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Revista Científica General José María Córdova

versión impresa ISSN 1900-6586versión On-line ISSN 2500-7645

Rev. Cient. Gen. José María Córdova vol.23 no.52 Bogotá oct./dic. 2025  Epub 01-Oct-2025

https://doi.org/10.21830/19006586.1562 

Artículos

Voluntad de lucha en la guerra ruso-ucraniana: análisis multinivel y lecciones para Colombia

Will to fight in the Russian-Ukrainian war: multilevel analysis and lessons for Colombia

Carlos Enrique Álvarez-Calderón1 
http://orcid.org/0000-0003-2401-2789

1 Escuela Superior de Guerra “General Rafael Reyes Prieto”, Bogotá D.C., Colombia es Ph.D. (c) en estudios estratégicos, seguridad y defensa, Escuela Superior de Guerra “General Rafael Reyes Prieto”; magíster en relaciones inter- nacionales y politólogo, Pontificia Universidad Javeriana. Becario del Centro de Estudios Hemisféricos de Defensa William Perry. Profesor e investigador asociado de la Maestría en Seguridad y Defensa Nacionales de la Escuela Superior de Guerra. Profesional Oficial de Reserva de la Fuerza Aeroespacial Colombiana. https://orcid.org/0000-0003-2401-2789 - Contacto: carlos.alvarez@esdeg.edu.co


RESUMEN.

Este artículo analiza la voluntad de lucha como un factor estratégico en la guerra contemporánea, enfocado en la guerra ruso-ucraniana. A partir de los modelos de Connable et al. (2018), McNerney et al. (2018) y Okonofua et al. (2024), se propone un marco multinivel que distingue cuatro niveles interrelacionados: el nivel micro (resiliencia psicológica del combatiente), el meso (cohesión organizacional y liderazgo), el macro (legitimidad estatal, cohesión social y resiliencia material) y el metanivel cultural-simbólico (narrativas históricas, ideologías y marcos culturales). Se muestra cómo Ucrania ha logrado sostener su defensa articulando reformas militares, cohesión social y una narrativa de resistencia existencial, mientras que Rusia depende de narrativas históricas y coerción interna, lo que limita su resiliencia a largo plazo. Finalmente, se extraen unas lecciones para Colombia, donde se enfrenta dificultades en cohesión social, legitimidad política y narrativa estratégica. Se concluye que fortalecer la voluntad de lucha en Colombia exige una estrategia integral que combine entrenamiento en resiliencia psicosocial, cohesión institucional, narrativa nacional inclusiva y educación cívica en defensa, para fortalecer la voluntad de lucha de la nación.

Palabras clave: cohesión militar; cultura estratégica; guerra; Rusia; Ucrania; voluntad de lucha

ABSTRACT.

This article analyzes the will to fight as a strategic factor in contemporary warfare, focusing on the Russian-Ukrainian conflict. Drawing on the models of Connable et al. (2018), McNerney et al. (2018), and Okonofua et al. (2024), a multilevel framework is proposed, distinguishing four interrelated levels: the micro level (combatant psychological resilience), the meso level (organizational cohesion and leadership), the macro level (state legitimacy, social cohesion, and material resilience), and the meta-level (cultural-symbolic narratives, ideologies, and cultural frameworks). It demonstrates how Ukraine has sustained its defense by articulating military reforms, fostering social cohesion, and advancing a narrative of existential resistance, while Russia relies on historical narratives and internal coercion, which limit its long-term resilience. Finally, lessons are drawn for Colombia, which faces challenges in social cohesion, political legitimacy, and strategic narrative. It is concluded that strengthening the will to fight in Colombia requires a comprehensive strategy that combines training in psycho-social resilience, institutional cohesion, an inclusive national narrative, and civic education in defense to strengthen the nation's will to fight.

Keywords: military cohesion; Russia; strategic culture; Ukraine; war; will to fight

Introducción

En las guerras del presente y del futuro inmediato, tan importantes como las capacidades materiales y doctrinales de una fuerza militar son los factores morales, psicológicos y culturales que conforman su voluntad de lucha. La historia demuestra que las organizaciones armadas que carecen de voluntad para resistir, persistir y vencer, por muy modernas o numerosas que sean, están condenadas a la derrota militar (Grossman, 1995; VanderSteen, 2001; Payne, 2015). Esta premisa cobra especial relevancia para Colombia en el escenario contemporáneo, donde la planificación de defensa se ha centrado casi exclusivamente en la transformación tecnológica y doctrinal, dejando de lado el cultivo sostenido de una cultura de defensa nacional y una voluntad colectiva de lucha.

El caso de la guerra ruso-ucraniana ha puesto en evidencia que la voluntad de lucha puede convertirse en un factor estratégico decisivo frente a un adversario materialmente superior. Mientras que Ucrania ha logrado sostener su defensa mediante una narrativa cohesionadora, la movilización de toda la sociedad y la resiliencia psicológica de sus tropas, Rusia ha recurrido a narrativas históricas y a la coerción interna para mantener el esfuerzo bélico (Okonofua et al., 2024; McNerney et al., 2018). Estos contrastes muestran que los conflictos modernos no se definen únicamente en términos cinéticos o tecnológicos, sino también en el terreno moral, ideacional y simbólico, donde se disputan las convicciones colectivas (Payne, 2015; Connable, 2022a).

Si bien el concepto de will to fight ha sido ampliamente desarrollado por académicos como Connable et al. (2018) y McNerney et al. (2018), tanto en contextos euroatlánticos como asiáticos, su aplicación sistemática al caso latinoamericano es aún incipiente. En particular, no existen estudios que aborden la voluntad de lucha desde una perspectiva estratégica y cultural aplicada a Colombia y su entorno regional. Este vacío académico resulta alarmante si se considera que, como demuestra el caso ucraniano, la resiliencia de un Estado depende tanto de sus capacidades militares como de la cohesión nacional y la legitimidad percibida para combatir (Okonofua et al., 2024).

Por lo tanto, este artículo tiene como objetivo principal analizar los desafíos que enfrenta Colombia para consolidar una voluntad de lucha nacional y militar en contextos de guerra convencional o híbrida, tomando como referente comparativo la guerra ruso-ucraniana. La pregunta de investigación que guía este estudio es esta: ¿cómo puede el análisis multinivel de la voluntad de lucha en la guerra ruso-ucraniana aportar lecciones estratégicas para Colombia? De ella se desprenden los siguientes objetivos específicos: 1) conceptualizar la voluntad de lucha desde una perspectiva doctrinal y teórica comparada; 2) aplicar un modelo multinivel de análisis comparado de la voluntad de lucha nacional en el caso de la guerra ruso-ucraniana, considerando factores individuales, organizacionales, nacionales y societales; y 3) formular recomendaciones estratégicas para fortalecer la voluntad de lucha en las Fuerzas Militares, el Estado y la sociedad colombiana.

La investigación se enmarca en un diseño cualitativo de análisis documental, orientado a integrar fuentes teóricas, históricas y aplicadas sobre la voluntad de lucha. El criterio de selección de fuentes respondió a tres propósitos: 1) incorporar referentes clásicos y contemporáneos de la literatura estratégica para dar cuenta de la evolución conceptual del término, con énfasis en los modelos de Connable et al. (2018) y McNerney et al. (2018); 2) incluir análisis recientes de la guerra ruso-ucraniana que permitan observar las dinámicas de voluntad de lucha en distintos niveles; y (3) proyectar estos hallazgos hacia el caso colombiano, identificando vacíos y desafíos para construir una defensa integral basada en la voluntad de lucha.

En términos de validez, el análisis se sustenta en una triangulación de fuentes primarias y secundarias que permite contrastar teorías clásicas, investigaciones contemporáneas y estudios de caso recientes. Este enfoque aporta una visión integral y comparativa, garantizando la coherencia entre niveles de análisis (micro, meso, macro y metanivel cultural). No obstante, la investigación presenta dos limitaciones. En primer lugar, al basarse exclusivamente en fuentes documentales, no incorpora evidencia empírica directa proveniente del terreno, como encuestas o entrevistas a militares en conflicto, lo que restringe la posibilidad de medir la voluntad de lucha en términos cuantitativos. En segundo lugar, aunque el análisis del caso ruso-ucraniano resulta paradigmático, no pretende ser exhaustivo ni generalizable a todos los contextos de guerra contemporánea; más bien, busca extraer aprendizajes estratégicos que contribuyan a fortalecer la comprensión y la práctica de la voluntad de lucha en Colombia.

Con base en este enfoque metodológico, el artículo se organiza de la siguiente manera. Primero, se examinan las perspectivas teóricas de la voluntad de lucha a partir de los aportes clásicos y contemporáneos. Segundo, se aplica un análisis multinivel al caso de la guerra ruso-ucraniana, considerando dimensiones narrativas, psicológicas, sociales y tácticas. Finalmente, se formulan lecciones estratégicas para Colombia, para identificar vulnerabilidades y oportunidades en la construcción de una defensa nacional basada en la voluntad de lucha.

Conceptualizaciones de la voluntad de lucha

La voluntad de lucha ha sido uno de los conceptos más persistentes y a la vez más elusivos en la teoría militar y estratégica. A lo largo de la historia, distintos autores han intentado capturar su esencia, definir sus fuentes y comprender su impacto operacional, organizacional y político. No obstante, como advierte VanderSteen (2001), pocas veces ha sido abordada de manera sistemática como un objeto de estudio propio, siendo más común su tratamiento como variable secundaria dentro de marcos analíticos más amplios, como la moral, la cohesión o la disciplina.

Esta ambigüedad conceptual ha tenido consecuencias importantes, ya que, al no ser definida con claridad ni aislada analíticamente, la voluntad de lucha ha permanecido en una zona gris entre la psicología militar, la teoría organizacional y la doctrina estratégica. Ello ha favorecido la tendencia a diluirla entre categorías afines (como la moral del soldado, la cohesión o la disciplina militar), sin reconocer su especificidad como motor autónomo del comportamiento combativo. En efecto, la literatura especializada ha utilizado de forma intercambiable estos conceptos, generando confusiones analíticas que obstaculizan su precisa operacionalización (Millett et al., 1986; VanderSteen, 2001; King, 2013).

Sin embargo, un examen crítico de la literatura doctrinal y académica permite establecer distinciones conceptuales entre estos términos, sin negar su interdependencia. La voluntad de lucha (will to fight) puede definirse, en términos generales, como la disposición individual, colectiva o institucional de persistir en el combate a pesar del riesgo, la pérdida o el costo percibido, y abarca componentes emocionales, racionales, organizacionales y culturales (Connable et al., 2018; Okonofua et al., 2024). A diferencia de la moral de combate (que describe el ánimo o la confianza de una unidad en un momento dado), la voluntad de lucha implica una orientación sostenida hacia la acción militar, incluso en condiciones adversas. Por ende, la moral se refiere al estado psicológico y emocional de las tropas, incluyendo sentimientos de confianza, seguridad, entusiasmo o sentido del deber (Childs, 2016)1. Si bien una moral elevada suele correlacionarse con la disposición al combate, también puede coexistir con el deseo de supervivencia o la evasión del riesgo (Grossman, 1995).

Desde una perspectiva filosófica y ética, la moral militar ha sido entendida no solo como una disposición afectiva, sino como una arquitectura de valores y obligaciones que sustentan la legitimidad de la acción en combate. Para Axinn (2009), la moral no es simplemente un código ético impuesto desde los niveles superiores de la cadena de mando, sino un compromiso personal con un conjunto de deberes que integran el respeto a los derechos humanos, la proporcionalidad y el juicio moral autónomo, incluso en contextos de extrema presión operativa. Cook (2004) introduce un matiz adicional al enfatizar el concepto de "servicio moral" como una dimensión esencial de la profesión militar. En su visión, la moral militar no se limita al cumplimiento de normas jurídicas o reglamentarias, sino que incorpora una disposición ética hacia la misión, los compañeros de armas y la población civil. Para Cook, este sentido del deber moral distingue al "guerrero moral" del simple ejecutor técnico de violencia letal.

Finalmente, Klay (2016) destaca que la moral militar se manifiesta también en la capacidad del soldado para afrontar el riesgo moral, es decir, la posibilidad de que sus acciones contradigan sus propios valores. Este "riesgo moral" configura una tensión persistente entre lo tácticamente necesario y lo moralmente aceptable, lo que convierte la reflexión ética en un componente activo del desempeño militar. Por tanto, la moral militar no debe confundirse con la mera motivación emocional o la obediencia disciplinar, sino que se constituye como un sistema de orientación normativa, emocional y profesional2. Esta visión compleja de la moral resulta clave para entender su interacción (pero no identidad) con la voluntad de lucha, que puede persistir aun cuando los estándares morales se vean erosionados o relativizados.

Por su parte, la cohesión militar alude a la fuerza de los lazos sociales entre los soldados (cohesión horizontal) y entre los subordinados y los mandos (cohesión vertical), así como a la identificación con valores o misiones comunes (King, 2013). Unidades muy cohesionadas pueden combatir con eficacia incluso cuando la moral es baja, o resistir más tiempo debido a vínculos afectivos fuertes. Además de los vínculos y la confianza interpersonal, la cohesión militar se construye sobre estructuras institucionales que moldean las relaciones sociales en la organización castrense. Castillo (2014) distingue dos fuentes clave de cohesión: la coercitiva, donde la disciplina y el control estricto mantienen a las tropas unidas; y la normativa, en la cual los soldados interiorizan los valores del grupo y luchan por un sentido compartido del deber. Mientras que la cohesión coercitiva puede garantizar la obediencia incluso bajo presión extrema, la cohesión normativa tiende a generar mayores niveles de resiliencia y efectividad sostenida en combate (Brathwaite, 2018).

