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El Ágora U.S.B.

Print version ISSN 1657-8031

Ágora U.S.B. vol.18 no.1 Medellin Jan./June 2018

http://dx.doi.org/10.21500/16578031.3173 

Artículos derivados de investigación

Prácticas educativas familiares (PEF) de familias en condición de extrema pobreza en Cartagena de Indias

Family Educational Practices (PEF) of families in extreme poverty conditions in Cartagena de Indias

Iván Darío Moreno-Acero1  , Carlos Miguel Patiño-Catalán2  , María Ángela Sánchez-Ortega3  , Shirley del Carmen Fortiche-Romero4  , Ivonne Yinet González-Peña5 

1. Universidad de la Sabana, Colombia. Contacto: ivanma@unisabana.edu.co

2. Universidad de la Sabana, Colombia. Contacto: carlospatca@unisabana.edu.co

3. Universidad de la Sabana, Colombia. Contacto: mariasaor@unisabana.edu.co

4. Universidad de la Sabana, Colombia. Contacto: shirleyforo@unisabana.edu.co

5. Universidad de la Sabana, Colombia. Contacto: ivonnegope@unisabana.edu.co

Resumen

Las prácticas educativas familiares, en el estudio realizado en la ciudad de Cartagena de Indias con familias en condición de pobreza extrema, nos permitió identificar los estilos educativos empleados gracias a los encuentros significativos estructurados desde un enfoque hermenéutico-participativo, donde fue posible analizar las narrativas de los participantes, habitantes del barrio Ciudad del Bicentenario. Este ejercicio investigativo nos reveló las costumbres, actitudes y formas que tienen los padres para orientar la crianza de sus hijos. Así mismo nos permitió registrar algunas de las necesidades del grupo participante.

Palabras-clave: Familia; PEF; Pobreza extrema; Unidad; Socialización a través de la familia

Abstract

The Family Educational Practices, in the study conducted in the city of Cartagena de Indias with families in extreme poverty condition, allowed us to identify the educational styles used thanks to the meaningful encounters, which were structured from a hermeneutic and participatory approach, where it was possible to analyze participants’ narratives, who were residents of the Ciudad del Bicentenario neighborhood. This investigative exercise revealed the customs, attitudes and ways that parents have for their children’s upbringing. Likewise, it allowed us to record some of the participant group’s needs.

Key words: Family; Family Educational Practices (PEF); Extreme Poverty Unity; Socialization through the Family.

Introducción

Educar, guiar y orientar implica la formación de personas autónomas, responsables y capaces de tomar sus propias decisiones. Además, se puede afirmar que la educación es una responsabilidad compartida de la familia, de la escuela y de la sociedad en su conjunto. Sin embargo, es en el seno de la familia donde se construyen los cimientos que servirán de soporte a los hijos a la hora de levantar el edificio de su personalidad (D´Agostino, 2006; Donati, 2003; Muaze, 2016; Valencia, 2016).

En palabras de Musito (2002, p.110) “La familia es un lugar en donde se aprende a manejar las emociones como el enfado, el amor y la independencia, se aprende a acatar y cumplir las leyes o a quebrantarlas, se practican las bases de la interacción humana, la consideración y el respeto a los demás y la responsabilidad de las propias acciones”. En otras palabras, los hijos aprenden y ponen en práctica, al interior de la familia, distintos procesos de toma de decisiones y técnicas variadas para hacer frente a situaciones difíciles como la infidelidad, la pérdida de trabajo, la incorporación de nuevos miembros al hogar, la escasez de recursos económicos y el abuso del alcohol y drogas por parte de algunos de sus miembros (Quintero, 2009).

Asimismo, en palabras de González (2007), la educación familiar tiene el propósito de desarrollar las capacidades y competencias para que las personas se preparen para afrontar el camino de su vida, adquirir las habilidades que les permitan valerse por sí mismos en un mundo difícil y cambiante y, así, facilitar su integración en la dinámica de las instituciones sociales. Sin embargo, para desempeñar con eficacia este cometido educativo, los padres necesitan disponer de ideas claras y orientaciones acertadas para que sus hijos crezcan equilibrados, preparados y puedan ser felices. (González, 2007, p.193). Del mismo modo Estupiñan y Hernández (2007) señalan que, “la familia es un bien de la humanidad que coevoluciona con todos los demás sistemas sociales, participa como unidad activa en el interjuego social y requiere en consecuencia respeto a su autonomía y reconocimiento de su pleno protagonismo en la conservación constructiva de los individuos y de la sociedad” (p.6). Por eso, el gran reto de la familia consiste en formar seres independientes, responsables, resolutivos y seguros de sí mismos. Así, se hace necesaria la delimitación del rol de autoridad sobre los hijos y del modelo a seguir para que la educación sea realmente satisfactoria.

Por esta razón, las prácticas educativas son determinantes en cuanto su aplicación, en tanto guías para la formación, redundarán en el desarrollo individual de los seres humanos. Aunque no son iguales en todas las familias y de ahí que se observen comportamientos diferentes en cada una, lo cierto es que contar con apoyos familiares, buen ejemplo y afecto, servirá para obtener mejores resultados en las maneras y las prácticas de vida. El amor, la comprensión y la comunicación contribuyen al bienestar familiar y le permiten a cada individuo fortalecer su propio proceso de crecimiento y la relación con los demás. En consecuencia, no contar con ese apoyo fundamental podría afectar directa e indirectamente el buen desarrollo biopsicosocial del individuo. “Esas prácticas hacen referencia a las acciones y comportamientos concretos que se privilegian y se construyen en las relaciones interhumanas de la vida cotidiana. El trato, por su parte, hace referencia a la calidad y estilo del cuidado; las pautas responden a las orientaciones que los padres/madres priorizan como ideal y guía en la relación de formación” (Botero, Salazar y Torres, 2009, citado en Belalcázar y Delgado, 2012, p. 22-23). Los patrones de crianza hacen referencia a las costumbres, la tradición y el acervo cultural que se transmiten entre una generación y otra.

Queda claro, por tanto, que las prácticas educativas facilitan la transmisión efectiva de valores y que es fundamental conocer las estrategias para lograrlo. Se trata, en este sentido, de la búsqueda continua de actividades que apoyen el aprendizaje a todo nivel donde se establezca la autoridad basada en la comunicación, el apoyo, la supervisión y el acompañamiento.

