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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[Eliminando al fantasma de la máquina: (Del alma al software - 1)]]></article-title>
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</front><body><![CDATA[  <font size="2" face="verdana">     <p align=right>Epistemolog&iacute;a, filosof&iacute;a de la mente y bio&eacute;tica</p>     <p align=right>&nbsp;</p>       <p>&nbsp; </p>     <p>        <center>     <b><font size="4">Eliminando al fantasma de la m&aacute;quina<sup><a href="#(1)">1</a></sup>         <br>(Del alma al software &#8211; 1) </font></b>    </center> </p>     <p>&nbsp; </p>     <p><b>Felipe De Brigard</b>    <br> Pontificia Universidad Javeriana, Facultad de Filosof&iacute;a </p> <hr size="1">     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>De acuerdo con la tradici&oacute;n, la psicolog&iacute;a se separ&oacute; de    la filosof&iacute;a   en 1879 y se convirti&oacute; en una ciencia particular. A pesar de que cinco   a&ntilde;os antes Franz Brentano (1) hubiera definido a la psicolog&iacute;a    como la   &#8216;ciencia del alma&#8217;, s&oacute;lo hasta ese momento la mente humana    se transformar&iacute;a   en el objeto, ya no de la especulaci&oacute;n filos&oacute;fica, sino del riguroso   quehacer emp&iacute;rico del hombre de ciencia. El alma humana perder&iacute;a,    entonces,   el estatuto metaf&iacute;sico misterioso que la caracterizaba, ubic&aacute;ndose   al nivel de lo que podr&iacute;an ser los astros para la astronom&iacute;a o    las plantas   para la bot&aacute;nica. No obstante, a diferencia de estas y de algunas otras   ciencias, la psicolog&iacute;a tuvo y ha tenido que enfrentar un problema que   aparece a la hora de delimitar su objeto de estudio. Si bien todos sabemos   m&aacute;s o menos qu&eacute; cosas son los astros y qu&eacute; cosas son las    plantas, es   dif&iacute;cil atinar a una respuesta semejante cuando de lo que se trata es    de   dar cuenta de lo que es la mente humana. Por ello, ateni&eacute;ndonos a la   definici&oacute;n de Brentano, la psicolog&iacute;a no parecer&iacute;a ser    m&aacute;s que una ciencia   de aquello que no sabemos bien qu&eacute; es.</p>     <p>   Esto, por supuesto, le ha tra&iacute;do innumerables problemas tanto te&oacute;ricos   como metodol&oacute;gicos y, mal que bien, la filosof&iacute;a ha estado al    lado de   la psicolog&iacute;a cuestionando desde sus m&aacute;s b&aacute;sicos principios    hasta sus   m&aacute;s desarrolladas conclusiones. Tan es as&iacute;, que una de las m&aacute;s    importantes   ramas de la llamada filosof&iacute;a anal&iacute;tica se ha dedicado a estudiar    la naturaleza de esta extra&ntilde;a &#8216;entidad&#8217;;   esta vertiente se conoce como   filosof&iacute;a de la mente y podr&iacute;a decirse   que su objetivo es desentra&ntilde;ar   los misterios que oscurecen la naturaleza   de &#8216;lo mental&#8217; y llegar as&iacute; a   descubrir en qu&eacute; consiste realmente   aquello que, se supone, estudia   la psicolog&iacute;a. De ah&iacute; que pueda afirmarse   que la filosof&iacute;a de la mente   busca dar respuesta a las siguientes   dos preguntas: 1) &iquest;qu&eacute; es la   mente? y 2) &iquest;qu&eacute; son los procesos   o actividades que llamamos &#8216;mentales&#8217;?</p>     <p>   El objetivo de esta serie de   tres art&iacute;culos es reconstruir con   cierto detalle algunas de las teor&iacute;as   filos&oacute;ficas m&aacute;s sobresalientes sobre   la mente que precedieron la aparici&oacute;n   del funcionalismo, atendiendo   principalmente a las respuestas   que formular&iacute;an a la pregunta 2).   La idea de esta reconstrucci&oacute;n es   la de permitirnos contextualizar   hist&oacute;rica y conceptualmente la doctrina   funcionalista, que cuenta   adem&aacute;s con la particularidad de   seguir siendo, a&uacute;n hoy, singularmente   atractiva, de forma que   podamos as&iacute; reconocer su significado   e importancia al interior de la   filosof&iacute;a de la mente. Aunque con   el paso del tiempo el funcionalismo   ha tomado varias formas, todas   ellas se basan en una misma idea   primigenia conocida como la met&aacute;fora   del computador, un recurso   te&oacute;rico sumamente rico que ha introducido   un nuevo lenguaje para   las explicaciones psicol&oacute;gicas. Pero   &#8211;como ya lo hab&iacute;a anunciado- para   llegar hasta este punto, es preciso   hacer antes un recorrido por las   m&aacute;s importantes doctrinas que precedieron   la aparici&oacute;n del   funcionalismo. Considero que una   buena forma para estudiar la historia   de la filosof&iacute;a de la mente es   pensar en cada nueva teor&iacute;a como   una posible respuesta a las dificultades   que acarrear&iacute;an las   anteriores. Por esta raz&oacute;n, seguir&eacute;   un camino cronol&oacute;gico que busca,   por un lado, resaltar la importancia   de cada teor&iacute;a por separado y,   por el otro, encuadrar dentro de un   marco temporal y conceptual suficientemente   claro el origen de los   problemas fundamentales que se   han trabajado en esta &aacute;rea de la filosof&iacute;a   contempor&aacute;nea.</p>     <p>   <b>I. Dualismo</b></p>     <p>   La mayor parte de las reconstrucciones   hist&oacute;ricas de la filosof&iacute;a   de la mente comienzan refiri&eacute;ndose   a la teor&iacute;a acerca del alma   propuesta por Ren&eacute; Descartes. A   pesar de que la historia de la ciencia   lo considere, m&aacute;s bien, como un   seguidor del mecanicismo de Galileo,   es un hecho bien conocido que   este fil&oacute;sofo desarroll&oacute; uno de los   m&aacute;s importantes y controvertidos   acercamientos a la naturaleza de &#8216;lo   mental&#8217;. Su doctrina ha sido llamada   dualismo cartesiano o dualismo   de sustancias y consiste, en pocas   palabras, en la postulaci&oacute;n de dos   tipos esencialmente distintos de   sustancias en el mundo: la res extensa y la res cogitans. Al primer tipo   pertenecen todas las cosas f&iacute;sicas,   extensas, es decir, aquellas que   caen bajo las leyes de la mec&aacute;nica.   Al segundo tipo, en cambio, pertenecen   aquellas entidades que no se   extienden en el espacio y cuya   esencia es la actividad cognitiva, el   pensar. As&iacute;, todo aquello que caiga   dentro de la categor&iacute;a de la res cogitans   se resistir&aacute; a ser explicado   en t&eacute;rminos de leyes causales, pues   &eacute;stas s&oacute;lo gobiernan en el &aacute;mbito   de la res extensa (2).</p>     <p>   La idea b&aacute;sica del dualismo   de sustancias descansa, seg&uacute;n   Descartes, en la intuici&oacute;n &laquo;clara y   distinta&raquo; de que nuestra alma es   esencial para nuestra existencia en   un sentido en que el cuerpo no lo   es. Descartes llega a esta conclusi&oacute;n   a trav&eacute;s de un mecanismo   filos&oacute;fico denominado duda met&oacute;dica   que consiste, a grandes rasgos,   en poner en duda todo aquello de   cuya existencia podemos dudar. De   esta forma, &eacute;l logra dudar no s&oacute;lo   de la existencia de todos los objetos   del mundo sino tambi&eacute;n de su   propio cuerpo, hasta el punto de   llegar a deducir que lo &uacute;nico indudable   es el hecho de que &eacute;l es una   cosa que duda. Y como dudar es un   acto del pensamiento, juzga conveniente   postular como una verdad   irrefutable, clara y distinta, que es,   en esencia, &laquo;una cosa que piensa&raquo;.   