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Civilizar Ciencias Sociales y Humanas

versão impressa ISSN 1657-8953
versão On-line ISSN 2619-189X

Civilizar v.11 n.20 Bogotá jan./jun. 2011

 


Intelectuales latinoamericanos:
desfases, tensiones y proyecciones
*

Leonardo Vidal Araya**

* Artículo original elaborado en el marco del programa de Doctorado en Cultura y Educación en América Latina de la Universidad de Arte y Ciencias Sociales ARCIS. Santiago de Chile.

** Doctor (c) en Cultura y Educación en América Latina Universidad de Arte y Ciencias Sociales ARCIS, Santiago de Chile. Académico Universidad Bolivariana, sede Concepción, Chile, Correo electrónico leonardovidalaraya@gmail.com

Recibido: 25 de noviembre de 2010 - Revisado: 18 de enero de 2011 - Aceptado: 08 de febrero de 2011



Resumen

El autor aborda la problemática de los intelectuales latinoamericanos en los nuevos escenarios culturales, particularmente las proyecciones y posibilidad de intervención del trabajo intelectual. Analiza algunos desfases y tensiones asociados a la práctica intelectual, para finalmente presentar una visión, respecto de la proyección del trabajo, examinando la posibilidad de una eventual intervención, a través de un reposicionamiento del trabajo intelectual latinoamericano. Examina potenciales aptitudes, características y funciones asociadas a un hipotético intelectual latinoamericano, quien en virtud de mantener un cierto compromiso sea capaz reposicionarse y sobrevivir en medio de la dispersión postmoderna asociada a los actuales escenarios culturales. El "intelectual estratega" sería un intelectual con la capacidad necesaria para actuar estratégicamente en el contexto de relaciones de poder y con la convicción suficiente para responder al llamado de la función crítica y ejercerla con cierta eficacia en escenarios de amplia dispersión y grandes desequilibrios.

Palabras clave: Intelectuales, intelectuales Latinoamericanos, intervención intelectual, práctica intelectual.



Latin americans intellectuals:
gaps, tensions and projections

Abstract

The author approaches the problem of Latin American intellectuals in the new cultural scenes, mainly the projections and possibility of intervention of intellectual work. He analyzes some gaps and tensions associated with intellectual practice to finally present a vision in relation to the projection of the work, examining the possibility of an eventual intervention, through a repositioning of Latin American intellectual work. He examines potential aptitudes, characteristics and functions associated to a hypothetical Latin American intellectual, who under a certain commitment, is able to reposition or survive in the middle of the postmodern dispersion associated to present cultural scenes. The "intellectual strategist" would be an intellectual with capacity enough to act strategically in the context of relationship of power and with the sufficient conviction to respond to the call of the critical function and pursue a certain efficiency in scenes with a wide dispersion and big imbalances.

Keywords: Intellectuals, intellectual Latin Americans, intellectual intervention, intellectual practice.



Intellectuels latino-américains:
Offset, tensions et projection

Résumé

L'auteur aborde le problème des intellectuels latino-américains dans les nouveaux paramètres culturels, notamment les projections et la possibilité d'intervention du travail intellectuel. Il discute des lacunes et des tensions liées à la pratique intellectuelle, et enfin présente une vision pour la projection de l'œuvre, examinant la possibilité de toute intervention, grâce à un repositionnement de l'ouvrage intellectuel latino-americain . Il examiner le potentiel des capacités, les caractéristiques et les fonctions associées à un hypothétique intellectuel latino-américain, qui, en vertu du maintien d'un engagement à être en mesure de se repositionner et de survivre au milieu de la dispersion du courant postmoderne associées aux scénes culturelles actuelles.. Le «stratège intellectuel" serait un intellectuel ayant la capacité d'agir de manière stratégique dans le contexte des relations de pouvoir et avec assez de conviction pour répondre à l'appel de la fonction critique et l'exercer de façon efficace dans des scenarios de grande dispersion et graves déséquilibres.

Mots-clés: Intellectuels, Intelectuels latino-américains, Intervention intellectuelle, Pratique intellectuelle



Intelectuais latino-americanos:
Offset, tensoes e projeção

Resumo

O autor aborda o problema dos intelectuais latino-americanos nos novos parâmetros culturais, incluindo as projecções ea possibilidade de intervenção do trabalho intelectual. Ele discute as lacunas e tensões relacionadas com a prática intelectual, e, finalmente, apresenta uma visão para a projeção do trabalho, examinando a possibilidade de qualquer intervenção, através de um reposicionamento dos intelectuais livro latino-americano. Ele examinou o potencial de capacidades, características e funções associadas a um hipotético intelectuais latino-americanos, que, em virtude de manter um compromisso de ser capaz de reposicionar-se e sobreviver em meio a dispersão pós-moderna corrente associada a atual cenas culturais .. A "estratégia intelectual" seria um intelectual com a capacidade de agir estrategicamente no contexto das relações de poder e com convicção suficiente para atender a chamada da função crítica e executar de forma eficaz em cenários dispersão e graves desequilíbrios.

Palavras-chave: Intelectuais



En el presente artículo se pretende realizar una aproximación a la problemática de los intelectuales latinoamericanos en los nuevos escenarios culturales. Una de las cuestiones principales de este trabajo se relaciona con las proyecciones y posibilidad de intervención de los intelectuales, razón por la cual en primer lugar se realizará un sucinto examen respecto al rol y responsabilidad de los intelectuales, para luego caracterizar el intelectual orgánico de Gramsci y el intelectual específico de Foucault. Estos autores desarrollaron un significativo aporte en esta materia, cuya contribución en el tema de los intelectuales deja plenamente abierta la posibilidad de utilización de las herramientas teóricas, presentes en su trabajo, en la práctica e intervención intelectual.

En segundo lugar, se buscará aproximar una mirada panorámica sobre algunas de las distintas posiciones, roles y funciones que han asumido "los nuevos intelectuales" después de la marginación, o el fin para algunos, del intelectual clásico o prototípico. Examinar el eventual desfase, que pareciera estar marcando el trabajo de los nuevos intelectuales, y las tensiones principalmente relacionadas con la proliferación de la llamada cultura massmediática y la posibilidad efectiva de intervención e impacto de su trabajo en la sociedad, además de algunas paradojas o inconsecuencias presentes en el ejercicio de sus actuales funciones.

