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Eidos

versión impresa ISSN 1692-8857
versión On-line ISSN 2011-7477

Eidos  no.30 Barranquilla Ene/Jun. 2019

http://dx.doi.org/10.14482/eidos.30.1941 

Artículo de Investigación

Idea y lucha en la fase monetaria del capitalismo según Deleuze y Guattari

Thought and Struggle in the Monetary Phase of Capitalism According to Deleuze and Guattari

Julian Ferreyra1 

1 Universidad de Buenos Aires/CONICET (Buenos Aires, Argentina), email: djulianferreyra@gmail.com

Resumen:

Deleuze y Guattari (1972, 1980) caracterizan el capitalismo como una serie de relaciones diferenciales entre flujos: trabajo / capital; medios de pago / moneda de financiamiento; códigos científicos y tecnológicos / mercado. Al mismo tiempo consideran las formas de lucha a partir del operaismo italiano. Este artículo muestra cómo se articulan ambas dimensiones de lo político a partir de establecer que son respectivamente la aplicación de los dos conceptos ontológicos fundamentales de Diferencia y repetición (Deleuze, 1968): la Idea diferencial y la intensidad como factor de individuación. Para ello, se concentra en la relación monetaria, a partir de la teoría de los economistas que Deleuze y Guattari usan como fuente (De Brunhoff y Schmitt) y la lucha a nivel monetario planteada por Berti.

Palabras-clave: Capitalismo; idea; intensidad; Deleuze y Guattari; relación monetaria; lucha monetaria

Abstract:

Deleuze and Guattari (1972, 1980) characterize Capitalism as a series of differential relations between flows: labor / capital; means of payment / financing currency; scientific and technological codes / market. At the same time, they think the ways of struggle through the Italian operaismo. This paper shows the articulation of the two dimensions of politics by holding that they are an application of the two fundamental ontological concepts of Difference and Repetition (1968): differential Idea and intensity as factors of individuation. To do that, we will focus on the monetary relation, using the theory of the economists who are source for Deleuze and Guattari (De Brunhoff and Schmitt) and the struggle at a monetary level proposed by Berti.

Key words: Capitalism; idea; intensity; Deleuze and Guattari; monetary relation; monetary struggle

Idea y lucha en la fase monetaria del capitalismo según Deleuze y Guattari

La moneda está en el aire de los tiempos. La reciente sucesión de crisis financieras a nivel global han puesto en el tapete el fundamento del valor de la moneda en todas sus formas. Gilles Deleuze y Felix Guatari no han sido en esto el búho de Minerva, sino que han alzado su vuelo junto con los acontecimientos. Redactado al mismo tiempo que Nixon decidía abandonar la convertibilidad de la moneda norteamericana en oro, El anti-Edipo (1972) busca pensar cuál es el valor que subyace en la más reciente etapa del capitalismo −donde predomina el capital financiero− a partir de la ontología de la Idea diferencial acuñada por Deleuze pocos años antes en Diferencia y repetición (1968). Deleuze y Guattari encuentran en las obras de dos economistas de líneas teóricas contrapuestas −Suzanne de Brunhoff y Bernard Schmitt− una relación diferencial entre dos tipos de dinero inconmensurables (el flujo de moneda de financiamiento y el flujo de moneda de pago). Reconstruyendo los elementos en juego, mostraremos en estas páginas de qué manera la pregunta por el valor en este mundo vaporoso, aparentemente desmaterializado, tiene una respuesta ontológica: el valor está en las multiplicidades, en la variedad de multiplicidades diferenciales que constituyen los conceptos centrales de la ontología deleuziana: la Idea y la intensidad.1

El trabajo clarifica así los desarrollos complejos en torno a la moneda realizados por Deleuze y Guattari (1972, 1980) a partir, por una parte, de la recuperación de la diversidad de fuentes en las que abrevaron para construirlos (elaborando el sentido que emerge de la disparidad de obras y perspectivas tan heterogéneas −y que no yace en ninguna considerada en forma aislada) y, por otra parte, de reponer los puentes conceptuales con la ontología expuesta por Deleuze en solitario (1968). La construcción de una tesis unificada a partir de tales divergencias (tanto internas a la obra deleuziana como en las fuentes en las que abreva) permite constituir una perspectiva interpretativa propia que, sin suscribir en forma completa ninguna de las obras analizadas (ni siquiera las de Deleuze y Guattari), ofrece tres resultados originales: 1) la construcción de herramientas conceptuales no disponibles hasta el momento para el debate actual en torno al desarrollo de capital financiero (a partir de la jerarquización de la fórmula diferencial monetaria, devaluada en la exposición de Deleuze y Guattari); 2) la reivindicación en este contexto el rol del Estado desde el marco teórico de Capitalismo y esquizofrenia −a pesar de sus reiteradas críticas explícitas al mismo−; 3) lun aporte a los estudios deleuzianos en torno a la relación Idea-intensidad.

De Diferencia y repetición a Mil mesetas (Deleuze y Guattari, 1980) podemos observar una variación en la concepción deleuziana de capitalismo que no significa una ruptura, sino un desarrollo: el análisis se vuelve más detallado, más sutil, más completo, más complejo. Muchos intérpretes han afirmado que Deleuze abandona el concepto de Idea en sus escritos con Guattari,2 en favor de la preocupación por un análisis puramente intensivo. Se trataría de un mapa de flujos que ignoraría las relaciones diferenciales entre ellos. Sin embargo, lejos de desaparecer, solo la solidez ontológica del concepto de Idea permite comprender la lógica de la serie de relaciones diferenciales que Deleuze y Guattari construyen: flujo de trabajo / flujo de capital; flujo de moneda de pago / flujo de moneda de financiamiento; flujo de innovación / flujo de mercado. Mostraremos que en ninguna de estas diferenciales es el trabajo la fuente del valor; ni, como quiere Bernard Schmitt (1966), la moneda creada por el flujo bancos-producción; ni tampoco, como quiso pensar Giuseppe Prestipino (2000), las máquinas (o al menos la innovación que estas contienen). Para Deleuze, siempre son las multiplicidades las que fundan el valor, en sus dos órdenes asimétricos: las diferenciales en la Ideas y las intensidades (Deleuze, 1968, p. 307). Las primeras dan consistencia a las determinaciones sociales, mientras las segundas encierran la clave de las formas de subjetivación (sin las cuales la Idea del capitalismo sería virtual) y las estrategias de lucha (sin las cuales existiría un rígido determinismo histórico).

La Idea diferencial en las caracterizaciones del capitalismo

La política tiene en Diferencia y repetición un lugar escueto. Se trata de un pasaje de apenas dos carillas (Deleuze, 1968, pp. 240-241), que gira en torno al capitalismo, a partir de la lectura estructuralista de Marx realizada en Leer el Capital. A pesar de la brevedad, se trata de páginas claves, ya que vinculan el análisis político con uno de los conceptos ontológicos fundamentales del libro: la Idea. “La Idea social es el elemento de cuantitabilidad, de cualitabilidad, de potencialidad de las sociedades” (Deleuze, 1968, p. 240). Cuantitabilidad, cualitabilidad y potencialidad hacen referencia a los principios que rigen cada uno de los elementos de la estructura tripartita de la Idea.3

Dos insuficiencias pueden observarse en esta primera aproximación la Idea social. Por un lado, Deleuze trabaja en torno a una única Idea social, el capitalismo. Por otro lado, lo caracteres de la Idea no encuentran su exposición completa, ya que identifica una única relación diferencial (trabajo abstracto / capital), cuando la Idea exige una serie dinámica, una determinación progresiva de las relaciones diferenciales. Así lo muestra Gonzalo Santaya (2015):

