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Tabula Rasa

Print version ISSN 1794-2489

Tabula Rasa  no.6 Bogotá Jan./June 2007

 

Poder, redes e ideologia en el campo del desarrollo1

 

Power, Networks and Ideology of Development

 

Poder, Rede e ideologia no campo do Desenvolvimento

 

Gustavo Lins Ribeiro2

Universidade de Brasilia (Brasil) gustavor@unb.br

Recibido: 27 de agosto de 2006 Aceptado: 07 de noviembre de 2006


Resumen

«Desarrollo» es la expansión económica adorándose a sí misma. Eso significa que necesitamos conocer el sistema de creencias que subyace bajo esa devoción, así como las características del campo de poder que la sustenta. La estructura y dinámica de cada campo de desarrollo están marcadas por diferentes capacidades de poder e intereses que son articulados a través de procesos históricos de estructuración de redes. «Desarrollo» abarca diferentes visiones y posiciones políticas variando desde el interés en la acumulación de poder económico y político hasta un énfasis en redistribución e igualdad. En consecuencia, son comunes las luchas de poder entre actores, en las instituciones y entre ellas. También se discute al desarrollo como ideología-utopía cuya pretensión universalista es problemática.

Palabras clave: desarrollo, poder, ideologías y utopías contemporáneas.


Abstract

"Development" is the economic expansion in love with itself. This means that we need to know the belief system that lies beneath this devotion, as well as the characteristics of the power field that sustains it. The structure and dynamic of each development area are marked by different power and interest capacities that are articulated through historical processes of network structuring. "Development" includes different visions and political positions, varying from the interest in accumulating economical and political power to and emphasis on redistribution and equality. Consequently, fights are common among the players, inside institutions and among them. This article also discusses development as a utopian ideology, whose universalistic pretension is problematic.

Key words: development, power, ideologies, contemporary utopias.


Resumo

«Desenvolvimento» é a expansão econômica adorando-se a se mesma. Isso significa que nós procuramos conhecer o sistema de crenças que sai debaixo de essa devoção, assim como as características de cada campo de desenvolvimento estão marcadas por diferentes capacidades de poder e interesses que são articulados através dos processos históricos de estruturação de redes. «Desenvolvimento» abrange diferentes visões e posições políticas desde o interesse na acumulação do poder econômico e político até um ênfase em redistribuição e igualdade. Em conseqüência, são cumuns as lutas do poder entre atores nas instituições e entre elas. Também discute-se o desenvolvimento como ideologia-utopia cuja pretensão universal é problemática.

Palabras chave: desenvolvimento, ideologias e utopias contemporâneas.


Hay siempre crisis conceptuales que se desdoblan internamente en el campo del desarrollo y de la cooperación técnica, promoviendo momentos propicios para realizar cambios en las formaciones discursivas a él relacionadas. Si quisiéramos ir más allá de teorías y conceptos reciclados, las nuevas formulaciones necesitan basarse en una crítica del campo mayor de las actividades de desarrollo.3 Después de varias décadas de preeminencia del discurso sobre el desarrollo, no hay más lugar para la inocencia. Inspirado en el conocido argumento de Durkheim (1968) según el cual la religión es la sociedad adorándose a sí misma, entiendo desarrollo como la expansión económica adorándose a sí misma. Eso significa que necesitamos conocer el sistema de creencias que subyace bajo esa devoción, así como las características del campo de poder que la sustenta.

Poder, una noción central de este texto, tiene muchas definiciones. Mi propia concepción se basa en la combinación de tres fuentes diferentes. Para Richard Adams (1967), poder es el control que un colectivo posee sobre el ambiente de otro colectivo. De las diversas visiones de Max Weber, retendré aquella del poder como la capacidad de hacer que las personas hagan lo que no quieren. Ya la noción de poder estructural, de Eric Wolf (1999), enfatiza la capacidad que tienen fuerzas y relaciones históricas -especialmente aquellas que definen acceso al trabajo social - de crear y organizar escenarios que reducen las posibilidades de acción de las personas y de especificar la dirección y distribución de flujos de energía. Poder, así, se refiere a la capacidad (a) de ser sujeto de su propio ambiente, de ser capaz de controlar su propio destino, es decir, de controlar el curso de acción o de los eventos que mantendrán o modificarán la vida, o (b) de impedir que las personas se tornen actores con poder. Ya que el desarrollo siempre implica transformación (Berman, 1987) y típicamente sucede a través de encuentros entre insiders y outsiders localizados en posiciones de poder diferentes, las iniciativas de desarrollo están ancladas y atravesadas por situaciones donde abundan desigualdades de poder. La dificultad de realizar cambios internos en la denominada «comunidad de desarrollo» está íntimamente relacionada con el hecho de que la misma es un campo de poder.

Desarrollo como campo de poder

Bourdieu (1986) define un campo como una serie de relaciones e inter-relaciones basadas en valores específicos y prácticas que operan en determinados contextos. Un campo es heterogéneo por definición; integrado por diferentes actores, instituciones, discursos y fuerzas en tensión. Dentro de un campo todo tiene sentido -en términos relacionales- por medio de oposiciones y distinciones. Estrategias de cooperación o de conflicto entre actores determinan si una doctrina particular es hegemónica, no obstante sus sucesos o fallas (Perrot et al., 1992).

El campo del desarrollo es constituido por actores que representan varios segmentos de poblaciones locales (élites locales y líderes de movimientos sociales, por ejemplo); empresarios privados, funcionarios y políticos en todos los niveles de gobierno; personal de corporaciones nacionales, internacionales y transnacionales (diferentes tipos de empresarios y consultores, por ejemplo); y personal de organizaciones internacionales de desarrollo (funcionarios de agencias multilaterales y bancos regionales, por ejemplo). Las instituciones son parte importante de este campo; ellas incluyen varios tipos de organizaciones gubernamentales, organizaciones nogubernamentales (ONGs), iglesias, sindicatos, agencias multilaterales, entidades industriales y corporaciones financieras.