A partir de esta noci&oacute;n, Descartes   desarrolla una serie de argumentos   a favor del dualismo de   sustancias que &#8211;siguiendo a Flanagan   (2)- pueden ser resumidos en   tres. El primero de ellos aparece   hacia el final del Discurso del m&eacute;todo   (3)y presenta la siguiente forma: </p>     <p>Argumento 1:</p>     <p>   a) No puedo dudar de que yo existo   como un ser pensante.</p>     <p>   Pero, inmediatamente despu&eacute;s,   advert&iacute; que, mientras deseaba pensar   de este modo que todo era falso,   era absolutamente necesario que   yo, que lo pensaba, fuese alguna   cosa. Y d&aacute;ndome cuenta de que esta   verdad: pienso, luego soy, era tan   firme y tan segura que todas las   m&aacute;s extravagantes suposiciones de   los esc&eacute;pticos no eran capaces de   hacerla tambalear, juzgu&eacute; que pod&iacute;a   admitirla sin escr&uacute;pulo como el   primer principio de la filosof&iacute;a que   yo indagaba (Descartes (3), A-T, VI-   32).</p>     <p>   b) Puedo, sin embargo, dudar de   que existo como un ser extenso ya   que puedo dudar de la existencia   de mi cuerpo.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>   Posteriormente, examinando con   atenci&oacute;n lo que yo era, y viendo que   pod&iacute;a fingir que carec&iacute;a de cuerpo   as&iacute; como que no hab&iacute;a mundo...   (Descartes (3), A-T, VI-32).</p>     <p>   c) Luego, el pensamiento es esencial   para mi existencia, pero mi   cuerpo no lo es en modo alguno. Y   al ser esencialmente distintos, deben   ser de naturalezas distintas.</p>     <p>   ...llegu&eacute; a conocer a partir de todo   ello que era una sustancia cuya esencia o naturaleza no reside sino   en pensar y que tal sustancia, para   existir, no tiene necesidad de lugar   alguno ni depende de cosa alguna   material. De suerte que este yo, es   decir, el alma, en virtud de la cual   yo soy lo que soy, es enteramente   distinta al cuerpo, m&aacute;s f&aacute;cil de conocer   que &eacute;ste y, aunque el cuerpo   no fuese, no dejar&iacute;a de ser todo lo   que es (Descartes, (3) A-T, VI-33).</p>     <p>   El segundo argumento, expuesto   en la sexta de sus   Meditaciones metaf&iacute;sicas (4), llega a   la misma conclusi&oacute;n a trav&eacute;s de   una v&iacute;a ligeramente distinta:</p>     <p>   Argumento 2:</p>     <p>   a) Si puedo concebir (esto es, tener   la idea de) dos cosas como separadas,   entonces puedo concluir con   certeza que son de naturalezas distintas.</p>     <p>   ...basta con que yo pueda entender   clara y distintamente una cosa sin   otra para que est&eacute; cierto de que una   es diferente de otra... (Descartes (4),   p. 71).</p>     <p>   b) &laquo;Por una parte tengo la idea clara   y distinta de m&iacute; mismo, en tanto   que soy s&oacute;lo una cosa pensante, no   extensa, y por otra parte, la idea   distinta del cuerpo, en tanto que es   s&oacute;lo una cosa extensa, no pensante...   &raquo;. (Descartes (4), p. 71).</p>     <p>   c) Por lo tanto, &laquo;Es cierto que yo soy   realmente distinto de mi cuerpo, y   que puedo existir sin &eacute;l&raquo; (Descartes   (4), p. 71).</p>     <p>   Ambos argumentos han sido   ampliamente cuestionados desde   hace ya mucho tiempo, y reconstruir   la totalidad de las cr&iacute;ticas es   una labor que no tengo pensada   desarrollar. Baste aqu&iacute; con resumirlas   del siguiente modo. Al respecto   del argumento 1, se dice que &eacute;ste   s&oacute;lo funciona en caso de que se   acepte la siguiente suposici&oacute;n:   &laquo;cuando se conoce con certeza que   una entidad tiene la propiedad x,   pero no se conoce con certeza que   tiene la propiedad y, entonces x es   esencial para la entidad, pero y no&raquo;   (Flanagan, (2)). Pero este supuesto   es falso, ya que puede considerarse   el caso de que exista un objeto   del que s&oacute;lo conocemos una propiedad,   y no otra, aunque ambas le   sean esenciales. Por ejemplo, uno   puede saber con certeza que la trilateralidad   es una propiedad esencial   de todo tri&aacute;ngulo, pero ignorar que   la suma de sus &aacute;ngulos internos es   igual a 180&ordm;. En ese sentido, de ser   cierta la suposici&oacute;n, s&oacute;lo la primera   propiedad ser&iacute;a esencial en el   tri&aacute;ngulo, pero sabemos que la segunda   tambi&eacute;n lo es.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>   Del argumento 2, por otra   parte, se dice que Descartes cae en   una petici&oacute;n de principio, pues le   resulta imposible dar cuenta de lo   que es &laquo;percibirse como algo que   piensa e inextenso&raquo;. La &uacute;nica forma   que &eacute;l tiene para explicar la no   extensi&oacute;n del alma es contraponi&eacute;ndola   a la extensi&oacute;n del cuerpo,   pero si todo conocimiento de la res   extensa es, ex hipotesis, incompatible con el conocimiento de la res   cogitans, &iquest;c&oacute;mo puede ser posible   que lo uno sea la clave para entender   lo otro? Este contra argumento   ha sido considerablemente desarrollado   por el conductismo l&oacute;gico y   ser&aacute; tema de la secci&oacute;n II.</p>     <p>   Sin embargo, a&uacute;n es posible   encontrar &#8211;tambi&eacute;n en la Meditaci&oacute;n   VI- un tercer argumento sutilmente   distinto a los anteriores, aunque   igualmente susceptible de recibir la   cr&iacute;tica que, como antes anunciaba,   se le formul&oacute; al segundo:</p>     <p>   Argumento 3:</p>     <p>   a) Una entidad no puede poseer una   propiedad y su opuesta.</p>     <p>   b) Encuentro que mi cuerpo es divisible,   mientras que mi mente no   lo es.</p>     <p>   ...advierto aqu&iacute;, en primer lugar,   que hay gran diferencia entre la   mente y el cuerpo, pues el cuerpo   es siempre por naturaleza divisible,   mientras que la mente es absolutamente   indivisible (Descartes (4),   p. 78).</p>     <p>   c) Entonces, el cuerpo es distinto   de la mente.</p>     <p>   ... y esto solo bastar&iacute;a para ense&ntilde;arme   que la mente es completamente   diferente del cuerpo... (Descartes, (4),   p 78).</p>     <p>   Es importante anotar en este   punto que algunos te&oacute;ricos, preocupados   por la radicalidad del   dualismo de sustancias, han preferido   interpretar de un modo   distinto este &uacute;ltimo argumento. La   conclusi&oacute;n a la que llegan, en breve,   puede exponerse as&iacute;: no es que   haya una sustancia mental distinta   de una f&iacute;sica, sino m&aacute;s bien que   hay algo f&iacute;sico (el cerebro) que tiene   ciertas propiedades mentales   que ninguna otra cosa f&iacute;sica tiene.   De este modo, concluyen que:</p>     <p>   c2) El cerebro tiene propiedades   (mentales) que ninguna otra cosa   f&iacute;sica tiene.