Lo que se encuentra en relaciones de determinación recíproca no son los elementos diferenciales como tales, sino la cadena de funciones que la relación diferencial engendra (...). Se establece así una serie de regímenes u órdenes de variación (las diferentes funciones derivadas y sus infinitos valores particulares), cada orden expresa una relación de variación diferente, pero todos están conectados entre sí de manera que cada uno expresa el proceso genético del precedente. (pp. 150-151)4

Si el principio de determinación recíproca exige una cadena de funciones, la Idea social no puede definirse meramente por la relación entre trabajo libre y dinero libre (dy / dx), sino que esta relación debe entrar ella misma en relación recíproca con otras. La génesis progresiva de nuevas relaciones diferenciales es lo que constituye la différentiation (con “t”) de la Idea.5

Ambos problemas encuentran su exposición adecuada cuatro años más tarde en El anti-Edipo, que Deleuze escribe en colaboración con Felix Guattari. Allí se consideran no una sino tres formas de socius, en las cuales se pueden rastrear muy distintas estructuras: territoriales, despóticas y capitalistas. Por otra parte, la caracterización (explícita) del socius “civilizado” como relación trabajo / capital6 es complementada con nuevas funciones engendrada por esta en su determinación progresiva. Inmediatamente a continuación de señalar la relación diferencial trabajo / capital, Deleuze y Guattari introducen la cuestión de la dualidad monetaria a raíz del problema de la baja tendencial de la taza de beneficio. La lógica expositiva puede resultar sumamente confusa si no se tienen presentes las aclaraciones ontológico-matemáticas de Santaya:

No es el mismo dinero el que entra en el bolsillo del asalariado y el que se inscribe en el balance de una empresa. En un caso, signos monetarios impotentes de valor de cambio, un flujo de medios de pago relativo a bienes de consumo y valores de uso, una relación biunívoca entre la moneda y un abanico impuesto de productos; en el otro, signos de potencia del capital, flujos de financiamiento, un sistema de coeficientes diferenciales de producción que da testimonio de una fuerza prospectiva y de una evaluación a largo plazo, no realizable hic et nunc. (Deleuze y Guattari, 1972, p. 271)

Sería un error establecer una correspondencia simple entre las dos relaciones (trabajo / capital, por una parte, y medios de pago / medios de financiamiento, por la otra), en la que el flujo de trabajo sería equivalente a la moneda como medio de pago y el flujo de capital equiparable al de la moneda de crédito. Aunque en efecto a los trabajadores se les deba pagar con una moneda capaz de convertirse en bienes efectivos, y los medios de producción se compren habitualmente a través de medios de financiamiento, no se trata de una traducción lineal sino de la constitución de una nueva relación diferencial, derivada de la primera. En esta nueva relación toma el rol protagónico la “D” (el dinero, la moneda), que ya en Marx tenía un lugar clave: “solo después de haberse convertido en moneda, una mercancía puede cambiarse por otra mercancía equivalente, según la concatenación M-D-M analizada por Marx” (De Brunhoff, 1975, p. 10). Pero el proceso de derivación no se detiene allí; a continuación Deleuze y Guattari (1972) introducen una tercera relación diferencial: aquella que se establece entre el capital y los “flujos de código científicos y tecnológicos” (p. 278).

Es cierto que la forma de exposición puede generar ambigüedades en torno a si se trata de una serie de tres relaciones diferenciales o de una única función que engloba el funcionamiento completo del capitalismo con diferentes expresiones. Pero en su clase del 22 de febrero de 1972, cuando el Anti-Edipo estaba ya en prensa, Deleuze es muy claro respecto a que se trata de tres relaciones diferenciales distintas, cada una produciendo una forma específica de plusvalía:7

La relación diferencia flujo de capital / flujo de trabajo es generadora de una plusvalía que habría que llamar humana puesto que se produce a partir del trabajo humano; la relación diferencial flujo de financiamiento / flujo de rentas es productora de una plusvalía que habría que llamar financiera; y finalmente, la tercera relación flujo de mercado / flujo de innovación es generadora de una plusvalía propiamente maquínica. Estas son las tres formas de plusvalía de flujo en el sistema capitalista. (Deleuze 2005, 101)8

Tenemos entonces tres relaciones: 1) flujo de trabajo / flujo de capital mismo; 2) flujo de medios de pago / flujo de medios de financiamiento; 3) flujo de códigos científicos y tecnológicos / flujo de mercado.9 Estas tres formas no pueden construir una serie cerrada, sino esencialmente abierta a otras relaciones (no conceptualizadas aún por Deleuze y Guattari, o no encarnadas aún por el capitalismo existente). Al mismo tiempo, ninguna de las funciones es autónoma, ya que están en relación constitutivamente recíproca.

Obreros contra el capital

En 1966 se publican, en Francia y en Italia, dos libros importantes que jugarán roles casi enfrentados en la renovación del marxismo: Leer el Capital (de Althusser, Balibar, Macherey, Rancière y Establet) y Obreros y capital (de Mario Tronti). Hay un enfrentamiento teórico-práctico directo, ya que Tronti encuentra en el enfoque estructuralista de sus colegas franceses un determinismo que impide toda lucha contra las relaciones sociales capitalistas. Esta sincronía en la aparición de ambos libros se vuelve diacrónica en la obra de Deleuze, quien hará una recepción inmediata del primero de esos libros de 1966, cuyo estructuralismo marcará, como vimos, la concepción de la Idea social en Diferencia y repetición (1968) y de las forma de socius capitalista en el Anti-Edipo. Recién avanzada la década del 70 Deleuze entrará a través de Guattari en contacto con el movimiento obrerista italiano (Dosse, 2007, p. 344) y la teoría operaria, que tendrá una importancia crucial en Mil mesetas. Así, recuperarán a Tronti más de una década después del lanzamiento de Obreros y capital, para pensar la lucha contra las formas sociales imperantes.

El operaismo emergió a principios de 1960 en los escritos de Raniero Panzieri, Mario Tronti, Romano Alquati, Sergio Bologna y Antonio Negri, entre otros, en las revistas Quaderni Rossi (1961-4), Classe Operaia 1964-7), y más tarde Potere Operaio (1969-74), y Primo Maggio (1973-86). El operaismo estuvo basado en una doble estrategia de interpretación concreta de las nuevas formas de trabajo y los nuevos paradigmas tecnológicos (a partir de los cambios dramáticos en el “milagro económico” de la Italia de posguerra), y las formas emergentes de lucha y tensión con, o por fuera de, los órganos oficiales del movimiento obrero. También implicó una relectura intensiva de Marx con un foco algo herético en los Grundrissse, el “capítulo sexto perdido” del volumen I del El Capital y los volúmenes II y III de El Capital. (Thoburn, 2003, p. 73)

El renovado interés por Tronti en los estudios afines al deleuzianismo da cuenta de la importancia y actualidad de la indagación en torno a nuevas formas de lucha frente a los crecientes flagelos del neoliberalismo. En ese sentido, Tronti ha sido recuperado recientemente como un teórico fundamental para pensar la faz “positiva” del pensamiento político de Deleuze por Alliez y Lazzaratto (2016, pp. 381 y ss.) y por Rambeau (2016): “[Mario Tronti expresa un nuevo eje de investigación:] la consideración de las luchas obreras, de la circulación real de gestos, palabras, saberes y técnicas de resistencia a la dominación no vienen después de las leyes del desarrollo del capitalismo” (p. 91).