Hall (2023) enfatiza que, incluso en la Antigüedad, la cohesión surgía no solo de factores institucionales, sino también de mecanismos culturales, como los ritos iniciáticos, la pertenencia a linajes o unidades tribales y la visibilidad pública del valor guerrero. Esto sugiere que la cohesión es tanto un fenómeno organizacional como un proceso social encarnado, en el que la identidad colectiva y el reconocimiento mutuo refuerzan la disposición a luchar y resistir. En suma, la cohesión no es únicamente una función del entrenamiento o la estructura formal, sino un componente multidimensional que conecta cultura, institución y experiencia compartida.

Por último, la disciplina militar constituye una dimensión normativa y reglamentaria del comportamiento. Si bien implica obediencia, orden, ejecución eficiente de tareas y control del comportamiento bajo presión (Marshall, 2000), la disciplina puede mantenerse por coacción o automatismo, sin necesariamente implicar voluntad activa de lucha. Sheffield (2000), al analizar la experiencia del ejército británico durante la Primera Guerra Mundial, subraya que la disciplina no solo dependía de castigos o rígidas estructuras jerárquicas, sino también de la calidad del liderazgo, la legitimidad percibida de los oficiales y la confianza mutua entre mandos y subordinados; en otras palabras, la disciplina efectiva era tan relacional como reglamentaria.

Por su parte, Chrissanthos (2013) plantea que la disciplina militar es, esencialmente, un sistema de control social interno que busca garantizar la cohesión del grupo y la ejecución ordenada de misiones bajo condiciones extremas. Pero advierte que una disciplina meramente impuesta puede volverse frágil en escenarios prolongados de desgaste moral o incertidumbre estratégica. En este sentido, la disciplina se diferencia de la voluntad de lucha porque esta última no se limita a cumplir órdenes, sino que expresa una adhesión consciente, emocional y ética a la causa y a la continuidad del combate. Así, aunque disciplina y voluntad de lucha pueden llegar a coexistir, su origen, profundidad y resiliencia ante el trauma bélico no son equivalentes.

Estas distinciones permiten reconocer que la voluntad de lucha integra los otros tres conceptos, sin reducirse a ellos. Su estudio requiere por tanto un enfoque holístico que considere simultáneamente factores psicológicos, organizacionales, ideológicos y estratégicos. No basta con medir el ánimo momentáneo de una unidad (moral), ni los lazos afectivos entre sus miembros (cohesión), ni su capacidad para obedecer órdenes bajo presión (disciplina); la voluntad de lucha implica una orientación persistente hacia la acción bélica, incluso en condiciones adversas. Connable et al. (2018) explican que esta disposición no emerge espontáneamente, sino que es producto de interacciones complejas entre el liderazgo, la percepción de legitimidad, el entrenamiento, las convicciones ideológicas y la narrativa nacional compartida. En este sentido, la voluntad de lucha puede entenderse como una capacidad estratégica no tangible pero decisiva, que debe cultivarse deliberadamente mediante políticas institucionales, discursos cohesionadores y marcos normativos coherentes con los valores que se pretenden defender. Su ausencia o debilitamiento, como lo demuestran múltiples casos históricos y análisis doctrinales, puede comprometer incluso a los ejércitos mejor equipados y entrenados.

En síntesis, en este artículo se entiende la voluntad de lucha como la disposición sostenida de individuos, organizaciones y Estados a emplear la fuerza armada, resistir bajo condiciones adversas y mantener el esfuerzo bélico hasta alcanzar objetivos políticos o estratégicos (Connable et al., 2018; McNerney et al., 2018). Por consiguiente, este concepto se distingue de nociones cercanas pero no equivalentes (Tabla 1). Es decir, la moral refiere al ánimo y la confianza momentáneos de la tropa; la cohesión, al grado de unión social y funcional dentro de las unidades; y la disciplina, a la obediencia y observancia de normas de comportamiento militar (VanderSteen, 2001; Fisher, 2018). Mientras moral, cohesión y disciplina son factores que influyen en el rendimiento, la voluntad de lucha es un concepto más amplio y holístico, que integra estos elementos pero trasciende su carácter episódico y/o normativo. En términos operativos, la voluntad de lucha puede observarse en indicadores como la disposición a alistarse y permanecer en las fuerzas militares, la capacidad de sostener operaciones prolongadas a pesar de pérdidas o privaciones y la persistencia en el esfuerzo nacional frente a la guerra. De este modo, se ofrece una definición precisa y operativa que evita ambigüedades y permite diferenciar analíticamente la voluntad de lucha de conceptos adyacentes sin negar sus interrelaciones.

Tabla 1 Distinciones conceptuales y operativas entre moral, cohesión, disciplina y voluntad de lucha 

Concepto Definición sintética Foco principal Indicadores operativos Relación con la voluntad de lucha
Moral Estado anímico y nivel de confianza de la tropa en un momento dado (Fisher, 2018) Ánimo y motivación puntual Encuestas de percepción, niveles de optimismo, confianza en líderes, entusiasmo en operaciones Contribuye a la voluntad de lucha, pero puede fluctuar sin determinarla por completo.
Cohesión Unión social (afectiva) y funcional (tarea) entre los miembros de una unidad (Vandersteen, 2001) Vínculos interpersonales y eficacia de grupo Tasa de deserción, solidaridad en combate, efectividad de la coordinación Fortalece la voluntad colectiva de resistir, aunque la cohesión también puede llevar a la rendición grupal.
Disciplina Observancia de normas y obediencia a la autoridad en contextos militares Comportamiento normativo y control Cumplimiento de órdenes, registros de sanciones, respeto a jerarquías Es un soporte institucional de la voluntad, pero puede sostenerse por coerción sin reflejar convicción de lucha.
Voluntad de lucha Disposición sostenida de individuos, organizaciones y Estados a combatir y persistir bajo condiciones adversas para lograr objetivos políticos (Connable et al., 2018; McNerney et al., 2018) Persistencia estratégica y resistencia prolongada Alistamiento y retención en las fuerzas, duración de operaciones pese a pérdidas, apoyo social a la guerra, resiliencia nacional Integra moral, cohesión y disciplina, pero las trasciende como ex- presión global de la capacidad de sostener la guerra.

Fuente: Elaboración propia

En términos metodológicos, la voluntad de lucha puede operacionalizarse mediante un conjunto de indicadores que permitan distinguirla de nociones afines. Así, la moral se refleja en variables como el nivel de confianza en el liderazgo, el optimismo respecto del desenlace de la campaña o la disposición subjetiva a combatir; estas suelen medirse a través de encuestas internas, entrevistas y observación del estado anímico de las tropas (Fisher, 2018). La cohesión puede analizarse a partir de la tasa de deserción, la solidaridad entre combatientes, la capacidad de las unidades para sostener operaciones en condiciones críticas o los registros de cooperación intra- e intergrupal (VanderSteen, 2001). La disciplina, por su parte, se observa en el grado de cumplimiento de órdenes, los niveles de sanciones registradas, la puntualidad en la ejecución de operaciones y el respeto a la cadena de mando.

La voluntad de lucha, en contraste, requiere indicadores más amplios que permitan captar su carácter integrador y estratégico. A nivel individual, puede medirse a través de la disposición a alistarse voluntariamente y la resiliencia psicológica frente al combate (Connable et al., 2018). A nivel organizacional, se expresa en la persistencia de unidades militares para mantener operaciones pese a las pérdidas, en la continuidad del entrenamiento en contextos adversos o en la adaptabilidad frente a sorpresas operacionales (McNerney et al., 2018). Finalmente, a nivel nacional, se observa en la capacidad del Estado para sostener campañas prolongadas, mantener el apoyo social a la guerra y garantizar el financia-miento y la logística durante periodos extendidos de conflicto (Okonofua et al., 2024). Estos indicadores permiten, en conjunto, diferenciar empíricamente la voluntad de lucha de otros conceptos próximos y ofrecen un marco analítico aplicable tanto a estudios comparados como a casos específicos.

Perspectivas teóricas clásicas y modernas de la voluntad de lucha

La literatura estratégica demuestra que la voluntad de lucha, entendida como la disposición a resistir, persistir y combatir en condiciones de adversidad, ha sido concebida como un factor central en la conducción de la guerra desde la Antigüedad. Por ejemplo, Sun Tzu subrayó que la verdadera victoria no consiste en destruir al enemigo, sino en quebrar su resistencia sin luchar: "someter al enemigo sin combatir es la forma suprema de la guerra" (Sun Tzu, 2009, p. 11). Desde esta perspectiva, el objetivo estratégico no es necesariamente la aniquilación física del enemigo, sino destruir su voluntad de lucha, su narrativa y su cohesión. Asimismo, ponía el eje de toda estrategia en la unidad moral del pueblo y su gobernante (Tao), al afirmar que, cuando el pueblo está en armonía con su soberano, luchará con él hasta la muerte (Sun Tzu, 2009). La voluntad de lucha, por tanto, surge de la legitimidad percibida, de la cohesión interna y del liderazgo prudente.

Carl von Clausewitz, desde la tradición prusiana, concebía la guerra como un acto político conducido por otros medios, cuyo centro dinámico es el choque entre dos voluntades opuestas. En su obra, Clausewitz sostiene que la guerra es un duelo a gran escala donde la fuerza física y la fuerza moral se entrelazan en la fricción constante del campo de batalla. En esta misma línea, Clausewitz (1976) situó la voluntad en el centro de su famosa "trinidad" (gobierno, ejército y pueblo), planteando que la guerra es un "acto de fuerza para obligar al enemigo a hacer nuestra voluntad" (p. 33). Para Clausewitz, la destrucción del ejército enemigo tenía como propósito último quebrar la moral nacional y la voluntad política de resistir.

Para Antoine-Henri Jomini, la moral de las tropas era un factor importante pero subordinado a la dirección racional de las operaciones. Si bien reconocía que la moral y la disciplina pueden compensar la inferioridad numérica, su pensamiento estaba dominado por la geometría del campo de batalla, las líneas interiores y la concentración de fuerzas (Jomini, 1996). En su doctrina, la voluntad de lucha se atribuye al liderazgo del comandante, más que al fervor ideológico o a la cohesión social.

A principios del siglo XX, con la irrupción de la mecanización y la aviación, pensadores como J. F. C. Fuller y Giulio Douhet plantearon que la voluntad del enemigo podía quebrarse mediante la parálisis operativa y la coerción psicológica desde el aire. Fuller (1932) propuso atacar el "nervio" del sistema a través de fuerzas mecanizadas y móviles que desorganizaran al adversario, mientras que Douhet (1983) apostó por la ofensiva aérea estratégica dirigida contra la población civil, convencido de que los pueblos carecían de la disciplina militar para resistir el bombardeo sostenido.

Basil Liddell Hart, crítico de la carnicería de la Primera Guerra Mundial, propuso una estrategia basada en el enfoque indirecto, cuyo objetivo era erosionar la voluntad del enemigo sin confrontaciones directas. Hart (1954) sostenía que el objetivo de la guerra debe ser desorganizar el equilibrio moral del enemigo, sin necesidad de destruirlo físicamente. Para ello, recomendaba el uso de maniobras, sorpresas y campañas de desinformación, por lo cual es un precursor de la guerra psicológica moderna. Hart también advertía sobre la importancia de preservar la propia voluntad organizacional, dado que los ejércitos, además de matar, deben soportar, lo cual requiere cohesión interna, claridad de objetivos y confianza en el liderazgo.

En su doctrina de guerra prolongada, Mao Tse-Tung enfatizó la centralidad de la voluntad revolucionaria como arma estratégica. Para Mao, un ejército puede carecer de tanques, pero no de legitimidad política: "con un pueblo unido, con una causa justa, todo es posible" (Tse-Tung, 1963, p. 72). El pueblo es tanto sujeto como medio de la guerra, y su voluntad se cultiva mediante educación política, propaganda y una narrativa moral sólida. La voluntad, en este enfoque, es inseparable de la ideología, ya que el compromiso político de los combatientes transforma una milicia irregular en una fuerza resiliente capaz de resistir a ejércitos convencionales.

En el contexto de la guerra nuclear, Bernard Brodie replanteó la voluntad de lucha en términos de disuasión: el objetivo no era vencer en combate, sino influir en la mente del adversario para que nunca iniciara el conflicto, creando incertidumbre respecto del costo inaceptable de un intercambio atómico (Brodie, 1965). Finalmente, John Warden trasladó esta concepción sistémica al ámbito aéreo con su modelo de los "cinco anillos", donde el liderazgo político constituye el centro de gravedad cuya parálisis, mediante ataques estratégicos, puede quebrar la voluntad de lucha de la nación adversaria (Warden, 1985).

Esta evolución del pensamiento estratégico revela que la voluntad de lucha ha sido interpretada desde múltiples ángulos: como fenómeno moral y psicológico (Sun Tzu, Clausewitz), como problema de organización y disciplina (Jomini), como desafío tecnológico-operacional (Fuller, Douhet, Warden) y como expresión ideológica y política (Mao). En todos los casos, se reafirma la idea de que la guerra no puede comprenderse únicamente en términos de recursos materiales, sino también como una pugna de convicciones, percepciones y narrativas. Sobre esta base, VanderSteen (2001) sistematiza estos enfoques y propone una tipología para comprender la complejidad de la voluntad de lucha, organizando sus determinantes en tres niveles de análisis (individual, organizacional y nacional) y distinguiendo entre enfoques mecanicistas y morales o ideológicos. Esta doble clasificación intenta superar visiones reduccionistas que suelen explicar el desempeño militar únicamente por factores materiales o, en el extremo opuesto, exclusivamente por convicciones políticas o religiosas.

