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Revista Latinoamericana de Ciencias Sociales, Niñez y Juventud

versão impressa ISSN 1692-715X

Rev.latinoam.cienc.soc.niñez juv vol.16 no.1 Manizales jan./jun. 2018

http://dx.doi.org/10.11600/1692715x.16103 

Teoría y metateoría

Acontecimiento y escucha: revisión de estudios sobre “el estudiante caído” y los movimientos estudiantiles en Colombia*

Event and Listening: Review of studies on “the fallen student” and the student movement in Colombia

Acontecimiento e escuta: revisão de estudos sobre “o estudante caído” e os movimentos estudantis na Colômbia

Jorge Wilson Gómez-Agudelo1 

1 Profesor Universidad del Tolima, Colombia. Profesor Asociado de la Universidad del Tolima. Profesional en Gestión Cultural y Comunicativa, Especialista en Estética, Magister en Educación y estudiante del Doctorado en Ciencias Sociales, Niñez y Juventud, Universidad de Manizales-Cinde. Orcid: 0000-0002-7465-2891. Correo electrónico: jwgomeza@ut.edu.co

Resumen (Descriptivo):

En esta investigación se busca comprender las condiciones discursivas que permitieron la emergencia y recurrencia del “estudiante caído” en Colombia. La apuesta de la revisión bibliográfica y de archivo centrada en el análisis discursivo, indaga las continuidades y transformaciones tanto en los procesos de represión, como en los procesos de resistencia del movimiento estudiantil en Colombia. A través del concepto de “juvenicidio” se interpela la normalización de la represión inscrita en el orden discursivo de la doctrina de seguridad nacional y la construcción del “enemigo interno”. A través de los conceptos de acontecimiento y escucha se indagan los procesos de resistencia y las resonancias presentes en las demandas que han movilizado a los estudiantes.

Palabras clave autor: estudiantes caídos, movimientos estudiantiles, juvenicidio, regímenes discursivos, procesos de resistencia, acontecimiento, escucha

Palabras-clave: movimiento social; movimiento estudiantil; estudiantes; violencia; resistencia a la opresión; (Tesauro de Ciencias Sociales de la Unesco)

Abstract (descriptive):

This research aims to understand the discursive conditions that allowed for the emergence and recurrence of the “fallen student” in Colombia. The review of related scientific literature and other texts is conducted through discourse analysis and the article enquires about continuities and transformations in both repression and resistance processes of student movements in Colombia. Through the concept of “juvenicide”, the normalization of repression is questioned as being deeply embedded both in the discursive order of the national doctrine of security and in the construction of the “internal enemy”. Through the concepts of event and listening the author enquires about resistance processes, as well as the resonances in what has mobilized the students.

Author key words: fallen students, student movements, juvenicide, discursive orders, resistance processes, event, listening.

Key words: social movement; student movements; students; violence; resistance to oppression (Social Science Unesco Thesaurus)

Resumo (descritivo):

Esta pesquisa busca compreender as condições de produção do discurso que permitiram a emergência e recorrência do estudante caído na Colômbia. O foco da revisão bibliográfica e de arquivo centrados na análise do discurso, indaga continuidades e transformações nos processos de repressão e resistência do movimento estudantil colombiano. Através do conceito de “juvenicidio” interpela-se a normalização da repressão registrada na formação discursiva da doutrina de segurança nacional e da construção do inimigo interno. Com os conceitos de acontecimento e escuta indagam-se os processos de resistência e ressonâncias presentes nas exigências que mobilizaram os estudantes.

Palavras-chave do autor: estudantes caídos, movimentos estudantis, juvenicidio, condições do produção do discurso, processo de resistência, acontecimento, escuta.

Palavras-Chave: movimento social; movimento estudantil; estudantes; violência; resistência à opressão (Thesaurus de Ciências Sociais da Unesco)

Todos temen pronunciar sus nombres

Caídos o muertos nadie lo supo. No asistirán con nombre propio para los libros o la historia ni siquiera para el recuerdo de los camaradas que sintieron su sudor al lado de ellos ni siquiera para sus amigos más íntimos que ahora temen pronunciar sus nombres. -Tomás Quintero Echeverri (1971)

1. El Juvenicidio y los regímenes de la Escucha

Para realizar un análisis del “juvenicidio”, en el presente estudio, se hace uso de la expresión acuñada por Valenzuela (2015) y en específico Muñoz (2015) en relación con “el terrorismo de Estado”1 poniendo como escenario las movilizaciones estudiantiles desde 1929, fecha en la que aparece el registro del primer estudiante caído en Colombia. Por su carácter complejo y sus distintas maneras de operación, quisiera proponer los siguientes argumentos centrales de esta forma de juvenicidio:

    Se centrará el análisis en la imagen del juvenicidio referida al proceso de desaparición física bien sea por muerte directa o desaparición forzada de los y las jóvenes que han pertenecido a los procesos de movilización estudiantil en Colombia, además de intentar dar cuenta de las grietas discursivas (García, 2015) que se abren a partir de las prácticas de resistencia que han permitido desarrollar las agendas de movilización a los supervivientes, es decir, las maneras en que subrepticiamente se hace presente la imagen de estudiantes caído(a)s como un referente de lucha (especialmente en las conmemoraciones del día del estudiante el 8 y 9 de junio de cada año asociadas a la tragedia de 1954 en la que murieron 11 estudiantes, como se presentará más adelante). Se busca comprender las condiciones que posibilitaron la “caída” de estos y estas estudiantes, para mostrar las lógicas en que se “normalizó” el uso de la fuerza letal del Estado que ha llevado a que se cuente, aparentemente, con una centena de muertes y desapariciones desde 1929 hasta el presente. Pero es más inquietante aún el hecho de no saber con certeza cuántos y cuántas han muerto o desaparecido y no tener registros claros de esta tragedia juvenicida. Esta carencia de archivo se interpreta aquí en dos vías, por un lado, deriva del silencio propio del régimen de discurso estatal, por el otro, del silencio autoproducido en “los camaradas y los amigos más íntimos” por “el temor a decir sus nombres” como lo expresara el poeta Tomás Quintero Echeverry.