Con todo, entre la gran variedad de situaciones sociales que afectan la calidad de vida y el bienestar de la población, una de las más impactantes es la pobreza debido a las carencias materiales que acarrea dentro de las familias que la toleran y que, frecuentemente, se origina por situaciones de desigualdad y falta de oportunidades. “La pobreza es la privación de bienestar de manera pronunciada, es decir, la falta de acceso a capacidades básicas para funcionar en la sociedad y de un ingreso adecuado para enfrentar necesidades de educación, salud, seguridad, empoderamiento y derechos básicos” (Haughton, y Khandker, 2009, p.2).

Cartagena, espacio geográfico de nuestra investigación, no es ajena a estas dificultades y a pesar de todos los esfuerzos que buscan erradicar la pobreza reubicando a la población más vulnerable, en algunos sectores de la Ciudad Heroica ésta sigue presente con miles de familias que carecen de un mínimo vital para la subsistencia. En primer lugar, son sus mandatarios quienes están en el deber de revisar las políticas públicas en pro de un desarrollo inclusivo y de la atención general de toda la población. Paradójicamente, Cartagena es una de las ciudades más visitadas por colombianos y extranjeros y, al mismo tiempo, es una de las ciudades con los más elevados índices de pobreza. Según Ayola y Jiménez, las recientes estadísticas publicadas por el DANE, el 29.1 % de su población se encuentra en dicha condición; así, 291 mil cartageneros tienen ingresos mensuales de $241.673 pesos, es decir, $8.000 pesos diarios con los cuales suplir las necesidades fundamentales: alimentación, educación, salud, transporte y servicios públicos. Además, se estima que alrededor de 30 mil cartageneros ingresaron a “esta dramática situación de pobreza entre 2015-2016” (Ayola y Jiménez, 2015, p.1).

Este panorama nos condujo al estudio de las PEF de las familias en extrema pobreza con el propósito de identificar y analizar las maneras en que las condiciones de vulnerabilidad y riesgo psicosocial de las familias afectan el ejercicio en la educación. Nuestro fin es potenciar y encontrar las estrategias necesarias que garanticen una educación positiva que favorezca el desarrollo integral y autónomo de los hijos a pesar de las coyunturas económicas.

Para empezar, y aunque existan diversos estilos educativos familiares, no debemos encasillar a los padres en un solo grupo ya que ningún estilo educativo es puro, ya que:

Las prácticas educativas se entienden como todos aquellos procesos formativos que pueden presentarse en diversos contextos del desarrollo humano (cultural, social, escolar, familiar), que permiten la adquisición de diferentes formas de educación (Quintana, 1993) y promueven el desarrollo personal de los individuos teniendo en cuenta el aprendizaje que se realiza como una construcción y una apropiación personal que lo lleva a efectuar una reestructuración del conocimiento del que dispone En otras palabras, se puede afirmar que los padres, para criar a sus hijos, utilizan o asu men actitudes de un estilo u otro ante situaciones vitales en donde es posible ser más autoritarios que democráticos o viceversa (Tilano, Henao y Restrepo, 2009, p 38).

En este orden de ideas, la vulnerabilidad ocasionada por las condiciones de vida no sólo afecta la educación en el ámbito familiar sino también en el escolar. Los hijos de las familias afectadas por esta situación “viven en hogares con un pobre ambiente educativo y con poca capacidad para apoyar sus procesos académicos. El logro educativo de los hogares donde habita la población en edad escolar es de 7.5 años de educación aprobados. Este logro educativo es más bajo aún en los hogares donde no están presentes los padres y en aquellos que pertenecen a los quintiles más bajos de riqueza” (Genes, 2014, p. 21).

Consideramos, por tanto, que las prácticas educativas familiares en Cartagena se pueden mejorar a través del uso de ayudas y guías para la formación de padres y madres con el fin de fortalecer su rol para que:

Las niñas y los niños aprendan a convivir con otros seres humanos, a establecer vínculos afectivos con pares y adultos significativos, diferentes a los de su familia, a relacionarse con el ambiente natural, social y cultural; a conocerse, a ser más autónomos, a desarrollar confianza en sí mismos, a ser cuidados y a cuidar a los demás, a sentirse seguros, partícipes, escuchados, reconocidos; a hacer y hacerse preguntas, a indagar y formular explicaciones propias sobre el mundo en el que viven, a descubrir diferentes formas de expresión, a descifrar las lógicas en las que se mueve la vida, a solucionar problemas cotidianos…, a apropiarse y hacer suyos hábitos de vida saludable, a enriquecer su lenguaje y construir su identidad en relación con su familia, su comunidad, su cultura, su territorio y su país (Cárdenas y Gómez, 2014, p.12).

Metodología

Investigación cualitativa-descriptiva

La investigación descriptiva consiste en la observación, medición y caracterización de un hecho, fenómeno, individuo o grupo con el fin de establecer su estructura o comportamiento. Los resultados de este tipo de investigación se ubican en un nivel intermedio en cuanto a la profundidad de los conocimientos se refiere (Martín, 2011; Nieto, 2011). Así, la información que nos proporciona un análisis descriptivo, además de ser un fin en sí mismo, se puede emplear como base de partida para el desarrollo de una investigación más específica, como lo afirman Lafuente y Marín (2008, p. 6). Este enfoque tiene como propósito comprender las características de la subjetividad e intersubjetividad del comportamiento de las personas como miembros activos y participativos de la comunidad. El enfoque cualitativo proyecta, a su vez, un tipo de investigación que ofrece técnicas científicas para obtener respuestas de fondo acerca de lo que perciben las personas y cuáles son sus sentimientos. Esto permite a los investigadores entender a fondo las costumbres, valores, creencias, vivencias y comportamientos de una población determinada (Vanegas, 2011).

Este tipo de investigación tiene un enfoque político y social. En nuestro caso, privilegiamos el enfoque social que se compone de las siguientes fases: planificación, actuación, observación y reflexión. Dado que el análisis consiste en la observación y el examen de un hecho a partir de sus particularidades, esta investigación es analítica porque el trabajo consistió en la revisión minuciosa de un todo, descomponiéndolo en sus partes o elementos para observar las causas, la naturaleza y los efectos; estudiando en forma intensiva cada uno de sus elementos, así como las relaciones entre sí y de éstos con el todo (Bodgan y Taylor, 2000). Así, el análisis hermenéutico de las narrativas de todos los participantes nos permitió conocer más del objeto de estudio, con lo cual fue posible: explicar, hacer analogías, comprender mejor su comportamiento y establecer nuevas teorías (Ángel, 2011).

