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</front><body><![CDATA[  <font face="verdana" size="2">     <p><b>Epistemolog&iacute;a, filosof&iacute;a de la mente y bio&eacute;tica</b></p>     <p>&nbsp;</p>     <p align="center"><font size="4"><b>En busca de la mente cerebral. Del alma al    software (2)*</b></font></p>     <p>   <b>Felipe de Brigard**</b></p>     <p>* En la primera parte del art&iacute;culo, publicado en el n&uacute;mero 2    de este volumen, comenzamos revisando   con cierto detalle los argumentos originales (cartesianos) a favor del dualismo,    y terminamos   analizando la l&iacute;nea argumentativa seguida por los partidarios del conductismo    en su forma cl&aacute;sica.   El presente escrito retoma las ideas del anterior y empieza con las m&aacute;s    famosas cr&iacute;ticas que, en su   momento, se le formularon a la postura conductista. Los subt&iacute;tulos y    el n&uacute;mero que acompa&ntilde;a a   las tesis de cada una de las posturas, mantienen la coherencia con el ordenamiento    iniciado en la   primera parte.</p>     <p> ** Pontificia Universidad Javeriana, Facultad de Filosof&iacute;a.</p> <hr size="1">     <p><font face="verdana" size="2"></font></p>     <p>A pesar de sus valiosos cambios te&oacute;ricos y de la evidente ventaja de    su   metodolog&iacute;a, el conductismo fue prontamente criticado, y hacia la tercera   d&eacute;cada del siglo XX su popularidad empez&oacute; a decrecer. Una de las    m&aacute;s   c&eacute;lebres refutaciones al conductismo lo acusa de circularidad, producto   quiz&aacute;s de la inexactitud del concepto disposici&oacute;n conductual (1).    La idea,   en breve, es que los an&aacute;lisis en t&eacute;rminos disposicionales conductuales   &#8212;expresados en oraciones hipot&eacute;ticas&#8212;, no eliminan la atribuci&oacute;n    de conceptos   mentalistas: m&aacute;s bien, los presuponen. Supongamos, por ejemplo,   que queremos hacer un an&aacute;lisis de este estilo de la aserci&oacute;n psicol&oacute;gica   &quot;Pedro tiene dolor de cabeza&quot;. De acuerdo con el conductismo l&oacute;gico,    esta   proposici&oacute;n podr&iacute;a ser traducida a una lista de oraciones hipot&eacute;ticas   comportamentales, entre las cuales podr&iacute;an aparecer:</p>     <p> a) Si Pedro tuviera a la mano una aspirina, entonces la tomar&iacute;a.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p> b) Si le preguntaran a Pedro: &quot;&iquest;qu&eacute; le ocurre?&quot;:    &eacute;l dir&iacute;a &quot;me duele la   cabeza&quot;.</p>     <p> c) Si a Pedro le ofrecieran un masaje para aliviar el dolor, &eacute;l lo    aceptar&iacute;a.</p>     <p> Esta lista podr&iacute;a ser incluso infinita; no obstante &#8212;sostendr&iacute;a    Ryle&#8212;, en   principio esto no ser&iacute;a un problema. &Eacute;l era consciente de que,    de hecho,   &quot;hay muchas disposiciones cuyas actualizaciones pueden tomar una   amplia y quiz&aacute;s ilimitada variedad de formas&quot; (2); a pesar de ello,    cre&iacute;a   que en cuanto existieran algunos conceptos disposicionales verificables,   el problema se resolver&iacute;a. Pero el argumento de Putnam (1) apunta, m&aacute;s   bien, a que para que la reducci&oacute;n resulte v&aacute;lida, a), b) y c)    deben presuponer   una serie de oraciones que involucran conceptos mentales. S&oacute;lo para el   caso de justificar a) debe suponerse, entre otras cosas, que:</p>     <p>a<sub>1</sub>) Pedro desea acabar con su   dolor de cabeza.</p>     <p> a<sub>2</sub>) Pedro cree que la aspirina puede   quitarle el dolor de cabeza.</p>     <p> a<sub>3</sub>) Pedro cree que las pastillas que   tiene en la mano son aspirina y   no otra cosa.</p>     <p> Algo similar ocurrir&iacute;a con b) y   con c) y, eventualmente, con el resto   de la posible lista de oraciones   hipot&eacute;ticas del an&aacute;lisis. Ahora bien,   la eliminaci&oacute;n del t&eacute;rmino en cursiva   (el t&eacute;rmino intencional) en a1,   a2 y a3 tampoco parece factible, pues   es apenas esperable que en el an&aacute;lisis   de cada una de ellas vuelva a   presentarse la misma situaci&oacute;n. Resulta,   por lo tanto, que el conductismo   no elimina el lenguaje intencional.</p>     <p>Por otro lado, Putnam (3) esgrimi&oacute;   contra el conductismo otra importante   cr&iacute;tica que, por as&iacute; decirlo,   apelaba al sentido com&uacute;n. &Eacute;l   cre&iacute;a que la intenci&oacute;n principal del   conductismo era enfrentarse a la   concepci&oacute;n, tanto dualista como   materialista, de que aunque &quot;el significado   de [un t&eacute;rmino mental   como] &quot;dolor&quot; pudiere ser explicado   por referencia al comportamiento   observable, lo que queremos decir   con &quot;dolor&quot; no es la presencia de un   grupo de respuestas, sino m&aacute;s bien   la presencia de un evento o condici&oacute;n   que normalmente causa esas   respuestas&quot; (3). Pero consideraba   que la eliminaci&oacute;n absoluta del   nexo causal entre la mente y la   conducta no podr&iacute;a ser posible. Para   mostrarlo ide&oacute; un experimento   mental que consist&iacute;a, en pocas palabras,   en lo siguiente: imagina, por   un lado, un mundo poblado por &quot;superactores&quot;   que pudieran imitar   perfectamente la conducta de alguien   que siente dolor, aunque no   lo sintieran. De forma similar, concibe   otro mundo habitado por &quot;superespartanos&quot;   a quienes les ense&ntilde;an,   desde que nacen, a resistir cualquier   tipo de dolor y a comportarse   como si no lo sintieran. Estos superespartanos   permanecen tan impresionantemente   impasibles frente a   los est&iacute;mulos dolorosos que cualquiera   creer&iacute;a que no sienten nada   en lo absoluto. Su conclusi&oacute;n es que   en cualquiera de estos mundos el   conductismo resultar&iacute;a in&uacute;til para   explicar la naturaleza del dolor,   pues le adscribir&iacute;a dolor a los farsantes   superactores, al tiempo que   se lo negar&iacute;a a los estoicos superespartanos.   La raz&oacute;n, aduce, es que   el dolor no puede ser interpretado   meramente como una conducta que   expresa dolor, sino como aquello   que causa esa conducta. Pero tal   causa es inapelable desde el conductismo.</p>     <p>Finalmente, es importante referirse   tambi&eacute;n a una tercera cr&iacute;tica,   esta vez centrada en los t&eacute;rminos   conductistas acu&ntilde;ados por Skinner,   expuesta principalmente en la rese&ntilde;a   de Chomsky a Verbal Behavior   (4). Chomsky arg&uuml;&iacute;a, en contra del   psic&oacute;logo, que mientras conceptos</p>     <p>como est&iacute;mulo o respuesta permanecieran   dentro de contextos experimentales   tan espec&iacute;ficos como el   laboratorio, su uso podr&iacute;a resultar   adecuado, mas a la hora de intentar   aplicarlos en la vida diaria, terminan   por ser definitivamente inapropiados.   De acuerdo con Skinner, un   evento ambiental s&oacute;lo puede ser   identificado como el est&iacute;mulo que elicita   una respuesta, en caso de que   pueda establecerse una relaci&oacute;n legaliforme   que los conecte. Pero esta   relaci&oacute;n &#8212;sugiere Chomsky&#8212; no   siempre es tan sencilla de establecer.   Supongamos el caso de que nos   mostrasen una pintura de una escuela   holandesa. Una t&iacute;pica respuesta,   pronunciada bajo el control del   adecuado condicionamiento hacia   un est&iacute;mulo, ser&iacute;a: &quot;holand&eacute;s&quot;. Pero   sup&oacute;ngase &#8212;contin&uacute;a Chomsky&#8212;   que en lugar de decir holand&eacute;s hubi&eacute;ramos   dicho Cuadra con el papel   de colgadura, Yo pens&eacute; que a usted   le gustaba el arte abstracto, Nunca   antes lo hab&iacute;a visto, Est&aacute; torcido,   Cuelga demasiado bajo, Bello, Horrible,   &iquest;Recuerdas nuestro campamento   el &uacute;ltimo verano?, o cualquier   otra cosa que pudiere haber venido   a nuestra mente cuando mir&aacute;bamos   la pintura... (4).