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Revista Gerencia y Políticas de Salud

Print version ISSN 1657-7027

Rev. Gerenc. Polit. Salud vol.11 no.23 Bogotá July/Dec. 2012

 

Representaciones del cuerpo en la era de la tecnociencia. Una reflexión ética*

Representations of the body in the age of techno science. An ethical reflection

Representações do corpo na era da tecnociência. Reflexão ética

Diego Alejandro Estrada-Mesa**
Claudia Elena Espinal-Correa***

* Artículo de reflexión asociado al grupo de investigación Olistica, Facultad de Medicina, Universidad Cooperativa de Colombia, Medellín, Colombia.

** Candidato a Doctor en Filosofía de la Universidad Pontificia Bolivariana y magíster en Filosofía de la misma universidad. Politólogo de la Universidad Nacional de Colombia, sede Medellín. Docente-investigador de la Facultad de Medicina de la Universidad Cooperativa de Colombia. Dirección de correspondencia: Diagonal 81b CL 76-89 (interior 104). Correo electrónico: diego.estrada@campusucc.edu.co

*** Bióloga de la Universidad de Antioquia. Especialista en Gerencia de la Calidad y Auditoría en Salud de la Universidad Cooperativa de Colombia, sede Medellín (UCC). Coordinadora del Laboratorio en Biología Molecular, docente-investigadora, asesora nacional en ciencias básicas para la reforma curricular en medicina, y coordinadora del grupo de investigación Olistica. Correo electrónico: claudia.espinal@ucc.edu.co

Fecha de recepción: 18-06-12 Fecha de aceptación: 01-08-12


Resumen

Tres cuestiones se analizan en el presente artículo. Primero, la formación del cuerpo-máquina del mundo moderno, es decir, el modelamiento de la existencia conforme a una racionalidad tecnológica agenciada y administrada por instituciones modernas como la familia, la escuela, el trabajo y la clínica. Segundo, la implantación en la vida del dualismo sujeto-objeto, cuestión que será gestionada por la medicina y la razón técnico-científica, pilares primordiales de la época moderna. Culturalmente el hombre pasará a tener una relación antagónica con las cosas y con los otros. A partir de esto se establecerá una relación vertical con el "mundo de la vida", donde lo importante es el control, la manipulación y el dominio de la naturaleza a través de la técnica. Por último, se evidencia el problema ético que surge ante el establecimiento de esta forma de racionalidad, poderosos dispositivos que encubren, ocultan y desvían el existir de ese "mundo vital".

Palabras clave: poder, sujeto-objeto, cuerpo-máquina, normalización, ética

Palabras clave descriptor: ética, historia de la medicina, tecnología, cuerpo humano, filosofía, salud holístico


Abstract

Three things are analyzed in this text. First, the formation of the machine-body of the modern world, it means, the modeling of the existence according to a technologic rationality wangled and administered by modern institutions like the family, the school, the job and the clinic. Second, the implantation in the life of subject-object dualism, matter which will be administered and initiated by medicine and scientific technical reason, main pillars of the modern age. Culturally the humankind will have an antagonistic relationship with the things, the nature and the others. With this, it will be established a vertical relationship with "world of life" where really important is the control, manipulation, the domain and the maintenance of order trough the technique. Finally, it becomes evident the ethic problem which comes out before the establishment of a way of rationality that covers up, hide and changes the existing of that "vital world".

Keywords: power, subject-object, body-machine, normalization, ethics

Keywords plus: ethics, medical history, technology, human body, philosophy, holistic health


Resumo

Três questões são analisadas no presente artigo. Primeiro, a formação do corpo-máquina do mundo moderno, isto é, a modelização da existência em conformidade com uma racionalidade tecnológica agenciada e administrada por instituições modernas como a família, a escola, o trabalho e a clínica. Segundo, a implantação na vida do dualismo sujeito-objeto, questão que será gerida e controlada pela medicina e a razão técnico-científica, pilares primordiais da época moderna. Culturalmente o homem passará a ter uma relação antagónica com as coisas e com os outros. A partir disto se estabelecerá uma relação vertical com o "mundo da vida", onde o importante é o controle, a manipulação e o domínio da natureza através da técnica. Por último, aborda-se o problema ético que surge diante do estabelecimento desta forma de racionalidade, poderosos dispositivos que encobrem, ocultam e desviam o existir desse "mundo vital".

Palavras chave: poder, sujeito-objeto, corpo-máquina, padronização, ética

Palavras chave descritores: ética, história da medicina, tecnologia, corpo humano, filosofia, saúde holística


Introducción

Para pensar en el comportamiento moral de las comunidades humanas es necesario dirigir la mirada a los cuerpos. La estructura corporal es una valioso indicio para la filosofía y las ciencias sociales pues señalan un sentido que desborda las existencias subjetivas. Por medio de las apariencias logra entreverse la complejidad del orden. En los movimientos, los mandatos y los hábitos que pone en ejecución la anatomía figuran los efectos de un poder ordenador.

