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Revista Lasallista de Investigación

Print version ISSN 1794-4449

Rev. Lasallista Investig. vol.12 no.1 Caldas Jan./June 2015

 

De Ortega a Zambrano: Las huellas de un maestro*

From Ortega to Zambrano: the footprints of a master

De Ortega a Zambrano: As impressões de um maestro

Gladis del Socorro García Restrepo**, Conrado Giraldo Zuluaga***

* Artículo de reflexión derivado de investigación de la Tesis de Doctorado en Filosofía "La relación entre el pensamiento filosófico y la acción educativa en la racionalidad poética de María Zambrano" de Gladis del Socorro García Restrepo, desarrollada entre junio de 2011 y junio de 2014.
** Doctora en Filosofía Universidad Pontificia Bolivariana. Magíster en Educación y Desarrollo Humano CINDE- Universidad de Manizales. Actualmente, es profesora de la Escuela de Microbiología de la Universidad de Antioquia, Medellín, Colombia. Correo electrónico: gladys.garcia@udea.edu.co
*** Doctor en Filosofía y filósofo por la Universidad Pontificia Bolivariana. Profesor titular de la Universidad Pontificia Bolivariana. Medellín, Colombia. Correo electrónico: conrado.giraldo@upb.edu.co

Autor para correspondencia: Gladis del Socorro García Restrepo, e-mail: gladys.garcia@udea.edu.co

Artículo recibido: 19/09/2014; Artículo aprobado: 15/05/2015.


Resumen

Intentamos desentrañar en la obra de María Zambrano algunas de las huellas dejadas por su maestro José Ortega y Gasset, importantes en la construcción del eje de su filosofar, cual es la razón poética. Para tal fin acudimos a las obras Horizonte del liberalismo, Hacia un saber sobre el alma, y Delirio y destino, entre otros; textos que aportan claves al momento de intentar comprender los elementos sustantivos que acompañaron a la filósofa, en su tránsito de la razón vital a la razón poética.

Palabras clave: huellas, razón vital, razón poética, maestro, discípula.


Abstract

In María Zambrano´s work, we try to disclosure some of the footprints left by her master, José Ortega y Gasset. Those footprints are important to build the axis of her philosophy practice, which is the poetic reasoning. In order to do so, we consult her works The Horizons of Liberalism, Towards a Knowledge of Soul and Delirium and Destiny, among others. These texts contribute to get key elements necessary at the moment of trying to understand the substantial elements that accompanied this philosopher in her journey from the vital reasoning to the poetic reasoning.

Key words: footprints, vital reasoning, poetic reasoning, master, pupil.


Resumo

Tentamos desentranhar na obra de María Zambrano algumas das impressões deixadas por seu maestro José Ortega e Gasset, importantes na construção do eixo de seu filosofar, qual é a razão poética. Para tal fim vamos às obras Horizonte do liberalismo, Fazia um saber sobre o alma, e Delírio e destino, entre outros; textos que contribuem claves ao momento de tentar compreender os elementos substantivos que acompanharam à filósofa, em seu trânsito da razão vital à razão poética.

Palavras importantes: impressões, razão vital, razão poética, maestro, discípula.


Introducción

Podría decirse que la obra de María Zambrano es un camino hacia el encuentro con la razón poética, construida a partir de elementos teóricos provenientes de autores clave en la construcción de su pensamiento, entre los que se destaca Ortega, como también de la experiencia de vida personal, familiar y colectiva que le correspondió vivir en una España agitada por eventos sociales y políticos que derivaron para la autora en su exilio y el de gran parte de su familia. En este caótico panorama se teje buena parte de la relación discipular de Zambrano con su maestro Ortega, caracterizada por puntos de encuentro en lo académico y lo político, pero también por significativos desencuentros; situación que se ve reflejada en el giro del pensamiento zambraniano hacia la razón poética; no obstante, es conveniente resaltar que, aunque tal relación no siempre fue armoniosa, la filósofa logró mantener intactos el respeto y la admiración prodigados a su maestro o a don José, como solía llamarlo en algunos de sus textos dedicados a él.