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>   Estas propiedades le permiten   al cerebro tener la capacidad de   dudar, entender, concebir, afirmar,   negar, querer, no querer, imaginar,   sentir, etc. y, en general &#8211;podr&iacute;a   decirse- la misma clase de actividades   que Brentano describir&iacute;a   como intencionales (5). Esta nueva   versi&oacute;n del dualismo, m&aacute;s d&eacute;bil que   el cartesiano, ha sido denominada   dualismo de propiedades, y se encuentra   reflejada principalmente en   dos vertientes te&oacute;ricas distintas: el   epifenomenalismo y el dualismo interaccionista   de propiedades. El   primero sostiene, en pocas palabras,   que mientras el cerebro causa   los fen&oacute;menos mentales en virtud   de su actividad f&iacute;sica, estos &uacute;ltimos   no tienen ning&uacute;n poder causal   sobre dicho &oacute;rgano y, en consecuencia,   sobre ninguna otra cosa   f&iacute;sica. La segunda doctrina, en cambio,   busca eliminar la impotencia   causal de lo mental sobre lo f&iacute;sico y   sostiene que si bien las facultades mentales son propiedades emergentes   de la actividad cerebral,   s&iacute; tienen poder causal sobre el   cerebro y, de all&iacute;, sobre el comportamiento. </p>     <p>Pero volvamos a los argumentos   a favor del dualismo de   sustancias. Probablemente una investigaci&oacute;n   m&aacute;s rigurosa de la   doctrina cartesiana podr&iacute;a poner al   descubierto otras formas similares   de argumentos (adem&aacute;s de los tres   expuestos anteriormente); no obstante,   considero que todos ellos   presentan una caracter&iacute;stica fundamental   del acercamiento   dualista: este tipo de argumentaci&oacute;n   es introspeccionista. Es decir,   Descartes llega a la conclusi&oacute;n de   que existen dos sustancias distintas   en el mundo, a trav&eacute;s de un   proceso de auto-observaci&oacute;n, un   tipo de investigaci&oacute;n que podr&iacute;amos   llamar en primera persona. Claramente,   para que la estructura del   argumento funcione en todos por   igual, el fil&oacute;sofo presupon&iacute;a que   cualquier persona podr&iacute;a reproducir   sus argumentos para s&iacute; mismo,   de forma que su conclusi&oacute;n se convirtiera   en una verdad general. Sin   embargo, valga decir, la idea cartesiana   de que la introspecci&oacute;n nos   lleva necesariamente a la conclusi&oacute;n   de que existimos como una res cogitans,   ha sido cuestionada casi desde   su misma aparici&oacute;n y contamos con   argumentos suficientemente s&oacute;lidos   (Kant y Hume son s&oacute;lo dos ejemplos)   que nos invitan a ponerla seriamente   en duda. </p>     <p>En todo caso, lo que me interesa   rescatar en este punto es que,   de ser cierto, el dualismo implicar&iacute;a   algo que un par de siglos m&aacute;s   tarde Brentano describir&iacute;a del siguiente   modo: &laquo;la psicolog&iacute;a [as&iacute;   definida] es la ciencia que estudia   las propiedades y leyes del alma,   que descubrimos en nosotros mismos   directamente por medio de la   percepci&oacute;n interna, y que inferimos,   por analog&iacute;a, que existen en los   otros&raquo; (Brentano, (1), cursiva m&iacute;a).   Esta caracter&iacute;stica introspeccionista   ha llevado a muchos te&oacute;ricos a   sostener que la aceptaci&oacute;n del dualismo   implicar&iacute;a la imposibilidad de   una ciencia psicol&oacute;gica, ya que si   la mente humana s&oacute;lo puede ser   conocida en primera persona, ser&iacute;a   imposible cualquier estudio   psicol&oacute;gico intersubjetivo, a menos   que se aceptasen leyes establecidas   por analog&iacute;a. Por supuesto, esto   har&iacute;a que la psicolog&iacute;a no pudiera   ser considerada ni remotamente   similar a la f&iacute;sica (o a la mec&aacute;nica),   pues las cosas que &eacute;sta estudia son,   por definici&oacute;n, objetivas y, como tales,   susceptibles de ser analizadas   en tercera persona. En caso de que   fuera cierto, el dualismo har&iacute;a que   el &aacute;mbito de la psicolog&iacute;a se redujera   a las simples conclusiones   subjetivas extrapolables &uacute;nicamente   en primera persona, de forma que   habr&iacute;a de sostenerse que: </p>     <p>1. La investigaci&oacute;n psicol&oacute;gica es   por naturaleza introspectiva y los   resultados conseguidos por esta v&iacute;a   s&oacute;lo pueden darnos luces al respecto de nuestra propia mente, pero   nada pueden decirnos con certeza   sobre las dem&aacute;s (Tesis de la introspecci&oacute;n). </p>     <p>Esta consecuencia est&aacute; a su   vez amparada por otro corolario que   &#8211;en principio- se seguir&iacute;a de la   aceptaci&oacute;n del dualismo, y que ha   resultado siendo una de las principales   razones para cuestionar la   postura cartesiana: </p>     <p>2. Si la mente humana no es f&iacute;sica,   entonces ning&uacute;n conocimiento   del cerebro podr&aacute; enriquecer nuestro   saber psicol&oacute;gico, pues las leyes   a trav&eacute;s de las cuales explicamos   la naturaleza de los objetos f&iacute;sicos   ser&iacute;an inaplicables en el &aacute;mbito del   alma humana (Tesis de la autonom&iacute;a   de la psicolog&iacute;a). </p>     <p>Y finalmente, la admisi&oacute;n de   tal postura en cualquiera de sus formas,   lleva a la postulaci&oacute;n de lo que   se conoce como &#8216;irreductibilidad de   lo mental&#8217;: </p>     <p>3. Los fen&oacute;menos mentales son por   naturaleza irreductibles a los fen&oacute;menos   f&iacute;sicos, es decir, los primeros   no pueden explicarse en t&eacute;rminos   de los segundos (Tesis de la irreductibilidad   de lo mental). </p>     <p>Estas consecuencias han sido   sumamente importantes a lo largo   de la tradici&oacute;n filos&oacute;fica contempor&aacute;nea   y constituyen las razones por   las que se considera a la postura   cartesiana como el origen de la   mayor parte de las disputas en filosof&iacute;a   de la mente. En particular,   han dado origen a dos de los m&aacute;s   discutidos aprietos conceptuales de   los &uacute;ltimos cien a&ntilde;os: el problema   de las otras mentes y el problema   mente-cuerpo. </p>     <p>El primero es considerado un   problema netamente epistemol&oacute;gico   y consiste, brevemente, en que   &#8211;de aceptarse 1- no habr&iacute;a forma   de saber con certeza nada de ninguna   mente, salvo de la propia.   Podemos, por supuesto, inferir por   analog&iacute;a que si una persona sonr&iacute;e   o se queja est&aacute; sintiendo alegr&iacute;a o   dolor, ya que eso hacemos nosotros   cuando experimentamos tales   eventos mentales. No obstante, de   ser cierto que no podemos sino tener   acceso a nuestra propia vida   mental, no habr&iacute;a modo de construir   leyes psicol&oacute;gicas justificadas   que se aplicasen a todas las personas   por igual y, de esta forma, el   estatuto cient&iacute;fico de la psicolog&iacute;a   quedar&iacute;a en entredicho. </p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>El problema mente-cuerpo,   en cambio, es ontol&oacute;gico y surge   cuando se reconoce que la aceptaci&oacute;n   del dualismo, en cualquiera de   sus formas, enfrentar&iacute;a serios problemas   al momento de dar cuenta   de la causaci&oacute;n mental. Una de las   consecuencias que Descartes pretend&iacute;a   extraer de su teor&iacute;a, era que   no todas las cosas en el mundo   estaban supeditadas a las explicaciones   causales mecanicistas   (Flanagan, (2), p. 11); en realidad,   s&oacute;lo aquellas cosas que ca&iacute;an bajo el dominio de la res extensa    estaban,   en un sentido estricto,   determinadas por las leyes de la   naturaleza. Pero el alma humana,   al ser una sustancia distinta y contrapuesta   a los objetos de la f&iacute;sica,   no se encontraba determinada por   ninguna ley causal, de forma que   las acciones intencionales del hombre   &#8211;esto es, mentalmente   causadas- pod&iacute;an considerarse libres   y no compelidas. La influencia   de esta opini&oacute;n en el campo de la   moral es indudable, empero, su   aceptaci&oacute;n nos obliga a preguntarnos:   &iquest;c&oacute;mo es posible que el alma,   siendo una sustancia no f&iacute;sica e   inextensa, pueda originar un evento   &#8211;un comportamiento- que es   f&iacute;sico y ocupa un lugar en el espacio?   