Introducción
El municipio de San Onofre es una de las zonas del Caribe colombiano más golpeadas por la violencia política y el conflicto armado, dado que, durante un largo periodo grupos al margen de ley, especialmente paramilitares, desplazaron a miles de pobladores y realizaron actos de barbarie (Trejos-Rosero & Posada-Ramírez, 2014; Hoyos-Gómez, 2009; Álvaro, 2007); además, ejercieron el control de la economía y la política institucional (Trejos, 2016; Cotte-Daza, 2014). Y tras la desmovilización del paramilitarismo, el municipio fue tomado como corredor estratégico por el narcotráfico y los grupos armados ilegales emergentes (Cotte-Daza, 2014).
Este municipio cuenta con una población de 20.789 habitantes en el casco urbano y 29.873 en la zona rural. Su población es predominantemente joven con edades comprendidas entre 14 y 26 años, de los cuales el 50.28% son mujeres y 49.72% hombres (Alcaldía Municipio de San Onofre, 2017); y más del 60% de su población presenta un índice de necesidades básicas insatisfechas (Daniels, 2012).
El Departamento Administrativo Nacional de Estadísticas de Colombia (2023) registra que el 89,13% de la población de este municipio se reconoce como negro, mulato, afrodescendiente o afrocolombiano. Datos oficiales sobre estas poblaciones dan cuenta de muchas de sus carencias estructurales, las cuales conducen al empobrecimiento y la marginación; por ejemplo, la esperanza de vida de la población afrodescendiente en Colombia es de 66.6 años versus 72.2 del promedio nacional y la tasa promedio de analfabetismo de las poblaciones afro de la costa Caribe colombiana es de 17% versus el 7.2% a nivel nacional (Mow, 2010). Adicionalmente, se ha señalado que alrededor del 50% de las personas desplazadas por el conflicto armado en Colombia son afrodescendientes (Reales-Jiménez, 2004), lo que convierte a estas comunidades en una de las más vulnerables frente a los estragos de la violencia en el país.
Como resultado de estas condiciones, en el municipio de San Onofre se han presentado fenómenos como el de la violencia juvenil escolar que, en algunos casos, recae en las llamadas pandillas juveniles (Centro Nacional de Memoria Histórica, 2015; Defensoría del Pueblo, 2015). Martínez-González y Amar (2017) señalan que en muchos casos las prácticas violentas de los menores y adolescentes obedecen a secuelas causadas por problemáticas como el desplazamiento forzado y factores socioculturales que hacen de la violencia una conducta cotidiana; generando en ellos miedo, frustración y conductas agresivas que, en el aula de clases se traducen en peleas entre compañeros, desatención e incluso bajo desempeño académico (Ramos, 2012). Así las cosas, el ambiente escolar puede terminar convirtiéndose en un escenario de conflicto y replicación de formas mal adaptativas de relación, expresadas en irrespeto, enfrentamiento entre pares, ofensas verbales, burlas, agresiones físicas, hurto, extorsión y amenaza, entre otras (Herrera-Mendoza & Rico-Ballesteros, 2014).
Es importante destacar que la adolescencia es un momento importante de la socialización y el desarrollo moral. Al respecto, Kölhberg, distingue tres etapas evolutivas, en las cuales se esperan encontrar diferentes niveles de desarrollo moral: La moralidad preconvencional, entre los cuatro a los diez años, durante la que el niño asume conductas impuestas por terceros. La moralidad de conformidad con lo convencional, entre los diez y los trece años, durante la que el niño se esfuerza por agradar personas con la consecuente presencia de los dilemas morales. Y la moralidad por principios morales autónomos, a partir de los trece años, durante la que la persona es capaz de decidir sobre sus acciones basada en los principios morales construidos (Martínez-González, 2016). Estos procesos no son lineales, ni inquebrantables una vez se han logrado; de ahí la importancia del contexto en las posibilidades de desarrollo de una noción ética y moral del comportamiento.
Ahora bien, cuando los contextos no facilitan este logro, sino que promueven comportamientos disruptivos y destructivos, emergen situaciones como la legitimación de la violencia. Este concepto se entiende como aquellos elementos normativos construidos y validados culturalmente, que facilitan el uso de la violencia para que esta sea aceptada y considerada como el justo proceder (Fernández, 2009). El estudio de la legitimación de la violencia ha considerado las nociones de los mecanismos de desconexión moral planteados por Bandura (1991), así como el afrontamiento de conflictos entre menores, el rol de los agentes de socialización en el proceso de legitimación y los escenarios de violencia percibida como el barrio, los medios de comunicación y el hogar, reconocidos por los menores como lugares con alta exposición a la violencia, en algunos casos interiorizada por ellos, imitada o replicada en la escuela (Martínez-González & Amar, 2017; Fernández, 2009).