En tal sentido esta relación discipular, por sus características singulares, podrá, a su vez, servir de pretexto o de espejo, si se quiere, para que aquellos que se dedican a la práctica de la enseñanza dimensionen el impacto que un maestro puede llegar a ejercer en la vida y pensamiento de un discípulo, evento que de suyo demanda, entre otras cosas, una alta dosis de responsabilidad y compromiso.

En este escenario entonces mostraremos algunos de los momentos clave en los que la autora, en el marco de su autonomía, da un viraje importante a su pensar y hace la apuesta por lo que en la madurez de su filosofar llamó razón poética, que esencialmente, es una razón de amor, cargada de misericordia y unidad, en virtud de la cual es posible pensar al hombre contemporáneo como ser integral, moviéndose en contextos en los que es factible la reconciliación entre las razones positivista y poética y en los que, sin duda, juegan un papel protagónico las huellas dejadas por su maestro. Para tal fin el texto constará de tres apartes: el primero incluirá algunos datos biográficos del maestro Ortega, en el segundo se destacará su influencia en el desarrollo del pensamiento zambraniano y en el tercero se hará una aproximación al viraje de Zambrano hacia la razón poética.

José Ortega y Gasset, algunos datos biográficos

El filósofo y maestro José Ortega y Gasset nace en 1883 y muere en 1955; se licenció en Filosofía y Letras en 1902 y se doctoró en 1904 con la tesis Los terrores del año mil (Crítica de una leyenda); ambos títulos los obtuvo en la Universidad de Madrid. En 1905 continúa sus estudios en Alemania en las universidades de Leipzig, Berlín y Marburgo; en esta última fue discípulo de Hermann Cohen y Paul Natorp Imparte la cátedra de Metafísica en la Universidad de Madrid desde 1910 hasta 1936; allí tiene la oportunidad de tener como discípulos a quienes, después de algunos años, se convierten en filósofos de alta trascendencia, no solo en la vida académica de España, sino también en el nivel internacional, gracias a los alcances de sus respectivos legados. Entre estos discípulos se subrayan nombres como los de Julián Marías, Xavier Zubiri, Pedro Laín Entralgo, José Luis Aranguren y, por supuesto, María Zambrano, discípula en quien se centrará la atención a lo largo del presente escrito.

Los aprendizajes obtenidos en Alemania, acuñados a la formación que ya tenía, hacen posible que Ortega haga su aporte al mundo académico español, y es gracias a su amor por la filosofía, a su empeño por cultivarse como intelectual y a sus marcadas dotes de maestro como contribuyó de manera impactante e histórica con el mundo académico de su tiempo, impacto que aún hoy sigue resonando de manera altamente significativa y cuya resonancia trasciende actualmente las fronteras del país ibérico. Dicha vigencia se debe, en gran medida, al valioso legado filosófico que ha dejado, en torno al cual sus discípulos de la escuela de Madrid se han encargado de difundirlo, en ocasiones profundizando en su obra, en otras tomando su teoría para entrar en discusión con ella y a partir de esta y de su discernimiento proponer nuevas formas filosóficas para aproximarse a la realidad. Muestra de ello es el caso de María Zambrano quien, a partir de la razón vital sustentada por Ortega, propone la razón poética; en este contexto Marías manifiesta:

La consecuencia de ello y, sobre todo, de su acción filosófica personal ha sido el florecimiento de una escuela filosófica, en el sentido lato del término, que suele llamarse escuela de Madrid, y a la que están vinculados, entre otros, Manuel García Morente, Fernando Vela, Xavier Zubiri, José Gaos, Luis Recasens Siches, María Zambrano, Antonio Rodríguez Huéscar, Manuel Granell, José Ferrater Mora, José A. Marvall, Luis Díez del Corral, Alfonso G. Valdecasas, Salvador Lissarrague, Paulino Garagorri, Pedro Laín Entralgo, José Luis Aranguren y el autor de este libro (Marías, 1981, 430-431).