Sin embargo, desde una perspectiva deleuziana, la estrategia de lucha no puede ignorar las relaciones constitutivas de la organización social contra la cual se lucha. No es lo mismo luchar contra un capitalismo caracterizado por la centralidad de una u otra de sus funciones constitutivas. Es por ello que Deleuze nunca abandona aquella concepción del capitalismo ligada a la Idea que esbozara en Diferencia y repetición. Incluso en Mil mesetas, donde ni la Idea social ni las formas de socius son nombradas explícitamente, podemos encontrar a ambos conceptos operando en la distinción que Deleuze y Guattari realizan entre dos tipos de sometimiento: la servidumbre y sujeción:

Distinguimos como dos conceptos la servidumbre [asservissement] maquínica y la sujeción [assujettissement] social. Hay servidumbre cuando los hombres son ellos mismos piezas constituyentes de una máquina, que componen entre ellos y con otras cosas (bestias, útiles) bajo el control y la dirección de una unidad superior. Pero hay sujeción cuando la unidad superior constituye al hombre como un sujeto que se relaciona con un objeto que se le ha vuelto exterior, aunque este objeto sea una bestia, una herramienta o una máquina: el hombre no es entonces ya un componente de la máquina sino obrero, usuario…, está sujeto a la máquina y no ya esclavo de la máquina. Esto no quiere decir que este segundo régimen sea más humano. (Deleuze y Guattari, 1980, pp. 570-571)

Los lazos de servidumbre (asservissement) son característicos del socius despótico, donde los hombres son piezas de una máquina imperial que los excede, meras chispas efímeras de la luz encandilante de un Deus mortalis. Con el albor del capitalismo, el hombre es liberado de la servidumbre, al mismo tiempo en que cae presa de una nueva forma de dominación: la sujeción (assujettissement), que lo ata a un objeto exterior (bestia, útil, máquina); en suma: la alienación. El lazo de estos desarrollos con la Idea social capitalista se observa cuando se tienen en cuenta que en la sujeción predomina la primera función del Capital, la relación característica trabajo (capital variable) / capital (capital constante).10 La unidad superior (el capitalismo) implica una relación entre el hombre (capital variable) y herramientas o maquinarias (capital constante) que se le han vuelto exteriores, ajenas, alienadas. Hay un humanismo, una organización social centrada en el trabajo (humano)11 y su encadenamiento a los medios de producción. La plusvalía extraída en tales condiciones es, consecuentemente, plusvalía humana.12 Retoma, por tanto, todas las características de la primera relación constitutiva del capitalismo (la “clásica”).13

En ese contexto, las formas eminentes de lucha pasan por quebrar esa relación diferencial trabajo abstracto / capital. En este marco se inscriben las reflexiones de Tronti en Obreros y capital, que Deleuze y Guattari recogen:

Mientras la clase obrera se defina por un status adquirido, o incluso por un Estado teóricamente conquistado, aparecerá solamente como “capital”, como parte del capital (capital variable), y no saldrá del plano del capital. Como máximo, el plano devendrá burocrático. En cambio, una masa deviene sin cesar revolucionaria si logra salir del plano del capital, y de no cesar de salir de él; solo así puede destruir el equilibro dominante de los conjuntos numerables [Es una de las tesis esenciales de Tronti, que ha determinado las nuevas concepciones del “obreromasa” y su relación con el trabajo: “para luchar contra el capital, la clase obrera debe luchar contra sí misma en tanto capital; es el estadio máximo de la contradicción, no para los obreros sino para los capitalistas (...) El plano del capital comienza a caminar para atrás, no como desarrollo social, sino como proceso revolucionario]14. (Deleuze y Guattari, 1980, pp. 589-590; entre corchetes transcribo lo que es una nota a pie)

La propuesta de Tronti es atractiva y además, aún hoy, se opone al sentido común. No se trata de buscar reformas que mejoren las condiciones de trabajo o, incluso, modifiquen la relación entre capital variable y constante en beneficio del primero, sino de luchar contra el trabajo mismo que, en tanto componente de la relación característica del capitalismo, implica nuestra sujeción. En el fin del trabajo estaría la clave de la liberación.

Lucha en un capitalismo poshumano

La propuesta de Tronti encuentra, curiosamente, su realización sistémica en el seno del capitalismo: sin necesidad alguna de una lucha obrera, el mismo capitalismo horada eficaz y triunfalmente al trabajo como parte el capital, instalando, incluso, una ética capitalista del no-trabajo (Prestipino, 2000, p. 109). Esta mutación deriva del carácter dinámico del capital que recuperan Deleuze y Guattari (como analizamos más arriba). En efecto, siguiendo la progresiva différentiation (con “t”), de la Idea de Capital, la función originaria (trabajo / capital) muta en sus derivadas (flujo de moneda de pago / flujo de financiamiento y flujo innovación / flujo de mercado), y el trabajo humano tiende a transformarse en un mero arcaísmo, sedimento decreciente de la función originaria. No hay en tal desaparición en principio motivos para llorar: no es el hombre el que desaparece15; tampoco el trabajo; lo que desaparece es su modo de existir en determinada relación social característica. A pesar de contrariar prima facie la ortodoxia marxista, este devenir había sido contemplado por Marx en un célebre pasaje de los Grundrisse16, con un tono optimista, como liberación del poder humano de su sujeción a las condiciones del capital.

Tan pronto como el trabajo en su forma inmediata ha cesado de ser la gran fuente de la riqueza, el tiempo de trabajo deja, y tiene que dejar, de ser su medida y por lo tanto el valor de cambio del valor de uso. El plustrabajo de la masa ha cesado de ser condición del desarrollo de la riqueza social (…) Reducción del trabajo necesario de la sociedad a un mínimo, al cual corresponde entonces la formación artística, científica, etc., de los individuos gracias al tiempo que se ha vuelto libre y a los medios creados para todos. (Marx, 1972, pp. 228-229)

Este pasaje explicita que es el capital el que “pone al tiempo de trabajo como única medida y fuente de riqueza” (Marx, 1972, p. 229), contrariando todas las interpretaciones esencialistas de la teoría del valor construidas a partir de las primeras páginas de El capital donde este es expuesto en su forma abstracta (y el trabajo puede aparecer como la fuente en sí del valor). Esta reflexión es coherente con las páginas sobre la fórmula trinitaria,17 donde Marx (2010) explicita que “«el» trabajo no es más que una abstracción y tomado en sí en general no existe” (p. 823). El trabajo humano como medida y fuente del valor es la condición de la sujeción, y no una determinación de una esencia antropológica.18

Marx considera este proceso con tono optimista, en tanto la reducción del trabajo necesario implica una contradicción en el proceso de capital. Una gran industria “menos dependiente del tiempo de trabajo” (Marx, 1972, p. 227) implica amenazar aquello que el mismo capitalismo había puesto como única medida y fuente de riqueza. De allí la baja tendencial de la tasa de beneficio, en la medida en que la composición orgánica del capital (capital variable / capital constante) se desequilibra, con una disminución constante del primero (trabajo humano) y un aumento constante del segundo (medios de producción).19

Con el desarrollo del capitalismo, entonces, Deleuze y Guattari tienen, al parecer, lo que querían inspirados en Tronti: la clase obrera deja tendencialmente de ser capital. Pese a ello, lo consideran sin ningún rastro del optimismo de Marx. Con el debilitamiento del trabajo humano, la masa no ha salido del plano del capital, no ha devenido propiamente “revolucionaria”. El desarrollo maquínico ha permitido a los hombres librarse de la sujeción, es cierto, pero solo para caer en una nueva servidumbre. El devenir maquínico no implica ninguna liberación, como tampoco la había implicado la disolución de los lazos feudales de servidumbre.