A la luz de las características del nuevo escenario, se analizarán algunos desfases y tensiones asociados a la práctica intelectual, para finalmente presentar una visión respecto a la proyección de su trabajo, examinando la posibilidad de una eventual intervención a través de un reposicionamiento de la labor intelectual latinoamericana. Un intelectual con la convicción y capacidad necesarias para responder al llamado de la función crítica y ejercerla con cierta eficacia en un nuevo escenario de amplia dispersión y grandes desequilibrios. Sin la intención de prescribir, se intenta conjeturar respecto de potenciales aptitudes, características y funciones asociadas a un hipotético intelectual latinoamericano, que en virtud de mantener un cierto compromiso sea capaz reposicionarse y sobrevivir en medio de la dispersión posmoderna asociada a los actuales escenarios culturales.


El papel de los intelectuales

El papel y la responsabilidad de los intelectuales generalmente se vinculan con "la verdad" y con la posibilidad y el deber de buscarla y encontrarla dentro de un contexto de deformaciones ideológicas interesadas. Chomsky afirmaba hace poco más de cuarenta años que "La responsabilidad de los intelectuales consiste en decir la verdad y revelar el engaño. Se trata, según parece, de una perogrullada que no precisa comentario alguno. No hay tal cosa, sin embargo, para el intelectual moderno no es en lo más mínimo evidente" (Chomsky, 1969, p. 22). Esta aseveración la hace Chomsky en relación con la responsabilidad de los intelectuales en el problema de la guerra, y en particular respecto a la serie de fraudes y distorsiones que acompañan la invasión norteamericana a Vietnam. Plantea, además, que la responsabilidad de los intelectuales es considerada fundamentalmente una responsabilidad de carácter político, más profunda que la responsabilidad del pueblo, por cuanto se cuenta con privilegios de formación, medios materiales y tiempo de dedicación para poder usarlos en denunciar el engaño y decir la verdad. Por otra parte, cuentan en el mundo occidental con cierto poder emanado del acceso a la información, la libertad política y de expresión. No obstante, la asunción de esta responsabilidad involucra un compromiso que, tomando en consideración lo afirmado por Chomsky, pareciera no ser en absoluto evidente para los intelectuales modernos.

La responsabilidad de los intelectuales, que consistiría en decir la verdad, involucra una cierta oposición al poder, incluyendo en este a los intelectuales que se alinean con determinados poderes, lo que hace que el desempeño del rol y el cumplimento de la responsabilidad intelectual traiga consecuentemente aparejada una cierta marginalidad respecto del poder. Edward Said realiza una descripción del perfil del intelectual que tiene coincidencias con Chomsky como "exiliado y marginal, como aficionado, y como autor de un lenguaje que se esfuerza por decirle la verdad al poder" (Said, 2007, p. 17), quien tendría también el deber de buscar independencia frente a las presiones de algunas instituciones y potencias mundiales. De manera que es conveniente preguntarse ¿hasta qué punto los intelectuales están al servicio y en qué medida se revelan contra situaciones fácticas asociadas a esos grupos de poder o instituciones?

Para Foucault, el rol de los intelectuales no consiste en ser agentes de la "conciencia" y del discurso. "El papel del intelectual no es el de situarse 'un poco en avance o un poco al margen' para decir la verdad muda de todos; su papel es ante todo luchar contra las formas de poder allí donde este es a la vez el objeto y el instrumento: en el orden del 'saber', de la 'verdad', de la 'conciencia, del 'discurso'" (Foucault, 1992, p. 79). Foucault invita a desviar la atención de esa verdad muda y distorsionada que necesitaría ser revelada en su esencia y anunciada para focalizar la atención y luchar contra las formas o mecanismos que han construido o producido históricamente esa verdad, es decir, las formas de poder. De esta manera, Foucault presenta una verdad indefectiblemente ligada a las formas de poder que la producen y la sustentan, una verdad que a su vez involucra e induce efectos de poder.

Foucault plantea que el problema político esencial de los intelectuales no tiene que ver con una crítica a los contenidos ideológicos ligados a la ciencia, o con el ejercicio de una práctica científica asociada a una ideología justa. Sugiere no pensar los problemas políticos de los intelectuales en términos de "ciencia/ ideología", sino en términos de "verdad/poder". Así, el problema es "saber si es posible constituir una nueva política de verdad. El problema no es 'cambiar la conciencia' de las gentes o lo que tienen en la cabeza, sino el régimen político, económico, institucional de producción de la verdad" (Foucault, 1992, p. 189). Como la verdad es ella misma poder, sería imposible liberarla de los sistemas de poder, por lo cual se trata de "separar el poder de la verdad de las formas de hegemonías (sociales, económicas, culturales) en el interior de las cuales funciona por el momento" (Foucault, 1992, p. 189). A diferencia de lo planteado por Chomsky, para Foucault la cuestión política no tiene que ver con encontrar y enunciar la verdad tras el velo del error, el engaño o la ideología, sino que consiste en la verdad misma, y más que una lucha "por la verdad", se desarrollaría una lucha "alrededor de la verdad", es decir en torno al estatuto de verdad y su papel económico-político.

¿En qué puede consistir la ética de un intelectual? Se le preguntaba a Foucault en una entrevista realizada por Francois Ewald, frente a lo cual respondía que, a su juicio: "La razón de ser de los intelectuales estriba precisamente en un tipo especial de agitación que consiste sobre todo en la modificación del propio pensamiento y en la modificación del pensamiento de los otros" (Foucault, 1996, p. 9). De acuerdo con lo planteado por Foucault, el intelectual debe desempeñar indudablemente un rol político, pero que no consiste en modelar o dirigir la voluntad política del otro en coherencia con algún tipo de ideología. No se trata de un papel directivo, sin embargo es eminentemente activo y productivo, en tanto está orientado a un cambio profundo. Los análisis y cuestionamientos que el intelectual debe realizar en su esfera de actividades se traducen en una reproblematización permanente de aspectos relacionados no solo con lo contextual o contingente, sino que alcanzan las formas de pensamiento del propio intelectual y de los demás. Así puede contribuir a la formación de una voluntad política y no a su condicionamiento o dirección ideológica.

El rol político del intelectual es anteriormente relevado por Gramsci (1975), quien sostiene que el "nuevo" intelectual ya no puede estar caracterizado por la elocuencia motora de afectos y pasiones, sino que debe aparecer ligado activamente a la vida práctica, no como un simple orador, sino como un constructor y organizador permanentemente persuasivo. Debe tener una concepción humanista histórica, a la que llega desde la técnica-ciencia, pero a partir de la técnica-trabajo, lo que le permite el paso de especialista a dirigente. El dirigente al que alude Gramsci surge del complemento entre especialista y político.


