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El Ágora U.S.B.

Print version ISSN 1657-8031

Ágora U.S.B. vol.19 no.2 Medellin July/Dec. 2019

http://dx.doi.org/10.21500/16578031.3640 

Artículos de reflexión derivados de investigación

Ecología y educación: ¿apología del mercado?

Ecology and Education: Are They an Apology of the Market?

Diego Mauricio Barrera-Quiroga1 

1 Docente investigador. Universidad de la Amazonia. Colombia. Orcid: https://orcid.org/0000-0002-8880-3443 Scholar: https://scholar.google.es/citations?view_op=list_works&hl=es&user=9M-VeWgAAAAJ Contacto: barreradiego1990@gmail.com

Resumen

El proyecto de la naturaleza y el proyecto del conocimiento han sido intervenidos por la razón como instrumento de la acumulación de la riqueza y el poder. La hermana naturaleza, a la cual pertenecemos, ha sido convertida en recursos extraíbles y utilizables, no como bienes de uso para un mejor vivir, sino como valor de cambio al servicio de la acumulación del capital, de allí su deterioro (y el nuestro). Ahora bien, si es la razón de la producción para el mercado, la que condujo al deterioro ambiental y a la fragmentación del saber y a la valoración ciega de lo instrumental como conocimiento prevalente, bien vale hacer un alto en el camino y, en las casas del saber, volver a pensar en libertad dos puntos nodales: el equilibrio de la naturaleza y el desarrollo del saber para la emancipación.

Palabras-clave: educación; mercado; conocimiento; crisis ecológica y ser humano

Abstract

The project of nature and the project of knowledge have been intervened for reason as an instrument of the accumulation of wealth and power. Sister nature, to which we belong, has been converted into removable and usable resources, not as goods of use for a better living, but as a value of exchange at the service of the accumulation of capital. Hence, its deterioration (and ours). However, if it is the reason for the production for the market, which led to environmental deterioration and fragmentation of knowledge, and the blind assessment of the instrumental as prevalent knowledge, it is good to make a stop on the way. In addition, in the houses of knowledge, to rethink two nodal points in freedom: the balance of nature and the development of knowledge for emancipation.

Key words: Education; Market; Knowledge; and Ecological Crisis and Human Being

Las innovaciones institucionales no tienen lugar en las sociedades, aunque sus elites políticas sean capaces de llevarlas a cabo, si no encuentran resonancia y apoyo entre una ciudadanía que previamente ha modificado sus orientaciones valorativas. Por lo tanto, los primeros destinatarios de un proyecto así no son los gobiernos, sino la ciudadanía, los movimientos sociales y las ONG, es decir, los miembros activos de una sociedad civil que trasciende las fronteras nacionales. (Habermas, 2000).

En efecto el hombre -y solo él está colocado por la naturaleza frente a la alternativa: o bien tomar conciencia lúcidamente de su inacabamiento y por ende acometer un esfuerzo dialéctico para superarlo, o bien vivir en la ilusión antidialéctica de una plenitud ficticia, ilusión que lo exime de todo esfuerzo y que, por la misma razón mata toda ambición de praxis (Gabel, 1973).

Este proceso de ordenamiento y reordenamiento, de construcción y “deconstrucción” tiene como único actor al ser humano y su visión por el mundo, una retoma de la concepción básica que los griegos expusieron a través de la democracia, como forma de organización social, en donde se le atribuye la titularidad del poder al conjunto de la ciudadanía, invención exclusiva del ser humano. “El ser humano se inventó la sociedad, por consiguiente ningún orden social es de origen divino o externo a la voluntad de las personas que lo asumen” (Toro, 2001, p.17).

Así como entendemos el proceso dialéctico del ser humano en sociedad, que puede ser catalogado como heroico, podemos también definir que el accionar del mismo ha generado la más calamitosa sociedad en los últimos lustros. Dos ejemplos de ellos serán esenciales discutir en estas líneas y que tendré la oportunidad de exponerla: primero, la degradación ambiental, que constituye una voracidad del antropocentrismo enmarcado en la mercantilización de bienes que antes no eran de utilidad comercial; y segundo, la educación superior y su incidencia en todos los sectores de la sociedad, bajo la premisa de “sociedad de conocimiento”, un conocimiento al servicio empresarial.