[El capitalismo] restaura o reinventa, bajo formas nuevas que se han vuelto técnicas, todo un sistema de servidumbre maquínica (…) Las máquinas de las cibernética y de la informática forman una tercera edad que recompone un régimen de servidumbre generalizada (…) cuando el capital constante crece proporcionalmente más y más, en la automatización, encontramos una nueva servidumbre, al mismo tiempo que el régimen de trabajo cambia, y la plusvalía se vuelve maquínica. (Deleuze y Guattari, 1980, p. 572)

La “nueva servidumbre” podría confundirse meramente con la baja del impacto del numerador en el seno de la primera fórmula del Capital. Menos trabajo, más capital constante. Algunas indicaciones de Deleuze y Guattari parecen apuntar en ese sentido: “El plustrabajo intensivo que ya no pasa por el trabajo, y la del trabajo extensivo que se ha vuelto precario y flotante” (Deleuze y Guattari, 1980, p. 586).20 Sin embargo, esto no daría cuenta efectivamente de la nueva servidumbre (un modelo análogo al feudal en condiciones capitalistas). En efecto, si estuviera meramente ligada con la baja tendencial del capital variable en la composición orgánica del capital, seguiría siendo sujeción: el sujeto (aún marginal, aún precario, aún científico) se vincula con un objeto exterior. Solo será “pieza de la máquina” cuando la función entera haya mutado. Por ello implica la derivación de la relación trabajo /capital en una nueva función: flujo de innovación / flujo de mercado. Para que esta derivación tenga lugar, no alcanza con que el numerador disminuya, sino que las máquinas deben pasar a ocupar el lugar subsumido.21 Las masas, por su parte, se transforman en meros residuos, piezas de la máquina que, en última instancia, pueden ser eliminadas (flotar hacia la extinción, curso inevitable del Antropoceno)22: “la catástrofe que concierne a la especie en su conjunto no perturba en lo más mínimo el mundo del capitalista” (Alliez y Lazzarato, 2016, p. 395).

La solución de Tronti (“lucha obrera contra el trabajo, la lucha del obrero contra sí mismo como trabajador”, 2006, p. 262), que Deleuze y Guattari retoman, no puede tener ningún tipo de eficacia en este nuevo estadio del desarrollo del capitalismo. Solo tiene sentido en tanto el trabajo es parte del plano del capital definido como capital variable / capital constante. Pese a ello, Deleuze y Guattari recurren justamente a Tronti para concebir los mecanismos de lucha en esta “tercera edad”:

Un movimiento marxista se ha formado a partir de Tronti (Obreros y capital, Bourgois), y luego con la autonomía italiana y Antonio Negri, para analizar las nuevas formas de trabajo y de lucha contra el trabajo. Se trataba de mostrar a la vez: 1º) que [la formación de zonas de subdesarrollo al interior de los países centrales] no es un fenómeno accidental o “marginal” al capitalismo, sino esencial a la composición del capital (crecimiento proporcional del capital constante); 2º) pero también que este fenómeno engendra un nuevo tipo de luchas, obreras, populares, étnicas, mundiales y en todos los dominios. (Deleuze y Guattari, 1980, p. 586)

Deleuze y Guattari intentan llevar la problemática hacia una red de luchas más amplia, aquella que vincula las disputas obreras con aquellas “en todos los dominios” (minorías en general, en el sentido técnico que los autores le dan al término). Este intento de partir de la perspectiva de la lucha en lugar de hacerlo desde la estructura puede ser considerado un enfoque intensivo: cada lucha es una intensidad, y entre una y otra se va tejiendo una trama de flujos.23 Así considerado, este enfoque permite volcar a la teoría política los cuidados desarrollos dedicados por Deleuze al concepto de intensidad en el quinto capítulo de Diferencia y repetición. La intensidad toma en cuenta el punto de vista de la sensibilidad reivindica los cuerpos e implica una “remontada de la entropía” (Deleuze, 1968, p. 295). Se vincula asimismo con la individuación y la subjetivación:24 la posibilidad de constituir un pliegue que nos permita respirar en las condiciones que nos son dadas, y que Deleuze trabaja en la década del 80 en torno al tercer Foucault.25 Sin intensidad, las Ideas permanecen meramente virtuales, nunca son nuestras. Este es el rol que en la teoría política toma el plano de las luchas.

La perspectiva de las luchas es aquella en la que se ubican que Alliez y Lazzaratto (2016), por ejemplo, cuando tratar de pensar la “máquina de guerra anti-capitalista” a partir de diversas minorías (p. 431). Pero ocurre que ellos mismos reconocen las “dificultades para organizar tal máquina” (p. 431). Para organizarla es necesario tener en consideración la determinación del capitalismo en el seno de la Idea social que, como vimos, Deleuze y Guattari no han abandonado, sino que persiste en la variación de las relaciones entre servidumbre y sujeción. Sin embargo, se emplazan en la “tercera fórmula” (flujo de códigos científicos y tecnológicos / flujo de mercado), que no resulta la más fértil para el análisis. Ocurre que bajo sus ropajes irreverentes (¡máquinas produciendo valor!), esta tercera función tiene un carácter conservador, ya que meramente remplaza el trabajo humano por trabajo maquínico (con un componente humano que Deleuze y Guattari no terminan de abandonar, y que persiste en la forma del trabajo intensivamente innovador y marginalmente precario). También ofrece dificultades de diagnóstico en el plano de las luchas. Era bien claro cuál era el blanco de los combates de Tronti: el obrero contra sí mismo en el seno del plano del Capital (esta visión sesgada le es reprochada por Alliez y Lazzarato (2016, p. 387)). Razonando por analogía, el blanco en el seno de la relación flujo de innovación / flujo de mercado deberían ser las máquinas. Pero construir una lucha contra el trabajo maquínico implicaría un estéril retorno al ludismo.26 La tercera fórmula presenta, así, fuertes limitaciones. Proponemos por ello estudiar el potencial a nivel del análisis de las luchas de la función monetaria.

Las dos caras de la moneda

La moneda ha seguido el camino del Yo pienso, de Kant al poskantismo: ha dejado de meramente acompañar todas las representaciones de la economía capitalista para transformarse en su elemento genético.27 De acuerdo con las investigaciones que Berti publica en Primo Maggio en la década del 70, el funcionamiento monetario pone en cuestión la teoría marxista del valor en forma radical. El valor ya no se funda en el trabajo (sea humano, sea maquínico), sino en una pura relación monetaria: “Cuando el grado más maduro del desarrollo capitalista se presenta, como hoy, en la forma del mercado mundial, todas las relaciones se presentan como relaciones monetarias” (Berti, 1974, p. 10).28 Así, “es el mercado de valores, y no los salarios, lo que se transforma el estándar a través del cual se evalúa la economía, independientemente del hecho de que no beneficia a todos” (Read, 2008, p. 153). Desde el punto de vista de la Idea deleuziana del capitalismo, Berti nos lleva a detenernos en la segunda función (flujo de moneda de pagos / flujo de moneda de financiamiento), que a la hora de evaluar la estrategia de lucha Deleuze y Guattari pasaban por alto. Para Berti no se trata de una lucha obrera, sino de una lucha monetaria: “[En el seno de Primo maggio, los operaistas] nos estábamos dando cuenta de que había otros instrumentos y poderes más allá de la luchas obreras y estudiantiles” (Berti, 2016, p. 17). Y esos instrumentos, dice en esa entrevista reciente, son monetarios.