    Cuando se indagan los movimientos estudiantiles en América Latina, varios acontecimientos fundamentales emergen como referentes para la relación entre la universidad, los procesos de transformación y las dinámicas de los movimientos sociales (Acevedo & Samacá, 2011; Archila, 2012; Flórez, 1995; González, 2010; Moraga, 2014).

    Estas referencias cuentan con una lectura panorámica de los procesos a través de los cuales el “juvenicidio” se ha manifestado, nombrando a quienes han puesto su cuerpo como evidencia de los alcances que la violencia de los poderosos ejerce sobre las luchas populares, pero sus rostros, sus historias, los dramas de sus familias quedan recluidos en el silencio. Es de especial interés en esta investigación, pensar estos silencios para lo que aquí se propone llamar los regímenes de la escucha. Es decir, los regímenes de imposición del orden que no se agotan en la ilegibilidad e invisibilidad (Gascón & Pacheco, 2015) de la alteridad, sino que se extienden a la inaudibilidad de sus demandas. Esto que Foucault (1992) llama un orden de discurso porque

    en una sociedad como la nuestra son bien conocidos los procedimientos de exclusión. El más evidente, y el más familiar también, es lo prohibido. Se sabe que no se tiene derecho a decirlo todo, que no se puede hablar de todo en cualquier circunstancia, que cualquiera, en fin no puede hablar de cualquier cosa (p. 11).

    Esta lógica perpetuadora de un orden instituido y anclado en la constitución del Estado moderno colombiano construye las polaridades “ellos, los revoltosos”, “nosotros, guardianes del orden”, dejando un sinnúmero de líderes sociales, campesinos, indígenas, sindicalistas y estudiantes en un incipiente registro de víctimas de Estado. Identidades desacreditadas por el espectro estatal que compone no solo las instituciones de gobierno, sino a instituciones como la prensa, la televisión y la radio que generalmente en nuestro país han tenido una clara relación de conveniencia con las dinámicas bipartidistas tradicionales pues estructuran una imagen de los y las estudiantes que se transforma paulatinamente entre los años de 1958 y 1971, como se mostrará más adelante. Por bipartidismo se alude aquí a la especificidad de la política colombiana a partir de la configuración del Frente Nacional que se desarrolló como respuesta a la dictadura militar del general Gustavo Rojas Pinilla y que entre los años 1958 y 1974, distribuyó el poder entre liberales y conservadores (Acevedo, 2015; Archila, 1997; Tirado, 2014).

    2. El inicio de los movimientos estudiantiles en Colombia y América Latina durante el siglo XX: un breve contexto

    Considero pertinente la propuesta de Archila (2012) sobre la periodización de los colombianos. Los análisis hechos sobre dichos movimientos en Colombia se proponen generalmente desde 1909 con la renuncia de Rafael Reyes por la presión de los opositores a su mandato y ante todo por la indignación general por la separación de Colombia y Panamá en 1903 (Archila, 2012; Gaviria, 2010; Santos, 2004). No obstante, se encuentran referencias a procesos de movilización estudiantil desde finales del siglo XVIII como “el hecho de los pasquines” que consistió en fijar letreros satíricos en lugares públicos de Santafé en 1794 y atribuido a estudiantes del Colegio del Rosario participantes de tertulias literarias que tenían como fuente la ilustración francesa (Díaz, 2009; Soto, 1999). Esta breve referencia me parece pertinente pues nos permite comprender las dinámicas de relación entre pensamiento crítico, acción directa3 y acción colectiva de los movimientos estudiantiles, comprendidos en el marco de los movimientos sociales que se expresan bien por reivindicaciones internas, bien por articulación con otros sectores sociales subalternos4. (Aranda, 2000; Archila, 2005; Mersiske, 1999).

    Además de este contexto, es de relevancia mencionar el desarrollo de los movimientos estudiantiles en el cono sur y en México pues tendrán una influencia importante durante la década de 1920 para la conformación de organizaciones estudiantiles en Colombia (Vargas, 2000), así como para la formación de líderes decisivos para el destino de la Nación, entre ellos Germán Arciniegas, Francisco Socarrás, Gilberto Álzate Avendaño, Roberto García Peña, Darío Samper y los hermanos Lleras Camargo (Flórez, 1995; Zaïtzeff, 2001). Moraga (2014) y Zaïtzeff (2001) muestran que la cercanía entre Carlos Pellicer (agregado estudiantil mexicano en Colombia y Venezuela), Germán Arciniegas y Ripa Alberdi (argentino) desde 1918, se constituirá en un elemento clave para la fundación de la Federación Colombiana de Estudiantes de entonces. Este fervor estudiantil del continente se hacía sentir cuando apenas iniciaba el trágico siglo XX como se evidencia en la realización del Primer Congreso internacional de estudiantes en Montevideo (1908), que más tarde permitiría el desarrollo de los congresos Segundo (Buenos Aires, 1910) y Tercero (Lima, 1912).

    En este escenario de acalorado trabajo en las dos primeras décadas del siglo, se presentan dos acontecimientos fundamentales que servirán de referentes para la historia de la universidad en América Latina durante todo el siglo XX. El primero de ellos, el manifiesto liminar antes enunciado (Braghetto, 2013), comúnmente conocido como el manifiesto de Córdoba de 1918 que permitirá el despliegue de la lucha estudiantil por reformar la universidad. El segundo de ellos, relacionado con el “Primer Congreso Internacional de Estudiantes” (Moraga, 2014)5 realizado en México en 1921 y que por las particularidades del proceso revolucionario mexicano derivó en otros procesos distintos a los de Córdoba. Así pues, durante toda la década de 1920, los estudiantes colombianos desarrollaron formas de organización influenciadas por esta dinámica continental que les permitiría hacer mayor presencia en las transformaciones que se gestaban y crear las condiciones para el desarrollo de los acontecimientos del 8 de junio de 1929 que constituyeron el terreno para la emergencia del estudiante caído en Colombia.

    3. Estudiantes caídos y caídas en la historia de los movimientos estudiantiles colombianos

    En este contexto antes descrito vemos pues como se gesta un proceso muy rico en el continente entero que nos permitirá comprender la influencia que tendrán los movimientos estudiantiles en las transformaciones políticas de Colombia. Sin embargo, se pretende mostrar cómo en el transcurso de la década del 60 los y las estudiantes en Colombia se transformaron de “héroes” a “enemigos internos” y cómo este escenario permitió la normalización de la muerte que se aborda bajo el concepto de “juvenicidio”.