</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>De acuerdo con el conductismo,   Skinner tendr&iacute;a que demostrar que   cada una de estas respuestas est&aacute;   efectivamente condicionada por una   u otra propiedad f&iacute;sica distinta en   la pintura, propiedad &eacute;sta que, dadas   ciertas variables controladas,   funciona como est&iacute;mulo elicitador.   Pero esta b&uacute;squeda resultar&iacute;a horrorosamente   tediosa y hasta artificial,   a tal punto que el t&eacute;rmino est&iacute;mulo   perder&iacute;a toda su objetividad   (4). &iquest;Qu&eacute; ocurrir&iacute;a &#8212;continuando   con el ejemplo&#8212; si una misma respuesta,   v.gr. &quot;bello&quot;, fuera pronunciada   con la misma fuerza y la misma   latencia en presencia de otro   cuadro o de una pieza musical?   &iquest;Habr&iacute;amos de encontrar una propiedad   f&iacute;sica compartida por los tres   objetos? Esto nos lleva a poner en   duda la eficacia del concepto de est&iacute;mulo,   pues nunca queda claro, en   realidad, cu&aacute;l es el evento f&iacute;sico   frente al cual el organismo reacciona   que pueda ser catalogado como   tal. De ah&iacute; que Chomsky afirme que   el modo en que Skinner usa estos   t&eacute;rminos no parecer&iacute;a ser m&aacute;s que   una &quot;par&aacute;frasis del vocabulario que   com&uacute;nmente usamos para describir   comportamientos, y que no tienen   conexiones particulares con sus   hom&oacute;nimas usadas en el laboratorio&quot;   (4). Tarde o temprano, termina   concluyendo, &quot;los est&iacute;mulos dejar&aacute;n   de ser parte del ambiente y volver&aacute;n   al interior del organismo&quot; (4)<a href="#p1" name="1"><sup>1</sup></a>.</p>     <p>Fisicalismo   Adem&aacute;s de las anteriores, muchas   han sido las cr&iacute;ticas que durante   los &uacute;ltimos cincuenta a&ntilde;os se   le formularon al conductismo. Todas   ellas deben dejar en claro que   no s&oacute;lo no es f&aacute;cil eliminar los t&eacute;rminos   intencionales de la psicolog&iacute;a   a trav&eacute;s del recurso conductual, sino   que la apelaci&oacute;n a estados mentales   para explicar nuestras conductas   no es del todo una estrategia   desde&ntilde;able. Y fue &#8212;entre otras cosas&#8212;   en virtud de las cr&iacute;ticas al conductismo   como surgi&oacute; la idea de que   las explicaciones en psicolog&iacute;a deb&iacute;an   incluir la referencia a procesos   internos que causaran los comportamientos,   pero evitando en todo caso   caer en alg&uacute;n tipo de dualismo.   Esto dio paso a un segundo tipo de   enfoque psicol&oacute;gico materialista,   desarrollado principalmente por   U.T. Place, H. Feigl y J.J.C. Smart,   que com&uacute;nmente se conoce como   teor&iacute;a de identidad de tipos &#8212;se le   llama &quot;de tipos&quot; (type) para distinguirla   de la &quot;teor&iacute;a de identidad de   instancias&quot; (token)&#8212;. Aunque en un   principio los partidarios de esta   nueva doctrina parec&iacute;an conformes   con algunas de las explicaciones   disposicionales del conductismo,   cre&iacute;an que esta aproximaci&oacute;n dejaba   un &quot;residuo de conceptos intratables   agrupados alrededor de las nociones   de conciencia, experiencia,   sensaci&oacute;n e imaginer&iacute;a mental, en   cuyo caso alg&uacute;n tipo de historia sobre   procesos internos es inevitable&quot;   (5). Pero propusieron que tales procesos   ocurr&iacute;an en el cerebro y no,   como podr&iacute;a sostenerlo un dualista,   en alg&uacute;n tipo de sustancia espiritual.</p>     <p>Las razones que alimentaron   esa concepci&oacute;n podr&iacute;an dividirse,   seg&uacute;n veo, en cuatro principales: en   primer lugar, el hecho de que es un   enfoque inscrito dentro de un marco   te&oacute;rico claramente positivista   &#8212;quiz&aacute;s, mucho m&aacute;s que el propio   conductismo&#8212;, donde el lenguaje   de la f&iacute;sica sigue siendo el ideal de   lenguaje cient&iacute;fico. En segundo lugar,   el deseo filos&oacute;fico de aplicar la   navaja de Occam en contra de cualquier   teor&iacute;a que postulara entidades   innecesarias en sus explicaciones.   Smart, por ejemplo, sosten&iacute;a como   un hecho que la ciencia nos est&aacute;   ofreciendo cada vez m&aacute;s explicaciones   mecanicistas, y la idea de &quot;que   todo pueda ser explicable en t&eacute;rminos   de la f&iacute;sica, excepto la ocurrencia   de sensaciones [...] parece   francamente incre&iacute;ble&quot; (6). De ah&iacute;   que crea que no hay buenos motivos   para permitir un tipo de sustancia   espiritual que explique un campo de   eventos tan reducido como puede   serlo el de la conciencia, las sensaciones   y, en general, el de las experiencias   que llamamos mentales. En   tercer lugar, porque se consideraba   que tampoco hab&iacute;a buenas razones   para esperar que todas las explicaciones   psicol&oacute;gicas pudieran ser formuladas   &uacute;nicamente en t&eacute;rminos   conductistas. Al igual que Place,Smart pensaba que muchas explicaciones   en t&eacute;rminos exclusivamente   de conductas o de disposiciones   por actuar, quedar&iacute;an incompletas.   Dice, por ejemplo, en una cr&iacute;tica   abiertamente dirigida a Wittgenstein   (7, &sect;244), quien afirmaba que la expresi&oacute;n   verbal del dolor realmente   no describ&iacute;a nada, sino que reemplazaba   un comportamiento doloroso,   v.gr. un grito: &quot;Me parece que [...]   cuando alguien dice &#8216;tengo un dolor&#8217;,   est&aacute; haciendo algo m&aacute;s que &#8216;reemplazar   un comportamiento doloroso&#8217;,   y ese &#8216;algo m&aacute;s&#8217; no es s&oacute;lo decir que   est&aacute; en una pena&quot; (6) (cursiva m&iacute;a).   Y, finalmente, por la uni&oacute;n del supuesto   de que nuestra constituci&oacute;n   es enteramente f&iacute;sica, y las pruebas   de que todos los procesos (conocidos)   que tienen que ver con el control   del comportamiento son cerebrales   (8). Consecuentemente, dado   que esos &quot;procesos internos&quot; de los   que carec&iacute;a el conductismo deb&iacute;an   ocurrir en alg&uacute;n sustrato f&iacute;sico, y   el mejor candidato para serlo era el   cerebro, formularon su famosa tesis   de identidad: los estados y procesos   mentales son id&eacute;nticos a estados y   procesos del cerebro y del sistema   nervioso central (tesis de la teor&iacute;a   de identidad de tipos).</p>     <p>Esta perspectiva motiv&oacute; as&iacute; un   nuevo tipo de reduccionismo, en el   que los t&eacute;rminos mentales ser&iacute;an   primero reducidos al lenguaje de la   neurofisiolog&iacute;a y, de ah&iacute;, al de la   f&iacute;sica. Es importante hacer dos aclaraciones   respecto a la naturaleza de   esta tesis de identidad. Por un lado,   ella no sostiene que deba darse una   identidad de sentido entre los t&eacute;rminos   mentales y cerebrales, aunque   s&iacute; una identidad de referencia,   siguiendo la diferencia establecida   por Frege (9) entre Sinn y Bedeutung.   Arg&uuml;&iacute;an que su tesis no deb&iacute;a   entenderse como si, por ejemplo,   dolor connotara lo mismo que proceso   cerebral de la clase x (donde x   es reemplazada por una descripci&oacute;n   de una cierta clase de proceso cerebral);   sino m&aacute;s bien, como un reporte   de un proceso que ocurre en el   cerebro (6). Esto hace que la teor&iacute;a   no pueda ser rebatible por el hecho   de que podamos predicar cosas de   los procesos mentales que no podemos   predicar de los cerebrales. Una   cr&iacute;tica as&iacute; podr&iacute;a surgir de la consideraci&oacute;n   de que si la teor&iacute;a propone   una identidad debe cumplir con la   Ley de Leibniz, la cual establece que   dos cosas son (num&eacute;ricamente)   id&eacute;nticas si y s&oacute;lo si cualquier propiedad   que pertenezca a la primera   pertenece tambi&eacute;n a la segunda.   