Es en la escuela de Madrid donde Ortega, en su cátedra de Metafísica, comparte con sus discípulos su tesis sobre la razón vital, eje central de su obra y respecto al cual manifiesta: "el hombre al encontrarse no se encuentra en sí y por sí, aparte y solo, sino, al revés, se encuentra siempre en otra cosa, dentro de otra cosa (la cual, a su vez, se compone de muchas otras cosas). Se encuentra rodeado de lo que no es él, se encuentra en un contorno, en una circunstancia, en un paisaje" (Ortega, 1970, 79); de esta manera va introduciendo a sus discípulos en la teoría que sustenta su tesis filosófica de la razón vital.

Es pertinente recordar que Ortega en un comienzo tuvo un acercamiento con el idealismo neokantiano, dada la formación recibida en la Universidad de Marburgo en 1906; no obstante, no se queda en la tesis idealista sino que la trasciende a la esfera del realismo. Al respecto Marías comenta la manera como concebía Ortega el realismo:

La verdadera realidad primaria -La realidad radical- es la del yo con las cosas. Yo soy yo y mi circunstancia -escribía ya Ortega en su primer libro de 1914-. Y no se trata de dos elementos -yo y las cosas- separables al menos en principio, que se encuentren juntos por azar, sino que la realidad radical es ese quehacer del yo con las cosas, que llamamos la vida (Marías, 1981, 435).

En este contexto, el discernimiento filosófico de Ortega lo lleva a ir más allá de las teorías propias del idealismo y del realismo, en tanto no toma como eje sustantivo ni al yo ni a las cosas; por encima de estas dos consideraciones está la vida, que según Ortega "es lo que hacemos y lo que nos pasa" (Ortega, 1970, 43).

En la evolución del pensamiento de Ortega se distinguen tres momentos, referenciados así por Zambrano: "1) el momento de la originalidad filosófica. La intuición de la vida como realidad radical y como drama habido entre el yo y la circunstancia; el pensamiento como acción salvadora de la circunstancia y al par del yo. 2) La captación de la circunstancia y su interpre-tación. 3) La Explicación del sistema" (Zambrano, 2011, 154). Es en el marco de esta evolución descrita por Zambrano, en donde Ortega ha desplegado su obra; han sido estos ejes centrales los que le han servido para verter su profundidad y claridad filosófica; en tal sentido no le han sido ajenos temas como la literatura, la educación, el arte, la historia, la política y en general los asuntos que tengan que ver con el ser humano y su circunstancia. Los momentos del pensamiento de Ortega descritos anteriormente han sido recogidos según Zambrano en algunos de sus textos:

Al primero corresponde especialmente el libro Meditaciones del Quijote y algunos de los artículos publicados con anterioridad. Al segundo la serie de volúmenes de El Espectador, España invertebrada y algunos otros ensayos, como La deshumanización del arte. El tercero comienza a explicitarse en forma crítica, como era necesario, especialmente en ‘Ni vitalismo ni racionalismo', y en forma más ‘positiva' en El tema de nuestro tiempo y en Vitalidad, alma, espíritu (Zambrano, 2011, 154).

La historia ha evidenciado con creces la trascendencia del pensamiento de Ortega. Prueba de ello es que se ha llegado a considerar que la "filosofía y poesía, sobre todo, adquirieron una calidad que la primera no había tenido nunca en España; la segunda desde el siglo XVII. De 1917 a 1936 se publicó diariamente en Madrid un periódico, El Sol, que era sin duda uno de los dos o tres mejores de mundo" (citado en Natal y Natal, 424); de otro lado, es preciso destacar que Ortega ha mostrado una cara más amable de la filosofía, en tanto la claridad de su discurso ha sido una de las características más relevantes de su obra, razón por la cual a ella se han acercado y se siguen acercando personas cuya disciplina de interés no es específicamente la filosofía; sin embargo, encuentran en su discernimiento particular la luz que hace falta para abordar más humanamente la oscuridad que hace camino en el hombre contemporáneo. Quizá en esta observación es en la que María Zambrano fundamenta su apreciación sobre la obra de su maestro: "(...) la otra virtud que sorprende en la obra de Ortega es la generosidad intelectual, transformada en caridad" (Zambrano, 2011, 103).