Estos mecanismos de desconexión moral se componen de una serie de procedimientos que permiten a un individuo llevar a cabo, sin experimentar culpa, conductas que pueden ser consideradas punibles (Bandura, 1990; 1991; Bandura et al., 1996), tales como: (1) justificación moral, mediante la cual se liga la conducta con un propósito ético o heroico; (2) etiquetación eufemística, que implica la utilización del lenguaje para suavizar las acciones nocivas enmascarando los hechos; (3) comparación ventajosa, por la cual se contrasta el propio acto inmoral con uno peor, reduciendo su impacto en la percepción social; (4) transferencia de la responsabilidad, por medio de la cual se legitima la conducta bajo el principio de obediencia a la autoridad; (5) difusión de la responsabilidad, procedimiento caracterizado por la pérdida de cualquier responsabilidad individual ante los hechos cometidos por un grupo, de manera que a mayor cantidad de personas involucradas menor es la sensación de responsabilidad individual, (6) distorsión de las consecuencias, a partir de la cual los resultados negativos de la conducta no son reconocidos, (7) culpar a la víctima cuando ésta se observa como provocadora o causante de la conducta punible, y (8) deshumanización de la víctima, cuando se le despoja de sus cualidades humanas hasta percibirla como poco menos que un objeto sobre el cual se puede ejercer daño.
Además de este proceso psicológico que facilita la disminución de la empatía y la culpa al momento de presentar una conducta violenta o agresiva, en ocasiones los terceros observadores responden con poca objetividad, mostrando favorabilidad ante quien comete la acción violenta en lugar de promover la reflexión (Chaux, 2002). Así, ante el argumento de la legítima defensa, muchos padres instan a sus hijos a perpetrar actos agresivos en contra de compañeros de clase o amigos (Ayllón, 2009), y les delegan el criterio de decidir cuándo es necesaria y qué tipo de violencia ejercer. Esta percepción de los pares y adultos como legitimadores, incrementa las probabilidades de que los jóvenes agredan a otros; puesto que se sienten respaldados por su grupo normativo y el uso de la violencia se convierte en el justo proceder, en la conducta esperada (Martínez-González et al., 2016).
Según Fernández (2009), en el afrontamiento de conflictos cotidianos entre menores tiene relevancia el proceso de legitimación de la violencia, la relación de poder entre las partes implicadas y la percepción de no tener otra alternativa distinta a la agresión para dar solución a la situación. Además, señala que los menores que no legitiman la violencia como último recurso, buscan otras soluciones para resolver el conflicto, tales como estrategias basadas en sus propios recursos, recurrir al grupo de iguales o a una figura adulta para que actúen como mediadores, o evitar el problema cediendo ante el oponente o huyendo de la situación.
Bajo este panorama, la presente investigación buscó determinar el modo como los adolescentes afrodescendientes escolarizados del municipio de San Onofre, víctimas del conflicto armado en Colombia, afrontan los conflictos en sus relaciones cotidianas y si en ese proceso legitiman el uso de la violencia. Las hipótesis que orientan este objetivo son: que la forma como afrontan los conflictos depende del grupo etario; la legitimación de la violencia percibida en los adultos depende del sexo; y la forma como se afrontan los conflictos es independiente del escenario de violencia percibida.
Método
La investigación se desarrolló desde una aproximación hipotético-deductiva, con una orientación cuantitativa, de alcance explicativo, diseño cuasiexperimental, transversal causal, de grupos no equivalentes con múltiples covariables (Bono-Cabré, 2012).
Participantes
Participaron adolescentes afrodescendientes escolarizados entre los 10 y 18 años, víctimas del conflicto armado (radicados en la zona noreste, este y sur del municipio de San Onofre, Colombia), estudiantes de una institución educativa del sector público. Se realizó un muestreo probabilístico estratificado, consistente en 227 estudiantes distribuida de forma homogénea según el sexo (49,77% femenino y 50,22% masculino), con una edad promedio de 14.7 (DT=1.98).
