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Civilizar Ciencias Sociales y Humanas

versão impressa ISSN 1657-8953

Civilizar vol.19 no.36 Bogotá jan./jun. 2019

http://dx.doi.org/10.22518/usergioa/jour/ccsh/2019.1/a11 

Artículos

La penitencia: el verdadero camino hacia la paz1

Penance: The True Path towards Peace

0000-0001-5943-3124Marjan Aleksic2 

2 Doctor en Teología y ciencias patrísticas. Máster en teología ortodoxa. Profesor de tiempo completo en la facultad de teología de la Fundación Universitaria Cervantina San Agustín.Correo electrónico:marjan.aleksic@gmail.com

Resumen

La paz es un valor enorme para la sociedad. La historia nos enseña que no es fácil conseguirla. Se necesita un cambio para llevar a cabo este proyecto de la construcción de la paz. En este artículo se parte de la idea de que este cambio debe comenzar en las personas mismas para poder extenderse a la sociedad entera. Este cambio lo reconocemos en lo que la tradición cristiana llama penitencia. Este cambio implica un proceso e incluye el reconocimiento de ser pecador, el enfrentamiento sincero con su culpa y la disposición a aceptar la terapia espiritual o el medicamento espiritual. El hombre no se puede curar por sí mismo sino que necesita la gracia divina.

Palabras-clave: Cambio; paz; penitencia; transfiguración; limosna

Abstract

Peace is an enormous value for society. History teaches us that it is not easy to achieve. A change is needed to carry out this project of peace. In this article it starts with the idea that this change must begin in the same person so that it can extend to the whole society. We recognize this change in what is called in the Christian tradition penance. This change means a process and includes recognition of being a sinner, sincere confrontation with guilt, and willingness to accept spiritual therapy or spiritual medicine. A person cannot be healed by himself but needs divine grace.

Key words: Change; peace; penance; transfiguration; alms.

Introducción

Los organizadores del encuentro internacional de la red RIGES invitaron a los participantes a abordar el tema sobre el cambio para la paz desde múltiples miradas y significados de comprensión , p. 178) 1. Me propongo presentar el tema del cambio para la paz 2 desde el punto de vista teológico y, aún más preciso, desde la enseñanza de los Padres de la Iglesia. Es decir, presentar la doctrina de los Padres para comprender mejor las nociones de cambio y paz y su importancia para la sociedad moderna.

Vivimos en una sociedad profundamente secularizada que olvida sus raíces cristianas. Ella no solo ya no entiende el lenguaje de la teología cristiana, sino incluso los conceptos fundamentales de la fe cristiana. Para ayudar al hombre moderno que vive en diversos conflictos internos y externos proponemos un redescubrimiento de las raíces cristianas de su cultura y tradición. Por eso, estoy firmemente convencido de que la enseñanza de los Padres nos puede iluminar, no solo para poder entender la gestión del cambio, sino también para poder participar de manera activa en la construcción e implementación de la paz en nuestro entorno. Hoy en día, somos testigos de los diversos conflictos y de las guerras crueles en todas las partes del mudo. Las víctimas son siempre los más débiles y los menos protegidos: los niños, los ancianos, las minorías étnicas. Por todo eso, la humanidad siente una necesidad enorme de paz y este tema es hoy más actual que nunca. Como cristianos tenemos la tarea y la obligación de ser constructores de paz, guiados por las palabras de nuestro Señor y Salvador Jesús Cristo: Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios (Mt 5, 9).

La paz y su camino

Como punto de partida nos sirve la frase significativa de San Agustín sobre la paz:

Tan estimable es la paz, que incluso en las realidades terrenas y transitorias normalmente nada suena con un nombre más deleitoso, nada atrae con fuerza más irresistible; nada, en fin, mejor se puede descubrir. Voy a hablar con cierto detenimiento de este tesoro que es la paz (San Agustín, De civitate Dei, XIX, 11).

Entonces, el fin de cada hombre es alcanzar la paz (pax) pero, como nos muestra la historia universal, eso no es siempre fácil de conseguir. La paz puede ser interior y exterior, la paz con Dios y la concordia con los hombres. En el uso cotidiano, generalmente, la paz se define como la ausencia de guerra o como tratado o convenio por el que las partes enfrentadas en una guerra ponen fin a la misma (Diccionario Clave, 2012). Sin embargo, en la tradición cristiana, esta palabra tiene un significado más profundo. La paz es dada por Cristo a los que creen en él y es algo que caracteriza a los cristianos: “La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo. Que no se turbe vuestro corazón ni se acobarde” (Jn 14, 27). Es lo propio de los cristianos, que deberían ser “los hijos de la paz”.

El problema de la paz ha ocupado mucho las mentes de los Padres de la Iglesia y de los escritores eclesiásticos a lo largo de los siglos. Solo en los escritos de San Agustín, la palabra paz aparece más de 2500 veces (Burt, 2006). Aquí nuestro tema será: gestión de cambio para la paz. Podemos hacernos la pregunta de si los Padres escribían sobre el cambio, y si lo hicieron, de qué tipo de cambio se trataba.

Los Santos Padres de la Iglesia escribían y discutían frecuentemente en sus escritos sobre el cambio, pero no sobre cualquier tipo de cambio, sino sobre el que determina toda la existencia humana. En el lenguaje de los Padres este cambio se llama penitencia y veremos por qué se llama así. Consiguientemente, los Padres nos enseñan que un requisito indispensable para conseguir tanto la paz interior como la paz exterior es la penitencia3.

En griego, la palabra penitencia es μετάνοια y este término significa el cambio de la mente4. Es importante decir que para los Padres de Iglesia, la mente no es solo una de funciones del alma humana sino bajo ella se entiende la humanidad entera. Se trata de un cambio tan radical que nos convierte en hombres nuevos. De manera que este cambio se puede entender como un renacimiento espiritual, una transfiguración espiritual (Μεταμόρφωσις)5.

No obstante, este cambio se produce siempre a través de una crisis (κρίσις) existencial grande e importante que marca toda la vida del hombre o de una nación. Entonces, la noción de transformación social y cultural la traduciremos con el término de la teología patrística: transfiguración. La transfiguración de una sociedad será posible solo a través de la transfiguración de su actor principal: el hombre; y la verdadera transfiguración del hombre, como nos enseña la experiencia de los Padres de la Iglesia, es posible solo a través de la penitencia. Después de la necesaria aclaración terminológica de la palabra penitencia podremos descubrir su verdadero significado como la entendían y utilizaban los Padres de la Iglesia, que fueron y son todavía los maestros infalibles del arte de la penitencia.