El intelectual orgánico

Gramsci presenta la categoría del "intelectual orgánico", intelectuales que son en cierta forma "creados" por cada clase social. "Cada grupo social, naciendo en el terreno originario de una función esencial del mundo de la producción económica, se crea conjunta y orgánicamente uno o más rangos de intelectuales que le dan homogeneidad y conciencia de la propia función, no solo en el campo económico, sino también en el social y político" (Gramsci, 1975, p. 11). De modo que los intelectuales no constituyen un grupo social autónomo o independiente, sino que en cada grupo social fundamental o clase social se establecen históricamente categorías propias de intelectuales especializados, las que se forman e integran en conexión con todos los grupos sociales, especialmente los más importantes, con una formación y vinculación de mayor complejidad en relación con el grupo social dominante.

Los intelectuales son funcionarios del conjunto de la superestructura y mantienen una conexión más o menos estrecha con un grupo social fundamental. Gramsci establece dos grandes planos o capas superestructurales: la "sociedad civil", formada por el conjunto de organismos a los que se les denomina privados, y la "sociedad política o Estado", que está relacionada con la función de "hegemonía" ejercida por el grupo dominante sobre la sociedad, y con la función y poder de mando o "dominio directo" expresados en el Estado y en el gobierno "jurídico". En la sociedad política estas funciones son de conexión y organización. "Los intelectuales son los empleados del grupo dominante a quienes se les encomienda las tareas subalternas en la hegemonía social y en el gobierno político" (Gramsci, 1967, p. 30). El rol del intelectual orgánico básicamente consiste en homogeneizar la concepción del mundo de la clase a la que se encuentra vinculado orgánicamente, favorecer una toma de conciencia de los propios intereses, pudiendo ejercer una función hegemónica en relación con la aspiración de poder del grupo social al cual pertenece y representa.


El intelectual específico

En coherencia con la constitución de un nuevo modo de ligazón entre teoría y práctica, se habría producido un desplazamiento, o más bien focalización, del trabajo de los intelectuales. El trabajo en la universalidad ha sido reemplazado por una labor en sectores y puntos específicos asociados a sus condiciones particulares de encargo o de vida. En esta acción específica han adquirido una conciencia más concreta e inmediata de las luchas mediante un trabajo en problemas, ya no universales sino locales o determinados, que generalmente no coinciden directamente con las dificultades de las masas, sin embargo, debido a que se trata de luchas concretas y cotidianas en las que se encuentran frecuentemente frente al mismo adversario, se ha logrado una cercanía con las masas que anteriormente no se tenía. Este nuevo tipo de intelectual es el que Foucault (1992) llama "intelectual específico" por oposición al "intelectual universal".

El intelectual específico de Foucault tiene una figuración política distinta a la del intelectual universal, escritor representante de la conciencia universal que desarrollaba su trabajo con autonomía y en oposición a los funcionarios al servicio del Estado o del capital. A partir de la especialidad o actividad específica de cada uno se configura una forma de politización distinta, puntos específicos de politización, entre los cuales se producen lazos transversales de saber a saber. Así se produce una relación de transversalidad en la que los intelectuales específicos dejan de ocupar una posición de relevancia o principal para actuar como ejes de transmisión y cruce. Estas funciones de transmisión y cruzamiento se ejercen de manera privilegiada por el profesor y la universidad.

El intelectual deja de ser el "portador universal de valores" para pasar a ocupar una posición específica, un lugar específico que de todas maneras se encuentra ligado a las funciones generales del dispositivo de verdad imperante. Según Foucault (1992), el intelectual participa de una triple especificidad: la especificidad de su posición de clase, la especificidad de sus condiciones de vida y trabajo ligadas a su condición de intelectual y la especificidad de la política de verdad en nuestras sociedades. Foucault sostiene que esta última, de la cual el intelectual forma parte, es precisamente el lugar desde donde su posición puede lograr una significación de carácter general, debido a que el combate que aquí se desarrolle, aunque local o específico, alcanza implicaciones que trascienden los niveles profesionales o sectoriales, en tanto se trata de un combate que no es en favor de la verdad, sino alrededor del régimen de verdad inherente a las estructuras y al funcionamiento de la sociedad.

El desarrollo de las estructuras técnico-científicas en la sociedad contemporánea ha favorecido el surgimiento y la importancia que ha adquirido el intelectual específico, quien desarrolla un trabajo no exento de obstáculos o peligros. Foucault (1992) se refiere a algunos de estos peligros: peligro de centrarse en luchas de coyuntura o en reivindicaciones de carácter sectorial; riesgo de dejarse manipular por los partidos políticos o aparatos sindicales que están detrás de las luchas locales; riesgo de la imposibilidad de abordar esas luchas por no contar con una estrategia global y apoyos exteriores, y finalmente, el riesgo de no ser seguido o de serlo por grupos limitados. No obstante los peligros mencionados, Foucault sostiene que la función del intelectual específico no debe ser abandonada, sino reelaborada, a pesar de la nostalgia que algunos manifiestan por la figura del intelectual universal. La importancia que involucra el papel del intelectual específico será mayor en la medida de las responsabilidades políticas que indefectiblemente está obligado a adoptar desde su particular ámbito de trabajo.


¿Qué ha pasado con los intelectuales?

Existe cierto consenso respecto la declinación, marginación y eventual fin del prototipo de intelectual en los nuevos escenarios de la cultura de masas, caracterizados por la invasión, proliferación y diversificación de medios de comunicación. En este escenario no propicio para las letras, la figura venerada y relevante de la modernidad clásica (filósofo, pensador, intelectual letrado o artista) ha entrado en su ocaso y está siendo sustituida por otras figuras que han copado la esfera de acción de los antiguos intelectuales y desarrollan aquellas funciones que eran consideradas inherentes al trabajo intelectual.

En los tiempos actuales no hay espacio para el intelectual ilustrado, el hombre de letras que había desempeñado un rol relevante en el espacio discursivo o deliberativo público. El modelo de intelectual encarnado por Andrés Bello en Chile empieza a desperfilarse en la segunda mitad del siglo XIX con la irrupción de nuevos regímenes discursivos y materiales en los que emergen "unos sujetos (o más bien tendríamos que decir, unas 'modalidades enunciativas') que problematizan las relaciones o tejidos comunicacionales 'clásicos' entre el campo de la cultura y del poder, removiendo el piso 'universal' y fundador desde el cual se legitimaba la figura del 'sabio'" (Ossandón, 1998, p. 118). Estos nuevos regímenes discursivos o materiales se relacionan con la instauración de espacios más libres, menos dependientes del poder para el ejercicio de las funciones intelectuales.