La influencia de Ortega y Gasset en el pensamiento zambraniano

Para dar inicio a este aparte es preciso resaltar que María Zambrano, filósofa contemporánea quien dejó un gran legado filosófico y espiritual a la humanidad, nació en 1904 en Vélez -Málaga- y murió en Madrid en 1991. Acercarse a su pensamiento es una experiencia que, por su significado, es factible que deje en quienes la leen e intentan comprender su pensamiento una huella indeleble, ya sea por el afán de rebatir su propuesta filosófica o por el deseo de llevar a la experiencia vital algo de su legado, en el que sobresale la razón poética como eje que moviliza su pensar. De otro lado es preciso señalar que el hecho de que María Zambrano haya sido parte de la Universidad de Madrid, tanto en calidad de docente como de discípula, la hace acreedora de una serie de influencias recibidas de sus maestros; en algunos de sus libros como en Delirio y destino, narrado en tercera persona, ha dejado testimonio de la presencia viva de ellos:

Como ella no podía olvidar, aunque no pudiera relatar punto por punto, ni aun saltándose muchos, aquellas lecciones de sus maestros que estaba tan segura de no haber entendido. Y ahora a medida que el tiempo pasaba y que iba entrando de nuevo en la vida, veía que algo indeleble le había quedado de aquel implacable entrenamiento (Zambrano, 1989a, 160).

Esta influencia llevó a Zambrano a apropiarse del conocimiento impartido por sus maestros e incorporarlo de tal manera, que pasó a ser parte de su modo de ser y pensar, influencia que se vio reflejada de forma contundente en la vivencia de un acontecimiento cargado de preguntas sin respuesta, dolor e impotencia como fue su largo exilio, dolorosa experiencia en la que se sintió arrojada de una España soñada con colores de libertad, cuyo sueño no solo le perteneció a ella, sino también a sus compañeros universitarios, profesores y gran parte del pueblo español, y fue en el marco de esta penosa experiencia humana, en la que Zambrano escribió la mayor parte de su obra, en cuyos textos puede observarse que los conocimientos recibidos de sus maestros fueron asimilados desde su propia perspectiva e interpretación, y a partir de ello estructuró una nueva manera de mirar al hombre y al mundo, o lo que en un lenguaje orteguiano podría decirse que aprendió a mirar, con una mirada nueva, al ser humano y su circunstancia.

Es indudable que una de las influencias más vivas que hizo camino en el pensamiento filosófico de Zambrano fue la huella de su maestro Ortega, de quien no solo resaltó sus dotes de intelectual y filósofo, sino, y sobre todo, su ser como maestro; las enseñanzas extraídas no solo se derivaron de sus textos orales y escritos, sino también de sus silencios y de su forma de vivir. Por tal razón es comprensible que al referirse a don José, como en ocasiones lo llamó, lo haga de esta bella manera:

El pensamiento de un maestro, aunque sea de ‘filosofía', es un aspecto casi imposible de separar de su presencia viviente. Porque el ‘Maestro', antes que alguien que enseña algo, es un alguien ante el cual nos hemos sentido vivir en esa específica relación que no proviene tan solo del valor intelectual. La acción del maestro trasciende el pensamiento y lo envuelve, sus silencios valen a veces tanto como sus palabras y lo que insinúa puede ser más eficaz que lo que expone a las claras (Zambrano, 2011, 87).

