La historia de una frase
Aunque no se ha logrado dilucidar el origen de esta frase, se cree que el primero en mencionarla fue el geógrafo y geomorfólogo estadounidense William Morris Davis (1850-1934), quien en 1904, en un discurso ante la Asociación de Geógrafos Americanos, en Filadelfia, exhortó a los asistentes a “publicar o perecer, si vale la pena hacerlo, vale la pena imprimirlo” 1.
Tras más de treinta años de usar esa frase, Eugene Garfield (1925-2017), un químico y lingüista estadounidense, creador del Instituto para la Información Científica de Filadelfia, con su experiencia como investigador en bibliometría y citaciones se dio a la tarea de rastrear los inicios del “publicar o perecer”, sin encontrar un origen claro. Valiéndose de todas las herramientas técnicas actuales, Guillaume Cabanac, un profesor de informática e investigador de la Universidad de Toulouse, encontró una publicación del geógrafo Isaiah Bowman (1878-1950), un discípulo de William Davis, que en 1934 rindió un homenaje a su maestro luego de la muerte, rememorando la autoría de dicha frase. En 1935, el geógrafo y profesor universitario de Nueva Zelanda, Robert Speight, publicó el discurso que redactó para el acto inaugural de la fundación de la Royal Society of New Zealand, referenciando la consigna de “publicar o perecer”, publicada treinta años atrás, y otorgándole todo el crédito de la misma al profesor Davis 2.
Esta expresión ganó popularidad en la década de 1960, alcanzó su máximo auge en los años 70 y posteriormente perdió importancia, pero ahora, por diversas connotaciones, ha retomado un interés mundial 2.
Producción científica
En el ámbito científico, la palabra manuscrito surgió de las cartas que muchos hombres de ciencia intercambiaban. Las cartas relacionadas con la diversidad de las especies que se dirigían Charles Darwin y Alfred Russel Wallace duraban varios meses en llegar a su destino, entre Inglaterra y Malasia. Probablemente esta necesidad motivó a las Sociedades Científicas a crear las primeras revistas académicas, que fueron apareciendo poco a poco, a lo largo y ancho del mundo entero.
Actualmente se publican entre 30.000 y 93.000 revistas científicas en todo el mundo y entre tres y seis millones de artículos científicos cada año, lo que representa una duplicación de la productividad en las últimas dos décadas. China fue el país que más contribuyó a la publicación de artículos científicos en 2022, superando por primera vez a Estados Unidos. En Colombia, la producción científica ha aumentado significativamente, pasando de 300 artículos en revistas indexadas en el Science Citation Index (SCI) en 1996 a 6708 artículos en revistas indexadas en Web of Science en 2014.
Ecuador, Perú, Colombia y Chile, fueron los países latinoamericanos que experimentaron el mayor crecimiento en las publicaciones científicas entre 2010 y 2021, pero en 2019, el 83 % de la inversión en investigación y divulgación en América Latina, se concentró en Brasil (61 %), México (13 %) y Argentina (9 %). A pesar de que la cantidad de publicaciones científicas ha incrementado considerablemente en la última década, la región continúa ocupando el cuarto lugar en cuanto al porcentaje de participación a nivel mundial, muy por debajo de Estados Unidos, Europa y Asia 3.
Factores relacionados con el incremento de las publicaciones
Surge entonces el cuestionamiento de ¿por qué este auge de las publicaciones? Son diversos los factores que inciden en esto, como el aumento de la población científica, la globalización, la expansión de la educación superior y el avance de la tecnología, incluyendo la Internet y las bases de datos en línea. Este incremento ha facilitado la difusión del conocimiento científico y la colaboración internacional entre investigadores.
Pero hay otros dos factores que pueden estar relacionados directamente con ese incremento: en muchas instituciones, especialmente universitarias, la remuneración y la promoción de los docentes dependen en parte del número de publicaciones y de la categoría de las revistas en que son publicados sus trabajos. El otro aspecto tiene que ver con el hecho de que, en muchos casos, la publicación de las investigaciones es un requisito o un modo de conseguir fondos para darle continuidad a las líneas de investigación.