La respuesta de Descartes es   bastante cuestionable y, en realidad,   poco explicativa: &eacute;l cre&iacute;a que   la encargada de comunicar al alma   con el cuerpo era la gl&aacute;ndula pineal,   una complicada parte del cerebro   en la que el alma encontraba asiento   y en virtud de la cual pod&iacute;a   unirse a &eacute;l, no como &laquo;un piloto a su   nav&iacute;o, sino m&aacute;s estrechamente, casi   confundi&eacute;ndose, para formar as&iacute; un   s&oacute;lo todo&raquo; (Descartes, (3) A-T, Parte   V). El problema, en consecuencia,   sigue en pie y hasta ahora no ha   encontrado una respuesta que no   nos obligue a renunciar al dualismo. </p>     <p>Estas dificultades motivaron   la patente renuencia filos&oacute;fica hacia   la teor&iacute;a cartesiana como   sustento para cualquier tipo de psicolog&iacute;a,   y originaron toda clase de   posturas alternativas de &iacute;ndole   materialista, dentro de las cuales   cabe mencionar las dos m&aacute;s importantes   en el siglo pasado: el   conductismo y el reduccionismo fisicalista.   Las dos doctrinas se apoyan   en una ontolog&iacute;a monista y consideran   &#8211;cada una por motivos   distintos- que no hay algo as&iacute; como   una sustancia espiritual, sino m&aacute;s   bien que todo lo que existe en el   mundo es material. Sugirieron, entonces,   una manera para reducir &#8216;lo   mental&#8217; a &#8216;lo f&iacute;sico&#8217; (es decir, para   negar la consecuencia 3), y as&iacute; garantizar   la cientificidad de la   psicolog&iacute;a (y contradecir, de este   modo, la consecuencia 2). De hecho,   la noci&oacute;n de que la &uacute;nica   manera cient&iacute;ficamente posible de   hacer psicolog&iacute;a era siendo materialista   predomin&oacute; durante mucho   tiempo, convirti&eacute;ndose casi en una   ley general el que si </p>     <p>4. Por definici&oacute;n, la &uacute;nica manera   de no ser dualista es ser monista,   entonces, o se intenta hacer una   teor&iacute;a de la mente de &iacute;ndole materialista,   o la psicolog&iacute;a estar&aacute;   condenada al fracaso (Tesis del   monismo radical). </p>     <p>Quiz&aacute;s sea cierto que la &uacute;nica   manera (conocida) de eliminar   los inconvenientes que acarrea la   aceptaci&oacute;n del dualismo sea sosteniendo   alg&uacute;n tipo de monismo, no   obstante lo que s&iacute; puede ser cuestionable   es la idea de que apoyar el   monismo implica necesariamente casarse con una psicolog&iacute;a materialista.   En realidad, tengo la   impresi&oacute;n de que a la base de todas   estas consideraciones, hay un   supuesto &#8211;tambi&eacute;n dualista- que,   t&aacute;citamente, parece ser respetado   por todas las doctrinas filos&oacute;ficas   que durante el siglo XX intentaron   formular alternativas materialistas   a la postura cartesiana. Esta presunci&oacute;n   &#8211;parafraseando a John   Searle (6)- podr&iacute;a denominarse dualismo   conceptual, y consiste en la   creencia equivocada de que mantener   alg&uacute;n tipo de mentalismo (i.e.   ratificar la existencia de estados y   eventos mentales irreductibles a la   f&iacute;sica) implica ser dualista, al igual   que ser monista implica vincularse   con una psicolog&iacute;a materialista. Sin   embargo, veremos que precisamente   el funcionalismo es una teor&iacute;a   que sostiene que la investigaci&oacute;n   del alma humana puede no ser ni   dualista ni monista (negando as&iacute; 4),   lo cual, a mi juicio, es una de sus   m&aacute;s importantes y novedosas caracter&iacute;sticas.   Pero antes debemos   recorrer otra parte del camino. </p>     <p><b>II. Conductismo</b></p>     <p>   En vista de la necesidad de   encontrar criterios objetivos, p&uacute;blicos,   para estudiar la mente, un   grupo de te&oacute;ricos se dio a la tarea   de construir una psicolog&iacute;a que se   basara en la observaci&oacute;n de la conducta   de los organismos. Esto dio   origen &#8211;hacia finales del siglo XIX   y principios del siglo XX- a la formaci&oacute;n   de una de las primeras   reacciones cient&iacute;ficas importantes   en contra del dualismo que propusiera   un an&aacute;lisis psicol&oacute;gico en   tercera persona: el conductismo.   Cabe aclarar, en todo caso, que el   t&eacute;rmino &#8216;conductismo&#8217; refiere en   realidad a dos distintas vertientes   investigativas &#8211;la una emp&iacute;rica (conductismo   metodol&oacute;gico) y la otra   te&oacute;rica (conductismo filos&oacute;fico)-, que   si bien compart&iacute;an algunas ideas,   difer&iacute;an en sus intenciones. La primera   de ellas &#8211;llamada conductismo   metodol&oacute;gico o psicol&oacute;gico-, consist&iacute;a   en un programa de investigaci&oacute;n   emp&iacute;rica que buscaba descubrir   leyes que explicaran la conducta   de los organismos en t&eacute;rminos de   est&iacute;mulos ambientales, condicionamientos   y respuestas conductuales   (Bechtel, (5) p. 120). Encabezada   por dos importantes psic&oacute;logos norteamericanos,   J.B. Watson y B.F.   Skinner, esta novedosa disciplina   emp&iacute;rica desarroll&oacute; una serie de experimentos   que permitieron la   formulaci&oacute;n de leyes conductuales   bastante estrictas, y cuya naturaleza   no creo necesario exponer aqu&iacute;.   Me interesa, en cambio, rescatar   algunas nociones te&oacute;ricas que, de   un modo u otro, tuvieron alguna   injerencia en las concepciones al   respecto de la mente humana. </p>     <p>Una de las ideas en contra de   las que se pronunci&oacute; el conductismo,   consist&iacute;a en la aparente   necesidad de hablar de &#8216;procesos   internos&#8217; cuando se intentaba formular   alg&uacute;n tipo de explicaci&oacute;n   psicol&oacute;gica. En opini&oacute;n de Skinner, esta tendencia surge de la    injustificada   creencia de que como los   comportamientos son externos,   deben ser producidos por alguna   clase de causa interna. Y tales causas,   con frecuencia, se reducen a   dos tipos: ps&iacute;quicas (o mentales) y   neuronales. La referencia al primer   tipo de causas &#8211;cre&iacute;a &eacute;l- ha sido   fruto de la visi&oacute;n de que tenemos   un &#8216;hombrecillo interno&#8217;, y de la cual   acusa principalmente a las psicolog&iacute;as   introspeccionistas de corte   cartesiano. &Eacute;l sosten&iacute;a que conceptos   como &#8216;la mente&#8217; o &#8216;las ideas&#8217;   hab&iacute;an sido creados para proveernos   de explicaciones espurias e   inverificables, y que al estar fuera   del alcance de cualquier m&eacute;todo de   corroboraci&oacute;n emp&iacute;rica, esto es,   &laquo;m&aacute;s all&aacute; del alcance de la observaci&oacute;n   &raquo; (Skinner, (7) p. 686), una   ciencia que insistiera en apoyarlas   ganar&iacute;a muy poco con ellas. An&aacute;logamente,   acudir al segundo tipo de   causas internas &#8211;las neuronalestampoco   podr&iacute;a ser suficiente para   la psicolog&iacute;a: &laquo;Eventualmente una   ciencia del sistema nervioso basada   en la observaci&oacute;n directa m&aacute;s   que en inferencias, describir&aacute; los   estados y eventos neurales que inmediatamente   preceden instancias   de comportamiento&raquo; (Skinner, (7) p.   685). Pero estos eventos tendr&aacute;n, a   su vez, otros que les precedan, hasta   que nos topemos finalmente con   algunos que se salgan del organismo.   En realidad, los procesos   neuronales internos no son para   nada indispensables en la explicaci&oacute;n   de nuestras conductas, ellos   son s&oacute;lo un inobservable eslab&oacute;n   intermedio en una cadena causal   de los comportamientos, en la que   &#8211;seg&uacute;n Skinner- podr&iacute;an distinguirse   tres estadios distintos: (1) una   operaci&oacute;n ejercida sobre un organismo   desde afuera (llamada   est&iacute;mulo), (2) una condici&oacute;n interna   (seguramente neuronal) y (3) un   tipo de comportamiento o respuesta.   