Ahora bien, concebir esta forma de lucha implica tener un diagnóstico más preciso de las características de esta función del Capital. Para ello, Deleuze y Guattari se apoyan en dos autores de marcos teóricos inconmensurables: De Brunhoff y Schmitt. Es muy curioso que ninguno de los dos diga aquello al nivel de lo cual, según Deleuze (2005), dicen “exactamente lo mismo” (p. 65).29 En efecto, ni para De Brunhoff ni para Schmitt hay realmente dos formas de moneda, sino que ambos tienen una concepción unitaria de la misma. De Brunhoff (1973; 1975) distingue entre una moneda de pago y una de financiación o crédito (pp. 40 y 171), pero aspira a unificarlas en una misma raíz ontológica, el valor: “se hace sentir la necesidad de un principio de valor” (1975, p. 190). Schmitt (1966), por su parte, “dice exactamente lo mismo”: la creación de dinero depende de la integración, esto es, de la continuidad del flujo monetario a través de sus distintas formas: primero como promesa de los bancos (p. 161) que luego se transforma en medio de pago a través de la economía productiva, cuando las empresas usan esa “mera promesa” recibida de los bancos para pagarles a los factores de producción (p.198).

Solo la integración en ese flujo de la aparente heterogeneidad de los distintos tipos de moneda y de los bienes producidos permite dar cuenta del poder del dinero (p. 199).30

Deleuze y Guattari ponen la relación diferencial en las teorías inconmensurables de De Brunhoff y Schmitt. Encuentran en estos economistas diferentes materiales para armar un concepto de acuerdo con su matriz teórica que considera al capitalismo como relación diferencial y la consecuente dinámica de différentiation como serie de derivadas recíprocamente determinadas. Ahora bien, el problema que los lleva a pensar esta derivación particular está en el aire de los tiempos. En 1971 Nixon decide, famosamente, dar por tierra la convertibilidad al oro de la moneda norteamericana.31 Al mismo tiempo, como muestra en sus últimas páginas De Brunhoff (1975) en La oferta de moneda, las crisis monetarias venían azotando a Francia durante la década del 60, con dos episodios puntuales en 1963 y 1968 que mostraban la debilidad del franco y la correspondiente tentación de refugiarse en divisas extranjeras ante las crisis políticas (pp. 212-231). Tales son los motivos que llevan a Deleuze y Guattari a buscar en la moneda el aspecto diferencial que pueda dar cuenta de tal aspecto genético. Para que su análisis se sostenga, los dos flujos que caracterizaban al capitalismo clásico (trabajo y capital productivo) deben derivarse, ellos mismos, en dos nuevos flujos cuya relación determine que las finanzas conduzcan la máquina y la producción y el trabajo corran detrás. De allí la diferenciación radical de todos flujos que De Brunhoff y Schmitt buscaban unificar como partes integrantes de un solo proceso.

En su cuidadoso análisis de De Brunhoff y Schmitt como fuentes de la teoría monetaria de Deleuze y Guattari, Christian Kerslake (2015) se indigna repetidamente por el favoritismo que estos van desarrollando por Schmitt durante la década del 80 (p. 66). Según su perspectiva, la primacía de Schmitt en Mil mesetas los llevaría a una afinidad secreta con el capitalismo (en la línea de las ya habituales acusaciones de anarco-capitalismo que el autor francés ha recibido)32 y a abandonar el marxismo (Kerslake, 2015, p. 27). Sin embargo, Deleuze no hace más que continuar con su propia reformulación del marxismo. Para Deleuze, quien ya desde las primeras líneas de su temprano Nietzsche y la filosofía insistía en la centralidad del problema del valor,33 este nunca provino realmente del trabajo, ni de las máquinas, y tampoco ahora los bancos, sino de la productividad de las multiplicidades virtuales e intensivas. Si Kerslake (2015), en vez de enviar a nota a pie y descartar burlonamente la referencia Deleuze y Guattari a la “fórmula trinitaria” (a la que considera “una sugerencia extraña”, p. 75), se hubiera detenido en ella, habría visto que Marx allí indica claramente que no es cierto que “el trabajo es la fuente de valor” (p. 76), sino, justamente, que el valor es producto de una relación social, un modo específico de producción. Deleuze y Guattari no hacen más que extremar las consecuencias de esta premisa marxista, y considerar −como vimos− que incluso dentro del capitalismo el trabajo humano no es parte necesaria de la relación de valorización, sino que puede surgir de dos flujos sin residuo antropológico alguno. El dinero, en su duplicidad, ocupa el lugar del valor como fundamento de las relaciones sociales efectivas.

Lo importante para Deleuze es que haya dos flujos de distinta potencia en relación. Esto es lo que no puede faltar para que haya génesis, producción, valor. En la relación diferencial financiera, el flujo de mayor potencia es la moneda de financiamiento y el de menor, la moneda de pago. La continuidad del flujo de Schmitt debe ser entonces quebrada. Por un lado, por parte de los bancos, por la creación del flujo de financiamiento; por el otro, por parte de las empresas, por la creación de medios de pago a los trabajadores convertibles en bienes. No es la integración sino la relación diferencial lo que da cuenta de la génesis real del poder del dinero en la sociedad contemporánea.

Lucha contra el capitalismo financiero

La creación del dinero, lejos de dar lugar a algún tipo de optimismo basado en sus aparentes poderes mágicos, solo beneficia al capital financiero mismo, mientras castiga a los trabajadores:

La oferta de dinero en las crisis, relacionada con la preservación del capital-dinero, permite percibir el rol de la clase dominante que subyace al aumento de la oferta de dinero. La expansión cuantitativa puede aparecer como formalmente neutra, pero quedó claro dos años después de la reciente crisis financiera que está acompañada por austeridad de parte de los trabajadores. (Kerskale, 2015, p. 63)

Bajo las condiciones del capitalismo, el flujo de financiamiento sobredetermina al de pagos, y por tanto el dinero que se crea fluye predominantemente hacia las empresas, mientras es sustraído a los hombres (Kerslake habla de “trabajadores”, pero resulta un concepto insuficiente en un mundo que tiende hacia el postrabajo). El imperativo de luchar (el deber-luchar) surge de la exhortación del sufrimiento, la opresión, la miseria humana.34 Ahora bien, mientras la relación de sujeción en la forma de trabajo encontró, como señalamos, una disolución sistémica (vinculada al desarrollo de la innovación tecnológica), parece más difícil que la relación de servidumbre financiera encuentre una solución de ese orden. Como indica De Bruhoff (1975), ni las crisis ni las burbujas son un peligro para el capitalismo, sino expresiones de su funcionamiento y autoregulación (pp. 119, 124). Schmitt, por su parte, no hace siquiera mención a la posibilidad de una crisis o anomalía en la circulación monetaria: todo el proceso de transformación que describe le resulta normal y funcional. Por ello, la búsqueda de una relación social más adecuada al desarrollo de la potencia humana de existir debe ser objeto de lucha y disputa política. Si la relación es financiera, la lucha también debe serlo.

Como veremos en este apartado, la fórmula diferencial monetaria da cuenta de la necesidad de un Estado como única institución capaz de contrariar la lógica capitalista.35 En efecto, los individuos, los grupos, las minorías, los colectivos… ninguno emite su propia moneda: “el «mercado de la moneda» presenta un carácter peculiar en razón de que es necesaria en él la intervención del sector Estado (o Banco central) como emisor” (De Brunhoff, 1975, p. 88). Solo mediante el control del aparato Estatal la lucha puede contar, entre sus armas, la valiosa creación de moneda- y su conversión en moneda de pago en forma de salarios de los trabajadores estatales. Allí, y en ningún otro lado, encontraremos el espacio de “la formación artística, científica, etc.,” que planteaba Marx en los Grundrisse en un tono utópico que sigue siendo, sin embargo, el horizonte real de nuestras expectativas sociales.