Los intelectuales clásicos, retratados por Beatriz Sarlo (1995), preocupados del desenvolvimiento histórico, tuvieron la capacidad y posibilidad de estar a la vanguardia e intervenir en la sociedad. Muchos de ellos se sintieron y actuaron como profetas, héroes, consejeros, guías o legisladores; tuvieron la pasión de lo universal, abrazaron banderas de lucha por los derechos del hombre y el ciudadano; se organizaron en determinados círculos y consideraron indispensables las vanguardias políticas en la lucha por el progreso y la revolución; fundaron su fuerza en el saber y algunos de ellos se acomodaron a las ventajas del poder, la popularidad o la riqueza.

En la actualidad, los intelectuales aún cercanos a la cultura letrada o a la crítica clásica observan con desconcierto y preocupación algunos cambios o nuevos elementos que se han instalado en los actuales escenarios culturales. Se evidencia una progresiva desvalorización del libro o la lectura y una crisis del espacio deliberativo liberal. La televisión, por su parte, ha introducido ciertas distorsiones o interferencias, relacionadas con la visión fragmentada de los acontecimientos, el privilegio del instante, todo esto permeado por el imperativo del entretenimiento. En un escenario no apto para las letras, las voces de los intelectuales retumban arrítmicas o desfasadas en el ámbito político-público, esto al parecer contribuyó a la marginación y declinación de estas figuras que en el antiguo escenario fueron escuchadas, seguidas y realizaron importantes intervenciones. En estos escenarios no propicios para los clásicos intelectuales se les ha quitado el aura a los grandes autores y se ha configurado un contexto desfavorable que ha dificultado la generación de estilos o escuelas, o en el que se ha neutralizado la capacidad para provocar intervenciones relevantes en el actual escenario cultural.

Muchos de los intelectuales que se desenvolvían en el ámbito público han ingresado a la academia, zona especializada de lo público, y allí se encuentran trabajando como expertos. Se podría decir que estos intelectuales experimentaron una suerte de metamorfosis y cambiaron su tradicional rol de intelectual por el de experto. Este nuevo rol ha adquirido peso y relevancia en la medida que ha aumentado la complejidad de los saberes necesarios para la producción de decisiones.

En un escenario en donde se celebra el fin de las ideologías, los expertos se constituyen en una fracción dominante, no se sienten portadores de valores generales, ni se hacen cargo de resultados políticos y sociales de los actos fundados en su experta opinión, la que adquiere un aura de objetividad, porque, según ellos mismos estiman, no está atravesada por ideologías ni intereses, además consiguen que sus juicios parezcan objetivos, con la ayuda de los medios de comunicación de masas, particularmente el periodismo escrito, que le asigna objetividad a la práctica técnico-científica.

La importante transformación que ha experimentado el escenario cultural parece estar esencialmente favorecida por la cultura massmediática. En este nuevo régimen han emergido nuevas formas del colectivo intelectual. Se ha ampliado la esfera de acción del campo periodístico, que ha absorbido gran parte de las funciones que los intelectuales modernos creían que les eran propias. Paralelamente a la extensión del campo periodístico, el entretenimiento audiovisual ha puesto en escena a algunas figuras que han logrado ocupar un importante sector del espacio comunicacional. Estos nuevos intelectuales de la industria comunicacional, que han emergido desde el periodismo y el entertainment, tienen amplia tribuna y cobertura para mostrar cotidianamente "porciones bastante globales y autoritarias de diversos 'manuales': sobre costumbres, sentimientos y valores, educación y cultura, espiritualidad, política e ideales colectivos" (Sarlo, 2000, p. 12). Ellos difunden sus opiniones con la certidumbre y fuerza característica de los intelectuales clásicos, con la ventaja de contar con una gran audiencia y gozar de una popularidad que no tuvieron los intelectuales letrados.


Los nuevos intelectuales latinoamericanos

Los intelectuales latinoamericanos, sin duda, han experimentado el desconcierto frente a los importantes cambios en el régimen cultural. La crisis de la cultura letrada, favorecida por la diversidad y potencial de los nuevos soportes tecnológicos y medios de comunicación, ha conmovido profundamente los cimientos del trabajo de los intelectuales latinoamericanos. Actualmente, se encuentran disgregados en una diversidad de roles y funciones. "La dispersión posmoderna ha alcanzado a los intelectuales latinoamericanos y afecta sus modos de inserción en la sociedad y el Estado" (Hopenhayn, 2001). Así, se encuentran ocupando diversos espacios: permanecen en la academia, asesoran empresas en su calidad de expertos, trabajan como expertos de Estado, ocupan importantes cargos de gobierno o se han integrado a los medios de comunicación. Desarrollan un trabajo que responde a distintas lógicas y sensibilidades, con poca claridad respecto al vínculo o impacto de su intervención en la sociedad.

El posicionamiento de los intelectuales en diversos nichos o espacios se ha producido en un escenario de mutua desconfianza y recíproca descalificación. Esta división, condicionada por los espacios, roles, funciones y estilos que asume cada uno de ellos, la retrata acertada y gráficamente Hopenhayn (2001). Así, coexisten los intelectuales latinoamericanos, posmodernos, críticos, de gobierno, de organizaciones de base, progresistas, integristas, iluministas, de la "différence", de ONG, de organismos internacionales, ensayistas, académicos, sociólogos, asesores de imagen, mediáticos, independientes, orgánicos, apocalípticos y optimistas.

La disgregación de los intelectuales, y en muchos casos, su metamorfosis, no puede explicarse solamente por los cambios del nuevo escenario cultural o por efectos de la dispersión posmoderna. Las circunstancias históricas que vivieron muchos de ellos, específicamente las dictaduras de la década de los setenta, tuvieron una importante incidencia en los cambios experimentados por los intelectuales latinoamericanos. En ese sentido resulta muy interesante el análisis que desarrolla James Petras (1988) acerca del desplazamiento de un significativo número de intelectuales que sustentaban posiciones de izquierda hacia posiciones, en la práctica, más bien neoliberales. Petras pone en contraste a los antiguos "intelectuales orgánicos" latinoamericanos, según la denominación de Gramsci, y a los actuales "intelectuales institucionalizados" y plantea que los intelectuales orgánicos latinoamericanos estuvieron estrechamente ligados a las luchas políticas y sociales contra el imperialismo y el capitalismo, y en cierta forma establecieron normas de conducta para el resto de la clase intelectual. Los intelectuales institucionalizados fueron los que, debido a la situación de vulnerabilidad política y económica en la que se encontraron, sucumbieron a la tentación de aceptar financiamiento externo de parte de las agencias gubernamentales de Europa, Canadá o fundaciones privadas de Estados Unidos, las que aumentaron subsidios y liberalizaron criterios ideológicos respecto a los organismos beneficiarios de América Latina. Así surgió un nuevo tipo de intelectuales, los que desarrollaron su trabajo en centros de investigación financiados desde el exterior. Estos organismos se multiplicaron junto con el retorno de los intelectuales, en su mayoría de centro izquierda, que habían estado viviendo en el extranjero.