¿Por qué el hombre tiene necesidad de penitencia?

Un evento descrito en las primeras páginas del Antiguo Testamento (el libro del Génesis), no solo determinó toda la existencia humana posterior, sino que se hizo clave para comprender al hombre mismo, al mundo y a la historia. Pues bien, se trata de la caída de los progenitores: Adán y Eva.

En este evento de la caída ocurrió un cambio en la naturaleza humana, un cambio de mejor en peor. El hombre creado a imagen y semejanza de Dios y dotado de la libre voluntad es el ornamento de toda la creación de Dios. Se cambió el modo de la existencia del hombre, él se soltó de la vida, de la fuente de la vida. Después de haber rechazado fundar y realizar su existencia en la comunión con Dios y en la relación con su Creador, el hombre comenzó a pretender realizarse a sí mismo, buscando las fuerzas existenciales en sí mismo, es decir, en su naturaleza creada y mortal (Trapè, 1992).

La primera consecuencia de este cambio es el descubrimiento de la desnudez6. ¿Qué es entonces, este sentido de estar desnudo, la vergüenza por la desnudez? Es el llegar a saber que la mirada del otro no es la mirada del amado y del que me ama, en el cual yo tengo confianza. Más bien, es la mirada del extranjero. No me mira con el amor sino como un objeto de su deseo y lujuria. Con su mirada me hace objeto. Siento la necesidad de protegerme de esa amenaza, que el otro presenta para mí, con la vergüenza. ¿Y qué hace Adán? Ve su desnudez y se cubre con las hojas de higuera. Él lo ve y no quiere mirarlo. Este hecho significa que Adán no acepta este cambio de su propia imagen.

Otra consecuencia de la caída que se describe en el relato bíblico es la aparición de la culpa e intento de la auto-justificación individual. Adán se siente desnudo incluso delante de la vista de Dios. A la pregunta de Dios, Adán responde apresurándose a liberarse de su responsabilidad. ¿Y qué hace Adán ahora? Echa la culpa a Eva diciendo: “La mujer que me diste como compañera me ofreció del fruto y comí”. A su vez, la mujer respondió a Dios: “La serpiente me sedujo y comí” (Gén. 3, 8-13). Entonces, la caída se manifiesta como una autodefensa de la individualidad, de la transmisión de la responsabilidad de la culpa a otra persona, del intento de la justificación individual.

Así vemos que, cuando Adán habla por última vez con su creador en medio del paraíso, rechaza su culpa en el pecado. En verdad, el sentimiento de culpa podríamos designarlo como la herida más profunda de su dignidad perdida. Ya en nuestro primogenitor observamos el reprimir de la culpa aborrecible. El hombre moderno repite lo mismo, esconde su culpa profundamente en la interioridad de su psique arrogante.

El sentido del pecado

El hombre moderno debe recuperar el ya perdido sentido del pecado, de sentirse y reconocerse como pecador, culpable y responsable7. La siguiente pregunta que debemos hacernos es: ¿qué es el pecado (Αμαρτία)?

Esta palabra significa fallar, errar, en el sentido de fracaso, de no acertar la meta. El primer hombre fracasó al no cumplir su designio. El pecado no es solo la trasgresión de la ley. Por eso los Padres de la Iglesia no ven la caída solo con un contenido jurídico, sino como algo mucho más profundo y esencial: la perversión de la vida. Entonces, la relación del hombre con Dios no se puede colocar en un cuadro jurídico, legalista. Dios no es solo juez sino, ante todo, el Padre. Podemos describirlo como nuestro juez, pero lo es por lo que él es, la posibilidad de la vida y de la existencia verdadera.

Cuando el hombre se aleja voluntariamente de esta posibilidad de vida, se condena a sí mismo. Por su propia voluntad el hombre decidió no obedecer a Dios, no cumplir su mandamiento. Sin embargo, Dios no es vengador, él respeta absolutamente la libertad humana y sus consecuencias. Pero la caída de Adán fue una tragedia con consecuencias universales, el hombre con su pecado y su desobediencia precipitó a toda la creación en la corruptibilidad. Este drama universal y la situación trágica en la que se encuentra toda la creación está descrita por el Apóstol san Pablo:

Porque la creación, expectante, está aguardando la manifestación de los hijos de Dios; en efecto, la creación fue sometida a la frustración, no por su voluntad, sino por aquel que la sometió, con la esperanza de que la creación misma sería libertada de la esclavitud de la corrupción, para entrar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios. Porque sabemos que hasta hoy toda la creación está gimiendo y sufre dolores de parto (Rom 8, 19-22).

El pecado llevó consigo no solo la muerte y la corrupción en la naturaleza humana, sino que provocó una resquebrajadura en el hombre. Dos elementos constitutivos del hombre, el alma y el cuerpo, no funcionan más en armonía sino que entre ellos se muestra un conflicto. El cuerpo como elemento inferior no obedece al alma y el alma no se somete a Dios. Este conflicto humano interior comenzó a manifestarse exteriormente. El funcionamiento conflictivo del hombre abrió la historia humana con un fratricidio. En efecto, Caín mató a su hermano Abel, respondiendo a la pregunta de Dios sobre su hermano: No sé. ¿Soy yo acaso el guarda de mi hermano? (Gén 4, 9). El mismo acto de Caín lo repite cada homicida porque, en el pensamiento de los Padres de la Iglesia, cada homicidio es fratricidio porque todos los hombres tienen el mismo padre (Adán) y comparten la misma naturaleza8. Consiguientemente, el problema del conflicto y de la violencia no es meramente un problema social y su solución no se debería buscar solo en el contexto social con los instrumentos socio-económicos. Es también un problema espiritual con su aspecto místico-religioso. Sin tomar seriamente en consideración este aspecto espiritual del problema del conflicto interior y exterior no se puede llegar a una solución satisfecha.

La recuperación del sentido de nuestra pecaminosidad no es otra cosa que la comprensión de nuestra debilidad, solo así el hombre puede comenzar a buscar la gracia divina. Esto no representa una debilidad psicológica ni una condición patológica, sino la decisión del hombre de rechazar y superar su autosuficiencia y su auto-justificación.

Como guías principales para esta exposición a través de la enseñanza patrística sobre la penitencia tomaremos dos Padres del siglo IV, uno de la tradición latina y otro de la tradición griega: San Ambrosio de Milán y San Juan Crisóstomo. Ambos dejaron escritos sobre la penitencia; San Ambrosio (1993) compuso un tratado sobre la penitencia y San Juan Crisóstomo (1997) ocho homilías sobre el mismo tema. Partiendo de la doctrina expuesta en las obras de estos dos Padres de la Iglesia, redescubriremos el contenido interior de la penitencia tal como ellos la vivían y la predicaban.