Durante la evolución, el hombre, en sus esfuerzos por someter las fuerzas de la naturaleza a sus intereses, desarrolló los procesos de socialización, que lo sacaron de su condición puramente biológica y lo transformaron en un ser de doble naturaleza: la biológica y la sociocultural. Estas dos naturalezas que fundamentan al hombre, al entrar en tensión dinámica en los procesos vitales le permiten construir su propia naturaleza humana (Leontiev, 1984).

Pese a que con el pecado original el hombre (y la mujer) se diferencian del programa de la naturaleza, no quiere decir eso que perdieron su condición de partes del programa de la naturaleza, sino que al crear las condiciones socioculturales, estas determinaron su dimensión humana y permitieron el desarrollo de sus potencialidades (ya señaladas por el diablo a Eva) y crearon en ellos nuevas fuerzas para seguir desarrollándose sin límites.

Hasta aquí he señalado los dos caminos que orientarán mi disertación: la idea de que el hombre es un ser biológico que no puede renunciar a su condición básica y que por lo tanto debe tener cuidado con el programa de la naturaleza al que pertenece; y la segunda idea, de que el hombre creó un proyecto de conocimiento, que si bien se presenta en la vida diaria y le da sentido (doxa) se cultiva de forma más elaborada en las casas de saber (universidades).

Ahora, ambos caminos: el proyecto de la naturaleza y el proyecto del conocimiento han sido intervenidos por la razón como instrumento de la acumulación de la riqueza y el poder. La hermana naturaleza, a la cual pertenecemos, ha sido convertida en recursos extraíbles y utilizables; no como bienes de uso para un mejor vivir, sino como valor de cambio al servicio de la acumulación del capital; de alli su deterioro (y el nuestro).

También el conocimiento (Universidad) ha caído en la red del capital y se ha convertido en una mercancía fundamental que permite poner valor agregado a los recursos de la naturaleza (la sociedad y el pensamiento) que funciona como un instrumento al servico de la riqueza y el poder: de ahí la situación por la que atraviesan las universidades, en términos organizativos, académicos, laborales, políticos, económicos, etc.

El triunfo del racionalismo sobre la fe, puso al ser humano en el centro del proyecto terrenal, idea materializada por un discurso corto en Descarte (1637): ego cogito, ergo sum, en donde el hombre cobra una esencia creadora a través del pensar, un sujeto que razona, sujeto del conocimiento, haciendo que lo demás quede por fuera (sujeto - mundo [objeto]); como el pintor que realiza una obra, este se quedó por fuera del cuadro.

Ese viaje de la razón triunfante y el sujeto como portador de la razón organizadora del mundo, entra en cuestión en el Siglo XIX con la propuesta de Nietzsche, que desarrollará después Heidegger y que Foucault terminará sentenciando: el hombre ha muerto, recordando que el sujeto ya no es el sujeto organizador del conocimiento, ya no es sujeto constituyente, sino que es un sujeto constituido por la trama de la historia. Construido por el discurso, como lo expresaría (Bernstein & Díaz, 1985), quien desarrolla la idea foucoltiana, planteada en el texto “Las palabras y las cosas”; el sujeto es constituido por los discursos: por lo que es pensable y lo que es decible, es decir, por las formaciones discursivas vigentes en un momento dado de la sociedad. Esas formaciones discursivas también consideran lo que no es decible. Por lo tanto, el sujeto deja de ser en la emergencia de conocimiento, el centro constituyente, y pasa a ser elemento constituido por la estructura, por la trama histórica; perdiendo su protagonismo. En ese momento, la trama social se apodera de la escena.

La crisis ambiental, denominada “crisis ecológica” se debe analizar desde su base o raíz humana, o sea, las causas que ha generado la voracidad del ser humano. La degradación ambiental como consecuencia de la degradación social ha profundizado sus raíces en tres causas vitales, según lo expone el Papa Francisco, en el texto “Laudato Si´”: 1. paradigma tecnocrático; 2. exaltación y dependencia de la tecnología y su lógica de poder ilimitado; 3. y finalmente una comprensión del ser humano desde un relativismo puramente práctico (LS, 122).