Pero, como afirma Lewis:</p>     <p><i>La teor&iacute;a de identidad no implica   que cualquier cosa que sea   verdadera de las experiencias [mentales]   como tales sea igualmente   verdadera de los estados neuronales   como tales, y viceversa. [...] No debemos   identificar una experiencia en   s&iacute; con el atributo que se predica de   &#91;sic. la experiencia de&#93; alguien al   decir que est&aacute; teniendo esa experiencia   (Lewis, 1984, 8).</i></p>     <p>De este modo, resulta v&aacute;lido   que uno pueda decir, v.gr., &quot;veo una   manzana roja&quot; o &quot;tengo un dolor   intenso&quot; sin que tenga que seguirse   que el estado neural id&eacute;ntico al   proceso que tal reporte describe sea   en s&iacute; mismo rojo o intenso (10). Similarmente,   puede afirmarse que   un cierto estado cerebral, id&eacute;ntico   al proceso descrito en t&eacute;rminos de   recuerdos o emociones, ocupe un   espacio determinado, aunque no   pueda decirse lo mismo de la experiencia   mental a la que &eacute;ste refiere.</p>     <p>Esta distinci&oacute;n, adem&aacute;s, libera   a la teor&iacute;a de la cr&iacute;tica del &quot;campesino   iletrado&quot;. Dicha objeci&oacute;n, a   grandes rasgos, sostiene que los   procesos mentales no pueden ser   cerebrales, porque un campesino   iletrado puede no saber nada de   neurofisiolog&iacute;a y a&uacute;n as&iacute; hablar de   sus sensaciones o emociones. La   cr&iacute;tica parece desprenderse de alg&uacute;n   partidario de la teor&iacute;a del significado   de Fido-Fido: si el significado   de una expresi&oacute;n fuera simplemente   lo que ella expresa, &quot;se seguir&iacute;a   del hecho de que &quot;sensaci&oacute;n&quot; y &quot;proceso   cerebral&quot; tienen diferentes significados,   que ellos no pueden nombrar   una y la misma cosa&quot; (6). Sucede   con este caso &#8212;siguiendo el   ejemplo de Place y Smart&#8212; lo que   le ocurre a alguien que habla de los   rel&aacute;mpagos sin saber que son, en   realidad, descargas el&eacute;ctricas. Que   una persona no sepa que un rel&aacute;mpago   es una descarga el&eacute;ctrica, no   significa que no pueda serlo. El   hecho de que dos expresiones tengan   independencia l&oacute;gica &#8212;dice   Place (5)&#8212; no significa que deban   tener independencia ontol&oacute;gica,   pues, en este caso, es una verdad   emp&iacute;rica que los rel&aacute;mpagos son   (id&eacute;nticos a) descargas el&eacute;ctricas, y   la ciencia as&iacute; los explica: &quot;Decimos   que lo que un rel&aacute;mpago realmente   es, lo que su naturaleza es como nos   lo revela la ciencia, es una descarga   el&eacute;ctrica&quot; (6). Y esto esclarece, igualmente,   por qu&eacute; dos expresiones que   refieren a una misma realidad pueden   requerir operaciones diferentes   para ser verificadas: mientras la   mera observaci&oacute;n nos es suficiente   para verificar la ocurrencia de un   rel&aacute;mpago, necesitamos instrumentos   especiales para descubrir que   aquello que vimos es una descarga   el&eacute;ctrica. An&aacute;logamente, los m&eacute;todos   de la neurociencia nos demostrar&aacute;n   que las observaciones introspectivas   reportadas por un sujeto   son en realidad procesos que ocurren   en el cerebro, por lo cual podr&aacute;n   ser explicadas en sus t&eacute;rminos   (5). Pero alguien podr&iacute;a, de nuevo,   objetar tal afirmaci&oacute;n asegurando   que as&iacute; como es posible que un   rel&aacute;mpago sea una descarga el&eacute;ctrica,   tambi&eacute;n es posible que pueda   no serlo. La respuesta es simple:   claramente, &eacute;sta es una posibilidad   l&oacute;gica, pero resulta ser una imposibilidad   emp&iacute;rica y, al igual que ocurre   con la identidad rel&aacute;mpago-descarga   el&eacute;ctrica, la identidad mentecerebro   es contingente, i.e. depende   de c&oacute;mo sea la realidad. Y &eacute;sta,precisamente, es la segunda caracter&iacute;stica   de la tesis de la teor&iacute;a de   identidad a la que quer&iacute;a referirme.</p>     <p>La identidad entre los procesosestados   mentales y los cerebrales   debe distinguirse de la identidad   propuesta por los conductistas   entre los procesos-estados y las   disposiciones conductuales, pues   mientras los segundos cre&iacute;an que   era un hecho conceptual, una verdad   anal&iacute;tica o a priori, que los   enunciados mentales pod&iacute;an reducirse   a enunciados sobre disposiciones   conductuales, los primeros sosten&iacute;an   que su tesis de identidad era   una verdad emp&iacute;rica a posteriori,   que no se desprend&iacute;a de la l&oacute;gica   misma de los t&eacute;rminos. Supon&iacute;an,   por ello, que su tesis en realidad era   una hip&oacute;tesis contingente, verificable   emp&iacute;ricamente y, por lo tanto,   no susceptible de refutaci&oacute;n l&oacute;gica   alguna (aunque, como veremos, es   la l&oacute;gica modal la que se encargar&aacute;   de darle la estocada final a esta   teor&iacute;a). Esto quiere decir que no habr&iacute;a   nada autocontradictorio en decir   &quot;x tiene un dolor, pero no ocurre   nada en su cerebro&quot; (5). De ah&iacute; que   la tesis cartesiana de que los estados   mentales son estados de una   sustancia inmaterial, podr&iacute;a haber   sido verdadera, ya que en s&iacute; misma   no encierra ninguna contradicci&oacute;n;   ocurre, simplemente, que es un hecho   emp&iacute;rico que no lo sea. Similarmente,   podr&iacute;a pensarse en la objeci&oacute;n   de que podemos imaginarnos   a nosotros mismos como teniendo   una configuraci&oacute;n f&iacute;sica distinta y,   aun as&iacute;, seguir experimentado los   mismos deseos y dolores; sucede,   de nuevo, que &eacute;ste no es el caso.</p>     <p>Pero, &iquest;c&oacute;mo debe entenderse   esta &quot;identidad contingente&quot;? La   explicaci&oacute;n que nos ofrecen los partidarios   de la teor&iacute;a de identidad de   tipos corre de la siguiente forma:   cuando se dice que &quot;un proceso mental   es un proceso cerebral&quot;, el &quot;es&quot;   de la c&oacute;pula puede entenderse, bien   como conectando un sujeto y un predicado   en una verdad necesaria, o   bien como conect&aacute;ndolos en una   contingente. En el primer caso hablamos   de un &quot;es&quot; de definici&oacute;n,   mientras que en el segundo nos referiremos   a un &quot;es&quot; de composici&oacute;n (5).   As&iacute;, en la afirmaci&oacute;n &quot;un cuadrado   es un rect&aacute;ngulo equil&aacute;tero&quot;, la c&oacute;pula   indica una relaci&oacute;n definicional   y, por lo tanto, una identidad necesaria,   i.e. se sigue de ser un cuadrado   el ser un rect&aacute;ngulo equil&aacute;tero, y   no es posible que ning&uacute;n rect&aacute;ngulo   equil&aacute;tero no sea a su vez un cuadrado,   y viceversa. Sin embargo, en una   oraci&oacute;n como &quot;mi mesa de noche es   un viejo ba&uacute;l&quot;, la composici&oacute;n entre   sujeto y predicado, expresada por el   &quot;es&quot; de la c&oacute;pula, enuncia una verdad   contingente que debe ser verificada   por observaci&oacute;n. Pues no es   una verdad necesaria que todas las   mesas de noche sean viejos ba&uacute;les,   pero s&iacute; una verdad contingente el   hecho de que la m&iacute;a lo sea. Vivimos   en un mundo donde es verdad siempre   que los cuadrados son rect&aacute;ngulos equil&aacute;teros, pero no en el que   todas las mesas de noche sean ba&uacute;les   viejos; si vivi&eacute;ramos en un mundo   as&iacute;, &quot;los dos conceptos no tendr&iacute;an   un estatuto l&oacute;gico independiente&quot; (5)   y, consecuentemente, dondequiera   que se aplicara un lado de la identidad,   podr&iacute;a aplicarse el otro. Es,   pues, en este segundo sentido &#8212;en   el que la c&oacute;pula es de composici&oacute;n&#8212;   como deben entenderse las proposiciones   de identidad mente-cerebro.