Población

La población analizada en esta investigación habita el barrio Ciudad del Bicentenario, en Cartagena de Indias, Colombia, y se encuentra en situación de pobreza extrema. Justamente, este barrio fue y ha sido el proyecto de vivienda gratuito más ambicioso en la historia de la ciudad y consistió en la construcción de un complejo urbanístico de 15.000 viviendas de interés social para cartageneros que hayan sufrido las consecuencias de la ola invernal, hayan sido víctimas de la violencia y no cuenten con los recursos necesarios para solventar algunas necesidades básicas. Muchas personas, también, han sido reubicadas por el riesgo que representaban las condiciones materiales de su vivienda. Ciudad del Bicentenario, por último, se encuentra ubicado en la zona oriental de la ciudad cercano a la próxima central de abastos y se extiende en un área de 190 hectáreas, aproximadamente la misma extensión que la del municipio de Turbaco. De este contexto, los informantes fueron 13 hombres y 28 mujeres para un total de 41 personas de quienes nos propusimos identificar las prácticas educativas familiares (PEF). Para hacerlo, efectuamos un muestreo por conveniencia no probabilístico, porque las muestras se recogen en un proceso que no brinda a todos los individuos de la población iguales oportunidades de ser seleccionados (Salinas, 2004; Martínez, 2012).

Instrumentos y validación

El instrumento utilizado para desarrollar la presente investigación fue la entrevista grupal semiestructurada.

En la entrevista semiestructurada también se decide de antemano qué tipo de información se requiere y en base a ello - de igual formase establece un guion de preguntas. No obstante, las cuestiones se elaboran de forma abierta, lo que permite recoger información más rica y con más matices que en la entrevista estructurada. En la entrevista semiestructurada es esencial que el entrevistador tenga una actitud abierta y flexible para poder ir saltando de pregunta según las respuestas que se vayan dando o, inclusive, incorporar alguna nueva cuestión a partir de las respuestas dadas por la persona entrevistada (Folgueiras, p.3).

Debemos recordar que los entrevistados firmaron el consentimiento informado, para autorizar las grabaciones y que la validación de las entrevistas se realizó con ocho (8) expertos en familia (Meo y Navarro, 2009). Así, las entrevistas fueron construidas de acuerdo con distintas categorías y relación de preguntas, las cuales fueron revisadas para determinar su pertinencia para el desarrollo de este trabajo investigativo.

Resultados

Los padres de familia constituyen la primera institución educadora de los niños, quienes interiorizan valores y principios y aprenden a reconocer en las instituciones educativas agentes transmisores de conocimientos técnicos; no es extraño, por lo tanto, que los padres tengan la iniciativa de formarse y aprender para ejercer esta labor con calidad, como lo expresaron a través de los siguientes comentarios: “Sería bueno poder fortalecer nuestros conocimientos y así poder ayudarles en su educación (4.2.E.C.G). “En horas de la noche cuando uno ya ha terminado labores, poder capacitarnos en diferentes temas” (4.3.E.C.G). En este sentido, una formación integral permitiría a los padres experimentar satisfacción en el ejercicio de su rol, puesto que estarían capacitados para brindar bases sólidas a sus hijos para que ellos, a su vez, puedan construir buenas relaciones a nivel personal, familiar y social.

Con respecto a la formación, las madres, en general, afirman que la educación proviene de la casa y que son los padres los primeros educadores de sus hijos mientras que en el colegio reciben, sobretodo, conocimientos. Al respecto, una madre de familia dice: “La educación viene por casa, en el colegio ellos van a aprender materias y cosas físicas. Lo poquito que le hace uno falta en la casa” (2. S).

En cuanto base primigenia de la sociedad, la familia exige altos niveles de autoconocimiento, tomando conciencia de su papel fundamental en la formación de ciudadanos, en el fomento del respeto de los derechos y en el ejercicio solidario de la vida en sociedad. Además, a lo largo de la experiencia compartida con los padres y madres de familia en torno a la educación en el ámbito familiar, ellos señalan que tomar conciencia del tiempo que están compartiendo con sus hijos es de vital importancia. Al respecto, manifiestan: “…Y se debe dedicar tiempo bien sea en la mañana o en la tarde, pero debemos ayudarles. En mi caso lo hago en la tarde a eso de las 4 de la tarde. Y se deben levantar temprano y ayudarnos en su labor y luego ir a su estudio para un mejor futuro” (2 E Y.M).

Fundamentales para la convivencia familiar son las reglas y normas establecidas. Son, en otras palabras, acuerdos internos que buscan garantizar un buen funcionamiento al interior de la familia y en ellos queda establecido cómo comportarse, relacionarse y socializarcon sus pares. De acuerdo a la claridad con la cual se enuncien y a la importancia que se les adjudique, contribuyen a la armonía, la sana convivencia y cristaliza la interacción entre las personas. Para que los niños puedan tejer relaciones armoniosas en el ámbito familiar, personal y social y puedan acercarse al bienestar y a la paz dentro y fuera de casa, es primordial establecer normas y reglas en la interacción entre ellos y los padres. Por eso, es importante corregir a los hijos cuando incumplen lo que ha sido pactado si se quiere fortalecer en ellos la disciplina, la conciencia de la autoridad y el respeto.

Los informantes entrevistados, madres y padres de familia, comentan que los hijos, si no cumplen lo establecido, deben ser sancionados para que reconozcan la importancia de cumplir las normas que colocan. “Mi mamá por ese lado nunca tuvo queja, eso yo le decía «mami voy para donde mi abuela», mi papá me chiflaba para darme de su comida, y yo me iba. «Bueno, a tal hora está aquí», me decía, cuando yo no llegaba a la hora, mi mamá me castigaba al día siguiente, no dejándome ir” (3, EY).

En este orden de ideas, dentro del ámbito de la educación familiar, el acompañamiento escolar es una actividad que favorece el desarrollo integral de los hijos fortaleciendo en ellos la seguridad y la confianza, estimulando la autoestima a través del equilibrio emocional. Todo esto se reflejará en el rendimiento académico.

Así pues, en sus entrevistas, los participantes alertaron sobre el riesgo que representan las distintas situaciones adversas de la vida, enfrentadas cotidianamente, para el cumplimiento de este acompañamiento con sus hijos. De ahí que las situaciones que más preocupan a los padres estén relacionadas con el trabajo fuera de casa.