Una aproximación al viraje hacia a la razón poética

Conviene resaltar en este punto de la reflexión que Zambrano tuvo noticias de Ortega desde muy joven, en razón a que sus padres se movieron en el ámbito de la cultura gracias a su labor de maestros. Es así como desde muy temprano llega a sus manos el libro de Ortega escrito en 1914 Meditaciones del Quijote, evento frente al cual manifiesta: "y al hombre no se le ofrece nada como real, si no es en un orden, en una conexión; esto le había hecho llorar de alegría cuando lo encontró, así de pronto, en las primeras páginas leídas justo en el dintel de su adolescencia de ese libro que ‘robó' de la biblioteca de su padre: ‘las meditaciones del Quijote'" (Zambrano, 1989a, 122). Este recuerdo quedó plasmado en el libro Delirio y destino, escrito a modo de confesión y que por ser así, los textos allí contenidos son sugestivos de hechos de su vida, impregnados de sentido, en razón a que marcaron momentos de alta significación en los trayectos y recodos de su existencia.

Otro elemento importante para subrayar es que se ha mostrado históricamente que en la época en que floreció la Universidad de Madrid, la mujer no tenía un destacado protagonismo social y por lo tanto su papel en la evolución del pensamiento español estaba bastante opacado, asunto que se convirtió en una de las motivaciones del maestro Ortega, a fin de contribuir a que la mujer tuviese el lugar que le correspondía en el mundo intelectual. Esto da cuenta de que el filosofar de Ortega tenía otra característica y era la de poseer un pensamiento incluyente, gracias al cual algunas mujeres, entre ellas María Zambrano, tuvieron la oportunidad de forjarse un sitial en el universo filosófico. Al respecto, su hijo José Ortega señalaba: "Ortega quería que las mujeres construyeran su propia cultura -la cultura masculina, nos dice José Ortega (hijo), está en decadencia-. Ortega quiso que María Zambrano fuese profesora ayudante en su cátedra. Ortega esperaba mucho de María Zambrano" (Natal y Natal, 1982, 427). El deseo del maestro fue tomando forma, en tanto quien se consideró siempre su discípula inició su ejercicio de la docencia en la Universidad Central en 1931, donde fue nombrada como profesora auxiliar de la cátedra de Metafísica. La actitud del maestro de creer en las capacidades y proyecciones de su discípula es ya un aporte fundamental para el desarrollo de su obra, y fue precisamente lo que ocurrió en esta relación maestro-discípula, en la que el verbo creer se conjugaba en ambas direcciones, elemento importante a la hora de hacer un balance respecto a la influencia que un maestro puede ejercer en el pensamiento de su discípulo.

Para adentrarse en el terreno filosófico de Zambrano e ir observando las huellas de su maestro en su filosofar, es preciso señalar que una huella es una marca, un rastro o una señal que ha dejado alguien al pasar por un camino, lo que significa, en este contexto, que la huella de un maestro en el pensar de su discípulo puede revestir diversos significados; tres de ellos podrían ser: en primer lugar, indicar el sendero determinado por el cual el discípulo deberá dirigir su pensamiento; el segundo, que la huella en cuestión le servirá para definir que el camino señalado por el maestro no será el elegido por su discípulo, y el tercero, que el discípulo caminará por ese sendero hasta cierto punto, para luego continuar por el camino que estimará, según sus convicciones, el más acertado. Intuimos que la tercera vía fue la vivida por Zambrano, sin antes advertir lo que estimaba la filósofa respecto a la lectura de la obra de su maestro, frente a lo cual manifestaba: "leer a Ortega exige, o quizá produce, el conservarse íntegramente vigilante, mantener despierto el fondo último de nuestro ser" (Zambrano, 2011, 65), aseveración con la que fue consecuente durante su trayectoria filosófica, en cuyo sendero es fácil ratificar que siempre estuvo vigilante de su integralidad y de autonomía, a la hora de asumir y proponer su tesis filosófica.