En el nivel individual, los enfoques mecanicistas destacan el papel del entrenamiento, la disciplina y la logística como condiciones que aseguran el rendimiento del combatiente. Marshall (2000) observó que, en la Segunda Guerra Mundial, apenas el 15 % de los soldados disparaba efectivamente contra el enemigo, lo que evidenciaba la importancia de diseñar procedimientos de instrucción que redujeran la "resistencia psicológica" a matar. En contraste, los enfoques morales subrayan la influencia de motivaciones subjetivas (como el sentido del deber o la convicción ideológica) en la disposición a combatir. Estudios posteriores, como los de Grossman (1995), mostraron cómo la resiliencia y los valores internalizados median la capacidad del soldado para enfrentar la violencia extrema.

El nivel organizacional pone el acento en la unidad militar como espacio de socialización. Desde una perspectiva mecanicista, la voluntad de lucha se sostiene en la estructura jerárquica, el mando y los procedimientos doctrinales. Nagl (2002), al comparar la contrainsurgencia británica en Malasia con la contrainsurgencia estadounidense en Vietnam, concluyó que la capacidad de aprendizaje institucional condicionó el grado de eficacia operativa. Por su parte, los enfoques morales destacan el papel de la cohesión y del liderazgo carismático. King (2013) ha demostrado que la cohesión táctica en unidades de infantería constituye un factor decisivo en la disposición de los soldados para resistir el combate prolongado.

Finalmente, en el nivel nacional, el enfoque mecanicista asocia la voluntad de lucha con la capacidad estatal de sostener una guerra a largo plazo mediante recursos humanos, financieros e industriales. Sin embargo, VanderSteen (2001) también reconoce que la dimensión moral e ideológica en este nivel resulta determinante, ya que la legitimidad política, la narrativa histórica o la identidad nacional pueden movilizar a sociedades enteras más allá de las limitaciones materiales. Johnson (2012) ha mostrado cómo la resistencia afgana frente a invasores extranjeros se explica tanto por la cultura pashtún y las estructuras tribales como por narrativas religiosas (yihad). De igual forma, los estudios de McNerney et al. (2018) han mostrado que la "voluntad nacional" explica por qué algunos Estados persisten en conflictos prolongados mientras otros colapsan pese a contar con mayores capacidades materiales.

En síntesis, la tipología de VanderSteen (2001) permite articular los factores psicológicos, organizacionales y políticos de la voluntad de lucha (Tabla 2). Al reconocer simultáneamente dimensiones estructurales y simbólicas, el modelo facilita el análisis comparativo de casos tan distintos como la cohesión táctica de una unidad de infantería, la resiliencia de insurgencias irregulares o la perseverancia de Estados en guerras de alta intensidad. Sin embargo, los desarrollos recientes han ampliado este horizonte al incorporar nuevas perspectivas interdisciplinarias. En particular, los modelos contemporáneos elaborados por RAND y otros investigadores han introducido enfoques multinivel, neuropsicológicos y culturales que permiten capturar la complejidad de la voluntad de lucha en los conflictos del siglo XXI.

Tabla 2 Modelo de la voluntad de lucha según VanderSteen 

Nivel de análisis Enfoque mecanicista (factores estructurales) Enfoque moral/ideológico (factores simbólicos)
Individual Disciplina, entrenamiento, control del miedo, condiciones materiales de combate Motivación personal, sentido del deber, resiliencia, creencias religiosas o ideológicas
Organizacional Mando, logística, jerarquía, doctrinas y procedimientos estandarizados Cohesión, liderazgo carismático, cultura institucional, confianza en los mandos
Nacional Capacidad del Estado: recursos, burocracia militar, industria de defensa Legitimidad política, identidad nacional, narrativa histórica, ideología movilizadora

Fuente: Elaboración propia con base en VanderSteen (2001)

Modelos contemporáneos de la voluntad de lucha

A partir de los primeros años del siglo XXI, el concepto de voluntad de lucha ha sido objeto de un proceso de formalización analítica. Mientras los enfoques clásicos destacaban factores morales o ideológicos, los modelos contemporáneos buscan integrar las dimensiones psicológica, organizacional, estatal y social en marcos comparativos y operativos, capaces de alimentar ejercicios de simulación, planeamiento militar y diseño de políticas de defensa. La novedad de estos enfoques radica en su carácter multidisciplinario, pues combinan aportes de la ciencia política, la psicología, la sociología militar y los estudios estratégicos para traducir un fenómeno intangible en variables medibles y analizables.

El trabajo de Connable et al. (2018) constituye un primer esfuerzo por descender al nivel táctico y operacional. Allí se subraya que la voluntad de combate de una unidad militar no puede explicarse solo por sus capacidades materiales (armamento, número de efectivos o entrenamiento), sino que depende de un conjunto de variables dinámicas: liderazgo, cohesión, moral, legitimidad percibida y eficacia operacional. Estas interactúan en distintos niveles de análisis, desde el individuo hasta el batallón, generando una red de influencias recíprocas (Tabla 3).

Tabla 3 Modelo de factores de la voluntad de lucha de unidades táctico-operacionales 

Nivel Categoría Factores Subfactores Durabilidad
Individuo Motivaciones individuales Desesperación Media
Venganza, ideología, incentivos económicos Alta
Identidad individual Personal, social, unidad, estatal, organizacional y societal Alta
Capacidades individuales Calidad Aptitud física, resiliencia, educación, adaptabilidad, habilidades sociales, rasgos psicológicos Alta
Competencia individual Habilidades, relevancia, suficiencia, sostenibilidad Alta
Unidad Cultura de la unidad Cohesión de la unidad Social vertical, social horizontal y de tarea Media
Expectativas Baja
Control de la unidad Coerción, persuasión y disciplina Media
Espíritu de cuerpo Orgullo, identidad colectiva, sentido de élite Media
Capacidades de la unidad Competencia de la unidad Desempeño, habilidades, entrenamiento Alta
Apoyo a la unidad Suficiencia y oportunidad de equipos, suministros, armamento, apoyo médico, alimentos, agua, fuegos de apoyo Baja
Liderazgo de la unidad Competencia y carácter Media
Organización Cultura organizacional Control organizacional Coerción, persuasión, disciplina Alta
Espíritu de cuerpo organizacional Identidad y orgullo institucional Alta
Integridad organizacional Corrupción y confianza Alta
Capacidades organizacionales Entrenamiento organizacional Capacidades, relevancia, suficiencia, sostenimiento Alta
Apoyo organizacional Suficiencia y oportunidad Media
Doctrina Pertinencia y efectividad Alta
Liderazgo organizacional Competencia y carácter Alta
Estado Cultura estatal Relaciones civiles-militares Apropiación, funcionalidad Alta
Integridad estatal Corrupción y confianza Alta
Capacidades estatales Apoyo estatal Suficiencia y oportunidad Media
Estrategia estatal Claridad y efectividad Alta
Liderazgo estatal Competencia y carácter Alta
Sociedad Cultura social Identidad social Ideología, etnicidad, historia Alta
Integridad social Corrupción y confianza Alta
Capacidades sociales Apoyo social Consistencia y eficiencia Media

Fuente: Connable et al. (2018)

El análisis parte del individuo, donde las motivaciones personales (como la ideología, el deseo de venganza, la desesperación o incluso incentivos económicos) constituyen el punto de partida de la disposición a combatir. Estas motivaciones se entrelazan con la identidad individual y social, que puede estar anclada en la pertenencia a una unidad militar, a una organización política o al Estado en su conjunto. A ello se suman las capacidades personales, que incluyen no solo la aptitud física y el entrenamiento técnico, sino también la resiliencia psicológica y la adaptabilidad. En este nivel, la voluntad de lucha es inseparable de la percepción de competencia, ya que los soldados que se consideran preparados y eficaces tienden a mostrar mayor disposición a sostener el combate.

El siguiente nivel corresponde a la unidad militar, donde la voluntad de lucha se expresa como fenómeno colectivo. La cohesión social -tanto vertical (subordinados y superiores) como horizontal (entre pares)-, junto con la cohesión de tarea, conforma el núcleo de la cultura de la unidad. A ello se añade el espíritu de cuerpo, que otorga orgullo y sentido de pertenencia, así como los mecanismos de control disciplinario y persuasión que aseguran la coordinación en combate. Factores materiales como el apoyo logístico oportuno, el suministro de armamento y la cobertura médica también son determinantes, pues la resiliencia psicológica y moral de la tropa se ve directamente afectada por su capacidad de sostener operaciones en condiciones adversas.

En el nivel organizacional, la voluntad de lucha se vincula con la cultura institucional de las fuerzas armadas, su doctrina, la integridad de las jerarquías y la calidad del liderazgo. Una organización militar percibida como corrupta, incoherente o ineficaz erosiona la confianza de las unidades, mientras que instituciones cohesionadas, con líderes competentes y doctrinas claras, fortalecen la resiliencia de los combatientes. El entrenamiento institucional y la capacidad de sostener operaciones prolongadas refuerzan la percepción de eficacia, lo que a su vez incrementa la disposición de las tropas a perseverar en la guerra.

El nivel estatal introduce factores políticos más amplios, como la calidad de las relaciones cívico-militares, la integridad de las instituciones gubernamentales y la claridad de la estrategia nacional. La voluntad de lucha de las fuerzas armadas está íntimamente ligada a la confianza en que el Estado apoya su misión, provee recursos suficientes y cuenta con líderes políticos capaces de sostener el esfuerzo bélico. Un Estado percibido como corrupto o incapaz de articular una estrategia coherente reduce la confianza de sus tropas, mientras que uno fuerte y legítimo refuerza la determinación de sus unidades.

Finalmente, en el nivel societal, la voluntad de lucha se vincula con las identidades ideológicas, étnicas, religiosas o nacionalistas que definen la cultura de una comunidad política. La percepción de legitimidad de la guerra depende, en buena medida, de la integridad social y de la disposición de la población a aceptar sacrificios materiales y humanos. Una sociedad que confía en sus instituciones y comparte un sentido de propósito común se convierte en un pilar fundamental de la resiliencia militar; por el contrario, sociedades fragmentadas o escépticas respecto del conflicto tienden a erosionar la moral de las fuerzas armadas. En conjunto, el modelo de Connable et al. (2018) muestra que la voluntad de lucha de las unidades militares es un fenómeno sistémico y multinivel, que emerge de la interacción entre motivaciones individuales, cohesión de unidad, cultura organizacional, apoyo estatal y legitimidad social. La fortaleza o la debilidad en cualquiera de estos niveles puede reforzar o quebrar la disposición de las fuerzas a sostener operaciones, lo que subraya la importancia de un análisis integral para comprender por qué unos ejércitos resisten y otros colapsan en el campo de batalla.

En paralelo, McNerney et al. (2018) amplían la escala de análisis hacia el nivel estratégico y nacional y proponen un modelo que organiza cuarenta y dos variables en tres grandes categorías (políticas, económicas y militares) y las articula con factores contextuales como la identidad nacional, la duración del conflicto, las alianzas internacionales y la resiliencia económica (Tabla 4). Su énfasis recae en que la voluntad nacional no se deriva exclusivamente de los recursos materiales, sino de la interacción entre legitimidad política, cohesión social y capacidad de los gobiernos para mantener la narrativa de los altos intereses en juego. Así, este marco permite analizar por qué algunos Estados, como Vietnam del Norte o Irán durante la guerra con Irak, lograron sostener campañas prolongadas a pesar de la asimetría material (McNerney et al., 2018).

Tabla 4 Modelo de la voluntad de lucha nacional 

Tipo de variable Variable Descripción / relación
Factor político Intereses en juego Cuanto más altos se perciban los intereses, más probable será que un gobierno crea que los costos de terminar el conflicto son mayores que los de continuarlo. Si los intereses se perciben como bajos, la cohesión, el apoyo popular, el respaldo de aliados y las relaciones cívico-militares pueden debilitarse, reduciendo así la voluntad de lucha.
Cohesión Una fuerte cohesión entre líderes políticos de distintos partidos y grupos ideológicos refuerza la voluntad de lucha al minimizar los obstáculos internos. La cohesión combinada con el apoyo aliado y la propaganda puede aumentar el apoyo popular. A su vez, altos intereses y apoyo social refuerzan la cohesión.
Relaciones civiles-militares Relaciones constructivas entre líderes civiles y militares fortalecen la efectividad militar, equilibran costos y riesgos, elevan la confianza y las expectativas de victoria, lo que incrementa la voluntad de lucha. Además, unas relaciones sólidas aumentan el apoyo popular, la cohesión y el respaldo aliado.
Apoyo popular Una población que apoya (o al menos no se opone) reduce los riesgos políticos para los líderes, aumentando su confianza y expectativas de victoria. Esto refuerza la cohesión y puede alentar a los aliados a brindar mayor apoyo.
Aliados El apoyo fuerte de aliados incrementa la confianza de los líderes y sus expectativas de victoria, fortaleciendo la voluntad nacional de lucha.
Factor económico Palancas económicas La capacidad de imponer costos económicos al adversario o recompensar a los aliados eleva la confianza y las expectativas de victoria. Influye en la resiliencia y en las presiones económicas, y puede reforzar el apoyo aliado al generar expectativas de beneficios.
Factor militar Capacidades militares Si un gobierno percibe que sus fuerzas son superiores, aumentan sus expectativas de victoria y su voluntad de luchar. Capacidades sólidas también refuerzan la confianza de élites, ciudadanos y aliados.
Contexto político Tipo de gobierno Los regímenes totalitarios se apoyan más en la coerción, mientras que las democracias dependen más de la legitimidad. Ambos extremos pueden sostener la voluntad de lucha, aunque de maneras distintas. Los regímenes híbridos suelen ser menos efectivos.
Identidad nacional Gobiernos que apelan a la identidad nacional (étnica, religiosa, ideológica o patriótica) pueden fortalecer la cohesión y el apoyo popular, reforzando la voluntad de lucha.
Contexto económico Resiliencia económica Una economía resiliente permite sostener capacidades militares y proteger a la población, lo que aumenta la confianza y la voluntad de lucha.
Contexto militar Duración del conflicto Las guerras prolongadas tienden a desgastar el apoyo popular, los recursos económicos y las capacidades militares, reduciendo la voluntad de lucha.
Mecanismo político Compromiso internacional La diplomacia y cooperación en defensa pueden persuadir o coaccionar a aliados y adversarios, influyendo en la voluntad de lucha.
Adoctrinamiento y propaganda El uso estratégico de la información para influir en élites, población y aliados fortalece o debilita la voluntad de lucha. Los regímenes emplean estas herramientas de distintas formas.
Mecanismo económico Presiones El uso de sanciones o incentivos económicos afecta tanto a aliados como adversarios, influyendo en su voluntad de lucha.
Mecanismo militar Bajas Infligir más bajas al enemigo puede aumentar la confianza y las expectativas de victoria, fortaleciendo la voluntad de lucha; pero también puede generar efectos contrarios, reforzando la cohesión y la identidad del adversario.