Prácticas Educativas Familiares

Son múltiples las maneras educativas o pautas de crianza que los padres utilizan cuando se relacionan con sus hijos y que pretenden influir, educar y orientar para facilitar la integración al interior de la familia y la de sus miembros con las personas externas a ella. Estas prácticas son distintas en cada familia y pueden ser, entre otras, democráticas, negligentes o autoritarias, propiciando distintos manejos y resultados. Las familias entrevistadas, a su vez, subrayan la importancia de estas prácticas dentro de la educación familiar porque, insistimos, afianzan la disciplina, estimulan la interacción, la comunicación y desinhiben al sujeto en los momentos en que busca expresar el afecto.

En el grupo entrevistado, fue posible observar que las prácticas educativas predominantes son autoritarias. Sin embargo, los padres y madres de familia no están conformes con su manera de actuar y por esto quisieran poder tener una comunicación asertiva basada en el respeto, el diálogo y la comprensión. Manifestaron que conocer valores como el respeto y la paciencia, y vivir en sintonía con ellos de forma permanente es de gran importancia para la sociedad.

PEF autoritarias

Como dijimos anteriormente, el estilo educativo que más se evidenció en las entrevistas realizadas fue el autoritario, caracterizado por la rigidez de las normas y la facilidad con que se recurre al castigo físico y verbal. Aunque, las familias expresaron sus intenciones de establecer diálogos internos armónicos, son conscientes de que la falta de tiempo y el cansancio provocan el deterioro de las prácticas educativas familiares. En este escenario, por tanto, el castigo es sinónimo de poder o autoridad, ante lo cual manifiestan: “Entonces el padre tiene que estar quieto porque ¡ajá! yo fui quien lo parió, y yo soy el que lo debe corregir. Si yo le pego un chancletazo, usted no tiene derecho a regañarlo porque quien lo parí fui yo, entonces son conflictos que se generan en estas familias que estamos criando hoy en día. Claro que hay recataicos que ahí el niño se va saliendo de la sombra” (3, EC). Además, las familias entrevistadas reflejaron altos niveles de control con múltiples exigencias, y bajos niveles de comunicación y afecto. En estos contextos se privilegia la obediencia estricta, el uso del castigo y de medidas disciplinarias que no siempre facilitan el diálogo limitando la comunicación entre padres e hijos. Los anteriores aspectos se evidencian de la siguiente manera: “El conflicto es ir a recoger a la bebé y lo soluciono yendo yo o digo de una quien va y punto. Se acabó y fulanito va” (2. Sur).

Paradójicamente, algunos de los entrevistados consideran que castigar y ser estrictos es una forma a través de la cual se expresa el amor. Para ellos, tener el control, aún si el diálogo no está presente, es mejor que tener hijos sueltos haciendo lo que quieran. Consideran que el tiempo pasa muy rápido y que, por esa razón, son necesarias las normas estrictas. Una de las participantes manifestó: “Me toca repetir todos los días y si no se cumple le pongo candado y no sale a la calle que es lo que más le gusta” (2. LN). Igualmente, otra entrevistada dijo: “Yo les digo «¡Esto no me lo vas a hacer!» y me pongo la mano dura y «¡te voy a castigar!» y le quito lo que más le guste” (2.Y). Así, no es de extrañar que algunos padres y madres de familia consideren que la obediencia de sometimiento (“hay cosas que no podemos escoger y eso hace parte de la vida”) es una virtud y crean que el castigo puede ser la mejor manera de educar: para ellos, resulta idóneo criar niños sumisos. Al respecto, agregaron: “Para sancionar, yo la grito porque me da rabia que yo le digo que haga una cosa y hace otra. Me da rabia. (2.C). En otro testimonio se recoge lo siguiente: (los problemas son) “los horarios definitivamente. Por lo complejo del barrio a ellos toca mantenerlos controlados” (1.E.Y.C.T). Asimismo, otro participante afirmó: “Cero televisión, cero calle” (3.E.R.V).

El grupo participante considera, sin embargo, que los conflictos al interior de la familia comienzan como juego entre dos miembros de la misma y que el afectado o la persona que lleva la carga de las consecuencias de dicha situación es la menos implicada: “los conflictos comienzan por juego y termino pegando soy yo” (2.LM). Ante este panorama, desean aislar paulatinamente las prácticas autoritarias tanto con su pareja como con sus hijos y, de esta manera, instaurar el dialogo como base de la comunicación y la convivencia familiar. De hecho, un participante informó: “El dialogo en mi casa lo promuevo yo. Cuando nos reunimos los 4 aprovechamos” (2. Sur).

Sin duda, existe interés por parte de las familias en hacer cambios que generen beneficios para su núcleo y permitan una mejor interacción con la sociedad. Los motiva el amor hacia sus familias y confían en que esta fuerza propicie una convivencia más amable y llevadera para que sus hijos tengan un futuro promisorio. Lo anterior se percibe en los siguientes comentarios: “Tiempo desearía y no ser tan impulsiva y acelerada” (2.SY). En otro comentario encontramos: “Pues a nosotros nos educaron bien y somos personas de bien, pero siempre está uno imponiendo los modelos antiguos y como nos trataron y educaron lo repetimos con nuestros hijos y no los escuchamos por el afán de que ellos sean como uno, y somos duros con ellos creyendo que así lo estamos haciendo bien. Pero es muy importante adquirir nuevas formas de educar. ((7, E.Y.M).

Las familias reconocieron que, con frecuencia, la forma más efectiva para corregir es atacar el aspecto en el que los niños son más sensibles y que puede provocar más dolor. Dado que para ellos la vida no ha sido fácil, sienten la necesidad de las normas estrictas para evitar errores en la adolescencia y la adultez. Frente a lo anterior, un entrevistado afirmó que “A mí me gusta el orden y la puntualidad, que todo se haga en la hora que se tiene que hacer y yo estoy más pendiente de las normas (2. LM); otra participante sostuvo que “imponer un reglamento (no sirve porque) casi no se cumple, porque uno les pone un horario para hacer algo y ellos salen con otra cosa. Si no se cumplen se castiga” (2. Sur) y, finalmente, un colaborador afirma: “Y esa es la forma en que yo castigo a los míos, el hijo mío de 12 años juega ajedrez, y ese día tenía que ir a practicar y me hizo una rebeldía, se la quité, y ese era el amor de él, jugar ajedrez al parque. Entonces le dije que no y… me prometió, «yo te lo prometo»” (3, EY).