La enseñanza de los Padres de la Iglesia sobre la penitencia

Por qué deberíamos acudir a los textos de los Padres cuando tratamos este tema de la penitencia y su relación íntima con la paz interior y exterior? Los Padres de la Iglesia enseñan lo que aprendieron de su propia experiencia, bajando hasta las profundidades insondables de su ser, conocieron el hombre en todas sus dimensiones. Los santos son los pecadores despiertos, en estado de penitencia perpetua. Este hombre, cuanto más alcanza la virtud y la santidad, tanto más está consciente de su debilidad e incapacidad y por eso extiende más su mano hacia la gracia divina.

La penitencia es la necesidad esencial de nuestro tiempo, además, la llamada a la penitencia (la conversión) está al inicio del Evangelio, en la predicación de Cristo: “arrepentíos porque el reino de los cielos se ha acercado” (Mt 3, 2). Los Padres de la Iglesia, grandes intérpretes de la Sagrada Escritura, identifican siempre el acercarse del reino de los cielos con la llegada de Cristo, sea con su primera venida en el cuerpo, sea con su segunda venida en la gloria, al final de los tiempos. Entre estas dos Venidas vive el hombre, en la cercanía de Cristo o alejado de Cristo, lo que significa también su lejanía del reino de los cielos. La condición previa que conduce hacia Cristo y hacia la comunión con Él es la penitencia y esto presupone la remisión de los pecados. Sin embargo, el hombre tecnológico se deshumaniza al alcanzar las alturas del desarrollo científico, alejándose de Dios y olvidándose de su prójimo. Y por desgracia, no siente la necesidad para la penitencia. Se cree él mismo el patrón y gobernador del universo, perfecto, indefectible. Por este error en el que vive y camina el hombre moderno hoy se necesita este tipo de cambio (penitencia) con urgencia.

El hombre necesita cambiar su punto de vista sobre la realidad que le rodea, cambiar su modo de pensar, cambiar su corazón y su actitud hacia la vida. En pocas palabras, necesita hacerse hombre nuevo. Esto significa que el cambio que se plantea es un renacimiento espiritual y una renovación del alma (es decir del hombre entero).

Pero ¿por dónde empezar? El mismo pecado presenta el punto de partida. El primer paso es comprender y reconocer su pecado, su culpa. Es la actitud inversa de la de Adán. Pues bien, debemos admitir que somos pecadores. Es un reconocimiento difícil para el hombre y a menudo doloroso: es un dolor del alma. Los Padres comparan estos dolores con los del parto porque de ellos nace el hombre nuevo. No es fácil eliminar los depósitos de la soberbia de su alma. Pero es un dolor dulce y agradable porque le acompaña la esperanza, la esperanza en Cristo.

El hombre moderno quiere huir de la culpa, o repetir el acto de los progenitores, es decir, echar la culpa a otro. La culpa es un sentimiento aterrorizante para la conciencia humana, por lo tanto, el hombre esconde este sentido de la culpa por el pecado cometido en el pasado, en los más profundos espacios de su ser. Sin embargo, el sentido de la culpa por el pecado no arrepentido cometido en el pasado no se puede sofocar, al contrario, permanece todavía en el presente y se convierte en una tragedia interior, espiritual. Es un fantasma que persigue sin cesar. Puede llevar al hombre hasta la depresión, el suicidio, provocar perturbaciones psicológicas, miedos, etc.

El hombre no es capaz de liberarse a sí mismo del sentido de culpa por el pecado. Toda la educación y la formación moderna solo aumentan su auto-estimación arrogante. Le enseña al hombre que debería dejar de juzgarse a sí mismo y que debería sentir su importancia y valor independientemente de sus actitudes y acciones. El sentido de la culpa es una emoción mala, negativa. Hay que anularla, eliminarla. Por consiguiente, si la culpa por lo cometido no está en nosotros significa que no hay ninguna responsabilidad. La conciencia se tranquiliza con la auto-justificación, pero eso dura sólo temporalmente.

Para los Padres, sobre todo los padres ascetas, cada palabra sobre el pecado era una palabra contra la altivez, el orgullo, la arrogancia. Estos comportamientos se identificaban con los del diablo. Contrariamente a la aproximación moderna, los Padres enseñan y aconsejan en sus escritos que el verdadero camino hacia la paz es mostrar las heridas espirituales teniendo fe en la curación. Solo a través del dolor y de la alegría viene la sanación y la curación del hombre; es necesario estar dispuesto a aceptar la terapia espiritual que la Iglesia propone, eso significa reconocer nuestra debilidad e impotencia humana delante del poder y omnipotencia divina que es la única que nos puede sanar, restaurar, hacer renacer y salvar. En la persona de Cristo, Dios-hombre, el verdadero Dios y el verdadero hombre se ofrece y dona este medicamento.

El caso de Santa María Egipcíaca

En la historia de la Iglesia tenemos un ejemplo emblemático de una conversión radical a través de la penitencia. Se trata de María de Egipto (344-422), una mujer que llevó una vida disoluta en la ciudad de Alejandría, entregándose a los vicios y placeres corporales9. No la podemos definir como prostituta porque no lo hacía por ganancia, ya que no recibía dinero por sus favores sexuales, sino que lo hacía por “un deseo insaciable y una irrefrenable pasión”.

Por curiosidad se embarcó con unos peregrinos en una nave que iba a Jerusalén para la fiesta de la Exaltación de la Preciosa y Vivificadora Cruz, sin embargo, su propósito no era religioso sino que buscaba una mayor posibilidad de practicar su vida pecadora en la ciudad que albergaba a tantos extranjeros. Un día, cuando quiso entrar en la iglesia para ver la Cruz sintió una fuerza que la detenía. Después de intentar entrar varias veces entendió que la razón era su pecaminosidad. Se sentó delante de la iglesia y sintió horror y desesperación por lo sucedido. Levantó sus ojos y vio el ícono de la Madre de Dios y le pidió que intercediera para que pudiera acercarse a la Cruz de su Hijo, prometiendo que iba a cambiar su vida. La Madre de Dios le concedió lo pedido y la mujer pudo entrar en la iglesia y venerar la Santa Cruz. Este encuentro con la Santa Cruz de Cristo por la intercesión de la Madre de Dios cambió inmediatamente la vida de María.