En el primer libro que publica María Zambrano, Horizontes del liberalismo en el año 1930, ya aparecen signos de lo que ocuparía gran parte de su pensamiento filosófico, en tanto en algunos apartes de dicho texto la escritora empieza a atisbar un nuevo rostro de la razón, sustentada en una radicalidad que dé cuenta de un ser integral y que en consecuencia se proponga un camino para su salvación, que no sería otra cosa que la salvación no solo del ser individual, sino del ser colectivo llamado España. En este contexto manifestaba: "amor al hombre. Amor a los valores. ¡Supremas virtudes del liberalismo! Para salvar al primero hay que renunciar a la economía liberal. Para salvar al segundo es precisa la libertad: libertad de pensar, de investigar, de enseñar" (Zambrano, 1996, 269). No obstante, a esta claridad alcanzada, agrega lo que podría decirse que es el inicio del camino hacia la razón poética; su apuesta en este texto inaugural es por una razón que guíe al ser humano por el camino del amor que crea, salva y libera, en tanto la libertad que proclama lleva en su esencia un carisma especial: "Libertad fundada, más que en la razón, en la fe, en el amor" (Zambrano, 1996, 269).

Del texto antes señalado se puede intuir que la discípula, en la aurora de su pensar, ya daba signos de que pretendía ir más lejos que su maestro, puesto que se arriesgaba a mirar más allá. Ortega argumentaba que para salvar al hombre había que salvar su circunstancia; Zambrano agrega algo más, y es que su circunstancia debe llevar en su esencia el sello del amor, elemento que lleva a pensar que la marcada influencia de su maestro fue de capital importancia para la pensadora, en razón a que le permitió dar un viraje, motivo por el cual en ocasiones ha expresado: "aunque haya recorrido mi pensamiento lugares donde el de Ortega y Gasset no aceptaba entrar, yo me considero su discípula" (Zambrano, 2000, 14). Tal aclaración no la hace refiriéndose específicamente a Horizontes del liberalismo, pues está consignada en la nota que Zambrano hizo al libro Hacia un saber sobre el alma, publicado en 1934, aclaración que probablemente estuvo sustentada, en ese triste pasaje de su vida1, en el que su maestro le reclamó con duras palabras:

No ha llegado Ud. aquí (señalándose en el pecho) y ya se quiere ir lejos'. María salió de la entrevista llorando por la Gran Vía, y diciéndose: no saben que D. José ha muerto, y lo que había muerto era mi total discipulado con él. Lo que yo creía expresión de la razón vital le irritó profundamente (...) pero en mí no estaba todavía claro que yo buscara otra razón, además de la vital. Por lo visto, para él lo estuvo. Me acusó de no tener objetividad. Me dediqué por un tiempo a nada, mas sin perder la esperanza (Zambrano, 2004, 681).

Y precisamente, en el libro Hacia un saber sobre el alma, Zambrano escribe: "por una parte, la razón del hombre alumbraba la naturaleza; por otra, la razón fundaba el carácter trascendente del hombre, su ser y su libertad. Pero entre la naturaleza y el yo del idealismo, quedaba ese trozo del cosmos en el hombre que se ha llamado alma" (Zambrano, 2000, 25). En este texto Zambrano muestra su especial interés por un asunto tan etéreo llamado alma; argumenta que para adentrarse en este saber era necesaria una nueva concepción del hombre y de la razón, en tanto ambas categorías debían concebirse desde una mirada integradora; asume Zambrano (2000, 33) que la vía para llegar a un conocimiento del alma es Dios, es decir, la vía señalada es la del amor: "[...] el alma se ha buscado a sí misma a través de la naturaleza en las religiones de Grecia y en el arte romántico. Pero también se ha dicho: ‘Dios está en el fondo del alma'", aseveración que va señalando el lugar hacia el cual se va dirigiendo el pensamiento zambraniano, en tanto se observa su afán por agregar otros elementos al pensar orteguiano y de esta manera ir construyendo su propio pensar que, en suma, intenta proponer la salvación del hombre por la vía de la razón poética, es decir, la razón integradora.

