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Revista Latinoamericana de Ciencias Sociales, Niñez y Juventud

Print version ISSN 1692-715X
On-line version ISSN 2027-7679

Rev.latinoam.cienc.soc.niñez juv vol.17 no.1 Manizales Jan./June 2019

http://dx.doi.org/10.11600/1692715x.17118 

Estudios e Investigaciones

Significados y alcances de la acción solidaria en jóvenes de Medellín*

Meanings and scope of solidarity-based action among young people in Medellin

Significados e alcance da ação solidária em jovens de Medellín

Yicel Nayrobis Giraldo-Giraldo 1   , Alexander Ruiz-Silva 2  

1 Profesora-investigadora Universidad de Manizales y Cinde, Colombia. Doctora en Ciencias Sociales, Niñez y Juventud (Universidad de Manizales-Cinde). Magíster en Educación y Desarrollo Humano (Universidad de Manizales-Cinde). Profesora e investigadora de la Universidad de Manizales y de la Fundación Cinde. Investigadora del Grupo de Investigación en Educación y Pedagogía: saberes, imaginarios e intersubjetividades (Universidad de Manizales-Cinde). Orcid: 0000-0002-0313-3197. Índice H5: 4. Correo electrónico: yngiraldo@gmail.com

2 Profesor-investigador Universidad Pedagógica Nacional, Colombia. Doctor en Ciencias Sociales (Flacso-Argentina). Profesor Titular de la Universidad Pedagógica Nacional. Orcid: 0000-0002-3214-6894. Índice H5: 15. Correo electrónico: alexruizsilva@yahoo.com

Resumen (analítico):

Presenta los resultados de un estudio sobre las acciones solidarias de jóvenes que participan en colectivos juveniles de Medellín. El interés está centrado en la solidaridad como acción -más allá de su connotación como valor o sentimiento-, esto es, como experiencia moral. La estrategia metodológica es la producción y análisis de narrativas testimoniales, a partir de la entrevista en profundidad y los grupos de discusión. Los resultados están agrupados así: 1) la solidaridad como acción orientada al fortalecimiento de los vínculos sociales; 2) la solidaridad como acción dirigida a la superación de la injusticia y a combatir la indiferencia y el miedo. Como conclusiones se afirma que si bien algunas de las acciones solidarias son respuestas a situaciones coyunturales, la mayoría de ellas responden a la búsqueda de justicia.

Palabras-clave: solidaridad; voluntariado; joven

Abstract (analytical):

This article presents the result of a study on the solidarity-based actions of young people who participate in youth groups in Medellin. The study focuses on solidarity as an action -beyond its connotation as a value or feeling- considering it as a moral experience. The main methodological strategy is the production and analysis of testimonial narratives that are based on in-depth interviews and focus groups. The results are grouped as follows: 1) solidarity as an action aimed at strengthening relationships; 2) solidarity as an action designed to overcome injustice and combat indifference and fear. As conclusions, the study affirms that even though some of the solidarity-based actions are responses to a group of different situations, the majority respond to the search for justice.

Key words: Solidarity; volunteering; youth

Resumo (analítico):

Este artigo apresenta os resultados de um estudo sobre as ações de solidariedade de jovens participantes de grupos juvenis em Medellín. O interesse está centrado na solidariedade como uma ação -além de sua conotação como um valor ou sentimento- isto é, como uma experiência moral. A estratégia metodológica é a produção e análise de narrativas testemunhais, a partir da entrevista em profundidade e grupos de discussão. Os resultados são agrupados da seguinte forma: 1) solidariedade como ação orientada para o fortalecimento dos laços sociais; 2) solidariedade como ação voltada para a superação da injustiça e o combate à indiferença e ao medo. Como conclusões, afirma-se que, embora algumas das ações de solidariedade sejam respostas a situações conjunturais, a maioria delas responde à busca por justiça.

Palavras-Chave: solidariedade; voluntariado; joven

1. Introducción

No cabe la menor duda de la enorme polisemia del concepto de solidaridad (Fascioli, 2015). Sin embargo, el uso que se hace de él mismo, en muchos escenarios, suele tornarse confuso o impreciso. En los medios de comunicación y en las redes sociales suelen abundar los llamados a la solidaridad, los cuales conminan a la realización de acciones, a través de la entrega de donativos que se pueden traducir en dinero, tiempo o especie, a favor de quienes sufren la pobreza, los efectos de desastres naturales o las consecuencias directas o indirectas de la guerra.

En estos llamados se expresa una cierta preocupación por la situación de los otros, de quienes están en situaciones sociales y económicas difíciles. Sin embargo, autores como Lipovetsky (1994) señalan que, en muchas ocasiones, la solidaridad está condicionada por la manipulación de las emociones de los medios de comunicación masiva. Es así como puede percibirse que no hay un interés superior por quien sufre, al no experimentarse una responsabilidad genuina por su situación y por las condiciones que le producen dolor y sufrimiento.

Dicho autor agrega que en las sociedades contemporáneas no prima el principio moral de entrega personal en beneficio de los demás. En épocas anteriores, «vivir para el próximo» era una de las virtudes más estimadas y exaltadas. Esta virtud ha sido despreciada, no ante la desaparición por el interés hacia el otro, sino porque lo más relevante es hacerlo sin comprometerse demasiado, sin entregar mucho de sí mismos. La generosidad es valorada sin que implique demasiado esfuerzo, compromiso o dedicación, es decir, podemos hacer algo por los otros siempre y cuando sea fácil, rápido y cómodo. Quizás es por ello que la solidaridad cuenta con la mediación experta de organizaciones (Saiz, 2010) -del llamado tercer sector- en quienes las personas prefieren delegar su responsabilidad para no asumir un compromiso de mayor envergadura, pues aunque son proclives al llamado solidario, éste no puede pesar demasiado sobre sus hombros.