Los intelectuales retornados, en muchos casos, mantuvieron los vínculos que habían establecido en el exterior cuando recibieron recursos de gobierno o fundaciones y trabajaron en colaboración con corrientes liberales y socialdemócratas. Según el análisis de Petras (1988), las investigaciones conducidas por los nuevos institutos latinoamericanos contenían gran cantidad de datos e información, pero sujetos a un marco ideológico influido por las agendas políticas de las agencias externas que proveían el financiamiento. "Su meta básica fue establecer la hegemonía política ideológica entre los intelectuales latinoamericanos, dado que estos sirven como importante terreno de reclutamiento para la clase política de centro izquierda" (Petras, 1988, p. 4). Así se estableció una relación compleja y sutil entre las agencias de financiamiento externo y los intelectuales latinoamericanos, en la que pareciera existir un cierto grado de influencia recíproca con una aparente autonomía local.

La aparente autonomía local de los intelectuales queda supeditada a los proyectos políticos de los poderes hegemónicos, en directa relación con la dependencia económica. Así se producen inevitables consecuencias ideológicas que establecen los parámetros políticos del discurso intelectual. A través de su trabajo suministran información clave para sus benefactores; y de modo más bien implícito, se desarrollan e implantan ideas, nociones o conceptos que están en la línea de lo considerado aceptable para las agencias benefactoras, es decir, comunican y metacomunican la ideología dominante de la clase política. Dicho de otra manera, y parafraseando a Eliseo Verón (1971): "Cuando los intelectuales institucionalizados dicen algo, el modo en que lo dicen y lo que no dicen y podrían haber dicho son aspectos inseparables de lo que dicen". La ideología como nivel de significación que puede estar presente en cualquier tipo de mensajes, indefectiblemente lo estuvo en el trabajo desarrollado por los intelectuales institucionalizados, trabajo que ha sido tanto o más ideológico que el desarrollado por los intelectuales orgánicos.

En el ámbito intelectual latinoamericano, Mato (2002) presenta un interesante cuestionamiento respecto a la idea de "prácticas intelectuales" y de una supuesta representación hegemónica de la idea de "intelectual" por parte de la institucionalidad académica y las industrias editoriales, particularmente en las humanidades y ciencias sociales que se practican en el ámbito académico latinoamericano. Mato sostiene que es necesario cuestionar las representaciones hegemónicas de la idea de "intelectual" estrechamente ligadas a la idea de "investigación", considerando la investigación como una actividad privativa del mundo de "la academia". En estas representaciones habría una asociación irreflexiva de las ideas de "intelectual", "investigador" y "académico", debido a los discursos modernizadores de la ciencia y las universidades, que en las últimas décadas, a través de las mismas universidades y los gobiernos, han normado, delimitado y controlado las prácticas intelectuales en términos de productividad de la actividad académica, medida mediante indicadores tales como: cantidad de publicaciones en revistas académicas arbitradas y cantidad de citas de sus obras hechas por sus colegas. En varios países de Latinoamérica existen sistemas de estímulos económicos para la investigación, en directa relación con los indicadores mencionados.

El problema, desde la perspectiva de las humanidades y ciencias sociales, está relacionado con el tipo de conocimientos que los sistemas de estímulos a la investigación fortalecen o consideran legítimos. "Estos sistemas tienden a deslegitimar las prácticas intelectuales que no estén orientadas a la producción de publicaciones arbitradas; es decir que no se estructuren desde una cierta lógica de una supuesta excelencia académica que se construye a imagen y semejanza de las llamadas ciencias físico naturales" (Mato, 2002, p. 2). Mato se pregunta qué ocurre con aquellos conocimientos que no se traducen en publicaciones académicas, debido a que algunos intelectuales, por ejemplo los que trabajan en el campo de la cultura y el poder, están más interesados en establecer comunicación e interacción directamente con los actores sociales involucrados. Los sistemas de estímulos a la investigación derivados de los discursos modernizadores de la academia estarían promoviendo una cierta disociación de las prácticas intelectuales respecto de las relaciones con otros actores sociales u otras prácticas extraacadémicas. En la práctica se tiende a una desvinculación del trabajo intelectual de la reflexión ética política.


Desfases y tensiones

El discurso intelectual en el ámbito político público, dentro de un escenario cultural que se presenta no propicio para las letras, se encuentra desfasado o fuera de ritmo. En la llamada "ciudad virtual" que sucede a la ciudad letrada, Cuadra nos habla del paso de la semantización a la virtualización, entendida la virtualización como un "proceso cultural por el cual los diversos lenguajes organizan la realidad desde el polo significante de los signos; es decir, desde una preeminencia del plano expresivo. Este proceso supone la desemantización y la arreferencialidad como sello distintivo del actual estadio de nuestra cultura" (Cuadra, 2003, p. 78). El discurso intelectual tradicional, el discurso con contenido ideológico explícito o con información ideológica metacomunicada en un proceso de "semantización", que describe Verón (1971), se encuentra desfasado en un escenario cultural postmoderno, en donde existen nuevas claves de lectura que van de la ideología a la estética.

La noción de ideología presentada por Verón como un sistema de reglas semánticas para generar mensajes, Cuadra la presenta análogamente con la "virtualización", que se concibe como un sistema de reglas formales para generar mensajes. La gran dificultad es que actualmente "no poseemos el metalenguaje ni los paradigmas adecuados para situar las nuevas reglas constitutivas que organizan los mensajes mediáticos de esta cultura virtualizada" (Cuadra, 2003, p. 79). Por otra parte, y en el mismo contexto, emerge la imposibilidad de la crítica. Según Cuadra, la desemantización y arreferencialidad, productos de la cultura massmediática, estarían anulando la posibilidad de significación o la posibilidad de leer los mensajes en un nivel ideológico. "La virtualización representa no solo la muerte del signo, sino la abolición de toda posibilidad de crítica como praxis discursiva" (Cuadra, 2003, p. 81).