Fuente: McNerney et al. (2018)

La Tabla 4 sintetiza cómo factores, contextos y mecanismos identificados por McNerney et al. (2018) interactúan para conformar la voluntad nacional de lucha. Su valor no reside solo en listar variables, sino en mostrar sus interdependencias y efectos acumulativos. En primer lugar, los factores políticos, económicos y militares son el núcleo de la voluntad de lucha. El grado de importancia de los intereses en juego marca la pauta: cuando la supervivencia del Estado o del régimen está en juego, los gobiernos suelen perseverar en el combate aun bajo condiciones adversas. A estos intereses se suma la cohesión política, que reduce divisiones internas y refuerza la legitimidad de la estrategia bélica. En paralelo, las relaciones cívico-militares y el apoyo popular resultan determinantes: un gobierno con respaldo social y una relación estable con sus fuerzas armadas tiene más probabilidades de sostener la guerra. Por su parte, el respaldo de aliados y las capacidades militares efectivas actúan como multiplicadores de confianza, aumentando la percepción de viabilidad del esfuerzo bélico.

En segundo lugar, los contextos condicionan la fuerza de esos factores. El tipo de gobierno influye en los medios disponibles: regímenes autoritarios recurren más a la coerción y al adoctrinamiento, mientras que las democracias dependen de la legitimidad y del consenso. La identidad nacional puede convertirse en una fuente poderosa de resiliencia, especialmente cuando se moviliza en torno a la defensa de la soberanía o de valores compartidos. Asimismo, la resiliencia económica determina hasta qué punto un país puede soportar costos prolongados, y la duración del conflicto opera como variable crítica, pues las guerras largas tienden a desgastar el apoyo popular y las capacidades materiales.

Finalmente, los mecanismos de influencia muestran las herramientas que los gobiernos pueden emplear para reforzar o debilitar la voluntad de lucha, tanto propia como ajena. El compromiso internacional (diplomacia, alianzas, cooperación militar) y el adoctrinamiento y la propaganda contribuyen a fortalecer la cohesión interna y proyectar legitimidad. Por otro lado, las presiones económicas y las bajas en combate actúan de manera ambivalente: pueden quebrar la moral del adversario, pero también endurecer su resistencia, como ocurrió en casos históricos como Vietnam o la Unión Soviética en la Segunda Guerra Mundial.

En resumen, la Tabla 4 refleja que la voluntad nacional de lucha no depende de una sola variable, sino de la combinación dinámica de factores estructurales, contextos políticos y mecanismos de influencia. La clave está en entender cómo interactúan: un país con altos intereses, cohesión política y fuerte identidad nacional puede sostener la guerra a pesar de sufrir bajas elevadas o presiones económicas, mientras que otro con intereses secundarios y escasa cohesión social puede colapsar incluso con mejores capacidades materiales.

Más recientemente, Okonofua et al. (2024), en su estudio sobre la guerra ruso-ucraniana, introducen un giro neuropsicológico y cultural. Su propuesta se centra en entender la voluntad de lucha como un fenómeno que combina la resiliencia cognitiva individual con el marco cultural que legitima el sacrificio colectivo. Según los autores, la resistencia ucraniana no puede explicarse únicamente por la ayuda militar occidental o la fortaleza de sus fuerzas militares, sino por la internalización cultural de una identidad nacional percibida como amenazada y por un liderazgo capaz de transformar esa narrativa en cohesión militar y social. Como señalan, la voluntad de lucha "no es un recurso fijo, sino una construcción que se fortalece o erosiona a través de la experiencia compartida del combate y la comunicación estratégica" (Okonofua et al., 2024, p. 35). Este enfoque, además, subraya la importancia de los factores intangibles en la guerra contemporánea, en especial en conflictos híbridos o prolongados donde las batallas narrativas resultan tan decisivas como las militares.

En conjunto, los tres modelos (Tabla 5) muestran que la voluntad de lucha es un fenómeno multidimensional que requiere marcos complementarios para ser comprendido. Mientras el modelo de Connable et al. (2018) aporta herramientas aplicables al nivel táctico-operacional al simular variables como liderazgo, cohesión y moral, el enfoque de McNerney et al. (2018) eleva la discusión al nivel estratégico al analizar cómo factores políticos, económicos y militares interactúan en la toma de decisiones estatales. A su vez, el aporte de Okonofua et al. (2024) introduce la dimensión neuropsicológica y cultural, mostrando que la voluntad no es un recurso fijo, sino un constructo dinámico que se fortalece o erosiona mediante narrativas, identidades y procesos de socialización en combate. Integrados, estos tres enfoques permiten pensar en una teoría holística de la voluntad de lucha que articule los niveles individual, organizacional y nacional, ofreciendo un marco más robusto para la planificación estratégica y la comprensión de los conflictos contemporáneos.

Tabla 5 Modelos contemporáneos de la voluntad de lucha 

Modelo Nivel de análisis Variables clave Aportes distintivos Limitaciones
Connable et al. (2018) Táctico-Operacional (individuos, escuadras, compañías, batallones) Liderazgo, cohesión, moral, percepción de eficacia, legitimidad, entrenamiento Primer modelo formalizado de voluntad de lucha en unidades; integra factores humanos y organizacionales en simulaciones. Difícil generalizar a escalas estratégicas o nacionales; requiere datos detallados de campo
McNerney et al. (2018) Estratégico- nacional (gobierno, Estado, sociedad) Factores políticos (cohesión, legitimidad, alianzas), económicos (resiliencia, presiones), militares (capacidades, bajas); contextos (identidad, duración de conflicto) Marco multinivel con 42 variables y tipologías de factores, contextos y mecanismos; sistematiza la voluntad nacional en clave comparativa. Complejidad metodológica; difícil operacionalizar en tiempo real; depende de información sensible
Okonofua et al. (2024) Cognitivo- cultural (individuo y sociedad) Resiliencia cognitiva, identidad nacional, liderazgo, narrativas, comunicación estratégica Introduce dimensión neuropsicológica y cultural; destaca la interacción entre experiencia compartida y legitimidad cultural. Enfoque exploratorio; escasa capacidad predictiva cuantitativa; depende de contextos culturales específicos

Fuente: Elaboración propia con base en Connable et al. (2018), McNerney et al. (2018) y Okonofua et al. (2024)

La guerra ruso-ucraniana y la voluntad de lucha

El estudio de la voluntad de lucha en la historia revela que, más allá de la tecnología, los recursos materiales o las innovaciones doctrinales, el verdadero factor decisivo en la guerra sigue siendo el ser humano. En este sentido, Rushing y Hunter (2023) sostienen que, en la competencia en la zona gris, "el sistema humano constituye el arma decisiva" (p. 2). Según los autores, este sistema no se limita a las capacidades físicas de los combatientes, sino que integra moral, resiliencia psicológica, cohesión, diversidad y capacidad de adaptación cultural en contextos de incertidumbre. Dicho de otro modo, la eficacia militar depende, en última instancia, de la disposición de las personas a resistir, persistir y combatir en condiciones de adversidad, lo que convierte a la voluntad de lucha en un componente estratégico de primer orden.

Esta perspectiva encuentra resonancias en múltiples episodios históricos. Desde la resistencia en las trincheras de la Primera Guerra Mundial hasta la resiliencia nacional de Ucrania frente a la invasión rusa de 2022, los ejemplos muestran que la voluntad humana no es un recurso secundario, sino un multiplicador de fuerza que puede inclinar la balanza del conflicto. De ahí la necesidad de examinar cómo se ha manifestado la voluntad de lucha en guerras de distinta naturaleza (convencionales, insurgentes e híbridas), para identificar patrones comunes y factores diferenciadores.

La Primera Guerra Mundial (1914-1918) constituye un laboratorio histórico para el estudio de la voluntad de lucha en ejércitos de masas. Watson (2009) muestra que la moral de los soldados alemanes y británicos se sostuvo durante años gracias a la cohesión en las trincheras, la disciplina institucional y la expectativa de cumplir con un deber nacional. Sin embargo, documenta que, cuando estas fuentes de resiliencia fueron erosionadas por la fatiga, las pérdidas humanas y la percepción de futilidad estratégica, la moral colapsó y arrastró consigo la capacidad de resistencia del ejército alemán en 1918. La Segunda Guerra Mundial, por su parte, revela la centralidad de la ideología y de las instituciones políticas como motores de la voluntad de lucha. En el caso japonés, Fowler (2015) demuestra que la institución imperial funcionó como núcleo simbólico que cohesionaba a la sociedad en torno al esfuerzo bélico; en Europa, la maquinaria nazi sostuvo la guerra mediante propaganda y coerción, mientras que la Unión Soviética movilizó a su población a través de la narrativa de la "Gran Guerra Patriótica", que Robinson (2006) interpreta como un fenómeno de honor colectivo y dignidad nacional.

La evidencia de ambas guerras puede interpretarse a la luz de modelos contemporáneos sobre la voluntad de lucha. Connable et al. (2018) destacan la cohesión de unidad y el liderazgo inmediato como factores clave en las trincheras de la Primera Guerra Mundial, hasta que el desgaste prolongado quebró el sistema. McNerney et al. (2018) explican el colapso alemán en 1918 por la pérdida de legitimidad política y cohesión social, mientras que la persistencia japonesa en 1945 se vinculó con la redefinición del "núcleo simbólico" en torno al emperador. Finalmente, Okonofua et al. (2024) muestran cómo la identidad cultural y la narrativa nacional soviética reforzaron la resiliencia cognitiva de la población, transformando el sacrificio en causa colectiva. En síntesis, la Primera Guerra reveló los límites de la moral de masas bajo el desgaste prolongado, mientras que la Segunda subrayó el papel decisivo de la ideología, las instituciones simbólicas y el honor colectivo como fuerzas de resistencia, lo que confirma que la voluntad se sostiene más en marcos culturales y políticos que en recursos materiales.

Durante la Guerra Fría, la voluntad de lucha se convirtió en un campo de disputa entre insurgencias y regímenes estatales. La característica central de este periodo fue la capacidad de los actores revolucionarios para sostener guerras prolongadas frente a adversarios materialmente superiores, gracias a la legitimidad política, la cohesión ideológica y la movilización social. El contraste entre Malasia y Vietnam ilustra esta dinámica. Según Nagl (2002), el éxito británico en Malasia se debió a la construcción de legitimidad política en un Estado multiétnico y a reformas sociales que minaron el apoyo insurgente, mientras que, en Vietnam, Estados Unidos priorizó los recursos materiales sobre la legitimidad del régimen survietnamita, lo que facilitó que el Viet Cong y el Ejército Popular de Vietnam resistieran con una narrativa de liberación nacional.

En Oriente Medio, Israel representa el ejemplo contrario: un Estado pequeño que basó su voluntad de lucha en la cohesión nacional y en narrativas existenciales. Wasserstein (2008) señala que las guerras árabe-israelíes fueron percibidas como luchas de vida o muerte, lo que consolidó un nacionalismo militarizado capaz de sostener repetidas campañas de alta intensidad. Johnson (2011) añade que la resiliencia israelí no se explica solo por la tecnología militar, sino por la integración de identidad, liderazgo y cultura estratégica, que fortalecieron la disposición de sus ciudadanos-soldados a combatir3. En contraste, Irak ofrece un caso de fragilidad. Connable et al. (2022b) muestran que el ejército iraquí resistió en los años ochenta contra Irán gracias al nacionalismo de Saddam Hussein y a una serie de incentivos coercitivos, pero colapsó en 1991 y 2003 por corrupción, pérdida de legitimidad y fragmentación social.

Afganistán ofrece otra perspectiva. Johnson (2012) sostiene que los afganos concibieron la guerra como una extensión de su cultura tribal, donde honor, autonomía y religión eran motivaciones centrales. Los combatientes operaban en redes descentralizadas, con cohesión basada en lazos familiares, tribales y religiosos, lo que muestra que la voluntad de lucha puede sostenerse sin un Estado fuerte ni abundantes recursos. Estos casos confirman patrones identificados en los modelos contemporáneos. Connable et al. (2018) resaltan el papel de la cohesión y el liderazgo inmediato en Malasia e Israel, mientras su ausencia facilitó el colapso iraquí. McNerney et al. (2018) destacan que la legitimidad política y la resiliencia social fueron cruciales en Vietnam y Afganistán. Okonofua et al. (2024) muestran cómo la identidad y las narrativas culturales reforzaron la resiliencia, tanto en los afganos como en los israelíes. Por ende, la Guerra Fría evidencia que la voluntad de lucha emerge de la interacción entre legitimidad, cohesión, identidad cultural y liderazgo, más que del poder material.

