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Luna Azul

Print version ISSN 1909-2474

Luna Azul  no.32 Manizales Jan./June 2011

 

EDITORIAL

Manizales, 2011-06-01 (Rev. 2011-06-08)

HAMBRE DE GLOBALIZACIÓN

La globalización es un proceso económico, tecnológico, social y cultural a gran escala, que consiste en la creciente comunicación e interdependencia entre los distintos países del mundo unificando sus mercados, sociedades y culturas, a través de una serie de transformaciones sociales, económicas y políticas que les dan un carácter global. La globalización es a menudo identificada como un proceso dinámico producido principalmente por las sociedades que viven bajo el capitalismo democrático o la democracia liberal y que han abierto sus puertas a la revolución informática, plegando a un nivel considerable de liberalización y democratización en su cultura política, en su ordenamiento jurídico y económico nacional, y en sus relaciones internacionales.1

La tendencia de las grandes empresas a extender el alcance de sus actividades, tomando una dimensión mundial que sobrepasa las fronteras del país en el que se constituyeron originariamente, es una de las características más sobresalientes del proceso de globalización que estamos viviendo.

Este proceso de se ha desarrollado ya tanto, que prácticamente cada habitante de la Tierra se encuentra afectado directa o indirectamente, en casi todos los órdenes de su vida.

El precio de los alimentos, del agua, del combustible, en el más pequeño y recóndito pueblo de Latinoamérica o en el centro de la mayor urbe, depende de infinidad de factores, algunos locales, pero muchos otros de cualquier región del mundo, o simplemente del "mercado".

El uso de la tierra es, quizás, uno de los mejores ejemplos sobre cómo el sistema está armado solo para que un reducido porcentaje de la población mundial pueda vivir disfrutando de todos los "adelantos" de la vida moderna, aunque eso implique para otros muchos: hambre, pobreza, enfermedades, contaminación de sus recursos naturales, destrucción de sus ecosistemas, e incluso la degradación del ambiente a nivel global.

Resulta que es cada vez menos la cantidad de tierra que pertenece a quien la trabaja, ya que está pasando rápidamente a manos de las transnacionales del agronegocio, y ahora las decisiones sobre qué sembrar en decenas de millones de hectáreas de campos latinoamericanos, o africanos, o de donde sea, suelen tomarse en suntuosas oficinas ubicadas en las grandes ciudades del Primer Mundo, por personas que nunca han puesto una semilla en la tierra y que posiblemente nunca hayan pisado esa parte del planeta, ni nunca lo harán.

No se decide qué sembrar teniendo en cuenta las necesidades nutricionales de la población, ni el desgaste de los suelos, la preservación de los recursos hídricos, la fragilidad del ecosistema, sino en solo la rentabilidad económica que se obtendrá.

Así la tierra, que durante miles de años fuera destinada a producir una gran diversidad de alimentos para consumo local, es utilizada para plantar oleaginosas en gran escala, que se convierten en alimento para el ganado o para los motores que mantienen en movimiento al Primer Mundo.

La propia ONU, recientemente, reconoció que la agricultura sustentable mejora el suministro de alimentos, la nutrición y los medios de vida en los países menos desarrollados.

Los bosques que dan alimento, abrigo, refugio y vida a las poblaciones locales, que regulan el clima, que fabrican agua potable, se convierten rápidamente en monocultivos de plantas o de árboles transgénicos, que desertifican y contaminan la tierra, para producir pasta de celulosa y otros insumos, que se utilizarán en el otro Hemisferio.

Es inconcebible la trama armada entre las multinacionales, los gobiernos y los grandes medios de comunicación, para que la gente común no se entere de lo que está sucediendo, ni de los impactos que provocan sus actividades, ni de nada de nada, y simplemente mantenerla enfocada en su tarea signada en la sociedad, consumir y consumir todo lo posible.

Gracias a que el mundo está globalizado, todos los seres humanos tenemos acceso a los beneficios de la globalización, salvo… los pobres. Pero solo son pobres 3 o 4 mil millones de personas, así que no es para preocuparse. Una cifra que, por supuesto, ha aumentado notoriamente desde el inicio del proceso de globalización. Y eso indigna, claro que indigna.

¿Qué podemos hacer entonces?

Dar marcha atrás no es pecado. Si equivocamos el camino, lo más saludable sería volver sobre nuestros pasos y elegir el camino correcto. Volver al desarrollo local, retomar la agricultura con agricultores. Volver a tomar las decisiones sobre el uso de la tierra, del agua, de los bosques, de las montañas, en forma regional, pero esta vez planificándolo para que sea sustentable. Restar atención a los caprichos de los mercados internacionales y concentrarnos en las necesidades locales.

Nos preguntamos: ¿Qué pasaría si, por ejemplo, los 18 o 20 millones de hectáreas que Argentina destinó a la soja transgénica en 2010, para alimentar el ganado y los motores del Primer Mundo, se utilizaran para producir solo alimentos para el consumo local? Seguramente alcanzarían para que ni una sola persona padeciera hambre en todo el Continente. Pero al mercado los pobres no le interesan, preservar el medio ambiente no le interesa. En resumen, nada que no sirva para aumentar sus réditos económicos le interesa.

El mercado no es un buen padre, solo se ocupa de sus propios beneficios y de los de algunos pocos de sus hijos. Por eso, debemos acercarnos más a nuestra madre, a la Pachamama. A la que desde que el Hombre es Hombre, cuidó de que nada nos faltara.

El Hombre debe volver a comulgar con la naturaleza, reconstruir una relación que el Ser Humano parece haber abandonado u olvidado.

Ricardo Natalichio
Director
http://www.ecoportal.net/
www.facebook.com/ecoportal.net


1 "Globalización", obtenido desde http://es.wikipedia.org/wiki/Globalizaci%C3%B3n

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