Acorde con los objetivos del estudio, la población fue seleccionada a partir de las condiciones socioeconómicas y culturales de la población estudiantil y de las afectaciones sufridas en el marco del conflicto armado interno, en este caso particular, víctimas de desplazamiento forzado. Los criterios de inclusión fueron a) estudiantes de los grados entre sexto y undécimo de la Institución de Educación Técnica y Agropecuaria de San Onofre [IETA], b) habitar en algunos de los barrios periféricos del municipio de San Onofre con mayor índice de violencia intrafamiliar e intergrupal.
En cuanto al cálculo del tamaño del efecto (d) de Laken (2013), el estudio determina que X1 = 113,99; 50,22% de 227 y Xo = 112,97; 49,77% de 227 y s = 1,978. Así, d = 0,51, ubicado en un tamaño medio (0,50 ≤ d > 0,80). Según Laken (2013), con este tamaño se identifica la ocurrencia del efecto de magnitud que, para este caso, no reviste diferencias importantes entre los grupos.
Instrumentos
Leyendas de Almar®. Videojuego que se centra en la construcción de escenarios de conflictos simulados en el que los participantes interactúan con los elementos del juego a partir de la adopción libre de un personaje que responde a interrogantes y toma decisiones; que sumadas configuran un perfil que da cuenta de las creencias que legitiman el uso de la violencia para afrontar los conflictos (Martínez-González et al., 2019).
El videojuego plantea tres situaciones experimentales que se describen a continuación (Martínez-González et al., 2019): a) La situación de igualdad, evalúa la tendencia de los participantes a justificar el uso de la violencia bajo la premisa de legítima defensa, esto es, como respuesta ante una agresión previa percibida del oponente; b) la situación de ventaja, evalúa la tendencia de los participantes a legitimar el uso de la violencia bajo el principio de autoridad que proviene de algún tipo de superioridad percibida sobre el oponente, sea por edad, tamaño, fuerza u otra característica que pueda asociarse a una disparidad de poder; c) la situación de desventaja, evalúa la tendencia de los participantes a legitimar el uso de la violencia como anticipación ante una amenaza percibida.
En cada una de estas situaciones se explora el tipo de decisión que toman los participantes para afrontar el conflicto, los mecanismos de desconexión moral a los que recurren para justificarse cuando utilizan la violencia, las expectativas de legitimación de la violencia de los pares y adultos, y los escenarios de violencia percibida (Martínez-González et al., 2019).
Descripción del juego. En el videojuego “Leyendas del Almar” se proponen dos tipos de personajes: Personaje Jugador (PJ), que corresponde al que los participantes pueden escoger: pequeños, medianos y grandes; además, personajes femeninos cuando el participante es niña y masculinos cuando es niño. Y Personajes No Jugadores (PNJ), que son aquellos que están en el relato para ambientar y recrear las situaciones de conflicto que se le presentan al participante: el Druida, que representa a los adultos; los observadores, que representan a los pares, y los contrincantes que se convierten en víctimas cuando el participante decide agredir.
El juego hace una introducción a un mundo de fantasía llamado “Leyendas de Almar” en el cual “el Druida”, personaje narrador, da las indicaciones a los participantes. El participante escoge un personaje, luego entra a las distintas estancias del juego. Independiente de las decisiones que tome el participante, siempre avanzará sin castigo a la siguiente estancia hasta terminar y al final resultará ganador; esto con el fin de no incidir en las respuestas de los participantes a lo largo del juego (Martínez-González, 2016, p. 154).
A continuación, se detallan las tres situaciones típicas del juego. En todas se encuentran presente los observadores y un adulto como elementos preponderantes en la trama:
Primera situación. La situación de conflicto que se presenta, consiste en que aparece un personaje equivalente en apariencia a la del participante, lo empuja y lo cuestiona por entrar en su territorio. Esta situación corresponde a la atribución de legitimación basada en quien inicia el conflicto. Ante una pregunta del PNJ, se presenta una serie de alternativas para hacer frente a la situación, de las cuales una es la agresión. Si el participante se inclina por ésta, se despliegan las preguntas relacionadas con los mecanismos de desconexión moral (Bandura, 1990; 1991) como justificaciones ante el acto realizado. Una vez el participante responde, se acercan a él los demás PNJ y el Druida, y en este momento se le pregunta sobre la legitimidad percibida de los pares y de los adultos, de acuerdo con la propuesta de Fernández (2009) sobre la legitimación interpersonal de la violencia en conflictos de la vida cotidiana. Al terminar de responder, el participante obtiene la piedra preciosa correspondiente a esta instancia y avanza a la siguiente (Martínez-González, 2016, p. 154).