Como advierte Byman (2025), las guerras del futuro se decidirán tanto por choques materiales como por un verdadero choque de voluntades, donde la resiliencia societal emerge como un factor tan decisivo como la capacidad militar. La resiliencia, entendida como la combinación de voluntad y capacidad para resistir y recuperarse de la agresión, trasciende la moral (ánimo momentáneo) y la cohesión (unión social y funcional dentro de las unidades), pues integra estas dimensiones en un marco más amplio de supervivencia nacional. Ucrania e Israel, por ejemplo, han mostrado que la resiliencia se expresa no solo en la motivación de los combatientes, sino también en la continuidad de servicios básicos, la movilización popular y la capacidad de absorber choques iniciales sin colapsar. En contraste, adversarios como Rusia, Irán, Hamas o Hezbollah buscan quebrar precisamente esa resiliencia mediante ataques a civiles, campañas de desinformación y violencia psicológica. Así, la resiliencia, al igual que la voluntad de lucha, debe entenderse como un elemento estructural de la seguridad nacional, capaz de sostener la disuasión y prolongar la resistencia incluso frente a enemigos con mayor poder material (Byman, 2025). Esta perspectiva resulta clave para analizar la guerra ruso-ucraniana, donde la resiliencia societal y la voluntad de lucha se han convertido en factores centrales de la confrontación.

Narrativas nacionales, identidad y amenaza existencial

Las raíces de la guerra ruso-ucraniana se encuentran en un choque de narrativas históricas y estratégicas que han configurado la identidad nacional de ambos Estados y la percepción de amenaza existencial que moviliza sus voluntades de lucha. Como señalan Götz y Staun (2022), dos hilos fundamentales atraviesan la cultura estratégica rusa: una profunda sensación de vulnerabilidad ante Occidente y la convicción de que Rusia solo puede existir como gran potencia si controla una esfera de influencia en su vecindario euroasiático. Esta combinación alimentó un discurso que interpretó la deriva occidental de Kiev (tras el Euromaidán de 2014 y la firma del Acuerdo de Asociación con la Unión Europea) como una amenaza directa a la seguridad y a la identidad de Rusia como potencia. Documentos oficiales, como las doctrinas militares de 2014 y 2021, reforzaron esta narrativa, al identificar la expansión de la OTAN como uno de los principales riesgos existenciales (Poulsen & Staun, 2021).

La radicalización de estas narrativas desembocó en una justificación ideológica de la invasión de 2022. Putin (2021) afirmó que rusos y ucranianos son "un solo pueblo", negando la legitimidad del Estado ucraniano. En un discurso el 24 de febrero de 2022, presentó la operación militar como una cuestión de "vida o muerte" para Rusia, comparando la amenaza de la OTAN con la invasión nazi de 1941 (Putin, 2022). Esta visión, como explican Pynnöniemi y Parppei (2024), adquiere dimensiones casi escatológicas, pues la guerra no solo se concibe como defensa territorial, sino como una lucha cataclísmica por la supervivencia histórica de la nación rusa frente a un "Occidente hostil". Desde la perspectiva de los modelos de McNerney et al. (2018), esta narrativa constituye un recurso de legitimación política que fortalece la cohesión social en Rusia, si bien se basa en el miedo y la confrontación externa.

En contraste, Ucrania construyó su narrativa nacional sobre la independencia y la resistencia frente a la dominación imperial rusa. Según Götz y Ekman (2024), la anexión de Crimea y la guerra en el Donbás funcionaron como catalizadores de identidad, reforzando un nacionalismo cívico que trasciende diferencias lingüísticas y regionales. La guerra de 2022 consolidó la percepción de que la supervivencia del Estado y la nación están en juego, lo que explica la alta disposición de la sociedad a movilizarse en defensa de la patria. Aplicado al marco de Connable et al. (2018), ello refleja la capacidad de Ucrania para articular cohesión de unidad, liderazgo político (encarnado en Zelensky) y legitimidad nacional, elementos que sostienen la moral combativa incluso frente a un adversario materialmente superior. Por su parte, Okonofua et al. (2024) permiten interpretar este fenómeno en clave neuropsicológica y cultural: la narrativa de defensa existencial refuerza la resiliencia cognitiva colectiva, transformando el sacrificio en causa nacional.

En suma, la confrontación no puede reducirse a un conflicto geopolítico convencional, sino que constituye un choque de identidades existenciales: una Rusia que se concibe como gran potencia amenazada por Occidente y una Ucrania que afirma su independencia como condición de supervivencia nacional. Este choque de narrativas explica la intensidad de la voluntad de lucha en ambos bandos y muestra cómo las guerras contemporáneas se deciden tanto en el terreno material como en el moral y cultural.

Cultura militar, resiliencia psicológica y movilización societal

En el escenario contemporáneo, la voluntad de lucha se expresa en contextos caracterizados por la hibridación de actores, la centralidad de las identidades colectivas y la participación creciente de fuerzas no estatales y privadas. La invasión rusa de Ucrania en 2022, el empleo de compañías militares privadas y la revitalización de la noción de "voluntad de defender" en Europa del Norte ilustran cómo la resiliencia de sociedades y combatientes sigue siendo decisiva en las guerras del siglo XXI.

La guerra ruso-ucraniana ha puesto en el centro del debate estratégico la importancia de los factores humanos y organizacionales para sostener operaciones prolongadas en contextos de asimetría. Desde clásicos como Marshall (2000) y Grossman (1995) hasta estudios recientes sobre cohesión en combate (King, 2013), la literatura ha mostrado que la resiliencia psicológica de los soldados y la capacidad institucional de un ejército para mantener la moral son tan decisivas como las capacidades materiales. En este sentido, Ucrania y Rusia han desarrollado respuestas distintas, derivadas de sus culturas estratégicas, estructuras de movilización y marcos políticos.

Tras la anexión de Crimea en 2014, Ucrania emprendió un proceso de reforma militar profunda orientado a profesionalizar sus fuerzas y a fortalecer su resiliencia estratégica. Como señala Reznikova et al. (2024), la cultura estratégica ucraniana pasó de un enfoque defensivo pasivo a un paradigma de seguridad preventiva, basado en la cooperación con la OTAN y en la descentralización del mando. Esta transformación permitió construir fuerzas más flexibles, entrenadas para responder a escenarios híbridos y convencionales, y se consolidó con la creación en 2021 de las Fuerzas de Defensa Territorial (FDT), concebidas para integrar a la sociedad civil en la defensa nacional y sostener una resistencia descentralizada en caso de invasión4.

La cohesión organizacional también se reforzó por la narrativa compartida de resistencia; la percepción de estar defendiendo la existencia misma de la nación transformó a las unidades en comunidades de destino, donde la supervivencia individual se concibe como inseparable de la colectiva. Esto coincide con lo que King (2013) denomina "cohesión profesional", que no solo se basa en lazos afectivos entre compañeros, sino en la creencia en la legitimidad de la misión y en la competencia del liderazgo. En Ucrania, esa combinación de cohesión táctica (confianza en el grupo inmediato) y cohesión institucional (confianza en las Fuerzas Militares como institución legítima) ha sido esencial para mantener la resiliencia psicológica y la eficacia operativa frente a un enemigo superior en medios.

En el plano psicológico, Ucrania ha invertido en mecanismos de preparación y cuidado de la tropa. El programa Combat Path institucionalizó protocolos de rotación, debriefing y apoyo psicosocial para mitigar el impacto del combate prolongado sobre la moral de las unidades. Hukovskyy et al. (2024) subrayan que este enfoque busca preservar la disponibilidad cognitiva del combatiente, reduciendo la fatiga y el trauma moral en condiciones de alta intensidad bélica. A ello se suman el liderazgo de proximidad, la cohesión de pequeñas unidades y la resiliencia cultural asociada a la narrativa de resistencia nacional, que convierte el sacrificio en un acto de afirmación identitaria. En el plano societal, Ucrania adoptó un enfoque de "defensa total" que movilizó a las industrias, los gobiernos locales y la sociedad civil en la producción y el apoyo logístico. Dagi (2025) destaca que la participación voluntaria de la ciudadanía, ya sea en batallones de defensa territorial, en redes digitales o en apoyo logístico, creó un ecosistema de resistencia que ha multiplicado las capacidades del Estado. Esta movilización, sumada al apoyo internacional, ha reforzado la percepción de legitimidad del esfuerzo bélico y ha sostenido la disposición colectiva a resistir.

La cultura militar rusa, en contraste con la ucraniana, se inscribe en una tradición estratégica centralizada y vertical heredada de la experiencia soviética. Vershinin y Krivopalov (2024) muestran que, tras una "profundísima transformación" en el siglo XX, varias categorías clave de la cultura estratégica soviética siguen influyendo en las élites actuales; además, el proceso de formulación estratégica se ha concentrado históricamente en cúpulas políticas y ha sido de carácter cerrado (no deliberativo). En este marco, la preferencia por el control jerárquico y la obediencia organizacional prima sobre la iniciativa táctica, lo que favorece la capacidad de sostener costes elevados, pero penaliza la adaptabilidad frente a un adversario par.

Este modelo refuerza la capacidad de absorber pérdidas humanas significativas (un rasgo histórico del Ejército Rojo en la Segunda Guerra Mundial), pero limita la adaptabilidad organizacional y reduce la autonomía del mando intermedio, lo que restringe la innovación en el nivel táctico. Según Jójárt (2024), el pensamiento militar ruso reciente ha revisado sus lecciones sobre "guerra no-contacto", la transparencia del campo de batalla y el retorno a formas posicionales-atricionales; en esa discusión se subraya la necesidad de acortar ciclos de objetivos y reforzar el fuego y la artillería, pero también se evidencian límites para sostener una iniciativa descentralizada en las unidades, coherentes con una cultura de mando vertical. En el plano ideacional, Yurchenko (2024) explica que la identidad nacional rusa combina una autopercepción de gran potencia con la noción de "esferas de influencia" y una vulnerabilidad persistente ante Occidente; de ahí un sesgo a entender la seguridad en términos de suma cero y a normalizar el uso de la fuerza como herramienta de política exterior, rasgos que condicionan la cohesión y la moral en el interior de las fuerzas militares (y del cuerpo social) mediante la movilización narrativa y el control informativo.

Sobre la motivación y la coerción entre reservistas y movilizados rusos, la evidencia muestra un quiebre significativo en la voluntad individual de combate. Según Mediazona (2025), hasta finales de mayo de 2025 se habían documentado 20 538 procesos judiciales contra soldados rusos por negarse a luchar desde la "movilización parcial" de septiembre de 2022, cifra que duplica los 10 025 casos reportados en junio de 2024; de ellos, 18 159 correspondían a ausencias no autorizadas (AWOL), 1369 a incumplimiento de órdenes y 1010 a deserción, con un total de 17 721 condenas. Este patrón de judicialización masiva, sumado a denuncias sobre abusos de tipo "gulag-style" para mantener la disciplina, refleja un sistema en el que la resiliencia se sostiene más en mecanismos coercitivos que en cohesión genuina.

La reticencia del Kremlin a declarar una movilización general también revela la fragilidad de su contrato social con la población. La movilización parcial de 2022 provocó protestas locales, resistencia pasiva y un aumento de la emigración. Para suplir las deficiencias de cohesión y efectividad de las unidades regulares, el Kremlin recurrió a empresas militares privadas, especialmente al Grupo Wagner, que llegó a desplegar hasta 50 000 efectivos, incluidos convictos reclutados en prisiones (Eken et al., 2025). Aunque Wagner otorgó temporalmente capacidad de choque, su rebelión en junio de 2023 ilustró la precariedad de un modelo de movilización basado en la coerción y la externalización del combate, más que en la cohesión voluntaria entre Estado, sociedad y fuerzas militares5.

En el plano psicológico, la introducción de reservistas mal entrenados ("mobiki") y la reaparición de prácticas de coerción interna (como el despliegue de tropas de barrera para evitar deserciones) han deteriorado la moral de las unidades y generado la percepción de ser tratadas como "carne de cañón" (Okonofua et al., 2024). Los informes de desmoralización, deserción y dependencia de incentivos materiales coinciden con lo que Jójárt (2024) describe como un modelo de resiliencia basado en castigos y control informativo, más que en una cohesión genuina. Aunque la narrativa oficial enmarca la guerra como defensa de la "Gran Rusia" frente a un Occidente hostil, sus efectos movilizadores son parciales: moviliza a sectores convencidos, pero no logra generar una moral sostenida en el conjunto de las filas.

Este escenario se produce mientras el Kremlin intenta sostener un esfuerzo de guerra intensificado, reclutando entre 40 000 y 45 000 hombres al mes y ampliando por decreto las Fuerzas Militares a 2,4 millones de efectivos (1,5 millones de personal militar). Como advierten Watling y Reynolds (2024), la Federación de Rusia enfrenta tensiones estructurales de reposición de fuerzas, derivadas tanto de la dificultad para reemplazar pérdidas masivas como de la necesidad de combinar coerción, incentivos y propaganda. Todo ello revela la fragilidad de la voluntad de lucha en una parte significativa de sus reservistas y movilizados, pese a la narrativa oficial y al aparato coercitivo del Estado.

En síntesis, el contraste entre Ucrania y Rusia muestra dos formas de sostener la voluntad de lucha. Ucrania ha construido una resiliencia psicológica y organizacional basada en legitimidad, cohesión y movilización societal, convirtiendo la resistencia en una causa nacional. Rusia, en cambio, depende de un modelo coercitivo y centralizado, en el que la narrativa histórica y la represión sustituyen a la cohesión genuina. Este patrón revela que la resiliencia militar y societal, cuando se fundamenta en participación voluntaria y legitimidad política, se convierte en un multiplicador estratégico de la voluntad de lucha, mientras que los modelos basados en coerción enfrentan límites estructurales a largo plazo.