La protección para un medio favorable de las especies vivientes, donde nos incluimos, es contraria con la actividad expansiva y destructora que desde un sistema como el actual (capitalismo), tiene como búsqueda el “crecimiento” y cúmulos de capital bajo la égida de conservación y utilitarismo que brinda la naturaleza y el mundo. Un actuar catastrófico sin precedente en la historia humana, y que ha desembocado en perjuicios ambientales para la humanidad: calentamiento global, podría ser uno de los tantos ejemplos que tenemos para citar.

Debo advertir, que no soy un experto ambientalista, pero ante realidades obvias, no es necesaria la experticia académica, sino, ser un sujeto que comprende lo que a diario se vive y que se percibe con la interacción orgánica y natural. La vida es un órgano que para algunos tiene muchas expresiones, pretendiendo determinarlas en números, algunos dirían que tenemos 7 vidas como la fama que ostenta un gato y no dos como expresa el poeta brasilero Mario de Andrade (1893-1945): Tenemos dos vidas y, la segunda comienza cuando te das cuenta que, sólo tienes una.

Así que, ante la presente crisis ecológica y económica es necesario identificar que esta coyuntura tiene otros principios generales, eso significa que estamos enfrentados al presente modelo de civilización, una civilización occidental moderna con bases industriales y capitalista, que se rige bajo la idea de la expansión ilimitada (mundo) y la acumulación de capital, o sea, en la mercantilización de todo lo que pueda ser explotado y tenga capacidad de valor de uso y de cambio, con la explotación del trabajo, la naturaleza, y el individuo. Una capacidad de desarrollo ilimitado para la competencia, sin conciencia en la destrucción masiva del environnement (entorno, como el conjunto de elementos biótico o abiótico, que presenta el francés, diferente al concepto común del medio ambiente). “Enfrentamos una crisis de civilización que demanda un cambio radical” (Kovel, 2002).

En el 2009 se conoció un libro publicado por el climatólogo de la NASA James Hansen, especialista mundial en cuestión del cambio climático, citado por el sociólogo y filósofo brasilero Michael Löwy, en su texto Ecosocialismo: la alternativa radical a la catástrofe ecológica capitalista (2014), quien escribió:

El planeta Tierra, la creación, el mundo en el que la civilización se desarrolló, el mundo con las normas climáticas que conocemos, con su geografía costera estable, está en peligro, un peligro inminente. La urgencia de la situación solo se cristalizó a lo largo de los últimos años. Ahora tenemos pruebas evidentes de la crisis […]. La sorprendente conclusión es que la continuación de la explotación de todos los combustibles fósiles de la Tierra no solo amenaza a millones de especies en el planeta, sino también la supervivencia de la humanidad misma - y los plazos son más cortos de lo que pensamos. (Hansen, 2009, IX).

Una realidad que, a pesar de su evidencia, los datos no son alentadores con el paso del tiempo. Causa curiosidad que la publicación de James Hansen, haya tenido tantos enemigos para impedir su publicación, especialmente de la administración de George Bush. Aunque como lo expone Hervé Kempf, en su libro “Cómo los ricos destruyen el planeta” (Comment les riches détruisent la planète) [2007], los acontecimientos dantescos se podrían acelerar debido a las codiciosa y premeditada obstaculización de quienes dirigen la economía a nivel mundial. “El sistema mundial que rige actualmente la sociedad humana, el capitalismo, se opone de manera ciega a los cambios que es indispensable esperar si se quiere conservar para la existencia humana su dignidad y su promesa” (Löwy, 2014, p.2).

Las esferas de poder han olvidado las alternativas, sometiendo su perspectiva a través del “crecimiento”, argumentando una imposibilidad efectiva de otras acciones, sumergiendo al ser humano en la degradación social y biológica. “No hay ecología sin una adecuada antropología” (LS, 118), expresaría el Papa Francisco en su texto “Laudato Si´”, para advertir el imperativo que debemos llevar a cabo al iniciar un redescubrir responsable con el planeta, el quehacer del ser humano ante la ciega e indiferente condición de vida que estamos construyendo, alejada del consumo ostentoso si de verdad queremos promover una relación diferente con la naturaleza, para salvarla de la explotación y competencia suntuaria. Una visión de la crisis del “antropocentrismo moderno” (LS, 115) y “relativismo práctico” (LS, 122), que ha llevado al ser humano a una imposición de la tecnificación y su racionalización sobre la realidad, y sobre la vida directamente.