Por último, las familias expresaron en las conversaciones que, si ellos utilizan el castigo, es porque pretenden dar una enseñanza correcta moralmente capaz de crear una conciencia solidaria. A pesar de esto, saben que la violencia trae más violencia y que el castigo, aunque aporte soluciones momentáneas, puede ser nocivo en el futuro derivando en consecuencias no esperadas. Por eso, una de las participantes relata: “Para sancionar, lo hago con el televisor: va lo prende y yo le pego” (2 Lnei). De la misma manera, también informan que el castigo físico sigue siendo un método eficaz para ellos, porque no “tienen tiempo” para emplear otros métodos que se enfoquen en las particularidades del propio niño o adolescente, sin estigmatizar ciertas conductas. Además, muchos padres consideran el castigo como una herramienta igualmente eficaz para ejercer autoridad ante sus hijos. Según otro participante, “para sancionar, no tengo inconvenientes. «¡Lo voy a castigar!» y el me hace carticas y besitos. Pero a veces se me sale y yo le he pegado” (2. LM).

PEF Democráticas

Los padres de familia consideran que las prácticas educativas democráticas se reflejan en la interacción pacífica y comprensiva con otras personas de diferentes culturas, religiones, pensamientos. Además, permiten la buena comunicación, el afecto y el control. Una participante afirmó: “Yo respeto a mis hijos y ellos me respetan a mi” (2. Cande). En consecuencia, los niños criados en hogares donde se valoran las prácticas democráticas son afectuosos y tienen un mejor comportamiento, lo cual hace que se pueda prescindir del castigo. Asimismo, los padres sienten que tienen un mayor control si privilegian el dialogo para explicar las normas con razones válidas estableciendo límites. Así, se estimula una buena actitud y la posibilidad de crear acuerdos entre las partes. Un entrevistado, al respecto, comentó: “¡El diálogo! En mi familia dialogábamos mucho, mucho. Y he cambiado que a mi papá le gustaba mucho de pegar y, a mí, sí no. Yo me acerco y les hablo” (2.Y). Otra opinión importante dice: “Para dialogar no debe haber ni hora ni tiempo. Por donde se cortó se amarra. Ejemplo, tengo un problema con mi esposo o a mis hijos les fue mal: enseguida hablamos. Yo no espero ni me la guardo. A veces nos toca hacer diligencias y de pronto esta semana no he hablado y ahí si me propongo a hablar. Lo propicio yo en cualquier momento en la sala o comiendo y pregunto” (2. SY). Finalmente, otra participante afirma: “Mi papá promueve el dialogo. Cuando llega de trabajar, nos llama y nos sienta” (2. LN CAN).

Las familias entrevistadas manifestaron que “para que la sociedad y las familias funcionen de manera correcta es muy importante enseñar y practicar valores como el respeto y la tolerancia, entendiendo el respeto como saber aceptar a las personas como son y de esta manera saber tolerar la diferencia de opiniones o ideas, así no sean como las que ellos tienen. La práctica de estos valores genera estabilidad y armonía” (2. Sn). Por consiguiente, la familia constituye el primer ente socializador donde los niños mostrarán sus aprendizajes y en donde recibirán los cuidados primarios: cariño, alimentación, cuidados relativos a la crianza y, en general, todo un conjunto de actitudes, habilidades y normas éticas con las cuales sabrán adaptarse a la sociedad de manera eficiente. Son conscientes de que vivir la vida será algo placentero “si nosotros nos toleramos como personas y en la familia inculcarlo desde pequeños” (2. LM). Así pues, la tolerancia le abre las puertas al diálogo y tiende puentes para la comunicación dado que la característica primordial de nuestra sociedad es la gran diversidad cultural, religiosa, sexual, étnica, que debe ser siempre valorada y respetada. Una de las participantes manifestó que “(el problema) es con el baño y vivo con una prima y una hermana. Encuentran ordenado y salen dejando sucio. Me salgo de casillas y mi marido llega y nos reúne a todas para que resolvamos. Él resuelve” (2.L). Igualmente, afirmaron que “cuando surgen problemas dialogamos y le digo cómo tiene que sobrellevar las cosas de lo que le está sucediendo” (2. Sur).

Con la tolerancia, el respeto es el otro pilar de la sana convivencia porque lleva a reconocer los derechos y la dignidad del otro. Este valor es inherente a la persona y es propia de la dignidad de cada individuo. Por tanto, el respeto hacia uno mismo es proporcional al respeto que se tiene por el otro en cuanto ser viviente. Al respecto, uno de los grupos relata que “(lo más importante) en mi casa es el respeto que es la base de todo, porque si usted respeta a sus hijos ellos también lo respetan a uno” (2. M). Respecto a la interacción, otros padres entrevistados afirman que “los dos, como padres de familia, hacemos que esos encuentros sean cordiales” (5.3.E.R.C).

Finalmente, se encontró que, aunque ellos ven la importancia de educar afectuosamente con base en normas claras, a veces no lo consiguen por cansancio, falta de tiempo o, incluso, por mal genio. Asimismo, creen que es más fácil repetir la forma como ellos fueron educados que implementar una nueva manera de educar e impartir conocimiento. A pesar de esto, tienen claro que sin dialogo y respeto no hay educación. Así lo evidenciaron algunos integrantes del grupo: “Pero es el dialogo el que permite que lleguemos a acuerdos” (5.4.E.R.C); “yo respeto a mis hijos y ellos me respetan a mí” (2. Cande).

PEF Negligentes

A partir de la experiencia con los entrevistados, se encontraron familias caracterizadas por un bajo nivel de control y de exigencias en donde predomina el “dejar hacer”. Manifestaron, además, que no emplean el castigo dada la ausencia de normas que estructuren su vida cotidiana, situación que los lleva a rechazar el poder y el control sobre los hijos. En una entrevista, un participante afirmó que “también cuando la madre no le brinda a su hijo el amor que se merece, no le llama la atención cuando llega, no le da un abrazo, no le da un beso… La mayoría de las madres no les dicen a sus hijos cuando llegan de la escuela «¿Cómo te fue?»” (3, EM); otro participante observó que, en cuanto a las reglas, “se trata pero no se cumplen. Uno trata de poner un horario pero es difícil” (2.Y).