La Guerra de Antonio Machado,ensayoescrito en 1937, igualmente es una muestra fehaciente de los terrenos que continuaba pisando Zambrano y que hacían parte de su conquista; es un texto que lleva implícita una declaración diáfana que hace la filósofa por un pensar que trascienda los terrenos de la razón absoluta e instrumental y hace su apuesta por una razón renovada e incluyente cuya esencia da cuenta de una razón en la que tienen cabida el ser y su sentir. Al respecto Zambrano escribe: "El pensamiento científico, descualificador, de subjetivador, anula la heterogeneidad del ser, es decir, la realidad inmediata, sensible, que el poeta ama y de la que no puede ni quiere desprenderse" (Zambrano, 1989b, 68). Y justamente Zambrano (1989b, 65) encuentra esa esencia del ser, de lo bello, en los poemas de Machado y declara: "para Machado la poesía es cosa de conciencia. Cosa de conciencia, esto es, de razón, de moral, de ley"; y esta postura transformada en sendero de su filosofar queda claramente expuesta en el estudio introductorio que realiza Moreno Sanz al libro Horizonte del liberalismo, edición de 1996 en la que cita la carta que Zambrano escribe a R. Dieste de 7 de noviembre de 1944, en la que manifiesta:

Hace ya años, en la guerra, sentí que no eran ‘nuevos principios' ni ‘una reforma de la razón' como Ortega había postulado en sus últimos cursos, lo que ha de salvarnos, sino algo que sea razón, pero más ancho, algo que se deslice también por los interiores, como una gota de aceite que apacigua y suaviza, una gota de felicidad. Razón poética es lo que vengo buscando. Y ella no es como la otra, tiene, ha de tener muchas formas, será la misma en géneros diferentes (Zambrano, 1996, 19).

La razón poética, camino elegido por Zambrano, será el terreno sobre el que seguirá construyendo su obra en la cual sobresalen títulos como filosofía y poesía, texto escrito en 1939 y en el que pone sobre el tapete dos categorías que aparentemente se han insinuado como contradictorias, pero que, a su vez, a lo largo de la historia han sido inherentes a la historia del hombre: la filosofía y la poesía; en ese mismo contexto la autora se aventura con marcada claridad a proponer relaciones entre poesía y otras categorías como la ética, la mística y la metafísica, a las que presta especial atención en el desarrollo de su obra, lo que indica que la autora abordó desde diversos prismas la realidad del hombre contemporáneo, asunto que le permitió ver la realidad desde diferentes perspectivas, para lo cual le fue necesario acudir a las huellas impresas en su pensamiento y sobre todo en su corazón, huellas que la acompañaron a lo largo del camino, huellas entre las cuales la del maestro Ortega, como se ha mostrado, siempre estuvo presente y cargada de sentido.

La independencia de su pensar quizá nació el día en que irremediablemente tenía que abandonar su país y en un acto que trae de manera recurrente a su memoria, decidió dejar en España los apuntes que había tomado de las clases de sus maestros y otros documentos en los que reposaban ideas a la espera de ser desarrolladas en un futuro; este momento lo describe así:

Cuando llegó el momento de abandonar la casa en que vivía en el último período de mi estancia en España, encaminada ya hacia la frontera, hube de elegir unos muy pocos objetos, más simbólicos que útiles, para que me acompañaran. Allí estaban, cuidadosamente ordenados en unas cajas de fácil transporte, todos mis apuntes de los numerosos cursos de Ortega a los que tuve la fortuna de asistir, juntos con otros apuntes inestimables de los cursos y seminarios de Historia de la Filosofía, de don Xavier Zubiri, y con ellos algunas notas mías, modestos ensayos, esquemas de trabajo futuros, todo mi pasado y lo que se me figuraba ser mi futuro filosófico. Nunca he logrado explicarme hasta ahora por qué corté mi gesto de recogerlos, por qué los deje abandonados allí en aquella casa sola, cuyo vacío resonó al cerrarse la puerta de modo inolvidable (Zambrano, 2011, 88).