</p>     <p>Si es cierta, la teor&iacute;a de identidad   de tipos ser&iacute;a, sin duda, una   buena soluci&oacute;n para los problemas   suscitados por las doctrinas que la   precedieron. Nos facultar&iacute;a, por   ejemplo, para evadir los contraargumentos   del conductismo, pues si   los estados internos son eficazmente   causales, ser&iacute;a posible, por un lado,   correlacionar dos estados cerebrales   como causando un mismo tipo de   comportamiento (cosa que, como vimos,   los t&eacute;rminos de Skinner no   permit&iacute;an) y, por el otro, &quot;llegar a   hacer inteligible que [un] estado   pueda ocurrir algunas veces pese a   la disimulaci&oacute;n de sus manifestaciones   definitorias&quot; (10), lo cual era,   justamente, el centro de la cr&iacute;tica   de Putnam. Pero, a decir verdad, la   teor&iacute;a de identidad de tipos va m&aacute;s   all&aacute; de la mera aseveraci&oacute;n de que   los procesos mentales son esencialmente   f&iacute;sicos. Aceptarla nos lleva a   apoyar la idea de que &quot;la neurociencia   descubrir&aacute; una taxonom&iacute;a de los   estados neurales que se ponga en   correspondencia uno-a-uno con la   taxonom&iacute;a que a partir del sentido   com&uacute;n hacemos de los estados   mentales&quot; (8). Esto, aunque consistir&iacute;a   &#8212;como se vio&#8212; en un logro   cient&iacute;fico a posteriori, est&aacute; amparado   por el supuesto de que la neurociencia   y, posteriormente, la f&iacute;sica,   constituyen marcos conceptuales   que funcionan mejor para explicar   y predecir fen&oacute;menos que los que   podr&iacute;an ser predichos en una psicolog&iacute;a   de otro estilo. De este modo,   en caso de que tanto los principios   como las proposiciones mismas de   la psicolog&iacute;a pudieran subsumirse   bajo, y aplicarse a los mismos casos   que, las explicaciones f&iacute;sicas, tendr&iacute;amos   muy buenas razones para   creer que los t&eacute;rminos de esta segunda   ciencia describen mejor la   realidad de nuestra vida mental (8).</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>A pesar de la evidente ventaja   cient&iacute;fica que para la psicolog&iacute;a supondr&iacute;a   la verdad de la tesis de identidad,   &eacute;sta se vio prontamente invadida   de cr&iacute;ticas que terminaron por   desmentirla. Quiz&aacute;s una de las m&aacute;s   importantes aparece en boca de Sa&uacute;l   Kripke (11), quien estaba particularmente   interesado en la l&oacute;gica de   los enunciados de identidad. Su   argumento est&aacute; encaminado a negar   la posibilidad de identidades contingentes:   precisamente, la clase de   identidad a la que, se supone, pertenece   la tesis reduccionista que acabamos   de estudiar. Los partidarios   de esta tesis supon&iacute;an que la   afirmaci&oacute;n &quot;un dolor es un estado   cerebral&quot; era contingente en el mismo sentido en que podr&iacute;a serlo    &quot;el   calor es el movimiento de las mol&eacute;culas&quot;   (11). Ellos sostendr&iacute;an la   contingencia de la segunda identidad   sobre la base de que es posible imaginar   que hubiese calor aun cuando   no hubiera un cierto movimiento de   mol&eacute;culas, sino, por ejemplo, cuando   una sustancia cal&oacute;rica empapase   a los objetos. De modo similar, presumen   contingencia en la tesis de   identidad de tipos por el hecho de   que uno puede suponer que 1) exista   un estado cerebral sin que haya   dolor en lo absoluto y 2) que exista   una criatura que no tenga cerebro,   pero s&iacute; dolor. En otros t&eacute;rminos, la   idea de contingencia en estas identidades   aparece porque &quot;es posible   imaginar circunstancias definidas en   las que esta relaci&oacute;n habr&iacute;a podido   ser falsa&quot; (11); empero, se acepta que   tal hecho no da&ntilde;ar&iacute;a en lo absoluto   la posibilidad de la identificaci&oacute;n   entre el calor y las mol&eacute;culas, o entre   un estado mental como el dolor y un   cierto estado cerebral.</p>     <p>Sin embargo, Kripke rebate la   posibilidad de las identidades contingentes   a partir de un profundo   an&aacute;lisis del concepto de identidad   desde la perspectiva de la l&oacute;gica   modal, cuyo argumento central   intentar&eacute; reconstruir brevemente   aqu&iacute; (11). La ley de sustitutividad   de id&eacute;nticos sostiene que para cualquier   par de objetos x e y, si x es   id&eacute;ntico a y, entonces si x tiene una   propiedad F, y tambi&eacute;n la tiene:   (1).(x).(y) &#91;(x = y)<img src="img/revistas/rcp/v32n4/v32n4a05fig2.gif">    (Fx<img src="img/revistas/rcp/v32n4/v32n4a05fig2.gif">Fy)&#93;. Por   otra parte, se asume tambi&eacute;n que   cualquier objeto es necesariamente   id&eacute;ntico a s&iacute; mismo: (2). (x)<img src="img/revistas/rcp/v32n4/v32n4a05fig1.gif">(x    = x).   De ah&iacute; que pueda ser considerada   como una sustituci&oacute;n de (1) la   f&oacute;rmula: (3).(x).(y) (x = y)<img src="img/revistas/rcp/v32n4/v32n4a05fig2.gif">    &#91;<img src="img/revistas/rcp/v32n4/v32n4a05fig1.gif"> (x =   x) <img src="img/revistas/rcp/v32n4/v32n4a05fig2.gif"><img src="img/revistas/rcp/v32n4/v32n4a05fig1.gif">    (x = y)]. De forma que, eliminando   la cl&aacute;usula <img src="img/revistas/rcp/v32n4/v32n4a05fig1.gif"> (x =    x) del condicional,   que por (2) se acepta como   verdadera, llegamos a la conclusi&oacute;n:   (4).(x).(y) [(x = y)<img src="img/revistas/rcp/v32n4/v32n4a05fig2.gif"><img src="img/revistas/rcp/v32n4/v32n4a05fig1.gif">    (x = y)] la cual   expresa llanamente que si una cosa   es id&eacute;ntica a otra, entonces son   necesariamente la misma cosa.</p>     <p>La conclusi&oacute;n (4) parece demasiado   estricta y ha suscitado, como   el mismo Kripke lo se&ntilde;ala, muchos   argumentos en contra. No obstante,   &eacute;l sostiene que se da este tipo de   identidad &#8212;i.e. una identidad necesaria&#8212;   cuando las dos expresiones   vinculadas en la relaci&oacute;n de identidad   son designadores r&iacute;gidos &#8212;es   decir, expresiones que designan una   misma entidad en todos los mundos   posibles en que &eacute;sta aparece&#8212; y no   simples descripciones definidas. As&iacute;,   por ejemplo, mientras el nombre   propio Sim&oacute;n Bol&iacute;var es un designador   r&iacute;gido, pues designa o selecciona   a la misma entidad en cualquier   mundo posible donde aparece   Sim&oacute;n Bol&iacute;var (dado que no podemos   pensar en uno en el que Sim&oacute;n   Bol&iacute;var no sea Sim&oacute;n Bol&iacute;var), &quot;el   libertador de Colombia&quot; no lo es,   puesto que siempre es posible imaginar   un mundo donde Sim&oacute;n Bol&iacute;var   no haya libertado a este pa&iacute;s.   La raz&oacute;n de ello es que &quot;ser el libertador de Colombia&quot; no    es una   propiedad esencial de Sim&oacute;n Bol&iacute;var   &#8212;aunque s&iacute;, una descripci&oacute;n definida   de ese personaje en un determinado   mundo posible&#8212;, pero &quot;ser Sim&oacute;n   Bol&iacute;var&quot; s&iacute; lo es. Kripke sosten&iacute;a,   en consecuencia, que son necesarias   las identidades que ponen en   correspondencia designadores r&iacute;gidos,   i.e. expresiones que refieren a   sus objetos en virtud de sus propiedades   esenciales, de forma que   ambos lados de la identidad habr&iacute;an   de seleccionar al mismo objeto en   todos los mundos posibles. Esto elimina   la ilusi&oacute;n de contingencia en   muchas identidades y las convierte   en verdades necesarias &#8212;si bien,   puede que corroborables a posteriori&#8212;.   De ah&iacute; que tambi&eacute;n se deba   eliminar la ilusi&oacute;n de contingencia   en la tesis de identidad de tipos,   pues se sostiene que:</p>     <p>Si x es un dolor e y el estado   cerebral correspondiente, entonces   ser un dolor es una propiedad esencial   de x, y ser un estado cerebral es   una propiedad esencial de y. Si la   relaci&oacute;n de correspondencia es, de   hecho, la identidad, entonces tiene   que ser necesario de y que corresponda   a un dolor y necesario de x,   que corresponda a un estado cerebral;   en realidad, a este estado   particular y&quot; (11).