La objetivación y la cosificación del cuerpo se evidencian como el principal fundamento cultural del orden social contemporáneo. Hasta hace muy poco tiempo la medicina emergía con el fin de construir el cuerpo del trabajador1. Hoy, el discurso médico aparece con propósitos políticos y sociales orientados hacia otra dirección: hacer parte de un mercado que se vale de las tecnologías para curar la enfermedad, alargar la vida y alejar a los consumidores de la muerte inevitable.

Con este artículo se pretende evidenciar un tipo de discurso en el que predominan diferentes criterios ideológicos, "proyectos del ser humano", en el cual la medicina, de la mano de la tecnología, deviene como un mecanismo que perpetúa el orden del mercado. En este sentido, se hace claro un problema ético: la ciencia y la técnica moderna, al reducir el cuerpo al nivel de objeto, encubren la existencia a través de un discurso racional y mecanicista. Con el advenimiento de la episteme2 sujeto-objeto se arriesgan esferas de la experiencia ajenas al método científico natural. Lo que parece especialmente preocupante para la reflexión ética reside en los efectos que la sociedad científica tiene sobre la comprensión del hombre. El mundo de hoy se encuentra dirigido hacia la implantación de una concepción reduccionista de lo humano. No se trata de una cuestión sin importancia. La técnica, al asumir una posición tan superficial en términos antropológicos, va marcando potencialmente el peligro de la pérdida y simplificación del Ser.

Tres asuntos se evidencian en este texto. Primero, la formación del cuerpo-máquina de la era moderna, es decir, un modelamiento progresivo de la vida a través de férreas morales cotidianas centradas en la domesticación, el adiestramiento. Segundo, la implantación en la existencia del dualismo sujeto-objeto, cuestión que será gestionada por la medicina y la ciencia técnica moderna. Allí se hace claro un doble movimiento: la racionalidad de la Modernidad encubre para luego adherirse y moldear la existencia, que se convertirá ahora en una "vida" ocupada de lo meramente biológico de la especie. Finalmente, el problema ético que surge ante el establecimiento de una forma de racionalidad que encubre y desvía el existir mismo de su patria originaria, el "mundo de la vida".

El cuerpo-norma de la era moderna

Marc Augé, antropólogo de los "mundos contemporáneos", ofrece un concepto de suma utilidad para el presente texto. Con el término "cuerpo-acontecimiento" se hace visible un asunto complejo. Los seres humanos han puesto en práctica todo un teatro de acciones en las que diferentes discursos encubren la "debilidad de la carne". Paradójicamente, la corporalidad es tan presente, tan inmediata, que se la confina al olvido. Diferentes prácticas y rituales humanos esconden (como si se tratara de un pecado, un mal, algo que no debe ser visto) esa piel aunada a lo inefable de la vida.

En efecto, el cuerpo es acontecimiento. Su crecimiento, fortalecimiento, maduración y riesgo es la constancia del carácter temporal de la vida (3). La pérdida del cabello, la entrada en la vejez, así como la sensación de agitación y dolor, son quizás fenómenos que por su carácter premonitorio —unos dirán, "de mal augurio", en la medida en que son un anuncio de la muerte— deben enterrarse y ocultarse.

Existen referencias históricas que logran demarcar de una forma clara la relación entre "la carne y la piedra" (Richard Sennett), el poder de la cultura haciendo frente al "cuerpo-acontecimiento"3. En los inicios de la era moderna, en el punto intermedio que separa al antiguo del nuevo régimen en Europa, se muestran preocupaciones en círculos sociales por emprender una educación de la verticalidad corporal. Surgen diversas preceptivas, múltiples pedagogías, que tienen como fin dar una forma al cuerpo, fijar y hacer material un ideal. En efecto, se trata de una sensación de verticalidad que es dinámica, en el sentido de que impulsa al hombre a ganar incesantemente, a extenderse en altura. El hombre se halla animado por la necesidad de parecer grande, de alzar la frente. La nobleza francesa de los siglos xvi y XVII asumirá la norma del cuerpo erguido, altivo y recto como un imperativo. En esta búsqueda, instrumentos técnicos como el famoso "corsé de ballenas", estructura artificial nombrada en aquella época como "el cuerpo", impondrá formas, modelará contornos. En nombre de un moralismo preocupado por la distinción social, la verticalidad será un emblema determinante en las sociedades aristocráticas.