    3.1 Gonzalo Bravo: el acontecimiento de un cuerpo testigo de la barbarie

    El 5 de junio de 1929 se iniciaron una serie de manifestaciones por la destitución del Alcalde Luis Augusto Cuervo y el 7 de junio en horas de la noche fue asesinado el Estudiante Gonzalo Bravo Pérez (Díaz, 2012). De acuerdo con la crónica del 8 de junio en El Tiempo (1954), Gonzalo Bravo cruzaba cerca de donde se encontraba una manifestación de jóvenes y la guardia presidencial respondió con fuego. Fungía entonces como director de la policía el general Cortés Vargas, responsable de la masacre de las bananeras6. Así relata Caicedo (1991) el hecho:

    El 8 de junio un suceso marcó el clímax de la crisis. Un pelotón de soldados, encargados de la seguridad de la puerta trasera del Palacio Presidencial, disparó contra un grupo de jóvenes manifestantes. El Presidente Abadía se asomó por la ventana y preguntó a los centinelas sobre lo ocurrido. No pasa nada, respondió un soldado. Era que los muchachos estaban amenazando con echarnos piedra y hemos hecho unos disparos al aire. El Presidente cerró la ventana y continuó en la reunión donde se analizaban los graves acontecimientos. Sobre la acera yacían heridos Federico Scheller, de ascendencia alemana, hijo del propietario del Hotel Europa, y el estudiante nariñense de segundo año de Derecho, Gonzalo Bravo Páez. Este último falleció en la Casa de Salud de Peña, centro asistencial adonde fue conducido por sus compañeros (párr. 4-7).

    Como primera experiencia, la muerte de Gonzalo Bravo Pérez representa la represión de Estado a los movimientos estudiantiles aunque esas expresiones de represión están presentes en toda la historia de conformación del Estado nacional sobre otros movimientos sociales a través del vínculo entre “prácticas civilizatorias y valores genocidas” (Espinosa, 2007). Pero lo más relevante de ello, es el hecho de que este doloroso acontecimiento inaugura el enunciado “estudiante caído” y produce a los sujetos (Castro-Gómez, 2015) como movimiento estudiantil en Colombia. Este discurso sobre el estudiante caído busca ser controlado en principio para poder dominar su condición acontecimental (Foucault, 1992) con el fin de instaurar regímenes de escucha que construyan verdades sobre las que se soporta la política ejercida efectivamente (Foucault, 1988). Es por ello que en el relato, el soldado habla de los estudiantes que estaban “amenazando con echarnos (sic) piedra” y por ello “hemos hecho unos disparos al aire” para que en consecuencia el presidente cierre la ventana y continúe la reunión. La verdad aquí construida presupone una amenaza que es respondida con el uso de la fuerza, pero esta verdad es desbordada, pues la muerte de Gonzalo se configura acontecimiento en la medida que su comunidad de escucha interpela el discurso y emerge entonces un apoyo multitudinario que da forma y contenido al proceso de organización estudiantil en adelante. La apropiación de este discurso presenta dos fuerzas en tensión (Díaz, 2012), una memoria “desde arriba” que va a constituirse como bandera de lucha de liberales contra conservadores y una memoria “desde abajo” que se apropian los estudiantes y sus comunidades de escucha7. Quisiera poner en consideración el relato que hiciera Arciniegas (1982) de la marcha en la que es despedido Gonzalo para ilustrarlo:

    Así llevamos a Bogotá, un día, entre seis tablas pintadas de negro, a Gonzalo Bravo. ¿Quién era Gonzalo Bravo? Naturalmente un estudiante. (…) Un estudiante asesinado es un gran dolor. (…) Bogotá toda condujo los despojos de Gonzalo Bravo caminando en silencio. Había algo más que las seis tablas de pino pintado: sobre ellas, una bandera de seda. Con sus colores vivos, sin crespones, oro escarlata, esmalte azul: una insurrección. Claro: detrás de la Universidad marchaba la República. Había dolor en el silencio, y alegría de juntar a todas las almas de Dios (pp. 182-183).

    Era la república la que marchaba detrás de la universidad, pero “había dolor en el silencio”. El silencio es ensordecedor en una marcha en la que las “seis tablas pintadas de negro”, levantan el cuerpo caído de Gonzalo. No se trata de un cuerpo que ha caído no más, se trata de un cuerpo que marcha en hombros por las calles de Bogotá, recordándonos que la voz que grita nos interpela desde una penumbra enmudecida. La república, con su proyecto de libertad, produce la barbarie que marcha detrás de la universidad. Un hecho aterrador se hace evidente, los arrogantes responsables asumen una responsabilidad política que, sin embargo, no produce efectos jurídicos (Agamben, 2000), pues como decíamos antes permanece una impunidad que es diezmada por el reconocimiento del hecho como un error en el que difícilmente se tenga concreción sobre el responsable material del hecho. Arciniegas se hace a una escucha como superviviente y su preocupación por el destino del movimiento estudiantil será constante en la posteridad. Serán horas de angustia las que vivirán las repúblicas americanas y de ello Arciniegas dará cuenta en su cruce epistolar con el poeta mexicano Carlos Pellicer (Zaïtzeff, 2001).

    Toda sociedad está constituida por campos de fuerza antagónicos que se disputan el control del poder y estas disputas por el discurso son ante todo una expresión de “lo político” en el sentido que Mouffe (2011) y Castro-Gómez (2015) le otorgan al concepto. Es decir, el discurso emerge para intentar ejercer control sobre las relaciones de poder y es allí donde las comunidades de escucha le retornan su condición acontecimental cuando ponen en tela de juicio la verdad construida sobre los hechos acaecidos.

    3.2 La pugna entre liberales y conservadores por el “estudiante caído”: Eduardo González y las protestas de 1945

    Entre el año 1930 y 1946 el país contó con uno de los procesos de transformación más importante y que ha sido denominado como República Liberal. En este proceso se encuentran los mandatos de López Pumarejo quien promovió la creación de la ciudadela universitaria en la que hasta hoy se encuentra la Universidad Nacional de Colombia.