</p>     <p>En este sentido, &#8212;afirma un poco   m&aacute;s adelante&#8212; se dice que &quot;mi   dolor&quot; y &quot;que yo est&eacute; en estado cerebral   x&quot; son designadores r&iacute;gidos, pues   &quot;siempre que algo es tal y cual dolor,   es esencialmente ese preciso objeto,   a saber: tal y cual dolor; y siempre   que algo es tal y cual estado cerebral,   es esencialmente ese preciso objeto,   a saber: tal y cual estado cerebral&quot;   (11). Esto significar&iacute;a que, en caso de   ser cierta la tesis de identidad, la   relaci&oacute;n que propondr&iacute;a entre el dolor   y el estado cerebral tendr&iacute;a que ser   necesaria y no contingente, como sus   partidarios afirman, porque es esencial   de la sensaci&oacute;n de dolor el hecho   de que sea sentida como dolor (&quot;que   una sensaci&oacute;n sea sentida como dolor   es que sea dolor&quot;, (11), as&iacute; como es   esencial para el estado cerebral x el   hecho de que sea tal estado cerebral.   Pretender sostener una contingencia   implicar&iacute;a aceptar que el dolor que   siento podr&iacute;a existir sin que yo experimentara   dolor, lo cual es un absurdo.   En consecuencia, Kripke termina   concluyendo que cualquiera que   defienda la teor&iacute;a de identidad, no   podr&iacute;a sostener, sino que deber&iacute;a negar,   que podr&iacute;an haber existido   situaciones en las que uno hubiese   tenido dolor, pero no el estado cerebral   correspondiente (11). Pero esto   va en contra de la teor&iacute;a de identidad,   por lo cual debe ser falsa<a href="#p2" name="2"><sup>2</sup></a>.</p>     <p>Un segundo argumento que   puede ser utilizado en contra de la   teor&iacute;a de identidad &#8212;y, en general,   contra cualquier tipo de doctrina reduccionista&#8212;   es esgrimido por Thomas   Nagel. En &eacute;ste se busca poner   en evidencia que el reduccionismo   no puede (ni podr&aacute;) dar cuenta de   un rasgo esencialmente fenomenol&oacute;gico   de la conciencia ni, en general,   de la experiencia mental. &quot;La   raz&oacute;n &#8212;dice &eacute;l&#8212; es que cada fen&oacute;meno   subjetivo est&aacute; esencialmente   conectado con un solo punto de   vista, y parece inevitable que una   teor&iacute;a objetiva, f&iacute;sica, abandone ese   punto de vista&quot;. (12). Esa caracter&iacute;stica,   absolutamente privada y   dependiente del punto de vista del   sujeto, se ha denominado el car&aacute;cter   qualia de los estados mentales.   Para explicarla, Nagel propone la   pregunta: &quot;&iquest;qu&eacute; es ser como un   murci&eacute;lago?&quot;, dado que, en general,   tendemos a pensar que tener una   experiencia consciente significa   &quot;b&aacute;sicamente, algo que es ser como   ese organismo&quot;. (12). En su ejemplo,   nos dice que la ciencia ha demostrado   que los murci&eacute;lagos carecen   de visi&oacute;n, pero que, poseen una   suerte de sistema de sonar tan impresionantemente   preciso que les   permite percibir la distancia y configuraci&oacute;n   de los objetos de su entorno   en virtud de la ecolocalizaci&oacute;n.   La idea, en breve, es: aunque sepamos   objetivamente c&oacute;mo funciona   esa ecolocalizaci&oacute;n, a tal punto que   podemos imaginarnos c&oacute;mo ser&iacute;a   para nosotros percibir el mundo de   tal modo, no podr&iacute;amos nunca saber   exactamente c&oacute;mo un murci&eacute;lago   lo percibe, pues para saberlo   deber&iacute;amos ser murci&eacute;lagos. Del   mismo modo, no sabemos c&oacute;mo   puede ser la percepci&oacute;n de algo verde   por otra persona, porque para   hacerlo deber&iacute;amos ser esa persona,   y no lo somos. Nuestros reportes   respecto a c&oacute;mo funcionan las percepciones   sonoras de los murci&eacute;lagos,   e incluso las visuales de las dem&aacute;s   personas, podr&aacute;n ser todo lo   objetivas que se quiera, pero su rasgo   cualitativo &#8212;el car&aacute;cter qualia&#8212;   en cuanto vinculado &iacute;ntimamente   con el punto de vista del sujeto que   percibe, es inexpresable por cualquier   visi&oacute;n externa. De ah&iacute; que   concluya que cualquier enfoque reduccionista,   esto es, objetivo y postulado   desde el punto de vista de la   tercera persona, dejar&aacute; siempre de   lado el car&aacute;cter subjetivo de la   experiencia y, por lo tanto, ser&aacute;   incompleto.</p>     <p>Smart habr&iacute;a vaticinado un   contraargumento de este estilo, y   propuso una posible respuesta para   &eacute;l a trav&eacute;s de la inclusi&oacute;n de lo que   denomin&oacute; un lenguaje cuasil&oacute;gico o   tem&aacute;ticamente neutral. Su idea,   palabras, m&aacute;s palabras menos, es   que cuando una persona dice &quot;tengo   una postimagen naranja amarillosa&quot;   en realidad est&aacute; diciendo algo   como esto: &quot;Est&aacute; pasando algo que   es como lo que pasa cuando yo tengo   mis ojos abiertos, estoy despierto y   hay una naranja iluminada conbuena luz frente a m&iacute;, esto es, cuando   yo realmente veo una naranja&quot;   (6). De este modo, las palabras en   it&aacute;lica deben interpretarse como   una situaci&oacute;n t&iacute;pica que es causalmente   responsable del reporte de   una experiencia de post-im&aacute;genes   naranjas amarillosas. As&iacute; &#8212;ahora   en t&eacute;rminos de Place&#8212;, cuando un   sujeto dice tener una experiencia   mental x, lo que el psic&oacute;logo debe   mostrar es &quot;que el proceso cerebral   que est&aacute; causando que el sujeto   describa su experiencia de tal modo,   es el tipo de proceso que normalmente   ocurre cuando...&quot; (5), donde   los puntos suspensivos hacen referencia   a una situaci&oacute;n t&iacute;pica que   causa la experiencia mental x &#8212;en   Lewis (10) se sostiene una idea equivalente&#8212;.   Esto, por supuesto, no   quiere decir que la experiencia mental   no tenga propiedades; implica,   en cambio, que &quot;al hablar de ellas   como siendo similares o disimilares   una a otra no necesitamos conocer   o mencionar esas propiedades&quot; (6).   Y tal cosa evita, por otra parte, que   debamos pensar en alg&uacute;n tipo de   lenguaje que exprese cualidades   privadas de las experiencias.</p>     <p>No obstante, podr&iacute;a objetar un   defensor de los qualia, uno podr&iacute;a   imaginar a un neurofisi&oacute;logo que   sepa todo acerca del cerebro, pero   que, por alguna raz&oacute;n (v.gr., un defecto   visual cong&eacute;nito), nunca haya   tenido una &quot;sensaci&oacute;n-de-rojo&quot;. En   este caso, aunque dicho cient&iacute;fico   tenga un conocimiento objetivo de   todo lo que, ocurre en las neuronas   cuando hay una sensaci&oacute;n de rojo   &#8212;y esto incluye desde las situaciones   donde normalmente se produce,   hasta aquellas cuando es extra&ntilde;o   que lo haga&#8212;, habr&iacute;a algo que no   sabr&iacute;a: &quot;qu&eacute; es tener una sensaci&oacute;nde-   rojo&quot; (8). La raz&oacute;n es sencilla y,   de hecho, similar a la conclusi&oacute;n que   dedujo Smart: no tenemos un lenguaje   que nos permita hablar con   objetividad de los qualia, pero esto   no quiere decir que esas experiencias   absolutamente subjetivas no sean   algo. Que no podamos describirlas   no quiere decir que no est&eacute;n; simplemente,   tiene que ver con que contamos   con un sistema de representaci&oacute;n   ling&uuml;&iacute;stica que no cobija ciertos   hechos subjetivos (12).