Esta definición del “antropocentrismo moderno” se ha caracterizado por el “relativismo práctico” donde “el ser humano se coloca a sí mismo en el centro, (…) dando prioridad absoluta a sus conveniencias circunstanciales, y [donde] todo lo demás se vuelve relativo” (LS, 122). Es decir, el ser humano, en la obsesionada actividad de consumo se hace el indiferente ante la grave disminución de la biosfera, sin percatarse de la necesidad de intervenir a través de sistemas diferentes que requiere el planeta, viéndose como dueño absoluto de la naturaleza, dominándola tiránicamente (LS, 116). “El ser humano no redescubre su verdadero lugar, se entiende mal a sí mismo y termina contradiciendo su propia realidad” (LS, 115).

El fracaso de las conferencias internacionales sobre el cambio climático, realizadas en Copenhague (2009) y Cancún (2010), debido a la negada actitud de los grandes países industrializados (Estados Unidos y China) en aportar a la disminución de emisiones de CO2, muestran las contradictorias acciones frente a la realidad que se presenta, un despotismo que silencia hasta la voz de la misma sociedad, poniendo por encima los intereses del marcado. “Cuando no se reconoce en la realidad misma el valor de un pobre […] difícilmente se escucharán los gritos de la naturaleza” (LS, 117). Escuchar las exclamaciones de la naturaleza es escuchar primero los gritos del hombre esencialmente de los más pobres y vulnerados.

Los acuerdos de Kioto, por tomar un ejemplo, consolidó la feria climática, al permitir la emisión (contaminación) de gases a través de la compra de “paquete clima”, o sea, la mercantilización del “environnement”, con mecanismos de flexibilidad y un derecho a contaminar. Una “política de mamarracho”, como lo denomina el ecologista belga Daniel Tanuro, “incapaz de afrontar el desafío del cambio climático” (Löwy, 2014, p.3).

La subordinación moderna del hombre y la destrucción física, “Como lo había previsto Marx en La ideología alemana, las fuerzas productivas se están convirtiendo en fuerzas destructivas, creando un riesgo de destrucción…” (Löwy, 2014, p.3); llevándola a los “holocausto tropicales” como lo expondría Mike Davis (2003). Comprender entonces el hombre moderno es hallar la posición que ha prevalecido en la acción humana, en donde se coloca “la razón técnica sobre la realidad” (LS, 115) desarrollado los objetos de crecimiento que se ha trazado la sociedad mercantil.

La lógica técnica en el mundo se ha subordinado a la lógica del “usar y tirar” (LS, 123). Por lo que “cuando la técnica desconoce los grandes principios éticos, termina considerando legítima cualquier práctica” (LS, 136). No importa si esa práctica sea contraria a los intereses de la humanidad, lo que impera es la lógica del capital y su acumulación, generando riesgos de destrucción, reduciendo el tiempo de existencia, una posición contraria a la libre acción de la naturaleza o al derecho de la dignidad humana que correspondería al buen vivir y al “buen morir”.

“El agrónomo Daniel Tanuro constata con lucidez que la crítica cultural del consumismo propuesta por los “objetores de crecimiento” es necesaria, pero insuficiente. Hay que atacar el propio modo de producción” (Löwy, 2014, p.3). Y de eso se trata, de acciones colectivas que permitan radicalmente, cambiar la raíz de la crisis ecológica, en donde podamos variar las producciones a través de corrientes ecológicas que se contrapongan al sistema capitalista.

Ante la obsesión por el consumo de la oligarquía y su indiferencia frente a la condición humana no queda otra opción que exponer tendencias radicales que contrario a mejoraras, se cambien irremediablemente. Es por esto por lo que hablar de una ecología significa proposiciones radicales que apunten a la transformación de las relaciones productivas y sus modelos de consumo, creando nuevos paradigmas civilizatorios, rompiendo con los fundamentos de la civilización industrial y de acumulación capitalista que en la moderna nos rige. Para determinar una “ecología integral, que no excluya al ser humano, es indispensable incorporar el valor del trabajo” (LS, 124).