As&iacute;, de acuerdo con la teor&iacute;a, el   est&iacute;mulo se comporta como un   agente que afecta al organismo f&iacute;sicamente,   generando un   comportamiento por &eacute;l controlado   (respuesta). Juntos comprenden lo   que es llamado &laquo;reflejo&raquo;, y el tiempo   transcurrido entre el est&iacute;mulo y   la respuesta se denomina &laquo;latencia   &raquo;. Ambas variables pod&iacute;an ser   condicionadas en el laboratorio y,   gracias a esto, podr&iacute;an establecerse   leyes estrictas que vincularan a   (1) y a (3). El segundo eslab&oacute;n en la   cadena, en cambio, nos es ahora   inaccesible; sin embargo &#8211;afirmabaen   caso de que alg&uacute;n d&iacute;a llegara a   serlo, ser&iacute;a in&uacute;til para el control del   comportamiento: &laquo;Podemos suponer,   sin embargo, que procesos   comparables eventualmente ser&aacute;n   descritos en t&eacute;rminos apropiados a   eventos neuronales. Una descripci&oacute;n   tal llenar&aacute; vac&iacute;os espaciales y   temporales entre la historia anterior   de condicionamiento y su   resultado actual&raquo; (Skinner (7), p.   694), no obstante no variar&aacute; la legaliformidad   en las leyes entre los   est&iacute;mulos y las respuestas, ni ser&aacute;   &uacute;til para predecir o controlar el   comportamiento.</p>     <p>En suma, el conductismo psicol&oacute;gico   manten&iacute;a la visi&oacute;n de que   la b&uacute;squeda de causas internas   hab&iacute;a dejado de lado las variables   que influ&iacute;an en los comportamientos,   las cuales s&iacute; eran susceptibles   de ser analizadas cient&iacute;ficamente.   Y como tales variables &laquo;descansan   fuera del organismo, en su ambiente   inmediato y en su historia   ambiental&raquo; (Skinner, (7) p. 687),   recomendaron una psicolog&iacute;a que   aplicara un m&eacute;todo diferente (denominado   an&aacute;lisis funcional), en el   que se atendiera a los eventos que   pod&iacute;an observarse en los sujetos: </p>     <p>La objeci&oacute;n a los estados internos   no es que ellos no existan,   sino que no son relevantes en   un an&aacute;lisis funcional. No podemos   dar cuenta del comportamiento de   ning&uacute;n sistema mientras permanezcamos   totalmente dentro de &eacute;l;   eventualmente debemos atender a   las fuerzas que operan sobre el organismo   desde afuera (7). </p>     <p>De este modo, la propuesta   conductista eliminaba la posibilidad   no s&oacute;lo de una psicolog&iacute;a   netamente neuronal, sino tambi&eacute;n   la de una teor&iacute;a dualista en la que   los procesos mentales fueran llevados   a cabo por un alma inmaterial   e inaccesible. Asimismo, el uso de   un lenguaje conductista en lugar   de uno &#8216;mentalista&#8217;, eliminar&iacute;a la   necesidad de apelar a nociones intencionales   para explicar los   comportamientos. Conceptos que   antes se cre&iacute;an absolutamente privados   y aplicables &uacute;nicamente a ese   &#8216;hombrecillo interior&#8217;, ser&iacute;an ahora   descritos en t&eacute;rminos totalmente   conductuales; como el caso de &#8216;pensamiento&#8217;,   seg&uacute;n el cual &#8211;pretend&iacute;a   Watson- (8), los conductistas entend&iacute;an,   &laquo;en breve, nada m&aacute;s que   hablarnos a nosotros mismos&raquo; en   una suerte de discurso interno subvocal. </p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>La otra versi&oacute;n del conductismo   se conoce como conductismo   l&oacute;gico o filos&oacute;fico, y m&aacute;s que una   metodolog&iacute;a de investigaci&oacute;n psicol&oacute;gica,   lo que desarroll&oacute; fue una   teor&iacute;a al respecto de nuestro lenguaje   &#8216;mentalista&#8217;. En pocas   palabras, el conductismo l&oacute;gico   propuso una especie de reduccionismo   ling&uuml;&iacute;stico que buscaba   eliminar los dif&iacute;ciles enunciados   mentalistas de corte cartesiano, en   favor de las &#8211;aparentemente- m&aacute;s   precisas formulaciones de las proposiciones   conductuales. Cre&iacute;an,   en consecuencia, que cualquier   proposici&oacute;n acerca de un estado   o evento mental, pod&iacute;a ser reducida   &#8211;sin p&eacute;rdida sem&aacute;ntica- a una   (posiblemente larga y compleja) lista   de proposiciones sobre el   comportamiento observable que   podr&iacute;a resultar si un sujeto u organismo   estuviera en una cierta   circunstancia, tambi&eacute;n observable   (Churchland, (9) p. 23). Los seguidores   de esta vertiente &#8216;filos&oacute;fica&#8217;   del conductismo estuvieron inspirados por dos fuentes principales:   en primer lugar, por la idea positivista   del verificacionismo, difundida   fundamentalmente por el c&iacute;rculo de   Viena, y que se desprende de ciertas   concepciones expuestas por   Wittgenstein (9) en el Tractatus Logico-   Philosophicus. Ellos sosten&iacute;an   que el significado de cualquier proposici&oacute;n   significativa pod&iacute;a,   finalmente, ser reducido a enunciados   observacionales de la f&iacute;sica,   cuya verdad o falsedad se establec&iacute;a   por sus condiciones de   verificaci&oacute;n (i.e. de contrastaci&oacute;n   con la realidad). Es decir, se compromet&iacute;an   con la aseveraci&oacute;n de   que &laquo;una proposici&oacute;n no dice m&aacute;s   que lo que puede verificarse de ella,   de otro modo es asignificativa&raquo; (Carnap,   (10) p. 28). A la base de esta   formulaci&oacute;n se encuentra, claramente,   el supuesto de la f&iacute;sica como   el ideal de la ciencia, y el del lenguaje   fisicalista como el arquetipo   del lenguaje cient&iacute;fico; adem&aacute;s de   la intenci&oacute;n de demostrar que no   hay una diferencia tajante entre las   ciencias de &laquo;la mente y la cultura,   y las ciencias naturales&raquo; (Hempel,   (11) p.15). En realidad, dos de sus   principales exponentes &#8211;Rudolf   Carnap y Carl Hempel- llegar&iacute;an a   la conclusi&oacute;n de que &laquo;la psicolog&iacute;a   es una parte integral de la f&iacute;sica&raquo;   (Hempel, 1949, 18).</p>     <p>   Para llegar hasta este punto,   supusieron que dado que el contenido   te&oacute;rico de una ciencia se   encuentra en sus proposiciones,   &eacute;stas pueden ser o bien significativas   o bien asignificativas. De este   modo, si las proposiciones de la   psicolog&iacute;a se demostraban asignificativas,   deb&iacute;an ser rechazadas y,   por tanto, la psicolog&iacute;a habr&iacute;a de   eliminarse. Pero en cambio, resultar&iacute;an   significativas si pod&iacute;an ser   reducidas a enunciados fisicalistas   y, por ende, verificables. En consecuencia,   si los enunciados de la   psicolog&iacute;a eran efectivamente significativos,   el problema se reducir&iacute;a   a examinar las condiciones que los   verificar&iacute;an. Y como un requisito   para su verificabilidad consist&iacute;a en   que tales condiciones fueran p&uacute;blicas,   ten&iacute;an que encontrar un   criterio que les permitiera cumplir   con tal requerimiento. Ese criterio   fue, entonces, el comportamiento   observable. As&iacute;, las oraciones psicol&oacute;gicas   podr&iacute;an convertirse en   una serie de proposiciones conductuales   verificables por la &laquo;simple   observaci&oacute;n del comportamiento   corporal externo&raquo;, de forma que el   lenguaje mentalista o intencional   que antes dominaba a las leyes de   la psicolog&iacute;a popular, se precisar&iacute;a   con un lenguaje conductista, y las   nuevas leyes psicol&oacute;gicas adquirir&iacute;an   una estructura del tipo: y   comportamiento es efectuado por   (le ocurre a) el cuerpo x en una circunstancia   z (11). Todo esto los   llev&oacute; a concluir que:</p>     <p>   5. &laquo;Todos los enunciados psicol&oacute;gicos   significativos, esto es, que   son en principio verificables, son   traducibles a enunciados que no involucran conceptos psicol&oacute;gicos   sino s&oacute;lo conceptos f&iacute;sicos. Los   enunciados psicol&oacute;gicos son   consecuentemente enunciados   fisicalistas. [Por lo tanto L]a psicolog&iacute;a   es una parte integral de la   f&iacute;sica&raquo; (11)<a href="#(2)"><sup>2</sup></a>. (Tesis del positivismo   fisicalista).