La estructura y dinámica de cada campo de desarrollo están marcadas por diferentes capacidades de poder e intereses que son articulados a través de procesos históricos de estructuración de redes. «Desarrollo» abarca diferentes visiones y posiciones políticas variando desde el interés en la acumulación de poder económico y político hasta un énfasis en redistribución e igualdad. En consecuencia, son comunes las luchas de poder entre actores, en las instituciones y entre ellas. Nudos de poder diferenciado operan dentro de una red de relaciones y se expresan concretamente en disparidades existentes entre, por ejemplo, las capacidades y acciones del Banco Mundial y las de una pequeña ONG en la India. Barros (1996), en su estudio sobre movimientos y políticas ambientales globales, acuñó la noción de «agentes nucleares»: son aquellos con más poder (las Naciones Unidas, el Banco Mundial y las ONGs más influyentes) para influenciar la configuración y tendencias de un campo. Los más poderosos actores e instituciones del campo de desarrollo son rotulados, a veces peyorativamente, como «industria del desarrollo». Ellos se empeñan en la reproducción del campo como un todo, ya que sus propios intereses están íntimamente conectados con la existencia del campo. Los actores e instituciones menos poderosos son grupos locales vulnerabilizados por iniciativas de desarrollo. Las iniciativas que destruyen las relaciones entre pueblos indígenas, sus territorios y culturas –como los reasentamientos forzados para la construcción de represasproveen el obvio escenario de la vulnerabilidad de poblaciones locales vs. «desarrollo». La naturaleza de la distribución de poder dentro del campo del desarrollo dependerá de los procesos a través de los cuales son formadas las redes y de las características de las intervenciones institucionales desprendidas del drama del desarrollo.

Creando redes y consorcios: la construcción de instituciones

Las redes relacionadas a la expansión y al crecimiento económico no son nuevas. Desde la revolución industrial, por ejemplo, ellas han operado en la construcción de proyectos de infra-estrutura en gran escala (PGEs), como canales, ferrovías, represas y otras grandes obras que forman la quintaesencia de los denominados «proyectos de desarrollo».4 Los PGEs tienen características estructurales que les permiten ser tratados como «expresiones extremas» del campo del desarrollo: el tamaño del capital, territorios y cantidad de personas que controlan; su gran poder político; la magnitud de sus impactos ambientales y sociales; las innovaciones tecnológicas que crean frecuentemente; y la complejidad de las redes que ellos engendran (Ribeiro, 1987). Juntan impresionantes cantidades de capitales financieros e industriales así como de élites y técnicos estatales y trabajadores, fundiendo niveles de integración locales, regionales, nacionales, internacionales y transnacionales.5 Los PGEs, como una forma de producción ligada a la expansión de sistemas económicos, conectan áreas relativamente aisladas con sistemas más amplios de mercados integrados. Han sucedido flujos no lineares de trabajo, capital e información entre tales proyectos, en escala global (Ribeiro, 1994; 1995). Los proyectos de gran escala se han apoyado en instituciones poderosas -tales como organizaciones gubernamentales y multilaterales, escuelas de ingeniería, bancos y corporaciones industriales- que han desempeñado importantes papeles en la economía política de los últimos dos siglos. Muchas de esas instituciones se transformaron en centros de difusión de ideas sobre nuevos y a veces mayores proyectos; sobre innovaciones tecnológicas; y sobre categorías, modelos e ideologías de progreso y expansión industrial.

¿Porqué deberían importarnos esas conexiones históricas? Precisamente porque el campo del desarrollo hereda muchas de las creencias y prácticas generadas y transmitidas internamente al campo de los proyectos de gran escala. No es una casualidad que, por ejemplo, en los bancos multilaterales los proyectos de infraestructura de gran escala hayan sido, por muchos años, alguno de los principales items de sus carteras, antes del impacto reformista del movimiento ambientalista. Los circuitos que vinculan proyectos de las escalas nacionales a las globales han construido una red multi-localizada a través de la cual circulan información y personas. Soluciones técnicas y administrativas son intercambiadas y algunas veces mejoradas en proyectos presentados como vidrieras para la implementación de nuevos métodos y tecnologías. Por causa de sus enormes impactos ambientales y sociales, los PGEs muestran con claridad el desequilibrio de las relaciones de poder entre poblaciones locales y outsiders desarrollistas. Por otro lado, esos proyectos han causado también un aumento en la capacidad de reacción de actores locales a través de movimientos sociales y ONGs. Las personas pasaron a entender las desigualdades inherentes a ese tipo de expansión económica. El capital extranjero, varios tipos de profesionales, y técnicos expatriados por lo común se quedan con la mayor parte de las riquezas producidas en tales emprendimientos.

Las conexiones entre diferentes PGEs, así como la continuidad intergeracional que existe en muchas de las profesiones que en allí se involucran, tornan más evidente la necesidad de trazar conexiones y continuidades similares en otras áreas centrales del campo del desarrollo. El Banco Mundial, el «Vaticano del desarrollo internacional» (Rich, 1994:195), ejemplifica bien esta cuestión. En sus primeros años, fue el heredero no sólo de muchos discursos coloniales sobre lo que vendría a ser conocido como «países del Tercer Mundo», sino también de funcionarios de las antiguas administraciones coloniales que estaban desapareciendo (Kraske et al., 1996). El conocimiento sobre los PGEs también permite entender el desarrollo como una fuerza expansiva históricamente intrínseca a la globalización, y revela tal expansión en cuanto intervenciones planificadas que dependen del establecimiento de redes de ingenieros, técnicos, políticos, lobistas, administradores públicos, y capitalistas financieros e industriales. Las relaciones personales son de extrema importancia para navegar a través de las complejas redes de intereses que existen dentro y alrededor de los proyectos; las relaciones también son los cimientos sobre los cuales se construyen y propician diversos tipos de intermediaciones en muchas redes intra e inter-categorías profesionales. Esas redes se articulan, de manera frecuente, con intereses locales, regionales, nacionales, internacionales y transnacionales. Ellas son perfectas para darle vigor al campo de desarrollo más amplio y complejo, porque permiten establecer entre varios actores del campo distintas coaliciones que, por lo general, son ad hoc. Esa flexibilidad que permite alianzas pragmáticas y a veces heterodoxas que prueban ser eficaces en muchas circunstancias, es al mismo tiempo responsable por una cierta falta de transparencia y de responsabilidad en las prestaciones de cuentas.