Naturalmente que en un escenario cultural como el que se presentaría en la "ciudad virtual", el trabajo intelectual, relacionado con una praxis discursiva clásica, se presenta como desfasado, arrítmico o en franca extinción. No obstante, hay algunas cuestiones sobre las cuales es posible reflexionar. Una de ellas es si la crisis de la cultura letrada no tiene otra salida que una suerte de cultura virtual pura, en la que se harían realidad los discursos que anuncian el final de la lectura o la muerte del lector. Como sostiene Cuadra: "La llamada cibercultura no entraña de suyo un nuevo lenguaje sino la conjunción de muchos lenguajes preexistentes; así, en la pantalla de un PC se dan cita: fotografía, vídeo, dibujo, música, lenguaje oral y (...) lenguaje escrito. Lo inédito radica en la interactividad, en la accesibilidad y en los vínculos que se establecen dentro y fuera del texto" (Cuadra, 2008, p. 130). De manera que en el nuevo escenario de proliferación de las tecnologías digitales de la información y la comunicación, los textos no están en extinción, más bien el texto ha cambiado de formato, aunque están cambiando las nociones de texto, autor, lector y lectura.

La desvalorización del libro y la declinación de la lectura, que es observada con alarma por los intelectuales cercanos a la cultura clásica, más bien se refiere a la transformación del libro clásico de formato papel en textos, hipertextos o libros electrónicos que, debido a Internet, tienen la gran ventaja de poder estar disponibles para una potencial cantidad de lectores mucho mayor que los lectores del libro tradicional. De manera que el eventual final de la lectura más bien estaría referido al final de las prácticas clásicas de esta, las que están siendo reemplazadas por nuevos modos de lectura. En este sentido, el concepto de alfabetización en los nuevos escenarios culturales se ha ensanchado o ampliado para incluir elementos relacionados con el aprendizaje del uso de las nuevas tecnologías de información y comunicación.

Cuadra (2008) plantea un interrogante interesante: "Cabe preguntarse si acaso es posible un saber virtual; es decir, si los nuevos procesos de virtualización excluyen per se la posibilidad de instituir saberes" (p. 132). En "hiperindustria cultural", Cuadra nos habla de una metamorfosis cognitiva que emana de la oposición entre el saber narrativo estable y delimitado y el saber virtual inestable y difuso, entre una legitimidad que emana del sentido y una legitimidad que no supone un sentido sino una performatividad. Otro interrogante directamente relacionado con la posibilidad de un saber virtual tiene que ver con la posibilidad real de estructuración y la develación o aprehensión de los nuevos códigos metalingüísticos o metacomunicativos, o reglas sobre cuya base se estarían organizando los mensajes en la cultura massmediática. Tal vez la virtualización concebida por Cuadra como "un 'sistema de reglas formales' para generar mensajes" (2003, p. 79) no es otra cosa que una nueva noción de ideología, en la que no se excluirían los niveles de metacomunicación, sino que estarían a un nivel potencial mayor, en tanto permanecería la noción de sistema para generar mensajes en un contexto de variados recursos informáticos y mediáticos para llegar a los nuevos "lectores". Si así fuera, sería perfectamente factible un nuevo tipo de "discurso ideológico", que naturalmente debería ser muy distinto del discurso ideológico tradicional. Un discurso ideológico que requeriría un uso eficiente y efectivo de los nuevos conceptos de texto, autor, lector y lectura en los nuevos formatos y recursos mediáticos disponibles.

Otro de los puntos de desfase o arritmia que afectan a los intelectuales se relaciona con una suerte de autoencapsulamiento del trabajo intelectual, en la medida que la práctica se desarrolla, enmarca y encierra en círculos de elite académica. Este encapsulamiento, que sería un fenómeno común en la academia, se vería favorecido en el sector intelectual que, desconcertado y molesto con los nuevos escenarios culturales massmediáticos, se refugia en la academia como un lugar seguro y cercano a la cultura letrada o clásica, tal vez con el propósito de proferir discursos reivindicatorios. Otro elemento que podría estar contribuyendo al fenómeno de aislamiento académico se relaciona con algunas características de los tiempos posmodernos, una suerte de desesperanza o nihilismo que llevaría a asumir un trabajo intelectual de reflexión y crítica, pero considerado suficiente en sí mismo y, por lo tanto, desconectado de toda relación con el entorno social.

El riesgo de una práctica encapsulada en círculos de elite académica es que el trabajo puede derivar en una producción intelectual fundamentada, reflexiva y crítica, pero con nula o escasa proyección en el ámbito de la acción social, cultural o política, lo que minimiza cualquier posibilidad de intervención y contribuye al distanciamiento entre el mundo de la academia y la sociedad. De manera análoga, existiría un tipo de autoencapsulamiento ideológico, en el sentido de que las enunciaciones o críticas se encierran o encapsulan en círculos ideológicos afines, desde los cuales se combaten círculos antagónicos, y el discurso generalmente no resuena más allá de los límites que impone la propia alineación ideológica.

Se presentan algunos importantes puntos de tensión en cuanto a los efectos del campo de relaciones de poder en el cual se desenvuelve el trabajo intelectual, específicamente con la decisión o posibilidad de desarrollar una práctica con una mayor autonomía. Los grupos de poder dominantes generan y en cierta forma imponen sus propios intelectuales orgánicos, algunos de ellos desarrollan su actividad intelectual pretendiendo desarrollar un trabajo neutralmente ideológico y autónomo. Sin embargo, en la medida de que su trabajo se cobija al alero de determinados poderes políticos y/o económicos, la gran mayoría de ellos, con mayor o menor nivel de conciencia, realizan un trabajo funcional a los intereses de los poderes que los sustentan. En la medida de que gozan de ciertos privilegios terminan por desarrollar un trabajo intelectual que no ponga en riesgo el estatus privilegiado en el que se encuentran. Por otro lado, los intelectuales que conscientemente toman una posición alternativa y pretenden desarrollar un trabajo destinado a combatir los poderes dominantes, muchas veces se encuentran obligados a tener que hacer concesiones sobre algunas de sus ideas o posiciones, particularmente los intelectuales que trabajan en la academia o los que deben trabajar en investigación, entre otras cosas porque es una fuente de ingresos para subsistir, se encuentran frente la necesidad de tener que adaptar su trabajo a las normativas y exigencias de productividad académica.

Ser un intelectual orgánico de una clase social ajena al grupo social dominante, o dicho de otra manera, ser intelectual orgánico de un grupo social que se encuentre en desventaja y desequilibrio en el campo de las relaciones de poder, involucra una decisión un tanto heroica, una sensibilidad social y un compromiso con el grupo que haya decidido representar o para el que esté dispuesto a trabajar.