Tiempo y desgaste

La guerra entre Rusia y Ucrania ha puesto de relieve que la dimensión temporal es decisiva en la configuración de la voluntad de lucha. Como sostienen Gady y Kofman (2023), la estrategia ucraniana puede caracterizarse como una "estrategia de atrición", orientada al desgaste progresivo de las fuerzas rusas más que a buscar una victoria rápida y decisiva. Esta aproximación asume que el conflicto constituye un proceso de resistencia prolongada, en el que la moral colectiva y la resiliencia organizacional resultan tan determinantes como la capacidad de infligir bajas al adversario. Pero la lógica de la atrición como vía hacia la victoria solo es viable si se sostiene en el tiempo, se apoya en la innovación tecnológica y cuenta con un respaldo externo constante, asegurando que el desgaste acumulado del enemigo sea mayor al propio (Gady & Kofman, 2024).

En este contexto, la viabilidad de una estrategia de atrición no depende únicamente de infligir pérdidas al adversario, sino también de la capacidad de resistir y absorber los intentos sistemáticos de desmoralización y desarticulación emprendidos por este. En este orden de ideas, la ofensiva rusa en Ucrania ha combinado instrumentos convencionales e irregulares con el fin explícito de quebrar la voluntad de resistencia de la población; los ciberataques y los bombardeos contra infraestructura energética y hospitales, los intentos de asesinato selectivo, la propaganda y la instauración de gobiernos títere en zonas ocupadas han buscado socavar la legitimidad de Kiev. Paralelamente, Moscú ha intentado debilitar el respaldo europeo a Ucrania mediante sabotajes contra infraestructura crítica (oleoductos, cables de fibra óptica y de energía, líneas férreas e instalaciones aeronáuticas), como lo muestra el aumento acelerado de estos ataques tras la invasión: 3 en 2022, 12 en 2023 y 34 en 2024 (Byman, 2025). Estas operaciones, sumadas a campañas de desinformación e interferencia política, configuran una estrategia de guerra híbrida orientada a minar la resiliencia de sociedades aliadas y erosionar la moral civil ucraniana. Sin embargo, la respuesta de Ucrania demuestra una resiliencia expansiva, pues pasó de un ejército de 196 000 soldados en 2022 a casi 900 000 en 2025, integrando reservistas y voluntarios (Byman, 2025).

La prolongación del conflicto también ha resaltado la centralidad de la logística en el sostenimiento de la voluntad de lucha. Ti y Kinsey (2023) sostienen que la guerra ruso-ucraniana demostró la "primacía de la logística sobre la estrategia", dado que el ritmo operacional y la capacidad de explotar éxitos dependen menos de planes doctrinales que de la resiliencia de las cadenas de suministro. Este hallazgo refuerza la tesis de Erbel y Kinsey (2018) de que la logística debía entenderse como el núcleo mismo de la estrategia, y no como un componente auxiliar. En el caso ruso, las deficiencias logísticas iniciales de 2022 (falta de mantenimiento, escasez de repuestos y corrupción estructural) limitaron la efectividad de las operaciones ofensivas, erosionando la moral de las tropas y su cohesión (Freedman, 2023). Por el contrario, la capacidad ucraniana para integrar ayuda occidental, descentralizar flujos logísticos y movilizar a la sociedad civil en tareas de sostenimiento ha sido clave para prolongar su resistencia. En efecto, su sector civil se convirtió en un motor estratégico al pasar de 7 a 67 modelos de drones entre 2022 y 2024, con cerca de 200 empresas nacionales involucradas y una capacidad proyectada de producir 4 millones de drones anuales (Byman, 2025). Esta movilización masiva de recursos militares y civiles ilustra cómo la resiliencia nacional puede sostener y multiplicar la voluntad de lucha frente a un adversario que combina coerción militar, psicológica y económica.

Desde la perspectiva de la voluntad de lucha, el tiempo funciona como un multiplicador ambivalente. Por un lado, puede generar fatiga moral, pérdidas humanas y fracturas en la cohesión organizacional; por otro, puede reforzar la resiliencia si existen narrativas de resistencia, apoyo internacional y victorias simbólicas que mantengan la convicción de que el sacrificio vale la pena (McNerney et al., 2018; Connable, 2022a). Según Freedman (2023), la durabilidad de la disuasión y de la resistencia ucraniana radica en su capacidad para transformar el desgaste en un recurso político, manteniendo la voluntad nacional en un escenario de incertidumbre prolongada. En contraste, la experiencia rusa muestra cómo una estrategia de desgaste mal gestionada puede derivar en desmoralización, necesidad de coerción interna y dependencia de recursos externos, debilitando la legitimidad del esfuerzo bélico.

Sin embargo, y aunque motivada por una narrativa de resistencia existencial, Ucrania ha experimentado en los últimos meses una crisis de conscripción, marcada por intentos de evasión, problemas en los procesos de exención médica y descontento respecto de la falta de rotaciones y descansos adecuados para las tropas en primera línea (Clavilier & Gjerstad, 2025). Ante esta situación, el Gobierno redujo en 2023 la edad de reclutamiento obligatorio de 27 a 25 años y, aunque el presidente se opuso a una reducción aún mayor, el Ministerio de Defensa lanzó en 2025 un programa dirigido a jóvenes de 18 a 24 años que ofrece un contrato de un año con una prima de aproximadamente USD 27 000, un salario mensual de USD 3240 para funciones especiales, así como beneficios educativos, médicos y sociales (Ministry of Defence of Ukraine, 2025). No obstante, la iniciativa encontró resistencia entre jóvenes voluntarios que ya se habían incorporado al inicio de la guerra, lo que obligó al Gobierno a extender el beneficio también a quienes se alistaron antes de cumplir 25 años, siempre que lo notificaran a sus comandantes directos. Estas tensiones ponen de relieve que, incluso en contextos de alta cohesión nacional y fuerte apoyo internacional, la voluntad de lucha puede verse afectada cuando la población percibe que el sacrificio no se gestiona de manera justa o sostenible.

Del mismo modo, Rusia se ha visto en la obligación de incrementar significativamente los incentivos financieros para atraer nuevos voluntarios, ofreciendo primas de alistamiento y salarios muy por encima de la media nacional. Esta estrategia, aunque permitió mantener un flujo de reclutas en los primeros meses de 2025, generó un aumento sustancial de los costos, que superaron los USD 4000 millones en la primera mitad de 2025 (Tan, 2025). No obstante, el ritmo de reclutamiento comenzó a disminuir en mayo y junio de 2025, evidenciando un agotamiento de la base social dispuesta a alistarse pese a los beneficios económicos. En paralelo, han surgido denuncias sobre métodos coercitivos de reclutamiento, incluidos operativos en estaciones de transporte público y oficinas de empleo, lo que sugiere un déficit de voluntariedad y una erosión de la legitimidad del esfuerzo bélico6.

Desde la perspectiva de los modelos contemporáneos, estas dificultades reflejan los límites de la voluntad de lucha en guerras prolongadas. El marco de Connable et al. (2018) sugiere que la cohesión de unidad y la confianza en el liderazgo son factores esenciales para sostener el reclutamiento; si los nuevos soldados ingresan sin motivación o se perciben como forzados, la cohesión se resquebraja. A nivel nacional, McNerney et al. (2018) subrayan que el apoyo popular y la legitimidad política son determinantes de la voluntad de lucha: las prácticas coercitivas en Rusia o la fatiga social en Ucrania minan estas bases. Del mismo modo, el enfoque cultural y neuropsicológico de Okonofua et al. (2024) permite entender cómo, incluso frente a incentivos económicos o coercitivos, la verdadera resiliencia proviene de narrativas culturales e identitarias; cuando estas se debilitan, la disposición a luchar decae rápidamente.

En suma, el caso ruso-ucraniano confirma que la voluntad de lucha es condición sine qua non de la victoria. Un ejército puede disponer de armamento avanzado y aliados internacionales, pero si carece de ciudadanos dispuestos a alistarse y mantener el combate, la estrategia militar se vuelve insostenible. Por ello, el reclutamiento no es un asunto técnico o administrativo, sino un indicador directo de la moral nacional, la legitimidad política y la resiliencia cultural en tiempos de guerra.

Análisis multinivel de la voluntad de lucha nacional: Rusia y Ucrania

Con el fin de analizar comparativamente la voluntad de lucha en Rusia y Ucrania, se adopta un modelo integrado multinivel que articula los aportes de Connable et al. (2018), McNerney et al. (2018), Okonofua et al. (2024) y VanderSteen (2001). Este modelo distingue cuatro planos interrelacionados: el nivel micro, referido al individuo-soldado y sus factores psicológicos, como la resiliencia cognitiva, la moral personal y la disposición al sacrificio; el nivel meso, centrado en la unidad militar y en variables organizacionales como cohesión, entrenamiento y confianza en el liderazgo; el nivel macro, que evalúa la capacidad del Estado y la nación para sostener la guerra mediante legitimidad política, cohesión social, resiliencia económica y alianzas internacionales; y un metanivel cultural-simbólico, donde se ubican las narrativas históricas, las ideologías y los marcos culturales que legitiman el sacrificio colectivo. A partir de estos cuatro niveles se construyó la Tabla 6, que sintetiza los factores constitutivos de la voluntad de lucha en Rusia y Ucrania, mostrando coincidencias y divergencias entre ambos Estados.

Tabla 6 Modelo multinivel de voluntad de lucha nacional (Ucrania y Rusia) 

Nivel Dimensiones/ Variables Ucrania Rusia Referencias
Micro (individuo/ soldado) Psicológicas: resiliencia cognitiva, moral individual, tole- rancia al riesgo Resiliencia reforzada por programas de salud mental (Combat Path), rotación de tropas y fuerte narrativa de defensa nacional; alta disposición al sacrificio ante la percepción de amenaza existencial. Moral desigual: soldados profesionales con motivación nacionalista, pero reservistas movilizados con baja preparación y percepción de ser “carne de cañón”; disciplina mantenida por coerción y castigos. Hukovskyy et al. (2024)); Okonofua et al. (2024); Nykorak (2024)
Meso (unidad/organización) Organizacionales: cohesión, entrenamiento, confianza en el liderazgo Cohesión táctica fortalecida por entrena- miento OTAN, mando descentralizado y confianza en líderes de proximidad; integración de voluntarios y FDT. Cohesión sostenida por disciplina vertical y control político; dependencia de empresas militares privadas (Wagner) para suplir déficit de unidades regulares; tensiones entre liderazgo militar y político. Connable et al. (2018); King (2013)
Macro (Estado/nación) Políticas y eco- nómicas: legitimidad política, cohesión social, resiliencia material, alianzas internacionales Alta legitimidad del liderazgo de Zelensky, cohesión social basada en la narrativa de independencia, resiliencia material apoyada en ayuda internacional y adaptación industrial. Legitimidad basada en control informativo y coerción; movilización parcial generó tensiones sociales; resiliencia material dependiente de reservas energéticas y apoyo limitado de aliados como China e Irán. McNerney et al. (2018); Freedman (2023); Gady y Kofman (2023; 2024)
Metanivel (cultural/ simbólico) Culturales: identidad nacional, simbolismos, narrativas históricas Narrativa de resistencia y supervivencia estatal; construcción de una identidad cívico-nacional que trasciende divisiones lingüísticas y regionales; Europa como horizonte estratégico. Narrativa de la “Gran Rusia” y continuidad imperial; ideología del “mundo ruso” como marco de legitimación; uso de la memoria de la Gran Guerra Patria y amenazas nucleares como herramienta de cohesión. VanderSteen (2001); Yurchenko (2024); Vershinin y Krivopalov (2024)

Fuente: Elaboración propia.

La elaboración de la Tabla 6 respondió a un proceso sistemático de codificación inspirado en los lineamientos de Connable et al. (2018) y McNerney et al. (2018) para la evaluación de la voluntad de lucha. En primer lugar, se establecieron reglas de codificación que definieron categorías analíticas claras (individual, organizacional y nacional) y subcategorias asociadas a moral, cohesión, disciplina y resiliencia. Cada fuente revisada fue leída de manera independiente y se extrajeron citas o datos empíricos relevantes, que luego se organizaron en fichas de análisis. En segundo lugar, se aplicó un sistema de valoración de evidencias que clasificó cada hallazgo en tres niveles: fuerte (evidencia convergente en múltiples fuentes primarias y secundarias), moderada (sustento en una fuente relevante pero no replicada) o débil (afirmaciones aisladas o especulativas). Esto permitió ponderar el peso de cada evidencia en la tabla y evitar la sobreinterpretación de los datos. Finalmente, en casos de controversia entre fuentes, se adoptó una estrategia de triangulación: cuando los testimonios de combatientes, los informes oficiales y los análisis académicos ofrecieron lecturas divergentes, se priorizó la evidencia empírica más cercana al terreno y, de persistir la discrepancia, se consignó explícitamente en notas al pie o comentarios de la tabla. Este procedimiento buscó mantener la trazabilidad del dato y reflejar la complejidad inherente al estudio de la voluntad de lucha, un fenómeno atravesado por sesgos políticos, ideológicos o experienciales (Connable et al., 2018; McNerney et al., 2018; Okonofua et al., 2024).

El análisis multinivel revela que la voluntad de lucha en ambos Estados se configura a partir de trayectorias históricas y culturales opuestas. En Ucrania, los cuatro niveles se encuentran alineados bajo una narrativa cohesionadora de defensa existencial, lo que ha permitido sostener un esfuerzo bélico prolongado pese a la asimetría material. La resiliencia psicológica de los soldados, la cohesión organizacional fomentada por reformas militares y la legitimidad política del gobierno democrático refuerzan la capacidad de resistencia nacional.