A pesar de que su papel vital es mantener la sinergia del campo del desarrollo, las redes son por demás fluidas para proveer regularidad, estabilidad, planeamiento racional y capacidad de previsión, necesarias a las intervenciones desarrollistas. La pragmática creación de redes es un instrumento cuya eficiencia se refleja en la fuerte habilidad que las redes tienen en moverse entre escenarios locales, nacionales, internacionales y transnacionales. Las redes también implican una pérdida relativa de homogeneidad entre los sujetos colectivos resultantes. Estos, en general, existen como coaliciones orientadas a una tarea que, una vez completada, desmantela el agrupamiento ad hoc. Ese es el motivo por el cual las redes pueden ser caracterizadas como actores pragmáticos, fragmentados, diseminados, circunstanciales y hasta volátiles. Su fuerza deviene de estas características y de una heterogeneidad que las capacita para estar a la altura de un campo político y económico variable, con más eficacia que los actores tradicionales que, en general, están limitados por la necesidad de coherencia y cohesión internas, en términos ideológicos, organizacionales y políticos (con el consecuente peso institucional y grandes inversiones de energía). La unidad aparente de estos actores tradicionales sirve como una identidad externa que los califica como representantes de un segmento, una corporación, o de intereses precisamente delimitados. Pero la debilidad de las redes deviene igualmente de su pragmatismo: este impide que las redes se vuelvan actores con una presencia más duradera y fuerte, cuando no consolidadas como un sujeto más homogéneo y coherente con un objetivo programático compartido. En consecuencia dentro del campo del desarrollo, se suman a las redes otras entidades, las instituciones.

Cuando las redes llegan al punto de tener intereses y objetivos bien definidos y duraderos, tienden a volverse instituciones basadas en relaciones personales y también en racionalidad burocrática. Las instituciones son las cristalizaciones de redes que tienen en vista proyectos claros, que pueden ser realizados dentro de un futuro previsible. La construcción de instituciones, que envuelve una gran cantidad de cooperación técnica y monitoreo, es también una forma de domesticar el ambiente imprevisible donde sucede el «desarrollo».

Las instituciones de desarrollo son burocracias de diferente tamaño y complejidad. Como apuntó Max Weber (1977), las burocracias son una forma de dominación, de ejercer poder. Cuanto mayores son las iniciativas de desarrollo, mayores las burocracias relacionadas a ellas y más fuertes sus capacidades de ejercer poder, principalmente sobre otras instituciones y actores que operan en niveles más bajos de integración. Con sus jerarquías, reglas y necesidades reproductivas, las burocracias son máquinas de indiferencia (Herzfeld, 1992:122):

Weber nos dice que la prestación de cuentas es de lo que trata la burocracia, y prestar cuentas es aquello en que muchos burócratas invierten mucha energía para abortar o evitar. Un cínico podría definir el poder como el derecho a no prestar cuentas.

Ese «derecho a no prestar cuentas» ha motivado muchas reacciones y mucha oposición para con las burocracias del desarrollo en escala mundial. Redes contra-hegemónicas, compuestas por ONGs, movimientos sociales, sindicatos, iglesias, etc., han tenido papeles fundamentales en la protección de los intereses de poblaciones locales contra el gran poder acumulado por instituciones de desarrollo. Muchas de las ahora frecuentes críticas expresadas por las propias instituciones de desarrollo sobre la naturaleza de sus operaciones deben ser entendidas a la luz de las presiones y luchas de estas redes contra-hegemónicas. El hecho de que burócratas o tecnócratas de agencias de desarrollo critiquen sus propios modos de operación no es necesariamente una contradicción, como puede parecer a primera vista. Es inherente a la racionalidad de las burocracias producir su propia crítica, como una forma de diseminar y naturalizar la propia estructura burocrática que parecen criticar y, algunas veces, oponerse (Herzfeld, 1992). De hecho, y esto es especialmente verdadero en la historia del desarrollo, la capacidad de producir disculpas por errores cometidos, de reciclar formulaciones y de crear nuevas panaceas es parte de los «idiomas de auto-exoneración» (Herzfeld, 1992:46) en muchas instituciones.6

Las burocracias también son campos de poder. Crítica y oposición a las políticas más fuertes en lo institucional se relacionan a las luchas de poder que se desarrollan -en ciertas conyunturas- dentro y fuera de las instituciones. La disputa dentro del Banco Mundial sobre el Proyecto de Desarrollo del Río Narmada en la India es un ejemplo de cuan intricadas son tales luchas políticas (Rich, 1994). La crítica, sin embargo, tiene límites. A pesar de los esfuerzos que las instituciones hacen para censurar a sus funcionarios estos, a veces, hacen alianzas con redes contra-hegemónicas por su propia cuenta y riesgo. La pena por tal herejía es –con frecuencia- el despido puro y simple; la ortodoxia y teodicea burocráticas precisan parecer inmaculadas.

Max Weber (1977) ya había percibido la imposibilidad de una forma pura de dominación burocrática. Dentro del campo de desarrollo, las relaciones personales son críticas en momentos relevantes tales como el reclutamiento de nuevos funcionarios y la promoción de aliados políticos. En verdad, la preeminencia de «amistades instrumentales», un gran motor en la creación de redes, es tan fuerte en las grandes organizaciones burocráticas que las redes, normalmente, se cristalizan en grupos internos de esos escenarios (Wolf, 2001). Especialmente en situaciones de desequilibrio de poder, los grupos tienen «funciones instrumentales importantes al tornar una situación imprevisible en algo más previsible y al proveer apoyo mutuo contra sorpresas perturbadoras, internas o externas» (Wolf, 2001a:179). Wolf concluye que «una perspectiva interesante» sobre las grandes organizaciones «puede ser obtenida observándolas como organizaciones de aprovisionamiento de grupos en vez de lo contrario» (Wolf, 2001a:179).