</p>     <p>   Por ello insist&iacute;an en que las   &uacute;nicas diferencias que podr&iacute;an   existir entre &#8216;las ciencias de la mente   y la cultura&#8217; y &#8216;las ciencias   naturales&#8217;, se basaban en asuntos   pr&aacute;cticos y no de principio. De este   modo, al encontrar el lugar de la   psicolog&iacute;a al interior de la f&iacute;sica, su   estatuto cient&iacute;fico quedar&iacute;a garantizado   y habr&iacute;an logrado ganarle a   la suposici&oacute;n dualista de que alma   y cuerpo son, a todo respecto, irreconciliables.   De hecho, su af&aacute;n de   reduccionismo los llev&oacute; a proponer   programas fisicalistas para las otras   disciplinas &#8216;no f&iacute;sicas&#8217; (como la sociolog&iacute;a,   a la que convirtieron en   conductismo social), quiz&aacute;s para evitar   as&iacute; su &#8216;extinci&oacute;n&#8217;: </p>     <p>La divisi&oacute;n de la ciencia en   distintas &aacute;reas descansa exclusivamente   en diferencias en los   procesos de investigaci&oacute;n y direcci&oacute;n   de intereses; no debemos   pensar que es una cuesti&oacute;n de principio.   Por el contrario, todas las ramas   de la ciencia son en principio   de una y la misma naturaleza; ellas   son ramas de una ciencia unitaria,   la f&iacute;sica (11).</p>     <p>   La segunda fuente de inspiraci&oacute;n   del conductismo l&oacute;gico   proviene de la idea, atribuible al &#8216;segundo&#8217;   Wittgenstein, de que los   problemas filos&oacute;ficos son el resultado   de confusiones ling&uuml;&iacute;sticas y   que, siendo esa su naturaleza, pueden   ser solucionados &laquo;mediante   una cala en el funcionamiento de   nuestro lenguaje&raquo; (Wittgenstein,   (12) &sect;109). De este modo &#8211;seg&uacute;n la   interpretaci&oacute;n de Searle (6)-, un   an&aacute;lisis de las expresiones mentalistas   terminar&iacute;a por demostrar que   &laquo;es un asunto gramatical que los   t&eacute;rminos mentales puedan definirse   en t&eacute;rminos conductuales&raquo;. El   m&aacute;s importante exponente de esta   vertiente de pensamiento fue sin   duda el fil&oacute;sofo ingl&eacute;s Gilbert Ryle.   Su principal obra &#8211;El concepto de lo   mental (13)- no s&oacute;lo es uno de los   tratados m&aacute;s significativos del conductismo   l&oacute;gico, sino que   constituye una de las m&aacute;s fuertes   cr&iacute;ticas en contra del dualismo cartesiano.   &Eacute;l se enfrenta a esta teor&iacute;a,   a la que identifica como &laquo;la doctrina oficial&raquo;, acus&aacute;ndola    de cometer   lo que denomin&oacute; un error categorial   (category-mistake), una suerte   de confusi&oacute;n conceptual, producto   de la &laquo;perplejidad ling&uuml;&iacute;stica&raquo;, en la   que se &laquo;representa los hechos de la   vida mental como si pertenecieran   a un tipo o categor&iacute;a l&oacute;gica (o un   rango o conjunto de categor&iacute;as),   cuando realmente pertenecen a   otro&raquo; (13). Seg&uacute;n Ryle (13), este   error proviene de un conflicto de   intereses religiosos y morales que   invit&oacute; a Descartes a sospechar   que &laquo;lo mental no pod&iacute;a ser simplemente   una variedad de lo   mec&aacute;nico&raquo;. Esto hizo que el fil&oacute;sofo   franc&eacute;s pensara que la dificultad se   solucionar&iacute;a simplemente al contraponer   las leyes f&iacute;sicas a las leyes   mentales, salvando as&iacute; al alma del   determinismo fisicalista que gobernaba   a la res extensa. </p>     <p>El problema &#8211;se&ntilde;ala ahora el   ingl&eacute;s- es que las diferencias que   &eacute;l formul&oacute; entre lo f&iacute;sico y lo mental,   se establec&iacute;an dentro de un   mismo marco que involucraba &laquo;las   categor&iacute;as de &#8216;cosa&#8217;, &#8216;algo&#8217;, &#8216;atributo&#8217;,   &#8216;estado&#8217;, &#8216;proceso&#8217;, &#8216;cambio&#8217;,   &#8216;causa&#8217; y &#8216;efecto&#8217;&raquo; (13). Es decir,   cuando Descartes defin&iacute;a al alma,   lo que estaba haciendo en realidad   era describir negativamente a la res   extensa, usando ant&oacute;nimos de los   adjetivos que utiliz&oacute; al hablar de los   objetos f&iacute;sicos. El alma, as&iacute; definida,   se entend&iacute;a como una cosa   inextensa, indivisible, no f&iacute;sica, etc.,   pero como una &#8216;cosa&#8217; al fin y al cabo;   del mismo modo, sus procesos se   entend&iacute;an como otra clase de causas   y efectos, pero &#8216;causales&#8217; en todo   caso. Era como si Descartes estuviera   buscando un tipo de   sustancia que, sin comportarse del   modo en que lo hac&iacute;an los objetos   f&iacute;sicos, se &#8216;pareciera&#8217; a ellos. De ah&iacute;   que Ryle (13) concluya que, en &uacute;ltimas,   la hip&oacute;tesis de Descartes   terminara siendo para-mec&aacute;nica y   no a-mec&aacute;nica como &eacute;l lo cre&iacute;a. </p>     <p>En verdad, el error categorial   del dualismo &#8211;sosten&iacute;a de nuevo   Ryle- es fruto de la confusi&oacute;n ling&uuml;&iacute;stica   que aparece al hacer un   mal uso del lenguaje: &laquo;La creencia   de que hay una oposici&oacute;n radical   entre mente y materia es la creencia   de que ellos son t&eacute;rminos de un   mismo tipo l&oacute;gico&raquo; (13). Ryle en realidad   no est&aacute; negando con esto la   posibilidad de que ocurran procesos   mentales, lo que s&iacute; est&aacute; diciendo   es que &laquo;la frase &#8216;ocurren procesos   mentales&#8217; no significa la misma cosa   que &#8216;ocurren procesos f&iacute;sicos&#8217;, y en   consecuencia, que no tiene sentido   la conjunci&oacute;n o disyunci&oacute;n de   las dos&raquo;. As&iacute; las cosas, la aparente   diferencia ontol&oacute;gica entre el alma   y el cuerpo se disuelve, pero no   a favor de ninguna de las dos,   sino m&aacute;s bien demostrando que el   problema mente-cuerpo es, meramente,   un seudo-problema. </p>     <p>Los errores categoriales, es   decir, la asignaci&oacute;n de conceptos a   tipos l&oacute;gicos que no les corresponden, son usualmente los responsables   de una cantidad importante de   confusiones filos&oacute;ficas. Incluso   pueden llevarnos, como en el caso   del dualismo, a suponer que ciertos   conceptos hacen referencia a   entes inmateriales, cuando en realidad   no es as&iacute;. Veamos c&oacute;mo es   esto. Uno puede decir, por ejemplo,   &laquo;Ram&oacute;n es m&aacute;s alto que Juan P&eacute;rez   &raquo; y &laquo;Ram&oacute;n es m&aacute;s alto que el   ciudadano promedio&raquo;, y ambas oraciones   tendr&iacute;an sentido. Pero no   ocurrir&iacute;a lo mismo con el caso de   &laquo;tengo una cita a las diez con Juan   P&eacute;rez&raquo; y &laquo;tengo una cita a las diez   con el ciudadano promedio&raquo;. Esta   &uacute;ltima proposici&oacute;n carece de sentido,   por el hecho de que la manera   en que usamos nuestro lenguaje   nos invita a creer que &laquo;Juan P&eacute;rez&raquo;   y &laquo;el ciudadano promedio&raquo; pertenecen   a un mismo tipo l&oacute;gico &#8211;o, m&aacute;s   toscamente, son el mismo tipo de   &#8216;cosa&#8217;. Uno no podr&iacute;a ir con el ciudadano   promedio al cine o invitarlo   a un caf&eacute;, no ser&iacute;a posible siquiera   decir que &eacute;l no asisti&oacute; a la cita, mas   no porque no exista (ciertamente   hay un sentido en el que el ciudadano   promedio existe), sino porque   no es el tipo de cosa que pueda ir a   citas o llegar tarde a ellas. </p>     <p>De forma an&aacute;loga &#8211;sosten&iacute;a   Ryle- el uso de ciertos conceptos del   lenguaje mentalista que heredamos   de Descartes, nos invita a fijarlos   en un tipo l&oacute;gico que no les corresponde,   de manera que tendemos a   imaginarlos instanciados en una   entidad inmaterial. De este modo   surge lo que el fil&oacute;sofo denomin&oacute;   &laquo;el mito del fantasma de la m&aacute;quina   &raquo; (13), la concepci&oacute;n de que   nuestra vida es, en realidad, la conjunci&oacute;n   de dos historias distintas:   la de una m&aacute;quina corporal, cuyas   actuaciones son p&uacute;blicas, y la de   un fantasma (el alma) que la conduce,   un tipo de entidad inmaterial   cuya vida es secreta, privada y accesible   &uacute;nicamente para su due&ntilde;o.   