En ese sentido puede interpretarse lo que señala Berti en el texto que dio origen a su polémica con De Brunhoff:36 “En el sistema bancario moderno, la moneda es un producto discrecional de los bancos centrales en la forma de crédito que en cuanto tales no tienen otro límite teórico que la voluntad política de la autoridad monetaria misma” (Berti, 1974, p. 11-12). La polémica surge porque estas afirmaciones contradicen lo que De Brunhoff (1975) señala en las últimas páginas de La oferta de dinero: “La coyuntura monetaria permaneció, en gran parte, fuera del alcance de la política monetaria, mientras se encontraba «sobredeterminada» por la política” (p. 231). Mientras Berti pone el acento en la voluntad política de la autoridad monetaria, De Brunhoff (1975) llama “voluntarismo” en materia monetaria la creencia de la posibilidad de una regulación económica que es imposible de satisfacer (p. 48), dado que “el poder del banco central sobre el sistema de crédito es real, pero tan limitado como el del Estado sobre el dinero” (De Brunhoff, 1973, p. 127). Por eso la economista francesa distingue “política monetaria” de “política” (que no es atributo de un Estado sino fruto de la coyuntura y los acontecimientos (De Brunhoff, 1975, pp. 210-211)). La segunda determina a la primera, y en ese contexto los bancos centrales son esencialmente frágiles y la creencia en la intervención estatal voluntarista. Así, De Bruhoff apuntalaría la tradición crítica del Estado, incluso en el contexto del debate monetario.

La perspectiva se matiza sin embargo si consideramos que, incluso para De Brunhoff (1975), la impotencia de los Estados solo es real mientras “los bancos aparezcan como organismos monetarios integrados a un sistema centralizado que perpetúe el papel que cumplen los bancos como empresas capitalistas” (p. 223). La creación de moneda es apropiada por las empresas capitalistas solo en la medida que los bancos centrales determinan sus políticas en función del sistema financiero (la verdadera coyuntura sobredeterminante). Pero esto no es necesariamente así. Según Deleuze y Guattari, el origen de la moneda apunta incluso en sentido contrario: “La forma del dinero surge del impuesto, y no del comercio” (Deleuze y Guattari, 1980, p. 553). Los autores remiten a la teoría numismática de Edouard Will (1955), quien analizaba el caso de Corintia, y cómo allí se observaba que el impuesto era la estrategia de Cipselos para que la moneda que acuñaba no fuera simplemente apropiada por parte de las élites de Corintia. El caso estudiado por Will muestra que la mera circulación monetaria no es moneda; para que haya moneda tiene que haber una intervención estatal.37

Lejos de oscurecer la perspectiva deleuziana sobre la banca y la moneda moderna, como piensa Kerslake (2015, p. 75), el pasaje por la numismática de Will y su inserción en ese contexto de la teoría de Bernard Schmitt muestra que la moneda tiene un origen vinculado al Estado y no al capitalismo.38 Sin embargo, en un punto singular de la historia, la moneda se “desterritorialza” y se transforma en la moneda que nosotros conocemos:

Deleuze es entonces perfectamente consciente de que la moneda, si bien comienza por ser un correlato del stock, en el curso de su evolución se desterritorializa y desmaterialza, hasta transformarse en la moneda moderna que nosotros conocemos, que no tiene origen estatal, sino que se trata de un “flujo de poder mutante” creada por los bancos cuando habilitan créditos. (Bedaire, 2016)

El pasaje de Will a Bernard Schmitt, que en Mil mesetas puede aparecer algo abrupto (Deleuze y Guattari, 1980, p. 555), marca el momento en que la captura pasa de ser estatal a transformarse en capitalista. La creación de moneda por parte de los bancos es parte de la apropiación del Estado que realiza el capitalismo a nivel global (“bajo los golpes de la propiedad privada, y luego de la producción mercantil, el Estado conoce su debilitamiento”, Deleuze y Guattari, 1972, p. 257). Pero no se trata de un devenir irreversible, de un buen sentido de la historia.39 Solo hace falta una potencia de la magnitud suficiente para abordar la disputa de flujos. Se trata de producir intensidades que cumplan el rol de los gradientes en el plano celular: “factores que determinan la dirección del crecimiento y la diferenciación” de los flujos (Child, 1915, p. 35).40 Las inyecciones monetarias por parte del Estado pueden constituir esos gradientes que modifiquen el curso del desarrollo de la individualidad social que habitamos. Por ello, hoy más que nunca, el Estado es por derecho el antagonista más vigoroso para la lógica capitalista.

Pese a ello, de hecho los gobiernos suelen plegarse a los imperativos de la relación financiera y aceptar mansamente la autonomía de los bancos centrales respecto de su propio poder político. Esto marca la insuficiencia del sistema estatal y la lógica representativa que lo sostiene en las sociedades democráticas. Allí entra el entramado de individuos, grupos, minorías y colectivos que Deleuze y Guattari reivindican siguiendo a Tronti. Allí la lógica de las grandes estructuras que actualizan las Ideas sociales (capitalismo, Estado) debe entrelazarse con las intensidades sociales que surgen como bolsones de potencia, dispersos, anárquicos, azarosos. Y también con el carácter intensivo, material e individuante que tiene la moneda, como flujo de deseo y voluptuosidad.41 En esa síntesis asimétrica se van construyendo formas de individuación y subjetivaciones que no solo permiten respirar en las asfixiantes condiciones del capitalismo financiero, sino que exigen una nueva atmósfera, es decir, la actualización de una nueva Idea social, cada día más impostergable, que favorezca el desarrollo de la forma humana de existir.42

Conclusión

A lo largo de estas páginas hemos mostrado cómo la ontología desarrollada por Deleuze en Diferencia y repetición deviene práctica en las obras escritas junto a Guattari. Por una parte, el concepto de Idea diferencial es retomado en las tres relaciones características del capital, que derivan una de otra de acuerdo con la lógica expuesta en el libro de 1968. Por otra parte, el concepto de intensidad (y su aspecto individuante) aparece en los desarrollos en torno a las luchas concretas. Ninguno de estos aspectos se puede escindir del otro. Sin intensidad, las Ideas permanecen virtuales y no se encarnan en nuestros cuerpos y nuestras vidas. Sin Idea, las luchas carecen de orientación y determinación. A partir de allí hemos sostenido la importancia de jerarquizar la fórmula diferencial capitalista como relación monetaria, a la cual Deleuze y Guattari le prestan menor atención a la hora de la lucha (privilegiando el estudio de la fórmula diferencial “clásica”, que pone énfasis en el flujo de trabajo, y la heterodoxa, que busca concebir un plusvalor maquínico). Para comprender mejor los oscuros desarrollos de nuestros autores en torno al monetarismo hemos explorado las principales fuentes que utilizan: De Bruhnoff y Schmitt. Dadas las características concretas de la fórmula financiera, hemos mostrado la necesidad de intervención estatal en la producción de moneda y en su distribución por medio de impuesto para que no fluya hacia los sectores financieros dominantes. Estos desarrollos han permitido construir un concepto riguroso para caracterizar al capitalismo en su fase actual, y que resulta un aporte significativo de la filosofía para interpelar las teorías más recientes de las ciencias económicas sobre la moneda y el capital financiero.

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1 La problemática relación entre la Idea y su actualización, por un lado, y la Idea y la intensidad, por el otro, es uno de los temas centrales de debate en los estudios deleuzianos de la actualidad, como lo muestra el número 11.2 (2017) de Deleuze Studies. Este análisis del problema de la moneda constituye un aporte concreto a ese debate.