Las instituciones también se tornan parte de varias redes en el campo del desarrollo creando redes por medio de complejos procesos históricos y políticos. Denominé esos procesos como «consorciación», para llamar la atención sobre su entidad resultante: el consorcio (Ribeiro, 1994,1999). Las instituciones son los bloques de construcción de los consorcios los cuales, a su vez, se transforman en nuevas instituciones que pueden volverse unidades de nuevos y más complejos consorcios. La consorciación es fundamental para entender el campo del desarrollo, ya que es el proceso galvanizante que transforma redes de instituciones en consorcios destinados a cumplir papeles delimitados conforme lo definido por un determinado «proyecto».7 La consorciación es un proceso político comandado por grupos de poder que operan en niveles elevados de integración. Es un encadenamiento que -a través de la organización de nuevas entidades orientadas a tareas económicas y administrativasvincula de hecho, dentro de un proyecto, a instituciones y capitales internacionales, nacionales y regionales. Es una forma de reforzar relaciones capitalistas de modo piramidal, donde los niveles elevados hegemonizan a los niveles bajos. El consorcio es la entidad social, económica y política concreta que articula diferentes grupos de poder. El proceso político-económico de creación de consorcios afecta directamente el potencial de los proyectos de desarrollo. La consorciación significa que los proyectos refuerzan la competición y la concentración de capital y poder entre firmas capitalistas; ella facilita el proceso de concentración de capital y poder eliminando competidores más débiles y cooptando algunos seleccionados.

La consorciación significa un proceso de doble mano. Por un lado, permite que pequeñas unidades seleccionadas participen como socios juniors en tareas mayores que su capacidad financiera, tecnológica y administrativa les permitiría. Por otro lado, es una forma de facilitar el acceso a corporaciones mayores a nuevos mercados que son frecuentemente protegidos o altamente disputados. A través de diferentes discursos sobre el potencial de un determinado proyecto para el desarrollo regional y nacional, los socios más débiles en la corriente asociativa legitiman sus reivindicaciones de mayor participación. El desarrollo regional es, así, un argumento común entre compañías que operan en el nivel local o regional compitiendo con corporaciones nacionales o internacionales. De esta misma forma, el desarrollo nacional es el argumento usado por corporaciones nacionales para defender sus intereses frente al capital internacional y transnacional. Dada la característica de doble mano de la consorciación, los discursos sobre desarrollo regional o nacional pueden ser el argumento que usen los socios más fuertes, aquellos que representan las mayores concentraciones de capital o poder, para legitimar la necesidad del proyecto. La elocuencia del argumento desarrollista es evidente cuando se necesita cooptar unidades menores.

Los consorcios son un medio que tienen las corporaciones para optimizar el uso de diferentes redes que precisan ser activadas para realizar diferentes objetivos económicos y políticos. Por ejemplo, un consorcio operando en la conjunción de los sistemas internacionales y nacionales, y formado por grupos de poder nacionales y transnacionales, puede hacer lobby sobre las instituciones nacionales, internacionales y multilaterales. Formar un consorcio siempre implica en una negociación, un proceso que no se basa apenas en criterios económicos y administrativos. La intervención de actores poderosos -los controladores o dueños de capitales estatales, nacionales y transnacionales- genera un campo de negociaciones de poder políticamente estructurado. Escoger socios nacionales, por ejemplo, es una decisión estratégica que lleva en consideración que un fuerte apoyo político dentro del Estado nacional puede tener más valor que apoyo financiero o técnico. En verdad, la definición de la participación de cada socio en un contrato se debe tanto a articulaciones políticas, como a la creación de redes y lobby, y también a evaluaciones técnicas de la capacidad productiva, financiera y técnica de un determinado socio. La consorciación es así, al mismo tiempo, un instrumento de expansión económica y un medio para delimitar un campo político donde intermediarios de diferentes redes establecen sus condiciones para participar en un proyecto concreto. Desde los puntos más bajos hasta los más altos, desarrollo es la ideología/utopía que fundamenta a los diversos interesados, redes e instituciones.

Desarrollo: una ideología y utopía de expansión

Ideologías y utopías son esencialmente relacionadas con el poder: expresan disputas sobre interpretaciones del pasado (ideología) o del futuro (utopía), y luchan para instituir hegemonías estableciendo ciertas visiones retrospectivas o prospectivas como verdad, como orden natural del mundo (Mannheim, 1959; Ricoeur, 1986). Desde la Segunda Guerra Mundial, el desarrollo en cuanto sistema de creencias siempre se enredó entre lecturas particulares del pasado y formulaciones sobre el futuro en escala global (Ribeiro, 1992). En su análisis sobre el desarrollo, Escobar (1995) lo considera equivalente al discurso colonial. Desde un ángulo diferente, Gilbert Rist (1997:218) trata desarrollo como un sistema de creencias orgánicamente relacionado a la expansión mundial de los sistemas de mercados integrados y como el «slogan movilizador de un movimiento social creador de organizaciones y prácticas mesiánicas».

El fin de la Unión Soviética (1989-91) provocó arreglos impresionantes del sistema mundial y abrió el camino para la consolidación de diferentes ideologías y utopías de alcance global. En la década de 1990, dos discursos relacionados entre sí se volvieron hegemónicos: desarrollo sustentable y globalización. Ambos parecen estar alcanzando sus límites como slogans para el siglo XXI, abriendo una nueva ronda de luchas ideológicas y utópicas así como nuevas oportunidades de mudanza. Para reformas radicales o menores del desarrollo y de la cooperación, un conocimiento crítico de los sistemas de valor y de la gramática del desarrollo es tan crucial como exponer su estructuración como un campo de poder. La exposición de la obsolescencia de los discursos hegemónicos es siempre necesaria a fin de trasponerlos. Lo que está en juego es la aceptación por los actores sociales de nuevos discursos sobre sus destinos.

El desarrollo es uno de los discursos más inclusivos en el sentido común y en la literatura especializada. Su importancia para la organización de relaciones sociales, políticas y económicas hizo que los antropólogos lo consideraran como «una de las ideas básicas de la moderna cultura europea occidental» (Dahl y Hjort, 1984:166), «algo como una religión secular», incuestionable, ya que «oponerse a ella es una herejía casi siempre castigada con severidad» (Maybury-Lewis, 1990:1). Es la amplitud y las múltiples facetas del desarrollo lo que permite sus variadas apropiaciones y divergentes lecturas. La plasticidad del discurso sobre el desarrollo es central para asegurar su viabilidad continuada; él está «siempre en proceso de transformación, de cumplir promesas» (DSA, s.f: 4-5). La variación de apropiaciones de la idea de desarrollo, así como las tentativas de reformarla, se expresan en los numerosos adjetivos que forman parte de su historia: industrial, capitalista, para adentro, para afuera, comunitario, desigual, dependiente, sustentable, humano. Esas variaciones y tensiones reflejan no sólo las experiencias históricas acumuladas por diferentes grupos de poder en sus luchas por hegemonizar internamente el campo del desarrollo, sino también diferentes momentos de integración del sistema capitalista mundial.