La solidaridad concebida así no es otra cosa que un ejercicio mental, pocas veces realizado de manera plena y auténtica. Sin embargo, también se hacen visibles experiencias de movilización social y política, especialmente de jóvenes1 que actúan decididamente a su favor. En efecto, muchos jóvenes que están «reclamando el reconocimiento de sus diferencias, de sus identidades, de sus subjetividades, de su creatividad individual, no cesan de pensar en la necesidad de construir un proyecto común, es decir, un horizonte de futuro en el que sea posible una sociedad más justa» (Hurtado-Galeano, 2010, p. 100). Ellos reivindican las diferencias, no por las diferencias en sí mismas, sino por las posibilidades que ofrecen para la construcción de proyectos comunes y compartidos.

Es preciso advertir, que en este trabajo se reconoce que ser joven y que legitimar social y culturalmente esta condición implica una construcción sociocultural e histórica, que sobrepasa la perspectiva etaria o evolutiva (Margullis & Urresti, 1998; Reguillo, 2003). La juventud refiere formas particulares de estar, ver, sentir, percibir y vivir la vida: potencialidades, sensibilidades, territorialidades, aspiraciones, modalidades éticas y estéticas, lenguajes. Esas formas particulares de existencia y las prácticas en las que se apoyan -sociales, culturales, políticas y estéticas- operan hoy como marcadores culturales y rasgos identitarios juveniles (Reguillo, 2000, p. 41).

En consecuencia, en este trabajo se problematiza todo intento de universalizar la noción de juventud y sus características como definitorias y absolutas, al margen de los contextos, de los tiempos y espacios en los que se expresa el ser/estar/sentirse joven. Por el contrario, aquí se entiende la juventud como una construcción socio-cultural, contextuada e histórica, en la que la esfera de la experiencia juega un papel determinante.

En el artículo se materializan apuestas morales y políticas de los jóvenes ante el dolor y el sufrimiento de los otros, esto es, un marcado esfuerzo de ampliación de su círculo ético. La solidaridad, en estos términos, se constituye en escenario de posibilidad -por medio de la imaginación sociológica y moral- y en territorio de la reivindicación de derechos asociados a la superación de las desigualdades. De todos modos, la solidaridad puede estar orientada tanto a transformar la sociedad como a reproducir estructuras sociales excluyentes (Dukuen & Kriger, 2016), sin embargo, los jóvenes están dando muestra de apuestas otras dirigidas a la compresión y transformación de estructuras históricamente inequitativas.

Este texto presenta parte de los resultados de un trabajo de investigación más amplio, el cual tuvo por objetivo general comprender los sentidos ético-políticos que los jóvenes, que participan en colectivos juveniles de la ciudad de Medellín, le otorgan a sus acciones solidarias. Dada la riqueza de los resultados y la extensión de los análisis, el presente escrito centra su interés específicamente en el sentido de la solidaridad como acción -y sus estrechas relaciones con los valores y sentimientos-, esto es, como experiencia moral.

2. Método

El trabajo es tributario de un enfoque hermenéutico, centrado en la comprensión del lenguaje de los jóvenes, de los sentidos otorgados a sus acciones solidarias y a las de sus congéneres. La estrategia metodológica principal es la producción y análisis de narrativas testimoniales, a partir de la entrevista en profundidad y los grupos de discusión, en contextos situados, lo que, además, permitió ajustar los instrumentos en razón de las características de los jóvenes y de sus apuestas estéticas, éticas y políticas en su ámbito de encuentro y actuación: la comuna. En esta dirección, el análisis de las narraciones testimoniales implica aquí el reconocimiento -o la puesta en escena- del sentido que le atribuimos al otro y a las acciones que realizamos a su favor. Así, a través de los relatos se «pueden establecer nexos con otros esfuerzos interpretativos de comprensión de distintas maneras» (Lara, 2009, p. 274).

De este modo, las narrativas «suelen ser portadoras de elementos de carácter identificatorio, combinan sentimientos y juicios morales relevantes para la orientación de las acciones, decisiones, intenciones, intereses, anhelos y proyecciones de las personas sobre cómo vivir en sociedad» (Ruiz- Silva, 2011, p. 46). En ellas se reconstruye la experiencia del sujeto, atravesada por temporalidades vitales, de una trama que configura una vida, pero, además, revela el carácter, la intensidad y la densidad de los juicios y las emociones morales que determinan las decisiones y los cursos de acción del sujeto.

En esta investigación participaron jóvenes provenientes de cinco (5) comunas de la ciudad: comunas uno «Popular» y dos «Santa Cruz» de la zona nor-oriental, comuna cinco «Castilla» de la zona nor-occidental, comuna 13 «San Javier» de la zona centro-occidental y comuna 15 «Guayabal» de la zona sur-occidental. Estas zonas representan la diversidad de una ciudad o de muchas ciudades que co-existen con sus profundas diferencias y rupturas, a lo que se suma que algunas de estas zonas han estado afectadas históricamente por el fenómeno de la violencia, con sus diversas facetas, en las que además se concentran los mayores índices de pobreza. El trabajo de campo se realizó en momentos distintos (2013, 2014 y 2016), por lo que las posibilidades de acercamiento a los jóvenes fue variada y se pudo indagar por diversas expresiones de la solidaridad en temporalidades distintas.

En el desarrollo del estudio participaron veintisiete (27) jóvenes, cuyas edades oscilaban entre los 18 y 26 años, de los cuales catorce (14) fueron mujeres y trece (13) hombres, así: en los grupos de discusión participaron catorce (14) jóvenes, siete (7) mujeres y siete (7) hombres; y en la entrevistas narrativas siete (7) mujeres y seis (6) hombres. En total, el estudio vinculó a doce (12) colectivos juveniles, que desarrollan proyectos ecológicos y artísticos: acciones, eventos y jornadas de expresión musical, dramatúrgica, literaria, audiovisual y pictórica.