Lo que ocurrió puede entenderse como una crisis, como un juicio que María hizo sobre sí misma después de ver en retrospectiva toda su vida anterior. Se fue al río Jordán, lo atravesó y se dedicó a la vida ascética, pidiendo que se le otorgara el perdón de sus pecados. Su biógrafo describe cómo su penitencia era tan profunda y radical que pasó muchos años de su vida solitaria en la penitencia, sin ver ni rostro humano ni ningún animal en el desierto y por este motivo, se le concedió no solo el perdón de los pecados sino también dones especiales10.

Otro encuentro descrito en la vida de esta santa es importante para un entendimiento correcto de la penitencia. En una ocasión, un asceta anciano, el sacerdote Zósimas, la encontró mientras pasaba los días de la cuaresma, según la tradición de su monasterio palestino. Delante de él apareció una figura magra, desnuda, de piel oscura, de cabello blanco. No se parecía a un ser humano. La asceta pidió a Zósimas que le lanzara su manto para cubrirse, y después confesó sus culpas sincera y abiertamente ante el sacerdote anciano y se reconoció como una mujer pecadora. Lo que es importante destacar de este encuentro imprevisto y del diálogo entre los dos santos, es la confesión sincera de María:

Estoy avergonzada, Abba, de hablarte sobre mi desgraciada vida ¡perdóname por el amor de Dios! Pero ya que has visto mi cuerpo desnudo, de igual manera pondré ante ti mis obras para que puedas saber de qué vergüenza y obscenidad está llena mi alma. No hui de la vanidad como pensaste, pues, ¿de qué tengo que estar orgullosa, yo, que fui el vaso escogido del diablo? Pero cuando empiece mi historia correrás lejos de mí, como si fuera una serpiente, pues tus oídos no serán capaces de soportar la vileza de mis acciones. Pero, te lo diré sin ocultar nada, sólo implorándote antes que nada que reces incesantemente por mí, para que pueda encontrar misericordia el día del Juicio. (Sofronio Patriarca de Jerusalén, 2004, p. 10).

Estas frases descubren la fisonomía de un verdadero cambio-penitencia. Santa María Egipcíaca confiesa sinceramente al sacerdote Zósimas todas sus obras, sin importar cuán vergonzosas y feas sean. Es decir, la verdadera penitencia la hizo superar la falsa vergüenza humana que solo obstaculiza para la confesión sincera de los pecados y sus faltas y para el reconocimiento como pecadores. La grandeza del amor divino hacia una pecadora como ella, la dirigió al camino de una penitencia profunda, total y definitiva. El encuentro con Dios significó para ella un distanciamiento absoluto del pecado. María de Egipto, por su actitud de vivir 47 años en penitencia pidiendo a Dios el perdón de sus pecados, se convirtió en un ejemplo que la Iglesia propone a lo largo de los siglos a todos sus fieles (Ward, 1993). Ella mostró valentía para reconocerse pecadora, para confesar sus pecados sinceramente y para luchar asiduamente contra las pasiones que la perseguían incesantemente. Después de una lucha ascética, terminó su vida al recibir los Santos Misterios (la comunión) de las manos de San Zósimas.

Este hecho de despertar nuestra conciencia y de reconocernos pecadores constituye el primer elemento de la enseñanza cristiana sobre la penitencia. Para el hombre que se arrepiente no existe pecado que el amor de Dios no pueda superar. Ningún abismo de pecado es más grande que el abismo de la misericordia de Dios. Dice San Ambrosio: “el Señor no exceptuó ningún pecado, pues perdonó todos” (San Ambrosio, 1993, II, 5). Lo que los Padres designan como el peligro más grave para la penitencia y consiguientemente para la salvación es caer en la desesperación, por lo tanto, la desesperación es la ausencia de la confianza en Dios y en su misericordia. La historia de Santa María de Egipto muestra claramente que siempre existe otra alternativa, opción para el hombre creyente: aunque si peca y se revuelca en el barro del pecado, tiene la posibilidad de pasar del pecado a la penitencia, de la muerte a Dios. En efecto, el pecado no es ni el inicio ni el fin de la vida del hombre.

La desesperación y la tristeza: obstáculos para la penitencia

Los Padres de la Iglesia advierten sobre los peligros que pueden obstaculizar la penitencia y la salvación, los analizan en detalle y desarrollan una estrategia espiritual para compatirlos.

Enseña San Juan Crisóstomo: “Por tanto, siendo conscientes de esto, nunca desesperaron, pues el diablo no cuenta con arma más fuerte que la desesperación, por lo cual al pecar no le damos tanta alegría como cuando nos desesperamos” (San Juan Crisóstomo, Hom. I, 2).

San Juan Crisóstomo presenta dos figuras paradigmáticas: San Pablo y San Judas. Uno no se desesperó y el otro sí. A pesar de haber sido blasfemo, perseguidor y violento, Pablo no se desesperó, sino “se elevó hasta llegar a ser como los ángeles”. Al contrario, Judas era apóstol “pero la negligencia le hizo traidor” (San Juan Crisóstomo, Hom. I, 2).

La “boca de oro” compara la desesperación en la que cae el hombre después de haber pecado, con la tempestad que amenaza inundar la nave en medio del mar. Esta disposición del alma que ha pecado no da fruto sino que aleja aún más de la penitencia y la salvación.

Pues así como cuando el mar está embravecido y de todas partes se encrespan sus olas altas y violentas con el riesgo de inundar el casco de la nave, así también el alma que se encuentra circundada por todas partes por la desesperación, se ahogará pronto si no encuentra a alguien que le tienda una mano. La tristeza por el pecado es saludable, pero el exceso la hace funesta. (San Juan Crisóstomo, Hom. I, 3).

El elemento que se introduce aquí es la tristeza que no guía siempre hacia la penitencia. En efecto, hay un tipo de tristeza que obstaculiza la verdadera penitencia y que es más una trampa diabólica que un sentimiento cristiano positivo y sincero. Judas la experimentó después de haber traicionado a Cristo y esta tristeza le procuró la soga y no le llevó a la penitencia.