Desde el siglo XIX, y de manera más intensa después de la Segunda Guerra Mundial, el andar acelerado de integración del sistema mundial demandó ideologías y utopías que pudiesen dar sentido a las posiciones desiguales dentro del sistema, que pudiesen proveer explicaciones a través de las cuales pueblos colocados en niveles más bajos pudiesen creer que habría una solución para su «retrasada» situación. No es por accidente que la terminología del desarrollo ha recurrido normalmente al uso de metáforas que se refieren al espacio o al orden jerarquizado: desarrollado/ subdesarrollado, adelantado/retrasado, primer mundo/tercer mundo, etc. Esa jerarquía es instrumental para hacer creer en la existencia de un punto que puede ser alcanzado en caso de seguir el tipo de receta mantenida por aquellos Estados-nación que lideran la «carrera» para un futuro mejor. Al usar el término «desarrollo», y no acumulación o expansión, se evitan ciertas connotaciones indeseadas, tales como la diferencia de poder entre las unidades del sistema (internamente o entre Estados-naciones) en términos económicos, políticos y militares; se evita también la percepción de que desarrollo es «una expresión simple de un pacto entre grupos internos y externos interesados en acelerar la acumulación» (Furtado, 1978:77).

«Desarrollo» opera como un sistema de clasificación, estableciendo taxonomías de pueblos, sociedades y regiones. Edward Said (1994) y Arturo Escobar (1995) mostraron la relación entre la creación de geografías y el orden y poder mundiales. Puede decirse con Herzfeld (1992:110) que «la creación y mantenimiento de un sistema de clasificación siempre... ha caracterizado el ejercicio del poder en sociedades humanas». Las clasificaciones frecuentemente producen estereotipos útiles para sujetar las personas a través de simplificaciones que justifican la indiferencia a la heterogeneidad. Los estereotipos casi no consiguen esconder sus funciones de poder bajo la superficie del idioma del desarrollo y de la cooperación cuyo léxico está repleto de dualismos que refieren, de formas estáticas o dinámicas, a estados de tránsito o a relaciones de subordinación (desarrollado/subdesarrollado, países en desarrollo; mercados emergentes, como lo ha señalado Perrot et al., 1992). Los estereotipos pueden convertirse en palabras clave -tales como asistencia, ayuda, donadores/receptores, donadores/ beneficiarios- que indican con claridad, de forma poco sutil, el desequilibrio de poder entre dos series de actores y legitiman la transformación de una de esas series en objetos de iniciativas de desarrollo.

El alegato del desarrollo acerca de su propia inevitabilidad es otra faceta más de sus pretensiones universalistas. El hecho que el «desarrollo» sea parte de un amplio sistema de creencias marcado por matrices culturales de Occidente coloca limitaciones a tales pretensiones universalistas. Es también una razón más por la cual, en contextos no-occidentales, varios pueblos y agentes locales resisten a tornarse en sujetos del desarrollo. Es difícil discordar con la afirmación de que no hay método universal para alcanzar una «buena vida» (Rist, 1997:241). La prehistoria del desarrollo refleja matrices discursivas occidentales tales como la creencia en el progreso (que puede ser trazada hasta la Grecia Antigua)8 y otras relacionadas a momentos tan decisivos como el Iluminismo -un momento crucial para extender los pactos económicos, políticos y sociales de la modernidad occidental y sus ideologías y utopías asociadas (industrialismo, secularismo, racionalización e individualismo, por ejemplo). Leonard Binder (1986:10-12) reconoce, en ciertas teorías de desarrollo, una matriz aun más estrecha: la imagen de los Estados Unidos, «como algunos liberales gustarían que fuésemos». Más recientemente, en el final de los años 1980 y en el comienzo de los años 1990, la idea de desarrollo sustentable resplandecía en países como Alemania, Inglaterra y Estados Unidos, bajo nociones de relaciones apropiadas entre la humanidad y la naturaleza, típicas de las clases medias urbanas protestantes (Ribeiro, 1992).

En realidad, el desarrollo es un ejemplo más de un discurso globalizante, similar al que Appadurai (1990: 9-10) denomina como ideopanoramas -«elementos de la visión de mundo iluminista, que consiste en concatenar ideas, términos e imágenes, incluyendo "liberdad", "bienestar", "derechos", "soberanía", "representación" y el término clave "democracia"». En ese sentido, términos como «etnodesarrollo», inventados para referirse a modelos indígenas de desarrollo o a modelos alternativos que respetarían los valores y culturas locales, son paradójicos. Aunque indudablemente reflejan legítimas aspiraciones, se localizan en la línea, fina y contradictoria, de aceptar el desarrollo como una categoría universal.9

Mencionaré brevemente otras cuestiones antropológicas que hacen problemática, en cuanto ideología y utopía, la pretensión universalista del desarrollo. La primera es la existencia de nociones de tiempo que son radicalmente diferentes (Lévi- Strauss, 1980). El desarrollo depende de una concepción que concibe el tiempo como una secuencia lineal de estadios avanzando interminablemente hacia mejores momentos. Una implicación de esta construcción occidental es que crecimiento, transformación y acumulación se vuelven principios-guía de políticas. Pero en muchas sociedades no-occidentales, el tiempo es entendido como ciclos de eternos recomienzos, lo que favorece el florecimiento y consolidación de la contemplación, la adaptación y la homeostasis como pilares de sus cosmologías. En esta misma línea, no se puede subestimar el papel del control del tiempo –en particular del reloj, la madre de la complejidad mecánica- en el desarrollo económico en los últimos siglos (Landes, 1983). Sincronía y capacidad de previsión son la base de las relaciones -capitalistas e industriales- de trabajo. Otro gran divisor de aguas es la transformación de la naturaleza en mercadería, un proceso histórico relacionado a la expansión del capitalismo y de la modernidad (Jameson, 1984), que parece estar arribando a su clímax con la exploración por el capital, del código de la vida (biotecnología) y de la virtualidad (el ciberespacio y otras formas tecnológicas de virtualidad son cada vez más cruciales para las actividades económicas). Muchos de los impasses entre actores desarrollistas y pueblos indígenas se basan en esa diferencia cosmológica. Lo que para algunos son meros recursos, para otros pueden ser lugares y elementos sagrados.