Esto impide, por supuesto, que tengamos   acceso a otras mentes   haciendo que de ellas s&oacute;lo podamos   extraer las problem&aacute;ticas inferencias   que sus comportamientos nos   permiten. De ah&iacute; que los partidarios   de la doctrina cartesiana deban   enfrentarse a la inevitable consecuencia   de que no hay buenas   razones para creer que existen otras   mentes adem&aacute;s de la propia (13),   surgiendo as&iacute; el consabido problema   epistemol&oacute;gico de las otras   mentes. </p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>&iquest;Cu&aacute;l podr&iacute;a ser entonces la   soluci&oacute;n para la psicolog&iacute;a? Ryle sosten&iacute;a   que los verbos, sustantivos y   adjetivos pertenecientes a las facultades   mentales pod&iacute;an ser   entendidos, bien como haciendo referencia   a episodios en nuestras   &#8216;historias secretas&#8217; (i.e. como refiri&eacute;ndose   al &laquo;fantasma en la m&aacute;quina&raquo;),   o bien significando tendencias o   disposiciones a hacer que tales episodios   ocurran (13). Pero intentar la   primera v&iacute;a resulta cient&iacute;ficamente   inviable, ya que implica, por un lado,sostener la suposici&oacute;n inverificable   de que hay un v&iacute;nculo causal contingente   entre los estados mentales   y los comportamientos, que hace que   acciones externas similares correspondan   a acciones internas similares   (dificultad &eacute;sta que, como vimos,   habr&iacute;a se&ntilde;alado tambi&eacute;n Skinner);   y, por el otro, apoyar una teor&iacute;a que   &laquo;asume que las cualidades de las   mentes de las personas son reflejadas   en las cosas que ellos   exteriormente dicen o hacen&raquo; (13),   de forma que nada sabr&iacute;amos de su   vida mental puesto que, ex hipotesis,   s&oacute;lo tenemos acceso al reflejo y   no a lo reflejado. Pero el dilema se   evaporar&iacute;a si pens&aacute;ramos que el desarrollo   de una actividad es la forma   de operar de la mente y no el reflejo   de algo m&aacute;s. El fil&oacute;sofo ingl&eacute;s cre&iacute;a   que, en realidad, la conducta de la   gente pod&iacute;a ser suficientemente significativa   para hacer psicolog&iacute;a: &laquo;Al   observar el comportamiento p&uacute;blico   descubro muchas cosas al   respecto de gustos, deseos o intereses   de las personas; c&oacute;mo se   llevan a cabo estos actos, es una   cuesti&oacute;n subsidiaria&raquo; (Ryle, (13) p.   61). Por eso, Ryle aconsejaba adoptar   una psicolog&iacute;a que atendiera   &uacute;nicamente a las disposiciones   conductuales de las personas, a sus   propensiones a actuar seg&uacute;n las   circunstancias. En este sentido &#8211;   afirmaba- &laquo;decir [por ejemplo] que   una persona sabe algo, o aspira a   ser algo, no es decir que est&aacute; en un   determinado momento del proceso   de hacer o experimentar alguna   cosa, sino que &eacute;l est&aacute; dispuesto a   hacer ciertas cosas, cuando la necesidad   aparezca, o que est&aacute;   inclinado a hacer o sentir ciertas   cosas en situaciones de alg&uacute;n estilo.   &raquo; (13). De este modo podemos,   con Ryle, afirmar que: </p>     <p>6. Atribuirle un cierto estado mental   a una persona significa, en   realidad, atribuirle una cierta disposici&oacute;n   conductual (Tesis del   conductismo).   Debe tenerse en cuenta, en   todo caso, que cuando atribuimos   una propiedad disposicional a algo   &#8211;y en particular, cuando le atribuimos   una disposici&oacute;n conductual a   alguien- no estamos reportando   procesos o estados de cosas observados   u observables, ni tampoco   inobservados ni inobservables,   como lo sostendr&iacute;a un psic&oacute;logo   dualista. En t&eacute;rminos del propio   Ryle: </p>     <p>&laquo;Poseer una propiedad disposicional   no es estar en determinado   estado, o experimentar un cambio   particular; es ser susceptible de o   estar inclinado a estar en un estado   particular, o a experimentar un   cambio particular, cuando una condici&oacute;n   particular es realizada&raquo; (Ryle,   (13) p. 43). </p>     <p>De ah&iacute; que afirme, unas p&aacute;ginas   m&aacute;s adelante, que &laquo;la mente   no es el tema propio de conjuntos   de proposiciones categ&oacute;ricas inverificables,   sino el tema de conjuntos de proposiciones hipot&eacute;ticas y   semi-hipot&eacute;ticas verificables&raquo; (13).   En este sentido podemos decir, por   ejemplo, que &laquo;Pedro tiene dolor de   cabeza&raquo; no significa &laquo;Pedro est&aacute; experimentando   tal o cual estado   mental privado e inverificable&raquo;, sino   m&aacute;s bien que &laquo;si Pedro tuviera a la   mano una aspirina, entonces se la   tomar&iacute;a&raquo; o &laquo;si le preguntasen a Pedro   &#8216;&iquest;qu&eacute; le pasa?&#8217;, entonces estar&iacute;a   dispuesto a contestar &#8216;me duele la   cabeza&#8217;&raquo;. En consecuencia, para que   la psicolog&iacute;a no caiga de nuevo en   errores categoriales y pueda desarrollarse   con libertad cient&iacute;fica,   deber&aacute;, por una parte, renunciar a   la creencia de que nuestra vida   mental es privada, inconfirmable   emp&iacute;ricamente y de car&aacute;cter misterioso   y, por otra, asumir un   m&eacute;todo basado en observaciones y   experimentos repetibles y p&uacute;blicamente   verificables. </p>     <p>Aunque ambas vertientes de   la teor&iacute;a conductista compart&iacute;an &#8211;   en principio- el objetivo de   reconsiderar el lenguaje intencional   de la psicolog&iacute;a, a diferencia   de la versi&oacute;n metodol&oacute;gica, el   conductismo l&oacute;gico no estaba necesariamente   involucrado con un   tipo de investigaci&oacute;n restringida   &uacute;nicamente al estudio de las respuestas   de un organismo ante   ciertos est&iacute;mulos. Su validaci&oacute;n   como teor&iacute;a tampoco requer&iacute;a de un   mapa completo del cuerpo humano   ni de un conocimiento de las   leyes que lo gobiernan, as&iacute; como   tambi&eacute;n le era indiferente el tener   una lista exhaustiva de las leyes   que conectaran los comportamientos   con sus condiciones de verdad.   Por otra parte, debe reconocerse el   hecho de que su argumento antidualista   no intentaba demostrar la   imposibilidad de la existencia del   alma, fund&aacute;ndose en la imposibilidad   emp&iacute;rica de descubrirla, como   s&iacute; pudo haberlo querido decir Skinner   en algunas de sus obras. Ni   siquiera quer&iacute;an basarlo en la idea   de que deb&iacute;a desecharse la teor&iacute;a   cartesiana porque s&oacute;lo tenemos &laquo;acceso   al lado f&iacute;sico del problema&raquo;   (11). En realidad, su argumento en   contra del dualismo y a favor de una   psicolog&iacute;a conductual es anal&iacute;tico.   