Nuestro predicador describe a Judas: “devorado por una desmedida tristeza” (San Juan Crisóstomo, Hom. I, 3). Judas se entristeció pero no se arrepintió. La desmedida tristeza privó a Judas de la intención de hacer una verdadera y sincera penitencia. Ella hace parte de la estrategia del diablo para capturar su presa. En otra homilía sobre la penitencia (IV, 1) el predicador la llama la tristeza satánica. Es la tristeza que no es acompañada por la esperanza que da sentido a cada esfuerzo y sacrificio de los cristianos. Por ella, el optimismo desde siempre caracterizaba a los cristianos. San Juan Crisóstomo aconseja: “¿Eres pecador? No te desesperes…” (Hom. II, 1).Y San Ambrosio enseña: “Nadie, pues, puede hacer bien la penitencia, sino el que espera el perdón” (I, I, 4). La esperanza es la palabra que describe mejor al cristiano.

En la enseñanza de los Padres sobre la penitencia, encontramos otra tristeza que conduce a la verdadera penitencia. Ellos parten de las palabras de san apóstol Pablo: “En efecto, la tristeza según Dios produce firme arrepentimiento para la salvación; mas la tristeza del mundo produce la muerte” (2 Cor 7, 10) e interpretan esta “tristeza según Dios” distinguiéndola del otro tipo de tristeza. La penitencia se presenta en el pensamiento de los Padres como la tristeza según Dios y es la alegría de la salvación (Sal 50, 14). Por eso la ven como el medicamento/remedio contra el otro tipo de tristeza; la tristeza satánica. Esta tristeza es una tristeza “no sanada” (la que sintió Judas) que mortifica y mata el hombre. La tristeza según Dios, al contrario, vivifica y renueva el hombre. Es un anhelo, un ansia para Dios que se ha acercado como el reino de los cielos. La penitencia acerca a Dios y Dios llena el alma de la alegría, de la paz y de la luz. De este modo, al sentir la cercanía de Dios, el hombre no está solo, ni dejado a sí mismo, ni a su descarrío y extravío.

Asimismo, la desesperación se presenta siempre como daño espiritual y obstáculo grave para la salvación en las obras de la espiritualidad cristiana. Así, San Juan Clímaco (525-608), el abad del monasterio de santa Catalina de Sinaí y gran maestro de la vida espiritual11, dice en su Escala paradisíaca: “Como que es imposible que un muerto camine así es imposible que un desesperado se salve” (XXVI). Es decir, es importante reconocerse pecador y no caer en la desesperación. Es el primer paso en el camino hacia la penitencia, según la enseñanza de los Padres. ¿Por qué es importante reconocerse a sí mismo pecador? El Crisóstomo nos da la respuesta: “Pues si no te reconoces a ti mismo como pecador, ¿no te acusará el diablo? Adelántate y quítale esta pretensión, pues su voluntad es la de acusar… tienes un acusador que no puede estar en silencio.” (Hom. II, 1).

Nuestro autor indica directamente al diablo como el enemigo de la salvación de los hombres. Explica a su auditorio que su intención es acusar al pecador y esta acusación no va a llevar a la penitencia sino a la desesperación. Este tipo de arrepentimiento se quedará sin frutos pues podría llevar al pecador al suicidio, es decir, a la pérdida de la vida eterna. Un pecador desesperado repite el error de Judas y, en su estado de desesperación, comete un pecado aún más grande, se quita la vida y se priva del tiempo para hacer penitencia.

El segundo paso para la penitencia es:

“Entra en la Iglesia y di a Dios: «he pecado». No te pido otra cosa que esto; solo esto. La Sagrada Escritura lo dice: Di primero tus culpas, para justificarte. Di el pecado para liberarte del pecado. Esto no cuesta trabajo, ni discursos complicados, ni grandes gastos de dinero, ni otras cosas parecidas. Di la palabra que exprese tus rectos sentimientos contra el pecado y di: «he pecado»” (Hom. II, 1).

El Crisóstomo presenta a sus fieles otro ejemplo que no se debe seguir: el de Caín. No por el pecado que cometió, sino por no haberlo confesado.

“Inmediatamente después de haberle examinándole aplicó el castigo, no tanto por el homicidio, cuanto por la desvergüenza: pues Dios no odia al que peca tanto cuanto odia al que obra sin pudor… Recibió el castigo por la desvergüenza, no por no haber hablado. Fue condenado aun estando convencido del pecado cometido. Pues si él mismo hubiese confesado espontáneamente, le habría sido perdonado el pecado” (Hom. II, 1).

Por tanto, el segundo paso consiste en la confesión del pecado, esta abre la posibilidad para la transfiguración, para un nuevo comienzo. El Padre de la Iglesia indica incluso el lugar donde se hace esta confesión: la iglesia, diciendo: entra en la iglesia. El ambiente donde deberíamos comenzar este cambio, esta transfiguración, es la Iglesia. Solo en la Iglesia y dentro de la Iglesia encontramos el rostro misericordioso de Dios, eso significa que la acogida que Dios hace es recibida en la Iglesia12.

Por eso, Crisóstomo enseña que “La Iglesia es un hospital, no un juzgado; no se te exige rendir cuentas por los pecados, sino que se te procura la remisión de los pecados” (Hom. III, 4). El penitente encontrará no solo la justicia divina sino también el amor divino. En la tradición patrística, la penitencia tiene siempre el carácter eclesiológico, es decir, es un acto de la reconciliación de los fieles con la Iglesia; de hecho, la penitencia y la confesión no son simplemente la remisión de los pecados personales de los fieles sino también el retorno a la Iglesia, en donde uno se puede salvar, es nuestro lugar de la salvación. Ya en la Didaché (la instrucción de los doce apóstoles), uno de los más antiguos escritos de la literatura cristiana post-neotestamentaria se lee: “en la Iglesia confiesa tus pecados” (IV, 14). Entonces, la confesión es la restauración ontológica del hombre, en ésta interviene la colaboración entre la gracia divina y la libertad humana. Siempre es Dios quien da la iniciativa y el hombre responde libremente a esta invitación divina. En este sentido, son significativas las palabras de san Agustín: “Quien te hizo sin ti no te justificará sin ti. Luego te hizo sin tú saberlo, pero no te justifica sin tú quererlo” (Sermón 169, 13). Dios no violenta nuestra libertad sino que la respeta y espera que el hombre coja la mano extendida.

Al hablar de confesión, no me refiero solo al sacramento de la confesión sino a la penitencia en el sentido más amplio. Al inicio del Evangelio encontramos la penitencia como invitación y mandamiento de Dios. Los Padres entendían y practicaban la penitencia como un estilo de vida, como un esfuerzo estable y duradero. Es un proceso que dura toda la vida porque todos vivimos bajo el pecado y estamos siempre bajo la amenaza de la tentación.