2“Lo virtual [la Idea] no aparece en El anti-Edipo bajo su nombre y tampoco bajo ningún otro nombre (…) Lo virtual está ausente, pero la intensidad no” (Roffe, 2017, p. 285).

3La estructura tripartita de la Idea consiste en lo indeterminado, lo realmente determinable y lo efectivamente determinado. A cada elemento corresponde un principio: determinabilidad, determinación recíproca y determinación completa (Deleuze, 1968, p. 222). Cada principio, por su parte, tiene su “elemento puro”: cuantitabilidad (p. 223), cualitabilidad (p. 224) y potencialidad (p. 227).

4Santaya despeja así la confusión en torno al principio de “determinación recíproca”. Esta no implica, como una lectura precipitada de las páginas pertinentes de Diferencia y repetición podría hacer pensar, meramente una relación (dy/dx) entre dos elementos indeterminados (dy, dx).

5La différentiation (con “t”), como determinación virtual de la Idea, se distingue de la différénciation (con “c”), que constituye el proceso de actualización (Deleuze, 1968, p. 267).

6Inspirados en los desarrollos de Diferencia y repetición, Deleuze y Guattari transforman el carácter aritmético de la fórmula del capital de Marx (D-M-D’) en diferencial: dy / dx (Deleuze, 2005, pp. 63-64): “Es la relación diferencial Dy / Dx, donde Dy deriva de la fuerza de trabajo y constituye la fluctuación del capital variable, y donde Dx deriva del capital mismo y constituye la fluctuación el capital constante” (Deleuze y Guattari, 1972, p. 270). No es por tanto cierto, como dice Roffe, que la Idea no aparezca en El anti-Edipo bajo ningún nombre.

7Sobre la diferenciación de los tres tipos de relaciones, cfr.Badaire (2016).

8Modificamos la traducción, Equipo Editorial Cactus traduce “revenus” por “renta”, que puede confundirse con la renta de la tierra (que apunta a otra problemática), preferimos “ingresos” que es más general.

9Invierto el orden de los factores expuesto en la clase siguiendo la subsunción que marca la potencia del denominador en los libros publicados.

10“En la composición orgánica del capital, el capital variable define un régimen de sujeción del trabajador (plus-valor humano) que tiene por marco la fábrica” (Deleuze y Guattari, 1980, p. 572).

11“El régimen del asalariado (….) podrá lanzar su grito humanista: no, el hombre no es una máquina, no confundimos el capital variable y el capital constante” (Deleuze y Guattari, 1980, p. 571). “La sujeción permanecía centrada en el trabajo, y remitía a una organización bipolar, propiedad-trabajo” (p. 586). Prestipino (2000) trabaja el vínculo del concepto de alienación de Marx con su humanismo en la etapa de los Manuscritos del ‘44 (pp.18-21).

12Lo cual remite al debate sobre lo que es el hombre, y por lo tanto, desde el punto de vista deleuziano, a cómo Foucault la concibe en Las palabras y las cosas (esto es, las formas de la finitud, el trabajo, la vida y el lenguaje). Veremos más adelante que no es la única forma de considerar la figura del hombre en Deleuze, y que existe un humanismo perspectiva y no sustancial que permite fundar la filosofía práctica (cfr. infra, nota 34).

13Veremos en el próximo apartado a la derivación de esta fórmula le corresponderá una nueva servidumbre que relevará a la sujeción, mostrando la presencia de la Idea de capitalismo en estos desarrollos de Mil mesetas.

14Deleuze y Guattari citan aquí a Tronti (2006, p. 262).

15Como aclara Deleuze en su curso sobre Foucault, “lo que desaparece no es el hombre existente (…) ¿Por qué hablar entonces en términos tan dramáticos de la muerte del hombre? (…) Como dice Foucault en un texto muy interesante que está en la discusión que ha seguido a su conferencia sobre ¿Qué es un autor?, no hay por qué llorar la muerte del hombre. Eso también se ha tomado a mal, porque se ha dicho: «¡Ah, vean! No solo quiere matar al hombre, sino que ni siquiera quiere llorarlo». Foucault dice que es un cambio de forma, eso no hace morir a nadie, evidentemente no” (Deleuze, 2014, pp. 212, 216).

16Célebre en tanto utilizado por aquellos que buscaban salir de las formas más ortodoxas que se negaban a ceder la centralidad del valor-trabajo. Deleuze y Guattari hacen referencia a él (“el gran capítulo de Marx sobre la automatización”) en el Anti-Edipo (1972, p. 276, nota). También lo encontramos en Berti (1975-1976, p. 54) y Prestipino (2000): “el famoso pasaje de los Grundrisse sobre las nuevas tecnologías” (p. 98).

17Que Deleuze y Guattari también tienen presente, ya que refieren a ella en Mil mesetas (1980, p. 554).

18En la entrada “Trabajo” del Diccionario crítico del marxismo Jacques Bidet reconoce, por una parte, la importancia de este desplazamiento del trabajo en sí como rasgo antropológico a la “especificidad del proceso capitalista de trabajo”; sin embargo, luego acepta al trabajo abstracto como “fundamento del valor, que corresponde a lo que es común a todas las actividades productivas y que es ser un gasto de fuerza humana” (Bidet, 1999, pp. 1176-1177). No contempla así que el trabajo solo sea fundamento del valor en condiciones de producción capitalista, y que en otras formas sociales el trabajo pueda dejar de ser la fuente de la riqueza (e incluso, como arriesgamos aquí, en el seno del capitalismo mismo). Prestipino (2000), en cambio, señala que “la plusvalia y el valor ya no pueden ser calculados sobre la base del tiempo de trabajo (…) Marx, al atribuir (con Ricardo) solamente al trabajo físico humano la propiedad de crear valor, realizaba una abstracción que hoy —con el enorme crecimiento del trabajo intelectual, por un lado, y la explotación energética de la naturaleza, por el otro— no conserva ya el poder heurístico relativo del cual se mostraba capaz entonces” (pp. 91, 99-100).

19“De hecho, la baja tendencial de la tasa de beneficio medio no es más que el efecto inmediato del aumento de la composición orgánica media del capital, del capital constante gastado en medios de producción respecto al capital variable gastado en fuerza de trabajo, que expresa el movimiento propio de la acumulación (…) La «contradicción» no es otra cosa que la estructura misma, y le es inmanente, como dice Marx” (Balibar, 1996, p. 536).

20Deleuze y Guattari remiten implícitamente aquí a los Grundrisse: el “plustrabajo intensivo que ya no pasa por el trabajo” es el que “depende más bien del estado general de la ciencia y el progreso de la tecnología, o de la aplicación de la ciencia a la producción” (Marx, 1972, p. 228). Por otra parte, “el trabajo extensivo que se ha vuelto precario y flotante” es la “mezquina base” que el capital conforma reduciendo las gigantescas fuerzas sociales “a los límites requeridos para que el valor ya creado se conserve como valor [convencional, basado en el tiempo de trabajo humano contenido]” (Marx, 1972, p. 229).

21“No se comprende bien cómo se puede mantener la plusvalía humana en el fundamento de la producción capitalista, y reconocer al mismo tiempo que las máquinas también «trabajan» o producen valor (…) Hay entonces una plusvalía maquínica producida por el capital constante, y que se desarrolla con la automatización y la productividad, y que no se puede explicar por los factores que contarían la baja tendencial (intensidad creciente de la explotación del trabajo humano, disminución de los precios de los elementos del capital constante, etc.) porque esos factores, por el contrario, dependen de ella”( Deleuze y Guattari, 1972, p. 276). Es cierto que ese pasaje se basa en las preguntas “incompetentes” de Maurice Clavel, pero también que los autores también las consideran “decisivas” (p. 275).