    Para mayo de 1945, el poder del Estado estaba en manos de los liberales. Los conservadores por supuesto buscaban desestabilizar el gobierno de López Pumarejo y tuvieron la oportunidad. El 27 de mayo se presentaron varias protestas en el país motivadas por los conservadores (Díaz, 2017) y en las que se reclamaba el nombre de Eduardo González como mártir estudiantil (Díaz, 2012).

    Esta “pugna por la memoria”, nos permite comprender las maneras en que operan los discursos hegemónicos y cómo estos buscan situar la memoria en un terreno que pueda ser controlado. No es el rostro o la voz de Eduardo González la que presenta relevancia, es el dato, “el mártir” del cual hacer uso para la disputa del poder simbólico y la usurpación de la memoria. El drama de Eduardo González es que ni siquiera ha sido contado como estudiante caído, lo cual representa una doble impunidad:

    una memoria perdida que nos permite inferir su muerte simbólica y un caso más de responsables no juzgados que nos recuerda su muerte física.

    3.3 Las movilizaciones del 8 y 9 de junio de 1954: la fuerza impuesta con la muerte y la génesis de la conmemoración del “estudiante caído”

    El general Gustavo Rojas Pinilla estaba en el poder para el año de 1954. El país se encontraba atravesado por la violencia que tenía como protagonistas a campesinos, abriendo la brecha cultural más honda de la historia del país hasta entonces. Cada año desde 1930, los estudiantes de la Universidad Nacional, conmemoraban el nombre de Gonzalo Bravo a través de los Carnavales Estudiantiles que habían nacido en 1921 (Guarín, 2011). Para el 8 de junio de 1954 se había organizado la conmemoración pero se impidió el desarrollo del carnaval como estaba planeado y en predios de la Universidad Nacional, Uriel Gutiérrez cae tras recibir un impacto de bala en la cabeza que le cegó la vida de manera inmediata. El 9 de junio la indignación crece y tras una movilización hacia la plaza de Bolívar, la manifestación es detenida en la carrera 7 con calle 13 lugar donde se produjeron los confusos hechos que llevaron a la muerte de Álvaro Gutiérrez Góngora, Hernando Ospina López, Jaime Pacheco Mora, Hugo León Velásquez, Hernando Morales, Elmo Gómez Lucich (peruano), Jaime Moore Ramírez, Hernán Ramírez Henao, Rafael Chávez Matallana y José Carlos Grisales (Santos & Samper, 1965). Hubo órdenes de limitar la información entregada y en las primeras consideraciones sobre el hecho, se estableció como acción de “legítima defensa” pues “el Gobierno de las fuerzas armadas ha querido dar solución a los graves sucesos perturbadores del orden social, ocurridos en la capital de la República” (El Tiempo, 1954). En esta consideración, vemos pues el carácter con el que se empieza a tejer la relación discursiva entre “una otredad alteradora del orden público” y un nosotros “guardianes del orden” atravesados por la legitimación del uso de la fuerza que el gobierno de Rojas Pinilla había constituido bajo la figura del estado de sitio (Valencia, 2014). Pese al dolor, la naciente Federación Nacional de Estudiantes emite “la Resolución 2 de Junio 9 de 1954, en el (sic) que resolvió entre otras cosas declarar el día del estudiante colombiano en honor a los jóvenes caídos” (Reina, 2012, p. 108), lo cual constituye un discurso que organiza una memoria colectiva de resistencia pues traza una línea de demarcación que da cuenta del proceso de organización estudiantil y su recurso a los estudiantes caídos. Estos estudiantes representaron un dolor profundo para el país en 1954 y en ello artistas plásticos como Alejandro Obregón y Judith Márquez así como la pluma de Clemente Airó (1955) tendrán una escucha que permitirá la circulación de una memoria sobre los estudiantes caídos8.

    3.4 Un país convulsionado: Los caídos entre el 4 y el 10 de mayo de 1957 y el orden discursivo del heroísmo

    Las protestas de 1957, son consideradas como “las primeras referencias explícitas a una organización universitaria nacional que se conocen en la historiografía de mediados del Siglo XX” (Acevedo & Gómez, 2000, p. 2). En ese contexto, los y las estudiantes se encontraban con un país de escasa participación democrática pero con un importante desarrollo del proceso de regionalización a través dela creación de nuevas universidades. Estas dinámicas de confrontación con el orden instituido, tenían como telón de fondo el proceso de la crisis de la presidencia de Rojas Pinilla que movilizó un paro general en todo el país. En esas circunstancias el uso desequilibrado de la fuerza llevó a que cayeran Ernesto Aparicio Concha y Pedro Julián Tamayo en Bogotá, Jorge Chica Restrepo y Guillermo Bedoya Bedoya en Manizales, Hernán Mejía Correa y Alfonso Pérez Yepes en Medellín, José Ramón Caicedo, Antonio José Camacho, Víctor Ramírez y Reinaldo Escobar en Cali. Estos cuatro últimos eran estudiantes de colegios que no superaban los 15 años. Dicha dinámica desencadenó la dimisión de Rojas Pinilla el 10 de mayo de 1957, para que se instalara una junta militar de gobierno que llevaría a la posterior creación del frente nacional (Acevedo, 2015; Archila, 1997). A estos estudiantes se les presentó como héroes pero en poco tiempo esta imagen se transformará en la prensa contribuyendo en la constitución de un orden discursivo creador de las condiciones propicias para la normalización del uso de la fuerza desmedida del Estado (Reina, 2012).