Actividad que debe enmarcarse en el desacuerdo por las corrientes de crecimiento y consumo voraz, así como de los sistemas tecnócratas que buscan mayor efectividad y producción en las acciones interventores, cerca de la homogenización del trabajo y su explotación.

En la comprensión “moderna” del trabajo y su configuración, ha perdido relevancia y reducido su función a una mera acción productora, limitándola al rédito económico y financiero (LS, 127 y 129). Los procesos de relación y construcción comunitaria se redu cen a el intercambio de su fuerza de trabajo implementada o utilizada a cambio de unas denominaciones monetarias de menor valor que conlleven una explotación avasalladora destruyendo sus propias condiciones, tanto sociales, especialmente con lo natural. “Con un trabajo que, muy lejos de explotar la naturaleza, [esté] en condiciones de hacer nacer de ella las creaciones que dormitan en su seno” (Löwy, 2014, p.16). Por eso la propuesta del filósofo alemán Walter Benjamin, cobra vigencia en las relaciones: sociedad-naturaleza, quien desde 1928 proponía mayor control del hombre “control de la relación entre la naturaleza y la humanidad”, eliminando la concepción de dominación de la naturaleza.

El trabajo y su homogenización en la expresión del capital se vuelven visibles ya que pone en peligro sus propias condiciones, destruyendo el environnement y pasando de la transformación de las fuerzas productivas a la contradictoria destrucción de las condiciones sociales.

Un poder ilimitado que con ayuda de los avances tecnológicos, podemos afirmar, ha sucumbido el trabajo a la técnica devastadora, cambiando la capacidad del hombre para modificar la naturaleza -sin alterar sus condiciones esenciales de la misma-, a una expresión de tensiones mayores, con proporciones materiales que condicionan la realidad. Dicho de otra manera, los avances tecnológicos no debe ser un aparato de destrucción, sino que por el contrario, sus aportes deben guiar la protección y mejoramiento de las condición de existencia y de la Tierra.

La fórmula según la cual se produce una transformación de las fuerzas potencialmente productivas en fuerzas efectivamente destructivas, sobre todo en relación con el medio ambiente, nos parece más apropiada y más significativa que el muy conocido esquema de la contradicción entre fuerzas productivas (dinámicas) y relaciones de producción (que las encadena). Por lo demás, esta fórmula permite dar un fundamento crítico y no apologético al desarrollo económico, tecnológico, científico y por lo tanto, elaborar un concepto de progreso [diferenciado] (E. Bloch citado por Löwy, 2014, p.17).

Valdría la pena preguntarnos en estos momentos, después de algunas disertaciones, ¿cuál es el riesgo de una lógica entronizada en la técnica? y su poder desarrollado por el ser humano. Un poder que, carente de conciencia social, de una cultura y una apropiación por la vida humana, amenaza, no solamente en destruir su ambiente -teniendo la capacidad-, sino de no ser capaz de reconocer que quien está en peligro es el mismo hombre.

El poder incontrolado de la técnica, a menos que vaya “acompañado de un desarrollo del ser humano en responsabilidad, valores, (…) [y] autoconciencia de sus propios límites”, no sólo no hará más libre y autónomo al hombre sino que seguirá dejándolo más expuesto y esclavo al mismo (LS, 105). El ejercicio de la libertad humana, no se limita al desarrollo de una técnica productora (explotadora), sino aquella que es capaz de orientarla hacia el servicio y progreso sano, de reciprocidad social, e integral, en definitiva a la protección y libre reproducción.

Ante ese mundo moderno que no distingue entre la cultura ecológica y la cultura tecnocrática. Asumiendo la tecnología y su desarrollo como un paradigma homogéneo y unidimensional, debemos volver a profundizar la cultura ecológica la cual posee “una mirada distinta, un pensamiento, una política, un programa educativo, un estilo de vida… que conformen una resistencia ante el avance del paradigma tecnocrático” (LS, 111). Con la capacidad, no de replantear la producción mercantil del environnement en el mercado, sino, con cambiar profundamente el modelo extractivista y destructor que tenemos, así como su incidencia económica de bienes comunes para la supervivencia del ser humano.