La pregunta que provoca esta confesión, es ¿qué razones tendría para hacerlo? La respuesta, aunque se hizo esperar, apareció en uno de los textos que escribió para su maestro, titulado: Ortega y Gasset filósofo español, en el que se observa que esta actitud de renuncia fue para ella motivo de profunda reflexión, quizá porque al momento de vivir dicha experiencia no tenía lo suficientemente claro su propósito, pero al pasar el tiempo y después de meditarlo con la calma requerida, llegó a la claridad esperada: "hemos de pensar desde nosotros mismos y, al hacerlo, no es con los pensamientos del maestro, sino desde el orden y la claridad que ellos dejaron; desde la autenticidad para la que nos habían preparado" (Zambrano, 2011, 89). Esta autonomía, nacida de la claridad hallada, fue el motor que la impulsó a ir con decidida firmeza por el camino de su elección, trayecto en el que no hizo falta la palabra textual de su maestro pero sí fue imprescindible su sentido; al respecto declara: "(...) y pueden olvidarse hasta las palabras mismas. Pero queda actuando, vivo y duradero, su sentido" (Zambrano, 2010, 27). De ahí que en la experiencia vital de Zambrano sea posible leer la actitud del discípulo que admirando y respetando a su maestro por su vida y obra, no se compromete a perpetuar su pensamiento en forma lineal; quizá el hecho de controvertirlo y/o dimensionarlo, sea la mayor ganancia para ambos, en tanto será símbolo del sentido de libertad que conlleva la palabra que es entregada en el aula, propia de la relación dialéctica que debería caracterizar la dualidad maestro-discípulo, respecto a lo cual la filósofa comenta: "no tener maestro es no tener a quién preguntar y más hondamente todavía, no tener ante quién preguntarse" (Zambrano, 2007, 117).

Conclusión

La palabra que el maestro pronuncia en el aula corre el riesgo de morir, de germinar para brindar similares frutos o de transformase en el discípulo para renacer como palabra renovada. Lo aquí presentado parece indicar que lo que operó en el ser de Zambrano fue una alta valoración del discurso de su maestro Ortega, de tal manera que al profundizar en él, comprendió que este no era su punto de llegada sino su lugar de partida y que, por tanto, podía ir más lejos, asunto que trajo consigo momentos difíciles, que en lugar de amilanarla la fortalecieron y le dieron el suficiente ánimo para ir al encuentro de la llamada razón poética, que en virtud de su carácter amoroso y reconciliador iluminó su pensamiento y el de quienes se acercan a su obra con el afán de encontrar pistas que les permitan soñar con un mundo en el que prime el sentido de humanidad. Cabe resaltar que en el viraje de la razón vital hacia la razón poética, fueron relevantes las huellas del maestro Ortega pero también el sentido de autonomía con el que obró Zambrano a la hora de seguir sus propias intuiciones. Al respecto José Luis L. Aranguren -personaje importante en la historia de Zambrano, en tanto fue el primer español que se refirió a su obra y lo hizo en 1966 cuando escribió para la Revista de Occidente un texto titulado Los sueños de María Zambrano- declaraba: "María Zambrano quiso que la enseñanza de Ortega fuese creciendo en ella, y en la soledad, según la fuese necesitando, y al ritmo del desarrollo de su propia vida espiritual, en vez de quedar 'materializada', fijada en aquellos papeles, finalmente abandonados" (López, 1996, 208).


Notas

1 Este texto aparece en la Cronología y genealogía filosófico-espiritual que Jesús Moreno Sanz, editor, agrega al final de María Zambrano La razón en la sombra Antología Crítica.


Referencias Bibliográficas

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