Teniendo en cuenta las consideraciones éticas de la investigación, debe mencionarse que los jóvenes participantes autorizaron, mediante firma de consentimiento informado, el uso de sus nombres al momento de referenciar sus relatos. Ellos mismos han querido resaltar su lugar, su rol y su sentido de responsabilidad, haciendo evidente la relación entre nombres e historias. Se trata de una forma de dignificación de sus vidas y de construcción de un mensaje de esperanza.

3. Resultados y discusión

En términos generales, el estudio permite entender la solidaridad de dos modos: como acción y como práctica social. En el primer sentido, se asume como algo que ocurre, bajo la intención del agente que realiza la acción. En el segundo, se refiere al conjunto de acciones en las que las personas se sienten impelidas a actuar a favor del otro y cuyas realizaciones se han institucionalizado en la vida social. La práctica social se refiere, entonces, a un conjunto de acciones que son tipificadas como solidarias y en cuyo caso son valoradas y promovidas en el conjunto de la sociedad.

La acción es del sujeto y en ella probablemente no necesariamente intervienen de manera directa las instituciones; la práctica, en cambio, está mediada por la formalización de las acciones, es decir, por la intermediación de las instituciones para su realización, legitimación y reconocimiento.

Habiendo establecido esta distinción, vale la pena destacar ahora el papel de la intención. Esta hace referencia a las razones o motivaciones del sujeto, denominado agente, para hacer lo que hace. Se asume, por tanto, que las acciones «expresan una racionalidad teleológica [pues] toda intención de actuar apunta a la realización de una finalidad establecida» (Quintero & Ruiz-Silva, 2003, p. 147). Esto quiere decir que la racionalidad teleológica contiene un saber reflexivo apropiado para justificar la intención de actuar o el éxito que se pueda alcanzar con la acción realizada.

La acción solidaria se emprende ante una situación que se percibe como problemática e injusta, en un espacio social y durante un tiempo específico. Esto es primordial para comprender las características de las acciones solidarias de los jóvenes en contextos situados, en las que algo es puesto en escena, con el uso, por ejemplo, de expresiones artísticas: música, literatura, teatro, fotografía, entre otras; mediante las cuales se expresan iniciativas y demandas vitales de los sujetos ante la ocurrencia de acontecimientos sociales negativos.

Al respecto, es necesario considerar las apreciaciones de Kolers (2012), quien afirma que la solidaridad es acción con otros, esto es, se ejerce con otros y para otros. La misma estaría, en principio, apalancada por los grupos o colectivos humanos con los cuales se construyen y comparten significados para leer y problematizar el mundo y las relaciones que los actores/sujetos sociales establecen con él; para justificar moral y políticamente sus acciones y para situar sus emprendimientos estratégicos. Es por ello que la solidaridad «no es un mero sentimiento pasivo, sino que también incluye disposiciones prácticas para la acción» (Laitinen & Pessi, 2015, p. 16), las cuales estan asociadas a las valoraciones que se hacen de los otros y de las situaciones por las que están pasando, las cuales se consideran injustas o inmerecidas.

En cualquier caso, la solidaridad revela un carácter relacional e intersubjetivo, al involucrar a los otros, no sólo como co-agentes/co-autores de la acción, sino también como receptores/beneficiarios de las consecuencias que de ellas se derivan. La solidaridad, por tanto, es emprendida por un sujeto o un colectivo y está dirigida a otro sujeto o grupo a partir de la existencia de condiciones sociales que son percibidas como problemáticas e injustas. Sin embargo, esto no debe ser entendido como una relación unilateral: un sujeto da o aporta y otro recibe; en muchos casos, la solidaridad también supone una relación de ida y vuelta, por cuanto el sujeto que emprende la acción se siente recompensado por la satisfaccion personal que experimenta con respecto a las acciones desplegadas y/o los resultados obtenidos.

Así, la solidaridad se caracteriza por: a) está dotada de intencionalidad, es decir, da cuenta de una razón o motivación que la alienta; b) es desplegada por un actor/sujeto, individual o colectivo; c) se materializa de formas o modos diversos; d) se realiza en un tiempo y espacio determinado; y e) implica intersubjetividad, afectación y reciprocidad.

Con respecto a las acciones solidarias referidas por los jóvenes, identificamos dos tendencias alrededor de las cuales se agrupan sus intereses, apuestas y sentidos: 1) la solidaridad como acción orientada al fortalecimiento de los vínculos sociales, a través del intercambio y la interacción; y 2) la solidaridad como acción dirigida a la superación de la injusticia y a combatir la indiferencia y el miedo. A continuación se describen y analizan estos tipos de acciones.

3.1. La solidaridad como acción orientada al fortalecimiento de los vínculos sociales: «Toma lo que necesites y comparte lo que tienes»

Entre los referentes sobre los cuales se configura la acción solidaria prevalece el de compartir experiencias y saberes diversos. Tal intencionalidad está en sintonía con la idea de cooperación, la cual plantea la existencia de relaciones de reciprocidad y representa apertura y disposición respecto a la diversidad que encarna el otro (Sennett, 2012). Así, acoger al otro, en tanto diferente, implica concurrir en una relación tendiente a la horizontalidad, en las que los demás son valorados en su singularidad, esto es, con sus propias capacidades y potencialidades, desde las cuales aportan a la construcción de proyectos comunes, en los que priman diversas perspectivas, apuestas y anhelos. Los siguientes testimonios así lo ilustran:

Cristian. (Comuna 2)

Hicimos un sayfer, un sayfer de break / ¿qué es un sayfer? / Un sayfer es un parche de Big Boys, de bailarines de break dance, donde se reúnen a bailar, o sea, simplemente bailan, porque quieren, porque les gusta, porque lo aman. Esta el DJ pone el beat, la música y entran los bailarines, cierto, en un círculo, eso es un sayfer, listo. Entonces lo realizamos, desde que lo empezamos a realizar se empezó a ver la solidaridad, por qué, porque los Big Boys de otras partes de la ciudad, de la comuna 13, de Caldas, de la Estrella nos empiezan a preguntar: y dónde va a ser, y cómo llegamos. No había nada, o sea, en la publicidad no había ninguna clase de premio, o sea, simplemente es el hecho de venir y compartir con ustedes un baile, compartir con ustedes lo que sabemos, mirar lo que ustedes están haciendo, nosotros ver lo que ellos están haciendo y cómo va todo el tema del break en la ciudad, cierto, y que nosotros también podamos entrar en el tema del break en la ciudad, entonces se entra en ese espacio y el sayfer también da algo muy bacano que es que todos estamos juntos, o sea, ser un círculo en el que todos estamos juntos.