Choques culturales forman el escenario más amplio donde se localizan las cuestiones de lenguas y racionalidad. La lengua en general y la lengua escrita en particular, son grandes barreras para la comunicación dentro del campo del desarrollo. Para cooperar las personas deben entender, pero la competencia comunicativa no es un recurso igualmente distribuido dentro de las redes del desarrollo. Además de eso, la competencia lingüística, como percibió Bourdieu (1983), no puede ser separada del análisis del poder. Quién habla, para quién, a través de qué medio y en qué circunstancia construida, son elementos vitales de cualquier proceso de comunicación. La relación entre lengua escrita y poder es aún más evidente, una vez que la escrita es central para el desarrollo de Estados y burocracias, haciendo posible, entre otras cosas, presentar reglas como artefactos impersonales (Goody, 1986). Herzfeld (1992:19-20) vincula la idea de una lengua abstracta, perfectamente independiente de su contexto, y el modelo occidental de racionalidad, con el deseo de trascendencia típico de las «concepciones judaico-cristianas e indoeuropeas sobre la superioridad de la mente sobre la materia». Para él, en la «habilidad de representar algunas formas de lengua» como independientes de sus contextos es donde «reside el ejercicio de poder» (Herzfeld, 1992:119).

El analfabetismo es una gran barrera dentro del campo del desarrollo, principalmente para aquellos proyectos que defienden la participación local. El planeamiento es el corazón de la iniciativa racional de desarrollo. De él depende establecer reglas e instrucciones escritas a ser seguidas si es que deben alcanzarse la eficiencia, los objetivos burocráticos y la prestación de cuentas. Los proyectos son los artefactos que resumen la necesidad de control sobre tiempo, personas y recursos. Prácticas contables, definiciones legales, planos, objetivos racionales y el uso de tecnologías son altamente dependientes de compartir el mismo horizonte cultural y de ciertos niveles de educación formal. Es casi cierto que fracasará un proyecto si los actores desarrollistas fuesen incapaces de hacer que las personas de base entiendan lo que el proyecto es, como debe ser implementado o usado. Este enigma histórico y sociológico es la raison d´être de la cooperación técnica y de la capacitación para el desarrollo. Es también la causa principal de procesos como la exportación de la inteligencia y capacidad de planeamiento de los proyectos para centros extranjeros y de la fuga de cerebros -dos efectos perversos que refuerzan desigualdades estructurales entre los Estados-naciones. Como la cultura y la educación son determinantes estructurales de los modos de vida de las sociedades, y no cambian en el ritmo que los proyectos de desarrollo requieren, expatriados u outsiders de otras regiones de un mismo país, con frecuencia son enviados para compensar deficiencias locales. Su compromiso con la vida local es temporario. Ellos son usualmente miembros de redes que se reproducen en niveles de integración nacionales, internacionales y transnacionales.

Es cierto que «transformación» es el núcleo duro del desarrollo entendido como ideología y utopía y que, muchas veces, la transformación es ansiada por pueblos locales de diferentes orígenes culturales. No puede haber dudas en que es de la naturaleza de algunas innovaciones cautivar a las personas, ya que traen cambios que vuelven sus vidas más confortables, seguras y saludables. Son complejas las razones por las cuales algunas personas aceptan cambios y otras no. Pero por lo menos tres puntos necesitan ser explicitados sobre transformaciones, cambios e innovaciones tecnológicas: (a) la naturaleza de la transformación y del contexto donde el cambio va a ser introducido, define si va a ser bienvenida o no; (b) transformaciones, cambios e innovaciones tecnológicas son artefactos culturales que siempre involucran y afectan sistemas de poder; y (c) ellas impactan los sistemas sociales, culturales y ambientales en grados variables (desde desastres totales hasta pequeños cambios perceptibles). Es indudable que algunos proyectos pueden aumentar en una comunidad su acceso a la modernidad. Pero también es verdad que «desarrollo» no significa cambios estructurales en la distribución del poder y esta es una razón de fuertes críticas contra él. Rist (1997:243) coloca esta cuestión de forma directa: «aquellos con poder no tienen interés en cambios, no importa lo que digan al contrario, y aquellos que quieren cambios no tienen los medios para imponerlos».

El desequilibrio de poder: ¿quién es sujeto del desarrollo?

«Dramas desarrollistas» son tipos complejos de encuentros que juntan actores e instituciones locales con outsiders. El hecho de que los outsiders pretendieran planificar el futuro de una comunidad es un indicador de su poder diferencial en el encuentro. En tales circunstancias, se instala una dicotomía. Por un lado, están los objetivos y racionalidades de los planificadores; por otro lado, el destino y la cultura de las comunidades. Antes de la existencia de un proyecto de desarrollo, las poblaciones locales difícilmente podrían concebir que su destino fuera susceptible de ser secuestrado por un grupo organizado de personas. En realidad, el planeamiento -esto es, la determinación anticipada de como será una cierta realidad- implica en la apropiación, por parte de outsiders, del poder de las poblaciones locales de ser sujetos de sus propios destinos: de ser sujetos de sus propias vidas, estas poblaciones se tornan sujetos de élites técnicas.