En el siglo XVIII, sin embargo, emergen otro tipo de discursos que logran delinear fines y propósitos ya no marcados stricto sensu por la distinción social. La ortopedia, vinculada a una comprensión anatomo-fisiológica, pensará el tema de la rectitud corporal bajo parámetros distintos. Quizás la principal referencia la ofrece Nicolás Andry de Bois-regard, quien en sus manuales de ortopedia brindaba diferentes recomendaciones dirigidas a médicos y a padres. Frente a las malas posturas que generan desviaciones, hay que emprender una vigilancia atenta a los detalles, hacer de la buena postura una obligación religiosa y cotidiana. El ideal de rectitud transmitido entre la nobleza francesa, escrito por urbanistas y dirigido a un público específico, verá nuevas disposiciones centradas en sectores sociales más amplios. Ahora, el médico es quien vela por una moralidad recta e infatigable anclada a un presupuesto: "la carne" tiende hacia la degeneración. Según dice Georges Vigarello, en Andry se logra ver un puente que entrelaza lo antiguo con lo nuevo. A partir de ese momento, se apela más al movimiento, a ejercicios cotidianos que buscan garantizar la compostura. También habrá un ansia por permitir una disposición espacial más adecuada que mantenga a los cuerpos en la norma, "coordinar diversas dimensiones para que puedan preservar, incluso consolidar, las rectitudes corporales" (7). Todo un dispositivo disciplinario se construye. Por ello, hay que estar atento al escolar cuando escribe para que no se encorve. Debe situarse al niño en un lugar adecuado para evitar las malas posturas. "Relaciones de una mecánica muy visual, y algo superficial, entre el cuerpo y sus objetos habituales testimonian una disposición del hábitat doméstico para que sea posible aumentar el rigor con respecto al porte" (7: 23). En la casa, en la escuela, se asistirá al campo de la producción y reproducción de cuerpos4.

Lo mismo podría decirse, en este caso, de las disciplinas y gimnasias militares, dispositivos a veces finos y sutiles, en otros momentos rudos y físicos, que a partir del detalle buscarán gestar una anatomía dócil y potente, un cuerpo hábil, preparado, funcional y útil. Ya en el siglo XVII, como lo hace notar Michel Foucault en Vigilar y castigar, era reconocible la silueta enderezada del soldado: "... habilidades como la marcha, actitudes como la posición de la cabeza, dependen en buena parte de una retórica del honor" (8). Cien años después, es claro que el soldado es una "forma de ser" que se construye. Del cuerpo de un campesino, se ha forjado una estructura firme a través de la corrección de las malas posturas. El pensamiento estratégico y calculador se posa sobre la anatomía para dominarla, prepararla y automatizarla. Lejos de ser una realidad en sí misma, el cuerpo es algo que se fabrica. Desde un punto de vista técnico-político, agenciado por la estructura militar, la escuela y los hospitales, se teje una densa red de poderes y procedimientos encaminados al control y la corrección de los individuos como entes mobiliarios.

Entre las pedagogías del siglo XVII y los preceptos educativos de los siglos XVIII y XIX en torno al cuerpo aparece una nueva disposición, un poder encaminado a homogeneizar las siluetas a partir de parámetros racionales, anclados en presupuestos menos imaginarios y más científicos (7: 11). Con la emergencia y consolidación de la sociedad disciplinaria, los individuos son reunidos y congregados en una estructura técnica que busca organizar y distribuir los cuerpos de la manera más funcional posible. Todo un sistema ergonómico se consolida: la postura, algo tan pequeño, será determinante para tejer la piel del escolar, del militar, del trabajador.

En este caso, Foucault habla de la biopolítica para indicar cómo nace la población, una fuerza anónima, sorda e inconsciente. La emergencia de los Estados modernos remite a la construcción de poderes concentrados en hacer de los cuerpos potencias, energías, palancas, engranajes, ". un poder destinado a producir fuerzas, a hacerlas crecer y ordenarlas más que a obstaculizarlas, doblegarlas o destruirlas" (10). En este caso, ya no se trata de fuerzas que se ejercen sobre individuos en sentido estricto. La población se convierte en un objeto que se adiestra para efectos de aumentar los impulsos de la vida, multiplicarla, regularla. El poder modelador de las anatomías propio del Antiguo Régimen va dando paso a indicaciones que planifican y domestican. Un confuso entramado de precauciones encamina a los cuerpos en preceptos con una finalidad económica y utilitaria.

En este lapso de tiempo enunciado se ve claramente cómo cambian las referencias. Los discursos sobre el cuerpo emprenden tensiones que, a la larga, son subsidiarias de desplazamientos, rupturas y continuidades de poderes mucho más amplios y estructurados. Es evidente, por una parte, que hay un relevo de positividades, pero también una continuación del ideal que busca la rectitud, representación vigorosa de un discurso que combate con fuerza la fragilidad de la carne. Progresivamente, el cuerpo noble, heredero de cierto garbo, es apartado por un imaginario del cuerpo que pretende forjar una batería orgánica en busca | de un buen rendimiento. "Aparece una nueva cultura del cuerpo, que debe buscarse cada vez menos en los libros de urbanidad o en sus equivalentes, como los de danza y esgrima, y que se encuentra cada vez más en los de higiene y de pedagogía. Estos últimos elaboran lentamente los principios de un trabajo. El desarrollo de los organismos se encara según referencias de fuerza en vías de racionalización. Un orden de vigores prevalecerá sobre el de las "bellas maneras" (7: 34).