Carla. (Comuna 5)

Hay intercambios de saberes impresionantes. Los usos de las plantas, el día que te dije que estábamos en la espiral, era increíble el montón de usos que sabía la señora, de las más mayores que estaba con nosotros. Estábamos boquiabiertos escuchando y aprendiendo. De hecho, ella el último día nos regaló plántulitas de maracuyá. Es muy interesante porque ella no las compra sino que desde las mismas cosas que se come germinan semillas. Tiene sus árboles en macetas que le dan. Entonces, son interesantes esos diálogos que se generan y lo que sucede en el compartir más tangible de las plántulas, semillas y también ese compartir de saberes. He visto que la gente que está mucho en la onda de las plántulas, de sembrar, también le gusta o participa mucho de gratiferias, de hacer mingas que son «venga vámonos a sembrar a la huerta de éste y dentro de 15 sembramos en la de él y luego en la mía».

A partir de estos dos testimonios, quisiéramos llamar la atención sobre la reciprocidad como un elemento fundamental de la solidaridad, lo que significa que todos tienen la oportunidad de recibir algún reconocimiento por la cual se sienten valiosos para la sociedad (Honneth, 1997, p. 159), y esa estimación depende del aprecio de sus particulares cualidades e identidades, como significativas para la vida en común (Fascioli, s. f.) En este sentido, la solidaridad supone, primero, el reconocimiento del otro como un ser con potencialidades, y, segundo, la valoración de sus particularidades como aporte a la construcción de un mundo común. Para Cristian, por ejemplo, la solidaridad implica «compartir lo que sabemos» en un espacio en el que «todos estamos juntos» para aprender. En esta misma clave, para Carla la solidaridad se genera a partir del intercambio de saberes y conocimientos en torno a la siembra.

Al respecto, Honneth (1997) plantea que «cuanto más se abren los objetivos éticos a diferentes valores y cuanto más cede su ordenamiento jerárquico a una concurrencia horizontal, tanto más potentemente adoptará la valoración social un rasgo individualizante y tanto más podrá crear relaciones simétricas» (p. 150). Es así como la reciprocidad se constituye en el punto de partida, y también de llegada, de las acciones solidarias, en las que se reconoce al otro como par, con sus cualidades particulares y se comparten conocimientos y experiencias para enriquecer la vida personal y social de todos los participantes. Sin embargo, el establecimiento de las relaciones simétricas, aquí presupuestas, supone una construcción que parte, primero, de una comunidad en las que se cuestionan las jerárquías per se, y segundo, la valoración de las capacidades del otro potencia las relaciones mismas establecidas, esto es, las acciones en las que se acepten las diferencias como oportunidades para ampliar las experiencias morales y sociales.

Algunos autores como Rosanvallon (2015, p. 331), definen la reciprocidad como la «igualdad en la interacción […] Del mismo modo, la reciprocidad es la regla que crea consenso, porque descansa en un principio de equilibrio en las relaciones sociales». Esta alusión a la igualdad en la interacción, pese a la existencia de experiencias y saberes diversos, ofrece un sinnúmero de alternativas en la construcción de sociedades democráticas y plurales, pues tal equilibrio implica la búsqueda permanente de relaciones de igualdad. Lo que no se equipara con el hecho de que todos tengan las mismas condiciones (potencialidades, talentos), sino a la oportunidad que la interacción agencia para encontrarse y compartir sus diferencias, en un espacio que las convoca y refuerza. En los testimonios de Cristian y Carla la reciprocidad alude a la igualdad en la interacción de diferentes personas en espacios comunitarios en los que se comparten experiencias y saberes, diversos y complementarios.

Estas experiencias colectivas centradas en compartir también ratifican el interés de los jóvenes por intercambiar saberes y experiencias. Muchos de ellos hicieron alusión a la solidaridad en clave de intercambio bajo la figura del trueque de conocimientos diversos en torno a diferentes temas. De este modo, aseguran que la solidaridad es una acción cuyo centro es el intercambio recíproco, basado en el diálogo; a partir del cual se construyen iniciativas entre diferentes grupos generacionales y culturales. Más que intercambiar bienes materiales, aunque pueden existir acciones en esta dirección, se intercambian bienes simbólicos, en torno al conocimiento y al saber movilizado por unos y otros.

El intercambio remite, según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, de un lado, a la acción y el efecto de intercambiar, esto es, hacer cambio recíproco de una cosa o persona por otra u otras; y del otro, a la reciprocidad e igualdad de consideraciones y servicios entre entidades o corporaciones análogas de diversos países o del mismo país. Como puede observarse, el intercambio alude a dar, recibir y retribuir por lo que tiende al establecimiento de condiciones de igualdad. Esta triada: dar, recibir y retribuir significa que hay alguien que da, porque tiene algo que ofrecer, alguien que recibe y, también, alguien que ofrece algo a cambio. En este caso, la acción solidaria es de ida y vuelta, pues ambos agentes de la acción están recibiendo beneficios de ella. El siguiente testimonio así lo resalta, veamos:

Luis Fernando. (Comuna 13).