Aunque el papel devastador del capitalismo en la naturaleza y el ecologismo activo no es únicamente en este sector, las relaciones con el ser humano y su conocimiento han pasado a otros sectores que igualmente, proyectan rentabilidad y cúmulo de capital al momento de invertir. Los bienes que constaban de protección especial (medio ambiente, salud, educación…) hoy representan grandes negocios para la globalización mercantil.

Es así como las universidades y su trabajo académico, a través de una sociedad del conocimiento se viene justificando la mercantilización educativa. Un conocimiento entronizado en los métodos racionalizados del intercambio mercantil, y cercanos a la sociedad de la ignorancia.

[…] el tipo de conocimiento que subyace de forma subliminal tras la utopía de una sociedad del conocimiento, el conocimiento a través de la razón que debería proporcionarnos una mejor y más completa comprensión de la realidad, disminuye. […] Las mismas tecnologías que hoy articulan nuestro mundo y permite acumular saber nos están convirtiendo en individuos cada vez más ignorantes. Tarde o temprano se desvanecerá el espejismo actual y descubriremos que, en reali dad, nos encaminamos hacia una sociedad de la ignorancia (Brey, Innerarity & Mayos, 2009, p. 23).

La conversión de las universidades en utilidades empresariales, no son extrañas en la nueva sociedad, como ha venido ocurriendo durante los últimos tiempos como parte de una irrupción neoliberal a la población educativa, ingresando un modelo de negocio en donde importa es la línea de base de propiedad y renta.

La emergencia de esa nueva sociedad, y su interacción con la universidad atribuyen denominaciones eufemísticas para distraer sus términos: sociedad de conocimiento y/o sociedad de la información. Lo que justifica la intervención en la universidad para el mercado. Aunque no profundizaré sobre estos dos vocablos, hago la referencia para comprender el proceso de globalización que el mercado ha determinado sobre la educación, en especial por la participación de grandes países que como catálogo de productos brinda a los espacios que no tienen lo que exige entidades de orden mundial. Debo aclarar, que hablar de conocimiento y su relación con el individuo es esencial para el desarrollo de las funciones ínsitas, pero que este conocimiento y su incursión en la hiperconectividad mundial y los instrumentos trazados por entes de saber e informáticos han generado pauperizaciones de este y una gruesa oportunidad de negocio.

Creando además,

“(…) el riesgo de pensar las universidades como empresas y la educación como producción, así como en tanto precariza la calidad de la enseñanza y el aprendizaje, y reproduce dinámicas indeseables para las sociedades actuales como: acelerado aumento de estratos administrativos y burocráticos, promoción de la deuda estudiantil, ausencia de vínculos profundos, desconfianza en la democracia como mecanismo a través del cual se determina la naturaleza de la universidad y su funcionamiento, entre otros” (Barrera, 2016, p. 113)

Llevando explícitamente una degradación del trabajo académico en las universidades y su disminución educativa. Una de las preocupaciones que plantean grandes pensadores es la conversión de las universidades en gigantes empresas y sistemática generación productiva en la sociedad. Algunos la han denominado como: “asalto neoliberal”. Ese asalto, que desde la producción educativa se genera, trae consigo nuevas preocupaciones, es así como las formas contractuales de vinculación hacen parte de este paquete degradante en la educación.

En las universidades los contratos de vinculación docente se han venido desfiguran do a través de la fracción, ya que solo se contrata por algunos meses (ejecución docente -clases presenciales-) perdiendo la estabilidad laboral y la cohesión de la comunidad académica. Al perder la continuidad en la vinculación, también se paran las actividades académicas de quienes se encuentran en desarrollos investigativos o de proyección social, ya que deben buscar por otros medios (algunos meses) formas alternativas de ingresos económicos, dejando a un lado las actividades de la universidad. Podemos decir que la universidad cada día se parece más a empresas que contratan en los tiempos de mayor producción, los llamados “picos productivos”, y luego de pasados este período, salen los empleados, esperando una nueva llegada de “clientes” (estudiantes). Todo esto genera una “‘una mayor inseguridad en los trabajadores’. Si los trabajadores están más inseguros, eso es muy ‘sano’ para la sociedad, porque si los trabajadores están inseguros, no exigirán aumentos salariales, no irán a la huelga, no reclamarán derechos sociales: servirán a sus amos tan donosa como pasivamente. Y eso es óptimo para la salud económica de las grandes empresas” (Chomsky, 2014, p.2).