22La relación de Deleuze con el Antropoceno y el consecuente peligro de la extinción de la especie humana está siendo tratada en los estudios recientes. “Los problemas ecológicos no eran tan centrales para Deleuze como para Guattari, y sus conceptos no están inmediatamente presentes en el debate en torno al Antropoceno; sin embargo, hay una necesidad de pensar con Deleuze, y a través de Deleuze en la edad del Antropoceno”(Dillet, 2016, p. 3). Cfr.Alliez y Lazzaratto (2016, pp. 388-410) y Wirth (2015).

23“Se trata precisamente de un flujo de una intensidad a la otra” (Deleuze, 2005, p. 219)

24Me refiero a la fundamental la alianza teórica entre la teoría ontológica de la intensidad de Diferencia y repetición y la teoría de la subjetivación como pliegue que Deleuze construye en torno a Foucault (Deleuze, 1986, 2015). Ambas nociones se construyen en torno a la noción de envolvimiento, y constituyen el plano de lo individual no como subjectum sino como foco de fuerzas. Al respecto, cfr.Ferreyra (2018).

25Se rodean de pliegues, los inventan suscitan los dobles, se envuelven en los dobles, viven en los pliegues. Lo cual no quiere decir en absoluto vivir protegido, ¿no? Pero en ese momento, puede ser que de cierta manera hayan vencido provisionalmente a la muerte, puede ser que hayan encontrado una respiración” (Deleuze, 2015, pp. 39-81).

26“Los ludditas originales eran obreros calificados ingleses, que entre 1811 y 1817 se organizaron en bandas secretas bajo es supuesto liderazgo del «general Ned Ludd». Destruían sistemáticamente las máquinas que consideraban injustas para su arte y su negocio” (Jones, 2006, p. 3). Cf.Hobsbawm (1952).

27Sobre el pasaje del punto de vista del condicionamiento al punto de vista de la génesis, de Kant a los poskatianos, cfr.Deleuze (1968, p. 221).

28Es cierto que Berti subraya en 1974 la necesidad “de ese intercambio particular que es el cambio entre capital y trabajo” (Berti, 1974, p. 10). Sin embargo, cuando al año siguiente responde a las críticas De Brunhoff, se vuelca decididamente hacia las condiciones del postrabajo.

29“Me apoyaré en dos economistas actuales: Suzanne de Brunhoff (La moneda en Marx y La oferta de moneda) y Bernard Schmitt (Moneda, salarios y ganancia). En el segundo caso se trata de un economista neocapitalista muy impetuoso y talentoso que hace, sin quererlo, una teoría económica completamente esquizofrénica (…) De Brunhoff marxista, y Schmitt, que no lo es, dicen exactamente lo mismo al nivel que por ahora me interesa, el nivel fenomenológico: hay dos formas de moneda” (Deleuze, 2005, p. 65).

30“El flujo se define en dos niveles: a la salida de los bancos, por inyección de nueva moneda en la economía productiva; después a partir de las empresas, cuando distribuyen la moneda fresca como remuneración de los factores de producción” (Schmitt, 1966, p. 218). Para una detallada reconstrucción de la teoría de Schmitt, cfr.Kerslake (2015, pp. 46-58).

31Es cierto que no se trata de ningún gesto revolucionario, dado que ya en 1924 Keynes decía que “el estándar-oro es un residuo barbárico” (Keynes, 1924, 172); es sin embargo un hito en la política monetaria.

32“[Deleuze], lejos de condenar al capitalismo, busca exacerbarlo. ¿Deleuze, anarquista en su estética, y anarco-capitalista en su filosofía?” (Koenig, 2013, p. 132).

33“El proyecto más general de Nietzsche consiste en esto: introducir en la filoso- fía los conceptos de sentido y valor” (Deleuze, 1962, p. 1).

34No nos referimos aquí al hombre como esencia, y tampoco como la forma-Hombre criticada por Deleuze y Foucault, sobre cuya muerte no hay por qué llorar (cfr. supra, nota 15) sino como perspectiva, como el tipo de relaciones que somos y que aspiramos a sostener en la existencia (“acogiendo la óptica parcial e interesada de una de las partes en lucha”, Berti, 1975-1976, p. 41). Sobre esta concepción no esencialista ni antropocéntrica del hombre, cfr. Ferreyra (2010): “[Para construir su filosofía práctica, Deleuze], en tanto hombre, se ubica en nuestro punto de vista, considerando la utilidad para el hombre. En tanto moi, yo lucho por mi existencia en este mundo. Por supuesto, sería un contrasentido creer que este moi es una sustancia. El moi es un «modo», es un «conjunto de partes» extensivas fruto del azar de los encuentros. El moi es cuerpo. Pero, sin fundamento sustancial, sin «derecho natural» que funde nuestra pequeña existencia, desde nuestro punto de vista, nosotros que hemos sido lanzados en la existencia, debemos luchar contra los cuerpos que amenazan con destruir nuestra relación característica, luchar contra el capitalismo” (p. 292).

35En ese sentido, esta investigación prolonga nuestras investigaciones previas sobre Deleuze y el Estado, en las cuales la hipótesis es que, a pesar de las críticas explícitas de Deleuze y Guattari, por considerar al Estado una instancia al servicio de la represión social (despótica o capitalista), es posible determinar una forma política en la filosofía deleuziana que no deje librados a los individuos al mero juego de las fuerzas (retomando la rica tradición del pensamiento estatal en filosofía). “La crítica a la figura del Estado atraviesa, como vemos, la obra de Deleuze. ¿Cuál es el sentido entonces de estas reflexiones en torno a Deleuze y el Estado? (…) Ocurre que el carácter crítico es únicamente un aspecto (y no el más interesante) de la relación del pensamiento de Deleuze en relación al Estado. El segundo aspecto que estudiaremos será qué se construye en el lugar (conceptual) del Estado” (Ferreyra, 2011-2012, p. 268). Cfr. también Ferreyra (2013-2014 y 2018).

36Berti publica “Denaro come capitale en el número 3-4 de Primo maggio. En el número seis se publica la reacción crítica de De Brunhoff y la respuesta acalorada de Berti.

37Sobre esta cuestión cfr.Ferreyra (2016).

38 Alliez y Lazzarato (2016) sí hacen énfasis en la creación de la moneda ex nihilo por parte del Estado que investiga Will, y sus consecuencias sobre la actual constitución del capitalismo (pp. 37-47).

39Sobre la crítica deleuziana al buen sentido como irreversibilidad, cfr.Deleuze (1968, p. 288). Toda la Lógica del sentido (Deleuze, 1969) es una crítica de la concepción de un sentido que sea necesariamente bueno.

40Citado por Deleuze (1968) en torno a la noción de gradiente en el desarrollo embrionario, como ilustración de la individuación intensiva (p. 322).

41Es cierto que Deleuze y Guattari (1972) tienen a identificar la moneda-dinero con el capitalismo, y como el Estado al servicio del mismo (pp. 233; 258). La propuesta de este artículo es desistir de tal carga axiológica en favor de una lucha específicamente monetaria.

42Nuevamente, no nos referimos a la concepción humanista del hombre, sino a las relaciones humanas como valor ético inmanente (cfr. supra, nota 34).

Recibido: 29 de Junio de 2017; Aprobado: 06 de Septiembre de 2018

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