</p>     <p>Finalmente, es importante referirse   a una tercera cr&iacute;tica, que   surgir&iacute;a de una significativa formulaci&oacute;n   de Fodor, la cual ataca la   estructura misma de la reducci&oacute;n   interte&oacute;rica. Este fil&oacute;sofo cree que   el reduccionismo se apoya en &quot;el   supuesto de que [si] el tema de estudio   de la psicolog&iacute;a es parte del tema   de estudio de la f&iacute;sica [entonces ha   de tomarse] como implicando que   las teor&iacute;as psicol&oacute;gicas deban ser   reducidas a teor&iacute;as f&iacute;sicas&quot;, y esto   &uacute;ltimo parece ser &quot;lo que ocasiona   el problema&quot; (13). Ciertamente,   como lo enunciaba m&aacute;s arriba, una   de las ventajas que se desprender&iacute;a   del hecho de que fuera cierta la   teor&iacute;a de identidad es que siendo   &#8212;como es&#8212; la f&iacute;sica una ciencia decategor&iacute;as y t&eacute;rminos    precisos, una   psicolog&iacute;a expresada en su lenguaje   nos proveer&iacute;a de categor&iacute;as y t&eacute;rminos   igualmente precisos. Esta reclasificaci&oacute;n   es, justamente, el objetivo   final del reduccionismo positivista   en psicolog&iacute;a, pues alcanzarla   significar&iacute;a eliminar el ambiguo y   casi inmanejable lenguaje intencional,   a favor de uno que reflejase   mejor la realidad, para permitirnos   as&iacute; predecir y explicar mejor los   fen&oacute;menos que llamamos mentales.   No obstante, para llegar de la ciencia   por reducir a la ciencia reductora,   debe pasarse por un proceso un poco   m&aacute;s complicado de lo que a simple   vista podr&iacute;a parecer. La reducci&oacute;n,   a grandes rasgos, ocurre as&iacute;   (13): sup&oacute;ngase que la siguiente es   una f&oacute;rmula de la psicolog&iacute;a:</p>     <p>(1) S<sub>1</sub>x<img src="img/revistas/rcp/v32n4/v32n4a05fig2.gif">S<sub>2</sub>y</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p> donde S1 es un predicado psicol&oacute;gico   que se aplica a ciertos objetos,   y x, y S2 es otro predicado psicol&oacute;gico   que se aplica a ciertos y. Para   que esta ley pueda ser reducida a   una ley f&iacute;sica (3), cada uno de estos   predicados psicol&oacute;gicos habr&aacute; de ser   reducido, por su parte, a predicados   f&iacute;sicos en una suerte de leyes   llamadas leyes puente (2a) y (2b), as&iacute;:</p>     <p>(2a) S1x<img src="img/revistas/rcp/v32n4/v32n4a05fig3.gif">P1x</p>     <p> (2b) S2y<img src="img/revistas/rcp/v32n4/v32n4a05fig3.gif"> P2y</p>     <p> (3) P1x<img src="img/revistas/rcp/v32n4/v32n4a05fig2.gif">P2y</p>     <p>donde P1 y P2 son predicados de   la f&iacute;sica. El reduccionismo, desde la   perspectiva de la teor&iacute;a de identidad   de tipos, supone que las leyes puente   deben interpretarse como identidades   (contingentes) de tipos o clases   de eventos, de forma que v.gr.   (2a) se leer&iacute;a: todo tipo de eventos x   que satisfaga S1 es id&eacute;ntico a alg&uacute;n   tipo de eventos x que satisfaga P1, y   viceversa. Esto implicar&iacute;a, si es cierto,   que toda clase de eventos psicol&oacute;gicos   es una clase f&iacute;sica (13). Sin   embargo, no parece muy posible que   la doble implicaci&oacute;n de las leyes   puente pueda mantenerse, pues es   poco factible que cada clase psicol&oacute;gica   corresponda a una clase f&iacute;sica.   Esto puede ser explicado del siguiente   modo: sup&oacute;ngase que se   quiere reducir una ley econ&oacute;mica   como &quot;todo intercambio monetario   justo implica una ganancia nula&quot; a   una ley f&iacute;sica como (3). Seg&uacute;n el   modelo, esto s&oacute;lo ser&iacute;a posible si pudiera   establecerse una correlaci&oacute;n   uno-a-uno entre, primero, la clase   de &quot;los intercambios monetarios&quot; y   una clase f&iacute;sica P1; y, segundo, la   clase de &quot;ganancias nulas&quot; y la clase   f&iacute;sica P2. Pero ser&iacute;a muy poco plausible   que todos los intercambios monetarios,   sin excepci&oacute;n, se correlacionaran   con una u otra propiedad   f&iacute;sica: es bien sabido que pueden   efectuarse con monedas, billetes,   conchas y cualquier objeto al que   se le estime alg&uacute;n valor. En este caso,   la reducci&oacute;n no ayudar&iacute;a en   absoluto, pues lo que es com&uacute;n en   los intercambios monetarios, es decir,   la propiedad que los hace ser   miembros de una misma clase, nada tiene que ver con los objetos f&iacute;sicos   a trav&eacute;s de los cuales se llevan   a cabo. De forma an&aacute;loga, &quot;[s]i la   psicolog&iacute;a es reductible a la neurolog&iacute;a,   entonces para cada predicado   de la clase psicol&oacute;gica hay un predicado   de la clase neurol&oacute;gica, y la   generalizaci&oacute;n que establezca esta   coextensi&oacute;n es una ley&quot; (13). Pero   los datos con que cuenta la neurolog&iacute;a   para poder hacer sus correlaciones   entre predicados psicol&oacute;gicos   y cerebrales a&uacute;n no lo permiten, y   la falta de pruebas puede llevarnos   a poner seriamente en duda la plausibilidad   de una teor&iacute;a reduccionista   de tipos. &iquest;Cu&aacute;l podr&iacute;a ser entonces   la salida del reduccionismo, dadas   esta y las anteriores objeciones a la   teor&iacute;a de identidad?</p>     <p><font size="3"><b>Materialismo eliminativo</b></font></p>     <p> Una manera de salir del atolladero   donde se encuentra la teor&iacute;a   de identidad consistir&iacute;a en una   perspectiva que se inclinase a favor   de un solo lado de la identidad; a   saber: el de la neurofisiolog&iacute;a. Esta   visi&oacute;n fue originalmente sostenida,   durante la d&eacute;cada de los sesenta,   por Richard Rorty y Paul Feyerabend,   y actualmente la han retomado   fil&oacute;sofos como Paul y Patricia   Churchland, bajo el nombre de   materialismo eliminativo. La idea   central de esta postura es que la   correlaci&oacute;n uno-a-uno entre los estados   mentales y los estados cerebrales,   que resultar&iacute;a de la reducci&oacute;n   inter-te&oacute;rica, es imposible, por   el simple hecho de que &quot;el marco de   nuestra psicolog&iacute;a del sentido com&uacute;n   es una concepci&oacute;n falsa y mal   encaminada de las causas del comportamiento   humano y de la naturaleza   de la actividad cognitiva&quot; (8).   Sostienen, entonces, que el viejo   marco conceptual deber&aacute; ser eliminado   y reemplazado por uno m&aacute;s   preciso: el de la neurociencia. Y dicha   sustituci&oacute;n de lenguajes tendr&aacute;   lugar cuando la neurociencia haya   madurado lo suficiente para revelarnos   la pobreza de nuestras concepciones   y la superioridad de las suyas   (8). De esta forma, podr&iacute;a verse al   materialismo eliminativo como una   teor&iacute;a de la mente que elimina a la   mente y propone en &uacute;ltimas que: no   existen los estados o procesos   mentales, s&oacute;lo podemos hablar de   estados o procesos neurol&oacute;gicos   (Tesis del materialismo eliminativo).</p>     <p>Los argumentos que estos te&oacute;ricos   esgrimen en pro de su doctrina   pueden dividirse en dos clases: los   &quot;m&aacute;s&quot; t&eacute;cnicos y los &quot;menos&quot; t&eacute;cnicos.   Probablemente la argumentaci&oacute;n   &quot;m&aacute;s t&eacute;cnica&quot; del materialismo   eliminativo proviene del mismo   Feyerabend (14), quien se preocupa   por demostrar que la teor&iacute;a de identidad   realmente no elimina al dualismo,   sino que m&aacute;s bien lo presupone.   La raz&oacute;n para ello &#8212;dice&#8212; es   que una ley puente del estilo &quot;x es   un proceso mental de la clase A <img src="img/revistas/rcp/v32n4/v32n4a05fig3.gif">x   es un proceso central [sic] de la clase   a&quot;, parece implicar tanto que los   eventos mentales tienen caracter&iacute;sticas f&iacute;sicas, como que los    eventos   f&iacute;sicos o cerebrales (que denomina   centrales) tienen caracter&iacute;sticas   mentales. Esto lo lleva a pensar, en   consecuencia, que la formulaci&oacute;n   reduccionista de la teor&iacute;a de identidad   supone un dualismo de rasgos   (o de propiedades), por lo cual   resulta falsa la presunci&oacute;n de que   &eacute;sta es una buena forma de refutar   el dualismo. Lo m&aacute;ximo que logra   hacer dicha doctrina &#8212;agrega&#8212; es   redefinir los conceptos mentales, lo   cual es una forma de perpetuarlos,   y considera que lo mejor que podr&iacute;an   hacer sus partidarios ser&iacute;a desarrollar   una teor&iacute;a que no apelase   a los recursos ling&uuml;&iacute;sticos existentes.   