El desarrollo crea dos tipos de sujetos, uno activo y otro pasivo. Sujetos-pasivos son personas transformadas en objetos de imperativos desarrollistas. Los reasentamientos forzados representan los casos extremos de esta categoría. La apropiación del proyecto por parte de la población local es altamente improbable. En esta situación, en general los actores locales se enfrentan a opciones extrañas tales como establecer relaciones del tipo patrón-cliente con outsiders desarrollistas o luchar para recuperar el control sobre sus vidas y ambientes. En realidad, estos «sujetos-pasivos» se inclinan a resistir al desarrollo, ya que se relacionan con su faceta más autoritaria. Pero el desarrollo también crea sujetos-activos. Los agentes del desarrollo son personas locales propensas a aliarse con iniciativas de desarrollo porque pueden identificar beneficios e intereses en común con los outsiders. La existencia de esos dos tipos de sujetos muestra que la apropiación de las iniciativas desarrollistas depende altamente de dos variables distribuidas en forma diferente en el interior del drama desarrollista. Una es acceso a poder, a ser capaz de controlar su propio ambiente y evitar ser el objeto de la voluntad de los outsiders o de los imperativos de fuerzas estructurales expansionistas y sin rostro. La otra es acceso a conocimiento e información que capaciten a los actores a entender lo que está sucediendo y, más importante aun, lo que les va a suceder. Resistencia o participación son los resultados de las formas en que esas variables son combinadas. La autoconfianza de los actores locales y la apropiación de los designios de un proyecto sólo pueden prosperar cuando los actores sienten que tienen poder sobre su ambiente.

Hay dos modos corrientes de generar sujetos-activos/pasivos y de lidiar con ellos. El abordaje de-arriba-para-abajo tiende a crear sujetos-pasivos. Ese modo autoritario está basado en redes que cooptan élites locales, no establecen políticas compensatorias para aquellos impactados por los proyectos y no tienen preocupación con modelos y culturas locales. El abordaje de-abajo-para-arriba pretende crear sujetos-activos y es más amigo de la apropiación del proyecto por parte de la población local. Es verdad que ese modo es más sensible a culturas y modelos locales, incluyendo los de administración.10 Pero, ese modo participativo acaba siendo una tentativa de compensar la pérdida estructural de poder que caracteriza las relaciones entre poblaciones locales y outsiders cuando un proyecto es iniciado. Participación y asociación se tornan jergas de moda que no consiguen enmascarar el hecho de que todos, en el drama desarrollista, saben donde se localiza el máximo poder en las tomas de decisiones.

Ambos abordajes generalmente comparten una noción instrumental de cultura. Cultura se vuelve una «tecnología gerencial de intervención en la realidad» (Barbosa, 2001:135). Tal definición funcional concibe la cultura como un conjunto de comportamientos y significados interrelacionados, ajustados y coherentes que pueden ser identificados y valorizados en términos de sus impactos positivos o negativos sobre los objetivos a ser alcanzados. Esa noción de cultura cabe bien en el campo del desarrollo porque se ajusta perfectamente a la terminología y racionalidad de los planificadores. Pero expresa mal al menos dos importantes consideraciones sobre «cultura»: (a) contradicciones e incoherencias hacen parte de la experiencia humana; y (b) la cultura está inserta en y atravesada por relaciones de poder históricamente definidas (de esta forma, cambio cultural siempre se relaciona con cambio de poder).

Ciertamente, cualquiera que sea el abordaje, de arriba para abajo o de abajo para arriba, poder y sistema político locales siempre serán impactados por intervenciones desarrollistas. Dadas las características de los procesos de creación de redes y de consorciación típicos del campo del desarrollo, los sistemas de poder local pasan a ser módulos de circuitos más amplios de poder que son comandados por instituciones de niveles más elevados. Como sabemos, instituciones y actores transnacionales, internacionales, nacionales y regionales tienden a tener más poder dentro de los procesos de creación de redes y consorcios porque comienzan con más recursos. El abordaje autoritario de arriba para abajo tiende a reforzar diferencias previamente existentes en términos de clase, género, edad, raza y etnicidad. En contraste, el abordaje participativo de abajo para arriba tiende a introducir nuevos liderazgos, creando así nuevas tensiones dentro de los sistemas de poder y político preexistentes.

Ambos abordajes producen «intermediarios» (Wolf, 2001b) que normalmente acumulan gran cantidad de poder. Tales intermediarios conectan las intersecciones de diferentes niveles de integración y sirven a los intereses de los grupos que intermedian. Pero «ellos también tienen que mantener un control sobre... (las) tensiones (entre los grupos a los que sirven), si no el conflicto se torna incontrolable y mejores mediadores toman sus lugares» (Wolf, 2001b:138). En consecuencia, este tipo de intermediarioscontroladores prolifera dentro del campo del desarrollo y consume muchos de sus recursos. Ellos crean sus propias redes de poder (compuestas por miembros de ONGs, consultores, funcionarios de agencias multilaterales, líderes de sindicatos y movimientos sociales, políticos, etc.) en las cuales mucho de la cooperación técnica de hecho sucede. Los intermediarios son necesarios en cualquier campo de desarrollo, ya que las mediaciones son intrínsecas a los procesos de creación de redes y de consorciación. Pero para aumentar la calidad de la cooperación, los intermediarioscontroladores, esto es, los mediadores especializados en acumular poder personal, necesitan tener su poder regulado. Muchos de los resultados de los proyectos de desarrollo se relacionan con la naturaleza del sistema de intermediación y con los efectos y distorsiones de poder que puede generar.

Desafíos programáticos

En este texto, presenté las principales limitaciones y presiones que afectan a la cooperación técnica y el desarrollo. No hay soluciones fáciles para los conflictos de poder creados por el campo del desarrollo. Solamente cambiando las características de distribución de poder dentro de ese campo es que la cooperación técnica y el desarrollo de hecho cambiarán. Eso implica que todos los actores e instituciones de las redes tienen que hacer política consciente y constantemente para mantener sus intereses vivos. La socialización del conocimiento de riesgos y oportunidades abarcando cambios traídos por el desarrollo es importante para mejorar la calidad de la información que los actores manipulan en esas arenas políticas. En consecuencia, las redes precisan ser composiciones democráticas de instituciones y actores con la capacidad real de decidir e intervenir, principalmente si el resultado de estos procesos de toma de decisiones no agrada a los intereses más poderosos involucrados en un proyecto específico. Para alcanzar esos objetivos, esferas públicas de discusión y decisión de la cuestión de desarrollo deberían ser promovidas y multiplicadas, tornándolas más inclusivas. La difusión de una pedagogía democrática debería atravesar todo el campo de desarrollo y sus redes, desde administradores y funcionarios estatales de alto nivel hasta líderes de base. El proceso asociativo típico del campo del desarrollo debería ser abierto a los participantes para igualar el poder de actores operando en todos los niveles de integración. Esas son tareas importantes para aquellos interesados en transparencia, responsabilidad social y fortalecimiento de la sociedad civil. Ellos encontrarán muchas resistencias entre poderosos actores interesados en el status quo y entre aquellos para los cuales la democracia no es un valor.