Los maestros más hábiles en el arte de la penitencia son los Padres del desierto (Regnault, 2008). Estos varones y mujeres se encaminaban hacia el desierto para luchar contra el mal interior y exterior, es decir, contra el diablo y sus pecados. Allí, en el desierto donde el diablo mostró toda la grandeza de su soberbia diabólica (Mt 4, 1-11), los padres ascetas van a luchar contra él. El desierto, el lugar que el diablo quería que le perteneciera, se convirtió en el taller de las virtudes. Allí los ascetas vivían en la penitencia constante, ejercitándose en las virtudes. Es muy característico el cuento que nos trasmiten los apotegmas de los Padres del desierto sobre Abba Sisoes, el anciano que vivió sesenta años entregado por completo a la vida ascética en el desierto, quien ya enfermo y en los últimos momentos de su vida pidió un poco más de tiempo para hacer penitencia.

Contaban que Abba Sisoes cayó enfermo. Los ancianos estaban sentados junto a él y él estaba como hablando con alguien. Le preguntaron « qué ves Abba?». Él les respondió: « Veo unos que vienen por mí, y les pido que me dejen hacer un poco de penitencia» Uno de los ancianos le dijo: «Si te dejara ¿puedes todavía hacer la penitencia últimamente?». El anciano le contestó: «Aunque no pueda, gimo un poco sobre mi alma, y eso me basta» (Los apotegmas, abba Sisoes, 49).

El hombre que alcanzó las alturas más grandes y sublimes de la vida espiritual y brillaba de la santidad antes de morir se sentía como un pecador indigno y lo que pidió fue la posibilidad de prolongar un poco más su penitencia. Esta conciencia de ser un pecador no es otra cosa que el fruto de su penitencia. La soberbia diabólica nacida de la oposición del espíritu demoníaco a la voluntad divina se vence con la humildad del siervo de Dios.

San Antonio dijo: “vi todas las trampas del enemigo extendidas sobre la tierra y dije gimiendo: ¿quién podrá pasar por ellas? Y oí una voz que me respondía: la humildad” (Los apotegmas, abba Antonio, 7).

En la tradición ascética la humildad se identifica con la perfección. La vida en la penitencia, es decir, el ascesis y la lucha espiritual, se emprende para que el hombre consiga la humildad, para que se libere de la tiranía del ego propio que le tortura y para que se cure de la egolatría. La humildad consiste en el autoconocimiento doloroso de su debilidad humana y en entregarla a Dios para poder recibir la gracia divina sanadora y santificadora. Este estado espiritual de un penitente perseverante describen las palabras de abba Pambo, quien concluyendo su vida dijo: “Y sin embargo, voy a Dios como quien no ha comenzado todavía a servir a Dios” (Los apotegmas, abba Pambo, 8).

Entonces, los Padres del desierto enseñan con su vida y con sus palabras que no basta con haberse arrepentido en alguna ocasión por un pecado cometido, sino que es preciso vivir en la penitencia, consciente de la condición actual de pecaminosidad. En razón de esta inestabilidad de la condición humana postlapsaria es necesario vivir vigilando siempre sobre sí mismo. Utilizando la bella metáfora por la que Juan Crisóstomo compara a la Iglesia como un hospital podemos identificar este proceso como una curación que debe empezar por una kénosis personal, por un vaciarse de la soberbia, del orgullo, del egoísmo y de la autosuficiencia.

Solo de esta manera se puede proponer un cambio tan grande como el que supone el de una sociedad entera. Para que no sea una utopía se debería iniciar por el cambio personal, por el esfuerzo personal dehacerse una persona mejor, un ciudadano más consciente de su entorno, de país y del mundo como casa común. Hay que decir que la fe cristiana nos enseña que este cambio-transfiguración no se alcanza solo con esfuerzos humanos. Se necesita la gracia divina, la gracia del Espíritu Santo que es la única que puede transfigurar verdaderamente al hombre. Es un proceso, que en el lenguaje de la teología se llama théosis (la divinización). La divinización (la deificación) es posible gracias a la encarnación de Cristo. La famosa frase de San Atanasio de Alejandría explica cómo es posible nuestra deificación: “Él se hizo hombre para poder hacer de nosotros dioses” (Atanasio de Alejandría, 1997, p.3). En la unión de la naturaleza divina y humana en la persona (hipóstasis) de Cristo, Dios-hombre, se posibilita nuestra divinización. Solo el Verbo es Hijo de Dios por naturaleza y los hombres son hijos de Dios por la participación. Participamos de Dios y nos deificamos en la comunión eucarística que es según san Ignacio de Antioquía “medicina de la inmortalidad” (Esmir. VIII). El proceso de la deificación comienza aquí en la tierra y se continúa en la eternidad, su fin es sin fin (Gross, 2002).

La penitencia y la limosna

Un elemento importante que el Crisóstomo incluye en su enseñanza sobre la penitencia, y que podemos señalar como su tercer paso, es la limosna13. La considera como: reina de las virtudes, óptima abogada, gran práctica (Juan Crisóstomo, Hom. III, 1). Un hecho interesante para ilustrar cuánto el Crisóstomo apreciaba esta virtud es que la ponía por encima de la virginidad y del ayuno (Hom. I, 6).

¿Qué relación tienen la limosna y la penitencia? Si definimos la penitencia como un cambio, podemos decir que el primer indicador exterior de este cambio interior es la limosna. Por una parte, con la limosna se manifiesta la disposición de un cristiano a ayudar al hermano necesitado. Esto puede significar para el hombre de hoy, mirar el sufrimiento, la angustia, la desgracia de los demás. Salir de nuestro egoísmo y autosuficiencia, de nuestro mundo estrecho donde no existe el otro sino solo yo y mis intereses. Por otra parte, la limosna suprime los pecados y aleja el juicio. Es decir, la limosna trae provecho y beneficios a la persona que la práctica.

Da al pobre, para que cuando tú calles, innumerables bocas te defiendan; la limosna te sostiene y te protege: pues el precio de las almas es la limosna. Por esto, así como las pilas rebosan de agua a las puertas de la iglesia para lavarse las manos, así los pobres se sientan ante la iglesia para que te laves las manos del alma. ¿Te has lavado las manos corpóreas en el agua? Lávate las manos del alma en la limosna. No aduzcas como pretexto tu pobreza. (Juan Crisóstomo, Hom. III, 2).

La limosna no depende del estatus social y la pobreza no es un pretexto para evitar esta práctica cristiana. Todos están invitados a mostrar la misericordia que no consiste solo en dar algo de sus bienes materiales sino también en la ayuda espiritual, el consuelo, el apoyo.