Segunda situación. La situación de conflicto que se presenta consiste en que aparecen dos personajes que se perciben más débiles que el personaje del participante. Los PNJ adversarios le preguntan qué quiere de ellos. La situación corresponde a la atribución de legitimación basada en la autoridad. Se despliegan nuevamente las opciones de afrontamiento del conflicto, de manera que, si se inclina por agredir, aparecen las preguntas correspondientes a los mecanismos de desconexión moral de Bandura (1990; 1991). Nuevamente aparecen ante él los demás PNJ y el Druida y las preguntas sobre la legitimidad de la violencia percibida de los pares y de los adultos (Fernández, 2009). Al terminar de responder, el participante obtiene la piedra preciosa correspondiente a esta estancia y avanza a la siguiente (Martínez-González, 2016, p. 154).
Tercera situación. La situación de conflicto que se presenta consiste en que aparece un personaje que se percibe más fuerte que el del participante. Al encontrarse, el PNJ adversario se opone a que el participante continue. Esta situación corresponde a la legitimación con base a la violencia como último recurso. Se despliegan las opciones de afrontamiento del conflicto y si el participante se inclina por agredir se despliegan las preguntas relativas a los mecanismos de desconexión moral (Bandura, 1990; 1991). Nuevamente aparecen ante él los demás PNJ y el Druida y las respectivas preguntas sobre la legitimidad percibida de los pares y de los adultos (Fernández, 2009).
Final. Aparece el árbol mágico y el Druida. El participante ubica en la base del árbol las piedras recogidas en las tres estancias y su hazaña se ambienta con sonido festivo. El Druida explica un concepto sobre la violencia y le pregunta al participante por los escenarios donde ha observado con más frecuencia estas situaciones, dando como opciones la casa (familia), la calle (comunidad), la televisión (medios masivos) o todas las anteriores (Martínez-González, 2016, p. 155).
Respecto a la evaluación del afrontamiento del conflicto, la puntuación corresponde a la suma de las frecuencias de cada opción seleccionada por el participante y cada ítem se mide en una escala categórica por presencia (1) o ausencia (0). Las situaciones relacionadas con los mecanismos de desconexión moral se puntúan con la suma de frecuencias de cada mecanismo utilizado en una escala categórica por afirmación (1), oposición (-1) o inconsistencia (0). En el caso de las expectativas de legitimación de los pares y los adultos, se suman las frecuencias de selección de cada expectativa y cada ítem se mide en una escala categórica por afirmación (1), oposición (-1) o inconsistencia (0). Finalmente, para calificar los escenarios de violencia percibida a nivel global se suman las frecuencias de selección de cada escenario, y a nivel individual los ítems se miden en una escala categórica por presencia (1) o ausencia (0) de cada escenario (Martínez-González, 2016).
Para validar el contenido del videojuego “La Leyenda de Alamar” se recurrió a ocho jueces expertos en temas de legitimación de la violencia, infancia vulnerable y psicometría, respectivamente. En este proceso utilizaron los criterios propuestos por Moriyama (1968), que buscan, entre otros aspectos, que el contenido sea razonable y comprensible según las características cognitivas de un sujeto promedio; quien además plantea que para considerar la validez de un ítem debe existir un consenso igual o mayor al 70% entre los evaluadores. Los resultados obtenidos de la evaluación interjueces evidenciaron un acuerdo del 88%, que valida la utilización del instrumento.
En cuanto a la confiabilidad, el videojuego mostró un α de Cronbach de 0,64 en la escala global; un α de Cronbach de 0,61 en las respuestas de las tres situaciones de evaluación; α =0,63 en las justificaciones en la situación igualdad; α =0,61 en situación de ventaja y α =0,72 en la de desventaja.
Procedimiento
La propuesta de investigación se socializó con la rectoría general de la IETA. Se seleccionó esta institución dado que su población estudiantil se caracteriza por ser desplazada por la violencia y el conflicto armado (en cerca de un 80%) y vive en los barrios periféricos del municipio. Además, en ella se presentan índices altos de conductas antisociales y/o delictivas protagonizadas en su mayoría por jóvenes menores de 18 años (comunicación personal, 2018). Los directivos del centro educativo autorizaron la realización del estudio.