En Rusia, en cambio, la fortaleza se concentra en los niveles macro y el metanivel: el control político, la narrativa de gran potencia y el recurso a símbolos históricos sostienen la voluntad de lucha. Sin embargo, los niveles micro y meso muestran fragilidades notorias, con problemas de moral en tropas movilizadas, deserciones y tensiones entre fuerzas regulares y mercenarios. De este modo, mientras Ucrania proyecta una resiliencia estratégica basada en cohesión voluntaria y legitimidad, Rusia depende de mecanismos coercitivos y de narrativas imperiales que, aunque poderosas, enfrentan limitaciones estructurales en un conflicto prolongado.

Lecciones del caso ruso-ucraniano para Colombia

El examen de la voluntad de lucha ha mostrado que este factor constituye un multiplicador estratégico decisivo, capaz de sostener ejércitos en guerras prolongadas o precipitar su colapso incluso en presencia de suficientes recursos materiales. A partir de un breve análisis de la actual guerra ruso-ucraniana, puede concluirse que la resiliencia militar no depende exclusivamente de las capacidades tecnológicas o doctrinales, sino de elementos menos tangibles como la cohesión social, la legitimidad política, la identidad nacional y la narrativa cultural.

En las últimas dos décadas, las Fuerzas Militares de Colombia han avanzado en un proceso sostenido de modernización doctrinal y material, reflejado en la actualización de manuales operacionales, la incorporación de nuevas tecnologías y la creciente interoperabilidad con socios internacionales como la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). Estos avances ubican a Colombia en la tendencia global hacia la profesionalización militar y la preparación frente a amenazas híbridas y transnacionales. Sin embargo, la experiencia ucraniana demuestra que la modernización técnica, aunque necesaria, resulta insuficiente si no se acompaña de una narrativa cohesionadora que movilice tanto a la sociedad como a la institución castrense en torno a un proyecto común de defensa nacional.

En el plano político y social, Colombia enfrenta retos de cohesión que limitan su resiliencia colectiva. Como advierten Álvarez-Calderón y Cañón (2019), el país consolidó un aparato estatal pero no una nación cohesionada, lo que se traduce en regionalismos, fragmentación social y desconfianza hacia las élites. En los términos de McNerney et al. (2018), esta falta de cohesión social e identidad nacional restringe la voluntad de lucha nacional, incluso si los recursos militares son suficientes. Esta situación contrasta con la narrativa existencial que unifica a Ucrania frente a la amenaza rusa.

En el ámbito organizacional, las Fuerzas Militares colombianas evidencian desafíos en materia de cohesión interna. Dufort (2017) documenta la existencia de facciones y divisiones doctrinales en el cuerpo de oficiales, a lo que se suman tensiones interservicios (Ejército, Armada y Fuerza Aeroespacial) e intraservicios, entre oficiales de línea y administrativos o entre oficiales de planta y de reserva. Estas brechas, aunque no comprometen la disciplina ni la profesionalización alcanzada, limitan la interoperabilidad y la cohesión organizacional, factores que Connable et al. (2018) consideran esenciales para sostener la voluntad de lucha en el nivel táctico-operacional. En efecto, el caso ucraniano muestra cómo la cohesión militar, reforzada por reformas posteriores a 2014, constituye un recurso estratégico decisivo.

A este panorama se añade el impacto del lawfare7 y la judicialización. Según Ríos (2024), parte del oficialato percibió el proceso de paz con las FARC como una imposición que debilitaba la legitimidad de la institución militar, en un contexto en que sectores políticos recurren a la judicialización como instrumento de control. Este fenómeno ha generado lo que Richani (2018) describe como "trauma moral", al erosionar la confianza interna y la disposición al sacrificio. Desde la óptica de Linstead (2017), se trata de una estrategia indirecta orientada a debilitar la voluntad de lucha más que la capacidad material del Estado.

En el plano operativo, hechos recientes como el secuestro de soldados por comunidades locales en regiones como Cauca y Putumayo, sin un respaldo firme y visible del Gobierno central, han transmitido señales de abandono. Ello afecta la moral individual y la resiliencia psicológica de los combatientes, debilitando lo que Okonofua et al. (2024) denominan "resiliencia cognitiva". A diferencia de Ucrania, donde las FDT integraron a la sociedad en la resistencia, en Colombia el vínculo entre Fuerzas Militares, Estado y ciudadanía sigue siendo frágil.

Finalmente, en el plano cultural-simbólico, la identidad nacional no ha cristalizado en una narrativa cohesionadora de defensa. Álvarez-Calderón et al. (2018) y Álvarez-Calderón y Alarcón (2020) señalan que la historia colombiana se ha articulado más en torno a la pluralidad regional y la religión que a un proyecto nacional de defensa compartido. Brown (2006) añade que los "héroes militares" no lograron convertirse en símbolos cohesionadores, a diferencia de Venezuela, donde el culto a Bolívar funciona como metanarrativa legitimadora. En términos del modelo de McNerney et al. (2018), esta ausencia de relato estratégico afecta la legitimidad política y la cohesión social, reduciendo la voluntad nacional de lucha en escenarios de alta intensidad y guerra prolongada.

En efecto, en conflictos de larga duración, la voluntad de lucha se enfrenta a un fenómeno de erosión progresiva conocido como "fatiga moral", que describe el desgaste psicológico y ético de combatientes y sociedades sometidas a esfuerzos bélicos sostenidos8. En Ucrania, el desafío no ha consistido solo en mantener la cohesión militar, sino en preservar la convicción moral de que el sacrificio vale la pena frente a la prolongación del sufrimiento. Este riesgo, observable en toda guerra prolongada, convierte la gestión de la resiliencia en una tarea de Estado más que exclusivamente militar, ya que la fatiga moral no solo reduce la eficacia táctica, sino que también afecta directamente la capacidad estratégica de sostener la voluntad nacional de lucha al debilitar los vínculos de confianza, legitimidad y sentido de propósito entre combatientes y sociedad (Connable et al., 2018). En contextos como el colombiano, donde el conflicto interno ha impuesto una carga prolongada sobre las instituciones y la sociedad, comprender la dinámica de la fatiga moral resulta esencial para fortalecer la cohesión civil-militar y la resiliencia nacional.

En este contexto, la reciente evolución en torno a la legislación sobre el servicio militar obligatorio (SMO) refleja los desafíos de Colombia para mantener y renovar la voluntad nacional de lucha. Las reformas introducidas por la Ley 1861 de 2017, la Ley 2272 de 2022, la Ley 2341 de 2023 y la Ley 2348 de 2024 -las cuales actualizan el régimen de reclutamiento y complementan el Servicio Social para la Paz- buscan modernizar el vínculo entre ciudadanía y defensa, ampliando las formas de servicio al Estado. Sin embargo, estas transformaciones plantean interrogantes sobre su impacto en la cohesión social y en la legitimidad de la función militar. Cabe señalar que el SMO ha sido históricamente uno de los principales mecanismos de socialización cívico-militar, y su debilitamiento podría reducir espacios simbólicos que fortalecen la identificación entre sociedad y Fuerzas Militares. En consecuencia, toda reforma en esta materia debería concebirse no solo como un ajuste administrativo, sino como una política estratégica de cohesión nacional, orientada a preservar el sentido de pertenencia, la confianza institucional y la disposición colectiva a la defensa del Estado.

La legislación colombiana sobre el SMO también revela tensiones estructurales entre el Estado, la sociedad y las Fuerzas Militares, es decir, el mismo triángulo moral-político que sustenta la voluntad nacional de lucha9. Cada modificación normativa refleja la disputa simbólica por el papel del ciudadano frente a la defensa: mientras algunos sectores promueven una concepción de la seguridad como responsabilidad compartida, otros la conciben como una función exclusiva de la institución castrense. Estas tensiones evidencian que la voluntad de lucha no se limita a la moral del combatiente, sino que depende del equilibrio de legitimidad entre el poder político, la cohesión social y la confianza institucional. En este sentido, el debate legislativo sobre el servicio militar se convierte en un termómetro de la relación civil-militar y en un indicador del grado de cohesión moral y política de la nación.

En suma, Colombia exhibe una paradoja: si bien cuenta con Fuerzas Militares modernas y profesionales, carece todavía de sólidos fundamentos psicológicos, organizacionales, políticos y culturales necesarios para sostener una guerra prolongada. El reto no radica en la derrota militar inmediata, sino en el riesgo de que la voluntad de lucha se vea erosionada por la combinación de trauma moral, fragmentación institucional, polarización política y ausencia de una narrativa nacional cohesionadora. Superar esta vulnerabilidad exige avanzar hacia una defensa integral que no solo fortalezca las capacidades materiales, sino que también consolide la cohesión social, la legitimidad política y la resiliencia cultural que sostienen la voluntad de lucha en el largo plazo.

Como se ha visto, la voluntad de lucha no constituye un residuo emocional ni una consecuencia secundaria de la moral, sino un factor estratégico que articula simultáneamente dimensiones psicológicas, organizacionales, políticas y culturales (Connable et al., 2018; McNerney et al., 2018; Okonofua et al., 2024). En este sentido, las recomendaciones para Colombia deben asumirse como parte de una estrategia multinivel orientada a fortalecer la resiliencia integral de la defensa nacional.

En el plano militar, resulta necesario que las Fuerzas Militares colombianas fortalezcan una identidad institucional cohesionada, cimentada en el orgullo profesional, la confianza en el liderazgo y una narrativa de misión clara y compartida. La investigación de Jenkins (2024) demuestra que el grit (combinación de pasión y perseverancia sostenida) potencia el rendimiento en combate y protege la salud mental de los militares frente a la fatiga, el miedo y la incertidumbre. De igual forma, Wetterhall (2024) subraya que el hardiness (entereza psicológica) y la resiliencia organizacional deben cultivarse como competencias de liderazgo, de modo que las unidades estén preparadas para absorber el estrés, mantener la moral y adaptarse a condiciones extremas. En la práctica, esto exige consolidar el entrenamiento en resiliencia psicosocial como eje doctrinal, complementado con la construcción de cohesión moral y de una narrativa de misión coherente.

En el plano estatal, la prioridad es elaborar una narrativa estratégica integradora que conciba la defensa nacional como proyecto colectivo y no como tarea exclusiva de las Fuerzas Militares. Esto supone blindarlas frente a su instrumentalización política (en particular, frente al lawfare), así como proteger su legitimidad en escenarios de alta polarización. Además, como advierten Helmus y Glenn (2005), los Estados deben preparar a su población para los dilemas morales de la guerra, pues la resiliencia nacional no depende únicamente de recursos materiales, sino también de la capacidad de aceptar el sacrificio colectivo cuando está en juego la supervivencia del Estado.

En el plano de la sociedad civil, se requiere reconstruir el vínculo simbólico entre ciudadanía y Fuerza Pública. La educación en defensa, patriotismo y soberanía debería ocupar un lugar central en el currículo escolar y en la cultura cívica, de manera que el sacrificio militar sea entendido como parte del contrato social de la nación. La voluntad de lucha no es un atributo exclusivo de los ejércitos, sino que se arraiga en la sociedad que los respalda (Rosen, 1995). Como destaca Parkes (2025), las movilizaciones masivas más efectivas ocurren cuando las fuerzas armadas logran absorber los cambios sociales y capitalizar las motivaciones, redes y habilidades de la población, en lugar de intentar imponerles una lógica exclusivamente militar. Ello implica reconocer que la cohesión, la resiliencia e incluso la creatividad social -desde la energía de los jóvenes hasta las capacidades de comunidades periféricas- pueden convertirse en ventajas estratégicas decisivas para la defensa nacional.

Conclusiones

Uno de los indicadores más claros de la voluntad de lucha de un Estado en guerra es su capacidad para reclutar y mantener efectivos militares, pues sin una base social dispuesta a asumir los sacrificios del combate, los recursos materiales pierden eficacia; el armamento y la logística carecen de valor sin soldados motivados para emplearlos. La guerra ruso-ucraniana confirma esta premisa al mostrar cómo Rusia y Ucrania enfrentan crecientes tensiones para sostener el esfuerzo militar prolongado. Reznik (2023) observa que, en vísperas de la invasión, la disposición de los ucranianos a defender su país se articulaba más en torno a la identidad cívico-nacional y la orientación prooccidental que a las divisiones lingüísticas o regionales. Tras el inicio de la guerra, Bukkvoll y Steder (2024) destacan que esa voluntad de lucha se reforzó mediante un nacionalismo cívico compartido, la confianza en instituciones legítimas y la percepción de un sólido respaldo internacional. Desde la perspectiva de Okonofua et al. (2024), estos factores operan en un plano neuropsicológico y cultural, donde la identidad nacional, la narrativa de resistencia y la experiencia compartida del combate funcionaron como fuentes de resiliencia cognitiva que transformaron a la sociedad ucraniana en un "sistema humano" cohesionado frente a la agresión.

El modelo multinivel de voluntad de lucha propuesto permite comprender esta dinámica en cuatro planos interrelacionados: el nivel micro (resiliencia psicológica del combatiente), el nivel meso (cohesión y liderazgo de las unidades), el nivel macro (legitimidad estatal, cohesión social y resiliencia material) y el metanivel cultural-simbólico (narrativas históricas, ideologías y marcos culturales). El caso ucraniano evidencia que la fortaleza de la voluntad de lucha no radica en un solo plano, sino en su interacción. La reforma militar, la profesionalización y la descentralización del mando (meso) se articularon con la cohesión social y el respaldo internacional (macro), mientras que la narrativa de defensa existencial reforzó la resiliencia cultural y cognitiva (metanivel). Rusia, en contraste, muestra mayor fortaleza en el plano material y macroestatal, pero enfrenta debilidades en la cohesión organizacional y en la resiliencia cultural, donde la narrativa de la "Gran Rusia" no ha generado el mismo grado de movilización social sostenida.