    3.5 Estudiantes como “enemigo interno” o la normalización del juvenicidio: los caídos desde 1963

    El recurso a la legítima defensa y la estructuración del estudiante como “enemigo interno” aparecerá de manera paulatina en el transcurso de la década de 1960 por el proceso de articulación con los paros cívicos, en concordancia con lo que Archila (2012) denomina “radicalización contra el bipartidismo”, es decir, contra la distribución conveniente del poder entre liberales y conservadores a través de alianzas políticas que cerraron el espectro democrático y que en Colombia está ubicado históricamente entre 1958 y 1974. Esta radicalización de los estudiantes es lo que Tirado (2014) presenta como manifestación contra el principio de autoridad. En este proceso se encuentra además el fortalecimiento del proceso insurreccional9 inspirado en la revolución cubana y las figuras emblemáticas del Che Guevara y Camilo Torres Restrepo. La prensa empezó a configurar entonces una imagen de estudiante como problema, presentando así un “cambio de actitud ante los jóvenes” (Reina, 2012, p. 101) Es decir, una transformación del discurso del heroísmo (Le Bot, 1979; Ruiz, 2002) en una clara demarcación de un orden instituido que se enfrenta a una barahúnda de jóvenes instigados e instigadas por el desorden (Cruz, 2013; Villamil, 2010) de los agitadores de extrema izquierda, tal como lo relata el editorial del tiempo del 14 de junio de 1975 un día después de la muerte de Luis Alfonso Llanos en la Dorada Caldas:

    La participación indebida de grupos disolventes en las manifestaciones estudiantiles ha desviado a éstas del cauce legal para precipitarlas a decisiones desorbitadas y propicias al desbarajuste social. Los estudiantes son aprovechados habilidosamente por los instigadores y agitadores de extrema izquierda, que se hallan empeñados en procurar la modificación de las estructuras institucionales de la República. Su afán subversivo no tiene límites y es así como toman las causas juveniles de pretexto para entrometerse en sus problemas y distorsionarlos a fin de crearle a la administración un clima de intolerancia y de beligerancia capaz de destruir las bases mismas de nuestro ordenamiento jurídico (El tiempo, 1975, p. 4-A)

    Desde 1957, el proceso de represión del Estado colombiano se fue refinando a través de la creación paulatina de la imagen de las y los estudiantes revoltosos en alusión a la “revuelta” (Acevedo & Gómez, 2000), desvirtuando la idea de la revolución como proceso de organización popular para la toma del poder en cabeza de la izquierda. Esta imagen atravesó la experiencia latinoamericana en una clara preocupación por el ascenso del marxismo en los centros universitarios y en las dinámicas de organización popular que encontraron formas de articulación (Hobsbawm, 2014). Es por ello que las universidades tendrán un capítulo importante pues en el contexto de la guerra fría, la normalización de la muerte y desaparición de estudiantes se enmarca en la construcción discursiva del “enemigo interno” o “enemigo absoluto” bajo la doctrina de la seguridad nacional (Ahumada, 2007; Espinosa, 2007; González, 2015; Leal, 1997; Movicenar, 2014; Trejos, 2011), a través de una imagen recurrente reproducida hasta el presente (Baeza, 2004). Una imagen que además cuenta con la lógica recurrente del estado de excepción que constituye la soberanía como el poder de dejar vivir y hacer morir, en otras palabras, lo que Mbembe (2011) llamará necropoder10. Este necropoder opera precisamente en una lógica de exclusión discursiva que configura el adversario en enemigo a través de la criminalización de su acción colectiva. Pero esta manera de producir un discurso sobre la criminalidad en relación con el aparataje jurídico del Estado, aparece en Europa en el siglo XIX y se instala como estrategia de dominio pues “el criminal es aquel que damnifica, perturba la sociedad. El criminal es el enemigo social” (Foucault, 1996, p. 40). Es decir, la criminalización como estrategia de contención de las fuerzas en tensión con el orden instituido de quienes detentan el poder.

    En la década de 1960 la politización de los movimientos estudiantiles se hará cada vez más visible planteando una postura antiimperialista que va a marcar el desarrollo de otras agendas de movilización que darán origen a diversas organizaciones estudiantiles en todo el país (Ruiz, 2002). La radicalización contra el Frente Nacional que se expuso anteriormente y que Archila (2012) propone como periodización para comprender la articulación con la izquierda colombiana, estuvo caracterizada por la caída de un número desconocido de estudiantes en diversas situaciones, de los cuales se recuperaron registros de al menos una veintena de ellos. Nuevamente, será un artista plástico quien se haga a una escucha en el año 1965 como es el caso de Luis Ángel Rengifo antes mencionado.

    En el año 1971, el sistema universitario estaba prácticamente paralizado porque las y los estudiantes reclamaban mejores condiciones para el cogobierno universitario además de demandas específicas en algunas universidades regionales. En este escenario se presentará la muerte de Edgar Mejía Vargas “Jalisco” y de Carlos Augusto González Posso “Tuto” en Popayán y Cali el 26 de febrero y el 4 de marzo respectivamente. Aquí acudirán con la poesía Enrique Buenaventura y Tomás Quintero para dar cuenta de la caída de los estudiantes. También la poesía poeta Jesús María Peña Marín “Chucho” desaparecido el 30 de abril de 1986 en Bucaramanga, que refleja la preocupación por la construcción discursiva sobre el orden.

    “Universidad del Valle día 26 de febrero no lo olvide compañero Allí empezó la pelea con 4 estudiantes muertos no lo olvide compañero luego vino la masacre con 11 muertos del pueblo no lo olvide compañero 15 muertos 15 muertos día 26 de febrero La lucha definitiva ha empezado. No olvide al gobernador No olvide al presidente No olvide al comandante Tampoco olvide al rector No olvide a la oligarquía Ni a la clase dominante Los asesinos lacayos del imperialismo yanky 15 fueron compañeros 15 los muertos del pueblo 15 semillas de sangres que florecerán de nuevo que florecerán de nuevo”. Poema “26 de febrero” por Enrique Buenaventura (1971)11.

    “I Te partieron la risa, camarada. Marzo te sorprendió con balas en la espalda. Te quitaron paisajes y calles de faroles y las lunas que viste crecer en tu ventana te quitaron las tardes y los árboles y los domingos largos…

    Te arrancaron de pronto los años que guardabas y en cambio te entregaron en cápsulas de odio

    Todo el rencor que cupo debajo de tus carnes. Se robaron tu aliento, CAMARADA.

    En esa misma calle de esquinas y muchachas, en esa misma calle que fue

    un VIETNAM furiosos de minutos escasos… Olvidaste, -perdoná, yo sé que lo sabíasque aquí es costumbre antigua

    fusilar primaveras y asesinar gorriones que no quieren jaulas.

    II Caíste en el silencio

    con las alas plegadas y claveles violentos floreciendo en tus hombros.