Para avanzar en el mundo globalizado, donde el multiculturalismo es cada vez más un tema político transnacional, debemos admitir que «desarrollo» no es exactamente el objeto de deseo de todos. De preferencia deben ser promovidas perspectivas mucho más abiertas, visiones sensibles a diferentes contextos culturales y políticos. Concomitantemente con la distribución de poder en el interior del campo del desarrollo, es necesario diseminar diferentes principios y sensibilidades así como reformar radicalmente las cosmologías e idiomas del desarrollo. «Desarrollo» no puede insistir en suponer que el Occidente es universal. «Cooperación técnica» no puede continuar usando una lengua contaminada con metáforas de desigualdad y jerarquía. Si las poblaciones e instituciones locales no se percibieran como sujetos activos del desarrollo, la apropiación de los proyectos por parte de las poblaciones locales continuará siendo un problema y la cooperación técnica continuará reforzando las desigualdades estructurales entre Estado-naciones.

Los procesos de globalización, principalmente aquellos relacionados con nuevas tecnologías de comunicación, están promoviendo muchos cambios en las relaciones entre escenarios locales y globales. En este cuadro, la posición de los sujetos locales ha evolucionado hacia formas que pueden inclinar la balanza para el lado de abordajes más participativos dentro del campo del desarrollo. A pesar de su distribución desigual, la Internet está aumentando la capacidad de intervención de las ONGs y movimientos sociales. El espacio público virtual es el ambiente tecno-simbólico de la comunidad transnacional imaginada-virtual y un instrumento útil para reforzar voces locales y articulaciones de actores políticos heterogéneos en el mundo transnacional (Ribeiro, 1998, 2003).

En un planeta más integrado, nuevos desafíos aparecen y demandan élites políticas y técnicas cosmopolitas inclinadas a aceptar el campo del desarrollo global como una comunidad heteroglósica, en la cual los desequilibrios de poder necesitan ser constantemente negociados en términos políticos y culturales. El conflicto es la alternativa a la heterogeneidad como un valor central en la promoción de convivencia, creatividad y capacidad de innovación humana.

(Traducción del manuscrito original en portugués de Héctor Poggiese)


1 Este artículo es resultado de la investigación realizada por el autor sobre los discursos y prácticas sobre el Desarrollo.

2 PhD. En Antropología, University of New York (1988). Profesor del departamento de antropología, Universidade de Brasilia.

3 Comparto la opinión de Rist para quién la crítica precisa ser «entendida en el sentido kantiano de examen libre y público, al revés de su sentido usual de juicio desfavorable» (1997:30).

4 Mi opción de enfocar los proyectos de gran escala es de orden metodológica. Estoy siguiendo la idea de Kroeber (1955) según la cual es necesario estudiar «las más extremas expresiones» de una serie de fenómenos para entenderlos mejor. Los ingenieros militares primero y los ingenieros civiles después tuvieron un gran papel en la estructuración de ese campo, a partir del siglo XVIII (Ribeiro, 1987).

5 Basado en Steward (1972), interpreto los niveles de integración como un espectro formado por niveles locales, regionales, nacionales, internacionales y transnacionales, con poderes diferentes de estructuración. Con el fin de simplicidad y claridad, hago la siguiente ecuación: el nivel local corresponde a la localización de nuestras experiencias fenomenológicas inmediatas diarias, esto es, a la serie de lugares donde una persona o grupo ejecutan actividades diarias regulares, interactuando con (o siendo expuesto) a diferentes redes e instituciones sociales. El nivel regional corresponde a la definición político/cultural de una región dentro de una nación, tales como el Sur de los EEUU, o la Galicia en España. Los niveles nacionales, internacionales y transnacionales se refieren a la existencia del Estado-Nación y a las diferentes relaciones existentes adentro, afuera y a través de él.

6 Inspirado en el concepto de teodicea de Weber, un concepto relacionado a las varias formas según las cuales los sistemas religiosos buscan interpretar la aparente contradicción de la persistencia maléfica en un mundo divinamente ordenado, Herzfeld (1992:7) propone que la «teodicea secular… provee medios sociales para que las personas puedan lidiar con al decepción. El hecho de que los otros no siempre respondan de la misma forma a los más absurdos intentos de explicar el fracaso… [puede ser] la evidencia de una orientación muy práctica que se rehúsa a minar las convenciones de auto-justificación, porque virtualmente todos… pueden precisar utilizarlas en el curso de la vida».

7 Los argumentos siguientes se basan en mi estudio sobre la construcción de la represa de Yacyretá (Ribeiro, 1994,1999). Manteniendo en mente las diferencias, la consorciación también sucede en proyectos menores y en aquellos que son implementados en nombre del «desarrollo sustentable» (Pareschi, 2001).

8 Sobre esto, veáse Delvaille, 1969; Dodds, 1973.

9 Sobre etnodesarrollo, veáse Stavenhagen (1985) y Davis (1988), por ejemplo. En el libro, Autodesarrollo Indígena en las Américas (IWGIA, 1989), la expresión etnodesarrollo fue substituida por «auto-desarrollo indígena», en apariencia porque los participantes indígenas del simposio organizado por el Grupo de Trabajo Internacional para Asuntos Indígenas «no gustaron del concepto de "etnodesarrollo" y prefirieron concebir el desarrollo como un tipo de auto-determinación» (IWGIA, 1989:10). Lecturas antropológicas críticas de ideologías/utopías occidentales plantean dilemas que pueden alcanzar nuestras propias predilecciones políticas. Es claro que responsabilidad social, transparencia y prestación de cuentas, por ejemplo, no son categorías universales. En su estudio comparativo de burocracias, Herzfeld (1992:47) concluyó que estas categorías forman «una amalgama socialmente producida, culturalmente saturada de ideas sobre persona, presencia y política... (Sus) significados son culturalmente específicos y su operación es restringida por las formas mediante las cuales sus operadores y clientes interpretan sus acciones. Su administración de identidad personal o colectiva no puede tornarse independiente de la experiencia social».

10 Sobre esto, véase Marsden, 1994.


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