Este punto de fractura frente a la disposición del cuerpo es apreciable en las literaturas pedagógicas que atacan al corsé y a las mantillas como instrumentos arcaicos y bárbaros. Una nueva cultura empieza a imponerse ante los cambios sociales propiciados por las fuerzas económicas y técnicas del mundo moderno. Se supone que el cuerpo, antes que ser una señal de elegancia, es una "máquina funcional". Se hace fundamental promover ejercicios que propicien el fortalecimiento de los músculos y las potencias. La higiene, comprendida como la estrategia encaminada a garantizar espacios cada vez más saludables y libres de enfermedades, verá en las "prácticas antiguas" medidas altamente riesgosas que generan abortos en la mujer, inflaman las vísceras torácicas y desencajan las vertebras (7: 35). El garantizar un entorno libre de enfermedades obligará al desmantelamiento del corsé pues, además, incide en la mala respiración. Hay que colonizar el futuro y, con ello, todo tipo de mal social. Ahora, la actitud erguida debe ejecutarse dentro de los cánones de la higiene. Las autoridades médicas y de salud empezarán a promover prácticas y hábitos saludables como el ejercicio y el deporte. Para las condiciones del capitalismo de producción es menester forjar la estructura anatómica del trabajador y del soldado.

Estas referencias históricas expresan una premisa fundamental: es posible acceder a la comprensión del orden social por medio de los cuerpos. Allí, una preocupación moralista centrada en la decencia, la cortesía, inquietada por la simetría corporal. En el siglo XIX, por otra parte, otro tipo de fines: propiciar, a través de la higiene, la salud, una vida más longeva y vigorosa. El fortalecimiento positivista de saberes como la anatomía, la fisiología, la higiene y la biología no es un fenómeno, en este caso, marginal. Podría decirse que son "ciencias del hombre" en la medida en que buscan conocer minuciosamente lo somático para ejercer un control.

La sociedad actual, en este sentido, no es ajena a la consolidación de imaginarios corporales. La Modernidad, a través del Estado y las instituciones sociales, ejecutó un adiestramiento del cuerpo, dio forma a diferentes poderes que encauzaban la voluntad humana. En la contemporaneidad, es el mercado quien regula la vida social. Los criterios de verdad y falsedad, de normalidad y anormalidad, son trazados por la sociedad de consumo. El cuerpo-imagen, nueva expresión del objeto visible e ideal, se difunde a través de los medios seduciendo, acosando, invadiendo la mirada de los espectadores. Por otra parte, miles de productos y servicios se ofrecen para dar forma a ese cuerpo deseado libre de riesgos, acontecimientos y peligros. En la sociedad del "hágalo usted mismo" hay que ser constructor de un cuerpo que se muestra plástico y flexible. Bajo el imperativo de las libertades individuales, la vida humana se convierte en una relación sujeto-objeto, un yo que se construye a sí mismo, que da forma a un rostro. En el mercado se hallan disponibles miles de imágenes, discursos e instrumentos que esperan ser consumidos, mostrados como señales, insignias de un ser humano que vive con plenitud su individualidad.

El cuerpo como una estructura técnica

En las raíces de estos dispositivos modernos que hacen de lo corporal un objeto, una máquina, existen imaginarios y construcciones ideológicas que pretenden ofrecer una ontología del cuerpo. Tanto en René Descartes como en los planteamientos anatómicos de Leonardo da Vinci y Andrea Vesalio, se edifica toda una comprensión universal del organismo diferenciado de la existencia humana. En el Quattrocento, las ciudades de Padua, Venecia y Florencia ven florecer una comprensión sobre la realidad humana que será el sustento, la matriz argumentativa y racional, de los dispositivos disciplinarios de la época moderna. Las primeras disecciones oficiales realizadas a condenados marcarán un complejo dualismo: una cosa es la persona humana, aquella que habla y razona, y otra muy distinta es su estructura objetiva que se altera, modifica y manipula. Cotidianamente el ser humano empieza a asumirse como un sujeto ante un objeto, un individuo que posee una corporalidad que hace las veces de accesorio, máscara. Al contrario, en las sociedades griegas de la Antigüedad, así como en la Edad Media, pervivía popularmente una comprensión que reunía al ser humano en los otros y en el cosmos. El hombre, con sus padecimientos, enfermedades y desgracias, estaba inscrito armónicamente a la naturaleza. Como plantea Francois Dagognet, la medicina y la gimnasia griegas, que tienen como fin el cuerpo, son artes que procuran el orden de las cosas, del universo, en razón de los climas, de las aguas, de los aires; de un cosmos consagrado a la regularidad (5: 30). Con los anatomistas y su afán de abrir la piel, se presenta un giro, un nuevo desafío: es menester conocer los secretos de la carne para controlarla. Para David Le Breton, el vehículo corporal se aísla, se cosifica, se convierte en objeto (11). La idea de la rectitud solía asociarse a una visión del orden natural. El cuerpo debía ser un espejo, una suerte de emulación del orden perfecto que se desprendía de la naturaleza. Con la anatomía y la positivización de la medicina se presenta una nueva justificación.