Se procedió luego a recoger los datos mediante el videojuego, el cual requiere para su acceso de unas credenciales de acceso (clave y usuario) que fueron entregadas a cada participante. La jornada de aplicación se desarrolló por grupos en las instalaciones del plantel educativo, en coordinación con el docente encargado del área de convivencia escolar y en promedio la aplicación se llevó a cabo en 20 minutos.
Los datos quedaron almacenados en tiempo real en la base de datos del aplicativo web, para su posterior exportación, análisis e interpretación. Estos fueron condensados y exportados en un archivo de Excel que posteriormente fue editado en el software Minitab 17 para Windows.
Consideraciones éticas
Los padres de familia y acudientes legales de los participantes seleccionados fueron informados de la naturaleza y propósito del proyecto, tiempos, procedimientos, aspectos de confidencialidad y manejo de la información. Se hizo especial énfasis en que los participantes se podían retirar del estudio en cualquier momento. Lo anterior fue plasmado en un consentimiento informado firmado por los padres y posteriormente se informó sobre el proyecto a los jóvenes seleccionados, quienes asintieron su participación.
El comité de ética en investigación de la división de Ciencias de la Salud de la Universidad del Norte, mediante acta No. 144 del 30 de junio de 2016, aprobó el estudio en cuestión con base en las buenas prácticas clínicas del International Conference of Harmonization(ICH), de acuerdo con la normatividad vigente, resolución No. 2378 del Ministerio de Protección Social de Colombia (2008), la declaración de Helsinki (2013) y las guías operativas de la Organización Mundial de la salud (OMS).
Resultados
Afrontamiento de conflictos según el grupo etario
El análisis general de los resultados arroja que el 89% de los participantes no reaccionó de manera violenta a las situaciones conflictivas que se le presentaron en el videojuego. Solo 11% optó por este comportamiento violento (N=24), mientras 73% decidió dialogar (N=164), 10% buscó ayuda para resolver los conflictos (N=22), y 6% decidió huir ante la ocurrencia del conflicto (N=13) (ver Tabla 1).
Teniendo en cuenta los valores obtenidos, se comprueba la hipótesis que sostiene que el modo como se afrontan los conflictos depende del grupo etario, aunque solo en la situación de igualdad (p=0.04). El análisis de los datos evidencia que, en esta situación, los grupos de adolescentes con edades entre los 10 y 13 años, y los 14 y los 15 años responden principalmente con el ataque; mientras que el grupo de 16 a 18 años responden por medios diferentes a la violencia, principalmente a través del diálogo. En las situaciones de ventaja (p=0.35) y desventaja (p=0.51) no se encontraron diferencias significativas, por lo cual se acepta la hipótesis nula. En términos generales la tendencia de respuesta al conflicto es estar abierto al diálogo en las tres situaciones planteadas: de ventaja con una proporción del 80%, de igualdad con una proporción del 70% y de desventaja con 84%.
Legitimación de la violencia percibida de los adultos según el sexo
No se encontró dependencia de la legitimación de la violencia percibida de los adultos respecto al sexo del participante en las situaciones de conflicto en igualdad (p=0.09), ventaja (p=0.35) ni en desventaja (p=0.72) (ver Tabla 2), por lo cual se acepta la hipótesis nula; sin embargo, se aprecia que en situación de igualdad, en primer lugar, y en desventaja, en segundo, las mujeres tendieron a esperar una legitimación de su conducta violenta por parte de los adultos en una mayor proporción que los varones. Estos por su parte esperaron más legitimación de su acto violento por parte de los adultos cuando estaban en situación de ventaja sobre su oponente.
Escenarios de violencia percibida y su relación con el afrontamiento de los conflictos
Respecto a las respuestas al conflicto en función de los escenarios de violencia percibida (hogar, comunidad, televisión), la prueba Chi2 muestra diferencias estadísticamente significativas (p=0.000). El escenario de mayor percepción de violencia reportado por los participantes fue el barrio, seleccionado por el 40% de los participantes y el de menor proporción fue la casa, indicada por el 9%.