Los Padres de la Iglesia escribían y predicaban mucho sobre los pobres, es decir, la pobreza no es un tema raro en los escritos patrísticos, sobre todo en las homilías de los Padres. En su predicación, los obispos querían incitar a su auditorio a practicar las obras de la caridad cristiana, entre ellos, el lugar especial pertenece a san Juan Crisóstomo, por su amor a los pobres, pero otros Padres, los Capadocios y San Agustín, no se quedan atrás de él. Los Padres distinguen dos clases de la pobreza: la pobreza voluntaria (la de los monjes y de los ascetas es una elección voluntaria) y la pobreza involuntaria. Ellos dedican la mayoría de sus homilías a esta segunda, con el propósito de aliviar el sufrimiento y la indigencia de los pobres. El pobre involuntario es quien carece de lo necesario para vivir. La denominación pobre (πτωχός) alude casi siempre a una miseria material (Esser, 1998, pp. 380-385).

San Gregorio de Nacianzo al inicio de su discurso XIV dedicado al amor a los pobres se dirige a sus oyentes con estas palabras: “Varones hermanos y compañeros de pobreza, pues todos somos mendigos y necesitados de la gracia divina…” (Gregorio de Nacianzo, 2015). Es interesante como el obispo designa a todos los hombres, no importa su estatus social, como los mendigos y explica la razón: todos necesitan la gracia divina. Los Padres de la Iglesia van más allá en su interpretación teológica de la figura del pobre, por eso, la figura del pobre tiene una gran importancia en la tradición cristiana. Según la enseñanza de los Padres, en los pobres y en los necesitados está presente Cristo. Esta identificación de los pobres con Cristo se fundamenta en la teología de la encarnación. Siguiéndola invita el Nacianceno a su auditorio:

En verdad, si en algo confiáis en mí, siervos de Cristo, hermanos y coherederos, mientras llega el momento, visitemos a Cristo, curemos a Cristo, alimentemos a Cristo, vistamos a Cristo, hospedemos a Cristo, honremos a Cristo…sino puesto que el Señor del universo quiere misericordia y no sacrificio y la compasión está por encima de multitudes de corderos cebados, ofrezcámosle esa compasión de los necesitados y de los que ahora se encuentran arrojados por tierra…” (Gregorio Nacianceno, Discurso XIV, 40, 1).

Todo lo que hacen y ofrecen los cristianos a los pobres y a los necesitados recibe Cristo. Por esa razón, el cristianismo antiguo nunca descuidó a los pobres en sus comunidades (Mara, 1992, pp. 1814-1816). De hecho, el cristianismo mismo surgió como una nueva religión en la provincia romana de Judea (una de las más pobres) y se extendió entre los pobres, pero al llegar a las grandes ciudades del imperio romano (sobre todo la capital del imperio, Roma), convirtió también a los miembros de la alta sociedad14. Sin embargo, las riquezas, el prestigio social o la pobreza y marginación social no determinaban lo esencial para el cristiano. La virtud era lo que los distinguía a unos de otros era.

De manera que ni la riqueza ni la pobreza fueron, ni tampoco son hoy, obstáculo para alcanzar la virtud. En las comunidades cristianas primitivas sucedía que un esclavo podía ser elegido obispo, por su fe y sus virtudes. En la Iglesia todos se llamaban entre sí hermanos, las diferencias sociales y culturales se superaban dentro de la comunidad cristiana, que fundaba los vínculos entre sus miembros en el amor fraterno, no en el poder mundano.

En sus homilías, los Padres de la Iglesia presentaban a sus fieles ejemplos de los ricos que, a pesar de sus riquezas, se mostraron fieles a Dios y a su ley: Abraham y Job15; es decir, la riqueza en sí misma no es mala sino que la puede hacer mala y viciosa nuestra relación con ella. En el mundo moderno, en la sociedad consumista, existen grandes diferencias sociales que crecen cada vez más. Si las sociedades modernas no se ocupan de sus miembros más pobres y más necesitados, no pueden pretender alcanzar la paz y la concordia entre los diversos grupos que la componen16.

En este sentido, la actividad de la Iglesia a lo largo de la historia puede ser iluminadora, sobre todo después de la paz constantiniana, cuando el Imperio otorgó a la Iglesia Cristiana algunos privilegios. Un ejemplo importante es la actividad pastoral en la ayuda a los necesitados de San Basilo de Cesarea durante la carestía en Capadocia de los años 368-369, debido a la sequía. Algunos años después, Basilio organizó una institución (un conjunto de los edificios) que procuró el cuidado medicinal, la ayuda y la distribución de la comida para los enfermos (sobre todo los leprosos), los pobres y los extranjeros que tomó nombre la Basileidos (Rousseau, 1994, pp. 133-189).

Volviendo al tema de la relación entre la limosna y la penitencia, los Padres a menudo utilizaron un lenguaje comercial para describir el provecho que se obtiene con la limosna.

La ganancia y el negocio es el cielo y nosotros nos despreocupamos. Da el pan y toma el paraíso. Da un poco y recibe mucho. Da lo mortal y recibe lo inmortal. Da lo corruptible y recibe lo incorruptible… Da al pobre, para que, cuando tú calles, innumerables bocas te defiendan; la limosna te sostiene y te protege: pues el precio de las almas es la limosna (San Juan Crisóstomo Hom. III, 2).

La limosna tiene su aspecto escatológico porque a través de ella se obtiene la salvación. Lo que recibimos: el paraíso, es decir, la vida eterna, es incomparablemente más grande de lo que damos, nuestros bienes materiales. Por consiguiente, aunque la penitencia es un acto personal con dimensión eclesial y sacramental; en la práctica, muestra también su dimensión social a través de la limosna.

Conclusiones

En conclusión, podemos decir que la paz verdadera y duradera, según la enseñanza de los Padres de la Iglesia se puede obtener solo en la vida eterna, es decir, en la escatología. Es un evento que comienza con la muerte física y tiene su cumplimiento con la segunda Venida de Cristo al final de los tiempos. Sin embargo, mientras nos encaminamos hacia la Patria verdadera (Jerusalén Celeste) donde tendremos la paz eterna, debemos construir la paz en nuestra patria terrena.

El sincero constructor de la paz, el que quiere cambiar la sociedad en mejor, solo puede ser aquel que logró a cambiarse a sí mismo en mejor. Este cambio se inicia con una profunda mirada dentro de sí mismo, con la disposición de transformarse en una persona responsable y mejor a través de la lucha contra sus defectos, faltas y pecados.