El cuerpo recto y saludable es manifestación del poder humano, expresión de un marcado antropocentrismo que desprecia las limitaciones de lo orgánico: "con la llegada del pensamiento mecanicista, que le otorga a la creación una relación de dominio sobre el conjunto de las características del mundo, desaparecen los himnos sobre la naturaleza, que aparecían en la mayoría de los pensadores de las épocas anteriores, desde Platón hasta los filósofos del Renacimiento" (11: 64).

En El discurso del método, así como en Las meditaciones metafísicas, René Descartes no duda en ningún momento acerca del propósito de la ciencia, en especial de la medicina. Su fin esencial es el de otorgar bienestar al hombre, mejorar sus limitaciones innatas (12). Los propósitos de la vida moderna están anclados a la misma consideración dualista pregonada por los anatomistas. Para Descartes el cuerpo es una realidad accesoria. La unidad fenomenológica del hombre, por tanto, se fragmenta5. En este planteamiento filosófico se logra ver un proceso que hace del cuerpo un miembro supernumerario. La edificación de esta concepción dual, también presente en la tradición antigua, pero condicionada por otro tipo de fines, será sin duda el bastión de la Modernidad. Comprender el cuerpo implica conocer la naturaleza de los mecanismos y, por consiguiente, ejercer un control técnico. En la tradición religiosa de corte cristiano, así como en los diversos movimientos culturales de la Grecia clásica, el gobierno del cuerpo y el alma estaba motivado por un ejercicio de autocuidado (14). El discurso filosófico moderno, del cual Descartes es uno de sus fundadores, disocia, al contrario, lo corporal del pensamiento. Como dice Le Breton: "El hombre de Descartes es un collage en el que conviven un alma que adquiere sentido al pensar y un cuerpo, o más bien una máquina corporal, reductible sólo a su extensión" (11: 69). Por un lado, entonces, está lo indómito y caótico. Por otra parte, el alma, el pensamiento, atributo de la sustancia divina. La esencia de lo humano no reside en la sensibilidad. Como los sentidos no son fiables para captar la esencia de las cosas, es necesario optar por lo inteligible. Las verdades de la naturaleza no pueden percibirse a través de lo sensorial. Es fundamental una "toma de distancia racional". Solo el pensamiento permite un acceso completo a la verdad.

Al margen de estas dificultades innatas a lo vivo, el conocimiento de lo eterno otorgado por las ciencias permite enfrentar, a veces con eficacia, las fragilidades de lo orgánico. Poco a poco progresa el deseo de perfeccionar el cuerpo. Con el establecimiento del positivismo se hace imperativo edificar un mundo completamente humano despojado de toda aproximación imaginaria. El lenguaje de la ciencia es algo concreto, sólido, férreo, como la técnica. Hay que transformar el entorno en una estructura artificial, hacer hablar a la esencia científica del mundo por medio de la racionalidad tecnológica. En las representaciones científicas actuales, por ejemplo, lo somático es asumido como un reto importante para la ciencia. La persona humana, lo biográfico, no interesa, pues solo cuenta lo verificable, lo objetivo. La tecnociencia, que hace de la existencia del hombre un dato, un engranaje, asume el cuerpo como una realidad que recuerda permanentemente la miseria de la condición humana.

El dualismo que separa el sujeto del objeto aparece, por tanto, como la matriz que incita a miles de investigaciones científicas y técnicas prácticas que buscan erradicar el "acontecimiento carnal", las incongruencias de lo viviente. Para liberar a los hombres de la fragilidad y la muerte, se hace imperativo remodelar, transformar "la parte maldita". Por tanto, hay que conocer rigurosamente el cuerpo. La enfermedad no es tratada como un "mal" que padece el ser humano inscrito dentro de una cultura, una sociedad y una historia singular, sino como el efecto de acontecimientos objetivos que dañan al organismo. El descuido de la dimensión humana y subjetiva del enfermo es evidente en el discurso médico actual. La especialización científica ante los hechos de lo corporal, esto es, los órganos, enfermedades y funciones; el procedimiento de técnicas con fines terapéuticos y tecnologías para pronosticar enfermedades, lleva a que la esfera anatomo-fisiológica tenga un valor cada vez más científico, pero en detrimento del enfermo que queda marginado. A partir del mundo moderno, la medicina hizo de lo corporal un campo de deficiencias que debe ser corregido, una plataforma para la felicidad, una forma más de exilio. Diferentes dominios y disciplinas han emprendido una lucha para salvar al cuerpo de todos los posibles males: múltiples tecnologías pretenden hacer visible por completo el cuerpo. Los rayos X, la resonancia magnética nuclear, entre otras técnicas que visibilizan lo somático, se erigen como todo un imperativo que pretende ver en los rincones más espesos de lo orgánico, aclarar lo corporal de todo contenido imaginario para poder ejercer un dominio, darle un propósito a la estructura anatómica. La medicina estética combate las arrugas y la vejez, ofrece fórmulas y tratamientos que pretenden preservar la firmeza de la piel. La cirugía plástica genera la ilusión de modificar el cuerpo; mientras que la ingeniería genética controla el ADN para crear nuevas especies y corregir defectos y anormalidades genéticas. Las ciencias se han convertido en el discurso que con más efectividad ha combatido el "cuerpo-acontecimiento". La de hoy es una época que transcurre a partir de imágenes, informaciones, relatos, ficciones. Se sigue sufriendo, pero esta vez desde un ideal de perfección construido por la magia científica y publicitaria.