Sí, obviamente todo lo que te da el conocimiento, el parche, el proceso es valioso, también hay que devolver. No tiene que ser al mismo proceso, pero si entregar a otra gente y, además, es súper importante. La gente que va llegando, obviamente, necesitan algunos elementos o tales cosas... ¿y entonces? ¿En qué aportas en lo que estamos? Nosotros más que otra cosa somos sembradores y sembradoras y desde allí, obviamente, si usted descuida su tajo por estar atendiendo otras cosas no comes, no se da el tema del proceso tampoco y es súper importante. Por ello tratamos de que en el tema de la gente que va llegando, se vayan involucrando desde la acción y ahí también se empiezan a tejer otras cosas. Pero poco nos interesa, por lo menos a mí personalmente, poco me interesa alguien que habla mucho, pero que en realidad no entrega. Y bien, y la conversa es importante, pero eso tiene que ir acompañado de acciones. Ahí es la reciprocidad, también.

Al respecto de lo planteado en este testimonio, vale la pena destacar el concepto de don, desarrollado por Mauss (2009) y a su papel en la configuración de los lazos sociales. En síntesis, se trata de una especie de obligación moral mutua a dar, recibir y devolver. Para autores como Soprano (2007) y Nuñez (2014) la reivindicación del don implica el retorno a una forma de derecho, de economía y de moral despreciada por la modernidad capitalista, que hace posible la construcción de lazos sociales entre individuos y colectividades.

El don enlaza, entonces, la retribución; se configura en obligación y compromete a ambas partes, al donante y al donatario, pues el primero entrega el don y el segundo, al recibirlo, se siente en deuda o en la obligación de devolver algo a cambio, al mismo donante o a un tercero. Ahora bien, sin importar si se trata de un donante o de un receptor, es preciso asegurar que a través de estos actos «se gestan obligaciones que contienen una deuda a ser devuelta: el individuo no debe olvidar que asumió ese compromiso en situaciones en las que necesitaba ayuda» (Giménez, 2012, p. 61).

Así, en primer lugar, el que dona está compartiendo algo que tiene o le pertenece. En este primer momento prevalece una relación de «superioridad» de quien dona con respecto a quien recibe y, éste último, asume una «deuda» con aquel que le ha donado. En un segundo momento, quien recibe, quien asume la deuda, devuelve lo que le han donado o parte de ello, con otro don o regalo. Aquí puede apreciarse una relación que retribuye el don al donante inicial o incluso a un tercero, por lo que comienza una nueva relación de ida y vuelta. En la repetición constante de este proceso y la participaridad de este intercambio se mantiene la cohesión social; por supuesto, cuando ello funciona o tiene lugar.

Dicho intercambio, según lo dicho por Luis Fernando, debe ir más allá de las palabras; ha de enlazar las acciones, en las que cada uno aporta lo que sabe y conoce. Sin embargo, debe precisarse que el don del que estamos hablando no es, ni mucho menos, el bien en sí mismo, acaso una especie de bien supremo, objeto del intercambio; sino la «fuerza de los vínculos y significados que genera y permite a los individuos realizarse con otros. Pensar en la reciprocidad como una forma de solidaridad nos permite pensar en la secuencia de dar y recibir en su valor cualitativo antes que cuantitativo, pues no se basa en equivalencias» (Nuñez, 2014, p. 111). Es por ello que la reciprocidad invoca la fuerza otorgada al lazo social que se establece entre los individuos, que hacen parte de un colectivo o comunidad.

Por tanto, la solidaridad no surge solamante frente a situaciones adversas o precarias, como lo muestran la mayoria de los estudios existentes en América Latina (Giraldo-Giraldo & Ruiz-Silva, 2015a), pese a que muchas de estas acciones se despliegan en comunidades afectadas por múltiples tipos de violencia. Lo que aquí prima es el reconocimiento de las capacidades diversas que existen en los miembros de la comunidad, para ser puestos al servicio de causas que tienen un mayor alcance y que puedan beneficiar a todos, en la búsqueda de mejores condiciones de vida.

Las acciones solidaridas descritas en este apartado comparten las siguientes características: primero, reconocen la existencia del otro (persona o grupo) con conocimientos y saberes específicos; segundo, valoran esos conocimientos y saberes como potencialmente útiles para la construcción de proyectos comunes; tercero, las acciones solidarias se dan y expresan en encuentros comunitarios y/o colectivos, en los que se intercambian tales conocimientos y saberes entre diferentes generaciones y grupos de interés; y cuarto, las relaciones se establecen recíprocamente, de manera multidireccional: dar, recibir y retribuir.

3.2. La solidaridad como acción orientada a superar la injusticia y a combatir la indiferencia y el miedo: «La máxima expresión de solidaridad es un proceso de resistencia»

La defensa de los jóvenes del derecho a vivir en libertad y dignidad en los territorios habitados es una forma de resistir la exclusión y la muerte presentes en su cotidianidad. Ellos rechazan las formas de coacción asociadas a la eliminación y silenciamiento del otro, también las exclusiones que agita la pobreza; por lo que resistir es una expresión de inconformidad ante las «lógicas sociales» que intentan imponerse como únicas y hegemónicas.

Los jóvenes ponen en entredicho las relaciones de poder impuestas, desde la dinámica del miedo, por los grupos armados al margen de la ley, al igual que las «determinaciones» derivadas de los ordenamientos sociales que legitiman la injusticia y la desigualdad. Así, inventan estrategias con las que transgreden y amplian sus espacios de autonomía y libertad y convocan a otros miembros de la comunidad, para movilizarse en contra de aquello que los oprime e intenta silenciarlos (Aguilar-Forero & Muñoz, 2015; Arias-Cardona & Alvarado, 2015; Hernández, 2018; Kriger, 2016). Las acciones solidarias se gestan en estos nichos, reflejando búsquedas, individuales y colectivas, y promoviendo alternativas de transformación social reales, posibles. Veamos los siguientes testimonios:

Carla. (Comuna 5).