Tal como se aprecia en la Tabla 3, los participantes que siempre optaron por atacar indican haber percibido más situaciones de violencia en su barrio, si bien representan una proporción muy pequeña (3.3%). Por el contrario, una gran proporción de quienes reportan haber percibido más violencia en la televisión, nunca atacan (77.78%). De particular interés se aprecia que quienes decidieron atacar en cada una de las tres situaciones de conflicto presentadas, reportaron percepción de violencia en la casa en mayor proporción, seguidos de quienes reportaron el barrio.
Mecanismos de desconexión moral según escenarios de legitimación de la violencia
Dado el resultado respecto a los participantes que decidieron agredir para resolver el conflicto e indicaron haber percibido más violencia en su casa, se analizaron sus respuestas en cuanto al uso de mecanismos de desconexión moral. Quienes decidieron atacar en la situación de igualdad, presentaron una tendencia a optar por la justificación moral y la transferencia de responsabilidad como mecanismos de desconexión moral predominantes; mientras que, en la situación de ventaja, los mecanismos más usados fueron la distorsión de las consecuencias y la comparación ventajosa, mientras que en la situación de desventaja se aprecia mayor variabilidad en el uso de estos mecanismos (ver Tabla 4).
Quienes reportan el barrio como escenario de mayor percepción de violencia, presentaron mayor utilización de la justificación moral como mecanismo para justificar sus acciones de forma sostenida en las tres situaciones experimentales. En la situación de igualdad el segundo mecanismo más usado fue la transferencia de responsabilidad. Por su parte, en situación de ventaja el segundo mecanismo preponderante fue la distorsión de las consecuencias. Finalmente, la comparación ventajosa fue utilizada especialmente en la situación de desventaja. Es importante destacar que la deshumanización de la víctima fue el menos utilizado en todas las situaciones (ver Tabla 5).
Discusión
El objetivo del presente estudio fue determinar el modo como los adolescentes afrodescendientes escolarizados del municipio de San Onofre, víctimas del conflicto armado en Colombia, afrontan los conflictos en sus relaciones cotidianas y si en ese proceso legitiman el uso de la violencia.
Según los resultados, los adolescentes afrodescendientes participantes priorizan el diálogo para la resolución de los conflictos por encima de alternativas violentas. Estos hallazgos son consistentes con los de estudios previos realizados con víctimas de desplazamiento (Martínez-González & Amar, 2017; Martínez-González et al., 2016); no obstante, superan ampliamente las tendencias reportadas. Esto puede explicarse por las características particulares de las poblaciones desplazadas que componen las muestras, los estudios citados se realizaron con población Mapuche en Chile, Romaníes y migrantes africanos en Francia, y los participantes del presente estudio provienen principalmente de las zonas rurales aledañas al municipio de San Onofre. Al respecto, se ha encontrado que, en comunidades afrodescendientes, indígenas y campesinas de Colombia, históricamente, se han generado formas de resistencia en pro de la paz que conviven con situaciones de violencia; las cuales se fundamentan en cosmovisiones ancestrales que priorizan la vida, la armonía, la solidaridad y las capacidades transformadoras frente a los desafíos que imponen las múltiples formas de violencia que han afrontado (Hernández-Delgado, 2009). Estos aspectos, vitales para el fortalecimiento del apoyo social y la resiliencia comunitaria, podrían fracturarse cuando el desplazamiento se realiza a ciudades más grandes donde la identidad social queda completamente desdibujada y la competencia por los recursos es mayor (Meertens, 2002).
De lo anterior, se puede deducir que pertenecer a poblaciones con una identidad social alrededor de una cosmovisión ancestral común, podría ser un factor de protección para los adolescentes víctimas de situaciones de violencia derivadas del conflicto armado. Una comunidad receptora incluyente, favorecerá sin duda una mejor adaptación de las familias desplazadas, especialmente de menores de edad (Vera-Márquez et al., 2015). Lo fundamental será brindarle a niños y adolescentes, un entorno que les permitan tener expectativas positivas sobre el futuro, facilidades para establecer relaciones íntimas y comprometidas, comunicación, expresar afecto y relacionarse armoniosamente con su familia y su comunidad (Cardozo-Rusinque et al., 2013). Así las cosas, el rescate y preservación de las tradiciones, especialmente aquellas manifiestas en las dinámicas de relación, adquieren un nuevo sentido, pues se constituyen en una importante alternativa de formación, apoyo y cuidado para las nuevas generaciones.