Conclusión. La objetivación del cuerpo: un problema ético

Las consecuencias que sobre el ser humano tendrá la materialización del dualismo sujeto-objeto afectan de una manera importante al dominio de la ética. Mientras que esta alude al plano de la reflexión, del pensamiento individual o colectivo concerniente a la acción, la ciencia, al desvincular al hombre de su ser cultural y simbólico, rebasa cualquier tipo de impedimento que pueda surgir sobre el cuestionamiento de las prácticas humanas. Ver la enfermedad antes que al enfermo, asumir lo meramente biológico sin pasar por la existencia del "individuo" muestra un vacío importante por parte de la medicina. Desvincular lo corporal de lo vivencial implica desvalorizar, hacer residual, el dominio de la existencia. De la mano del mercado, la sociedad actual exalta un tipo especial de imagen que encubre y reduce la variedad de cuerpos.

El deber de la ética en las sociedades contemporáneas reside en pensar lo actual, aquellas acciones y fenómenos que alteran el "mundo de la vida" y las condiciones mismas del pensamiento. Sólo una existencia abierta al mundo puede comprender los cambios, transformaciones y modelamientos que deterioran la unidad propia del mundo de la vida, es decir, el diálogo permanente que la existencia emprende con los otros, el mundo y sí mismo. Así las cosas, se observa con cierta claridad el cuestionamiento que realiza Martin Heidegger en Ser y tiempo sobre el sentido de discutir la pregunta por el ser (15). Lo más peligroso es, justamente, la pérdida del existir (Dasein), su encubrimiento y disolución.

Immanuel Kant, importante filósofo de la Modernidad, logró ver el advenimiento de un enorme peligro. Se trata de la instrumentalización de la vida humana. En efecto, el imperativo categórico kantiano está dirigido hacia la protección de la facticidad singular. La gestación gradual de formas de gobierno totalitarias, el pluralismo religioso del siglo XVIII, la formación de una sociedad industrializada, son grandes acontecimientos que por la función de sus efectos se muestran como potencialmente peligrosos para el Ser y el existir. Se trata de poderosas fuerzas que arrastran la facticidad vital hacia su arruinamiento, esto es, la cosificación y objetivación.

La vida tiende a caer, a perderse, como dice Heidegger, en la habladuría, en los discursos. Todo es quizás más complejo cuando se edifican dispositivos dirigidos a fabricar un tipo especial de vida propicio para la sociedad técnica e industrial. Por eso es necesaria una hermenéutica de la facticidad, es decir, un esfuerzo por comprender la vida propia, interpretar el horizonte en el que se presenta la particularidad de una existencia que pierde de vista su existir fáctico y contingente. El establecimiento de la técnica, las nuevas formas de producción, la consolidación del mercado, son acontecimientos que nublan y diluyen esa propiedad de la vida humana, lo más cercano e inmediato, lo más originario y prístino.

Es en ese diálogo con el "mundo de la vida" donde inicia la reflexión ética, forma del cuidado dirigida a la evaluación de los hechos y realidades humanas. La comprensión de la experiencia fáctica es el marco de orientación y conducción del individuo, aquello que permite un "gobierno de sí", de las cosas y de los otros. Lo que se pone en juego con la ciencia tecnológica moderna es la capacidad potencial con la que cuentan los seres humanos de dirigir y conducir su vida.

Kant, ante la borrasca política y moral que vivía su época, pensaba que el sentido común podía salvar a la humanidad de la instrumentalización. El problema, sin embargo, es otro: una sociedad que funciona bajo las lógicas de la producción y el mercado anula ese sentir compartido que indica, en últimas, el mundo vital con los otros. La vida humana está construida a partir de un "sentido privado" que concierne a las funciones biológicas, la vida familiar, los trabajos y los días cotidianos. Pero también existe un sentido de lo común: la capacidad de comprender con distancia el horizonte de la vida singular (selbswelt), la vida con los otros (mitwelt), y el-ser-en-el-mundo (umwelt). Como lo ha mostrado Michel Foucault en sus trabajos, la vida buena, cuestión solo comprensible dentro del marco compartido, ha dado paso a la simple vida. "Durante milenios, el hombre siguió siendo lo que era para Aristóteles: un animal viviente y además capaz de una existencia política; el hombre moderno es un animal en cuya política está puesta en entredicho su vida de ser viviente" (10: 173). Con la llegada de la Modernidad se da inicio a complejos dispositivos centrados en proteger y promover la vida, aquello que es estrictamente biológico en la especie humana. La esfera de la necesidad desplaza el dominio de la libertad. Como dice Giorgio Agamben, "el desarrollo y el triunfo del capitalismo no habrían sido posibles, en esta perspectiva, sin el control disciplinario llevado a cabo por el nuevo bio-poder que ha creado, por así decirlo, a través de una serie de tecnologías adecuadas, los 'cuerpos dóciles' que le eran necesarios" (16).