Siento que lo que sucede con los grupos es importante […] nos están dando como ley que las cosas son así y tienen que ser así [negativas] Y nosotros sí, lo podríamos marcar como un acto solidario de decir, a veces hasta arriesgar nuestras vidas y decir: «no, venga un momentico, aquí hay otras formas de vivir, hay otros escenarios para disfrutar, hay otras formas de relacionarnos y las ponemos ahí al servicio de la comunidad». Yo siento que en esa clave estamos ahí en el territorio, y como te digo, lo siento como un asunto muy colectivo, no siento que solamente es lo que sucede con este grupo, sino que también es mi lectura general, de lo que sucede con los colectivos en Comuna 5, que son muy diversos.

Cristian. (Comuna 2).

«Unión desde la 2» es un colectivo. Ellos son una organización de hip hop, también de raperos; se conforman de varios grupos, de 7 grupos, están conformados de 7 grupos de hip hop, y ellos se unen para trabajar por algo que los movía, que es el arte, el hip hop y hacen algo muy bacano, hacen dos cosas muy bacanas, que una se llama «El Chocorap», que consiste en… invitan una serie de artistas de la ciudad y no solo de la ciudad, sino de la misma comuna a que se parchen, compartan con ellos sus temas, sus canciones y ellos de su bolsillo, porque es totalmente gestionado por ellos, muchas veces, inclusive, piden colaboración de una libra de panela o algo, pues, para hacer el chocolate con panes y, entonces, lo comparten no solo a los que asisten al evento, sino también a la comunidad que está alrededor, entonces con eso… una inmensa olla de chocolate para compartirlo con los niños, los niños son los principales, es el principal público ahí.

Estas formas de resistencia a la violencia involucran a la comunidad, en su conjunto, a las nuevas generaciones y la mayoría de las veces se gestan al margen de la institucionalidad (Estado, familia, escuela y trabajo) y de orientaciones confesionales, doctrinales o politiqueras. Son, precisamente, prácticas de reconocimiento que hacen parte, en palabras de Castiblanco (2005, p. 225), de su «ubicación en el mundo y la sociedad, permitiendo la creación de espacios y relaciones que incorporan en sus vidas cotidianas, inventando lenguajes, códigos, usos del espacio, asignando otros sentidos a las interacciones colectivas, otros contenidos en sus creaciones artísticas, otros mensajes». Desde esta perspectiva, las resistencias de los jóvenes les permiten inventar nuevos lenguajes, nuevas gramáticas, nuevas relaciones y sentidos, a través de diversas expresiones artísticas: plásticas, escénicas, musicales, literarias, entre otras, desde las que amplifican sus mensajes de inclusión y paz y despiertan la comunidad del letargo colectivo que los ha aprisionado.

El carácter movilizador otorgado al arte para convocar y sensibilizar a los sujetos frente al sufrimiento y el dolor del otro permite desarrollar: «la capacidad de dar a luz algo nuevo que por su mero nacimiento cambia nuestro mundo y la forma en cómo observamos las cosas» (Lederach, 2008, p. 212). Así, el arte provoca una suerte de extrañamiento del mundo, de imaginación y construcción de otras posibilidades de cohabitar con los otros. En este caso, la creación ya no es una práctica íntima y aislada, propia de la esfera privada del artista; más bien, es una expresión intersubjetiva con el espacio, con el contexto y con el otro (Bourriaud, 2006).

Estos jóvenes realizan actividades culturales, artísticas y recreativas diversas, tales como festivales, carnavales, conciertos, chocolatadas, canelazos, frijoladas, cine-foros, giras culturales, recorridos barriales, entre otros. En estas actividades se observa un interés explícito de recuperar espacios en las localidades, por re-significarlos y re-crearlos, al tiempo que se resitúa la voz del joven, se recobra la confianza, se imagina futuros posibles. A esto se suma otro tipo de actividades orientadas a rechazar la injusticia, denunciar abusos que siguen en la impunidad (especialmente por operaciones de las fuerzas militares desplegadas en algunas zonas de la ciudad con el pretexto de recuperar, por la vía de la militarización, el control del territorio) y/o denunciar excesos de autoridad en el reclutamiento de jóvenes, para la prestación ‘involuntaria’ del servicio militar -en lo que se conoce popularmente como batidas.

Sin duda, la posibilidad del encuentro y, mucho más, la conversación, se ha visto significativamente disminuida por la presencia en los barrios y comunas de los grupos armados al margen de la ley, quienes imponen el silencio e instauran el miedo como dispositivos de control en los territorios y en los cuerpos de los sujetos, al implantar medidas que restringuen su circulación, regulan las formas de interacción social y señalan/persiguen formas alternativas de habitar, significar y construir el territorio. Al respecto, estos jóvenes afirman:

Jobana. (Comuna 13).

El Centro de Integración se convierte en un nodo clave, entonces me parece muy importante porque nosotros como que no dejamos esas actividades comunitarias, que hacen que la gente vuelva otra vez a encontrarse, vuelva otra vez a conocerse, vuelva a ofrecerle al otro desde lo que puede, ¿cierto?

Henry. (Comuna 2).

Primero hacemos unos cine-foros. Allí tratamos de ver unas películas muy reflexivas frente a temas cotidianos, pero podamos entablar una discusión al final con las personas que asisten. Es muy valioso en el tema también de la formación. Hacemos unas tomas barriales, por ejemplo, aquí hay unas calles puntuales y unos escenarios a los que llega toda la oferta de la Alcaldía. Entonces, hacen unos súper eventos. Nosotros lo que hacemos es: «no, no sigamos en esos mismos espacios, vámonos para esa cuadra, vámonos para esa cañada, vámonos a hacer algo allá». Entonces, llevamos los mismos artistas de la comuna, ellos se presentan y hacemos un chocolate o un canelazo y lo compartimos con la comunidad que se arrime y converse con nosotros.

La solidaridad, en estos casos, se asocia al despliegue de acciones con otros, para que las comunidades «vuelvan a salir» y «vuelvan a encontrarse», y ese volver significa creer de nuevo en el otro, recobrar la confianza perdida por los efectos devastadores de la violencia en sus múltiples expresiones. Recuperar la confianza significa reconocer al otro como par, como dialogante, y construir con él/ella desde la diferencia, desde la palabra, desde la conversación.

