinámica, afirma Acselrad, aparece el Estado como actor contradictorio, que, en el marco de variables coyunturas económicas y políticas, promueve (o cancela) espacios, reglas de presentación y presupuesto para el carnaval. La ya comentada ausencia de ciertas tradiciones coreográficas en el carnaval de Recife es uno de los ejemplos del accionar estatal. Son las relaciones de fuerza, tensión, reciprocidad y conflicto entre las formaciones carnavalescas las que, de hecho, viabilizan el carnaval. De ese modo, afirma la autora, se baila contra el Estado, no comprendido como enemigo, sino de acuerdo con su comportamiento con relación a los caboclinhos, y se generan tácticas de cuidado, supervivencia y negociación.
Así, Acselrad propone otra aproximación a las relaciones entre políticas estatales y danza. En el campo de la antropología de la danza, tales relaciones han sido ampliamente abordadas desde la mirada de los proyectos de construcción de nación. La danza fue objeto privilegiado en la problemática integración de diferentes sectores sociales a la nación moderna, mediante su transformación en danza folclórica o en baile nacional (Belza Solari et al. 2012; Daniel 1991 y 1995). A lo largo del libro, su autora no se interesa en las contribuciones de la danza de los caboclinhos a la constitución de lo nacional, sino en las numerosas prácticas desarrolladas por estos que hacen posible y dan sentido a la danza como experiencia vital, necesaria para lidiar con el día a día.
En esta línea, vale la pena resaltar el énfasis de Acselrad en el carácter performático de la danza. Importa poco rastrear los orígenes nativos de los bailes examinados o comprenderlos en términos de su recuperación, ruta seguida, por ejemplo, en los interesantes análisis sobre la danza de los pueblos toba y mocoví en el Chaco argentino (Citro y Cerletti 2012). Lo que interesa a Acselrad es explorar la dimensión imaginativa y creativa en la relación con lo ancestral, en consonancia con la línea de autoras y autores de varios artículos del dosier “Antropología de la danza”, publicado en el 2021 en la Revista Colombiana de Antropología (Larraín y Salcedo 2021). Tanto en Avança caboclo! como en tales artículos, la performance, históricamente asociada a los estudios antropológicos sobre rituales1, adquiere estatuto de conocimiento en acción, cuyos efectos son transformadores, no solo simbólicos o representacionales. Como afirma Acselrad, es posible comprender la danza de los caboclinhos como una guerra danzada o dramatización de conflictos pasados y presentes, y también como una danza de guerra, necesaria para obtener la fuerza y la preparación necesarias para lidiar con la vida cotidiana.
Acselrad dedica una parte del cuarto capítulo a examinar las caboclas danzarinas. Durante ensayos y presentaciones, estas pueden incorporarse en las caboclinhas, transformando su cuerpo en un verdadero campo de batalla. Vibraciones, adormecimientos y escalofríos son las señales del deseo de las caboclas de introducirse en el cuerpo de las caboclinhas para bailar. Esta experiencia le permite a Acselrad reflexionar sobre la noción de danza. A partir de las últimas décadas del siglo XX y como sucedió en otros campos del saber, la antropología de la danza se vio atravesada por cuestionamientos de orden epistemológico, esto es, alrededor de la propia definición de danza (Reed [1998] 2012). Una vez que emergió de la matriz ideológica euroamericana, tal noción puede no tener sentido o ser ininteligible en relación con poblaciones no occidentales, cuyas danzas muchas veces han sido caracterizadas siguiendo una línea evolutiva, cuyo ápice sería el ballet (Kealiinohomoku 1983).
Así, estudios recientes proponen un énfasis en el movimiento, inspirados en la ya clásica conceptualización de Adrienne Kaeppler (1985) sobre la danza como sistema de movimientos estructurados. Acselrad señala que la danza continúa siendo considerada desde la noción de individuo de la modernidad, es decir, como algo propio de quien danza: los límites del cuerpo convergen con los límites de la persona. La experiencia de las caboclas danzarinas que invaden el cuerpo de las caboclinhas desafía la concomitancia occidental cuerpo-persona, pues se trata de una relación de tensión: las caboclinhas se resisten a compartir su cuerpo con las entidades y también intentan conciliar el vaivén entre danzar y ser danzada.
Finalmente, la autora amplía la reflexión sobre la rivalidad en la danza incluyendo los bailes de la Conquista en Guatemala y las batallas rituales en los Andes bolivianos, brevemente examinados en el apéndice del libro. Este abordaje posibilita prestar atención a las experiencias compartidas y localizar articulaciones, distanciándose del énfasis en el territorio nacional y sus eventuales singularidades. Además, contribuye a la consolidación de una producción académica sobre antropología y danza fuera del eje de Europa occidental y de los Estados Unidos. Como ha sucedido con otros fenómenos examinados por la antropología, las obras antropológicas “clásicas” sobre danza se despliegan a partir de marcos teóricos predominantemente británicos y norteamericanos. Avança caboclo! contribuye al crecimiento de experiencias académicas más allá de tales marcos.
Está abierta la invitación a que pensemos con el cuerpo y el movimiento para enfrentar luchas pasadas y futuras.