Por otro lado, delegarles a los hijos mayores las funciones académicas de los hijos menores es una práctica común en muchos de los casos expuestos por los integrantes del grupo. Expresan que, en su mayoría, se debe al desconocimiento y a la falta de dominio de los temas abordados; manifiestan también, que el tiempo para dedicarle a esta responsabilidad es escaso dado que los padres están inmersos en el mercado laboral y de consumo, hecho que les impide permanecer en casa y responder a la exigencia educativa de sus hijos. Es generalizada, también, para la mayoría de las familias, la práctica de dejar los hijos al cuidado de otros, bien sea con hijos mayores, tías o abuelos. Según ellas, esto ayuda a evitar conflictos al interior de la familia por la presunción de que poner normas y hacer observaciones al comportamiento de los miembros genera dificultades. Ellos sienten, entonces, que de esta forma se vuelven más responsables y pelean mucho menos. Al respecto, es relevante la siguiente respuesta: “de las tareas educativas en mi casa, allá se encarga es la hija mía”. (2.C); de otro comentario rescatamos las siguientes líneas: “tiempo desearía para dedicarle a los niños pero mejor hablo con una vecina o mi mamá para que esté pendiente. Intento no ser tan impulsiva y acelerada” (2.SY).

Discusión

De acuerdo a lo anterior, cabe resaltar la toma de conciencia de los padres y madres de familia en torno a la necesidad de brindar tiempo de calidad a sus hijos, hecho que, por factores de tipo económico, no puede llevarse a cabo. Así, no les queda otra opción que sacrificar este tiempo para poder satisfacer sus necesidades básicas. Esto coincide con lo señalado por Román y Alonso (2014, p.200): “el tiempo que pasan y juegan sus padres con ellos (actividades significativas realizadas en común) depende también de sus circunstancias familiares y, sobre todo, laborales”. Sin embargo, se esfuerzan porque saben la importancia de brindar a sus hijos dedicación y afecto, elementos que favorecen la estabilidad emocional de los niños, capacitándose para establecer relaciones sólidas, sanas que permitan idear estrategias que consientan el desarrollo de actividades en conjunto que fortalezcan la unidad y el amor familiar.

En esta búsqueda, la participación activa por parte de los padres en el acompañamiento escolar es de gran importancia porque es ahí donde aprenderán valores y principios que los guiarán en la vida. En este sentido, cabe destacar la relación que los padres evidencian entre el acompañamiento escolar y la incidencia que esto tiene en el buen desenvolvimiento del hijo en la sociedad. Así lo exponen López, Cabrera et al., (2009, p.117), para quienes, a través de la “estimulación y apoyo al aprendizaje [se da el] fomento de la motivación [que permite] proporcionar ayuda contingente a las capacidades del menor, planificación de las actividades y tareas, orientación hacia el futuro e implicación en la educación formal [escuela]”. Así, sentirse importantes y saber que sus padres los conocen, genera en los hijos seguridad, confianza y amor fortaleciendo, al mismo tiempo, el proyecto de vida de los hijos. En suma, para los entrevistados, el acompañamiento familiar en el proceso educativo de los hijos es prioritario, de conformidad con las leyes que estipulan y exigen la total responsabilidad de padres y educadores dentro de dicha formación.

Teniendo en cuenta lo anterior, podemos afirmar que las prácticas educativas familiares constituyen “aquellas preferencias globales de comportamiento de los padres o figuras de autoridad relacionadas con las estrategias educativas encausadas hacia los hijos, las cuales poseen como característica la bidireccionalidad en las relaciones padres-hijos, debido a que los actos de los padres generan consecuencias sobre los hijos, así como las acciones de los hijos influyen sobre los padres” (Henao, Ramírez y Ramírez, 2007, p.235). Dado que, para esta investigación, rescatamos los aportes de Alonso y Román quienes reconocen la existencia de tres estilos (autoritario, equilibrado y permisivo) y definen las PEF como “el conjunto de prácticas o maneras de actuar con los hijos que conjugan de forma equilibrada el control y la expresión de afecto y competencia comunicativa, en función de las características individuales y situacionales” (Alonso y Román, 2014, p. 192), pudimos determinar que las PEF más comunes son las que corresponden al estilo autoritario, seguidas por las prácticas democráticas y las negligentes. Este orden, al parecer, se debe al entorno socio-cultural y al contexto familiar.

Aquí, es importante la afirmación de González (2007), según la cual los padres siguen siendo la principal fuente de referencia para la socialización de sus hijos puesto que ellos son los primeros agentes en la transmisión de creencias, valores, normas, actitudes y patrones de comportamiento. Esto hace que una de las funciones principales de la familia sea la socialización a través de la cual el ser humano adquiere el sentido de identidad personal. Por lo anterior, se puede afirmar que el núcleo primario de apoyo seguirá siendo el primer organismo que permita al ser humano establecer sus primeras pautas educativas que, posteriormente, llevará a la práctica.

Volviendo a los estilos, para Alonso y Román (2003a; 2003b) el estilo autoritario se caracteriza por la importancia que adquiere en él la perspectiva del adulto, priorizando el cumplimiento de las normas en donde operan altos grados de control y exigencia, dejando en un segundo plano valores como la empatía, el afecto o la sana comunicación. Para corregir las conductas que considera inadecuadas, este estilo emplea la reafirmación del poder con técnicas de disciplina coercitivas y con un tipo de control marcado por la imposición. Así, en el desarrollo de nuestra investigación, nos pudimos aproximar a la cotidianidad familiar desde sus narrativas, lo cual favoreció la comprensión de lo que es realmente una práctica educativa autoritaria a partir de su pensar y sentir, o desde su propia historia de vida. Además, estas familias deben sortear las dificultades que imponen los altos niveles de ansiedad, generados por su situación económica y por la ubicación de sus viviendas.

Entonces, gracias a las entrevistas realizadas, se hizo evidente que la práctica educativa autoritaria es la más común y es la que, insistimos, impone normas rígidas y recurre con facilidad al castigo físico y verbal, considerado como herramienta de poder y autoridad. Aun así, en las familias donde se ejercen estas prácticas, existe conciencia de la importancia del diálogo; sin embargo, según los padres y madres, no se cuenta con el tiempo suficiente para reunir al grupo familiar y buscar mejoras en la dinámica familiar. Afirman, también, que la comunicación debe generar un ambiente propicio para que tanto los padres como los hijos sigan las normas de forma clara y todos los puntos de vista sean tenidos en cuenta.