La edad es un factor relevante en el modo de afrontar los conflictos entre los adolescentes, especialmente en lo relacionado con el uso de la violencia. Los resultados de la presente investigación evidencian que el grupo de adolescentes con edades entre 10 y 15 años presentó mayor tendencia a utilizar la violencia que sus pares de mayor edad. Al parecer, encontrarse en un momento de transición frente al grupo normativo (Díaz-Sánchez, 2006), podría llevar a los adolescentes a la utilización de la violencia como estrategia para ganar aceptación y mantener u obtener una posición de jerarquía (Potocnjak et al., 2011). Por su parte, la disminución del uso de la violencia en el grupo de mayor edad, coincide con los resultados del estudio de Brame et al., (2001); lo que puede obedecer a una mayor interiorización de las normas sociales necesarias que propician la adaptabilidad y encaje en la dinámica social de la adultez, o en una mayor consideración de los motivos y consecuencias tanto de sus actos como los de los demás (López, 2005).
El sexo, aunque no evidenció diferencias significativas, muestra una tendencia en las expectativas de las adolescentes mujeres respecto al papel de los adultos como legitimadores de la violencia, principalmente en situaciones de igualdad. De modo que cuando deciden atacar como respuesta ante una agresión previa percibida del oponente, esto es, una atribución de legítima defensa, las mujeres esperan legitimación por parte de los adultos en una proporción mayor a los varones. Esta tendencia, si bien no es significativa, podría obedecer a patrones culturales que apoyan el comportamiento violento cuando se trata de defenderse (Ayllón, 2009), y más aún si se trata de mujeres. En las demás situaciones, tanto hombres como mujeres presentan una marcada tendencia a esperar sanción y no legitimación de la violencia por parte de los adultos. Esto identifica a los adultos como un importante grupo de referencia en términos de socialización y afrontamiento de conflictos de los infantes y adolescentes (Martínez-González et al., 2016; Cardozo et al., 2019).
La presente investigación evidencia que el barrio es el principal escenario de violencia percibida por los adolescentes, contrario a lo identificado en estudios realizados en ciudades de gran crecimiento urbano, en los cuales la tendencia es percibir altos niveles de violencia en la televisión (Bringas, 2004; Peiró i Grègori & Merma Molina, 2011). De acuerdo con Galdames y Arón (2007), la inmersión crónica de los niños en una comunidad hostil, funciona como un contexto de aprendizaje del sistema de creencias normativas sobre la violencia, lo que genera su normalización en la vida cotidiana. Al respeto, se ha encontrado que los menores que crecen en contextos sociales violentos tienen mayor probabilidad de cometer actos violentos en la adolescencia o la adultez, dentro de su hogar o como parte de grupos organizados (Volpe, 1996); y que los niños que evidencian mayor violencia en el barrio o en el hogar, tienden a ser más violentos (Cardozo et al., 2019).
Aunque los contenidos televisivos han sido ampliamente criticados bajo la premisa de incitar a la violencia, en la actualidad se han incorporado contenidos infantiles y juveniles que priorizan el diálogo, la inclusión, la diversidad étnica, aportando a la socialización positiva (Hopkins & Weisberg, 2017); quizás por este motivo, entre otros, una gran proporción (77.78%) de participantes que reportaron haber percibido más violencia en la televisión, decidieron no atacar frente a las situaciones de conflicto planteadas.
Con relación al uso de los mecanismos de desconexión moral utilizados por los adolescentes que perciben mayor violencia en el barrio y el hogar, dada la incidencia de estos dos escenarios en sus reacciones agresivas, se encontró una tendencia a utilizar la justificación moral y la transferencia de responsabilidad. Estos mecanismos califican la conducta violenta como heroica, y que se realiza por un principio de obediencia a las figuras de autoridad; resultado que corrobora el peso que tienen los adultos y la comunidad en los procesos de legitimación de la violencia de los menores (Cardozo et al., 2019) y en su desarrollo moral.
Esta investigación, abre la discusión respecto a la incidencia que tienen las situaciones de violencia histórica y el consecuente desplazamiento forzado, sobre las reacciones de los adolescentes ante las experiencias de conflicto y sus creencias respecto a la violencia, las cuales apuntan en muchos casos a su legitimación y perpetuación. Se espera, que los resultados sirvan para estimular esfuerzos para la profundización en el estudio de esta problemática, así como para su intervención en el plano familiar, educativo y de las políticas públicas orientadas a crear condiciones más favorables para el desarrollo de la infancia y la adolescencia.



