    Caíste con el grito que atravesó distancias con las mejillas rotas y las manos cansadas,

    con la consigna herida por bombas y por balas y con algo de tiempo que le sobró a la nada. CAISTE

    PARA QUE ALGUIEN PUEDA CARGAR MAÑANA azucenas y niños en lugar de fusiles.

    III Y ahora camarada Perdoná que no lloremos,

    Perdoná que no llevemos traje negro ni que pongamos cintas en nuestras banderas rojas.

    Tenemos que dejarte debajo de la hierba verde debajo de la tierra y las nubes.

    Delante de las filas quedó vacío tu puesto: tenemos que seguir la marcha

    y borrar tu sangre con más sangre y luego volveremos,

    ténlo por seguro, volveremos con cantos y palomas blancas, con los fusiles mudos y humeantes

    a colocar los himnos al lado de tu tumba y a recordar, mordiendo la nostalgia,

    al muchacho guerrero que se fué cuando Marzo apenas comenzaba.

    Poema “Tuto González” por Tomas Quintero (1975)12.

    “Tan solo es necesario vestirnos color de poesía, impregnarnos la frente de fragancia verso libre,

    ser prototipos del estilo canto sin barreras, caminar del lado de la vida duro contra el viento

    para que seamos declarados elementos fuera de orden”. Poema “Señales” por Chucho Peña asesinado en 198613.

    Las radicalizaciones de los movimientos estudiantiles entre 1975 y 1990 crearon las condiciones para que el Estado colombiano afinara el discurso sobre el enemigo interno. En este periodo que Archila (2012) propone como proceso de articulación con el movimiento popular, el sector estudiantil experimentó una dura represión, lo que representa cerca de 200 estudiantes asesinados y desaparecidos en los registros consultados. Sin duda alguna, este periodo es el que representa la consolidación de una política sistemática del Estado y el paramilitarismo para sembrar terror entre los y las estudiantes y otros sectores sociales. Algunos de quienes participaron en estos procesos del movimiento estudiantil, construirán una prosa que se acercará a las vivencias de aquellos años. Es el caso de las novelas de Adalberto Agudelo (2000), Juan Diego Mejía (2003), Carlos Medina (2002) y Luis Fayad (1991). En cada una de estas expresiones, encontramos referencias a la muerte o desaparición de estudiantes. Algunos personajes ficcionados y otros reales que cayeron en diferentes procesos de movilización. Entre los años 1990 y 2011, la violencia paramilitar, la desaparición y la criminalización aparecen también como recurrentes, representando cerca de 100 estudiantes caídos en diversas situaciones. Las conmemoraciones sobre el “día del estudiante” continuarán más o menos ininterrumpidas pero cada vez serán más desconocidos los nombres, los rostros y las historias de dichos estudiantes. Cada estudiante es una vastedad, pero, ¿quiénes han sido las comunidades de escucha que han mantenido una memoria incipiente pero que pese a ello nos llega hasta el presente?, ¿por qué esta fragilidad de la memoria?14

    Se ha planteado aquí que esta precariedad, está inscrita en una tensión entre el silencio producido por los regímenes de discurso y el silencio autoproducido (Cisternas & Valenzuela, 2013) por quienes se propone llamar “comunidades de escucha” que se estructuran a través de un procedimiento (Foucault, 1992) que se propone llamar “régimen de escucha”. Pero ese silencio autoproducido es entendido además como una estrategia de supervivencia pues implica un reclamo de justicia a los responsables que pone en riesgo la vida misma de quienes reclaman a sus víctimas. De hecho, Archila (2005) muestra como para finales de la década de 1980 con el aumento de la violencia contra líderes de izquierda15, los y las estudiantes tuvieron que establecer formas de protesta que evitaran los riesgos inminentes derivados de la persecución estatal y paraestatal. Además, este silencio autoproducido responde para el caso de los movimientos estudiantiles, a su situación cíclica dada la naturaleza misma de la condición estudiantil. No obstante lo anterior, pese a lo incipiente de esta memoria, se presentan otras formas de circulación hasta el presente, que se manifiestan en la conmemoración del 8 y 9 de junio en muchos claustros universitarios fundamentalmente públicos. Algunas de estas manifestaciones atravesadas por la lectura conflictiva entre lo conmemorable y la confrontación directa con las fuerzas policiales del Estado.

    4. Entre el olvido, la monumentalización y el acontecimiento

    En este proceso de indagación sobre “estudiantes caídos” se ha encontrado que la mayoría de los registros están construidos sobre la lógica noticiosa de denuncia sin un amplio contexto de la situación concreta que llevó a que estuvieran en el lugar y momento de su propia tragedia. Muchas situaciones confusas que los y las convierte en víctimas de un Estado que enfrentan con la desnudez de un cuerpo movido por ideas, un cuerpo que tiene por armas el pensamiento y la voz que grita.

    Una memoria precaria inscrita en un orden discursivo que comporta lógicas de silenciamiento propias de las doctrinas de seguridad nacional, el silencio autoproducido y el dolor propio del recuerdo ya que, por ejemplo, muchos sobrevivientes temen además escuchar las músicas de aquellas épocas “porque una melodía o una canción en especial está asociada a la desaparición de un estudiante o de un compañero” (Acevedo, 2004, p. 172). Lógicas que estructuran el olvido como mecanismo de poder ante la recurrencia de la impunidad sobre las responsabilidades del Estado y que aparecen como expresión del juvenicidio. Unas formas de muerte física y simbólica que se han descrito anteriormente y que Muñoz (2015) presenta en un amplio campo que extiende sus fronteras por los asesinatos sistemáticos, los atentados a la vida digna y las representaciones mediáticas que los señalan como peligro, responsabilizándolos como causantes de la violencia o los problemas económicos del sistema que los excluye (Valenzuela, 2015).

    En este contexto, emergen algunos registros que construyen otra forma de la memoria que, aunque precaria, persiste en el tiempo y permite que en el presente se rememoren a través de las celebraciones del “día del estudiante”. Estas formas de la memoria se han instituido como memorias monumentalizadas16 que pierden relevancia con el tiempo porque aunque dan cuenta de los estudiantes caídos, se vuelven parte del paisaje y no construyen una referencia más estrecha con el acontecimiento. No obstante, estas memorias también permiten que las conmemoraciones anuales del 8 y el 9 de junio, actualicen los nombres de quienes han inscrito con su cuerpo las luchas estudiantiles.