Las acciones solidarias son estrategias de resistencia, de reinvención de la vida, desde nuevos sentidos. De este modo, el arte rompe la continuidad del tiempo y crea otras oportunidades expresivas y de comunalidad. La música, por ejemplo, con sus múltiples manifestaciones (hip-hop, break dance, deejay, rap), ofrece a los jóvenes la posibilidad de narrar la cotidianidad de la vida en las calles, en los barrios y en sus propias casas, denunciar y protestar, al tiempo que les permite expresar sus anhelos y sueños. Marín y Muñoz (2002, p. 66) aluden a la resistencia como una forma de existir, como un acto creativo y distintivo que expresa nuevas formas de re-existencia, consigo mismo y con los otros: «se trata de una esencia de orden creativo y sensible que tiende a emparentarse con la del proceso artístico y que impulsa la auto creación en las culturas juveniles, la creación de nuevas subjetividades y la búsqueda y generación de otra cosa en los dominios de lo ético, de lo político, de los saberes convertidos en praxis y de lo artístico». Las acciones solidarias surgen, entonces, como respuesta colectiva que desafía, desde el arte, los órdenes establecidos, la exclusión en las comunas, la violencia en los barrios periféricos, convocando a la comunidad a movilizarse desde consignas tales como: «estar juntos nos hace más fuertes». Es esa posibilidad de hacer con otros lo que crea la solidaridad, lo que fortalece los vínculos, lo que agencia acciones con otros para provocar cambios en el mundo. El siguiente testimonio así lo ilustra:

Alejandra. (Comuna 15).

Yo creo que la solidaridad está muy presente en las resistencias, simplemente que las comunidades hayan podido soportar todo lo que pasó en este país, es que este país casi colapsa, y lo que lo soportó fue ese tomar la mano del que está al lado. Entonces, en esas pequeñas comunidades resistiendo un montón de cosas. Yo creo que la máxima expresión de solidaridad es un proceso de resistencia.

Los jóvenes expresan un marcado interés por combatir la indiferencia y buscar la justicia. La indiferencia corroe la posibilidad de asumir como propio o cercano el dolor del otro, de sentirse interpelado por él, minimizando sus consecuencias e ignorando los rostros a través de los cuales se expresa. Esta indiferencia generalizada en la mayor parte de la población, se acentúa cuando se trata de lo que pasa en las «comunas», esto es, en las zonas de la ciudad historicamente más afectadas por violencia, en las barriadas pobres, en los grupos humanos desplazados y marginales. De hecho, el término comuna se usa de manera peyorativa, denota una marca de origen o procedencia de muchos jóvenes de la ciudad, habitantes de las zonas de la ciudad de las que provenían los sicarios, asesinos a sueldo, en las décadas de los ochenta y noventa. Dicho estigma todavía afecta a estos jóvenes, intenta excluirlos, marginarlos. Ellos, por supuesto, resisten y contrarrestan, con su acción solidaria, la etiqueta y superan su efecto confinador.

Estos jóvenes despliegan acciones críticas y propositivas para combatir la indiferencia y atenuar las desigualdades. Precisamente en el estudio realizado por Arnold-Cathalifaud, Thumala y Urquiza (2006) se confirma también que la solidaridad: «se asocia con la búsqueda de justicia y cambio social y sus expresiones tienen relación con ayudar y compartir, en un marco de igualdad orientado a la búsqueda de oportunidades para todos» (p. 16). En ese sentido, precisamente, está el siguiente testimonio:

Esteban. (Comuna 15).

[se trata de] establecer un vínculo desde el sentir propio de cada persona, más no desde esos sentimientos que siempre le venden a uno de pesar, de que entonces debemos hacer una labor social, porque debemos ser solidarios con aquellos que están en un situación de desventaja; sino como, bacano que todos tenemos que apuntar hacia el mismo lado, hacia una sociedad más justa, más equitativa, con iguales oportunidades para todos. Así suene como a frase de cajón, pero es como trabajar, y no es que uno vaya a cambiar el mundo así como así, es desde las convicciones propias que uno tiene y con gente que piensa de manera similar, con quienes aportar su granito de arena.

En suma, la solidaridad como una acción dirigida a la superación de la injusticia y la desigualdad supone, en primer lugar, valorar la situación del otro como injusta -hacer consciencia de su sufrimiento-, asumir la existencia de condiciones de vida en común y actuar, de manera situada, para hacer del mundo un lugar mejor para todos; pues, en tanto seamos capaces de reconocer las experiencias que nos unen, más allá de la proximidad espacial o de la cercanía cultural, podrá surgir la solidaridad (Martuccelli, 2007).

Las acciones expuestas en este apartado dan cuenta de los siguientes rasgos: primero, implican reconocer un deplorable protagonismo a la violencia, asociado a la indiferencia y la indolencia de buena parte de la población; segundo, pretenden promover la defensa de la vida, como derecho fundamental y de la dignidad de todas las personas en los territorios habitados, y promover la búsqueda de la justicia; tercero, son estrategias de resistencia, que se expresan como protesta y denuncia en las barrios y las calles, pero también como propuesta y alternativa incluyente y pacífica; cuarto, se expresan, a menudo, en actividades artísticas y culturales en las que se convoca ampliamente a la comunidad y a la ciudad, para salir de nuevo a la calle, para hacer a un lado el miedo; quinto, el sentimiento moral de indignación es su principal motor; sexto, su principal escenario de lucha y defensa es el territorio en el que habitan los mismos jóvenes; y séptimo, se despliegan a partir del reconocimiento de situaciones y condiciones comunes, en medio de un caleidoscopio de diferencias culturales, sociales, políticas o económicas.