Para Colombia, este análisis ofrece lecciones críticas. La experiencia ucraniana demuestra que la voluntad de lucha no puede darse por supuesta ni reducirse a un derivado de la moral individual, ya que constituye un recurso estratégico que debe cultivarse en los niveles psicológico, organizacional, político y cultural de manera integrada. Como advierte Hall (2018), ignorar este factor condena a los Estados a la derrota moral antes que a la derrota militar. En consecuencia, el reto para Colombia consiste en transformar la modernización material de sus Fuerzas Militares en una defensa integral, en la que soldados con grit, líderes con hardiness, instituciones con cohesión moral y un Estado capaz de articular una narrativa estratégica inclusiva sostengan un mismo propósito nacional.

Más allá de la moral de combate o de la cohesión organizacional, la "voluntad nacional de lucha" constituye el marco moral y político que sostiene el esfuerzo bélico de un Estado. Según McNerney et al. (2018), esta voluntad nacional funciona como un sistema de legitimidad y propósito que vincula a ciudadanos, instituciones y liderazgo político en torno a una narrativa de defensa colectiva. En Ucrania, la unidad entre la población y sus fuerzas militares ha sido el factor decisivo para sostener la resistencia, demostrando que la guerra no se gana únicamente con medios, sino con significado. En el caso colombiano, la erosión de la confianza política y la desafección social hacia los asuntos de defensa amenazan la base misma de esa voluntad nacional, lo que plantea la necesidad de reconstruir un proyecto moral compartido que legitime la defensa del Estado.

En este proceso, la confianza mutua entre líderes y ciudadanos es esencial. Como recuerda Parkes (2025), la desconfianza de las élites hacia la capacidad de su sociedad no solo distorsiona la lectura de la voluntad de lucha, sino que también la debilita, generando profecías autocumplidas de fragilidad. Por ello, más que medir pasivamente la disposición social, los Estados deben invertir en imaginar, comunicar y construir un futuro compartido por el que valga la pena luchar. Solo de esta manera, la voluntad de lucha puede convertirse en un recurso estratégico capaz de sostener la resiliencia nacional en escenarios de crisis prolongada.

De este análisis se derivan también implicaciones prácticas para Colombia que deben aterrizarse en tres capas interrelacionadas:

  1. En el plano político, se requiere avanzar hacia una educación cívico-defensiva y en la construcción de arreglos interagenciales Estado-sociedad que fortalezcan la resiliencia institucional y social frente a las amenazas a la seguridad nacional.

  2. En el plano organizacional, es necesario consolidar prácticas de mando y control que refuercen la cohesión de las Fuerzas Militares, promuevan el liderazgo de cuadros medios y fortalezcan la resiliencia psicológica y organizacional en campañas prolongadas.

  3. Finalmente, en el plano narrativo, Colombia debe articular un relato nacional inclusivo que conecte la defensa con el desarrollo, la protección de las comunidades y la sostenibilidad del territorio, de modo que la voluntad de lucha se convierta en un recurso cultural compartido y no en un discurso exclusivo del sector militar.

La evolución jurídica del SMO en Colombia no solo refleja el desarrollo institucional del Estado, sino también las transformaciones en su voluntad nacional de lucha. Desde el deber patriótico inscrito en la Constitución de 1886 hasta el enfoque garantista y voluntario de las reformas hechas entre 2017 y 2024, Colombia ha pasado de un modelo basado en la obligación cívica a uno sustentado en el consentimiento individual. Sin embargo, el artículo 216 de la Constitución Política de 1991 mantiene explícitamente la obligación de todos los colombianos de "tomar las armas cuando las necesidades públicas lo exijan" para defender la independencia nacional y las instituciones públicas. Este contraste entre el mandato constitucional y la práctica legislativa reciente plantea interrogantes sobre la legitimidad simbólica de la defensa nacional. A medida que la obligación se diluye, la cohesión entre Estado, sociedad y Fuerzas Militares (el triángulo moral-político que sustenta la voluntad de lucha) se debilita, desplazando el deber colectivo por una lógica de prestación de servicios o beneficios. Mantener la resiliencia institucional requerirá reconstruir un sentido de corresponsabilidad cívica en torno a la defensa, que articule el respeto por los derechos con la preservación de la cohesión moral y nacional.

En suma, la voluntad de lucha constituye un capital estratégico del Estado y de la nación. Su fortalecimiento exige políticas, prácticas de mando y narrativas inclusivas que alineen al Estado, a la sociedad y a las Fuerzas Militares en un mismo horizonte. Solo así Colombia podrá transformar la modernización material en una defensa integral, capaz de responder con cohesión, resiliencia y legitimidad a los desafíos del siglo XXI.

Al mismo tiempo, este estudio busca abrir una línea de investigación en América Latina sobre la voluntad de lucha, un campo aún incipiente en la región. Incorporar esta dimensión al debate académico y estratégico permitirá enriquecer la reflexión global y ofrecer insumos prácticos para repensar la seguridad y la defensa desde una perspectiva regional.

Agradecimientos

El autor desea agradecer a la Escuela Superior de Guerra "General Rafael Reyes Prieto" por su apoyo en la realización de este artículo.

Referencias

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1 La concepción de la moral en la teoría y la práctica militar ha evolucionado desde interpretaciones reduccionistas —centradas en la disciplina o en el entusiasmo momentáneo de las tropas— a una visión más amplia que la entiende como un fenómeno complejo que integra percepciones, creencias y emociones colectivas. Como señala Fennell (2014), la moral no es simplemente el ánimo pasajero de los soldados, sino una construcción social e histórica que vincula la percepción de la justicia de la causa, la confianza en los líderes y la cohesión organizacional con el rendimiento en combate. Así, la moral se ubica en la intersección entre factores psicológicos individuales, estructuras institucionales y narrativas estratégicas, lo que explica por qué ha sido considerada por estrategas clásicos y contemporáneos como un auténtico "multiplicador de fuerza" en la guerra.

2Según Fisher (2018), la moralidad es crucial en el ámbito militar por al menos tres razones fundamentales: 1) el uso legítimo de la fuerza debe responder no solo al mandato del gobierno, sino también a estándares morales e internacionales aceptados, especialmente en contextos democráticos donde la legitimidad pública es esencial para el sostenimiento de las operaciones armadas; 2) el modo en que se conduce la guerra influye decisivamente en el éxito o fracaso de las campañas, lo que convierte a la moral en un factor estratégico, no solo ético; y 3) los militares ejecutan funciones (como la privación de vida) que serían inaceptables en la vida civil y, por lo tanto, requieren un marco normativo sólido que distinga su accionar del asesinato común, para proteger su integridad psicológica, profesional y simbólica como representantes de la nación.

3El reciente caso israelí ilustra cómo la resiliencia y la voluntad de lucha se articulan frente a amenazas existenciales. Como señala Byman (2025), los adversarios de Israel (Irán, Hamas, Hezbollah y los hutíes) han buscado quebrar la cohesión y la resiliencia societal israelí mediante ataques masivos y campañas psicológicas, esperando que un conflicto prolongado erosionara la capacidad del Estado y de la sociedad para sostener la guerra. Sin embargo, el sistema israelí de seguridad nacional, basado en el servicio militar obligatorio y en una reserva activa hasta los 40 años, generó una respuesta masiva tras los ataques del 7 de octubre de 2023: se produjo la mayor movilización desde la guerra de Yom Kippur, con 360 000 reservistas llamados de inmediato, muchos de los cuales se presentaron incluso antes de ser oficialmente convocados. A comienzos de 2024, entre 200 000 y 250 000 reservistas seguían en servicio y, hacia noviembre de ese mismo año, el 54 % había servido más de 100 días y el 34 % más de 150. Esto refleja un compromiso social y militar sostenido, que trasciende el momento inicial de crisis y muestra cómo la resiliencia nacional puede traducirse en una voluntad de lucha prolongada, incluso frente a campañas diseñadas explícitamente para quebrarla.

4Las FDT, creadas en 2021 como parte de la reforma militar, funcionan como una reserva organizada de voluntarios y civiles entrenados, desplegados en sus propias comunidades para apoyar a las fuerzas militares ucranianas en tareas de defensa local, seguridad territorial, logística y resistencia irregular. Durante la invasión rusa, las FDT se convirtieron en un multiplicador de fuerza al permitir: 1) incorporar civiles motivados a la defensa de sus ciudades; 2) descentralizar la resistencia en diferentes regiones; 3) generar cohesión social al integrar población civil y estructuras militares; y 4) liberar unidades regulares para operaciones ofensivas, mientras las FDT mantenían una defensa en profundidad. En términos de voluntad de lucha, las FDT representan un ejemplo concreto de movilización societal y resiliencia nacional, pues trasladan la narrativa de defensa existencial a la práctica militar cotidiana.

5 Dunigan y Atler (2023) señalan que la voluntad de lucha de las compañías militares privadas no depende de la legitimidad nacional ni de la cohesión social, sino de factores como los incentivos económicos, la identidad organizacional y el control jerárquico. Aunque estas fuerzas han mostrado eficacia táctica en escenarios como Siria y Ucrania, su resiliencia resulta más frágil que la de los ejércitos regulares, dado que carecen de una narrativa nacional que legitime el sacrificio. En términos de Connable et al. (2018), su cohesión de la unidad se sostiene más en la coerción y en los pagos que en el liderazgo legítimo o en una moral compartida.

6El International Institute for Strategic Studies estima que al menos 172 000 soldados rusos han muerto y 611 000 han resultado heridos, de los cuales unos 376 000 presentan heridas graves (incapacitantes), mientras que hasta 235 000 corresponden a heridos recuperables. El reclutamiento ruso (incluida la movilización forzada en el Donbás ocupado, la movilización de 2022 y el reclutamiento en el sistema penitenciario) ha generado aproximadamente 976 000 efectivos para el esfuerzo bélico (Clavilier & Gjerstad, 2025). En este marco, se calcula que entre 140 000 y 180 000 prisioneros han sido reclutados para luchar en la guerra a gran escala contra Ucrania hasta noviembre de 2024. Moscú inició la incorporación de convictos en el verano de 2022, primero bajo los auspicios de la compañía mercenaria Wagner y, posteriormente, de forma directa por el Ministerio de Defensa ruso. Cabe destacar que en 2024 había entre 300 000 y 350 000 prisioneros en cárceles rusas, aproximadamente la mitad de los que había en 2014.

7El término lawfare alude al uso instrumental del derecho y de los procesos judiciales como herramienta de confrontación política o estratégica. Dunlap (2001), quien popularizó el concepto en el ámbito militar, lo define como el empleo de la ley como medio de guerra. En contextos democráticos, implica recurrir a mecanismos legales (demandas, investigaciones, procesos judiciales) no para garantizar justicia, sino para erosionar la legitimidad, limitar la acción militar o neutralizar adversarios políticos, constituyendo una forma de guerra asimétrica que busca quebrar la voluntad nacional más que destruir capacidades materiales.

8El concepto de "fatiga moral" surge en la psicología militar para describir el desgaste emocional, ético y cognitivo que experimentan los combatientes ante dilemas morales repetidos, violencia prolongada o una desconexión entre el deber militar y los valores personales o colectivos (Shay, 1995). A diferencia del estrés postraumático, la fatiga moral se origina no solo en el trauma físico o psicológico, sino en la erosión del sentido moral y de la legitimidad del sacrificio (Litz et al., 2009). En contextos de guerra prolongada, puede extenderse a la sociedad civil, generando desafección, cinismo y pérdida de compromiso con la causa nacional (Griffin et al., 2019).

9Esta estructura remite a la "trinidad paradójica" de Clausewitz (1976), en la que la guerra surge de la interacción entre el pueblo, el ejército y el gobierno (pasión, azar y razón). En el contexto contemporáneo, esta trinidad se traduce en el equilibrio moral y político entre sociedad, Fuerzas Militares y Estado, cuyo desajuste puede erosionar la cohesión y, con ello, la voluntad de lucha nacional.

Citación APA: Álvarez-Calderón, C. E. (2025). Voluntad de lucha en la guerra ruso-ucraniana: análisis multinivel y lecciones para Colombia.. Revista Científica General José María Córdova, 23(52), 883-921. https://doi.org/10.21830/19006586.1562

Responsabilidad de contenidos: La responsabilidad por el contenido de los artículos publicados por la Revista Científica General José María Córdova (Revista Colombiana de Estudios Militares y Estratégicos) corresponde exclusivamente a los autores. Las posturas y aseveraciones presentadas son resultado de un ejercicio académico e investigativo que no representa la posición oficial ni institucional de la Escuela Militar de Cadetes "General José María Córdova", el Ejército Nacional, las Fuerzas Militares de Colombia o el Ministerio de Defensa Nacional.

Declaración de divulgación El autor declara que no existe ningún potencial conflicto de interés relacionado con el artículo. Este ha sido producto del proyecto de investigación titulado "Desafíos y nuevos escenarios de la seguridad multidimensional en el contexto nacional, regional y hemisférico en el decenio 2015-2025", de la Maestría en Seguridad y Defensa Nacionales, proyecto que hace parte del grupo de investigación Centro de Gravedad de la Escuela Superior de Guerra "General Rafael Reyes Prieto", reconocido y categorizado en A por MinCiencias (código COL0104976). No se emplearon herramientas de generación de contenido por inteligencia artificial para su elaboración.

Financiamiento

El autor no declara fuente de financiamiento para la realización de este artículo.

Recibido: 13 de Septiembre de 2025; Aprobado: 30 de Noviembre de 2025; Publicado: 03 de Diciembre de 2025

*Contacto: Carlos Enrique Álvarez-Calderón carlos.alvarez@esdeg.edu.co

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