    Se ha presentado además, la emergencia de unas estéticas que se resisten al olvido y construyen formas de circulación de la memoria que se inscriben en los registros propios de la literatura, la poesía, las artes plásticas o lo que Rancière (2014) propone llamar un régimen estético de las artes. Expresiones que tienen la posibilidad de permanecer en el tiempo, que cuando reaparecen, reinscriben el acontecimiento y nos recuerdan (recordari en latín traduce volver a pasar por el corazón) que aún tenemos mucho por escuchar sobre los y las estudiantes caídos y caídas.

    En este sentido se propone el acontecimiento como productor de resistencias ya que en la recuperación de dichas memorias se da apertura al significante de dicho enunciado y emerge una tensión viva que nos permite recordar que murieron bajo la represión de un poder que intenta imponer el olvido. Es por ello que el acontecimiento expresa la imprevisibilidad, porque en palabras de Di Martino (2011) “el acontecimiento tiene lugar cuando es ‘perforado’ todo horizonte de espera, cuando el horizonte es suspendido, fisurado: el acontecimiento es lo que no se deja determinar con anticipación, lo que no puedo no debo ver venir, lo que lacera y reescribe el horizonte mismo” (p. 23). Dicho de otra manera,

    El acontecimiento requiere la existencia de un sujeto que se transforma y transforma “el mundo”, a partir de la constitución de una narrativa propia en la que se entrelaza la vivencia del mundo común y la apertura a nuevas posibilidades que lo llevan a desnaturalizar su ubicación en él. En este sentido, el acontecimiento es relacional y no causal (Alvarado, Loaiza, & Patiño, 2012, p. 858).

    Es decir, el enunciado “estudiante caído” es fundacional de los movimientos estudiantiles en Colombia que se apropian de este, como significante abierto y configura un horizonte de acción. Pese a la precariedad de la memoria, oral y escrita sobre ellos, persisten estas comunidades que abren el significante a partir de la experiencia de una apertura a una escucha como “espacialidad que, al mismo tiempo, me penetra” (Nancy, 2007, p. 33) para que pueda existir una rememoración que da cuenta no sólo de aquello que pasó como materialidad del hecho, sino de las derivas que presenta en los procesos de resistencia actuales a través de sus formas diversas de acción. En los procesos de movilización presentes emergen experiencias como las marchas silenciosas, las marchas carnavales y otras formas performativas que tornan públicas las calles para presentar sus demandas como un eco de las luchas emprendidas desde la emergencia de estas formas de acción de los estudiantes en Colombia. En el año 2011 se presentaron amplias movilizaciones en Colombia coordinadas por la Mesa Ampliada Nacional de Estudiantes (Mane) (Cruz, 2013; Mane, 2011a) que mostraron con creces que el recurso a otras formas de expresión, convocan a amplios sectores sociales a poner en juego el orden de cosas establecido por los poderes instituidos. Así mismo, es emblemático elcaso de “La marcha carnaval por la vida y por el agua” organizada en Ibagué desde el año 2009 y que inició como una expresión de sectores estudiantiles en articulación con otros sectores universitarios así como con otros sectores sociales del Departamento del Tolima, para hacer frente al desarrollo de la minería a cielo abierto en el Municipio de Cajamarca (El Nuevo Día, 2016).

    5. Conclusiones:

    Se ha planteado entonces que los estudios presentados sobre movimientos estudiantiles en Colombia adolecen de una lectura profunda sobre esta forma de juvenicidio que continúa reproduciéndose en el presente.

    Además de esto, que las tensiones entre el silenciamiento, la precariedad de la memoria y la reivindicación del recuerdo están atravesadas por las disputas por el poder simbólico (Aguilar-Forero, 2016) en un campo de fuerzas complejo. Al silenciamiento producido por la criminalización de la acción y la producción de un temor latente que se ha llamado aquí “regímenes de la escucha”, se le contraponen procesos de resistencia en tanto las “comunidades de escucha” acontecen en la acción de recuperación de estas memorias silenciadas.

    Por último, que las marcas de las luchas sociales que los movimientos estudiantiles han configurado desde el siglo XX en Colombia, se nos siguen presentando como antagonismos profundos (Zizek, 2016) en el presente y estos encuentran ecos en las comunidades de escucha que no sólo se ocupan de la memoria precaria sobre los estudiantes caídos, sino que aparecen como preocupación por los procesos de transformación de los estados a partir de las lógicas del mercado transnacional. Lo que otrora defendieran los estudiantes en sus demandas internas como la autonomía universitaria, la libertad de cátedra, una mayor participación de las comunidades académicas en las decisiones fundamentales de las instituciones educativas, la financiación estatal y mayor cercanía entre el saber producido con la sociedad a la que se debe, así como las demandas generales (Ruiz, 2002) o demandas externas, relacionadas con la idea de consolidar una democracia para el país, seguirán vigentes en los planteamientos de los movimientos estudiantiles hasta el presente (Mane, 2011b). No se trata sólo de movilización por demandas específicas del sector estudiantil que cuestiona la estructura del sistema de educación por su reducción a una oferta de mercado, sino del reconocimiento de estas demandas en relación con un modelo de país que sigue siendo excluyente y ha minado los derechos que fueron conseguidos con esfuerzo por los procesos de movilización social que los conquistaron.

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    * Este artículo de revisión de tema (área ciencias sociales - sub área interdisciplinaria), hace parte de la investigación “Acontecimiento y escucha en los movimientos estudiantiles colombianos” desarrollado como requisito para la candidatura a Doctor en Ciencias Sociales, Niñez y Juventud, en el marco del Doctorado en Ciencias Sociales, Niñez y Juventud de la Universidad de Manizales iniciado en el mes de agosto de 2015-finalizará en agosto de 2019. Tutor: Dr. Jaime Alberto Pineda Muñoz. Fue presentado como ponencia en la II Bienal Iberoamericana de Infancias y Juventudes el 9/11/16 y representa una aproximación al estado del arte sobre el tema de investigación. El proyecto se encuentra avalado por la Universidad del Tolima mediante Acuerdo 0162 del 31 de julio de 2015 del Consejo Académico

    Referencia para citar este artículo: Gómez-Agudelo, J. W. (2018). Acontecimiento y escucha: revisión de estudios sobre “el estudiante caído” y los movimientos estudiantiles en Colombia. Revista Latinoamericana de Ciencias Sociales, Niñez y Juventud, 16(1), 71-87. doi:10.11600/1692715x.16103

    1El Movimiento de Víctimas de Crímenes de Estado, capítulo Nariño, también define la persecución de las víctimas como terrorismo de estado (Movicenar, 2014).