Precisamente, el respeto por los diferentes puntos de vista lleva a tomar decisiones más acertadas. “Se trata, entonces, de una dinámica que permite compartir problemas, conflictos, dudas, ansiedades, expectativas y satisfacciones, vivencias que son propias de ciclos determinantes del desarrollo como la niñez y la adolescencia y que requieren de un adecuado abordaje y orientación por parte de los padres” (Restrepo et al., 2009, p.39). Por esta razón e independientemente del modelo o estilo educativo, en las familias debe predominar una comunicación asertiva que permita la interacción de todos los miembros del grupo para que sus sentimientos y pensamientos se expresen libremente. De hecho, “a comunicar se aprende comunicando. Esto quiere decir que es importante tener en cuenta los estilos de socialización de los progenitores. Un estilo de control parental inductivo y democrático implicaría explicar las razones del establecimiento de las normas, reconocer y respetar la individualidad de los hijos, animarles a negociar mediante intercambios verbales, y facilitarles la toma conjunta de decisiones”. (Amorós et al., 2014, p.21). Por eso, tener claridad sobre las diferentes prácticas educativas familiares permite idear estrategias para la transmisión de determinados valores que, en ciertos casos, logran estimular el aprendizaje.

Finalmente, y continuando con lo anterior, no es posible ignorar el hecho de que “la pobreza, indigencia y desnutrición genera bajos niveles de salud y educación y alta tasa de mortalidad infantil” (Colmenares, Fernández, & Rojas, 2007, p.8). Estas situaciones, que influencian las maneras de la educación en el ámbito familiar, generan un ambiente de preocupación, frustración, desinterés y de hostilidad, sentimientos contraproducentes en el momento de impartir normas que pretendan regular el comportamiento de los hijos, es decir que, al estar saturados de emociones negativas, sus acciones irán en contradicción con lo que ellos quieren como padres; igualmente, al no tener herramientas, conocimientos ni destrezas, acuden a la violencia, a la represión, al castigo físico y verbal como un mecanismo de ejercer autoridad.

El segundo tipo de prácticas educativas, las prácticas educativas democráticas, privilegia el diálogo como método de interacción intrafamiliar de modo que sus miembros pueden, de manera efectiva, tomar decisiones a conciencia. En palabras de Alonso y Román (2003, p.6), las prácticas democráticas son como “una disciplina inductiva, sensible a las necesidades de los hijos, flexible y control-guía de las conductas deseables de los niños”. Así pues, dado que esta disciplina se define en función de las necesidades del hijo o hija, es más fácil para ellos comprender las normas del hogar, hecho que permite allanar el camino para la aparición de conductas deseables en los hijos. Para algunas familias entrevistadas, las prácticas educativas democráticas se basan en la interacción pacífica con otras personas de diferentes culturas, religiones y pensamientos, respetando los derechos de todos y se caracterizan por la buena comunicación, el afecto y el control.

En este sentido, algunas de las familias entrevistadas manifestaron que para que la sociedad y las familias funcionen de manera correcta es muy importante enseñar y practicar valores como el respeto y la tolerancia. Entendiendo el respeto, como saber aceptar a las personas como son y de esta manera saber tolerar la diferencia de opiniones o ideas, así no sean como las que ellos tienen. La práctica de estos valores genera estabilidad y armonía. (Gómez y Martín, 2013) Además, “a lo largo del desarrollo y, especialmente, en la adolescencia, los hijos tienen que aprender a adaptarse a nuevos contextos, grupos, formas de relación, formas de afrontar la realidad, ampliándose considerablemente su vida social y las nuevas responsabilidades que tienen que asumir” (González, 2007. p.5). Teniendo en cuenta lo anterior, se puede afirmar que cuando en las familias se cimientan sólidamente, de acuerdo a un modelo educativo fundamentado en el respeto, es posible llegar a acuerdos y conciliar gracias a la oportunidad que tienen todos los miembros de expresar su parecer.

A pesar de esta voluntad de educar con afecto y normas conscientes de cada persona, en ocasiones no consiguen alcanzar el objetivo trazado por cansancio, falta de tiempo o, incluso, por mal genio. Además, y de forma similar a familias que ejercen otro tipo de prácticas, consideran que es más fácil repetir la forma como ellos fueron educados que implementar una nueva manera de educar e impartir conocimiento. Tienen claro, en todo caso, que sin dialogo y respeto no hay educación.

Por último, la práctica educativa negligente es propia de los padres que, con facilidad, delegan a otras personas las responsabilidades educativas para con sus hijos. Esto se da, normalmente, por un inadecuado manejo del tiempo o por la planificación equivocada de las actividades laborales, familiares y de esparcimiento, dado que muchas veces se ven obligados a trabajar en horas y días no habituales para conseguir recursos y poder cubrir ciertas necesidades. Es este el argumento más común entre los entrevistados, puesto que se trata de trabajadores informales que tienen que doblar sus esfuerzos y dedicar más tiempo al trabajo para poder garantizar el sustento familiar.

Para Alonso y Román (2003a; 2003b; 2005), el estilo negligente o permisivo se caracteriza por tener altos niveles de afecto y comunicación y bajos niveles de exigencia y control en donde las normas no se reafirman por lo que se hace muy frecuente el incumplimiento de las mismas. Son padres, en muchas ocasiones, sobreprotectores e indulgentes. Estas prácticas negligentes, en suma, se caracterizan por la desatención de los cuidadores hacia las necesidades de los menores, en especial, aquellas referidas al afecto y a la comunicación. Así, la característica más común de esta práctica consiste en confiarles a los hijos ciertas responsabilidades (especialmente las académicas) que, poco a poco, pueden adquirir y desarrollar. Igualmente, fue posible determinar que, entre los entrevistados, existen amplios niveles de afecto e interacción, aunque las funciones del hogar y el acompañamiento de los hijos son delegados, por a la falta de interés, a otras personas (generalmente, miembros de la familia). Para lo anterior se encontró que:

A lo largo de la historia la educación ha sufrido modificaciones al igual que la sociedad, la política, la economía y la familia. La familia ha pasado de ser patriarcal o matriarcal formados por abuelos, matrimonios, tíos/as, hijos, nietos y donde la mujer no trabajaba sino era la encargada del hogar, la educación y cuidado de los hijo/as y los padres eran los que trabajaban y enseñaban la profesión a sus hijos; a una familia nuclear totalmente industrializada, que vive en la ciudad y compuesta por un matrimonio o parejas ya sea del mismo sexo o diferentes sexos y no tantos hijos como antes [...] además la mujer trabaja fuera de casa y los abuelos no suelen vivir con la familia y [...] es la escuela la encargada de la educación de los niños/as junto con la educación dada en casa por los padres (Domínguez, 2010, pp.2-3).