Asimismo, hay que recordar a Kant cuando ofrecía en la Crítica del juicio las premisas básicas del sentido común, cuestiones que, como podrá verse, pretenden proteger la soberanía de la existencia ante el poderío mismo de la racionalidad moderna. Primero: pensar por sí mismo, comprender la vida propia, realizar una comprensión de sí, liberarse del carácter alienante de la vida misma. Segundo: "pensar en sí, colocándose en el puesto del otro" (17), es decir, advertir la existencia del otro (alguien que merece, también, servirse de su propia razón). Finalmente, hay que ser consecuente, entender la contingencia y relatividad de las cosas, no simplificar la vida propia y la de los demás.

La reflexión ética es fundamental en una sociedad donde priman las valoraciones mecanicistas del cuerpo. El discurso médico desde la Modernidad ha buscado la salud, ha librado una cruzada ante las enfermedades y para ello fue esencial desocultar lo corporal como objeto. Ello ha tenido implicaciones importantes. Como se ha mostrado en otros trabajos (18), reducir la existencia del ser humano a la pesadez de su cuerpo implica invalidar otras esferas de la vida que no se pueden hacer objetivas. Con esto, prima una concepción mecanicista y reducida de la salud. El todo existencial de los pacientes, su angustia, la fractura que genera la enfermedad en la relación "ser-mundo", son asuntos que no son tenidos en cuenta por esta visión positivista. La confrontación adolorida que genera el estar enfermo es confinada a las enfermeras, sacerdotes y psicólogos. El médico, al asumir solo los daños y averías del cuerpo, está cubierto frente al malestar, el sufrimiento inefable de una interioridad desbordada por la desesperación (18: 282).

Así las cosas, la práctica médica y las políticas en salud pública deben estar dispuestas a trascender este tipo de comprensiones que, en suma, terminan perfilando una concepción del ser humano en la que predomina el utilitarismo. En nombre de una concepción mucha más holística del proceso salud-enfermedad, es de vital importancia superar el dualismo sujeto-objeto para asumir al ser humano en su dimensión existencial. La cuestión, evidentemente, no reside en mantener una posición negativa ante la racionalidad técnica. Como plantea Francois Dagognet, los dispositivos tecnológicos exteriorizan, hacen visible lo caótico del cuerpo para curarlo y devolver el sentido que el paciente ha perdido en su estar enfermo y, por tanto, distraído del mundo y de su cuerpo (19: 42). Una ética médica centrada en la singularidad del individuo (selbswelt), es decir, en las consideraciones biográficas del sujeto, en sus temores y miedos; una práctica médica atenta al contexto social y cultural del enfermo (mitwelt), al dominio de las relaciones, del entorno y del medio en el cual se desenvuelve el existir (umwelt); sería una iniciativa importante en la medida en que se aproxima a una concepción de la vida que se fuga de la estrechez propia de la episteme sujeto-objeto.

Es claro que el discurso de la ética, por tanto, debe superar lo meramente normativo propio de la deontología. Es necesario abrir las condiciones de pensamiento para que el ser humano efectúe una hermenéutica de su vida. La cuestión no solo reside en promover y defender las libertades de las personas: en necesario comprender la existencia, "conocerse a sí mismo", para evitar una cosificación del existir. El predominio de la sociedad tecnológica, la primacía de lógicas utilitarias y económicas, sin embargo, establecen cada vez más limitaciones y reducciones al pensamiento. La encrucijada no puede ser más evidente. Un ser humano unidimensional se prefigura en el horizonte: se trata del hombre moderno, un trabajador, un consumidor, un objeto.