En otro orden de cosas, un intelectual que tenga su origen en un grupo social distinto a la clase social dominante se forma o instruye bajo el sistema educativo de los grupos de poder dominantes, se le presenta una determinada concepción del mundo que influencia o condiciona su propia concepción de clase. En su proceso educativo recibe ciertos condicionamientos para actuar profesionalmente en consecuencia con la cultura o los intereses del poder hegemónico. Este es un punto crítico, una problemática aún no resuelta: la formación educativa del intelectual, que deja abierta una importante pregunta: ¿cómo debe educarse el intelectual para que su trabajo no termine siendo funcional a los grupos de poder?, o en otras palabras ¿qué proceso de formación o autoformación debería tener el intelectual para desarrollar la capacidad de observar su propio trabajo y percibir, en el régimen de verdad imperante, la sutil telaraña que podría estar frenando o extraviando su producción intelectual?


Proyección del trabajo intelectual

Se abren varias cuestiones importantes asociadas a la problemática de los intelectuales.

Es natural plantearse algunas preguntas claves: ¿la sociedad necesita de los intelectuales?; ¿los nuevos intelectuales —intelectuales de organismos internacionales, expertos de Estado o de academia, periodistas o figuras de las industrias mediáticas— están cumpliendo un rol de auténtico beneficio para la sociedad?; ¿es posible, en pleno apogeo de la cultura massmediática, el surgimiento de un nuevo tipo de intelectual? Tal vez otro tipo de intelectual que pueda sortear con éxito las dificultades del nuevo escenario que eclipsaron al intelectual letrado; un intelectual ajeno a la neutralidad valórica, de la que se enorgullecen los expertos, y a las intervenciones irresponsables de los intelectuales de la industria comunicacional, capaz de responder al llamado de la función crítica que tuvieron los intelectuales clásicos e intervenir frente a las injusticias, que, lejos de haberse desvanecido junto con la declinación de los "intelectuales", persisten y se multiplican en escenarios de grandes desequilibrios.

En relación con el rol del intelectual, para Foucault, el problema no consiste en procurar un cambio en las conciencias, sino en la posibilidad de constituir una nueva política de verdad, promover un cambio en el régimen político, económico institucional de producción de la verdad, separar el poder de la verdad de las formas de hegemonía dentro de las cuales se produce y funciona. La cuestión es cómo los intelectuales podrían contribuir a promover este cambio. En coherencia con lo planteado por el mismo Foucault acerca de la noción de relaciones de poder, el intelectual podría desarrollar acciones capaces de afectar o alterar la relación dinámica de fuerzas, utilizar los efectos positivos del poder para intentar alterar la configuración del campo de fuerzas y eventualmente propiciar algún cambio en el régimen político, económico o institucional de producción de la verdad.

En la medida en que se expone el régimen de verdad imperante y quedan al descubierto los mecanismos y métodos presentes en las relaciones de poder, se tendrán nuevos saberes que pueden ser consecuentemente utilizados en forma de poder en las estrategias de resistencia. Como sugiere Foucault (1988), tal vez la vía sea analizar las relaciones de poder a través del antagonismo de estrategias, utilizando las resistencias como catalizador químico para sacar a la luz las relaciones de poder. Esta vía, que involucra una mayor relación entre teoría y práctica, tendrá un mayor alcance político, o de una mayor cercanía con las masas, en la medida que el trabajo intelectual de denuncia y enunciación se hace desde la posición local del intelectual específico. De manera que siguiendo la recomendación de Foucault de analizar el poder a través de las resistencias, el intelectual podría aprovechar contextos específicos de resistencias, siempre presentes en las relaciones de poder, para intentar provocar alteraciones en el régimen de verdad imperante en ese mismo contexto.

Tal vez sea posible el reposicionamiento de un intelectual capaz de ejercer la función crítica con eficacia y sobrevivir en medio de la dispersión posmoderna. Este nuevo intelectual tendría que asumir una diferencia en el efecto o en la magnitud del efecto que su intervención pudiera provocar, en comparación con la crítica clásica. Existirá un desfase incierto entre su intervención y un eventual cambio en el sistema social. Tal vez no sea un cambio inmediato o mediato aparentemente significativo. Probablemente se trate de eventos de intervención que pueden generar otros eventos de intensidad y magnitud insospechada, en virtud de la cadena de sucesos puestos en juego. Resultados a priori impredecibles, pero con la posibilidad de desestabilizar o provocar perturbaciones o sismos en el sistema global, en la medida que se desarrolle un trabajo planificado y sistemático de la intervención intelectual.

Una cuestión importante que surge como interrogante es ¿desde dónde hablaría este nuevo intelectual? En consideración a los desfases y tensiones que habría que superar para desarrollar un trabajo intelectual socialmente efectivo en Latinoamérica, en el escenario de la cultura massmediática, el "tercer espacio" se presenta como el lugar que pareciera propicio para erigir un nuevo discurso. Moreiras (1999) presenta el tercer espacio como alternativa entre un primer espacio cultural identitario y un segundo espacio teórico relacionado con la hegemonía o el centro metropolitano. Pensar el tercer espacio involucra un compromiso con la teoría, pero al mismo tiempo, mantener una perspectiva crítica respecto de las conceptualizaciones teóricas metropolitanas, una voluntad de no ser absorbido por la maquinaria epistémica global, sin que eso signifique caer en el acto reactivo de renunciar a la teoría, producto de un nacionalismo cultural identitario.

Nelly Richard (1989) plantea que en el nuevo contexto posmodernista, Latinoamérica tendría la oportunidad de constituirse en un escenario privilegiado, en tanto su comportamiento histórico cultural habría anticipado, de alguna manera, o prefigurado el modelo posmodernista, debido a los particulares rasgos de hibridez, fragmentación y diseminación que caracterizan a Latinoamérica y que coincidentemente identifican la sensibilidad posmoderna.

Así, en Latinoamérica se darían condiciones excepcionales para la proyección de un trabajo intelectual decidido en el tercer espacio: La posibilidad de ubicarse en la brecha temporal que media entre la disciplina periférica y el control metropolitano, los característicos rasgos de la cultura latinoamericana, en coincidencia con la sensibilidad postmoderna, fundamentan la posibilidad de un pensamiento latinoamericano en el tercer espacio, posibilidad que se sustenta en el sentido de responder a la urgencia ética de aprovechar un contexto favorable.

Es importante considerar que la zona intersticial del tercer espacio, eventualmente elegida como lugar de enunciación o crítica, es una zona no exenta en absoluto de tensiones o riesgos. El mayor riesgo consiste en que las tensiones y la permanente inestabilidad existente desvíen al intelectual allí posicionado en dirección hacia la centralidad o hegemonía o hacia la periferia o subalternidad. La única forma de sostenerse consistiría en mantener una decisión muy consciente de reposicionarse cada vez que se perciba la tendencia a un cierto desplazamiento del lugar de enunciación. Esto significa la necesidad de una práctica autocrítica, que le permita mantener un trabajo intelectual basado en un discurso denunciativo y enunciativo, en referencia a su compromiso valórico e ideológico con la sociedad latinoamericana.