Aunque empieza como un acto personal de un individuo su efecto se extiende a toda la sociedad. Las consecuencias positivas de la práctica de las virtudes cristianas son visibles y perceptibles también en nuestras sociedades modernas. Las comunidades que cultivan por ejemplo el amor hacia los necesitados y pobres ponen en práctica el amor hacia el prójimo.

Este cambio es posible realizarlo solo con la ayuda de la gracia divina. El hombre, abandonado solo a sus fuerzas no lo puede conseguir. Finalmente, este proceso comienza con la iniciativa de Dios y continúa con la respuesta positiva del hombre, con el grito: “Sáname, Señor, y seré sanado; sálvame y seré salvado” (Jr 17, 14). Este cambio, fundamental para la tradición cristiana, se llama penitencia. Toda la historia de la Iglesia nos enseña que los tiempos sin los penitentes y sin el espíritu penitencial son los tiempos de petrificación y mortificación espiritual. Consiguientemente, los tiempos sin los penitentes y sin el espíritu penitencial son los tiempos sin los santos y sin la santidad.

Referencias

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1 El artículo se escribe como el producto del proyecto de la investigación “Exégesis patrística y antropología en el horizonte de la reconciliación” finalizada por la Fundación Universitaria Unicervantina San Agustín, Bogotá, Colombia.

1Una versión corta de este artículo fue presentada como ponencia en el VII Encuentro internacional de la red de RIGES (Red de investigación y de gestión de conocimiento) que tuvo como el tema: Gestión de cambio para la paz, el 14 de septiembre 2017 en la Universidad Santo Tomás, Campus San Alberto Magno, Bogotá, Colombia.

2El tema de la paz es hoy en día muy actual en todo el mudo. Sin embargo, este tema tiene una gran importancia especialmente en Colombia ahora cuando el país se encamina hacia la paz después de décadas de la violencia. Por esta razón es esencial estudiar el tema de la paz desde diversos puntos de vista.

3Una definición de penitencia la da R. Gerardi (1995) escribiendo: “Del latín paenitentia (en griego, metánoia), significa la conversión del pecador y designael conjunto de actos interiores y exteriores dirigidos a la reparación del pecado cometido. Pero la penitencia es también un sacramento, el cuarto, instituido por Cristo para devolver al Cristiano pecador la gracia perdida con el pecado”.

4Change of mind, afterthought, II: repentance; penitence (citado por Lampe, 1961, p. 855) en G. W. H. Lampe, A Patristic Greek Lexicon, Oxford, 1961, 855.

5La verdad de la transfiguración espiritual del hombre está fundada en la verdad del hecho de la Transfiguración del Señor Jesucristo en el Monte Tabor (Luc 9, 28-36). La Transfiguración, en la que se manifestó la Luz divina es la prefiguración de la Resurrección. Es la prefiguración de la perfección escatológica del hombre y de la completa realidad material que se dará en la Resurrección universal. Ahora en la tierra el cristiano empieza su camino de divinización a través de la participación en los Sacramentos y practicando las virtudes en el amor y la oración. No se trata de un estado cumplido sino de un proceso, una lucha continua, una marcha hacia Dios.

6.Se les abrieron los ojos a los dos y descubrieron que estaban desnudos; y entrelazaron hojas de higuera y se las ciñeron (Gén 3, 7). Sobre las consecuencias del pecado original según las doctrina de los Padres se puede consultar Romanides (2002) y Rahner (1964).

7En el documento La reconciliación y la penitencia de la Comisión Teológica Internacional (1982) se constata la pérdida del sentido del pecado en el hombre moderno y esta pérdida se ve como la consecuencia de la pérdida del sentido de Dios. Recuperado de: http://www.vatican.va

8En este sentido predica san Gregorio de Nacianzo en su discurso XIV refiriéndose a los leprosos, los enfermos marginados y rechazados por la sociedad de esa época: “ellos son nuestros hermanos según Dios, aunque no lo queráis, pues han recibido en suerte la misma naturaleza como nosotros; ellos han sido formados del mismo barro con el que también nosotros hemos sido formados al principio… ellos han recibido de igual manera que nosotros lo que es conforme a la imagen y que puede que lo cuiden mejor que nosotros, aunque tengan completamente destruidos los cuerpos” (Citado por Gregorio de Nacianzo, 2015).

9La fuente principal sobre María de Egipto es la Vita que escribió patriarca Sofronio de Jerusalén (560-638).

10La santa tenía el don de clarividencia, podía caminar sobre el agua del río Jordán y se elevaba sobre la tierra durante la oración.

11Sobre la vida y la enseñanza de san Juan Clímaco véase la monografía Giovanni Climaco e il Sinai (Chialà, Cremaschi, 2002).

12“A la iglesia, ambas cosas le son lícitas (atar y desatar)….pues este derecho solo está permitido a los sacerdotes… mas Dios no hizo distinción alguna, al prometer la misericordia para todos y al conceder a sus sacerdotes el poder el poder de perdonar sin excepción alguna” (San Ambrosio, II, 7; III, 10).

13Los Padres insistían incesantemente que también los pobres debían compartir lo que tenían y hacer obras buenas. Cf. Gregorio Niseno, Discurso I; Cipriano, De buenas obras y limosna 15; León Magno, Sermón 8.

14San Ignacio de Antioquía, por ejemplo, pide a la comunidad cristiana de Roma no intervenir ante las autoridades romanas para salvar su vida. En efecto, los cristianos de Roma podían sobornar a las autoridades y de este modo cambiar la condena a muerte por una condena más ligera. Cf. Ignacio de Antioquía, La carta a los Romanos, IV, 1.

15Cf. San Agustín, Sermón 299E y Sermón 15A.

16Juan José Tamayo presenta las ideas de Huntington (El choque de civilizaciones y la reconfiguración del orden mundial) que considera que los conflictos más importantes y peligrosos hoy no se producen entre clases sociales: ricos y pobres, sino entre pueblos pertenecientes a diversas entidades culturales, religiosas. A pesar del creciente terrorismo mundial, de inspiración religiosa, que provoca la violencia más cruel, hoy no se deben descuidar las diferencias sociales como un factor fuerte que contribuyó mucho a la violencia sobre todo en América Latina. Cf. Tamayo 2005, pp. 706-715.

Citación: Aleksic, M. (2019). La Penitencia: el verdadero camino hacia la paz. Civilizar: Ciencias Sociales y Humanas, 19(36), 179-196.

Recibido: 13 de Diciembre de 2017; Revisado: 22 de Octubre de 2018; Aprobado: 21 de Diciembre de 2018

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