Un proceso que desvirtúa la actividad universitaria: legitimaria, autónoma y hegemonizadora, o sea, con intención de cambio en la sociedad; considerándola (contrariamente) hacia la participación utilitarista que desde el mercado se reorienta a estos centros nuevos de empresarización educativa. Lo útil se convierte en lo que es rentablemente adecuado para un sector que invierte con la intención de crecer sus dividendos, como si el objeto de la educación estuviera en la marcada cuantificación económica. Todo ello con un claro objetivo último como es el de creación de valor (Fanjul, 2006) y su intercambio para la acumulación de capital.

Aunque las actividades de empresarización, en la relación de mercado y globalización, resulta ser una de las principales fuerzas productivas en el mundo, la universidad no es ajena a este fenómeno, por eso la mayoría de programas académicos de educación superior están centrados en producir gestores y/o técnicos, cualificados para fomentar el aparato reproductor del sistema de acumulación, un objetivo opuesto de los términos esenciales de la universidad y su desarrollo con la sociedad, vinculados a resolución problemática en la comunidad, desde las bases voluntarias, éticas y socio-afectivas que enmarca el proceso educativo y formador.

La mercancía es un producto histórico que se ha creado a través de la relación existente entre los sujetos, una premisa que se ha vuelto indispensable para naturalizar cualquier acción de esta. Lo que lleva a pensar que, como producto en la historia, la mercancía siempre ha existido y existirá independientemente de su aceptación o no, suponiendo “que los seres humanos no pueden vivir sin mercancías y sin dinero, la expresión máxima del intercambio mercantil” (Vega, 2015, p.19). Estas galimatías discursivas evidencian el afán por darle rótulos comerciales y mercantiles (dinero) a los productos del trabajo humano; objetos que se crean y utilizan para la supervivencia de los seres humanos, los cuales son producto del trabajo para la comunidad y no tienen un carácter de mercancía, teniendo solamente un valor de uso, y su finalidad está marcada en la satisfacción de una necesidad colectiva.

Un cazador que utiliza una lanza o una flecha para dominar una presa animal, y que junto con otros miembros de un clan ha construido esos instrumentos con el objetivo de usarlos para obtener alimento, los emplea como valores de uso, y también la presa cazada se convierte en valor de uso. Ese cazador efectúa una actividad laboral y el resultado se materializa en la producción de valores de uso. (Ibídem)

Por mucho tiempo la sociedad se formó y estuvo dedicada su producción en el trabajo comunitario y solo se determinaba el valor de uso, pero su transformación histórica llevó a que se convirtiera en mercancía debido al intercambio entre comunidades con sus productos (valores de uso), adicionándole el valor de cambio y su circulación, así como su valor.

Introduciéndose la idea de que la educación superior se encuentra en los estados productores y de intercambio en la sociedad, por lo que sería válido decir que es un bien de consumo (compra, venta y circulación del bien) y no un derecho o bien común. Lógica mercantil que pone en crisis el papel de la universidad, cambiando su naturaleza, lo que el profesor Boaventura de Soussa (2007) denomina las tres crisis de la universidad pública: crisis hegemónica, crisis legitimadora, y la crisis institucional. Perfilando la corporativización y la privatización en la universidad, desplazando el ethos en la sociedad y su educación por las demandas que el mercado impone en las actividades académicas. El crecimiento de la “empresa” educativa, la introducción racional en el desempeño y su evaluación, así como la promoción de las universidades privadas que convierten la educación en bienes comerciales con un alto cobro para obtener títulos son problemas que carga consigo el papel, fundamental, del deber educativo, que tiene una obligación ética y moral en la articulación social y su reconocimiento en la diversidad, contrario a la cuantificación y crecimiento económico. “Las inversiones mundiales en educación ascienden a 2000 billones de dólares, más del doble del mercado mundial del automóvil. Es por esto que es un área atractiva y de gran potencial para un capital ávido de nuevas áreas de valorización” (Soussa, 2007, p. 33). Y ese reconocimiento diverso y su articulación (por ejemplo con la ciencia) es el paso inevitable para creer en la posibilidad de una nueva institucionalidad, el repensar nuestras bases y equiparar las cargas y fines, haciendo necesario expresar alternativas que lleven cambios estructurales en la educación y su conexión con la sociedad. Alternativa que como lo plantea Boaventura de Soussa, deben estar en creaciones de la llamada “(…) pluriuniversidad… [basada] en el diálogo entre el conocimiento o en la “traducción cultural” mediante diferentes prácticas que se sintetizan en una “ecología de saberes” (Soussa, 2007, p. 60).