Este nuevo intelectual debería estar en condiciones de utilizar a su favor la gran fuerza potencial de los medios de comunicación y de las tecnologías de la información y la comunicación. Un intelectual capaz de estructurar su discurso ideológico utilizando en forma eficiente y eficaz los recursos mediáticos y tecnológicos disponibles. Es claro que estamos hablando de un intelectual radicalmente distinto al seudointelectual de las industrias mediáticas, o al experto de Estado o de academia, en el sentido de que su trabajo intelectual estaría fundamentado en ciertas definiciones valóricas e ideológicas basadas en una auténtico compromiso de intervenir y ejercer una acción enunciativa y crítica frente a las injusticias, distorsiones y desequilibrios sociales.

En relación con sus diferencias respecto del intelectual de la academia, este nuevo intelectual no debería caer en el "encapsulamiento académico". Su discurso debería estar direccionado a un amplio público, debido a que el vehículo a utilizar le permitiría llegar a un gran número de personas simultáneamente. Será necesario simplificar o adecuar la retórica para asegurar que su discurso llegue a otras esferas de comprensión, discusión o crítica, y no quede encerrado en los círculos puramente académicos. Cuando me refiero a simplificar la retórica, no me refiero a despojar el discurso de sentido, sino que, por el contrario, privilegiar el sentido y darle mayor potencia al lenguaje, para hacerlo eficientemente accesible. Una suerte de direccionamiento o focalización en la elección del contexto propicio y de la forma para generar los mensajes para que sea aprehensible y tenga la posibilidad efectiva de llegar directa o indirectamente a las esferas de decisión y acción en el ámbito social, cultural o político.

El nuevo intelectual sería un tipo de "intelectual estratega", una suerte de intelectual orgánico y específico, pero con la capacidad y decisión de desarrollar un trabajo estratégico en el campo de relaciones de poder de los escenarios posmodernos. Su principal estrategia consistiría en generar y mantener un discurso eficiente y eficaz. La eficiencia estaría relacionada con un aprovechamiento óptimo de los recursos mediáticos e informáticos para llegar a la mayor población de "lectores" que les interese alcanzar en virtud de la línea temática ideológica que esté desarrollando, y con el aprovechamiento de los vehículos mediáticos para metacomunicar ideológicamente. La eficacia está relacionada con que el discurso elaborado pueda cumplir, lo más fielmente posible, con los objetivos planeados. En tal sentido, y como buen estratega, el intelectual deberá trabajar proyectivamente sobre la base de un plan preconcebido con ciertos objetivos estratégicos definidos con antelación a la estructuración de su línea discursiva. Para asegurar la eficacia discursiva habría que diseñar o estructurar su discurso planeando cuidadosamente las formas para la generación de sus mensajes y eligiendo los momentos y contextos propicios para su presentación.

En esta estrategia intelectual, en el contexto de la cultura massmediática, el intelectual podría estructurar su línea discursiva sobre la base de identificar blancos específicos de intervención en los cuales pudiera incursionar con un trabajo de mayor impacto: visualizar puntos débiles y paradojas. Una suerte de enunciación o crítica planificada y focalizada, que permita exponer el poder frente a la opinión pública, dejando en clara evidencia yerros, inconsistencias, inconsecuencias e incongruencias en referencia a ciertas declaraciones de principios y compromisos, en subsistemas específicos más que en grandes sistemas, para tener la posibilidad efectiva de provocar un cierto impacto directo o indirecto. Como sostiene Foucault, designar y denunciar ciertos núcleos y hablar públicamente de ellos es una lucha que no tiene que ver con hacer conciencia sobre un determinado tema, sino que "forzar la red de información institucional, nombrar, decir quien ha hecho qué, designar el blanco, es una primera inversión del poder, es un primer paso en función de otras luchas contra el poder" (Foucault, 1992, p. 84). Un trabajo crítico como el que aquí se propone pareciera ser muy similar al trabajo que desarrollan algunos periodistas. La diferencia estaría en el ejercicio paralelo de una función denunciativa y enunciativa. El estratega intelectual buscará puntos débiles para denunciar con cierto impacto mediático, que le permita ser leído y a partir de esas fisuras descubiertas y denunciadas, podrá construir, desarrollar y exponer las ideas elegidas en su línea discursiva previamente planificada.

Aun cuando evidentemente estamos hablando de un cierto tipo de intelectual comprometido, este debería mantenerse alerta para no caer en el "encapsulamiento ideológico". La cuestión es poner atención al riesgo de los cercos de la alineación. No se trata de parapetarse en ciertos círculos ideológicos afines para combatir los círculos ideológicos antagónicos, elaborando un discurso que sería efectivamente "leído" solo dentro de los límites impuestos por la propia alineación ideológica. El discurso crítico o enunciativo en este caso sería un discurso ineficaz en la medida que estaría circunscrito a los "lectores" ideológicamente afines.

La solución no pasa por la utopía de la neutralidad ideológica. En ningún caso, este nuevo intelectual se asemejaría al experto que hace gala de su neutralidad valórica e ideológica. Por lo demás, la neutralidad valórica e ideológica es claramente una utopía, toda vez que el trabajo realizado por el intelectual experto, ya sea de academia o de Estado es requerido y utilizado por sistemas u organizaciones que operan sobre la base de ciertos principios, valores e ideologías no siempre declaradas explícitamente, pero plenamente presentes e influyentes. El nuevo intelectual latinoamericano tendría un compromiso valórico e ideológico con la sociedad en general y con las repúblicas de ciudadanos latinoamericanos en particular.

El intelectual estratega sería el encargado de desarrollar y promover una producción intelectual con un mayor nivel de conciencia social, en auténtica solidaridad con las víctimas y oprimidos del sistema que ha generado un patético escenario de tremendos desequilibrios en la humanidad. Escenario que es contemplado en la cultura massmediática con sorprendente indiferencia por un gran número de seres humanos sumidos en un marcado individualismo. El ego académico e ideológico, típico de muchos intelectuales letrados o clásicos, debería dar paso a un trabajo intelectual con un mayor y efectivo compromiso social. Los antagonismos en torno a las producciones sociales, culturales, políticas, intelectuales e ideológicas deberían converger en puntos de encuentro, en torno al ser humano y a la proyección de la humanidad en planos de mayor justicia y equidad. Para ello, se requiere de personas con la preparación, capacidad, voluntad y compromiso para actuar ética y políticamente en los nuevos escenarios culturales.



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