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Luna Azul

Print version ISSN 1909-2474

Luna Azul  no.34 Manizales Jan./June 2012

 

EDITORIAL

EL OIKOS DE LA ECOLOGÍA (II)

Manizales, 2012-03-06 (Rev. 2011-05-12)

¿Cómo sentirse en casa?, ¿cómo sentirse en la propia casa?

¿Acaso 'casa' es mi casa solo porque en ella nací?

De entrada, es poco probable e impreciso. Poco probable puesto que al nacer no se posee nada, ni siquiera un nombre. Ese neonato tendrá un 'nombre propio' en el momento en que sea legal en un documento público avalado por la ley. Es frecuente que en la adolescencia no le guste ese nombre impuesto e incluso lo rechace o lo cambie, también en un documento legal.

¿Se puede cambiar o modificar el lugar de nacimiento? La respuesta no es un contundente sí o un contundente no. Veamos esto: si se cambia el lugar de nacimiento, puede tildarse a quien lo haga como mentiroso, engreído, que "no acepta su condición". Obvio que se requieren testigos, quienes se pueden ofender por este hecho ya que cambiar el sitio de nacimiento puede ser tomado como una "negación del origen" que, para el caso, es sitio de nacimiento, coordenadas espacio temporales no siempre escogidas, queridas o deseadas. Nacer, y nacer en un sitio, no solo posiciona espacio temporalmente, posiciona (valora, jerarquiza) socialmente y tal vez por esto último no se puede permitir este exabrupto: "nací en la Casa Blanca" o "nací en el Palacio de Buckingham". Se pueden conseguir cien millones de testigos de que eso no ocurrió, sean testigos ingleses o gringos. Pero no son necesarios tantos testigos, ya que las reglas de inmigración y sus respectivos funcionarios se encargarán del asunto. El testimonio del 'cambiante' o 'modificador' simplemente no es válido, así no sea testigo de su nacimiento. La inmigración hace su parte, bobamente como siempre, y la psiquiatría atestiguará un delirio o una psicosis de acuerdo a lo requerido. ¿Y qué tal si se cambia el lugar de nacimiento, digamos: de la Vereda de San Pedro a la Vereda de Chichiribita? De pronto no hay problema, que sí lo hay cuando lo que importa, lo que interesa, no son las coordenadas sino los 'derechos' de ese neonato. Sería un eufemismo decir 'derechos adquiridos' (¿de qué?, ¿de quién?) puesto que ese neonato nacido en Buckingham, así no tenga propiedades, tiene derechos (léase derechos heredados), así la filiación no corresponda (¿hijo de quién?).

Visto así, nacer es problemático. No se funda una tierra por el hecho de nacer, así como no se fundan los derechos al nacer (o las obligaciones de algunos con algún neonato). Podría ser más bien, al revés: la tierra funda un nacimiento. Realmente esto es difícil. Es más sencillo cambiar (¿intercambiar?) recién nacidos, práctica existente y poco documentada: el neonato de allá para aquí, y el de aquí para allá o simplemente desaparece.

¿Cómo sentirse en casa ante tanta incertidumbre? Vuelve y juega de nuevo: se nace y se cría, con testigos de coordenadas; nadie sabe dónde se nace y se cría como Moisés; se sabe dónde se nace, se sabe dónde se dice que se nació y se cría con otros derechos.

En algunos casos no es tan fácil soslayar un intercambio, como reclamar los 'derechos adquiridos' por nacimiento en una tribu africana por un niño blanco ojiazul, o ser heredero al trono de Inglaterra si es un niño amarillo ojicafé rasgado.

¿O será que sí es fácil? A veces la fuerza es el mejor argumento. No sería necesario cambiar ni sustituir neonatos, es mejor que no los hubiese. No sería necesario 'reclamar derechos de tierra', simplemente se toma la tierra. En estos casos el engaño es innecesario y la maldad también. Paradójicamente ya ni siquiera hay banalidad del mal ya que para algunos: 'no se le hace mal a la tierra'. Es simple: sin gente sobre algún pedazo de tierra no ocurren males, solo extracción, expoliación, 'traslado de recursos', implantación de biotas. No se necesitan documentos legales de ese pedazo de tierra, hechos en épocas remotas (en la ausencia o en la muerte... un segundo más...) son suficientes tratados supuestamente libertinos de intercambio (intercambio: tierra arrasada aquí, sobreabundancia y despilfarro allá) y sólo para justificar ante otros algunos otros que no llegaron primero.

¿Cómo sentirse en casa?

¿Puedo sentirme en casa si desde pequeño me parezco a mi padre?, ¿si hago lo propio de la cultura local?, ¿lo que se espera de mí?, dado mi sitio de nacimiento, dada la mezcla de genes que debe corresponder a ese genotipo, a esa 'estirpe'.

¿Y si no?, ¿y si puedo sentirme en casa así no sea el dueño, no sea el amo absoluto, ni el señor de la casa?

¿Y si sí?, ¿y si puedo sentirme extranjero en mi casa? Si ocurre es una ilusión, un trance o un estado hipnótico. Creer sentirse extranjero es una superstición fomentada por alguna política y los nacionalismos (fuente perenne de donde brotan los irreales demonios imaginarios: los enemigos, los adversarios y los rivales). Creer sentirse extranjero, externo, 'estar afuera', ser un infiel como lo proclaman desde la fe (obediencia ciega e ignorancia contumaz basadas en el temor) algunos monoteísmos y grupúsculos religiosos, es un espejismo más. No creerlo es percatarse que la Tierra es la única casa.

Podría tomar de la larga y extensa cultura humana y hacerme a retazos, o incluso adoptar un rol, por qué no, de Holanda de mediados del siglo XVII. Quizá los humanos no seamos tan fechados hasta el punto que sea el acontecimiento del nacimiento el que nos determina.

Si ello es así, valdría más considerar que la casa es la Tierra y que hacernos humanos es una tarea continua, no solo con otros humanos sino con todo lo que está vivo, con todo quien está vivo.

¿Un oikos para qué?, ¿un oikos para qué o quién?, ¿un oikos de qué?, ¿un oikos de quién?

Con toda seguridad nuestra casa somos nosotros mismos, somos los vivos, los vivientes, y no solo los actuales. Con toda seguridad nuestra casa no es como la de Hansel y Gretel y no nos la podemos comer. De hecho hay que sentirnos en casa, en la Tierra, no hay huida posible. Salir de ella, hacernos los ignorantes ante lo que ocurre, jugar al antropofuguismo, jugar a la huida al espacio exterior, jugar a desentendernos de la termodinámica, son solo juegos. Sentirse en casa es atenderla, entenderla y hacer por ella, por los vivos que estamos en ella y por los que vendrán.

 

Germán Agudelo Montoya
MD. Esp.PS. Esp. SP. Mg. Filosofía
german.agudelo@une.net.co