Así pues, más allá del modelo educativo implementado en cada familia, consideramos que, al interior de los hogares, debe primar la constante comunicación entre sus miembros, en pro del desarrollo integral tanto de los individuos como del grupo y de éstos con su entorno. Sin embargo, para Belalcázar y Delgado (2012, p.8) está claro que “la situación económica y los diferentes problemas a los que se enfrenta la mayoría de familias exigen que tanto padre como madre se sientan obligados en ciertas ocasiones a dejar a sus hijos con personas que, de alguna manera, carecen de autoridad”. Por eso, teniendo en cuenta lo anterior, es necesario otorgarle la importancia que merece al contexto familiar y a sus prácticas educativas, si se pretende efectuar cambios en el proceso de formación del sujeto y asegurar, de esta manera, mayores niveles de desempeño académico e interpersonal.

Conclusiones

Gracias a la investigación que exponemos en este artículo, encontramos que los padres consideran a la unidad familiar como un organismo constituido por lazos de confianza y comunicación. La familia, por eso, se concibe como un escenario armónico en el que se integran todos los habitantes del hogar. De ese compartir surgen relaciones y se fortalece el vínculo afectivo.

Asimismo, consideran que la formación en valores garantiza una crianza sólida y capaz de proyectar a futuro seres humanos íntegros. Igualmente, quieren evitar a toda costa los mismos errores que, con ellos, cometieron sus padres, a saber, grandes ausencias en detrimento de los espacios de socialización, el esparcimiento y el juego, y la escasa disposición, paciencia y buena actitud en los momentos en que la familia estaba reunida. Todo esto, a la luz de la certeza de que la familia es la directa responsable de la formación y la enseñanza a través del ejemplo de los padres.

De igual forma, expresaron que, al ser la familia el principal escenario para el desarrollo de niños y niñas debe ser protegida y preservada. Sostienen, además, que es fundamental en la vida de todo ser humano contar con un hogar porque, además de satisfacer las necesidades básicas (comida, vivienda, protección y salud) constituye un soporte emocional y afectivo que favorece la estabilidad de padres e hijos.

En cuanto a las prácticas educativas, los análisis de las narrativas permitieron concluir que las familias residentes del barrio Ciudad del Bicentenario (en su condición de pobreza extrema) han acogido prácticas educativas familiares que coinciden con los tres estilos de Alonso y Román (2003a; 2003b; 2005): encontramos padres con características del estilo democrático, permisivo y autoritario. Ellos tienen claro y reconocen que las prácticas educativas atañen al manejo y modelamiento que ellos hacen al interior de sus hogares para educar a sus hijos. Hallamos, por ejemplo, padres de familia que asumen una posición permisiva delegando algunas tareas a terceros, hecho que impide, con frecuencia, la sana comunicación intrafamiliar. Paradójicamente, se ven obligados a hacerlo por la necesidad de ir a trabajar y garantizarle al núcleo familiar su sustento diario. Con todo, son conscientes de que varias voces pueden confundir a sus hijos porque, dejando la casa para salir a trabajar, todo lo que allí ocurra depende únicamente de quien esté al cuidado. Por estas razones, luchan por tener un estilo de vida equilibrado que, según ellos, consiste en poder tener el control de la educación y formación de sus hijos a través del diálogo y afecto.

Sin embargo, el estilo predominante entre las familias entrevistadas es el autoritario, identificado con normas rígidas y la recurrencia del castigo físico y verbal. Los padres y madres de estas familias expresaron que desearían establecer constantemente diálogos con sus hijos, pero, según ellos, la falta de tiempo y el cansancio producto de las jornadas laborales no les permiten atender esta necesidad. Además, consideran que, a mayor control y castigo físico, ejercerán sobre los niños mayor control. En otras palabras, el castigo y la rigidez para que los hijos no puedan salir de una posición de sumisión.

Otro aspecto que, según los padres, explica el empleo del estilo educativo en mención, es la coyuntura socioeconómica: estados de ansiedad, preocupación y profundas frustraciones debidas a su estado de vulnerabilidad. La lucha y el sacrificio constante por satisfacer las necesidades básicas de sus hijos y no poder contar con los recursos necesarios para alcanzar un nivel de bienestar acorde a su dignidad produce impotencia y enfado, sentimientos que desencadenan reacciones y estilos autoritarios. De acuerdo con otras familias, éstas asocian el castigo con la tenencia del poder y la certeza de autoridad, aunque sean conscientes de la importancia del diálogo, es importante a la hora de impartir normas y reglas que puedan ser respetadas.

Así, gracias al análisis, se hizo evidente que, para estos padres y madres de familia, los castigos y la severidad representan una manera para expresar el amor. Para ellos, como mencionamos anteriormente, tener el control, aun sin diálogo, es mejor que tener hijos sueltos haciendo lo que quieran. Creen que el tiempo pasa muy rápido y que necesitan imponer normas para que los respeten y no existan bloqueos o problemas con los permisos y la estancia en la calle.

Además, las familias enunciaron que, con frecuencia, la manera más efectiva de corregir es el abordaje que produzca dolor, es decir, a través de los golpes. La justificación para estos comportamientos está, según los padres y madres, en el hecho de que, para ellos, la vida no ha sido fácil y, por esta razón, deben establecer normas estrictas para que no caigan en la trampa de las conductas negativas.

Sin importar cuál sea la práctica educativa en los hogares, los participantes reconocen la importancia de la comunicación para entablar relaciones respetuosas y afectivamente sólidas de las que todos puedan participar de manera responsable y honesta, en actitud de apertura en beneficio de la unidad familiar. A pesar de no contar con los recursos económicos para acceder a la educación, se interesan por aprender y desean, de corazón, ser buenos padres. Desean, también, alcanzar una mejor situación económica para así ofrecer mejores oportunidades a sus hijos. Esto, porque para ellos es muy importante que sus hijos aspiren a una vida social y económicamente estable para lo cual la educación es un factor clave.

En síntesis, los participantes, al tomar conciencia de las necesidades en relación con la forma como educan a sus hijos, manifiestan su intención de seguir formándose para mejorar su desempeño como padres. Reconocen la necesidad de instruirse, a través de charlas y talleres, en torno al manejo de emociones, de habilidades de afrontamiento y herramientas comunicativas; a la selección y empleo de las herramientas con que buscan mejorar el ambiente familiar y al refuerzo de los valores personales y familiares.

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Recibido: 01 de Agosto de 2017; Aprobado: 01 de Diciembre de 2017

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