No es un secreto que la industria editorial científica ha logrado importantes ganancias económicas; en aquellas con fines de lucro, el margen de beneficio suele ser hasta del 40 %, con lo que pueden generar ingresos anuales de más de 25.000 millones de dólares. Este porcentaje de rentabilidad es sin duda superior al de industrias como la de abarrotes y alimentos, con un beneficio neto promedio de alrededor del 1,9 %, o la automotriz, con un 12,4 %.
¿Cantidad o calidad?
El crecimiento exponencial en el número de publicaciones no necesariamente va de la mano con la calidad de las mismas. Esto no es nuevo, viene ocurriendo desde comienzos del siglo pasado, cuando ya en varios ambientes de trabajo se cuestionaba si la calidad de los artículos científicos estaba siendo sacrificada en pro del mero interés de publicar por publicar.
A pesar de su rigor académico, revistas como The Lancet, Nature y Science, indexadas en bases de datos como Web of Science y Scopus, han debido retractarse en algunas de sus publicaciones por fraude, lo que devela fallas en el proceso de revisión y supervisión ética de la investigación. Es recordado el caso “Paolo Macchiarini”, un cirujano torácico que publicó varios estudios demostrando, según él, su capacidad de transformar la medicina regenerativa con trasplantes de tráquea; posteriormente se descubrió que había “fabricado” los datos para lograr conclusiones engañosas en sus trabajos. Esto deja en claro la incapacidad que tienen las revistas, incluso las más prestigiosas, para detectar algunas veces fraudes, lo que deja en entredicho los rigurosos procesos de revisión 4.
Otro caso ocurrió en la revistaSurfaces and Interfaces de Elsevier, donde se publicó un artículo generado por una aplicación de inteligencia artificial, levantando nuevamente serias dudas sobre la solidez del proceso de revisión. Más recientemente, y en relación con la pandemia por COVID-19, dos de las revistas más prestigiosas en investigación médica,The LancetyNew England Journal of Medicine,publicaron artículos relacionados con el uso de cloroquina como tratamiento contra la infección por el Coronavirus, sin el adecuado rigor científico, para posteriormente tener que retractarse, incluso con la intervención de la Organización Mundial de la Salud que prohibió el uso del producto, ante las evidencias de la relación del medicamento con una mayor mortalidad 5.
Se sabe del caso de autores, como el químico español Rafael Luque, quien en 2023 publicó más de 200 artículos (es decir, uno cada 37 horas), o de un investigador de China, quien a los 31 años de edad, en 2024 ya había realizado 160 publicaciones en revistas indexadas en Scopus, 62 de ellas solo en 2022, el mismo año en que obtuvo su doctorado 5.
Algunos mencionan que hasta la fecha han sido retractados por diversas razones más de 55.000 artículos académicos, pero los científicos y las empresas que buscan estas publicaciones engañosas consideran que son muchas más las que siguen circulando a pesar de ser fraudulentas. Este fenómeno causa confusión y hace perder el rumbo de aquellos que siguen el camino correcto de la investigación 5.
La mayoría sobreviven
En una publicación de Córdova-Salcedo N, et al. 6, donde en 2021 se evaluó a 2216 médicos peruanos, se encontró que solo el 13 % de ellos tenían publicaciones en revistas indexadas; y muy seguramente el 87 % restante sigue vivo.
Para hacer algo en la vida, e incluso para publicar, se necesitan tres cosas: querer, saber y poder. Aunque las tres son modificables, se debe entender que no todo el mundo quiere o puede hacer lo mismo. La mayoría somos lectores y son pocos los que investigan y publican, pero es un deber de quienes lo hacen, y de los responsables de las publicaciones, llevar a cabo el proceso de la mejor forma, para no inducir al error.
Por eso, considero que la frase “publicar o perecer” dista mucho de la verdad y debe ser desmitificada.