Pie de página

1Este proceso histórico es mucho más amplio. La formación social del trabajador por parte del discurso médico es solo la apariencia de un fenómeno de alta complejidad. Como lo explica Michel Foucault en El nacimiento de la medicina social, existen tres etapas que dieron forma al saber médico moderno. En la Alemania del siglo XVII se forman las ciencias de Estado (1). Su propósito consiste en reforzar los propósitos de perpetuación del Estado mismo. Por otra parte, en el siglo XVIII Francia fortalece sus instituciones médicas e inicia un proceso complejo de medicalización, con el fin de tratar el problema político de la pobreza y las enfermedades generadas a partir de la industrialización y la urbanización (1: 371). Finalmente, es en Inglaterra donde surge propiamente una medicina obrera en el siglo XIX, gestada a partir de intereses políticos y sociales (1: 380). Estos tres fenómenos históricos se consolidan como fracturas fundamentales que permitieron, en definitiva, materializar el cuerpo de la era moderna, el cuerpo-máquina de la sociedad industrial.
2La palabra episteme tiene orígenes griegos. Es sabido que Platón empleaba esta noción para distinguirla de la doxa (δόξα), que hace alusión al saber común y vulgar. La episteme, por tanto, se refiere al saber, al conocimiento que trasciende la mera opinión. Sin embargo, en este artículo dicha concepto adquiere un sentido más complejo. Como insiste Foucault en Las palabras y las cosas, no es posible entender el saber, la episteme, al margen de la historia, las sociedades y los poderes que garantizan el carácter verdadero de las cosas. Dicho en otros términos, se hace alusión aquí a un marco de saber, a un sistema de interpretación, a una estructura de sentido que es mantenida y reproducida por múltiples órdenes. Gracias a esa estructura garantizada por las configuraciones epistémicas, se hace posible todo tipo de saber (2: 7). Se trata, en suma, de un sentido a partir del cual se piensan las cosas y la realidad. Así por ejemplo, La episteme sujeto-objeto (res cogitanres extensa), propia del pensamiento cartesiano y de la ciencia experimental moderna, será perpetuada por la racionalidad científico-técnica de la Modernidad y las estructuras políticas, económicas y sociales. La concepción técnica del mundo confina la existencia a una relación utilitaria en la cual los hombres son, simplemente, sujetos ante objetos que pueden ser manipulados y controlados.
3En la historia occidental los discursos morales han hecho frente al asunto del cuerpo a través de diferentes imaginarios. El interés del presente texto está puesto sobre el cuerpo-objeto del mundo moderno, asunto que obliga dejar de lado otras referencias discursivas construidas en diferentes momentos históricos. Tres libros pueden servir como referencia para dilucidar estos puntos que no serán trabajados aquí. El primer texto, Carne y piedra de Richard Sennett, explica en los primeros capítulos la relación entre el cuerpo y un orden de las cosas centrado en la mesura y la medida, cuestión esencial en el momento de entender las comprensiones culturales del mundo grecolatino. Los cuerpos desnudos en el gimnasio representan el cosmos natural y político (4). En una línea similar, Francois Dagognet ha explicado las correspondencias existentes entre lo social y lo corporal, la relación entre el cuerpo individual y el cuerpo político en la Grecia Antigua y la filosofía platónica (5: 30). Por otra parte, una buena referencia para entender este asunto a partir del cristianismo la ofrece Jacques Gélis en El cuerpo, la Iglesia y lo sagrado (6: 28).
4Es importante anotar que en el siglo XVII, además de esta ortopedia centrada en los movimientos, se fortalece una concepción mecanicista que incluirá diferentes aparatos correctores a la estructura corporal. La terapéutica crece y perfecciona mecanismos que, al margen de su carácter rústico y primitivo, permiten que los individuos se mantengan parados y firmes. Michel de Certeau lo plantea de una manera similar: el cuerpo moderno es "una maquinaria compleja de bombas, fuelles, filtros, palancas, donde los licores circulan y donde los órganos se responden" (9).
5En las Interpretaciones fenomenológicas sobre Aristóteles Martin Heidegger ofrece una lectura importante sobre la unidad fenomenológica de la vida. La vida humana está entregada a la facticidad, a un conjunto de experiencias que son siempre propias. El sentido esencial de la actividad factual de la vida es el cuidado (Sorge) (13), el estar ocupado en algo. Dicho actuar se presenta siempre en diferentes mundos. Primero, existe un mundo circundante (umwelt). No se trata, como lo pretende el pensamiento moderno, de un sujeto en un objeto, sino más bien de un "ser-en-el-mundo". Por otra parte, la vida fáctica se presenta siempre entre otros, es compartida (mitwelt), asunto que la sociedad en la Modernidad alteró por completo al pretender formar individualidades, al fragmentar la unidad social a través de lógicas sociales, económicas y técnicas. Finalmente, está el mundo del sí mismo (selbswelt), la facticidad propia, el dominio de la interioridad. Como lo dice Heidegger: "... el cuidarse expresa la preocupación por los medios de subsistencia, por la profesión, por los placeres, por la tranquilidad, por la supervivencia, por la familiaridad con las cosas, por el saber acerca de, por la consolidación de la vida en sus fines últimos" (13: 35).


Referencias bibliográficas

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3. Augé M. ¿Por qué vivimos? Barcelona: Gedisa; 2004, p. 46.         [ Links ]

4. Sennett R. Carne y piedra. El cuerpo y la ciudad en la civilización occidental. Madrid: Alianza Editorial; 1994; p. 35.         [ Links ]

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8. Foucault M. Vigilar y castigar. México: Siglo XXI Editores; 1997, p. 139.         [ Links ]

9. De Certeau M. La invención de lo cotidiano. Volumen 1. Artes de hacer. México: Universidad Iberoamericana; 2007, p. 155.         [ Links ]

10. Foucault M. Historia de la sexualidad. Volumen I. La voluntad de saber. México: Siglo XXI Editores; 2007, p. 65.         [ Links ]

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12. Descartes R. El discurso del método. Barcelona: RBA Editores; 1994, p. 50        [ Links ]

13. Heidegger M. Interpretaciones fenomenológicas sobre Aristóteles. Madrid: Trotta; 2002, p. 35.         [ Links ]

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