Cree, por lo tanto, que deber&iacute;amos   abandonar el lenguaje mentalista   y sustituirlo por el lenguaje de   la neurociencia, del mismo modo en   que se abandon&oacute; el lenguaje de las   posesiones demoniacas una vez se   desarroll&oacute; la teor&iacute;a moderna de la   epilepsia (14).</p>     <p>Los argumentos &quot;menos&quot; t&eacute;cnicos   se basan, corrientemente, en este   tipo de comparaciones hist&oacute;ricas.   Paul Churchland (8), por ejemplo,   sostiene tres razones principales para   preferir el enfoque del materialismo   eliminativo. Primero, por las   fallas explicativas, predictivas y de   manipulaci&oacute;n que, hasta ahora, ha   demostrado tener la psicolog&iacute;a popular.   Segundo, porque en caso de   ser cierto, se convertir&iacute;a en una posici&oacute;n   mucho m&aacute;s fuerte que las antes   vistas. Y tercero, porque la historia   de la ciencia nos ha demostrado   que muchas teor&iacute;as &quot;problem&aacute;ticas&quot;   del pasado han sido reemplazadas   por otras m&aacute;s fuertes, con mayor   poder explicativo y predictivo. La   raz&oacute;n por la cual la psicolog&iacute;a popular   no ha sido eliminada, sugiere &eacute;l,   no es por el hecho de que sus representaciones   sean correctas, sino   m&aacute;s bien porque los fen&oacute;menos de   los que se ocupa son tan &quot;dif&iacute;ciles&quot;   que no se pueden eliminar muy   f&aacute;cilmente (8).</p>     <p>Estos argumentos, a todas luces,   son muy poco contundentes, y   considero que podr&iacute;an objetarse f&aacute;cilmente:   en primer lugar, las fallas   de la psicolog&iacute;a popular podr&aacute;n ser   un motivo para dudar de ella, pero   esto no significa que sean razones   para confiar en el materialismo eliminativo.   Por otra parte, apelar al   hecho de que el materialismo eliminativo   ser&iacute;a m&aacute;s fuerte que las   dem&aacute;s doctrinas es una raz&oacute;n que   a&uacute;n est&aacute; por verse, pues si bien en   principio tal hip&oacute;tesis parece verdadera,   s&oacute;lo en el momento en que   contemos con las herramientas suficientes   para verificarla podremos   dar cuenta de ella. Adem&aacute;s, es posible   pensar que pese a que la neurociencia   es una disciplina exacta y   rigurosa, las explicaciones que pueda   proveernos para reemplazar las   psicol&oacute;gicas quiz&aacute;s no vayan a servirnos   en la pr&aacute;ctica. Y, finalmente,   creo que las razones que aluden a   la historia de la ciencia y de los   &quot;reemplazos te&oacute;ricos&quot; est&aacute;n francamente mal pensadas.    Dentro de las   razones hist&oacute;ricas, por ejemplo, es   com&uacute;n que los materialistas eliminativos   vaticinen un futuro para la   psicolog&iacute;a popular id&eacute;ntico al que   sufri&oacute; la teor&iacute;a de la combusti&oacute;n del   flogisto. Durante la Edad Media se   pensaba que las cosas pod&iacute;an incendiarse   en virtud de una cierta   sustancia &#8212;el flogisto&#8212; que permit&iacute;a   la combusti&oacute;n; cuando la ciencia   avanz&oacute;, el flogisto fue prontamente   reemplazado por una explicaci&oacute;n   muy distinta, que involucraba s&oacute;lo   al conocido y ampliamente aceptado   ox&iacute;geno. La ciencia, pues, se encarg&oacute;   de eliminar cualquier justificaci&oacute;n   para creer en la existencia del   flogisto; similarmente &#8212;aseguran   ellos&#8212;, la neurociencia se encargar&aacute;   de eliminar cualquier posible justificaci&oacute;n   para sostener las entidades   que propone la psicolog&iacute;a popular.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>&iquest;Cu&aacute;les fueron las razones que   pudieron haber llevado a los cient&iacute;ficos   medievales a la postulaci&oacute;n de   tan extra&ntilde;a sustancia? Tengo la impresi&oacute;n   de que a ellos les ocurri&oacute; algo   semejante a lo acaecido m&aacute;s recientemente   en la gen&eacute;tica mendeliana.   La historia, a grandes rasgos, es la   siguiente: Mendel postul&oacute;, en 1865,   la existencia de ciertos factores que   consideraba responsables de la herencia   de los rasgos entre padres e   hijos. Sin embargo, &eacute;l nunca pudo   corroborar la existencia de tales fen&oacute;menos,   pues fue s&oacute;lo hasta que la   ciencia descubri&oacute; los cromosomas   cuando sus hipot&eacute;ticos genes pudieron   ser verificados. Pues bien, creo   que tanto Mendel como los cient&iacute;ficos   medievales manejaron un tipo de   procedimiento (hipot&eacute;tico) cient&iacute;fico   similar: dedujeron que, dados ciertos   fen&oacute;menos (combusti&oacute;n, en un caso,   rasgos heredados, en el otro), deb&iacute;a   de haber un cierto fen&oacute;meno x que   pudiera ser su causa. Empero, la   naturaleza de esta variable fue sumamente   bien delimitada; es decir, la x   realmente pod&iacute;a ser satisfecha por   muy pocas cosas del mundo. Los medievales   que postularon el flogisto se   equivocaron; Mendel postul&oacute; los   genes y, voil&agrave;, acert&oacute;. Pero, realmente,   era casi m&aacute;s dif&iacute;cil equivocarse   que atinar: las caracter&iacute;sticas que   deb&iacute;a tener el flogisto para comportarse   como la causa de la combusti&oacute;n   estaban bastante bien delimitadas;   el problema es que pod&iacute;an ser   satisfechas tambi&eacute;n por el ox&iacute;geno,   y este segundo elemento result&oacute; ser,   efectivamente, el responsable de las   igniciones. El asunto fue, podr&iacute;a   decirse, de mala suerte. &iquest;Qu&eacute; sucede,   en consecuencia, con el materialismo   eliminativo? El problema est&aacute;   en que para ser cierto, aquello que   llamamos mental y que postulamos   como responsable de ciertos eventos   comportamentales deber&iacute;a, al igual   que las x de la conjeturas medievales   y mendelianas, estar bastante bien   delimitado. Pero esto no es el caso.   No existe una definici&oacute;n un&aacute;nime,   por ejemplo, entre lo que es una actividad   cognitiva y lo que no lo es. El   concepto de cognici&oacute;n parece abarcar   desde las operaciones requeridaspara oprimir un bot&oacute;n del control   remoto, hasta las que se necesitan   para conducir en el espacio un   transbordador espacial. Y ni qu&eacute;   decir de las sensaciones, los recuerdos,   los deseos e, incluso, aquellas   cosas que denominamos con t&eacute;rminos   m&aacute;s ordinarios, como estados de   &aacute;nimo, neuras, man&iacute;as, etc. Simplemente,   no existe un l&iacute;mite claro   que defina hasta d&oacute;nde van las actividades   mentales. Y sin ese l&iacute;mite no   hay siquiera una idea remota sobre   cu&aacute;l es el &quot;flogisto mental&quot; que debe   reemplazarse por el &quot;ox&iacute;geno neurol&oacute;gico&quot;.</p>     <p>El materialismo eliminativo, en   todo caso, ha recibido muchas cr&iacute;ticas   durante los &uacute;ltimos a&ntilde;os. Algunos   sostienen que los objetivos del   materialismo eliminativo difieren de   los de la psicolog&iacute;a popular por el   hecho de que &eacute;sta no es un proyecto   de investigaci&oacute;n. Otros, por su parte,   consideran que en realidad la   teor&iacute;a eliminativista no es una demostraci&oacute;n   que busque dejar de   lado al mentalismo, pues parece que   &quot;desde el principio, niega la existencia   de algo a lo que hay que dejar   de lado&quot; (15). Pero quiz&aacute;s una de las   m&aacute;s interesantes objeciones &#8212;que   llega a una conclusi&oacute;n similar a la   que antes habr&iacute;a expuesto Fodor en   contra del reduccionismo&#8212;, es   planteada por Searle (15) a trav&eacute;s   de un ejemplo (el cual he abreviado   aqu&iacute; ligeramente) que busca reflejar   el absurdo al que se llega con el tipo   de argumentaci&oacute;n que sostiene el   materialismo eliminativo. Consid&eacute;rese,   pues, la estructura del siguiente   argumento a favor del materialismo   eliminativo:</p>     <p><b><i>Argumento 1:</i></b></p>     <p> 1. Imaginemos que tuvi&eacute;ramos   una ciencia neurobiol&oacute;gica que   explicara perfectamente c&oacute;mo   funciona nuestro cerebro.