4. Conclusiones

Puede afirmarse que muchos jóvenes de grupos y colectivos sociales de los sectores populares de Medellín encarnan, con y desde sus acciones solidarias, el derecho a vivir con libertad y dignidad en los territorios que habitan, sobre todo, porque han vivido gran parte de sus vidas, junto a sus familias y vecinos, amenazados y amendrentados por la presencia de grupos al margen de la ley. Sus vidas cotidianas han transcurrido entre lo absurdo e inverosimil de la violencia y la pobreza, y la posibilidad de la subsistencia, de tal modo que, como lo afirman Zemmelman y Quintar, «el existir ya es un acto de rebeldía frente a aquello que impide seguir existiendo» (2005). La solidaridad se configura, entonces, en esa posibilidad otra que se sobrepone al drama de vivir siempre al margen y en los márgenes, para reivindicar la libertad como derecho y la dignidad como apuesta vital.

Por esta razón, estos jóvenes rechazan ser definidos como problema social, por el simple hecho de vivir en lugares pauperizados y violentos de su ciudad. Ellos se afirman como posibilidad, no como problema, y en las acciones solidaridas que emprenden encuentran oportunidades de enunciarse desde otros lugares.

Si bien algunas de las acciones solidarias de los jóvenes dan respuesta a situaciones coyunturales asociadas al recrudecimiento de la violencia, a la ocurrencia de catástrofes naturales o ante situaciones económicas difíciles de personas de su comunidad, cercanas o no, a las cuales podríamos referirnos como solidaridades situacionales/coyunturales; también responden a la búsqueda de alternativas de más largo plazo, que contribuyan a la superación de las injusticias y a la búsqueda del bienestar de los más necesitados o de sus pares, lo que podríamos denominar -valiéndonos de la clásica distinción durkheimiana- solidaridades orgánicas/estructurales, a partir de la cual «es posible el reconocimiento del otro y la promoción de acciones colectivas orientadas a la disminución de la desigualdad social» (Giraldo-Giraldo & Ruiz-Silva, 2015b, p. 332).

En las acciones solidarias individuales prima la idea de apoyar o ayudar al otro cercano (miembros de la familia, amigos o vecinos), mientras que las acciones solidarias colectivas están orientadas, fundamentalmente, al trabajo con grupos más amplios de referencia, como el barrio, la comuna, la zona, incluso, la ciudad. De aquí puede derivarse una vertiente política de la solidaridad, en tanto medio y fin de acciones colectivas.

Pese a que las solidaridades pueden ser inmediatas, contingentes y parciales, pues responden a contextos particulares y no a planteamientos universales o generales, como se ilustra en los testimonios de estos jóvenes, también están vinculadas a las demandas y los requerimientos de grupos localizados y territorializados y a múltiples formas de violencia estructural padecidas. De algún modo, las solidaridades pueden ser rizomáticas, tomando en consideración la metáfora planteada por Deleuze y Guattari (2010), al reconocer que las acciones solidarias no responden a estructuras jerárquicas, centralizadas, inflexibles y cerradas. Por el contrario, surgen como redes que se expanden o constriñen, y, a la vez, son dinámicas, en las que cada pieza o nodo configura un todo, aunque ninguno de ellos es esencial o permanente. Aparecen y desaparecen, se activan y desactivan, todo esto en función de las contigencias que las provocan y de las situaciones sociales que las alientan.

Consideramos prudente afirmar, con base en lo antes expuesto, que más allá de responder el sufrimiento o al dolor del otro, la solidaridad, en clave ético-política, implica establecer alianzas en las que pueda fortalecerse la construcción de proyectos colectivos, para mitigar la pobreza, la exclusión y la violencia, al tiempo que es posible imaginar un futuro mejor y más justo. En este sentido, la investigación aporta referentes sociales, políticos y éticos que reivindican a la solidaridad como acción en pro de la justicia y de la libertad en contextos afectados por la violencia y la pobreza. Sin embargo, su principal aporte está en visibilizar las formas alternativas de la solidaridad recreadas por los jóvenes cuyas experiencias muestran las aristas de la subjetividad política, en clave de reivindicación y resistencia ante la manipulación del miedo y frente a la búsqueda de la disminución del sufrimiento.

Finalmente, toda experiencia investigativa tiene sus propios límites y plantea nuevos retos. Esta, por supuesto, no es una excepción. En primer lugar, sería importante emprender nuevos estudios que aborden los sentidos de las acciones solidarias, en otros grupos etarios (personas adultas, niños) que permita establecer comparaciones -contrastes, coincidencias, convergencias, divergencias e incluso contradicciones- con lo aquí encontrado. Así mismo, valdría la pena realizar trabajos que exploren el ejercicio de la solidaridad en diferentes contextos institucionales (instituciones educativas de básica primaria y secundaria, e instituciones de educación superior, entre otras), socioeconómicos (jóvenes de clase media o de familias pudientes) y geográficos (pueblos o zonas rurales), de los cuales podrían derivarse otros rasgos y matices de la solidaridad en contextos situados. También sería de enorme valor la realización de estudios que pusieran el foco en el ejercicio de la solidaridad según las relaciones o diferencias de género o según la perspectiva étnica y cultural que se detente.

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* Este artículo de investigación científica y tecnológica hace parte del estudio titulado: Sentidos ético-políticos de las acciones solidarias de jóvenes de grupos o colectivos juveniles de la ciudad de Medellín, realizado entre agosto de 2011 y julio de 2016. Área: Sociología; sub-área: Temas Especiales.

Referencia para citar este artículo: Giraldo-Giraldo, Y. N., & Ruiz-Silva, A. (2019). Significados y alcances de la acción solidaria en jóvenes de Medellín. Revista Latinoamericana de Ciencias Sociales, Niñez y Juventud, 17(1), 301-314. doi: https://dx.doi.org/10.11600/1692715x.17118

1De aquí en adelante se usará el genérico jóvenes, bajo el entendimiento de que los hombres jóvenes y las mujeres jóvenes aludidos en este estudio son protagonistas, por igual, de la vida en las comunas, especialmente del ejercicio de la solidaridad.

Received: June 25, 2018; Accepted: August 30, 2018

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