Debe ser entendido &#8211;sosten&iacute;ancomo   un argumento ontol&oacute;gicamente   neutro que no intentaba   concluir ni que el alma no existe,   ni que su existencia pudiera ser siquiera   dudosa. Lo que intentaba era   simplemente deducir, como una   necesidad conceptual, que los   enunciados y conceptos mentales   deb&iacute;an conectarse con enunciados   y conceptos conductuales. </p>     <p>A pesar de ello, sus consecuencias ontol&oacute;gicas son evidentes y por eso    se le trata, con frecuencia, como un tipo de reduccionismo. Con todo, cabe mencionar    que ese mismo tratamiento ha hecho que muchos comentaristas opaquen la importancia    que este programa tuvo en la historia de la filosof&iacute;a de la psicolog&iacute;a.    Creo, por ello, que no debe perderse de vista el hecho de que el conductismo    revel&oacute;, como ninguna otra postura, los problemas fundamentales a los    que se enfrentar&iacute;a una psicolog&iacute;a constituida desde el dualismo,    invit&aacute;ndonos a rechazar de una vez por todas el viso metaf&iacute;sico    que obstaculizaba la labor investigativa de la &#8211;quiz&aacute;s mal llamada-    &#8216;ciencia del alma&#8217;. Considero que esta idea, la de promover la eliminaci&oacute;n    de cualquier necesidad metaf&iacute;sica en la ciencia, es uno de sus m&aacute;s    importantes aportes. Los disc&iacute;pulos del c&iacute;rculo de Viena intentaron    &laquo;librar a la psicolog&iacute;a de este mal&raquo; desde su ideal cient&iacute;fico    de la f&iacute;sica, ya que la ten&iacute;an por el &uacute;nico saber &laquo;pr&aacute;cticamente    libre de metaf&iacute;sica&raquo; (10). Ryle lo hizo, en cambio, desde el punto    de vista del lenguaje; quiso &#8211;por ponerlo en t&eacute;rminos de Wittgenstein-    &laquo;reconducir las palabras de su empleo metaf&iacute;sico a su empleo cotidiano&raquo;    (Wittgenstein, (12) &sect;116<b><font size="3">).</font></b></p>     <p><b><font size="3">Comentarios</font></b></p>     <p><a name="(1)">1</a> &laquo;Del alma al software&raquo; fue originalmente la    trascripci&oacute;n de una serie de cuatro conferencias que   dict&eacute; en la maestr&iacute;a de Cognici&oacute;n y Creatividad de la Facultad    de Educaci&oacute;n de la Pontificia   Universidad Javeriana a principios de 2003. Debido a su longitud, el texto no    pudo ser publicado   en toda su extensi&oacute;n en un solo n&uacute;mero de esta revista, por lo    cual decid&iacute; dividirlo &#8211;con monstruosa   dificultad- en tres partes, cada una de las cuales tiene el mismo t&iacute;tulo,    pero con un subtitulo que las   diferencia. A lo largo del texto aparecen, en cursiva, las tesis m&aacute;s    importantes defendidas por   cada una de las vertientes de investigaci&oacute;n en filosof&iacute;a de la    mente que analizo. Como la intenci&oacute;n   es darle continuidad al documento, el n&uacute;mero de la tesis preserva el    orden original. Agradezco   enormemente al profesor Jaime Ramos y al Doctor Jorge D&aacute;vila por sus    comentarios a la primera   versi&oacute;n de este escrito, as&iacute; como al Doctor Miguel Uribe por su    ayuda en la publicaci&oacute;n.</p>     <p><a name="(2)">2</a> El programa positivista inspirar&iacute;a tambi&eacute;n las vertientes reduccionistas    fisicalistas, a las que me   referir&eacute; a continuaci&oacute;n. La sola enunciaci&oacute;n de sus principios    b&aacute;sicos parece mucho m&aacute;s cercana   a las propuestas fisicalistas de Place y Feigl, por ejemplo, que al conductismo;    empero, quiz&aacute;s por   la necesidad de que los criterios de verificaci&oacute;n fueran p&uacute;blicos    y observables, en un principio los   partidarios de esta vertiente apoyaron un an&aacute;lisis conductista de los    procesos mentales en t&eacute;rminos   de disposiciones.</p>     <p><b><font size="3">Bibliograf&iacute;a</font></b></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p> 1. Brentano, F. (1874). &laquo;Psychology from an Empirical Standpoint&raquo;.    Texto electr&oacute;nico en: <a href="http://werple.net.au/~gaffcam/phil/brentano.htm" target=_"blank">http://werple.net.au/~gaffcam/phil/brentano.htm</a>  &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000083&pid=S0034-7450200300020000600001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>2. Flanagan, O. The Science of the Mind.   Cambridge (Mass): MIT Press;1984. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000084&pid=S0034-7450200300020000600002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>3.Descartes, R. Discurso del m&eacute;todo, Di&oacute;ptrica,   Meteoros y Geometr&iacute;a. Madrid: Ed.   Alfaguara S.A.; 1981.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000085&pid=S0034-7450200300020000600003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>   4. Descartes, R. Meditaciones metaf&iacute;sicas y   otros textos. Madrid: Gredos; 1987.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000086&pid=S0034-7450200300020000600004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>   5. Bechtel, W. Filosof&iacute;a de la mente: una panor&aacute;mica   para la ciencia cognitiva.   Madrid: Tecnos; 1991. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000087&pid=S0034-7450200300020000600005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>6. Searle, J.R. El redescubrimiento de la   mente. Barcelona: Cr&iacute;tica; 1996. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000088&pid=S0034-7450200300020000600006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>7. Skinner, B.F. Behaviorism. En: Cahn S.M,   Kitcher P, Sher G, Markie, P.J.. Extracts   from Science and Human Behaviour;   1996. p. 683 &#8211; 700. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000089&pid=S0034-7450200300020000600007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>8. Watson, J.B. Behaviorism. En: Lycan,   W.G. (ed.).Mind and Cognition. Cambridge   (Mass): Blackwell; 1990. Cap.10. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000090&pid=S0034-7450200300020000600008&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>9. Churchland, P.M. Matter and Consciousness.   Revised Edition.Cambridge (Mass):   MIT Press ; 1988. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000091&pid=S0034-7450200300020000600009&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>10.Wittgenstein, L. Tractatus Logico-Philosophicus.   Madrid:Alianza;1973. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000092&pid=S0034-7450200300020000600010&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>11.Carnap, R. (1932). Psychology in Physical   Language. En: Lycan, W.G. (ed.).Mind   and Cognition. Cambridge (Mass): Blackwell;   1990. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000093&pid=S0034-7450200300020000600011&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>12.Hempel, C.G. The Logical Analysis of   Psychology. En: Feigl, H. &amp; Sellars, W.   (eds.) .Readings in Philosophical Analysis.   NY: Appleton-Century-Crafts; 1949. p.   373 &#8211; 384. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000094&pid=S0034-7450200300020000600012&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>13.Wittgenstein, L. Investigaciones Filos&oacute;ficas.   Barcelona: UNAM/Cr&iacute;tica;1988. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000095&pid=S0034-7450200300020000600013&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>14.Ryle, G. The Concept of Mind. London:   Hutchinson;1949.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000096&pid=S0034-7450200300020000600014&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> ]]></body><back>
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