Por eso se presenta la necesidad de reorientar la universidad hacia el conocer en contexto, entre la diversidad y los saberes que cada construcción cultural determine y desarrolle. “La sociedad deja de ser una interpelación de la ciencia para ser ella sujeto de interpelación a la ciencia” (Soussa, 2007, p. 44).

Volver a reorientar corresponde, retomar y solucionar los problemas o crisis que ha planteado Boaventura de Soussa, que se mencionaron antes. Primero, superar la crisis hegemónica que sufre la universidad, debido a sus contradicciones entre las funciones de la universidad y lo que hoy se tiene, la formación de élite y de mano de obra calificada para el capitalismo sería un paso para iniciar a solucionar este problema; segundo, superar la crisis de legitimidad, ya que la universidad dejó de ser la universidad de las exigencias sociales y democráticas, pasando a la agenda de la demanda del mercado y su fabricación determinada para la explotación; y tercero, la crisis institucional, ya que la universidad debe reinvindicarse en la autonomía, para vencer los criterios de productividad (empresa) que se ha trazado en los últimos lustros en la educación.

Volver a la universidad de las ideas, de la producción cultural y el pensamiento crítico, de los conocimientos científicos y humanistas para la formación socio-política de cara a la construcción de comunidad, poner a la institución en el campo productor pero de la investigación guiada bajo principios altruistas y de solución de su entorno o contexto; lejos de los criterios de eficiencia y empresarización. La generación de “retorno” en la educación no debe ser principio de su funcionamiento, por el contrario en ella se establecen procesos de investigación, ciencia, tecnología e innovación que tiene un gran porcentaje de incertidumbre y que se dirige a aportar en la formación y resolución de los problemas sociales. Es así como podemos decir que la educación y su trabajo de la mano con la universidad debe estar bajo un objetivo específico en donde “el estudiante adquiera la capacidad para inquirir, para crear, para innovar, para desafiar: eso es la educación” (Chomsky, 2014, p.8).

Conclusiones

Es así como podemos concluir que la regla general que conocemos de la sociología y la ciencia política es que todo proceso de ordenamiento social se construye, es así como podemos definir que el orden social no es una expresión natural o divina, sino un tránsito de posibilidades para ejercer la actividad comunitaria encaminada a la transformación de la sociedad.

Es por esto por lo que el papel del ser humano en su intervención como homo faber, en el hacer (actividad) cobra una importancia para la construcción emancipatoria, no hay otro destino más que la voluntad que asumimos en la modificación civil. Una modificación que se extienda de la transformación primaria del ser y su ordenamiento social, hacia la elección y compromiso colectivo: estamos condenados a ser libres, diría Jean Paul Sartre (1946), por lo que seguiremos condenados a elegir la vida y a ser activos como miembros de esta comunidad.

De allí que, si es la razón de la producción para el mercado, la que condujo al deterioro ambiental y a la fragmentación del saber y a la valoración ciega de lo instrumental como conocimiento prevalente, bien vale hacer un alto en el camino y, en las casas del saber, volver a pensar en libertad dos puntos nodales: el equilibrio de la naturaleza y el desarrollo del saber para la emancipación de la coyunda que nosotros nos impusimos en desarrollo de la idea de Hobbes de que Homo homini lupus est (‘el hombre es el lobo del hombre’ o ‘el hombre es un lobo para el hombre’).

Así que la caída en las redes del capital de los bienes que constaban de protección especial (salud, educación, cultura, trabajo y medio ambiente…) han generado nefastos resultados, convirtiendo como en el tríptico de El jardín de las delicias, del pintor holandés Jheronimus Bosch (el bosco) el paso del paraíso edénico a el apocalipsis social, donde todo se vende y todo se compra, todo de destruye, incluso la vida misma.

Referencias bibliográficas

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Received: July 2018; Accepted: November 2018

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