</p>     <p> 2. Tal ciencia cubrir&iacute;a el mismo   campo que la psicolog&iacute;a popular,   pero ser&iacute;a m&aacute;s poderosa.</p>     <p> 3. Adem&aacute;s, parece altamente improbable   que los conceptos   ordinarios de la psicolog&iacute;a popular   (v.gr. &quot;creencia&quot; o &quot;deseo&quot;),   casaran con los de la taxonom&iacute;a   de esta neurociencia.</p>     <p> 4. Esta neurociencia, entonces, no   deja lugar para conceptos como   creencia o deseo, y no ser&iacute;a posible   reducirlos adecuadamente.</p>     <p> 5. Por lo tanto, las entidades nombradas   por la psicolog&iacute;a popular   no existen.</p>     <p>Ahora comp&aacute;rese con este otro:</p>     <p> <b><i>Argumento 2:</i></b></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p> 1. Consideremos la ciencia f&iacute;sica.</p>     <p> 2. Esta teor&iacute;a explica perfectamente   c&oacute;mo funciona la realidad   f&iacute;sica y resulta ser enormemente   superior a nuestras teor&iacute;as   del sentido com&uacute;n.</p>     <p> 3. Adem&aacute;s, nuestros conceptos   ordinarios de la f&iacute;sica del sentido   com&uacute;n (v.gr. club de golf o   casa de campo) no casan, ni   exacta ni remotamente, con la   taxonom&iacute;a de la f&iacute;sica.</p>     <p>4. No hay, entonces, un uso en la   f&iacute;sica te&oacute;rica para estas expresiones,   pues la manera en que   &eacute;sta taxonomiza la realidad es   distinta del modo en que lo hace   la f&iacute;sica popular, y no habr&iacute;a lugar   para un reducci&oacute;n adecuada.</p>     <p> 5. Por lo tanto, ni los clubes de golf   ni las casas de campo existen   realmente.</p>     <p> El problema del materialismo   eliminativo, concluye Searle, es que:</p>     <p><i>...descansa en la premisa, obviamente   falsa, de que, para cada teor&iacute;a   emp&iacute;rica y su correspondiente   taxonom&iacute;a, a no ser que haya una   reducci&oacute;n de tipo a tipo de las entidades   taxonomizadas a las entidades   de las mejores teor&iacute;as de la ciencia   b&aacute;sica, las entidades no existen   (15).</i></p>     <p>Aunque el argumento tal vez   parezca un poco trillado, tengo la   impresi&oacute;n de que apunta a la verdad   de las cosas. En todo caso, es suficiente   dejar el asunto as&iacute; por lo   pronto, pues dir&eacute; algo m&aacute;s al respecto   en la &uacute;ltima secci&oacute;n.</p> <hr size="1">     <p><font face="verdana" size="2"><a href="#1" name="p1"><sup>1</sup></a> Estoy    convencido de que el argumento de Chomsky en contra del conductismo metodol&oacute;gico   encontrar&iacute;a suficientes respuestas dentro de la obra de Skinner, pero    considero innecesario hablar de   ellas aqu&iacute;.</font></p>     <p><a href="#2" name="p2"><sup>2</sup></a> El argumento de Kripke es, por supuesto,    mucho m&aacute;s complejo de lo que aqu&iacute; se ha expuesto,   y algunos autores consideran que es absolutamente concluyente. Otros, por su    parte, sostienen   que presenta algunas fallas, como a la hora de determinar cu&aacute;les son    los mundos posibles o   cu&aacute;les las propiedades esenciales de uno u otro designador r&iacute;gido.    Sin embargo, para efectos de   este art&iacute;culo, es suficiente con lo dicho hasta este punto.</p> <hr size="1">     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>   <b><font size="3">Bibliograf&iacute;a</font></b></p>     <!-- ref --><p> 1. Putnam H. The nature of mental states.   In: Block N. Readings in philosophy of   psychology. Cambridge: Harvard University   Press; 1980. p. 223-31.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000074&pid=S0034-7450200300040000500001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> 2. Ryle G. The concept of mind. London:   Hutchinson; 1949.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000075&pid=S0034-7450200300040000500002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> 3. Putnam H. Brains and behavior. In: Butler   RJ, editor. Analytical philosophy.   Oxford: Blackwell; 1965.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000076&pid=S0034-7450200300040000500003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> 4. Chomsky N. A review of B. F. Skinner&#8217;s   verbal behavior. Language;35(1):26-58.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000077&pid=S0034-7450200300040000500004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> 5. Place UT. Is consciousness a brain process?   In: Lycan WG, editor. Mind and   cognition. Cambridge: Blackwell; 1990.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000078&pid=S0034-7450200300040000500005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> 6. Smart JJC. Sensations and brain processes.   In: Chappell VC, editor. The   philosophy of mind. Englewood: Prentice   Hall; 1962.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000079&pid=S0034-7450200300040000500006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> 7. Wittgenstein L. Investigaciones filos&oacute;ficas.   Barcelona: UNAM-Cr&iacute;tica; 1988.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000080&pid=S0034-7450200300040000500007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> 8. Churchland PM. Matter and consciousness.   Cambridge: MIT Press; 1988.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000081&pid=S0034-7450200300040000500008&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> 9. Frege G. Sobre sentido y referencia. In:   Vald&eacute;s JM, editor. La b&uacute;squeda del significado.   Madrid: Tecnos; 2000.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000082&pid=S0034-7450200300040000500009&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> 10. Lewis DK. Un argumento en favor de la   teor&iacute;a de identidad. Cuadernos de Cr&iacute;tica   1984;30.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000083&pid=S0034-7450200300040000500010&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> 11. Kripke S. Identidad y necesidad. In: Vald&eacute;s   JM, editor. La b&uacute;squeda del   significado. Madrid: Tecnos; 2000.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000084&pid=S0034-7450200300040000500011&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> 12. Nagel T. What is like to be a bat? In:   Block N. Readings in philosophy of psychology.   Cambridge: Harvard University   Press; 1980. p. 159-68.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000085&pid=S0034-7450200300040000500012&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> 13. Fodor JA. Special sciences. In: Fodor   JA. Representations. Cambridge: MIT   Press; 1981.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000086&pid=S0034-7450200300040000500013&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> 14. Feyerabend PK. Mental events and the   brain. In: Lycan WG, editor. Mind and   cognition. Cambridge: Blackwell; 1990.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000087&pid=S0034-7450200300040000500014&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> 15. Searle JR. El redescubrimiento de la   mente. Barcelona: Cr&iacute;tica; 1996.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000088&pid=S0034-7450200300040000500015&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><p>&nbsp;</p> </font>       ]]></body><back>
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