    2Como en los casos documentados del 68 mexicano (Quiroz, 2008), el del colectivo 82 por la Asociación de Familiares de Detenidos Desaparecidos (Asfaddes) (Salazar, 1999) y el de Johnny Silva Aranguren en Cali (Universidad del Valle, 2008).

    3La Red Conceptualismos del Sur, ha planteado la acción directa como forma de expresión de los colectivos artísticos que buscan generar dinámicas simbólicas que ponen en crisis el flujo de “normalidad” de la cotidianidad. Sin embargo, la acción directa también es una forma de expresión de colectivos diversos que ponen en juego la noción restringida de arte y tensionan sus significaciones. El trabajo de la Red Conceptualismos del Sur ha girado en torno a lo que proponen llamar “estéticas sísmicas” que en las décadas del 70 y 80 se enfrentaron a los duros procesos de represión de las diferentes formas de dictadura en el cono sur. (Red Conceptualismos del Sur, 2012).

    4Previamente al “hecho de los pasquines” (Soto, 1999) o “la revuelta de los pasquines” como la nombra Díaz (2009), los estudiantes del colegio del Rosario y del colegio de San Bartolomé, reclamaban la introducción de la filosofía ilustrada en la enseñanza. Este reclamo estaba relacionado además con la agitación independentista que se empezó a gestar en las tertulias literarias que tuvieron como protagonistas a Antonio Nariño y José María Cabal entre otros intelectuales. Respecto de la movilización contra el gobierno de Rafael Reyes en 1909 Medina (1984) muestra que en las jornadas del 13 de marzo que llevaron a la renuncia del General Reyes, los estudiantes se articularon con los artesanos y aunque sus reclamos en principio se encaminaron a pedir una reforma de la recientemente reabierta Universidad Nacional, la revuelta conjunta con los demás sectores, estaba marcada por el descontento generalizado por la situación económica del país para entonces y sobre todo por los acuerdos bilaterales derivados del proceso independentista dePanamá, sobre los que se tenían profundas objeciones (Gaviria, 2010). En décadas posteriores se encontrará una articulación de los movimientos estudiantiles con los paros cívicos que en el país han representado una importante fuerza de cohesión en las luchas democráticas.

    5En rigor hablaríamos del Cuarto Congreso, pues los 3 primeros se describieron anteriormente.

    6El 6 de diciembre de 1928 en la ciudad de Ciénaga (Departamento del Magdalena), se presentó una huelga de trabajadores de la United Fruit Company que reclamaban mejores condiciones laborales en un pliego petitorio de nueve puntos. Esto los enfrentó con un contingente del ejército del cual quedó un saldo aún incierto de víctimas y que en Colombia se conoce como la masacre de las bananeras (Archila, 1999).

    7En una de las primeras apuestas documentales del país, los Hermanos Acevedo producen la película 8 de junio de 1929 que narra los sucesos previos a la caída de Gonzalo Bravo y la marcha colectiva que conduce el cuerpo sin vida del estudiante. Véase Acevedo (1929)

    8En la plástica se encuentra una escucha de los estudiantes caídos en los trabajos El estudiante sobre el asfalto [Ilustración] de Judith Márquez (1955), Estudiante Muerto [óleo sobre lienzo] de Alejandro Obregón (1956), Colombia llora a un estudiante [óleo sobre lienzo] de Ignacio Gómez-Jaramillo (1958), Monumento al Estudiante [mural en mosaico] de Lucy Tejada (1958) y Homenaje a un estudiante [acrilografía] de Luis Ángel Rengifo (1965). Véase al respecto Museo Nacional de Colombia (2015).

    9Autores como Acevedo (2012), Archila (2005) y Sánchez y Meertens (2006) muestran los vínculos que tendrán los estudiantes con los procesos insurreccionales y sus articulaciones a los reductos de los procesos de bandoleros como Pedro Brincos a través de las relaciones con el Movimiento Obrero Estudiantil Campesino (Moec), el Frente Unido de Acción Revolucionaria (Fuar) y el Movimiento Revolucionario Liberal (MRL) entre otras formas de organización. Se entiende aquí que las movilizaciones de los estudiantes no se podrían reducir a la militancia política de partido pues la inmensa diversidad de acción que constituye el universo estudiantil implica tener precauciones para no caer en simplistas generalizaciones. En ello han llamado la atención Acevedo & Samacá (2011) y López (2015), entre otros.

    10Por supuesto nos inquietan también las formas de represión a que se enfrentaron los estudiantes en el resto de América Latina (Arce, 2013; El Espectador, 2014; Orellana, 2008; Yasky, 2007).

    11Véase González (2015).

    12Véase “Nos topamos con…” (2006).

    13Véase (Reyes, s. f.)

    14Se puede consultar el listado que se ha elaborado a partir de diferentes fuentes en: https://figshare.com/s/f5c2393874d5380ad49a.

    15Es paradigmático el caso del genocidio de la Unión Patriótica, partido político emergido de los diálogos del gobierno con la insurgencia colombiana desde 1984 y en el que además de desmovilizados, participaron diversos líderes sociales. Se estima que más de 5000 militantes fueron asesinados selectivamente en las décadas de 1980 y 1990 (Marín, 2017; Grupo de Memoria Histórica, 2013).

    16Se trata de las placas conmemorativas de la masacre de 1954 (Anónimo, 2017); Carlos Fernando Henao, caído en Manizales en 1976 (La Patria, 2011); Tomás Herrera Cantillo, caído en Tunja en 1987 (Anónimo, s. f.); Norma Patricia Galeano, caída en Ibagué en 1994 (Salmón, 2016); entre otras.

    Recebido: 25 de Novembro de 2016; Aceito: 03 de Junho de 2017

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